LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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I - LAS FASES DEL CICLO.


Nosotros seguiremos la lectura del Libro II en versión engelsiana, seguida por M. Sacristán en su edición. De todos modos, y dado que la entrada del M-VI es realmente brusca, he creído conveniente en este inicio partir del M-IV, que sigue M. Rubel en su edición francesa. En concreto, de las primeras páginas del Capítulo II, sobre “Las tres formas del proceso de circulación”. Se recogen en ellas algunas observaciones de Marx que pueden, a mi entender, ayudarnos a coger el tono del texto.


1.Las formas y las fases, el juego de circuitos.

El M-IV usado por M. Rubel en su edición comienza con la descripción simbólica de las tres formas del proceso de circulación del capital ya conocidas: I. D – M … P … M´- D´; II. P … Cg … P; III. Cg … P (M´). Y Marx añade enseguida tres comentarios muy pertinentes, que clarifican el sentido de estas formulaciones. Por un lado, enfatiza el proceso en su función de autoreproducción, al decir, señala que “los antecedentes del proceso aparecen como el resultado de éste, como una condición que él mismo ha creado” [1]; por otro lado, resalta los desplazamientos de los momentos, de los lugares que ocupan las formas en función de la abstracción analítica, al afirmar que “cada momento aparece como punto de partida, punto de transición y punto de retorno” [2]; en fin, subraya que el proceso global se presenta como “unidad del proceso de producción y del proceso de circulación”, con la peculiaridad de que “el primero deviene mediator del segundo y viceversa” [3]. Tres comentarios, tres precisiones, que configuran buena parte de su metodología y de su proyecto analítico.

Lo comprendemos en cuanto, sin solución de continuidad, pasa a comentar los rasgos comunes a los tres circuitos de las tres formas. Nos dice que comparten el mismo principio de movimiento, que no puede ser otro que el “crecimiento del valor”. Da igual la forma y el momento del ciclo que elijamos; todos se rige por la tendencia del capital a acumular, a crear valor; todo está subordinado a este fin que es la esencia del capital. Por eso el recorrido de la forma dinero, D – D´, nos parece la forma determinante del proceso en su conjunto.

Lo plantea objetivamente, como movimiento propio del capital en busca de su concepto, como realización de su ser. Creo que incluso podemos añadir otro argumento, éste en el registro subjetivo, en la consciencia del capitalista. Podemos ver el movimiento del capital como fruto de su poseedor o porteador, de su patrón, de la voluntad de posesión de éste, de su infinida sed de acumulación, primero de riqueza y luego, preso ya en el vértigo de ese delirio, sed de capital, como voluntad de poder nietzscheana, o como voluntad de voluntad heideggeriana, cuando su alma ya se haya unificado con los ritmos y espasmos del capital.

Hay algo demoníaco en esa identificación entre capitalista y capital, en el mecanismo que lleva a la subsunción de la voluntad de aquél en la necesidad de éste. La posesión del capital tiene poco que ver con la posesión instrumental de los medios de producción en otras formas económicas. Tal vez en los orígenes se mantuviera la voluntad de poseer subordinada y mediatizada por la voluntad de ser, e incluso de crear; en todo caso, por la voluntad de poder hacer. Pero, con el devenir histórico, el capital se libera de su sumisión a la voluntad, de su instrumentalización, para ejercer de maître, para subsumir la voluntad de su patrón y de cuantos lo ayudan a ser. La acumulación, lejos de ser un objetivo exterior, instrumental y contingente, pasa a expresar la necesidad de ser del capitalista, que se reproduce como tal por mediación del incremento de su capital en magnitud socialmente determinada.

Pues bien, esta tendencia, conatus, voluntad o determinación se manifiesta de manera más tangible en la forma I, que evidencia la representación D – D´, donde explícita e inmediatamente se simboliza que el dinero engendra dinero. En las otras dos formas, por el contrario, D no aparece como origen y fin, aparece discretamente en el medio de la cadena, identificado con la humilde función de medio de cambio, aunque detentando el rango nada despreciable de equivalente universal de valor. En todo caso, aparece como una variante del capital-mercancía, que es una meritoria representación del capital, pero que ni se acerca a la Maiestas domini; el dinero mercantil es al capital-dinero lo que el Pastor es al Pantocrátor, esa sublime figura del poder omnipotente y del legislador omnisciente cuyo juicio severo es reverenciado como un regalo, una gracia.

De la función de D en la forma II nos dice Marx que “implica la puesta en valor del valor en su punto de partida”, o sea, el proceso de producción en el acto de constituir “la unidad del proceso de trabajo y del proceso de valorización, del cual el primero no es más que un medio del segundo” [4]. Y de su función en la forma III nos resalta que allí el valor ya ha sido valorizado, que D aparece en el punto de partida, bajo la forma de capital-mercancía, que ya carga el plusvalor. Por tanto, funciones nada despreciables, que hacen posible el flujo del capital, absolutamente necesarias para que el capital cumpla su destino y el doble objetivo inscrito en su esencia, el de producir valor y el de, a través de ese acto de creación, darse a sí mismo su ser de capital. Funciones no menospreciables, como reconoce al decir que “En las formas II y III la acumulación aparece a la vez como objetivo y como momento del proceso de reproducción” [5]. Pero, claro está, una cosa es lo bello y otra lo sublime; una cosa es el imperium, común a las tres formas, otra la potestas de la que gozan el producto y el dinero, y otra la auctoritas, privilegio de este último, el más universalmente reconocido.

Si miramos las tres formas en conjunto, en lugar de ver sus movimientos individualizados, separados, en la abstracción, obtendremos la representación del movimiento global del capital. En este movimiento aparecen las tres formas generales del capital, pero no en la plenitud de su movimiento en su ciclo, sino protagonizando sólo un momento del ciclo global del capital; o sea, el ciclo de cada forma ha devenido una fase del ciclo global del capital, se ha reducido a un momento de éste. Por tanto, “el proceso total se manifiesta como un circuito de metamorfosis que el valor-capital recorre sucesivamente, si bien en un orden variado” [6]. La primera consecuencia que debemos extraer es la dxe no confundir los ciclos de las formas de las fases del ciclo global del capital, aunque haya cierta simetría, aunque en uno y otro caso se distribuyan los protagonismos entre los tres modos de ser del capital.


2.El ciclo general del capital y sus fases.

Entremos ya en la lectura del texto marxiano, versión engelsiana, conforme a lo expuesto en loa comentarios de la entrega anterior sobre el problema hermenéutico. Trataré aquí de desvelar en su totalidad el laberinto del capital, con sus múltiples apariciones y ocultaciones, su universo de apariencias y realidades. Sin olvidar ni un instante su destino, la producción de valor, trataré de interpretar literaria y filosóficamente, con metáforas que ayuden -es mi pretensión al usarlas- a los conceptos, tanto el territorio que recorre incansable como la lógica de sus movimientos, mutaciones y transmutaciones.


2.1. Pues bien, el texto marxiano elaborado por Engels entra directamente en la enumeración de las “tres fases o estadios del proceso cíclico del capital, en un registro subjetivo, centrando la mirada en el personaje del capitalista [7]:

“Primer estadio: El capitalista aparece en el mercado de mercancías y en el mercado de trabajo como comprador; su dinero se gasta en mercancía, o sea, que recorre el acto de circulación D - M.

Segundo estadio: Consumo productivo de las mercancías compradas por el capitalista. Éste actúa como productor capitalista de mercancías; su capital recorre el proceso de producción. El resultado es: mercancía de más valor que el de sus elementos de producción.

Tercer estadio: El capitalista vuelve al mercado en calidad de vendedor; su mercancía se transpone en dinero, o sea, recorre el acto de circulación M - D [8].

He de llamar la atención de que los tres estadios refieren al ciclo del capital, y no deben considerarse tres fases del ciclo del capital dinero, error que podría estar propiciado por el título de este Capítulo primero en la edición de Engels, “El ciclo del capital dinero”, que toma del M-II.

Esta confusión es menos probable si se sigue la edición de M. Rubel, pues aquí se sigue el M-IV, cuyo primer capítulo es “Las metamorfosis del capital: capital-dinero, capital productivo y capital-mercancía”. Además, si en la edición de Engels se arranca con la aparición del dinero en el mercado, en la de Rubel se empieza con la aparición del producto: “El resultado inmediato del proceso de producción capitalista es una masa de mercancías…” [9]. Es indiferente por donde se empiece el recorrido del circuito, siempre que se tenga en cuenta que ese origen elegido ha de ser también final del recorrido. Si se empieza por P, por M o por D, hay que hacer todo el recorrido del circuito y regresar a P, a M y a D para cerrar el ciclo del capital bajo esa figura.

En cualquier caso, una cosa son los ciclos de cada una de esas figuras del capital, que recorren todo el circuito, aunque en algunos trayectos no estén visibles, y otra las fases del ciclo del capital, que son trayectos bien diferenciados del circuito, porque cada uno es recorrido por el capital bajo una figura distinta. Las fases siempre están separadas por una metamorfosis, por tanto, empiezan y acaban en figuras diferentes; en cambio, los ciclos de las figuras formalmente empiezan y acaban con dicha figura. Así, en la edición de Engels que aquí seguiremos, Marx analiza las tres fases en el Capitulo I y dedica los capítulos I, II y III a los ciclos de las tres formas del capital, dinero, producto y mercancía. La posibilidad de confusión viene del uso de este Capítulo I, que por un lado se le titula “El ciclo del capital dinero” y en buena parte se habla de este tópico; por otro en el mismo se analizan en extenso las tres fases o estadios del capital; y, por último, para complicarlo, se añade un amplio apartado sobre el “ciclo completo”, en la que el tema es el ciclo del capital pero a ratos se solapa con el del dinero. En la edición de Rubel hay menos motivos de confusión, pues el M-IV que usa divide el tópico de los ciclos en dos capítulos: I. “Las metamorfosis del capital: capital-dinero, capital-producto y capital-mercancía”, o seda, dedicado al ciclo del capital y sus fases, y II. “Las tres formas del proceso de circulación”, donde se analizan los tres ciclos de las tres figuras bien diferenciados.

Ya he dicho que, en la edición de Engels, que aquí seguiremos de cerca, puede constatarse que comienza con un discurso en clave subjetivista, centrado en la figura del capitalista. Nos dice que, en la primera transformación, D – M, el capitalista, poseedor del capital–dinero, aparece disfrazado de comprador, como cualquier otro que va a buscar y comprar sus medios de vida; no engaña a nadie, pues compra mercancías con las reglas del mercado; y las compra para el consumo, pues esas mercancías peculiares que sirven de medios de producción son su alimento, su medio de vida como capitalista. Nada de engaño, todo legal, respeto a las reglas de cada momento y lugar. Ahora bien, el capitalista no es un comprador estándar, porque no compra mercancías–medios de vida, de consumo individual; tiene la peculiaridad de comprar necesariamente mercancías productivas. Y compra de dos tipos, sendos factores de trabajo necesarios, sin cuya unión el circuito carecería de sentido: medios de producción y fuerza de trabajo. En consecuencia, aunque compra mercancías no es un productor o comerciante normal, y aunque en el fenómeno no se aprecie se revela en el concepto a quien acceda al mismo. Sin el menor movimiento, como por arte de magia, el dinero se ha convertido en capital-dinero al cambiarse por esas mercancías especiales, que en el mismo acto se han convertido en capital-mercancía. Ese cambio no se registra en la transacción oficial del mercado, no paga impuestos especiales; pero se da en la esencia de las cosas, y el capitalista, subjetividad del capital, lo percibe como una vibración confirmativa.

El capital se cambia siempre por capital; si insisto en que esta metamorfosis del capital–dinero en capital–mercancía se realiza en el mercado, a la luz del día, es para enfatizar que Herr Kapital no puede evitar el circuito de circulación de las mercancías, aunque sepa que es un trayecto del viaje no productivo en sentido estricto. Lamentablemente para él no puede recoger de forma directa el plusvalor que se genera en la fábrica y acumularlo a su capital; ha de salir al mercado para recoger lo que allí ha producido.

Por consiguiente, aunque intuya o sepa que el origen del valor que cristaliza en su capital está en la producción, en la fábrica, que es allí donde nace y crece, también sabe que salir a la luz y pasear por la circulación no es una pérdida de tiempo, sino una necesidad absoluta. Y es así, como he dicho, porque sólo en el mercado se realiza el plusvalor, sólo en él vuelve el capital a su forma dinero, la que más satisface la subjetividad del capitalista, siempre con un ojo puesto en la cuenta corriente; pero también es así porque los medios de producción se consumen y hay que reponerlos, y esta reposición se realiza indefectiblemente en la esfera de la circulación. Además, para comprarlos necesita dinero, y el dinero no se fabrica en la fábrica, sino que se consigue vendiendo sus productos–mercancías. El paso por la circulación es tan absolutamente necesario como el paso por la producción. Herr Kapital tiene alma travesti, y pasa contento por las figuras de comprador, productor y vendedor sin afligirse, sin sentir angustia.

Ya ha ejercido de comprador en la circulación, zona plurinacional del circuito. Para cruzar la frontera ha de pasar la aduana con las mercancías compradas, con el capital mercancías. Pero en la segunda parte del circuito, la fábrica, patria de la producción, las mercancías no son aceptadas, allí no se compra ni se vende nada. Por tanto, para pasarlas el capitalista ha de etiquetarlas y conseguir el visado: no pasarán como mercancías sino como factores de trabajo, como medios de producción y fuerza de trabajo, que siempre son migrantes bien recibidos en este territorio. Han renunciado a su nacionalidad de mercancías para ganar una nueva de medios de producción; ya lo decíamos, el capital es travesti por naturaleza. Así entra en la segunda fase del circuito general.

En este segundo estadio del circuito del capital, representado por “…P…”, un proceso de transubstanciación a fondo en que se consume el capital en su figura de medios de producción y fuerza de trabajo y reaparece como producto, el capitalista se nos presenta imaginariamente como consumidor. Marx lo describe así: “Consumo productivo de las mercancías compradas por el capitalista” [10]. Esto parece incomprensible, pues lo que realmente vemos es que se retira o sale del mercado con M y, tras recorrer … P …, regresa con ; más que consumir mercancías las acarrea; lejos de desaparecer, la mercancía reaparece incluso aumentada. El capitalista actúa como “productor de mercancía” [11] ¿Tiene sentido hablar de proceso de consumo? ¿Cuál es el juego de este traficante que sale del mercado con mercancías y regresa con otras mercancías? Para mayor intriga, se trata de otras mercancías que no ha conseguido por intercambio en el mercado, pues son nuevas, recién producidas. Y en cantidades tan enormes que sus movimientos resultan sospechosos.

Esta perplejidad ante las apariencias de anomalías en el consumo de mercancías por el capitalista se debe a que mantenemos nuestra mirada circunscrita en la esfera de la circulación, sin tener en cuenta que Herr Kapital, tiene su vida nocturna. En el mercado se le ve como comprador de M y luego como vendedor de ; se ven dos secuencias y se oculta la mediación entre ambas. Queda invisible que, entre esos dos momentos, ha salido y viajado clandestinamente a su circuito nocturno; y en esos viajes en la oscuridad suelen pasar cosas raras. En todo caso, en esa escapada han pasado muchas cosas. Ya las hemos mencionado, pero insistamos en ello.

Ha ocurrido que las mercancías que el capitalista saca del mercado, M, repartidas en mercancías medios de producción y mercancías fuerza de trabajo, se han metamorfoseado en medios de producción, que une los medios de trabajo y la fuerza de trabajo (Mp + Ft). Nótese que los medios de producción y la fuerza de trabajo en el mercado son mercancías; su existencia real y posible como mercancías es en la circulación. Ahora bien, en cuanto el capitalista, que las ha comprado como mercancías, las saca fuera del mercado y las lleva a la fábrica, en ese otro mundo son otra cosa, cambian de esencia: son medios de producción, que distinguimos como medios de trabajo y fuerza de trabajo (Mp + Ft). Y los medios de producción, en el proceso productivo, se consumen, se gastan, y reaparecen transubstanciados en producto, P.

Ahora bien, estos productos no lo son por naturaleza; son producto en tanto que pertenecen al mundo de la producción, pero en cuanto regresa al mercado en la misma aduana se transforma y deviene M´. Y el capitalista, que es su personalización, su representante, ha de cambiar también de traje y de credenciales: “El capitalista vuelve al mercado en calidad de vendedor” al tiempo que “su mercancía se transpone en dinero, o sea, recorre el acto de circulación M – D [12]. Las tres fases de las tres figuras del capital, el dinero, el producto y la mercancía, quedan así identificadas con sus tres correspondientes figuras del capitalista, la de comprador, consumidor y vendedor.


