LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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II - LA RELACIÓN DE CAPITAL Y EL CICLO COMPLETO


En esta entrega continuaremos la lectura del Capítulo I, en el que Marx, tras el análisis de las tres fases del ciclo del capital, da un salto en su concreción uniéndolas en su funcionamiento. Hemos podido ver que, en rigor, en el momento del análisis abstracto de cada fase las otras tenían alguna forma de presencia; es imposible analizar una sin referencias a las otras. Rige lo que llamamos el principio analítico de “presencia mínima necesaria de lo ausente”: al analizar la fase del dinero han de aparecer, aunque sea como límites, la del producto y la mercancía, y así para las demás. Han de aparecer, aunque aún no hayan sido analizadas, aunque aún no tengamos su concepto. Pero ese es el modo de avanzar en el conocimiento, avanzar spinoziana y no cartesianamente, avanzar en la ordenación adecuada de la idea como camino hacia la idea adecuada, que ya no es la idea clara y distinta.

Pues bien, realizados esos tres análisis parciales del ciclo del capital, avanzando más en cada uno cuanto más avance hay en los otros, se llega a estar en condiciones de plantearse un salto más hacia la visión concreta, que incluya la totalidad de las partes y fije sus relaciones, provisionalmente aludidas en los análisis parciales y abstractos de las fases. Ahora estamos en ese momento, que Marx aborda con un extenso apartado dedicado al ciclo global, al circuito completo; es, en rigor, un nuevo recorrido sobre lo mismo, pero ahora más compacto y coordinado, pues ya se conocen los vericuetos, lo que hay delante y detrás, lo que se condicionan y exigen entre sí los diversos trayectos del viaje. Y esta visión más global, más unitaria y más determinada del ciclo le permite a Marx indagar lo que en rigor es el objetivo de fondo de su recorrido, que no se reduce a conocer la vida del capital en sus movimientos, sino que aspira a descubrir la razón profunda de los mismos. Ahora, en este nuevo recorrido, puede retirar su atención de los detalles de la vida del capital  en la superficie y contemplar cómo el conjunto funciona regido por una relación que pide a gritos un concepto, la que llama relación de capital.


1. La relación de capital.

Retomemos de nuevo aquella observación de Marx, empeñado en subrayar que los dos viajeros M y m, que cohabitan en , aunque vayan en el mismo asiento no hacen el mismo recorrido, que bien habría servido a Leibniz en su cuestión de los indiscernibles. El mismo acto de circulación, M' - D', no es el mismo para cada uno de esos dos viajeros; el viaje no tiene el mismo sentido para el valor adelantado, que regresa a su origen, que para el plusvalor recogido en el camino, que entra en territorio desconocido. Cabalgan junto y llegan de la mano, pero no se confunden; tan homogéneos y uniformes que son indistinguibles a la vista, pero cuya diferencia no escapa al concepto. Para M – D es una segunda metamorfosis, “regreso a la forma monetaria”; para m – d es la primera aparición en escena, su primera exhibición pública como dinero, efecto de la realización del valor que cargaba , que en el mismo acto, de forma homogénea e indistinta, conmuta el valor del capital-mercancía en capital dinerario:

“Hay, pues, que observar aquí dos cosas. En primer lugar: la retransformación final del valor capital en su inicial forma de dinero es una función del capital-mercancía. En segundo lugar: esa función incluye la primera transformación de la plusvalía de su inicial forma de mercancía en forma de dinero. La forma dinero desempeña, pues, aquí dos funciones; por una parte, es forma regresiva de un valor adelantado inicialmente en dinero, o sea, regreso a la forma de valor que inauguró el proceso; por otra parte, es primera forma transformada de un valor que entra inicialmente en la circulación en forma de mercancía” [1].

Esta es la una gran cuestión que pone a prueba nuestra lógica. Identificados en su cuerpo común de , indistinguibles en su historia, en su forma y en su alma, M y m ¿son lo mismo o son distintos? Y D y d ¿son distinguibles? En fin, ¿es el mismo secreto el que reina en la identidad entre M y m que el que reina entre D y d? Desvelar estos enigmas es ni más ni menos que penetrar en el sancta sanctorum del capital, en lo más íntimo de su alcoba.


1.1. Ya he subrayado la importancia subjetiva inscrita en la forma dinero del capital. Marx lo reitera incansable, refiriéndose a esa forma final del ciclo del capital dinero: “el valor capital y el plusvalor existen ahora en calidad de dinero, o sea, en la forma general de equivalente”. Este hecho da mucha confianza al capitalista, reconfortado por haber recuperado su posición originaria, y con un regalo extra, que le muestra que ser capitalista es mejor que ser avaro acaparador. Ahora está en condiciones de decidir si repite la experiencia o regresa como César a sus cuarteles de invierno galos.

También he visto enfatizando que objetivamente y para el análisis, es indiferente partir de un punto u otro del circuito, que lo imprescindible es realizar el ciclo completo. Me reafirmo en esta idea de que objetivamente esta afirmación es válida, pero reconozco que subjetivamente el origen, el punto de partida, que ha de ser el punto final de ciclo, no es totalmente indiferente, no es neutral, en definitiva, que hay puntos de partida privilegiados. Ciertamente, al capital le es indiferente, pero al capitalista no tanto; éste vive de su subjetividad, y le gusta creer que tiene el mando, que está al volante. Y para ganar esa certeza ha de poder hacer controles periódicos, contar resultados, medir el nivel de su bolsillo. Y, por múltiples razones, la forma que más facilita la contabilidad es el dinero. Por eso le gusta, a efectos contables, comenzar el ciclo por D. Aunque, como iremos viendo, no es todo tan fácil como en la abstracción analítica de un solo ciclo, que la que se supone que todo el capital viaje junto; veremos que no, que viaja repartido en distintos trenes, a distintas velocidades, con diferentes ritmos. Pero, incluso así, con todas esas dificultades, el paso por D es el mejor momento para su control de resultados. Y es así porque, como dice Marx, en ese punto el capital regresa a su forma de partida, con lo cual sólo se necesita comparar su variación en magnitud:

“al final del proceso el valor capital se encuentra, pues, de nuevo en la misma forma con la que entró en él, y puede, consiguientemente, inaugurar de nuevo ese proceso como capital-dinero, y recorrerlo. Precisamente porque la forma inicial y final del proceso es la del capital-dinero (D), nosotros llamamos a esa forma de proceso cíclico ciclo del capital-dinero” [2].

Así satisface el capitalista su curiosidad de saber cómo le van las cosas: cierra su contabilidad y ve los resultados, e incluso goza de un momento de aparente libertad, en que cree poder decidir si abandona la partida o sigue el juego, embarcándose en el ciclo siguiente. Por nuestra parte, más que estas decisiones psicológicas del capitalista nos interesan otros aspectos, los más “formales”.

Fijémonos en esa diferencia cuantitativa que encuentra en al desglosarse en D + d; nos revela a primera vista una diferencia ontológica fundamental, a saber, que D es valor adelantado y d es plusvalor generado en el recorrido. Aunque entren en el mercado en forma agregada, coexistiendo primero en como mercancía única y luego en como dinero, de manera indiferenciada, totalmente homogénea, inseparables, su diferencia conceptual subyace. Ahora bien, si en esas dos figuras de valor inicial y plusvalor eran físicamente inseparables, al pasar a , aunque mantengan la indistinción física, se abre la puerta a la separabilidad, se supera ese obstáculo y pueden escindirse en D y d, pasando a tener cada una su vida propia, pudiendo tener destinos separados. Este privilegio de la existencia separada sólo se da con el valor en forma de dinero.

Marx dice que esta posibilidad de separación, que tiene su origen en la realización del capital-mercancía, en su paso M´ - D´, es muy importante por sus “contenido formal”, como veremos; pero tiene una importancia añadida de otro orden, en tanto esa escisión, esa separación, “cobra importancia en el proceso de reproducción del capital, según que d se sume totalmente a D, o sólo en parte, o no se sume en absoluto” [3]· O sea, con aparece la posibilidad de la separación de los destinos de sus dos componentes, pues se abren dos posibilidades: a) que tomen caminos distintos, saliendo d definitivamente del circuito del capital al pasar al consumo individual, o deviniendo capital adelantado en un nuevo y distinto proceso productivo, al tiempo que D permanece en el circuito, pasando al consumo productivo, iniciando un nuevo ciclo; esta sería la perspectiva de la reproducción simple del capital; b) que una parte o la totalidad de d siguiera unido a D, reiniciando juntos un nuevo ciclo y confundiéndose para siempre, caso de la reproducción ampliada. Por tanto, expresa un momento muy importante del capital. Empezamos con D, pero al final del ciclo sólo existe D´, y “existe ahora autónomamente, para sí, con independencia del movimiento que lo produjo” [4]. Resueltas esas diversas perspectivas, aparecerá como simple capital adelantado, o sea, se representará con D.com

Como he dicho, expresa a la vez una proporción o relación cuantitativa (entre los valores de d y D) y una relación cualitativa, que de momento sólo existe como “razón entre las partes de una suma homónima”; es decir, de momento sólo existe como relación cuantitativa. El D que en el origen era capital adelantado, ahora reaparece, con el mismo valor, pero con otra función y otro concepto, como capital realizado. Y “realizado” quiere decir, en el uso habitual del lenguaje, que se ha conservado o sea ha recuperado, pero en su uso técnico quiere decir que el dinero que entró en el mercado e inició el circuito con “voluntad de ser”, al fin lo ha conseguido, con su éxito se ha hecho a sí mismo capital, se ha realizado conforme a su concepto, ha crecido y devenido adulto, pues ha producido d. “Está realizado como capital porque lo está como valor que ha engendrado un valor” [5].

Marx dice, enfatizando esta relación cualitativa interna a , que se nos muestra a primera vista como proporción cuantitativa entre d y D, que “D' existe como relación de capital”. Una relación entre D, que no aparece ya como simple dinero sino definitivamente como capital-dinero, pues ha producido valor, se ha valorizado como valor, y d, otra parte de D´, puesta por ese capital adelantado, producida por él, de la que por tanto es fundamento. “De este modo D' aparece como suma de valor diferenciada en sí misma, que se distingue funcionalmente (conceptualmente) en sí misma y expresa la relación de capital” [6]. No olvidemos este concepto de “relación de capital”, que Marx desarrollará en su momento.

De momento, subrayemos esta idea: expresa la relación de capital. Y repitamos hasta memorizarla su concepto: la relación de valor es D´, el capital-dinero acumulado; es relación de capital en tanto suma de valor adelantado y conseguido; y, en tanto suma, es diferenciada en sí misma, y en consecuencia distinguibles sus partes en función y concepto. Y ahora, una vez bien clarificada la idea, sometámosla a una nueva revisión, introduciendo nuevos inputs, dando un paso más hacia la concreción.

