LECTURA DE EL CAPITAL
Libro III

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MARX Y MARXISMO


LA VIA AL SOCIALISMO


INTERVENCIONES

TRANSFORMACIÓN DEL VALOR EN PRECIO

I - EL PLUSVALOR Y LA GANANCIA


La simple lectura de los títulos de las secciones del Libro III [1] de El Capital, dedicado al Proceso global de la producción capitalista, revela que la reflexión gira en torno al objeto de la primera sección, el secreto de la transformación, que en el fenómeno se materializa en la transformación del valor en ganancia. El tema estrella, el personaje cuya aventura se relata, es la “ganancia”, su origen, su destino, sus formas, su función, sus metamorfosis, sus efectos. Aunque resulte paradójico al capitalista nunca le ha agrado esa inefable figura capitalista del valor, excesivamente metafísica, desmesuradamente sí misma, haciéndose servir más que sometiéndose al servicio; al capitalista le enamora la ganancia, que tintinea en sus manos, que maneja a su antojo. Hasta que no aparece la ganancia con traje de ganancia, no está seguro ni contento; aunque su economista de cabecera le insistiera en que la ganancia viajaba en la figura del valor, siempre sospechaba que no era del todo suya, que no la controlaba, que era exigente y déspota; la prefería humilde y dócil, entregada, tangible, definitivamente acumulada a su patrimonio. De alguna forma intuye que en esa empecinada carrera de rotación acelerada de los ciclos el protagonista es el capital, que en su euforia olvida su amo; por eso, aunque esté contento que su buque insignia domine el circuito, domine la vida, domine la historia, no renuncia a que ese gran dominador abstracto luzca y ondee al viento de vez en cuando las enseñas de la casa del amo; o sea, que vuelva a puerto de vez en cuando, para que se reconozca su procedencia y su destino privado, para ser contabilizado como patrimonio boyante, como ganancia de la casa. Aunque enseguida se vaya a un nuevo crucero; aunque su amarre sea de presencia efímera; el capitalista necesita tener, aunque sea imaginariamente, cerca y controlado el capital, cosa que no ocurre cuando éste navega bajo la forma de valor, pero sí, al menos simbólicamente consigue, bajo la forma de ganancia.

El capitalista, mera subjetividad del capital, tiene sus razones para poner exigencias al valor, mera objetividad del mismo; tanto más cuanto es esa naturaleza objetiva del valor la que le lleva a resistirse a aparecer como ganancia. Subrayo este hecho: el valor se resiste a transformarse en ganancia, como si ese amarre en puerto fuera un riesgo (riesgo de devenir riqueza) y, sobre todo, una pérdida de tiempo (por despreciable que sea la magnitud de éste). En el fondo, si tuviera subjetividad, el valor preferiría no tener amo, no tener necesidad de someterse a esas transformaciones en ganancia, siguiendo sin cesar su incansable carrera de revalorización. Pero el valor es sólo la esencia objetiva del capital, que tiene su alma en la subjetividad del capitalista, y ha de cuidar sus dos determinaciones, ha de gestionar la contradicción en que está anclado.

Visto así el capital, como contraposición entre el valor y la riqueza, la ganancia aparece como una figura dialéctica que permite la unidad: es capital y es riqueza, es valor objetivo (en sí) y subjetivo (para sí del capitalista). Pero una figura efímera, que inmediatamente, a fin de que el capital siga su curso, ha de pasar a valor, si bien subjetivamente quedará ya en el alma del capitalista como ganancia, como valor acumulado. Esa consciencia del capitalista, -que no es mera ilusión, sino que está determinada por la objetividad de la acumulación del valor, reconocida en ese acto de aparecer como ganancia-, hace posible la viuda del capital, su reproducción. Por eso el enigmático momento de la “transformación” es tan relevante; por eso el interminable debate para comprender su realidad y el fuerte antagonismo entre las posiciones hermenéuticas al respecto. No en vano se ha dicho, y se sigue pensando así, que en este debate se juega la base teórica del marxismo, su teoría del valor.

Ese momento de transformación del valor en ganancia es analizado en la primera de las cuatro secciones, la de mayor interés filosófico, descrita como “La transformación del plusvalor en ganancia y de la tasa de plusvalor en tasa de ganancia” [2], que abre la puerta al debate sobre la “transformación del valor en precios”, debate que aquí nos preocupa en tanto en el mismo se sigue jugando la aceptabilidad de la teoría del valor. También es filosóficamente importante la segunda sección, sobre “La transformación de la ganancia en ganancia media” [3], que enlaza con la anterior y es imprescindible para destrincar el enigma, pues el problema de la transformación gira en torno al concepto de “ganancia media”. Por ello nos detendremos en ambas secciones, en concreto, en los cuatro primeros de los siete capítulos de la Sección I, que analizaremos en esta sesión y en la próxima, el viernes que viene, y en los tres primeros de los cinco que configuran la Sección II, que abordaremos posteriormente, en las sesiones sucesivas. Los de esta primerea sección se refieren a las relaciones entre las distintas variables que simbolizan las determinaciones del capital, especialmente los efectos de las mismas (como la composición del capital, el tiempo de rotación) en las tasas de plusvalor y de ganancias ganancia, y su influencia en la formación del valor de producción y el precio de costo de los productos. Trataremos de clarificar ese complejo y enredado paisaje que los textos de Marx, procedentes de manuscritos no bien ordenados, repetitivos e inacabados, que no facilitan nada la fijación de los conceptos.  

Previamente, no obstante, a título de breve “Introducción”, haremos una breve descripción del problema teórico de la relación valor-precio, de la transformación, con el fin de situar la lectura del texto marxiano, que además de su complejidad técnica intrínseca al problema teórico arrastra la dificultad añadida de su composición, de su esforzada confección por Engels a partir de manuscritos y fragmentos a veces reiterativos, otras veces desiguales, y siempre sin la claridad y distinción deseables.


1. El problema de fondo de la transformación del valor en precios.

Conocemos el fondo histórico: la economía clásica debatía desde finales de XVIII sobre la posibilidad de una ley subyacente a los movimientos, fenoménicamente desordenados y azarosos, de los precios de mercado. Adam Smith y D. Ricardo configuraron una respuesta de éxito: ligaron esos movimientos al proceso de producción, idea que concretaron en la teoría del valor-trabajo. Para ellos, y para otros muchos economistas que les seguían, el factor determinante del valor de cambio de una mercancía en el mercado es la cantidad de tiempo “realmente” empleado en producirla; por supuesto que en ese valor de cambio pueden influir, y de facto influyen, otros factores, y en ocasiones de manera estruendosa; pero en condiciones normales, y sobre todo en condiciones ideales, de laboratorio, que es donde se elaboran las teorías científicas, el factor referencial, de fondo y constante, que puede servir de base a la ciencia económica era para estos autores el tiempo de trabajo. Así surge la teoría del valor-trabajo, cuyo axioma es que todas las mercancías tienden a intercambiarse en el mercado, tienen un valor de cambio, conforme al tiempo de trabajo que se ha invertido en su producción. Así de simple y de rotundo, pues entienden que, sin ese presupuesto, la ciencia económica ha de guardar silencio.


1.1. Surge así lo que suele llamarse “teoría clásica de valor”, sin duda innovadora, y que se ha mostrado eje de buena parte del desarrollo de la ciencia económica hasta nuestros días. Pueden encontrarse insuficiencias en su formulación clásica, pero supuso un reto radical; la teoría económica subsiguiente construiría desde y sobre ella, y las alternativas a la misma no serían substantivamente teorías, serían simple modelos estadísticos instrumentales para operar en un mundo contingente, lugar actualmente preferido de las ciencias sociales, al que arrastran a las ciencias “naturales” cuando éstas debilitan su fe en el conocimiento del mundo y su confianza en la manipulación del mismo. 

Marx, en aquellos momentos amateur en los dominios de esta ciencia, se alienó con los dos grandes clásicos, A. Smith y D. Ricardo, apreciando en la teoría una voluntad de fundar el saber sobre la objetividad. En el debate sobre la misma asume esa perspectiva de la teoría del valor-trabajo, pero enseguida pasará a matizarla, y con esas matizaciones formuló una posición propia. De sus modificaciones destacamos dos, fundamentales para nuestro problema de fondo, la transformación de los valores en precios.

En concreto, introdujo dos modificaciones muy a tener en cuanta en este debate sobre la relación valor-precio. La primera consistió en la reformulación de la determinación del valor de cambio, sustituyendo el “tiempo real” de producción de la mercancía por el “tiempo medio socialmente necesario” para producirla; la segunda consistió en interpretar y usar la teoría del valor no sólo “epistemológicamente”, garantizando la objetividad de los intercambios, condición de posibilidad de una ciencia con voluntad de verdad, sino “políticamente”, interpretando el peculiar mecanismo de formación del valor en la mercancía como intrínseco mecanismo de explotación capitalista de los trabajadores.

Comencemos por la primera moción. Este es un punto de enorme relevancia, que en su fondo justifica la inquietud del capitalista en transformar el valor en precio, a la que hemos hecho referencia. Aunque no lo sepa, lo intuye; sospecha que su capital se vuelve anónimo en su discurrir por los ciclos, pierde sus raíces, se somete a leyes de otros reinos, se olvida de a quien sirve. Marx viene a confirmarlo con esta moción a la teoría del valor-trabajo, pues viene a decir que el valor de cambio de la mercancía no depende tanto del tiempo que un capital particular haya empleado en producirla cuanto de un una magnitud abstracta, sin substancia, mero resultado matemático, como es el valor medio, social; viene a decir, además, que todas una mercancía concreta tiene el mismo valor de cambio que las demás del mismo valor de uso producidas por los distintos capitales particulares, empleen cada cual el tiempo que empleen, como si ese valor de cambio se hubiera socializado. Se comprende así su inquietud, pues ahora constata que su capital, la revalorización delo mismo, no depende de la relación entre vendedor y comprador, sino que viene mediado por la producción social, o sea, que ahora tiene, además de los trabajadores y de los consumidores, un tercer factor de riesgo, el de los otros capitalistas, que si se descuida rebajan el valor de cambio de su mercancía. Esa aventura del capital, volviéndose abstracto y social, no le gusta, le inquieta; quiere tocar riqueza, quiere tocar ganancia para cerciorarse que al final todo regresa a casa.

El problema técnico, más allá de la conciencia del capitalista, que plantea la corrección marxiana de la teoría del valor-trabajo es que unifica en el destino lo que es diferente en el origen. Sí, la propuesta de Marx da una “unidad de destino” a los productores (tanto a los capitalistas como a los obreros) y a la producción, pues el valor de lo que producen por unidad es el mismo, mientras que el valor producido conforme a la teoría clásica es en cada caso diferente. Una propuesta difícil de digerir, pues parece contraintuitiva y además inmoral. Efectivamente, la teoría de Smith-Ricardo se adecua al sentido común, pues si se considera que el valor de cambio se relaciona con el tiempo de trabajo, aquél ha de corresponder al tiempo de trabajo “real” invertido. ¿Cómo han de valer igual si los tiempos son diferentes? Parece contradictorio, pero bien mirado no lo es. Es contrario en un universo precapitalista, “natural”…, pero en el capitalismo lejos de ser contradictorio es necesario y de “sentido común”, que no es necesariamente el mejor de los sentidos.

El valor de cambio como tiempo medio socialmente necesario, ratificaba el carácter objetivo del valor, pero negaba su inmediatez; su carácter de tiempo medio socialmente necesario disolvía cualquier contenido absoluto, de inmediatez, como el que aportaba el tiempo real de trabajo invertido; el tiempo absoluto de Smith-Ricardo, por absoluto e inmediato, parecía razonable y de sentido común en la fábrica, pero no en el mercado. ¿Cómo pensar que mercancías con el mismo valor de uso se intercambiarán con desigual valor de cambio por el hecho, ajeno al consumidor, de haberse empleado más o menos tiempo en su producción? Eso no ocurre en la realidad. Es más objetivo, más sólido, mejor base como referente de la ciencia, considerar el valor de cambio con la moción marxiana.    

Marx no está defendiendo moralistamente su posición teórica; está diciendo cómo la economía política, ciencia nacida en y para comprender y dirigir el capital, puede llegar a comprender la vida del mercado capitalista, o sea, los fenómenos que tienen lugar en el mercado. Con su moción a la teoría clásica está revelando que la relación entre las mercancías no es una relación entre cosas “naturales”, entre sus cualidades “naturales” (entre las que entraría el tiempo de gestación), sino una relación social y práctica; relación que, de paso, muestra el vínculo entre los trabajadores (y entre los capitalistas) en tanto que el valor de lo que producen (y el que se apropian) ahora depende de los otros. Eso es lo que queríamos decir al resaltar que la teoría de Marx rompe con lo absoluto e inmediato para presentar la realidad, aquí de la mercancía, como realidad determinada y mediada socialmente.

La propuesta de Smith-Ricardo responde a una ontología que ya no corresponde al capitalismo; éste ya no es una “forma natural” de organización de la vida social, viene a decir Marx, sino una forma desarrollada, perfeccionada, a la que había tendido la producción desde los orígenes de los tiempos; una “forma” histórica, impuesta a otras formas de vida subsistentes que quedaron subsumidas en ella, y a veces desaparecidas en sus cunetas. La irracionalidad o inmoralidad que aparece en la percepción precapitalista espontánea e inmediata de un concepto de valor de cambio como el propuesto por Marx, que iguala en valor mercancías con tiempos de producción diferentes, puede comprenderse desde una idea de justicia como “intercambio igual de lo igual”; pero Marx piensa que el marcado capitalista no es el Palacio de Justicia y que la historia tiene otros objetivos que servir a un ideal concreto y particular de justicia. Por eso su propuesta persigue, además de describir la realidad del capitalismo, dirigir la reflexión a la función histórica que el capitalismo en sí cumple y no puede elevar al para sí: la de hacer avanzar la socialización, agente socializante, figura imposible de su autoconsciencia. Pero Marx desde fuera sí puede verlo: al imponer como valor de cambio de la mercancía el tiempo de trabajo social medio de su producción, está socializando el valor de cambio, peor también el capital y el trabajo, uniendo los destinos respectivos de los trabajadores y de los capitalistas.

Esa socialización del valor de cambio también socializa el mecanismo de la explotación; ya no es una relación entre capitalista y obreros fijada en la unidad aislada de la empresa, donde la imaginación permite idealizarla y hacerla descansar en la consciencia y trato personalizado; Marx la ha colocado en lo universal, en la relación social entre capital y trabajo. La ha colocado en el cielo, y allí no hay penumbras donde esconderse. Por tanto, es fácil de entender que tanto el objetivismo como la universalidad, que imponen la complicidad con la explotación, al ser sancionados por esta teoría del valor no agradaran a la conciencia burguesa expresada en la ciencia económica.


