LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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IV - TIEMPOS Y COSTES DE CIRCULACIÓN


Los costes de circulación, que Marx aborda en el Capítulo VI, y sin duda de gran y obvio interés práctico, tienen para nosotros el atractivo teórico de delimitar con precisión el campo del valor. Esta clarificación, además de permitirnos profundizar en la ontología marxiana, nos aporta elementos para pensar ese eterno problema de los sectores de trabajo parasitarios, no productivos, que arrastramos al menos desde Saint Simon. A nosotros nos interesa resaltar la relación de estos costes con la lucha del capital contra el tiempo.

En una lectura de El Capital como la que aquí se pretende, centrada en facilitar la comprensión del texto, atentos a clarificar sus conceptos y despreocupados de la crítica, habitual e imprescindible en otros géneros narrativos, este capítulo tiene una peculiaridad: es de los menos elaborados y de los más ambiguos. En consecuencia, para el género “lectura” tiene el atractivo de la inmediata necesidad de clarificación y la decepción del silencio de la crítica que a cada instante parece reclamar presencia. Con esta consciencia de los límites implícitos en este tipo de comentarios, asumo la lectura de este capítulo fiel a la idea de clarificar lo que Marx dijo o quiso decir, silenciando la voz crítica que despierta continuamente ante las carencias y confusiones que se suceden en sus páginas. Como estoy convencido de que la potencia argumentativa de Marx de la tesis fundamental, según la cual los costes de circulación no aportan valor, sólo es asumida sin reservas a los lectores más militantes que críticos, me propuse remitir a la “reflexión final” algunas sugerencias que ayuden a mantener la insatisfacción que el texto del capítulo sin dudas se merece. Pero dado que he llegado a pensar que las dudas no pueden aclararse sin una reflexión a fondo sobre la distinción marxiana entre trabajo productivo y no productivo, idea que fue variando a lo largo de su vida, he decidido tratar este tema en una entrega aparte, que oportunamente colgaré en esta Web. Confío en que la decisión sea acertada.


1. En los orígenes Pluto ya era amigo de Kronos.

Ya lo hemos dicho, la vida del capital es una lucha contra el tiempo. Una lucha suicida, sin duda, pues al fin y al cabo su valorización pasa por la circulación y ésta conlleva acumulación de más tiempo al tiempo de trabajo, aumentando el tiempo de rotación, o sea, el tiempo de recuperación del capital adelantado con su carga de plusvalor. Al fin, ya lo hemos visto, toda adición de tiempo al tiempo de trabajo va en contra de la productividad, es una sobrecarga en la lucha por la vida del capital. Pero esta lucha no es de la riqueza contra el tiempo, de Pluto contra Kronos; es del capital contra todos los dioses del tiempo, incluidos Kairos y Eón; si hubiera aparecido Kapital en el Olimpo habría sido una lucha entre los dioses por la supremacía. Irían todos contra el gran depredador. Hasta Ulises, amante de las técnicas, habría combatido a éste gran innovador, que con su deprecio de los valores de uso amenazaría la leche y la miel, el néctar y la ambrosía. Pero dejemos los sublimes territorios del mito para seguir nuestro recorrido árido de los dominios del capital.

Paradójicamente el capitalista, que vive del tiempo de trabajo, no tiene clara consciencia de ello; por ello mantiene con la circulación una relación confusa y ambigua. Le gusta, ciertamente, sacar su capital producto al mercado y recuperarlo revalorizado lo antes posible, pero mira la circulación con buenos ojos; la ve necesaria, con razón, pero intenta acortar su tiempo; la considera esencial, hasta creer que es allí donde el capital crea valor, pero trata de acelerar su estancia en ese trayecto lleno de riesgos. O sea, piensa y le gusta pensar –le interesa pensar- que la circulación es el territorio de Midas, pero su instinto le lleva a cruzarlo a la carrera. Tiende a acelerar el ritmo, luchando contra el reloj, para sacar el capital de ese terreno pantanoso, aunque sólo sea para seguir el circuito y volver de nuevo, así indefinidamente. Sí, le gusta la circulación, es el lugar de realización del valor e incluso, como digo, cree que allí brota cristalino el plusvalor como Palas Atenea de la cabeza de Zeus. Le gustaría pasar y pasar por la circulación, siempre en periodos reducidos a sucesivos instantes infinitesimales en que cada presencia significa una revalorización.

No sería irrelevante para nosotros reflexionar sobre los efectos de esta obsesión del capitalista, inscrita en la lógica de optimización de la acumulación del capital, en distintas esferas de nuestra existencia, que al fin es tiempo; ahí se teje toda una antropología que nos arrastra, nos determina, hasta confrontar a muerte nuestra naturaleza esencialmente temporal con el tiempo: la lucha contra Kronos, ya le hemos comentado, acaba deformando nuestro Kairós. Nos resulta inimaginable, en una economía precapitalista, que un productor deseara plantar los tomates o el trigo por la tarde y recogerlo al amanecer; o que sus gallinas pusieran en unas horas todos los huevos que su naturaleza le permite producir a lo largo de su existencia. Puestos a soñar, si tal cosa les era permitido, seguro que desearían que los tomates o los huevos estuvieran a su disposición al ritmo de su vida, que no le faltaran en los momentos de su uso necesario. Al fin, producían para satisfacer sus necesidades, y éstas se extendían reguladas por el tiempo biológico; y producían en condiciones para ellos “naturales”, es decir, que habían de respetar, aunque sólo fuera porque carecían de recursos para cambiarlas: habían de respetar las estaciones, las épocas de inundaciones, de lluvias y de sol; habían de respetar los tiempos sagrados del universo encantado.

El capitalismo ha roto casi todos esos límites, y sigue luchando por destruir los que aún le oponen alguna resistencia. Necesita una existencia sin tiempo: producir y consumir cosas, animales u hombres en menos tiempo. Vidas sin tiempo, como vinos sin alcohol, leche sin lactosa, o cuerpos sin almas. Cuando en nuestros días nos estremece el horizonte social de una vida laboral –y en el capitalismo fuera de ésta no hay vida, sólo “jubilados”, que se soportan como una enfermedad, de ahí que esa inevitable fase del debe estar asegurada con sólidos planes de jubilación…- reducida a unos escasos 25 años, ¿pensamos acaso que ese factum responde a la lógica de un modo de producción que también acorta la vida de las máquinas, de los objetos de consumo, de las ideas, de los gustos? Creo sinceramente que no lo pensamos suficiente, y cuando la dominación del ecosistema social no se comprende se acaba inevitablemente obedeciéndolo.

Para el capitalismo la “duración” es un enemigo; hasta la ciencia o la experiencia se vuelven obstáculos, devienen obsoletas si duran en exceso. El saber, con ese aura de eternidad, o al menos de duración, que se creía para siempre, más allá del bien y del mal, queda desacralizado: un dios que cambia constantemente de perspectivas, un dios tan innovador que se metamorfosea constantemente a sí mismo, es una contradictio in adiecto.

¿No os habéis dado cuanta de esta histeria colectiva de la innovación? Recuerdo aquel capítulo del Libro I, en el que Marx habla de las máquinas. Y dice algo que no sé si ya es válido. Comenta que en Inglaterra se producen máquinas que ni el mismo sector que las produce las usa en su producción: las produce para venderlas al exterior, especialmente a USA, pero no las usa como medios de producción en Inglaterra. O sea, se innova en Inglaterra pero no se consume allí la producción innovada. ¿Por qué? Marx dice, lo recordaréis, que el capitalista inglés no cambia sus máquinas viejas mientras la mano de obra sea barata y compense la productividad con plusvalor, que sale de los brazos de los obreros. O sea, dice Marx, el capitalista se rige por la rentabilidad del capital invertido: innova sólo cuando le es necesario para cumplir con su infinita voluntad de valorización. Paradójicamente respetaba la edad, el tiempo de la máquina, su duración; le interesaba cuidarla y que le durara mucho (le preocupaba menos la vida de los trabajadores, como el mismo Marx pone de relieve con informes de la medicina social).

Durante el último medio siglo las cosas se han invertido, la fuerza de trabajo es cara y ya no se soporta el envejecimiento de la máquina, su excesivo tiempo de vida físico, que hay que mutilar conforme a exigencias económicas. Hoy, inicios del XXI, la larga vida no es económicamente soportable ni en las máquinas ni en los hombres: todo es y ha de ser joven y renovado en el circuito del capital; por tanto, todo ha de ser precario, de fácil sustitución; hay que acortar sus vidas de los medios de producción como las de los objetos de consumo. Así el capitalismo se manifiesta transparente en su esencia como paradójica lucha contra el tiempo.

Acercándonos a la lectura del texto, el tratamiento de los “costes” de circulación manifiesta esta idea del capital empeñado en reducir el tiempo a instantaneidad. La inmediatez, que hoy es una determinación antropológica de nuestra cultura capitalista, expresa a la perfección esa idea: en ella el tiempo se reduce a instante, a infinitesimal, como si tuviera voluntad de desaparecer. ¿Le interesa al capitalismo el ser humano sumido en la inmediatez? Claro que sí, como su inmersión en la precariedad, en la fragmentación ética o estética, o en la dispersión ideológica y conceptual. No entraremos en estas derivaciones, pero tal vez sea conveniente decir algo sobre la función de la inmediatez en el capitalismo. Se presenta como un triunfo al servicio del ser humano: tocamos una tecla y tenemos en marcha el mecanismo de satisfacción de nuestros deseos; tal vez no todos, pero sí muchos. Antes sólo los sacerdotes del capital tocaban la campanilla y acudía solícito el personal de servicio; ahora hemos universalizado el dispositivo, algo es algo.

No quisiera que mi crítica rezumara desprecio al progreso material, ni siquiera a la sofisticación innecesaria de la existencia; pero estoy dispuesto a correr ese riesgo para enfatizar que la inmediatez es el destino elegido del capitalismo en su lucha contra el tiempo; y esa lucha por la inmediatez se manifiesta en este capítulo del texto aquí como lucha contra los costes de producción y circulación, especialmente como lucha contra los costes de los tiempos en que se desenvuelven. Claro que en el tratamiento de los costes hay otros elementos en juego, pero éste de la lucha contra el tiempo es esencial para la ontología marxiana y, por tanto, para la comprensión y critica del capitalismo.


2. Los costes de circulación, tan imprescindibles como improductivos.

Para analizar estas cuestiones seguiremos el mismo orden de Marx, que desglosa los costes de circulación en tres tipos: los “puros” (donde distingue los de compra-venta y de contabilidad), los de “almacenamiento” y los de “transportes”. En el tratamiento de estos temas, no siempre claro –conviene advertir esta oscuridad, tal vez por las características biográficas de los textos recogidos en el Libro II, en este caso del manuscrito IV- debemos tener presente el uso que Marx hace de “productivo”. Normalmente usa el término para referirse a procesos, a actividades, y cualificarlas en referencia a sus efectos en el producto, mirando principalmente si aportan o no valor a éste; pero a veces junto a al efecto valor, introduce también, en el análisis y valoración de los costes, el efecto valor de uso, el efecto en la materialidad del producto.

El efecto valor es, sin duda, el principal eje de la reflexión. No se nos escapa, claro está, que cuando haya aportación de valor debe además distinguirse si tal aportación es por simple transferencia del valor de los medios de producción consumidos, o si es por creación neta de nuevo valor, de plus-valor, por intervención de la fuerza de trabajo. Ello conlleva ciertas ambigüedades que conviene esclarecer. De todos modos, éste es el primer criterio a tener en cuenta a la hora de distinguir y valorar los costes (sean puros, de almacenaje y de transporte), el de si los mismos aportan o no valor al producto.

Como ya he mencionado, Marx recurre en algunos momentos a otros criterio para calificar los procesos de productivos o no productivos; uno de ellos, también relevante, se refiere a si los costes afectan o no a la materialidad del producto (a su valor de uso). El anterior criterio miraba los efectos de valor, éste se fija en los efectos materiales, en su utilidad, aunque sea simplemente como conservación de las mismas. Ambos criterios serán usados de forma desigual, pero en conjunto confluyen en la valoración de los costes de circulación

En fin, un tercer criterio le sirve para distinguir y valorar aquellos costes correspondientes a efectos en la forma-capital de las mercancías. Por tanto, tenemos de momento tres criterios para analizar los costes de los procesos, según éstos afecten a la magnitud de valor de los objetos, a su utilidad o propiedades materiales o a su forma capital.

Por ejemplo, en la operación de compra-venta, considerado por Marx un coste puro, exterior, que no interfiere en el producto, ajeno al estado o las vicisitudes de éste, dado que no sufre variación alguna ni en su cualidad material o valor de uso ni en su magnitud de valor, tiene sentido preguntarnos a qué se deben esos costes, qué sentido tienen. Desde la ontología materialista de Marx se ha de suponer que dichos costes responden a algún movimiento o transformación; y, descartado que sean modificaciones del valor d uso y del valor del producto, dirá que los recursos invertidos en esa operación se han usado sólo y exclusivamente en el cambio de la forma de presentarse el capital, que ha pasado de producto-mercancía a dinero, M – D. Lo cual nos plantea una cuestión muy sugerente, a saber, que el cambio de forma del capital tiene un coste, o sea, que en el mismo se invierte un tiempo. Una trasfiguración o transmutación del objeto que en sí misma no es física, -la mercancía como cosa sigue siendo lo que era- para metamorfosearse en dinero ha consumido un tiempo [1].


2.1. Comencemos por los costes de circulación puros. Podríamos decir al respecto de estos “costes puros”, que deberíamos entenderlos como “puros costes”, es decir, costes que simplemente encarecen, que restan productividad (no valor), que no aportan nada al capital. El dinero que se invierte en ellos no sólo no crea plusvalor, sino que aumenta el adelantado y hace bajar las tasas de plusvalor p´= p/V y de ganancia g´= p/(C+V).

De los dos costes puros indicados, la venta y la contabilidad o administración, comencemos por el primero, por el coste derivado de la compra-venta; después veremos los costes de administración, con algunas peculiaridades distintas, aunque el tratamiento analítico de los mismos es muy similar.

Es obvio que la compra-venta es un proceso necesario. En el concepto marxiano de tiempo de compra venta entra sólo la operación abstracta del intercambio M – D; sin duda ese tiempo va acompañado de otros costes, como almacenamiento, publicidad o transporte, pero éstos se analizan por separado. Aquí entra exclusivamente el tiempo de negociación, la fuerza de trabajo empleada en la misma. La negociación conlleva un tiempo ya en apariencia no productivo, que el capitalista tiende a aligerar; cuanto menos tiempo emplee en vender el producto, mejor. Pero es un proceso necesario, no puede prescindir del mismo, pues hemos visto que el capital tiene un tiempo de circulación, necesario para su reproducción, en el cual recorre las figuras M´ - D´ y D - M (=Pm+Ft); tiempos de metamorfosis, no de creación, pero intrínsecos a la producción capitalista.