Al fin, esa conceptualización es abstracta; el análisis ha aislado el resultado y nos ha ocultado el proceso; ya lo sabemos, el análisis siempre es un obstáculo, como el aire para el vuelo de la paloma. Nos lo advierte Marx con esta rotundidad: “Pero eso está expresado sólo como resultado, sin la mediación del proceso cuyo resultado es” [7]. Tenemos un concepto de la relación de capital, pero los conceptos tienen vida, se van desarrollando a medida que el análisis avanza, posibilitado por el enriquecimiento de las experiencias y el desarrollo de su aparato de producción teórica. Tenemos un concepto que piensa una imagen estática, fotográfica, que debe ser desarrollado con otra cinematográfica que capte su génesis, que ponga el primero como resultado y que incluya el movimiento que le ha llevado ahí.

Tenemos un valor,, que contiene dos valores, D y d como sus partes. Entre éstas es fácilmente distinguible su magnitud, pero no su cualidad:

“Las partes de un valor no se distinguen cualitativamente, como tales, unas de otras, salvo en la medida en que aparezcan como valores de artículos diferentes, de cosas concretas, o sea, en diferentes formas de uso y, por lo tanto, como valores de diferentes cuerpos de mercancías, la cual es una diferencia que no brota de ellas mismas en cuanto simples partes de valor. En el dinero se disuelve toda diversidad de las mercancías, porque el dinero es, precisamente, la forma de equivalente común a todas ellas” [8].

Los valores de las cosas, sus valores de uso, se distinguen por sus cuerpos; pero en la forma dinero, equivalente universal, figura espectral, sin cuerpo, reina la indistinción; en él sus partes indivisas, como ene l caso de D y d en , carecen de fronteras, como las participaciones de los socios en una empresa. El dinero es el gran uniformizador, el dios de la indiferencia cualitativa: no reconoce ni admite otra determinación que la cantidad. En su interior la unidad es uniforme y la totalidad es simple suma de partes homogéneas:

“Como en la simple existencia de esa suma de dinero está borrada la mediación de su origen y ha desaparecido toda huella de la diferencia específica que poseen en el proceso de producción los diferentes elementos del capital, la diferencia existe ya sólo en la forma conceptual…” [9].

La homogeneidad absoluta y la indistinguibilidad conceptual impera entre las partes constitutivas del dinero; y esa homogeneidad e indistinguibilidad es la que aparece en el seno del , el capital-dinero resultado del proceso productivo, entre sus componentes D y d; se expresan como proporciones, como fracciones de la totalidad. A efectos pragmáticos, esa expresión cuantitativa es significativa, y sin duda útil; au8nque al capitalista ya le vale, indudablemente “se trata de una expresión sin concepto de la relación de capital”. Es una manera tosca de expresar el resultado final de un proceso, que hace abstracción de su cualidad, es decir, de su determinación social.

¿Podría expresarse el resultado partiendo de otro origen? Marx dice que sí, que lo dicho vale también para el circuito del capital-mercancía, para M' [= M + m]. Pero hay una diferencia, que no conviene olvidar. Aunque M y m son también partes indistintas y sólo distinguibles conceptualmente en la homogeneidad substancial de M´, y aunque en consecuencia sólo se expresan como “partes de valor proporcionales de una misma masa homónima de mercancías”, lo cual manifiesta que el capital-mercancía se parece en este aspecto al capital-dinero, no obstante hay una diferencia. Ésta consiste, nos dice Marx, en que siempre “remite a su origen P, cuyo producto inmediato es, mientras que en D' -que es una forma directamente procedente de la circulación- ha desaparecido la relación directa a P [10].

Veamos de cerca esta diferencia, que a simple vista no parece tan decisiva, pero a la que Marx concede mucha atención. Se trata de mostrar que el paso de P - M´ no tiene la misma cualidad que el paso M´- D´. En el primero, conforme a nuestras metáforas políticas, es un simple cambio de nacionalidad, de documentación, pues se cruza la frontera de la producción a la circulación; mero cambio formal, que no afecta a la materia, al contenido, al cuerpo, que no entiende de patrias. Tampoco su propietario, el capitalista, ve cambio material alguno; sólo cambia la funcionalidad: ahora puede vender P, tras inscribirlo como en el mercado. El segundo paso, M´ - D´ al contrario, simboliza una auténtica transubstanciación; el capitalista lo advierte empíricamente, pues tenía mercancías y ahora tiene dinero. Entre P y , por tanto, hay una relación inmediata, pues es una simple mutación funcional de P: en cambio, entre P y D´, la relación es mediata, P – M´- D´, por la mediación de , y el paso M´- D´ se establece libremente en la circulación.

Leamos detenidamente el texto marxiano para esclarecer esa diferencia entre la relación mediata e inmediata con P que tienen y , y a la que otorga una gran transcendencia para fijar el concepto de relación de capital:

“La diferencia sin concepto entre suma principal y suma acrecida, diferencia contenida en D' en la medida en que es el resultado del movimiento D ... D', desaparece en seguida en cuanto que vuelve a funcionar activamente como capital-dinero, o sea, no se fija como expresión en dinero del capital industrial valorizado. El ciclo del capital-dinero no puede nunca empezar con D' (aunque ahora D' funcione como D), sino sólo con D; esto es, no puede empezar nunca con la expresión de la relación de capital, sino sólo con la forma de anticipo del valor capital” [11].

Esa es la cuestión: lleva en su seno la diferencia no conceptual entre D y d, como acabamos de ver; pues bien, esta diferencia está en en tanto que es dinero, que es ese momento virtual en que entra en escena por intercambio con ; podríamos decir, durante ese momento lógico de indefinición, ese momento de indeterminación ontológica, en el que está por decidir si sigue siendo capital-dinero o sólo dinero; en el que aún puede elegir otro camino, salir del circuito, no emprender otro ciclo y convertirse en dinero para siembre (o en espera) en manos del acaparador. En ese momento imaginario de como dinero, momento de pasividad, está viva la diferencia cuantitativa, no conceptual, entre D y d. Pero es un momento fugaz, “desaparece enseguida”, en cuanto vuelve a funcionar como capital-dinero, en cuanto el capital vuelve a estar activo. Esa diferencia, por tanto, no se fija “como expresión en dinero del capital industrial valorizado”. En consecuencia, cuando vuelve a funcionar como capital en el origen del nuevo ciclo, la diferencia D y d ha desaparecido; siempre empieza como D, como capital virgen, como capital adelantado.

Conclusión, el ciclo del capital-dinero no puede nunca empezar con D' sino sólo con D, aunque de facto en el fenómeno ese D sea ahora otro nombre de D´. O, lo que es lo mismo, el ciclo no puede empezar nunca con la expresión de la relación de capital, sino sólo con la forma de anticipo del valor capital. Lo que nos queda por esclarecer es si ese proceso se da en la expresión o en la realidad de la producción capitalista, en el fenómeno o en la esencia; y también averiguar si Marx nos lo describe para visibilizar una simulación o una disimulación.


1.2. Detengámonos en esta idea, que nos da entrada a uno de los problemas más oscuros de este Libro II. Mencionando la “diferencia sin concepto”, o no conceptual, meramente cuantitativa, entre el capital-dinero adelantado y el capital-dinero resultante, que está contenida en en tanto que es el resultado del proceso D … D´, nos dice que desaparece “en cuanto que vuelve a funcionar activamente como capital-dinero”. Estamos hablando a nivel de la “expresión”, insiste Marx por duplicado en la cita. Lo cual nos reafirma en la idea que venimos señalando de que el ciclo del capital-dinero “no puede empezar nunca con la expresión de la relación de capital, sino sólo con la forma de anticipo del valor capital”. Sea cual fuere su procedencia, y vaya o no cargado con plusvalor, la regla es que D en el origen de cada ciclo expresa “capital adelantado”; lo que implica que en el origen no se exprese sino que se oculte la relación de capital. En cada ciclo nuevo conceptualmente D es D, capital-dinero adelantado, y nunca D´, capital-dinero acrecentado, incluyendo plusvalor; y es así aunque sea el origen empírico de D, aunque cuantitativamente pudieran ser iguales, caso de una reproducción ampliada en que d en su totalidad se acumule al capital inicial.

Conceptualmente, en el origen del ciclo del capital, D será siempre capital adelantado; por tanto, nunca expresará , aunque cuantitativamente fueran idénticos; varíe o no cuantitativamente respecto al ciclo anterior, D siempre es conceptualmente D, capital-dinero virgen, o que esconde su virginidad. Es decir, en el origen del ciclo el capital-dinero D no arrastra -con más precisión, no expresa- su genealogía, no lleva o no deja ver en su interior la relación entre los dos elementos de .

Para dar cuenta de esta diferencia entre dos formas de aparecer el capital-dinero, Marx dice que el acto de presentarse como , expresando la relación de capital, no es una “función activa” del capital-dinero, sino más bien una función del capital-dinero. De ahí que, aun siendo D una forma del capital-dinero, pueda presentarse sin expresar la relación de capital; y de ahí que, aun no siendo capital-dinero, sino capital-mercancía, Marx diga que, en el fondo, esa “función activa” que aparece en proviene de M', que se la transmite en la mutación M´- D´. Al fin, lo que Marx quiere decir con la expresión “función activa” es que un término está activo cuando ocupa la primera posición de una mutación, algo así como estar en función de producir el segundo término. Dice,

“Ya en la circulación mercantil simple, M1 – D y D – M2, funciona D por primera vez activamente en el segundo acto, D - M2; su presentación como D es sólo resultado del primer acto, por causa del cual aparece finalmente como forma transformada de M1 [12].

Efectivamente, en la circulación mercantil D es activo sólo en el segundo acto, donde protagoniza el cambio por M2; al contrario, en el primer acto o trayecto de la circulación D aparece como producto de M1, pues es M1 el capital-mercancía que se transforma en capital-dinero, y que por tanto marca la cantidad. Bajo las reglas de la circulación mercantil, D aparece como forma transformada de M1, con su mismo valor, tanto en el primer como en el segundo trayecto. En la economía capitalista, que es una economía mercantil, el segundo trayecto de la circulación, en que D se transforma de nuevo en mercancía, arrastra la cantidad de valor de 1, y la diferencia cuantitativa sin concepto entre sus dos componentes, pero su función no es la de expresar la relación de capital, sino la de iniciar otro ciclo como valor adelantado. Lo cual no implica que la relación de capital no esté activa:

“La relación de capital contenida en D', la relación entre una de sus partes en cuanto valor capital y la otra como incremento de valor suyo, cobra, de todos modos, significación funcional en la medida en que, con la repetición constante del ciclo D ... D', se escinde D' en dos circulaciones, circulación de capital y circulación de plusvalía, de modo que las dos partes ejecutan funciones diferentes no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente: D, distintas de las que cumple d. Pero, considerada en sí misma, la forma D ... D' no incluye el consumo del capitalista, sino expresamente sólo la autovalorización y la acumulación, en tanto esta última se expresa ante todo en el crecimiento periódico del capital dinerario que siempre se vuelve a adelantar” [13].