1.2. Esto, y dificultades “técnicas” inherentes a la teoría del valor a la hora de pensar los precios –que centraba y centra el interés inmediato del capitalista- estaría en la base de la reacción subjetivista que muy pronto comenzaría a manifestarse en diversas representaciones, pero especialmente en la que devendría dominante, la corriente “marginalista” o “teoría marginal del valor subjetivo”, que desplazaría a la teoría clásica (y luego a la neoclásica) al menos en cuento a hegemonía en la lucha contra el marxismo. Los marginalistas, es bien sabido, cambian el escenario de formación de los precios; dicho muy en abstracto, dejan de verlos en función de la producción y pasan a mirarlos en relación al consumo. O sea, la substancia del valor (de las mercancías) deja de ser el tiempo de trabajo para devenir la demanda del producto, en correspondencia con el desplazamiento ontológico del valor de uso (el en sí de la mercancía) que deviene simple y positiva “preferencia” (su para sí del sujeto). Es cierto que tratan de enmascarar el subjetivismo descarado (éticamente siempre dudoso y científicamente siempre sospechoso) interpretando las preferencias como “utilidad” (los precios serían función de la utilidad, variable que suena más consistente), expresión del valor de uso más apta para la subjetivación; pero no pasa de ser sólo tosco maquillaje, “tosco” en cuanto no logra ocultar las grietas que pretende tapar.

No es cuestión menor que, desde su origen, la teoría marginalista naciera y creciera enfrentada a Marx. Sus pioneros, como al matemático alemán Ladislaus von Bortkiewicz [4], y el político y economistas austro-húngaro Eugen von Böhm-Bawerk [5], no encontrarían mejor defensa de su teoría que desvelar la “contradicción” en Marx, entre sus Libro I y III de El Capital. Para ser más precisos, entre la “teoría del valor-trabajo” expuesta en el primero y la teoría de la “ley general de la tasa media de ganancia”, abordada en el tercero. Entendía el pensador vienés, con toda la razón, que la teoría de la tasa de ganancia media formulada por el propio Marx implicaba que las mercaderías no se intercambiaban conforme a su valor de producción. Y como el orden lógico de la marcha de la consciencia parece exigir que el Libro III, por corresponderle en el orden histórico un momento posterior al Libro I,  le ha de corresponder una consciencia más desarrollada y cercana a la verdad; como se suele considerarse razonable considerar que el saber y el pensamiento, incluso los de Marx, van mejorando con el tiempo, Böhm-Bawerk daba en creer que la teoría de la tasa de ganancia media era más legítima que la teoría del valor, que para solucionar la contradicción bastaba eliminar el término más débil. Y así consideró que la teoría del valor fue una precipitada audacia juvenil, un error de primerizo (hoy diríamos “jovenmarxiano”) que acabaría por corregir posteriormente, cuando lo pensara mejor. Es decir, usaba nada menos que al Marx de la tasa de ganancia media contra el de la teoría del valor-trabajo, a Marx contra Marx. Por tanto, todo resultaba evidente: la propia autoridad de Marx (el viejo) avalaba la bisoñez del joven Marx.

Obviamente, las cosas son simples sólo si convertimos a los autores en personajes de ficción si hacemos con ellos lo que ellos hacen con sus creaciones literarias, poniendo en su cuerpo el movimiento y en su mente las ideas; pero, como hemos dicho ya varias veces en estas lecturas, hasta los personajes acaban por rebelarse y exigir sus derechos, como nos anunciara Pirandello. De momento, y para mostrar la resistencia de Marx a esas recreaciones, nos basta llamar la atención sobre un factum que pone a prueba tanta osadía. Me refiero a ese “pequeño problema” que anida en el siempre obscuro reino de intersección de la lógica y la historia, a saber, el supuesto de la supremacía de la versión definitiva, la última en ser retocada, la que históricamente tiene credenciales de más madura y verdadera; supuesto en nuestro caso se manifiesta avalando la superioridad del texto posteriormente llevado a la imprenta; como si el Libro I quedara superado en el Libro III al menos en los puntos de conflicto. La verdad es que en este caso el supuesto muestra su superchería de manera manifiesta, pues incluso asumiendo su literalidad, asunción inasumible en su universalidad, resulta que es irrelevante en cuanto que los manuscritos del Libro III pertenecen a la misma época -y quizás son cronológicamente anteriores- a la versión definitiva del Libro I, como Engels manifiesta en el “Prólogo” a su edición [6]. Una mala pasada: la lógica editorial al distribuir los textos avaló la confusión de creerlos últimos, y el tópico de valorar lo posterior como más autorizado consagró la impostura. Pero esa autoridad reclamada con excesiva frivolidad para el orden histórico se vuelve en contra cuando se igualan las edades de los textos. El recurso de usar a Marx contra Marx deja aquí de ser válido. El rechazo de la teoría del valor-trabajo debe buscar otros argumentos.

Y haberlos “hay-los”. No resulta fácil, y Marx lo reconoce, conciliar estas dos tesis: la tesis del valor, Tv, según la cual las mercancías se intercambian por su valor-trabajo (entendido como trabajo social medio); y la tesis de la ganancia, Tg, que afirma que las tasas de ganancias de los capitales individuales tienden a igualarse. Marx defiende ambas tesis, sin duda; e “intuitivamente” parecen oponerse, contradecirse. Si cada capital genera su valor en su casa productiva, con su particularidad, ¿qué sentido tiene decir que las tasas de ganancia tienden a homogeneizarse? ¿Por qué y dónde tiene lugar ese proceso?

Ya entraremos en el meollo de la cuestión, y en el desciframiento del enigma, pero la apariencia es la que es: conforme a la Tv, los capitales de las empresas o esferas de la producción tienden a la mayor productividad posible (por ejemplo, con tecnologías, cualificación, intensidad… particulares) y, sobre todo, aspiran a la máxima tasa de plusvalor, para así, al vender sus productos por su valor, incrementar el plusvalor y así la ganancia; pero conforme a la Tg parece que esos esfuerzos no tienen mucho sentido, pues al final las ganancias se autoregulan y confluyen todas hacia una tasa media homogénea de ganancia de los capitales. Por tanto, si las tasas de ganancia se igualan, no parece que los productos no se vendan por su valor particular de producción sino conforme a esa ley igualadora de la “ganancia media” ajena e incluso contraria a la ley del valor. O sea, de forma humorista, Tv invita al capital a un maratón de productividad en soledad y sin fin por maximizar la generación de plusvalor; y Tg les invita a ir en el pelotón, que exige menos esfuerzos y costos, pues al final llegan todos juntos a la meta. ¿No es una paradoja? Es algo así como pensar que si corremos hacia poniente persiguiendo al sol nos acercamos más al astro que quien desde su hamaca contempla nuestra carrera. O, un ejemplo más humano, como el viajero que tiene prisas en un tren que le parece lento y emprende su propio viaje adelantando a todos, vagón tras vagón para, al final, constatar perplejo que todos han llegado a la misma hora a la estación. (No sonriáis a estos ejemplos, pues a lo mejor nos ayudan a comprender la paradoja del valor-precio que tanta tinta y mal de cap sigue provocando).

Lo que en cualquier caso nos pone de relieve la lectura de los textos es que Marx era consciente del problema y no rehuyó abordarlo. A ello se encaminan sus conceptualizaciones bien diferenciadas tanto de los dos tipos de capital, constante y variable, Cc y Cv, que constituyen el capital inicial, Ci, como del plusvalor y la ganancia, p y g, y sus respectivas cuotas, y g´; también su preocupación en fijar el concepto de composición orgánica del capital, q, y de establecer con rigor la distinción entre valor mercantil o de producción Vp y precio de producción, Pp, o entre valor y precio de costo, Vc y Pc, entre otras variables que iremos viendo como constitutivas e individualizadoras de la estructura del capital.

Estas distinciones, en cuyo análisis entraremos enseguida, son importantes. Es conocido que q, cuyo concepto es la relación entre Cc y Cv (o, con más exactitud conceptual, c y v [7]) cambia en cada sector o empresa. Y con q varía g´, que fluctúa en función del c que se necesita para sorber el plusvalor (mucho mayor en las empresas tecnologizadas que en las más manualizadas). Pero el capitalista busca optimizar g´, o sea, conseguir mucho p con poco Ci. Por tanto, moverá su capital hacia las zonas donde sea alta. Estos movimientos tienen una tendencia, un punto ideal de equilibrio: la generalización de una g´, la hegemonía de una tasa media de ganancia m. O sea, todos los capitales a medio plazo tienden, a su pesar, al mismo nivel de ganancias. Y esto es una determinación del sistema, una ley tan fuerte como la del intercambio equivalente intrínseca a la teoría del valor. Y ambas, insistimos, parecen enfrentarse, pugnar por la hegemonía, planteando un reto a la teoría. Incluso en la subjetividad del capitalista ambas se enfrentan, pues la Tv le empuja a trabajar para sí mismo y la Tg a trabajar para el colectivo. En ese enfrentamiento pueden darse dos resultados, que comentamos por separado:

Un resultado aparente, según el cual en el enfrentamiento de ambas teorías vence Tg sobre Tv, o sea, las mercancías dejan de intercambiarse por su valor mercantil, por su valor de producción, Vp, para hacerlo en función de su precio de producción, Pp. El Pp, obviamente no debe confundirse con el precio de venta; éste es en realidad un dato empírico, mero factum, teóricamente irrelevante; decir que una mercancía se vende por su precio de venta es una tautología, mero enunciado de un hecho empírico.

El Vp es para Marx el Pc incrementado con el plusvalor, o sea, Vp = c + v + p; y el Pp es el Pc incrementado con el beneficio pensado éste conforme a la ganancia media, gm, lo que llamaremos ganancia efectiva, ge; o sea, Pp = c + v + ge. Nótese que con estas definiciones sutilmente hemos entrado en la problemática transformación del valor en precio, mediante la simple puesta en relación del valor con el precio; el Pp ya no refiere directa e inmediatamente al valor que cargan las mercancías resultado de la producción, sino que está mediado por la m que se genera en la circulación.

Un resultado real, que Marx interpreta afirmando que la “transformación del valor en precios de producción”, mediada por la Tg no devalúa o falsea la Tv. En consecuencia, según Marx, la contradicción es fruto de una ilusión, y aparece cuando abstraemos –consideramos de forma aislada- la producción de un capital individual, cuando consideramos el capital como un universal concreto; desde esta perspectiva sí se enfrentan y contradicen Tv y Tg. En cambio, si accedemos, o bajamos, a una representación más concreta, -como nos invita el Libro III-, donde no sólo la producción y la circulación ahora intervienen juntas en la génesis y redistribución del plusvalor (por tanto, en la determinación final y efectiva del plusvalor), sino que éste es pensado como plusvalor del capital global que se reparte entre los particulares, la contraposición desaparece. En esta perspectiva Herr Kapital, con títulos de capitalista universal, siente que no ha cambiado nada, que desde la frontera, desde el punto de vista universal, es y es (la y media de sus empresas); y siente y sabe que p es p, que todo el plusvalor ha pasado a incrementar el valor del producto global P, y luego a la M´, para aparecer por fin formando parte de . O sea, Herr Kapital no entiende nada de nada de ese lío del enfrentamiento entre Tv y Tg. Seguro que piensa como el genial Obélix: “son tontos esos romanos…”. En la globalidad, en el reino del capital, que es lo que cuenta para él, las cosas están como deben estar.

Claro que hay diferencias en lo particular; es astuto y ya ha olido las diferencia en las contabilidades de las diferentes fábricas de sus electores capitalistas; pero al fin les representa a todos, como si fueran todas suyas, ¿no? Y una asociación de socios bien avenidos, unas compensan a las otras. En unas se crea más plusvalor y en otras menos plusvalor; unas más que otras, entre sí se compensan las unas a las otras…. Estas cosas sólo afectan, si acaso, al orgullo de los gestores particulares de las mismas, a quienes como porteadores o soportes llevan el negocio. Es la virtud y el mal de cap de los gerentes. Ante su celo, Herr Kapital sonríe paternal y satisfecho susurrando al oído de los afectados de números contables pobres: “no pasa nada, es lo mismo, el cielo era y sigue siendo nuestro”, para que no se desanimen. Aunque enseguida cambia el gesto y dice para estimularlos: “en el próximo ejercicio habréis de dar la vuelta a la situación, hay que remontar el bache sea como sea; si no, ya sabéis, al desbarrancadero”.


1.3. Si recordáis, en el Libro I se analizaba la producción en abstracto; se tomaba el capital como un universal, y aun que se concretara en un particular, era a título de ejemplo, de representación del capital universal. No se tienen en cuenta que, en el mundo real, los capitales son siempre individuales y enfrentados. Por eso allí parecía incuestionable la Tv. En el Libro III, más concreto, hay que tener en cuenta la pluralidad de capitales y sus relaciones, y es aquí donde aparece la sombra de la Tg. Y “más concreto” quiere decir lo que literalmente dice, que en el capitalismo hay capitales individuales enfrentados, que no puede no haberlos, aunque en el análisis podamos y debamos hacer abstracción de los mismos. Y como “hay-los”, no podemos evadir mostrar sus relaciones, y ahí se nos revela implacable e imparable la Tg, que estaba ausente en el reino abstracto del “capital en general”.

Diluida la contradicción (espacio de la ontología) con esta distinción de planos de análisis, no desaparece el problema técnico (dominio de la economía) de la “transformación del valor de producción en precio de producción”. Y es un problema muy complejo, que el propio Marx abordó, aunque para muchos dejó sin resolver satisfactoriamente. Estas insuficiencias sin duda justifican las frecuentes críticas a las carencias de su teoría; lo que no justifican, a nuestro entender, es que las “carencias técnicas” para resolver la deducción de los precios desde los valores lleven a despreciar y negar la Tv (la Tg no suele ser cuestionada, al menos con tanto celo, por parecer más intuitiva y más conveniente su vigencia para los economistas del capital). Las deficiencias técnicas de la teoría, si las tiene, no le quitan de inmediato y definitivamente su validez. Cambiar la “ontología” porque una ciencia tiene dificultades para explicar algunos fenómenos particulares de su objeto, no parece razonable como primer recurso. Las ontologías son ciertamente obra humana, y en gran medida se construyen muy en conexión con las exigencias de las ciencias; pero reducirlas al prêt-à-porter es una frivolidad.

