LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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II - CAPITAL FIJO Y CAPITAL FLUIDO


La distinción entre capital fijo y capital fluido o circulante ya se conceptualizó y analizó en el Libro I, concretamente en el capítulo VI; pero no se profundizó suficiente en la fuente de esa distinción, la rotación del capital. La diferencia se establecía en torno al modo particular de consumirse una y otra parte del capital adelantado, la correspondiente a los medios de trabajo (instalaciones, maquinaria, etc.), que se desgastaban paulatinamente e iban trasvasando su valor al producto por partes alícuotas y la correspondiente a los demás medios de producción, que se consumía en su totalidad en cada ciclo productivo. Hagamos un breve repaso del proceso, siguiendo de cerca a Marx, para actualizar aquellos conceptos.


1. Conceptos físicos y conceptos económicos.

El capital inicial adelantado ha de distribuirse adecuadamente entre los diversos componentes que hacen posible la producción. Una parte del mismo se destina al capital constante, distribuida entre los instrumentos o medios de trabajo, las materias primas y energía, en fin, los restantes componentes de los medios de producción que genéricamente llamamos medios auxiliares; la otra parte del capital adelantado se destina al capital variable, o sea, a la fuerza de trabajo. De una forma u otra todos esos elementos se consumen en el proceso productivo; pero no todos ellos tienen el mismo ritmo ni la misma forma de consumo, ni todos ellos rotan con la misma frecuencia. Esta es la primera constatación empírica, fáctica, observable: los medios de producción tienen entre sí tiempos de rotación diferentes, y en algunos casos muy diferentes, y estas cualidades no son triviales ni inocentes.

Tenemos la evidencia empírica de que el capital invertido en maquinaria e instalaciones se desgasta lentamente, a lo largo del tiempo de producción, siendo útil en cientos o miles de ciclos del capital. Se adquiere o compra de una vez, pero no ha de reponerse al final de cada rotación; su tiempo de vida útil, su tiempo de reproducción, se extiende a lo largo de los años. Tal vez por ese comportamiento material del medio técnico, por su escaso desgaste, por permanecer en el tiempo con la misma figura proceso tras proceso, a este elemento productivo se le dio el nombre de capital fijo; y tal vez en la génesis de ese nombre se oculta la confusión con que se elabora y usa el concepto.

La confusión procede de la insuficiente distinción entre el cuerpo y el alma del elemento técnico, entre su comportamiento físico y su función económica. Comparado con la presencia de otros elementos productivos, la de los medios de trabajo (maquinaria, instalaciones…) manifiesta cierta constancia, invariabilidad e inmovilidad; eso justificaría llamar a estos elementos “medios fijo”. Pero como, por otra parte, en la esfera económica esos medios son capital, la inmovilidad y fijeza que tiene el medio como cualidades técnicas se desplazan y cualifican la función; las propiedades de su cuerpo se adjudican a su alma, de medios técnicos “fijos” se pasa metafórica y falazmente a capital “fijo”.  

Por tanto, como los medios de trabajo parecen estar fijados en la fábrica, en la esfera de la producción, permaneciendo en ella con la misma figura natural, con el mismo valor de uso, sin pasar materialmente a formar parte del producto, sin saltar a la circulación, sin viajar por el ciclo del capital como componente material del producto…, se atribuyen estas cualidades al capital, como determinaciones de una forma del capital, que así se llama fundadamente capital fijo. Y esta no es la única asimilación que incita a la falacia, porque cuando se afronta directamente el alma del capital, el valor, esa imagen de exterioridad y fijeza del capital en su forma de medios de trabajo induce a ver su valor inmovilizado y fijado en los medios, con tendencia a permanecer allí refugiado, pasando al producto muy lentamente y por partes. No es extraño que, poco atentos al análisis, a este valor capital invertido en medios de trabajo se le diera en llamar capital fijo.


1.1. He insistido en la apariencia -y las apariencias casi siempre vienen del fenómeno- de inmovilidad y fijeza de los medios de trabajo, de su cuerpo físico; y he mencionado la proyección de esas cualidades a su alma económica, a su modo de ser capital. Debemos ahora profundizar en esta doble ilusión, empírica y analógica.

En realidad, sobrepasando las apariencias, en la producción como en la vida todo se mueve, todo se desgasta y todo rota o circula. Además, aunque la evidencia empírica pueda servir de punto de partida, el concepto no sólo se nutre de ella. A veces, incluso, la intuición empírica se convierte en obstáculo. En nuestro caso, esa apariencia de inmovilidad, de fijación, que acaba inscrita en el ser del capital fijo -y que tal vez esté en el origen del nombre- sirve como aproximación a la idea pero deviene un obstáculo para acceder al concepto. El capital fijo no es “fijo” porque no se mueva, porque esté fijado, como enseguida veremos; el concepto no puede reducirse a una imagen empírica, ni siquiera debe respetarla; al contrario, el concepto es tal si fuerza otra manera de ver, sentir y entender la experiencia.

Efectivamente, aunque pueda parecer adecuado a la experiencia, es un error pensar que el capital circulante es el que circula y el capital fijo el que, por estar fijado, no circula. En rigor, todos los elementos de la producción circulan, toda forma del capital es en cierto sentido capital circulante. En todo caso, en el universo de la economía los términos “fijo” y “circulante” son usados en una semántica diferente a la del universo de la física; una semántica genuinamente económica, en que los términos fijo y circulante o fluido vehiculan conceptos no reductibles a la movilidad o inmovilidad cinética.

Como criterio general, es conveniente que el punto de partida para producir conceptos como determinaciones diferentes del capital sea un factum, una diversidad empírica que nos llama la atención; en este caso se constata sin dificultad que entre los elementos de la producción capitalista hay diferencias manifiestas en su modo de circular, de llevar a cabo su rotación, tanto formal como materialmente, y también respecto a sus tiempos, a la frecuencia de las rotaciones. Se aprecia empíricamente que algunos factores, como las materias primas, se consumen de una sola vez y en su totalidad en cada ciclo; esa parte del capital adelantado en forma de capital constante que se agota en un ciclo se llama “circulante” porque sale de la producción bajo la forma de producto pero enseguida pasa a la circulación como mercancía, que tras su metamorfosis en dinero sirve para renovar la materia prima consumida y dar comienzo a la reproducción del ciclo productivo. En cambio, hay otros factores que visiblemente actúan como elementos del proceso de trabajo ciclo tras ciclo, sin salir de la producción, sin pasar a la circulación, sin desaparecer, manteniendo “la forma útil con la que entran en ese proceso”, sin jubilarse mientras sirvan para ejercer convenientemente su función. Esta parte del capital adelantado en forma de capital constante que se renueva cada n años se llama “fijo”. Aunque en realidad se consuman, pues todo se consume, el capital constante fijo lo hace de forma manifiestamente diferente a la del capital constante fluido, pero esa diferencia no se reduce a la existente en la contraposición movilidad/inmovilidad físicas.

La diferencia entre ambos conceptos no puede ser reducida a que una forma del capital constante circula y la otra no; esa diferencia física entre los medios técnicos no puede ser las bases de sus distintos conceptos de sendas formas del capital, bien diferenciadas y aun contrapuestas. Al menos no es una diferencia suficiente, pues el concepto de circulación del capital es más complejo que el concepto de circulación física; y hay otros factores de la producción, otras formas de capital, como el capital variable, que también circula, y lo hace con formas particulares. O sea, hay también capital variable circulante o fluido, una forma del capital que no parece viajar en el producto como el capital constante fluido. Manifiestamente, la fuerza de trabajo que participa en la producción de la levita no viaja en el producto como el algodón, no de ja en ella huella alguna de su valor de uso. Por tanto, sin olvidar los hechos, hemos de profundizar más en los conceptos.

Es obvio que la materia prima, prototipo del capital constante fluido, se consume al mismo ritmo que se elabora el producto (el lienzo de algodón se gasta al ritmo de producción de la levita); y es obvio que la materia prima, que forma parte del capital circulante, se usa una sola vez en la fabricación del producto; decimos, por tanto, que el algodón se ha metamorfoseado en levita. Ahora bien, esta metamorfosis se refiere a la materialidad del algodón, si se prefiere, a su valor de uso, que pasa a integrarse en la levita y le transfiere sus propiedades naturales. La materia prima pasa así a formar parte del valor de uso de la mercancía; la levita será de algodón, de lino o de seda, en cada caso mediada por la materia prima.