2.2. Todas esas metamorfosis entre M – M´, entre la salida de las mercancías del mercado y su regreso con valor aumentado, representadas en la fórmula como “…P…”, que simboliza el proceso de producción, tienen lugar fuera de la circulación, en el mundo de la producción; los puntos suspensivos indican la interrupción de la circulación. Anuncian un recorrido sumergido, incierto, de pérdida y recuperación del ser, aniquilaciones y resurrecciones que incluso se manifiestan en los fenómenos, pues en la fábrica entran unos productos que desaparecen y salen otros que en poco o nada se parecen. Aunque quienes están allí dentro perciben los cambios, se trata de un trayecto del capital oculto a los paparazzi del mercado.

Desde el universo público de la circulación, no se sabe bien que ocurre allí. Como en el mercado Herr Kapital aparece sólo como comprador de M y vendedor de , parece que no ha salido de allí, que es un mero comerciante que alternativamente compra y vende; se confunde con el comerciante de la economía mercantil, mero intermediario en los intercambios de mercancías. Pero no es así, bajo esa apariencia de comerciante el capitalista lleva una licenciosa vida oculta, que es el enigma cuyo secreto protege su esencia.

Pues bien, para ese viaje el capitalista comienza por vestirse de consumidor. En cuanto compra M deja de ser propietario de capital–dinero para serlo de capital–mercancía; y en cuanto saca a M de la circulación para llevarla a la fábrica deja de aparecer como propietario de capital–mercancía para ser propietario de capital–mercancía–productiva, o sea, propietario de capital bajo las formas de Mp y de Ft. Y si bien esta mercancía especial la ha adquirido para consumirla, como cualquier comprador, lo cierto es que sólo puede ser consumida como “consumo productivo”. Se desvela que el capitalista es un consumidor productivo que ha comprado mercancías productivas apropiadas al consumo productivo; ha comprado futuros medios de producción. Y estos, como ya sabemos, se consumen de manera particular, produciendo otras mercancías.

Podemos observar que, de las tres fases, sólo la segunda tiene lugar fuera del mercado, se realiza en la fábrica, donde se reencuentran los Mp y la Ft históricamente separados, creando las bases del trabajo asalariado. Recordemos que la separación entre Mp y Ft es la condición del capitalismo; esa separación originariamente es exterior al proceso capitalista, pero éste ha de reproducirla. Curiosamente, el capitalismo necesita de manera absoluta mantener la separación y la oposición entre Mp y Ft y, al mismo tiempo, reunirlos, unificarlos, bajo sus formas de capital. No puede permitir su reconciliación fuera de su subsunción y necesita reconciliarlos bajo su control y hegemonía; los separa como relaciones sociales y los une como medios técnicos. Los separa cuando no pertenecen al capital y los une en ese momento en que Mp y Ft pertenecen al capitalista, con la garantía de que el producto es obra del capital y, por tanto, pertenece al propietario del capital.

Si como comprador se enmascaraba entre los iguales por comprar mercancías, al pasar a consumidor el capitalista sigue practicado su arte favorito del enmascaramiento. A diferencia de los consumidores normales, que buscan en el consumo su sobrevivencia, destruyen mercancías para producir vida, este consumidor especial consume mercancías produciendo nuevas mercancías. Y, claro está, su fin principal no es producir mercancías–medios–de–vida para los consumidores genuinos, sino mercancía–capital, que en el mercado pueda cambiarse por dinero–capital, que a su vez permita comprar mercancías–medios–de–producción…, y así reproducirse indefinidamente, perseverar eternamente en el ser. Aunque se presenta en escena como artífice de esa actividad humana esencial de producir mercancías–medios–de–vida, en secreto lo que realmente produce es valor, con más precisión, plusvalor. Su consumo es productivo en sentido real de productivo para sí, para él, que como capitalista se alimenta y vive del plusvalor

Por tanto, la segunda fase, “…P…”, se da entre M y , fuera de la circulación, en esa salida clandestina. Pero, realizada ésta, cuando ya ha consumido M y obtenido el producto P, cuando se ha consumido el capital productivo para metamorfosearse en P, el capitalista debe regresar a la luz; debe abandonar ese momento raro, en que el capital parece no existir en ninguna parte, en una existencia sin cuerpo, en una forma de existencia indefinida, incierta e inquietante. Si el tiempo cosmológico se parara ahí, si fuera el fin del mundo, el capitalista se presentaría en el Juicio Final con las manos vacías, sin títulos de propiedad, sin capital alguno, disuelto en el espacio galáctico al interrumpirse el circuito y perderse los confines, las determinaciones.

El capitalista, que lo intuye [13], ha de acabar con esa situación, de máximo riesgo, y regresar al mercado con sus fardos bien cargados y etiquetados. A la entrada en el mercado, P se convierte en ; adopta esta forma para poder entrar, para pertenecer a ese universo; y asume las reglas del mismo. Recordemos: sólo se es mercancía en el mercado; el producto del trabajo sólo es mercancía si va al mercado y es reconocido como mercancía, o sea, es deseado, es vendido, realizado. El capitalista necesita que el capital–productivo vuelva a aparecer al fin como capital–mercancía. Y ese regreso al mercado, con la nueva mercancía sobrecargada de plusvalor, ese capital preñado, es la tercera fase del ciclo del capital. Fase última, que supone un regreso a la circulación, un segundo paso por ésta, en la que el ciclo se cierra y se hace efectivo –en el relato subjetivo– el regreso al origen, en que tiene lugar la transmutación M´ – D´. El capitalista ahora respira tranquilo. En el Juicio Final no podría presentarse como dueño del capital, pues ese dinero recuperado crecido ha sido capital–dinero hasta ese momento, a lo largo de su aventura, pero ahora, cerrado el ciclo, en ese momento abstracto en que se supone recuperado y fuera del circuito, es meramente dinero, ha perdido fugaz y momentáneamente su naturaleza de capital. El capitalista, en ese momento abstracto en que se para el reloj del capital, si tuviera que rendir cuentas en el Juicio Final tendría suerte, pues se presentaría como dueño de dinero, y éste parece valer en todas partes, así en la tierra como en los cielos.

En el M-IV Marx describía esta inquietud el capitalista con estas palabras:

“Aunque el plusvalor sea producido en la esfera de la producción, sólo es realizado -al igual que cualquier otro elemento constitutivo del valor mercantil- en la esfera de la circulación. Tel mismo modo que el acaparador, víctima de una ilusión óptica, confunde el valor y la forma valor de las mercancías, el capitalista confunde la creación del plusvalor y su transformación en oro y en dinero. Esta confusión de las ideas es reforzada por todo topo de fenómenos, que sólo podremos examinar más tarde [en el Libro III]. Pero hemos visto que la transubstanciación de la mercancía en dinero, dicho de otro modo, su venta, queda siempre para el vendedor individual como un proceso escabroso, que reclama toda su energía. Para el capitalista, que produce en masa y que debe, por consiguiente, vender en masa, el riego de la operación aumenta con la amplitud… La amplitud de plusvalor realizado y extorsionado no cambia solamente con las fluctuaciones generales de los precios del mercado, donde cada capitalista afronta al capitalista, una lucha de personas comienza, trampa por trampa. De corsario a corsario no se llevan sino los barriles” [14].

Esta tercera fase, donde el obstáculo principal es la competencia entre capitalistas, cierra el ciclo y da sentido al proceso en clave subjetivista, pues nos revela que el objetivo global del mismo era recuperar al final del recorrido el dinero inicial, invertido al principio, debida y justamente aumentado, aunque sólo fuera por los riesgos asumidos. Pero, como ya he insinuado, el ciclo es una abstracción analítica y el relato subjetivista una expresión fenomenológica de la conciencia del capital, que anida en su propietario. Ambas perspectivas, metodológicamente útiles, han de ser superadas si queremos acercarnos a una comprensión más compleja y rica de la totalidad del reino del capital.


2.3. Marx hace una reflexión curiosa y un tanto sincrética al comparar estas expresiones simbólicas de los tres estadios del ciclo del capital. Resalta que en sus fases primera y tercera, que tienen lugar en la circulación, el capital aparece en ambas bajo la forma dinero y de mercancía, como intercambio D – M. En la primera D – M [= Mp + Ft] y en la segunda M´ [= M + m] – D´ [= D – d]. En ambos casos se trata, por tanto, de metamorfosis meramente formales, tópicas de la economía mercantil simple, donde no hay alteración del valor; en ambas están presentes el dinero y las mercancías, y nada más.

Señala también que estas dos fases del ciclo del capital coinciden con el ciclo del dinero, que está presente en las dos, y que en la superficie es el que parece afectar y dirigir el resultado, por ser el que interesa subjetivamente al capitalista, que queda satisfecho viendo que su D crece y pasa a . Ambas fases del ciclo del dinero se corresponden, pues, con la primera y tercera del ciclo del capital; la segunda fase de éste, que se da entre las dos anteriores, exterior a la circulación, inscrita en la producción efectiva, ha de ser considerada como la fase que especifica el ciclo del capital, la que hace del mismo un ciclo capitalista y no un ciclo mercantil simple. Además, en esta segunda fase las transformaciones han dejado de ser formales para contener una transformación real, una creación de valor.

El capital va pasando por ellas, por todas ellas, en el orden descrito, iniciándose en la circulación, a caballo del dinero, pasando por la fábrica, por la creación de valor, y regresando de nuevo al mercado, en la fase segunda de la circulación del dinero; y va adoptando en cada una la figura adecuada, apareciendo con distintas formas porque realiza distintas funciones; distintos trajes para los distintos escenarios. Ese capital con ese ciclo de tres fases, nos dice Marx, es común a cualquier forma de producción capitalista, de la más simple a la más desarrollada que aparece en el capital industrial.

Cerremos este apartado con un comentario, una vez más, sobre un tema que nos apasiona, y al que ahora recurro para neutralizar cualquier tendencia a menospreciar estas páginas de El Capital por estos abstrusos juegos ontológicos. Marx considera que no hay otro modo de conocer al capital que conociendo todas sus formas, y es consciente de que las mismas han de ir apareciendo en los distintos momentos del análisis. Nos dice:

“Los estadios primero y tercero no fueron discutidos en el Libro primero más que en cuanto ello era necesario para la comprensión del segundo estadio, el proceso de producción del capital. Por eso quedaron sin considerar las diversas formas de las que el capital se viste en sus diversos estadios y que unas veces se pone y otras se quita cuando se repite el ciclo. Éstas constituyen ahora el objeto inmediato de la investigación” [15].

Ese es el método analítico, que exige distinguir, en cada momento, la parte sometida a estudio de las partes que sólo aparecen como auxiliares, pero que han de aparecer, aunque sea de forma abstracta, hasta que les llegue su hora.

En el Libro I, que estaba dedicado a la producción del valor, o sea, a la fase II del ciclo del capital, las fases de la circulación, caracterizadas porque en ellas siempre está presente D (bien sea en la forma D – M o en la M´ – D´), fueron tratadas superficialmente y como auxiliares; se echaba mano de ellas sólo en la medida en que eran necesarias para pensar la producción y su reproducción. Ahora, cuando se enfoca el paso del capital por el mercado, o sea, cuando se adopta el punto de vista de la circulación, esos momentos pasan a primer plano; asumido que son fases por las que ha de pasar el capital, hay que revelar las formas de las que éste se viste, analizar sus metamorfosis, valorar el juego, función y sentido de las mismas. Este punto de vista de la circulación es otro punto de vista muy distinto al de la producción, que debe unirse al primero para comprender la totalidad; no es mejor ni peor, también hay que hacer abstracciones, también hay que fijar variables, aunque la realidad siempre sea móvil. La totalidad sólo se deja captar así, por partes, a trozos, que han de reconstruir la unidad. La representación final ha de conseguirse eliminando los supuestos y abstracciones que han sido utilizados en el análisis de las partes; algo así como ir quitando a la obra construida todos sus puntales, sus soportes, sus andamiajes necesarios en su producción. Por eso Marx insiste en que cada momento del conocimiento requiere sus dispositivos, que hay que proveer adecuadamente:

“Para concebir puramente las formas hay que hacer, por de pronto, abstracción de todos los momentos que no tienen nada que ver con el cambio de forma y la constitución de las formas como tales. Por eso se supone aquí no sólo que las mercancías se venden por su valor, sino también que ello ocurre en circunstancias constantes. Por eso se pasa también por alto las alteraciones del valor que se pueden presentar durante el proceso del ciclo” [16].


3. Primera fase del ciclo del capital.

Pasemos al análisis detallado de las fases, que no debemos confundir con los ciclos particulares de las formas del capital. Al separar y aislar un estadio del circuito estamos creando un universo artificial, que implica muchos supuestos, con implicaciones que luego hemos de compensar, Pero debemos hacer estas abstracciones, debemos asumir estos supuestos, por exigencias analíticas.

La primera fase expresa el primer paso del capital por el mercado; de hecho, su primera aparición. El capital en su movimiento ha de pasar una y otra vez por el mercado, ha de recorrer el circuito de la mercancía y del dinero; pero en el análisis hemos de poner un origen, y por razones que iremos viendo se elige esa primera entrada imaginaria del capital en el territorio de la circulación. Pues bien, de entrada ya se nos presenta un problema no menor, el de decidir si en ese origen es ya capital con traje de dinero o sólo es dinero con esencia de dinero. Problema ontológico, como veremos, nada fácil de resolver, pero que hemos de plantearnos en tanto nos ayuda mucho a ver la complejidad del ser del capital. De momento, mantengámoslo un poco es stand by, en cierta indeterminación; por cierto, una forma de existencia que no enoja al capital, en la que incluso se encuentra a gusto.

Lo que sí hemos de asumir es que hace su entrada en la circulación, y que en ese trayecto hace de mercancía y de dinero, los modos de ser propios de esa república; y hemos de asumir que si pasa legalmente la frontera deviene oficialmente, con todo derecho, mercancía y dinero, y se comporta conforme a sus leyes, como ciudadano disciplinado de ese país de las mercancías que llamamos mercado. Ya llegará el momento de desvelar que las máscaras logran disfrazar de igualdad, pero no imponen la identidad completa; el capital no es en este territorio extranjero un mero sin papeles, pero no pasa de la nacionalidad formal, de gozar los derechos de ciudadanía; podríamos decir que lo es por el ius sanguinis, porque allí están sus patrones, pero no por el ius soli, pues nació fuera, en otro territorio. Y ello implica que es reconocido como ser mercantil mientras respete la forma de ser mercantil, pero no le reconocen su identidad étnica, que debe llevar oculta mientras permanezca en esta parte del circuito. El capital es así, como no vive de sí mismo, sino de los oros, siempre ha de enmascararse. Como ciudadano por adopción, siempre será extraño y enigmático para el purismo ontológico. Pero como es un winner, se adapta bien y respetando las formas impone su poder sin declararlo oficial. Ya nos llegará el momento de mostrar que en rigor el capital es un extraño invasor en el reino de la mercancía, que nunca se incorporará al circuito de la mercancía en plan de igualdad, sino que lo hará en forma de conquista, reconfigurando el circuito a su medida, subsumiendo estas fases del ciclo y sus figuras.


3.1. De momento, veamos detenidamente el primer movimiento del capital en el mercado. Aparece camuflado de D, de dinero anónimo, sin genealogía ni destino explícito, aunque en su inconsciente ya sabe hacia dónde se dirige. Su primer recorrido, pues no ha migrado para hacer de comparsa, es el propio del lugar, D – M.

He de insistir en este punto, aunque suene a repeticiones; os pido paciencia, único estado de ánimo apropiado para percibir los matices, que aquí es lo que cuenta. El capital, lo sabemos, entra en el mercado disfrazado de dinero, con la consciencia de sí de capital–dinero, que guarda en secreto. Pero se comporta como dinero a secas, como dinero vulgar, como dinero indiferenciado del consumidor o del comerciante, figuras que conviven en ese circuito en pie de igualdad con la de capitalista. En esa primera fase se darán dos metamorfosis, cada una sobre un intercambio.

Como he dicho, la entrada espontánea, ex novo, como un origen, es imaginaria, requisito analítico para poder pensar la primera fase de su recorrido, Cd – Cm, si se prefiere, D – M [17]. En la realidad oficial del mercado esta mutación del capital aparece como una transacción o intercambio; pero en la realidad objetiva del capital se manifiesta como transmutación o transubstanciación, pues ónticamente nada tienen en común el dinero y la mercancía como cosas; y en la realidad subjetiva del capitalista, en su consciencia, se percibe como un mero cambio formal, de vestimenta, de su propiedad, antes poseía dinero y ahora mercancías. En el imaginario del capitalista el cambio toma la forma Cd - Cp, en que el capital–dinero se metamorfosea en capital–mercancía–productiva; en la fenomenología de la consciencia del capitalista apenas aparece M, podríamos decir que apenas la reconoce; sólo está presente en el fugaz instante de la compra, como le exige el mercado, pero incluso en ese momento ya la ve situada en el futuro, con su forma y función de futuro; la ve al otro lado, fuera del mercado, en la fábrica, produciendo riqueza; en definitiva, la ve, se la representa, como medio de producción. Vive la operación como compra de los factores productivos, Mp y Ft.

