LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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I - LOS TIEMPOS DEL CAPITAL


Sorprende encontrar los capítulos V y VI incluidos en la Sección I del Libro II, dedicada a las metamorfosis del capital, y no en la Sección II, donde se abordan los tiempos del capital. Al menos el capítulo V, sobre “el tiempo de circulación” tendría un lugar más adecuado en esa Sección II, dedicada a “la rotación del capital”, y donde Marx aborda en extenso la problemática de los diversos tiempos en las diversas fases de la producción capitalista. Pero también el capítulo VI, sobre “los costes de circulación”, tendría allí un lugar más idóneo, pues buena parte de los costes que se analizan en el mismo refieren a los derivados de los tiempos de trasporte y almacenamiento. Además, para acabar de llenar el vaso, en esa Sección II hay un capítulo, el XIV, con el mismo título que el V de la Sección I, “El tiempo de circulación”, con contenido y tratamiento que, si más no, permitiría su fusión.

Manifiestamente el editor optó por adjuntar los manuscritos, evitando en lo posible intercalaciones y, sobre todo, renunciando a fundir los textos [1] que implicaría alejarse de la literalidad de los manuscritos. El capítulo V de la Sección I, sobre “el tiempo de circulación”, proviene del Manuscrito IV, bastante elaborado, pero de redacción temprana por Marx, en 1867-1868, con apenas un par de notas a pie de página del Manuscrito II, de 1870. También los capítulos VI, de la Sección I, y el VII y parte del VIII, de la Sección II, recogen las páginas del Manuscrito IV. El resto del capítulo VIII, la totalidad de los capítulos de la Sección II y parte de la III salen del Manuscrito II, con ocasionales intercalaciones. Esa adición de los manuscritos IV y II parece estar en el origen de la heterogeneidad manifiesta de la sección I.

Lo cierto es que, en el orden conceptual, tras el análisis de los diversos ciclos del capital, de los movimientos en ellos de sus figuras y de las metamorfosis de las mismas Marx inicia una interesante reflexión sobre los tiempos del capital, con asaltos filosóficos al sugerente problema del capital y el tiempo. Comienza aquí con el “tiempo de circulación”, y después continuará, en la Sección II, en los capítulos 8º y 9º, y tras un paréntesis en dos capítulos en que el tiempo está en el fondo, mediado por la crítica a las posiciones de los economistas [2], continúa la reflexión sobre los tiempos (de rotación, de producción, de circulación, de trabajo, de funcionamiento…) de los capítulos 12º al 17º. Toda la Sección II se aborda de una forma u otra las diversas problemáticas de la dialéctica trágica entre el capital y el tiempo. Por eso he considerado conveniente tratar los dos últimos capítulos de la Sección I como si pertenecieran a la Sección II, cuya problemática comparten plenamente. Problemática que en su formulación general responde adecuadamente al título de esta sección, “la rotación del capital”. La rotación es una bella metáfora de la vida: en economía la rotación refiere a los ciclos, a la reproducción del capital, a su vida misma. Por ello no debiera extrañarnos que estuviera atravesada por el tiempo; el contenido de la rotación es el tiempo.

Este problema del tiempo de rotación, de los tiempos de las fases en que la rotación se materializa, que causa inquietud al capitalista por sus efectos económicos, por su incidencia en la rentabilidad, a nosotros nos interesa por sus efectos ontológicos, por su incidencia en los modos de ser del capital; y, de paso, por sus efectos hermenéuticos, por su incidencia en la configuración de la ontología dialéctica histórica que, aparte de su genuino interés filosófico en sí, hace posible la crítica marxiana al capital y a los gestores de su concepto, bien guardado en la ciencia económica.

En coherencia con lo dicho, no respetaré como hasta ahora he venido haciendo en nuestra lectura de El Capital el orden de exposición del texto. Trataré los capítulos V y VI de la Sección I como incluidos en la Sección II, dedicada a la rotación del capital, que es su forma de estar en el tiempo; analizaremos ambos capítulos juntamente con el XIV, dedicado al tiempo de circulación. Y como el texto no presenta un orden de exposición acabado y consistente, aprovecharé esta debilidad suya para reconfigurar flexiblemente la lectura en unas coordenadas más adecuadas para nuestro objetivo actual, el de poner el tiempo como problema de la dialéctica del capital. Comenzaré con unas reflexiones marginales introductorias para luego pasar al análisis del concepto en los textos, tomando como eje la rotación, en cuyo ámbito aparece la diversidad de determinaciones del tiempo, la diversidad de tiempos que posibilitan y amenazan la vida del capital.


1. El tiempo en la economía y la ontología.

Nos resulta realmente fácil de reconocer intuitivamente la importancia del tiempo en la producción capitalista, pues ninguna otra forma o modo de producción se presenta empíricamente de forma tan manifiesta y tan descarada como constante y obcecada lucha por y contra el tiempo. Lucha inmediata y ciega contra una figura determinada del tiempo, el tiempo de trabajo, la jornada laboral, que el capitalista quisiera instintivamente prolongar (por el mismo salario) y acortar (para pagar menos); lucha mediata por el tiempo de trabajo excedente y contra el tiempo de trabajo necesario, en cuyo equilibrio se juega el capital su existencia. Y, desde esa figura particular del tiempo de trabajo, el capital se verá arrastrado a declarar la guerra eterna y universal a todos los tiempos (pasados, presentes y futuros) y en todas sus formas de existencia (tanto el ya citado tiempo mecánico, en pos de la reducción del tiempo de trabajo necesario, cuanto del tiempo atmosférico  para controlar el ritmo de la producción, el tiempo biológico para cargar sólo con la óptima reproducción de la vida activa, o el tiempo existencial, dimensión de la vida humana, para estrujar el valor que produce, etc.). En su lucha por dominar la naturaleza y someterla a su orden -no podía ser de otro modo- arrastra consigo el férreo dominio del cuerpo, del alma y del pensamiento humanos, a los que no puede tratar sino como instrumentos, y en tanto que éstos se le resisten, los afronta como enemigos.


1.1. Es habitual reconocer y dar relevancia al papel del tiempo en la dimensión económica; es menos frecuente analizar estas otras formas de control y dominio de los distintas y exóticas figuras del tiempo; y, sobre todo, es muy raro e infrecuente abordar su importancia en la configuración de la nueva ontología del Marx, sin la cual ni su comprensión del capitalismo ni su crítica a la economía política que lo describe y legitima, sería posible.

