LECTURA DE EL CAPITAL
Libro III

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MARX Y MARXISMO


LA VIA AL SOCIALISMO


INTERVENCIONES

TRANSFORMACIÓN DEL VALOR EN PRECIO

II - COMPOSICIÓN DEL CAPITAL, TIEMPO DE ROTACIÓN Y GANANCIA.


1. La redistribución en el horizonte.

En esta sesión nos proponemos avanzar en el complicado abordaje marxiano del problema de la transformación, que Marx parece retrasar y dilatar como si requiriera –y efectivamente lo requiere– interminables clarificaciones conceptuales previas. Así lo reconoce Engels, quien tuvo que remangarse y entrar en faena, especialmente para la reelaboración inteligible del capítulo tercero, que necesitó más intervención de la que le permitía su especial sacralización de los manuscritos del amigo. En este caso incluso tuvo que recurrir a la ayuda de otro amigo, el matemático Samuel Moore, para hacer legible y coherente los diversos fragmentos de distintas épocas. Ello nos da una idea de las dificultades que tuvo Engels para publicar el texto; pero también nos permite imaginar las que tuvo Marx en su esfuerzo de redactarlo.

Sean cuales fueren las complejidades técnicas del problema, lo que es indudable y debemos tener presente es que capítulo está en juego ni más ni menos que el reparto del plusvalor entre los capitales. El análisis ha venido exigiendo que se situara el plusvalor en su lugar de producción, en el seno de los capitales individuales; de esta manera cada capital libraba su propia batalla y el resultado dependía de él mismo. Ahora se concreta el análisis dando entrada a un escenario pluralista, donde los capitales individuales han de enfrentarse para qué parte del plusvalor producido por cada uno se queda en sus manos, o sea, si se aumenta o disminuye ese primer resultado. En definitiva, entramos en el escenario de la redistribución, la batalla definitiva del capital donde se enfrentan los socios subsumidos en la forma universal del capital; forma cuya función inmediata no es salvar los capitales individuales, sino reproducir el mundo de capital, aunque sea mediante una severa selección de los mejores.

Comenzamos el análisis de la Sección II con una cita tomada de la Sección I, concretamente del Capítulo III, analizado en la sesión anterior, que trataba de la “Relación entre la tasa de ganancia y la tasa de plusvalor”. Aquel capítulo tan denso, tan complejo en su redacción y en su composición, comienza con una reflexión metodológica que nosotros no mencionamos y que no podemos pasar por alto. La lectura filosófica nos obliga a tener siempre activados nuestros sensores epistemológicos y ontológicos, por si sobre la marcha aparece la ocasión. Ya sabemos que en Marx este tipo de reflexiones casi nunca aparecen anunciadas y tematizadas, pero de vez en cuando, sobre la marcha, se desahoga y disfruta dejándonos pasajes realmente penetrantes y provocadores. Pues bien, uno de ellos lo encontramos al comienzo de este capítulo:

“Tal como lo hemos puesto de relieve al término del capítulo precedente –y tal como, en general, lo hacemos en toda esta sección primera– suponemos aquí que la suma de la ganancia que recae en un capital dado es igual a la suma total del plusvalor producido por medio de ese capital en un lapso de circulación dado. Por consiguiente prescindimos, por ahora, de la circunstancia de que ese plusvalor se escinde, por una parte, en diversas subformas (interés del capital, renta de la tierra, impuestos, etc.), y que, por la otra, en la mayor parte de los casos no coincide en modo alguno con la ganancia, tal como el capitalista se la apropia en virtud de la tasa media general de ganancia, de la cual hablaremos en la sección segunda” [1].

No es un pasaje netamente filosófico, pero incluye una penetrante reflexión metodológica, pues nos advierte de los supuestos o presupuestos, nos señala el nivel de abstracción al que los mismos responden, para que lo tengamos en cuenta; es decir, se justifica y pone sobre la mesa las condiciones teóricas de su análisis.

Así, de manera indirecta, nos remite a la clara distinción de dos momentos y niveles del análisis que pone en juego. El primero, el generalmente mantenido por Marx hasta ahora, ejemplarizado en el Libro I, y que prolonga en toda la Sección I, en que el método asume el supuesto según el cual “la suma de la ganancia que recae en un capital dado es igual a la suma total del plusvalor producido por medio de ese capital en un lapso de circulación dado”; es decir, un supuesto que limita el recorrido de la reproducción del capital al momento de la producción de plusvalor, sin incluir el momento de la redistribución; por tanto, en este supuesto la ganancia de cada capital individual cabalga sobre el plusvalor producido por cada uno; supuesto exigido nada más y nada menos que por la teoría del valor–trabajo, según lacual las mercancías se venden por su valor.El segundo momento o nivel, exigido por el hecho de que “en la mayor parte de los casos [el plusvalor] no coincide en modo alguno con la ganancia”, ha de incluir necesariamente un momento de corrección, el momento de la redistribución; momento en el que se corrige la teoría –pues se corrigen los resultados anunciados por teoría Tv– para adaptarla a la realidad, para que refleje la experiencia empírica que muestra de modo irrefutable que el capitalista se apropia del plusvalor en base a “la tasa media general de ganancia”; o sea, es una nueva teoría, la que en la sesión anterior llamábamos Tg, la de la ganancia media, la que marca en cantidad y forma el mecanismo de apropiación del plusvalor por los capitales individuales. No, no se indica en la cita el desacuerdo entre ambas teorías; pero Marx anuncia una cierta apariencia de anomalía. Al establecer la diferencia cuantitativa y cualitativa de la ganancia, no nos sugiere tanto que son resultados diferentes porque cada teoría define la valorización a su manera, tal que una haya de ser verdadera y otra falsa, o ambas arbitrarias, cuanto porque corresponden a distintos niveles de abstracción del análisis. En un nivel, el del capital universal, funciona bien la Tv, y en otro nivel, el de la pluralidad de capitales, funciona bien la Tg. Funcionan a semejanza de la Física newtoniana y la física cuántica, cada una en su lugar. Eso al menos es lo que parece decir el texto.

Volvamos a releer la cita. La consciencia metodológica de Marx, especialmente en un momento tan complejo de la reflexión, le impone la obligación de dejar constancia de los presupuestos y de las abstracciones impuestas por el análisis. Y dice esto en el Libro III, que sin duda es un salto de gigante hacia lo concreto respecto al Libro I. Aún en ese momento se requiere un importante nivel de abstracción; la ciencia siempre lo requiere, no hay ciencia de lo individual. En éste tercer libro, aunque reunifique producción y circulación, el capital no puede dejar de ser pensado como totalidad, como categoría muy abstracta, como universal concreto; y aunque aquí se propone, por primera vez, introducir la particularidad en el capital, distinguir los capitales individuales y reconocer su presencia, se trata de un paso aún prudente.

Una cosa es la particularidad derivada de la propiedad de los mismos, en cierto modo exterior al capital, y otra la que proviene de la diversidad de funciones (capital industrial, comercial, financiero…), cada una va acompañada de su plusvalor, con magnitud y forma específica. Como ésta no la exige el método en este momento –mejor, como el método exige en este momento no tenerla en cuenta–, hay que explicitar ese supuesto analítico: se invisibilizarán esas fuerte determinaciones (financiara, comercial, industrial) con las enormes diferencias que implican. Por eso fija el presupuesto de hacer abstracción de la real diferencia entre las formas del plusvalor propias de los diversos capitales que incluye esa tipología cualitativa o funcional; pero en cambio asume que, cada uno de ellos, siempre existe fraccionado, dividido en unidades cuantitativas separadas; es decir, el análisis exige ahora que se asuma la determinación que en otros momentos se silenció; ahora exige partir de una pluralidad de capitales individuales y enfrentados. Y aún así serán conceptos muy abstractos e inevitablemente universales, hasta el punto de que se olvida en cada uno de ellos la determinación funcional antes mencionada.

Efectivamente, en este Libro III se asume el reconocimiento de que el capital siempre existe dividido, fragmentado, siempre aparece en concreciones de capital individual, aunque hasta ahora se haya hecho abstracción de esa determinación. Herr Kapital sólo existe encarnado en la voluntad de sus asociados, representando ante el enemigo común y el mundo su unidad formal; sólo existe en figuras individualizadas, en una pluralidad de capitales unidos en su ineludible destino de valorización, por tanto unidos en su común esencia; pero, como toda unión, es unión de los diferentes, o sea, unidad dialéctica, que incluye la oposición. La unidad del capital es la asociación, más o menos pacificada, de capitales individuales enfrentados en una peculiar bellum omnium contra omnes que conviene desvelar. La misma esencia que los une los enfrenta en la lucha por el plusvalor, manifestación externa de su necesidad intrínseca de valorización para ser lo que son, para seguir siendo lo que son, para permanecer en su ser capital.

Nótese que esta lucha es muy diferente a la que cada uno ha de librar con los propietarios de la fuerza de trabajo; aquí no se lucha por la apropiación del plusvalor en el momento y lugar de la producción del mismo; se lucha por el plusvalor fuera de la producción, en el territorio de la circulación, en el mercado. Otro lugar, otros enemigos y, por tanto, otras estrategias y otras armas; son conflictos de muy diversa índole. Es una lucha a muerte, sí, pero entre socios, que no es lo mismo.

