LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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III - EL CICLO DEL CAPITAL-PRODUCTO


El capítulo II de la Sección I lo dedica Marx al ciclo del capital productivo, que no debemos confundir con la fase segunda del ciclo del capital, pues un ciclo no es una fase, aunque sólo sea porque P es en el ciclo la forma protagonista y en la fase sólo un momento o medio de esa forma general del capital industrial. Como enseguida mostraremos, el movimiento del producto, ahora como forma principal de su ciclo, nos revela dimensiones desconocidas, que metafóricamente podríamos llamar narcisistas.


1. Peculiaridades del ciclo del capital productivo.

Ya sabemos la fórmula general de este ciclo, P…M´- D´- M…P, que representa esquemáticamente la reproducción del capital. En rigor describe el proceso de producción del capital como proceso de reproducción y valorización. Aquí P está en el punto de partida y en el de llegada; aparece continuado y mediado por la circulación; y enigmáticamente al final se presenta tal y como al inicio, ocultando la diferencia, el plusvalor que precisamente se ha generado en P. En todo caso, fijémonos de momento en que su función no es sólo la de representar la producción de valor, sino la “reproducción periódica de plusvalor”. El ciclo del capital-producto, como dice Marx, nos describe “la función del capital industrial que se encuentra en su forma productiva vista como función no irrepetible, sino periódicamente repetida, de tal modo que el nuevo comienzo queda ya dado por el desenlace mismo” [1].

Esto es importante, pues si bien para el análisis puede ser conveniente aislar un ciclo, ponerle principio y fin, el proceso sólo se comprende en su totalidad como movimiento ininterrumpido y complejo. “Ininterrumpido”, pues si se paraliza quiebra el capital; “complejo”, pues si bien en el esquema las figuras del capital aparecen en una sucesión, en el proceso real el capital aparece en cada momento en todas sus figuras, se fragmenta en partes que circulan desfasadas pero que han de ir sincronizadas para evitar desajustes e incluso el colapso [2].


1.1. Lo veremos en seguida; de momento fijémonos en esta representación del movimiento del valor-capital no tanto como producción cuanto como proceso de reproducción y valorización de sí mismo, a la que Marx otorga enorme importancia metodológica. Y tiene razón al dársela, pues no se ve lo mismo observando el proceso del capital en clave de producción que en clave de reproducción. La vista desde la producción es muy sugestiva, pues empatiza con el subjetivismo de nuestra época, que gusta reducir el mundo a instrumento, que se place en ver las cosas diseñadas y dirigidas por la subjetividad (siendo aquí indiferente si el fin que se le asigna es satisfacer necesidades humanas o apaciguar el deseo de posesión del capitalista); en cambio, el paisaje que nos proporciona la reproducción es el de una realidad objetiva que se mueve autónoma por un misterioso conatus, con aura intrínseca de metafísico, sospechoso de reproducir viejos animismos y antropomorfismos, que instaura una imagen de la como ser luchando por salvarse, por seguir siendo, por permanecer…. A pesar del contexto, digo, en ambos casos se trata de opciones hermenéuticas, tal vez las dos necesarias, de las que el análisis ha de echar mano para reconstruir ese punto de vista absoluto que, aunque desgraciadamente le esté reservado a otras figuras más eminentes, sea el entendimiento divino o el demonio de Laplace, no debiéramos de liberarnos de esa pasión por acercarnos. Y es que tanto el conatus como el sujeto devienen extravagantes figuras metafísicas cuando dejan de ser categorías analíticas, cuando olvidamos la advertencia de Kant de controlar la pasión metafísica que nos arrastra a convertir en organon lo que sólo es canon.

El capital industrial sin duda produce valor; esto es lo que subjetivamente interesa al capitalista, que acaba por imponerle esta condición por esencia. Ahora bien, en contra del sentido común éste no es su destino, su fin último; afinamos más los conceptos -aunque se disguste el capitalista, que ve en ello una sombra de autonomía peligrosa para su hegemonía narcisista- si decimos que el capital produce para sí mismo, para reproducirse, para seguir produciendo y así prolongar su existencia. Y digo que así “afinamos” los conceptos no porque capten mejor la idea (platónica) de la cosa, sino porque explican mejor su funcionamiento, su praxis, sus complejas y móviles relaciones en que se instituye su existencia.

Aquí los detalles y matices, como casi siempre en la vida real, no son irrelevantes; al afirmar que el capital produce para reproducirse establezco cierta distancia entre la vida del capital y la función que le asigna su gestor; y al mismo tiempo anuncio una rotunda subordinación de la producción de valor a ese fin autoreproductivo. ¿Es así en la realidad? No creo que podamos nunca demostrar satisfactoriamente tan cosa; en todo caso, mientras tanto, creo razonable afirmar que esta regla metodológica, este canon, de pensar la producción subordinada a la reproducción, es de mayor fecundidad, nos permite comprender mejor y dar cuenta con más extensión de ese mundo del capital. Por decirlo de modo contundente, al sostener la tesis de que el capital necesita más producir valor que simplemente acumularlo, que es más irrenunciable para él la reproducción que la acumulación, ni lo estoy personificando ni estoy enunciando su realidad óntica; sólo defiendo que tal concepto, que como todo concepto es por su origen y función un producto práctico e histórico, no permite establecer mejores relaciones cognitivas con eso que llamamos realidad, aunque como conceto sea y no pueda dejar de ser una abstracción analítica de un aspecto de la misma.

Como diría Pascal en referencia a la naturaleza humana, también aquí es más importante la caza que la presa. Con esta formulación no sólo pretendo fijar y ordenar los conceptos, estableciendo su función y su jerarquía, sino que de paso aspiro a dar un baño de objetividad a la ontología, cosa que en nuestros tiempos subjetivistas se necesita como el agua de mayo.

Esta idea de la hegemonía de la reproducción sobre la producción en la vida del capital puede sorprender a muchos; pero si desantropomorfizamos y desesencializamos nuestras representaciones, si optamos por una ontología marxiana -cosa legítima en sí misma, pero sobre todo verosímil para leer a Marx- nos será más fácil soportarla. Aunque use alternativamente ambos registros, prefiero hablar del capital (desde el capital), no del capitalista (desde el capitalista); y en esa posición asumo metodológicamente que el capital, conforme a su concepto, está determinado a crear valor para valorizarse. Ya sé que en la superficie, en el fenómeno, como decía Marx, las mercancías no andan solas, necesitan alguien que las lleve al mercado; pero van, entran y juegan en el mercado porque son mercancías, no porque alguien las lleve. Más aún, tensando la cuerda, las llevan sus dueños en tanto que son mercancías, como obedeciendo a la exigencia de éstas; si no fueran mercancías, si no tuvieran valor de uso o carecieran de valor de cambio, ambos relaciones sociales, sus dueños o porteadores no perderían el tiempo en llevarlas a ninguna parte, pues no serían admitidas. Por eso se preocupan de llevarlas a tiempo, en su tiempo, cuando pueden bailar con elegancia e intercambiarse con eficiencia; por eso las intercambian conforme a sus reglas, a sus valores, no conforme a sus gustos o deseos, que han de adaptarse a ellas como la idea de Dios a sus criaturas.

No obstante, hemos de evitar lecturas fanáticas y fetichistas. Dicho lo dicho de ese modo, sin matizaciones, cabría pensar que el fin último del capital es autovalorizarse, es decir, que “persigue” fanático la acumulación. La insuficiencia de las matizaciones nos lleva a subjetivar la representación, y a pensar el capital no como un ser en sí que sufre determinaciones que lo empujan y dirigen su movimiento, sino como un sujeto con subjetividad, con conocimiento y voluntad, un danzarín nietzscheano que transita libre sobre la cuerda, que va hiperventilado por la vida sin más carga que el perverso deseo de crecer en valor. Y, puestos en esa pendiente, para ganar impulso y vencer cualquier inflexión del camino, echamos mano de una identificación al uso, del capital con el capitalista, tomando al representante por lo representado, viendo en aquél no un “portador” o “porteador” que acompaña las mercancías al mercado, como comenta Marx en Capítulo 1 del Libro I de El Capital, sino su alma, el espíritu de su movimiento. Inversión nada difícil, pues el orden del discurso positivista dominante facilita creer que el capitalista es el amo del capital, por ser el “propietario”, y no a la inversa; y el amo en el subjetivismo actual es más despótico que nunca, totalmente libre y todopoderoso, su verdadero demiurgo, y no su reflejo subjetivo, esa sombra de otra sombra en la caverna platónica.

Por tanto, no regateemos detalles, matizaciones y precisiones, cuantos más mejor. El capital está determinado conforme a su concepto a valorizarse, pues es valor que se valoriza; y podemos conscientemente expresar esa determinación en registro subjetivo, diciendo que “persigue voraz la acumulación”. Pero en ese mismo registro no tenemos derecho a concluir que lo hace porque le gusta la presa; bien podría ser que lo haga porque la apasiona la caza. Bien podría ser que necesita más la actividad constante de autovalorizacion que la acumulación constante del resultado de la misma. Y seguramente hay muchos más elementos racionales que apoyan esta idea, que contribuyen a mostrarla epistemológicamente más potente, con mayor capacidad de entender su movimiento, sus recorridos, sus mismas crisis; pensad en éstas, siempre ligadas a su imposibilidad circunstancial del capital de mantener su actividad, no a su magnitud o grosor; pensad cómo siempre sale de ellas y las sobrevive destruyendo fuerzas productivas, que rompe el alma del capitalista privado, pero que así, aunque adelgazado, recrea las condiciones idóneas de posibilidad de valorizarse .

Se mire como se mire, el capital es un adicto a la acción, no al resultado. Incluso la adicción a los resultados, a la presa, del capitalista, su representante en la consciencia, se comprende como un dispositivo instrumental, como medio de mantener siempre activo el capital; la infinita avaricia del capitalista es el mejor combustible del capital. No es extraño, están hecho el uno para el otro. O se ve así, o no se comprenderá adecuadamente su funcionamiento.