Podemos asumir que el marxismo tiene grandes dificultades y carencias para explicar la transformación de los valores de las mercancías en precios, ello es innegable; pero estas dificultades, estas “anomalías”, no justifican el abandono de la teoría si no se cuenta con otra más funcional, potente, elegante y económica, y las que se ofrecen, incluida la marginalista, no lo son. Para ser más precisos, podríamos aceptar que el marginalismo es más “potente” para explicar ciertos fenómenos de superficie, y sin duda más útil para la función que de ella se espera, para los objetivos “técnicos” del capital. Por ello la usan, sin dudas, y en ese universo nada hemos de decir. Como Fausto, cada cual establece los límites de sus pactos con el diablo. Ahora bien, las críticas a Tv también se han dado en lo que podríamos denominar el “universo marxiano”, entre autores que no están casados con el capital y su valorización, como Paul M. Sweezy [8] o Piero Sraffa [9], por citar dos figuras relevantes. Y en este dominio sí que es justo y necesario clarificar el debate, pues aquí se presume la identidad de la función que se asigna a la teoría.

La verdad es que Marx tenía problemas con las matemáticas avanzadas; digamos que no “calculaba” con suficiente agilidad y claridad. Engels nos cuenta los esfuerzos que tuvo que hacer para clarificar algunos de estos cálculos matemáticos-económicos, incluso recurriendo a la ayuda de amigos matemáticos. Pero estas carencias no afectan al fondo del problema; si acaso habrán sido obstáculos para una más clara y ágil exposición de la teoría, pero éste no depende del lenguaje matemático, al fin sólo un lenguaje, sino de un aparato categorial que, éste sí, Marx tiene bien desarrollado.  

Nos limitaremos a poner un ejemplo de este debate, que viene de largo. Los estudiosos suelen remontarlo al matemático alemán Ladislaus von Bortkiewicz [10], que argumentó la incoherencia de la transformación del valor en precios hecha por Marx. Von Bortkiewicz dice acertadamente que para Marx el Pp se compone de Ci = (Cc + Cv) y gm media. Y muestra que Marx, al hacer la transformación, lo aplicaba al producto, pero no transformaba a precios el Ci. Y ciertamente era así, no lo hacía, y varios marxistas lo han constatado. Pero no todos los marxistas comparten la tesis de que se trata de un error. Alex Callinicos, en su artículo “Ataques a la teoría del valor-trabajo en Marx”, contesta a von Bortkiewicz y a cuantos, inspirados en él, señalan ese olvido en el cálculo de Marx en el momento de transformar en precios el valor del Ci, que lo erróneo es precisamente esa conclusión sobre Marx de sus críticos, y no el “olvido” que le atribuyen, puesto que siendo los medios de producción mercancías compradas en el mercado “el valor de estas mercancías se transformará en precios de producción a través de la formación de una tasa general de beneficios”. Es decir, al ser mercancías antes de devenir medios de producción al ser compradas por el segundo capitalista, su propietario, el capitalista que las vende, ya hizo la transformación al fijar su Pp , ya calculó el precio de venta añadiendo al Pc la m y no el plusvalor p.

Veamos de clarificar la aguda sugerencia de A. Callinicos. Nos  viene a decir que nos situemos en el circuito del capital, concretamente en el momento del paso M´- D´, en el que , en manos del primer productor, carga el plusvalor generado en el proceso productivo. La pasar a , nos dice, ese primer productor ahora en la función de vendedor ya vende en función de la gm. El que recoge ya no es el valor de producción Vp calculado como suma c +v +p, sino como suma de c + v + gm. El ya incluye la transformación. El primer productor, pues, ha hecho la transformación de valor de producción a precio de producción.

Situémonos, ahora, en la posición del segundo productor, el que compra y paga . Este D´= c + v + gm que ha de pagar es ya PpPor tanto, como esto es aplicable tanto a los medios de producción como a la fuerza de trabajo, su inversión inicial, el Ci, desglosado en Cc y Cv, ya viene determinado por esa transformación. O sea, c y v son precios de producción.

Yo entiendo que, sobre todo, Callinicos tiene razón al menos al argumentar que Marx era consciente de que en el cálculo los valores deberían transformarse en precios, calcularse éstos según los Pp; y que era consciente de que ese criterio debía aplicarse a todos los elementos comprados que intervinieran en la producción de la mercancía. Consciencia había; por tanto, también había coherencia formal. Otra cosa es que ese principio, del que era consciente, estuviera presente y activo en todos los momentos de sus cálculos. O sea, que fuera aplicado exhaustiva y correctamente en toda su generalidad. Al respecto hay que recordar que esa exigencia no es la misma en todos los niveles del análisis; hay buenas razones que apoyan la conveniencia de distinguir el nivel de abstracción del análisis, y la fijación de alguna variable (y por tanto el silenciamiento u “olvido” de los efectos del movimiento de la misma) es decir, hay buenas razones, usadas en las ciencias empíricas en general, que en según qué casos hay que hacer abstracción de ciertas determinaciones, que luego habrá que recuperar y tener presente en niveles más concretos. Todas las ciencias operan de esa manera. De ahí que una y otra vez Marx nos advierta de la pertinencia de aplazar los cálculos exhaustivos de la “transformación”.

Por tanto, había consciencia y había razones metodológicas para silenciar ciertas variables en ciertos cálculos. Ya abordaremos estas cuestiones, de momento nos basta con subrayar que el problema de la transformación, aunque permanezca como problema teórico técnico, por la complejidad del mismo, no puede a priori proyectarse esa dificultad “técnica” de la teoría como golpe de gracia contra ésta, como falsación de la misma. No, al menos, en tanto no se haya mostrado, además de la incapacidad actual, histórica, la imposibilidad lógica de la misma para resolver el reto.

Aquí, sin ni siquiera recurrir al argumento de A. Callinicos que afronta la existencia de una solución marxiana al problema de la transformación, de momento nos contentamos con mostrar que Marx era consciente del problema de la transformación (y de su complejidad e importancia teóricas y prácticas), que lo abordó en distintos momentos y con distinto grado de abstracción, y que su tratamiento parece conceptualmente correcto para la finalidad a la que dirigía el desarrollo de la teoría. Sin caer en la tentación de decir, pues ya se ha dicho,  que el “problema de la transformación” no lo tiene Marx, lo tienen los otros, veremos el resultado al final de nuestro recorrido por las secciones mencionadas del Libro III. Ahora se trata de leer con atención los textos.


2. Precio de costo y valor de producción: “el olvido de la diferencia”.

El Capítulo I de la Sección I de este Libro III está dedicado al “precio de costo y ganancia”, dos conceptos a esclarecer con precisión, pues si bien son intuitivos esconden sus secretos. Comienza Marx justificando la visión de conjunto del capital que se propone en este Libro III, una vez vistas por separado la producción y la circulación en los dos libros anteriores. Es decir, se trata de, tras el análisis por separado, abstracto, de los dos grandes momentos del proceso del capital, incorporar una representación más concreta, que articule ambos movimientos, ambas esferas.

“Antes bien, se trata de hallar y describir las formas concretas que surgen del proceso de movimiento del capital, considerado en su conjunto. En su movimiento real, los capitales se enfrentan en formas concretas; estas formas, respecto a la figura del capital en el proceso directo de producción, así como su figura en el proceso de circulación, sólo aparecen como fases particulares. Las configuraciones del capital, tal como las desarrollamos en este libro, se aproximan por lo tanto paulatinamente a la forma con la cual se manifiestan en la superficie de la sociedad en la acción recíproca de los diversos capitales entre sí, en la competencia, y en la conciencia habitual de los propios agentes de la producción” [11].

O sea, es un paso más en el método que nos lleva, sin escapar a la representación abstracta, -que es nuestra forma humana de conocer la realidad, de apropiarnos mentalmente de la realidad-, a la reproducción de un concreto mental más “concreto”, es decir, que incluye más determinaciones. Mayor concreción quiere decir mayor complejidad, mayor riqueza de determinaciones, que hace que el concreto-pensado, la nueva representación, se aproxime a imagen teórica de lo empírico, a modelo que representa la forma de manifestarse las cosas en la superficie. El viaje analítico al interior, al fondo, permite esa re-creación de lo real como concreto-pensado; pero sólo se baja a las profundidades cuando se ha contemplado la totalidad de la superficie desde la distancia que permite la abstracción; sólo el viaje a lo universal e indeterminado permite, en el regreso, el acercamiento e identificación de lo dado.

Pero lo dado en el pensamiento, en lo concreto-pensado, no es lo que se ve en la caverna (en ella sólo se ve lo inmediato, lo no mediado) ni lo que se ve desde el monte eidético (allí sólo se ve lo universal abstracto). Lo que aparece en la certeza sensible es el caos de los capitales individuales confrontados entre sí en lucha a muerte; desde el concepto, en cambio, se ve el capital universal, indistinto, inundándolo todo homogéneamente; al final, en la filosofía, en la reproducción de lo concreto-pensado, que se ofrece en el regreso a la caverna, aparecen sin confundirse los capitales individuales, pero ahoya se ve su relación, su solidaridad, su unidad, bajo esa apariencia inmediata de lucha de todos contra todos. Si en la intuición empírica el capital aparecía escindido, fragmentado y en estado de naturaleza, y en el análisis abstracto el capital aparecía como totalidad libre y uniforme regida por la ley del valor, tras el viaje analítico nos aparece como capitales individuales confrontados y “subsumidos” bajo una nueva forma antes ausente, la de la tasa de ganancia, mediante la cual quedan relacionados, ligados, interconectados, sometidos, como si fueran individuos-ciudadanos de un nuevo estado, del reino del capital.


2.1. Comencemos por analizar dos variables, el valor mercantil o de producción y el precio de costo. Para el capitalista individual lo único importante es su capital. Lo contempla y cuida bajo todas sus figuras: cuando lo ve como resultado y condición de posibilidad de su negocio bajo la figura dineraria, en la caja o en el banco; cuando lo contempla impaciente en pleno momento productivo, en forma de medios de producción, máquinas y trabajadores, tal que hasta el humo de las chimeneas alienta su esperanza; cuando lo ve como producto, resultado de la actividad productiva, saliendo del proceso, y llenando los almacenes; cuando lo ve entrar como mercancía en el mercado, en la circulación, donde tiene su prueba final, la prueba del algodón, en que se decidirá el grado de éxito en el momento de la realización del valor; en fin, cuando respira satisfecho al ver que, por fin, pasaron las incertezas y el dinero vuelve a estar en sus bolsillos, debidamente crecido, compensación a su audacia, a sus riesgos, a su destreza, a su trabajo y méritos. En cualquiera de las formas de aparición del capital, el capitalista ve su capital, la condición de posibilidad de su vida, pues del mismo recibe su fondo de vida (el capitalista también tiene su consumo individual) y la determinación de la misma, de su ser-capitalista. No es extraño que lo fetichice; y no es extraño, vendrá a decir Marx, que en esas miradas de veneración de lo sagrado aparezcan la “ilusiones”.

Situémonos en el momento excitante en que su capital se presenta como mercancías que lleva al mercado, en ese paso decisivo de la realización. Sin duda alguna verá la mercancía M de su propiedad, como suya; se siente productor de la misma, la ha engendrado como a su hija. Incluso podríamos decir que ve en el interior de la misma su propio ADN, su genealogía, con sus apellidos. Efectivamente, en el mercado se registra su identidad, y se presenta como: M = c + v + p. Ese es su nombre, es su valor, su carta de ciudadanía; se llama valor mercantil o valor de producción, que determina su estatus, cómo ha de ser tratado, cómo ha de relacionarse (intercambiarse) con los otros. Analizando ese nombre se ve que, por un lado, es heredera de dos herencias, como si tuviera padre y madre: se trata de c y v, dos figuras del capital cuyos valores sumados constituyen el capital inicial, Ci, o capital adelantado en medios de producción y fuerza de trabajo; por otro, aparece p, con rostro un tanto inconcreto, y en el que el capitalista se ve a sí mismo, quiere ver en él su participación, su esfuerzo, su riesgo, su fortuna…

Veamos más de cerca el Pc. El capitalista llamaba Cc y Cv al reparto de su capital en el capital inicial, Ci. Eso era antes, con el capital en forma de dinero, cuando invirtió su dinero en los elementos de producción. Pero ese dinero ya ha desaparecido; desaparición cuando lo convirtió en c y v, cuando compro los medios de producción y la fuerza de trabajo. Incluso ha desaparecido esta figura, pues en la producción han sido consumido c y v para elaborar el producto P, se han transformado en mercancía nueva. Han desaparecido, pero no de la memoria del capitalista, no de la substancia del nuevo producto; han desaparecido sus figuras, tanto la del dinero como la de factores de la producción, pero el valor se ha mantenido viviente en nuevos cuerpos.

Su experiencia le permite presumir que el valor invertido no se ha esfumado, sino que simplemente se ha metamorfoseado en otra cosa; así es de caprichoso el capital, gusta travestirse. El valor ahora aparece en el producto o la mercancía nueva. Ahora bien, ¿cuál es su nueva credencial? Sin duda alguna esa nueva credencial será su Vp, así al menos la presenta el capitalista en el mercado. Y ya sabemos que su nombre completo es M = c + v + p. Pero el capitalista sabe su origen, sabe cómo se han generado los apellidos. Sabe que ahí residen dos componentes, lo que llama “precio de costo” [12], que está bien registrado en su memoria (anotado en sus libros de cuenta, c + v) y el plusvalor, aunque lo piense como esa ganancia que justifique la operación. O sea, que al registrarla en libro de entrada del mercado escribe: M = Pc + p.

A la suma c + v la llama precio de costo; son los costos de la operación. El “capital adelantado” Ci pertenece a otro escenario, y ahora reaparece como precio de costo, Pc. Es un nuevo fetiche, algo sagrado, no se puede perder: todo su capital se ha jugado a esta carta y de su aceptación por los otros depende su recuperación y el sentido de ese arriesgado juego de su vida. Ese Pc es el indicador, la línea roja que le sirve de referencia en el mercado; más aún, es incluso su credencial de legitimidad, pues en base al mismo encuentra las razones para negociar y fijar las condiciones del intercambio. El Pc le otorga el poder sobre la mercancía, la hace suya y sólo suya.

Volveremos sobre el Pc, pero de momento hemos de esclarecer más la identidad de M, cuyo verdadero ADN hace sospechar de la genealogía que le atribuye el capitalista. En M sus credenciales disimulan su origen, que no es otro que p. Es decir, cuando aparece en el mercado lo hace con un valor de producción: Vp = Pc + p. Y este “apellido”, aunque el capitalista lo incluya en sus genes, no pasa de ser un “hijo adoptado”. Ese p hace que al presentarse en el mercado M parezca tener más de un progenitor: su Pc la relaciona prima facie con el capitalista y su Vp,, por incluir p, le asigna otra paternidad.