En la circulación, la lucha por el plusvalor no pasa por la mayor producción del mismo; ya no importa la producción del plusvalor, importa la apropiación desnuda, descarada y sin compromiso. Por eso allí se enfrentan los capitales particulares que antes, en la producción, aparecen unidos por el interés común en la producción del plusvalor. Es decir, esta nueva batalla por el plusvalor entre los capitales individuales ya no pivota sobre la producción y distribución del mismo, lugar en el que aparecen asociados como buenos ciudadanos en defensa del privilegio común; pivota sobre la re–distribución, un momento especial al que no siempre se le otorga en el análisis la atención que se merece. Y merece dicha atención, pues afecta a toda la sociedad. Sin duda afecta a los capitalistas, que pueden en ella ganar o perder todo o parte de lo que perdieron o ganaron en su batalla solitaria contra el trabajo; y también afecta a los trabajadores, y por tanto a la sociedad en general, pues en esa redistribución del plusvalor es donde real y definitivamente se decide el movimiento y rumbo de la sociedad capitalista, la división nacional e internacional del trabajo y la vida social, los ritmos y formas de la acumulación y de la concentración del capital, lo que ahora se llama el “modelo productivo”, etc., etc.

En definitiva, que la redistribución es un momento importante, inmediatamente del orden social, y mediatamente de la misma forma económica capitalista. Pero, además, encierra una determinación curiosa. La redistribución, como lugar y modo definitivo del reparto del plusvalor social, es a un tiempo un lugar de lucha y de comunidad. Tal vez sea el momento más comunitario del capital, o tal vez el único momento, donde los capitales individuales se unen y ponen en común su plusvalor, se “socializan” y disponen a un nuevo reparto. Puestas en común las distintas magnitudes individuales de plusvalor, imaginariamente desposeído cada capitalista del fruto de su capital, ignorando cada plusvalor su origen, su procedencia, y su solidaridad con su amo, aparece la última batalla en el mundo del capital, la decisiva, la que sentenciará la reapropiación definitiva.

Esa lucha por la redistribución del plusvalor, como he dicho, no se da en la esfera de la producción, sino en la circulación. Es en el mercado donde se decide en gran medida el plusvalor que corresponde a cada capital, que no responde a lo acaecido en la fábrica, como se pensaba, sino que necesita la mediación social; esa redistribución aparece como participación en el “producto social”, más precisamente, en el plusvalor social. El capital muestra así su potencial socializador objetivo; aunque subjetivamente cada particular vive en su consciencia el reparto como lucha, sin elemento moral alguno, y aunque en la batalla cada capital particular cumple ciegamente su tendencia a la autovalorización, lo cierto es que ha habido de pasar por ese momento ético de la puesta en común, de la mediación social, donde se condiciona y decide el resultado del enfrentamiento. El ejemplo que el capitalismo ofrece a la historia es que sus sujetos, los propietarios del capital, de buena o de mala gana asumen que han de unir lo que han ganado aisladamente y repartirlo –como si fuera un medieval juicio de Dios– solidariamente entre ellos. Es su manera de mostrar que forman una unidad, una clase, más allá de fenómenos de la consciencia moral o coincidencias ocasionales de intereses.

En todo caso, es una guerra entre amigos; se enfrentan capitales del mismo ramo y se enfrentan capitales de ramos diferentes; del mismo país y de países diferentes. La competición por la apropiación del valor tiene sus reglas, para que no sobrepase la consistencia del vínculo común, pues los lazos de clase suelen ser más débiles que los de sangre. Los capitalistas industriales, que aparecen como los padres fundadores, se enfrentan por retener el máximo plusvalor –mejor, en su lenguaje, por optimizar su “ganancia”–; pero el mismo deseo une al capital comercial, agrícola o financiero; y dentro de cada esfera, unos compiten con los otros por el mismo premio. El objetivo universal es llevarse un “excedente” de dinero, forma final de ciclo del capital, lo más grande posible respecto a los costos asumidos; o sea, conseguir la mayor tasa de ganancia. Es decir, el “plusvalor” no aparece en la consciencia del capitalista, sólo ese excedente porcentual, sólo esa manera de nombrar la magnitud de la ganancia.

La redistribución del plusvalor bajo esa forma de lucha por la ganancia hace enfrentarse entre sí a las diversas figuras del capitalista (industriales, financieros, terratenientes…); pero en ese combate, aunque no sea propiamente el suyo, aparece también el trabajador, no debiéramos olvidarlo, que desde fuera de la muralla hace llegar su voz defendiendo que una parte del botín sea para él, vía mediación política, mejorando los servicios sociales. E incluso habríamos de introducir en ese escenario, para ser fiel al avance por el camino de lo más abstracto hacia la mayor concreción, las confrontaciones en el “intercambio desigual” entre áreas sociales, y especialmente el “mercado internacional”, que Marx siempre contemplaba en su proyecto global de la crítica de la economía política, pero que nunca abordaría de forma extensa y sistemática. Aunque de momento esos gladiadores esperan su turno fuera de las murallas que va estableciendo el análisis.

En esta Sección II, al pensar ya el capital unido–escindido en capitales individuales, se ha de dar entrada a la lucha por la ganancia, batalla que camufla la confrontación por la redistribución del plusvalor. Y esta entrada en escena de la ganancia nos revela que, al menos en la superficie, los valores están cediendo su puesto a los precios. Si hasta ahora los precios no aparecieron, por abstracción o por considerar que en ese nivel de análisis podían identificarse con los valores sin efectos relevantes en el resultado [2], ha llegado el momento de romper ese presupuesto e hilar más fino, con más concreción. Ha llegado el momento de introducir y reconocer la diferencia, de reconocer que al menos conceptualmente (y al fin cuantitativamente) el plusvalor se distingue de la ganancia como el valor se distingue del precio; y ha de afrontarse la exigencia de responder a esa apariencia de que “en la mayor parte de los casos” el plusvalor “no coincide en modo alguno con la ganancia” al igual que el valor no coincide con el precio.

Dicho así, de súbito, parece que no se trata sólo de incorporar nuevos elementos antes ignorados que permitan una representación más concreta, sino de meter la zorra en el gallinero, dando entrada a una tesis que niega la hasta ahora tenida en cuenta. ¿No es contradictoria la tendencia de la tasa media de ganancia con la ley del intercambio de las mercancías conforme a la equivalencia de sus valores? Según la anterior cita de Marx parece que sí. Allí dice, recordémoslo, que “[el plusvalor]…en la mayor parte de los casos no coincide en modo alguno con la ganancia, tal como el capitalista se la apropia en virtud de la tasa media general de ganancia, de la cual hablaremos en la sección segunda”. Pero, en realidad, sólo parece así en el caso que ignoremos el final de la frase citada; en cambio, si no la ignoramos, si nos centramos en ella, no aparece esa diferencia entre plusvalor y ganancia. Por un lado, porque, efectivamente, afirma la necesidad actual, de ahora, en el nivel de análisis en que estanos, de tener en cuenta que el plusvalor “en la mayor parte de los casos no coincide en modo alguno con la ganancia”, pero inmediatamente después configura el sentido y pone los límites de la frase, al añadir que el plusvalor no coincide con la ganancia “tal como el capitalista se la apropia en virtud de la tasa media general de ganancia” (y de esta tasa, dice, hablaremos luego). Por lo tanto, la diferencia entre plusvalor y ganancia no es afirmada de modo universal, sino respecto a una manera particular de pensar ésta, la ganancia como la piensan los capitalistas, “tal como se la apropian”; es ese concepto particular de ganancia el que introduce la diferencia y, por tanto, la oposición de las leyes de las dos teorías, la Tv, o del intercambio equivalente, y la Tg, o de la tasa media de ganancia.

Esta demarcación nos permite distinguir dos formas de interpretar la ganancia: una, la g en su concepción marxiana, como “forma transmutada” del plusvalor, en cuyo caso es impensable la diferencia cuantitativa entre ambos [3]; y otra, la habitual concepción capitalista de la misma, como “excedente” del capital adelantado, que no sólo permite pensar su diferencia conceptual y cuantitativa con p, sino que lo exige. Todo esto debe esclarecerse cuando más adelante abordemos el complejo “problema de la transformación” de los valores en precios; previamente, y a tal efecto, se precisa la diferenciación conceptual entre tasas de plusvalor y de ganancia y la relación entre ellas. Vamos al asunto.


2. Sobre la relación entre g´ y q.

La Sección II nos ofrece una nueva ofensiva en el asalto a los precios, continuando con el análisis de las relaciones entre las variables ya conocidas.Lo hace sacando a escena los dos referentes esenciales del problema de la transformación: uno lo llamaremos la pérdida de la inocencia del precio de producción o de coste, Pc, es decir, el descubrimiento de su contaminación por la ganancia; el otro, el ya mencionado de la solidaridad del capital, que pone en común el plusvalor y lo reparte según la m. Nótese que ambos tienen una raíz común, pues ambos son determinaciones de esa misteriosa metamorfosis del plusvalor en ganancia.