Sin duda compra M, dado que está en el mercado, pero no una M abstracta cualquiera, sino una M determinada, de estirpe aristocrática, bajo las formas Mp y Ft. Son dos figuras de lo mismo en distintos cuerpos, dos concreciones del concepto mercancía, escisión que surge precisamente en la frontera (podríamos decir “dentro de la aduana") entre los territorios de la circulación y de la producción; dos realidades ontológicas, la M que ve como comprador y la Mp + Ft que ve como productor. El capitalista lleva en su alma ambas determinaciones: como está en el mercado, en esta primera fase hace de comprador, pero como está allí de paso, caminando hacia fuera, subordinando el presente al futuro, no puede ocultar bajo su figura de comprador la sombra de su esencia de productor. Por tanto, podemos asumir que compra a un tiempo M y Mp + Ft, mercancías y medios de producción, aunque fenomenológicamente domine la imagen de esta última, que anticipa su destino, que exige su concepto. Domina, curiosamente, la más incierta, pues como hemos visto su realidad ha de ser confirmada en el futuro. Pero normalmente son válidas ambas representaciones, pues las expectativas se cumplen, si bien no deja de sorprender que la representación real, oficial, la compra de mercancías, sea más débil y fantasmal para el capitalista que la representación subjetiva, la compra de medios de producción, cuya realidad ha de ser confirmado a posteriori. En cualquier caso, en esta primera fase nos aparecen dos escenarios superpuestos, el del mercado simple y el del mercado capitalista, cada uno en su dimensión. Aunque podríamos decir que, en rigor, hay un solo mercado, en este caso subsumido en la forma capital, que lo usufructúa pervirtiéndolo, generando la escisión entre el mercado real, siempre efecto de la subsunción en una forma social, en este caso la capitalista, y el mercado ideal, liberado de toda subsunción, fque nos gusta situar en el origen, y por eso llamamos “natural”, aunque ya desde el origen lo existente es real y la realidad siempre esté afectada de subsunción.

Volvamos a la fase. En el intercambio D – M, la M cubre la simbolización de esos dos tipos de expresión de la mercancía, como mercancía genérica y como medio de producción; con más precisión, cubre esos dos modos de ser, el abstracto y el concreto, de la mercancía. En la perspectiva de mayor concreción, que es la que afecta a nuestro capitalista, para hacer posible DM el dinero ha tenido que desdoblarse en dos líneas materiales, dando lugar a dos secciones o tipos de mercado: mercado de mercancías productivas y mercado de trabajo. Esa escisión del dinero en constante y variable, Dc y Dv, hace que el capital aparezca escindido en dos formas, Cc y Cv. El dinero aparece ahora travestido en capital constante y en capital variable. Y la escisión no sólo tiene fundamento cualitativo (dos tipos de capital-mercancías) sino cuantitativo, pues, como dice Marx, el reparto está internamente determinado por las condiciones de producción. Una vez más la libre voluntad del capitalista queda subordinada al concepto: quiere lo que debe querer, lo que exige la lógica del capital, única garantía de perseverar en el ser.

Esta determinación cuantitativa es mucho más importante de lo que se revela a simple vista. Veámoslo en el ejemplo que pone Marx, del que adaptamos las variables y los símbolos para hacerlo más contemporáneo. Supongamos una situación en que la jornada sea de 8h., el salario s = 30 euros, y el trabajo necesario Tn = 4h, la mitad de una jornada. El número de trabajadores es n = 50, y suministran 400 h. de trabajo al día, de las cuales la mitad, 200 h. son plustrabajo. O sea, 25 jornadas son de plustrabajo. El gasto en salario, el variable diario, será Cv = 1500 euros. Pues bien, si al decidir la ampliación de la producción dedica Cv = 500 euros a fuerza de trabajo, habrá de dedicar una cantidad determinada, Cc, a capital constante, o sea, a medios de producción, tal que esos Mp en cantidad y variedad sean los necesarios para consumir esa Ft comprada. La proporción le viene dictada por “las leyes económicas", por la lógica del capital, impuesta por el concepto. Se ve, pues, que la acumulación de capital, el crecimiento del capital constante, no es arbitraria, de libre voluntad del capitalista; está relacionada con Cv, con los salarios, así como con el trabajo necesario, Tn; está relacionada con la tasa de plusvalor. No importa que en unas ramas el Tn sea mayor que en otras; en cada caso se cumple esta ley según la cual el costo en medios de producción está fijado por el valor de esos medios necesarios para consumir eficientemente las horas de trabajo, incluidas las de plustrabajo.

“O sea, dicho de otra manera: que la masa de los medios de producción tiene que bastar para absorber la masa de trabajo, para convertirse mediante ella en producto. Si no hubiera a disposición medios de producción suficientes, no se podría utilizar el trabajo excedente de que dispone el comprador; su derecho de disposición sobre ese trabajo no tendría ningún resultado. Si se dispusiera de más medios de trabajo que de trabajo disponible, aquellos no se saturarían de trabajo, no se convertirían en producto” [18].

Lo importante aquí, en esta primera fase, es el cambio de forma o figura del capital: el valor (capital) adelantado en forma dinero, D, adquiere su “forma natural” al convertirse en medios de producción y fuerza de trabajo. No es el dinero la forma natural del capital; en la forma dinero éste no suda dinero, exigencia intrínseca al capital. Para que sude, para que genere valor, ha de pasar por su forma natural, la más conforme a su naturaleza, a su concepto; y ésta no es otra que su metamorfosis en Mp y Ft.

Esta forma natural del capital, no dineraria, es el capital productivo (Cp). El valor del capital-dinero es el mismo que el de Cp; son dos formas de presentarse el capital. Pero D, como capital–dinero, sólo es propiamente capital en tanto que pueda transformarse en capital productivo: es ésta la forma natural, la que incuba la plusvalía. D y Cp son dos figuras o soportes físicos del capital: D es el capital que se anticipa, Cp es el capital que produce. Por mucho que deambula D por el mercado, si no encuentra la forma de transmutarse en Cd regresa a casa como riqueza improductiva, frustrado su plan de devenir capital.

Pero, como acabamos de ver, no sólo es importante esa transmutación del capital de su forma dinero a su forma natural; también es importante la relación cuantitativa que rige esa transmutación, el hecho de que la distribución de D entre los dos componentes de Cp, a saber, Mp y Ft, no es arbitraria, sino que ha de mantener una proporción prefigurada por la forma técnica: se ha de invertir en Mp lo necesario, y sólo lo necesario, para consumir, para emplear eficientemente la fuerza de trabajo, y no a la inversa. De donde sale la plusvalía es de la fuerza de trabajo; los medios de producción son el instrumento técnico que permite extraerla óptimamente. Herr Kapital se metamorfosea a sí mismo, cambia de figura, se desdobla y reparte, pero no a su antojo; su vestuario lo deciden los lugares y sus fines sociales. El cambio de forma no es un capricho, es una necesidad, y como tal está sometido a determinaciones cualitativas y cuantitativas.

Este aspecto cuantitativo es muy relevante, pues nos advierte de los excesos y desviaciones en que podemos caer por el abuso del relato subjetivista, que es útil sólo dentro de ciertos límites. Para Marx, como para la Economía Política clásica, por otro lado, la producción capitalista como esfera de la realidad tiene sus leyes; leyes y determinaciones internas, ajenas a los elementos exteriores. Stuart Mill ya advertía de que el poder político tiene poder y legitimidad para sustraer recursos del proceso económico y dedicarlos mediante la redistribución social a la justicia. Ése es su privilegio. Lo que no tiene legitimidad, pues va contra la razón, es que intervenga directamente en la producción, que determine desde fuera sus reglas, que deben regirse por la ciencia.

No entraremos aquí a valorar la tesis de Mill, pero son relevantes para subrayar que, a su modo, Marx apunta en este sentido de enfatizar la objetividad del proceso, de sus determinaciones internas, de las relaciones que han de mantener sus elementos para cumplir su fin de valorizar el capital. Y en el ejemplo que venimos comentando encontramos una buena argumentación en ese sentido: el capitalista no es libre de distribuir D a su antojo entre Mp y Ft. Claro está, podrá hacerlo como propietario déspota de su capital, pero no como “capitalista”, que a semejanza de otras profesiones han de actuar conforme a la ciencia. El capitalista, dueño del capital, ha de someterse a esas determinaciones incluso pasa seguir siendo capitalista; gestiona el capital…, pero éste tiene su ritmo, sus tiempos, sus proporciones, sus exigencias. Aunque sea el mayordomo, pertenece al servicio de su señor.


3.2. Como estamos en la primera fase del ciclo del capital, que se identifica con la primera del ciclo del capital-dinero, -y Marx trata aquí ambos procesos de manera solapada y no bien distinguida-, fijémonos un poco más en D. Aparece sólo en la circulación, en el mercado, pero, en su primera aparición, ¿es meramente dinero mercantil, dinero que hace de capital, o es capital disfrazado de dinero? ¿Es D el origen material de Cd o es más bien una forma sometida a éste para cumplir funciones mercantiles? Es decir, ¿es ya Cd cuando entra en el mercado o es simple D, dinero mercantil, con la pretensión de devenir Cd? Marx considera que, en rigor, D es la figura que adopta el capital para estar en condiciones de cumplir funciones de medio de compra y medio de pago, o sea, para ejercer funciones de medio de cambio, funciones propias y tópicas del dinero mercantil. Y dice con mucha razón algo que suele olvidarse, a saber, que “Esa capacidad (de hacer de medio de cambio) no se debe a que el capital–dinero es capital, sino a que es dinero” [19]. Lo que nos lleva a la necesidad de esclarecer esta rotunda afirmación de que el capital-dinero es dinero.

El subcircuito de la circulación, lo hemos dicho con insistencia, es plurinacional; en el mismo conviven diversas identidades, con recorridos propios y zonas comunes, entrecruzadas. sola. El cambio que expresa D – M simboliza lo que pasa en cualquiera de esos recorridos, sirve tanto para representar un movimiento en el espacio compartido de la economía mercantil simple, donde expresa el mero y abstracto intercambio de mercancías, como un movimiento propio de la economía capitalista, donde expresa el intercambio concreto entre Cd y Cp. En su formulación abstracta, D - M representa el intercambio entre dinero y mercancías, sean o no capital ambos términos. Pues bien, aunque estamos en el ciclo del capital y, por tanto, cuanto aparece en el circuito son formas del capital, y en particular D ha de ser considerado capital–dinero, lo cierto y paradójico es que este capital-dinero sólo puede hacer aquí, en el mercado, funciones de dinero mercantil, funciones de medio de compra y pago; no puede realizar tareas del capital, particularmente la más genuina del mismo, la productiva, la de producir valor. En el mercado el capital, aunque vestido de dinero, no tiene privilegios qua capital; está allí, pero ha de guardar silencio, sin voz ni voto; no goza allí de privilegios formales de ciudadanía especiales; ha de disimular su hegemonía y simular igualdad, pasar por uno de tantos. En consecuencia, hemos de entender radicalmente que el capital cuando entra en la circulación bajo la forma D, es de facto dinero (mera mercancía privilegiada por su potencia cambiaria, recordad, aquello del “equivalente de valor”).

Ahora bien, podríamos pensar, ¿cómo es posible que siendo el mercado real un mercado capitalista, subsumido a la forma capital, haya de estar presente en su firma dineraria camuflado de entidad mercantil, de incógnito, sin privilegio alguno? ¿Tiene esto sentido? Incluso asumiendo el registro subjetivista y antropocéntrico que implica la pregunta, he de contestar que sí, que tiene sentido, siempre que con esa discreción autoimpuesta cumpla mejor sus objetivos, como es el caso. Su presencia igualitaria en el mercado, sin reclamar privilegio alguno, -seguimos con el imaginario subjetivista-, ocultando su real y efectiva hegemonía, es la ficción que le permite cumplir mejor su función. En ese reino republicano del mercado las metamorfosis y los enmascaramientos son exigidos con más violencia que en cualquier otro. Hay que simular la igualdad hasta ocultar la identidad; hay que disimular el poder hasta que deslumbre el brillo de la justicia. Para apoyar esta tesis, veamos algunos aspectos de esta nueva ocasión del capital para practicar su ejercicio preferido, el de simulación y disimulación.

Tal vez deberíamos comenzar por plantearnos que, si D hace de dinero, ¿por qué le llamamos capital–dinero? Si hace de dinero, se mueve como el dinero, domina como dinero y funciona como dinero, y ya sabemos que en economía la función es la esencia, ¿por qué no llamarlo dinero a secas, sin apellidos, sin parentescos que insinúen su procedencia? ¿Por qué considerarlo capital–dinero? Le respuesta es tan sencilla como obligada: porque en el fondo lo es, aunque lo oculte es capital-dinero. Es evidente, es obvio. Sí, es incuestionable, pero sólo en los límites antes fijados de la necesaria validación a posteriori de su modo de ser. El problema que persiste es el antes señalado, el de mostrar que en esa existencia invisible del capital dinero, silenciándose y apareciendo estrictamente como dinero, cumple mejor su función de capital-dinero, que ya sabemos no puede ser otra que la de autoreproducirse.

Pues bien, yendo al meollo del asunto, en esta primera fase de la circulación el modo D de existencia del capital-dinero, además de la función de superficie ya señalada de la simulación escénica y la disimulación tras su máscara, cumple otra función más profunda, clandestina, ajena a la farsa, que no afecta a las reglas y formas de la circulación; además de su función de cambio, de su servicio general al movimiento de intercambio entre las mercancías, sirve en secreto a otro amo. Un amo ausente, oculto, que simula no afectar a la circulación, no participar en ella, y que por tanto no aparece como tal; pero un amo hábil, que al tener allí a su otro, al dinero, se tiene allí a sí mismo disfrazado de dinero. Y así, fuera de la escena, el capital con sutileza trabaja para sí mismo trabajando para su otro, el dinero; consolida su corona en la misma proporción que corona el dinero como rey de la circulación, en la misma medida que extiende la hegemonía de la economía dineraria. El Cd, disfrazado de dinero mercantil, trabaja para que éste haga de dinero, cumpla bien su función de engrasar los intercambios, agilizar y posibilitar el tráfico económico; el Cd trabaja en secreto para que actuando eficientemente de D, su patrón, el capital, no pierda tiempo en las mutaciones, no encalle en las metamorfosis, se aceleren sus rotaciones y así se facilite la acumulación. En definitiva, el capital usa el dinero, la forma dinero, su potencia bajo su forma de dinero, para allanarse el camino y cumplir su destino de valorización infinita. Aunque D en este escenario no produzca valor, aunque el capital bajo esta forma y en esta fase no se valorice, trabaja soterrado para la producción de valor, y lo hace nada menos que cumpliendo las exigentes y necesarias tareas de unir las distintas fases del capital, de hacer posible el ciclo y, de modo particular, de generar así otra figura del capital, la forma legitimada del capital productivo. Marx dice refiriéndose a estas funciones ocultas del capital-dinero bajo la forma dinero:

“Lo que convierte a estas funciones en funciones de capital es su determinado papel en el movimiento del capital, y por ende también la conexión del estadio en el que aparece con los demás estadios del ciclo del capital. Por ejemplo, en el caso que por el momento contemplamos, el dinero se gasta en mercancías cuya conjunción constituye la forma natural del capital productivo, o sea, que contiene ya en sí latentemente, en cuanto a su posibilidad, el resultado del proceso capitalista de producción” [20].

Profundicemos un poco más en las entrañas del jánico D, siempre dorado y deslumbrante. A todos los efectos formales D es dinero; es el personaje que interpreta en la escenificación; pero en sus efectos reales es capital–dinero. Ahora bien, es así, D es capital–dinero, no por necesidad abstracta inscrita en su naturaleza de cosa, en determinación óntica; ni tampoco en su esencia o concepto funcional, económico. Es capital-dinero por una determinación exterior y, hasta cierto punto, contingente. Me refiero a que es capital-dinero por una peculiaridad de la M en que se convierte D, que se compra con D; una peculiaridad o determinación que la saca del modo de ser “mercancía en general” para ponerla en el modo “mercancías particular”, determinada tanto cualitativa como cuantitativamente, a saber, como M = Mp + Ft . Y estas variables, Mp y Ft, como ya hemos visto, están entre sí en una relación cuantitativa determinada, lo que refuerza la particularidad de M que avala que D es capital, y capital bien determinado, escindido en dos magnitudes concretas y fijadas por la relación entre Mp - Ft que marca la particularidad de M.