Ya hemos visto que la nueva ontología de Marx tiene como eje constante la disolución de las esencias, de ahí su lucha contra todas las formas de cosificación y fetichismo. Al trabajar el Libro I comentamos las metamorfosis del capital, tal que éste dejaba de ser, de aparecer, como una cosa con una esencia para devenir algo inconcreto, una extraña realidad, que se presentaba bajo una diversidad de figuras. Podríamos decir que, en sus metamorfosis, el capital (ese “algo” oculto) se volvía invisible para mostrar sólo las formas determinadas (dinero, mercancía, producto…) bajo las que aparecía, formas oscilantes entre su condición de rostros fugaces con que se insinuaba o su función de máscaras tras las que se ocultaba. Pero también podríamos pensar -y nuestro celo antiesencialista nos llevaría a posiciones positivistas poco marxianas- que a través de sus metamorfosis Marx construía otro concepto de “capital”; un concepto en el que dejaba fuera ese “algo” metafísico para aprehender y encerrar simplemente la diversidad de sus  modos de ser, de sus formas de aparecer, sean rostros o sean máscaras. El capital, en esta perspectiva, devenía mero nombre de una pluralidad de formas reales.

Pero, ¿formas de qué?, podríamos preguntar. Si son “formas” ¿no serán formas de “algo”?, tal que la dimensión metafísica nos regresa por la ventana exigida e impuesta por el lenguaje. Los positivistas consideran al marxismo una metafísica, y muchos marxistas, ciegos en la defensa, han acercado la ontología de Marx a la del positivismo. Si “metafísica” quiere decir no contentarse con las apariencias, con las formas o las funciones, sino pretender que más allá de la positividad hay una realidad substancial que se manifiesta en ella…, me temo que sí, que en Marx hay una metafísica. Y desde esta perspectiva la física actual, sobre todo la de partículas subatómicas, también estaría llena de metafísica, al aceptar la existencia de realidades que sólo aparecen en sus efectos. ¿Hay algo más metafísico que los fotones, esos seres sin cuerpo, sin masa, sólo asequibles a través de las huellas provocadas por los dispositivos de medida?

Este debate no nos interesa. La verdad o validez de los conceptos no viene dada por su visibilidad, sino por su capacidad de poner orden y sentido en los fenómenos, entendiendo por tales lo que se nos hace presente; el concepto permite pensar las figuras o modos de ser de la realidad y los límites de las mismas. En la ontología de Marx bajo esas figuras del capital, en ellas, proporcionándoles su peculiaridad, siempre hay “algo”. ¿Qué es ese “algo”?. ¿Es una substancia o sólo es un concepto? ¿Acaso no son la misma cosa?

En los últimos capítulos, en la reflexión sobre los ciclos, se nos ha revelado en parte la respuesta: ese “algo” que está en el fondo de las formas, como realidad invisible, es el valor-capital, que aparece en las diversas figuras del capital; y aparece allí de la única manera que puede aparecer la esencia, determinando que aquellas formas de la realidad sean figuras del capital, como si fueran sus credenciales legitimadoras de su pertenencia al ser del capital. Por tanto, las formas o figuras del capital en el ciclo se nos aparecen como momentos o lugares por donde pasa el valor-capital, como el soporte material por el que éste circula y por medio del cual se nos revela, se nos vuelve transparente.

Este “valor-capital” hace las veces de una esencia metafísica  que se manifiesta de formas diferenciadas; es como la substancia spinoziana bajo diversos modos; o como el ser heideggeriano oculto bajo sus apareceres o presencias; o como el poder foucaultiano dando sentido a los dispositivos de dominación. Y, nos guste o no, aunque extrañe a nuestra conciencia “antimetafísica” positivista [3], esta representación de la realidad no carece de potencia cognitiva ni de eficiencia práctica. Pero, bien mirado, ¿no sigue siendo un residuo metafísico del que el pensamiento no pudiera liberarse al representarse la realidad?

Como enseguida veremos, en la reflexión sobre los tiempos se da un paso más en la batalla ontológica contra las esencias; ahora toca desesencializar el valor-capital, liberarlo de su primera presentación lingüística en que aparecía como algo consistente, como realidad que viajaba por las diversas figuras o modos de expresión, como ser subyacente a las distintas formas o rostros (como Deus absconditus). La imagen de las metamorfosis induce a pensar la unidad sustancial bajo la diversidad de formas, la identidad invariable del viajero a través de las distintas estaciones; enlaza bien con aquella metafísica presocrática de la arjé sustento de todas las cosas, prolongada en la representación aristotélica substancia-accidente.

Pero las metáforas sirven para lo que sirven, y cobran su peaje a quien a su través va en busca del concepto. Marx entiende que el concepto, que ha de surgir de esa vía desesencializadora, pasa precisamente por el reconocimiento de la fragmentación unitaria [4] de la identidad del viajero supuesta en la metáfora. Porque, si el valor-capital viaja por un circuito con diversas estaciones, y resulta que pasa fragmentado, escindido, estando presente en los distintos lugares al mismo tiempo, pasando por ellos con velocidades y periodos diversos…; si ocurre así, y parece que es lo que ocurre, habrá que asumir que el viajero no es una realidad compacta y constante, continua y discreta, con identidad y esencia. La reflexión sobre los tiempos (de producción, de trabajo, de circulación, de rotación….) permitirá presentarlos como los factores que acaban por romper la identidad de la cosa e imponer definitivamente la nueva ontología.


1.2. En los capítulos anteriores de esta Sección I, estudiando los ciclos, vimos, por un lado, que el capital ocupa simultáneamente todas las posiciones posibles del ciclo; y, por otro, que se repartía en ellas en proporciones definidas por la fase, escala, rama, etc. de la producción. Esos dos principios respondían, obviamente, al funcionamiento óptimo, a condiciones ideales; las incompetencias o las contingencias exteriores alteran uno u otro principio, o los dos, con efectos negativos para el capital y su reproducción (las crisis eran una de las manifestaciones del incumplimiento de los principios); y, por supuesto, también para el capitalista, cual alma repartida en un cuerpo escindido y disperso, que no encuentra momento de reposo para gozar de su identidad.