Ahora bien, como el capital necesita siempre de su lacayo, de su porteador, ese tiempo de circulación del capital es el tiempo en que el capitalista, materializado en su equipo de venta, se pasea por el mercado, primero como vendedor y después como comprador; el capitalista aparece así en el mercado como el capital personificado, en persona (máscara del capital). Subjetivamente ese tiempo de compra-venta es parte del “tiempo de negociación” del capitalista, que aspira a la correspondiente compensación. En ese tiempo se enfrenta a otros capitalistas, diseña estrategias de venta, regatea, discute precios; como cualquier general, necesita tiempo para plantear la estrategia de lucha y ganar la batalla, para someter a los enemigos; y en el botín que consiga ha de estar sumada la tajada correspondiente a ese tiempo y esfuerzo invertido en los prolegómenos y logística de la batalla. Eso al menos en lo que reclama el capitalista, que reivindica el valor de la compra venta, el coste de la misma:

“El tiempo en el cual se llevan a cabo esas conversiones de forma del capital es subjetivamente, desde el punto de vista del capitalista, tiempo de venta y tiempo de compra, el tiempo durante el cual él mismo actúa en el mercado como vendedor y comprador. Del mismo modo que el tiempo de circulación del capital constituye una sección necesaria de su tiempo de reproducción, así también el tiempo durante el cual el capitalista compra y vende y se mueve por el mercado constituye una sección necesaria de su tiempo funciona de capitalista, esto es, de capital personificado. Constituye una parte de su tiempo de negocio” [2].

Enseguida profundizaremos en estas cuestiones, pero de momento quisiera resaltar que en ambos casos, en ambos criterios (el del valor y el de valor de uso), Marx refiere el concepto a relaciones económicas objetivas, que podríamos llamar técnicas; es decir, tiene en cuenta lo que ocurre en el objeto, en el producto, en la mercancía; no le preocupan las cuestiones subjetivas, por ejemplo, el efecto de esos procesos en el “precio”, en la productividad para el capitalista-comerciante. Ya lo iremos esclareciendo; con estas cuestiones previas podemos entrar en el análisis.

Resaltemos los dos planos del análisis. En el objeto, y en coherencia con el supuesto de que las mercancías se venden por su valor, “lo único que ocurre en estos procesos es la conversión de un mismo valor de una forma en otra, de la forma mercancía en la forma dinero, y de la forma dinero en la forma mercancía, o sea, un cambio de estado” [3]. Es un cambio ontológico en su ser económico, en su forma de existencia como habitante del universo económico, pues antes era capital perteneciente del vendedor y ahora capital en manos del comprador. Pero, como cosa física, material, al objeto le es indiferente ese cambio de pertenencia.

Más aún, incluso en el universo económico, donde se ha producido la trasformación, el cambio es una ilusión subjetiva, pues socialmente la realidad no se ha visto afectada, pues obviamente la compra venta no afecta al valor de uso en sí, ni tampoco el valor:

“Si las mercancías se venden por su valor, la magnitud de valor permanece sin alterar tanto en manos del comprador cuanto en las del vendedor; sólo ha cambiado su forma de existencia. Si las mercancías no se venden por sus valores, la suma de los valores transferidos se mantiene constante: lo que en un lado es más, en el otro es menos” [4].

A la sociedad, desde la perspectiva del universo social –al que Marx recurrirá en los momentos decisivos de la argumentación sobre el sentido de los costes de circulación- , la compra venta es exterior y ajena al objeto.

Aun así, las metamorfosis son metamorfosis, son cambios; cambios de forma, pero cambios al fin y al cabo. Marx las llama “actos de comercio”, que ocurren en el exterior del objeto, ante la indiferencia de éste; actos entre el vendedor y el comprador. Y aquí está la cuestión, pues ambos “necesitan tiempo para ponerse de acuerdo”. Necesitan gastar sus tiempo; esa metamorfosis, tan ontológica y tan formal, va acompañada de actos de comercio que consumen tiempo. Incluso más tiempo del que parecería necesario, pues se produce una lucha en la “que cada parte intenta sacar ventaja a la otra, y los que se enfrentan son hombres de negocios”, y ya se sabe, “when Greek meets Greek then comes the tug of war” [5].

Es la lucha por repartirse el valor lo que cuesta tiempo, lo que tiene costes, aunque en la misma no se produzca valor alguno. Marx subraya que la metamorfosis, el “cambio de estado” de mercancía a dinero, “cuesta tiempo y fuerza de trabajo, pero no para crear valor, sino para provocar el cambio del valor de una forma a la otra” [6]; El combate negociador, “el intento recíproco de aprovechar la ocasión para hacerse con una cantidad suplementaria de valor”, es tiempo socialmente improductivo, pues no aumenta el valor del producto.

“Este trabajo, aumentado por las malas intenciones de ambas partes, no crea ningún valor, del mismo modo que el trabajo que ocurre en un proceso judicial no aumenta la magnitud de valor del objeto litigioso” [7].

El negocio del intercambio es realmente duro, cuesta esfuerzos, medios y tiempo, de los que el vendedor ha de resarcirse; el vendedor subjetivamente sabe que su tiempo ha de ser pagado, y el comprador comprende esa exigencia, pues él también cuenta su tiempo de compra como valor de producción que pasa a los medios. Los dos están de acuerdo. Ahora bien, en rigor socialmente esa negociación no produce nada; en la compra-venta no se crea valor alguno, ni tampoco se ve afectada la materialidad de la mercancía. Como ya he dicho, la operación de cambio de amo no afecta a la materialidad del objeto, no añade nada a su utilidad: el esfuerzo y el tiempo del capitalista-vendedor se emplea en “provocar el cambio de valor de una forma a otra”, o sea, en cambiar la forma de aparición del valor-capital: M - D, o D a M. Es tiempo-esfuerzo gastado en el juego de metamorfosis del capital, en ese travestismo que le exige su función y su destino.

Sin duda ambos actores, vendedor y comprador, consideran que entre ellos hay una partida de póker en que se están jugando el valor, como si éste dependiera del precio que acordaran en la compra-venta. Creen que allí nace el vapor en el juego, con la victoria sobre el otro, y su magnitud se establece por medio de la mayor o menos valoración de la mercancía, por el valor de cambio que consigan. Además, creen que ese valor que ganan corresponde a su arte, su estrategia, sus habilidades… Pero Marx es rotundo en revelar la ilusión de esa lucha por hacer crecer el valor como valor de cambio, para lo cual basta con asumir la perspectiva del capital a nivel social, desde la cual se revela que la compra venta no aporta valor alguno a la totalidad social, ni beneficia en nada la riqueza social. Dice con claridad que el intento recíproco de comprador y vendedor por “aprovechar la ocasión para hacerse con una cantidad suplementaria de valor” no aporta ningún valor nuevo a la sociedad, pues lo que uno gana o pierde al venderla por más o menos valor del real lo pierde o gana el otro, el comprador; es una operación suma cero. Marx dice del trabajo empleado en estas estrategias de compra-venta:

“Este trabajo, aumentado por las malas intenciones de ambas partes, no crea ningún valor, del mismo modo que el trabajo que ocurre en un proceso judicial no aumenta la magnitud de valor del objeto litigioso. Ocurre con este trabajo -que es un momento necesario del proceso de producción capitalista en su totalidad, que incluye la circulación o está incluido en ella- más o menos como con el trabajo de quemar un material utilizado para producir calor. El trabajo de quemar no engendra calor alguno, pero es un momento necesario del proceso de combustión” [8].

Las dos imágenes son excelentes: el trabajo consumido en el proceso judicial no añade nada al objeto de litigio y el esfuerzo en preparar el fuego no añade calor a éste. Obviamente, no se descalifica su importancia, sino que se reconoce su absoluta necesidad; pero los conceptos sirven para eso, para poner límites, para situar cada contenido en su sitio. La compra-venta, aunque absorbe tiempo, aunque es esencial, no aporta valor, conforme a los límites de inclusión y exclusión que impone este concepto de la economía capitalista.

Ahora bien, si no se crea ningún valor, ¿por qué se entregan a ello con devoción y esmero los capitalistas? Sencillamente, porque el vendedor quiere vender sus mercancías por encima de su valor y el comprador aspira a comprarla por debajo del mismo: es la lucha entre los capitalistas por repartirse la plusvalía.


2.2. Toda la preocupación de Marx se funda en su convicción profunda, coherente con su teoría, de que sólo se produce valor nuevo en la fase productiva del ciclo, P – P´; no así en la circulación, en ninguna de sus fases, ni la del capital mercancía ni la del capital dinero. Y además de la coherencia de la idea con la teoría, está también la experiencia fenoménica, que revela como obvio que en ningún momento de la circulación, y en particular el que aquí nos ocupa, el de la venta del producto, hay producción de valor.

Lo cierto es que esta intuición empírica es trasparente cuando la compra-venta se realiza entre capitalistas industriales, entre productores directos; se complica más cuando aparece la mediación del capitalista-comerciante, que pone en juego un potente capital inicial, que emplea medios y usa trabajo asalariado. En este caso, en el que está presente el elemento productor de valor, la fuerza de trabajo, es más complicado evidenciar que el tiempo de trabajo invertido no añada valor a la mercancía.

No obstante, Marx no hace concesión alguna. El capital mercantil puede ser voluminoso, pero no por ello genera valor: “las dimensiones que adquiera el tráfico de las mercancías en manos de los capitalistas no pueden convertir en trabajo creador de valor ese trabajo que no crea valor alguno, sino que sólo media el cambio de forma del valor” [9]. Y, sobre todo, la creación del valor no puede provenir de la mera mediación del capitalista comercial:

“Ni tampoco puede ocurrir el milagro de esa transubstanciación por obra de una transposición, esto es, por el hecho de que los capitalistas industriales, en vez de ejecutar ellos mismos aquel “trabajo de combustión”, lo conviertan en ocupación exclusiva de terceras personas pagadas por ellos” [10].

Al fin, el capitalista que usa en su provecho trabajadores asalariados, “la compra y la venta se convierten en funciones capitales”, tanto más extensa cuando mayor es la producción: “Como se apropia del producto de muchas personas a gran escala social, también tiene que venderlo a esa escala”, y luego de vendido, transformado en dinero, “tiene que retransformarlo luego de dinero en elementos de producción” [11], para continuar la producción. Pero ni antes ni después, ni en M´ - D´ ni en D´ - M (= Mp + Fp), “crea valor alguno el tiempo de compra y de venta”.

Marx no se moverá de esta posición; por ello insistirá en desmitificar la ilusión de la función del capital comercial diferenciado del capital industrial:

“Pero, aun sin entrar más detalladamente en esto, hay algo que está claro desde el principio: cuando, por la división del trabajo, una función que por sí misma es improductiva, pero que es un momento necesario de la reproducción, pasa de ser una actuación secundaria de muchos a serlo exclusivamente de unos pocos, a ser la ocupación exclusiva de estos pocos, no se transforma el carácter de la función misma. Un comerciante (considerado aquí como mero agente de Ja conversión de la forma de las mercancías, como mero comprador y vendedor) puede abreviar mediante sus operaciones el tiempo de compra y venta de muchos productores” [12].

Esta es su posición: cuando una función en sí improductiva, como la compra-venta, antes realizada por todos y cada uno de los productores directos, pasa a ser realizada por un sector especializado y diferenciado de capitalistas, dicha tarea no se vuelve productiva, “no se transforma el carácter de la función misma”. Esa segregación y especialización de la función se justifica por su eficacia, por el ahorro de tiempo que implica, por sus efectos indirectos en la valoración, pero no por devenir productiva. Como dice Marx, a efectos prácticos la aparición del capital comercial especializado “hay que considerarlo, entonces, como una máquina que disminuye el gasto inútil de energía, o que libera tiempo de producción” [13]. Y, como sabemos, las máquinas no crean valor, aunque aumenten la productividad del capital.

Con frecuencia escuchamos, ante esta posición marxiana, que incluye una idea excesivamente rígida y grosera de la producción al tener sólo en cuenta la producción fabril, la producción de objetos materiales… Eso es ignorancia o mala fe, pues Marx ya explicita que incluso la enseñanza puede ser un negocio capitalista, y aquí el producto parece poco fabril. La textura de la mercancía no tiene nada que ver con el concepto de capital. Por tanto, es obvio que ese capitalista-comerciante que se dedica a comprar y vender es un capitalista en sentido estricto, en la medida en que anticipa un capital y del proceso comercial sale la valorización de su capital. El negocio, pues, es indudablemente capitalista. No obstante, piensa Marx, en tanto el proceso comercial no produce ningún valor (a diferencia de una escuela privada o una editorial de poesía, por ejemplo), ese capitalista no vive del plusvalor que crea su empresa, sino de la redistribución de la plusvalía entre los capitalistas en el proceso de circulación.

Como se ve, su idea tiene una potente argumentación de fondo que debemos analizar, pues se trata nada más y nada menos que de la tesis según la cual en el comercio no se produce valor. Es esta premisa la que la crítica puede cuestionar; si se la acepta, la posición de Marx es de impecable coherencia; si se rechaza, la argumentación marxiana sobre la circulación debe ser rechazada en su conjunto. Y Marx es consciente de ello, pues ahonda una y otra vez en su reflexión del problema. Nótese que la dificultad esencial, el nudo de la cuestión, está en que reconoce que en el trabajo comercial se emplea trabajo asalariado, tiempo de trabajo que se paga con capital variable; es decir, se emplea fuerza de trabajo que parece ser esencialmente homologa a la que se emplea en la producción. ¿Por qué habría de tener efectos diferentes? ¿Por qué el capital comercial, usando en su provecho capital constante y capital variable, no puede recoger plusvalor y valorarse por sí mismo? ¿Por qué una escuela privada es una empresa capitalista que produce plusvalor y un comercio una empresa capitalista que no produce valor? Y, siendo así, ¿por qué el capital comercial, no productivo, logra valorizarse, incluso más rápida e intensamente que el capital industrial invertido en la escuela? Son estas las preguntas que habremos de responder.


