LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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V- LAS TRES FIGURAS DEL CAPITAL. .


En este Capítulo 4 sobre “Las tres figuras del capital” Marx lleva a cabo un último asalto a los enigmas del transformismo del capital, a los secretos de su necesidad de presentarse y ocultarse sin descanso en sus formas. Culmina así su reflexión sobre las metamorfosis y transustanciaciones de las figuras analizadas en los capítulos anteriores, intentando una representación más concreta, más rica, de ese mundo protagonizado por el capital y sus personajes. Podríamos decir que aquí se propone conseguir un concepto más concreto, más unitario, recogiendo los frutos de los anteriores análisis de sus partes y las relaciones entre ellas. Si en los anteriores asaltos al concepto ha centrado su atención en las peculiaridades de cada ciclo, en sus diferencias y contraposiciones, en la función específica de cada uno de ellos formando parte del proceso global, ahora aleja su perspectiva para representar el movimiento conjunto de las formas, como un baile coordinado y unitario que, a través de los movimientos autónomos de sus miembros, funciona para el ritmo y la armonía del conjunto. Creo que este capítulo representa ese momento de “síntesis” tras el análisis; mejor, el momento de reconciliación, en que el la hybris de las formas aparece al servicio de la totalidad. Al fin la esquizofrenia del capital se muestra estratégica; los mayordomos de los tres palacios servían con sus pugnas al Conde, que con lucidez, sabiéndolos necesarios, les permitía la diferencia y la confrontación que en conjunto configuraban su ser señor de los tres palacios. Las tres formas del capital, pues, ahora aparecen definitivamente como lo que son, figuras subsumidas en el orden del capital, el cuerpo material del mismo. Esta es la perspectiva de la lectura de este capítulo que ahora iniciamos.


1. Un esfuerzo más…

Pero antes de entrar de lleno en el texto reflexionemos un poco sobre nuestro punto de partida aquí; antes del asalto final, situémonos en el campamento base y tomemos consciencia de la situación, del momento en el que estamos y del trayecto que nos falta por recorrer, de nuestras coordenadas y equipamiento, de lo que hemos conseguido y del modo de utilizarlo en el resto del camino.

Creo que sería buena metodología olvidarnos un poco del pasado, de los detalles del camino recorrido, sus dificultades, sus sorpresas y sus sombras. Olvidémoslo, liberémonos del cansancio mental y emocional, como si fuera un recorrido nuevo partiendo del origen liberados de equipaje. Olvidémonos de las particularidades que conocemos mejor o peor de las formas del capital, sus trayectorias y movimientos, que llevamos anotadas en nuestra cartografía; quedémonos simplemente con la experiencia conseguida, con cierta familiaridad con el vocabulario, con cierta “idea” del proyecto que más que en la memoria está inscrita en nuestros entrenamientos mentales. Ese sería un buen punto de partida, el de un cuerpo y una mente descansados, sin cargas concretas, pero bien entrenados, acostumbrados a recorrer estos territorios.

Si fuéramos capaces de conseguir ese estado mental ¿qué nos quedaría de nuestros anteriores recorridos por el mundo del capital?, ¿qué experiencias quedarían inscritas en nuestras facultades mentales como habilidades casi naturales?, ¿qué imágenes, conceptos y dispositivos formarían parte de nuestro andamiaje intelectual para este asalto definitivo al castillo de las tres figuras? Con un poco de imaginación podríamos objetivar estos restos prendidos en nuestra mente como cicatrices de viejas heridas. Intentémoslo. Haced cada uno vuestro inventario, como si se tratara de recopilar el equipo de escalada. Yo sólo haré algunas insinuaciones sobre las cosas que ya hemos aprendido definitivamente y que forman parte de nuestro fondo de subsistencia intelectual.

a). Hemos aprendido que en el mundo del capital reina el capital, no la riqueza. El capital produce valores de uso, sin duda, pero sólo como mecanismo de blanqueo de su verdadero negocio, la producción de valor. El capital es capital en tanto produce valor; con más precisión, en tanto se produce a sí mismo como valor. De ahí que lo definamos como “valor que se valoriza”. Ese es su concepto. Todo lo que hace, todos sus movimientos y transformaciones, tienen ese único objetivo: valorizarse.

El valor se produce en la producción; aquí, en el mundo del capital, se llama “producción” a la producción de valor, y “productivo” a aquello que produce valor. Esta es una enseñanza que hiere nuestra consciencia, pero que nunca podremos olvidar si queremos comprender este mundo del capital. El valor, lo recordamos porque lo sabemos, no es una cosa, una esencia más allá del bien y del mal; es una relación social, que sólo aparece y tiene sentido como expresión de las relaciones sociales inscritas en el proceso productivo social. En su privacidad, un trabajador no produce “valor”, por muy valioso que para él sea su “producto”, la obra de su trabajo, su medio de vida.

b). Aunque sólo uno de los ciclos, el P … P, sea productivo, productor de valor, no lo es por sí mismo, sino por su relación con los otros: aunque el valor se produce realmente en la fábrica, y no en la circulación, ésta es una condición sine qua non de la producción de valor. Por eso hemos llegado a la siguiente convección, que nos ayuda a conceptualizar el problema de la producción de valor de forma clara: la producción del valor necesita de todo el ciclo del capital, de sus tres fases, cada una de las cuales juega su papel en esta división del trabajo. En la fábrica, en la esfera propiamente productiva, en la “producción inmediata”, que se dice a veces, se produce valor en sentido técnico; en la circulación, en cambio, ese valor técnico deviene “valor económico”. Sin entrar en el problema teórico y/o ideológico de la relación entre las esferas de la producción y la circulación, que ya tendremos tiempo para ello, lo que sí tenemos calro es que en la producción efectiva del valor intervienen las tres fases del ciclo del capital; si se prefiere, que en ella intervienen los tres ciclos de las tres formas del capital. La producción técnica del valor puede parecernos la fundamental, inducidos por una ontología para aristotélica, tipo susbtancia-accidente; pero en la ontología marxiana, en la que no son esas las categorías que operan, el “valor” técnico sin la determinación de valor “económico” es una mera abstracción, un concepto no operativo en el mundo real del capital. En definitiva, al capital le son igualmente necesarios los tres ciclos, y ninguno es más importante que los otros. En tanto que valor que se valoriza, podemos decir que le es tan importante ser valor, que se decide en la producción, como ser valorizado, que tiene lugar en la circulación.  Y la mejor prueba es que no puede prescindir de ninguno, que el estancamiento en uno de ellos sería su fin.

c). También nos acompaña ya espontáneamente la convicción de que ninguna de las figuras del capital lo es en-sí. Es lógico, pues no hay ninguna esencia en la ontología marxiana. Por ejemplo, aunque en el análisis simboliza siempre la mercancía cargada de plusvalor, de todo el rocambolesco juego de las fórmulas de los capítulos anteriores hemos sacado en claro que no es propiamente mercancía cargada de plusvalor hasta que no se realiza, hasta que no se metamorfosea en . O sea, curiosa y paradójicamente, hasta que no desaparece en un momento futuro. Y eso vale para todas las figuras, cuyo ser de su aquí y ahora sólo se “valida” en otra posición de la fórmula, en un momento del futuro y en un lugar donde, paradójicamente, desaparece en una nueva metamorfosis. Por ejemplo, el primer P del ciclo del capital-producto, que simbolizamos como para indicar que representa el valor-capital acabado, salido de la producción, cargado del plusvalor, en realidad en sí no vale nada. El valor “técnico” que carga sólo deviene valor “económico”, con efectos en la valoración del capital, si llega al mercado y allí desaparece transmutado en como . Otro ejemplo, en la ora aduana, es el de M [=Mp + Ft], que sólo es capital-mercancía si se metamorfosea (y niega) en P, pues de no ser así son sólo mercancías para el consumo individual (recordemos que también Ft, la fuerza de trabajo, puede ser comprada para consumo no productivo, para servicio personal”).

Podíamos seguir inventariando y describiendo el aparato conceptual que hemos adquirido; pero es preferible que cada uno de vosotros haga el suyo. Lo que me importa resaltar es que, cualquiera que fuere nuestra consciencia de ese hecho, estamos mejor preparados de lo que a primera vista se desprende de nuestras incertezas para emprender el asalto final al laberinto del capital. Hay que pasar por esa oscuridad para salir de la caverna, nos diría Platón.

Ya lo comprobaréis al constatar que el terreno nos resulta más conocido de lo que imaginamos. Al fin en este capítulo 4 Marx sigue su reflexión sobre la conexión y función de estas figuras, avanzando cada vez más en el análisis; pedro, sobre todo, superando la inevitable parcialidad de éste en sus primeras fases y abriendo la perspectiva de totalidad y concreción[1]. Es decir, Marx asume ahora una perspectiva del movimiento de la totalidad, en la que los presupuestos (del análisis) han de aparecer como resultado de ese movimiento de la totalidad (en otro caso el análisis sería falaz); el origen ha de aparecer como “presupuesto” en el final y las partes (unidades separadas en el análisis) como momentos de la unidad de la totalidad concreta. Veámoslo.


2. Las espaldas de las figuras del capital.

Marx comienza este capítulo sobre las tres figuras describiendo con simplicidad la perspectiva de análisis. Representa las figuras del siguiente modo, usando Ck para simbolizar de forma sintética el circuito de la circulación:

I)   D - M ... P ... M' - D'

II)   P ... Ck ... P

III)   Ck ... P (M')[2]

De este modo nos invita a ver las tres formando parte de una unidad; o sea, no en la perspectiva de desglosamiento de las formas del capital sino en la de configuración de la unidad por sus partes. Y nos dice:

“Si reunimos las tres formas, todos los presupuestos del proceso aparecen como resultado suyo, como presupuesto producido por él mismo. Cada momento aparece como punto de partida, punto de paso y punto de regreso. El proceso conjunto se presenta como unidad de proceso de producción y proceso de circulación; el proceso de producción se convierte en mediador del proceso de circulación, y recíprocamente [3].

Efectivamente, si las combinamos, los presupuestos de una son puestos; todos los presupuestos del proceso global son resultados del mismo proceso; cada final es origen y cada origen final; cada figura ocupa sucesivamente todas las posiciones “cada momento aparece como punto de partida, punto de paso y punto de regreso”. Esta descripción insinúa por sí misma la igualdad funcional de las figuras, sus dependencias mutuas y su subordinación total al conjunto, al orden y ritmo del conjunto, incluso a su belleza. Así, en la perspectiva de conjunto, todo aparece subsumido en la unidad del capital; los ciclos, figuras y movimientos configuran el orden del capital. Por ello desaparecen las escisiones y las contraposiciones, que existen y persisten, pero que se ocultan a la mirada distante de la reconciliación, la mirada de la unidad: “El proceso conjunto se presenta como unidad de proceso de producción y proceso de circulación”, el proceso de producción ya no se ve como interrupción sino como “mediador del proceso de circulación”; y recíprocamente.

Intenta así enfatizar más aún que la finalidad es la misma, que el “motivo impulsor” de los tres ciclos es idéntico, que son tres momentos de un mismo proceso cuyo destino único es la valorización del valor; e intenta también enfatizar aún más que esa unidad de destino de las formas del capital ha de producirse necesariamente (y hacerlo en todas sus formas, y en proporciones y ritmos adecuados a la sucesión de metamorfosis), porque ese destino es la reproducción del capital, que lleva consigo, “presupuesto”, el de la reproducción de las formas y sus ciclos.

Conviene, por tanto, precisar aspectos de esa reproducción global; conviene superar la fase analítico-abstracta desde la cual se ve la posibilidad y necesidad de la reproducción (cosa de sentido común) para pasar a fijar sus determinaciones formales y cuantitativas, para conseguir una representación más concreta de la misma.

Las figuras nos relatan, incluso retóricamente, la vida del capital desde un punto de vista; toda la vida del capital en un relato que sigue una de sus dimensiones. Para entendernos, como si narráramos la viuda de un personaje histórico escindida en tres relatos, respectivamente de su vida laboral o profesional, intelectual y amorosa. Podemos elaborar esos tres relatos separadamente, como si tuvieran lógica propia, sin ocultar sus desajustes y contraposiciones; y podemos, tras esa tarea analítica, intentar un relato único que no sólo nos permita ver la unidad desde las tres visiones, sino comprender éstas desde la unidad. Esta es la tarea de Marx, no sólo acceder al concepto de capital desde sus tres formas o modos de aparición, sino el de comprender mejor éstas desde la unidad del capital.

Si nos fijamos en las fórmulas, la forma I acaba en , que es una auténtica exhibición de la valorización, del éxito de quien conquista su destino; es el momento de apoteosis de capital, que muestra su triunfo y la posibilidad real de su existencia infinita; momento en que el capitalista duerme tranquilo. No sólo el capital -y el capitalista- se encuentran eufóricos en esa posición, sino que quieren llegar a ella lo antes posible. No obstante, y paradójicamente, esa es una posición efímera, se reduce a un momento fugaz, pues el capital -y el capitalista- se niegan a sí mismos manteniéndola mucho tiempo, han de salir de ella, han de seguir. El capital conforme a su concepto y el capitalista conforme al suyo no pueden dejar de bailar la danza de la valorización. Es su destino.