Ya sabemos que la fórmula D´= D + d es una forma no-conceptual del capital; pero también es el capital dinerario ontológicamente legitimado, “en su forma realizada”, en cuanto es dinero que ha incubado dinero. Ello implica una diferencia entre este capital dinerario y el que actúa en la primera fase, en la D – M [= Mp + Ft]. Aquí D circula como dinero. Ya lo hemos visto, es capital-dinero disfrazado de dinero, para ejercer las funciones propias del dinero, tales como convertirse en los elementos de P, en Ft y Mp, para lo cual ha tenido que pasar por esa fase virtual de D – M, pues Mp y Ft en el mercado son mercancías, y es allí donde se produce el intercambio:

“En este acto de circulación sólo funciona como dinero; pero como este acto es la primera fase del valor de capital que se procesa, es al mismo tiempo función del capital dinerario, en virtud de la forma de uso especifica de las mercancías Ft y Mp' que se compran. D' en cambio, compuesto por D, el valor de capital, y d, el plusvalor generado por éste, expresa el valor de capital valorizado, el fin y el resultado, la función de todo el proceso cíclico del capital. El hecho de que D' exprese este resultado en forma dineraria, como capital dinerario realizado, no surge de que sea forma dineraria del capital, de que sea capital dinerario, sino a la inversa, de que es capital dinerario, capital bajo forma dineraria, de que el capital inauguró el proceso bajo esta forma, de que se lo adelantó bajo la forma de dinero” [14].

Texto importante y un tanto denso, que requiere una explicitación. Se trata de establecer la diferencia cualitativa, conceptual, entre D y , entre las dos formas del capital-dinero. En el primer trayecto de la circulación, D – M [= Mp + Ft], D funciona como dinero, pues está en el mercado; pero como se intercambia por mercancías con un valor de uso productivo, que anticipan su función de Mp y Ft, suele verse ya D como capital-dinero. En cambio, expresa el “valor de capital valorizado”, el resultado final. Por tanto, es inmediatamente capital dinerario, pues expresa el valor final en dinero. Ahora bien, que exprese el valor final en dinero no procede de la particularidad de ser capital dinerario, sino de su universalidad como capital, de ser capital ocasionalmente bajo la forma dineraria; capital que por una contingencia, la de ser aquí final del ciclo, por estar considerando el ciclo del capital-dinero, tiene la forma dineraria. Si en lugar de haber partido de capital adelantado en forma de dinero hubiésemos partido de otro punto del ciclo para recorrer el circuito, por ejemplo, del momento en que el capital se presenta bajo la forma de medios de producción y fuerza de trabajo, tal que éstos funcionarían como “capital adelantado”, sería en su diferencia cuantitativa donde se expresaría su valor final.

En definitiva, que la reconversión final sea en forma dineraria “es una función del capital mercantil M', y no del capital dinerario”, dice Marx. La d, diferencia entre y D, es la “forma dineraria de m”, del incremento de M. Por tanto, si D' = D+ d, se debe a que = M + m. Con lo que se concluye que aquí, en , ya existe y se expresa la relación de capital; que de ella proceden la relación y la diferencia

“entre el valor de capital y el plusvalor incubado por él, antes de que ambos se transformen en D', en una suma de dinero en la que ambas partes del valor se enfrentan de manera autónoma y por lo tanto también se las puede emplear para funciones autónomas y diferentes entre sí” [15].

Porque, en definitiva, D' no es más que el resultado de la realización de M', Si nos liberamos del fetichismo del dinero comprenderemos que ambas figuras del capital son sólo formas distintas, “forma mercantil y forma dineraria”, de una misma realidad, del valor de capital valorizado; sólo eso, formas de presentarse el “valor de capital valorizado”. De ahí que insista Marx:

“Ambas son capital efectivizado porque aquí el valor de capital como tal existe junto con el plusvalor como fruto distinto de él y logrado por él, aunque esta relación sólo se expresa en la forma no-conceptual de la relación entre dos partes de una suma de dinero o de un valor en mercancías” [16].

Por tanto, y contienen en su seno la relación de capital, se exprese en términos de la relación m y M o en términos de la relación d y D. Son dos expresiones de la relación cuantitativa entre el capital adelantado y el plusvalor generado por él: “como expresiones de valor valorizado, D' y M' son lo mismo y expresan lo mismo, sólo que bajo formas diferentes” [17]. De ahí que conceptualmente no se diferencien, como se tiende a pensar, “como capital dinerario y capital mercantil, sino como dinero y mercancía”, dice Marx. Como capital, como valor acumulado, no hay diferencia; llevan la misma alma. En cambio, como valor de uso, en sus cuerpos de mercancía y dinero, la diferencia emerge irreductible.

En el concepto representan ambas valor valorizado, “capital activado como capital”; o sea, “expresan sólo el resultado de la función del capital productivo, de la única función en la que el valor de capital incuba valor” [18]. Pero esa identidad no anula que cumplan funciones distintas, razón de su diferencia. Aunque tienen en común su esencia de capital, su misma diferencia material y funcional, de capital dinerario y capital mercantil, nos revela su distinta forma de existencia, dos de los diferentes modos de existencia del capital. Éste ha de cumplir diferentes funciones en los diversos trayectos del circuito, y en cada uno ha de existir ha de estar, ha de aparecer, de distintas maneras. Y esos diferentes modos de existir del capital, estrechamente ligados a sus diversas funciones, a sus necesarias metamorfosis para llegar a su destino, es lo que expresan sus figuras, todas ellas modos del ser del capital: “Uno es capital en forma dineraria; el otro, en forma mercantil. Por eso las funciones específicas que los diferencian no pueden ser otra cosa que diferencias entre función de dinero y función de mercancía” [19]. Ahora bien, junto a la identidad hay que mantener la diferencia, sin dejar que se nos borre del horizonte. Porque el problema de la relación de capital que nos ha llevado a estas reflexiones se juega también, como tantas otras cosas, en el olvido de la diferencia.

“El capital mercantil, como producto directo del proceso capitalista de producción, trae a la memoria este su origen y por ende es, en su forma, más racional, menos no-conceptual que el capital dinerario, en el que se ha borrado toda huella de este proceso, así como, en general, en el dinero se borra toda forma de uso particular de la mercancía. Por eso, su forma fantástica sólo desaparece allí donde D' mismo funciona como capital mercantil, allí donde es producto directo de un proceso de producción y no forma trasmutada de este producto, o sea en la producción del propio material dinerario” [20].

Y pone como ejemplo la producción de oro, cuya descripción simbolizada sería: D – M [= Mp + Ft] … P … D´ [= D + d]. Aquí sustituye a M´, es el producto mercantil, que expresa que el proceso productivo … P … ha suministrado más oro del adelantado, D, con el capital dinerario para los factores de trabajo con que producir el oro. Y Marx añade que “aquí desaparece lo irracional de la expresión D ... D' (D + d), en la que una parte de una suma de dinero aparece como madre de otra parte de la misma suma de dinero” [21].

Tendremos que volver sobre el tema de la relación de capital; pero nuestro compromiso de seguir el en lo posible el orden de las razones, como parece exigir una lectura, a diferencia de otros géneros literarios, nos obliga a detener aquí la reflexión. Cerrar el tema al margen del orden de lectura nos llevaría a precipitaciones cuyos riesgos no queremos asumir. En consecuencia, tomemos esta incursión en la categoría de relación de capital como lo que estructuralmente es, una parte de su análisis de la “tercera fase” del ciclo la del capital-mercancía, que ha aprovechado para anticiparnos su vocabulario y aparato ontológico.


2. El ciclo completo.

Marx cierra el Capítulo I del Libro II sobre el ciclo del capital-dinero, tras haber analizado separadamente las tres fases, con una reflexión de conjunto sobre “el ciclo completo”, en que nos ofrece una representación articulada de las tres transformaciones o cuerpos del capital, dinero, producto y mercancía; lo que antes se analizaba de forma fragmentada se aborda ahora como una totalidad inclusiva. En esta mirada sintética le interesa resaltar que las distintas fases no sólo están estrechamente enlazadas, no sólo se suceden de forma combinadas, sino que cada una está subordinada a las otras, sobredeterminada por las otras, como una totalidad subsumida en una forma que les impone un orden lógico dirigido a un destino compartido. Es esta relación de subordinación entre ellas, y su subsunción a la forma general del capital, el aspecto interesante de este apartado, que por lo demás no deja de ser una reiteración en esos viajes de acompañamiento de las formas canónicas del capital.


2.1. Es ahora, no al principio, cuando estamos en condiciones de asumir esta perspectiva global de análisis; en los análisis particulares de las fases, aunque hemos tenido que anticipar estas relaciones entre ellas, - no es posible avanzar en el concepto de una sin alguna presencia, la mínima necesaria, de las otras, aunque de ellas no tuviéramos aún una representación adecuada-, todo era provisional, con excesivos supuestos, con excesiva abstracción; ahora, en cambio, con el recorrido hecho, podemos avanzar más en la representación del conjunto, en el movimiento global del capital.

En el comienzo del primer ciclo del capital, si recordamos, partíamos de un momento de indeterminación ontológica, con aquella figura simbolizada por D que no sabía si era o sería dinero o capital-dinero, y con aquel individuo poseedor de dinero que no estaba del todo decidido si quedarse como estaba, en el modo de ser hombre rico, -“acaparador”, suele decir Marx-, en que estaba instalado, o dar el salto al nuevo ser, al modo capitalista. Acentuamos conscientemente aquella condición de incertidumbre, de indefinición, con mucha más intensidad que la presente en el texto, para enfatizar la pretensión marxiana de diluir las esencias e instaurar identidades sobredeterminadas por la totalidad, incluso por las totalizaciones del futuro.

Bien, ahora podemos desprendernos de esa escena, que respondía a una exigencia analítica de aislar un ciclo y comenzar por el primero; ya sabemos que a partir del segundo ciclo, en todo los siguiente, se cierra esa puerta de entrada de dinero virgen adelantado; ya desde el del ciclo lo reconocemos como dinero-capital, pues proviene de la acumulación de plusvalor creado en los ciclos anteriores. Si el capital en su concepto es pensado como “valor que se valoriza”, se comprende que aquel poseedor de dinero metido a aprendiz de capitalista sufriera indecisiones, tuviera dudas entre quedarse como estaba, con su D en el bolsillo, e ir consumiéndolo poco a poco, cada año una parte, pongamos un 5%, tal que sobreviviría en su estatus 20 años, o probar fortuna en el juego del capital. Hecha esta opción, con el dinero en el mercado enfrentado a las mercancías, la suerte estaba echada; su dinero se había convertido, al menos subjetivamente, en capital-dinero, en Cd. Comenzaba así el ciclo del capital, con su condición de ser “hipotecado” al éxito.