El funcionamiento óptimo del capital en el ciclo sigue el criterio de la acumulación máxima de plusvalía; ésta es su brújula, que marca imperativa e insobornable la dirección. Podríamos pensar que, si es así, al capitalista le interesa que el capital se concentre al máximo posible en el ciclo productivo; le interesa que su capital, y todo su capital, estuviera siempre produciendo plusvalía; en fin, que su ideal sería estar siempre en la fase del ciclo en que se produce efectivamente el plusvalor, sin perder el tiempo en recorridos marginales que, aunque instrumentales, en rigor son improductivos. Ahora bien, para que se diera esta situación ideal el capital tendría que estar siempre en la fase productiva, en la fábrica, y dentro del “tiempo de trabajo excedente”, no necesario, completamente dedicado a producir plusvalor. Claro está, estas exigencias son imposibles. La primera es económicamente imposible, pues ya sabemos que el plusvalor, aunque se produce como plustrabajo en la fábrica, deviene propiamente plusvalor cuando se realiza, y este hecho ocurre en la circulación, es decir, que el capital ha de abandonar la fábrica y perder el tiempo en su travesía del mercado. Pertenece a la naturaleza del capital perder el tiempo, aunque su destino sea la recuperación del tiempo perdido. La segunda exigencia, la de permanecer siempre en tiempo de trabajo excedente, “productivo”, es biológicamente imposible, pues los trabajadores han de reproducirse, y para ello necesitan, por un lado, “tiempo libre” en el que recuperar la fuerza de trabajo gastada, lo cual implica la necesidad de una jornada laboral finita y limitada; y, por otro, además del tiempo libre necesitan para su reproducción de medios de vida, que en tanto trabajadores asalariados consiguen mediante el salario, lo cual implica que parte de su jornada esté inevitablemente destinada a producir el valor equivalente a su salario. O sea, que la producción capitalista no puede prescindir del tiempo de trabajo necesario, y que el capital ha de pasar por ese momento del ciclo, “perdiendo tiempo productividad”.

Por tanto, aunque esté en su punto de mira salir o menos posible del momento del tiempo de trabajo excedente o productivo, el capital ha de hacer excursiones “improductivas”, sin que por ello renuncie a su ideal de eliminar los tiempos improductivos. El capitalista acepta estos límites, estas concesiones, tanto las impuestas por la necesidad de la circulación cuanto las debidas a la inevitabilidad del tiempo de trabajo necesario. De hecho ya estaría contento si fueran éstas las dos únicas pérdidas de tiempo que tuviera que padecer y consentir; al fin ambas son límites naturales, costos de producción, sin los cuales no sería posible el negocio. Lleva peor otras pérdidas, más innecesarias y estériles, y ha de soportarlas. Sí, ha de conformarse con bastantes más límites, con más tiempos “perdidos”; su vida es una lucha incesante e insana contra esas pérdidas de tiempo, esas limitaciones de la máxima de productividad infinita, una lucha tan inevitable como insatisfactoria contra los tiempos muertos en el trabajo. Tal es su obsesión que acaba viendo como estériles tiempos que, en una mirada más completa y atenta, son necesarios; su obsesión le priva de este consuelo y le sume en la desesperación permanente.

Así aparecen las cosas en el registro subjetivo, pero el capitalismo no es una herramienta, es una máquina, que presta su servicio pero conforme a sus leyes y exigencias. El interés subjetivo del capitalista no siempre se corresponde con las necesidades objetivas de la esencia del capital, el cual para fluir con eficiencia por ese privilegiado momento del tiempo del plusvalor, esa fase de la jornada laboral en que tiene lugar la producción efectiva de plusvalía, debe fragmentarse y repartirse, viajar por los demás lugares del ciclo, perder el tiempo en espacios improductivos; ha de aparecer y circular tanto en los que no se genera plusvalor cuanto en aquellos en que ni siquiera se produce valor. Es decir, para cumplir su finalidad de valorización el capital ha de “perder el tiempo”, a veces necesariamente y a veces accidentalmente, recorriendo otros lugares, “gozando” de la inactividad que lo limita.

Limitándonos a los tiempos no productivos necesarios (las pérdidas de tiempo contingentes no son carencias del capital ni de la ciencia económica), podríamos sospechar que, dado el inevitable fraccionamiento del capital entre los distintos lugares del ciclo, y siempre que su reparto entre ellos se haga en las proporciones debidas, el interés del capitalista y el del capital coinciden en que cuantas más veces pase por el momento productivo y más tiempo permanezca en ese estadio tanto mejor. Cierto, pero esto es una trivialidad, pues equivale a decir que cuanto más rápido fluya tanto mejor, pues el capital no pasa dos veces por la fábrica sin haber pasado antes por el mercado. ¿Quiere decir esto que ha de ir a la misma velocidad en los dos tramos, en el de la circulación y el de la producción? De nuevo recurrimos al símil del tren, donde un viajero recorre por su cuenta los distintos vagones. ¿Va a la misma velocidad del tren? Aunque a efectos prácticos al final llegan al mismo tiempo y al mismo sitio, teóricamente su movimiento ha de sumarse o restarse al del tren. Pero este no es nuestro problema, que nos remite a la ontología: si el viajero es una realidad (una cantidad) “continua” (un ser con su esencia única y eterna), su movimiento relativo es relevante; pero si es una realidad (cantidad) “discreta” (por ejemplo, el aire, el humo o el CO2 que ocupa el recinto cerrado de los distintos vagones del tren comunicados entre sí), su movimiento no es relevante. El capital, ya lo sabemos, es “discreto”, y ha de ocupar todo el circuito, ha de llenarlo y controlarlo todo, cada vez más, a medida que el proceso es más complejo. Esta es la idea que deberíamos tener siempre presente: dado que el “fin último”, la determinación esencial, del capital es su valorización, necesita fragmentarse, desplegarse y estar presente en todos los lugares y momentos del circuito en proporciones dadas (dependientes de la totalidad y su ritmo); y esa necesidad de controlar el circuito, y dado que éste está afectado tanto por la “exterioridad ajena” como por la “exterioridad subsumida”, implica inexorablemente la necesidad del capital de ir extendiendo su dominio por la totalidad del mundo de físico y del mundo de la vida, la inevitable tendencia a subsumirlo (Weber decía: tendencia a racionalizarlo; y Heidegger a desencantarlo).


2. El tiempo y la rotación en el capital.

Entremos ya en el análisis de los “tiempos” en el proceso capitalista. El tiempo siempre hace referencia a la existencia, y a la forma de esta existencia. En el caso del capital, como en el de tantas otras cosas, la rotación es la expresión espacial abstracta de su tiempo, que se concreta en su ciclo, semejante al ciclo del agua, al ciclo de la naturaleza o de la luna, a las órbitas de los planetas, las estrellas uy las galaxias, etc. Hablar del tiempo en el capital es hablar de la substancia de su rotación, de su ciclo; y es también habar de la substancia del propio capital, de su valor, que recorre el ciclo, de sus momentos y metamorfosis en el seno del mismo. De ahí que hablemos del tiempo de circulación, de producción, de trabajo, de funcionamiento, etc., que son partes o aspectos de la rotación, momentos constituyentes de la misma, en los que el valor capital, siempre el mismo valor capital, se manifiesta con figuras diferentes. Incluso en su representación más fenoménica de la rotación del capital, como unidad donde verificar la rentabilidad económica del proceso, el tiempo está inscrito en el alma de la vida del valor.