Otro elemento relevante de esta Sección II es una puesta en escena coral del capital, de una pluralidad de capitales tratado cada uno como un universal concreto, es decir, como representación del capital en general. Este escenario es el adecuado para que haga su aparición la tasa de ganancia media. Para que una m tenga sentido deberá haber diferentes entre las diferentes totalidades de capital; por tanto, se impone la tarea previa de explicar la génesis de las ganancias y de sus desigualdades. Ya hemos visto que la relación de con otras variables como y q; ahora hemos de especificar su relación con otra, el tiempo de rotación del capital. Es decir, hemos de introducir esta nueva variable y ver cómo se reconfigura el paisaje ya conocido y hegemonizado hasta ahora por p, p´, g´, g´ y q. Analizaremos estas relaciones sucesivamente, abordando en este apartado la relación y q.


2.1. Comencemos por esclarecer la cuestión que dejamos abierta anteriormente, sobre la justificación marxiana de fijar como constante, y ver algunos efectos de esta fijación de la variable . Se trata de argumentar la conveniencia de fijar la variable p´, es decir, de considerarla homogénea en todos los capitales, tratarla como variable no variable. Es la primera tarea que aborda en el Capítulo VIII, que comienza justificando las ventajas operativas, exigencias del análisis, de considerar homogénea en las diversas totalidades de capital, incluso “en todas las esferas de un país dado”, la tasa de plusvalor: p´= te/tj, donde te es el tiempo de plustrabajo y tj la duración de la jornada. Es decir, es una variable cuya determinación cuantitativa transciende los límites de la economía, pues viene dada por dos variables: el te, que en gran medida es una determinación histórica, del desarrollo de las fuerzas productivas, y en parte una determinación de q, de la composición del capital; y el tj, la duración de la jornada, en gran medida un factor extraeconómico, político, resucitadito de las luchas y las leyes. Ello lleva, al parecer de Marx, a que suela ser siempre más homogéneo –sobre todo en los límites de un estado– que lo que imaginamos. O sea, por un lado, este supuesto de constante es necesario para facilitar los cálculos, dice Marx; pero, además, y esto es lo que más llama la atención, dice que en la realidad empírica la tasa de explotación es mucho más homogénea de lo que aprecia la imaginación espontánea y el sentido común, debido a su dependencia del exterior y a que, además, el capital impone una tendencia a la igualación de las de los capitales individuales. O sea, el capital es universalista e igualitario, ¡quién lo diría!, ¿verdad?

Marx reconoce que hay desigualdades en las tasas de explotación, pero considera que no son tan dispares como parece, y que además tienden a nivelarse tanto dentro de las esferas de producción como entre ellas, tanto un país como en el conjunto del mundo capitalista. Dice “tienden”, se trata de una tendencia, que suele ser obstaculizada por la objetividad de las condiciones de cada capital, esfera o país. Es decir, que la tendencia no tiene su raíz en la realidad empírica en general, en la naturaleza, sino en el modo de ser real del capital. Y ese modo de ser se manifiesta en su concepto, y Marx deduce la homogeneidad de del concepto. Es ahí donde se manifiesta su necesidad.

Claro está, luego hay que ver si en la realidad del capital, en el mundo del capital, se manifiesta lo contenido en el concepto, pues éste es también un producto, ha de ser constantemente reelaborado. Y sí, en este caso Marx considera que la realidad confirma que el concepto la reproduce mentalmente, contiene sus determinaciones. Por eso Marx dice que, aunque a simple vista no lo parezca, tiende a ser homogénea en el mundo del capital. Y se apreciaría empíricamente esta tendencia si tratáramos de observar directamente la presencia de en los distintos lugares del capital, en lugar de asociarla a otras variables, como el nivel de vida, y tomar ésta por aquélla. Las condiciones de vida, aunque estén asociadas a , no son ; las diferencias en las condiciones de vida no reflejan bien las respectivas p´. Es decir, es , expresa una relación de explotación y sólo eso, no expresa ni el poder adquisitivo ni el nivel de consumo, ni siquiera la magnitud del salario. Por tanto, no puede confundirse con la descripción de aquellas situaciones en las que, sin duda, tiene su incidencia y su efecto.

Unas veces las diferencias son aparentes, otras efímeras, pero en todo caso no vale la pena tomarlas en cuenta “para la investigación de las condiciones generales”. Incluso cuando se trata de diferencias tan efectistas como las que se dan en los salario, que determinan la suerte de los obreros, muchas veces “no afectan en modo alguno el grado de explotación del trabajo en esas diferentes esferas” [4]. Si el trabajo del orfebre se paga más caro que el del obrero, también su plustrabajo produce más valor. Por tanto, aunque haya obstáculos, la tiende a igualarse, especialmente en la medida en que el capitalismo se desarrolla y todas las esferas quedan subsumidas en la forma capital. Se igualan las tasas de explotación, no necesariamente las condiciones de vida, que no es una función directa de ella. El grado de subsunción, podríamos decir nosotros, homogeneiza la explotación. Por eso, por importantes que sean las diferencias salariares, pueden ignorarse –sin olvidar que se ignoran por metodología– en estudios generales de la producción capitalista, considerarse “casuales e irrelevantes”:

“Por lo general, en este tipo de investigaciones generales siempre se presupone que las condiciones reales corresponden a su concepto o, lo que es lo mismo, sólo se presentan las condiciones reales en la medida en que expresen su propio tipo general” [5].

En cualquier caso, cuando se trata de establecer cómo se forma una tasa general de ganancia, es irrelevante, según Marx, las diferencias entre lasde distintas ramas. En la medida en que la desigualdad de no se deba fundamentalmente a la desigualdad de, el método permite y aconseja fijar como condición la universalidad depara examinar las determinaciones de las variaciones de otras variables en la desigualdad en.


2.2. Si puede ser fijada, es la variable libre por excelencia; podría decirse que todas las demás son pensadas y manejadas con la vista puesta en ella. Es la reina de las variables, la favorita del capitalista, aunque en el fondo viva de . Con la vista en ella y a su servicio pone dos servidores, la q y el tr, que hemos de analizar con detenimiento.

Efectivamente, ya sabemos que si es constante la tasa de ganancia, conforme a la fórmula g´= p´v/Ci = p´v/(c+v), aumenta o disminuye con las variaciones combinadas producidas en c y v, es decir, en la distribución interna de Ci; varía, por tanto, con q. Variaciones también expresadas en la fórmula g´ = p´/(q+1), que la relaciona directamente con la composición del capital q. Y como q = c/v, de nuevo por esta vía nos aparece la dependencia de respecto a c y v.

Fijados Ci y p´, la tasa de ganancia cuelga fuertemente de q. Si recordamos lo mencionado más arriba [6], habremos de asumir que también cambia con el tr. Esto es muy intuitivo, pues la tasa de ganancia de un capital suele expresarse anualmente; por tanto, si logra la misma producción en nueve o seis meses, recuperando en esos plazos el capital inicial, la habrá crecido enormemente. No obstante, según la fórmula g´ = p´/(q+1) no puede variar mientras se mantengan invariables y q. Por otro lado, sabemos que g, que es siempre igual a p, no se ve afectada por esas variaciones [7]. La ventaja que se ve intuitivamente, por ejemplo, en el caso de reducir tr a la mitad, es que el capital se recupera antes, Acortar tr es intuitivamente incrementar . Pero eso ocurre a cierto nivel de abstracción; las cosas son más complicadas en niveles más concretos; en definitiva, la entrada en escena del tr necesita ser mirado muy de cerca, por eso lo dejamos para el próximo apartado; este lo cerraremos con algunos comentarios a ciertos aspectos de la relación de con q.

Si consideramos constante, la fórmula p = vp´ nos revela que p depende sólo del variable v, es decir, no depende ni de q ni del tr; cosa razonable, coherente con la tesis de que el plusvalor sale sólo del variable. Y lo mismo ocurre con la ganancia, según g = p. Ahora bien, aunque si es fijo g y p no varíen ni con q ni con tr, la tasa de ganancia si varía, como venimos viendo, y esto es muy importante. En realidad la desigualdad en las de las distintas totalidades de capital se debe a diversas determinaciones, unas efímeras, otras casuales, a veces irrelevantes y algunas simplemente aparentes. Pero en cualquier caso queda establecido, según Marx, la firme dependencia de la respecto al tr y a q, aun siendo constante, al contrario de lo que ocurre con p y g. Por eso, distintas totalidades de capital con distintos q y tr tendrán distintas aunque las demás variables, incluida p´, sean iguales; y, en consecuencia, se hace necesaria la aparición en escena de la m. Dice Marx:

“Puesto que en la sección precedente hemos demostrado que, con un grado de explotación constante del trabajo, la tasa de ganancia se modificaba con el cambio de valor de las partes constitutivas del capital constante lo mismo que con el cambio del tiempo de rotación del capital, se desprende por sí sólo que las tasas de ganancia de diversas esferas de la producción coexistentes serán diferentes si, manteniéndose constantes las restantes circunstancias, el tiempo de rotación de los capitales empleados es diferente, o si lo es la relación de valor entre los componentes orgánicos de esos capitales en los diversos ramos de la producción” [8].