Como a efectos objetivos la consciencia cuenta poco, ni siquiera la del capitalista, lo relevante es la identificación de M, que en esta república mercantil pasa por identificar su valor. El problema, pues, es que M parece tener una doble identidad, un doble valor, Pc y Vp: lo que ha costado al capitalista, que es su dueño, no coincide con el valor que transporta, pues en el proceso de producción ha recibido una sobrecarga clandestina: “Sin embargo, lo que le cuesta la mercancía al capitalista y lo que cuesta la producción de la misma mercancía son dos magnitudes totalmente diferentes” [13].

Efectivamente, la producción de M vale más que el precio de costo, Vp es mayor que Pc. Éste es, por decirlo vulgarmente, lo que paga el capitalista para adquirir los medios de producción; pero hay un trabajo no pagado, hay un medio de producción que le ha salido gratis. Para determinar el coste de producción de la mercancía, lo que cuesta a la sociedad, hay que sumar al precio de costo, Pc, el valor del plustrabajo, del trabajo no pagado, o sea, del plusvalor. Por tanto, lo que cuesta producir M, su "valor mercantil" o “valor de producción”, Vp, será: Vp = Pc + p.

Fijaos bien, Pc es lo que costo particular del capitalista y Vp es el costo social. Sí, digo “costo social”, pues el capitalista lo que cuenta es el Pc, lo que él paga; pero producir M ha costado esfuerzos que él no paga; el costo social de la producción de la mercancía, su Vp, incluye también lo que ha costado a la sociedad, a los trabajadores, y que el capitalista no paga. Y tanto es así que el mismo capitalista cuando lleva M al mercado silenciará su Pc (aunque lo tiene gravado en la memoria de su contabilidad y en las huellas de su cartera) y pregonará su Vp, querrá que se reconozca el verdadero valor de M, todo el valor encerrado en ella. Querrá que se reconozca que Vp = Pc + p. De ello depende su vida formal, como capitalista.

Por tanto, al capitalista le interesa que en la identificación mercantil del valor de M reine la indistinción entre Vp y Pc.; o sea, que haya confusión entre ambos; en ese juego mueve sus cartas. Ahora bien, la confusión o identificación de Vp con Pc en el capitalismo no es una ingenuidad ni mero egoísmo, sino que corresponde a su esencia. La consciencia, la representación, está objetivamente determinada, y cada cual mira y ve la realidad según su posición (mejor, según el instrumental con que la produje), sin que pueda escaparse a esta ilusión inducida. Marx lo dice de forma rotunda: “El costo capitalista de la mercancía se mide por el gasto de capital, mientras que el costo real de la mercancía se mide por el gasto de trabajo” [14].

En el fondo, cada una de las partes ve “su” costo, lo que aporta, lo que le duele. El capitalista ve y siente lo que a él le ha costado, lo que él ha pagado; el obrero, en cambio, ve lo que le ha costado a él, que incluye lo que le han pagado, trabajo necesario (tn), y el trabajo impago, trabajo excedente (te), que le han sustraído sin reconocerlo. Es elemental que lo que cuesta el producto al capitalista, precio de costo, es el capital que gasta en la operación, el capital que adelanta; pero lo que vale esa mercancía, su valor en el mercado, el costo real social de producirla, se mide por la suma del valor de los medios de producción y el del "trabajo" empleado (sea éste pagado o impago). Así se comprende la discusión sobre el nombre, sobre la identidad -sobre la genealogía- de la mercancía. Es como si cada cual pretendiera ejercer el derecho de paternidad, aportando sus credenciales: uno insiste en la presencia del Pc y el otro en la presencia en ella de p. ¿Es una disputa fútil? Nada de eso.


2.2. Aclarado el concepto de precio de costo veamos algunos de sus secretos. Hay que reconocer que el Pc no es un mero juego contable del capitalista. Su abstracción, su distinción, su “autonomización”, tiene su sentido y su función. ¿Cuál es ésta? Precisamente la de designar la “parte” del valor de M que ha de ser repuesto, que ha de reconvertirse en capital productivo. Por ser Pc el valor a reponer, a reinvertir en los medios consumidos en la producción de M, su existencia y su distinción son imprescindibles; su identificación es clave para el proceso. Como hemos dicho, marca el límite del intercambio, es la línea roja más sagrada del capital, cruzando la cual hacia abajo se desvaloriza, es decir, se vuelve perverso, se autodestruye; y también marca el límite de la reproducción simple.

Pero el Pc juega otros roles que conviene descifrar, relacionados con la “falsa consciencia”. Marx dice con razón algo que puede sorprender, a saber, que a pesar de su importancia en la reproducción no interviene en la fijación del valor mercantil ni en la valorización del capital; y esto es así aunque guste presentarse como creador de valor. Fijaos de momento en la idea: los costos del capital no intervienen ni afectan a la magnitud el Vp ni en la valorización del capital. Marx entiende que en la economía capitalista el Pc “adopta la falsa apariencia de una categoría de la propia producción de valor” [15]. Algo así -no sé si este símil es muy afortunado- como si un vientre de alquiler o la probeta de la fertilización in vitro se reivindicara como madre, argumentando “sin mí no sería posible…”. Habrá, pues, que centrar la crítica en desvelar el juego de esa falsa apariencia, en mostrar su sentido y función en el capitalismo.

“…la categoría del precio de costo en modo alguno tiene que ver con la formación del valor mercantil o con el proceso de valorización del capital. Si sé que las 5/6 partes del valor mercantil, de 600 libras, o sea, 500 libras, sólo constituyen un equivalente, un valor de reposición del capital gastado de 500 libras, y por ello sólo bastan para readquirir los elementos materiales de ese capital, no sé con ello cómo han sido producidas esas 5/6 partes del valor de la mercancía que constituyen su precio de costo, ni cómo lo ha sido la última sexta parte, que constituye su plusvalor. Sin embargo, la investigación demostrará que en la economía capitalista, el precio de costo adopta la falsa apariencia de una categoría de la propia producción de valor” [16].

Y esta ignorancia, esta ocultación, que importa poco en la superficie (el capitalista sabe lo que necesita saber), resulta esencial a la mirada crítica que quiere conocer el interior del templo. Para el capitalista le basta saber dos cosas. Una, que Vp incluye el valor de Ci y un “plus”, el p, que da sentido al proceso; otra, que ese p procede de su capital anticipado, del Ci. No le importa si de Cc o de Cv, le da igual; mejor aún, para él es lo mismo, pues Cc y Cv son suyos, forman su capital. ¿Para qué diferenciarlos? No lo necesita, incluso tal vez sospecha que es mejor no saberlo.

Recordemos lo que ya Marx expuso en el cap. XVII del Libro I, y que aquí recoge a la letra, para argumentar que la parte del capital adelantado que va a medios de producción, c, traspasa su valor al producto, o sea, pasa a formar parte del Pc. En cambio, con la parte que va a sueldos, v, se produce algo curioso. Con el variable se compra fuerza de trabajo. El capitalista la tipifica así, como “valor” –pues se trata de una mercancía- que paga con el variable. Pero en cuanto la fuerza de trabajo pasa al proceso de producción, deja de ser mero valor que se traspasa al producto para ser “creadora de valor”; deja de ser mera mercancía, mero medio inerte de producción, para devenir “fuerza de trabajo viva”. Y aquí “vivo” tal vez debiera entenderse como referencia a la vida y a esa cualidad de la vida de “crear”, y no simplemente “producir” como las máquinas.

Pues bien, en ese cambio de figura de la fuerza de trabajo, que pasa de mero valor a fuente de reproducción del trabajo vivo, a creador de valor nuevo, se juega todo. El capitalista representa en su contabilidad ese momento así: entrada como valor y salida como generoso creador de valor. Entra a la máquina, al proceso, como valor, y por tanto forma parte del Pc, y sale como creadora de valor, dejándose la piel y el alma, el valor que tenía como mercancía comprada y el plusvalor que generosamente se ha dejado ordeñar. El producto sale cargado con el valor del c y del v que le han traspasado y preñado con el p de la vida inseparable de la fuerza de trabajo. Por eso Vp tiene mayor valor que Pc. Y por eso es importante saber su procedencia, la parte del Ci de donde procede. Además de la ciudadanía es conveniente saber la nación a la que se pertenece, podríamos decir, con una nueva metáfora de riesgo.

Todo el problema gira, pues, en torno a un rasgo esencial del capitalismo, a saber, que presenta el valor de la fuerza de trabajo como valor del trabajo, ocultando la vida subsumida en ella, gastada con ella, sin previo pago de la misma. En la contabilidad del Ci, el variable adelantado figura como salario, como valor del “trabajo” comprado; se silencia que ese “trabajo” comprado es en realidad fuerza viva de trabajo, que encierra dimensiones creadoras ocultas que sin formar parte del v, ni del Ci en su conjunto, vivifica y hace crecer el valor del producto.

Sorprende en el texto la insistencia de Marx en desvelar algo que debería parecer obvio. Pero se comprende si se lee detenidamente y se tiene en cuenta su objetivo, el cual no se dirige tanto a mostrar el origen del valor, que le perece ya bien demostrado, cuanto a dejar claro que su ocultación en la consciencia capitalista no es simplemente ingenuidad o mala fe, sino auténtica ilusión fetichista. Una “ilusión” que tiene sus fuentes epistemológica y ontológica propias, pues los capitalistas lo ven así porque todo empuja a la consciencia del capital a mirarlo así, porque “necesita” verlo así. Veamos el ejemplo que pone Marx para ilustrar la ilusión fetichista.

El escenario es el de un proceso productivo en que Vp = 600 libras, Pc = 500 libras, correspondientes a un c = 400 libras y un v = 100 libras (precio de las 666 2/3 jornadas de tiempo comprado), un p = 100 libras. ¿En qué se distinguen “la parte del capital desembolsado en trabajo” y “la parte del capital desembolsado en medios de producción, por ejemplo, algodón o carbón”? En que sirven para comprar elementos diferentes, pero sin diferencia funcional alguna: se compran ambas para producir valor. Por otro lado, en el Pc de la mercancía retorna tanto el precio de los medios de producción como el de los salarios, ambos como capital adelantado. Es comprensible que el capitalista no vea la diferencia:

“Sólo vemos valores acabados y ya existentes -las partes de valor del capital adelantado que entran en la formación del valor del producto-, pero no un elemento que cree nuevo valor. La diferencia entre capital constante y variable ha desaparecido” [17].

Así aparecen las cosas en el fenómeno, sin que dejen ver “un elemento que cree nuevo valor”. Ahora bien, es un hecho que al final aparece p, pero lo hace brotando del capital indiferenciado, del Ci, sin mostrar su genealogía, sin especificar sus partes, sin dejar ver su relación particular con ellas, sin huellas de su origen. Estas partes, c y v, aparecen indiferenciadas, sumergidas en la indeterminación; su diferencia se ha borrado, no quedan rastros del pasado. Y esa muerte de la memoria histórica, ese “olvido de la diferencia”, como diría Heidegger, viene a ser ni más ni menos que la clave de nuestro destino, de nuestro pasado, presente y futuro, de nuestra manera de ser en el mundo.

¿Podemos impedir la ilusión? De eso trata la crítica, para la cual des-olvidar la diferencia es importante, diríamos que esencial. Para ello debemos seguir el camino de la falsa consciencia, de la génesis de la ilusión de la consciencia, y comprenderla no como simple error sino como determinación social. Para ello, rompiendo el fenómeno y perforando la indiferenciación que aparece en la superficie, el Pc se nos revela con un doble sentido. Primero, como ya sabemos, es una parte del Vp, la parte de éste que repone el capital adelantado, el valor gastado; segundo, comprendemos que si existe como parte constitutiva del valor de la mercancía, como abstracción de la misma, es porque ya existía anteriormente como precio de costo de los elementos de producción empleados, porque ya existía como capital adelantado. O sea, el Pc que aparece como valor total de los medios de producción y de la fuerza de trabajo, de los elementos de la producción, es decir, el Ci adelantado, aparece en la mercancía-producto como Pc de ésta, pero de forma indisociada, sumergido en su Vp como parte del mismo, induciendo así al olvido de la diferencia. Marx dirá: “El valor de capital retorna como precio de costo de la mercancía porque y en la medida en que ha sido gastado como valor de capital” [18].

Como el capital adelantado va a diferentes medios de producción, el Pc de la mercancía debe adquirir y reunir esos valores diferentes. Con la mirada en los costos, el mecanismo de trasvase de valor es el mismo en el c y en el v. Por tanto, queda oculta cualquier diferencia. Y dado que el plusvalor procede del capital en general (pues el c y el v son contabilizados de la misma manera y en ambos casos lo que cuesten ha de ser repuesto, o sea, merecen un trato igual) se difumina la necesidad de fijar su particular origen: al modo como sería irrelevante distinguir entre los padres biológicos y la madre de alquiler si los primeros hubieran desaparecido [19].


2.3. Vamos a cerrar este Capítulo I con algunas reflexiones sobre las relaciones entre Vp, p´ y g, con el objetivo de mostrar que p y g no dependen del Pc, sino de una componente del mismo, de v. Hemos visto al respecto que p es un excedente sobre el Pc; y Pc es el valor del capital gastado. Como Pc se repone, el p es un incremento del capital adelantado, Ci. Ahora bien, en rigor el p proviene de una “alteración” del valor del variable; se ha producido por la transformación de un valor constante (el de la fuerza de trabajo-mercancía) en variable. Al final del proceso, p aparece como incremento de Ci, del capital inicial total. Y es así aunque no todo el Ci haya sido consumido, aunque no haya pasado todo su valor al producto. Marx dirá que

“el plusvalor constituye un incremento no sólo de la parte del capital adelantado que entra en el proceso de valorización, sino también de la parte del mismo que no entra en dicho proceso; esto es, un incremento de valor no sólo del capital gastado que se repone con el precio de costo de la mercancía, sino del capital empleado en general en la producción [20].

Esta cita, que afirma que el plusvalor es un incremento del capital total empleado, no es de fácil comprensión. Para entenderla partamos del objetivo de Marx en esta reflexión que no es otro que el de mostrar cómo se pierde el rastro del plusvalor, lo que da alas al capitalista en su tendencia a ver el p brotando de todos los elementos del capital, del capital como todo indiferenciado. Ha quedado claro que, para el capitalista, el “incremento de valor surge de los procesos productivos que se efectúan con el capital” en su conjunto, y que por tanto es lógico que piense del mismo que “en consecuencia proviene del propio capital”, como avala el hecho de que “dicho incremento, en efecto, existe después del proceso de producción, y antes de éste no existía”. Y Marx comenta:

“En lo que respecta al capital gastado en la producción, en primer lugar, el plusvalor parece provenir por igual de sus diversos elementos de valor, consistentes en medios de producción y trabajo. Pues esos elementos ingresan a igual título en la formación del precio de costo. Añaden indistintamente sus valores, existentes como adelantos de capital, al valor del producto, y no se diferencian como magnitudes de valor constantes y variables” [21].