2.3. Para convencernos de que en la compra-venta no se crea valor, Marx argumenta que su tiempo no forma parte del “tiempo de trabajo”, entendiendo el trabajo en sentido estricto de tiempo invertido en la producción de mercancías, en dar a éstas su forma particular de existencia. No pertenece a ese tiempo el dedicado a tares ajenas a la estricta tarea de darles su ser, sus cualidades materiales y formales. En particular, no pertenece al tiempo de trabajo productivo el empleado en que la mercancía fluya, pase de unas manos a otras, de feria en feria. Marx ilustra la exterioridad de la circulación de las mercancías respecto al tiempo de trabajo comentado que ferias y mercados, esenciales en la arquitectura del comercio, en aquellos dorados tiempos de abundancia de los productores directos, solían hacerse en días festivos, para no perder su tiempo de trabajo.

Comprar y vender era una actividad lúdica, como en cierto modo vuelve a pasar en nuestro tiempo. Por tanto, si aceptamos la venta como tiempo empleado fuera del tiempo de trabajo, tiempo exterior a la producción, habremos de concluir que en el mismo no se produce valor, al margen de la intensidad y volumen que pueda tener el tiempo dedicado a compra-venta en el capitalismo.

Ahora bien, la imagen de la compra-venta de feria, esporádica y en contexto lúdico, tiene poco que ver con la compra-venta a gran escala esencial para el capitalismo contemporáneo, donde el capital-comercial ejerce amplias cotas de dominancia. Ahora el comercio es un sector capitalista potente, cada vez más poderoso, que exige enormes magnitudes de capital y de fuerza de trabajo, lo cual contribuye a la resistencia a creer que todo ese mundo del “sector terciario” poderoso en las economías capitalistas occidentales no produce valor.

Marx ya intuye el problema, pero insiste en que en la compra-venta no se crea valor; y argumenta que si generalmente parece lo contrario se debe precisamente a una nueva ilusión, al espejismo que introduce la aparente (fenoménica) separación de la actividad productiva y la comercial, de la mano de la aparición y crecimiento de la figura del capitalista-comerciante. Es esa separación de las dos figuras del capitalista, dedicados a actividades materialmente diversas pero en ambos casos con identidad formal (adelantan el dinero, los emplean en medios técnicos y fuerza de trabajo para realizar sus actividades y lo recuperan con plusvalor), la que empuja a la ilusión de considerar que ambos tienen la misma relación con el valor, pues al fin se lo reparten.

Se comprende la ilusión de identidad. Pero, bien mirado, nos dice, las cosas sólo son como aparecen en la escena cuando las pensamos como esencias; en cambio, cuando las pensamos como manifestaciones o modos de ser de la realidad, podemos captar su diferencia bajo su identidad. Para ello nos invita a dejar de pensar la circulación como lo otro de la producción y pensarla como momento de la producción misma, como parte del proceso productivo; es decir, pensarla como actividad llevada a cabo por el propio capitalista industrial, como una sección anexa a su fábrica que prorroga la actividad y cierra el ciclo mediante el intercambio directo entre capitalistas. En esta perspectiva la venta aparece como tarea necesaria para la producción, pues culmina un ciclo y permite el siguiente.

Sin la contingente división del capital en productivo y comercial, se comprende mejor que todo el proceso produce el valor, pero sólo se crea valor en una de sus fases. La resistencia a verlo así, debida a la perspectiva –por otro lado habitual- de separación de las dos funciones capitalistas, la producción y la circulación, en figuras determinadas y físicamente diferenciadas; y debida también, en consecuencia, a ver al capitalista como figura capitalista acabada, que pone capital, compra medios y fuerza de trabajo, los usa, se apropia de plustrabajo, etc.., se debilita y la posición marxiana se vuelve más comprensible y aceptable. Al fin, la perspectiva marxiana presenta el comercio como una empresa capitalista, y la no producción del valor (en esa fase) no impide que en ella se redistribuya el plusvalor.

La pregunta que debemos hacernos, pues está en la base de esa resistencia a aceptar que en la compra-venta no se crea valor, es la siguiente: ¿puede existir el capital comercial sin que haya plustrabajo y plusvalía en juego? Marx seguramente nos contestaría que él no dice que no haya plustrabajo; pero, entonces, ¿puede existir el plusvalor sin su fuente, el plustrabajo? Marx seguramente contestaría que no, en absoluto, que esa identidad es intrínseca al concepto de capital. Pero también añadiría muy posiblemente que, por un lado, hay plustrabajo en la empresa del capital comercial; y por otro, que hay plusvalor en juego (reparto del plusvalor) que le llega al capitalista comercial procedente del capital industrial que comercializa. Al hacer la función que haría el capitalista industrial si actuase de vendedor directo, le ahorra tiempo; a cambio, ese capitalista industrial estará dispuesto a compartir con él, en proporciones adecuadas, el plusvalor. La proporción se fijaría, precisamente, por la vía del capital comercial adelantado y del plustrabajo generado por el variable. Cuanto más variable compre, cuanto más capital variable adelante, más cuota de reparto del plusvalor le corresponde.

Por tanto, hay plustrabajo generado en la empresa del capital comercial y plusvalor procedente de la empresa del capital industrial; y reparto de éste en función de aquél, aunque no se cree en esta fase del capital. Si no hubiera plusvalor en juego no tendría existencia la empresa capitalista; lo que ocurre cuando hay capital comercial mediador es que la plusvalía en juego no se genera en la circulación, sino que es la generada en la producción. En el capital comercial está se juega el reparto de la plusvalía generada en otro sitio. En la venta se redistribuye la plusvalía, por mediación de la competencia.

¿Y qué pasa con el plustrabajo, sin el cual no habría explotación, y cuya ausencia cuestionaría el carácter capitalista de las empresas de comercio? En el momento de la compra-venta hay trabajo asalariado, hay por tanto plustrabajo, pero no como tiempo de trabajo que produce valor que el capitalista se apropia para sí, sino como título que funda el derecho del capitalista-comerciante a apropiarse de parte del plusvalor generado en la producción industrial. El comerciante vendría a decir al productor: “si lo vendieras tú, montando una sección comercial propia, adelantando el capital para ella, deberías cargar con los costos de la venta, y tu p´ = p/V bajaría, al ser ahora V la suma del variable de las dos secciones; como los gastos los he asumido yo, adelantando mi capital, me los has de pagar, hemos de repartir p en función de las magnitudes respectivas de nuestros capitales adelantados. En concreto, has de pagarme los medios técnicos que he puesto en marcha y las 10 horas por obrero y día que yo he pagado; de este modo mi beneficio sería las 2 horas por obrero y día de “plustrabajo”. La circulación deberías hacerla tú, pues la necesitas; si la realizo yo, has de pagarla en su totalidad”.

Hemos de recordar que Marx, de momento, lo que argumenta es el carácter no productivo de la operación de compra-venta. Precisemos al respecto que se trata sólo de la operación de compra-venta, pues aunque ésta vaya unida de forma inseparable a otras muchas actividades que lleva a cabo el capitalista-comerciante (como transportes, almacenamiento, campañas de publicidad, etc.), éstas tendrán su tratamiento particular. Aun así, la compra-venta en el capitalismo actual tiene poco que ver con aquel “trato” ferial del pre-capitalismo; de ahí que el propio Marx se vea llevado a la repetición y agudización de sus argumentos.

Como a pesar de todo es consciente de las dificultades para asumir sus tesis, insiste en la idea ya comentada de que las cosas –el carácter no productivo de la compra-venta- se ven claras si la empresa de comercio la monta un capitalista del sector industrial, destacando ahora el supuesto de que la monte con la plusvalía obtenida de la producción. Desde esta premisa, y conforme a su idea de que el capitalista-comerciante independiente, ajeno a la producción industrial, es una especialización del trabajo en el capitalismo, podrá universalizar la tesis de la no productividad de las actividades de compra-venta. Esta no-productividad objetiva no implica que no sea subjetivamente "productiva" para el comerciante, que con ella se beneficia del reparto de la plusvalía; ni tampoco significa que carezca de interés social, que no sea beneficiosa para la población, pues contra lo que se acostumbra a pensar –a veces acertadamente, por las contingencias- su utilidad consiste en que puede disminuir el tiempo de compra-venta que habrían de gastar diversos productores. Marx apunta a que esas actividades llevadas a cabo por el capital comercial globalmente aumentan la plusvalía relativa. Recordemos la cita ya comentada: “Hay que considerarlo, entonces, como una máquina que disminuye el gasto inútil de energía, o que libera tiempo de producción” [14]. Por tanto, aunque en sí mismas esas operaciones no produzcan valor, permiten globalmente una redistribución del capital y del trabajo que incrementa la parte de éstos dedicada a la producción.


2.4. Como vengo señalando, el mismo Marx se da cuenta de que está ante un problema ideológico importante, y teóricamente complejo. Por eso retoma una y otra vez el tema, buscando modelos más simples que permitan clarificar el concepto para luego situar el análisis en modelos de más complejidad. En esa vía, en lugar de identificar al comerciante con la figura del capitalista, que es el caso más desarrollado y actual pero el que planeta mayores dificultades, a efectos metodológico toma la figura del comerciante como expresión de una de las tareas del productor directo que gasta su fuerza de trabajo y su tiempo de trabajo en las operaciones M - D y D – M, ral que vive de ellas como otros lo hacen de hilar o tejer.

Nótese que aquí el comerciante es una figura completa. No se trata ya del productor directo precapitalista que ocupa su tiempo básicamente en la producción, y que se ve obligado a ocuparse fuera del horario productivo en vender sus productos y en comprar los medios de producción que necesita; no se trata de ocuparse de la compraventa ocasionalmente, de manera marginal, en cuyo caso parece convincente que se lleva a cabo fuera del tiempo productivo, sin que afecte al producto ni como valor de uso ni como valor. No es ese el caso. Ahora se trata del comerciante como una profesión completa, de la compraventa como ocupación substantiva; su analogía con el “productor directo” se limita a eso, a una analogía, para diferenciar un momento del desarrollo de esa figura de la plenamente desarrollada en el capitalismo con su figura de capital comercial. El comerciante productor directo es un momento del desarrollo de esa categoría, que le sirve a Marx para explicitar mejor su tesis de que esas funciones comerciales no producen valor.

Marx comenta que, puesto el comerciante en esa figura, los gastos de compra-venta pertenecen a los faux frais, que podemos traducir por gastos varios, de bolsillo o, tal vez más adecuado, gastos de representación, que tienen que ver con el negocio productivo, que tienen su influencia en el mismo, que lo activan o facilitan, pero que no añaden valor al objeto vendido. De este comerciante asimilado al productor directo dice;

“Ejecuta una función necesaria porque el mismo proceso de reproducción incluye funciones improductivas. Trabaja tanto como cualquier otro, pero el contenido de su trabajo no crea valor ni producto. El mismo pertenece a los faux frais de la producción. Su utilidad no estriba en que convierta una función improductiva en función productiva, o trabajo improductivo en trabajo productivo. Sería un milagro que se pudiera conseguir semejante transformación por una transposición de la función. Su utilidad consiste, en realidad, en que la parte de la fuerza de trabajo y del tiempo de trabajo de la sociedad que queda aferrada por esa función improductiva es menor” [15].

Los faux frais no son inútiles, pero su utilidad no es milagrosa: no convierte como Midas en oro las piedras, la actividad improductiva en productiva. Es una utilidad más modesta, pero no deja de ser útil, como explicita el último párrafo de la cita anterior: la irrupción en la escena económica del comerciante hace que la fuerza y el tiempo de trabajo que antes quedaba secuestrado en la improductividad para hacer posible la circulación se reduzca al mínimo posible, se libere y pueda dedicarse a actividad productiva. Ciertamente, el comerciante aporta ese beneficio al capitalista industrial ahorro de capital invertido en fuerza de trabajo y medios técnicos de circulación, y por ello habrá de repartir de algún mido beneficios con el comerciante; y, sobre todo, el comerciante aporta ese ahorro de tiempo y recursos de trabajo a la sociedad, que logra producir lo mismo en menos tiempo, o más en el mismo tiempo.

Se observa que el objetivo insistente de Marx es argumentar el carácter no productivo del trabajo del comerciante. La figura del comerciante como productor vendedor directo, quasi asalariado, es usada metodológicamente, como abstracción que facilita un primer asalto al concepto: “vamos a suponer que se trate de un simple trabajador asalariado”. Si es asalariado, ha de trabajar un tiempo gratis. Como está bien pagado, de sus diez horas ocho cubren su salario y dos son de plustrabajo. Pero ¿tiene sentido un plustrabajo que no crea un plusvalor? Y si no produce ningún valor, ¿cómo se justifica su existencia como asalariado?

Si un capitalista-productor contrata un agente de venta, es porque con ello logra disminuir los costes de circulación de su capital, pues no paga el plustrabajo:

“Para el capitalista se trata de una ganancia positiva, porque se reduce la limitación negativa de la valorización de su capital. Mientras pequeños productores independientes de mercancías gastan en comprar y vender una parte de su tiempo, ello no se puede representar sino como tiempo gastado en los intervalos de su función productiva o como detracción de su tiempo de producción” [16].

En este caso, esa disminución de los costos de circulación se expresa en incremento de la productividad de su capital, en mayor revalorización final. En definitiva, de lo que se trata es de reconocer, por un lado, que el trabajo invertido en la circulación no es productivo en cuanto no aporta valor alguno; pero, en la medida en que disminuye el tiempo de circulación, disminuye el coste de la misma para el capitalista, disminuye los gastos necesarios. O sea, el tiempo utilizado en el comercio es un coste de circulación que no añade nada a los valores transferidos. “Es, dice Marx, el coste requerido para pasar esos valores de la forma mercancía a la forma dinero” [17]. Por tanto, es un tiempo y esfuerzo empleado no en producir ni en transformar el valor de uso, sino es propiciar las metamorfosis del capital, necesarias en la perspectiva de la reproducción, es decir, en la vida del capital.

La confusión surge al pasar de la compra-venta del productor directo al comerciante, al capitalista que compra y vende a gran escala, que recurre a trabajadores asalariados, etc.. Marx considera que este cambio de escala no afecta a la función, pues

“En alguna medida hay que gastar en el proceso de circulación (en cuanto mero cambio de forma) fuerza de trabajo y tiempo de trabajo. Sólo que eso se presenta ahora como una inversión adicional de capital; una parte del capital variable se tiene que gastar en la compra de esas fuerzas de trabajo que sólo actúan en la circulación. Este adelanto de capital no crea ni producto ni valor” [18].

Defiende que, del capital adelantado, una parte actúa en un lugar no productivo; o sea, es menor la cantidad del capital inicial empleado en la producción de valor, lo que afectará a la ganancia. Es lo mismo, dice Marx, que si una parte del producto se convirtiera en una máquina que comprara y vendiera la parte restante del producto.