La “relación de valor”, que hemos resaltado en la cita, es una forma de referirse a lo que venimos llamando de manera genérica composición del capital. Para comprender la idea que expresa el texto, de gran relevancia para la cuestión que nos ocupa, hay que explicitar las “condiciones” de la investigación, el supuesto analítico. De entrada se ignoran las variaciones contingentes o fortuitas del tr y de q, se hace abstracción de la distinción entre capital fijo y circulante, y se tiene en cuenta el promedio del capital invertido. También se suponen homogéneas tanto las como las jornadas de trabajo y los salarios de cada unidad de capital. En esas condiciones analíticas “determinada cantidad de capital variable expresará determinada cantidad de fuerza de trabajo puesta en movimiento, y por ende determinada cantidad de trabajo que se objetiva”. A la inversa, una cantidad de determinada de capital constante expresará la cantidad de medios de producción puestos en marcha trabajo y la masa de trabajo empleada. Las variaciones en estas magnitudes en cada capital individual reflejarán la diversidad de las variables afectadas en cada una de ella.

Esta manera física de relacionar c y v, responde a la ley de la producción capitalista según la cual, en cada nivel de desarrollo histórico hay una proporción cuantitativa óptima entre la masa de medios de producción y la masa de fuerza de trabajo. En todo caso, óptima o subóptima, cada capital individual presenta una proporción propia, particular, en esa distribución del Ci entre v y c. A esa proporción, como sabemos, la llama Marx “composición del capital”, que interpreta como la relación entre dos variables conectadas, dependientes, que respectivamente simbolizan “su componente activo y su componente pasivo”.

Ahora bien, esta relación genéricamente llamada q, “composición del capital”, en cuanto alude a la presencia proporcionada de los dos componentes del capital, v y c, puede presentarse analíticamente en dos figuras, según que las variables que entran en relación se consideren signos de referentes físicos o económicos. Así, aunque la forma de la expresión abstracta q = c/v se mantenga en ambas figuras, no así el concepto ni el nombre. En la primera figura se toman las variables v y c en sentido físico, como símbolos de las masas o cantidades materiales de fuerzas productivas y medios de producción; y en esta perspectiva la composición del capital queda precisada como “composición técnica del capital”, que simbolizaremos con r = c/v. En la segunda figura las variables son tomadas en sentido económico y representan el valor de los capitales v y c, es decir, son símbolos del valor de la fuerza de trabajo y de los medios de producción; expresa la “composición de valor del capital”, y así la llamaremos, y su representación formal será ñ = c/v

La r está históricamente determinada por el desarrollo técnico, que de manera compleja fija la relación entre el trabajo vivo necesario y el trabajo objetivado o medios de producción que aquel pone en movimiento; la r es una relación cuantitativa específica de cada capital individual, empíricamente diferente uno de ellos. En ningún caso podemos confundir la r, la composición técnica del capital, con la ñ, la composición de valor del capital; son dos conceptos distintos. Tampoco deberíamos confundir uno y otro con la expresión abstracta de la “composición de capital”, que hemos venido llamando q. El problema es que Marx de manera genérica, cuando el análisis no requería precisar la diferencia entre el uso físico y el uso económico de las variables, hablaba indistintamente de composición de capital o de relación de valor; y cuando tiene necesidad de distinguirlos llama q, antes símbolo de la figura abstracta de la relación c/v, a la “composición orgánica del capital”, otro nombre del mismo concepto, el de “composición de valor del capital”.Como el término “orgánico” es más abstracto que “técnico” y que “de valor”, creo que para mejor diferenciar los conceptos podemos simbolizar con q la “composición orgánica del capital”, como relación abstracta, con el mismo significado que dábamos a “composición del capital”; y, en los momentos que haya que precisar, recurrir a “composición técnica del capital” y “composición de valor del capital”, simbolizados con r y ñ, en el sentido ya precisado.

Lo importante es tener muy presente que v y c son tomadas en cada una de las relaciones como índices de magnitudes bien diferenciadas: en la “composición técnica del capital”, r, como meros índices de las masas o volúmenes de fuerza de trabajo y de medios de producción, respectivamente; y en la “composición de valor”, ñ, como meros índices del valor contenido en ambos elementos, valor de v o trabajo vivo de la fuerza de trabajo y valor de c o trabajo muerto o acumulado de los medios de producción.

Aunque a efectos prácticos sea más relevante ñ que r, ésta es el verdadero fundamento ontológico de aquella. Por tanto, entre ñ y r hay relación, pero no lógica, pues sus magnitudes están muy afectadas por diversas contingencias. Así, podría darse el caso en que la r fuera la misma en las diversas ramas industriales, al tiempo que la ñ fuera diferente en ellas. La r hace referencia a lo físico, al cuerpo, al continente, mientras la ñ refiere al valor, a la carga económica que aquel transporta; y aunque razonablemente haya cierta correlación, no hay proporción lógica entre ellas. Marx pone el siguiente ejemplo:

“Por ejemplo, es posible que ciertos trabajos en cobre y hierro presupongan una misma proporción entre fuerza de trabajo y masa de medios de producción. Pero puesto que el cobre es más caro que el hierro, la proporción de valor entre los capitales variable y constante se vuelve diferente en ambos casos, y con ello también la composición de valor de los dos capitales globales” [9].

Por tanto, siendo r constante en varios capitales, ñ puede ser diferente; y, a la inversa, con una r que varíe, ñ puede ser idéntica en todos ellos. Bastaría para ello que el cambio en la proporción entre las masas de medios de producción y fuerza de trabajo fuera compensado por un cambio en la relación entre sus valores de sentido contrario.

Hemos usado ñ como símbolo de la composición de valor del capital y lo hemos distinguido de q, que designa lo que Marx llama “composición orgánica del capital” y otras veces “composición del capital” o “relación de valor”. Los hemos distinguidos para llamar la atención sobre su diferencia conceptual; pero aquí, en nuestro supuesto analítico, ñ y q se identifican, como distintos nombres de lo mismo. Por tanto, todo lo dicho sobre la relación entre r y ñ puede traspasarse a la relación entre r y q. Marx enuncia así la identidad:

“A la composición de valor del capital, en tanto que la misma resulta determinada por su composición técnica y la refleja, la denominamos la composición orgánica del capital” [10].

Pero, como decimos, esa identidad es aquí –Marx dice “en tanto que…”–, porque en el supuesto analítico la composición de valor está afectada sólo por la composición técnica, por las proporciones entre las cantidades de medios de producción y de trabajo.Pero podría no ser así, la composición de valor podría estar afectada por otras determinaciones ajenas a la composición técnica. Por ejemplo, si el valor de v en dos capitales fuera diferente no por la masa de fuerza de trabajo desigual sino por diferencias en los salarios. En este caso la q variaría sin haber cambiado r. Y esos cambios de valor no se derivan de la “composición orgánica”, que permanece la misma, sino de otras contingencias exteriores. Por tanto, la “composición orgánica” es idéntica a la “composición de valor” cuando ésta no está afectada por otras determinaciones que las relaciones entre las masas de capital muerto y vivo; cuando hay otras, la composición orgánica es sólo un elemento de la composición de valor, entre otros.


2.3. Estas distinciones no son bizantinas; eran necesarias para definir con claridad y distinción los conceptos. Marx es muy riguroso al precisar la función de los signos, pues éstos son multiuso, expresan diversas figuras. Por ejemplo el v, capital variable, es un signo al menos de triple uso: significa alternativamente la cantidad de fuerza de trabajo, la cantidad de trabajadores y la cantidad de trabajo vivo puesto en movimiento, que no tienen que ser necesariamente iguales. Por eso un cambio de v a veces significa cambio en la masa de trabajo y otras simplemente un “cambio en el precio de la misma masa de trabajo”; pero si la tasa de plusvalor, el tiempo de la jornada y el salario son fijos, como en este supuesto, esa posibilidad desaparece. Por otro lado, un cambio en la magnitud de c puede ser índice o signo de la cantidad de medios de producción puestos en movimiento por determinada fuerza de trabajo; pero también puede provenir de la diferencia de valor de los medios de producción de diferentes esferas. De ahí la importancia que damos a la ontología de Marx, para quien las “cosas” no son esencias, sino categorías que expresan funciones, relaciones, y sus metamorfosis no son meros accidentes (cambios materiales), sino verdaderos cambios formales, entitativos.