Por tanto, momento fugaz, efímero, sin duda, pues ha de seguir adelante, emprender un nuevo recorrido; pero, aun así, es la esperanza del viaje siguiente. Hay que alcanzar esa posición, pasar por ella una y mil veces, recorrer el circuito indefinidamente, gozar de las reiteradas conquistas de la posición , que a pesar de ser posada de tránsito nos revela que sigue su curso, que circula, que lleva una existencia conforme a su naturaleza.

Caro que si mantenemos la mirada analítica tal vez descubramos que ese paso por sí, es un momento de triunfo, pero que cualquier apoteosis que le acompañe será imaginaria; es como una victoria celebrada en la diáspora del exilio. En el fondo es una victoria empañada por la consciencia de que el amo no es verdadero amo en tanto necesita del esclavo, como enseñara Hegel. Y es que , que simboliza la posición de regreso triunfante, no permite el regreso completo; el éxito, la victoria, ha supuesto el fraccionamiento del capital, que ha debido viajar en trenes con diferentes recorridos y horarios, que no llegan al mismo tiempo ni a la misma estación. Ese condicionamiento no resta brillo a la victoria, pero sí le resta la euforia de la libertad: se descubre imaginario, se rompe el sueño de llegar transportando D y d, regreso del cazador y su caza; se descubre simbolización abstracta de un capital-dinero adelantado D y un plusvalor cazado en el camino que, en ese mismo camino, y para conseguir el objetivo, han tenido que fraccionarse, diferenciarse dispersarse, viajar cada uno como puede y, por tanto, con llegadas a su destino discontinuas, fraccionadas y dispersas, sin poder gozar de la reconciliación global en D´, donde disfrutar en conjunto su exitoso recorrido.

Este hecho, tan simple, en el fondo cuestiona ese momento de libertad o indeterminación del capital-dinero en ese punto, en tanto que una parte siempre sigue en el proceso, y cuando llega la anterior ha marchado. Lo cual es sólo un síntoma de una exigente determinación que se siente llegar, a saber, que en cuanto el dinero muta en capital-dinero y entra en el ciclo, como si fuera una nueva versión del pacto de Fausto con Mefistófeles, se condena a permanecer siempre allí, en su peculiar infierno, sin que le llega nunca la hora de salida. El ciclo del capital deviene una prisión para el dinero, para la riqueza; sólo estando dentro es capital y su salida es su negación. El ciclo es la prisión aurea, pero prisión, del capital. La figura I, bajo su apariencia de omnipotencia del capital, expresada en ese tránsito triunfal D – D´, esconde la miseria de éste en su condena a rodar y rodar ad infinitum.

Si nos detenemos ahora en la figura II, representada P ... Ck ... P, percibimos que, en apariencia, es más discreta, pues no expresa el feliz día de cobro, el momento del recuento final; nada en ella simboliza la valorización, que esperamos siempre en cualquier ciclo del capital. En cambio, aunque no se perciba, sabemos que es ahí, en la fase productiva, donde el capital ha cargado las maletas de plusvalor; más aún, sabemos que es ahí, en la producción, donde comienza y acaba la producción de valor; en consecuencia, sabemos que es en ese momento cuando se decide la fiesta final que culmina en . Notemos esta peculiaridad, el feliz acontecimiento tiene lugar lejos de donde se manifiesta, a distancia de donde se visibiliza; pero así son las cosas en este mundo extraño del capital. La figura II, decisiva en la aventura del capital, en la constitución del capital, se nos presenta casi ocultando su transcendencia; nada induce a sospechar que bajo la forma P … P, que espontáneamente induce a creer que allí nada cambia, en realidad se haya producido la mayor transformación imaginable, que allí se oculte el secreto del capital. Pero así es, también aquí el misterio se disimula bajo la simplicidad.

En fin, la forma III, que aquí Marx sintetiza en Ck ... P (M'), la forma del capital-mercancía, también reclama nuestra atención. Otras veces Marx usa como representación de este movimiento M´ … M´, que hace visible su comienzo en un valor ya valorizado y su final en un nuevo valor valorizado. Por tanto, también parece una función poco llamativa, que no cambia el statu quo; pero también aquí se oculta que ocurren cosas. En particular tienen lugar dos acontecimientos importantes, cada uno de los cuales expresa una de las dos tareas de la forma mercancía del capital imprescindibles en el ciclo de éste, tareas que ya conocemos bien. La primera tarea consiste en la actualización del plusvalor, en conseguir que sea realmente tal, es decir, en conseguir que el plustrabajo devenga plusvalor, que es ni más ni menos una característica esencial del capitalismo. Recordémoslo una vez más, hay muchos modos de producción, casi todos los conocidos e imaginables, basados en la extracción del plustrabajo, en la apropiación de trabajo no pagado; la “explotación” no es privilegio del capitalismo. Entre ellos se diferencian por los dispositivos o mecanismo que actúan en la apropiación: y, en este sentido, la peculiaridad del capitalismo se concreta en que realiza la apropiación traspasando, transubstanciado, el plustrabajo incorporado al producto P a plusvalor incorporado en la mercancía M´. Pues bien, esta peculiaridad es la que describe en sus símbolos la forma III.

La segunda tarea de esta forma, a la que hemos aludido, es nada menos que la realización del valor. Ya sabemos que, para ello, ha de salir de la producción y pasearse por la circulación. Pues bien, eso es lo que describe esta forma III, el paseo del valor por el mercado; no un paseo de un sujeto constituido, sino de un sujeto constituyente, mejor, autoconstituyentes; mejor aún, un sujeto en constitución de sí mismo. La realización del valor es su reconocimiento oficial como tal en el mercado. Este título no se persigue como fin en sí mismo, lo que sólo implicaría el regreso a la forma dinero, figura universal del valor de cambio; se persigue como instrumento, como requisito facultativo de una función socialmente reconocida. ¿Cuál es esa función? La de hacer posible que el capital siga fluyendo, lo que se consigue con la metamorfosis ya conocida M´- D´, y a partir de ésta con toda la sucesión de figuras que expresa condensadamente Ck.

Dicho con otras palabras, las dos tareas de esta forma III, a efectos prácticos, se concretan en la legitimación y el “blanqueo” de ese polizón, ese free rider, que es el plustrabajo, a fin de incorporarlo al mundo legal de las mercancías y, por su mediación, a la acumulación y reproducción del capital. Por tanto, la apariencia de humildad de la forma capital-mercancía, en la que el proceso que describe empieza en un capital valorizado y acaba en otro capital valorizado, en un ciclo formalmente nada sospechoso, también tiene sus momentos de intriga. Cada forma hace su papel, y las tres en conjunto, con sus forcejeos y resistencias, incluso con sus oposiciones y contradicciones entre sí, realizan la autocreación del capital, en el que están subsumidas.


3. La dialéctica entre el ser (el capital) y sus modos (las figuras).

La mirada de conjunto que aquí propone Marx tiene un objetivo muy importante. Además de posibilitar una representación más visible de conjunto y de precisar mejor las estrechas conexión entre los ciclos y sus figuras, así como sus relaciones, dependencias y oposiciones, todo lo cual contribuye a la mejor representación de las metamorfosis del capital…; además de todo esto, en lo que hasta ahora hemos insistido y que de momento seguiremos insistiendo, quiero decir que esta perspectiva global añade otro mérito, a saber, el de dar entrada al análisis de la conexión y dependencia del movimiento de los capitales individuales como partes del capital social global. El tratamiento analítico abstracto del movimiento del capital bajo la figura de capital individual abrirá paso a una mayor concreción, situando en el escenario de representación la diversidad de capitales individuales con su rica fenomenología de conexiones. Un escenario más complejo, pero por el que hay que pasar en ese camino hacia la representación concreta de lo complejo; de la misma manera que para pensar el ciclo del capital hemos partido del análisis de los ciclos de sus formas, para después unificarlas, en su momento habremos de tomar como parte la representación del ciclo del capital individual para, por su mediación, construir la representación concreta del capital tal y como existe, es decir, resultado de la fragmentación y conflicto entre los capitales individuales; en definitiva, hemos de pensar el capital como subsunción de la estructura de los capitales individuales en lucha por su subsistencia.

Esta es la idea que hemos de mantener en el horizonte; de momento hemos de insistir en la que nos conduce a ella, a saber, aún en el escenario del capital individual, pero ahora en la perspectiva general del mismo, tras pasar por el análisis de sus partes, de sus fases y figuras, tratando de construir la representación de su unidad, de su conjunto.


3.1. Sabemos hacia donde nos dirigimos, a saber, hacia la construcción del concepto de capital en general, superando el punto de vista del capital individual. Pero, antes de llegar a esa perspectiva, Marx se ve empujado a justificarla; y lo hace, por un lado, aprovechando la ocasión de pasar de las fases y ciclos de las formas del capital a la visión global del ciclo del mismo; por otro, sin desaprovechar el momento propicio para reflexionar sobre la marcha algunas cuestiones metodológicas, que tanto le gustaban y que tiene dispersas por sus obras, referidas a esos juegos entre lo universal y lo particular, y entre lo concreto y lo abstracto, que a los filósofos no nos es dado olvidar.

Tengamos presente que Marx poco a poco ha de ir sustituyendo la mirada sobre el capital individual, abstracción exigida por el análisis, por una descripción más concreta del capital social o conjunto combinado de los mismos. Esa estrecha interconexión se anuncia en las fórmulas, y podemos apreciarla formalmente si nos fijamos en las metamorfosis de la circulación. Efectivamente, en el intercambio de mercancías por dinero que aparece en el ciclo del capital, cuyo lugar es la circulación, intervienen una pluralidad de capitales. Por eso cada transacción tiene dos rostros, uno para cada uno de los capitales individuales que intervienen en ella: es D - M para el comprador y D - M para el vendedor. Este simple hecho nos indica la necesidad de superar la perspectiva analítica del capital individual y adoptar la del conjunto de capitales para llegar a la del capital en su conjunto. Para ello hay que profundizar más en esos movimientos en que emergen las figuras; y al profundizar aparecen nuevos problemas que hay que determinar. Marx ya nos lo advierte al decir:

“[Si nos atenemos] a la conexión entre los ciclos de los capitales individuales como movimientos parciales del proceso de reproducción del capital social total, entonces este último no se puede explicar por el mero cambio de forma de dinero y mercancía” [4].

Mantengamos aún y de momento la mirada en la conexión entre los diversos ciclos de un capital individual. Su absoluta dependencia quiere decir que el ser del uno le proviene del otro, o mejor, que el ser de cada uno le viene de la totalidad del proceso. Algo así como los modos de ser en la ontología spinoziana, que son en, por y para la sustancia de la que son manifestación o momento. Es algo tan simple como que en un círculo en rotación constante cada punto es al mismo tiempo punto de partida y punto de regreso, pero si se interrumpe la circulación se pierde esa regla, el punto de partida deja de ser punto de regreso. Marx dice:

“Así hemos visto que no sólo cada ciclo particular presupone (implícitamente) a los demás, sino, además, que la repetición del ciclo en una forma implica la descripción del ciclo en las demás formas. Así que toda la diferencia resulta puramente formal, o también diferencia subjetiva, sólo existente para el contemplador” [5].

Cada ciclo de una forma del capital es, pues, una forma particular del movimiento del capital. En la representación, en la abstracción analítica, el capital se encuentra al mismo tiempo en las diversas formas; ello implica lo que la fenomenología nos muestra, a saber, que el capital viaja fragmentado en las tres formas, y que sus partes viajan al mismo tiempo en las tres; las partes del capital individual, por tanto, viajan al mismo tiempo en distintos momentos del ciclo, ocupan a un tiempo sus distintas fases. Aquí la diversidad relevante es la diversidad de formas y fases del capital individual, es decir, que las tres figuras del capital que protagonizan los tres ciclos son formas del mismo capital individual. Como dice Marx, “en la realidad cada capital industrial individual se encuentra a la vez en los tres ciclos”. El mismo capital individual se escinde, se fragmenta, se divide en tres partes, cada una de las cuales está en uno de los ciclos que se realizan todos a la vez, uno al lado de los otros; en cada uno de ellos hay en cada momento una parte del capital. El capital tiene “horror vacui”, ocupa todos los ciclos y todos los momentos de cada uno de ellos; todos los trayectos y todo el recorrido, cada posición o momento de cada uno de ellos, está en continuo y continuamente ocupado, lleno, sin solución de continuidad. El vacío es la gran amenaza del flujo del capital, es su riesgo de muerte:

“La reproducción del capital en cada una de sus formas y en cada uno de sus estadios es tan continua como la metamorfosis de estas formas y el recorrido sucesivo de los tres estadios. El ciclo total es aquí, por lo tanto, unidad real de sus tres formas” [6].

El análisis ha exigido considerar que el capital en su conjunto iba pasando por las distintas figuras, tal que si estaba en D no estaba en M o en P, o si estaba en la circulación no estaba en la producción. Desde esa mirada determinada por el análisis el capital parecía productivo en ciertos momentos, mientras en otros simplemente circulaba, sin variar de peso; en cada ocasión tenía un solo y diferente traje. Ese capital de figuras intermitentes era una abstracción exigida por el análisis, pero si el conocimiento aspira a representar la realidad, tras pasar por las diferentes miradas analíticas parciales ha de saltar a la perspectiva de conjunto. La realidad siempre es concreta, y la reconstruimos como síntesis de determinaciones abstractas. Pues bien, en la realidad cada parte del capital individual ha de estar –salvo situaciones excepcionales de interrupción parcial del proceso- en una de esas diversas posiciones o figuras del ciclo; y, como veremos, ha de estarlo en condicione y proporciones determinadas. En ello le va la vida, es decir, la reproducción.