Pues bien, como aparece en su fórmula, el ciclo del capital productivo no acaba en (producción de valor) ni en (realización del valor), sino en P; es decir, la forma productiva del capital no acaba cuando el capitalista ha cumplido su objetivo subjetivo de conseguir plusvalor, sino cuando regresa a su origen, a su posición productiva, cuando “vuelve a empezar” con más fuerza. El ciclo del capital productivo no acaba cuando el capitalista “hace caja”; en rigor, en ese momento hay oculto un instante inquietante, que abre la posibilidad de la tragedia; hay un instante de suspensión del tiempo, en que el capital dinero pasa a dinero y abre la puerta a la posibilidad de salir del circuito del capital, de abandonarlo, de retirarse a disfrutar de la existencia plácida del reino de la riqueza. Algo así como aquel instante de indeterminación absoluta del ser, del que hablaba Kant para describir el momento revolucionario, con la suspensión total del derecho, donde puede surgir otro derecho que permita la continuidad del ser social o bien el no-derecho, el caos, la aniquilación de la sociedad. Pero mientras Kant sentía terror ante ese momento de la indeterminación del ser social por la ausencia de la determinación jurídica, en nuestro caso el capital, tanto en su en sí objetivo como en su para sí en la y su consciencia en el capitalista, no duda de que ha de pasar por ese instante, de que ha de saltar por el abismo que siempre se abre en su circuito. Y suele pasarlo con éxito, reduciendo a la inexistencia ese impasse lógico. En su existencia, en su forma empírica de existencia, ha obviado ese abismo al dispersar el capital por todos los vagones del tren, tal que cuando cada parte llega a ese instante las otras están en el circuito; salirse una sería el suicidio de las otras. Y así, sin solución de continuidad en el camino real, el capital productivo deviene mercancía y desaparece consumido; se ha travestido en dinero para que el capitalista tenga la experiencia de que su aventura ha sido exitosa. Pero como el destino del capital productivo no es acabar en la forma dinero, sino regresar a la suya, pasa sin convulsiones el abismo, ignorando la amenaza de aniquilación, y continua su regreso al origen.


1.2. El capital-producto bebe de su actividad productiva. Cuando el capital industrial abandona su forma P, de capital-producto, y tras pasar por M´, toma la forma D´, su expresión dineraria. Esa transformación es necesaria porque P tiene el destino de reponer los Mp y la Ft, gastados haciendo posible la reproducción; y las metamorfosis del capital, del valor-capital, que se requieren sólo pueden darse en la circulación. Por tanto, ha de abandonar el territorio de la producción y pasar al de la circulación de mercancías. Ha de cruzar la frontera mutando a y sufriendo las metamorfosis necesarias para esa reposición de los medios de producción consumidos en el ciclo anterior.

Ahora bien, P llega a la frontera con su carga de plusvalor; es obligado que así sea, pues esa es la función de ese recorrido del capital por la fábrica, valorizarse; por eso es la fase o el territorio de la producción (de valor); por eso estamos hablando del momento productivo del capital. En consecuencia, al regresar a la circulación arrastra una doble carga: la del valor con que llegó a la producción y la del plusvalor generado en la misma. Conceptualmente ha de distinguirse, y en ciertas circunstancias ha de escindirse y desdoblarse, separar ambas cargas.

En cuanto P regresa a la circulación entra como , traspasándose simultáneamente, de modo indistinto, su doble carga. Obviamente, en podemos seguir manteniendo la distinción conceptual entre las dos cargas de valor que provienen de P, el valor adelantado y el plusvalor. Pero bajo la forma homogénea de la mercancía no pueden separarse; sólo se las puede distinguir cuantitativamente. De ahí que, siguiendo el curso de la reproducción, sometido a esa exigencia de reponer en cantidad y en calidad los medios consumidos, el capital haya de someterse a otra metamorfosis, y pasar de a . Ahora, bajo la forma dinero, la escisión y separación es posible; desde esta figura el capital puede seguir adelante en su reproducción. El mecanismo se realiza mediante la división de , que se reparte en D + d, lo que permite al capital entrar en un momento de indeterminación, de posibilidades abiertas.

En primer lugar, la separación entre D y d permite, en el supuesto de la reproducción simple, la aparición de dos circuitos en paralelo, con dos tipos de mercancías como referentes: la metamorfosis D – M, que en concreto sería D – M [=Mp + Ft], en la que el valor capital en forma de dinero pasa a mercancías específicas, mercancías productivas, que reponen lo consumido; y la metamorfosis p – m, en la que m expresa mercancías de consumo, los medios de vida del, capitalista, que las saca del circuito para su sobrevivencia. O sea, esa escisión y separación del valor capital que permite la forma dinero hace posible, a un tiempo, la reproducción efectiva de la producción, mediante la M que pasa a consumo productivo, y la sobrevivencia del capitalista, mediante la m que pasa a consumo individual privado.

Pero esa escisión abre otras varias posibilidades, en el supuesto de una reproducción ampliada, pues permite incorporar el plusvalor d, todo o una parte, al D, para comprar M [=Mp + Ft] en mayor cantidad que la consumida, tal que el nuevo ciclo partiera de un valor capital mayor. Incluso permite otro uso de d, dedicándolo a otra actividad capitalista diferenciada… En fin, da mucho juego esa cualidad del dinero de ser fácilmente divisible; con imaginación podemos ir abriendo esas posibilidades múltiples. Yo lo he llamado momento de indeterminación para enunciar esa multiplicidad de puertas abiertas. Y entre ellas habríamos de contar la posibilidad, poco probable, de abortar ahí el ciclo, de paralizar el movimiento del capital, en el que el capital-dinero D pasa a simple dinero, se traspasa a otra rama de la producción, o simplemente sale del mercado en forma de riqueza acumulada, monetaria o no, esperando nuevos aires. Lo que pretendo decir es que esa forma D del capital es la más versátil, la más indeterminada y, por qué no decirlo, la que más seguridad da al capitalista.

En situaciones normales, la parte más relevante de , a la que ahora hemos de seguir el rastro, es la D que continúa en el circuito, sin salir de la categoría, manteniéndose en el ciclo del capital; circula por ese tramo de la circulación de mercancías, e inicia de iure el ciclo productivo siguiente, aunque de facto el mismo comience cuando D se escinda a su vez en varias partes, que en el análisis reducimos a dos, para convertirse en las mercancías que han de ser consumidas en el proceso de producción. Allí, todavía en el mercado, el capital dinero D muta en M, con sus formas particulares de Mp y Ft. Y así inicia la segunda fase del ciclo de P, que ya conocemos como primera fase del ciclo del capital: D – M [=Mp + Ft] - … P.

Nótese que escindido en sus dos componentes, el plusvalor d y el capital adelantado D, ésta también ha de escindirse, pues una parte ha de cambiarse por Mp en el mercado de mercancías productivas y otra por Ft en el mercado de trabajo. O sea, una parte de D busca en la circulación general mercancías de valor Mp, que saca del mercado y traslada a la producción; la otra parte ha ido, en forma de salario, a buscar Ft, que también saca del circulación y traspasa a la producción, pero que en este caso, de forma mediata y a través del trabajador, regresa en forma de dinero a la circulación general para transformarse en mercancías, que saca del circuito para consumo del trabajador en calidad de medios de vida de éste. Como se ve, todo lo que sale vuelve a entrar con otra forma. Sólo las mercancías destinadas al consumo individual del trabajador o del capitalista abandonan definitivamente el circuito, pero el valor en marcha no se resiente, ya que incluso en la reproducción simple es compensado por el plusvalor generado. Por eso Marx insiste en diferenciar y desglosar M y m, la primera que garantiza la reproducción y la segunda que, como mínimo, cubre el consumo privado del capitalista, y habitualmente le excede y aboca el sobrante a la reproducción ampliada; y dentro de M distingue Mp y Ft, pues aunque ambas han de reponerse, reproducirse, lo hacen en vías muy diferentes: Mp pasa a ser consumida en el P y será reproducida en el ciclo siguiente, cuando aparezca de nuevo la edición de ; Ft, en cambio, ha de reproducirse fuera del circuito del capital, ésta también ha de reponerse, pero “fuera” del capital, prima facie bajo control del trabajador, no del capitalista; en concreto, tras sus venta mediante el salario, en forma de dinero propiedad del trabajador, éste lo regresa a la circulación de mercancías para obtener sus medios de vida, en un recorrido particular Ft – d - m.

Nótese que si en el ciclo del capital-dinero la producción aparecía como una interrupción del mismo, ahora, en el ciclo del capital-producto, es la circulación la que debería expresar una interrupción; digo “debería” porque, como veremos, no es tal interrupción, no puede ser considerada así, sino todo lo contrario, pues es la prolongación o unión de los momentos del ciclo productivo. Nótese también que en este ciclo del capital-producto la circulación se presenta contrapuesta a la que aparecía en el ciclo del capital-dinero. Allí era, prescindiendo de la determinación del valor, D – M – D, (desglosada: D - M, M - D); aquí es M - D - M (desglosada: M - D, D - M). O sea, el ciclo del capital-dinero parece adecuarse perfectamente a la forma general del ciclo del capital; en cambio, el ciclo del capital-producto parece reproducir la forma general del ciclo mercantil. Digo “parece”; quiero decir que ese fenómeno sólo tiene lugar en la expresión, en la representación. Es en este plano donde el circuito del dinero gana a los puntos, y en esa apariencia arraigan las fuerzas que nos arrastran al fetichismo, como veremos. En todo caso, tras esta aproximación veamos ahora más de cerca el análisis marxiano de este ciclo del capital-producto, donde pondrá de relieve su peculiaridad y su importancia relativa.