“Esta máquina acarrea una deducción del producto. No colabora en el proceso de producción, aunque puede reducir la fuerza de trabajo, etc., gastada en la circulación. No constituye más que una parte de los costes de circulación” [19].

Si la posición teórica de Marx presenta ciertas zonas oscuras, al menos en parte se debe, como hemos dicho, a que pensamos la actividad de compra-venta como actividad del capital-comercial, incluyendo en aquellas operaciones que le son ajenas, exteriores. Tendemos a pensar razonablemente que si el valor de uso de una mercancía exige un lugar de ésta en la estructura social, llevarla allí es una exigencia sin cumplir la cual carece de valor de uso, no es útil. Si no está en el lugar donde es posible su consumo, no tendrá demanda, dejará de ser mercancía, y carecerá de valor de cambio. Por tanto, parece un argumento potente cara a incluir en el valor de la mercancía el de los medios y la fuerza de trabajo empleados en la circulación. Pero la compra-venta es un momento que no incluye, aunque suponga, otros procesos, como el almacenamiento, transportes, etc.


2.5. Algo similar ocurre con otros costes de producción puros, como los de “contabilidad”, que en su desempeño también consume fuerza de trabajo y medios (libros, tinta, archivos, instalaciones, etc.)… Para Marx esos costes burocráticos han de tener el mismo tratamiento que los del tiempo de compra-venta, porque tienen el mismo carácter: “nacen del mero cambio de forma del valor, de la circulación idealmente considerada”, por tanto “ no entran en el valor de las mercancías”:

“En cuanto unidad dentro de sus ciclos, como valor en proceso –ya dentro de la esfera de la producción, ya dentro de ambas fases de la esfera de la circulación-, el capital no existe más que idealmente, en la figura del dinero contable, en la cabeza, por de pronto, del productor de mercancías, o del productor capitalista de mercancías” [20].

Ese movimiento ideal del capital en la producción y la circulación “se fija y se controla por medio de la contabilidad”; ésta también incluye los precios y cálculos de precios de las mercancías, todo idealmente, sin que afecte al valor real de las mismas:

“El movimiento de la producción y, señaladamente, de la valorización -en el que las mercancías figuran sólo como portadores de valor, como nombres de cosas cuya ideal existencia de valor se fija en dinero contable- consigue así una figuración simbólica en la imaginación” [21].

Por ello recurre al mismo argumento histórico, según el cual el productor directo individual, precapitalista, llevaba la contabilidad en su cabeza; el capitalismo engendra al contable, hace que el productor directo lleve su contabilidad; realizaba estas tareas contables fuera del tiempo de trabajo (por las noches, o en los días festivos). En el capitalismo desarrollado crece el volumen, nos dice, pero no cambia el concepto; tendrá que dedicar más tiempo y medios, y ocupar también los días, pero seguirá siendo trabajo fuera de la producción, exterior al valor de la mercancía, o sea, no productivo. De nuevo juega con la analogía: lo que era fuera del trabajo cuando el contable es el productor, ha de seguir siéndolo cuando éste es una figura especial, asalariada o autónoma:

“La naturaleza de la función misma no cambia ni por la dimensión que adquiere al concentrarse en manos del productor capitalista de mercancías y aparecer como función de un solo capitalista, como función interna a un proceso de producción en gran escala, en vez de como función de muchos pequeños productores de mercancías, ni por su separación de las funciones productivas, de las que constituía un accesorio, y su independización como función de agentes especiales exclusivamente encargados de ella” [22].

Su argumento, pues, sigue teniendo peso. La circulación es necesaria, pero es tiempo no productivo, porque así se percibía en el origen y porque los cambios formales al aire del desarrollo no ha cambiado la substancia, Los costes de circulación son faux frais, gastos varios que hay que reducir del rendimiento

“La división del trabajo, la independización de una función, no hace a ésta formadora de producto y de valor si no lo es en sí, o sea, ya antes de su independización. Cuando un capitalista invierte por primera vez su capital tiene que invertir una parte en comprar un contable, etcétera, y en medios para la contabilidad. Cuando ya su capital está en funciones, metido ya en su constante proceso de reproducción, tiene que retransformar constantemente, mediante la transformación en dinero, una parte del producto-mercancía en contable, dependiente y cosas análogas. Esta parte del capital se substrae al proceso de producción y corresponde a los costes de circulación, que son deducciones del rendimiento total. (Incluida la fuerza de trabajo misma que se aplica exclusivamente a esa función)” [23].

Con todo, Marx encuentra una diferencia relevante entre estos costes de contabilidad y los de compra-venta, consistente en que éstos son comunes a cualquier modo de producción, mientras que los de contabilidad los ve muy ligados a la producción de mercancías; o sea, los costes de contabilidad están muy ligados a la producción capitalista [24]. Marx ve los costes de compraventa ligados a la producción de mercancía; esto no es exclusivo del capitalismo, pero sin duda es este modo de producción que extiende y universaliza la producción de mercancías a niveles máximos, a caballo de la división del trabajo. El capitalismo es, lo sabemos, “un proceso de producción de mercancía”.

La contabilidad, en cambio, “en cuanto control y resumen ideal del proceso”, está fuertemente determinada por el carácter social de la producción, es más necesaria cuando más social y menos individual sea el proceso: “lo que quiere decir que es más necesaria en la producción capitalista que en la producción dispersa propia de la explotación artesana y campesina, y más necesaria en la producción comunitaria que en la capitalista” [25]. Del mismo modo que los costes de la compraventa se reducen con la concentración del capital, “los costes de la contabilidad se reducen con la concentración de la producción y a medida que se va convirtiendo en contabilidad social” [26].

Es interesante, y puede pasar desapercibido en una lectura rápida del capítulo, que en dos o tres ocasiones relaciona estos costes de circulación con la “metamorfosis formal”, con los cambios de figura del capital. En la producción la materia prima, los medios y la fuerza de trabajo, en definitiva, todas las formas de presencia del capital, sufren transformaciones materiales, se consumen, desaparecen en su valor de uso y reaparecen como valor en el producto. O sea, en la producción han transformación del valor de uso, de la materialidad de los elementos productivos, y trasvase de valor de unas figuras a otras del capital; hay consumo de valor capital y producción de valor capital. Se entiende, por tanto, que haya costes y se comprende que sean productivos, subordinados a la valorización del capital. En cambio, en la circulación no se producen cambios ni en el valor de uso ni en el valor del capital en su recorrido; a pesar de ello, también hay costes, que al no repercutir en el valor capital serán necesariamente no productivos. Ahora bien, que haya unos costes de circulación sin efecto alguno en el objeto, ni en su materialidad ni en su valor, parece extraño, si no absurdo: unos costes gratuitos y estériles no tienen cabida en la racionalidad económica. Ha de haber algún cambio, en alguna dimensión del objeto, que justifique esos gastos.

Pues bien, Marx apunta a que los mismos derivan de las metamorfosis. La circulación es una sucesión de metamorfosis en la que el capital circula: P’ – M´- D´ - M (= Mp + Ft) – P. En la compraventa, como en la contabilidad, los “costes puros” o puros costes quedan justificados por las metamorfosis. En ellas el capital sólo cambio de forma, como anuncia su etimología. El capitalista vendedor sólo ve que su producto en el mercado deviene y pasa a D´. Ese cambio formal es instantáneo, fuera del tiempo; es el “Ok” que sella el traspaso. Mercancía y dinero cambian de posiciones, de poseedores, sin intervención de ninguna transformación física ni de valor en sus entrañas.

Ahora bien, ese “Ok” formal que decide el destino del capital y que en sí carece de tiempo, ha sido posible porque, en paralelo a la existencia de la mercancía, los dos capitalistas, poseedores de la mercancía y el dinero, han escenificado una prolongada, esforzada y compleja batalla. Dicha batalla no tiene nada que ver con la producción, socialmente no produce nada; pero en ella, como hemos visto, se decide la redistribución del valor entre los capitalistas, que individualmente se juegan mucho. Por eso invierten en la batalla su tiempo y sus capitales, tanto el capitalista industrial, que pone en marcha todo su equipo de venta, como el comerciante, que ahora compra y mañana vende, dedicando a ese juego su vida y su capital.

Por tanto, la compraventa como proceso implica costes, tiempo y recursos exigidos para que se lleven a cabo las metamorfosis, sin las cuales el capital no circula y, en definitiva, no se valoriza. Y la contabilidad, que va de la mano y estrechamente subordinada a la misma, a los complejos cálculos y vicisitudes de la circulación, crece como burocracia tan estéril como necesaria. Esos costes puros son los costes de las metamorfosis, requeridos por la circulación; son como los faux frais, el precio a pagar por seguir en el ciclo. Costes en sus orígenes bastante triviales, pero que con el desarrollo de la producción capitalista ponen en movimiento ingentes cantidades de capital no productivo, que se detrae del uso social productivo:

“Es aquí superfluo atender a todos sus detalles. Pero el modo como las formas de la pura mutación de forma del valor, o sea, las formas que nacen de la forma socialmente determinada del proceso de producción y que en el productor individual de mercancías no son más que momentos fugaces y apenas perceptibles que discurren paralelamente a sus funciones productivas o se entrelazan con ellas, el modo como esas formas pueden saltar a la vista como masivos costes de circulación se aprecia en el simple cobro y pago de dinero en cuanto que esta operación se independiza como función exclusiva de los bancos, etc., o del cajero en los negocios individuales, y se concentra en gran escala. Lo que hay que retener de esto es que estos costes de circulación no cambian de carácter porque cambie su forma” [27].

La recomendación final de Marx en este apartado sobre la contabilidad es elocuente: estos costes de circulación, cuya esterilidad productiva es visible en sus formas poco desarrolladas, “no cambian de carácter porque cambie su forma”, es decir, siguen siendo no productivos aunque cambien de cantidad y forma, aunque el comercio pase a ser realizado por poderosas empresas capitalistas con potente capital adelantado en medios técnicos y en fuerza de trabajo asalariada.


3. Los costes impuros son también puros costes.

Un tratamiento más detenido merecen los llamados costes de almacenamiento. Para Marx una cosa son “los costes de circulación que nacen del mero cambio de forma del valor”, como los “puros”, que acabamos de ver de compra-venta y contabilidad, y otra cosa los que afectan a la materialidad del valor, como los de almacenamiento, que llamaré impuros para fijar metafóricamente la diferencia. En los primeros, acabamos de verlo, esos costes son parte del capital inicial que, por tanto, no va a capital-productivo, siendo exteriores al mismo; son costes puros o puros costes, meros gastos no productivos que no afectan al valor, aunque afecten a la ganancia, gastados simplemente en el cambio de forma del capital (en el paso M´ - D´, por ejemplo); tampoco afectan al valor de uso, por no modificar las propiedades materiales del producto. Todo eso ya lo hemos enfatizado suficientemente. De ahí que hayamos insistido en su manifiesta exterioridad, en la indiferencia esencial del capital ante los mismos

Los de almacenamiento, en cambio, precisamente por impuros son más ambiguos y más difíciles de calificar. Marx dice que son “de otra naturaleza” que los costes puros, e incluso advierte contra una posible confusión:

“Estos pueden surgir de procesos de producción que sólo se continúan en la circulación y cuyo carácter productivo es, por lo tanto, sólo encubierto por la forma de la circulación. Por otra parte, considerados socialmente, pueden ser puros costes, gasto improductivos de trabajo vivo o de trabajo objetivado, pero precisamente por ello pueden actuar constituyendo valor para el capitalista individual, pueden constituir un añadido al precio de venta de su mercancía” [28].

O sea, por un lado esos costes pueden referir a procesos de producción aplazados que se continúan en la circulación; ésta oculta su carácter productivo por el mero hecho de aparecer en ella. Por otro lado, si socialmente pueden ser considerados totalmente improductivos, puros costes, individualmente, para el capitalista, puede significar una fuente de valor, un valor que se añade al obtenido de su venta, pues “costes que encarecen la mercancía sin añadirle valor de uso y que, por lo tanto, pertenecen para la sociedad a los faux frais de la producción, pueden constituir una fuente de enriquecimiento para el capitalista individual” [29].

Este enriquecimiento individual resultado de añadir los costes como sobreprecio no afecta al valor; sólo implica “distribuir homogéneamente esos costes de circulación”, socializarlos; por tanto, no anula su carácter improductivo. Es un efecto semejante al de los seguros, mediante los cuales “las compañías de seguros distribuyen las pérdidas de capitalistas individuales por toda la clase de los capitalistas”; con ello se socializan las pérdidas, pero éstas no desaparecen, tal que el reparto de las mismas por mediación del seguro “no impide que las pérdidas así compensadas sigan siendo, desde el punto de vista del capital social total, pérdidas” [30]

Los costes impuros, por tanto, son más ambiguos De entrada no aparecen tan exteriores, hasta el punto de que, como he dicho, podrían verse como simples costes de producción, interiores al proceso productivo, relacionados con el tiempo de esta fase. Al fin es impensable un proceso productivo sin que haya almacenadas materias primas y productos recién elaborados; es impensable una fábrica, lugar sagrado de la producción, sin almacenes de entradas y salidas de los elementos de la producción. Por otro lado, la circulación tiene sus tiempos entre las distintas metamorfosis, y al fin viene a ser lo mismo permanecer como productos del trabajo en los almacenes de la fábrica o como mercancías en las naves y tiendas de los comerciantes en su reino de la circulación. En consecuencia, intuitivamente resulta más difícil pensar los costes de almacenamiento como exteriores y ajenos a la producción; por ello los caracterizamos de costes impuros.

Ciertamente el concepto de estos costos de almacenamiento resulta enturbiado por la ambigüedad entre almacenamiento por el productor y almacenamiento por el comerciante, dos momentos empíricamente distinguibles pero cuya frontera se disuelve en la representación del ciclo como recorrido producción-circulación sin solución de continuidad. El sentido común, hijo de la experiencia pero no siempre el mejor de los sentidos, nos empuja a ver el primero, el almacenamiento en la fábrica, como costo de producción, como tiempo de trabajo con efectos de valor; y el segundo, realizado en instalaciones del comerciante, como perteneciente a la circulación, cuyo efecto de valor ya no estaría tan claro tras leer las reflexiones marxianas sobre la compraventa. Al fin ese almacenamiento formaría parte de los medios anticipados por el capital comercial, con la problemática ya comentada. Veamos el problema más de cerca.