No ocurre lo mismo con una máquina de tejer, prototipo del capital constante fijo. La máquina tejedora también se consume; se consume como cosa física, aunque sea un leve e inapreciable desgaste por pieza de algodón tejida; pero, sobre todo se consume como elemento productivo. Aunque no se vea, por diversas razones que iremos conceptualizando, la maquinaria envejece como elemento productivo, se vuelve obsoleta. Tras un tiempo de producción, tal vez físicamente pueda seguir produciendo piezas de tela, pues su ritmo de producción se mantiene casi inamovible, pero económicamente no da para más, ha devenido no competitiva en las nuevas condiciones que impone el capitalismo. Empíricamente produce al mismo ritmo que antes, pero su productividad abstracta, x piezas de algodón por unidad de tiempo, no garantiza su eficiencia económica, su competitividad, que es función relativa a la media social. De ahí que, tras cierto número de años, o tras unos  millares o millones de objetos producidos, la máquina ha de ser sustituida. Económicamente se ha gastado y desgastado, se ha consumido.

Por tanto, en este primer acercamiento hemos comprendido que no todo el capital constante se comporta igual a la hora de la rotación, distinguiéndose en el mismo entre fijo y circulante, en función de su forma de consumirse, empíricamente observable. Digo “consumirse”, y no “desgastarse”, para referirme a una operación del proceso productivo, y no a la del proceso físico que la acompaña. El consumo, a diferencia del desgaste, implica transmisión, conversión de los elementos productivos en productos, que de formas diversas cargan sobre su cuerpo los elementos consumidos.

La máquina de tejer algodón y la pieza de tela materia prima de la levita, se consumen de manera diferente. La primera se consume sin traspasar sus propiedades naturales a la tela, aunque sí su forma funcional, sus códigos, sus operaciones técnicas que constituyen la materialidad del producto; la segunda se consume pasando a la levita buena parte de sus propiedades naturales. Se consumen de distinto modo: una, la máquina, sin salir su cuerpo de la producción; y la otra, la tela, pasando completa en cuerpo y alma a la circulación. Se consumen a distinto ritmo: la máquina lentamente y por partes, la tela en cada ciclo y en su totalidad. Se renuevan con periodos distintos: una se renueva cada n ciclos, la otra cada ciclo es renovada.

Y no acaban aquí las cosas, lo cual pone de relieve que el concepto de rotación que usa la ciencia económica es mucho más complejo que el geométrico o el físico, incluso que el astronómico. Hasta ahora hemos hablado del trasvase material de los medios de producción al producto, o sea, de su cuerpo, con sus propiedades naturales; ahora debemos sacar a escena -y esto ya no es intuitivo- las cualidades “ocultas”, funcionales, de los medios de producción, las que poseen como determinaciones de la totalidad productiva. Es decir, ahora hemos de abordar la distinción entre capital fijo y circulante en función de su modo de ser capital, de su modo de traspasar el valor al producto. Y aquí nos encontramos con que la materia prima, capital circulante, que se consumía materialmente en cada ciclo, en consecuencia ha de traspasar su valor íntegro al producto, para que éste lo pasee por la circulación. En cambio, la máquina, capital fijo, ha de ir cediendo su valor poco a poco, alícuotamente entre las unidades del producto, a lo largo del todo su tiempo de uso; ha de ceder a cada unidad la proporción de valor que le corresponde, o sea, el valor capital adelantado para la máquina tejedora repartido entre el número de piezas de algodón que producirá a lo largo de su vida útil.


1.2. Si emprendemos un nuevo asalto al concepto, tratando de hilar más fino, hemos de resaltar que el capital fijo no traspasa su cuerpo (ni sus propiedades físicas ni su materia) al producto; y que tampoco le traspasa su valor de uso. Aquí la relación física se ha roto, ha desaparecido; el producto nada tiene que ver respecto a ese origen, que deviene exterior y contingente. Aunque las propiedades física y técnicas, incluso su valor de uso, tengan su origen en el medio de trabajo que, como demiurgo, ha inscrito en el producto su saber, sus códigos, su potencia creadora, se ha roto toda analogía, similitud o semejanza entre el creador y su criatura; por eso digo que entren el medio de trabajo y el producto se instala una relación de exterioridad, una distancia ontológica profunda.

¿Qué le importa a la levita la máquina que tejió el algodón, aunque diera a éste una textura, urdimbre y flexibilidad exquisitas? Ni le importa la máquina ni le importa la pieza de algodón. ¿Porque es levita y las cosas no tienen alma? En absoluto, pues le presta su alma el capitalista, y éste no es sensible a estas cuestiones físicas, al valor de uso, más que en la medida en que el mismo cualifica al producto como mercancía, dando un paso hacia la realización del valor. Por eso digo que las cosas funcionan como si se hubiera roto el vínculo físico, material, entre los medios de trabajo y el producto, quedando sólo el vínculo económico, el trasvase del valor; o sea, sólo permanece el vínculo del capital.

En cuanto el producto llega al mercado, como en su día dijimos, deviene mercancía, cuyo estatus social es el de plena ciudadanía, con los mismos derechos y deberes que las demás. Allí sólo cuenta su magnitud, pues allí se va a intercambiarse según la regla de equivalencia de valor. Por tanto, en la circulación, en cuanto el producto pasa a mercancía, sólo cuenta el valor, y no sus propiedades físicas ni los padres fundadores de las mismas. Los habitantes de ese espacio circulante, las mercancías, han de portar como credencial de pertenencia el registro del valor que contiene. Y así, el vínculo físico con la máquina que se ha roto y perdido reaparece en forma de vínculo económico, productivo, de valor. Se dice que la máquina ha traspasado al producto su valor, poco a poco, unidad a unidad, para que circule formando parte del capital en la forma de producto; se entiende, pero sería más preciso decir que ha sido el capital fijo (la máquina no qua máquina técnica sino qua forma del capital) el que ha traspasado el valor al capital producto. En todo caso, sabemos el sentido al decir que los medios de trabajo traspasan su valor añadiéndolo al cuerpo del producto, que le sirve de transporte, para que siga su rotación, porque el capital no deja de rotar mientras sea capital:

“El producto acabado -también, por lo tanto, los elementos constitutivos del producto en la medida en que se han convertido en producto- se segrega del proceso de producción para pasar, como mercancía, de la esfera de la producción a la esfera de la circulación. En cambio, los medios de trabajo no dejan nunca la esfera de la producción, una vez que entran en ella. Su función los fija allí” [1].

En esta cita marxiana nos aparece de nuevo el origen del nombre de la cosa: se llama capital fijo porque su cuerpo no viaja, no circula, tal que ha de usar el cuerpo de otro para que su alma, su valor, -al fin valor capital condenado a viajar, a circular- pueda hacer su recorrido, aunque sea poco a poco y por partes, aunque se vaya vaciando de valor en cada acto productivo. De este modo podemos ver otro motivo metafórico para llamar fijo a esta forma del capital: mientras el cuerpo del capital fijo, los medios de producción, queda fijado en la esfera de la producción, su alma, el valor capital que los medios de trabajo cargan, viaja a la circulación, circula, -aunque sea en el cuerpo de otro elemento y lo haga de fraccionada, por partes, unidad a unidad. Es el cuerpo el que queda fijo, mientras el alma viaja. Y viaja sin parar, aunque sea a trozos, y aunque la salida de una parte deje al resto del valor del medio de trabajo en stand by, fijado en su cuerpo a su vez fijado en la esfera de la producción…; a pesar de ello, digo, el valor del capital fijo viaja, el valor de cualquier forma del capital circula siempre, pues es su modo de ser, es su destino. La parte que hoy se queda fijada mañana le tocará fluir, circular:

“El valor así fijado disminuye constantemente hasta que el medio de trabajo queda agotado y su valor, por lo tanto, distribuido, en un período más o menos largo, por una masa de productos procedentes de una serie de procesos de trabajo constantemente repetidos. Pero mientras se mantiene activo como medio de trabajo y no se tiene que substituir por otro ejemplar de la misma especie, siempre queda fijado en él valor capital constante, mientras que otra parte del valor inicialmente fijado en él pasa al producto y circula, por lo tanto, como elemento de las existencias de mercancías” [2].