2. El capital-producto en la reproducción simple.

Todo este análisis de juegos de ciclos tiene dos objetivos fundamentales, uno teórico y otro político. El teórico es mostrar que las exigencias analíticas llevan ineludiblemente a unas representaciones abstractas de la realidad, tal que la sacralización de alguna de ellas visión empuja al fetichismo; de ahí la necesidad de una mirada crítica que compense y corrija la inevitable determinación analítica y nos acerque a una idea global más compleja y concreta. En el caso concreto de la economía política una de las causas del fetichismo es la representación del sistema económico como mera producción de mercancías regido por las leyes de la circulación de mercancías. La mirada crítica de Marx tenderá, en cambio, a distinguir los procesos de producción y de circulación y a argumentar su radical unidad, fijando sus mecanismos y relaciones, entre ellas la función de ocultación de su propia finalidad última.

Por ejemplo, si se presenta el capitalismo desde el punto de vista de la circulación del capital-dinero, D – M – D´, que es la representación más extendida, tópica e intuitiva, se oscurece o invisibiliza el origen del capital; se ve su esencia, su valorización, pero se oculta su procedencia y el mecanismo de su génesis. De ahí que, tras el ciclo del dinero, por el que se había de pasar y sin restarle un ápice de relevancia, nos proponga ahora el ciclo del capital-producto, abstrayendo la función productiva, para compensar y hacer presente la importancia de esa zona oculta, subterránea, que el circuito del dinero invisibiliza o, al menos, no visibiliza.

Además, si se aísla un ciclo, como impone el análisis, lo más que se percibe es la “reproducción simple”; por ello, tras este análisis, habrá que imponer la perspectiva de la “reproducción ampliada”, que representa mejor la realidad en su complejidad. Y, dentro de ésta, habremos de dar entrada a lo que la abstracción analítica oculta, a saber, al movimiento complejo, desigual y desfasado, desincronizado, de un capital que se fracciona para reaparecer en cada momento en lugares distintos y ejerciendo diferentes funciones, o sea, encarnando figuras diversas. En definitiva, el análisis ha de ir corrigiendo los efectos de ocultación que genera en su avance. Ya lo iremos viendo. De momento veamos el análisis que Marx hace del ciclo del capital productivo desde el punto de vista de la reproducción simple.


2.1. Marx comienza, a partir de la ya conocida fórmula general del ciclo del capital-producto, P… M´- D´- M … P, donde se explicita su doble recorrido, por la producción y la circulación, por distinguir y aislar los dos momentos de ésta, del recorrido por el mercado. El circuito del capital-producto es, en abstracto, P… P; entre el origen y el final, interrumpiendo aparentemente el movimiento productivo, se incluye la circulación, con el recorrido general M´ - D´ - M. Y en ella, desglosada, aparecen los dos momentos, M´- D´ y D´- M. El paso por la circulación implica un tiempo no productivo del capital. La circulación parte de un capital-mercancía, mutación generada en la aduana de la frontera al pasar P, que deviene en su nueva ciudadanía.

Haciendo abstracción de la cualidad y reduciendo los símbolos a expresiones de magnitudes de valor, M´= M + m = P + m (igualdad en valor, claro está). Es decir, en la reproducción simple contiene M = P, que garantiza el ciclo siguiente, y m que habrá de separarse y no pasará a formar parte de P, del capital productivo que repetirá ciclo. Ese momento llegará, lo sabemos, tras la metamorfosis de en , dada la flexibilidad y divisibilidad de la forma dinero.

Una cuestión importante es qué pasa con m, qué función juega. Ya vimos que en el ciclo del capital-dinero, representado por D – M [= Mp + Ft] - P … P – M´ [= M + m] – D´ [= D + d], la plusvalía m se realizaba en d, al mismo tiempo que M lo hacía en D; en el mismo acto se cumplían las dos metamorfosis, distinguibles conceptualmente. Y conviene distinguirlas bien, pues mientras M realiza en ese acto su segunda metamorfosis, en cambio m inicia la primera. Pero, en todo caso, desde el punto de vista del capital dinero es irrelevante el destino de ambas; cierra un ciclo d sólo se distingue de D en que nos indica que efectivamente D es capital, se han comportado como capital pues se ha valorizado; d es el testimonio.

Ahora, en el ciclo del capital-producto, las cosas son diferentes y lo que interesa saber es el P de inicio en el segundo ciclo es igual o mayor que en el anterior, igual o mayor que el capital adelantado; que es tanto como decir si M y m siguen juntas o se separan. Marx dice al respecto:

“El primer ciclo termina con D', y como D', exactamente igual que el D originario, puede inaugurar de nuevo como capital-dinero el segundo ciclo, no hacía falta por de pronto averiguar si el D y el d (plusvalía) contenidos en D' siguen juntos una trayectoria o describen trayectorias diferentes. Eso sólo habría sido imprescindible si hubiéramos seguido ulteriormente el primer ciclo en su renovación. Pero en el ciclo del capital productivo sí que hay que resolver ese punto, porque ya la determinación de su primer ciclo depende de ello, y porque en él M´ - D aparece como primera fase de la circulación, la cual se tiene que completar con D - M. De la resolución de ese punto depende el que la fórmula represente la reproducción simple o reproducción a escala ampliada. De modo que según se resuelva se modifica el carácter del ciclo” [3].

En el supuesto de la reproducción simple, M' ha de pasar al valor M en el origen del segundo ciclo, por lo cual ha de desdoblarse en M + m; toda la plusvalía pasa al capitalista, que la extrae del circuito para su uso privado. Ese paso implica que antes M’ se ha convertido en D’, que a su vez se ha desdoblado en D + d. Y como estamos en una economía mercantil, que cumple la ley del valor, D sigue circulando en el ciclo del capital industrial y d pasa a la circulación general de mercancías; o sea, d se convierte en circulación dineraria, monetaria, puesta en marcha por el capitalista pero que discurre fuera de la circulación del propio capital individual. Por tanto, D pasa a reproducir los medios de producción, M = P, y d a comprar mercancías, m, de consumo no productivo; o, lo que es equivalente, M repone o reproduce el capital productivo y m se separa de M, no sigue su camino como capital, sale de esta forma, muta a dinero virgen y pasa a la circulación de mercancías. Podemos representar el proceso en el siguiente esquema:

M´ [= M + m] – D´ [=D + d] – M [= Mp + Ft] + m

Vemos que D se revierte al proceso productivo, pero debe hacerlo sin parar, sin pausas; en cambio d, que pasa al consumo de mercancía m, a la circulación de mercancías, no tiene esa exigencia; el capitalista puede comprar en tiempos diversos; como ya no es capital, no está apremiado por el tiempo. Ese es el dinero realmente libre, del que se puede disfrutar. Lo he dicho muchas veces, la libertad es un atributo de la riqueza, no del capital. Mientras D no puede disfrutar del descanso, de vacaciones, sin graves consecuencias, no ocurre lo mismo con d, que puede gozar de su tiempo libre. Incluso cuando sólo ha dejado de ser capital en sí, objetivamente, pero conserva su imagen, su pasaporte caducado, en la subjetividad del capitalista, que piensa que tal vez pueda algún día recuperar su ser perdido, puede gozar de generosos descansos, que bien se ha ganado. Vaya, que el dinero también tiene ese privilegio de “pasar a la reserva”:

“El dinero existe, por lo tanto, durante algún tiempo en forma de reserva o tesoro destinado al consumo corriente, pues el dinero cuya circulación se interrumpe se encuentra en forma atesorada. Su función de medio de circulación, que incluye su transitoria forma de tesoro, no entra en la circulación del capital en su forma de dinero D. Ese dinero no se adelanta, sino que se gasta” [4].

Lo importante aquí es que tanto D como d, contenidos en , toman una existencia separada, en forma de diferentes sumas de dinero; son formas transformadas del valor que se expresaba en , una conservando su modo de ser capital y la otra con el pasaporte indefinidamente caducado. Pero, claro está, la separación de esencias lleva aparejada la separación de existencias; distintas identidades implican distintas nacionalidades, distintos mundos de la vida. Así, aunque habiten la misma ciudad, aunque recorran el mismo circuito de la circulación general de mercancías, su relación es como la de los habitantes de las dos ciudades de Agustín de Hipona, que saben distinguir entre el César y Dios, servir a ambos sin interferencias.

En lo que respecta a d, se encuadra cómoda en su improductividad, instalada en la circulación simple de mercancías: m – d – m. En la primera fase de este trayecto, m – d, dentro de la circulación del capital-mercancía, d compartía ciclo de capital e identidad con D, pues ambas viajaban en el cambio M´- D´. Pero en la segunda fase, d - m, al contrario, la d está fuera de ese ciclo, se ha desnacionalizado, ha perdido su condición de capital para adquirir la de dinero, de simple riqueza; ya sólo pertenece al ámbito de la circulación general de mercancías, comparte territorio con D pero cada una vive en su ciudad, una la terrestre y la otra la celeste.

Con otras palabras y en resumen, si M y m están unidas en , y por tanto tienen ahí el mismo cuerpo, se separan en cuanto se realiza eny éste se desdobla en D y d. De ese modo m toma vida propia para recorrer su propio ciclo m – d – m. La primera parte, m - d, está incluida en el ciclo del capital, M´- D´, y en ella se realiza, se convierte en dinero, junto con M. Pero su segunda fase, d - m, está ya fuera del ciclo del capital, pertenece sólo a la circulación de mercancías. Eso es todo.

Pues bien, de este hecho que parece simplemente formal se derivan tres consecuencias prácticas importantes, que en conjunto ligan el tipo de reproducción, simple o ampliada, a las opciones que ofrecen las variables en las descripciones simbólicas; la realidad con su contingencia decidirá, pues las cosas siempre se concretan empíricamente en la superficie; pero lo hará en el marco y con los límites de la lógica que opera tras los fenómenos. Veamos estas consecuencias:

“Primero: al realizarse mediante M' - D' = M' - (D + d) el capital-mercancía, se hace escindible el movimiento de valor capital y plusvalía, que en M' - D' era todavía conjunto y sostenido por una misma masa de mercancías; valor capital y plusvalía poseen ahora formas independientes, como sumas de dinero” [5].