3.1. Antes hemos dicho, refiriéndonos a la relación de los costes puros con las metamorfosis del capital, que si éstas son instantáneas, sin tiempo, su realización requiere en paralelo y desde la exterioridad operaciones que sí consumen tiempo y recursos. Así, para que tenga lugar M – D se requiere que M esté en el mercado, que aparezca allí como capital-mercancía durante un tiempo, durante “el intervalo entre el proceso de producción del que procede y el proceso de consumo en el que se sume”; o sea, desde su producción hasta su metamorfosis en dinero. Marx llama al producto-mercancía en este intervalo de tiempo “reservas de mercancías”; y subraya que M aparece en el mercado dos veces como reserva: una, la del capitalista industrial cuyo ciclo seguimos en espera de realizar la venta; otra, la M (= Mp + Ft) de otro capitalista industrial o de un comerciante intermediario que nuestro capitalista industrial comprará con el obtenido de la venta de M´:

“Como mercancía en el mercado y, por lo tanto, en forma de reservas, el capital mercancía aparece doblemente en cada ciclo, una vez como producto mercancía del capital mismo en proceso cuyo ciclo se considera, y otra vez, en cambio, como producto-mercancía de otro capital que ha de encontrarse en el mercado para ser comprado y convertido en capital productivo” [31].

Si el capital mercancía M (= Mp + Ft) no está físicamente en el mercado, en estado de reserva, la compra se hará mediante pedido, y habrá una interrupción, una espera. “Pero el flujo del proceso de producción y reproducción requiere que una masa de mercancías (medios de producción) se encuentre constantemente en el mercado, o sea, que constituya reservas” [32]. El capital productivo requiere de esas reservas para que el flujo no se interrumpa; y al mismo tiempo que compra los medios de producción compra también con parte de la fuerza de trabajo. Y ese dinero es otra forma del capital, una forma valor que representa las mercancías que necesita el obrero para reproducir su vida, y que han de estar presentes en el mercado. Por tanto, el capital en su paso por el mercado siempre tiene prisas; cuando más tiempo esté allí –tiempo de ocio, improductivo-, más magnitud resta a la valorización; y en ese empeño la presencia de las reservas de mercancías son como el viento de cola:

“Si nos situamos en el punto de vista del valor capital en proceso que se haya transformado ya en producto-mercancía y ahora tenga que venderse, retransformarse en dinero, o sea, que ahora actúe en el mercado como capital-mercancía, entonces el estado en el cual ese valor constituye reservas es una detención involuntaria y contraproducente en el mercado. Cuanto más deprisa se venda, tanto más fluido el proceso de reproducción. La detención en la transformación M' - D' impide el metabolismo real que ha de ocurrir en el ciclo del capital. Por otra parte, para D - M la presencia constante de la mercancía en el mercado, las reservas de mercancías, aparecen como condición del flujo del proceso de reproducción, así como de la inversión de capital nuevo o capital adicional” [33].

Favorece esta interpretación el hecho de que estos costes sean diferentes en las distintas esferas de la producción, e incluso sean diferentes dentro de la misma esfera de la producción para los distintos capitales individuales. Ocurre que el capitalista-comerciante añade fuerza de trabajo, y todo uso de fuerza de trabajo añade valor, y si se trata de un proceso capitalista se añade plusvalor.

Ahora bien, el problema es el siguiente: los costes que encarecen la mercancía sin añadir a ésta valor de uso, desde el punto de vista social son faux frais de la producción; pero desde el punto de vista del capitalista individual pueden constituir “una fuente de enriquecimiento”. La cosa, por tanto, sólo puede entenderse así: socialmente este trabajo es no productivo, pero individualmente, para el capitalista individual, es productivo, pues reparte sus costes de manera uniforme por las mercancías. Ocurre, ya lo he dicho, como con los seguros: una catástrofe en una empresa es socialmente una pérdida, se pierde valor, pues la compañía de seguros reparte esos costes entre los demás capitalistas; pero para la empresa que ha sufrido la catástrofe no hay cambio de valor.

Retomemos de nuevo la argumentación. El ciclo del capital exige que constantemente se encuentre en el mercado una masa de mercancías (medios de producción), una reserva-mercancía. Esta masa de mercancía subsiste bajo dos formas: como M´ - D´, es decir, esperando la venta, y como D - M (= Mp + Ft), esperando la compra. En todo caso, esa permanencia de mercancías en el mercado requiere almacenes, depósitos, medios de almacenamiento, trabajo… Esto exige invertir capital en medios técnicos y en fuerza de trabajo. Luego

“la existencia del capital en su forma de capital-mercancía y, por lo tanto, en cuanto reserva de mercancías, provoca costes que, puesto que no pertenecen por sí mismos a la esfera de la producción, se tienen que imputar a los costes de circulación. Estos costes de circulación se diferencian de los aducidos sub I por el hecho de que pasan en cierta medida al valor de las mercancías, o sea, que encarecen la mercancía. En cualquier caso, el capital y la fuerza de trabajo que sirven para conservar y guardar las reservas de mercancías están sustraídos al proceso de producción directo. Por otra parte, los capitales dedicados a ello - incluida la fuerza de trabajo-, como elementos que son del capital, se tienen que reponer a base del producto social. Por eso su gasto actúa como una disminución de la fuerza de producción del trabajo, de modo que hace falta una cantidad mayor de capital y de trabajo para conseguir un efecto útil determinado. Son costes improductivos” [34].

O sea, son gastos improductivos, pero necesarios, como los costes puros; pero, además, son costes derivados de la producción, de la manera de realizarse la producción capitalista, en particular, de su peculiaridad de ser una producción de mercancías. Al fin, los costes de circulación están determinados “por la formación de las reservas de mercancías”; surgen de la duración de la metamorfosis (en rigor, de la espera de la misma), del tiempo perdido en la transformación del valor mercancía en valor dinero. Por tanto, los costes nacen de la forma de la producción, “nacen exclusivamente de la forma del proceso de producción”. En resumen, los costes de almacenamiento, como otros gastos impuros, tiene su origen en que el producto de la producción capitalista es siempre mercancía, lo cual implica que ha de pasar por la metamorfosis M – D, la transformación de la mercancía en dinero. Y “en esa medida participan plenamente del carácter de los costes de circulación enumerados sub I” [35], es decir, de los costes puros.

Pero, por otro lado, en el almacenamiento el valor de la mercancía se conserva e incluso aumenta, pues el valor de uso de la misma se modifica en determinadas condiciones materiales y se somete a tratamientos que exigen gastos, inversión de capital. Esto no ocurre con la contabilidad o la compra-venta, que afecta a la forma pero no al contenido material de la mercancía, a su valor de uso. En el almacenamiento el objetivo no es la “transformación del valor”, sino la “conservación del valor que existe en la mercancía en cuanto producto, en cuanto valor de uso”:

“Por eso, aunque en el caso presupuesto estos costes improductivos de la formación de reservas (que en este caso es involuntaria) se deben exclusivamente a una detención de la transformación y a la necesidad de ese hecho, sin embargo, se diferencian de los gastos sub I porque su objeto mismo no es la transformación del valor, sino la conservación del valor que existe en la mercancía en cuanto producto, en cuanto valor de uso, y, por lo tanto, no se puede conservar sino conservando el producto, el valor de uso mismo” [36].

No se aumentará ni mejorará el valor de uso, pero se evita que disminuya, se favorece su conservación; no se incrementa el valor con que salió de fábrica, “pero se le añade más trabajo objetivado y vivo”.

Marx se pregunta si esta reserva de mercancías es propia del capitalismo o de todo modo de producción. De forma genérica afirma que en cualquier modo hay tres tipos de mercancía-reservas: “en la forma del capital productivo, en la forma del fondo de consumo individual y en la forma de reservas de mercancías, o de capital-mercancía”; tres fondos de reserva que, visto desde nuestro capitalista industrial, serían la que espera vender y la M que ha de comprar, desdoblable en dos, las mercancía medio de producción Mp y la mercancía de consumo para la reproducción de la fuerza de trabajo Ft. Lo que varía es la proporción de estos tres “almacenes” en los distintos modos de producción, cosa comprensible.


3.2. No nos interesa aquí su polémica con la economía clásica en estos asuntos; nos basta con resaltar que, por un lado, lo propio del capitalismo es disminuir al máximo esas reservas (al fin capital no-productivo) en todas sus formas. Cosa que hoy se manifiesta a simple vista en que las empresas trabajan más y más sobre pedidos. Hasta los comerciantes actúan así. Y la venta por internet apunta en la misma dirección.

Es propio del capitalismo que la mercancía se convierta en “forma general del producto”; y es propio igualmente del capitalismo que exista como producto-mercancía una creciente parte del producto, al menos una parte mucho mayor que en otros modos de producción. Ahora bien, la mercancía “que no pasa directamente de su esfera de producción al consumo productivo o individual, o sea, que se encuentra en el intervalo en el mercado, constituye un elemento de las reservas de mercancías” [37]. En consecuencia, a medida que se desarrolla la producción capitalista, incluso si no hay aumento cuantitativo, las reservas de mercancía aumentan. Al fin esto significa que aumenta la tendencia a la mercantilización de la producción, pues el aumento de las reservas, que no es sino “la forma mercantil del producto”, indica que se independizan de la inmediatez del proceso. El aumento de reservas no es aumeto del capital, es sólo aumento de una de sus formas de existencia: “aumentan las reservas en forma de mercancía porque, por el otro, disminuyen en la forma de reservas directas para la producción o el consumo. Se trata sólo de una forma social distinta de las reservas” [38]. O sea, en el capitalismo se da una especial forma social de las reservas de mercancías: crecen las que esperan la venta y decrecen las que esperan el consumo.

“Cuando aumentan al mismo tiempo no sólo la magnitud relativa de las reservas de mercancías respecto del producto total social, sino también su magnitud absoluta, ello se debe a que con la producción capitalista aumenta la masa del producto total” [39].

Entiende Marx que, a medida que se desarrolla el capitalismo, y aumenta su escala, ésta se ve determinada cada vez en menor grado por la “demanda inmediata del producto” y en mayor grado por la “dimensión del capital” de que dispone el capitalista individual, por el “impulso de valorización de su capital”, y por la “necesidad de continuidad y ampliación” de su proceso de producción [40]. Es decir, Marx entiende que el ritmo del capitalismo va dependiendo menos de una “demanda” exterior (movida por necesidades naturales) y más de las leyes internas de valorización del capital, que llegará a necesitar “subsumir” esa esfera de las necesidades. Aun así, como éstas no son infinitamente elásticas, crecerá la masa de producto que se encuentra en el mercado bajo la forma de reserva mercancía buscando salida. La conclusión que nos afecta cara al concepto de valor la fija así:

Cualquiera que sea la forma social de las reservas de productos, su almacenamiento requiere costes: edificios, recipientes, etc., que son los continentes del producto; y también requiere medios de producción y trabajo, más o menos según la naturaleza del producto, que hay que gastar para evitar influencias perturbadoras. Cuanto más concentradas socialmente están las reservas, tanto menores relativamente son esos costes. Estas inversiones constituyen siempre una parte del trabajo social, ya sea en forma objetivada, ya sea en forma viva -y, por lo tanto, en la forma capitalista, son inversiones de capital-, que no entra en la formación del producto y es, por lo tanto, deducción del producto. Se trata de costes improductivos necesarios de la riqueza social. Son los costes de mantenimiento del producto social, igual si su ser como elemento de las reservas de mercancías nace meramente de la forma social de la producción, de la forma mercancía y de sus transformaciones necesarias, que si consideramos las reservas de mercancías sólo como una forma especial de las reservas de productos, reserva común a todas las sociedades, aunque no en la forma de reserva de mercancías, que es la forma de las reservas de productos pertenecientes al proceso de circulación” [41].

Hay que tener en cuenta que el capitalista que durante un tiempo no puede vender el producto y lo almacena, detiene el proceso de valorización. “Los gastos en instalaciones, trabajo adicional, etc., que requiere la conservación de esas reservas constituyen una pérdida positiva” [42], nos dice. No puede decir al futuro comprador que ha de venderle los productos más caros porque los ha tenido en el almacén…; éste le contestaría que, al contrario, por ser un “saldo” y estar roído por el “diente del tiempo” debe vendérselo más barato. Al comprador no le importan las “aventuras personales” del vendedor o productor; no le importa si no pudo venderlo antes o si le ha fallado su estrategia de esperar una “revolución del valor”. Por tanto, las cosas están claras: “en la medida en que la formación de reservas es un colapso de la circulación, los costes causados por éste no añaden ningún valor a la mercancía” [43]. Esta es la posición de Marx, quien añade una reflexión importante:

“Por otra parte, es imposible que se formen reservas sin una detención en la esfera de la circulación, sin que el capital se mantenga más o menos tiempo en su forma de mercancía; de modo que no hay reservas si no hay detención de la circulación, exactamente igual que no puede circular dinero alguno sin que se forme una reserva de dinero. De modo que sin reservas de mercancías, nada de circulación de mercancías. Si esa necesidad no sale al encuentro del capitalista en M'- D', entonces le saldrá en D - M, o sea, no para su capital-mercancía, sino para el capital-mercancía de otros capitalistas que producen medios de producción para él y medios de vida para sus trabajadores” [44].

En definitiva, las “reservas” forman parte del movimiento del capital. Que éstas sean voluntarias o no, es otra historia y no afecta a la naturaleza de la cosa.

Una cuestión importante es la siguiente. Cuando un capitalista vende , sale de su almacén; pero tal vez pase al del comerciante y permanezca allí cierto tiempo. Si el capitalista-productor hubiera esperado a venderlo directamente al consumidor, habría requerido costes de almacenamiento; al venderlo a un capitalista-comerciante, es éste el que tiene que invertir capital, que será “no productivo”, pero que habrá de rendirle ganancias. Claro está, a la mercancía le da igual uno u otro almacén, no le importa quién la conserve, ni pasar de mano en mano.

Las reservas de mercancías (sea como fondo de producción latente, sea como reserva de medios de consumo) son costes transferidos de conservación, sea del “fondo social de producción” o del “fondo social de consumo”. En consecuencia, la elevación del valor se hace mediante prorrateo entre las mercancías. Siempre son una deducción de la riqueza social, aunque sea una condición de existencia de esa riqueza.