El desgaste, pues, mide de manera visible la duración de la vida activa del medio de trabajo y, al mismo tiempo, de forma invisible, marca el ritmo de la transmisión del valor al producto. Pero, sea cual fuere su periodo, la duración de la rotación, se cumple la regla siguiente: “la proporción en la que cede valor está siempre en razón inversa de su tiempo total de funcionamiento” [3]. Si tenemos dos máquinas del mismo valor y de la misma eficiencia productiva, y la primera se desgasta en cinco años y la otra en diez, habiendo producido el mismo número de objetos en sus respectivos periodos de rotación, entonces ambas han cedido el mismo valor total y la misma cantidad a cada unidad del producto; pero en el primer caso el capitalista ha recuperado el capital adelantado en cinco años y en el segundo ha tenido que esperar diez para recuperarlo, cosa no baladí y que nos muestra la inocencia de la máquina. En el fondo diríamos que no son cosas de los medios de trabajo son cosas del capital fijo en que el capitalismo le convierte.

Supongamos ahora que otras dos máquinas de la misma marca y serie que las anteriores funcionan a distinto ritmo, tal que la primera produce n unidades en cinco años, cumpliendo así su periodo de rotación, mientras la segunda produce el doble de objetos, 2n, en diez años. Aquí también ambas máquinas ha trasvasado el mismo valor global, el de su adquisición- al producto, pero mientras las unidades producidas por la primera han recibido un valor igual a Va/n (siendo Va el valor de adquisición de la máquina), los producidos por la segunda sólo han recibido el trasvase de la mitad del valor, Va/2n. Por tanto, los objetos producidos por la primera, si los demás elementos productivos por unidad de producto han sido idénticos, contienen más valor que los producidos por la segunda. Lo cual puede ser un problema para el propietario de la primera máquina; en todo caso, un problema del cual la máquina qua instrumento técnico no es responsable, pues la diferencia no se debe a la potencia técnica de producción, igual en todas las máquinas de la serie, sino a la productividad de la empresa, o sea, del capital. Y la mera descripción de este proceso apunta a que el problema tiene algo que ver con la diferencia en los tiempos rotación del capital y en particular del capital fijo.

Por eso insistimos en la conveniencia de esclarecer el concepto de capital fijo y su diferencia con el capital circulante, esclarecimiento que ha de girar en torno a la rotación del valor; y al respecto hemos de subrayar y enfatizar lo ya dicho, a fuer de ser pesado, que el valor del medio de trabajo, aunque digamos que está fijado en él y que el medio está fijado en la fábrica, a pesar de ello el valor capital circula. No hay forma del capital que esté absolutamente inmovilizada, aunque en la economía capitalista denominen precisamente a este capital fijo “inmovilizado”; todas las formas del capital viajan, giran, rotan, recorren una y otra vez el ciclo mágico donde se genera la valorización. El valor capital está siempre en circulación, es su manera de ser capital; el capital parado no es propiamente capital, es riqueza atesorada, “capital” improductivo del avaro, no del capitalista. Por tanto, también el valor del capital fijo, en rigor, también el capital fijo es capital circulante en el sentido de su alma, el valor, aunque no en el sentido de su cuerpo, fijado en el escenario de la producción. Marx afina esta distinción al decir:

“Pero la circulación de la parte del capital aquí considerada es peculiar. En primer lugar, no circula en su forma de uso, sino que sólo circula su valor, y, además, paulatinamente, fragmentariamente, en la medida en que pasa al producto, el cual sí que circula como mercancía. Por toda la duración de su función una parte de su valor queda siempre fijada en él, independiente frente a las mercancías que ayuda a producir. Por esa peculiaridad esta parte del capital constante recibe la forma capital fijo [4].

Circula su valor, no su cuerpo, no su valor de uso, totalmente ajeno al producto; y circula fragmentado, a trozos discontinuos, repartido en las unidades del producto; pero circula. Por estas características de su modo de circular se le llama “capital fijo”, confrontado al “capital circulante”, al que pertenece el resto del capital anticipado, el capital que se presenta en los demás medios de producción: “Todos los demás elementos materiales del capital adelantado en el proceso de producción constituyen, por oposición a eso, capital circulante, o capital fluido [5].

Conviene señalar la insistencia de Marx en la desigual doble relación de los elementos de la producción con el producto, sea respecto al valor, sea respecto al valor de uso. Respecto a la primera relación, todos, absolutamente todos los elementos que intervienen en la producción, los factores productivos, le traspasan su valor; por partes o en su totalidad en cada ciclo, pero hay traspaso de valor. Es obvio que ni la máquina ni la energía usada en el proceso entran a forma parte material del producto, por ejemplo, de la levita; en cambio, la materia prima, el tejido de algodón o el tinte químico, junto a su valor trasladan también sus propiedades materiales.

Respecto a la segunda relación, no todos traspasan su propio valor de uso, sus propiedades materiales naturales, al producto. Generalmente los medios de trabajo, que se consumen poco a poco, traspasan sólo la parte alícuota de su valor; las materias primas, en cambio, se consumen en su totalidad en un solo proceso.  

Aunque los conceptos de ambas relaciones estén claros, las peculiaridades de las mismas en algunos casos suelen generar confusiones, como ocurre con los medios de producción “auxiliares”, gastados en el proceso de trabajo. Estos factores (por ejemplo, el carbón empleado en la máquina de vapor, o el gas usado para el alumbrado), traspasan su valor al producto, que lo recibe como parte y los hace circular en su propia circulación; pero, en cambio, no traspasan su valor de uso, “no entran materialmente en el producto”; esta peculiaridad de ser exteriores al producto, ajenos a su valor de uso, la comparten con los factores que llamamos capital fijo, y algunos economistas los confunden. Pero que compartan esa propiedad no debe llevar a confusiones, pues hay otras que los distinguen, por ejemplo, el capital fijo conserva su figura material durante su función productiva, y estos medios auxiliares no, pues se consumen como las materias primas:

“No conservan su figura de uso propia durante su función. Por eso, durante su función ninguna parte del valor capital queda fijada en su vieja figura de uso, en su forma natural. La circunstancia de que esta parte de los materiales auxiliares no entra materialmente en el producto, sino sólo en el valor producido, como parte del valor, según su valor, y la circunstancia, relacionada con la anterior, de que la función de estos materiales queda retenida dentro de la esfera de la producción han confundido a economistas como Ramsey (que confunde también capital fijo con capital constante), llevándoles a aplicarles la categoría de capital fijo” [6].

O sea, ni están todos los que son, ni son todos los que están. La división de los factores productivos respecto a la doble relación con el producto no da lugar a una tipología simple entre medios de trabajo y materias primas, permaneciendo aquellos exteriores al cuerpo del producto y traspasando su valor de forma secuencial y entrando éstos en la materialidad o valor de uso del mismo y traspasando su valor de golpe en cada ciclo; no, no es tan simple, pues hay factores “auxiliares” como los mencionados que tienen rasgos de uno y de otro tipo. De todos modos, las dos tipologías enfrentadas y relevantes sirven para definir bien el escenario:

“La parte de los medios de capital que entra materialmente en el producto --o sea, materia prima, etc.- cobra en parte con eso formas con las que puede luego pasar al consumo individual como medio de consumo. Los medios de trabajo propiamente dichos, los portadores materiales del capital fijo, sólo se consumen productivamente y no pueden pasar al consumo individual porque no entran en el producto o valor de uso que ayudan a formar, sino que mantienen frente a él su forma independiente hasta su desgaste completo” [7].

Por tanto, la distinción entre capital fijo y capital circulante sigue siendo potente y valiosa, aunque no se ajuste a la doble relación de los factores con el producto. Los mismos medios de transporte constituyen una evidente excepción. El trasporte como forma productiva tiene como objeto y materia prima de la producción al viajero, y la transformación  o efecto útil que produce sobre el mismo durante su función, durante la producción, es el desplazamiento o cambio de lugar. Pero ese desplazamiento que se produce en el viajero lo consume el mismo viajero; su propio desplazamiento es producción y consumo individual. “Por eso el viajero paga el uso de ese medio, como el uso de los demás medios de consumo”, nos dice Marx.


1.3. La agricultura nos ofrece un buen escenario para delimitar estos conceptos. Los abonos y nutrientes añadidos pasan en buena parte al producto vegetal, formando la materialidad y valor de uso de éste. Pero no se consume en un ciclo, no traspasa su valor y su valor de uso en un solo proceso productivo, sino que se extiende en varios años. Por tanto, mientras una parte del valor capital en abono transfiere su valor al producto, otra parte “mantiene fijo su valor en su vieja forma de uso”, añadido a la tierra, en espera de ser usado en el ciclo siguiente. Por tanto, “esta parte persiste como medio de producción y toma así la forma de capital fijo” [8].