“El ciclo real del capital industrial en su continuidad es, por lo tanto, no sólo unidad de proceso de circulación y proceso de producción, sino también unidad de sus tres ciclos. Pero no puede ser esa unidad sino en la medida en que cada parte diferente del capital puede atravesar sucesivamente las sucesivas fases del ciclo, pasar de una fase o otra, de una función a otra, de modo que el capital industrial, como totalidad de esas partes, se encuentre simultáneamente en las diferentes fases y funciones y describa así simultáneamente los tres ciclos. La sucesión de cada parte está aquí determinada por la simultaneidad de las partes, esto es, por la división del capital” [7].

Si nos fijamos en cada una de las partes, sí que vemos que pasan de una a otra figura, siguen el proceso, realizan el ciclo; en el recorrido de las partes rige la discontinuidad, la constante interrupción, el cambio de figura, el paso de una forma a otra; en ese recorrido cada estadio sigue a otro y excluye a los demás. Pero si nos fijamos en la totalidad del capital individual, vemos que reina la más exigente continuidad, que fluye en todos los lugares y en todos los momentos. Esa es una característica técnica del capital, nos dice Marx, que no aparece en otras formas de producción; podríamos decir que pertenece a su concepto, a su imaginaria perfección, si se quiere, a su ideal, aunque no siempre se logre (pero en estos casos se debe a carencias y problemas del capital).

“Todas las partes del capital recorren una tras otra el proceso cíclico y se encuentran en un momento dado en diferentes estadios del mismo. De este modo el capital industrial, en la continuidad de su ciclo, se encuentra simultáneamente en todos los estadios y en las diferentes formas funcionales correspondientes a esos estadios. Para la parte que por vez primera se convierte de capital mercancía en dinero, se inaugura el ciclo M' ... M' cuando para el capital industrial considerado como un todo en movimiento el ciclo M' ... M' está ya recorrido. Con una mano se adelanta dinero, y con la otra se toma. La inauguración del ciclo D ... D' en un punto es al mismo tiempo su llegada a otro. Lo mismo se puede decir del capital productivo” [8].

Para Marx es importante resaltar este doble hecho: por un lado, que el ciclo real del capital industrial es unidad de los procesos de producción y circulación; por otro, que es unidad de los tres ciclos. Y esta doble condición se cumple si, y sólo si, una parte diferenciada del capital pasa sucesivamente por las sucesivas fases del ciclo, es decir, pasa de una a otra fase, de una a otra función, tal que el capital industrial, que es la totalidad de esas partes, pasa al mismo tiempo por los diversos ciclos y por cada uno de sus momentos.


3.2. Este énfasis hay que entenderlo desde la perspectiva de Marx, que siempre tiende a acentuar el carácter objetivo del proceso; si se prefiere, siempre tiende a plantear la producción capitalista no como una obra de arte, sino como una obra científica. El capital es un artefacto real regido por tendencias y determinaciones fuertes. Tanto es así que, en el hecho que ahora nos ocupa, el de la necesidad de que el capital individual esté siempre repartido entre los ciclos, nos dirá que no se trata de una determinación meramente cualitativa, sino también cuantitativa. El capital industrial individual, además de adoptar en cada momento y las tres formas, de aparecer simultáneamente en ellas, ha de hacerlo repartiendo su magnitud entre las mismas en proporciones bien definidas; o sea, aparte de la cualidad que adopte en cada momento y en cada fase, está allí presente siempre una magnitud finita, y su movimiento simultáneo en los ciclos requiere de unas proporciones determinadas, que escapan a la voluntad del capitalista:

Como el capital industrial individual representa una magnitud determinada que depende de los medios del capitalista y que tiene para cada rama industrial una magnitud mínima determinada, tienen que darse en su división determinadas proporciones. La magnitud del capital disponible condiciona el tamaño del proceso de producción, y éste el tamaño del capital-mercancía y del capital-dinero en la medida en que éstos funcionan al margen del proceso de producción” [9].

O sea, el proceso de producción capitalista está sometido a unas determinaciones técnicas que escapan a la voluntad subjetiva. La exigencia de simultaneidad, de que el capital pase al mismo tiempo por diversos circuitos y posiciones, implica la sucesión, es decir, que cada parte recorra al ritmo adecuado las diversas funciones; y esta sucesión cuantitativamente exige la proporción.

“La magnitud del capital disponible condiciona el tamaño del proceso de producción, y éste el tamaño del capital-mercancía y del capital-dinero en la medida en que éstos funcionan al margen del proceso de producción” [10].

Si se retrasa o interrumpe, o si las proporciones del reparto no son las adecuadas, se afectará al proceso, que sufrirá perturbaciones, estancamientos y disfunciones, más o menos graves.

“Si eso se prolonga durante algún tiempo, se limita la producción y todo el proceso llega a detenerse. Todo estancamiento de la sucesión desordena la simultaneidad; todo estancamiento en un estadio provoca un estancamiento mayor o menor del ciclo entero no sólo de la parte estancada del capital, sino también de todo el capital individual” [11].

Esta estrecha interdependencia de los ciclos no es nada mística, pues proviene de un hecho obvio, a saber, que cada uno es un elemento de reproducción del otro; no sólo que uno suceda al otro, sino que también cada uno produce al siguiente. Y así se cumple la máxima que Marx no se cansa de repetir: el capitalismo ha de reproducir todos sus elementos, y ha de hacerlo en cantidades, ritmos, orden y eficiencia inscritos en su ser, en su naturaleza, es decir, ajenos a la voluntad de sus ocasionales poseedores:

“Es una condición necesaria del proceso total de producción, particularmente para el capital social, el ser al mismo tiempo proceso de reproducción y, por lo tanto, ciclo de cada uno de sus momentos. Diferentes fracciones del capital recorren sucesivamente los diferentes estadios y las diferentes formas funcionales. Por eso cada forma funcional, aunque en ella se representa en cada momento una parte distinta del capital, recorre su propio ciclo al mismo tiempo que las demás recorren los suyos. Una parte del capital -pero una parte constantemente cambiante, constantemente reproducida- existe como capital-mercancía que se convierte en dinero; otra parte existe como capital-dinero que se convierte en capital productivo; una tercera parte existe como capital productivo que se convierte en capital-mercancía. La presencia constante de las tres formas está mediada por el ciclo del capital total a través precisamente de esas tres fases” [12].

La descripción que Marx nos ofrece del movimiento del capital, siempre conforme a su concepto, es la de una totalidad perfectamente funcional, la de un organismo bien dotado para la reproducción de sí mismo, hecho para su valorización. Puede sorprender esta imagen de apariencia contrafáctica respecto a la que nos da otras veces del capital, insistiendo en sus contradicciones y en su intrínseca irracionalidad; pero un concepto no tiene que ser -mejor, tiene que no ser- contradictorio aunque su referencia sea una realidad contradictoria.

Cuando decimos, por ejemplo, que el capitalismo en su lógica del desarrollo de las fuerzas productivas necesita educar, extender la información y el conocimiento, y por tanto la conciencia crítica, que rebelará a los sujetos contra el sistema (y en la medida en que esta tesis sea empíricamente cierta), esta “contradicción” no pertenece al concepto de capitalismo, sino a la realidad social que éste piensa. El capital, como dispositivo que pretende organizar y someter a su hegemonía los elementos productivos, que necesita usarlos en su valorización, junto a las esferas sociales que faciliten su destino, no es contradictorio en su concepto, como no lo es la teoría de la Física empleada en la construcción de dispositivos para resistir y vencer la fuerza gravitatoria, aunque no siempre lo consiga, o aunque no lo consiga en el grado deseable. Si la contradicción reside en la realidad, el concepto que la representa, para ser racional, ha de pensar la contradicción; pero sin que la enfermedad le afecte.

Volveremos en algún momento sobre este tema, que implica consideraciones de muy distintos géneros; de momento quedémonos con este énfasis marxiano en la perfección funcional del modelo productivo puesto por el capital, en su eficiencia para subsumir y gestionar una realidad contradictoria.

Fijaos en la descripción del capital, que el dios agustiniano o la natura nataurans spinoziana está en todas partes, apareciendo en ellas disfrazado de cosas, de modos, de figuras diversas cada una pugnando por permanecer en ser. El capital también está en todas partes del ciclo, que recorre fase tras fase, en un orden bien establecido, vistiéndose en cada estación debidamente, fluyendo de una forma-función a otra…; fijaos la manera marxiana de describir las formas como realidades fluidas, a la vez simultáneas y sucesivas, cada una siguiendo a la anterior y precediendo a la siguiente, posibilitando ésta y a su vez siendo posibilitada por aquella, tal que la llegada de una parte del capital a una forma va acompañada de la llegada de otra parte a otra… Leed atentamente el siguiente texto y comprobad los recursos expresivos usados para resaltar la unidad y la dependencia, la resistencia del ser a la definición, fluyendo y disociándose continuamente, aludiendo a esa presencia extendida en cada lugar, tiempo y figura, a ese existir siempre en el camino, sin quedar fijo en un punto, haciendo del movimiento su único modo constante de ser:

“El capital como un todo se encuentra, pues, simultáneamente, en copresencia espacial, en sus diferentes fases. Pero cada parte pasa constantemente y por turno de una fase, de una forma funcional, a otra, y así actúa sucesivamente en todas. Las formas son, de este modo, formas fluidas cuya simultaneidad está mediada por su sucesión. Cada forma sigue a otra y la antecede, de modo que el regreso de una parte de capital a una forma está condicionado por el regreso de otra parte a otra forma. Cada parte describe permanentemente su propio ciclo, pero es cada vez una parte distinta del capital la que se encuentra en esa forma, y esos ciclos particulares constituyen sólo momentos simultáneos y sucesivos del decurso total” [13].

Der aquí se concluye que el proceso total se cumple en la unidad y continuidad de los tres ciclos; y que la interrupción es el enemigo del capital. Pero también podríamos añadir, para evitar encantamientos, que la unidad basada en la continuidad de las partes, requerida del fraccionamiento y la lógica del capital, provoca inexorablemente y siempre una eterna inquietud; por ello la figura , como imagen plácida y satisfecha del regreso al bolsillo del dinero adelantado con el plusvalor conseguido, es ficticia; si en este mundo la dicha no es nunca absoluta y eterna, el capital sirve de metáfora del mismo.

Podemos constatarlo recordando que, en la abstracción analítica del ciclo estático, el culminaba el destino del capital y satisfacía el deseo del capitalista. Ahora bien, en la perspectiva real, dinámica, el capital que en un momento aparece en esa posición de valorizado no es nunca D´, el capital-dinero en su totalidad; sólo es una parte, D1´, la que llega, mientras las otras, D2´, D3´…, están aún en otras figuras del ciclo, por ejemplo, como medios de producción aún no consumidos, como mercancías aún no vendidas, etc. Por tanto, en la aposición persiste la inquietud; la familia está dispersa incluso en Navidad. La llegada de D1´ es importante, pero se notan las ausencias; además, D1´  sabe que no tiene la opción de esperar, o de buscar el refugio eterno; ha de seguir, pues para que esas otras partes de la familia tengan la oportunidad de llegar, de finalizare su recorrido, es conditio sine qua non que el mundo gire, que el capitán siga circulando, que D1´ siga su marcha en un nuevo ciclo, y así ininterrumpidamente.


3.3. La prisión sólo es efectiva para las cosas finitas, no para las omnipotentes, que se sienten capaces de desafiar todo límite. El capital vive enjaulado, enclaustrado, pero tiene la confianza que da saber que siempre se le abrirá una ventana para la huida. Sí, siempre es posible drenar dinero del circuito; siempre es posible cerrar el negocio por liquidación, realizando el valor que se pueda. Pero, en sentido riguroso, esa opción es metafóricamente un suicidio; incluso en ese caso, la conversión del capital en dinero equivale a la transfiguración del capitalista en “hombre rico”, figura reverenciada por los pobres pero secundaria en el reino del capital, donde el avaro atesorador es el gran enemigo. Por ello esa huida al monasterio de las riquezas es poco probable, escasamente deseada. La riqueza puede ser el sueño de los de abajo, pero sólo es el suelo de los de arriba; el fin de la pobreza y el inicio del capital.

Si el capital abandona su lugar, el modo de ser que le proporciona la subsistencia y genera su crecimiento, sólo le queda el aislamiento improductivo del desierto o el traslado a esos plácidos lugares del capitalismo senior; se sale de la agitación del capitalismo industrial, que exige mono de faena, para reinstalarse en una de esas cómodas figuras que le ofrece el sistema, como la del capital financiero, que rememora reciclada la del rentista precapitalista improductivo. En todo caso, para lo que aquí nos interesa, lo relevante es captar y valorar en este mundo del capital su resistencia objetiva a dejar de ser capital, su potencia para imponerse disciplina y reproducir su orden; y, para ello, su eficiencia al determinar la voluntad de su propietario, “voluntad” de la que se alimenta como combustible de su máquina.