Por estar los análisis de los tiempos que llevan a cabo los economistas especialmente dedicados a describir la estructura y el movimiento óptimos del capital, podríamos pensar que los mismos tienen más carácter económico que filosófico; y que, por tanto, deberían interesar más al capitalista, que busca el resultado óptimo mediante la racionalización del sistema, que al filósofo, al menos si, como en nuestro caso, nos interesa más la “crítica” tanto al capitalismo cuanto a su conciencia de sí, expresada a economía política. Ciertamente, el filósofo-lector pasa rápido las páginas de estos capítulos dedicados por Marx a analizar los diversos tiempos del capital; pero, sin cuestionar lo obvio, es decir, la pertenencia del tema a las entrañas de la economía política, podemos advertir que el interés filosófico no está ausente de estas páginas. Bien mirado, no podía estarlo, pues si lo que permite a Marx la crítica de la economía política es la construcción de una ontología desde la que pensar su carácter fetichista, deberíamos sospechar que es en lugares como éste donde la elaboración de esa ontología puede y debe construirse y aplicarse. Y esa sospecha no es arbitraria, como enseguida veremos.


2.1. El tiempo sagrado del capital es el tiempo de rotación. Cuenta sus “años” por rotaciones que, aunque le envejezcan, garantizan su existencia. Una rotación inacabada es como una vida segada en el camino. Todos los economistas lo reconocen: en el mundo del capital vivir es rotar y rotar. Es tan obvio que no suelen pararse y analizar qué se oculta reas esa unidad de medida tan simple y trivial de la rotación. Marx echa mano de erudición y cita varios economistas que coinciden en el concepto tópico de rotación como regreso al origen de donde se partió. El concepto abstracto, geométrico, que tienen de la rotación resulta transparente, tan transparente que se ve a su través pero no se ve nada en su interior. Y todos ellos coinciden cuando lo trasladan y lo concretan en la esfera económica, en la que la rotación toma la forma del ciclo del capital, su aventura desde un punto -cualquiera, convencional, elegido aleatoriamente- a la vez origen y final. Un ciclo es el recorrido infinitamente repetido del capital, su salida y regreso a casa. Es indiferente el momento del inicio; lo determinante es que se regrese a ese punto de partida.

Los economistas, piensa Marx al respecto, no han bajado a la tierra; han acoplado el concepto geométrico a la economía en abstracto, traduciendo el escenario cosmológico al económico, pero nada más. No han bajado de esa abstracción de la rotación como giro completo de un punto con origen y final idénticos, reduciendo así, en la abstracción, el capital a un punto sin dimensiones, sin figura, sin cambio ontológico. Sólo han cambiado la abstracta imagen geométrica de la rotación por la del ciclo económico, al igual que los astrónomos la concretan en la órbitas de los astros; ambas son concreciones manifiestamente insuficientes. Es lo que Marx reprocha a los economistas, que sólo se preocupen de la identidad cualitativa en el origen y el final, interesados sólo por el cambio de magnitud; les critica que no se hayan detenido a analizar y distinguir las transformaciones internas y propia del capital en las distintas fases de su giro, algo así como los astrónomos, preocupados por la rotación de la Tierra alrededor del Sol despreciaran su rotación sobre su eje, como si las metamorfosis de los días y las niches fuera despreciable ante la grandiosidad del ciclo solar. Frente a esa tendencia, Marx prestará toda su atención a estos cambios del capital internos al ciclo, a las diferentes figuras por las que pasa, a los ciclos de esas diversas figuras, comparándolas y valorando su función y dependencia entre sí y con la rotación del capital en general.

Cualquier momento del capital, y por tanto cualquier figura del mismo, es válida como origen y final de la rotación abstracta y del ciclo abstracto; el único criterio lo que cuenta es el de su completitud, el del regreso al origen con el mismo vestuario fenomenológico. Ahora bien, de ese concepto abstracto pasan sin mediaciones a unas intuiciones particulares que “concretan” la idea general; intuiciones muy particulares, que suelen reducirse a dos o tres. De la posibilidad abstracta de elegir cualquier origen-final del ciclo del capital, en los usos y costumbres se pasa a un par de opciones, y poco más. Normalmente el economista se contenta con la primera figura, D ... D', que describe la rotación como el regreso a casa del dinero capital adelantado, debidamente valorizado; es la elección que interesa al capitalista individual para sus cálculos. Aunque reconocen en abstracto la rotación como un giro geométrico completo, con regreso al origen, que trasladado a la producción equivale a interpretar el ciclo del capital como movimiento de ida y vuelta de éste a partir de un origen cualquiera, en la práctica usual interpretan el ciclo genuino y útil del capital como su paso de D … D´. Es la rotación clara y neta, donde mejor se aprecia si hubo d y donde el capital toma consciencia de su identidad.

He subrayado conscientemente la expresión que expresa la condición “debidamente valorizado”; sin esta condición el regreso, el cierre del ciclo es realmente ficticio, ilusorio. Y precisamente en esa necesidad se oculta el hecho de que el ciclo es una aventura, llena de peripecias, de momentos, de situaciones, cada una con su tiempo… Es lo que intuye Marx, que bajo el mando de la idea abstracta de rotación está el ciclo del capital, que en su concreción encierra muchos y complejos secretos, enigmas que retan a la ciencia económica. Intuye que, contra las apariencias, no es verdad que sea igual el punto del circuito o momento del ciclo elegido como origen y final; será indiferente en la abstracción, y tal vez admisible para los geómetras, pero ni siquiera es aceptable esa indiferencia para los astrónomos, a pesar de las alturas de las órbitas astrales que constituyen su universo; y mucho menos para los economistas, que viven y se agitan al ritmo de la escabrosa e irregular marcha cíclica del capital. En el circuito donde gira el capital siguen habiendo “lugares naturales”, simas mitológicas, momentos encantados, que dificultan el trayecto y afectan y mucho los resultados.