Imaginemos que las cosas le fueron bien. Su D anticipado ha hecho el circuito y se presenta al final convertido en . Este capital-dinero, pues tiene forma de dinero, ya no tiene indeterminación ontológica; ahora se conoce su genealogía, no puede ocultarla; se sabe que ha funcionado como capital, pues se ha valorizado. Sí, en teoría puede escindirse en D + d, retirar D para recuperar la inversión inicial y apalancarse d para la propia sobrevivencia, para el consumo privado. Pero esta opción de retirarse, de ser capitalista por un año, sería un caso exótico; si ha ido bien, si el capital ha sudado, -y sólo así el dinero se ha comportado como capital, sólo así es Cd, ya no hay quien lo pare, permanecerá en su nuevo ser mientras pueda; queda condenado a reproducirse como capitalista, a permanecer en el ser.

Pues bien, supongamos que al finalizar el primer ciclo el capitalista, ahora en posesión de D + d, usa D para repetir la jugada, para reproducir la vida del capital, y separa d (o una parte, pero facilitemos la descripción tomándola completa) como ganancia a aplicar en su consumo familiar privado. Si la magnitud de ese d, de ese plusvalor en forma dineraria, fuera de un 5% de D (de nuevo para facilitar el cálculo analítico), al cabo de unos cuantos ciclos, supongamos 20 años, habría sacado del circuito una cantidad igual a D, a la que anticipó en su día. Si nosotros nos dispusiéramos a analizar el ciclo nº 21, también de forma aislada, en abstracto, tendríamos que variar el punto de partida que adoptamos en el primero; ya no podríamos imaginar la llegada del dinero virgen D desde el exterior y su paseo por el mercado, ni las tribulaciones y dudas de su poseedor indeciso entre invertir o regresar a casa con el dinero en el bolsillo. Ahora este dinero no viene al mercado desde el exterior, por la puerta de entrada y salida del dinero, sino que entra por el circuito; en rigor, ya está dentro, es resultado del intercambio M´- D´.

De hecho, cuando se inicia el ciclo todo sigue igual; pero ya sabemos que no hay a partir de ahora dinero mercancía virgen, que por primera vez se inicia como capital, sino que desde siempre ese dinero es capital-dinero que se ha ido generando en los 20 ciclos anteriores por acumulación de d. Ahora sabemos que el capital es siempre, en todas sus figuras, y particularmente en la forma dinero, plusvalor acumulado, trabajo acumulado.

Aparte de la importancia de esta representación de los inicios del ciclo a efectos políticos e ideológicos, para nosotros, estudiosos de estas piruetas del capital, se han producido en el recorrido otros cambios muy relevantes. Basta pensar que han desaparecido de nuestro proyecto todas aquellas dificultades para comprender el devenir capital del dinero, aquella metamorfosis virtual del paso de dinero mercancía a dinero capital, que no eran triviales. Pero el cambio teórico más espectacular es que ahora todas aquellas transmutaciones (de dinero a mercancía, de mercancía a medios de producción, de éstos a producto, éste de nuevo a mercancías, y luego a dinero…), que de manera reiterada y cansina nos hemos visto obligados a describir repetidas veces, siempre con la sospecha de que no fueran del todo inteligibles, ahora quedan clarificadas y bien ordenadas en un orden lógico, como momentos o formas del capital; con más precisión, como elementos constituyentes del capital, pues éste no se reduce a ninguno de esos modos de ser particulares, ni es una esencia abstracta que los transciende y se concreta en ellos; el capital es esa serie de figuras, con su orden y su lógica, es esa totalidad en movimiento. Ahora vemos que todo es capital, desde el origen del ciclo, y que sus metamorfosis son literalmente eso, cambios de forma de presentarse, representaciones exteriores, fenoménicas, cual trajes de paseo de un sujeto que sólo en su inaccesible alcoba existe al desnudo; disfraces de carnaval que a un tiempo dicen la existencia del capital y ocultan su esencia.

Fijémonos que, representado el ciclo tal como se presenta del nº 21 en adelante, esas diversas metamorfosis han queda establecidas en un orden definitivo. El capital gira y gira y, ya amortizado el dinero inicial, en cada rotación irán arrastrando algo del plusvalor, creciendo y creciendo. Si consideramos que el dinero es una mercancía, y sabemos bien que no es un supuesto extravagante, la forma dinero será una forma mercancía. Por tanto, el capital viaja en su circuito a caballo de la mercancía, sin bajarse de ella, tomando ésta como cuerpo, como mula de carga. Sí, necesita el valor de uso para que el producto de trabajo sea mercancía, para que ésta se nueva, se traslade, viaje y sirva de cuerpo al valor; el capital-mercancía es una forma tópica del capital. Y como el dinero, acabamos de decir, es uno de sus modos de existencia, es también mercancía, con su propio valor de cambio, su utilidad, que no es otra cosa que su particular uso como medio universal de intercambio entre mercancías…, cuando el capital viaja en él lo hace en modo dinerario. Y aunque al capital le da igual viajar en tren o en autobús, el capitalista se siente más cómodo cuando su capital viaja en el modo dinero, un medio más versátil, aunque tampoco exento de riesgos.

El enfoque global del ciclo del capital nos permitirá resolver algunos enigmas pendientes, especialmente el que encierra el proceso interior de la fábrica. En la circulación, en la metamorfosis D – M, el capital simplemente cambia de cuerpo, abandona uno y toma otro, como quien deja el tren y coge el avión para seguir el viaje. En cambio, en la fase productiva, concretamente en la fábrica, asistimos a una aniquilación presencial de M, ya convertidas en Mp y Ft, y una creación ex nihilo de P, que luego se viste de M´. Fijémonos en esta diferencia. El paso del capital de la forma P a la forma es como cruzar una frontera sin hacer transbordo, sin bajarse del avión. Cualquier mujer que viaje a Arabia pasa por ese momento en que cambia su vestuario occidental por otro usable -con otro valor de uso- en el país de destino. Proceso, por cierto, reversible al regreso, como en el ciclo del capital. En cambio, en el paso por la fábrica, representado [Mp + Ft] – P, hay destrucción material de un cuerpo y creación de otro; por eso el proceso es tan irreversible como la que regula la entropía en el universo.

No sé por qué, pero siempre nos parece más intuitivo y comprensible, aunque no lo sea, pensar la aniquilación que la creación desde la nada. Tal vez sea sugerente pasarlo por alto, contentarnos con la metáfora y no prestar más importancia al caso. Pero no es aconsejable obviar los enigmas, y aquí hay uno y de gran relevancia. Cuando he descrito el proceso como creatio ex nihilo ha sido para plantear abiertamente el problema. Es obvio, si nos referimos al proceso técnico de trabajo, que en la infraestructura en la que en ese momento viaja el capital sería inapropiado desde nuestra ontología hablar de creación; habríamos de describirlo en términos de producción, de trasformación de unas substancias materiales en otras. Sí, las materias primas y los medios de producción serían destruidos como tales, pero el soporte material permanecería y serviría de base a un nuevo cuerpo material, al nuevo producto. Ahora bien, como ya he insinuado, los Mp son el cuerpo en que viaja el capital productivo, pero dicho cuerpo no es capital; esos mismos materiales, herramientas, máquinas, instalaciones…, fuerza de trabajo pueden cumplir su función productiva fuera del orden capitalista; el capital es el alma que los mueve, el valor que transportan. Y este valor no se destruye o aniquila en el proceso de trabajo, sino que se transmite, se traspasa al producto, como si respetara el principio de la energía. Lo que ocurre es que, violando ese principio, en el transbordo el valor ha crecido, ha habido literalmente creatio ex novo. En consecuencia, sigue siendo ese momento de la producción un desafío al pensamiento, que podemos aplazar, pero nunca desplazar.


2.2. Vayamos ya a la lectura minuciosa de este apartado sobre el ciclo completo o global fijando bien el concepto de “capital industrial”. Marx comienza su reflexión sintética sobre el ciclo completo remarcando un hecho: la interrupción que sufre el proceso de circulación, tras concluir su fase D – M (= Mp + Ft). Comprados los factores de trabajo en los mercados (de mercancía y de fuerza de trabajo), pasan al territorio de la producción, a la fábrica, para ser consumidos “en cuanto componentes materiales y de valor del capital productivo”. Recorrida esta fase, en la que se produce P, el capital regresa al mercado en forma de mercancía. Pero en este regreso la mercancía ha variado cualitativamente y en cuanto a su valor, pues llega como:

“el producto de este consumo es una nueva mercancía, M', que ha variado en cuanto a su materia y en lo tocante a su valor. El proceso de circulación interrumpido, D - M, debe completarse por medio de M - D. Pero como portadora de esta fase segunda y final de la circulación aparece M', una mercancía diferente, por su materia y por su valor, de la primera M. Por lo tanto la serie de la circulación se presenta como 1) D - M1; 2) M'2- D', donde, en la segunda fase, se sustituye la primera mercancía M1 por otra, M'2, que tiene mayor valor y forma de uso distinta, y esta sustitución se produce durante la interrupción causada por la función de P, durante la producción de M' a partir de los elementos de M, a partir de las formas de existencia del capital productivo P” [22].

Comparemos con la primera forma en la que se nos presentó el capital, D – M - D', (de modo desglosado: D - M1 y M1 - D'), en el Libro I de El Capital. La diferencia más notable es que ahora, en esta formulación, se nos muestra M dos veces. Allí era el dinero el que aparecía dos veces, indicando su aumento de cantidad; aquí también aparece la mercancía dos veces; es ella la que nos indica con por primera vez el aumento cuantitativo del valor, y es de ella de donde procede el que se refleja en . Como dice Marx, aquella era una expresión general que contiene a esta otra; pero en esta segunda versión se explicita que el cambio de valor no se produce en la circulación, sino en … P ….

“Las dos veces es la misma mercancía; en la primera fase el dinero se transforma en ella y en la segunda fase ella se reconvierte en más dinero. A pesar de esta diversidad esencial, las dos circulaciones tienen esto en común: que en su primera fase el dinero se transforma en mercancía y en la segunda la mercancía se transforma en dinero; el dinero gastado en la primera fase refluye, pues, en la segunda. Por un lado, tienen en común este reflujo del dinero a su punto de partida, pero por otro lado también les es común el excedente del dinero que refluye por encima del que se adelantó. En este sentido, también D - M ... M'- D' aparece contenida en la fórmula general D- M- D'. De aquí resulta además que, en las dos metamorfosis pertenecientes a la circulación, en D - M y M' - D', se enfrentan y se sustituyen recíprocamente, una y otra vez, existencias de valor de igual magnitud y simultáneamente disponibles. El cambio de valor pertenece exclusivamente a la metamorfosis P, al proceso de producción, que aparece así como metamorfosis real del capital, frente a las metamorfosis meramente formales de la circulación” [23].