Evidentemente, a pesar de la fuerza de inercia del capital a seguir de capital, -hemos llegado a decir que es más esencial a su concepto la reproducción que la producción o la acumulación-, en los capitales individuales siempre hay momentos de interrupción; la continuidad se rompe en uno u otro punto, y no a gusto de su dueño. Por un lado, porque las masas de valor se distribuyen, según las épocas, en diferentes proporciones entre los ciclos, las posiciones y las funciones; buscando plusvalía, el capital es siempre nómada, debe abandonar unos lugares para instalarse en otros, ha de distribuir su fuerza de formas diversas según la fertilizad de los terrenos, como hacen los pastores. Además, las proporciones en la distribución del capital difieren también en función del tipo de mercancía producida, según la esfera de la producción, pues en cada una hay determinaciones técnicas que afectan a la ratio.

En fin, y no pretendemos una lista exhaustiva, la continuidad puede verse afectada por factores externos estacionarles, contingentes. Es decir, el capital tiene su orden y el capitalista no puede decidir su ritmo y sus reglas; su continuidad, pues, siempre está en riesgo, el cual en gran parte se deriva de su esencia: no puede no aspirar a la máxima plusvalía relativa, al máximo crecimiento. Marx advierte de esa amenaza trágica:

“Todo estancamiento de la sucesión desordena la simultaneidad; todo estancamiento en un estadio provoca un estancamiento mayor o menor del ciclo entero no sólo de la parte estancada del capital, sino también de todo el capital individual” [14].

Factores diversos que amenazan el buen rumbo del capital no faltan; para detectarlos y valorarlos se requiere previamente conocer la vida del capital, sus costumbres, sus pasiones ocultas, o sea, la compleja “fórmula” de su movimiento. Exteriormente, como venimos viendo, el movimiento del capital se presenta como un proceso cíclico, de sucesión de figuras que a su vez tienen su propio ciclo; figuras satélites que giran sobre sí mismas y acompañan al capital en su movimiento ensimismado alrededor del círculo de la nada, tal vez un agujero negro.

“La forma inmediata en que se presenta el proceso es la forma de una sucesión de fases tal que el paso del capital a una nueva fase está condicionado por su abandono de la anterior. Por eso cada ciclo particular tiene una de las formas funcionales del capital por punto de partida y punto de regreso” [15].

El proceso global, como el del sistema solar, es compacto, unitario, y exige que los movimientos de “rotación” y de “traslación” guarden entre sí relaciones fijas, proporciones adecuadas. Cualquier alteración en un momento o estadio supone la reestructuración de las otras partes; y el colapso, la interrupción, es el comienzo del fin.

“Por otra parte, el proceso en su conjunto es de hecho la unidad de los tres ciclos que son las diferentes formas en las que se expresa la continuidad del proceso. El ciclo total se presenta para cada forma funcional del capital como ciclo específico suyo, y de tal modo que cada uno de esos ciclos condiciona la continuidad del proceso total; el circuito de una forma funcional condiciona el otro. Por otra parte, el proceso en su conjunto es de hecho la unidad de los tres ciclos que son las diferentes formas en las que se expresa la continuidad del proceso. El ciclo total se presenta para cada forma funcional del capital como ciclo específico suyo, y de tal modo que cada uno de esos ciclos condiciona la continuidad del proceso total; el circuito de una forma funcional condiciona el otro.” [16].

Como podemos percibir, para Marx es muy importante pensar las partes desde la unidad del conjunto, que es la forma de aprovechar el análisis que hasta ahora ha llevado a cabo, el modo de dar sentido a la abstracción. Si antes acentuábamos la distinción en el ciclo entre las esferas de la producción y la circulación, ahora hay que reafirmar su unidad y ver también el ciclo como proceso de reproducción; sólo así se comprende la relación entre los ciclos, el sentido de sus desfases en sus movimientos. Veamos esta idea expuesta en la siguiente larga cita, pero que no lograríamos acortar con paráfrasis:

“Diferentes fracciones del capital recorren sucesivamente los diferentes estadios y las diferentes formas funcionales. Por eso cada forma funcional, aunque en ella se representa en cada momento una parte distinta del capital, recorre su propio ciclo al mismo tiempo que las demás recorren los suyos. Una parte del capital -pero una parte constantemente cambiante, constantemente reproducida- existe como capital-mercancía que se convierte en dinero; otra parte existe como capital-dinero que se convierte en capital productivo; una tercera parte existe como capital productivo que se convierte en capital-mercancía. La presencia constante de las tres formas está mediada por el ciclo del capital total a través precisamente de esas tres fases. El capital como un todo se encuentra, pues, simultáneamente, en copresencia espacial, en sus diferentes fases. Pero cada parte pasa constantemente y por turno de una fase, de una forma funcional, a otra, y así actúa sucesivamente en todas. Las formas son, de este modo, formas fluidas cuya simultaneidad está mediada por su sucesión. Cada forma sigue a otra y la antecede, de modo que el regreso de una parte de capital a una forma está condicionada por el regreso de otra parte a otra forma. Cada parte describe permanentemente su propio ciclo, pero es cada vez una parte distinta del capital la que se encuentra en esa forma, y esos ciclos particulares constituyen sólo momentos simultáneos y sucesivos del decurso total. Sólo en la unidad de los tres ciclos se realiza la continuidad del proceso total, sin la interrupción antes descrita. El capital social total posee siempre esa continuidad y su proceso posee siempre la unidad de los tres ciclos” [17].


3.4. En el mundo del capital lo que tiene movimiento propio es el valor, considerado como algo que tuviera vida propia, independiente; las variaciones en los elementos materiales (cuantitativos) de sus elementos y formales de sus figuras son formas de expresarse, de manifestarse, de hacerse visible, esa vida secreta del calor.

Esta conceptualización marxiana podría verse desde nuestra mentalidad positivista como pariente próximo de la metafísica hegeliana. Tal vez sea “hegeliana” en buena medida, pero “metafísica” sólo lo es en el vocabulario positivista, hábitat privilegiado de la metafísica de la presencia, en el cual lo que no aparece, lo que no está manifiesto, no es, o algo peor, es un ser maligno de la metafísica sublunar. Todo lo que no se deja ver en 3D es invisible, y por tanto metafísico para la “metafísica de la presencia”, que diría Heidegger.

Ahora bien, en el pensamiento marxiano lo metafísico es lo opuesto a lo dialéctico; y, en este sentido, una ontología metafísica es la que apuesta por la cosificación de las esencias, sean éstas las “ideas” platónicas que pueblan el monte eidético, sean los “fenómenos” empíricos, las “ideas” lockeanas o humeanas que habitan en la mente de los hombres. Marx, por sus parte, consciente del problema, asume con claridad una ontología dialéctica en que el ser, siempre histórico y efecto de la práctica, siempre producto, es pensable desde categorías también históricas y prácticas. Es el caso del valor, ontológicamente irreductible a ente de la metafísica de la presencia, que se resiste a aparecer, que se deja ver a través de otros modos, que late, vive en y se manifiesta a través de las distintas figuras del capital. Dice al respecto, adelantándose a quienes pudieran ver en este tratamiento del valor una “abstracción”:

“Los que consideran la independización del valor como una mera abstracción olvidan que el movimiento del capital industrial es esa abstracción in actu. El valor atraviesa aquí diferentes formas, diferentes movimientos en los que se mantiene y, al mismo tiempo, se valoriza, aumenta” [18].

Releamos la cita para poner a prueba nuestra capacidad crítica. Frente al positivismo, que desprecia el valor como mera extravagante abstracción, como fantasma metafísico, Marx hace el siguiente desafío; el valor es… el capital industrial en movimiento, in actu. ¿Es éste observable? Sí, es visible, comprobable y medible. No es un fantasma, es real y empíricamente perceptible. Pero aparece de diversos modos, con distintos disfraces; su ser no se agota en una representación. Cuando le llama “valor de cambio”, cuando aparece con esta expresión en el intercambio de mercancías, -un modo de ser positivo, cuantificable de la manera más rotunda y efectiva, como nuda cantidad dineraria-, ¿acaso no presenta realidad empírica?, ¿no es positividad? Pero el valor no se reduce a eso; ni es sólo “capital industrial in actu”, ni es sólo “calor de cambio”, ni es sólo “tiempo de trabajo no pagado” (que, por cierto, tal vez no sea vea pero sin duda se nota, se siente)… El valor como categoría desarrollada ha de contener, y así poder expresar, una pluralidad de determinaciones, esa diversidad con la que el capital gusta de presentarse en escena.

En el planteamiento marxiano tiene mucha relevancia la “independencia” del valor, entendida de manera radical. Sin duda independencia de la voluntad del propietario, pero también de la voluntad general, construida en la interactividad del mercado entre los agentes; independencia sin duda respecto al trabajo real, concreto, invertido en la producción, pero también respecto al trabajo abstracto y a su medida en el tiempo de trabajo. Independencia, en fin, respecto al fenómeno contingente del mercado, al juego de la oferta y la demanda. Ya iremos viendo esta independencia en diversos capítulos a lo largo del Libro II. Y veremos entonces que esa “independencia” no es absoluta, no es indeterminación; es independencia determinada, cuyos límites los pone, por decirlo de manera genérica, el nivel de desarrollo socia de la producción, la potencia productiva histórica. Ya lo veremos.

Aquí Marx plantea la cuestión de la “independencia” del valor en un ámbito muy restringido, para argumentar la autonomía del valor-capital, y de su movimiento, contra su dependencia de la voluntad del capitalista, o sea, contra el subjetivismo; aquí sólo aborda la cuestión de la seguridad y la continuidad del movimiento del valor-capital, su constancia y sus dependencias para mantener su ciclo, su reproducción.

A este respecto nos dice que esa independencia se constata, se manifiesta, en los momentos de las revoluciones del valor, en los cambios del capital social, que ponen en juego la sobrevivencia del capital individual. Para Marx esos cambios en el valor transcienden la voluntad del capitalista, y ponen a éste a merced del orden del capital. Un orden que a veces proporciona constancia y estabilidad, y en ocasiones, dada su naturaleza contradictoria, se ve afectado por vaivenes y convulsiones tan violentos como las fuerzas de la naturaleza. Veámoslo en esta extensa cita:

“Como aquí nos ocupamos, por el momento, de las meras formas del movimiento, no tenemos en cuenta las revoluciones que puede sufrir el valor capital en su proceso cíclico; pero está claro que, pese a todas las revoluciones del valor, la producción capitalista no existe ni puede seguir existiendo más que mientras se valorice el valor capital, esto es, mientras el valor capital describa, como valor independizado, su proceso cíclico, mientras las revoluciones del valor sean de un modo u otro dominadas y equilibradas” [19].

El planteamiento analítico le lleva a hacer abstracción de las “revoluciones” que pueda sufrir el valor-capital en su movimiento cíclico; en esa medida, el problema queda muy circunscrito, pero de modo muy abstracto: todo se reduce a una tesis casi tautológica, a saber, que el valor-capital sigue su curso, la producción capitalista se mantiene, mientras el valor capital se valorice. Lo cual es una obviedad. Y poco contenido añade que Marx añada una nueva afirmación de lo mismo, a saber, “mientras el valor capital describa, como valor independizado, su proceso cíclico”; o una simple condición empírica para que el ciclo, y por su mediación la valorización, lleguen a buen puerto: “mientras las revoluciones del valor sean de un modo u otro dominadas y equilibradas”. Como digo, es una afirmación tautológica, a la que poco añaden esas descripciones de las condiciones empíricas para que se cumpla la valorización. Pero enseguida pasa a dar entrada a la función de la voluntad particular en esta valorización, y a valorar su efectividad frente a la autonomía del movimiento del valor-capital independizado. Y este punto es mucho más interesante. Dice:

“Los movimientos del capital aparecen como actos del capitalista industrial individual, en el sentido de que ese capitalista actúa como comprador de mercancías y de trabajo, vendedor de mercancías y capitalista productivo, o sea, que con su actividad media el ciclo. Si el valor capital social experimenta una revolución de su valor, puede ocurrir que el capital individual del capitalista sucumba a esa revolución y perezca, porque no pueda cumplir las condiciones de dicho movimiento del valor. Cuanto más agudas y frecuentes se hacen las revoluciones del valor, tanto más se impone, frente a la previsión y el cálculo del capitalista individual, el movimiento del valor independizado, movimiento automático que actúa con la violencia de un proceso elemental de la naturaleza; y tanto más se somete el curso de la producción normal a la anormal especulación, tanto mayor se hace el peligro para la existencia de los capitales individuales” [20].

En el primer párrafo adopta el registro subjetivista, desde la posición del capitalista y su papel como mediador del ciclo; en esta perspectiva, el capitalista parece dirigir el proceso, aunque limitado al de su capital individual particular. Esta gestión, obviamente, estará subordinada a los movimientos generales del capital, a las alteraciones y convulsiones, ritmos y obstáculos, del capital social, con el que cada capitalista individual ha de interactuar. Es decir, el capitalista individual ha de enfrentarse a las “revoluciones del valor”. Y es aquí donde Marx fija su tesis: cuanto mayores son estas revoluciones del valor del capital mayor es la hegemonía del capital frente a la voluntad del capitalista individual. Por eso habla del “valor independizado”, que muestra su movimiento como efecto inmanente de su desarrollo, minimizando y marginalizando la presencia de la voluntad subjetiva del capitalista. Marx, pues, establece que, cuando el valor capital se agita y convulsiona la función del capitalista pierde efectividad y pasa a la subordinación. De ahí que concluya su argumentación así:

“Esas revoluciones periódicas del valor confirman, pues, lo que supuestamente habían de refutar: la independización que experimenta el valor en cuanto capital, y que sigue recibiendo y agudiza por su movimiento” [21].