La conclusión a que nos lleva Marx es coherente con todo su discurso ontológico puesto en práctica en El Capital: la determinación esencial de un elemento, en este caso el carácter de capital fijo de un factor productivo, no deriva de una cualidad natural, sino del modo peculiar en que el valor de ese factor funciona, el modo en que pasa al producto, el modo en que circula por el ciclo del capital. El ejemplo del buey, en la producción agropecuaria, aporta suficiente transparencia: como instrumento de producción, como bestia de labor, prima facie el buey es capital fijo, esconde su ser animal para aparecer con el nuevo modo de ser y de funcionar. Pero si la familia de campesinos se lo come, el buey se ha metamorfoseado de bestia de labor a objeto de consumo, que usurpa el puesto a su ser animal y su ser bestia de labor. Como animal y como medio de consumo campesino carece de valor; como instrumento de producción tenía valor, que de forma continua iba pasando a las unidades del producto, haciéndolo circular de forma rítmica propia del capital fijo. O sea, es capital fijo cuando tiene valor y cuando lo hace circular, lo pasa al producto, de forma secuencial específica. Su modo de ser, pues, remite a su función en el proceso productivo:

“Dicho modo propio de circulación nace del modo también propio en que el medio de trabajo cede su valor al producto, o sea, se comporta como formador de valor durante el proceso de producción. Y, a su vez, este modo de comportarse procede del particular tipo de la función del medio de trabajo en el proceso de trabajo” [9].

Y la particularidad de la función del buey, como caso del capital fijo, es la de hacer de “medio de trabajo en el proceso de producción”. El buey es, al fin, un valor de uso salido de un proceso de trabajo, de cría de animales, como producto del mismo; y de producto de un proceso pasará, o bien a “medio de trabajo” en otro proceso, o bien a “materia prima” en un proceso nuevo, o bien a mercancía para el consumo individual, no productivo. De esas opciones, sólo la primera hace del capital fijo; sólo la función de medio de trabajo en el proceso de producción le otorga esa determinación de capital fijo; las otras sólo sirven para hacer circular el valor capital (capital circulante). Para ser capital fijo ha de permanecer en las sucesivas rotaciones con la misma figura material, habiendo cedido al producto sólo una parte alícuota de su valor en cada rotación. El buey es capital fijo porque como buey sigue allí y como instrumento de producción sigue allí, sin salir de allí; si sale lo ha de hacer perdiendo su figura material, su valor de uso, pasando a ser materia prima en otro proceso de producción o mercancía de consumo en la circulación; si sale, en definitiva, no puede permanecer como capital fijo.

A Marx le gusta este juego de metamorfosis ontológicas; disfruta con ellas. Si en lugar del buey cogemos una máquina, también extraemos sutiles transformaciones. Como todo elemento productivo, antes que nada ha suido un producto de un proceso; todo ser es un producto, todo modo de ser es resultado de la praxis. Pero si en manos de su fabricante la máquina es producto, ha de devenir mercancía, para que el valor capital circule. O sea, deviene capital-mercancía propiedad del fabricante, que la lleva al mercado. En el mercado se intercambia M´-D´, y la máquina de nuestro relato deviene medio de producción, en concreto, medio de trabajo, en manos de su comprador, del capitalista que la ha adquirido para aprovechar su valor de uso. Y así empieza la vida de la máquina como capital fijo, cuya duración dependerá de dos factores, de su valor y de la velocidad con que lo vaya cediendo al producto, grosso modo, su productividad.

“Suponiendo iguales todas las demás circunstancias, el grado de fijeza aumenta con la capacidad de durar del medio de trabajo. Pues de esa durabilidad depende la magnitud de la diferencia entre el valor capital fijado en medios de trabajo y la parte de esa magnitud de valor que el medio de trabajo cede al producto en repetidos procesos de trabajo” [10].

Claro, la máquina no es un ser natural, que quiere vivir largamente, para lo cual habría de minimizar su producción. El alma de la máquina se la presta el capitalista, cuya existencia se alarga con la velocidad de producción del instrumento maquínico. La seducción es tan poderosa que hasta la máquina identifica veloz ritmo de producción con perfección ontológica, con excelencia. Y hela aquí en veloz carrera suicida hacia su trágico destino. Marx dice, tal vez con un poco de ironía:

“Cuanto más lentamente ocurre esa cesión de valor -y el medio de trabajo cede valor en cada reproducción de un mismo proceso de trabajo-, tanto mayor es el capital fijado, tanto mayor la diferencia entre el capital aplicado en el proceso de producción y el consumido en ese proceso. En cuanto esa diferencia se borra, el medio de trabajo ha caducado y ha perdido, junto con su valor de uso, su valor. Ha dejado de ser portador de valor. Como el medio de trabajo, al igual que cualquier otro portador material de capital constante, no cede valor al producto sino en la medida en que pierde valor al mismo tiempo que pierde valor de uso, está claro que cuanto más lentamente se pierda su valor de uso, cuanto más tiempo aguante en el proceso de producción, tanto más largo será el período durante el cual quede fijado en él valor capital constante” [11].

El capital fijo es un concepto, un modo de ser del capital, que no depende de las determinaciones naturales. Para decidir si un elemento productivo es capital fijo hay que mirar su función en la transición y circulación del valor. Y es normal que así sea, pues la valoración es la esencia del capital y en la producción capitalista, aunque haya sacerdotes, sacristanes y monaguillos, todos se definen por su función en la ceremonia de la transubstanciación. Así, aunque el monaguillo no sea el sacerdote, aunque el material auxiliar, las materias primas y los productos semifabricados no sean medios de trabajo en sentido propio, si estos factores productivos se comportan “por lo que hace a cesión de valor y, por lo tanto, al modo de circulación de su valor, como los medios de trabajo, entonces es también portador material, forma de existencia de capital fijo” [12]. Y es que en el capital el hábito sí hace al monje; el ser, lo que uno es, lo sabemos bien, deriva de la relación que se tenga con el capital.


2. La rotación del valor y el desgaste del instrumento.

Hay, pues, que evitar dos fuentes de confusión conceptual. Por un lado, “la confusión de las categorías capital fijo y capital circulante con las categorías capital constante y capital variable”, un error de bulto, fácil de evitar; por otro la confusión en torno a las “determinaciones conceptuales” de los medios de trabajo y del capital fijo, respectivamente físicas y económicas. Esta confusión en las determinaciones de los conceptos, materiales o formales, tiene de fondo la tendencia esencialista a ver los factores producticos y el capital como cosas, en lugar de buscar su esencia en su forma o función.


2.1. La confusión a veces gira en torno a las propiedades materiales, por ejemplo, el error ya comentado debido a tomar determinadas propiedades materiales de los medios de trabajo como propiedades inmediatas del capital fijo, que se apoya en el falso concepto de capital fijo como conjunto de diversos medios de trabajo cosificados, es decir, materialmente diversificados. Marx pone el ejemplo de la “inmovilidad física de una casa”, en que la “inmovilidad” es una propiedad material de la cosa como cosa, y dado a que la casa actúa de medio de trabajo (instalación en un proceso productivo) se traduce como inmovilidad, y por tanto fijeza, del valor capital. Superficialmente se dice que la casa es capital fijo inmóvil, y se generaliza en el falso concepto de que el capital fijo es inmóvil. Esa confusión lleva a contrafácticos evidentes, como el del barco, que también es un medio de trabajo, y por tanto también es capital fijo, pero que como instrumento o cosa no está fijado o inmovilizado, sino esencialmente móvil. O sea, como cosa material, física, se diferencia de la casa en que es móvil, cambiando su posición física; en cambio, como capital, por su función económica, al igual que la casa es constante y fijo.

A veces el error surge en torno a las determinaciones formales. Por ejemplo, cuando una determinación formal económica, procedente de la función que ejerce el elemento productivo en la circulación del valor, se toma por una propiedad material de ese factor en cuanto cosa o instrumento material cosificado. Podemos echar mano del ejemplo del buey, que ciertamente en tanto ser vivo tiene sus peculiaridades, pero que inmerso en proceso productivo y por la función que en el mismo desarrolla adquiere el modo de ser de capital fijo, con su correspondiente determinación conceptual; al margen de esa función, más o menos contingente, como animal natural, como mercancía en otro proceso o como objeto de consumo…, no goza de esa propiedad formal de capital fijo asociada específicamente a su función de medio de trabajo. En estos casos la confusión proviene de actuar

“como si las cosas, que por sí mismas no son en absoluto capital, sino que sólo se convierten en capital en determinadas relaciones y situaciones sociales, pudieran ser ya en sí mismas y por naturaleza capital en una forma determinada, fijo o circulante” [13].