Visto así, el variable forma parte del Pc, como un producto más que traspasa su valor de reposición; por tanto, no se ve su diferencia en la producción del p, que así aparece como efecto del Ci en su totalidad. El plusvalor brota de un valor dado, el del capital adelantado en forma de capital productivo, sin que parezca relevante la diferencia entre sus componentes, entre las diversas figuras que toman sus partes. O sea, la función diferenciada del variable, mejor, su doble función, queda definitivamente oscurecida, enmascarada.

Es esta “doble función” del Cv la clave para descifrar esa “ilusión” del capitalista y de su conciencia, el economista, ese “olvido de la diferencia”. Porque el Cv, en la medida en que forma parte del precio de costo de la mercancía, del capital gastado en la mercancía, “no produce el plusvalor, sino sólo un equivalente, un valor de reposición del capital gastado”. En consecuencia, a la inversa, “en tanto crea plusvalor”, ya que no puede hacerlo en su condición específica de capital gastado, ha de hacerlo en su condición de “capital adelantado y por ende utilizado, en general”.

“Por ello, el plusvalor proviene tanto de la parte de capital adelantado que entra en el precio de costo de la mercancía, como de la parte del mismo que no entra en el precio de costo; en una palabra, proviene por igual de los componentes fijos y circulantes del capital empleado. El capital global sirve materialmente como creador de producto, los medios de trabajo así como los materiales de producción y el trabajo. El capital global entra materialmente en el proceso laboral real, aun cuando sólo una parte del mismo ingrese en el proceso de valorización” [22].

Al fin, nos dice Marx, lo relevante es que el capitalista, como decía Malthus, “espera la misma ganancia de todas las partes del capital que adelanta”. Al fin y al cabo al capitalista le preocupa la ganancia; para el capitalista el plusvalor, como parte del capital global adelantado, es “la forma transmutada de la ganancia”. Cuando de hecho la representación adecuada es la inversa, la que ve la ganancia como forma transmutada del plusvalor. En cualquier caso, conviene esclarecer la relación entre p y g.

Efectivamente, una suma de valor es capital porque se desembolsa y usa para generar ganancia o, a la inversa, la ganancia es el resultado de usar una suma de valor como capital. Para fijar su relación, analicemos la fórmula M = Vp = c + v + p = Pc + p. Identificando p y g, con conceptos diferentes pero iguales en magnitud, nos queda: Vp = Pc + g. El valor de producción de la mercancía es igual al precio de costo más la ganancia. Marx dirá que así visto la g es lo mismo que p, pero presentada de “una forma mistificada”. Ahora bien, esta mistificación es un rasgo intrínseco al capitalismo, pues en la formación del Vp no puede reconocerse “la diferencia entre capital constante y capital variable”; ha de ocultarse el origen de la modificación del valor que tiene lugar en el proceso, lo que se consigue, en primer lugar, sustituyendo la relación del plusvalor con Cv (parte del capital-dinero destinado a variable) por su relación con v (parte de capital variable); y, en segundo lugar, desplazando la mirada de la relación entre el plusvalor y la parte variable del capital a su relación con el capital inicial total, Ci, con el capital global. Son estos desplazamientos los que permiten ocultar la diferencia, y remiten a la confusión entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”. Marx lo dice así:

“Puesto que en un polo aparece el precio de la fuerza de trabajo en la forma trasmutada del salario, en el polo opuesto aparece el plusvalor en la forma trasmutada del beneficio” [23].

Como vemos, hay diversas determinaciones de la “ilusión” del capital creador de valor, o si se prefiere, del “olvido de la diferencia”. Si M se vende por su valor mercantil, g es igual a p. Pero el capitalista sabe por experiencia que puede tener ganancias incluso vendiendo M por debajo de su Vp; y también que no es posible obtener ganancia con un precio de venta Pv por debajo de su Pc. Notemos que se está dando entrada al “precio de mercado” o “precio de venta”, que siempre ha de estar sobre el Pc. La diferencia entre Pc y Vp, la posibilidad de ganancias si el Pv se mueve entre ambos, da entrada a la función de la competencia capitalista, y lleva al debate sobre la ley de la tasa general de ganancia, etc. En todo caso, el Pc es el límite mínimo del precio de venta. Por eso a veces el Pc se presenta como el “valor intrínseco” de la mercancía, que para el capitalista quiere decir valor sin ganancia alguna. Ahora bien, nos dice Marx, esta realidad de obtener ganancias en este intervalo contribuye también a enmascarar el origen del valor:

“Por eso, el excedente de valor o plusvalor realizado en la venta de la mercancía se le aparece al capitalista como excedente del precio de venta de ésta por encima de su valor, en lugar de como excedente de su valor por encima de su precio de costo, tal como si el plusvalor encerrado en la mercancía no se realizara mediante su venta, sino que surgiera de la propia venta” [24].

Al ver el Pc como valor intrínseco, algo así como el “precio de fábrica” para el capitalista comercial, éste verá la ganancia como resultado de su habilidad y méritos al conseguir un Pv > Pc. Marx deja claro los errores derivados de confundir el Pc con el verdadero valor de la mercancía, el Vm:

“La representación, conceptualmente vacía, de que el precio de costo de la mercancía constituye su valor real, mientras que el plusvalor surge de la venta de la mercancía por encima de su valor, es decir que las mercancías se venden a sus valores cuando su precio de venta es igual a su precio de costo, o sea al precio de los medios de producción consumidos en ellas más el salario, esa representación ha sido proclamada a los cuatro vientos por Proudhon, con su habitual charlatanería seudocientífica, como un recién descubierto secreto del socialismo. Esta reducción del valor de las mercancías a su precio de costo constituye, de hecho, el fundamento de su banco popular” [25].

Y añade:

“Sería totalmente erróneo presuponer que si todas las mercancías se vendiesen a sus precios de costo el resultado sería efectivamente el mismo que si todas se vendiesen por encima de sus precios de costo, pero a sus valores. Pues incluso si en todas partes se equiparasen el valor de la fuerza de trabajo, la duración de la jornada laboral y el grado de explotación del trabajo, en los valores de las diversas clases de mercancías se hallarían contenidas cantidades de plusvalor totalmente disímiles, según la diferente composición orgánica de los capitales adelantados para su producción” [26].

Reflexión compleja, que nos advierte de que tanto como dependen de múltiples variables que afectarán al problema de la formación de los precios.


3. La tasa de ganancia.

El Capítulo II de la Sección I está dedicado a la tasa de ganancia. Sabemos muy bien qué es la tasa de ganancia, g´, su definición, pero no sabemos aún todo su juego. Todo el objetivo de Marx en este capítulo es mostrar la mirada de clase que subyace al recurso capitalista a la ganancia en lugar de al plusvalor para expresar su beneficio. Aunque p = g, el uso de en lugar de para expresar el rendimiento de su capital encierra sutiles mecanismos de simulación y disimulación, que se pasean como fantasmas entre las inertes fórmulas matemáticas.


3.1. Comencemos con una larga cita del inicio de este capítulo del Libro III de El Capital, que nos mete de lleno en el problema. Hemos subrayado en el texto algunos conceptos claves que abordaremos en el posterior análisis:

“La fórmula general del capital es D - M - D'; es decir, que se vuelca a la circulación una suma de valor para extraer de ella una suma de valor mayor. El proceso que genera esa suma de valor mayor es la producción capitalista; el proceso que la realiza es la circulación del capital. El capitalista produce la mercancía no por la mercancía misma, no por su valor de uso ni para su consumo personal. El producto que interesa en realidad al capitalista no es el propio producto palpable, sino el excedente de valor del producto por encima del valor del capital consumido en él. El capitalista adelanta el capital global sin tener en cuenta el diferente papel que desempeñan sus componentes en la producción del plusvalor. Adelanta de igual manera todos esos componentes no sólo para reproducir el capital adelantado, sino para producir un excedente de valor por encima del mismo. Sólo puede transformar en valor mayor el valor del capital variable que adelanta, si lo intercambia por trabajo vivo, si explota trabajo vivo. Pero sólo puede explotar el trabajo, si adelanta al mismo tiempo las condiciones para la realización de ese trabajo: medios de trabajo y objeto de trabajo, maquinaria y materia prima; es decir, haciendo que una suma de valor que se halla en su poder adopte la forma de condiciones de producción; del mismo modo que, en general, un capitalista sólo puede llevar a cabo el proceso de explotación del trabajo por el hecho de que, en cuanto propietario de las condiciones de trabajo, se opone al obrero en cuanto mero propietario de la fuerza de trabajo” [27].

El texto, que resume una vez más la idea general del capitalismo como valorización, tiene interés en la medida en que enfatiza que el capitalista, para conseguir el plusvalor, ha de adelantar no sólo la parte destinada al variable, Cv. sino al constante, Cc. Aunque v no le proporcione plusvalor, sin el mismo el c tampoco puede producirlo. Sin los medios de producción no hay producción de plusvalor, son una condición necesaria; el capitalista ha de invertir parte del capital en v y parte en c, y ha de hacerlo no de manera aleatoria sino en una proporción bien definida, pues un volumen físico de c requiere, y sólo requiere, para ser puesto en marcha un volumen físico bien determinado de v; cualquier variación por encima o por debajo de esa cantidad determinada, genera ineficiencia, malbarata una parte del capital, le niega su esencia de capital.

Las dos partes del capital productivo, constante y variable, son importantes; tan importantes que el capitalista no distingue el papel de cada una en la formación del valor; se limita a comprarlas, a pagarlas, a convertir su capital-dinero en fuerza de trabajo y medios de producción, en los elementos o factores que hacen posible la producción del valor. Y lo reparte de forma intuitiva y empírica, conforme a su experiencia, sin saber cómo afecta ese reparto del Ci, esa composición del capital, al resultado, a la valorización. Intuitivamente sabe que no puede repartir el Ci aleatoriamente, que debe guardar determinadas proporciones; pero no sabe con precisión la proporción, que sólo se fija como resultado de la experiencia.

Esa ignorancia no es muy relevante. Ambas partes son constitutivas de su capital, son dos figuras distintas del mismo; dos partes que comparten el fin pero que tienen funciones bien diferenciadas; bien diferenciadas, pero también precisamente determinadas y complementarias. No se para a pensar, ni le interesa, que una valoriza (engendra valor) y la otra posibilita esa valorización prestando su cuerpo; no es para él relevante que el c sea sólo condición de posibilidad de esa valorización; le es indiferente que una parte cree valor y la otra sea un mero medio o instrumento para sorber y envasar ese plusvalor. No obstante, sabe que ha de tener en cuenta, y sin duda la tiene, que en la producción de valor además del volumen del capital inicia, el Ci, lo realmente determinante es la proporción entre las dos partes en que el mismo se desglosa, su reparto en Cc y Cv en su figura de dinero, que en la esfera de la producción aparecerá como valor de los factores productivos, c y v:

“Al capitalista le da lo mismo considerar que él adelanta el capital constante para extraer del capital variable una ganancia, o que adelanta el capital variable para valorizar e1 capital constante; que desembolsa dinero en salarios a fin de conferir un valor más elevado a las máquinas y a la materia prima, o que adelanta el dinero en maquinaria y materia prima para poder explotar el trabajo” [28].

Aunque sea institivamente y por experiencia, sabe que ambas figuras del capital han de guardar entre ellas proporciones bien definidas, y que de ello depende el objetivo final. El capitalista actúa un tanto ciegamente, pero la acierta; sabe lo que debe saber. No le hace mal la “ilusión” de ver la ganancia mero efecto del Ci. Corresponde a la crítica desvelar la necesidad y función de esas ilusiones, de esa manera de ver y situarse ante las cosas, intrínsecamente determinada por su posición en la producción. Es decir, esa visión “ilusoria” del capitalista respecto a la fuente del valor es la que es, la que puede ser, la que debe ser en tanto exigida e impuesta por su posición de capitalista. ¿Por qué había de distinguir? ¿Por qué aislar y establecer la diferencia? Al fin, piensa desde su subjetividad, ambas partes son necesarias, pues aunque sea -cosa que se resiste a reconocer- la parte variable del capital la que engendra plusvalía, esta función creadora es posible “única y exclusivamente” si se dan unas “condiciones”, a saber, la presencia de los demás elementos integrantes del proceso de producción; o sea, si cumple la condición de que el capital esté presente bajo esas otras figuras que se condensan en lo que llamamos capital constante. De ahí que

“Puesto que el capitalista sólo puede explotar el trabajo mediante el adelanto del capital constante y como sólo puede valorizar el capital constante mediante el adelanto del capital variable, uno y otro coinciden en forma equitativa en su representación, y ello tanto más por cuanto el grado verdadero de su ganancia está determinado no por la relación con el capital variable, sino con el capital global, no por la tasa del plusvalor, sino por la tasa de la ganancia, la cual, como veremos, puede seguir siendo la misma pero no obstante expresar diferentes tasas del plusvalor” [29].

Es así, para el capitalista la ganancia está ligada al capital inicial, no al variable; valora su ganancia en función de su valor absoluto. Sin duda, pero la mide en función de su valor relativo, es decir, en relación al capital que ha tenido que adelantar, el Ci. Esa representación del origen de p que tiene el capitalista, y la ciencia económica que es su conciencia, en la cual el plusvalor brota indistinta e indiferenciadamente del capital global, Ci, tiene una de sus determinaciones en la evidencia de que todas las partes de este Ci son necesarias para la valorización.

Ahora bien, junto a esta indiferencia del capitalista ante la parte del capital que genera el plusvalor, que le genera una consciencia ilusoria del mundo real, Marx sutilmente señala otra determinación que ahonda y densifica la realidad de esa ilusión, que así pasa de casual o accidental a fetichista; me refiero a la experiencia del capitalista de que “el grado verdadero de su ganancia” está determinado por la “tasa de ganancia”, y no por la tasa de plusvalor. Son dos determinaciones de su consciencia complementarias: la anterior le desvía la mirada de la verdadera fuente de donde mana el valor, la fuerza de trabajo, o sea, para sí, la parte v de su capital; ésta, en el mismo sentido, desliga el plusvalor de la ganancia de manera absoluta, como cosas inconmensurables, y de manera relativa, pues el plusvalor, , está ligado a v y la ganancia, , es función de v + c, o sea, a Ci Todo depende de esa tasa, y como se trata de una relación entre la masa de ganancia o plusvalor y el capital global, concretada en la fórmula g´= p/(Cc+Cv)= p/Ci, su creencia viene avalada por la autoridad de las matemáticas. Y esa certeza se ve fortalecida por su experiencia mil veces constatada de que puede ser la misma, mantenerse constante, aunque varíe p´, como luego veremos.