“Sólo en la medida en que las reservas de mercancías son condición de la circulación de mercancías y hasta una forma necesariamente surgida en la circulación de mercancías; sólo en la medida, pues, en que ese aparente estancamiento es forma del rio mismo, exactamente igual que la formación de una reserva de dinero es condición de la circulación del dinero: sólo en esa medida es normal. Por el contrario, en cuanto que las mercancías que se encuentran en sus depósitos de la circulación dejan de ceder su lugar a las subsiguientes oleadas de la producción y los depósitos rebosan, las reservas de mercancías se hinchan a consecuencia del estancamiento de la circulación, exactamente igual que aumentan los tesoros cuando se estanca la circulación del dinero. A este propósito es indiferente que el estancamiento se produzca en los depósitos del capitalista industrial o en los almacenes del comerciante. Las reservas de mercancías no son entonces condición de la venta ininterrumpida, sino consecuencia de la invendibilidad de las mercancías. Los costes siguen siendo los mismos, pero, como ahora proceden puramente de la forma, a saber, de la necesidad de convertir las mercancías en dinero y de la dificultad de esa metamorfosis, no entran en el valor de la mercancía, sino que constituyen deducciones, pérdida de valor en la realización del valor” [45].

Conviene, pues no confundir las formas normal y anormal de las reservas, aunque ambas sean estancamientos de la circulación. Si se hinchan las dimensiones de la producción y el consumo, se hincha también las reservas mercancías; crece la rapidez del flujo de entradas y salidas, pero se crean los stocks. Esto puede llevar a confundir un estancamiento de la circulación, con su aumento de reservas, por simple crecimiento, que tendría los mismos síntomas.


4. Las mercancías, almas de viajeras.

Los costes de circulación son muchos y variados, y muy relacionados entre sí. A los específicos del almacenamiento hay que añadirles otros, como empaquetamiento, envasado, clasificación, etiquetado, etc., todos formando parte de una larga lista móvil que no vale la pena relacionar, pues todos ellos están sometidos a una “regla general”, que para nosotros es la determinante, y en la que venimos insistiendo:

“La ley general es que ninguno de los costes de circulación que nacen exclusivamente de la transformación de la mercancía añade valor alguno a ésta. Son meramente costes de la realización del valor, de su paso de una forma-capital a otra. El capital gastado en esos costes (incluido el trabajo dominado por ese capital) pertenece a los faux frais de la producción capitalista” [46].

Esa es la marca de todos ellos; no añaden valor, no gozan de ese sagrado privilegio, pero no obstante son absolutamente imprescindibles, pues hacen posible la realización del valor. Sin ellos el cocodrilo se quedaría en caimán, por recuperar aquella metáfora que en su día nos fue útil. Un valor que no se realiza no llega a ser lo que era, se queda en mera ilusión de valor, como una mercancía que no se vende. El capital, lo sabemos, tiene ese carácter: sólo a medida que cumple la procesión de figuras en la que unas dan fe o legitiman la autenticidad de las anteriores; y sólo la realización final del valor avala que la totalidad del circuito, sus fases y sus formas han sido lo que se esperaba que fueran, momentos de un ciclo del capital. Por tanto, realizar el valor no es trivial en el capitalismo; pero no es igual que crear el valor.

Esa es, pues, la determinación general de los costes de circulación en cualquiera de sus variantes. Y Marx añade que esos costes se pagan con plusvalía, como es lógico; sólo los costes de producción se pagan con valor, con el valor de su reposición, sacado de la venta del producto que carga el valor de los medios de producción consumidos en su elaboración. Se pagan con plusvalía. Cada capitalista paga los suyo, y en conjunto, como clase, pagan con la plusvalía general; se la reparten y de ella han de deducir los costes de circulación, los faux frais:

“La reposición de esos gastos se tiene que hacer con la plusvalía y constituye, si se considera la clase entera de los capitalistas, una deducción de la plusvalía o del plusproducto, exactamente igual que para un trabajador es tiempo perdido el tiempo que necesita para comprar sus medios de vida” [47].

Entre los costes de circulación hay que contar con los de transporte, que sin duda son gastos derivados de la circulación, pues ayudan al viaje de las mercancías, que les gusta viajar al territorio del mercado tanto o más que intercambiarse en el mismo; sin viaje no hay metamorfosis, y sin éstas la mercancía resultaría no ser lo que era. Por tato, los costes de transporte, indudablemente costes de circulación, no pueden escapar a la citada regla de hacer posible la realización del valor sin aportar valor alguno a la mercancía.

Ahora bien, el tratamiento marxiano de la función del transporte en este capítulo VI no deja las cosas tan claras; si bien se reconoce como un coste de circulación, y uno de los más relevantes, se le trata como “impuro”, y de hecho como uno de los más “impuros”. Tan impuro que según la mirada que proyectemos sobre el mismo parece formar parte de la producción; estando sin duda situado en la circulación parece pertenecer a la producción. Y en realidad, nos dice Marx, es así, pues el transporte es una fase de producción que tiene lugar en la circulación para que ésta sea posible: “[El transporte] por otra parte, se distingue porque se manifiesta como prolongación de un proceso de producción dentro del proceso de circulación y para el proceso de circulación” [48].

Y no se trata sólo de apariencia o manifestación; su aparición real como “prolongación” de la producen en la circulación, como cabeza de puente en territorio enemigo, no es una metáfora o símil expresivo. Esa presencia del transporte es substantiva, mostrando su verdadera forma de existencia, su naturaleza de “rama de producción independiente”, de “esfera de inversión”, en definitiva, su naturaleza de capital productivo:

“La industria del transporte constituye, por una parte, una rama de producción independiente y, por ello, una particular esfera de inversión del capital productivo.” [49].

Si vive en territorio del capital productivo, se mueve como el capital productivo, habla como capital productivo y genera valor como el capital productivo, podríamos concluir que es capital productivo. Así, pero no, al menos Marx no lo afirma de manera rotunda y convincente; más bien sigue empeñado en ver el transporte como un movimiento exterior de la mercancía, cambio de lugar que no afecta a su valor de uso ni a su valor; por tanto, capital improductivo (que en rigor no sería ni capital, sólo faux frais).

Recordemos que, hablando del capital, un producto no es mercancía hasta que no esté en el mercado para la realización del valor, por tanto, su transporte, su puesta en el lugar donde pueda existir como tal, parece intrínseco al producto con vocación de ser mercancía; los costes de ese desplazamiento parecen prima facie costes de producción. No es trivial hacerse la siguiente reflexión: un producto A, que no tiene valor de uso porque sus cualidades materiales se han degradado y no es demandado para su consumo, no se realiza como mercancía, no se vende; por otro lado, un producto B, que reúne las cualidades materiales para hacer del mismo un valor de uso, una mercancía demandada, si resulta inasequible por estar irremisiblemente alejado de los lugares de la demanda, permanecerá sano y lozano pero sin llegar tampoco a ser mercancía. Este producto B, si no es transportado al mercado, al lugar donde se realizaría como mercancía útil, permanecerá en el almacén de la fábrica o del comerciante como producto fallido, pues una mercancía no demandada, no intercambiada, no vendida, resulta no ser lo que era, no ser mercancía. En el mundo del capital pasan estas cosas: queda acreditada como mercancía, en el sentido de capital mercancía, cuando fácticamente deja de serlo, cuando se ha metamorfoseado en . Sin dejar de ser mercancía nunca llegaría a serlo. Sólo tras la muerte se llega a ser santo.

Este hecho, este gran servicio a la mercancía, en rigor, al capital mercancía y, con más precisión, a su circulación –mecanismo de realización del valor, o sea, de la valorización, ese resultado que presta a posteriori fundamento y sentido a todo el recorrido del ciclo lleno de travestismo y transustanciaciones-, hace que el transporte y sus costeos merezcan un tratamiento particularizado. Y a la importancia de esta función particular hay que añadir la importancia cuantitativa de los costes de transporte por su volumen creciente, lo cual abunda en la necesidad de ese tratamiento particularizado.

Para profundizar un poco en esta función específica del transporte en la circulación del capital, recuperemos la imagen del metabolismo del trabajo social dentro del ciclo del capital, ya que las metamorfosis de la mercancía son una fase o sección incluida en el mismo. Ese metabolismo exige a veces el “cambio de espacio” de los productos, su movimiento real, físico, a otro lugar para su consumo; es decir, a veces la circulación incluye necesariamente un rodeo, un viaje de ida y vuelta, de salida y regreso de la circulación a la producción, que se concreta en un desplazamiento de la mercancía a otro lugar, para hacer posible el consumo, para que pueda el capital seguir circulando. Digo “a veces”, pero sólo a veces; y aquí enraíza la problemática que nos ocupa.

Debemos tener muy presente los tres referentes referidos por el término “mercancía” en su uso actual: a) el objeto o cosa producto del trabajo humano, con sus cualidades materiales o valor de uso propios; b) la determinación mercantil de ese producto, visible en su aceptada presencia en el mercado como sujeto de intercambios, figura común a los diversos modos de producción; y c) la determinación capitalista genuinamente capitalista de esos productos mercantiles como “riqueza nacional” y más específicamente como forma de existencia del capital, el capital-mercancía. El primer uso del término es una contaminación derivada de la naturaleza universalmente mercantil de nuestros sistemas productivos, en que todo se produce para el mercado, por tanto, sólo se producen mercancías. El segundo uso expresa esta realidad del carácter mercantil de nuestras economías, que hace de la mercancía el objetivo directo e inmediato de la producción. En fin, el tercer uso, menos “usual”, más técnico, es exclusivamente capitanita, que hace de la mercancía una de las tres figuras o formas de existencia del capital (capital producto, capital mercancía y capital dinero), que alternativamente sirven de cuerpo al valor. Este concepto de capital mercancía, el más abstracto, y que ya hemos tenido ocasión de analizar y valorar, debe ser bien distinguido de la mercancía en general, abstracta, sin la determinación del capital. El olvido de su diferencia es también aquí causa de ambigüedades y confusiones.

Por ejemplo, cuando hablamos de la circulación de la mercancía –de hecho la vida de la mercancía es circulación, constantes metamorfosis y transubstanciaciones- hemos de tener presente en cada momento si el referente es el uso b), la mercancía como determinación mercantil abstracta, o el uso c), la mercancía como determinación del capital, como capital mercancía. Tanto más cuanto que ambas formas se mueven, ambas circulan, aunque cada una con sus peculiaridades. La mercancía en forma capital es una idea bien determinada, cuyo movimiento es virtual, sin lugar ni tiempo empíricos; sus metamorfosis son las diversas figuras del capital, M´- D´, o D´- M (= Mp + Ft). Insisto, estas metamorfosis se hacen sin espacio ni tiempo. En el universo del capital una mercancía se vende, M – D, sin movimiento físico, sin desplazarse al mercado (el mercado del capital es también virtual), sin gastar tiempo, en un instante, el de la firma del contrato; pasa de mercancía a dinero sin solución de continuidad; cambia de propietario en un instante sin tiempo. En rigor, no hay costes de circulación.

Pero, claro está, en el universo real esa operación de compraventa de la mercancía tiene sus espacios y sus tiempos; en paralelo a la metamorfosis del capital detenida en el tiempo se realizan numerosas actuaciones físicas. Hay que medir, pesar, comparar, trasladar…. Hay que gastar tiempo, recursos técnicos y trabajo; hay costes de circulación.

Por tanto, una cosa es la circulación virtual del capital y otra la materialización de esa idea, la circulación en el plano empírico, exigido por el propio capital, que junto a su alma, el valor, tiene un cuerpo, que le presta la mercancía, o el producto, o el dinero, pero un cuerpo al fin que implica un viaje en el espacio-tiempo, que se cobra sus costes. En definitiva, como ya sabemos esas metamorfosis teóricas del capital suelen requerir “a veces” cambios físicos, empíricos, de las mercancías, es decir, tiempos y espacios para su desplazamiento como cosa material.

Por tanto, el capital, en este caso en su forma mercancía, se mueve fuera del espacio y el tiempo; pero la mercancía que constituye su soporte material, su cuerpo, “a veces” requiere espacio y tiempo reales, en magnitudes variables. No es el capital mercancía, sino la mercancía real, producto del trabajo que ha de llevarse al mercado para ser intercambiada, la que exige la mediación del transporte, la que impone los costes del trasporte. Como Marx dice “el valor de uso de las cosas no se realiza más que en su consumo, y su consumo puede imponer un cambio de lugar, o sea, el adicional proceso de producción de la industria del transporte” [50].

Esta distinción nos permite entender que pueda haber circulación del capital-mercancía sin circulación real de las mercancías, movimiento virtual sin referente material; incluso sin “intercambio directo de productos”. Puede ocurrir así, pero en otras circunstancias se necesitará cambio de lugar de magnitud diversa de la mercancía. En la compra-venta de una casa, el capital circula pero la casa no se mueve. “Valores mercantiles móviles, como el algodón o el hierro en bruto, están quietos en un mismo almacén en el tiempo mismo durante el cual recorren docenas de procesos de circulación, son comprados y revendidos por los especuladores” [51]. Lo que se mueve es “el título de propiedad”, en un espacio-tiempo virtual. En otros modos de producción –Marx cita el de los Incas- puede haber intenso trasporte de grandes cantidades de productos…, pero este producto no ser mercancía, no pasar por ningún intercambio ni trueque. De lo cual nos saca la siguiente máxima, ya conocida: “Por eso cuando la industria del transporte aparece como causante de costes de circulación sobre la base de la producción capitalista, esta particular forma de manifestación no afecta en nada a la cosa” [52].

Aquí lo relevante es esclarecer lo que Marx quiere decir al afirmar que si la industria del transporte es la “causante de costes de circulación”, como ocurre en la producción capitalista, “esta particular forma de manifestación no afecta en nada a la cosa”. A simple vista lo interpretaríamos así: los costes derivados de determinaciones propias, específicas, del orden del capital, por ser particulares, por no ser comunes a cualquier modo de producción, no afectan a la cosa (se entiende en su valor de uso y en su valor). Esta idea aparece en otros momentos, cada vez que Marx, al valorar alguna relación económica, distingue la perspectiva social (efecto en la sociedad) y la del capitalista (efecto subjetivo). Pero en este caso concreto resulta sorprendente, pues está analizando “el capital”, no “la producción” en general. Por otro lado, unas páginas más arriba veíamos que, de forma rotunda, hablaba del transporte como rama de inversión capitalista independiente, calificándola de productiva. Las cosas no quedan claras en este punto.

Pues bien, en todo caso el transporte refiere al movimiento real de las mercancías, no al virtual del capital mercancía. Por ello insiste en que en el transporte no varía la masa de producto, ni cambian sus cualidades naturales; el transporte no aporta nueva o mayor utilidad a la cosa. El cambio de lugar, por tanto, no afecta a la materialidad de la cosa, sino a su posibilidad de uso: afecta a la realización del valor de uso, y en rigor a su realidad, pues incluso el valor de uso no es nada en el mundo económico sin la posibilidad de realizarse. Y del mismo modo que el valor se realiza en la metamorfosis M´ - D´, el valor de uso se realiza en el consumo, productivo o individual; y el consumo requiere casi siempre esos desplazamientos de las mercancías al mercado y a los lugares de consumo.