O sea, bajo la determinación de la particularidad de M, escindida en Mp y Ft, ocurre que D se escinde o desdobla en D – Mp y en D – Ft, y lo hace en proporciones determinadas. Y, como bien dice Marx, el momento D – Ft, la compra de la fuerza de trabajo, es el “momento característico de la conversión del capital–dinero en capital productivo”, el momento en que se crean las condiciones de posibilidad de la producción de plusvalía. Por tanto, D es capital–dinero porque al cambiarse una parte por Ft hace posible la aparición del capital productivo, y así crea la condición de posibilidad del desarrollo del capital; y al cambiarse otra parte por Mp, se cumple con otra condición necesaria, en la medida en que Mp es irremplazable para realizar el consumo productivo de la fuerza de trabajo, para realizar la masa de trabajo comprada. Si Ft es la fuente creadora del valor, Mp es el soporte material a través del cual se transfiere el valor. En consecuencia, podemos concluir que D es Cd gracias a una determinación de la M por la que se intercambia. En una ontología dialéctica como la marciana el ser siempre viene de fuera y del futuro.

Es tan importante D – Ft, expresión del trabajo asalariado, que la ciencia económica clásica solía señalarla como la principal “característica del capitalismo”. Marx también la considera una característica del capitalismo, una determinación importante, pero la entiende de otra manera:

“D–F se considera generalmente como característico del modo de producción capitalista. Pero no se hace por la razón indicada –a saber, porque la compra de la fuerza de trabajo es un contrato de compra en el que se concierta la entrega de una cantidad de trabajo mayor que la necesaria para reponer el precio de la fuerza de trabajo, el salario, o sea, suministro de plustrabajo, condición básica para la capitalización del valor adelantado, o, lo que es lo mismo, para la producción de plusvalía–, sino sólo por su forma, a saber, porque en la forma del salario se compra trabajo con dinero, y eso se considera característico de la economía monetaria” [21].

Esta es la diferencia ontológica entre el discurso de Marx y el de la economía capitalista: para ésta el capitalismo es “universalización del trabajo asalariado”, para Marx el capitalismo es algo nuevo, radicalmente nuevo; es “compra de la fuerza de trabajo” y no del trabajo, a diferencia de otros modos de producción. En la economía clásica se presenta el contrato de trabajo como conforme a las leyes mercantiles, o sea, suponiendo que todo se hace conforme a la ley de equivalencia de valor. Para Marx, en cambio, ese contrato contiene oculto el plusvalor como no pagado. Lo característico del capitalismo no es el trabajo asalariado, es decir, la universalidad de la “forma salario”, la compra de trabajo con dinero; lo característico reside en que se compre Ft en lugar de “trabajo”, con lo cual de facto se compra más trabajo del que se paga. Desde este punto de vista el salario es una “forma disfrazada”, engañosa, en que “el precio diario de la fuerza de trabajo se presenta como precio del trabajo liberado por esa fuerza de trabajo durante un día” [22]. La diferencia ontológica entre “trabajo” y “fuerza de trabajo” permite la crítica, el desenmascaramiento de la explotación capitalista; lo cual no es poca cosa.

La esencia de las cosas la constituyen las determinaciones de sus funciones, las relaciones en su contexto. Por eso D no es lo mismo en un sistema económico que en otro; ni siquiera es lo mismo en la economía mercantil simple que en el capitalismo, aun siendo éste una variedad de la economía mercantil. Pero la determinación de esa variante, su diferencia, es nada menos que su característica esencial. Si la economía clásica ve en D – F la esencia de la economía monetaria es porque en apariencia el trabajo es mercancía de su poseedor que se intercambia por el dinero del comprador. Pero, como dice Marx, el dinero no lo inventa el capital: el dinero como comprador de bienes de consumo y de servicios es mucho más antiguo que el capitalismo. Lo que sí inventa éste es el dinero–capital o capital–dinero; y lo inventa dando al dinero otra función. En la economía mercantil, donde el dinero aparece como mera forma de cambio, como equivalente universal de las mercancías, D no tiene preferencias: se cambia por cualquier M, por todas las que lo deseen. Y las mercancías buscan travestirse en dinero desenfrenadamente, porque en ello les va su ser: su ser mercancías, es decir, su ser valor de uso para su poseedor. Y en esa loca carrera de las mercancías por convertirse en dinero participa la Ft como una mercancía más, cosa que permite la ilusión de pensar DFt como simple intercambio mercantil. Pero, como sutilmente dice Marx, “lo característico no es que la mercancía fuerza de trabajo sea comprable, sino que la fuerza de trabajo aparezca como mercancía” [23].

El origen del mal no está en que la Ft, cuando llega al mercado, sea comprada como mercancía; el origen del mal está en la situación que forzó a la Ft a ir al mercado. Es decir, cuando la Ft aparece en el mercado es una mercancía y se mueve y funciona como tal; convertida en mercancía, ha de ser fiel a su esencia, o al menos a su condición. Ahora bien, el enigma, el origen del mal (de la plusvalía, de la explotación, que subvierte las buenas maneras de la economía mercantil) se remonta al momento en que la Ft dejó de ser instrumento de trabajo en posesión del trabajador, de su creador, y se convirtió en mercancía enajenable en el mercado. La historia comienza con la separación del trabajador de sus medios de producción; a partir de ese momento la suerte estaba echada. La compra–venta de Ft encierra una trampa, pues se presenta como compra–venta de una mercancía cualquiera cuando en realidad es una mercancía muy peculiar, una no–mercancía disfrazada de tal.


3.3. Detengámonos un momento más en un aspecto fundamental que subyace a esta relación D – M en la primera fase, en lo que Marx llama “relación de capital”; fijémonos particularmente en una de las escisiones mencionadas en el seno del dinero-capital, la parte del mismo que va a salarios, representada por Dv – Ft. Para ello retomaremos de nuevo la doble relación D M (= Mp + Ft), para ver qué oculta y qué revela sucesivamente a las miradas respectivas del capitalista y el obrero. Pero ahora lo haremos desde el registro subjetivo, para ver el proceso desde la consciencia del capitalista, y constatar que son dos versiones de lo mismo.

Para el capitalista lo más importante es el cambio de máscaras, la conversión del dinero qua dinero, con función de dinero, en dinero–mercancía–medios–de–producción) (M = Mp + Ft). Aunque le duela dejar volar el dinero, que siempre incluye riesgos, lo hace satisfecho; satisfecho, porque responde a la necesidad (en la partida se juega ser o no ser capitalista, en ella se decide esa condición social); y satisfecho porque lo hace con esperanza, con muchas posibilidades de que le salga bien. Es una excitante experiencia esa de dejar de ser mero acumulador de riquezas, de avaro coleccionista de valor de cambio, para emprender una aventura épica de producción de valor nuevo, de plusvalor. Como propietario del dinero podía haberlo empleado en otras cosas, en bienes suntuarios, por ejemplo; o haberlo atesorado. En tal caso sería un avaro poseedor de dinero o riquezas, una figura antigua y exótica en el mundo del capital, pero no adquiriría la condición de capitalista, no sería socialmente laureado por su dinero. Esta condición se logra, como las medallas militares, saliendo del mercado, equivalente en la metáfora a la oficina, e incorporándose a la fábrica, que hace las veces del frente de la guerra. Bueno, al menos era así en los tiempos heroicos; hoy las medallas militares y los títulos capitalistas se obtienen también de otras formas más burocráticas y atípicas. En cualquier caso, para lo que aquí nos preocupa, la condición de capitalista se alcanza cambiando el dinero por capital-dinero, y eso se hace en el mercado.

Con el dinero en el bolsillo aparece en el mercado como un comprador cualquiera, igual a los demás. Su metamorfosis pública, su cambio de figura, tiene lugar en el momento en que, en lugar de comprar en el mercado esas mercancías que sirven para el consumo privado, medios de vida, demanda en el mercado esas otras mercancías un tanto raras y específicas que ya conocemos, Mp y Ft. En ese instante deviene capitalista, al menos subjetivamente; en ese mismo momento el dinero revela su esencia oculta de capital, se descubre como capital–dinero, y sin solución de continuidad muta en otra forma, el capital–mercancías–productivas, el Cp. Sólo entonces el dinero se deja ver como capital–dinero, aunque en el acto mismo ejerza su función neutra de dinero, actúe como puro medio de cambio; sorprendentemente, actuando como exquisito dinero se revela como capital-dinero. En el acto se explicita, y el capitalista se da cuenta, de su doble naturaleza o esencia; expresa que al mismo tiempo de ejercer como medio de cambio lleva silenciosamente a cabo otra función, la de engranaje e instrumento del capital productivo. Al cambiarse por mercancías muestra su esencia de dinero; al cambiarse por unas mercancías particulares, específicas, susceptibles de consumirse produciendo valor, enseña o deja ver su esencia de capital.

El carácter del capital–dinero se manifiesta, por tanto, en la operación D – M [= Mp – Ft]; se manifiesta concretamente cuando el dinero se escinde en Dm y Dv, en dinero que muta en medios de producción y en dinero que muta en fuerza de trabajo, en salarios. Una escisión o reparto que, como ya sabemos, se lleva a cabo manteniendo unas proporciones históricamente determinadas, para hacer posible la unificación de los medios en el proceso de trabajo, para poner en relación y unificar los dos factores del trabajo separados por la historia, Mp y Ft.

Situado imaginariamente en el origen en tanto que poseedor del dinero, inicio representacional del proceso, el capitalista puede considerarse el creador del capital productivo: adelanta el dinero, lo transmuta en capital–dinero para adquirir y preparar los diversos medios de producción (locales, máquinas, materias primas, fuentes de energía…), compra la imprescindible fuerza de trabajo, los une y combina, los hace funcionar en un proceso de consumo en que todos se desgastan, ceden su valor, y dan como resultado el producto P. Es comprensible que el capitalista se vea a sí mismo el artífice de la empresa; las apariencias fenoménicas parecen avalarlo. Al fin ha conseguido unir los dos factores cuya separación imposibilita la producción; y lo ha conseguido mediante la transmutación de ambos, Mp y Ft, de mercancías particulares de M en formas particulares del capital Cp, en Cc + Cv. Y lo ha conseguido comprándolo con su dinero D, convirtiéndolo así en Cd. Todo aquello es suyo, es su capital, y en esa propiedad de los factores productivos radica su legitimidad en el control total del proceso: es su obra y es suyo el producto.

El trabajador, claro está, ve las cosas de manera diferente. Sabe que su actuación productiva, sin la cual no puede sobrevivir, requiere la relación entre su Ft y los medios de producción, que son propiedad de otro. Y dicha relación técnica sólo es posible si la cede al capitalista para que la use en poner en marcha los medios de producción. Por eso la vende, porque aislada no le sirve de nada y porque el capitalista la necesita de forma absoluta. Tan necesaria le es que está dispuesto a comprarla, a pagar al trabajador por su fuerza de trabajo el salario que le permita la existencia. Marx así lo describe:

“La fuerza de trabajo existe antes de la venta, separada de los medios de producción, de las condiciones objetivas de su actuación. En este estado de separación no se puede aplicar directamente a la producción de valores de uso para su poseedor ni a la producción de mercancías de cuya venta pudiera vivir éste. Pero en cuanto que por su venta la fuerza de trabajo queda puesta en conexión con los medios de producción, constituye un elemento del capital productivo, igual que los medios de producción” [24].

Las dos figuras, trabajador y capitalista, permanecerán en su ser gracias a la relación salarial; viven y sobreviven del mismo proceso. El trabajador vivirá su trabajo como producción de sus medios de vida; una producción que ya no es directa e inmediata, sino mediada por la relación salarial y el salario que extrae de ella, pues para ello vende su Ft; el capitalista, en cambio, verá en el proceso de trabajo la valorización de su capital, que es lo que busca y consigue; una valorización tampoco inmediata, derivada de su trabajo, sino por la mediación de la relación salarial y el plusvalor que le proporciona. Tal como lo describe Marx nos parece una excelente visualización de la subsunción del proceso de trabajo en el proceso de valorización; si se prefiere, de la subsunción de la producción de valores de uso en la producción de valor. Subsunción que supone la contraposición entre trabajo y capital, entre salario y beneficio, en subjetivo, entre trabajador y capitalista, en una unidad dialéctica, llena de luchas y resistencias, en la que ambas partes consiguen su existencia. No es difícil imaginar otras condiciones, otras formas de subsumir el trabajo, donde la subordinación sea más tolerable, e incluso justa, donde la hegemonía reduzca la opresión y la explotación, en definitiva, la desigualdad, a mínimos inevitables; pero si liberamos el pensamiento de tentaciones utópicas en todas esas formas de subsunción imaginarias el trabajador seguiría viviendo el proceso como producción de sus medios de vida. De esa necesidad no le libran ni los dioses más benévolos.

Marx aprovecha cualquier ocasión para enfatizar que, en un análisis sincrónico y abstracto la aparición del capitalismo requiere la previa separación de los factores productivos, o sea, la desposesión del trabajador de los medios de producción, que le fuerza a vender su Ft como una mercancía más, la única que posee, el único medio de vida que le queda:

“Por eso, aunque en el acto D - Ft el poseedor del dinero y el poseedor de la fuerza de trabajo se comportan el uno respecto del otro exclusivamente como comprador y vendedor, y se enfrentan como poseedor de dinero y poseedor de mercancías, de modo que desde este punto de vista se encuentran en una relación meramente monetaria el uno con el otro, sin embargo, el comprador aparece a la vez y desde el primer momento como poseedor de los medios de producción que constituyen las condiciones objetivas del gasto productivo de la fuerza de trabajo por su poseedor. Con otras palabras: estos medios de producción se presentan frente al poseedor de la fuerza de trabajo como propiedad ajena. Por otra parte, el vendedor del trabajo se encuentra frente a su comprador como fuerza de trabajo ajena a éste, fuerza que tiene que pasar al dominio del comprador, incorporarse a su capital, para que éste se actúe realmente como capital productivo. Está ya, pues, presente la relación de clase entre capitalista y trabajador asalariado, ya presupuesta en el momento en que ambos se enfrentan en el acto D - Ft (Ft – D) desde el punto de vista del trabajador). Es compraventa, relación monetaria, pero una compraventa en la que el comprador está presupuesto como capitalista y el vendedor como asalariado, y esta relación queda dada por el hecho de que las condiciones de la realización de la fuerza de trabajo -los medios de vida y los medios de producción- están separados, como propiedad ajena, del poseedor de la fuerza de trabajo” [25].

De nuevo vemos que el ser de unas figuras vendrá dado por determinaciones de otras desde el futuro. En la abstracción analítica del mercado de trabajo, nos dice, el acto D – Ft parece propio de una economía monetaria, como relación entre poseedores de mercancías; un contrato entre propietarios libres e iguales, una transacción entre dos agentes del mercado, entre un vendedor y un comprador, el primero que vende una mercancía que no le es útil y el segundo que la compra porque espera le sea de utilidad. Pero si rompemos la superficie y profundizamos bajo el fenómeno descubrimos oculta la relación de clase, en tanto que ese intercambio presupone que el trabajador, dueño de la Ft, está previamente –como condición necesaria– separado de los medios de producción, lo que le condena a vender lo único que tiene. Es esa situación pre–existente lo que hace necesario que el obrero venda su Ft y lo que hace posible que el capitalista la compre. Por tanto, el presupuesto que convierte una aparente relación mercantil, D – Ft, en una real relación capitalista, es la preexistente escisión de la sociedad en clases, en poseedores y desposeídos de los medios de producción, es el escenario donde tiene lugar la ficción. Formalmente el contrato laboral es una “compraventa”, es una “relación mercantil”, pero una relación en que “el comprador está presupuesto como capitalista y el vendedor como asalariado”. Y es así porque las condiciones de realización de la Ft, o sea, los medios de vida y los medios de producción, están separados, son “propiedad ajena” al trabajador.

Marx deja de lado la tarea de describir cómo se ha llegado históricamente a esa situación; le interesa subrayar que la aparición del cambio D – Ft, la relación capitalista, presupone esa separación como su condición de posibilidad; y le interesa, en todo caso, mostrar la necesidad que tiene el capitalismo en su movimiento de reproducir esa condición, esa escisión en clases poseedora y desposeída. En particular, en este momento del análisis de la relación D – Ft, le interesa subrayar que la misma aparece siempre como una “función del capital–dinero”, es decir, que el dinero funciona como capital y no como mero equivalente universal de valor, no como simple medio de cambio. El dinero que compra un servicio no productivo no es capital–dinero; pero aquí D compra siempre Ft y Mp, mercancías productivas, para ponerlos en relación y hacerlas producir.