Se comprende, pues, que el capitalista tienda a ver la ganancia en relación con su Ci. Al fin, aunque le mostráramos que sólo el v crea plusvalor, con mucho sentido nos diría: “Sí, pero por mucho variable que anticipe si no pongo capital constante no sale nada de nada”. O sea, todo refuerza su idea de que es todo el capital el que genera valor.

Se comprende, insisto, la realidad de la ilusión, la fuerte determinación de la representación capitalista del origen de la ganancia. Aunque al fin ésta proviene del trabajo no pagado, de que la mercancía tiene un valor mercantil superior al precio de costo, Pc, a lo que paga el capitalista; aunque el plusvalor o ganancia sea un remanente, un “excedente” del capital inicial adelantado, Ci; aun así y por ello el capitalista hace la siguiente reflexión: “lo que cuenta es la valorización, en su valor absoluto y en el relativo, es decir, la g y la ”. Cuenta el valor acumulado que la ganancia expresa; y es así aunque dicho valor también lo exprese, si bien de forma diferente, p y :

g´= p/Ci = p/(c+v); p´= p/v

Marx deja claro que se trata de formas diversas de expresar o medir el “remanente”, la valorización del capital:

“Se trata de dos mediciones diferentes de la misma magnitud, las cuales, a causa de la diversidad de los patrones de medida, expresan a la vez diversas proporciones o relaciones de esa misma magnitud” [30].

Pero, establecida la “identidad y la diferencia”, Marx fija el orden lógico en base a la relación ontológica entre ambos conceptos. Y este tema, esencial en el debate de la transformación valores-precios, y esencial para la ontología marxiana y la filosofía práctica con ella coherente, queda así de claramente formulado:

“De la transformación de la tasa de plusvalor en tasa de ganancia debe deducirse la transformación del plusvalor en ganancia, y no a la inversa. Y de hecho se ha partido históricamente de la tasa de la ganancia. El plusvalor y la tasa del plusvalor son, relativamente hablando, lo invisible y lo esencial que hay que investigar, mientras que la tasa de ganancia, y por ende la forma del plusvalor en cuanto ganancia, se revelan en la superficie de los fenómenos” [31].

O sea, frente al método dominante en su época, que persigue derivar de g´, Marx define su posición de derivar de p´, derivar la ganancia del plusvalor. Es una exigencia ontológica, pues al fin, nos dice, la g es lo visible en superficie, y por eso se ha dejado ver antes, es el criterio de expresión del beneficio más antiguo, mientras p es la verdadera esencia oculta de g, y sólo se ha dejado ver tras un largo desarrollo del pensamiento económico, con la economía política contemporánea. Y aunque los fenómenos de superficie son sin duda alguna reales, también, como diría Kant, son “ciegos”. Conocer la realidad es comprender los fenómenos desde su hipocentro, desde su esencia oculta. Pero, además de esta exigencia ontológica (que tiene la fuerza epistemológica que tiene, pues no hay posiciones ontológicas sagradas) hay razones económicas y políticas que apoyan esa inversión metodológica.

Aunque las consecuencias prácticas nunca parecen pertinentes en el campo científico, creo que no debiéramos olvidarlas en una lectura de Marx, pues su ontología no es ajena a una posición de clase, aunque este argumento hoy parezca inusual o extemporáneo incluso a quienes no silencian su profesión de fe relativista. Al contrario, está convencido de que la representación del mundo no puede liberarse de la posición en el mundo; un convencimiento, por cierto, nada extravagante a nuestro entender.

Pues bien, es claro que al capitalista le interesa lo que pasa en la superficie: que adelantó un dinero y que vuelve crecido. Lo cuenta y en paz, no se pregunta de dónde procede, le parece obvio que se origina en su capital, en su Ci. Pero al obrero sí le interesa y preocupa ese origen, pues sospecha que tiene algo que ver en el mismo, sospecha que ha salido de su cuerpo. Así lo entiende Marx, que enfatizará que al capitalista no sólo no le interesa el origen concreto, el dónde, en qué parte de su capital se ha engendrado ese excedente, sino que “está interesado en engañarse a sí mismo” acerca de la relación determinada y precisa del excedente con una u otra parte del Ci; reconocerlo le araña sus argumentos.

Otra determinación favorable a ese “desinterés interesado” del capitalista por el origen concreto del plusvalor procede del hecho innegable que éste se realiza en la circulación, no en la esfera de la producción directa; se realiza, se hace efectivo, allí donde no se engendra. Más aún, allí donde está ausente el trabajador, el productor del mismo (sustituido por otra figura de lo (in)humano, el consumidor), donde no puede reivindicar su autoría, su derecho al mismo. Esta esfera de la circulación contribuye a enmascarar y enmarañar aún más el origen del plusvalor. Marx lo reconoce así:

“Aunque el excedente del valor de la mercancía por encima de su precio de costo se origina en el proceso directo de la producción, sólo se realiza en el proceso de la circulación, y adquiere la apariencia de emanar del proceso de la circulación tanto más fácilmente por cuanto en la realidad, dentro de la competencia, en el mercado real, depende de las condiciones del mercado el que ese excedente se realice o no, y en qué grado” [32].

O sea, como en la circulación la competencia y las circunstancias fortuitas permiten comprar y vender las mercancías por encima o por debajo de su valor –lo que no afecta a la idea general, pues sólo afecta a la distribución del plusvalor entre los diferentes agentes-, en ese caos, en esa noche de vacas negras, es fácil y cómodo indiferenciar el origen del plusvalor. Para el capitalista individual, ciertamente, “el plusvalor realizado por él mismo depende tanto de la logrería recíproca como de la explotación directa del trabajo” [33]; y como la primera es indescifrable, se extiende su indefinición a la segunda. Resultado: las ganancias dependen de la fortuna y la habilidad de los “emprendedores”, que pasan a ser los auténticos creadores del valor.

Marx no se cansa de aportar elementos contextuales que faciliten la comprensión de ese olvido de la diferencia en cuanto a la función en la creación de valor de los distintos elementos o partes del Ci. Insiste en la interpenetración entre producción y circulación, sus complejas interdependencias y determinaciones recíprocas. Ambas afectan, por ejemplo, al tiempo global del ciclo productivo, de visible impacto en la tasa de ganancia. Estas determinaciones entre ambas esferas “falsean sus rasgos diferenciales característicos”. Nos dice:

“Como se ha demostrado anteriormente, la producción del plusvalor, así como del valor en general, adquiere nuevas determinaciones en el proceso de la circulación; el capital recorre el ciclo de sus transformaciones; por último sale, por así decirlo, de su vida orgánica interna para entrar en relaciones vitales exteriores, en relaciones en las cuales no se enfrentan el capital y el trabajo, sino el capital con el capital, por una parte, mientras que por la otra se contraponen los individuos simplemente como compradores y vendedores; el tiempo de circulación y el tiempo de trabajo entrecruzan sus trayectorias, y de ese modo pareciera que ambos por igual determinan el plusvalor; la forma originaria, en la cual se enfrentan el capital y el trabajo asalariado, resulta encubierta por la intromisión de relaciones aparentemente independientes de ella; el propio plusvalor aparece no como producto de la apropiación de tiempo de trabajo, sino como excedente del precio de venta de las mercancías por encima de su precio de costo, por lo cual este último se presenta fácilmente como su valor intrínseco ( valeur intrinsèque), de modo que la ganancia parece como excedente del precio de venta de las mercancías por encima de su valor inmanente” [34].

Claro, en el momento de la producción directa el capitalista intuye el verdadero origen del plusvalor, como prueba su celo, su avidez, ante los tiempos de trabajo. Allí “sabe” en qué medida su ganancia depende de la entrega y la duración de la jornada de trabajo. Pero luego, en la circulación, ese momento productivo se desvanece y desperfila, y el capitalista se enfrenta a los otros capitalistas y a los consumidores. Y en esta nueva realidad, la competencia y la lucha por el precio de venta borran la relación de la ganancia con el momento productivo y presentan un escenario en que aquella se juega en el nuevo tablero del precio de venta. Y en ese tablero el capital, el Ci, impone su imagen de fuente autónoma del valor, creador de riqueza y legitimación de su valorización.

Es cierto que el capitalista sabe por experiencia que su ganancia tiene que ver con el costo del v; pero del mismo modo las experiencias le permiten creer que también depende del c. Recortar costos en ambos es una forma tópica de incrementar la ganancia, y aquí la capacidad, habilidad y destreza del capitalista le permiten imaginarse una fuente autónoma de valorización. En definitiva, “Al aparecer todas las partes del capital como fuentes por igual del valor excedente (ganancia), se mistifica la relación del capital” [35].

Que c y v sean imprescindibles para conseguir p, para transformar la plusvalía en ganancia, y que la experiencia (fenoménica) del capitalista, las condiciones en que vive su realidad (siempre en la superficie), le empujen al olvido de la diferencia, no evita que Marx considere esa representación, tras haber insistido en mostrar las condiciones que la hacen necesaria, como una “mistificación”. Necesaria, sin duda, determinada por la experiencia y la posición en el proceso, pero mistificadora, porque al fin borra el vínculo de su ganancia con el trabajo, enmascara el origen con una pluralidad de factores y, en última instancia, otorga al capital (a su propietario, a su habilidad, a su arte) la función demiúrgica de crear el plusvalor. La mistificación consiste, pues, en presentar p como segregado por el capital global en vez de “sudado” por el v.

Una mistificación nada casual ni original, como venimos viendo, como insiste incansable Marx; una mistificación con hondas raíces, pues al fin es una figura o expresión de otra mistificación antropológicamente mucho más profunda. Como nos anuncia al decir:

“la manera en que, mediante la transición a través de la tasa de ganancia, el plusvalor se convierte y adopta la forma de la ganancia, no es más que el desarrollo ulterior de la inversión de sujeto y objeto que ya se verifica durante el proceso de producción” [36].

Ciertamente, Marx ya nos remitió en el Libro I a esta figura profunda y radical de la enajenación que se da en el capitalismo, que se expresaba en que “las fuerzas productivas subjetivas del trabajo se presentaban como fuerzas productivas del capital” [37]. Esa situación en que el capital como “trabajo muerto”, trabajo pretérito, acumulado, domina al “trabajo vivo”; en que el trabajador, la FP creadora, es reducido a mercancía. Relación distorsionada, máxima expresión de la enajenación humana, en que el elemento creador aparece inerte y subordinado, cosificado, y lo muerto como fuente de la creación del valor.

Claudio Napoleoni comenta este pasaje de manera tan espléndida y lúcida que vale la pena cerrar este apartado con una larga cita suya: “Precisamente porque interviene esta inversión entre sujeto y objeto, por la que aquello que es sujeto de la producción -el trabajo- es transformado en objeto que es parte del capital, precisamente porque esta inversión ocurre ya en el propio seno del proceso productivo, precisamente porque existe la expectativa de este hecho, resulta posible al capitalista individual, y en general al sistema, poner el capital como un bloque único, para el que no se puede hacer ninguna distinción, bloque único que se convierte en término de referencia para la plusvalía. Así pues, la plusvalía se aleja, por así decirlo, de su fuente real, precisamente porque el trabajo en la forma de fuerza de trabajo es reificado y por lo tanto el capital lo engloba, lo asimila a sí mismo, en consecuencia lo niega en su especificidad; y el capital puede, después de esta operación, presentarse como un todo unitario, que se convierte en el único término de referencia posible al que remitir la plusvalía que, en el ámbito de esta relación, se convierte en ganancia” [38].


3.2. Retomando el problema teórico, veamos ahora la relación entre y desde un ángulo muy particular, a saber, desde las ventajas y desventajas de partir una u otra, la o la , para remontarnos al cálculo de los precios, con balance negativo para la , la variable mimada del capital. Para ello hemos de seguir esclareciendo relaciones entre las variables constituyentes de la estructura del capital, y en este caso y muy particularmente distinguir lo que son relaciones inmediatas, de valor, internas a la teoría, y relaciones mediatas o físicas, exteriores y ajenas a la teoría económica, aunque con efectos económicos.

La economía clásica de tradición ricardiana había tendido a confundir ganancia y plusvalor, siendo g´ = p/Ci la forma de expresar el grado de valorización del capital adelantado, que es lo que cuenta para el capitalista. Pero, dice Marx, “en sí y para sí, no hay una relación interna -por lo menos que sea directa- entre la magnitud de valor del capital global y la magnitud del plusvalor” [39]; por tanto, así formulada no resulta evidente ni trivial la ley de la tasa media de ganancia, que de acuerdo con esta fórmula requeriría una proporcionalidad entre p y Ci en los diversos sectores. Ciertamente, no hay relación interna inmediata entre el Ci y v; es decir, no hay una determinación interna de la teoría económica entre ambas variables. Cierto, sabemos, ya lo hemos comentado, la exigencia de una proporción entre c y v, pero la determinación cuantitativa de esa relación es exterior a la teoría económica, viene dada por las particularidades de los medios técnicos que forman el c (el desarrollo tecnológico histórico); no hay pues relación interna entre C y v. Y como obviamente tampoco hay una relación interna entre Ci y p´. no la habrá entre Ci y p. El capitalista, por tanto, tiene motivos para no expresar su valorización en término de plusvalor; tiene argumentos para buscar otra alternativa y calcular g en función del Ci; pero estos argumentos tampoco se fundan en la teoría de la producción, sino en abstracciones y mistificaciones justificables externamente.

La cuestión está en encontrar las razones internas de la relación entre c y v, es decir, entre las partes en que ha de dividirse el capital. Sabemos al respecto que hay cierta relación mediata entre ambas variables, pues para que cierta cantidad de trabajo se realice en mercancía –“y por ende también constituya valor”- se requiere una cantidad determinada de medios de medios de trabajo y auxiliares que lo “sorban”, que le presten su cuerpo, que hagan de “mula”. La proporción entre “cantidad de trabajo” y “cantidad de medios de producción” viene fijada, determinada, además de por el desarrollo histórico, por las peculiaridades de cada rama y momento de la producción: “Por consiguiente, en tal medida se instaura también una relación determinada entre la cantidad de plusvalor o de plustrabajo y la cantidad de medios de producción” [40]. No es una relación inmediata ni fija, pero tiene cierta consistencia; en realidad no es una relación esencialmente económica, aunque sean económicos sus efectos, sino más abstracta.