Marx aspira a una mayor concreción del concepto, o sea, a un mayor desarrollo del mismo, que incluya más determinaciones, que recoja la aventura del circuito en toda su trayectoria, y no sólo en ese momento emblemático de la meta, en el que sí, se ve el resultado final, pero se ocultan las peripecias del éxito. Pero, sobre todo, Marx busca concreción conceptual para no caer en el error de los economistas, que ignoran, -o bien saben y olvidan-, que la imagen de una rotación aislada no representa bien la realidad de todas y cada una de las rotaciones continuadas que constituyen la reproducción del capital. Es decir, Marx sabe que la carrera no se acaba en el paso por la meta, y más aún, que el objetivo no es pasar una vez cualquiera en primera posición por la meta; el objetivo, en el caso concreto del ciclo del capital, de la rotación del capital, es pasar infinitas veces por esa meta, y para ello es fundamental que en cualquiera de ellas se llegue habiendo garantizado en el ciclo activo que acaba el ciclo siguiente. Por tanto, en vez de analizar de forma aislada, abstracta, una rotación, hay que pensarla como momento que prepara la siguiente. Y desde esa perspectiva se revela precisamente que no es indiferente el punto de entrada al circuito, que no todos los momentos son iguales en cuento al eterno dar vueltas del capital; desde esa perspectiva aparecen diferencias importantes: según del punto o momento del ciclo que se parta, así se propiciará mejor o peor el siguiente. Y de eso se trata, no de la vuelta más rápida, ni siquiera de pasar el primero a la meta, sino de conseguir que cada una permita hace la siguiente, que cada una reproduzca las condiciones necesarias para la siguiente.


2.2. En el capítulo séptimo de la Sección II, que lleva el título “tiempo de rotación y número de rotaciones”, Marx nos ofrece algunas clarificaciones conceptuales sobre los tiempos del capital subsumidos en el tiempo de rotación del capital. De entrada nos indica, de modo muy genérico, que “el tiempo completo del ciclo de un capital dado es igual a la suma de su tiempo de circulación y su tiempo de producción”. Es decir, el tiempo que transcurre desde la inversión, momento en que se adelanta el valor capital, sea en dinero o en medios de producción, hasta la recuperación del valor capital tras el recorrido completo, con regreso al origen, del ciclo. Así se cumple el objetivo del capital, su recuperación como valor adelantado, si es posible valorizado, tras su aventura por el ciclo, en el que pasa por diferentes formas de existencia.

Tras cada rotación, el capital recupera su confianza en sí mismo, incluso aumenta su convicción en su identidad, de que vale para eso, de que es lo que quiere ser, capital, valor que se valoriza. Avala esta consciencia de sí que el hecho queda controlado y avalado, “se registra y comprueba en los libros del capitalista”; la contabilidad es el espejo no sólo de que el ciclo se ha cerrado con éxito, sino de que el capital era realmente lo que se esperaba que fuera o lo que decía ser, insisto, no mera riqueza improductiva sino “valor que se valoriza”. Ese momento de la contabilidad al final del ciclo es el momento de la verdad, donde el capital ha de acreditar que es capital:

“Tanto si tomamos la forma D ... D' cuanto si tomamos la forma P ... P, ambas formas implican, 1º, que el valor adelantado funciona como valor capital y se ha valorizado; 2º, que tras describir el proceso ha vuelto a la forma con la cual lo empezó” [5].

Ahora bien, la valorización del valor puede ser más o menos visible. Es más intuitiva en la forma D… D´, es decir, si el valor capital se adelanta en dinero capital, o sea, si el punto origen es el que corresponde a la figura del capital en forma de dinero; pero también es perceptible, aunque con menos transparencia, si parte de otras posiciones del círculo, si la aportación se hace en capital mercancía o medios de producción. Lo importante para evitar la descalificación tras su aventura de variadas metamorfosis es que al final la valorización en cualquiera de sus formas está allí expresada, como o M´, y que el valor capital valorizado aparece en la misma forma originaria del valor adelantado. O sea, el capital se ha autorevelado como capital y ha regresado al punto origen a su meta particular elegida.

Y a partir de aquí Marx pone todo su énfasis en una tesis ya argumentada en el Libro I, y cuyo sentido radica en que desplaza la perspectiva de la producción a la reproducción, del ciclo como unidad funcional y temporal de producción al ciclo como unidad funcional y temporal de la reproducción:

“Si la producción tiene forma capitalista, también la tendrá la reproducción. Así como en el modo de producción capitalista el proceso de trabajo aparece sólo como medio del proceso de valorización, así también se presenta la reproducción sólo como medio de reproducir el valor adelantado como capital, esto es, como valor que se valoriza” [6].

O sea, no basta con ver en el ciclo la producción de valor, hay que verlo como reproducción del siguiente ciclo. El capital comme il faut  es el que tras el ciclo y gracias al ciclo ha logrado reproducir las condiciones para seguir la ruta, para hacer el siguiente, para prolongar su vida. Il va de soi que entre esas condiciones cuenta mucho haber generado plusvalor; pero su identidad de capital pasa por su potencia para generar su reproducción. De ahí que Marx afirme, de manera genérica, que sea cual fuere el origen elegido, la puerta de entrada a circuito, éste funciona con el criterio único de la reproducción:

“La finalidad determinante de la producción capitalista es siempre la valorización del capital adelantado, igual si ese valor se adelanta en su forma independiente, esto es, en forma de dinero, que si se adelanta en mercancía, de tal modo que su forma valor sólo tenga una independencia ideal en el precio de las mercancías adelantadas. En ambos casos este valor capital atraviesa durante su ciclo diferentes formas de existencia. Su identidad consigo mismo se registra y comprueba en los libros del capitalista, o en la forma de dinero contable” [7].

Dicho esto, Marx coincidirá con los economistas en considerar relevante la forma del capital dinero adelantado; pero sin despreciar las otras puertas de entradas, aunque sólo sea para potenciar el análisis de sus semejanzas y diferencias. En definitiva, Marx concede mucha importancia al origen, lo que le lleva a una reflexión original en la ciencia económica, de gran calado filosófico. Ha de diferenciar las tres posibilidades de elección, las tres puertas de entrada al circuito, una en cada fase. Eso ya es una gran concreción, pues aunque en la idea abstracta de rotación, e incluso de ciclo económico, se contiene la posibilidad de elegir cualquier punto origen, cuando se avanza en la concreción se descubre que no es así. Se constata, en primer lugar, que no hay infinitas posibilidades, como cuenta el geómetra, pues en el ciclo de producción del capital hay sólo tres, que se corresponden con los tres momentos del recorrido del capital, con sus tres correspondientes formas o figuras, dinero mercancía o medios de producción; y, en segundo lugar,  que no hay tal indiferencia en la elección del origen, pues no se trata sólo de contar la frecuencia de rotación, sino que en concreto, y en función del objetivo de reproducción señalado, las tres puertas de entrada no tienen los mismo privilegios materiales. En la progresiva concreción del concepto se aprecia que el capital puede entrar al circuito por una de las tres puertas que dan acceso a sendas fases del circuito: o entra en la fase dinero, en la de medios productivos o en la de mercancía. Y aún con más concreción veremos que la elección entre estas tres no es trivial ni indiferente, que cada una tiene sus privilegios, hasta el punto que una de ella, la puerta , parece no conducir directamente al circuito.