Me interesa resaltar el contexto en que ha situado la reflexión, como si se partiera de una situación en la que, efectivamente, el capitalista ejerce un poder efectivo en el desarrollo del capital, para desde ella describir la pérdida progresiva de esa presencia determinante motivada por las conmociones del capital, que fuerza sus formas sucesivas, futuras, para sobrevivir, para salir adelante. El valor capital va ganando autonomía, va imponiendo a la voluntad individual su determinación. No es difícil pensar que esa entrega y subordinación de la voluntad subjetiva a la determinación objetiva no es resultado de una lucha externa entre ambas, como si tuvieran direcciones contrapuestas; en rigor, pensar su dialéctica exige, sin duda, reconocer estas contradicciones, pero también exige pensar la unidad y dirección que pone la forma en la que ambas, la determinación subjetiva de la voluntad presente del capitalista y la objetiva del valor independizado, están subsumidas. Y esa forma, la forma capital, “quiere” el éxito de ambas, el triunfo del capitalista y del capital; y su hegemonía y su poder de sobredeterminación hará que la voluntad del capitalista acabe haciendo suya, en los límites históricos que corresponda, esa determinación objetiva del valor. En palabras más comprensibles, el capitalista acaba sometido al valor porque su objetivo particular es la valoración de su capital y la determinación que rige el valor la valorización del capital en general. Es una dialéctica, por si os parece más conocida, que la sumisión del individuo a la ley del Estado, a la voluntad general.


4. La creciente autonomía del capital.

Marx dedica varias páginas a defender la tesis según la cual la sucesión de metamorfosis del capital en los ciclos supone “una comparación constante de las alteraciones de la magnitud de valor del capital consumadas en el ciclo con el valor inicial” [22]. Es obvio que el valor comienza a independizarse en D - F, es decir, en la compra de la fuerza de trabajo; y que la independencia se realiza en el proceso de producción, con la explotación de esa fuerza de trabajo. Y es igualmente obvio que esa independencia no vuelve a aparecer en los diversos cambios que sólo son cambios en la forma del valor.

Ahora bien, si comparamos los valores-mercancías en diferentes épocas, aparecen algunas cuestiones relevantes. Marx dice que se comete un error cuando se identifica el valor con el valor de cambio, pues así se toma por valor lo que es sólo una forma del valor. Esta identificación tiene por efecto que los valores-mercancía dejen de ser comparables en cuanto dejen de actuar como valores de cambio, en cuanto no puedan realiter cambiarse unas con otras. Dice refiriéndose a Bailey, quien caería en este error al defender que “el valor es una relación entre mercancías contemporáneas, porque sólo tales mercancías son susceptibles de cambio unas por otras”:

“Bailey no sospecha siquiera que el valor no funciona como valor capital, como capital, más que en la medida en que en las diferentes fases de su ciclo -que de ninguna manera son contemporary, sino que van una tras otra- se mantiene idéntico consigo mismo y se compara consigo mismo” [23].


4.1. ¿Qué hay en juego en este debate, a primera vista técnico? Algo que intuyo como muy importante. Comencemos por describir el escenario de representación. En pleno proceso productivo, mientras tiene lugar el ciclo del capital, en su exterior, en su contexto, pueden producirse cambios, e incluso revoluciones, importantes (crisis, descubrimientos científico-técnicos, desplazamientos geopolíticos…) que afecten a los valores de los capitales ya en juego. Un capitalista individual puede pensar – mejor, puede esforzarse en creer- que eso no va con él, que el valor de su capital quedó establecido cuando cambió su dinero por Mp + Ft, que ese valor ha de ser su referencia y que exigirá que, cuando llegue su producto a la circulación, sea reconocido en el mercado conforme a ese valor. Será pregonar en el desierto. Sus interlocutores, los otros capitalistas individuales, se encogerán de hombros como indicación de que presente sus quemas a Herr Kapital, sordo a estas pequeñas contingencias. Éste, personificación del capital social, sólo entiende la voz del mercado, que de forma alta y clara dice siempre: el valor capital lo fija el mercado en tiempo real, sea cual fuere el valor de adquisición; si ahora los mismos medios productivos, -fuerza de trabajo o máquina o materias primas-, pueden conseguirse con menos dinero, éste será su valor, diga lo que diga su propietario. De ahí que Marx advierta a Bailey que ni siquiera las fases, y menos aún los ciclos, son “contemporary”; entre ellos puede haber profundas diferencias generadas desde el exterior, por los cambios en el valor de los elementos productivos.

Ciertamente, en el análisis del ciclo del capital individual se supone -por abstracción analítica- que el valor-capital no cambia, que se mantiene el mismo en las distintas fases; pero en la realidad no es así, como se constata intuitivamente, y por ello Marx, que ya está pasando a un análisis más concreto, más ajustado a la realidad, ha de introducir el cambio de valor en el ciclo del capital, el cambio del valor capital en pleno proceso productivo, en definitiva, tener en cuenta en el análisis las “revoluciones” del valor. Es el modo de avanzar el conocimiento, siempre hacia mayor concreción tras pasar por la abstracción analítica. En esta nueva fase aumentan las exigencias, las determinaciones escénicas; y desde ellas nos damos cuenta que la fórmula que representa el ciclo del capital individual no sólo expresaba la ley del intercambio general de mercancías por su valor, sino también el supuesto, la premisa abstracta, de las condiciones inmutables del valor capital durante el ciclo. Así, tomando consciencia de los límites analíticos, si queremos avanzar en la concreción hemos de revisar ese supuesto. Y este es el foco de la cuestión que hemos de abordar ahora.

Tomemos P … P, y hagamos abstracción de todas las revoluciones técnicas que pudieran darse mientras dure el proceso con consecuencias en la valorización o desvalorización del capital productivo de un capitalista determinado; y hagamos también abstracción de cualquier cambio en los componentes de los medios de producción que afecte al valor del capital-productivo y, por tanto, al valor del capital-mercancía que se está produciendo. En la posición del capital todo parece correcto, pues se desarrolla conforme a lo previsto, sin alteraciones en el valor. Tanto es así que el capitalista vende su por su valor, y queda satisfecho.

Supongamos ahora que mientras se ha vendido por su valor real ha subido el valor de algún medio de producción (algodón, carbón…) usado en el proceso productivo en cuestión. Nuestro capitalista individual ha pasado de M´[= M + m] a D´ [=D +d], y ha separado la magnitud de valor-capital adelantado, para su fondo de amortización como requiere la reproducción, y la magnitud que destinará a su propio consumo y al fondo de acumulación. Claro, si cuando va a adquirir los medios de consumo, tanto los productivos como los individuales, han aumentado su valor, necesitará aportar más capital-dinero de lo previsto, sea nuevo, sacado de sus riquezas o ahorros, o sacrificando alguna partida de m, normalmente la destinada a la reproducción ampliada. En cambio, liberará capital-dinero si la situación ha cambiado en sentido contrario, si los precios han bajado.

El proceso no discurre con toda normalidad más que cuando las relaciones de valor se mantienen constantes; y discurre de hecho mientras las perturbaciones de la repetición del ciclo se compensan; cuanto mayores sean las perturbaciones, tanto más capital-dinero tiene que poseer el capitalista industrial para poder esperar a que se produzca esa compensación; y como en el proceso de la producción capitalista se amplía la escala de cada proceso de producción individual y, con ella, la dimensión mínima del capital que hay que adelantar, aquella circunstancia se añade a las demás que convierten progresivamente la función del capitalista industrial en un monopolio de grandes capitalistas en dinero, individuales o asociados” [24].

Este efecto no se manifiesta exactamente igual en cada figura. Supongamos una variación de precios en un momento dado, con un proceso en funcionamiento (si fuera al inicio absoluto de un proceso productivo no habría caso). En D … D´, que representa el capital invertido por vez primera, la cantidad D dependerá de la subida o bajada de los precios antes de “iniciar” el siguiente ciclo del negocio; esta variación “previa” al inicio del ciclo productivo afectará al “capital inicial”, D, necesario para iniciarlo. En cambio, en los ciclos P … P y M´… M´ (prescindiendo de cuando P y se consideran como acumulación, o sea, resultado de la conversión de capital-dinero en capital-mercancía o capital-productivo) el efecto es diferente. Como al producirse el cambio ya había capital productivo en funcionamiento, y sin tener en cuenta la repercusión de los cambios de valor exteriores durante el proceso de producción, en estas dos fórmulas lo afectado no es el capital-inicial, como en D … D´, sino el capital-industrial que ya está en proceso de reproducción. O sea, el efecto se produce en M´… M [=Mp + F], que es el momento de la retransformación del capital-mercancía en elementos de producción, en capital productivo.

“En la baja de valor (o baja de precio) hay tres casos posibles: el proceso de reproducción se continúa a la misma escala; entonces se libera una parte del capital-dinero anterior y hay acumulación de capital-dinero sin que haya habido acumulación real (producción a escala ampliada) ni la conversión -que inicia y acompaña a la acumulación real- de d (plusvalía) en fondo de acumulación; o bien el proceso de reproducción se amplía a escala mayor de lo que en otro caso lo habría sido, si es que lo permiten las proporciones técnicas; o, por el contrario, se forma reservas de materias primas, etc., mayores” [25].

Lógicamente, cuando sube el valor de los elementos de substitución los efectos son inversos. Pero aquí lo relevante es ver que los cambios de valor afectan al ciclo, a las fases, a la reproducción, de los capitales individuales, y en consecuencia del capital social. Este efecto es al margen de la voluntad del capitalista y expresa la autonomía del valor en su movimiento. Y como estos efectos crecen a medida que lo hace el desarrollo del capital, y especialmente al intensificarse la interdependencia entre los capitales individuales y extenderse en universo de los mismos, todo lleva a establecer que la autonomía del movimiento del valor crece inexorablemente, y a costa de la voluntad subjetiva del capitalista privado. Sólo Herr Kapital,  que al fin es la personificación del capital social, está exente de ese conflicto entre la determinación objetiva que mueve al capital y su propia voluntad como representante de la propiedad colectiva del mismo.

Ahora bien, en estas dos figuras, P … P y M´… M, pueden darse circunstancias particulares poderosamente modificadoras en positivo o negativo de esos efectos; es el caso de estar en posesión de potentes reservas de materias primas, energías, etc., o grandes stocks de mercancía. Hay otras circunstancias de distinta entidad, como el momento preciso en que tiene lugar el cambio de valor, que también interviene en el efecto global. Supongamos la transformación M´ - D - M [= Mp + Ft], que describe sólo la parte de que va a reproducción simple de la producción, dejando m de lado. Si el paso M´ - D, realización del capital-mercancía, tiene lugar antes del cambio de valor de M, el valor-capital sólo es afectado en el segundo acto de la circulación, D – M [= Mp + Ft]; por tanto, será un efecto negativo si el cambio es subida de valor y positivo si es bajada. En cambio, si M´ - D es posterior al cambio de valor de M, los efectos serán inversos: negativo si es bajada y positivo si es subida. En fin, el repertorio de circunstancias que afectan y condicionan los cambios de valor es inacabable. Marx lo señala así:

“Los efectos sobre los diferentes capitales individuales invertidos en una misma rama de la producción pueden ser muy diferentes, según las diferentes circunstancias en que acaso se encuentren. La liberación y la vinculación de capital-dinero pueden nacer también de diferencias en la duración del proceso de circulación, o sea, de la velocidad de la circulación. Pero esto corresponde al estudio de la rotación. Aquí sólo nos interesa la diferencia real que se manifiesta, a propósito del cambio de valor de los elementos del capital productivo, entre D ... D' y las otras dos formas del proceso cíclico” [26].

Lo cual nos emite a los próximos capítulos, confirmando que cuanto más avancemos en la concreción del análisis mayor será la cantidad de efectos “exteriores” sobe el valor y el resultado del ciclo; en definitiva, más se pondrá de relieve la realidad objetiva del movimiento del capital.


4.2. El avance en la concreción analítica pone de relieve lo que ya sabemos, lo que tantas veces afirmamos, pero sin detenernos a su examen minucioso. Es un tópico que la producción es siempre social; y esta sentencia debería llevarnos -al menos tendencialmente y como objetivo último- a situarla en el escenario social, con toda su complejidad y variedad. Ciertamente, ello complica mucho el análisis, como acabamos de percibir en el mero hecho de plantear el ciclo del capital privado en un universo social abstracto, donde el capital social aparecía indefinido, como mero contexto genérico desde el que seleccionar algunas determinaciones. Pero tener presente el objetivo final ya es algo importante, que nos aporta orientación.

Ahora Marx sitúa el ciclo en un universo aún más concreto que el capital social, que el modo de producción; lo plantea en la formación social, donde conviven en relaciones complejas, frecuentemente contradictorias, diversos elementos y formas de producción de otros modos, lanzados a la cuneta de la historia, pero que han sobrevivido en el tiempo y se han adaptado a la hegemonía del capital, al menos en aquel capitalismo adolescente y novicio de los tiempos de Marx. No hace falta decir que esta presencia en el mercado, lugar de reunión social por excelencia entre las distintos personajes, nativos y extranjeros, originarios de diversos modos de producción, constituye un escenario especialmente sugerente para hacer valer la ontología marxiana como una dialéctica de la subsunción.