Nótese que aquí Marx habla de una proporción entre “magnitudes” materiales, no entre valores. Se comprende que así sea, pues si una máquina requiere para su funcionamiento tres trabajadores, el capitalista tendrá en cuenta al repartir Ci entre constante y variable esa proporción, del mismo modo que calcula la materia prima necesaria por día para cada máquina, etc. Pero es una relación de base física, no económica; no habla de una proporción entre los “valores” de esos elementos, pues es indiferente si las máquinas o los salarios cuestan más caros o baratos.

Ahora bien, esa proporción determinada y propia de cada sector productivo entre las cantidades de trabajo y medios de producción convenientes, lejos de favorecer la media entre los diversos sectores productivos, lo que prima facie determina es la diversidad de en cada uno de ellos, pues la q de los mismos es muy diversa. Lo que exige la forma capital, por tanto, es que en los procesos productivos subsumidos en ella se cumpla esa “proporción determinada” para cada sector entre el “trabajo vivo” que hay que absorber y el “trabajo muerto” o medios de producción que han de absorberlo; pero se refiere a una proporción entre la materialidad de las máquinas y de los trabajadores, no al valor económico de los mismos. No importa que las materias primas o medios de trabajo sean baratos o caros absorban más o menos capital; importa que los medios posean el pertinente valor de uso y que esté en la proporción cuantitativa adecuada respecto al trabajo vivo a absorber. Veamos esto con detenimiento, pues será relevante en el debate sobre los precios.

Lo que se trata de mostrar es que si bien existe una “relación determinada” entre la cantidad de “trabajo vivo” y de “medios de producción”, no hay tal proporción entre plusvalor y valor de los medios de producción o valor del capital global. Así, nos dice Marx, supongamos una jornada de trabajo de 12h y una = 100%; en este caso tn (tiempo necesario para producir el salario) será 6h., y te (tiempo de trabajo excedente o plustrabajo) también 6h. Obviamente en las 12h. se consume doble cantidad de medios de producción (algodón) que en 6h., pues se cumple la “relación determinada” entre las cantidades de trabajo y de medios de producción; pero el plusvalor que agrega en las 6h. de trabajo excedente, te, no guarda relación alguna con el valor de los medios de producción utilizados ni en las 6h de tn ni en las 12h. de la jornada total. “Ese valor resulta totalmente indiferente aquí” nos dice Marx con razón. Es indiferente que la materia prima o los medios de trabajo sean baratos o caros; lo relevante es que tengan el “valor de uso”, o sea, la potencia adecuada para absorber el trabajo vivo.

Para comprobarlo, cuantifiquemos el ejemplo anterior. Supongamos que en una hora se hilan x toneladas de algodón, que cuestan m euros la tonelada (siendo m desconocido); en la jornada de 12 h. se hilarán 12x toneladas con un valor 12m euros. Como sabemos que es del 100% y la jornada de trabajo 12h, tn será 6 h. y te 6h.. A partir de aquí podemos fácilmente calcular la relación del plusvalor con el valor de las 6h y de las 12h, es decir, con el valor del variable, pues p´= p/v. Ahora bien, aparentemente también puedo establecer la relación entre el p y el valor de los medios de producción, el Cc, pues sabemos el valor de éste, 12xm. Pero, nos dice Marx, que eso es sólo apariencia, pues el valor de los medios de producción, el 12xm”, aquí es sólo “un nombre” que designa el valor determinado y puntual de las libras de algodón necesarias durante la jornada; es decir, aquí ese valor es un “índice” de la cantidad, de las toneladas; si cambiara el valor de mercado de las misma, cambiaría el valor, pero las toneladas deberían ser las mismas.

O sea, podemos efectivamente establecer una relación entre plusvalor y precio de los medios de producción… si conocemos el precio unitario de estos en un momento dado. Podemos hacerlo no porque haya relación directa establecida entre plusvalor y valor del v necesario, sino porque hay una relación fiada entre plusvalor y la cantidad de los medios de producción y en cada momento hay una proporción entre esa “cantidad” de los medios de producción necesarios y el valor de los mismos, por lo cual se crea la ilusión de que se puede aplicar la regla de transitividad.

Nótese que, a la inversa, partiendo del precio de la materia prima jamás se puede fijar la cantidad de ésta necesaria por jornada u hora. Supongamos que sabemos el precio de la materia prima, m =1000 euros la tonelada, pero no la cantidad que se necesitan por jornada, o sea, no sabemos la relación entre trabajo vivo y trabajo muerto. Entonces, dice Marx, “no podré extraer conclusiones acerca de la cantidad de materias primas que puede hilarse” en una jornada, y no podré calcular la ganancia. Conclusión: “no existe una relación interna y necesaria entre el valor del capital constante, y por lo tanto tampoco entre el valor del capital global (=c+ v), y el plusvalor” [41]. Lo que “anuncia” la idea de que a partir del plusvalor podemos llegar a los precios, pero no al contrario.

“Si la tasa del plusvalor es conocida y su magnitud está dada, la tasa de ganancia no expresará otra cosa que lo que es en efecto: otra medición del plusvalor, su medición según el valor del capital total, en lugar de hacerlo según el valor de la parte de capital de la cual proviene directamente por su intercambio por trabajo. Pero en la realidad (es decir, en el mundo de los fenómenos), las cosas aparecen invertidas. El plusvalor está dado, pero lo está como excedente del precio de venta de la mercancía por encima de su precio de costo, con lo cual queda en el misterio de dónde proviene este excedente, si de la explotación del trabajo en el proceso de producción, de embrollar a los compradores en el proceso de la circulación, o de ambas cosas” [42].

Y así las cosas cuadran pues en la superficie lo que se ve y aparece como dado es la relación entre valor del trabajo excedente y el valor del Ci, o sea, la tasa de ganancia. Es la positividad que el capitalista percibe y quiere percibir; no necesita ver más, o más bien necesita no ver más. Y aunque esta proporción es sin duda importante y natural, pues ofrece el guarismo de la proporción de valorización del Ci, su tasa o grado de valorización, enmascara más que esclarece, pues “si partimos de esta tasa de ganancia, en modo alguno podremos deducir una relación específica entre el excedente y la parte del capital desembolsada en salario” [43]. Partir de g implica ocultar el origen del plusvalor, mantener el enigma del plusvalor. Partir de g interpretando ésta como “excedente” de valor surgido en la venta, no nos permite remontarnos a p, no nos permite establecer la relación entre p/v. En cambio, desde p podemos elevarnos a g, y desde aquí a los precios, como veremos después.

Bien mirado, partir de g supone uniformizar el capital, no distinguir en él partes distintas y con distintas funciones; partir de g implica ver la ganancia como obra del capital indiferenciado. Como dice Marx, la primacía de la ganancia sobre el plusvalor en la ciencia económica lleva a la ocultación de éste, a mantener en secreto su secreto.

Si el sentido del capital es la valorización, la ganancia mide esa valorización, su velocidad de crecimiento. La cuota de ganancia es importante porque es la representación del grado de cumplimiento de la finalidad del capital, mide su potencia de vida, su éxito. Esa es su importancia, si bien no debe olvidarse el análisis crítico y lo que éste revela, a saber, que esa ganancia es la “forma transfigurada” de la plusvalía:

“Pese a que la tasa de ganancia difiere numéricamente de la tasa del plusvalor, mientras que el plusvalor y la ganancia son, de hecho, lo mismo y además numéricamente idénticos, la ganancia es no obstante una forma transfigurada del plusvalor, una forma en la cual se vela y extingue el origen y el misterio de la existencia de éste” [44].

“Forma trasfigurada” o transmutada del plusvalor quiere decir que éste se convierte en ganancia cuando se lo relaciona con el capital global y se olvida su origen, el “secreto de la existencia del plusvalor”. Aunque de facto la ganancia es la forma en la cual se manifiesta el plusvalor, la ciencia económica se empeña, en cambio, en invertir el orden y deducir éste de la primera. Razones políticas no faltan, pues el plusvalor “deja al descubierto la relación entre capital y trabajo”, mientras que en la ganancia –invisibilizada su identidad con el plusvalor y pensada autónomamente como “excedente por encima del precio de costo de la mercancía y realizado en la circulación”- se expresa “el capital como relación consigo mismo”. Bajo esta relación narcisista se mantiene en el misterio el origen del crecimiento del capital, su génesis por acumulación de plusvalor. Porque si es evidente la valorización, es un enigma su origen y génesis, nos dice Marx. Tanto que nos advierte

“Cuanto más sigamos el proceso de valorización del capital, tanto más se mistificará la relación del capital, y tanto menos se develará el misterio de su organismo interno” [45].

Claro, la valorización se da en la superficie, el reino preferido del capitalista, el lugar de los hechos, de la presencia de la positividad; es el lugar de la acumulación, del crecimiento, de la riqueza de la sociedad burguesa. Bajo esa superficie, en el interior, está el origen oscuro, el sufrimiento, la enajenación, la explotación. Por eso mientras más plácidamente deslicemos la mirada por la valorización más nos deslumbrará la relación narcisista del capital consigo mismo y más se ocultará su relación con su verdadero origen, el trabajo; más se ocultará que su esencia es el plusvalor, nacido en la producción, y no la ganancia realizada en la circulación. Pues ésta, que en realidad no es otra cosa que una forma “transfigurada” del plusvalor, gusta presentarse a sí misma con origen más noble y menos grosero que el de la explotación del trabajo, gusta travestirse de mero “excedente de valor” engendrado mágicamente en ese viaje a los cielos del consumo, afortunado viaje de la compra-venta. Por ello el problema del orden del discurso, del orden de la exposición, en concreto, de la relación y dependencia entre p y g, no es una sofística discusión bizantina sino un debate sustantivo y esencial tanto epistemológica como políticamente. De momento lo dejamos pendiente de resolver, pero ya está convenientemente anunciado. Marx nos explicita la complejidad del problema al cerrar el capítulo de la siguiente insólita manera:

“En esta sección, la tasa de ganancia difiere numéricamente de la tasa del plusvalor; en cambio se ha tratado a la ganancia y al plusvalor como la misma magnitud numérica, sólo que bajo una forma diferente. En la sección siguiente veremos cómo prosigue la enajenación y cómo se presenta la ganancia como una magnitud también numéricamente diferente del plusvalor” [46].

O sea, después de llevarnos por un viaje dirigido, que necesita poner límites a la visión (en el que g y p tienen la misma magnitud, aunque distinto concepto), como en una primera toma de contacto, propio del momento del análisis, como tal abstracto y parcial, repleto de supuestos provisionales…; tras éste es necesario otro viaje, en el que convendrá cambiar la mirada y, en particular, asumir que no sólo y son diferente numéricamente, cosa obvia, pus p´= p/Cv y g´= p/Ci, sino que también lo son p y g, contra lo que hasta ahora se había supuesto. Es, sin duda, un paso más en ese camino a lo “concreto-pensado”; y se hace en la perspectiva de resolver el problema que se cierne sobre este texto, el de la transformación de los valores en precios. Entrar en la diferencia entre plusvalor y ganancia implica poner a prueba la teoría de valor; reconocer su diferente magnitud lleva a pensar la ganancia con otro origen del plusvalor; esta vía, que arrastra incluso a un concepto de ganancia como distinta en valor y ajena al plusvalor, parece una exigencia impuesta por el factum de los precios de las mercancías. ¿Es sólo una “apariencia”? Dejaremos la pregunta abierta para otra sesión. De momento cerraremos ésta profundizando en la relación entre y y sus implicaciones.


4. Las relaciones entre las variables.

Entramos de lleno en una de las cuestiones más importante previas al análisis de la transformación, la referente al análisis de las distintas determinaciones del capital, cuyas relaciones entre sí constituyen su movimiento, su vida, pero también los límites a sus posibilidades de existencia, las condiciones de su sobrevivencia. El concepto del capital puede representarse, y así suele hacerse, en un conjunto de fórmulas que establecen las relaciones de dependencia de un grupo de variables, cada una de la cuales simboliza una de terminación o cualidad del capital. El conjunto de las fórmulas, si se prefiere, de las relaciones entre las variables, nos ofrece la estructura del capital, su forma interna.

Pues bien, algunas de estas determinaciones son más fundamentales que otras para la identificación del capital y el diagnóstico de su existencia; por tanto, unas variables son más básicas, más centrales, lo que quiere decir que son más determinantes de la totalidad y de las otras variables. De ahí que sean ellas las primeras en el orden lógico, y por tanto las primeras en definir y describir en el método. Por ejemplo, las ya muy conocidas por nosotros, como el capital inicial Ci, y su desglose en sus dos formas, variable y constante, sea en forma dinero, Cc y Cv, sea en forma de factores productivos, v y c; otra de las categorías básicas será el plusvalor, p, y su tasa, p´; y las que más gustan al capitalista, la ganancia, g, y su tasa, g´; la composición del capital, q, y los tiempos necesario y excedente, tn y te. Ya las iremos viendo y comentando sus relaciones recíprocas, pero de momento conviene que nos familiaricemos un poco con ellas, sin olvidar que fijan “relaciones numéricas” no conceptuales. Es decir, todas estas variables forman parte de la estructura del capital, y a través de las relaciones que definen estas fórmulas determinan las otras variables y, por su mediación, la estructura del capital y sus movimientos internos, constituyentes.

Todas estas fórmulas son válidas en el nivel de abstracción del Libro I, es decir, cuando los capitales (sean en sí particulares, de rama, esfera o sistema) son tomados como totalidades aisladas, como capital universal concreto, sin relación con los otros y sin fraccionamiento en su seno. Estas totalidades expresan los cambios de variables en función de movimientos en su interior, de las relaciones entre sus determinaciones (no entre sus partes), y sin confrontarse a ninguna exterioridad. Estas determinaciones, insisto, son magnitudes de esa totalidad concreta, de ese universal concreto en que consiste cada capital individual tomado como universal. Las fórmulas que ligan muchas de esas determinaciones, y que en conjunto resumen buena parte de la vida del capital, son las siguientes.

[1] g´ = p/Ci = p/(c+v); p´= p/v; g = p; q = c/v

[2] g´= p´v/Ci = p´v/(c+v) à g´/ p´ = v/Ci

[3] g´ = (p/v)/((c/v)+(v/v)) = (p/v)/ ((c/v)+1) = (p/v)/ (q+1) = p´/(q+1)

Es una selección, no son todas, ya lo iremos viendo; pero son suficientes para avanzar. Lo importante es, aunque no sea de modo exhaustivo, nos muestran la consistencia objetiva del capital, su vida propia, los límites de su uso por la voluntad del capitalista. Se nos aparece como una realidad objetiva, con consistencia, con resistencia, imponiendo con fuerza su modo de ser en sus relaciones externas.