De momento tenemos que las tres formas de irrumpir el circuito, de iniciar un proceso de producción capitalista, quedan así formuladas: I) D... D', II) P ... P y III) M´ ... M´. Se trata ahora de analizar sus identidades y diferencias, siempre en la perspectiva de la función en la reproducción. Marx lo resume así:

“Las tres formas -1) D ... D', II) P ... P y III) M´ ... M´- se diferencian por lo siguiente: en la forma II (P ... P) la nueva renovación del proceso, la renovación del proceso de reproducción, se expresa como real, mientras que en la forma I se expresa sólo en cuanto a su posibilidad. Pero ambas se distinguen de la forma III por el hecho de que el valor capital adelantado -como dinero o en la figura de los elementos de producción materiales- constituye el punto de partida y, por lo tanto, también el punto de regreso” [8].

Dejemos de momento de la do la diferencia de las dos primeras respecto a la forma M´. Nótese que todas acaban donde empiezan, exigencia obvia de una rotación completa; y que en todas el capital valorizado puede y suele ser mayor que el adelantado (aunque esta condición no sea absoluta y universal, puede haber excepciones sin que el capital se aniquile). Nótese también que en la rotación o ciclo siguiente, si tiene lugar, el cambio de magnitud es explícito en y M´, y no así en P, cuestión que hemos de esclarecer.

“Tanto si tomamos la forma D… D' cuanto si tomamos la forma P…P, ambas formas implican, 1º, que el valor adelantado funciona como valor capital y se ha valorizado; 2º, que, tras describir el proceso, ha vuelto a la forma con la cual lo empezó. La valorización del valor adelantado, D, y, al mismo tiempo, la vuelta del capital a esa forma (a la forma de dinero) son perceptibles a primera vista en D ... D'. Pero lo mismo ocurre en la otra forma. Pues el punto de partida de P es la presencia de los elementos de producción, de mercancías de un valor dado. La forma implica la valorización de ese valor (M' y D') y la vuelta a la forma originaria, pues en la segunda P el valor adelantado vuelve a tener la forma de los elementos de producción en los que se adelantó inicialmente” [9].


3. Las tres formas del ciclo y la reproducción.

Releamos de nuevo estas citas, pues la mera exposición de las fórmulas aporta poca información, si no se analizan y revelan al menos sus semejanzas y diferencias. Marx establece las siguientes semejanzas y diferencias entre ellas en un pasaje denso y bastante obscuro, que intentaremos reescribir con la esperanza de alcanzar mayor transparencia. El objetivo es compararlas respecto a sus posibilidades o potencias para la renovación del proceso de producción, si se prefiere, para llevar adelante el siguiente ciclo. Dado que la esencia del valor capital es valorizarse, se comprende que sea esta perspectiva de valorización el referente a tener en cuenta para  compararlas y, si cabe, jerarquizarlas. Claro que en abstracto da igual por donde se empiece, pero en concreto cada capitalista quiere sabe que no es lo mismo.

Marx comienza estableciendo una diferencia entre las dos primeras. En la forma II, nos dice, “la renovación del proceso de reproducción se expresa como real, mientras que en la forma I se expresa sólo en cuanto a su posibilidad” [10]. Debemos interpretar que, estando al final de un ciclo, la posición D´ implica posibilidad de iniciar el segundo ciclo, pero no necesidad; el valor capital adelantado en forma de dinero se ha recuperado y objetivamente tiene a su alcance el nuevo ciclo; pero también revela que la forma dinero en ese momento parece cuántica, es y no es capital, lo ha sido y está en las manos de una instancia exterior a la economía decidir si sigue o no siéndolo, por tanto, el modo de ser que se realizará es contingente, subjetivamente depende de la voluntad del capitalista. Algo semejante, insisto, al gato de Schrödinger, vivo y muerto, y en realidad en manos del ingenioso físico que, desde fuera, podía abrir la puerta y acabar con la indeterminación -o la doble existencia- de la superposición en que existía el gato.

En cambio en la forma II, cuyo final del ciclo consiste en la recuperación del valor capital adelantado en forma de medios productivos, la renovación o reproducción del proceso en un segundo ciclo parece ya una necesidad objetiva inevitable, pues no hay posibilidad de pasar a situación en espera, de retirarse y decidir si continuar o salir, a diferencia de lo que ocurría en la figura del dinero. En ese punto del recorrido, origen y final de la forma II, sea a la puerta de la fábrica o en pleno proceso de trabajo, la determinación económica exige seguir. Los medios de producción, el valor capital en su forma productiva, no permite la libre retirada que propiciaba la forma dinero, ni es una forma mercancía que mantiene esa posibilidad en tanto convertible en dinero; la forma II no permite interrumpir el proceso recuperando el valor capital adelantado, sino que dicha recuperación pasa por la reanudación de un nuevo ciclo; de ahí que la llegada a la meta, la realización de la rotación, lleve irremisiblemente a una puesta en marcha real y efectiva del siguiente ciclo, una reproducción del recorrido [11].

Esa diferencia no diluye su identidad formal, basada en la regla de identidad que ha de cumplir cualquier figura del valor capital en el origen y final del ciclo. La regla de identidad enuncia que, sea D o sea P, en ambos casos la forma final del capital valorizado reproduce la forma del capital adelantado en el origen. Marx lo resalta en el pasaje ya citado anteriormente señalando que ambas “se distinguen de la forma III por el hecho de que el valor capital adelantado -como dinero o en la figura de los elementos de producción materiales- constituye el punto de partida y, por lo tanto, también el punto de regreso” [12].

Después abordaremos la excepcionalidad de la forma III, que parece no estar sometida a la regla de identidad; de momento centremos la atención en el cumplimiento de la regla de identidad de cada una de las formas I y II, que bajo este aspecto identifica a ambas. Esta determinación común de ambas formas es muy relevante. Luego ocurrirá que D ...D' y P…P pueden diferenciarse por la forma de reproducción del segundo ciclo, pero ello no afecta ni diluye esa “identidad” entre ambas en tanto cumplen la exigida regla de rotación cíclica, a saber, la identidad formal en el origen y en final del recorrido.

Pueden diferenciarse y, de facto, se diferencian. Por ejemplo, siendo el regreso valorizado D', igual a la suma D + d, podrá ocurrir que d se añada al anterior capital adelantado, D, para iniciar un nuevo ciclo de reproducción ampliada, con como valor adelantado; o que d se segregue y no continúe en el proceso, no forma parte del valor capital adelantado para el siguiente ciclo, manteniéndose la reproducción simple o de igual escala. Aunque el d generado en cada ciclo se drene al final del mismo y no afecte al proceso en su conjunto, pues cada ciclo parte de la misma magnitud, no quiere decir que su aparición como producto en cada ciclo sea irrelevante. No afecta a la valorización, pues no se metamorfosea en valor adelantado, pero d actúa de indicador, nos muestra que D (el capital adelantado en el ciclo en que se ha engendrado d) se ha valorizado, o sea, que no era mero dinero, sino dinero capital, como revela que haya producido plusvalor. Y, se drene o no d, se opte por reproducción simple o la ampliada, se cumple fielmente la regla de identidad, pues aunque sea con desigual magnitud el capital adelantado en forma de dinero, D, reaparece al final de ciclo con la misma forma, D + d.