El punto de partida es muy verosímil, pues nos dice que las mercancías que se encuentran en el mercado, procedan de la producción capitalista o de cualquier otro modo de producción de mercancías, se incorporan a los canales de circulación y olvidan su origen, entrando en una vida normal en ese reino, moviéndose y enfrentándose como ciudadanos libres e iguales. Es decir, parte de las mercancías de los otros modos de producción pasarán al consumo individual capitalista, parte al consumo de los trabajadores capitalistas y parte al consumo productivo capitalista, o sea, como medios de producción del capitalismo. Claro está, movimientos semejantes se dan en la dirección de las mercancías capitalistas hacia el consumo exterior al capitalismo, aunque aquí nos interesan más los anteriores.

“En la sección D – M [= Mp + Ft] de la circulación y en la época del modo de producción capitalista ya desarrollado y, por lo tanto, predominante, una gran parte de las mercancías de que constan Mp, los medios de producción, será ella misma capital-mercancía ajeno en funciones” [27].

Es curioso que Marx denomine al capital-mercancía ajeno “en funciones”. Pero no nos detengamos aquí, de momento. Metámonos dentro de ese mercado variopinto y multiétnico, para ver de cerca lo que pasa allí. Lo primero que vemos es que, no podía ser de otro modo, se respetan rigurosamente las leyes de la circulación de mercancía; esta ley republicana no tiene excepciones. Y lo segundo que vemos es que no hay discriminación alguna; todas las mercancías bailan al mismo ritmo y con la misma música, la del mismo equivalente universal de cambio. Tras lo común, obviamente, aparecen las particularidades de una sociedad multiétnica, y también hemos de llegar a ellas. Marx ya lo advierte, pues, aunque desde el punto de vista del propietario de capital-mercancía, de , su intercambio M´- D´ se hace como vendedor, que simplemente convierte capital-mercancía en capital-dinero, nos dice “eso no vale de un modo absoluto” [28], dejándonos con el suspense del enigma. ¿Por qué no vale de un modo absoluto? Porque ahora, en este escenario, en el mercado conviven transacciones capitalistas con no capitalistas; el intercambio M – D cuando el vendedor es un productor directo que vende su exceso de producción para, por medio del dinero, acceder a otras mercancías que necesita y no produce, no es un intercambio de capital-mercancía en capital-dinero. Todas las transacciones que ocurren en el mercado son formalmente idénticas, oficialmente correctas; pero bajo esa máscara de la figura homogeneizadora se ocultan realidades bien diferenciadas. Rodos usan el mismo idioma oficial, pero éste siempre oculta el otro al que traduce, el que proviene de la propia patria.

Por lo demás, el mercado es formalmente homogéneo y uniformizador, permitiendo y estimulando las metamorfosis y trasmutaciones materialmente inverosímiles e inimaginables. En la superficie, en la vida oficial, todo queda igualado:

“Dentro de su proceso de circulación, en el que el capital industrial funciona como dinero o como mercancía, el ciclo del capital industrial -ya sea en condición de capital-dinero, ya en la de capital-mercancía- se entrecruza con la circulación de las mercancías de los más diversos modos sociales de producción, en la medida en que también éstos sean producción de mercancías” [29]

Eso es lo normal, la circulación no es un territorio capitalista; puede ser ocasionalmente su colonia, estar bajo su imperio, pero es en esencia y por tradición territorio franco en el que conviven como ciudadanos libres e iguales figuras de múltiples orígenes, idiosincrasia, condición y destino. Lo reconoce Marx con la siguiente claridad:

“Ya sea la mercancía producto de la producción basada en la esclavitud, ya sea producto de campesinos (chinos, ryots indios) o de comunidades (Indias Orientales holandesas), ya lo sea de la producción estatal (tal como aparece, sobre la base de la servidumbre, en pasadas épocas de la historia rusa), ya de pueblos cazadores semisalvajes, etc., el hecho es que en cuanto mercancía y dinero aparece frente al dinero y las mercancías en las que se presenta el capital industrial y entra en su ciclo exactamente igual que en el de la plusvalía sostenida por el capital-mercancía, en cuanto esa plusvalía se gasta como renta; o sea, que entra en las dos ramas de la circulación del capital-mercancía” [30].

No hay diferencias ni jerarquías, ni incluso entre los dueños de la metrópolis; las mercancías y el dinero de los “otros” medios de producción no capitalistas conviven con el capitalismo en ambas vías de la circulación, la que recorre M y la que recorre m. No sólo es así, sino que se hace ostentación de que así sea; ni siquiera a las figuras capitalistas les interesa marcar diferencia. No olvidemos esto, pertenece a la esencia del capital reproducirse y valorizarse respetando las leyes, usos y costumbres de las mercancías; pero tampoco olvidemos que las otras mercancías entran tanto en el ciclo del capital industrial como en el de la circulación del plusvalor. No hay rutas sagradas privilegiadas, en la circulación todo acceso es igualitario:

“Es indiferente el carácter del proceso de producción del que vengan esas mercancías; como mercancías funcionan en el mercado, como mercancías entran en el ciclo del capital industrial al igual que en la circulación de la plusvalía portada por él. Es, pues, el carácter omnilateral de su origen, la existencia del mercado como mercado mundial, lo que caracteriza el proceso de circulación del capital industrial. Y lo que vale de las mercancías ajenas vale del dinero ajeno; al igual que el capital-mercancía funciona frente a él exclusivamente como mercancía, así también este dinero funciona frente al capital-mercancía exclusivamente como dinero; el dinero funciona aquí como dinero mundial” [31].

En ese escenario quisiera resaltar dos ideas. Una, que cuando tenga lugar D - M [Mp + Ft] las mercancías dejan de ser tales y pasan a ser medios de producción, uno de los modos de existencia de P, el capital-productivo. Y cuando eso pasa se borra el último rastro de su origen, del país de procedencia; podríamos decir, que se anulan las credenciales “étnicas”. Tala vez eso es lo que quería decir Marx al hablar del capital industrial “en funciones”. En todo caso, cuando pasan a capital productivo industrial las mercancías son realmente “iguales” en tanto realizan la misma función; tienen el mismo carnet de identidad. Ahora bien,

“eso no quita que para su reposición sea necesaria su reproducción, y en esta medida el modo de producción capitalista está condicionado por modos de producción que se encuentran fuera de su estadio evolutivo. Pero su tendencia busca transformar en producción mercantil, en la mayor medida posible, toda producción; su medio capital para ese fin es precisamente esa inserción de toda producción en su proceso de circulación; y la producción mercantil desarrollada es ella misma producción capitalista de mercancías. La intervención del capital industrial promueve en todas partes esa transformación, y con ella también la conversión de todos los productores inmediatos en trabajadores asalariados” [32].

La otra idea relevante es que esas mercancías, sea cual fuera su origen y modo de producción, “se enfrentan al capital-industrial en la forma de capital-mercancía”. Aunque no fuera capital en su lugar de producción, en su modo de producción, lo es de forma manifiesta al pasar por D – M [= Mp] en el mercado capitalista; pero de hecho lo es antes, al entrar en el mercado capitalista (recordemos, libres e iguales…), al pasar a capital-mercancía en la forma de capital-mercantil-comercial, capital del comerciante. Esta figura del capital-mercantil es poderosamente inclusiva, que reparte generosamente las credenciales identitarias de capital-mercancía a todas ellas, sin reparar en el modo de producción de donde proceden.

El capital-mercantil tiene esta específica e importante función. Si ya sabíamos que para que haya capitalismo ha de haber producción a cierta escala, de cierta magnitud, ahora también sabemos que se requiere cierto volumen de circulación, una alta escala de compra-venta. Es decir, se requiere la figura del comerciante, y no la diseminada y fragmentada de los consumidores. El comerciante no es un accidente en el devenir del capitalismo; y mucho menos un obstáculo; en realidad es una de sus condiciones de posibilidad. Y aunque a veces no sea una persona jurídica diferenciada, pues un capitalista industrial puede comprar o vender a otro directamente sus productos-mercancías, en rigor actúan de comerciantes, hacen su función de compra-venta en gran escala: “Cada capitalista industrial es en esta medida vendedor directo, es su propio comerciante, cosa que, por lo demás, es también en la venta al comerciante” [33].


5. El capital en el ágora.

Una última reflexión para cerrar este capítulo 4. Una reflexión a la que Marx nos invita y que personalmente alabo, pues se trata de poner el capital y sus formas en su relación con las de los otros modos de producción, que conviven subsumidos en el orden del capital o sobreviven en sus márgenes. Relación importante siempre, pues el conocimiento aspira a la máxima concreción y ésta exige la presencia de todos los elementos constitutivos de la realidad; relación imprescindible en la escenografía en que lo sitúa Marx, para dar cuenta de los orígenes del capital, de su proceso de conquista de la hegemonía en un territorio otrora poblado de otras figuras, repleto de elementos, relaciones, formas y procesos precapitalista. Residuos de la historia de una sociedad, que tuvo vida antes de la constitución del capital como forma dominante; restos de un pasado que tuvo que ceder las llaves al capital cuando no su ordenamiento fue incapaz de seguir manteniendo viva la sociedad, la lucha de los hombres por su sobrevivencia.

Ya lo dijimos, el capital no aparece como invasor exterior; surge en el interior de un orden que le precede, como las fases del ciclo, como los ciclos del proceso de reproducción del capital, respondiendo a la misma ontología dialéctica. El capital nace en otros modos de producción, limitado y subordinado a sus relaciones, subsumido en su forma; y logra abrirse paso, arraigar y crecer, invertir la subordinación, pasar a ser hegemónico y subsumir el viejo ordenamiento, primero formalmente, luego realmente. Por eso es imprescindible que ese momento de interacciones sea puesto en escena, pues tras el orden puro del capital, reflejado en la abstracción de su existencia aislada y autosuficiente, conviene comprender su forma de existencia impura real, con las resistencias y límites inherentes a la relación de subsunción.

Quiero dejar apuntado, aunque aquí no entre en la cuestión, que esta puesta en relación del capital con las figuras no capitalistas en que convive, es importante no sólo para comprender el pasado, sus momentos originarios, o incluso la permanencia de los residuos a lo largo de su historia, -de su historia impura, en la que el capital, con todo su poder, nunca ha sido omnipotente, siempre ha encontrado resistencias y límites-; también es conveniente, e incluso necesario, para comprender el modo de ser del capital de su presente y futuro, en convivencia con las formas y las relaciones de modos de producción nuevos, que retan su hegemonía; elementos que, como el capital en su día, han nacido en territorio extraño, en los dominios del capital, subordinados a sus orden, subsumidos en su forma, pero que pugnan por arraigar y crecer, por romper con su sumisión, y sueñan con la hegemonía.

Es ésta una perspectiva de análisis que solemos olvidar. Bajo la hegemonía capitalista vemos toda la realidad como creación del capital, y así nos negamos la posibilidad de reconocer lo nuevo, el elemento postcapitalista que, con la fuerza de la naturaleza, brota entre las grietas del mundo del capital. Esa ceguera, efecto metodológico, nos imposibilita pensar la alternativa si no es en un apocalíptico proceso de annihilatio y creatio ex nihilo, que condensa la idea de revolución en un instante, mejor, en una suspensión del tiempo, en una ruptura del ser. Y, sobre todo, esa ceguera nos impide buscar en el presente del capital los elementos extraños subsumidos que expresan su alternativa; aunque unos serán abandonados en la cuenta de la historia, otros acabarán configurando un nuevo orden, en el que las relaciones capitalista pasarán de hegemónicas y dominadoras a subsumidas y subordinadas, cumpliendo así el ciclo de la justicia cósmica que anunciara en los orígenes de la filosofía el fragmento de Anaximandro, que el subjetivismo contemporáneo no quiere ni recordar.

Sí, pienso que situar la producción capitalista en su relación con otras formas de producción con las que convive, las cuales invisibiliza con su potente hegemonía actual, es la manera de avanzar en una idea concreta del capital. La historia triunfante del capital se dio en el contexto plural y “multiétnico” que Marx describe en el texto que aquí nos ocupa; pero la historia de su envejecimiento y derrota tendrá lugar en otra batalla, en su confrontación con elementos y relaciones nuevos, aparecidos en su seno, florecidos en sus carencias, que se irán dejando ver en la medida en que usemos la mirada adecuada, en la medida en que los busquemos aquí, en el territorio del capital, y no en la pureza platónica del ser nacido tras el paso del ángel exterminador.


5.1. Volvamos al texto. Marx apenas nos ofrece un tímido acercamiento a esa puesta en escena de una esfera de circulación multiétnica, en la que el capitalismo convine en estrecha relación, juntos pero no revueltos, con otros modos de producción; el mercado público es un excelente lugar de convivencia de la pluralidad; las leyes de este país, de la república de las mercancías, son igualitarias y tolerantes.