Ahora bien, en esos desplazamientos, en el trasporte, se invierten recursos, capital; y si esa inversiones son, como dice Marx, productivas, porque añade valor a lo transportado (el de los medios de transporte y el de la fuerza de trabajo usada), ¿cómo calificarlos de costes de circulación en lugar de costes de producción? Máxime si, como dice Marx, el transporte es una rama de producción capitalista, y como en todo proceso capitalista el valor de la fuerza de trabajo incluye el de reposición o salario y la plusvalía.

“El capital productivo invertido en ésta añade, pues, valor a los productos transportados, en parte por transferencia de valor de los medios de transporte, y en parte por añadido de valor por medio del trabajo de transporte. Como en toda producción capitalista, este último añadido de valor se divide en reposición del salario y plusvalía” [53].

Por tanto, la conclusión a que nos lleva es que el transporte es una prolongación de la producción, más allá de las fronteras de ésta, fuera de la fábrica; lo cual deriva de que “el producto no está listo para el consumo hasta que ha completado ese movimiento”, hasta que ha sido desplazado al lugar de consumo. Para que la producción tenga sentido, ha de culminar con la puesta del producto en el lugar de consumo. Marx señala al respecto que si el coste de mover los medios de producción dentro de la fábrica, como sacar el carbón a la superficie, forma parte del proceso de producción, igualmente ocurre con los costes de mover el producto terminado hasta los lugares donde ha de ser consumido.

“El mismo fenómeno manifiesta, aunque a mayor escala, el paso del producto terminado, como mercancía acabada, de un lugar de producción independiente a otro espacialmente alejado del primero. Al transporte de los productos de un lugar de producción a otro sigue luego el de los productos acabados desde la esfera de la producción hasta la esfera del consumo. El producto no está listo para el consumo hasta que ha completado ese movimiento” [54].

Lo cual tiene su lógica, pero ésta nos exige coherencia. Si un producto “no está liso” hasta que no esté en el plato (y cobrado), entonces tenemos dos problemas. Uno, que la circulación ha quedado absorbida por la producción, lo cual borra una diferencia conceptual que constituye el alma de la teoría marxiana. Otro, si sólo la presencia en el plato legitima los pasos y movimientos anteriores, como el final respecto a los medios, ¿qué razones tenemos para considerar improductivos los otros costes de circulación, todos ellos necesarios para hacer posible el consumo? ¿Cómo negar al comerciante su papel en llevar las mercancías a los consumidores? ¿Cómo negar a las empresas de embalaje su función que lleguen en buen estado al consumidor? La verdad es que si el consumo se erige en criterio de demarcación entre el trabajo productivo y el improductivo, las dudas y problemas se acumulan. Y lo más sorprendente es que ni siquiera hay en este capítulo una defensa clara y contundente del carácter productivo de los costes de trabajo; de hecho el transporte viene catalogado, caracterizado y analizado entre los costes de circulación por tanto, aunque algunos pasajes internos le empujen a verlo como “impuro”, o muy impuro, algún peso ha de tener esa catalogación, que es como su declaración oficial. Así las cosas, seguramente necesitamos una reflexión más extensa y sistemática sobre el tratamiento marxiano de este tema del trabajo productivo e improductivo. Tal vez desde esa distinción bien esclarecida podamos dar salida a las dudas que nos plantean las ambigüedades e inconsistencia de su valoración del transporte; como ya advertí, abordaré la cuestión en una entrega aparte sobre Trabajo productivo e improductivo en las obras de Marx, cuyo guion general esbozo en la reflexión final.

El resto del capítulo, que se cierra con este apartado sobre los costes del trasporte de mercancías, sólo aporta matices poco relevantes, pero que vale la pena comentarlos porque nos deja ver que el debate sobre los costes es, en realidad, el debate sobre los tiempos. De ahí que la lucha del capitalista contra los costes se resuelva en su lucha por disminuir los tiempos de transporte, dentro de su lucha general contra los tiempos de circulación.

En este sentido nos recuerda que la ley general de la producción de mercancías afirma que “la productividad del trabajo y su creación de valor se encuentran en razón inversa”; como la productividad va de la mano con la tecnología, con la “composición técnica del capital”, a más tecnología menos tiempo de producción, pero también menos creación de valor, menos plusvalor, dado que la relación entre capital constante y variable crece enormemente. La menor presencia relativa de los trabajadores, que en el capital adelantado se representa por V, respeto al invertido en medios de producción, C, favorece la productividad y perjudica la creación de plusvalor.

Pues bien, Marx dice que esta ley, y la tendencia a crecer de la relación C/V, también rige en el caso del transporte. Para un volumen de producto mercancía dado:

“Cuanto menor es la cantidad de trabajo muerto y vivo que requiere el transporte de una mercancía para una distancia dada, tanto mayor la fuerza productiva del trabajo, y a la inversa” [55].

Por tanto, la magnitud de valor absoluta que añade el transporte a las mercancías es inversamente proporcional a la productividad de esta industria y directamente proporcional al trayecto a recorrer. Y, en términos relativos, la parte del valor que los costes de transporte añade al precio de la mercancía es directamente proporcional a la distancia y al peso [56]

Nótese que Marx trata la cuestión bajo el supuesto de que el transporte es una industria productiva, que prolonga la producción previa de la mercancía inacabada hasta que el producto llegue al lugar de consumo:, y que añade a la misma un valor que se calcula de forma autónoma., en función de los recursos invertidos y de la composición del capital en esa sección de transporte. Y dado que la ley según la cual “la productividad del trabajo y su creación de valor se encuentran en razón inversa”, nos dice Marx, vale también para la industria del transporte, será más productivo cuanto menor sea la cantidad de “trabajo muerto” y “trabajo vivo” que se requiera. Por tanto, la magnitud de valor absoluta que el transporte añade a la mercancía, en las mismas circunstancias dadas, está en razón inversa de la fuerza productiva del transporte y en razón directa de las distancias a recorrer [57]. La influencia del transporte en el precio, por tanto, es función de la distancia, del peso, del volumen… Pero también influye su caducidad, su fragilidad… Y, en términos relativos, su valor: es más barato transportar oro que hierro.

Como es intuitivo, en la producción capitalista el transporte crece en importancia: se pasa de los mercados locales a los lejanos; el desarrollo y concentración de esta industria es una necesidad cada vez más relevante. Por tanto, la fusión del transporte es cada vez más determinante, de su desarrollo depende el presente futuro del capitalismo global. Se comprende que no sea fácil reducir los costes de transporte a aquellos faux frais de la circulación, de los que hablaba con cierta frescura. Y otro tanto habríamos de decir hoy de los costes de la venta, especialmente si incluimos la publicidad, los lobbies etc. Hoy los principales costos no son los de producción, sino los otros, todos esos orientados a hacer llegar la mercancía a la puerta de casa. Hoy todos ellos, o casi todos, parecen reclamar una consideración como la que Marx sólo concedía al transporte, y que refleja de modo espectacular la cita que ya hemos recogido, pero que repetimos para cerrar la lectura:

“La industria del transporte constituye, por una parte, una rama de producción independiente y, por ello, una particular esfera de inversión del capital productivo. Por otra parte, se distingue porque se manifiesta como prolongación de un proceso de producción dentro del proceso de circulación y para el proceso de circulación” [58].


5. Reflexiones finales.

La insistencia de Marx en este tema de los costes de circulación nos revela dos cosas: que lo considera importante y que es de notable complejidad y tiene efectos prácticos muy relevantes. Aunque espero haber expuesto con objetividad sus reflexiones, y aportado elementos de esclarecimiento de las mismas, pienso que el texto, que no dejó listo para su publicación, está salpicado de ambigüedades y de falta de determinaciones conceptuales difíciles de superar en el género “lectura”, exigiendo una labor crítica que desborda este formato. Por eso me he comprometido a elaborar próximamente un análisis en profundidad de las categorías marxianas “trabajo productivo” y “trabajo improductivo” a lo largo de toda la obra de Marx, tarea desde la cual habremos de rehacer algunos puntos de esta lectura.

El problema de la demarcación de ambos conceptos estaba presente en la ciencia económica clásica y en el debate político; de todos es conocido provocativo pero incisivo planteamiento de Saint Simon, que ha pasado a la historia como la más refinada declaración de guerra de la burguesía contra la aristocracia, de la Modernidad contra l’Ancien Régime. Pues bien, como está en el ambiente, y como teóricamente es muy relevante para la ciencia del capital, lo encontramos en Marx todo a lo largo de sus escritos. Se encuentra en los Grundrisse de 1757-1758, y también en los de 1861-63 y 1863-1866; con un desarrollo relevante se aborda el tema en el Libro I de los cuatro volúmenes de las Teoría de la plusvalia, en el largo apéndice “Productividad del capital–Trabajo productivo e improductivo”. Aparece en el Capítulo VI inédito, segregado del proyecto de Libro I de El Capital. Los capítulos V y XIV de éste primer volumen de El Capital, el editado por Marx, nos ofrecen dos tratamientos, el primero más abstracto y el segundo más determinado, más situado en el capitalismo, que debieran servirnos de referencia.

En el Libro II, como acabamos de ver en el comentario a su capítulo IV, se nos ofrece un tratamiento de los costes de circulación bastante claro, haciendo excepción de los gastos de transporte. Que sea bastante claro sólo quiere decir que en su expresión no aparecen ambigüedades relevantes, o sea, que nos expresa con claridad la posición de Marx al respecto. Lo cual no implica que dicha posición pueda y deba ser sometida a la crítica, como enseguida argumentaré.

También se encuentran en el Libro III páginas relevantes sobre el trabajo productivo e improductivo. Destaquemos en capítulo XVII, dedicado a “La ganancia comercial”; pero, en general, toda Sección la IV, con sus cinco capítulos, del XVI al XX, que trata de la “Transformación de capital mercantil y de capital dinerario en capital dedicado al tráfico de mercancías y en capital dedicado al tráfico de dinero dinero”, es importante para el proyecto.

También destacan las múltiples referencias que encontramos en el Libro IV, de las Teorías de la plusvalía, tal vez la obra de Marx donde la problemática del trabajo improductivo está más presente, aunque no la más clara. Destaquemos de éste cuarto libro el capítulo IV del primer volumen, especialmente extenso, con sus ciento cincuenta apretadas páginas, sobre “Teoría sobre el trabajo productivo y el trabajo improductivo”; y el generoso apéndice [12], de veinte páginas, sobre “La productividad de capital. Trabajo productivo y trabajo improductivo”; ambos textos merecen un detenido análisis

Sólo un análisis de todos estos textos que contextualice bien el tratamiento en cada caso puede ayudarnos a precisar los conceptos y a decidir tanto el problema principal, de si la circulación en todas sus figuras y manifestaciones es trabajo improductivo o no, y los problemas derivados de esa tesis, tanto económicos como políticos. Sólo un trabajo así nos permitirá fijar en cada caso, en cada pasaje, el nivel de abstracción que asume el análisis de Marx, del cual depende el diagnóstico y el concepto productivo; la diversidad de estos textos y la insuficiente clarificación metodológica de Marx en cada uno de ellos está en el origen de las confusiones y ambigüedades; y como se trata de tesis con grandes implicaciones políticas, permite que cada estudioso se acoja a las citas y pasajes apropiados para atrincherarse en su posición militante. Por tanto, dado que este proyecto nos desborda en este momento, lo aplazamos, con compromiso, para una próxima entrega.

Sabemos que la idea general de Marx es que la circulación, en toda su complejidad, es propia del capitalismo. Si la producción, con sus diferentes complejidades, es algo presente a los otros modos de producción, la circulación es genuinamente capitalista, especialmente la circulación como proceso en el que el capital ha de sufrir diversas metamorfosis como momentos intrínsecos a su destino, que no es la producción sino la reproducción. Tal vez por ello su insistencia en subrayar la paradoja de que el capitalismo, objetivamente enfrentado al tiempo, lleve en su lógica la creación de tiempos no productivos; el capitalismo, objetivamente determinado a la valorización, genera ese mundo de la circulación en el que en cierto modo “pierde el tiempo” en esa fase improductiva del circuito. Marx parece satisfecho en airear ese cada vez más largo y complejo paseo del capital por la improductividad, al tiempo que lucha contra la misma; le agrada a Marx pensar el capital luchando contra sí mismo, atravesado por la contradicción, haciendo imposible su triunfo final.

El enorme desarrollo del aparato de administración, publicidad y venta, así como del almacenamiento y del transporte, son sin duda sus éxitos en su lucha por la valorización; pero a Marx le gusta subrayar y desvelar que esas formas que sostienen su vida son también obstáculos, resistencias, amenazas. Pienso que si se tienen en cuenta esta perspectiva se comprende un poco mejor la pretensión de Marx. Eso espero.

En fin, para cerrar esta entrega sobre el capítulo VI del Libro II, recordar dos cosas. Una, que los conceptos se mueven, y que los manuscritos que sirvieron de base en la composición del Libro II no estaban listos para la imprenta. Engels hizo lo que pudo dentro de lo que debía hacer; debía mantener el mayor respecto a la letra escrita y lo hizo, aunque hubiera sido escrita con precipitación y en algunos casos a destiempo, es decir, con anterioridad a reflexiones posteriores más matizadas y maduras. Otra, que los conceptos se corresponden siempre a un nivel de abstracción metodológica, y que si bien Marx acostumbraba a avisarnos de ello, no lo hacía siempre; debemos nosotros detectar y tener presente el nivel que corresponde a cada pasaje para comprender el alcance de sus reflexiones y propuestas.

Sólo un ejemplo. En el capítulo V del Libro I de El Capital trata el problema del trabajo productivo apoyado en el análisis del proceso de trabajo en general, haciendo abstracción de determinaciones particulares; o sea, como mero proceso técnico, sin hacer presente las relaciones sociales, la forma en que está subsumido. Y así nos dice, entre otras cosas, que en general trabajo productivo es el que produce valor de uso, tesis en abstracto válida y común a cualquier modo de producción. Nos dice:

“Si se considera el proceso entero desde el punto de vista de su resultado, el producto, entonces, el medio de trabajo y el objeto del trabajo aparecen ambos como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo. Del proceso de trabajo sale como producto un valor de uso, pero en él se funden como medios de producción otros valores de uso, productos de anteriores procesos de trabajo. El mismo valor de uso que es producto de tal trabajo constituye el medio de producción de tal otro. Por eso los productos no son sólo resultado, sino también condiciones del proceso de trabajo” [59].