Si consideramos el movimiento global del capital, cuya formulación sintética es D – M … P …M’ – D´, y cuya simbolización desarrollada sería D – M [ Mp + Ft] … P …M’ [=M + m] – D´ [=D + d], nos aparece como un valor que “recorre una secuencia de transformaciones conexas”, que se condicionan entre sí; una serie de “metamorfosis que constituyen otras tantas fases o estadios de un proceso global” [24]. Dos de estas fases pertenecen a la esfera de la circulación, una a la esfera de la producción.

Pues bien, si nos fijamos con atención en este movimiento percibiremos, en primer lugar, que “el valor de capital se encuentra en una figura distinta” en cada una de estas fases; figuras distintas que corresponden y expresan funciones diferentes, cada una especial y necesaria. En segundo lugar y sobre todo percibiremos que la formulación expresa un hecho transcendental: “Dentro de este movimiento el valor adelantado no sólo se conserva, sino que crece, aumenta su magnitud” [25]. Además, en tercer lugar, constataremos que el capital “en la última fase, retorna a la misma forma bajo la cual apareció al iniciarse el proceso global”, la forma dinero. En fin, por último, que de aquí se desprende que este proceso global es un proceso cíclico” [26].

Por tanto, el capital en su tránsito por la circulación adopta dos formas: de capital dinerario en la primera fase y de capital mercantil en la segunda; en su tránsito por la esfera productiva toma la forma de capital productivo.

“Aquí designan sólo formas funcionales particulares del capital industrial que las adopta a las tres, una tras otra. El ciclo del capital sólo se efectúa normalmente mientras sus distintas fases se desenvuelven sucesivamente sin paralizaciones. Si el capital se estanca en la primera fase D - M, entonces el capital dinerario se congela convirtiéndose en tesoro; si se paraliza en la fase de producción, entonces los medios de producción yacen, desprovistos de función, de un lado, mientras del otro la fuerza de trabajo permanece desocupada; si la detención ocurre en la última fase M' - D', entonces las mercancías acumuladas que no se pueden vender obstruyen la fluencia de la circulación” [27].

Adopta esas formas una y otra vez, en cada ciclo; toma y abandona sus máscaras para cumplir en cada una de ellas una función particular e imprescindible para llegar a su destino. Ese capital que rota y rota por todas sus fases [28] y formas en un orden riguroso es lo que Marx llama capital industrial. Dándonos a entender que hay o ha habido otros tipos de capital (por ejemplo, el capital financiero o el comercial), que cumplían el requisito de ser valor que se valoriza, pero que no recorrían el ciclo del capital. Por eso parecen “parasitarios”, pues no producen valor social, solo redistribuyen el valor entre los capitales particulares. Algún día volveremos sobre esto; de momento hemos de resaltar el interés de Marx en acuñar el concepto de capital industrial. Nos dice al respecto que

“El capital industrial es el único modo de existencia del capital en el cual no sólo la apropiación de plusvalor, o en su caso de plusproducto, sino al mismo tiempo su creación, es función del capital. Por eso condiciona el carácter capitalista de la producción; su existencia implica la del antagonismo de clase entre capitalistas y asalariados. En la medida en que se apodera de la producción social, se trastruecan la técnica y la organización social del proceso laboral y, con ellas, el tipo económico-histórico de la sociedad” [29].

Fijémonos en los dos rasgos que enfatiza: uno, que hay otras formas de capital que comparten la apropiación del valor, pero sólo el capital industrial lo crea; otro, que “su existencia implica la del antagonismo de clase entre capitalistas y asalariados”, es decir, que introduce la relación de capital. Por eso es el capital industrial, y no sus otras formas, la que pone y condiciona el carácter capitalista de la producción; por es a medida que se afirma va trastocando las técnicas y la organización social del trabajo, en definitiva, va imponiendo “el tipo económico-histórico de la sociedad”.

Es el capital el que impone su hegemonía y, al hacerlo, construye un modelo de sociedad en el que las formas y relaciones anteriores son subordinadas, subsumidas, y en su caso marginalizadas o abolidas:

“Los otros tipos de capital que aparecieron antes que él, en medio de condiciones de producción sociales pretéritas o en decadencia, no sólo se subordinan a él y se los cambia, en el mecanismo de sus funciones, de acuerdo con él, sino que únicamente se mueven sobre. él como base, y por lo tanto viven y mueren, se mantienen y caen con esta su base. El capital dinerario y el capital mercantil, al aparecer con sus funciones como vehículos de ramos especiales de los negocios, junto al capital industrial, sólo son ya modos de existencia -que, por la división social del trabajo, se han vuelto autónomos y se han desarrollado unilateralmente- de las distintas formas funcionales que el capital industrial ora adopta, ora abandona, dentro de la esfera de la circulación” [30].

Es, pues, comprensible, que Marx enfatice y otorgue mucha relevancia a la figura del capital industrial, no sólo en tanto forma histórica del capitalismo desarrollado, ni sólo en tanto la forma histórica del capitalismo de su época, que en cierto modo marcaba sus límites, sino en tanto a su esencia: era la forma de capital que introducía la relación de capital como determinación fundamental de la sociedad.

Sin duda alguna el capital industrial es capital productivo en sentido capitalista, como productivo de valor; pero no debemos confundirlo con la fase productiva del capital, el momento de la fábrica; no se trata de distinguir el capital mercantil y el capital industrial por la parte del circuito que en cada momento recorre el capital, respectivamente el mercado y la fábrica. Marx usa la expresión “capital industrial” para referirse al capital en general, en abstracto, en cualquiera de sus formas concretas; y determina su concepto por referencia a un estado de desarrollo histórico y a una relación social individualizadora, consistente en la desposesión de los trabajadores de sus medios de trabajo, que es lo que en definitiva llama relación de capital. No debiera, pues, confundirse “capital industrial” con una forma de sus metamorfosis. Lo expone con claridad cuando comenta:

“Por otra parte, está en la naturaleza de las cosas que el propio ciclo requiera la fijación del capital, durante lapsos determinados, en las partes individuales del ciclo. En cada una de sus fases el capital industrial está ligado a una forma determinada, como capital dinerario, capital productivo, capital mercantil. Sólo después de haber cumplido la función que en cada caso corresponde a su forma, recibe la forma con la cual puede ingresar en una nueva fase de transformación” [31].

El “capital industrial”, forma histórica del capital en general, recorre las fases del ciclo del capital; es una concreción histórica del capital. Marx se ha referido hasta ahora al capital en abstracto; pero el conocimiento avanza en la medida en que el análisis lleva a recomponer las formas concretas aisladas y abstraídas en fases anteriores. Como ya disponemos de una perspectiva global, el punto de partida del análisis no tiene por qué ser el del capitalismo naciente, o una idea del capitalismo tan universal y abstracta que incluya todas sus posibles concreciones históricas; por análogos motivos por los que el relato no tiene que partir del momento del dinero virgen en el bolsillo de aquel aprendiz de capitalista; ni siquiera ha de partir del momento del dinero. Ya puede empezarse por cualquier punto del círculo, siendo indiferente el origen para el resultado y para el orden lógico; incluso hay motivos externos para preferir el capital productivo como origen, sin elevarlo a principio metodológico, y menos a requisito del orden lógico. De modo análogo, ya se puede, y es conveniente, mirar la totalidad capitalista en un estadio de pleno desarrollo, donde las figuras del capital aparezcan en sus formas acabadas. Y ese desplazamiento del análisis le lleva a afrontar el capitalismo actual, de su tiempo, protagonizado por el capital industrial.

Al situar la reflexión en el capital industrial, Marx activa una tendencia que aparece en sus textos, a saber, la de otorgar primacía a la fase productiva del capital, la que pone el Cp en el puesto de mando. Lo hace oficiosamente, pues en su teoría defiende la relevancia de todas las fases, la sobredeterminación y dependencia de cada una respecto a las otras; pero, aun así, el texto transpira sus preferencias. Por eso aprovecha cualquier ocasión para recordarnos que la fase productiva es donde se crea el valor, el único momento en que mana valor, y por tanto que en ella reside la condición de posibilidad de existencia del capital; pero intenta hacerlo sin radicalizar la subordinación de las otras figuras, sin restarles entidad en su función.

Yo creo que la primacía que otorga a la producción no responde tanto a determinaciones internas del orden del capital cuanto a la función histórica de la misma; creo que Marx piensa que la producción es una determinación social común, universal, y que su forma técnica en el capitalismo puede servir de base en otras formaciones sociales; en cambio, la circulación, aun siendo en alguna medida universal y necesaria, en su concreción capitalista es un obstáculo para el futuro. Me da la impresión -hipótesis que debería ser estudiada y argumentada con mejores mimbres que los que aquí dispongo- que Marx entiende que la circulación capitalista juega un papel muy importante en la reproducción del capital; y eso explicaría que, sin romper su lealtad con el método y concediendo primacía a la totalidad, siempre manifieste preferencias por la supremacía funcional de la producción. Lo iremos viendo sobre la marcha.

Lo que interesa ahora es fijar la idea de que, constituido el capital industrial, impone su orden en la escena, subsume a las otras formas históricas y hace que los capitalistas individuales que entran en ella hayan de asumir su ritmo y soportar sus límites. El capital industrial, que aparece en un capitalismo desarrollado, subsume las anteriores formas del capital, las domina y subordina, y acaba por disolverlas o empujándolas a la marginalidad. Marx dice que el capital industrial “determina el carácter capitalista de la producción”. Con ello quiere decir que las formas precedentes del capital, vigentes antes de la implantación del capital industrial, “no sólo se le subordinan y se alteran consiguientemente en el mecanismo de sus funciones, sino que, además, se mueven ya sólo sobre la base del capital industrial y, por lo tanto, viven y mueren, se sostienen y caen junto con esa base” [32]; o sea, son subsumidas. Incluso las formas del capital que le acompañan, como el capital-dinero o el capital-mercancía, “no son ya más que formas de existencia de las diferentes formas funcionales que el capital industrial toma unas veces y depone otras dentro de la esfera de la circulación” [33]. No menospreciemos el matiz: son formas subsumidas al capital industrial, no al capital en general.