Es decir, el paso por la forma dinero permite la distinción y separación empírica entre el valor del capital adelantado y el plusvalor generado; ya estaba esa diferencia en la forma mercancía, en M', pero solo se hace visible y sobre todo prescindible en D'. Por tanto, esta separación requiere el regreso al origen a la forma dinero; para ser riguroso, requiere el regreso del capital dinero a simple dinero, aunque en lo que atañe a D y a la parte del plusvalor que le asegura en el circuito esa salida del capital sea virtual.

“Segundo: si se produce esa escisión, porque se gaste d como renta del capitalista mientras que D, como forma funcional del valor-capital, continúa su órbita determinada por el ciclo, entonces el primer acto M' - D', en conexión con los actos siguientes D - M y d - m, se puede representar como las dos diferentes circulaciones siguientes: M – D - M y m – d - m; por su forma general, ambas son series que pertenecen a la corriente circulación de mercancías” [6].

Es decir, las dos series originadas en la escisión toman virtualmente rumbos distintos, pero en el mismo circuito de la circulación de mercancías. Solo a posteriori podremos concretar los límites de cada una de ellas, como se nos dice en el punto tercero. Ahora bien, nótese que lo que en era homogéneo y objetivamente idéntico, susceptible sólo de distinción conceptual, a partir de su escisión y separación en la forma dinero devienen figuras ontológica diferenciadas y diversas. Lo que revela esa especial ontología marxiana, en la que el ser se decide desde el futuro y desde el exterior, siendo imposible fijarlo en un momento espacio-tiempo, como imposible es en la teoría cuántica fijar la posición y velocidad de una partícula en un momento determinado.

“Tercero: si el movimiento de valor capital y plusvalía, todavía conjunto en M y D, se separa sólo parcialmente (de tal modo que una parte de la plusvalía no se gaste en forma de renta), o si no se separan en absoluto, entonces se produce en el valor capital mismo una alteración todavía dentro de su ciclo, antes de consumarse éste” [7].

Efectivamente, podría ser que la separación solo fuera conceptual, por la identificación de los destinos de m y de M, en la reproducción ampliada. Podría ser que solo una parte de m uniera su destino a M, jurando así fidelidad a su condición de capital, también en el supuesto de reproducción ampliada; en fin, podría ser que separaran sus vidas definitivamente, en la reproducción simple, tal que m desertara de su origen y optara por la vida sana del consumo individual. Todo lo cual nos lleva a pensar la irreductible indeterminación del capital, en todas sus formas, pero especialmente en su forma dinero, donde en la abstracción le están abiertas las diversas determinaciones, incluidas su eutanasia.

Si observamos las formulaciones de los ciclos de ambas formas, la del capital-dinero y del capital-producto, comprobaremos que la metamorfosis M´- D´, que en el ciclo del capital-dinero es el segundo trayecto, en este ciclo del capital productivo es también el segundo, aunque sea el primero de su paso por la circulación. Y, como he dicho, aparece escindido en dos en el mismo acto, en sus dos componentes M´= M - m: por un lado, M – D, que continúa el ciclo del capital industrial bajo la forma mercancía; y por otro, el m – d, que inicia el primero de la circulación de mercancías. Recorren el mismo circuito en paralelo, cada uno en su rail, sin interferencias. En el presupuesto de la reproducción simple que nos ocupa, como ya he dicho, este primer tramo del ciclo del capital-mercancía habrá de completarse con el segundo tramo, d – m, con el cual las mercancías m salen del mercado, dejan de ser mercancías y devienen objetos medios de consumo individual. En cambio, el M – D es final de trayecto del ciclo, pues culmina el proceso de valorización del capital, ya que representa el momento de realización de P, del producto, que representa el valor capital valorizado

Este presupuesto de reproducción simple, que es sólo un modelo analítico, favorece la idea de que el capitalismo es mera producción de mercancías. Al fin y al cabo ambas circulaciones, m – d – m y M – D – M, aunque una sea meramente de valor mercantil y la otra de valor capital, pertenecen por su forma a la circulación general de mercancías, y en consecuencia en ellas rige la ley del valor. Todo, pues, parece girar en torno a la producción de mercancías, o sea, de valores de uso con valor de cambio.

Desde esta perspectiva, el producto mercancía funciona como mero capital-mercancía, mera forma mercancía del capital; y por ello se ve como finalidad del proceso el aumento del plusvalor, el enriquecimiento del capitalista, en definitiva, el incremento de la potencia de su consumo. No es que esta representación subjetiva sea intranscendente, pues, como dice Marx, no ha de ignorarse la “pequeña circunstancia” de que m no le ha costado nada al capitalista, de que es plusvalía extraída del trabajo ajeno. Pero, además, y más importante que el significado de enriquecimiento que representa m, está el hecho de que nos remite a la existencia del valor capital, al ciclo del capital productivo donde ese m surge:

“En la circulación de la renta del capitalista la mercancía producida m (o la fracción del producto-mercancía M' que idealmente le corresponda) no sirve, efectivamente, más que para transponerse primero en dinero y luego, de dinero, en una serie de otras mercancías que sirven para el consumo privado. Pero no se puede en esto pasar por alto la pequeña circunstancia de que m es valor mercantil que no le ha costado nada al capitalista, encarnación de plustrabajo, razón por la cual entra en escena inicialmente como elemento del capital-mercancía, M'. Este m, pues, está ligado ya por su misma existencia al ciclo del valor capital en proceso, de modo que si el proceso del valor capital queda bloqueado o se perturba de un modo u otro, se reduce o cesa completamente no sólo el consumo de m, sino también y al mismo tiempo la salida de la serie de mercancías que constituyen la reposición de m. Lo mismo ocurre cuando falla M'- D' o sólo resulta vendible una parte de M' [8].

Por ello es muy conveniente ver el juego de “funciones” del valor capital. Por ejemplo, aparece inocentemente en la circulación general de la mercancía, sin mostrar su procedencia y, sobre todo, sin desvelar lo que lleva dentro; es mercancía de pleno derecho y actúa como mera mercancía. Tanto es así que puede ser comprada y vendida varias veces sucesivamente, multiplicando el juego de metamorfosis entre mercancía y dinero; en los intercambios no se revela como capital, oculta esta condición, que no es una determinación significativa en el, intercambio; al vendedor del tejido le da igual que el comprador la use para hacerse una levita o como materia prima para fabricar camisas. En el intercambio no cuenta la procedencia de su valor, no es significativo que arrastre plusvalor; sólo cuenta su magnitud de valor. Su DNI de mercancía prevalece, desplaza y oculta su ADN de capital.

Ahora bien, si aparece en ese escenario no es porque le tenga afecto, sino porque es un momento inexcusable de la circulación del capital, porque éste necesariamente ha de pasar por esa figura de capital-mercancía para poder transitar, recorrer, su ciclo. Ya lo he dicho, pasa por M´ porque ha de llegar a la forma D´, única manera de desdoblarse en M y m, única vía de, por un lado, continuar el ciclo del capital y, por otro, poder sacar m, toda o parte, para el consumo; y ha de llegar también a porque es la única manera de escindirse y repartirse en esos dos particulares tipos de mercancías que son Mp y Ft mientras están en el mercado. Mientras esté en manos del comerciante, es mercancía, sólo mercancía, y nada tiene que ver con la producción; y prueba de ello es que el paso M – D, paso al consumo, puede estar distanciado del momento de su función como capital-mercancía. Marx dice: “La metamorfosis que se ha consumado ya en la circulación del capital está todavía por consumar en la esfera de la circulación general” [9].

Conviene, pues, tener muy presente esta doble presencia del ciclo del capital, como parte de la circulación general y como ciclo productivo particular, y la relación entre ambas formas. Se ve con claridad que se desdobla en D y d. En cuanto capital dinero, D sigue el ciclo del capital; en cambio d, en cuanto dinero gasto de renta (d – m), usado en el consumo individual, pasa a la circulación general de mercancías y escapa al ciclo del capital. Así es como se ve en la reproducción simple, donde se separan M y m, al igual que D y d, para seguir sus propios caminos; pero las cosas no ocurren así en la reproducción ampliada.

Nótese también que aquí, en el ciclo del capital productivo, D no aparece en el origen; aparece ya como resultado de M' - D´, como parte de . Y nótese que tampoco aparece como final, pues ha de convertirse en M (= Mp + Ft) para llegar a fábrica. Y nótese, sobre todo y en definitiva, que la parte de M que se convierte en Ft no aparece como adelanto de dinero para comprar la Ft, sino como adelanto en forma de dinero de una parte del valor-mercancía creado por la Ft en el ciclo anterior:

“Así, pues, el valor capital, en la función de capital-mercancía, M' - D', ha recorrido al mismo tiempo que m - d la fase M – D, y Ft entra ahora en la fase complementaria D–M [= Mp + Ft]; su circulación completa es, pues, M – D – M [= Mp + Ft] [10].


3. Implicaciones prácticas.

Para cerrar la lectura de este capítulo segundo de la Sección I del Libro II trataré de extraer algunas implicaciones prácticas que se derivan de la exposición. Ciertamente, en muchos momentos de la lectura nos asaltan dudas sobre la sofisticación de las reflexiones marxianas que se recogen, y se oscurece el sentido político de las mismas; por ello intentaré ahora mostrar que, sin cuestionar el fundamente objetivo de esas dudas, estas páginas no carecen de substancia práctica. Es cierto que cuesta comprender la importancia que esta Sección I, especialmente esta primera parte sobre las metamorfosis pueda tener para los economistas; pero Marx no escribía, no solamente, para los economistas. Para la política, cuando ésta asume la absoluta necesidad de conocer la realidad como condición de su transformación, estas páginas son irrenunciables; y para los filósofos, y estoy convencido de que Marx también escribía para ellos, esta sección es el mejor lugar de los textos marxianos para buscar su ontología.