Esto es importante, por ejemplo, en la concepción de las diversas formas del capital. Tomemos dos figuras, el c y el v, cada uno de los cuales a su vez puede cumplir diversas funciones, tener distintos conceptos, cumplir distintas funciones, tener distinta “esencia”. Si las comparamos, a cierto nivel de análisis se nos unifican, se identifican, todo es capital, incluso todo es capital adelantado (Ci). Pero bajo esa identidad hay que buscar su radical e irreconciliable diferencia: por ejemplo, uno es variable y otro es constante, uno es todo circulante y el otro sólo en parte, uno crea plusvalor y el otro no, uno es trabajo vivo y el otro trabajo muerto. Sin estas distinciones conceptuales, en definitiva, entitativas, no puede según Marx pensarse el capitalismo. La nueva ontología está exigida y forzada por el capital.

Pero volvamos a la reflexión sobre la composición del capital y sus efectos en la ganancia, importante para descifrar los mecanismos de la explotación; centremos ahora nuestra atención en la composición orgánica, q, sin olvidar la r (la ñ queda identificada a q en nuestro supuesto).Marx dice que siempre hay que tener presente la q, que “lo único que cabe preguntarse en todos los casos es qué partede cada 100 es capital variable, y qué parte es capital constante” [11]. Para el análisis de los capitales, pues, lo mejor es partir de su composición, de su reparto en c y v, porque

“calculando en porcentajes capitales de diversa magnitud o, lo que aquí resulta lo mismo, partiendo de capitales de igual magnitud, a igualdad de jornada laboral y de grado de explotación del trabajo producen cantidades muy diferentes de ganancia, porque producen cantidades muy diferentes de plusvalor, y ello se debe a que, de acuerdo con la diferente composición orgánica del capital en diferentes esferas de la producción, su parte variable es distinta, es decir que son diferentes las cantidades del trabajo vivo que ponen en movimiento, y por consiguiente también las cantidades que se apropian de plustrabajo, de la sustancia del plusvalor y, por ende, de la ganancia” [12].

Lo que nos lleva a tener muy presente que en las diversas esferas de la producción el plusvalor es diferente por serlo q, por serlo la distribución de Ci entre c y v, dado que “la única fuente del plusvalor la constituye el trabajo vivo”. Si es la misma en las diversas ramas, tanto la masa de trabajo puesta en movimiento por un capital Ci como la cantidad del p generado dependen de la magnitud de v. Es así porque, como sabemos, p = p´v; y como p y g son iguales en cualquier totalidad (capital, rama o esfera), g´ = p´/ (q +1) → p/Ci = p´/ (q +1) → p/Ci = (p/v)/ (q + 1) → (p/Ci) = p/v(q + 1) → Ci = v(q+1).

O sea, en las condiciones del supuesto analítico tanto p como Ci dependen de v; si q es el mismo en las diversas esferas, la es la misma en todas ellas. Visto desde otra perspectiva, dado que es constante, si q cambia, cambiará g´:

“Ahora bien, puesto que los capitales en diversas esferas de la producción, porcentualmente considerados –o bien capitales de igual magnitud–, se dividen desigualmente en sus elementos constante y variable, ponen en movimiento cantidades desiguales de trabajo vivo, y por consiguiente generan cantidades desiguales de plusvalor, o sea de ganancia, entonces la tasa de la ganancia, que consiste precisamente en el cálculo porcentual del plusvalor según el capital global, es diferente en ellos” [13].

Y si eso es así, y lo es, si los capitales de igual magnitud de diversas esferas generan ganancias desiguales debido a su diferente q, hay que concluir que las de los diversos capitales serán diferentes.

“Sólo dentro de la misma esfera de la producción, vale decir donde está dada la composición orgánica del capital, o entre diferentes esferas de la producción de igual composición orgánica del capital, las masas de las ganancias se hallan en relación directamente proporcional con la masa de los capitales empleados. El hecho de que las ganancias de capitales de desigual magnitud sean proporcionales a sus magnitudes no significa otra cosa sino que capitales de igual magnitud arrojan ganancias de igual magnitud, o que la tasa de ganancia es la misma para todos los capitales, cualquiera que sea su magnitud y su composición orgánica” [14].

Ahora bien, todo esto, nos dice Marx, es válido desde un supuesto que, por pertenecer a la teoría, no venimos resaltando, a saber, que las mercancías se vendan por sus valores; y se entiende que el valor de una mercancía es igual a la suma del “valor del capital constante contenido en ella, más el valor del capital variable reproducido en ella, más… el plusvalor producido” [15], ya que sólo así se cumple que a igual la p depende únicamente de la “masa del capital variable”.


2.4. Veamos dos ejemplos para explicitar la relación de con y q, es decir, para mostrar la dependencia de la tasa de ganancia respecto a la tasa de plusvalor y a la composición del capital. En el primero comparamos dos capitales individuales, I y II; dos totalidades de capital de la misma magnitud, C1 = 100, con constante, idéntica en ambos, = 100%. Pero introducimos una diferencia entre ambos, la composición orgánica del capital, la q, que en I es C1 = 90 + 10 y en II es C1 = 10 + 90. La estructura de ambos capitales, que viene dada por un conjunto de variables, queda bien descrita por el siguiente cuadro de valores de éstas.


Ejemplo 1:


C1

c

v

q

p’%

p=g

Vp

g’%

I

100

90

10

9

100

10

110

10

II

100

10

90

1/9

100

90

190

90


Como puede observarse, el efecto del cambio de q manteniendo fija es evidente: han variado p, Vp y g´. Así, el Vp= c + v + p en I es 110, con un valor no pagado de 10, mientras que en II es 190, con valor no pagado de 90. A su vez, la g´= p/Ci ha pasado de un valor 10% a otro 90%, sensiblemente superior, que intuitivamente se asocia al hecho de ser II un capital mucho más tecnologizado, con mayor q.

Veamos ahora otro ejemplo, en que los dos capitales comparados tienen igual Ci e igual q, pero en que es diferente, en I tiene un valor 100% y en II sólo un 20%. La estructura de ambos quedaría así representada:


Ejemplo 2:

C1

c

v

q

p’%

p=g

Vp

g’%

I

100

90

10

9

100

10

110

10

II

100

90

10

9

20

2

102

2


En este caso, al variar han variado p, Vp y; aunque se haya mantenido constante q, la diferente tiene sus efectos en la masa de plusvalor y, en consecuencia, en el valor de producción y en la tasa de ganancia. La varía, y mucho, con los movimientos de .

También es interesante ver la variación de en condiciones de producción de totalidades de capital con diferentes y q. Dice Marx que esto es especialmente relevante cuando se comparan nacionales. ¿Por qué? Supongamos un país de Europa, con= 100% y otro de Asia, con= 25%. En Europa el trabajador trabajaría media jornada para él y media para el patrón; en Asia 4/5 de jornada para él y 1/5 para el patrón.Pero supongamos también que en Europa Ci = 84c + 16v, y en Asia Ci = 16c + 84v. La representación de la estructura de los capitales continentales sería:


Ejemplo 3:

C1

c

v

q

p’%

p=g

Vp

g’%

E

100

84

16

5,2

100

16

116

16

A

100

16

84

0,2

25

21

121

21


Nótese que el muy superior valor de v en Asia no se refleja tal cual en la de Asia, debido a que intervine la diferente p´, que al ser menor compensa. Y suele ser así, pues la mayor q = c/v del capital europeo incrementa con fuerza la mayor . De todos modos, aunque diferentes nacionales se basen en diferentesy diferentes q, cuando se adopta la perspectiva nacional es más cómodo suponer iguales y ver la variación respectiva de las respecto a las q desiguales.


3. Sobre la relación entre g´ y tr.

Vistos buena parte de los efectos del movimiento de unas variables sobre las otras y sobre la estructura del capital, estamos en condiciones de plantearnos ya la relación de la tasa de ganancia y el tiempo de rotación del capital, que hemos mencionado y hemos dejado siempre aplazada. No son sólo los valores de q, es decir, los valores de las masas de trabajo y plustrabajo puestas en movimiento por capitales iguales, los que influyen en las desiguales de los mismos; también cuentan, y mucho, los tiempos de rotación. En todas las reflexiones y los ejemplos puestos hasta ahora hemos estado haciendo abstracción de los tr, es decir, los hemos considerado iguales, como si estuvieran ausentes; el nivel de abstracción en que hacíamos el análisis lo permitía y lo requería. Ahora bien, si queremos avanzar hacia lo concreto, –y hemos de hacerlo, pues esta es una determinación intrínseca al pensamiento– debemos darle entrada, admitirlo en la representación y describir su papel en ella. Y, dentro de sus funciones, nos interesa aislar su efecto en la tasa de ganancia. El tr es “otra fuente de desigualdad de las tasas de ganancia” [16]; y tr es diferente en las distintas esferas de la producción, de ahí su particular importancia.

Sabemos que, en circunstancias iguales de partida, y con q iguales, lasestán en relación inversa a los tr, pero esa concepción es válida en cierto nivel de análisis, pero no en otros. Comencemos por señalar que el tr es necesariamente distinto en las distintas esferas, pero también es distinto en los capitales de una esfera, por sus distintas composiciones del capital, pues no rotan a igual velocidad el c que el v en cada uno de ellos; y esto afecta a las gagancias:

“La diferencia entre los tiempos de rotación es, pues, otra razón por la cual capitales de igual magnitud no producen, en diversas esferas de la producción, ganancias de igual magnitud en lapsos iguales, y el motivo, por consiguiente, de que las tasas de ganancia sean diferentes en esas diferentes esferas” [17].