“El dinero se puede gastar en esa forma exclusivamente porque la fuerza de trabajo se encuentra en el estado de separación de sus medios de producción (incluidos los medios de vida, que son medios de producción de la fuerza de trabajo misma); y porque esa separación no se elimina sino vendiendo la fuerza de trabajo al propietario de los medios de producción; o sea, porque también la descongelación de la fuerza de trabajo, cuyos límites no coinciden en absoluto con los límites de la masa de trabajo necesaria para la reproducción de su propio precio, pertenece al comprador. La relación de capital durante el proceso de producción se manifiesta sólo porque existe en sí en el acto de circulación, en las distintas situaciones económicas básicas en que se enfrentan comprador y vendedor, en su relación de clase. No es que con la naturaleza del dinero quede dada la relación; es, al contrario, la existencia de esta relación lo que es capaz de convertir una mera función monetaria en una función de capital” [26].

Texto interesante, especialmente en su última parte, en cuanto pone el orden de la determinación. Por un lado, la explotación que se da en la fábrica es posible porque en el mercado de trabajo, en el contrato de trabajo, ya está prefigurada, está en sí. La relación de capital se da en el momento de la producción porque ya existe “en sí” en la circulación, está dada anticipadamente como escenario en la relación de compra-venta fijada en el contrato laboral, porque ya se da la relación de clase bajo esas figuras mercantiles enmascaradoras tras las que se esconden. Por otro lado, nos dice Marx, no es la presencia del dinero la que pone en marcha la relación de clase; al contrario, es la existencia camuflada de esta relación de clase –de esta desposesión del trabajador de los medios de producción- la que hace que el dinero incluya, enmascarado bajo su función aparentemente monetaria, su función básica de capital (capital–dinero).


3.4. Hemos insistido siempre en que la tarea de Marx en El Capital, como en la mayoría de sus escritos, es crítica, especialmente crítica de la economía política. De ahí que constantemente vuelva sobre los mecanismos de fetichización, mistificación y enmascaramiento que instituyen los conceptos. Algunos de estos fenómenos se dan en torno al concepto capital–dinero. Nos dice que al respecto suelen producirse dos errores inversos: atribuir a la forma capital lo que corresponde a la forma dinero y atribuir a la forma dinero lo que en realidad es una función del capital. Estas confusiones se derivan de la no distinción en el dinero de sus dos dimensiones esenciales, sus dos funciones esenciales, la función manifiesta (funciones de cambio) y la función oculta (función de capital). Esa no distinción permite presentar al capitalismo como simple economía monetaria, ocultando que la forma monetaria está subsumida en la relación de capital. Un ejemplo de Marx ayuda a comprender lo que está en juego. Nos dice:

“También la compraventa de esclavos es por su forma compraventa de mercancías. Pero sin la existencia de la esclavitud el dinero no puede realizar esa función. Si existe la esclavitud, el dinero se puede gastar en comprar esclavos. A la inversa, no basta en absoluto con que haya dinero en manos del comprador para posibilitar la esclavitud” [27].

O sea, no es el dinero el que crea el capitalismo; trabajo asalariado, pago en dinero por servicios, los hubo mucho antes. Incluso si se considera que el trabajo asalariado como forma universal es intrínseco al capitalismo, no por ello es su causa; al contrario, el trabajo asalariado es una determinación de una situación previa: la separación de los medios de producción y la fuerza productiva (Marx dice de una “distribución” de los medios de producción). Sólo en esas condiciones puede aparecer el trabajo asalariado capitalista y el capitalismo, que describe la fórmula D – M [= Mp + Ft]:

“Los medios de producción, la parte objetiva del capital productivo, tienen que estar ya, pues, como tales, como capital frente al trabajador, antes de que el acto D – F pueda convertirse en un acto social de un modo general” [28].

Con lo cual se nos quiere decir que las condiciones de posibilidad del capitalismo, lejos de residir en sus elementos constitutivos, refieren a una objetividad histórica transcendente: la separación entre Mp y Ft. Y esta separación no nace con el capital. Establecido el capitalismo, tiende inevitablemente a consolidarse y perpetuarse, y por ello tiende a reproducir esa separación como su condición de existencia; le va la vida en ello. De hecho “la amplía a una escala cada vez mayor, hasta que se convierte en la situación social dominante de modo general” [29]. Pero en el orden lógico la separación entre Mp y Ft, la desposesión de los trabajadores de los medios de trabajo, es previa y exterior a la aparición del capital, es una condición constituyente y constitutiva desde su origen; es su condición de posibilidad absoluta, es un transcendental del capitalismo.

Marx, convencido de que el capitalismo es un momento de la historia, se preocupa de mostrar que hubo un antes, y que el capital nació en y de ese antes. Por ejemplo, refiriéndose al origen, a las condiciones de posibilidad del nacimiento del capital, comenta que “el asunto presenta además otra cara”:

“Para que el capital pueda constituirse y apoderarse de la producción, hay que presuponer cierto estadio evolutivo del comercio y, por lo tanto, también de la circulación de las mercancías, y, con ella, de la producción de mercancías; pues no es posible que entren en la circulación artículos en calidad de mercancía si no son producidos para la venta, o sea, en calidad de mercancías. Pero la producción de mercancías no aparece como carácter normal, dominante, de la producción sino sobre la base de la producción capitalista” [30].

El capitalismo nace como exterioridad de otro orden socioeconómico, pero en el interior de éste; nace como un huésped extraño, parasitario, que el cuerpo ha engendrado. Su afianzamiento y desarrollo pasa por mutar de subsumido a subsuntivo, de subordinado hegemónico; su triunfo exige que haga suyo, que subsuma bajo su forma, los elementos y relaciones anteriores. En unos casos las corregirá para transformarlas; en otros, como en la producción de mercancías, o en el uso del dinero, las adaptará y perfeccionará. Con su culminación todo parecerá creado por y para el capital. Pero esa exterioridad del origen no es una condición contingente y se mantendrá en su desarrollo; como totalidad particular, no agota el ser y, además, en su seno arrastra la contradicción. Podríamos decir que el capitalismo no es el capital, es el reino del capital, su espacio de dominación y hegemonía. Y en ese espacio, constituyéndolo, además del capital dominante está el trabajo dominado.


4. Segunda fase del ciclo del capital

La circulación lo sabemos bien, es la república pluralista dominada por dos figuras del capital, que articulan dos tipos de ciudadanía, a saber, del capital-dinero, Cd, y del capital-mercancía, Cm; pero el capital tiene otra forma, la del capital-productivo, Cp, que tiene su propia república, el mundo de la producción. Las repúblicas tienen sus propias reglas, sus propios modos de ser, y siempre hay fronteras entre ellas. Por eso el capital ha de dejar en la aduana sus otros pasaportes, sus otros modos de ser, sus formas de dinero y de mercancía, para visitar nuevas repúblicas, en las que necesita nuevo pasaporte y nueva máscara, eso que llamamos nuevo modo de ser. Sabemos por Aristóteles que el ser se dice de muchas maneras; Marx viene a darnos una adecuada ilustración de esa tesis aplicada a un ser particular, al capital, mostrándonos que se presenta en diferentes modos, sus modos de ser, todos ellos necesarios para su sobrevivencia.

Si el recorrido del capital empieza convencional y subjetivamente en modo D, como capital dinero, como ya vimos, éste desaparece al transformarse en M [= Mp + Ft]; y M desaparece cuando Mp y Ft son sacados del mercado y llevados a la fábrica convertidos en medios de producción. El capital, con su nueva forma y sus escisiones, sigue su ciclo fuera del mercado. Su recorrido en éste, siendo absolutamente necesario, vital, no ha sido cuantitativamente productivo; su valor no ha cambiado. En cambio, con su salida del mercado, inicia otra fase más exitosa, genuinamente productiva.

Nótese de nuevo que, como esta fase productiva del ciclo del capital ya ha sido estudiada por Marx en extenso en el Libro I, aquí sólo se aborda de manera auxiliar, con la presencia mínima necesaria. Efectivamente, aunque sea la fase realmente productiva (productora de riqueza y, sobre todo, productora de valor), en el momento actual del análisis aparece como instrumental y subordinada, como mediación de las dos fases de la circulación, para dar claridad y sentido a éstas. O sea, con presencia y función análoga a la que tienen aquellas fases de la circulación cuando el objeto inmediato de análisis es la producción.

Lo que Marx resalta ahora, al abordar la fase del capital productivo, es precisamente la necesidad de esa interrupción de la circulación, de esa salida al exterior de la misma, de ese viaje a los sótanos de la ciudad, clandestino y nocturno, y por tanto sospechoso, que irremisiblemente lleva a cabo el capital de la mano de nuestro amigo Herr Kapital. Marx trata así de enfatizar que el capital no consuma su destino en la circulación, que no encuentra en ella todo lo que necesita para su existencia y reproducción, no encuentra su alimento y medio de vida, dicho técnicamente, que en la circulación no se crea valor. Sorprendentemente el ciclo del capital-dinero no crea dinero; el capital ha de buscarse la vida fuera, pues se valoriza en su salida de la circulación, en su migración al circuito productivo, cuyas puertas le están abiertas. Y si la aventura en la circulación termina con la conversión del dinero en mercancía, D – M, la nueva aventura de la segunda fase, de la fase productiva, empieza con una insólita transmutación de M, que ya nos es conocida, que de mercancía pasa a medio de producción, pasa a Mp + Fp.


4.1. Detengámonos un momento en este origen del viaje del capital por la forma de capital productivo. No se trata de que en el mercado haya una transubstanciación de algo que es mercancía, M, a algo que es medio de producción, Mp y Ft, con cuerpos diferentes. En absoluto. Se trata de que M, la mercancía que el capitalista cambia inicialmente por D, en el mercado es idéntica en substancia a Mp y Ft, siendo éstas allí meras mercancías concretas, expresiones particulares de M. El capitalista las compra como mercancías a alguien que las vende como mercancías. Para éste, para el vendedor, son mercancías y sólo mercancías; para el capitalista, en cambio, aunque las compra como mercancías, en su subjetividad les tiene destinado un uso específico, particular, más allá del mercado, a saber, como medios de producción; o sea, para el son ya otra cosa en el futuro.

En rigor todo comprador no comerciante, que compra para el consumo, opera en el mercado con mercancías, pero en su imaginario ya les tiene asignada otra función, exterior al mercado, relacionada con el consumo. Claro está, este modo de ser futuro de esas mercancías para el comprador, que anticipa su función exterior, no tiene significado ni importancia para el vendedor; cuando se está en el mercado se han de respetar las reglas del mercado, y entre ellas las más sagradas refieren a la identidad de ciudadanía de sus pobladores; luego, en sus casas, que cada cual vista su casaca. En el mercado no se reconoce la particularidad de su posible o futuro uso; en cambio, en cuando se sale del mercado, las mercancías dejan de ser mercancías y pasan a ser otras cosas, pasan a tener otro modo de ser, efecto de nuevas determinaciones derivada de su nuevo uso o función en sus nuevos hábitats.

Nótese que pasa con estas mercancías productivas, o sea, con estos objetos que pasan a la fase productiva del capital, que devienen medios de producción al cruzar la frontera, algo semejante a lo que ocurre con las mercancías de consumo individual, que son mercancías en el mercado, pero dejan de serlo al pasar a la esfera del consumo privado. Como su destino final, exterior al mercado, por definición no está decidido, no debe ser tenido en cuenta dentro de sus fronteras. Cuando salgan y entren en el territorio del consumo, podría ocurrir que el uso de las mismas no fuera el revisto, incluso que fuera totalmente ajeno al imaginado en el momento de su compraventa. El vendedor podía imaginar, subjetivamente, que estaba vendiendo alimentos para la familia del comprador, y tal vez éste compraba la mercancía con la misma creencia subjetiva. Pero estas representaciones subjetivas no afectan para nada, ni deben afectar, las relaciones de intercambio, ni de facto prejuzgan o deben prejuzgar el uso real que acabarán teniendo; bien podría ocurrir que no llegaran a casa del comprador, que devinieran limosna en una obra de caridad contingente o regalo para una fiesta de aniversario olvidada; o que se arrepintiera y regresara con ellas al mercado reintegrándolas a la circulación como mercancías. Le república del mercado sólo controla que sus habitantes sean mercancías desde la entrada a la salida de su territorio; lo que ocurra fuera tiene otras reglas y otros amos.

Tras el excurso, retomemos la segunda fase del circuito del capital, su fase productiva, que comienza con la salida de M y su misteriosa transmutación en Mp y Ft. En perspectiva fenoménica resulta fácil pensar que la posibilidad de esta fuga clandestina del mercado que lleva a cabo el capital reside en la naturaleza específica de M, en su carácter de capital-mercancía muy particular; es fácil argumentar que, de algún modo, incluso de un modo “realista”, M no es una mera abstracción, pues en el contexto denota siempre mercancías concretas, en este caso medios de producción que aparecen accidentalmente como mercancías. Es decir, podría pensarse, y así o de manera muy semejante se acostumbra a hacerlo, que los medios de producción tienen una esencia real y constante, desde su nacimiento, desde su venida al mundo, incluso antes, pues ya lo eran “en idea” desde que fueron concebidos por algún ingeniero demiurgo; que siempre lo fueron y siempre lo serán, hasta la muerte, hasta su destrucción. Y si en un momento aparecieron en una tienda de mercancías, es un hecho accidental, ocasional, que no imprime carácter, pues ser mercancía no quiere decir nada substantivo, sólo que está a la venta, o algo parecido. Claro está, frente a esta argumentación hay poco que decir; no creo que debamos perder el tiempo en confrontar ontologías esencialistas anacrónicas; no al menos en nuestro ámbito universitario, que alguna exigencia nos impone.

Ahora bien, estas posibles diatribas nos exigen reforzar los controles conceptuales y refrescar nuestras ideas, que ya vimos en el Libro I, sobre la producción de mercancías como rasgo esencial de la producción capitalista. El capitalismo produce mercancías, nació para ello, se desarrolló por esa mediación, se adaptó y modeló para mayor eficiencia en esa función, y buena parte de su aparato teórico se ha generado en torno a esos objetos misteriosos y enigmáticos que tan sutilmente describe Marx en el capítulo primero del Libro I. Por tanto, para nosotros es un problema importante el cruce de la frontera entre las esferas de la circulación y la producción, las metamorfosis y enmascaramientos de los sujetos cuando cambian de ciudadanía. Por eso he insistido en la metáfora, con el vestido y el pasaporte del reino del dinero D no puede entrar en el del capital productivo; ni siquiera le sirve su otro pasaporte, su figura genérica de mercancía M, pues tampoco a éstas de manera indiscriminadas se le abren las fronteras. Para poder pasar al exigente y un tanto opaco dominio de la producción ha de recurrir a su figura de capital productivo Cp, en su doble registro de Cc y Cv, que en el plano empírico se corresponde con Mp y Ft.

Entra en la producción con el cuerpo de mercancía, con su valor de uso, de ningún modo como mera mercancía abstracta, sin cuerpo; entra como Mp y Ft, o sea, con cuerpo productivo y nombres y apellidos del nuevo territorio (refieren a la producción, al trabajo), no como mercancía simple M universal sin cuerpo y sin alma, sin apellidos ni ascendencias. El viaje, el tránsito en la frontera, es posible porque M no representa aquí la mercancía abstracta, cualquier mercancía, como ocurre en la economía mercantil simple, sino que está perfectamente determinada cualitativa y cuantitativamente, repartida en Mp y Ft; ha cambiado su modo de ser bajo las determinaciones de su nueva función, de su nuevo uso. Si estuviéramos en una economía mercantil simple, la salida de la mercancía del mercado, su negación como mercancía, sería su conversión en medio de vida o herramienta de trabajo y, en consecuencia, su destrucción en el consumo no productivo (se entiende, no productividad de valor).

En la economía mercantil, M es siempre en esencia universal y abstracta, aunque pueda tener particularidad en la representación subjetiva, en el imaginario del comprador que le atribuye su presumible futuro uso, apareciendo incluso en el mercado en una sección particular localizada y acotada. Y prueba de ello es que esa mercancía de destino conocido, presuntamente convertible en medio de producción, puede permanecer su tiempo en el mercado y sufrir varios intercambios en una cadena o red. No obstante, lo inevitable es que siempre hay un final, y que ese final de recorrido consiste en su metamorfosis en medio de vida, en su paso al consumo individual [31]. En la economía capitalista, en cambio, aunque puedan darse circunstancias semejantes, y aunque el último comprador de la misma también ha de consumirla, lo hace de manera diferente, de forma productiva.