Por tanto, no me atrevo a dogmatizar sobre la importancia para la ciencia económica de los juegos de enmascaramiento del capital, pues no estoy seguro de que de hecho ayuden, o puedan llegar a ayudar, a que el capital aparezca en escena sin máscaras; eso sería cambiar su naturaleza, tarea que supera el poder de los gestores divinos de la lógica. Lo que a mi entender sí posibilita, y no es poca cosa, es ver el capital tal y como es, sin ser reducido a su funcionamiento positivista sino presentado en su compleja y móvil anatomía, bien encuadrado en su origen, en su genealogía y en su destino; y considero que ésta es la única manera de evitar el fetichismo y al mismo tiempo de mostrar su vulnerabilidad ontológica. Tratemos de sacar a la luz algunas de estas utilidades prácticas.


3.1. Hemos de acostumbrarnos a detectar y valorar lo insignificante, esos pequeños cambios que afecta de forma directa a la cantidad, que tanto preocupa a la economía, pero que están en la base de su movimiento. Así, si en el ciclo del capital-dinero, como hemos visto, D aparecía como magnitud de valor capital adelantado; ahora, en el ciclo del capital-producto, aparece como parte indistinta de , parte de la suma de dinero en que se ha convertido la realización o dinerización del valor de . Allí aparecía cualitativamente como propiedad o riqueza virgen, y funcionalmente como equivalente de valor universal, como valor de cambio, en todo caso no manchado por su origen capitalista; aquí, en el ciclo del capital-producto, no sólo se presenta como forma del capital, sin ocultaciones, sino que también se nos revela su génesis, aparece como fruto del capital, como transformación P, del capital-producto en mercancía M´; y, por tanto, nos revela su pérdida de la virginidad, pues en su vientre incluye el plusproducto que ha engendrado en el proceso. Es decir, en el ciclo del capital-producto el capital-dinero aparece con un modo de ser muy diferente al que vive en su ciclo del capital-dinero. Lo mismo ha devenido lo otro; la substantividad de ocupar el origen y el final del proceso ha sido sustituida por la inestabilidad y precariedad derivada de ocupar y ser sólo una forma de transición, ni originaria ni conclusiva, del movimiento del valor. En este nuevo escenario de representación los significados han sufrido el cataclismo que ha perturbado las funciones. Por ejemplo, la parte de D que pasa a Ft, que en el escenario del capital-dinero expresaba un simple adelanto de dinero por la compra de la Ft, en este nuevo escenario del capital-producto puede y debe verse como una parte del valor-mercancía creado por la Ft misma. Es decir, ahora no hay adelanto de dinero (por el capitalista) para comprar fuerza de trabajo necesaria al proceso productivo, sino que la fuerza de trabajo se financia, se reproduce a sí misma, pues con su producto convertido en dinero se compra la fuerza de trabajo que reponga la consumida en el proceso.

Marx lo describe así: “El dinero que en este caso se adelanta al trabajador no es sino forma de equivalente transformada de una parte del valor mercancía producido por él mismo” [11]. Parece cosa simple, un mero desplazamiento de la perspectiva y aparece otra realidad antes invisibilizada. ¿Interesan estas sutiles cuestiones ontológicas a los economistas y a los políticos? Allá cada uno con sus roles, lo que sí me parece obvio s que tales sutilezas no pueden ser menospreciadas por cuantos -economistas, políticos, filósofos o qualunque- incluyen en su vida humana la pretensión de comprender el mundo. Ver las cosas desde otras perspectivas, sus otros modos de ser, a veces retroalimentados, es realmente la condición de posibilidad de pensar el mundo del capital; es otra ontología que nos permite otra representación y otra concepción del mundo.

Generalicemos un poco la mirada. Podemos decir que aparece ahora como forma transformada de , que a su vez es producto de la función de P en el pasado ciclo; y así D´, que antes ocultaba su origen, ahora en su totalidad aparece como forma dinero del trabajo pasado acumulado. Con el mismo se comprarán los medios de producción para perpetuar el proceso productivo, incluida la fuerza de trabajo necesaria en el mismo. Todo sale de ahí, de D´, o sea, del valor acumulado. Y al presentarse el capital como valor-trabajo acumulado, y al ser la fuente de la reproducción de todos los elementos del proceso productivo, el capital que se revela como autor de sí mismo en su autovalorización nos deja ver su origen, que no es otro que el trabajo. Y eso es así siempre, incluso en aquellos casos en que M aún no se haya producido, en que sea mero compromiso de producción. Al fin, las formas del capital, expresadas en dinero, son representaciones de trabajo pasado y trabajo futuro; el capitalista paga con el trabajo pasado el trabajo futuro.

“Tal vez compre el trabajador con ese dinero una levita que no se hará hasta la semana siguiente. Éste es señaladamente el caso del gran número de medios de vida necesarios que se tienen que consumir casi inmediatamente en el momento de su producción, para que no se estropeen. De este modo el trabajador recibe en el dinero con que se le paga su salario la forma transformada de su propio trabajo futuro, o del trabajo futuro de otros trabajadores. Con una parte de su trabajo pasado, el capitalista le da orden y asignación sobre su propio trabajo futuro. Su propio trabajo presente o futuro constituye la reserva todavía inexistente con la que se le paga su trabajo pasado. Con eso aquí desaparece por completo la idea de que se formen unas reservas previas” [12].

Para Marx es muy importante esta batalla ontológica por visibilizar el origen del capital. Frente a las ontologías esencialista y positivista, que reduciendo el ser, respectivamente, a lo oculto inaccesible y a la presencia tienen el efecto de ocultar o disfrazar la realidad, Marx busca pensar la realidad en un cuadro categorial que encuentra en el plano de la esencia el ser, su forma, su lógica, su posibilidad de ser, y en la superficie fenoménica su existencia efectiva. El caso paradigmático es el juego entre los conceptos de valor y de valor de cambio, que definen el ser de la mercancía. Sólo si llega el momento de la manifestación del valor de cambio, en el mercado, se decide que sí, que el objeto era una mercancía, que tenía valor de uso y por ello era deseado, y que cargaba valor y en proporción al mismo se ha intercambiado. Pedro esa manifestación del valor de cambio no ha decidido el valor de la mercancía, no ha puesto el valor en la mercancía; al contrario, porque tenía valor, cargado en el proceso de producción, pudo manifestarlo en el mercado. El valor de cambio es la manifestación fenoménica del valor de la mercancía; es el síntoma de que aquel objeto del trabajo devino mercancía. Por tanto, no hay valor -no era mercancía, aunque lo imagináramos, aunque lo deseáramos- sino llega a expresarse como valor de cambio; pero no hay valor de cambio sino porque lleva valor.

La perspectiva de la producción y la abstracción analítica del ciclo como universo de representación aparecen aliadas en su función invisibilizadora del origen del capital. Y usando la formulación del ciclo del capital-dinero como canónica del ciclo del capital, por ser la que mejor se adapta a la ocultación de los apellidos de , consiguen con éxito presentar el plusvalor como producto del capital adelantado, haciendo invisible no sólo que el plusvalor es trabajo no pagado, sino que todo el capital adelantado, D en su totalidad, es en la perspectiva de la reproducción trabajo no pagado, acumulación de plusvalor. Esta es la función de la ontología que Marx elabora sobre la marcha y pone en funcionamiento en su crítica, la de hacer posible una representación distinta del mundo del capital.


3.2. A veces Marx nos sorprende al entretenerse con sutilezas que, sin su advertencia, seguramente nos pasarían por alto. Por ejemplo, atrae nuestra atención hacia el hecho de que en la fórmula de la economía mercantil M – D – M [= Mp + Ft] el símbolo del dinero cambia dos veces de posición, aunque lo oculte la fórmula general; para verlo mejor deberíamos desdoblarla en sus dos movimientos, M – D y D – M. Objetivamente es la misma magnitud de dinero, e incluso materialmente es el mismo dinero; pero subjetivamente en cada caso su función es distinta: el productor lo recibe como vendedor y lo entrega como comprador. Obviamente, en el registro objetivo al dinero, como a la levita, no le importa quien lo use; su función objetiva ha sido la misma en ambas transacciones, ha servido de medio de cambio. La mercancía se transforma en dinero para enseguida convertirse en mercancía. El baile es tan discreto y elegante que no se visibiliza si D es dinero mercantil virgen o capital-dinero, pues el paso del capital por la figura del dinero es fugaz; además, el capital-dinero rinde tributo a su disfraz y actúa sólo medio de circulación, medio de compra-venta. En consecuencia, todo ocurre en el reino igualitario de la mercancía.

Esta función mercantil, tan discreta y eficiente, también aparece cuando los capitalistas se compran unos a otros, cuando saldan cuentas entre ellos; parece -sólo parece- que sus transacciones tienen lugar en el mundo de la circulación de mercancías. Ahora bien, en realidad, aunque tienen lugar en ese mundo, pues el capitalismo no deja de ser una forma de la circulación mercantil (con más precisión, una forma económica y social que ha hecho suya y subsumido la circulación mercantil), no se confunden con él, tal y como el “gran mundo” no se confunde con el de la canalla, que diría Voltaire.