Como vemos, toda la crítica marxiana a las confusiones de la ciencia económica apunta a la misma fuente de error o confusión, la ontología. En las mayoría de los casos provienen de confundir las determinaciones que los elementos productivos tienen como cosas naturales con las que derivan de su función económica, o a la inversa; a veces la confusión surge por desplazamiento entre dos funciones internas al ámbito económico. Por ejemplo, Max con frecuencia nos recuerda (como ya estableciera en el Libro I, cap. V) que hay elementos comunes a todo proceso de trabajo, pues todos necesitan medios de producción, y en todos ellos éstos se distinguen en medios de trabajo y en objeto del trabajo; pero que, no obstante, “sólo dentro del modo de producción capitalista se convierten unos y otros en capital, y precisamente en capital productivo [14]. La función material, técnica, de esos elementos es la misma en todos los modos de producción, pero su función formal es particular en cada uno, pues no es otra cosa que una determinación impuesta por la forma general del proceso, por la forma que subsume los factores productivos. De ahí que sólo hay capital, sólo los elementos de producción son capital, en el capitalismo, y no así en ningún otro modo ajeno de producción:

“De este modo la diferencia entre medios de trabajo y objeto del trabajo, fundada en la naturaleza del proceso de trabajo, se refleja en la nueva forma de la diferencia entre capital fijo y capital circulante. Sólo con eso llega a ser capital fijo la cosa que actúa de medio de trabajo. Si por sus propiedades materiales esa cosa puede servir también en funciones diferentes de la de medio de trabajo, entonces será o no será capital fijo según la peculiaridad de su función. El ganado es capital fijo en cuanto animales de trabajo; en cuanto animales destinados al sacrificio, el ganado es materia prima que acaba por entrar como producto en la circulación, de modo que no es capital fijo, sino capital circulante” [15].

Los conceptos se determinan por la función en la totalidad del proceso, y no por una propiedad natural o física. El dinero ha existido milenios antes del capitalismo, y podrá existir fuera de él; y en esos casos desempeña una función técnica equivalente, por ejemplo, como medio de pago en los intercambios. Pero lo que no ha existido ni existirá antes o después, fuera del capitalismo, es dinero capital, o sea, capital en forma de dinero, porque esa función de capital sólo se le asigna y puede cumplir el dinero cuando está subsumido en la forma capital.

Los instrumentos o máquinas pueden hacer de medios de trabajo, pero también pueden ser simplemente mercancías; la función no proviene de su naturaleza física, ni de sus cualidades o valores de uso, sino que se la asigna el proceso productivo. Y la función asignada puede ser diferente en distintos procesos (la máquina en la producción responde a un concepto totalmente distinto de la máquina en la circulación, en manos del capitalista vendedor), e incluso en momentos distintos de un mismo ciclo (se compra una yegua (mercancía) para engordarla y usarla de un proceso de cría de caballos (producto) y se vende juntamente con su potro (mercancía). Por tanto, los instrumentos de producción, en el ejemplo los animales, puede aparecer como diferentes formas del capital, en cada caso con sus peculiaridades, pero esas funciones no pueden nunca confundirse con su naturaleza; entre otras cosas, porque esa misma función productiva de cría de caballos si se lleva a cabo fuera del orden del capital, en un modo de producción diferentes, aunque técnicamente fueran las mismas responderían a diferente concepto. Hay, pues, que estar atento en cada caso a los tres órdenes ontológicos que tienen presencia en la producción capitalista: el de la naturaleza (una máquina es una cosa), el de la función técnica (hace de medio de trabajo, o de mercancía…) y el de la subsunción o determinación social (capital fijo o capital fluido…).

Cuando se dice que el capital fijo está fijado, -aunque la imagen de fijo refiera a su forma física de aparecer, a su tendencia a permanecer en su lugar y durante un largo tiempo-, lo importante no es la expresión, sino el concepto que subyace; o sea, lo importante es que sepamos que estamos usando las propiedades del instrumento material en su función de medio de trabajo para caracterizar ese mismo instrumento como forma o representación del capital. O sea, que tengamos presente que su ser capital fijo no proviene de su inmovilidad, al fin una propiedad física; proviene de particularidades de su función económica, en concreto, de su manera de hacer circular el valor. Cosa lógica, pues todo el movimiento del capital, incluidas sus metamorfosis, figuras o modos de ser, en última instancia está determinado a que circule el valor; esa es su esencia y su destino.

Si nos fijamos en la “fijación”, o sea, la no circulación del medio de trabajo, en vez de analizar directamente su función como capital fijo, podemos caer en tópicas ilusiones. Un medio de producción puede tener una fijación prolongada, tiempos si actividad, en procesos laborales repetidos, conexos, continuos unos con otros…, y no por eso su valor capital es capital fijo. Las semillas, aunque estén fijadas cierto tiempo, nos dice Marx, “no son capital fijo, sino materia prima fijada en el proceso de producción durante un año aproximadamente”. Al fin,

“Todo capital, en la medida en que funciona como capital productivo, está fijado en el proceso de producción; lo están, por tanto, todos los elementos del capital productivo, cualquiera que sea su figura material, su función y el modo de circulación de su valor. El que esa fijación sea larga o corta, según la clase de proceso de producción o según el efecto útil buscado, no es causa de la diferencia entre capital fijo y capital circulante” [16].

La fijación, pues, no es un buen criterio para determinar el capital fijo. Aunque con frecuencia se llame capital fijo a aquel medio de trabajo que ya fue producido fijado o para ser fijado en un lugar (instalaciones, mejoras en el suelo, canales, ferrocarriles…), lo cierto es que también se llama -y es correcto hacerlo- capital fijo a la móvil locomotora que se pasa la vida viajando de un lugar a otro. Unas veces el medio de trabajo ya nace para una existencia inmovilizada; otras veces, para una existencia móvil; en algún caso nacen incluso para una existencia nómada, como las máquinas cosechadoras que iban de cosecha en cosecha; y en muchos otros, nacen con un destino y acaba donde no esperaban, como hemos visto. Pero, sea como fuere, “ni la inmovilidad le da, en el primer caso, el carácter de capital fijo, ni la movilidad le quita, en el otro, ese carácter” [17].

Lo cual no quita relevancia a la forma de existencia física de los medios. No es trivial, por ejemplo, que algunos medios “se hundan con sus raíces en el suelo”, pues eso hace que esa parte del capital fijo influya en la “la economía de las naciones”. Por ejemplo, “esos medios de trabajo no se pueden enviar al extranjero, no pueden circular como mercancía en el mercado mundial”, dice Marx.

“Los títulos de propiedad sobre ese capital fijo pueden cambiar de manos, él mismo puede ser comprado y vendido y, en este sentido, puede circular idealmente. Estos títulos de propiedad pueden incluso circular en mercados extranjeros, p. e., en forma de acciones. Pero el cambio de las personas que son propietarios de esta clase de capital fijo no acarrea el cambio de la relación entre la parte permanente, materialmente fijada de la riqueza de un país y la parte móvil de la misma” [18].


2.2. Ha quedado claro, supongo, que el término “fijo” no vehicula el mismo concepto aplicado al medio de trabajo que aplicado al capital, y que en este último caso la fijeza alude a la forma de rotación del valor. El capital fijo tiene una rotación peculiar, pues como el medio de trabajo en que se materializa no viaja, “la parte de valor que pierde por desgaste en su forma natural circula como parte de valor del producto”. El producto lleva de viaje el valor prestado de los medios de producción consumidos, incluida la parte trasvasada del capital fijo; lo transporta a la frontera entre la producción y la circulación, para que allí tenga lugar la metamorfosis del producto en mercancía, y ésta cargue todo el valor transportado. A partir de ese punto es la mercancía la que pasea el valor capital por la circulación, con las ya conocidas metamorfosis P - M´ - D´.

Esta es la peculiaridad del movimiento del valor del capital fijo, por la cual es fijo y no fluido: el medio de trabajo se va consumiendo, su valor va pasando al producto y, en la circulación por mediación de la forma mercancía, “va goteando” en forma de dinero al mismo ritmo y proporción en que el medio se consume y pierde valor, al ritmo que deja de ser valor fijado en el proceso de producción.