Marx extiende el conceto de “capital industrial” a todo el ciclo, no sólo a la fase de capital productivo. El capital industrial, he de insistir, es la forma general del capital en el modo de producción capitalista correspondiente al capitalismo desarrollado; por eso el capital industrial desplaza, subordina, disuelve o subsume a las formas históricas anteriores, también ellas de capital productivo -no hay capital que no sea productivo, en el sentido particular de producción de valor-, pero anteriores a esta forma desarrollada. Y también subsume a ese capitalismo materialmente no industrial, basado en la forma del capital-dinero y del capital-mercancía, que aparecen en pie de igualdad en una topografía positivista compartiendo mapa con el capital industrial, “con sus funciones de portadores de ramas propias de los negocios”, pero que Marx considera que de hecho son “formas de existencia de las diferentes formas funcionales que del capital industrial”. Una cosa es una “forma funcional”, o analítica, del capital, que nos permite distinguir positivamente entre capitalismo financiero, capitalismo mercantil y capitalismo industrial, que usamos para distinguir ramas de la producción capitalista, y otra una forma ontológica substantiva, que puede existir y ser pensada de forma aislada. Para Marx todas ellas son formas funcionales del “capital industrial”. Y aquí por “capital industrial” no debemos entender el capital industrial como forma funcional, el capital productivo. Es la misma relación que Marx establece entre la producción en general y la producción inmediata o directa; como ciclo general o como una fase específica del mismo, la segunda.


2.3. Fijado el concepto de capital industrial y su relevancia en el pensamiento marxiano, recuperemos la reflexión sobre el ciclo global. Enfocado el capital en su nivel desarrollado, como capital industrial, nos aparecen las tres fases ya conocidas del capital, y sus figuras acabadas. Y como ya estamos en posesión de una idea de la totalidad y su orden, y en consecuencia deviene indiferente el punto de partida, puede darse oportunidad a que el inicio y el fin coincidan con la fase más problemática, más enigmática, o simplemente más determinante en sus efectos prácticos. Marx elige ahora la fase productiva del capital industrial; y no suele dar puntada sin hilo.

Obviamente, la fase productiva sigue a otra primera y anticipa una tercera; aparece, no podía ser de otro modo, como mediación, en la frontera entre la circulación y la producción, interrumpiendo el movimiento de la mercancía, alterando su orden mercantil natural, canónico, M – D – M, para desviarse por un circuito que lleve de M a M´. Parece un cambio insignificante, pero es nada más y nada menos que el cambio del paradigma de la economía mercantil simple a la propiamente capitalista; y el resultado de ese periplo no es desdeñable, como se aprecia en la diferencia del resultado final, M´= M + m. Ese desvío del circuito clásico supone interrumpir la circulación, abandonar de momento su territorio y sus reglas, e introducirse en un nuevo recorrido complejo cuyo resultado aparente final sea la metamorfosis M - M´. O sea, no se regresa a M, al origen, se regresa a M´; esa es la diferencia implícita y a la que responde la fase productiva del capital, también aquí en su figura histórica desarrollada de capital industrial.

Su análisis nos proporciona una descripción y una “fórmula” del ciclo del capital muy peculiar, que parece diferenciarse de la general del Libro I, la consabida D – M – D´, a saber, la D – M … M´- D´, como veíamos al comienzo del parágrafo anterior. En el paso de M ase aprecia que se ha consumido M, es decir, Mp y Ft, y que aparece, una mercancía totalmente diferente de M en magnitud y cualidad. Diferente materialmente, sin duda, pues son otros productos, con otros cuerpos, con otros valores de uso, que en nada se parecen a los consumidos, aniquilados en el proceso de trabajo; y diferente también cuantitativamente, con más valor que M, pues acumula la plusvalía. Y, por último, diferente formalmente, con función y uso diferentes, puesno es como M una mercancía para consumo productivo, sino una mercancía para vender, para cambiar por dinero; no es una mercancía para salir del circuito económico vía consumo privado o vía consumo productivo, sino una mercancía para circular en el mercado, para continuar su juego de intercambio. Esto, que a simple vista parece obvio, debe analizarse con detenimiento, para que no se nos escape el sentido que encierra.

Si releemos aquella cita, Marx nos dice que M aparece dos veces, una como resultado de la transformación de D y otra como origen por su transformación de D´. En ambos casos, sin duda diferencies, (“diversidad esencial”, decía Marx), la relaciones D – M y M´- D´ tienen algo muy importante en común: “que en su primera fase el dinero se transforma en mercancía y en la segunda la mercancía se transforma en dinero”, con lo cual “el dinero gastado en la primera fase refluye a la segunda”; además, el resultado final es que hay un excedente del dinero “que refluye por encima del que se adelantó”. Y así, de este modo, podemos observar que la combinación de ambas, la formulación D - M ... M' - D' se nos revela contenida en la fórmula general D - M - D'.

Por otro lado, como las dos memoriosos de esta formulación, D - M y M' - D', pertenecen a la circulación, que “se enfrentan y se sustituyen recíprocamente, una y otra vez”, intercambiando valor de igual magnitud, se pone de relieve que el cambio de valor que se aprecia en y en proviene de la metamorfosis que tiene lugar en … P…, o sea, en el proceso de producción. Y así concluye Marx que ésta última es “la metamorfosis real del capital, frente a las metamorfosis meramente formales de la circulación” [34].

Por tanto, el cambio de M ano es simplemente un cambio cuantitativo de valor. La “alteración del valor” es importante, pero no se produce en ninguna de las fases de la circulación; se produce en la producción. En la circulación se intercambia conforme a la ley del valor; el plusvalor en cuanto a su origen es ajeno al mercado. O sea, las metamorfosis del capital en la circulación son siempre “formales”, insiste Marx en sus tesis; en la producción, en cambio, se da la “metamorfosis real”. No obstante, esas metamorfosis formales no son nada despreciables, sino determinantes de la posibilidad misma del ciclo del capital.

El capital, que apasiona y atormenta a nuestro Herr Kapital, tiene por alma el valor; es un valor que toma diferentes formas corpóreas, que recorre metamorfosis, sufre transformaciones, cada una de las cuales define un momento del proceso productivo global. Adopta figuras diferentes porque en cada una juega funciones diferentes, representa roles diferentes; pero todos ellos están orientados a un mismo fin, al incremento de valor. Por eso recorre un ciclo en cuya fase final toma la misma figura que en la inicial: D ysólo se diferencia en la cantidad de valor que expresan.

“Las dos formas que adopta el valor de capital dentro de sus fases de circulación son las de capital dinerario y capital mercantil; su forma correspondiente a la fase de producción es la de capital productivo. El capital que en el transcurso de su ciclo global adopta y vuelve a abandonar estas formas, y que en cada una de ellas cumple la función que corresponde a dicha forma, es el capital industrial, industrial aquí en el sentido de que abarca todo ramo de la producción explotado en forma capitalista” [35].

Ese es el juego. Esas distintas formas de presentarse el valor, esas figuras del capital, son todas ellas metamorfosis del capital industrial, que las engloba, que recorre el ciclo a través de ellas, usando sus cuerpos. Un capital industrial cuyo concepto, recordémoslo, es muy abierto, pues refiere a “toda rama de la producción ejercida de modo capitalista”, o sea, a toda producción tipo M – M´, que sea “productiva” de valor.

Un juego en que, en el mismo circuito, se realizan diversas competiciones simultáneas, con trayectos comunes y movimientos combinados; donde las diversas figuras que pueblan la ontología del circuito saben las reglas y no olvidan sus destinos particulares ni sus límites, condiciones propias del mercado. Fijémonos en D, que recorre su ciclo ejerciendo sus funciones ajustando su baile al de M, pero inevitablemente dirigido a reproducir el ser abstracto del que es máscara:

“El ciclo D … D' se enlaza, por un lado, con la circulación general de las mercancías, surge de ella e ingresa en ella, y constituye una parte de ella. Por otro lado, configura un movimiento autónomo peculiar del valor de capital para el capitalista individual, un movimiento que en parte ocurre dentro de la circulación general de mercancías, en parte fuera de la misma, pero que siempre conserva su carácter autónomo. En primer lugar, porque las dos fases suyas que ocurren en la esfera de la circulación, D - M y M' - D', en cuanto fases del movimiento del capital, poseen caracteres funcionalmente determinados; en D - M, M está materialmente determinada como fuerza de trabajo y medios de producción; en M'- D', se realiza el valor de capital más el plusvalor. En segundo lugar, P, el proceso de producción, abarca el consumo productivo. En tercer lugar, el retorno del dinero a su punto de partida convierte el movimiento D . . . D' en un movimiento cíclico que se cierra en sí mismo” [36].

Vemos que cada capital individual, en su recorrido de las dos etapas, D - M y M' - D', constituye “un agente de la circulación general de mercancías, en la cual funciona o está encadenado o bien como dinero o bien como mercancía, y de esta manera constituye él mismo un eslabón en la serie general de metamorfosis del mundo mercantil” [37]. Realiza su vida en el mercado. Ahora bien, por otro lado, participa en la circulación general del capital, moviéndose en una parte de ese circuito grande, donde realiza su propio “ciclo autónomo”, en el que viaja hasta la frontera entre el mercado y la fábrica, hasta la esfera de la producción, donde muta a Mp y Ft para viajar en el trayecto … P …, que le devuelve a la frontera entre la fábrica y el mercado, al punto de partida, donde entrará de nuevo como , o sea, con la misma forma que salió, para seguir rotando incansable. Ese es su destino como capital, el de rotar y rotar, siempre “dentro de su propio ciclo”, pasando por todas las metamorfosis prescritas, tanto la metamorfosis real en el proceso de producción, donde varía de magnitud de valor, como sus metamorfosis formales, en mercancía y en dinero, debidamente acrecentados [38].

Como el capital sólo se reconoce e identifica a sí mismo al final del ciclo, apreciando la diferencia cuantitativa, lo importante es no sufrir bloqueo en ninguna de las fases. Cualquier bloqueo es una patología, una amenaza; y un bloqueo en formas capitalistas rudimentarias, en el “capitalismo de herramientas”, es más soportable que en formas evolucionadas como las del capitalismo industrial. Es una ley de hierro la que enuncia que la tecnología es técnica y socialmente más débil cuanto más sofisticada; soporta mejor las averías la herramienta que la máquina; la división de trabajo que hace volar la productividad nos somete implacable al “efecto mariposa”.

El capital industrial peligra si se para en D, en la forma mercancía-dinero; el capital abandona el circuito y muta a “tesoro”. También peligra si se bloquea la metamorfosis M -en cualquiera de sus momentos; cualquier interrupción en el circuito bloquea la circulación. Por ejemplo, cuando las mercancías no se venden, no puede pasar a y aparecen las crisis del capitalismo; o cuando los medios de producción no funcionan (caso de las huelgas, en los problemas de abastecimiento, en las catástrofes naturales), en que la producción de P se para y por tanto la de M´.