Efectivamente, todo ocurre en el mercado, pero aquí, escenario de exhibiciones, sólo se ve lo que aparece, y ya sabemos que Herr Kapital es especialista en disfraces y simulacros. Cuando el capital aparece necesariamente en el mercado, aparece como capital-mercancía o capital-dinero, aunque sólo se vea como mercancía o como dinero, como marca su pasaporte en el reino del mercado; el capital quiere y necesita pasar por buen ciudadano mercantil. Obviamente, su movimiento ha de acompasarse y responder al esquema mercantil M – D – M; pero mientras en los circuitos individuales normales D es mero medio de cambio, en los circuitos del capital D es capital-dinero. Goza de esa doble nacionalidad que le permite y exige llevar una doble vida, la oficial mercantil y la clandestina de capital. Está sometido a las reglas del intercambio mercantil (su patria de adopción), deberes que le permite cumplir su condición de dinero; pero no puede dejar de cumplir funciones ocultas, propias del capital. Entre estas funciones clandestinas la que aquí nos interesa es la de mediatización de la mediación del intercambio D M, o sea, en el segundo momento de la circulación de mercancía. En su condición de dinero mercantil, esa metamorfosis es simple y abstracta, dinero por mercancía; ni al vendedor ni al mercado le preocupa el destino de M; es mera mercancía en abstracto. Pero cuando el comprador es un capitalista, es decir, cuando D es capital-dinero, en el mismo acto, en la misma transacción, M queda determinada por el capital. Podemos representar esta peculiaridad del siguiente modo: D - M [= Mp + Ft]. Aunque al vendedor y al mercado no les importe el destino de M, ni siquiera desglosada y nominada Mp y Ft, -pues pueden ser materias primas, herramientas o máquinas con destino a una producción no capitalista, y Ft puede ser trabajo doméstico, asistencial, en definitiva, no productivo en sentido capitalista- al comprador capitalista sí le importa y objetivamente esas mercancías quedan marcadas por su destino; aunque la transacción se haga conforme a las reglas mercantiles M queda sellada al menos conceptualmente como mercancía especial, “productiva”, con nombre y destino fijado en su cuerpo desde el mismo momento en que se cambia por capital-dinero y no por mero dinero mercantil. Y esa distinción, esa separación, implica una metamorfosis profunda, una transubstanciación, pues supone que unos objetos que sólo eran mercancías y sólo podían vivir en el mercado pasan a ser otro tipo de seres, que existen fuera del mercado y que están condenados a la aniquilación en un proceso productivo.

En conclusión, si en tanto dinero hace posible su transformación en cualquier mercancía, el cambio D´ - M, en tanto capital-dinero media y mediatiza la transformación del valor capital desde su forma M a su forma Mp + m y a su forma P, representado como D´ - M [=Mp + m]P; es decir, el paso del capital mercancía (producida en el proceso productivo) a mercancías productivas y a capital productivo (medios de producción capaces de producir mercancías). Ahora bien, aunque nos apasione esta función clandestina del capital-dinero, hemos de tener siempre presente que aparece -y ha de aparecer en tanto el escenario sea el de la circulación general- como medio de intercambio de unas mercancías (productos) por otras (medios de producción). Como tiene lugar en el mercado, se ha de simular que no hay cambios de valor. Y en esta simulación, que nace de mantenernos en la apariencia (ver el dinero como dinero mercantil, como mero valor de cambio) e invisibilizar la otra función, la clandestina, qua capital, que lleva a cabo profundas transformaciones ontológicas, ya se nos revelan algunos síntomas de la ilusión fetichista. Marx dice, comentando la apariencia del reinado del intercambio mercantil en el capitalismo:

“Damos por supuesto que así sucede aquí. Pero en realidad los valores de los medios de producción varían; precisamente es característico de la producción capitalista un cambio constante de las relaciones de valor causado por el incesante cambio de la productividad del trabajo. Aquí nos limitamos a aludir a ese cambio de valor de los factores de la producción, que habrá que discutir más adelante” [13].

Es otra de la exigencia del análisis, que nos obliga de momento a suponer inmóviles el valor de los elementos productivos; pero estos límites, como anuncia Marx, serán superados por el propio análisis, conforme vaya avanzando a representaciones más concretas. De momento hemos de distinguir entre la mutación P - M', “la transformación de los elementos de producción en producto-mercancía”, que tiene lugar en la esfera de la producción, y la retransformación M' – P, que se desarrolla en la esfera de la circulación. Esta últimas estará siempre mediada por la metamorfosis simple de la mercancía,

“Pero su contenido es un momento del proceso de reproducción considerado como un todo. M – D - M, como forma de circulación del capital, incluye un metabolismo determinado funcionalmente. La transposición M – D – M determina, además, que M es igual a los elementos de producción de la cantidad de mercancía M', y que esos elementos de producción mantienen sus originarias relaciones de valor los unos respecto de los otros; así, pues, aquí se da por supuesto no sólo que las mercancías se compran por su valor, sino también que las mercancías no sufren ninguna alteración de valor durante el ciclo; de no ser así, el proceso no puede discurrir normalmente” [14].

La diferencia del funcionamiento del dinero en los dos ciclos se aprecia también en que en D … D´ el dinero inicial D es un valor-capital que se adelanta para recuperarlo después; en P… M ´- D´- M … P, en cambio, D es una forma que aparece y desaparece en el proceso mismo. Aparece como “fugaz forma autónoma de valor capital”. Como dice Marx, el capital es tan temeroso de asumir esa forma como de deponerla después. Es decir, teme producir y teme, cuando pasa a , volver a pasar a M … P, a capital- producto. Pero, paradójicamente, si bien en la forma dinero el valor capital parece más seguro, de hecho es en esa forma cuando no funciona como capital, pues no se valoriza; es capital baldío. Bajo esa forma, en el ciclo del capital, D actúa inevitablemente como medio de circulación, “pero como medio de circulación de capital” (no como medio de circulación de mercancía).

“La apariencia de independencia que posee la forma de dinero del capital en la primera forma de su ciclo (en la forma del capital-dinero) se disipa en esta forma segunda, la cual constituye así la crítica de la forma I y la reduce a simple forma particular. Si la segunda metamorfosis D - M tropieza con obstáculos (p. e., si no se encuentran en el mercado los medios de producción), se interrumpe el ciclo, el flujo del proceso de reproducción, y lo mismo ocurre si el capital queda detenido en la forma de capital-mercancía” [15].


3.3. Marx no se cansa de comparación el estatus del dinero en las dos fórmulas, D – M – D´ y P... M´- D´ - M... P, de buscar las diferencias en sus funciones; no se cansa, en fin, de mostrar que no hay una esencia dinero inmóvil, que corresponda a un concepto fijo y acabado. “Dinero” alude a una realidad móvil, que no sólo se transforma con el tiempo, sino con las condiciones históricas, con las coyunturas; incluso en una de ellas, como la del capitalismo industrial, el dinero juega diversos papeles, cambia de máscara, se revela cuántico, si se me permite la metáfora. No insinúo que Marx apuntara a la física einsteiniana; sólo sugiero como propedéutica que ciertas insuficiencias ontológicas que la física contemporánea ha encontrado en la newtoniana, especialmente las referentes a la indeterminación y a la lógica de la identidad en el campo de las partículas elementales, a su modo las encontraba Marx a la hora de explicar los fenómenos del capital. Ir más allá en esta idea no me parece aquí oportuno, pero insinuarla… tal vez abra oportunidades.

Volvamos a la comparación de los dos ciclos, representados en las dos fórmulas antes indicadas. En la primera, D figura en el comienzo y el final; se presenta como origen y fin, se muestra seguro y estable, como corresponde a ambas posiciones. No hay riesgo antes de empezar, no hay riesgo al finalizar la aventura; al menos en abstracto. En la segunda, en cambio, D ocupa una posición intermedia, una estación del viaje, cuyo recorrido reemprenderá de forma inmediata; expresa un momento que desea fugaz, se muestra temeroso de su continuidad, es una pérdida de tiempo; podríamos decir que está ahí inseguro, que necesita cambiar enseguida, reanudar la marcha y llegar al destino. Teme pararse en exceso en su conversión en M, forma perecedera e inestable; está impaciente por llegar a P.

Se plantea aquí de nuevo el problema de si el dinero es la forma de capital más segura. Parece tener ventajas respecto a la forma mercancía; el capital-dinero sigue siendo dinero aunque se pare, aunque no funcione como capital; al contrario que la mercancía, que si se para, si es bloqueada en el recorrido, deja de ser mercancía, pierde incluso el valor de uso, y en todo caso deja de ser capital. Cualquier capitalista prefiere que la crisis le coja con las cuentas corriente abarrotadas -posición no buena ni para el capitalista ni para el capital en condiciones normales- a que le coja los almacenes repletos de mercancías que no tienen salida. Es cierto que mientras se mantiene en forma dinero no funciona como capital, no se valoriza; "es capital baldío", dice Marx. Pero, por un lado, no pierde la potencia productiva, puede esperar, domina los tiempos; segundo, puede elegir nueva pareja, buscar otras mercancías productivas para otro proceso en otra rama; tercero, desde su forma dinero puede adoptar otra forma mercancía sin pasar por la forma productiva, por el capital-mercancía; puede convertirse en medios de consumo, medios de vida, de riqueza.


3.4. Reconozco que estos textos son densos, pero interesantes. Ahora intentaré explicitar cómo Marx intenta mostrar la estrecha relación entre las diversas variables y, por tanto, entre las figuras que representan. Pretende mostrar que, en la vida del capital, en sus movimientos y magnitudes, todo está estrechamente determinado, en forma y proporción, de tal modo que las relaciones que establecen sus formulaciones revelan la objetividad del proceso, que marca los límites, el ritmo y el destino de todos sus elementos. Entre todas estas relaciones a Marx le preocupa especialmente mostrar que el capital, en tanto necesita el obrero, ha de garantizar su reproducción, formal y material; pero también los límites de esa reproducción.

Comencemos por apreciar la diferencia entre el primer escenario en que se presenta la transformación D – M [= Mp + Ft], el momento augural del capital, el inicio imaginario en que el aprendiz de capitalista inicia su aventura, el momento que sólo prepara la transformación del capital-dinero en capital-productivo, del segundo escenario, al final de un ciclo y comienzo del siguiente, que prepara la reconversión del capital-mercancía en capital-producto. En el primer caso se iniciaba con dinero virgen, que devenía capital-dinero por medio de una decisión externa y gratuita; en el segundo, el capital-dinero que lo inicia es producto de procesos anteriores y está determinado por leyes inmanentes al proceso de producción.