O sea, cuando M, en forma de Mp y Ft, sale de la circulación y pasa al circuito productivo, esas dos mercancías, Mp y Ft, se usarán, serán consumidas en el acto de la producción. Esta es, como hemos visto, la peculiaridad de la economía capitalista. Por eso el comprador, el poseedor de D, es subjetivamente un capitalista si, y sólo si, compra Mp y Ft para producir; y es objetivamente un capitalista si logra su destino de producir con ellas. Y por este destino realizador de M, y sólo por él, D es capital-dinero (una forma del valor del capital) y Mp y Ft son capital productivo (otra forma de ser del capital, otra forma de aparecer el valor del capital). Y lo repito una vez más, pues reconozco la dificultad de aprehenderlo: son Cd y Cp desde su origen; no devienen tales en el momento de la producción, ni siquiera en el de la realización, cuando el dinero reaparece ampliado como D´, final del ciclo exitoso del capital; no reciben el ser capital desde el futuro, tras una existencia sin ser capital, siendo otra cosa. La realización sólo determina en la objetividad si ese modo de ser capital ha sido legítimo o meramente ilusorio cuando lo era virtualmente o en la subjetividad, en la consciencia o voluntad del capitalista.


4.2. Ya tenemos Mp y Ft en la esfera de la producción, en la fábrica; ya podemos pasar a pensar el proceso productivo propiamente dicho, lo que ocurre en este dominio de la producción, las vicisitudes por las que ha de pasar en esta fase el capital. La representación simbólica que hace Marx del ciclo del capital-productivo, - en el caso de la reproducción simple, en que todo el m se destina a consumo individual-, que contiene la segunda fase del ciclo del capital, por tanto, será P … M´ (= M + m) – D´ [= D + d] – M [= Mp + Ft] [= P] + m. Lo cual nos describe que el proceso del capital productivo comienza con la llegada a la fábrica de Mp y Ft, con su legítimo estatus, transmutada su antigua identidad de mercancía, depositadas las credenciales en la aduana. Llegan como lo que son, como medios de producción. Tal vez deberíamos ser más cautos y decir que llegan como lo que pretenden ser, pues aquí también los títulos de identidad se entregan a posteriori, “por sus actos los conoceréis”; su modo de ser efectivo sólo se reconocerá después. Aunque, claro está, subjetivamente, en la consciencia del capitalista, son medios de producción, pues para que sean tal cosa los ha comprado. Además, el Juicio Final está cerca, están a punto de entrar en fábrica y ¿quién puede poner en duda que dentro de la misma, en funcionamiento, no son lo que dicen ser? Sólo una ontología tan retorcida como la de Marx puede poner cautelas y decir que, de momento, fenoménicamente, podemos llamarlos así, pues son lo que parecen ser por su función técnica, ya que están produciendo objetos; no obstante, nos advierte exigiendo necesidad al orden de la argumentación, el capitalista, bien acompañado por su economista de cabecera, en el fondo de su alma sabe que su objetivo es producir valor, y que éste no sale a chorros al final de la cadena productiva, no sale empaquetado de la fábrica. Lo que salen son objetos, productos del proceso de trabajo, que aspiran -abusando una vez más de la metáfora- a ser cocodrilo mientras sigue siendo caimán. No obstante, la experiencia y la ciencia ayudan a creer que entre ese producto y el valor hay una alianza secreta que pocas veces falla, que esos objetos son las mulas que transportan en su cuerpo escondido el valor. Sí, el transporte a veces falla, y por eso Marx exige ver el ser del capital en cada uno de sus momentos, no con los ojos iluminados por su forma final; pero normalmente llega a su destino, no hay que ser tan pesimista, si se producen objetos éstos plausiblemente devendrán mercancías y en su cuerpo viajará el valor, que pasará de nuevo a la forma dinero en el mercado, esa forma final de ciclo que tanta seguridad da al capitalista.

De momento lo que vemos es que los medios de producción se transforman en producto, P. El trabajo ya está hecho y el milagro también, aunque aún no sea visible. Su existencia oculta se nota en el brillo de los ojos del capitalista, que ve el plusvalor en los objetos producidos, incluso antes de devenir éstos mercancías; ve el producto como gran contenedor repleto de valor.

Bueno, en realidad su tosco imaginario empirista no le suele permitir ver el valor en su interior; ve dinero, la recuperación de su dinero invertido y el rendimiento del mismo, el beneficio obtenido en el proceso. Lo que imagina es ese proceso futuro inmediato en que P, al llevarlo al mercado, se metamorfosea en mercancía , que convertida a su vez en dinero le permite recuperar la masa D invertida y otra d que es la cantidad de la alegría.

Cuando Marx analiza esta segunda fase, la fase productiva, pone todo su énfasis en el valor, la substancia del capital, cuyo movimiento ofrece la base objetiva de esas ilusiones que el capitalista vive en su subjetividad. La teoría ya la sabemos, pues la desarrolló en el Libro I; pero hemos de extraer algunos matices nuevos. Todo pasa por explicar el proceso en clave de la ciencia natural, respetando en lo posible la ley física de la constancia o conservación de la energía en un universo cerrado, que en forma vulgar afirma que “la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Fiel a esta regla, y asimilando la energía al valor, habríamos de concluir que la magnitud de valor en P ha de ser, en condiciones ideales, ni más ni menos, que el valor gastado en su producción, o sea, que el valor transmitido por los Mp y la Ft consumidos en su obtención. Como tal cosa no se produce, sino que en P aparece un plus de valor, tendríamos que admitir que el universo de referencia no es cerrado, que hay una abertura por la que entra ese plus.

No es aquí el lugar de abordar de nuevo el problema, cuya solución marxiana ya conocemos, y que pasa por reconocer la exuberancia de la Ft, único elemento que multiplica los panes y los peces, que añade valor extra, que regala plusvalor. El resultado es que, convertido P en mercancía, resulta una magnitud de ésta M´= M + m, o sea, una magnitud que excede en m la cantidad que se transmutó en medios de producción. Esas mercancías en el mercado se cambian por , que es la suma de D + d, que a su vez es la expresión en dinero de las mercancías M + m; lo cual nos indica que, en la venta de M´, en la realización del valor, se recupera el dinero invertido D y se obtiene un plus, d; lo cual es la expresión dineraria de que se recupera el valor del capital y un plusvalor añadido a éste. Y como el capital, para ser capital, no puede quedarse quieto, no le está permitido descansar, no puede parar sin negarse a sí mismo…, ha de seguir. ¿Cómo? Volviendo a iniciar otro ciclo, sin solución de continuidad, tal que vuelve a invertirse, a cambiarse, por M1, que incluye los Mp2 y la Ft2 que formarán el capital productivo en el segundo ciclo; capital que presumiblemente será mayor que el anterior, pues ahora incluye el plusvalor acumulado al capital. En definitiva, se recuperan los medios de producción y la fuerza de trabajo consumidas y se incrementa en m, siendo M2 = Mp + Ft + m. Aquí m representa las mercancías productivas que se compran con el plusvalor, debidamente repartido entre Mp y Ft, que así inician un segundo ciclo con las magnitudes Mp2 y Ft2 (reproducción ampliada).

Si nos concentramos en la fase “… P …”, deberíamos representarla como Cp – P – M´, pues comienza con la entrada de los medios de producción en la esfera productiva como capital productivo y acaba con la salida del producto al mercado como . Recordemos que para pasar la frontera el capital ha de cambiar de identidad. En esta salida ha de metamorfosearse de mercancía a producto, Cm – Cp, adquirir la identidad de medio de producción para ser admitido como ciudadano de pleno derecho. Después, en su regreso al mercado, la mutación será de producto a mercancía, Cp – Cm, que podrá circular libremente, con todos los derechos, por el mercado, ahora su patria de adopción.

Nótese bien que en el inicio de la segunda fase, al cruzar la frontera entre la circulación y la producción, tienen lugar transmutaciones complejas y poco visibles. El resultado final es que el dinero inicial D aparece al otro lado de la frontera transubstanciado en Cp, desglosado en sus componentes Mp y Ft. Se ha pasado, pues, de dinero a capital. Pero ese cambio no ha sido directo e inmediato; aunque en el tiempo haya sido instantáneo, en el orden lógico ha tenido su secuencia. Han pasado las siguientes cosas:

1º. El dinero D se ha escindido en dos figuras, la suya propia de dinero, D, y otra nueva, transustanciada, de capital, {Dc}. La marcamos así, entre llaves, para subrayar que representa una personalidad secreta, no reconocida en el mercado, sin papeles en el mismo, no contabilizarle, pero que existe de forma virtual en el movimiento clandestino del capital y de forma subjetiva en el imaginario del capitalista. Este desdoblamiento es materialmente requerido: se necesita la continuidad de la forma D, para hacer posible la compra de mercancías, pues los medios de producción y la fuerza de trabajo en tanto estén en el mercadlo son mercancías y sólo pueden figurar como tales; y se necesita {Dc} porque esa compra abstracta de mercancías en el mercado ha de ser concreta en su consumo, es decir, que en cantidad y calidad, como hemos visto, lo que se compra es {Mp + Ft}. Ni al vendedor ni al mercado le afecta, pero el comprador, aspirante a capitalista, y el propio capital que está oculto pero que guía los movimientos, lo exigen. Hay una doble transacción, pues, una explícita y pública, oficial, y otra silenciosa y discreta, ambas reales y ambas efectivas. A simple vista se comprende: al vendedor no le importa ni el motivo, ni el concepto, ni el uso que subyace a la operación, pedro al comprador sí; de hecho es lo que para él cuenta. Y para el capital, cuyo movimiento objetivo, su lógica, subyace a las operaciones de mercado, y se abre paso a su través, ese desdoblamiento es condición de subsistencia.

2º. Para hacer posible esa escisión en dos figuras ha sido necesaria una transmutación de D en {Cd}, o sea, el dinero ha pasado a ser capital-dinero.

3º. La doble operación de intercambio ha implicado a su vez una doble metamorfosis, D – M y {Cd – (Mp + Ft)}, una visible y otra oculta.

4º. En fin, esas transmutaciones se han dado sobre la base de un cambio de territorio, un cruce de la frontera entre la circulación y la producción, que ha implicado, por un lado, la invisibilización {M} de la mercancía como mercancía y, por otro, la visibilización y legalización del capital Cd como capital productivo, Cp, desglosado en Mp + Ft.

Todo eso ha ocurrido en un momento, en el trámite de aduana; un complejo proceso de enmascaramientos, ocultaciones y transmutaciones cuya única expresión sensible, fenoménica, ha sido un vulgar intercambio de mercancías por dinero. Pues eso sí ha sido visible: nuestro aprendiz de capitalista entró al mercadeo con dinero contante y sonante y salió en posesión de toda una planta de producción a pleno frenidimiento.

Y no paran aquí las sorpresas. Esa tupida red de mutaciones y disfraces oculta aún algunos procesos que debemos descifrar. La compra del capitalista, Mp y Ft, es mercancía mientras está en el mercado, mientras pertenece al vendedor. Objetivamente, son meras mercancías, que el comprador podría revender…; pero así sólo se aplazaría su momento de pasar a ser capital-productivo. Cuando M (= Mp + Ft) sale del mercado e ingresa en la esfera de la producción, pasa de ser capital-mercancía a ser capital-productivo. Por tanto, sólo a posteriori, una vez realizado el proceso, las figuras del ciclo adquieren su determinación; reciben su ser “a posteriori”. Efectivamente, es el capital-productivo el que, al aparecer en la relación del proceso productivo, certifica que las mercancías M (Pm + Ft) compradas por el capitalista eran tales medios productivos; revela así que M era una mercancía peculiar; y sólo este hecho, esta constatación de M como medios de producción, da fe cual diligente notario de que D era dinero-capital. E igualmente, sólo esta identificación de D como capital-dinero identifica y avala al comprador que inicia el proceso como capitalista. Antes de consumarse el proceso las diferentes figuras eran virtuales, meras “potencias de ser”, que dirían los clásicos. En realidad, hasta que el capital-productivo no produzca el producto, P, no se puede decir que es capital productivo; y, siguiendo así, hasta que el P no se realice, previo regreso al mercado en forma de y su conversión de , nada es lo que dice ser. En fin, que hasta que M´ no se venda y se visibilice escindido en dos partes, la D que recupera el dinero invertido y la d que revela empíricamente que el dinero ha parido dinero (que “el valor ha sudado valor”, dice Marx) no hay certeza oficial, certificación, de que D era capital, su poseedor un capitalista y las formas por las que ha pasado el capital eran lo que ahora sabemos que son. Sólo cumple el ciclo, lo cierra y, encerrando el plusvalor, certifica el estatus capitalista de las anteriores figuras. Sólo entonces. Hasta ese momento se trata de un proceso capitalista virtual y subjetivo, en la representación y en la consciencia del capitalista. Si no se vende, todo habrá sido capitalismo imaginario, de ficción, en la “idea”; en el orden de la realidad habrá sido un simple mal negocio, un fracaso. Herr Kapital habrá sido meramente un aprendiz de brujo.


4.3. A Marx le gusta jugar con estas paradojas ontológicas, y sacarles jugo político; sus disquisiciones suelen ser efectistas, pero no da puntada sin hilo. Bajo el discurso filosófico late la realidad, busca describir sus determinaciones. Por ejemplo, de las metamorfosis del capital, y particularmente de las que tienen lugar en esta segunda fase, extrae una imagen insólita de la indigencia ontológica del capital, -y de paso del capitalista, y con insinuaciones sobre su orden social- que deberían hacernos reflexionar. Sería superficial pensar que se entretiene en estas disquisiciones por el placer de descifrar paradojas; lo hace como vía, como método para comprender el ser del capital, como estrategia, mediante la creación de una nueva ontología, para descifrar ese laberinto en el que aparecen sus modos de ser, sus metamorfosis, sus ocultaciones y el sentido al que responden. Podemos sorprendernos antes sus descripciones del capital como un incansable travesti, o como una figura inquieta, insatisfecha, que le gusta estar donde no es y existir donde no aparece. Pero no se trata de una boutade, de mera retórica irónica, a la que es tan aficionado desde su juventud; son recursos literarios, expresivos, que sirven para comprender y clarificar tesis esenciales de su teoría. Aquí, en esta segunda fase del capital, un problema de fondo es el de argumentar, contra los tópicos extendidos entre los economistas, que el valor se crea en la producción, y no en la circulación; y argumentarlo sin menospreciar la circulación, sin quitarle relevancia ni fundamentalidad en el proceso del capital. Es decir, se trata de eliminar las jerarquizaciones ontológicas absolutas y de evidenciar que, como pusiera Hegel de relieve, el amo también depende del esclavo, sin por ello dejar de ser amo; advirtiendo así que la inversión de las relaciones sólo consigue eso, invertirlas, por no liberar a ninguno de sus términos. En abstracto, que el problema no se resuelve coronando a la producción y devaluando la circulación, o a la inversa; que el problema no se resuelve privilegiando unas u otras figuras del capital, unos u otros momentos del ciclo, unos u otros de sus personajes. No se resuelve porque ahí, en el ciclo, en la cadena, sea cual fuere la posición de uno u otro elemento, el grado de subordinación que sufre o de dominio que ejerce sobre los otros…, en el ciclo, en la cadena, todos son eslabones sometidos a un ritmo desde el exterior, subsumidos en una forma que los determina a ser lo que son, que fija y delimita su modo de ser.

Desde esta perspectiva comprendernos mejor las reflexiones marxianas para argumentar, por ejemplo, que aunque el valor se crea en la producción, la posibilidad de realizar y acumular el plusvalor tiene lugar en la circulación; que aunque el valor nace en la producción, está en ella, su ser se revela en otro lugar, recibe su existencia desde el exterior, tal que hasta que no llegue allí, a la circulación, no es lo que era, parece estar hasta entonces esperando ser, a la espera de recibir el ser, con una existencia virtual en la subjetividad, en la ilusión del capitalista. Claro está, para no generar alarma, esa existencia en suspenso, un tanto vicaria, tiene su mejor apoyo o aval en el saber, en la experiencia y la ciencia, que ayudan a anticiparla, que la prometen, aunque siempre en forma hipotecada.

Creo que ésta es una buena metáfora, la existencia hipotecada del capital. Y es que el capital, a diferencia de la riqueza, siempre existe hipotecado, pendiente de realización, en constante y eterna provisionalidad de ser. Siempre esperando ser, siempre rotando por el laberinto para ganarse su ser. Me atrevería a decir, si no me tiráis a la cara crueles analogías, siempre en precario, siempre amenazado de desahucio. Claro hasta en la precariedad hay clases.