Si ahora centramos la atención en la forma P... P, en que el valor capital adelantado, en el origen, tiene la forma de los elementos que intervienen en el proceso productivo, P, sabemos que al final del ciclo se ha de mantener esa forma. Si suponemos una reproducción simple, en el ciclo siguiente “el mismo valor capital y en la misma forma P vuelve a empezar su proceso”; si se trata de una reproducción acumulada, el proceso del segundo ciclo lo inaugurará un P de magnitud P', el valor capital adelantado aumentado con el plusvalor generado, que actuará de valor adelantado en el siguiente. Nótese que aquí, en esta posición, y conforme a lo antes dicho para fijar la diferencia señalada entre ambas formas, es imposible segregar y drenar el plusvalor que lleva acumulado (a diferencia del d en la forma dinero). Por tanto, el valor capital en forma de producto valorizado pasará a actuar de valor capital adelantado del siguiente ciclo, actuará de P aunque con mayor valor, aunque tenga un valor : “vuelve a empezar con el valor capital adelantado en la forma inicial, aunque sea con un valor capital mayor que antes” [13]. Si en la forma I el valor adelantado del siguiente ciclo es , en la forma II dicho valor adelantado es P, aunque le supongamos una magnitud P´. En la medida en que no es separable ni realizable, los medios productivos que cierran un ciclo y abren el siguiente son siempre “valor capital adelantado”.

Veamos ahora las enigmáticas referencias a la forma III, en que se describe el ciclo del capital mercancía, M… M´. Marx nos ha dejado una referencia realmente enigmática, al diferenciarla de las otras dos por el hecho de que en éstas “el valor capital adelantado -como dinero o en la figura de los elementos de producción materiales- constituye el punto de partida y, por lo tanto, también el punto de regreso”. Parece dar a entender que en la forma III no se cumple la regla de identidad del ciclo. ¿Es así o hemos de buscar otro sentido al texto? Unos párrafos más adelante Marx vuelve a la carga y afirma que en la forma III, a diferencia de las otras dos, “el valor capital no empieza el proceso como valor capital adelantado” [14]. O sea, no sólo no se cumple la identidad formal entre el punto de partida y el de final del ciclo, sino que en el origen M´ ya “no era valor capital adelantado”. Tal vez en esta calificación esté encerrado su secreto, su diferencia.

Veámoslo en sus propias palabras, para ello repitamos la lectura completa del párrafo, ya comentado a trozos. Comenta que la I y la II, a diferencia de la III, “el valor capital adelantado … constituye el punto de partida y, por lo tanto, también el punto de regreso”. En D ... D' el valor capital adelantado en dinero, D, regresa como D´= D + d, y renueva el proceso coo valor adelantado del siguiente ciclo, sea como D, caso de reproducción simple, o como , caso de reproducción ampliada. En P … P, el valor capital adelantado en medios de producción, P, que hace de punto de partida, regresa valorizado, como P´= D´= M´. Si hay reproducción simple, renueva el ciclo siguiente con el mismo valor capital inicial del anterior, P; si se trata de reproducción ampliada, iniciaría el siguiente con el valor acumulado con que ha cumplido el ciclo, P´, y así volvería a empezar, renovando el proceso. Marx lo deja bien claro: “Si hay acumulación, es P' (en cuanto a la magnitud de valor= D' = M') el que inaugura el proceso, ahora en cuanto valor capital aumentado” [15]. U de inmediato añade: “Pero vuelve a empezar con el valor capital adelantado en la forma inicial, aunque sea con un valor capital mayor que antes” [16]. O sea, si inicia el ciclo con P, se cierra con y se reanuda el siguiente con P pero con mayor valor, cargado del plusvalor. Con ello parece querer indicar que, a efectos contables, en ese punto es imposible precisar la magnitud de ; sabemos que se acumula el plusvalor, si ha existido, pero es indescifrable su magnitud. Ésta exige transmutarlo a la forma dinero.

En todo caso, tanto la forma I como la II empiezan como valor capital adelantado respectivamente en las figuras D y P y acaban con esas mismas figuras. Cosa que no pasa en la forma III:

“En cambio, en la forma III el valor capital no empieza el proceso como valor capital adelantado, sino como riqueza ya valorizada, como la totalidad de la riqueza que se encuentra en la forma de mercancías, riqueza de la cual el valor capital adelantado no es sino una parte” [17].

Parece que se nos dice que en imposible un comienzo de la producción en la fase , en tanto que es ya resultado de llevar al mercado el producto P´. Elegir ese momento como comienzo del ciclo implica que no se parte de valor capital adelantado, sino de mercancías, de riqueza, y riqueza ya valorizada, que acumula valor. No puede ser valor adelantado porque éste es sólo una parte. D y P sí son valor capital adelantados en los orígenes de sus respectivas formas; pero ya allí es riqueza acumulada. Por eso, aunque “la última forma es importante para la tercera sección, en la que el movimiento de los capitales individuales se concibe en relación con el movimiento del capital social total”, nos dice Marx; en cambio, esta forma III no tiene importancia, no se tiene en cuenta, cuando se trata de la rotación del capital, porque en la rotación lo relevante es que “empieza siempre con el adelanto de valor capital”, función que no puede realizar.

Por tanto aquí, al habar de la rotación, cuentan las dos primeras formas. La forma I es particularmente relevante cuando “lo que principalmente se tiene en cuenta es la influencia de la rotación en la formación de plusvalía”; y la forma II gana interés cuando “se tiene principalmente en cuenta su influencia en la formación de producto” [18].

Quiero insistir en la referencia marxiana a la forma III, que no empieza como valor capital adelantado sino como riqueza valorizada. Es correcto si por “valorizada” se entiende que ha sido cargada del plusvalor, pero sin olvidar que éste en el momento se ha transmutado en riqueza. Tal vez sería más correcto decir que empieza el proceso como riqueza aumentada, incluyendo como aumento al plusvalor convertido en mercancía que arrastra. A posteriori y si se sigue el proceso M´- D´- M (=Mp + Fp) podremos decir que iba cargada de valor, pero en tanto mercancía en ese punto del recorrido tiene esa indeterminación entre ser capital mercancía y ser riqueza. O, si se prefiere, como el gato de Schrödinger, tiene esa doble determinación de estar viva y muerta, de ser al mismo tiempo capital mercancía y riqueza; su ser, su destino, se determinará al abrir la puerta, es decir, al decidir su ser desde fuera.