Para ver con detenimiento las implicaciones de esta transformación D – M (= Mp + Ft), desglosemos los dos movimientos. Se aprecia que no representan simples intercambios de mercancías cualesquiera: D – Ft es compra de una mercancía destinada a la producción de plusvalía; y D – Mp es compra de unos medios de producción necesarios para ese fin. En el efecto de conjunto, D se transforma en P, en capital productivo, y así comienza un nuevo ciclo. La fórmula esquemática P…M´- D´- M…P, que tiene su expresión desarrollada en P … M´ [=M + m] – D´[=D + d] - {[M (=Mp + Ft)] + m}… P, nos permite ver que la conversión del capital-dinero en capital-producto equivale a la compra de mercancías para la producción de mercancías. Ese movimiento cae dentro del ciclo del capital sólo en cuanto se trate de un consumo productivo [16]. Y “es condición suya que por medio de las mercancías así consumidas se haga plusvalía” [17]. Y aquí ve Marx una cuestión esencial e identificadora del capitalismo respecto a cualquier otra forma de producción, incluida la producción de mercancías:

“una substitución así de mercancía por mercancía, determinada por la producción de plusvalía, es algo completamente distinto del intercambio de productos en sí mismo, en el cual el dinero es sólo mediador. Pero los economistas toman la cosa por ese lado, para probar que no es posible una sobreproducción” [18].

En el consumo productivo D se convierte en Mp y Ft; o sea, se desdobla en dos procesos paralelos. El D – Mp está dentro del ciclo del capital. En cuanto al D – Ft, hay que distinguir dos miradas: la del capitalista, que lo ve como D – Ft [= M] – D (compra de Ft en consumo productivo, dentro del ciclo del capital), y la del trabajador, que lo ve en la forma Ft – D – M (consumo individual, reproducción de su vida). En este caso, sólo Ft – D cae en el ciclo del capital, pues resulta de la conversión de D – Ft. El otro momento, D – M, no pertenece al ciclo del capital, aunque nace en éste y está condicionado por él. En rigor D – Ft expresa el consumo del trabajador, de su Ft por el capital; éste necesita la “existencia permanente de la clase trabajadora”.

No cabe duda de que para el trabajador lo importante es Ft – D - M. En este recorrido, Ft - D está incluido en el ciclo del capital, pues es la transformación del capital-dinero en capital productivo. El consumo del obrero por el capital está en el ciclo del capital en esta primera fase; por tanto, la vida del obrero depende del capital, su valor está limitado por sus reglas y condiciones. Pero el auténtico consumo para él, el consumo individual, el D - M, no cae en la circulación del capital, cae en la circulación de la mercancía. Aunque este segundo paso nace en el ciclo del capital y sufre su determinación, no se incluye en él, no es asimilado por él. De aquí esta enigmática tesis de Marx afirmando que, si el capitalista necesita a la clase trabajadora, y la necesita, ello implica que el capital ha de asumir el consumo de ésta, mediado por D - M. No sólo el reparto de D entre Mp y Ft en la reproducción viene dado por reglas técnicas inmanentes al proceso, referentes a la adecuación entre la magnitud de Mp y la magnitud de la Ft, pues no tiene sentido para el capital invertir en más Ft que la que necesita para mover los Mp, y a la inversa; también ha de tener en cuenta el capital la necesidad de reproducción, vía salarios, de la Ft. Volveremos en su momento sobre estos temas, pero su mero enunciado transparenta la carga política que arrastran. En todo caso, el ciclo del capital ha de subordinar, controlar y delimitar el consumo individual del obrero; pero eso no forma parte del ciclo del capital; es algo así como sus condiciones generales de realización: la circulación de las mercancías.

Volvamos a las fórmulas. En el proceso, ha de realizarse, transformarse en ; sólo así se cierra el ciclo, y sólo así puede comenzar el siguiente. Para ello, ha de ser comprada, es decir, ha de tener valor de uso. Una vez en manos del comerciante, sigue circulando; pero, en principio, eso no afecta en nada al ciclo del capital: éste ha devenido , ha llegado a su destino y puede iniciar su nuevo ciclo convirtiéndose de nuevo en capital productivo, o sea, en M [= Mp + Ft], y seguir dando vuelta como los derviches, aunque sin la esperanza de un final en la identidad con la divinidad.

“En efecto, en cuanto que M' está vendida, convertida en dinero, se puede reconvertir en factores reales del proceso de trabajo y, por lo tanto, del proceso de reproducción. Por eso no tiene ninguna importancia inmediata que M' haya sido comprada por el consumidor definitivo o por el comerciante que la quiere revender. La dimensión de las masas de mercancías engendradas por la producción capitalista se determina por la escala de esa producción y por la necesidad de la constante ampliación de esta última, no por ningún círculo predestinado de demanda y oferta, no por las necesidades que hay que satisfacer. La producción masiva no puede tener más comprador inmediato –aparte de otros capitalistas industriales- que el comerciante al por mayor. Dentro de ciertos límites, el proceso de reproducción puede discurrir a la misma escala o a escala ampliada, aunque las mercancías por él arrojadas no hayan entrado realmente en el consumo individual ni en el productivo” [19].

Marx introduce así, de pasada, el tema de la crisis, de indudable interés práctico. De entrada, dice que lo importante para el capital es que haya un comprador inmediato, el comerciante. Dentro de ciertos límites, no hace falta que haya comparador individual; ya lo hemos visto, ese consumo individual no entra en el ciclo del capital. Para el productor capitalista, lo importante es M´ - D´, siéndole indiferfente quién lo compre y para qué. Si vende, sigue el ciclo. Además, en el proceso ampliado, como el consumo productivo introduce y media el consumo individual, el ritmo seguirá ágil. Puede aumentar la plusvalía acumulada y la dedicada al consumo individual del capitalista. Si todo va sobre rueda, sin anomalías exteriores, puede aparecer el espejismo de la autosuficiencia del capital:

“Así puede aumentar la producción de plusvalía y, con ella, también el consumo individual del capitalista, y encontrarse todo el proceso de reproducción en una situación floreciente mientras, sin embargo, una gran parte de las mercancías no ha entrado en el consumo sino aparentemente, y en realidad se encuentra detenida y sin vender en manos de revendedores, o sea, que de hecho está todavía en el mercado. Ahora bien: una oleada de mercancías sucede a otra, y al final queda de manifiesto que el consumo no se había tragado la primera oleada sino aparentemente. Los capitales-mercancía se disputan unos a otros su lugar en el mercado. Los que llegan después venden por debajo del precio, para poder vender. Aún no se han liquidado las anteriores oleadas cuando vencen los correspondientes plazos de pago. Los poseedores de esas mercancías se tienen que declarar insolventes, o tienen que vender a cualquier precio para pagar. Esta venta no tiene absolutamente nada que ver con el nivel real de la demanda. Sólo tiene que ver con la demanda de pago, con la necesidad absoluta de convertir mercancía en dinero. Entonces estalla la crisis. La crisis se hace visible no en la disminución inmediata de la demanda de consumo, de la demanda de consumo individual, sino en la disminución del intercambio de capital por capital, en la disminución del proceso de reproducción del capital” [20].

Como D – M no tiene que hacerse en su totalidad, sino en momentos distanciados, habrá una parte de D que queda provisionalmente sustraída a la circulación, dispuesta a entrar cuando sea conveniente. El almacenamiento de parte de D como “fondo de compra y pago” está marcado por las exigencias de la circulación; ese fondo no está en circulación, pero no es ajeno a ella; es “circulación interrumpida”. El dinero en esa situación es capital-dinero

“De capital-dinero: pues en este caso el mismo dinero temporalmente detenido es una parte del capital-dinero D (de D' - d = D), de la parte de valor del capital mercancía, que es = P, al valor del capital productivo del que arranca el ciclo. Por otra parte, todo el dinero substraído a la circulación se encuentra en forma de tesoro. La forma atesorada del dinero llega a ser aquí, pues, función del capital-dinero, exactamente igual que en D - M la función del dinero como medio de compra o de pago se hace función del capital-dinero, y ello precisamente porque el valor capital existe aquí en forma de dinero, de modo que el estado de dinero es en este caso un estado del capital industrial en uno de sus estadios impuesto por la coherencia del ciclo. Pero también se comprueba aquí: al mismo tiempo, que, dentro del ciclo del capital industrial, el capital dinero no ejecuta más funciones que las del dinero, y esas funciones de dinero no tienen, al mismo tiempo, la significación de funciones de capital sino por su conexión con los demás estadios de este ciclo” [21].

Si una parte del capital-dinero destinado a transformarse en Mp o Ft se retiene, descansa, funciona como un fondo de compra y pago, es capital-dinero. Su descanso forma parte de su autovalorización. Será capital baldío, latente, pero es capital-dinero cuya función se ha interrumpido por circunstancias externas.

Pero si es interrumpida la circulación por causas ajenas a la voluntad del capitalista y al interés del capital, entonces funciona simplemente como dinero atesorado involuntariamente. Toda detención del capital-dinero en su convertirse en capital productivo es una situación de atesoramiento. Este puede ser voluntario o involuntario, funcional o disfuncional, requerido por el ciclo o sobrevenido al mismo.