Antes he apuntado algunas descripciones en las que en registro metafórico enfatizaba el hecho de que Herr Kapital siempre parece tener ciudadanía extranjera; sus condiciones de posibilidad y sus credenciales en cada momento, de cada uno de sus modos de ser, le vienen de fuera. Esto y la necesidad de travestirse y enmascararse hacen de él un personaje raro y fascinante. En la primera fase de la circulación, lo hemos visto, se transforma el capital-dinero en capital-productivo; lo cual, como he dicho, equivale a afirmar que allí, al aparecer el capital productivo, aparece también el capital a partir del dinero, aparece el dinero-capital. Y en la tercera fase, en el regreso a la circulación en forma de mercancía -tras el paso final de la segunda al transformarse el producto en mercancía- para al fin regresar a la inicial forma dinero , realizándose la plusvalía, se da fe de que el proceso productivo ha sido realmente tal, se levanta el acta notarial de que el movimiento del capital ha sido creador de valor.

Pues bien, en cierto modo son estos juegos ontológicos los que fuerzan la ilusión del dinero: parece que todo comience con dinero y acabe con dinero; parece que el alma del proceso es el dinero, aunque realmente no sea así, nos dice Marx. La circulación en general, y el ciclo del dinero en particular, son condiciones de posibilidad del capital, tanto materiales como formales; pero no son el lugar donde éste se genera. Aunque las credenciales y certificaciones del capital procedan de fuera de la producción, es ésta el país de nacimiento pues es aquí donde se nace, donde mana valor. Siguiendo nuestra metáfora podríamos decir que el capital nace en las sombras, en el furtivo viaje de Herr Kapital a los bajos fondos, aunque guste vivir a la luz. Pero no nos engañemos, no se trata del conflicto entre la necesidad o deber y el deseo o placer; el capital necesita la luz con la misma intensidad que la sombra, la circulación con la misma necesidad que la producción. Ya lo advertí, el capital no tiene ni ser ni residencia fijos, es travesti y nómada. Y no tiene patria. Estas metáforas hay que tomárselas en serio, pues son las llamadas de los conceptos.

De ahí la especial importancia que otorga Marx a la segunda fase, en la que interviene el trabajador; quitarle relevancia implica devaluar la función del trabajo. Por ello insiste Marx en que el valor se crea en el ciclo productivo, no en el del dinero; y hoy diría que se sigue creando allí, no en la tecnociencia, ni en la información, ni en el conocimiento, ni el General Intellect, sin menospreciar lo mínimo a estas formas. Pero en su tiempo quienes devaluaban el trabajo como fuente del valor miraban como alternativa a la circulación, reino del dinero, no a la información, ni al saber devenido nueva fuente natural de materia prima privilegiada. Es interesante al respecto constatar que D ha de desaparecer para que comience la producción de valor; el valor no se crea en presencia del dinero; el dinero-capital D desaparece al transformarse en Mp y Ft. Éstos a su vez no son comprados para venderlos, se compran porque están separados (situación de clase) y para unirlos y así producir mercancías, medios de vida.

Por eso el capitalismo no inventa otra forma de trabajo, sino que responde a la misma matriz universal de unión de Mp y Ft. El capitalismo es históricamente necesario y posible. Es necesario porque los medios de producción y las fuerzas productivas, antes en manos del mismo productor, ahora están separados, residen en sendas clases sociales; esta separación, insiste Marx, es “exterior” y lógicamente anterior al capitalismo; no se genera en el seno del capitalismo, aunque luego éste la reproduzca para sobrevivir. Esa separación hace al capitalismo necesario, fuerza su aparición y triunfo. Se trata de una situación en que el trabajo es imposible por esa separación entre Mp y Ft; y el capitalismo la hará posible, es así su condición de posibilidad. La re-unión tras la escisión tiene lugar de forma efectiva en esta segunda fase del capitalismo; aunque formalmente se iniciara en la primera fase, cuando el capitalista deviene propietario de esas dos mercancías privilegiadas, Mp y Ft. El capitalista, poseedor del dinero, en la circulación tiene la posibilidad de hacerse con ambos elementos, de unirlos y así hacer posible la producción. Los compra en el mercado, pero la simple posesión de ambos no basta: ha de unirlos, enfrentarlos, consumirlos, ponerlos a producir, y esta tarea no puede hacerse en el mercado, ha de bajar a la fábrica. El viaje furtivo de Herr Kapital al submundo no era una aventura de evasión, sino una necesidad; el capital es un siervo de su esencia, ha de bajar ciegamente para recibir su ser; pero luego ha de regresar al lugar del reconocimiento, para oficializarlo.


4.4. Recapitulemos el trayecto de esta segunda fase, regresando a su origen, a la frontera; y aprovechemos para pegarnos un poco más al texto marxiano, regresando de nuestro excursus, que nos ha separado de su literalidad. Es inevitable, como dice Marx, que el proceso de circulación del capital sufra una interrupción en ese punto en que Mp y Ft salen del mercado (dejan de ser mercancía) y pasan a la fábrica (devienen medios de producción). Interrupción nada más, pues el valor de ese capital-productivo, traspasado al producto P, debidamente incrementado con la plusvalía, ha de regresar a la circulación en forma de (capital-mercancía) para de nuevo convertirse en dinero, en . Esta será la tercera fase que, como la primera, tiene lugar en el mercado; pero no habría tercera fase si no hubiera esa interrupción, si la circulación no fuera interrumpida por el momento de la producción. En las dos fases de la circulación, que a su vez son la primera y tercera del ciclo del capital, se intercambian dinero y mercancías; en la segunda fase, de la producción, en cambio, no hay ni dinero ni mercancías, sólo hay Mp y Ft que entra y P que sale en el proceso de trabajo; o sea, el capital no aparece bajo la forma dinero o mercancía en esta segunda fase, aparece en otra figura, la de capital-productivo. Veamos cómo lo dice Marx:

“El ciclo aquí considerado del capital empieza con el acto de circulación D - M, conversión de dinero en mercancía, compra. La circulación se tiene que completar con la metamorfosis contraria, M - D, conversión de mercancía en dinero, venta. Pero el resultado inmediato de D - M (= Mp + Ft) es la interrupción inmediata de la circulación del valor capital adelantado en forma de dinero. Por la conversión de capital dinero en capital productivo el valor capital cobra una forma natural en la que no puede seguir circulando, sino que tiene que entrar en el consumo, esto es, en el consumo productivo. El uso de la fuerza de trabajo, el trabajo, sólo se puede realizar en el proceso de trabajo. El capitalista no puede revender el obrero como mercancía, porque éste no es su esclavo y porque el capitalista no ha comprado nada más que la utilización de la fuerza de trabajo del obrero por un tiempo determinado. Por otra parte, el capitalista no puede utilizar la fuerza de trabajo más que haciendo que ella utilice los medios de producción como constituyentes de las mercancías. El resultado del primer estadio es, pues, la entrada en el segundo, en el estadio productivo del capital” [32].

Esa interrupción es fundamental. Si la circulación es el lugar donde se realiza la acumulación de valor, la producción es una condición necesaria de la misma, pues es donde se produce el valor. Si D pasa a , es porque en ese paso por la fábrica, por la producción, se ha producido la creación de nuevo valor, de plusvalor. En la circulación, en cualquiera de sus fases, eso no es posible en tanto reine la ley del valor de la economía mercantil.

Marx da mucha importancia a la continuidad dialéctica entre la economía mercantil y la capitalista, pues lejos de pensar el capitalismo como la invasión de la barbarie pretende pensarlo como un momento de la historia, entendida como lucha de los hombres por instaurar un modo de vida emancipado de toda opresión o explotación innecesarias. En esa perspectiva puede pensar el nacimiento del capitalismo en y desde la economía mercantil, explicar su desarrollo subsumido en esas relaciones artesanales y gremiales de las sociedades precapitalistas, su devenir hegemónico y su paso a subsumir el mercado y la producción gremial y manufacturera, etc. Su descripción es muy clara: la economía capitalista es una economía mercantil, pero particular, con su diferencia específica; nace en el seno de la economía mercantil cuando ésta está muy desarrollada, cuando se ha universalizado la producción de mercancías y el dinero tiene un gran protagonismo en su mediación en el cambio de todas las mercancías. O sea, el capitalismo es en cierto sentido el desenlace del desarrollo de la economía mercantil. Enfatiza, pues, que el capitalismo surge, nace, en el exterior de sí mismo, en espacio extranjero; y nace “solicitado”, exigido por las condiciones de ese otro espacio económico.

“Por otra parte, las mismas circunstancias que producen la condición básica de la producción capitalista -la existencia de una clase de trabajadores asalariados- solicitan el paso de toda producción de mercancías a producción capitalista de mercancías. En la medida en que se desarrolla, ésta tiene una acción descomponedora y disolutoria sobre cualquier forma anterior de producción que, orientada predominantemente a la satisfacción de las necesidades inmediatas del mismo productor, no convierte en mercancía más que el excedente de producto. La producción capitalista convierte la venta del producto en interés principal, al principio y aparentemente sin atacar el modo de producción mismo, igual que ocurrió, por ejemplo, en el primer efecto del comercio mundial capitalista en pueblos como los chinos, los indios, los árabes, etc. Pero luego, cuando ha echado raíces, destruye todas las formas de producción mercantil que se basan en el trabajo de los productores mismos o en la venta como mercancía solamente del producto excedente. La producción capitalista de mercancías generaliza, primero, la producción de mercancías y luego convierte gradualmente toda producción de mercancías en producción capitalista” [33].

Texto interesante, en cuanto nos ratifica la perspectiva de la subsunción. El capitalismo nace fuera de sí, vive en lo otro y de lo otro, antes de subsumir y disolver esas formas que le dieron la vida para cumplir su destino. He ahí esa relación de subsunción con la economía mercantil: en el origen la usa y la desarrolla, pero acaba negándola y disolviéndola.

Pero sería un error pensar que el capitalismo es sólo y sin más un tipo o variante de economía mercantil, que lleva a ésta a su concepto, a su perfección; el capitalismo es también la negación de la esencia de esa economía mercantil, negación de su función (satisfacer necesidades humanas), subsunción en otra forma nueva con otra esencia (la valorización). O sea, podemos pensar una producción donde la mercancía haya sido universalizada debido a un elevado desarrollo tecnológico y una radical división del trabajo y, en cambio, no subsumida en la forma capitalista, por no estar regida por la ley ciega de la valorización sino por una determinación subjetiva del uso de la misma.

Como dice Marx, los elementos del proceso de trabajo son naturales, comunes a las diversas formas de la producción; lo que las individualiza es la forma en que se combinan y la función que los subordina:

“Cualesquiera que sean las formas sociales de producción, los trabajadores y los medios de producción son siempre factores suyos. Pero cuando se encuentran en estado de separación recíproca, los unos y los otros son factores de la producción sólo potencialmente. Para poder producir hay que conjugarlos. El particular modo como se realice esa conjunción distingue las diferentes épocas económicas de la estructura de la sociedad. En el caso presente el punto de partida dado es la separación entre el trabajador libre y sus medios de producción, y hemos visto cómo y con qué condiciones se reúnen ambos en manos del capitalista, a saber, como forma de existencia productiva de su capital” [34].

En el capitalismo el proceso de producción, la combinación de los factores objetivos y subjetivos, es una “función del capital”. En rigor, cada modo de producción, al imponer su forma, define una ontología propia. La realidad, las cosas, están siempre subsumidas en una estructura que les asigna su función; su ser, su significado, les viene de ahí, del sistema de relaciones, de los papeles que cumplen, de los señores a que sirven:

“Los medios de producción y la fuerza de trabajo, en cuanto formas de existencia del valor capital anticipado, se distinguen, como capital constante y capital variable, por las diferentes funciones que desempeñan durante el proceso de producción en la formación de valor, y, por lo tanto, también en la producción de plusvalía. Además, en cuanto elementos diferentes del capital productivo, se diferencian por el hecho de que los primeros, en posesión del capitalista, siguen siendo capital suyo incluso fuera del proceso de producción, mientras que la fuerza de trabajo no llega a ser forma de existencia de un capital individual más que dentro de ese proceso. La fuerza de trabajo no es mercancía más que en manos de su vendedor, el trabajador asalariado; en cambio, no es capital más que en manos de su comprador, el capitalista al que revierte su utilización temporal. Los medios de producción mismos no llegan a ser formas objetivas del capital productivo, no llegan a ser capital productivo, más que a partir del momento en que se les hace incorporable la fuerza de trabajo como forma de existencia personal de ese capital. Al igual que la fuerza de trabajo humana no es por naturaleza capital, así tampoco, pues, lo son los medios de producción. No cobran ese específico carácter social más que bajo determinadas condiciones históricamente desarrolladas, del mismo modo que sólo bajo tales condiciones se imprime a los metales nobles el carácter de dinero, o incluso al dinero el carácter de capital-dinero” [35].

Es muy importante pensar la ontología de Marx desde su teoría de la subsunción; y a la inversa. La distinción real es siempre una distinción funcional. Los medios de producción y la fuerza de trabajo, con sus figuras de capital constante y capital variable, son distintos no como realidades naturales y abstractas, sino como funciones bien diferenciadas en la producción del valor, dice Marx. Por eso la fuerza de trabajo sólo es mercancía en el mercado, en la circulación, cuando está en manos de su vendedor, el trabajador; cuando pasa a pertenecer al comprador, al capitalista, ya no es mercancía, ya es capital-productivo; ya no tiene nada que hacer en el mercado, su lugar ahora es la fábrica, la producción. Las cosas no tienen una naturaleza abstracta, una esencia absoluta; lo que son les viene de sus relaciones. Ni la fuerza de trabajo ni los medios de producción son “por naturaleza” capital, dice Marx; devienen capital, adquieren esa función, bajo determinadas condiciones históricas…


5. Tercera fase del ciclo del capital

Aunque este capítulo anunciaba circunscribirse al “ciclo del capital dinero”, lo cierto es que versa como venimos viendo sobre el ciclo del capital en general, pues lo desglosa en sus tres estadios o fases, de los cuales sólo la primera y tercera son propiamente protagonizadas por el capital-dinero. Las tres fases se reparten el cuerpo el capítulo, al que añade otro apartado dedicado a “el ciclo completo”, que es una reconstrucción del conjunto, una construcción de la totalidad tras el paso analítico por las fases, procedimiento muy propio del método marxiano. Nosotros abordaremos ese apartado en una entrega aparte; por tanto, cerramos ésta, ya de por sí muy extensa, con el análisis de la tercera fase del ciclo, la del capital-mercancía, si se prefiere, el segundo momento de protagonismo del dinero en el ciclo del capital. El ciclo comenzó con la forma dinero de protagonista y después de su periplo, incluida su incursión en esa esfera de la producción donde el dinero no hace acto de presencia, reaparece en la tercera fase para cerrarla y, con ella, el ciclo del capital, e implícitamente el del dinero. Ahora nos enfrentamos a este último trayecto, comenzando por justificar la necesidad del capital de esta nueva metamorfosis, el paso M´- D´, que representa nada menos que su posibilidad de valorización.


5.1. La producción acumula valor, nos repite Marx incansable, pero no valoriza. Esta distinción entre producir valor y valorizar es una idea esencial, que estructura el concepto mismo de capital. A efectos prácticos implica que el producto ha de volver al mercado, para realizar el valor, para valorizar el capital. Podemos decir que si la fase del capital productivo, M … M´, o Cp … Cm´, el momento de generación de valor, se corresponde con la producción, la siguiente fase, cruzada de nuevo la frontera y de vuelta al territorio de la circulación, es el momento de la valorización. Es decir, el capital-productivo se ha convertido en producto P, y éste ha de saltar al mercado en forma de, capital mercancía que ahora regresa cargado del plustrabajo, para que el mercado lo realice de modo definitivo en plusvalor, para que el ciclo cumpla su destino de valorizar el capital.

Insisto en este punto: ha de volver a cruzar la frontera, de la producción a la circulación; ha de pasar de nuevo por la aduana, y transmutarse de P a M´; pero, sobre todo, ha de pasar por una nueva metamorfosis, que lo devuelva a su estado inicial de dinero. Como dice Marx, mientras el capital se mantenga en esas figuras de tránsito, sea P o M´, mientras permanezca almacenado en stand by en la fábrica o en el mercado, “el proceso de producción se mantiene inmóvil”. El plusvalor se ha producido y añadido al cuerpo del producto, pero hasta que no viaje al mercado, hasta que no sea allí “reconocido” como mercancía, es decir, demandado y comprado, travestido de nuevo a dinero, todo está en el aire. Esta es la gran paradoja: en la fábrica se produce el valor, pero es el mercado el que realizará, certificará, la valorización.