Tras estas clarificaciones el ciclo del capital ha sido fijado como rotación determinada por la reproducción; no como circuito aislado, cuyo sentido y justificación fuera la producción de plusvalor, sino como proceso cíclico continuo, indefinido, periodo de un tiempo infinito, en que cada giro tiene como función hacer posible el siguiente, reproducir las condiciones de posibilidad del siguiente, dar continuidad al movimiento.

“En cuanto que todo el valor capital invertido en cualquier rama de la producción por un capitalista individual ha descrito el ciclo de su movimiento, vuelve a encontrarse en su forma inicial y puede repetir el mismo proceso. Y lo tiene que repetir, si es que el valor ha de eternizarse y valorizarse como valor capital. El ciclo suelto no constituye en la vida del capital más que una sección que se repite constantemente, o sea, un período. Al final del período D ... D' el capital se vuelve a encontrar en la forma de capital-dinero, el cual recorre de nuevo la serie de transformaciones en que consiste su proceso de reproducción o valorización. Al terminar el período P ... P el capital se vuelve a encontrar en la forma de elementos de producción, los cuales constituyen el presupuesto de un ciclo renovado. El ciclo del capital determinado no como hecho aislado, sino como proceso periódico, se llama rotación del capital. La duración de esa rotación queda dada por la suma de su tiempo de producción y su tiempo de circulación. Esa suma de tiempo constituye el tiempo de rotación del capital. Mide, por lo tanto, el espacio comprendido entre un período cíclico de todo el valor capital y el inmediatamente siguiente; la periodicidad del proceso vital del capital o, si se quiere, el tiempo de renovación, repetición del proceso de valorización o de producción de un mismo valor capital” [19].

Claro está, dejando de lado las contingencias que afectan a cada capital particular, el tiempo de rotación de los capitales individuales es distinto en las diferentes esferas económicas. Suele tomarse el año como unidad natural de medida del tiempo de rotación, un criterio convencional, basado en la producción agrícola capitalista, en la que buena parte de los productos son de ciclo anual. En consecuencia, el número de rotaciones de un producto queda fijado en la fórmula: n =R/r, en que R es la unidad de tiempo en años y r el tiempo de rotación de un capital determinado. Todo depende del valor de r, pues al capitalista no le es igual el número de rotaciones anuales de su capital, ya que en cada giro recupera el valor capital adelantado y el plusvalor sudado. Para un capitalista particular “el tiempo de rotación de su capital es el tiempo durante el cual tiene que adelantar su capital para valorizarlo y recuperarlo en la figura inicial” [20]; por tanto, cuando menos dure la aventura, tanto mejor, antes recupera la inversión y podrá recorrer más veces el circuito.

Se comprende así que la necesidad de acelerar la frecuencia de la rotación se manifieste como una lucha extraña contra Kronos; por un lado, quiere acortar los tiempos de producción y circulación, cuya suma constituye el tiempo de rotación; pero, por otro, quisiera detener el reloj y hacer la jornada eterna; quiere recortar el tiempo de trabajo mediante el desarrollo de la tecnología, pero vive del tiempo de trabajo en que está presente y activa la fuerza de trabajo. El capital se enfrenta a muerte con el tiempo del que vive, como la paloma contra el aire que frena su vuelo olvidando que la permite volar; cumple así su destino trágico.

Así se cierra el capítulo VII sobre la rotación de capital; en los siguientes se irán analizando los diversos tiempos contenidos el ciclo, valorando la función de cada uno en la producción del plusvalor y, hemos de insistir en ello, en la reproducción de la producción, en la continuidad de la rotación. Pero antes de entrar en esas cuestiones, “antes de estudiar más de cerca la influencia de la rotación en el proceso de producción y valorización”, considera Marx necesario poner en escena dos figuras nuevas del capital, el capital fijo y en capital circulante, cuyos conceptos son necesario para el análisis de los diversos tiempos del ciclo precisamente por sus peculiares y bien diferenciados ritmos y mecanismos de rotación. Analizaremos ambas figuras, tratadas en el capítulo VIII del Libro II, en nuestra próxima entrada, antes de continuar con la rotación y los diversos tiempos del ciclo del capital.


J.M.Bermudo (2015)


[1] Ver al respecto el “Prólogo” de Engels a la edición de Libro II, de 5 de mayo de 1885, “día del cumpleaños de Marx”, donde nos ofrece sus razones para respetar al máximo la integridad de los manuscritos.

[2] Entre estos capítulos referidos al tiempo se intercalan dos, e, X y el XI, en que se repasan diversas teorías sobre el capital fijo y el circulante, de interés erudito pero no conceptualmente relevante para nuestros objetivos.

[3] Para los positivistas la metafísica, su mal, es que acepta lo invisible; para Marx, que también combate la metafísica, ésta consiste en el naturalismo (fetichismo por cosificación de lo que en realidad es histórico), en el positivismo que sacraliza lo dado sin reconocer que tiene origen y fin. Pero nuestra conciencia antimetafísica se ha formado más en el viendo positivista que en el marxiano, de ahí que nos suene raro anunciar ese “algo” en una ontología marxianas.

[4] Uso conscientemente esta expresión contradictoria para aludir al hecho de que se trata de una fragmentación ordenada, en la que las partes, en su diversidad, está bien determinadas en sus ritmos y proporciones, tal que destruyen la identidad metafísica pero instauran una identidad formal. O sea, no es una fragmentación aleatoria, aniquilación del capital, sino la fragmentación determinante, constitutiva del mismo.

[5] El Capital, Libro II, 153. Citamos de la edición de M. Sacristán: K. Marx y F. Engels, Obras, vol. 42. Barcelona, ed. Crítica (Grijalbo), 1980

[6] Ibid., 153-154. (La cita procede de El Capital, Libro I, XXI, 588).

[7] Ibid., 153.

[8] Ibid., 153-154.

[9] Ibid., 153.

[10] Ibid., 154.

[11] Alguien podría objetar que siempre hay la posibilidad de vender el proceso en marcha. Cierto, pero sólo es imaginable si el comprador está decidido a continuar el proceso, y de eso se trata, de reproducir el proceso, de continuar los ciclos, no de salvar al capitalista.

[12] Ibid., 154.

[13] Ibid., 154.

[14] Ibid., 154.

[15] Ibid., 154.

[16] Ibid., 154.

[17] Ibid., 154.

[18] Ibid., 154.

[19] Ibid., 156.

[20] Ibid., 156.