Como digo, nos ofrece una breve descripción de esa situación, casi un boceto, pero suficiente como insinuación, como guía, como señal de la buena dirección del conocimiento. Parte de una representación del proceso de circulación de una diversidad de actores. En su momento, cuando describíamos simbólicamente el espacio de la circulación, recurrimos a una imagen del Mercado con dos puertas exteriores (además de las dos aduanas que lo comunicaban con la Fábrica); las denominamos Puerta del dinero y Puerta de los tres arcos. La verdad es que después usamos poco estas imágenes, pero ahora pueden sernos útiles. Especialmente ésta última, la Puerta de los tres arcos. El nombre pretendía indicar que por ella entraban y salían mercancías de muy diverso origen y de muy distinta naturaleza. Ahora nos viene bien. Por un arco de esa puerta entran sólo las mercancías del productor directo, que proceden de otros modos de producción (las del ciclo del capital pasan por aduana para cambiar de ciudadanía), parte de las cuales irán al consumo individual y parte al productivo (sea como Mp capitalista sea como instrumento de trabajo precapitalista); a la entrada, pues, se les reconoce como productos con origen, pero tras cruzar la puerta ya son sólo mercancías del mercado, sin señas de identidad, que se cruzan e intercambian con las de origen capitalista. Por otro arco salen, abandonan la circulación, las destinadas al consumo individual, sin distinción de origen o nacimiento (procedan de la producción capitalista o no capitalista), ni de destino (consumo individual de los capitalistas, los obreros y los trabajadores no capitalistas). En fin, por el tercer arco salen las mercancías instrumentos de trabajo, unas proceden del ciclo del capital y otras del productor directo. Todo ello en un movimiento ininterrumpido y con estrechas conexiones, que Marx representa en las siguientes fórmulas:


                      {M  -          D – M [= Mp + Ft] … P (P´)}

II)    P …  M´   -   D´

                      [m -           d – m]


                      {M  -          D – M [= Mp + Ft] … P  … M´}

III)       M´    -      D´

                      [m -          d – m]


El proceso que representa la circulación en general, sea en la forma mercantil M – D – M, sea en la mercantil capitalista, D – M – D, “solo representa “las dos series contrapuestas de metamorfosis mercantiles, cada una de las cuales implica a su vez la metamorfosis contrapuesta por parte de la mercancía ajena o del dinero ajeno que se enfrenta a ella” [34]. La primera, M – D, simboliza el punto de vista del propietario vendedor, que empieza con su producto P que lleva al mercado como ; la segunda, D – M, representa la posición del comprador que pasa a propietario. Claro está, la primera metamorfosis, M – D, de la mercancía en M – D – M, es la segunda que se representa en D – M – D. Con lo cual se ve que M – D para el poseedor de mercancía (vendedor) es D – M para el poseedor de dinero (comprador). Por tanto,

“Así, pues, lo que se mostró acerca del entrelazamiento de la metamorfosis de la mercancía en un estadio con la de otra mercancía en otro estadio vale también para la circulación de capital en la medida en que el capitalista actúa como comprador y vendedor de mercancía, y, por lo tanto, su capital funciona como dinero frente a mercancía ajena o como mercancía frente a dinero ajeno. Pero ese entrelazamiento no es al mismo tiempo expresión del entrelazamiento de metamorfosis de los capitales” [35].

Lo interesante es desvelar qué significa que no haya “entrelazamiento de metamorfosis de los capitales”. Marx nos ha clarificado que hay entrelazamiento de la metamorfosis de mercancías de diferentes fases, que unas pasan desde fuera al ciclo del capital y otras desde éste al consumo no capitalista. También nos dice que hay entrelazamiento entre los capitales, pues el capitalista funciona como comprador y como vendedor de mercancía, con lo cual su capital funciona como dinero frente a la mercancía ajena y como mercancía frente al dinero ajeno. En cambio, deja muy claro que “ese entrelazamiento no es al mismo tiempo expresión del entrelazamiento de metamorfosis de los capitales” [36].

Para comprenderlo, fijémonos en D - M (Mp), en cuya transacción se aprecia que sí puede representar un entrelazamiento de las metamorfosis de diferentes capitales individuales. Por ejemplo, imaginemos que se cambia hilado por carbón: el hilador vende su hilado y con el dinero compra carbón, que es una M (Mp); a su vez, el carbonero que le ha vendido el carbón recibe el valor de éste en forma de capital-dinero. Un mismo acto de circulación supone metamorfosis contrapuestas de dos capitales industriales (de diferentes ramas), que se entrelazan.

Ahora bien, cuando un capitalista compra Mp, éstos no tienen necesariamente que ser capital-industrial, mercancías producidas por otro capitalista; pueden provenir de otro modo de producción. Por tanto, siempre hay D - M y M - D, pero estas simbolizaciones no siempre expresan que haya entrelazamiento de metamorfosis de capitales cuando, como es el caso, se supone la presencia de mercancías y dinero que existen al margen de la producción capitalista, coincidiendo con ella sólo en la circulación. Además, incluso en la circulación capitalista, es obvio que D - Ft no es nunca entrelazamiento de metamorfosis de capitales, pues, aunque Ft es mercancía del trabajador, no se convierte en capital hasta que no se vende. Esto es lo que ocurre con las mercancías de los otros modos de producción, que sólo son capital-mercancía en manos del capitalista.

Fijémonos aún en M´ - D´. Vemos que el no tiene siempre que ser capital-dinero resultado de la transformación de un capital-mercancía; puede ser simplemente monetización, forma dineraria de la mercancía Ft, (o sea, salario), o del producto del trabajo de un autónomo, un siervo o de la comunidad [37]. La conclusión que Marx quiere extraer es que la función que desempeña una metamorfosis en el ciclo de un capital individual no siempre representa en el ciclo de otro capital la metamorfosis contrapuesta. En sus propias palabras:

“no se puede decir de ninguna manera, respecto del papel funcionalmente determinado que desempeña cada metamorfosis que ocurre dentro del proceso de circulación de un capital individual, que represente en el ciclo de otro capital la metamorfosis contrapuesta, si es que presuponemos que toda a producción del mercado mundial se lleva de modo capitalista [38]”.

Y nos ofrece los siguientes ejemplos. Fijémonos en el ciclo P … P. El que monetiza a puede ser “por la parte del comprador monetización sólo de la plusvalía (cuando la mercancía es un artículo de consumo)”. Fijémonos ahora en D' - M' [= Mp + Ft], en que M´ incluye el capital acumulado. En este caso “el D' puede entrar, para el vendedor de Mp, sólo como reposición de su adelanto de capital, o no entrar en absoluto en la circulación de su capital, a saber, si se desvía hacia el gasto de la renta” [39]. Consideraciones que llevan a Marx a la siguiente conclusión: el modo de sustituirse recíprocamente los diferentes elementos del capital social no se reduce a los entrelazamientos en la circulación; la cosa es más compleja de lo que se ha visto hasta ahora y necesita una investigación más a fondo.

“Hasta el momento, todos se han contentado en esta cuestión con meras frases que, analizadas más atentamente, no contienen más que ideas imprecisas tomadas en última instancia de los entrelazamientos de metamorfosis que son propios de toda circulación de mercancías” [40].


5.2. Ese análisis de fondo no se hará en este capítulo; tampoco sería el mismo especialmente atractivo para nuestro propósito, la ontología de Marx. No obstante, Marx está en condiciones de extraer algunas peculiaridades de la producción capitalista, frente a otras formas de producción, que para nuestro objetivo son especialmente interesantes.

En primer lugar, nos dice, los elementos constitutivos del capital-productivo proceden del capital-mercancía, y se renuevan tomándolos de aquí, de la circulación; por tanto, se compran como mercancías; pero, al mismo tiempo, el producto del proceso de trabajo sale con la condición de llegar a ser mercancía, e inexorablemente se tiene que vender como mercancía. Por tanto, el proceso de renovación del capital industrial, y por tanto el movimiento entre los ciclos, depende del desarrollo de la producción. Nos ofrece un ejemplo muy elemental, pero que precisa el objetivo que persigue:

“Compárese, p. e., un moderno granjero arrendatario de la Baja Escocia con un pequeño campesino continental a la antigua. El primero vende todo su producto y, por lo tanto, tiene que comprar todos los elementos de ese producto, incluso la semilla, en el mercado; el otro consume directamente la mayor parte de su producto, compra y vende lo menos posible, fabrica herramientas, vestidos, etcétera, él mismo dentro de lo posible” [41].

Conclusión, elementos tan importantes como la monetización están en función del desarrollo; el capital no es una idea platónica, fija y eterna, sino un dispositivo práctico, en continua autoproducción, reajustándose constantemente a las circunstancias. Em continua evolución:

“Por eso se ha contrapuesto unas a otras la economía natural, la economía monetaria y la economía crediticia, como las tres formas económicas de movimiento características de la producción social” [42].

Marx entiende que esas tres formas no corresponden a tres fases evolutivas de la misma importancia. La economía crediticia es una variante de la monetaria, pues ambas designan “funciones o modos de tráfico” entre los productores, En el capitalismo desarrollado la monetaria no aparece ya más que como fundamento de la crediticia; ambas corresponden a dos estadios de evolución, pero “en modo alguno son formas de tráfico independientes frente a la economía natural” (de la cual, por cierto, también hay diversas variantes). Y, en esta descripción, hay que destacar que las distinciones no se basan en la intensidad productiva de cada una, sino en el “modo de tráfico entre los diversos agentes de la producción”; igual ocurre en la natural (trueque, “estado incaico peruano”).

En segundo lugar, la economía monetaria es común a toda producción de mercancía, y el producto aparece cono mercancía en los más diversos organismos de la producción. En eso el capitalismo no se individualiza. Lo característico y peculiar del capitalismo es el “ámbito en el que el producto se produce como artículo comercial, como mercancía”, lo que implica que sus componentes entren también en ese ámbito como mercancías [43]. Marx quiere decir que la economía capitalista, cuya forma general es la forma mercantil, lo es porque el trabajo aparece en ella como mercancía, “porque el trabajador vende su trabajo, esto es, la función de su fuerza de trabajo, y ello, según damos por supuesto, por el valor determinado por sus costes de reproducción” [44]. Esta es una peculiaridad del capitalismo como economía mercantil: todos los elementos que forman parte están allí como mercancías.

“En la medida en que el trabajo se va haciendo trabajo asalariado, el productor se va haciendo capitalista industrial; por lo que la producción capitalista (y, por 1o tanto, también la producción mercantil) aparece con toda su dimensión sólo cuando ya hasta el productor agrícola directo es trabajador asalariado. En la relación entre capitalista y trabajador asalariado la relación monetaria, la relación entre comprador y vendedor llega a ser una re1ación inmanente a la producción misma” [45].

Ahora bien, esa relación monetaria de asalariado descansa “en el carácter social de la producción, no en el modo de tráfico”; el tipo de tráfico nace del carácter social. El burgués, que sólo tiene en la cabeza su negocio, no ve que el tipo de tráfico deriva del carácter social del modo de producción, sino al revés. (Tesis importante, pues desvincula la relación salarial de la producción capitalista, viéndola subsumida en esta) [46].

Así se cierra la reflexión marxiana sobre las metamorfosis, que recorre los cuatro primeros capítulos de la Sección I, que he considerado desde el principio -y me reafirmo en ello ahora al final- como el lugar privilegiado para familiarizarnos con su ontología. Quiero, pues, para finalizar, resaltar el papel en ese proyecto de las últimas páginas del capítulo, las comentadas en este último apartado. Efectivamente, al situar Marx las figuras del mundo del capital, sus modos de ser, en relación con las de otras formas de producción que conviven en el mismo escenario de la circulación, (no en el de la producción, pues quien entre ahí deviene sí o sí capitalista), y al describir sus relaciones, nos ha permitido ver un aspecto importante, a saber, que la misma figura, incluso la misma metamorfosis, sirve para representar dos realidades muy diferentes; dicho de otro modo, que bajo la misma representación, bajo la identidad fenoménica, se ocultan dos modos de ser distintos. La M que simboliza la mercancía en la metamorfosis M – D, y que representa tanto la que el productor directo lleva al mercado, como la Ft que lleva el obrero, como la que lleva el capitalista, en los dos primeros casos no es capital, es mera mercancía, -en uno es mero producto del trabajo y en el otro fuerza de trabajo- y en el tercero es mercancía-capital valorizado. Y eso es así objetivamente. Claro está, también se refleja en la subjetividad de sus respectivos representantes, el productor directo, el obrero y el capitalista; pero es un reflejo peculiar, nada especular, que funda el materialismo marxiano, y que lo hace de modo muy diferente a la de otros pasajes, que permiten su caricaturización “mecanicista”.  

Efectivamente, en estas reflexiones está implícita la fundamentación de su materialismo, en otras palabras, dichas reflexiones se articulan en una ontología materialista no escrita. La tesis marxiana de la primacía del ser sobre la conciencia, a veces formulada como dependencia y subordinación del pensamiento a las condiciones materiales de vida, adquiere ricos matices desde estas reflexiones sobe la función de las figuras en las metamorfosis. No se trata de decir que el obrero ve las cosas como obrero y el capitalista como capitalista, cada uno con las gafas que le ha impuesto la historia o la contingencia; dicho así nos vemos arrastrado, sin quererlo, al relativismo de Protágoras, cuando no al del mismo Nietzsche. No, la diferencia no surge del instrumento ni de la subjetividad, sino que objetivamente la identidad en el fenómeno oculta la diferencia en la esencia. El dinero es siempre dinero, decimos ingenuamente; al fin, siempre sirve para lo mismo. No, es siempre lo mismo y sirve para lo mismo en el universo de la circulación; y digo “es”, y no “parece”, porque no se trata de un juego entre el ser y la apariencia, sino entre dos modos de ser, ambos reales. Poseyendo el mismo dinero y la misma mercancía, unos poseen dinero y otros capital-dinero, unas mercancías y otros capital-mercancía. Los poseedores son unificados en la circulación y diferenciados en la producción; poseen lo mismo y no poseen lo m ismo. Ven lo mismo en la superficie, en el mercado, y no ven lo mismo en la producción, en el con sumo. Usan las mismas reglas, piensan lo mismo, en la circulación y no piensan lo mismo fuera de ella. Piensan desde sus condiciones materiales de existencia, claro, pero no como condición subjetivista, sino porque esas condiciones determinan el ser que son, el ser de lo que poseen, el ser de las relaciones que pueden establecer con las cosas y con las representaciones de las mismas. No es que tengan otra lógica u otro vocabulario; es que en nuestras antípodas es de noche cuando aquí es de día.