A pesar de sus diversas causas técnicas o sociales, el riesgo inmediato del capital se reduce a uno: el bloqueo de la mutación - D´. Mientras los obstáculos en el ciclo no lleguen aquí, podrá controlarlos. Cuando el flujo del capital se estanca, sea cual fuere el motivo, las mercancías no se venden y deviene la “crisis cíclica”. Los peligros son variados, surgen en cuanto se interrumpe el ciclo en cualquiera de sus momentos, de ahí la imposibilidad de fijar una jerarquía de la importancia relativa de éstos. Sin bloqueos, el capital pasa fluido por sus figuras, de una a otra; y no pasa a otra si no ha cumplido la primera, siguiendo el buen orden de las cosas. Con bloqueos, sea cual fuere el punto de ruptura, el proceso se atasca y el destino se escapa.


2.4. Hagamos un paréntesis para comentar una precisión que el mismo Marx introduce al hilo de su discurso sobre el capital industrial, plantean do sin desarrollar un tema que hoy está llamado a ser de portada. Todo lo dicho hasta ahora se refiere al proceso general del capital industrial, a ese capitalismo de las mercancías materiales, autónomas y discretas; ese capitalismo en el que se considera el producto P una cosa material, separada, con existencia propia, distinta de los medios de producción, de los “elementos del capital productivo” [39]. Pero hay procesos productivos capitalistas particulares, en que ni las fases no son tan nítidas ni el objeto tan diferenciado, y que por tanto precisan esclarecimiento. Aquí lo importante es que el producto sea una cosa diferenciada y susceptible de uso diferenciado; aunque parte pueda volver a la producción como materia prima. Por ejemplo, los cereales, que “sirven como simiente para su propia producción; pero el producto consiste exclusivamente en cereales y por lo tanto tiene una figura distinta de la que revisten los elementos utilizados conjuntamente, fuerza de trabajo, instrumentos, abono” [40]. Cuando no es así, cuando el producto no es una cosa bien diferenciada, separada, con existencia natural propia, el análisis ha de ser específico.

El hecho es que hay industrias capitalistas en las que “el producto del proceso de producción no es un producto objetivo nuevo, no es una mercancía” [41]. Por ejemplo, las industrias de la comunicación, sea la industria del trasporte, que traslada de lugar mercancías o personas, sea la industria de correos, que envía o transmite mensajes, despachos, cartas, telegramas, etc., hoy tan potente como ayer inimaginable en el espacio de internet. Marx decía que

“La única de esas ramas que tiene importancia económica es la industria de la comunicación, ya sea industria del transporte propiamente dicho, para mercancías y seres humanos, ya sea sólo transmisión de comunicaciones, cartas, telegramas etcétera” [42].

Mientras el fabricante de objetos separados produce los artículos y luego busca compradores y los vende, primero los produce y luego los lleva a la circulación de mercancías, en actos separados en espacio y tiempo, no ocurre lo mismo en la comunicación. El trasporte no crea nuevo producto. Si en general el producto del proceso se presenta como una cosa materialmente (y también formalmente) separada del proceso de producción, no es así en los procesos de la industria de la comunicación, “en las cuales el producto del proceso de producción no es ningún producto material nuevo, ninguna mercancía. Ocurre que en estos procesos no se crean productos nuevos, sólo se trasladan seres humanos y cosas. En ellos la producción y el consumo coinciden; los servicios (de cambio de lugar) se consumen en el momento en que se producen. El producto aquí no es una cosa, es el cambio de lugar de algo que ya existe. Lo que vende la industria de transporte es eso, el “cambio de lugar”.

“El efecto útil producido está inseparablemente unido con el proceso de transporte, esto es, con el proceso de producción de la industria del transporte. Los seres humanos y las mercancías viajan con el medio de transporte, y su viaje, su movimiento local es precisamente el proceso de producción actuado por aquel medio. El efecto útil solo es consumible durante el proceso de producción; no existe como cosa de uso diferente de ese proceso y que sólo funcionara como artículo comercial después de su producción, que circulara como mercancía. Pero el valor de cambio de ese efecto útil está determinado, como el de cualquier otra mercancía, por el valor de los elementos de producción gastados en él (fuerza de trabajo y medios de producción) más la plusvalía creada por el plustrabajo de los obreros ocupados en la industria del transporte. También respecto de su consumo se comporta ese efecto útil exactamente igual que otras mercancías. Si se consume individualmente, su valor desaparece con el consumo; si se consume productivamente, de modo que sea él mismo un estadio de producción de la mercancía que se encuentra en transporte, su valor se transmite a la mercancía misma como valor añadido” [43].

Por tanto, en la industria del transporte, cuya fórmula sería D – M [= Mp + Ft] … P… M´ – D´, lo que se paga y consume es el proceso de producción mismo. Su fórmula, puede verse, es muy parecida a la de la producción de los metales preciosos “sólo que aquí D' es forma trasmutada del efecto útil generado durante el proceso de producción, y no forma natural del oro o la plata producidos durante este proceso y expelidos de él” [44].

La verdad es que esta idea no está bien clarificada en el manuscrito.Marx pone correctamente el transporte como proceso productivo, pues se “produce” el cambio de lugar. Y dice, también correctamente, que el consumo se realiza en el mismo proceso de producción: el producto, el cambio de lugar, se consume en el acto mismo del proceso. Pero aquí al menos hay una ambigüedad que debiera ser esclarecida, pues se mezclan y confunde dos formas de consumos, el productivo y el individual. Para ello conviene distinguir si se transportan mercancías o personas. Si se trata de mercancías, éstas inician un nuevo proceso de producción como materias primas, y son transformadas en sus cualidades, en este caso en la determinación del lugar. Por tanto, no tiene sentido decir que éstas consumen “cambio de lugar”; al tratarse de un consumo productivo, el consumo pertenece al proceso de producción, no al producto; es el transporte el que consume valor, y debido a ese consumo de trabajo el producto tendrá un nuevo valor de uso, concretado en el lugar, y una nueva magnitud de valor, el del plusvalor acumulado en el proceso de transporte. En el transporte de mercancías, por tanto, se consume lo de siempre, Mp y Ft; pero no lo consume la mercancía trasportada, en ninguna de las dos figuras que ejerce en el transporte, materia prima y producto; lo consume el proceso de transformación, que transforma la mercancía materia prima en mercancía producto, que se manifiesta en el cambio de lugar.

El transporte es una prolongación de su anterior producción como mercancía; al igual que su almacenamiento, su control, y todos los trabajos necesarios para mantener su valor de uso, para mantenerla como mercancía, con posibilidad de realización del valor, aunque sólo afecten a su conservación, su lugar y su tiempo, son consumo de valor en la producción de esa mercancía.

Cuando se trata del transporte de personas, la cosa cambia. Aquí no se parte de una mercancía como materia prima; aquí el proceso de producción cuyo producto es el cambio de lugar requiere de la presencia del consumidor, de manera semejante a como la entrega de la fuerza de trabajo por el trabajador requiere la presencia de su cuerpo en la fábrica. El producto aquí no toma nunca forma separada, sino que va pasando del proceso al cuerpo del consumidor, que consume la mercancía, el viaje, conforme va siendo producida. En definitiva, aquí sí tiene sentido insistir en que la producción del servicio y su consumo coinciden en el tiempo; aquí si puede pensarse que el transporte es un servicio que la persona consume, como consume medios de vida, información, sensaciones…. Y esta perspectiva, apenas insinuada, tiene hoy gran relevancia, en el capitalismo del conocimiento, o de la información, o de las emociones, en definitiva, en este capitalismo de lo inmaterial, que gana espacio a pasos de gigante; y que algún día habremos de abordar.


2.5. Marx concede mucha importancia a esta “forma especial del proceso cíclico del capital”, D - M ... P ... M' - D', sin menospreciar a las otras que iremos viendo. En el análisis de la misma destaca cuatro rasgos, que comentamos seguidamente; se trata de cuatro ventajas respecto a la forma general y abstracta en cuanto a la visibilización del proceso del capital.

En primer lugar, destaca que aquí, como en la forma general, el capital se presenta “como ciclo del capital dinerario”, debido a que “el capital industrial bajo su forma de dinero, como capital dinerario, constituye el punto de arranque y el punto de retorno de su proceso global” [45]. Es tan clara su descripción, que vale la pena recoger la cita en extenso:

“La fórmula misma expresa que el dinero no se gasta aquí como dinero, sino que sólo se lo adelanta, es decir que sólo es forma dineraria del capital, capital dinerario. Además, expresa que el fin último y determinante del movimiento es el valor de cambio y no el valor de uso. Precisamente porque la figura dineraria del valor es su forma de manifestación autónoma y tangible, la forma de circulación D . . . D', cuyo punto de partida y cuyo punto de llegada es el dinero real, expresa de la manera más contundente el motivo impulsor de la producción capitalista, el hacer dinero. El proceso de producción se presenta sólo como el eslabón intermedio inevitable, como el mal necesario para alcanzar el objetivo: hacer dinero” [46].

En segundo lugar, esta formulación permite ver la función de P en el ciclo del capital-dinero como interrupción de las dos fases de la circulación, D - M ... M' - D', como excurso al exterior al mercado, como misteriosa huida al otro lado de la frontera; es como un largo túnel en que el capital desaparece de la visibilidad de la circulación. Cierto, en la ontología del capital no hay nada absoluto: si P es mediación entre M y en la circulación de mercancías, también las dos metamorfosis de la circulación, D – M y M' - D', son mediación en la circulación simple D – M - D'”. Porque, en definitiva, en el territorio del capital ningún elemento es un fin en sí mismo, todo está subordinado a un destino ciego, en rigor sin fin, el de acumular valor:

“El proceso de producción aparece bajo la forma del propio proceso cíclico, formal y expresamente, como lo que es en el modo capitalista de producción, como mero medio para la valorización del valor adelantado, es decir, el enriquecimiento en cuanto tal como fin en sí mismo de la producción” [47].

Y en su momento veremos que ni siquiera la acumulación es, ni puede ser, un fin fijo, definido, pues en su movimiento histórico se revela como simple dispositivo para mantener vivo el capital, cuya esencia consiste en valorizarse. Así, el enriquecimiento del capitalista, en clave subjetiva, o la acumulación de valor, en clave objetiva, son también sólo medios, instrumentos al servicio de un modo de ser de la riqueza, su forma capital.