Es evidente que [1] establece unas “definiciones” de g´, p´ y g a partir de p; por su parte q queda definida como relación de la composición del capital, distribuido en constante y variable. Por otro lado, se ve en [2] que y guardan entre sí la misma relación que v con Ci, y que v con (c+v); o sea, queda manifiesta su diferencia. Ganancia y plusvalor, pues, tienen la misma magnitud, pero sus respectivas tasas no. No hay secreto, y son definiciones, conceptos herramienta, cada uno de los cuales sirve para lo que sirve. En fin, en [3] se observa que es función directa de la p´, tiende a crecer y decrecer con ella, aunque no a su ritmo, no en modo directamente proporcional. También se observa que está ligada a q, la composición orgánica del capital, que grosso modo mide el nivel tecnológico; en este caso es una relación inversa, pero tampoco hay proporción fija, no mantienen el ritmo. Destaquemos un hecho significativo: que tiende a decrecer cuando tiende a crecer q; o sea, cuanto mayor es el capital constante respecto al capital variable, o de otro modo, cuanto menor es el capital variable respecto al constante, menor es . Dicho de forma grosera: cuantas más máquinas y menos trabajadores menos tasa ganancia. Así parece, aunque la idea ha de ser pulida, determinada.

Analizando estas relaciones pueden sacarse ideas sugerentes, sencillas pero que no siempre son vistas de inmediato. Comencemos por valorar la relación entre dos de ellas, la y la , importantes para abordar el problema de la transformación, pues de manera espontánea se tiende a correlacionar con el valor y con los precios. Puede apreciarse, por ejemplo, por la fórmula g´= p´v/Ci, que es siempre menor que, pues v siempre es menor que Ci, salvo en el caso extravagante en que v = Ci, o sea, en que no hubiera capital adelantado en medios de producción, situación netamente contrafáctica y desechable como hipótesis. Esta indiscutible diferencia cuantitativa entre y aportan una razón ideológica (hay otras razones, que veremos), de orden “moral”, para que el capitalista prefiera hablar de ganancia en vez de plusvalor; su magnitud es siempre más moderada y se disimula mejor la explotación efectiva. Es más sutil decir “he ganado un 15% del capital que invertí” que “me he quedado con el 30% del valor que has producido”. Más sutil o más perverso, como cada uno quiera considerarlo.

Y también podemos ver que, dado que el capitalista conoce sin duda la proporción en que dividió su inversión, c y v, si conoce p, supuesto metodológico, puede deducir p´, g y fácilmente, pues con las fórmulas anteriores p´= p/v, g = p y g´= p´/(q + 1). En cambio, si partimos del supuesto que conoce g, y la conoce muy bien pues es un dato empírico, es algo que toca como “excedente” en el valor de venta, no deja de tener enormes dificultades en remontarse al valor de p y. Esto puede sorprender, pues podríamos pensar que si conoce g conoce p, cuya igualdad se afirma en la fórmula, y a partir de aquí estamos en el caso anterior. Podríamos pensarlo, y así cortaríamos el nudo gordiano, pero no le habríamos desenmarañado; si fuera así de fácil no se habría dado el largo debate de la “transformación” que aquí nos ocupa. Es más complejo, mucho más complejo. Y no afirmo, ni siquiera sugiero, que sea imposible conocer las magnitudes del plusvalor y su tasa a partir del conocimiento de la ganancia, pero sí que es muy muy complicado, que se necesita recurrir a sistemas complejos de ecuaciones, que Marx no dominaba. No, no los dominaba, pero, por suerte no lo necesitaba: podía partir de p. En cualquier caso, en ese terreno el debate está abierto, hasta donde conocemos.

En el texto de este Capítulo III, Marx se introduce en un juego hermenéutico que, fuera del lenguaje matemático, permita ir desvelando las relaciones entre las variables. Partiendo de la fórmula g´= p/Ci = p´v/Ci, relaciona y analiza los casos posibles, las combinaciones resultantes de ir fijando las diversas variables sucesivamente, dejando libres las dos a relacionar. Así verifica la influencia de esas modificaciones de p, v, c… en la tasa de ganancia, y a la inversa. Como dice Marx, así se obtienen series de situaciones de un mismo capital o, sincrónicamente, comparativas de la situación simultánea de varios capitales. En todo caso, se puede ver el efecto en g de esas variaciones.

El análisis matemático de los resultados de los diferentes supuestos, derivados de las combinaciones posibles de hacer constante o variable a las diversas incógnitas de la ecuación de la tasa de ganancia, es farragoso, pero en sí no tiene complejidad [47]. El escaso interés teórico de estas reflexiones, que sólo sirven para apoyar algunas tesis o conclusiones, nos lleva a limitarnos a exponer y valorar algunas de los casos. Pensamos que son bastante intuitivos y que, en definitiva, el aparato matemático que pone en escena, nada complejo, puede ser consultado oportunamente. Por ello me limitaré a comentar las conclusiones más relevantes para el objetivo que en este momento nos ocupa, centrado en la relación entre plusvalor y ganancia.

Todas las sucesivas hipótesis que analiza giran alrededor de una idea, que podemos tomar como conclusión del análisis, a saber, que la ganancia depende fundamentalmente del tiempo de rotación tr (cuyo tratamiento abordará posteriormente) y de la composición del capital q, que refiere a su reparto de Ci entre c y v. Marx lo dice así tras valorar las múltiples relaciones posibles entre las variables:

“De esta manera hemos agotado aquí todos los casos posibles de variación de v, c y Ci en nuestra ecuación. Hemos visto que la tasa de ganancia, manteniéndose constante la tasa del plusvalor, puede disminuir, permanecer constante o aumentar, mientras que la menor variación de la relación entre v y c o entre v y Ci es suficiente para modificar igualmente la tasa de ganancia” [48].

Es así de contundente: si permanece constante en diversas ramas de la producción, o en diversos capitales de una rama, sus respectivas ganancias relativas no tienen por qué ser idénticas, sino que varían en función principalmente de la composición orgánica del capital. Insiste en ello:

“De todos los cinco casos resulta, entonces, que una tasa de ganancia en aumento puede corresponder a una tasa de plusvalor en disminución o en ascenso, que una tasa de ganancia decreciente puede corresponder a una tasa de plusvalor en ascenso o disminución, y que una tasa de ganancia constante puede corresponder a una tasa de plusvalor en aumento o disminución. Ya hemos visto en I que una tasa de ganancia creciente, descendente o constante puede corresponder asimismo a una tasa de plusvalor invariable. En consecuencia, la tasa de ganancia resulta determinada por dos factores principales: la tasa de plusvalor y la composición de valor del capital” [49].

Nada extraño, pues deriva matemáticamente de la fórmula que relaciona estas variables recogida arriba:= p´/(q+1), según la cual toda variación en o en q repercute en. Para que crezca con ha de disminuir q, vía complicada para el capital; si q crece en este supuesto disminuye g´, resultado no deseable, pero que en la práctica funciona en la medida en que ese crecimiento aumente .

Podríamos preguntarnos por qué Marx se centra más en la movilidad de q que en la de , estando ambas variables en la fórmula de la ganancia; es decir, por qué Marx fija , la presupone constante, y juega con el movimiento de las otras variables. El motivo de esta fijación de la variable es bien claro, y así lo dice, el de “facilitar el cálculo”. La siguiente cuestión a plantear sería si la comodidad del cálculo es razón suficiente, si con ello no se está adulterando el resultado; siempre es complicado justificar la fijación de una variable tan potente, que incide de modo inmediato sobre las otras; pues es obvio que incide directamente en p y en g, y de forma muy efectiva. Abordaremos esta cuestión más adelante, cuando el mismo Marx se la plantea y ofrece su justificación. De momento aquí cerramos nuestro comentario a la Sección I, aunque ésta contenga cuatro capítulos más.

¿No son importantes? Sí, so lo son, pero respecto al problema, concreto planteado de la transformación de valores en precios. En este sentido, el Cap. III cierra en gran medida las correlaciones entre las diversas variables, y por tanto deja bien descrita la estructura general del capital. Nos ha ayudado a avanzar mucho, si no en el esclarecimiento inmediato del problema, si en la complejidad de la relación entre p y g, y y , que nos ayudará a ello. El Cap. IV sobre la “Influencia de la rotación sobre la tasa de ganancia”, no nos interesa ahora, a pesar de que el hecho de que parte del capital tenga que estar constantemente en “barbecho” afecta a p y a g. Lo pasamos por alto, aunque algún día habremos de retomarlo. También dejamos de lado el Cap. V, sobre “Economía en el empleo del capital constante”, donde expone interesantes consideraciones sobre los mecanismos de incremento del plusvalor, y por tanto de la ganancia. Y lo mismo hacemos con el Cap VI, que trata de la “Influencia de los cambios de precios”, principalmente de las materias primas, en la ganancia; y con el Cap. VII, dedicado a unas ligeras “Consideraciones complementarias”. Y así, dando saltos para llegar pronto, pasaremos directamente a la Sección II, dedicada a “La transformación de la ganancia en ganancia media”, conditio sine qua non del paso teórico definitivo a la transformación de los valores en precios. Con el esclarecimiento de la m estaremos en posesión de casi todos los instrumentos necesarios para abordar el problema de la transformación. Pero eso será en la próxima sesión.


J.M.Bermudo (2015)


[1] El Libro III de El Capital, sobre “El proceso global de la producción capitalista” está subdividido en 4 secciones: Sección primera: La transformación del plusvalor en ganancia y de la tasa del plusvalor en tasa de ganancia; Sección segunda: La transformación de la ganancia en ganancia media Sección tercera: Ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia Sección cuarta: Transformación de capital mercantil y de capital dinerario en capital dedicado al tráfico de mercancías y en capital dedicado al tráfico de dinero (capital comercial). Citaremos de la ya conocida edición de P. Scaron (El Capital. Tomo III/Vol. 6. Libro III. El proceso global de la reproducción capitalista. Madrid, Siglo XXI, 2009)

[2] La Sección primera consta de cinco capítulos y dos apéndices: Capítulo l. Precio de costo y ganancia; Capítulo II. La tasa de ganancia; Capítulo III. Relación entre la tasa de ganancia y la tasa de plusvalor; Capitulo IV. Influencia de la rotación sobre la tasa de ganancia; Capítulo V. Economía en el empleo del capital constante; Apéndice 1. Consideraciones generales; Apéndice 2. Ahorro en las condiciones de trabajo a expensas de los obreros

[3] La constituyen los capítulos VIII, que trata de la relación entre las diferentes composiciones de los capitales y las respectivas tasas de ganancia; el IX, sobre la “Formación de una tasa general de ganancia (tasa de ganancia media) y transformación de los valores mercantiles en precios de producción”; el X, sobre la distinción entre precios y valores de mercado y plus-ganancia; el XI, sobre la relación entre salarios y precios de producción; y el XII dedicado a “consideraciones complementarias”.

[4] De Ladislaus von Bortkiewicz (1868-1931) ver “Wertrechnung und Preisrechnung im Marxschen System", enArchiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik (1907)

[5] Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914), iniciador de la Escuela de Viena, escribió obras como Capital and Interest [en 2 vol. I. History and Critique of Interest Theories(1884); II. Positive Theory of Capital(1889)] y Karl Marx and the Close of his System(1896)

[6] Engels dice que el borrador de los Libros II y III se redactó entre 1863 y 1867, en el mismo intervalo en que elaboró la versión definitiva del Libro I. Sólo menciona el uso de un manuscrito muy incompleto y con ciertas confusiones, dedicado a cálculos matemáticos… que Engels, ayudado por un amigo matemático, usó para confeccionar el capítulo III.

[7] Llamaremos Cc y Cv a las partes en que se distribuye el Ci, expresadas en valor dinero; en cambio, llamaremos c y v a esas mismas partes convertidas en valor medios de producción y fuerzas de trabajo. Sus magnitudes son las mismas, opero so concepto no, pues cada una expresa la aparición del valor en distintas figuras. Por ejemplo, a la hora de definir q, cuantitativamente es válido q = Cc/Cv = c/v; pero conceptualmente hemos de decir q = c/v, en la medida en que el concepto de la composición de capital refiere a la cantidad de fuerza de trabajo que absorbe el capital constante. Desde ese concepto la expresión q = Cc/Cv, aunque cuantitativamente sea correcta, no tiene sentido, pues Cc y Cv expresan dinero. Es válida en la máxima abstracción, pero no sirve para precisar el concepto de q.

[8] Es esencial su The Theory of Capitalist Development, de 1946.

[9] El trabajo de Piero Sraffa más adecuado para estos problemas Producción de mercancías por medio de mercancías. Barcelona, Oikos-Tau, 1960.

[10] De Ladislaus von Bortkiewicz (1868-1931) ver “Wertrechnung und Preisrechnung im Marxschen System", enArchiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik (1907)

[11] C. III, 30.

[12] Importante que hable de “precio de costo”. Permite pensar que compra por el precio de las mercancías-medios de producción, no por su valor. Deberemos seguir si es así o simplemente una expresión contingente.

[13] C. III, 30.

[14] Ibid., 31.

[15] Ibid., 31.

[16] Ibid., 31.

[17] Ibid., 35.

[18] Ibid., 36.

[19] Marx señala en cambio la diferencia entre capital fijo y circulante Cf y Cr, debido a su diferente manera de ceder el valor al producto. Pero esto aquí no nos parece relevante.

[20] C. III, 38.

[21] Ibid., 39.

[22] Ibid., 40.

[23] Ibid., 41.

[24] Ibid., 42.

[25] Ibid., 44.

[26] Ibid., 45.

[27] Ibid., 47-48.

[28] Ibid., 48.

[29]Ibid., 48.

[30] Ibid., 49.

[31] Ibid., 49.

[32] Ibid., 49.

[33] Ibid., 50.

[35] Ibid., 52.

[36] Ibid., 52.

[37] Ibid., 52.

[38] Claudio Napoleoni, Lecciones sobre el capítulo sexto inédito) de Marx. México, Edic. Era, 1976.

[39] C. III, 53.

[40] Ibid., 53.

[41] Ibid., 54.

[42] Ibid., 54.

[43] Ibid., 54.

[44] Ibid., 55.

[45] Ibid., 56.

[46] Ibid.,, 56)

[47] Ver, Capítulo III, 62 y ss.

[48] (C., III, 74)

[49] C., III, 81).