En este punto, cuando el valor cedido por el capital fijo al producto ha pasado a la forma dinero, aquí precisamente nos llama la atención Marx sobre una situación particular, que se produce en diversos momentos del circuito. Son esas situaciones que tanto le agradan, en que los elementos parecen existir en el mundo cuántico, se presentan con formas de existencia desdobladas, entrelazadas, fluidas, inconsistentes, indeterminadas, en que el ser se revela inconcreto, fluyente, como continuo dejar de ser y dar el ser, desapareciendo aquí y apareciendo allá. Es un momento imaginario, un instante en que salta a otro universo donde pasan cosas extrañas, para regresar al acabar el instante, sin que haya transcurrido tiempo alguno:

“De modo que su valor cobra ahora una existencia doble. Una parte del mismo queda vinculada a su forma de uso o natural, perteneciente al proceso de producción; la otra se despega de esa forma y asume la de dinero. En el curso de su función, la parte de valor del medio de trabajo que existe en la forma natural disminuye constantemente, mientras constantemente aumenta la parte de valor que se transpone en forma de dinero, hasta que, por último, el medio de trabajo acaba su vida, y su valor total, separado de su cadáver, se encuentra convertido en dinero. En esto se manifiesta la peculiaridad de la rotación de este elemento del capital productivo. La conversión de su valor en dinero ocurre a la vez que la metamorfosis en dinero de la mercancía que es portadora de su valor [19].

Nótese la imagen de la última frase, describiendo dos hechos que tienen lugar al mismo tiempo en los extremos del ciclo: conversión del valor en dinero y metamorfosis en dinero de la mercancía. En rigor, es una imagen más compleja, para expresar ese doble movimiento del ser al no ser y del no ser al ser en que se desarrolla la metamorfosis, el cambio de forma de aparición del valor capital, queda instituido como “la peculiaridad de la rotación” del capital fijo: su valor se convierte en dinero por mediación de la metamorfosis de la mercancía, que es portadora de su valor.

Ahora bien, el medio de trabajo ha de reproducirse para continuar la vida del capital; y la forma particular de rotación del valor capital del medio de trabajo ha generado una dificultad, la de separar su reproducción de la metamorfosis de la mercancía. Es decir, el circuito M (=Mp + Ft)… P… M´- D´ - M´(Mp´+ Ft´)… se ha roto en el punto D´- M´, en la renovación de los medios de producción, dado que la parte de éstos constituida por los medios de trabajo no necesita renovarse en cada ciclo, por su desgaste a largo tiempo debido a su peculiar transmisión del valor al producto. Los medios de trabajo que son capital fijo se renuevan en un periodo largo, de n años. Por tanto, en el ciclo anual la reconversión de la forma dinero en la forma medios de trabajo no va ligada a la reconversión de la mercancía en sus otros elementos de producción. Las máquinas han sustituirse de golpe y en periodos largos. Si una máquina tiene una duración de n=10 años, ha de renovarse después de este periodo, no antes; mientras tanto funciona normal, conserva su figura y valor de uso natural Durante estos diez años la máquina se ha ido consumiendo y “circulando” (no materialmente, no su cuerpo, pues su valor de uso no pasa al producto, pero sí su alma, su valor capital) a trozos, transmitiendo a cada unidad de mercancía la correspondiente parte alícuota de valor, que la metamorfosis de la mercancía transmuda en dinero; a los diez años habrá traspasado todo su valor de las mercancías, y éstas lo habrán conmutado por dinero. Y, en abstracto, en la contabilidad, quedará reflejado que ese dinero se ha retenido y acumulado como amortización de la máquina, que a los diez años le llegará el momento de convertirse efectivamente en una máquina nueva. Así, a los diez años, se consuma la rotación del valor capital de la máquina.

Ése es el movimiento de rotación del capital fijo, que forma parte del capital constante; pero el capital productivo tiene otras formas de capital constante que no son capital fijo, sino capital circulante, por ejemplo, las materias auxiliares y las materias primas, que se consumen y hacen circular su valor en su totalidad en cada ciclo. Y, claro está, además está la fuerza de trabajo, el capital variable, que no es capital fijo u capital constante. Cada forma del capital tiene sus peculiaridades en su rotación.

Los diversos factores productivos, lo hemos dicho con insistencia, tienen comportamientos muy distintos en la formación del producto y del valor. En cuanto a la formación del valor, las materias primas y auxiliares, en tanto capital constante, simplemente trasladan su valor al producto; así hemos visto que se comportaba la otra forma de capital constante, el capital fijo, aunque éste trasvasaba el valor en una rotación larga, de varios años, mientras materias primas y auxiliares lo trasvasan de una vez y en su su totalidad en cada ciclo; en ambos casos, como capital constante no crea valor nuevo. En cambio, la fuerza de trabajo es capital variable y, como su nombre indica, además de traspasar su propio valor (valor de reproducción, equivalente de valor), añade un plus de valor. Coincide con el capital constante no fijo en consumirse y trasvasar su valor en cada ciclo, pero como capital variable difiere del constante en su generosa aportación plus.

Ya sabemos, por otro lado, que una parte del capital constante no fijo se consume en el proceso de trabajo sin entrar materialmente en el producto, mientras que otra parte entra físicamente en el producto, constituye su materia, su substancia y su valor de uso. Pero esas características y diferencias son indiferentes para la circulación, y no afectan en nada a la rotación. Lo importante aquí, insisto, es la forma de transmisión del valor. Como ya hemos visto las materias auxiliares y las materias primas que se consumen completamente en la formación de su producto trasladan todo su valor al producto; y es este producto el que circula cargado de todo el valor. Y al circular sigue el orden de las metamorfosis conocidas, P… M´- D´ - M´(= Mp´+ Ft´)… P. El ciclo del producto rota y rota incansable, sin interrumpirse (a diferencia del capital fijo), pasando por todas las formas del capital, renovando materialmente todos los factores productivos ciclo tras ciclo, excepto el capital fijo, que se renueva cada n ciclos.

Nótese que el producto es el que recoge el valor de todos los elementos (incluido el que cede cada ciclo el capital fijo) y la substancia de aquellos elementos que entran en el valor de uso del producto; los recoge y los hace rotar. También recoge el valor de la fuerza de trabajo, del “elemento variable del capital productivo”, su valor de reproducción, y el plus de valor creado por ella. La fuerza de trabajo se compra por unidades de tiempo. Comprada e incorporada a la producción, deviene valor capital, elemento variable del capital, o sea, capital variable. Puesta en marcha, añade diariamente al producto su valor propio y su valor creado ex novo o plusvalor.

El valor capital de la fuerza de trabajo también es paseado por el producto, formando parte del valor de y de , y reapareciendo en M´(= Mp + Ft). Es decir, la Ft ha de ser renovada a medida que se consume:

“Una vez que la fuerza de trabajo se ha comprado y ha actuado -por una semana, por ejemplo-, hay que renovar constantemente la compra de acuerdo con los plazos habituales. El equivalente del valor que la fuerza de trabajo añade al producto durante su función y que, con la circulación del producto, se convierte en dinero, se tiene que retransformar constantemente de dinero en fuerza de trabajo, tiene que describir constantemente el ciclo completo de sus formas, o sea, tiene que rotar, si es que no se ha de interrumpir el ciclo de la producción continua” [20].

En definitiva, la parte de valor capital productivo adelantado que va a fuerza de trabajo pasa completa al producto; y, haciendo abstracción del plusvalor, pasa por las metamorfosis a las que está sometido el producto, recorriendo la esfera de la circulación y regresando a la producción, sin salir del proceso, renovándose constantemente. Por consiguiente, su comportamiento “respecto de la formación de valor” como capital variable es semejante al del capital constante no fijo; en otras cosas es muy diferente, pero en este aspecto se identifican. Respecto a la formación de valor la línea de demarcación no es entre capital constante y capital variable, sino entre capital fijo y capital circulante; la primera distinción se funda en la capacidad de los elementos productivos en la formación o creación de valor, mientras la segunda se basa en la forma de rotación de su valor.