Pero, además, también es distinto el ritmo de las diferentes partes del capital constante, ya que no rotan a igual velocidad los diversos componentes el c, por ejemplo, los medios de trabajo que las materias primas. Es decir, de modo general, no viajan al mismo ritmo el fijo y el circulante, y ni siquiera están sincronizadas las diversas partidas del circulante. Lo que ocurre es que esta última variación no afecta a la g´, “considerada en sí y para sí”. Es decir, siguiendo con la metáfora, podríamos pensar que esta composición de viajeros a distintos ritmos, que afecta de facto a la q (la afecta y la vuelve más compleja, pues moviliza el capital que ha de estar presente en cada momento y lugar del circuito) afecta también a g´. Podríamos pensarlo, nos dice Marx, pero no es así; al menos no es así de forma general. Lo cierto es que casi nunca es así, pues tal afectación sólo ocurre en unas circunstancias muy precisas y nada frecuentes, es decir, en un solo caso:

“Sólo puede afectarla si esa diferente composición coincide con una diferente proporción entre las partes variable y constante, es decir cuando la diversidad de la tasa de ganancia se debe a esta diferencia, y no a la diferencia entre capital fijo y circulante; o bien si la diferente proporción entre los componentes fijo y circulante está condicionada por el tiempo de rotación durante el cual se realiza una ganancia determinada” [18].

Sólo en ese supuesto, nada frecuente, ocurre que la variación de se debe a tr; en las demás circunstancias, está libre del efecto tr. Veamos cómo lo argumenta.

Es indudable que, puesto que los capitales se dividen en fijo y circulante, y casi siempre en diversa proporción, este hecho afectará al tr, o sea, introducirá la desigualdad de esos tiempos en cada capital en su totalidad y en cada parte del mismo. Ahora bien, “de ello no se concluye que el tiempo de rotación en el cual realizan ganancias los mismos capitales sea diferente” [19]. Es decir, una cosa es viajar a distinta velocidad en distintos momentos y otra el tiempo de llegada a la meta, si se quiere, la velocidad media.

Éste es el punto a tener en cuenta. Partamos de dos capitales, A y B. Es fácilmente imaginable que en uno de ellos las materias primas se consuman más rápidamente que en otro, por ejemplo, porque usa unos medios de producción con mayor potencia productiva; por tanto, el capital constante invertido en materias primas puede ser menor, ya que al tener una rotación intensa, con la venta de unas podrá comprar las otras, de modo que la parte de capital dedicado a materias primas que ha de adelantar es menor. Y ciertamente lo es. Pero, ¿afecta a la ganancia? ¿Y a la tasa de ganancia? Veamos cómo lo describe Marx:

“Si, por ejemplo, A debe convertir constantemente una parte mayor del producto en materias primas, etc., mientras que B utiliza durante mayor tiempo las mismas máquinas, etc., con menor cantidad de materia prima, ambos, en la medida en que producen, tienen constantemente comprometida una parte de su capital; el uno, en materias primas, es decir en capital circulante, y el otro en máquinas, etc., es decir, en capital fijo. A convierte constantemente una parte de su capital de la forma de mercancía en la forma de dinero, y de ésta nuevamente en la forma de materia prima; mientras que B utiliza una parte de su capital sin tal modificación, durante un lapso más prolongado, como instrumento de trabajo” [20].

O sea, no necesariamente afecta a la ganancia, pues el capital B, que en principio exige más capital inicial en materias primas, goza de mayor tiempo en la amortización de los otros medios de producción; por tanto la ventaja de A en la mayor rotación de sus materias primas la pierde en la mayor rotación de sus medios de producción. “Ambos capitales realizan en el mismo tiempo iguales ganancias, a pesar de que rotan en tiempos diferentes” [21]. En definitiva, no es seguro que afecte en bien o en mal a la ganancia, debería tenerse presente cada caso y cada momento del mismo. Esa caustica o no sirve para hacer ciencia.

¿Qué hace entonces Marx? Simplemente, levanta la mirada del reloj y contempla el proceso desde el concepto. Y reflexiona así: ¿Qué determina el Vp? ¿Influye el tr en ese valor? Parece que no, porque Vp = c + v + p, y en esa fórmula no aparece tr. Las tres variables que aparecen son iguales en los dos capitales, ese es el supuesto analítico, que utilicen igual cantidad de trabajo. Por tanto, vayan al ritmo que vayan, al final de año habrán producido masas distintas de mercancía, pero ambas contendrán la misma cantidad de plusvalor. Y como Vp depende del capital inicial y del plusvalor, el tr no cuenta en la determinación de la .

“Si ambos utilizan igual cantidad de trabajo, venderán en el curso del año masas de productos de valor desigual, por cierto, pero ambas masas de productos contendrán igual cantidad de plusvalor, y sus tasas de ganancia, que se calculan sobre el capital global adelantado, serán las mismas, aunque su composición en capital fijo y circulante, lo mismo que su tiempo de rotación, sean diferentes. Ambos capitales realizan en el mismo tiempo iguales ganancias, a pesar de que rotan en tiempos diferentes” [22].

Lo que quiere decir es que los diversos tiempos de rotación entre fijo y circulante puede influir en el Ci (por ejemplo, disminuyendo esa magnitud en la medida en que parte del capital necesario para medios de producción se genere en el proceso). Pero, una vez fijada la cantidad del Ci que se necesita, y su composición orgánica, la diversidad de tr de sus partes es indiferente a la tasa de ganancia. Rotan en tiempos diferentes, pero realizan igual ganancia. El tr influye en sólo en la medida en que aumente el plustrabajo que cada capital se apropia y realiza en un tiempo dado.

“Por consiguiente, si una composición disímil en capital circulante y fijo no comprende necesariamente una disimilitud del tiempo de rotación, que a su vez condiciona una desigualdad de la tasa de ganancia, resulta claro que, en la medida en que se dé esta desigualdad, ello no proviene de la desigual composición en capital circulante y fijo en sí, sino más bien del hecho de que aquí esta última sólo indica una desigualdad de los tiempos de rotación que afecta a la tasa de ganancia” [23].

Es decir, si la composición diferente entre fijo y circulante en dos capitales no implica (por mediación de sus tr) un cabio en la magnitud y composición del Ci, no se verá afectada ; y si aparece una variación en ésta se deberá a otros factores, tal vez derivados de otros efectos de los tr, pero no a la composición fijo–circulante.

La conclusión es ésta: la composición diversa del capital en fijo–circulante no afecta a las de los diversos capitales; lo decisivo es la composición entre variable y constante, relación que no se ve afectada por la otra composición fijo–circulante. Y lo que cabe resaltar es que

“cuando el capital fijo se halla considerablemente desarrollado, ello constituye sólo una expresión de que la producción se lleva a cabo en gran escala, y por ello el capital constante prevalece mucho sobre el variable, o que la fuerza de trabajo vivo empleada es escasa en relación con la masa de los medios de producción que pone en movimiento” [24].

Y acaba con esta cita, que reproducimos en extenso, pues nos coloca ya dentro del problema que aquí nos ocupa:


4. La incompatibilidad entre Tv y Tg.

Llegamos así al pasaje del texto en que Marx plantea abiertamente el problema de la transformación de los precios en valores. Lo hace de forma contundente, como quien llega al final de un recorrido teórico en el que ha conseguido ilustrar una idea que ahora formula sintéticamente. Recogemos la descripción completa de la idea, pero dividida en dos momentos. El primero es éste:

“Hemos demostrado, pues, que en diversos ramos de la industria, en correspondencia con la diferente composición orgánica de los capitales y, dentro de los límites indicados, también en correspondencia con sus diferentes tiempos de rotación, prevalecen tasas desiguales de ganancia, y que también por ello, a igual tasa de plusvalor, sólo rige para capitales de igual composición orgánica –suponiendo tiempos de rotación iguales– la ley (de acuerdo con la tendencia general) de que las ganancias son directamenteproporcionales a las magnitudes de los capitales, y que por ello capitales de igual magnitud arrojan, en lapsos iguales, ganancias de igual magnitud. Lo expuesto vale sobre la base que, en general, ha sido hasta ahora el fundamento de nuestro desarrollo: la de que las mercancías se vendan a sus valores.” [25].

Esta primera parte debe ser leía con detenimiento, Nos dice que “ha demostrado”, así de contundente, dos tesis; se han demostrado “dentro de los límites indicados”, que hemos ido viendo y que después precisaremos. La primera de esas dos tesis demostradas dice que, en los capitales de los diferentes ramos industriales, con diferentes q, y con diferentes tr, “prevalecen tasas desiguales de ganancia”. O sea, la desigualdad entre las de los diversos capitales en confrontación es un hecho en condiciones normales, pues lo normal es que reinen las diferencias entre las q y los tr de los diversos capitales individuales. ¿Por qué es lo normal la desigualdad entre las ? Sólo hay una respuesta, porque en esas condiciones, porque las tasas de ganancia dependen fuertemente de q y de tr, como se ha “demostrado”. No hace falta decir que Marx supone homogénea en los capitales; aunque no lo explicite, este supuesto está incluido en la condición “dentro de los límites indicados”, y ha sido un criterio constante a lo largo de la reflexión, como hemos comentado.