6. Reflexiones finales.

Nuestra lectura propiamente dicha de las metamorfosis del capital acaba aquí, con el M-V. Por tanto, nuestra reflexión sobre las metamorfosis se ha cerrado, y creo que le hemos extraído bastante jugo. Lo que sigue son notas de distintos momentos que guardan relación con el tema añadidas por el editor. Las recojo aquí con ligeros comentarios o paráfrasis para que os sirva de “ejercicio” y con la esperanza de que ayuden a clarificar algún concepto -y por aquello de que en nuestros días las notas marginales se han convertido en lugares privilegiados para los doctorandos e investigadores para encontrar temas. Como lugares vírgenes, menos trillados por nuestra voraz actividad depredadora, proporcionan a veces sensaciones de novedad no despreciables.

Se trata aquí de reflexiones marxianas que abundan sobre aspectos del mismo tema, pero que están poco trabadas. En la primera se destaca cómo el capitalista, en su doble función de comprador y vendedor, saca y entra en el mercado capital en formas y cantidades variables. Por un lado, nos dice, entra más mercancías que saca, y cada vez saca más, al menos como tendencia; y en esta diferencia se juega su ser. Es decir, argumenta que el ser del capital se dice en esa diferencia entre el valor-capital que entra a la circulación y el que sale de ella:

“El capitalista arroja a la circulación menos valor en forma de dinero que el que retira de ella, porque arroja más valor en forma de mercancía que el que ha retirado en forma de mercancía. En la medida en que actúa sólo como personificación del capital, como capitalista industrial, su aportación de valor-mercancía es siempre mayor que su demanda de valor-mercancía. La compensación exacta de su aportación y de su demanda en este respecto equivaldría a no valorizar su capital; éste no habría funcionado como capital productivo; el capital productivo se habría convertido en capital-mercancía no preñado de plusvalía; no habría absorbido de la fuerza de trabajo durante el proceso de producción ninguna plusvalía en forma de mercancía, o sea, que no habría funcionado en absoluto como capital; el capitalista tiene efectivamente que «vender más caro que lo que ha comprado», y no puede conseguir eso más que transformando, por medio del proceso de producción capitalista, la mercancía más barata, porque menos valiosa, que ha comprado, en una mercancía más valiosa, o sea, más cara. Vende más caro no porque venda por encima del valor de su mercancía, sino porque vende mercancía de un valor superior a la suma de valor de los ingredientes de su producción” [47].

La cuota de valorización crece con la diferencia entre su oferta (valor-mercancía que aporta al mercado) y su demanda (valor-mercancía que saca del mercado). Por tanto, no persigue equilibrar ambas, sino el máximo desequilibrio posible. Y lo que vale para el capitalista individual, dice Marx, vale para la clase capitalista. Por tanto, en cuanto al Mp:

“En la medida en que el capitalista personifica el capital industrial, su propia demanda consiste sólo en demanda de medios de producción y fuerza de trabajo. Su demanda de Mp, considerada en cuanto a su cualidad de valor, es menor que su capital adelantado; compra medios de producción por un valor menor que el valor de su capital y, consiguientemente, de valor aún mucho menor que el del capital-mercancía que aporta” [48].

Y en cuanto a la Ft:

“Por lo que hace a su demanda de fuerza de trabajo, está determinada, en cuanto a su aspecto de valor, por la relación entre su capital variable y su capital total, o sea, es igual a v/C; y por eso en la producción capitalista, esa demanda, considerada proporcionalmente, es cada vez más pequeña comparada con su demanda de medios de producción. El capitalista es, de manera constantemente creciente, mayor comprador de Mp que de Ft [49] .

Este es un problema que atrae de forma especial la atención de Marx, pues en esa tendencia se expresa una profunda contradicción entre el capital y el trabajo: el crecimiento del capital no va acompañado de un crecimiento proporcional del capital variable, y eso tiene poderosos efectos sociales, con el empobrecimiento creciente del trabajador, pero también efectos desequilibrantes del propio sistema capitalista, cuya existencia larga y pacífica se basa en el mantenimiento de su capacidad para cumplir con sus leyes constituyentes, que ya hemos visto son exigentes cualitativa y cuantitativamente. La siguiente cita, nos revela algunos de esos efectos:

“En la medida en que el trabajador gasta generalmente su salario en medios de vida, y la casi totalidad del mismo en medios de vida imprescindibles, la demanda de fuerza de trabajo por el capitalista es, al mismo tiempo e indirectamente, demanda de los medios de consumo que entran en el consumo de la clase obrera. Pero esa demanda es igual a v, y ni un átomo más (si el trabajador ahorra algo de su salario –aquí prescindimos inevitablemente de todas las relaciones de crédito-, eso significa que convierte en tesoro una parte de su salario y no aparece por tanto como sujeto de demanda, como comprador). El límite máximo de la demanda del capitalista es C = c + v, pero su aportación es igual a c + v + p” [50].

Por tanto, como siempre se tiende a sacar menos valor del que entra al mercado, éste va creciendo en cuanto al valor-capital que circula por él. El capitalista tiene su capital repartido entre el mercado (circulación) y la fábrica (producción). El primero va creciendo por introducción (“clandestina”) en el mismo de p. Cuanto más crezca p, más crece la diferencia entre lo que aporta y lo que demanda el capitalista al mercado. Y ello a pesar de que su demanda es creciente, tanto mayor cuanto mejor le vaya el negocio.

Ahora bien, con el progreso de la producción la demanda relativa de fuerza de trabajo por el capitalista - y, por ello, indirectamente, su demanda relativa al mercado de medios de vida imprescindibles- crece en menor medida que su demanda de medios de producción; por otro lado, no hay que olvidar que su demanda media de Mp es siempre menor que su capital. Leed con atención la siguiente cita, tal vez la veréis de utilidad actual:

“Por eso su demanda de medios de producción tiene que ser siempre de menor valor que el producto-mercancía del capitalista que trabaje con igual capital y circunstancias por lo demás iguales y que le suministre esos medios de producción. El que se trate de muchos capitalistas y no de uno sólo no le hace a la cosa. Suponiendo que el capital del primer capitalista sea de 1.000 libr. est. y la parte constante del mismo 800 libr. est., su demanda a la totalidad de los segundos capitalistas es de 800 libr. est.; todos juntos ofertan por 1.000 libr. est. (con independencia de la parte de ellas que corresponda a cada uno y de la parte del capital total de cada uno que constituya la cantidad que le corresponda), y, con tasa de beneficio igual, medios de producción por valor de 1.200 libr. est.; su demanda, pues, cubre sólo 2/3 de la oferta de los demás, mientras que su propia demanda total es sólo = 4/5 de lo que él mismo oferta, considerado según la magnitud de valor” [51].

En fin, cerremos aquí esta entrega sobre el capítulo de “las tres figuras del capital”. Como su contenido es más escaso y ligero que el de otras sesiones, os adjunto un extenso pasaje del texto marxiano que equilibre el esfuerzo. Está en líneas con lo aquí tratado, a saber, esa obsesión de Marx por argumentar la objetividad del proceso de producción capitalista; está en línea, pues, con nuestra pretensión de ir configurando la ontología activa de El Capital.  Vale la pena leerlo, y no ver en el texto “la verdad”, sino un reto a no aceptar los tópicos, aunque sean las máximas de nuestros Lares y nuestros Penates, sin antes pensarlos y hacerlos nuestros sólo tras la crítica. Ahí va:

“Toda crisis disminuye momentáneamente el consumo de lujo; hace más lenta, retrasa la reconversión del (Ilb)v en capital-dinero, sólo la posibilita en parte y lanza así al arroyo a una parte de los trabajadores del lujo, mientras por otra parte, y precisamente por esto, dificulta y disminuye también la venta de los bienes de consumo necesarios. Por no hablar ya de los trabajadores improductivos despedidos al mismo tiempo, los que reciben por sus servicios una parte del gasto en lujo de los capitalistas (estos trabajadores son ellos mismos, por tanto, artículos de lujo) y que, en particular, participan intensamente también en el consumo de medios de vida necesarios, etc. y a la inversa en el período de prosperidad y señaladamente durante el tiempo en que florece la especulación, cuando ya por otras causas cae el valor relativo del dinero, o sea, su valor expresado en mercancías (sin que, por lo demás, haya una real revolución del valor), de modo que el precio de las mercancías sube con independencia de su propio valor. No sólo aumenta entonces el consumo de medios de vida necesarios; la clase obrera (en la que ahora entra activamente su entero ejército de reserva) participa también, momentáneamente en el consumo de los artículos de lujo que en otras circunstancias le son inaccesibles, y además en el consumo de la clase de artículos de consumo necesarios que en otro caso son en gran parte medios de consumo «necesarios» sólo para la clase de los capitalistas; cosa que, por su parte, provoca un alza de los precios. Es pura tautología decir que las crisis se deben a falta de consumo solvente o de consumidores solventes. El sistema capitalista no conoce más tipos de consumo que los que pagan, exceptuando los consumos sub forma pauperis o los de los «rateros». Que unas mercancías son invendibles quiere decir exactamente que no han hallado compradores solventes es decir consumidores solventes (ya se compren las mercancías en última instancia para servir al consumo productivo, ya para el consumo individual). Y si se pretende dar a esa tautología una apariencia de más profunda fundamentación diciendo que la clase de los trabajadores recibe una parte demasiado pequeña de su propio producto, y que, por lo tanto, se saldrá de la mala situación en cuanto que reciba una parte mayor y, consiguientemente, aumente su salario, bastará con objetar que las crisis se preparan siempre precisamente por un período durante el cual el salario sube de un modo general y la clase obrera recibe realiter una fracción mayor de la parte del producto anual destinado a consumo. Según estos caballeros del sano y «simple» (!) sentido común, precisamente ese período tendría que alejar, por el contrario, la crisis. Parece, pues, que la producción capitalista incluye condiciones independientes de la buena o mala voluntad y que sólo momentáneamente permiten esa prosperidad relativa de la clase obrera, y sólo, además, como las golondrinas bajas que anuncian la tormenta de una crisis” [52].


J.M.Bermudo (2015)


[1] Conviene aclarar que, aunque en el vocabulario positivista dominante se tiende a identificar totalidad y abstracción y, por otro lado, individualidad y concreción, para Marx, tal vez herencia hegeliana, nada hay más abstracto que el individuo-sujeto (que, por otro lado, no puede pensarse sino como una síntesis de determinaciones abstractas), ni nada hay más concreto que una totalidad (¡que es la buena individualidad!). El análisis es abstracción, porque exige separar y tratar aislada y de forma estática una parte de la totalidad a conocer; recorrida esa etapa, hay que lograr reconstruir la totalidad, uniendo esas partes y mostrando su movimiento e interrelación. Hay que reconstruir la totalidad concreta ayudándonos del conocimiento abstracto de sus partes, no hay otro camino del conocimiento.

[2] K. Marx – F. Engels, OME, 42. Barcelona, Grijalbo, 1980. Edición de M. Sacristán, 99.

[3] Ibid., 99.

[4] Ibid., 99-100.

[5] Ibid., 100.

[6] Ibid., 100.

[7] Ibid., 102.

[8] Ibid., 102.

[9] Ibid., 102.

[10] Ibid., 102.

[11] Ibid., 102.

[12] Ibid., 103.

[13] Ibid.,103.

[14] Ibid., 102.

[15] Ibid., 102-103.

[16] Ibid., 103.

[17] Ibid., 103.

[18] Ibid., 104.

[19] Ibid., 104.

[20] Ibid., 104-105.

[21] Ibid., 104-105.

[22] Ibid., 105.

[23] Ibid., 105-106.

[24] Ibid., 106.

[25] Ibid., 107.

[26] Ibid., 108.

[27] Ibid., 108.

[28] Ibid., 108.

[29] Ibid., 109.

[30] Ibid.,109.

[31] Ibid., 109.

[32] Ibid.,109-110.

[33] Ibid., 110.

[34] Ibid., 113.

[35] Ibid., 113.

[36] Ibid., 113.

[37] Ibid., 113.

[38] Ibid., 113.

[39] Ibid., 114.

[40] Ibid., 114.

[41] Ibid., 114.

[42] Ibid., 114.

[43] Ibid., 115.

[44] Ibid., 115.

[45] Ibid., 115.

[46] Aquí acaba el Manuscrito V; lo que sigue son notas dispersas de 1877 o 1878.

[47] Ibid., 116.

[48] Ibid., 116.

[49] Ibid., 116.

[50] Ibid., 117

[51] Ibid., 118-119.

[52] Ibid., 421-422.