 De ahí que parte de los elementos del capital constante se identifican con el capital variable en su carácter de capital circulante, enfrentándose en conjunto a la otra parte de capital constante, o sea, el capital fijo. Lógicamente, estas correlaciones, identidades y contraposiciones se presentan en la dimensión formal y funcional de los elementos, no en la material. El siguiente ejemplo, aplicado a la fuerza de trabajo, lo clarifica:

“Como ya se vio, el dinero que el capitalista paga al trabajador por el uso de la fuerza de trabajo no es en realidad más que la forma general de equivalente de los medios de vida necesarios al trabajador. En este sentido el capital variable consta materialmente de medios de vida. Pero aquí, cuando se considera la rotación, no se trata de la materia, sino de la forma. Lo que compra el capitalista no son los medios de vida del trabajador, sino su fuerza de trabajo misma. Lo que constituye la parte variable de su capital no son los medios de vida del trabajador, sino la fuerza de trabajo de éste en funciones. Lo que el capitalista consume productivamente en el proceso de trabajo no son los medios de vida del trabajador, sino la fuerza de trabajo misma. Es el trabajador mismo el que gasta en medios de vida el dinero recibido por su fuerza de trabajo, para retransformar esos medios en fuerza de trabajo y mantenerse así vivo, exactamente igual que, por ejemplo, el capitalista transforma en medios de vida para sí mismo una parte de la plusvalía de la mercancía que vende por dinero, sin que por ello se pueda decir que el comprador de su mercancía se la paga en medios de vida” [21].

Esta forma de rotación del valor en el capital circulante no es meramente estética; tiene unos efectos importantes en los tiempos de rotación y, por tanto, en la rentabilidad. El valor del capital fluido o circulante se adelanta por el tiempo que dura el ciclo. “Este valor se absorbe por entero en el producto y, por lo tanto, con la venta del producto vuelve por entero al punto de partida de la circulación y se puede adelantar de nuevo” [22].

El capital circulante que se consume en la producción ha de reponerse constantemente; el valor para renovar estos medios de producción sale de la venta del producto. El recorrido P… M´- D´ - M´(= Mp´+ Ft´)… P permite la renovación fluida mientras  Mp´ sólo incluya capital constante circulante; en este caso “no se substraen tan masivamente ni tan de golpe al mercado como los elementos del capital fijo, pero hay que substraérselos tanto más frecuentemente, y el adelanto del capital invertido en ellos se renueva en períodos más breves” [23]. La renovación continua de los medios de producción se compensa con la venta continua del producto. La circulación del producto, que hace rotar todo el valor, permite la reproducción fluida del proceso. En consecuencia, los elementos de la producción recorren

“constantemente todo el ciclo de las metamorfosis, no sólo en cuanto a su valor, sino también en su forma material; constantemente se retransforman de mercancía en elementos de producción de la misma mercancía” [24].

A su vez, la parte variable del capital circulante, la fuerza de trabajo, va añadiendo constantemente su valor y el plus de valor al producto; su valor de reproducción, trabajo pagado, y su plusvalor, trabajo no pagado. En consecuencia, el valor de la fuerza de trabajo también circula a lomos del producto, se metamorfosea con sus metamorfosis, lega a la forma dinero y, vía salario, renueva la fuerza de trabajo material, reproduciéndose como los demás elementos productivos. En cuanto al plusvalor, que pasa por las mismas metamorfosis, cuando llega a la forma dinero se decide en qué proporción se sustrae al mercado como riqueza para el goce del capitalista y en qué proporción se mantiene para incrementar M´(= Mp´+ Ft´) en la reproducción ampliada.


3. La rotación del capital fijo.

Esa es, a grandes rasgos descripción de los dos procesos que hacen posible la producción capitalista, la rotación del valor, tanto del capital fijo como del circulante, cada uno con sus peculiaridades, y la renovación material de los elementos, cada uno de los capitales a su ritmo. Para cerrar este capítulo Marx hace un resumen de lo expuesto dirigido a las consecuencias prácticas, que concretamos como sigue.


3.1. El orden de la argumentación ha de seguir el orden de la determinación, y en ambos casos se ha de partir de “la diversidad de formas materiales en que existe el capital productivo”, es decir, del factum que una parte de los elementos productivos “se consume completamente durante la formación de cada producto individual, mientras que otra sólo se gasta paulatinamente” [25]. Esa diferencia fáctica determina, por un lado, la diversidad en la entrega del valor de cada elemento al producto; por otro lado, los modos específicos y diferenciados en que circula el valor de cada elemento en el cuerpo del producto y en que dicho elemento es renovado en su forma material natural originaria por las metamorfosis del producto [26].

Si la diversidad de formas de existencia del capital productivo determina la diversidad en las formas de entrega del valor, y ésta los modos de circulación del valor y de renovación material de los elementos productivos, o sea, los modos de rotación de las distintas formas del capital, esta diversidad de rotación es la que determina formalmente la diferencia entre el capital fijo y el capital fluido o circulante. Ese es el orden de la determinación, y no admite inversiones, que nos llevarían a la cosificación de los conceptos. En este orden se aprecia que el capital, fijo o circulante, es un producto, un resultado, un efecto final de una función productiva compleja; sus conceptos no representan cosas, sino sutiles combinaciones de relaciones. Invertir el orden ontológico, partir de los capitales con sus diferencias, y ver desde éstas sus movimientos y funciones, implica ya una reificación. Los conceptos de las distintas formas del capital son un resultado; por eso sus categorías sólo se dejan aprehender al final, con el capital bien desarrollado; y por eso, porque permiten pensar el movimiento del capital, en el orden de exposición aparecen como punto de partida, como origen, lo que propicia que sean interpretados como causas, induciendo así a la ilusión.

Por tanto, fijemos bien este orden, pues tiene importantes explicaciones. Una de ellas, que la distinción entre capital fijo y circulante sólo cabe en el capital productivo. “Sólo, pues, el capital productivo se puede escindir en fijo y fluido”, dice Marx. Esa distinción no es de naturaleza, y por tanto no es universalizable a las otras figuras del capital (el comercial, el financiero, el dinerario):

“esta contraposición no existe para las otras dos formas de existencia del capital industrial, esto es, ni para el capital-mercancía ni para el capital-dinero, ni tampoco como oposición de los dos contra el capital productivo” [27].

La distinción, la contraposición, sólo existe “para el capital productivo y dentro de él”. Y es así aunque vaya contra la experiencia sensible, pues ciertamente el capital en sus forma dinero y mercancía se muestra enormemente fluido en la circulación, son el canon de la fluidez, su reino es la circulación; sí, pero a pesar de esa virtud que en la apariencia les convierte en campeones de la fluidez, “no pueden constituir capital fluido en el sentido contrapuesto a fijo más que si se convierten en elementos fluidos del capital productivo” [28]. Y es así porque la fijeza y la fluidez no son aquí cualidades náurales, cósicas, de la materia, sino cualidades formales, de la función, de los procedimientos en la rotación del valor.

Por eso, porque dinero y mercancía son dos formas del capital que viven en la esfera de la circulación, parece “natural” considerarlas esencialmente circulantes. ¿Cómo no considerarlas así si la circulación es su patria? Toda la economía clásica, con A. Smith a la cabeza, han caído en “esa tentación de confundirlas con la parte fluida del capital productivo bajo la categoría capital circulante”. Han pensado: es capital que circula, habita en la circulación, luego es circulante. Pero aunque dinero y mercancía son formas de capital que circulan, y que viven encerrados en la circulación, con ello se legitiman como capital constante y no productivo, se legitiman como “contraposición al capital productivo”. Pero, aunque circule, no es “circulante” en el sentido preciso de contrapuesto a capital fijo. El capital circulante o fluido es un concepto que introduce la diferencia con el capital fijo, y esta diferencia no refiere a la materialidad de sus cuerpos, a sus propiedades “naturales”, sino a una función muy concreta, la rotación. Capital circulante refiere a la forma de rotación, a una relación funcional, no a la ligereza, la movilidad o la fluidez como cualidades de la cosa.


3.2. En la descripción de las rotaciones de los diversos elementos hemos podido constatar que “la rotación del elemento fijo del capital abarca varias rotaciones del elemento fluido del capital”; o sea, el tiempo de rotación en uno es un múltiplo del otro, como el de la corona y el piñón de una bicicleta. Esta constatación es también un factum, que no pertenece a las cosas (la corona o el piñón) sino a la relación funcional entre ellas; relación por otra parte variable. Y en esta relación fáctica se funda el concepto,

“El elemento de valor fijo del capital productivo cobra la determinación formal de capital fijo exclusivamente en la medida en que el medio de producción en el que existe no se consume en el tiempo en el cual se termina el producto” [29].

O sea, un valor capital nunca es fijo por naturaleza, por las cualidades materiales del elemento productivo en que está incorporado, como mostraba el ejemplo del buey o de la máquina en poder del comerciante o capitalista vendedor; un valor capital deviene cuando funcionalmente “el medio de producción en el que existe no se consume en el tiempo en el cual se termina el producto”. Ese es el concepto, esa es la definición. Deviene capital fijo por la función, y mientras dura esa función, hasta que “el proceso de producción lo arroja como mercancía”, como al buey. Su ser capital fijo le viene de su función en la producción, más concretamente, de su función en la rotación del valor, esa cesión del valor por partes, manteniendo su figura material, su valor de uso, a diferencia del capital fluido, cuyo valor rota rápido y unido, de una sola vez. Esa es su diferencia específica.