En el orden lógico, el capital-mercancía expresa una situación de suspensión momentánea del movimiento del ciclo productivo. El capital en ese estado no actúa “ni como productor de producto ni como productor de valor”; o sea, no actúa como capital. Por tanto, es una situación no deseada, de inquietante indefinición, amenazante en su incerteza. Bajo la forma M´, el capital se encuentra incómodo, no se reconoce a sí mismo, duda de sí, y traspasa esa inquietud a “su” conciencia, al capitalista, que lee preocupado la información económica en los periódicos. El capital, fiel a su vocación, a su destino, tiende y anhela convertirse de nuevo en dinero y así exhibir su logro, realizar el valor acumulado y estar en situación de repetir el ciclo; hasta entonces todo el proceso está sin validar. Si no lo consigue, el capital se juega su ser (y el capitalista su estatus o condición). Su perfección, que no es otra que su potencia para permanecer en el ser, le vendrá dada por la efectividad de su realización y por la velocidad de la misma, la rapidez en su paso P - - D´. Dice Marx al respecto:

“Según el grado de velocidad con que el capital se despoje de su forma mercancía y asuma su forma dinero, o sea, según la rapidez de la venta, un mismo valor capital funcionará como formador de producto y de valor en grados muy desiguales, y la escala de la reproducción se ampliará o se acortará. Se mostró en el Libro primero que el grado de eficacia de un capital dado está condicionado por potencias del proceso de producción que son hasta cierto punto independientes de su propia magnitud de valor. Ahora queda de manifiesto que el proceso de circulación pone en movimiento potencias del grado de eficacia del capital, de su expansión y de su contracción que son independientes de la magnitud de valor del capital” [36].

Vemos, pues, que la circulación no sólo aporta sentido y posibilidad al movimiento del capital, sino que afecta a su calidad, a su perfección, a su potencia para valorizarse y, en el límite, a su existencia misma. En perspectiva ontológica, esta dependencia del capital respecto a determinaciones exteriores es una suya, una carencia, que revela su indigencia, a la que nos referimos páginas más arriba. Si su existencia depende de que consiga realizar su rotación, y de que lo logre a buen ritmo, al menos el ritmo medio del sector, siempre estará amenazado, como cualquier ser vivo natural, como todo ser finito. De ahí que su sobrevivencia acabe siendo una lucha constante y desesperada contra el reloj, una angustiosa batalla por rebajar los tiempos de rotación, como veremos con detalle en los próximos capítulos.

La circulación no crea valor, hemos dicho; pero determina la calidad de vida del capital, su eficiencia y su salud. Lo sabe bien el capitalista, que en esa batalla se juega la vida, con la magnitud del riesgo impresa a sangre y fuego en la tasa de ganancia, que bajo ciertos enmascaramientos expresa la tasa de explotación. Así se desvela que la ganancia –obsesión de los capitalistas individuales, y no tanta de Herr Kapital, que a diferencia de Shylock sabe cortar la carne sin verter la sangre [37]- también se consigue por trochas ajenas a las grandes y diáfanas avenidas del capital, a sus reglas internas, a su lógica dominadora. El capitalista sabe, pues escucha al capital, que no todo se resuelve en la producción, que aun saliendo exitoso en sortear los múltiples obstáculos encerrados en los repliegues de los diversos mecanismos de producción, queda cruzar los abismos que pueblan la distribución y, sobre todo, las peligrosas disputas en la redistribución del plusvalor. Y aunque no tengamos que creer todo su discurso ni el lamento que transporta, bueno es saber que sí, que la vida del capital es siempre incierta y finita, como la de cualquier depredador.

En todo caso, para regresar al principio, insisto en enfatizar la absoluta necesidad del capital, para cumplir su ciclo y su destino, de pasar por la metamorfosis M´ - D´, la fase más próxima al final y más incertidumbre de todas, la que le vuelve más vulnerable. Para profundizar en ello, retomemos la forma general del ciclo del capital, D - M… P … M´- D´. Dado que M´= M + m (siendo m expresión del plustrabajo), y D´ = D + d (siendo d la expresión dineraria del plusvalor), podemos representar el ciclo en forma desarrollada de la siguiente manera: D – M – (Ft - Mp) … P … (M + m) – (D + d). Esta representación así desplegada no añade nada, pero nos facilita ver dos cosas. Primero, que en la primera fase de la circulación el capitalista introduce valor en el mercado en forma de capital-dinero y sustrae valor en la forma de mercancías “productivas”, los medios de producción (Mp) y la fuerza de trabajos (Ft). Segundo, que en la tercera fase del ciclo (segunda de la circulación) devuelve valor al mercado en forma de mercancías y saca valor en forma de dinero.

Si ahora leemos la fórmula concretando el valor, cuantificándolo, tendremos que el capitalista, en la primera fase de la circulación, arroja al mercado un valor D y sustrae un valor equivalente M; en la segunda fase, arroja un valor M´= M + m (un valor aumentado gracias a la explotación de la fuerza de trabajo), y sustrae D´= D + d (realizando así tanto el valor del capital inicial como la plusvalía). Amos intercambios, por tanto, respetan las reglas de equivalencia del valor que rige el movimiento de las mercancías. Nada que objetar, todo parece transparente y usual.


5.2. Ahora bien, Marx pone en marcha su generador de sospechas. Da mucha, muchísima importancia a que m haya entrado clandestinamente en el mercado en el vientre de M, que hace de mula; nos llama la atención para que descubramos que la realización del valor no se hace por separado, sino conjuntamente. Es la que se realiza como D´. Sólo en la contabilidad del capitalista se anota que es en realidad una pareja, M + m, tal que el valor su valor unitario oculta la distinción de sus elementos, el valor de M y el de m. Y esta ocultación no es trivial; la realización del valor de de modo indistinto en el mismo acto significa para Marx nada más y nada menos que el sofisticado y específico mecanismo capitalista para ocultar la explotación. Ocultando la verdadera y distinta identidad de m, pasándola bajo el mando de la recuperación del valor adelantado, disfrazando su genealogía, en definitiva, clausurando su diferencia, se hace invisible un fraude de ley, y nada menos que de la más sagrada ley del mercado.

Por eso hablábamos en capítulos anteriores que la fuga nocturna de Herr Kapital, saliendo del mercado para visitar la fábrica y después regresar, era clandestina; ahora podemos decir que también es fraudulenta. Es cierto que sale y entra como poseedor de mercancías, todo legal en el control de pasaporte en la aduana; pero oculta que a su regreso la maleta lleva un sobrepeso. En su carga indiferenciada de oculta una parte sin papeles, un polizonte, un free rider, que oculta su origen y procedencia. La confusión entre M y m en es la manera de “legalizar” ese valor mercancía de dudosa legitimidad. Dice Marx que ambos se realizan simultáneamente, gracias a la unidad de la operación, gracias a la venta indiferenciada de “toda la masa de mercancía, venta expresada por M' - D'”. Pasan la aduana en la misma maleta, pero no pueden ocultar a la mirada crítica que en el hecho único de circulación M' - D' los dos viajeros, el valor-capital y la plusvalía, expresan cada uno dos orígenes y legitimidades diferentes; y para la sospecha basta constatar, podríamos decir, que uno es un ciudadano que regresa (al mercado), y su trayectoria de salida y entrada es bien conocida, mientras el otro es un polizonte que acaba de aparecer por primera vez:

“La plusvalía, m, no nació hasta que se inició el proceso de producción. Aparece, pues, en el mercado por vez primera, y precisamente en forma de mercancía; ésta es su primera forma de circulación y, por lo tanto, el acto m - d es su primer acto de circulación, su primera metamorfosis, que aún está, pues, por completar con el acto de circulación contrapuesto, o sea, con la metamorfosis inversa d - m [38].

Con esta metamorfosis el capital ha cumplido su ciclo, con sus tres fases; todo ha sido legal -no sé si transparente- hasta este momento; todo oficial hasta este último gesto, la metamorfosis de P en y la entrada de en el mercado sin pagar aduana por su carga m, ocultando que M está exenta, pues tiene recibo de salida, pero m es nueva y carece de tal derecho. El fraude de pasar en un movimiento sin desglosar la unificación confusa de la mercancía utilizada y la obtenida en la producción encierra el secreto del capital, nos revela la misión de las salidas nocturnas de Herr Kapital.

En consecuencia, la transparencia exige que se distingan sin confundir los dos movimientos: uno, la recuperación del valor adelantado, M – D; otro, el de la plusvalía, m - d, que también se convierte en dinero y crea esa diferencia entrey D. Pero en esa penumbra reside, precisamente, nada menos que la condición de posibilidad y la razón de ser del capital. Para eso ha nacido, para eso vive, esa “diferencia” es su peculiaridad más fundamental. El viaje clandestino de Herr Kapital no tendría sentido sin ese sobrepeso. Por ello Marx viene a decirnos que en la operación de “visado” siempre el valor que regresa oculta al clandestino:

“Lo que es para la plusvalía primera transformación de forma mercancía en forma dinero es para el valor capital vuelta a, o retransformación en, su forma dinero inicial” [39].

Lo que para el capital adelantado es la “metamorfosis segunda y conclusiva”, el regreso a casa, a la forma monetaria originaria, para la plusvalía es “primera metamorfosis”, entrada para seguir el camino, recorrer su trayecto, devolver el “favor” consiguiendo, en su regreso, que en su cuerpo se aloje otro pequeño polizonte. Pues lo importante es que el valor capital y la plusvalía han de viajar en el mismo tren, en el mismo cuerpo: el de . La plusvalía siempre se esconde bajo la levita del capital (adelantado), viaja en su maleta, forma parte del mismo.

Ahora bien, insisto aún más, aunque viajen juntos, aunque en el fondo hacen lo mismo, aunque al final son lo mismo, Marx se esfuerza en que no se los confunda. Y lo hace por dos razones. Una, por rigor teórico, para distinguir y pensar la doble función del dinero: en M - D es reposición del dinero adelantado, regreso a la forma original; en m - d, en cambio, es primera forma en dinero de un capital-mercancía nuevo, acumulado. Lo dice así de claro:

“Hay, pues, que observar aquí dos cosas. En primer lugar: la retransformación final del valor capital en su inicial forma de dinero es una función del capital-mercancía. En segundo lugar: esa función incluye la primera transformación de la plusvalía de su inicial forma de mercancía en forma de dinero. La forma dinero desempeña, pues, aquí dos funciones; por una parte, es forma regresiva de un valor adelantado inicialmente en dinero, o sea, regreso a la forma de valor que inauguró el proceso; por otra parte, es primera forma transformada de un valor que entra inicialmente en la circulación en forma de mercancía” [40].

La otra razón de su insistencia en la diferencia se debe a su importancia para la valoración política del proceso. Marx enfatiza que los ciclos son distinciones analíticas de una realidad que fluye sin solución de continuidad; en nuestra representación hemos de situarnos en un origen, en un primer ciclo, y recorrerlo hasta su fin, relatando cuanto en él ha ocurrido. Pero si queremos pensar la realidad, al análisis de un ciclo ha de seguirle otro, cuyo origen viene determinado por el final del primero; o sea, si seguimos el ritmo, cada ciclo estará más determinado por los anteriores, y en el límite por la historia de la producción.

De momento, para ir paso a paso, al primero le sigue otro; y en este segundo las condiciones de inicio han variado. Y ha variado en aspectos muy relevantes, por ejemplo, el capital inicial de este nuevo ciclo es capital desde el primer momento, no regresa a la forma mercancía-dinero; es así porque ya no sale en su totalidad del bolsillo del capitalista, sino en parte de la recuperación del adelantado y en parte de la plusvalía del ciclo anterior. Con esta idea, a la vuelta de varios ciclos, todo el capital tendrá su origen en la acumulación de plusvalías, tanto porque las plusvalías cada año se acumulan y crecen, cuanto porque debería considerarse que el “capital inicial recuperado” regresa al segundo ciclo menguado tras restar el “fondo de vida” para el capitalista y su familia; a la vuelta de varios ciclos puede considerarse que ese capital inicial no tiene presencia relevante, pues de él ha ido viviendo el capitalista, se lo ha comido el “fondo de vida”. En consecuencia, se puede considerar a efectos teóricos que todo el capital puesto en marcha tiene su origen en la plusvalía. Para la marcha del capital eso no es relevante, no le importa quien sea su “porteador”; pero para las relaciones sociales ese punto es decisivo. Si había alguna legitimación en apoderarse del plusvalor en el escenario abstracto del primer ciclo, justiciándolo como emanación de un D exterior adelantado y sin historia, conforme los ciclos se suceden ese argumento pierde legitimidad crecientemente. Hoy, en la perspectiva de la larga historia del capitalismo, todo capital inicial ha de ser considerado plusvalor acumulado. Por tanto, la propiedad del capital no puede fundar la legitimidad de la apropiación del plusvalor. Y este principio constituye el fundamento de la crítica práctica marxiana al capitalismo.


J.M.Bermudo (2014)


[1] K. Marx, Œuvres. Economía II. Paris, Gallimard, 1968, 548.

[2] Ibid., 548.

[3] Ibid., 548.

[4] Ibid., 548.

[5] Ibid., 549.

[6] Ibid., 549.

[7] [7] C., L-II, 23. Citamos, mientras no digamos lo contrario, de esta edición de Sacristán en Grijalbo (Karl Marx–Friedrich Engels, Obras. El capital. Crítica de la economía política. Libro II). Barcelona, Crítica, 1980).

[8] Ibid., XXIII.

[9] K. Marx, Œuvres. Economía II. Ed. cit., 509.

[10] Karl Marx–Friedrich Engels, Obras. Ed. Cit., 23

[11] Ibid., 23.

[12] Ibid., 23.

[13] En el M-IV, de la edición de M. Rubel, dice: “El capitalista conoce de manera práctica el secreto del plusvalor p la puesta en valor del capital…”. Ed. cit., 512

[14] Ibid., 513.

[15] Karl Marx–Friedrich Engels, Obras. Ed. Cit., 23-24.

[16] Ibid., 24.

[17] Para facilitar la exposición, y una vez analizadas las diferencias entre D y Cd, y entre M en su uso genérico o como medios de producción Mp, y dado que el mercado de referencia será generalmente el capitalista, a partir de ahora y excepto cuando se indique lo contrario D y M simbolizarán el capital dinerario y el capital productivo, respetivamente.

[18] C., L-II, edi, cit, 25–26.

[19] Ibid., 27.

[20] Ibid., 27.

[21] Ibid., 28.

[22] Ibid., 28.

[23] Ibid., 29.

[24] Ibid., 29.

[25] Ibid., 29-30.

[26] Ibid., 30.

[27] Ibid., 31.

[28] Ibid., 31.

[29] Ibid., 31–32.

[30] Ibid., 32.

[31] Podría objetarse que en la economía mercantil también hay compra venta de herramientas, cuyo consumo no es “improductivo”. Cierto, pero en todo caso esa economía opera con otra ontología y otras reglas, que aquí no cabe abordar. A los efectos de nuestra argumentación creo que esa objeción no es relevante, al menos no afecta al fondo de nuestra idea.

[32] C., L II., 33.

[33] Ibid., 34-35.

[34] Ibid., 35.

[35] Ibid., 35-36.

[36] Ibid., 39.

[37] El alma de Herr Kapital es muy especial, muy refinada, y pocas veces es comprendida. Sabe que sin valorizarse deja de ser capital; será tesoro, riqueza, ganancia acumulada, una “figura” de su otro, de su negación. Cuando aparecen las crisis, se destruye el capital que aparentemente puede producir valor, pero no puede realizarlo, no puede valorizarse; ese capital que no se valoriza ha dejado de ser capital. En las crisis en rigor se destruye riqueza social, fuerzas productivas que no pueden funcionar como capital: podríamos decir que el capital se destruye en esas figuras de su “no ser aún”, de mero “poder ser” capital. Y así no es sorprendente que este “suicidio” sea el precio que el capital paga para seguir adelante. ¿“Adelante” hacia dónde? ¿Acaso se destruye para volver a crearse? ¿No es absurda esa tarea penelopeana? Lo sería si el objetivo del capital fuera la ganancia, la acumulación de ganancias, de riqueza, de tesoro, pero no es el caso: el destino del capital, su pasión, su esencia, es valorizarse y el sentido de la crisis es recuperar las condiciones en que puede seguir cultivando la valorización. Desde la conciencia del capitalista particular esa situación no se vive así, porque está anclada en la particularidad, y desde ésta lo que cuenta es la ganancia; la vaporización para el capitalista individual es el instrumento al servicio de la ganancia, porque el ser del individuo-capitalista, su estatus social, su vida, le viene de su poseer capital acumulado. Las pérdidas en las crisis las vive como amenaza, como negación.

[38] C., L. II, 40.

[39] Ibid., 41.

[40] Ibid., 42.