Pero esta primera parte del pasaje dice más, enuncia otra tesis, puesta como importante consecuencia de las anteriores que acabamos de enunciar, según la cual, “a igual tasa de plusvalor”, la importante ley que establece que “las ganancias son directamente proporcionales a las magnitudes de los capitales” no es universal, sino que sólo rige para capitales de igual q e igual tr.O sea, capitales con iguales Ci, p´, q y tr tienen la misma g y la misma , obtienen en tiempos iguales ganancias absolutas y relativas iguales. Como se ve, se describe un universo profundamente democrático y solidario, de igual trato para los iguales; las desigualdades de resultados vendrán de desigualdades exteriores a la circulación, al mercado; de desigualdades “naturales” o extranjeras a las leyes de la redistribución.

La cita se cierra con una precisión muy importante, con la explicitación de otra determinación incluida en aquella flexible expresión “dentro de los límites indicados”, dentro de las condiciones que Marx ha ido manteniendo y justificando a largo de la argumentación. Ahora explicita nada más y nada menos que un principio básico, expresado en la ya conocida Tv. Con ello Marx matiza y delimita el campo de verdad de las tesis antes establecidas. Dice que todo lo dicho tiene una base de reflexión, tiene un fundamento que aporta el sentido y la verdad a la argumentación: ese principio que da consistencia a la idea es “que las mercancías se vendan por sus valores”.

Pero ahí no se describe el mundo del capital, sólo medio mundo, el de día, el luminoso, el del mercado. Se describe el mundo de la redistribución del plusvalor, cuya presencia está reservada a una ciudadanía especial, la de los propietarios productores del valor. ¿Qué pasa en el otro mundo, con el de la producción del plusvalor? Al fin el capital y el capitalista han de tener una doble ciudadanía, una en la que producen el plusvalor en su relación con el trabajo, y otra en la que, para realizarlo, han de ponerlo en común entre su clase y redistribuirlo equitativamente. Y, efectivamente, hay un palacio de invierno del capital. Al mismo se alude en la segunda parte de la cita:

“Por otra parte, no cabe duda alguna de que, en la realidad, y haciendo abstracción de diferencias irrelevantes, fortuitas y que se compensan, la diferencia entre las tasas medias de ganancia para los diversos ramos de la industria no existe ni podría existir sin abolir todo el sistema de la producción capitalista. Por tanto, pareciera que la teoría del valor resulta incompatible, en este caso, con el movimiento real, incompatible con los fenómenos efectivos de la producción, y que por ello debe renunciarse en general a comprender estos últimos” [26].

O sea, lo anterior pertenece a un mundo y lo actual a otro. El “por otra parte” inicia la descripción de este otro mundo; si el primero se daba sobre el supuesto de la Tv éste se dará sobre el supuesto de la Tg. Entre ambos supuestos hay una diferencia cualitativa, a saber, que la Tv parece una exigencia racional, una necesidad de la teoría, mientras que Tg se muestra con mayor fuerza empírica. Es decir, la primera se muestra potente en un nivel de análisis más abstracto; la segunda gana prestancia e la concreción, en la experiencia.

Ahora bien, la realidad es la realidad, es concreta y tozuda, y “haciendo abstracción de diferencias irrelevantes, fortuitas y que se compensan” entre sí, –siempre hay que hacer abstracciones al pensar–, nos impone una verdad empírica de fuerte evidencia, nos lleva a reconocer que “la diferencia entre las tasas medias de ganancia para los diversos ramos de la industria no existe ni podría existir sin abolir todo el sistema de la producción capitalista”. O sea, acabamos de reconocer que, en los límites establecidos, las son y tienden a ser diferentes; y, al mismo tiempo, que esa diferencia sólo existe sin la condición Tv, base de la arquitectura capitalista. Lo cual parece arrastrarnos a una alternativa trágica, a la necesidad de optar por Tv o Tg. Como dice Marx, “pareciera que la teoría del valor resulta incompatible, en este caso, con el movimiento real”, movimiento que parece expresar mejor Tv. La Tv se nos muestra “incompatible con los fenómenos efectivos de la producción”.

Fijaos bien en el problema ontológico de fondo. La Tv no fue nunca una teoría empírica, inferida a partir de las experiencias, a partir de los fenómenos; fue una producción teórica, con una nueva ontología que permitía dar cuenta de esos fenómenos. Pero si ahora estos fenómenos parecen avalar otra teoría, ésta de base empírica, contraria a la ontología del valor, ¿qué hacer? Como suelen decir los economistas, es la contraposición de una teoría “científica” (empírica), construida por generalización de experiencias, a una teoría “metafísica” (ontológica), construida especulativamente. Y, claro está, para la ciencia positivista la opción es clara, no hay tragedia. Paras Marx sí la hay, pues su idea de la ciencia es distinta, es una tarea de construir conceptos no desde los fenómenos, tarea ilusoria, sino para dar cuenta de los fenómenos. Por eso acaba la cita con expresiones de cierto dramatismo, invitándonos a pensar esa alternativa trágica derivada de la “incompatibilidad” entre las dos teorías; sugiriéndonos si es razonable la opción de respetar los fenómenos cuando implica que para ello “debe renunciarse en general a comprender estos últimos”.

Dejamos así bien planteada la cuestión. ¿Es trágica la alternativa entre Tv y Tg? ¿Hay que renunciar a una u otra? ¿No pueden reformularse o repensarse para evitar la contradicción? Ya responderemos en su momento a estas preguntas. Aquí y ahora sólo nos interesa haber dejado el problema bien planteado, y especialmente el enfoque final del mismo, es decir, el problema filosófico del problema de la transformación, concretado en esa distinción entre Tv y Tg como dos teorías cualitativamente diferentes, de distinto grado de abstracción y de distinta base (ontológica y empírica), con distinta manera de entender el “respeto” a los fenómenos: una manera fetichista, poniéndolos en el origen y el final de la construcción teórica, y otra dialéctica, en la que el fenómeno es en sí producto, no naturaleza sacralizada, y sin duda cargado de teoría; en ningún modo demiurgo de lo real, sino realidad a comprender. Parafraseando libremente a Kant, las teorías sin fenómenos son vacías, los fenómenos sin teorías son ciegos. Para conocer los fenómenos no hay que adorarlos y reverenciarlos, hay que comprenderlos; y en esa comprensión no olvidar que no son origen, sino producto, manifestación de una realidad de la que forma parte y a la que no agota.

Así se hace eco del problema, prima facie de una opción difícil, sobre la contradicción entre la teoría del valor y los “fenómenos efectivos de la producción”. La m y su funcionamiento cuestiona la teoría del valor al irrumpir en una representación hasta ahora ordenada, hecha desde la paz de la mirada larga de la abstracción, desde el equilibrio del capital en su totalidad, e impone una representación más concreta, donde la lucha, la competencia, los desequilibrios entre capitales fragmentados y enfrentados llevan a nuevo reparto del producto, a una redistribución del plusvalor, que parecen arrojar a los infiernos el rostro engañosamente ético del intercambio según su valor.


5. Posdata: El enigmático precio de costo.

La verdad es que el Capítulo VIII, que trata de la “Diferente composición de los capitales en diversos ramos de la producción, y consiguientemente entre las tasas de ganancia”, acaba aquí; la cuestión del enunciado ha sido planteada y desarrollada. Además, nos ha llevado a las puertas del problema de la transformación, o casi a las puertas, pues le queda abordar detenidamente la cuestión de la “tasa media de ganancia”. Lo hará en el Capítulo IX, cuyo título es expresivo: “Formación de una tasa general de ganancia (tasa media de ganancia) y transformación de los valores mercantiles en precios de producción”. Entonces, si acaba aquí, ¿por qué añade sin solución de continuidad una reflexión, de apenas media página, sobre el precio de costo? Lo ignoro, aunque supongo es un efecto de la composición del libro con diversos manuscritos. La verdad es que su redacción no liga, no tiene nada que ver con lo que le precede de forma inmediata; pero sí tiene que ver con la trama general del libro, y muy especialmente con el problema que intentamos plantear y resolver, el de la transformación de los valores en precio. Por eso, y debido a que nos saltamos conscientemente el Capítulo VI, que aborda la cuestión de los precios y sus modos de afectar al valor (decisión que tal vez algún día habremos de corregir, pues ahora veo con claridad en qué sentido podría sernos útil), he optado por cerrar esta sesión con un comentario al Pc, que junto a lo dicho en la sesión anterior nos sitúe mejor ante el problema de la transformación.