Claro está, la forma de ceder el valor de un medio de producción determina tanto el adelanto del capital como su recuperación, y los tiempos de los mismos; y, como ya sabemos, los tiempos son la vida, o la muerte, o la vida y la muerte, del capital:

“La parte de valor del capital productivo invertida en capital fijo se adelanta enteramente, de una vez, por toda la duración de la función de la parte de los medios de producción de que consta el capital fijo. Así, pues, el capitalista arroja ese valor a la circulación de una vez; pero sólo fragmentaria y paulatinamente se retira de nuevo ese valor de la circulación, mediante la realización de las partes de valor que el capital fijo va añadiendo por fragmentos a las mercancías” [30].

Se adelanta el valor del capital fijo de una vez, en su totalidad, y se va recuperando lentamente y por partes, se va amortizando, drenando dinero de la circulación para cuando llegue el momento de la renovación material de ese capital fijo. Por tanto, ese movimiento del valor va en paralelo de la renovación material:

“Por otra parte, los medios de producción mismos en los que se fija un elemento del capital productivo se substraen de una vez a la circulación para ser incorporados al proceso de producción por toda la duración de su función; pero para ese mismo tiempo no necesitan que se los substituya por nuevos ejemplares de la misma especie, no necesitan de reproducción. Siguen contribuyendo durante más o menos tiempo a la formación de las mercancías que se arrojan a la circulación, sin substraer ellos mismos a la circulación los elementos de su propia renovación. Por lo tanto, durante ese tiempo no requieren, por su parte, ninguna renovación del adelanto por parte del capitalista” [31].

Ese es el juego. Y el resultado es que el valor capital adelantado en capital fijo “no recorre materialmente el ciclo de sus formas mientras dura la función de los medios de producción en que existe”. Permanece fuera de la circulación hasta el día de su desecho. No recorre el ciclo materialmente, pero sí lo recorre su valor, por partes, cargadas sobre el producto. Esa parte de valor pasa por las metamorfosis conocidas, hasta llegar a la forma dinero; aquí es drenado del proceso como “amortización”, sin reconvertirse en ese momento de nuevo de dinero a medio de producción, sin recuperar por tanto su forma natural originaria, permaneciendo en espera el momento de su renovación, ya totalmente desgastado, vaciado de valor, en que las sucesivas amortizaciones parciales regresarán al mercado para, ahora sí, convertirse en capital fijo con su forma natural y valor de uso originario.


3.3. Es difícil sustraernos a las inercias del uso del lenguaje, pero hemos de resistirnos; y, sobre todo, aunque se ceda en el uso se tenga consciencia de que es una cesión y que no afecta al concepto. Lo digo porque no es fácil usar “fijo” y “fluido” al hablar del capital sin contaminar los conceptos con los significados “físicos” habituales de estos términos. Al fin, como dice Marx, “los elementos del capital fluido se encuentran tan permanente mente fijados en el proceso de producción - si es que éste ha de ser continuo- como los elementos del capital fijo” [32]. La máquina ha de estar allí y está, pero la materia prima o la energía ha de estar allí continuamente, y por eso ha de ser continuamente sustituida; en concreto, podemos decir, la máquina es la misma y la materia prima no; pero genéricamente el capital circulante o fluido ha de estar allí constantemente como lo está el capital fijo; ambos están “fijados” permanentemente, uno en presencias concreta y otro en presencia abstracta.

Ahora bien, en la perspectiva económica esa pequeña diferencia significa que el valor adelantado en uno y otro se recupera de modo desigual, con tiempos diferentes; y estos efectos son muy determinantes de la producción. Por tanto, debemos debilitar la contaminación de los significados físicos de estos términos, y quedarnos con sus determinaciones formales, con sus funciones y efectos en la rotación del valor, y por tanto en los tiempos y ritmos de la rotación.

Pero no sólo son diferentes las formas y los tiempos de rotación entre capital fijo y capital circulante; las diferencias se dan incluso en el seno de las familias. Así o veía Marx, que decía: “En una misma inversión de capital los diversos elementos del capital fijo tienen una vida diferente y, por lo tanto, también tiempos de rotación diferentes” [33]. Los distintos elementos tienen tiempos de reproducción diferentes; y, en consecuencia, -y esto es en definitiva lo importante-, “el capital adelantado en ellos tiene tiempos de rotación diferentes”. No es difícil comprenderlo, pues la intuición empírica pone suficiente evidencia. En un medio como el ferrocarril, sin duda capital constante y fijo,  sus diversas partes (raíles, traviesas, terraplenes, edificios de las estaciones, puentes, túneles, locomotoras, coches…) tienen diferentes tiempos de funcionamiento, diferentes tiempos de reproducción y, en consecuencia, diferentes ritmos de rotación de su valor.

Marx pone el ejemplo del ferrocarril como ejemplo de la ilusión de vida eterna, sin apenas desgaste; ilusión que pronto caería desplazada por la experiencia; hasta los raíles se desgastaban. Y el desgaste crecía cuando el número de trenes que circulaba, el número de vagones de los mismos, la carga, la velocidad, etc. iba creciendo. Y había que añadir el desgaste “por la acción de fuerzas naturales”, pues “las traviesas no sufren sólo desgaste real, sino que también se pudren”. Cierto, ese desgaste no es efecto inmediato de la producción, pero cuenta en el tiempo de rotación, y por tanto en el valor que el capital fijo traspasa a cada unidad de producto, a cada paso del tren.

Desgaste funcional, desgastes accidentales, desgaste natural, desgaste del tiempo (envejecimiento), desgaste por obsolescencia tecnológica…, todos ellos inciden en el tiempo de rotación. Marx llama a esta última tipología de desgaste del capital fijo “desgaste moral”, y designa la renovación de la máquina cuando aún es operativa, cuando aún puede seguir produciendo objetos, cumpliendo su función de forma técnicamente eficiente, aunque económicamente no competitiva, por haber aparecido en el mercado nuevos modelos que potencian la productividad.

“Por último, y como siempre en la gran industria, también aquí desempeña su papel el desgaste moral: al cabo de diez años, es corriente que se pueda comprar por 30.000 libras esterlina la misma cantidad de coches y locomotoras que antes costaba 40.000 libras esterlinas. Por lo tanto, hay que imputar a ese material una depredación del 25 % del precio de mercado, aunque no se produzca ninguna depreciación del valor de uso” [34].

Es el desgaste moral, hoy tan pronunciado. “Gran parte de los medios de trabajo se revoluciona constantemente por el progreso de la industria”, nos dice recogiendo información directa de ingenieros y publicaciones especializadas de solventes organismos técnicos. Todo va muy rápido. Pero me temo que no llegará el día en que el capital fijo no resista la vergüenza moral de su rápida devaluación por obsolescencia. Y como el valor de producción parece tender a cero, la laxa moral del capital soportará durante tiempo esa sobrevaloración innecesaria de los productos, al menos mientras el mundo aguante.


J.M.Bermudo (2015)


[1] El Capital, II, 157. Seguimos citando, mientras no se advierta lo contario, sobre la edición de M. Sacristán, K. Marx y F. Engels, Obras. Barcelona, Crítica (Grijalbo), 1980.

[2] Ibid., 158.

[3] Ibid., 158.

[4] Ibid., 158.

[5] Ibid., 158.

[6] Ibid., 158-159.

[7] Ibid., 159.

[8] Ibid., 159.

[9] Ibid., 159-160.

[10] Ibid., 160.

[11] Ibid., 160.

[12] Ibid., 160.

[13] Ibid., 161.

[14] Ibid., 161.

[15] Ibid., 161.

[16] Ibid., 162.

[17] Ibid., 162.

[18] Ibid., 162-163.

[19] Ibid., 163.

[20] Ibid., 165.

[21] Ibid., 165.

[22] Ibid., 166.

[23] Ibid., 166.

[24] Ibid., 166.

[25] Ibid., 167.

[26] Ibid., 167.

[27] Ibid., 167.

[28] Ibid., 167.

[29] Ibid., 167.

[30] Ibid., 168.

[31] Ibid., 168.

[32] Ibid., 168.

[33] Ibid., 169.

[34] Ibid., 169.