En el capítulo XIV de este mismo Libro I, en que aborda la cuestión de “La producción del valor absoluto y del relativo”, el mismo Marx ha de advertirnos de este hecho para invitarnos a una mayor determinación del concepto, bajo la forma capital. Así, tras comenzar el capítulo indicándonos que “En un principio examinamos el proceso de trabajo (véase el capítulo quinto) de manera abstracta, independientemente de sus formas históricas, como un proceso entre el hombre y la naturaleza” [60], modo de advertirnos que cambia de nivele de abstracción y que, por tanto, el concepto quedará afectado. Escribe:

“En tanto que el proceso de trabajo es puramente individual, el mismo trabajador reúne todas las funciones que más tarde se escinden. Al apropiarse individualmente, para satisfacer sus finalidades vitales, de objetos que encuentra en la naturaleza, se controla a sí mismo. Más tarde, él estará sujeto a control. El individuo no puede operar sobre la naturaleza sin poner en acción sus propios músculos, bajo el control de su propio cerebro. Así como en el sistema natural la cabeza y la mano forman un conjunto, el proceso laboral unifica el trabajo de la mente y el de la mano. Más tarde uno y otro se separan, hasta conformar una antítesis radical. El producto, antes fruto directo del productor individual, se transforma en general [b] en el producto colectivo [c] de un personal combinado de trabajo, cuyos miembros están más cerca o más lejos del manejo del objeto de trabajo. Al ampliarse el carácter cooperativo del proceso laboral mismo, se amplía necesariamente, por consiguiente, el concepto de trabajo productivo y de su portador, el obrero productivo. Por otra parte, en cambio, ese concepto se vuelve más restringido [d] "Pero, por otra parte, el concepto de trabajo productivo se vuelve más restringido.". La producción capitalista no sólo es producción de mercancía; es, en esencia, producción de plusvalor. El obrero no produce para sí, sino para el capital. Por tanto, ya no basta con que produzca en general. Tiene que producir plusvalor. Sólo es productivo el trabajador que produce plusvalor para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital. Si se nos permite ofrecer un ejemplo al margen de la esfera de la producción material, digamos que un maestro de escuela, por ejemplo, es un trabajador productivo cuando, además de cultivar las cabezas infantiles, se mata trabajando para enriquecer al empresario. Que este último haya invertido su capital en una fábrica de enseñanza en vez de hacerlo en una fábrica de embutidos, no altera en nada la relación. El concepto de trabajador productivo, por ende, en modo alguno implica meramente una relación entre actividad y efecto útil, entre trabajador y producto del trabajo, sino además una relación de producción específicamente social [e], que pone en el trabajador la impronta de medio directo de valorización del capital. De ahí que ser trabajador productivo no constituya ninguna dicha, sino una maldición. En el libro cuarto de esta obra, dedicado a la historia de la teoría, se expondrá más en detalle cómo la economía política clásica consideró siempre que la producción de plusvalor era la característica distintiva del trabajador productivo. Al cambiar su concepción respecto a la naturaleza del plusvalor, cambia también, por consiguiente, su definición de trabajador productivo” [61].

Una cita esencial para nuestro objetivo, por eso hemos mantenido íntegro el argumento. En la misma cita se aprecian dos desplazamiento- A partir del concepto fijado en el capítulo V, donde el trabajo productivo se identifica con la producción de valor de uso, definición válida universalmente y a la que no puede renunciarse, Marx nos ofrece dos nuevos rostros de ese trabajo productivo en bajo su subsunción en la forma capital. Primero, el trabajo productivo es producción de plusvalor, nos dice claramente, sin condición ni matices, e incluso nos avisa de que en el cuarto libro describirá a fondo esa cuestión. Segundo, que si desplazamos la mirada desde el trabajador individual al colectivo, el trabajo antes improductivo –de los trabajadores improductivos- pasa a productivo en tanto que forma parte de un obrero social, de un trabajador social. Un cambio de perspectiva metodológica, en este caso esencial al marxismo, implica un cambio radical en el concepto.

Este ejemplo es suficiente para nuestro objetivo de ilustrar la necesidad de una crítica a fondo de este concepto en los usos que del mismo nos ofrece Marx. Y, si se quiere otro argumento, ofrezco éste, nada despreciable, en el que se nos revela la necesidad de tener presidente la ironía marxiana. En el Libro I de su Teorías de la plusvalía, apéndice [11], nos deja esta píldora que, como hará sentir su lectura, no nos está permitido recortar:

“El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. El delincuente produce delitos. Fijémonos un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad, y ello nos ayudará a sobreponernos a muchos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos; produce, además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una "mercancía". Lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional, aparte de la fruición privada que, según [nQS hace ver] un testigo competente, el señor profesor Roscher, el manuscrito del compendio produce a su propio autor.

El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal, esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc.; y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria, que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo, desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la producción de sus instrumentos, a gran número de honrados artesanos.

El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un "servicio" al movimiento de -los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran, no sólo La culpa, de Müllner , o Los bandidos, de Schiller, sino incluso el Edipo, de Sófocles, y el Ricardo III, de Shakespeare. El delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen descarga al mercado de trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario, y, al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población. Por todas estas razones, el delincuente actúa, así, como una de esas "compensaciones" naturales que contribuyen a restablecer el equilibrio adecuado y abren toda una perspectiva de ramas "útiles" de trabajo.

Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección, si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los negocios comerciales corrientes (véase Babbage) si no le hubiera abierto el camino el fraude comercial. Y la química práctica, debiera estarle tan agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de descubrirlas como al honrado celo por elevar la producción. El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas.

Y, abandonando ahora al campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales, habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún, ¿existirían siquiera naciones? ¿Y no es el árbol del pecado, al mismo tiempo y desde Adán, el árbol del conocimiento? Ya Mandeville, en su "Fable of the Bees" (1705) había demostrado la productividad de todos los posibles oficios, etc., poniendo de manifiesto en general la tendencia de toda esta argumentación: “Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaería necesariamente, si es que no perecía en absoluto”.

Lo que ocurre es que Mandeville era, naturalmente, mucho más, infinitamente más audaz y más honrado que los apologistas filisteos de la sociedad burguesa” [62].

Sí, la ironía, tan frecuente en Marx, nos pone ante la iluminación de las fronteras del concepto. ¿Cómo leerlo? ¿Como vibrante descripción materialista o como parodia mecanicista?

No, no nos hemos ido del tema. Este breve y substancioso apéndice lleva el título nada extravagante de “Concepción apologética de la productividad de todos los oficios”. Productividad subjetiva, sin duda, para el delincuente; y productividad objetiva y social, para las ciencias las artes, las letras y las buenas costumbres de la humanidad. El lenguaje, como la levita, es indiferente al uso que se haga del mismo.


J.M.Bermudo (2015)


[1] Marx incluso recurre a una metáfora, no muy afortunada, para ilustrar cómo bajo ciertas operaciones físicas se ocultan otras de efectos contrarios. Por ejemplo, en la combustión del carbón se han de producir también disociaciones moleculares que consumen calor, y por tanto lo substraen de la combustión: “El trabajo de quemar no engendra calor alguno, pero es un momento necesario del proceso de combustión. Para utilizar, p. e., carbón como elemento de calefacción he de combinarlo con oxígeno y, para ello, pasarlo del estado sólido al estado gaseoso {pues en el anhídrido carbónico que es resultado de la combustión el carbón está en estado gaseoso), o sea, que tengo que conseguir una alteración de la forma de existencia o estado físico. La separación de las moléculas de carbono, unidas en un todo firme, y la rotura de la molécula misma de carbono en sus varios átomos se tiene que conseguir previamente a la nueva combinación, y eso cuesta un cierto gasto de energía que no se transforma en calor, sino que se substrae a él” (Ibid.,130) (Citaremos de la edición de M. Sacristán, OME, vol 42., Barcelona, Grijalbo-Crítica, 1980

[2] Ibid., 129.

[3] Ibid., 129.

[4] Ibid, 129.

[5] Ibid., 129-130.Se decía de los Griegos por ser duros negociadores.

[6] Ibid., 130.

[7] Ibid., 130.

[8] Ibid., 130.

[9] Ibid., 130.

[10] Ibid., 130. Marx sigue en este punto a Quesnay, a quien cita con frecuencia, como vemos en la nota 11 que recogemos: «Los gastos de comercio, aunque necesarios, se deben considerar como gastos onerosos» (Quesnay, Analyse du Tableau Économique, en DAIRE, Physiocrates, 1ª Parte, Paris, 1846, 71). Según Quesnay, el «beneficio» que la competencia entre los comerciantes suscita -a saber, el hecho de que los obliga «a rebajar su retribución o ganancia»- «no es, hablando en serio, más que una privación de pérdida para el vendedor de primera mano y para el comprador consumidor. Ahora bien, una privación de pérdida sobre los gastos de comercio no es un producto real ni un aumento de riquezas obtenido por el comercio, considerado en sí mismo simplemente como intercambio, con independencia de los gastos de transporte, o considerado juntamente con los gastos de transporte» (Quesnay, Dialogues sur le Commerce et sur les Travaux des Artisans, en DAIRE, Physiocrates, 1ª parte, Paris, 1846, 145, 146). «Los gastos del comercio se pagan siempre a expensas de los vendedores de las producciones, los cuales se beneficiarían de todo el precio que pagan por ellas los compradores, si no hubiera gastos intermedios» (Ibid., 163 ). Los propiétaires y producteurs son «salariants», los commerçantes son «salariés» (Ibid., 164).

[11] Ibid, 131.

[12] Ibid., 131.

[13] Ibid., 131.

[14] Ibid., 131.

[15] Ibid., 132.

[16] Ibid., 132-133.

[17] Ibid., 133.

[18] Ibid., 133.

[19] Ibid., 133.

[20] Ibid., 133-134.

[21] Ibid., 134.

[22] Ibid., 134. En la nota 12 a pie de página se incluye un pasaje del M-II que dice: En la Edad Media no hallamos contabilidad agrícola más que en los monasterios. De todas maneras, se ha visto (Libro I, pág. 343, nota 35) que ya en las arcaicas comunidades indias figura un contable de la agricultura. En este caso la contabilidad se ha independizado como función exclusiva de un funcionario de la comunidad.

Mediante esa división del trabajo se ahorra tiempo, esfuerzo y gastos, pero la producción y la contabilidad sobre la producción no dejan por ello de ser cosas tan distintas como la carga de un buque mercante y la póliza de embarque. En la persona del contable se substrae a la producción una parte de la fuerza de trabajo de la comunidad aldeana, y los costes de su función no se reponen por su propio trabajo, sino deduciéndolos del producto de la comunidad. Igual que con el contable de la aldea india ocurre, mutatis mutandis, con el contable del capitalista” (Del Manuscrito II).

[23] Ibid., 135.

[24] En la Edad Media no hallamos contabilidad agrícola más que en los monasterios. De todas maneras, se ha visto (Libro I, pág. 343) que ya en las arcaicas comunidades indias figura un contable de la agricultura. En este caso la contabilidad se ha independizado como función exclusiva de un funcionario de la comunidad. Mediante esa división del trabajo se ahorra tiempo, esfueno y gastos, pero la producción y la contabilidad sobre la producción no dejan por ello de ser cosas tan distintas como la carga de un buque mercante y la póliza de embarque. En la person:1 del contable se substrae :1 la producción una parte de la fuerza de trabajo de la comunidad aldeana, y los costes de su función no se reponen por su propio trabajo, sino deduciéndolos del producto de la comunidad. Igual que con el contable de la aldea india ocurre, mutatis mutondis, con el contable del capitalista. (Del manuscrito II.)

[25] Ibid., 135.

[26] Ibid., 135.

[27] Ibid., 135.

[28] Ibid., 137.

[29] Ibid., 137.

[30] Ibid., 137.

[31] Ibid., 138.

[32] Ibid., 138.

[33] Ibid., 138. “La permanencia del capital-mercancía en el mercado en condición de reserva de mercancías requiere edificios, almacenes, depósitos de mercancías, depósitos generales, o sea, inversión de capital constante; también supone pago de fuerzas de trabajo para el almacenamiento de las mercancías en sus depósitos. Además, las mercancías se pudren y están expuestas a influencias dañinas elementales. Para protegerlas de ellas hay que invertir más capital, en parte en medios de trabajo, o sea, en forma objetivada, y en parte en fuerza de trabajo” (Ibid., 138).

[34] Ibid., 139.

[35] Ibid., 139.

[36] Ibid., 139-140.

[37] Ibid., 144.

[38] Ibid., 144.

[39] Ibid., 144.

[40] Ibid., 144.

[41] Ibid., 145.

[42] Ibid., 145.

[43] Ibid., 146.

[44] Ibid., 146.

[45] Ibid., 148-149.

[46] Ibid., 149.

[47] Ibid., 149-150.

[48] Ibid., 152.

[49] Ibid., 152.

[50] Ibid., 150.

[51] Ibid., 150.

[52] Ibid., 150.

[53] Ibid., 151.

[54] Ibid., 151.

[55] Ibid., 151.

[56] Hay una nota a pie de página en el capítulo, la 18, que recoge un debate entre Say y Ricardo, poniéndose al lado de éste: “Ricardo cita a Say, el cual considera una bendición del comercio el hecho de que por los costes de transporte encarezca los productos o eleve su valor. «El comercio», dice Say, «nos permite alcanzar una mercancía en su lugar de origen Y transportarla a un lugar de consumo diferente; por eso nos capacita para aumentar el valor de la mercancía en toda la diferencia entre su precio en el primer lugar y su precio en el segundo». Ricardo observa al respecto: «Cierto, pero ¿cómo se le da el valor adicional? Añadiendo al coste de producción, primero, los gastos de transporte, segundo, el beneficio del capital adelantado por el comerciante. La mercancía no es más valiosa sino por la misma razón por la que cualquier otra mercancía puede hacerse más valiosa, porque se ha gastado más trabajo en su producción y transporte antes de que la compre el consumidor. Esto no se tiene que mencionar como una de las ventajas del comercio». (Ricardo, Principies of Pol. Econ., 3rd. ed., London 1821, págs. 309-310).

[57] Ibid., 151.

[58] Ibid., 152.

[59] C., II, 197 (A partir de aquí citaremos de la edición de El Capital de P. Scaron en Siglo XXI).

[60] Ibid., 615-616.

[61] Ibid., 616-617.

[62] K. Marx, Teorías de la plusvalía I. México, FCE, 1980, 360-361.