Conviene recordar que, como ya dijimos la semana pasada, siguiendo de cerca la perspectiva de A. Calimacos, los Pc tienen todo lo necesario, incluso su dosis de enigma, para erigirse en protagonista, en el centro del problema. En su concepto –recordad que lo definíamos como Pc = c + v + gm – anida el aspecto técnico del enigma, que podríamos expresar como su esencia hermafrodita. Efectivamente, aunque tiene un doble origen, hace acto de presencia como metamorfosis de Ci, del capital adelantado. Así oculta su doble alma y la proporción de cada una de ellas en la constitución de su esencia. En esa magnitud (de su valor) sólo cuenta la cantidad de Ci consumido, sin importarles la q del mismo, sin importarle la carga de c y de v que lleva en su cuerpo. Al fin, aunque el Pc tenga doble alma, no es transparente para el capitalista, que sólo mira su superficie; le da lo mismo gastar el dinero en máquinas o en obreros, lo que le importa es gastarse poco; pero ha de gastárselo en proporción a lo que quiera ganar.

“Los precios de costo son los mismos para desembolsos de capital de igual magnitud en diferentes esferas, por muy diferentes que puedan ser los valores y plusvalores producidos. Esta igualdad de los precios de costo constituye la base de la competencia de las inversiones de capital, mediante las cuales se establece la ganancia media” [27].

O sea, la igualdad de los precios de costo es universal, compre quien compre, sea cual fuere la composición de los capitales que los compran, sea cual fuere la cantidad y cualidad de los valores y plusvalores que lleguen a producirse con ellos; y esa envidiable igualdad de los precios de costo, como si fuera acreditación de la igualdad de oportunidades, es la base sólida de la competencia leal entre los capitales: todas las inversiones gozan de esa igualdad en el punto de partida que garantiza la igualdad de los Pc. Es decir, puesto que el objetivo de esas inversiones es la ganancia, y como en esa carrera de obstáculos reina la tendencia a una ganancia media, resulta que la igualdad de los Pc en el origen es la base material sobre la que se formará la gm.

¿Quién iba a decir que esa extraña y prosaica figura del capital, el Pc, se convertiría en el origen y el protagonista de un debate tan complejo y vital? ¿Cómo sospechar que una figura tan inocente e inocua encerrara un secreto tan diabólico? Aunque, bien mirado, debíamos haberlo sospechado, ya que, como indicamos en su momento, no dejaba de sorprendernos que Marx usara la expresión “precio de costo” para designar el valor contenido en las mercancías del consumo productivo. ¿Por qué no “valor de costo”, cuya falta de uso hace que nos suene mal? No creemos que se deba a que Pc era realmente el término usual en la economía capitalista y en la ciencia económica de su época; Marx no tenía reparos en renovar los términos si lo exigían los conceptos. Es más razonable pensar que ya Marx veía con claridad que el Pc en su proceso no sólo ocultaba su doble alma, sino el origen de las mismas. Es decir, el Pc en el capital B, tanto en su dimensión física (material) como económica (valor), procedía de otro proceso anterior, A. Y de éste había salido no como “precio de costo” sino como “precio de producción”, camuflado por las contingencias como precio de venta, Pv; o sea, era Pp en A y pasó a Pc en B.

Así de sencillo, esa es la base del enigma: los medios de trabajo de B, al salir como mercancía de A, salieron sometidas a la inexorable ley de la tasa de ganancia que allí regía, y que impuso su revisión solidaria del valor, pasando de Vp a Pp. Salió de su ciclo en A como precio de producción, pero al entrar en B ese cambio quedaría semioculto, pues pasaba a formar parte de un nuevo capital; y para el nuevo productor, que convierte las mercancías en medios de producción, que convierte su Ci en Pc de los medios de producción, “ignora” en ese momento la ley de la m que operaba en A y que contaminó el valor de aquellas mercancías, Vp, convirtiéndolas en Pp. Lo que cuenta es lo que pagó por ellas, lo que cuenta es el Pc, que se convierte para él en punto de partida, en referencia de su producción. Y así fue como el Pc ocultaba a la vez su doble alma, híbrido de c y v, y su origen, la conversión del valor en precio, la ocultación (¿definitiva?) de su pedigree bajo la grosera contaminación de la ley de la ganancia que rige el mercado.

Creo que ahora se puede comprender que el valor de los medios de producción, que entra en la fábrica y convive en simbiosis con el valor de la fuerza de trabajo que se le une, ya entró “transfigurado” en precio, mediado por la tasa de ganancia media. Si tratáramos de construir una representación más concreta, situando a A como un momento de una larga cadena de momentos con transiciones similares a la que se da entre A y B, tendríamos que multiplicar esas contaminaciones o “transfiguraciones” ad infinitum, tal que podríamos sospechar que en ese juego de transfiguraciones se pierde la relación entre el valor y el precio. El sentido común, y sobre todo las dificultades de los cálculos para fijar cuantitativamente la relación valor–precio nos empujan a ello, a abandonar la voluntad de objetividad. Pero, al mismo tiempo, la lógica y la ética, por una vez juntas, nos sugieren resistir en el mantenimiento de esa ontología social del valor–trabajo que, con todas sus grietas, sigue siendo tal vez la única opción para mantener la objetividad de la representación y, cosa no despreciable, su potencial crítico.

¿Hemos resuelto el enigma de la transformación de valores en precio? En absoluto, sólo hemos descifrado la escenografía, y hemos identificado el recorrido y el mecanismo: sabemos que la transformación tiene lugar en el traspaso de un capital a otro. Vemos el resultado, el fenómeno de esa transformación, pero no la transformación en sí, no su esencia. Si se prefiere, no vemos su legitimidad. Como en una acción de magia, no sabemos cómo se ha realizado, ni siquiera si se ha realizado; no sabemos cómo salió el conejo de la chistera, ni siquiera si es un concejo; no sabemos, si lo mágico está en la insólita aparición del conejo o en la realidad del conejo. El misterio, pues, aún está por resolver; pero nos vamos acercando.


J.M.Bermudo (2015)


[1] C. III, 57. Seguimos citando sobre la edición de P. Scaron, en siglo XXI, ya citada

[2] Del mismo modo que no se diferenciaban las “subformas” del plusvalor: beneficio, intereses, rentas…

[3] En la Sección II veremos que Marx ha de reconocer la diferencia cuantitativa, pero no adelantemos episodios.

[4] C. III, 179-80.

[5] Ibid., 180.

[6] Ver n.p.p. nº 10. Marx aborda en extenso esta relación en la Sección I, capítulo IV.

[7] Marx pone una excepción: “En la medida en que, como consecuencia de esas oscilaciones de valor, se operaba una vinculación o una liberación de capital, podía afectarse por esa vía indirecta no sólo la tasa de ganancia, sino la propia ganancia. Sin embargo, eso sólo se aplicaba al capital ya comprometido, pero no a la nueva inversión de capital. Y, además, el aumento o reducción de la ganancia misma siempre dependía de la circunstancia de hasta dónde, como consecuencia de aquellas oscilaciones de valor, podía ponerse en movimiento mayor o menor trabajo con el mismo capital, es decir cómo, con el mismo capital -manteniéndose constante la tasa del plusvalor-, podía producirse una masa mayor o menor de plusvalor. Muy lejos de contradecir la ley general o de constituir una excepción a ella, esta aparente excepción sólo constituía, de hecho, un caso especial de aplicación de la ley general” (C., III, 181).

[8] Ibid., 181.

[9] Ibid., 183.

[10] Ibid., 184.

[11] Ibid., 187.

[12] Ibid., 187.

[13] Ibid., 189.

[14] Ibid., 189.

[15] Ibid., 189.

[16] Ibid., 191.

[17] Ibid., 191.

[18] Ibid., 191.

[19] Ibid., 192.

[20] Ibid., 1891-2.

[21] Ibid., 192. La verdad es que el texto es bastante farragoso, y a veces Marx no tiene en cuenta todas las condiciones posibles. El mismo Engels en una nota a pie de página ha de matizar: “Según se deduce del capítulo IV, lo anterior sólo es correcto para el caso en que los capitales A y B tengan diferente composición de valor, pero sus componentes variables porcentuales se hallen en la misma relación que sus tiempos de rotación, o en proporción inversa al número de sus rotaciones. Supongamos que el capital A esté porcentualmente compuesto de 20f, fijo + 70z, circulante, es decir 90c, + 1Ov= 100. Con una tasa de plusvalor del 100%, los 10v producirán, en una rotación 10pv; la tasa de ganancia para la rotación será = 10%. Supongamos en cambio que el capital B sea = 60f, fijo + 20z, circulante, es decir 80c, +20v = 100. Las 20, producen en una rotación, y con la tasa anterior del plusvalor, 20pv; la tasa de ganancia para la rotación es de 20%, es decir del doble que en A. Pero si A rota dos veces en un año y B sólo lo hace una vez. también producirá en un año 2 x 1 0 = 20pv y la tasa de ganancia anual será igual para ambos, a saber, del 20%” (C., III, 192).

[22] Ibid., 192.

[23] Ibid., 193-4.

[24] Ibid., 193.

[25] Ibid., 193.

[26] Ibid., 194.

[27] Ibid., 194.