3.5. Para cerrar este capítulo diremos algo sobre la reproducción a escala ampliada. La reproducción simple, el supuesto usado en el análisis de Marx hasta ahora, es un mero modelo idealizado, apto para facilitar el análisis. El capital, en su tendencia insaciable a la valorización, la hace imposible; el capitalismo está condenado a la acumulación. Ahora bien, esa acumulación requiere unas condiciones y tiene unos límites que conviene precisar. De entrada, las proporciones de la acumulación no son arbitrarias, no dependen del capricho del capitalista, sino que están técnicamente fijadas, como ya hemos visto. La reproducción ampliada supone incorporación de la plusvalía al valor capital, pero la cantidad de plusvalor que puede entrar en el ciclo y el ritmo de entrada obedecen a determinaciones técnicas. Por tanto, ocasionalmente se amontona (atesoramiento), el capital-dinero subsiste como capital latente: es capital-dinero pero no funciona como capital, es capital en espera.

Nótese que el atesoramiento es un momento incluido en el ciclo, y depende del ritmo y las condiciones de éste; pero ese momento no forma parte del ciclo, es como si hubiera salido a la trastienda a descansar. La existencia de ese capital-dinero latente o potencial no amplía la producción, no genera acumulación. Si queda en stand by se debe a que la cantidad de plusvalía que puede entrar en el ciclo ha de ser “adecuada” a la nueva escala de reproducción. Esto es importante, pues, como dice Marx

“Todo el carácter de la producción capitalista está determinado por la valorización del valor del capital adelantado, o sea, en primera instancia, por la producción de la mayor cantidad posible de plusvalía; pero, en segundo lugar (véase Libro I, cap. XXII), está determinado por la producción de capital, o sea, por la transformación de plusvalía en capital” [22].

Decíamos antes que al capital le gusta más la caza que la presa, la caza intensa. Eso le lleva como resultado “colateral” a maximizar la magnitud de la presa, la producción de valor. Pero no todo ese plusvalor generado puede ser incorporado al capital inicial aportado; el ritmo de acumulación de valor, de crecimiento del capital, no es el mismo que el de producción de valor. Ambos tienen sus determinaciones, ambos tienen su lógica propia, aunque combinada.

En el capitalismo la acumulación ampliada es una exigencia interna del capital y una finalidad inducida del capitalista. En tanto que la acumulación es el medio más sólido y estable de producción de plusvalía creciente, sirve a la valoración del capital y al enriquecimiento del capitalista, a las dos determinaciones, objetiva y subjetiva, que rigen el proceso. Por eso, en circunstancias normales, la plusvalía se repartirá entre renta y capitalización. Y lo hará en una proporción estructuralmente determinada.

Como la formulación del ciclo del capital productivo es P… M´- D´- M´ [= Mp + Ft] … P´, y en ella P indica qué parte de la plusvalía se ha capitalizado, ha entrado en el ciclo, se ha sumado a D, solo faltan las razones. A los efectos de análisis teórico vale la pena suponer que toda la plusvalía se acumula; así se facilitan las fórmulas. De este modo expresará el capital productivo ampliado que inicia el nuevo ciclo. Lógicamente, en la formulación, y pasan a ser P y D en el nuevo ciclo. O sea, en cada ciclo las variables de partida ocultan que han sumado plusvalor, que llevan en su interior la plusvalía acumulada. Por tanto, en el D inicial se oculta inmisericorde el origen, o más bien se induce a pensar que, como en el primer ciclo, ese D viene de fuera, no se ha engendrado en la relación capitalista, pertenece de iure al capitalista que lo ha aportado, lo mismo ocurre en los demás ciclos; o sea, se simula que D le pertenece al capitalista porque lo adelantó. “Este origen está borrado en su forma de capital-dinero que empieza su ciclo. Lo mismo ocurre con P' en cuanto que funciona como punto de partida de un nuevo ciclo” [23].

Para profundizar esa cuestión Marx nos invita a comparar formalmente los ciclos P… P´ y D… D´. Éste último indica visiblemente que el capital-dinero incuba capital-dinero, que D vomita plusvalía. En cambio, P … P´ indica que se ha consumado el proceso de valorización: se ha cumplido la función de producir el plusvalor en P y de realizarlo al pasar a y a . Tanto D … D´ como P… P´ expresan la valorización del valor adelantado, pues ambos ciclos incluyen ese momento, representado por el tramo M´ - D´; pero esta metamorfosis es el último estadio de D … D´, el final de este ciclo, como si esa mutación fuera su fin, su destino, mientras que dicha metamorfosis se presenta en el ciclo P … P´ en otro lugar, en la segunda fase del mismo, exactamente en el primer tramo de la circulación:

“En P ... P', P' expresa no que se haya producido plusvalía, sino que la plusvalía producida se ha capitalizado, o sea, que se ha acumulado al capital y, por lo tanto, P' consta, comparado con P, del valor capital originario más el valor del capital acumulado por el movimiento de dicho capital originario” [24].

Lo que quiere resaltar Marx es que ni la figura ni la expresan el movimiento de la producción del plusvalor, sino el resultado del mismo; sólo expresan la presencia del plusvalor acumulado. En cambio, sí expresa el movimiento, la producción de ese plusvalor; nos indica el lugar, el momento, en que ha sido sudado; ese es el significado de su presencia, simbolizar, dar fe, de la producción de plusvalor.

Pero vayamos, para terminar, a otra cuestión práctica, la de los límites de la acumulación. Hemos dicho que d sólo se incorpora a D en determinadas circunstancias. Si d se usa en otro negocio, ha de tener una cantidad mínima, función del negocio. Si se usa en aumentar el primero, son los factores materiales de P los que ponen los límites, pues los medios de producción guardan entre sí relaciones cualitativas y cuantitativas, ciertas proporciones.

“Esas relaciones materiales y las relaciones de valor, sostenidas en aquéllas, entre los factores que entran en el capital productivo determinan la dimensión mínima que ha de tener d para que se pueda gastar en nuevos medios de producción y más fuerza de trabajo, o sólo en los primeros, como acrecimiento del capital productivo” [25].

Mientras d no alcance ciertas dimensiones, el ciclo del capital ha de repetirse, acumulando en reserva d en forma latente, sin capitalizarlo, hasta que la suma alcance ese mínimo. Esa acumulación en reserva de d no es obra de d, sino de la repetición de P … P´. Permanece en forma dinero, como tesoro, hasta que la repetición de varios ciclos consiga una acumulación mínima para devenir activa. El atesoramiento aparece como una función que acompaña transitoriamente a la acumulación, hasta el cambio de escala del capital industrial.

El atesoramiento, a diferencia de lo que ocurre en otras economías precapitalistas, es una forma transitoria del dinero que acompaña al capital; no es un fin, es una necesidad; es capital-dinero latente, baldío, deseando entrar en el ciclo. Ese dinero no siempre está en forma dinero convencional; puede ser un saldo en cuenta de activos. También en cuentas bancarias, produciendo una renta, pero esto no viene al caso; ahí la plusvalía produce dinero, pero no es el capital industrial.

“La plusvalía realizada en dinero ejecuta entonces funciones de capital especiales fuera del ciclo del capital industrial del que ha salido, funciones que, en primer lugar, no tienen nada que ver con aquel ciclo como tal y, segundo, suponen funciones de capital diferentes de las del capital industrial y que todavía no se han desarrollado aquí” [26].

La plusvalía acumulada y fuera del ciclo es el “fondo de reserva”, o de acumulación; un fondo disponible para perturbaciones del ciclo. Por ejemplo, si se retrasa M´- D´; o si al pasar a P estos medios de producción se han encarecido mucho…. En cualquier caso, Marx enfatiza que el fondo de reserva no es un elemento del capital en pleno funcionamiento, no es en rigor capital-dinero, sino un elemento del capital en estado previo al de su acumulación, esperando ésta; o sea, es plusvalía aún no activa.

Como creo ha quedado visibilizado, en estas densas páginas y bajo un juego de representaciones que a ratos desconcierta Marx busca, sin duda, ir fijando su ontología; pero, de paso, y como legitimación de la misma, nos muestra en qué medida su perspectiva permite desvelar y abordar importantes cuestiones prácticas, tanto en la comprensión del capital como en la posición ante sus efectos.


J.M.Bermudo (2014)


[1] C., II, 61.

[2] La necesidad de que el análisis avance hacia lo concreto no para aquí, ni mucho menos. Una vez lograda la concreción en el análisis de un capital individual habremos de abordar su existencia y funcionamiento en un contexto de pluralidad de capitales. Marx no se cansa de advertirnos de ello: “Al examinar la circulación del capital -en cualquiera de sus tres formas- hemos considerado sobre todo los diversos aspectos que reviste en su circuito individual como metamorfosis del mismo valor capital en curso de funcionamiento. No nos hemos de tenido en el encadenamiento de las metamorfosis de los distintos capitales” (K. Marx, Oeuvres. Économie II. Edi. Cit. De M. Rubel, 550.)

[3] Ibid., 62.

[4] Ibid., 63.

[5] Ibid., 65.

[6] Ibid., 65.

[7] Ibid., 65.

[8] Ibid., 66-67.

[9] Ibid., 67.

[10] Ibid., 68.

[11] Ibid., 69.

[12] Ibid., 70.

[13] Ibid., 71.

[14] Ibid., 71.

[15] Ibid., 71.

[16] “La conversión de capital-dinero en capital productivo es compra de mercancías para la producción de mercancías. Sólo cae dentro del ciclo del capital mismo en la medida en que el consumo sea ese consumo productivo; es condición suya que por medio de las mercancías así consumidas se haga plusvalía. Y eso es una cosa muy distinta de la producción, y hasta de la producción de mercancías cuyo fin sea la subsistencia del productor; una substitución así de mercancía por mercancía, determinada por la producción de plusvalía, es algo completamente distinto del intercambio de productos en sí mismo, en el cual el dinero es sólo mediador. Pero los economistas toman la cosa por ese lado, para probar que no es posible una sobreproducción” (Ibid.,73)

[17] Ibid., 73.

[18] Ibid., 73.

[19] Ibid., 73-74.

[20] Ibid., 74.

[21] Ibid., 75.

[22] Ibid., 77.

[23] Ibid., 78.

[24] Ibid., 80.

[25] Ibid., 81.

[26] Ibid., 82.