En tercer lugar, como en la formulación que comentamos el punto de partida es D y el de llegada D´, igual a la suma D + d, se visibiliza que el capital valorizado lleva en su seno el inicial D y su vástago d, en mezcla uniforme, totalmente homogénea. Marx ve aquí la doble diferencia entre el ciclo del dinero y los otros ciclos, de la mercancía y del producto. Por un lado, se diferencian en que la forma dineraria aparece en “ambos extremos”, en el origen y en el final, tal que el dinero se revela como “la forma de existencia tangible autónoma del valor, el valor del producto en su forma de valor autónoma, en la que se ha borrado toda huella del valor de uso que poseen las mercancías” [48]. Sin duda se trata de una ilusión transcendental, efecto del análisis, que al operar con un origen y un final permite ver la forma dinero en estos lugares privilegiados como “autónoma”, como si estuviera libre de la determinación del capital, como si virtualmente el capital-dinero hubiera devenido mero dinero, mero equivalente universal de valor sin destino decidido, que pudiera optar entre matricularse en la circulación del capital o en la circulación general de la mercancía, entre ser capital o ser riqueza. Y si bien formalmente parece que esa opción es lógica, que tiene sentido, esta ilusión de autonomía se desvanece en cuanto el análisis gane concreción. Entonces veremos que no hay origen y final del capital, que éste siempre está repartidos en cantidades determinadas que se reparte todas las posiciones posibles del circuito, viajando de manera diacrónica y con desfases, tal que nunca se encuentra en su totalidad en esas posiciones con “ventanas de liquidez”, en expresión muy usada en la economía financiera de nuestro tiempo.

Hemos de tener en cuenta que aquí el objeto de análisis marxiano no es la cosa, el valor, sino modo de aparición, la “expresión” del valor. Si como cosa, como valor, el dinero es sólo una forma equivalente a las otras, en el plano de la expresión el dinero parece el cuerpo apropiado para manifestarse el valor; éste encuentra en la forma-dinero una “forma de valor autónoma”, emancipada; el capital dinerario se expresa con transparencia como “dinero que encuba dinero”. Este hecho lleva a pensar que la producción de plusvalor por parte del valor sea como el alfa y la omega del proceso, que todo ha consistido en el dinero que llama al dinero; y, ad maiorem Dei gloriam, añade brillo a la magnitud, consigue que aparezca “expresamente en la reluciente forma del dinero” [49].

Como digo, estamos en el plano de la expresión, y por tanto de la apariencia, del fenómeno. En esta perspectiva, ciertamente, “la forma P … P no se convierte necesariamente en P … P' (P + p)”, nos dice Marx; y “en la forma M' ... M' no se ve absolutamente ninguna diferencia de valor entre ambos extremos”. Este privilegio parece específico del dinero, pues sólo el dinero, al fin pura cantidad, hace que en su ser brille el d que ha sudado:

“Por lo tanto, es característico de la fórmula D ... D', por un lado, que el valor de capital constituya el punto de partida y el valor de capital valorizado el punto de retorno, de manera que el adelanto del valor de capital aparece como medio y el valor de capital valorizado como finalidad de toda la operación” [50].

En fin, en cuarto lugar, la formulación nos permite ver que el dinero no sólo va del principio al final, de D a , sino que vuelve a D, recorre el circuito de la circulación y vuelve al origen de un nuevo ciclo. Es así porque puede ser así; y puede ser así porque al final “se encuentra absolutamente en la misma forma bajo la cual inició su primer ciclo”; se encuentra como dinero virtualmente liberado de la determinación del capital, disfrutando de su fugaz autonomía, en condiciones de repetir el proceso en un nuevo ciclo. En consecuencia, puede reiniciar un nuevo ciclo como capital dinerario repuesto, D, o como capital dinerario aumentando, acumulado, que incluye D más todo o parte de d [51]. Marx puede concluir esta descripción del ciclo del capital-dinero diciendo que

“Considerado en su figura única, formalmente el ciclo del capital dinerario no expresa, por lo tanto, más que el proceso de valorización y acumulación. Allí el consumo sólo se expresa como consumo productivo mediante D - M [= Mp – Ft]; sólo esta fórmula está incluida en este ciclo del capital individual. D - Ft es Ft - D o M - D del lado del obrero; es, por ende, la primera fase de la circulación, la fase que media su consumo individual: Ft – D - M (medios de subsistencia). La segunda fase, D - M, no cae ya dentro del ciclo del capital individual; pero éste la introduce, la presupone, porque el obrero, para encontrarse siempre en el mercado como materia explotable a disposición del capitalista, tiene ante todo que vivir, es decir, mantenerse por medio del consumo individual. Pero aquí sólo se presupone este mismo consumo como condición para el consumo productivo de la fuerza de trabajo por parte del capital, es decir, también sólo en la medida en que el obrero se mantiene y se reproduce como fuerza de trabajo por medio de su consumo individual. Pero los Mp, las mercancías propiamente dichas que entran en el ciclo sólo constituyen la materia alimenticia del consumo productivo” [52].

En la circulación, territorio común al capital (en sus formas de dinero y mercancía), el capitalista cambia sus mercancías por dinero y éste por mercancías productivas (Mp y Ft), que saca de ese circuito común para recorrer la fase productiva; el obrero, en cambio, intercambia en la circulación su mercancía especial, su Ft por dinero que a su vez le dan acceso a las mercancías de consumo individual; y las saca también del circuito para el consumo familiar, donde repone su Ft gastada y crea nueva para repetir el ciclo. También el capitalista separa en la circulación parte de d y, cambiado por mercancías de consumo salen del mercado como medios de sobrevivencia. Incluso podemos encontrar en ese trayecto común de la circulación figuras formalmente ajenas al capitalismo, que siguen su trayecto M1 – D – M2, propio de la economía mercantil precapitalista, conviviendo con las figuras nuevas impuestas por el capital. Y cierro este apartado con dos advertencias: una todas las figuras que coexisten acaban conviviendo, es decir, acaban subsumidas unas a otras; sus recorridos no son indiferentes, pues el mercado tiene reglas comunes, que acaban decidiendo hegemonías y subordinaciones. Otra, que esa vida en común es el mercado, mientras la fábrica es lugar del capital en sentido estricto, pues incluso si empíricamente incluye la presencia del obrero, del trabajador en general, es sólo como personaje que va a hacer entrega de la mercancía que ha vendido, una jornada de trabajo de su cuerpo.


3. Fetichismo y enmascaramiento de la relación de capital.

En el ciclo general del capital pasea el capital en sus diferentes figuras. Si seguimos sucesivamente los recorridos de cada una de ellas, y los abstraemos en el análisis, obtendremos los ciclos de las figuras particulares del capital. Tendremos los ciclos del capital-dinero, del capital productivo y del capital-mercancía, que cartografían los viajes respectivos de las correspondientes formas del capital. Aunque el gráfico del viaje del capital-dinero parece expresar por sí mismo el sentido último del proceso, el recorrido del valor, pues en gran medida objetiva la voluntad subjetiva del capitalista, analizado con detenimiento nos revela también que no puede hacer el recorrido solo, que ha de estar acompañado de modo inseparable de la circulación general de mercancías, que le hagan de puente y le ayuden a realizar sus saltos sobre el vacío. Detengámonos, como hace Marx, en ver este culto al dinero y la ilusión que encierra.


3.1. Es de sentido común que el dinero viaje con la mercancía, ya que nace con ella y muere con ella, tanto que incluso en algunos momentos comparte naturaleza con ella, forma parte de su género. El capital-dinero no sólo necesita la compañía de la mercancía, del capital-mercancía, que ésta le preste sus dominios para saltar los espacios vacíos; también necesita una mano de apoyo del capital productivo, que le permia cruzar por sus subterráneos, invisible, y llegar al destino, esperar allí su momento, cuyo lugar y tiempo ignora. Sólo así el ciclo D resulta eficiente y con sentido, pues sólo así se consigue la valorización.

Hay que resaltar que, si bien el dinero, y su representante el capitalista, parece entrar y salir a su antojo en la circulación general de mercancías, en el fondo tiene sus movimientos fijados por su particularidad de ciudadano de derecho del mercado, en calidad de comprador-vendedor “capitalista”. Lo propio del capital, su lugar natural, es la producción, y si pasa por el mercado en forma de dinero o mercancía es a requerimiento de esta. Claro está, un requerimiento muy determinante y exigente, que le lleva a quedar atrapado por la circulación general, donde ha de entrar y salir a su debido tiempo, pasar inevitablemente por ella, respetar sus reglas y hábitos y recorrerla siempre como D o como M, es decir, disfrazado de ciudadano mercantil. En definitiva, en su recorrido por el mercado, el capital ha de actuar como agente de esa circulación, como un mero “eslabón de la serie general de metamorfosis del mundo de las mercancías”. Tiene su ciclo autónomo, pero conectado a la red, formando parte de ella, constituyéndola y siendo constituido por ella:

“Por otra parte, describe dentro de la circulación general su propio ciclo autónomo, en el cual la esfera de la producción constituye un estadio transitorio y por el cual el capital individual vuelve a su punto de partida en la misma forma en que lo dejó. Dentro de su propio ciclo, que incluye su metamorfosis real en el proceso de producción, altera al mismo tiempo su magnitud de valor. Vuelve a su punto de partida no sólo como valor en dinero, sino como valor en dinero aumentado, acrecido” [53].

Conviene alertar contra la fetichización del ciclo D - M … P… M´ - D´, el ciclo del capital-dinero. Aquí D es dinero capital, está en el punto de partida y en el de llegada; no se gasta como dinero, al contrario, se anticipa como capital, capital-dinero, forma dinero del capital, para recuperarlo aumentado; la finalidad interna del capital en el ciclo del dinero no es el valor de uso, sino la valorización. D es la expresión visible de esa circulación del capital, sin más destino que incrementarse. Expresa el destino objetivo del capital, marcado a sangre y fuego en su concepto –“valor que se valoriza”- y alimento básico del sueño de todo capitalista, que el dinero sude dinero. Produce tanta fascinación, que la producción aparece como mero eslabón intermedio, que incluso se intenta obviar en la especulación. Pero, claro, ese eslabón es nada menos que el dispositivo de producción de valor por parte del capital adelantado, es la condición de posibilidad del ciclo del capital a nivel global y la razón de ser del dinero capitalista, bien diferenciado del dinero mercantil.

Algún capitalista podrá obviar ese recorrido, vagando fuera o en los aledaños del capital industrial, o recurriendo a habilidades y destrezas propias de las “bellas artes”, pero Herr Kapital sabe que el circuito nocturno que pasa por el barrio de la producción no es un vicio, sino una necesidad. Al igual que dios no se expresa del todo bien a través de sus criaturas, así Herr Kapital no logra que todos los capitalistas individuales expresen bien su esencia, tengan clara su consciencia de sí, estén en posesión de su propio concepto; no logra que en todos florezca la autoconsciencia; por eso caen en el fetichismo del ciclo del dinero, en el culto avaro a su dorado brillo, y se lanzan a su posesión fuera del orden del capital: “Por eso todas las naciones de modo de producción capitalista son periódicamente arrebatadas por un vértigo especulativo en el cual pretenden hacer dinero sin la mediación del proceso de producción” [54].

Es la gran tentación; es una pasión tan frecuente y constante que nos empuja a la ilusión de pensar que esa es la esencia del capitalismo, la especulación, el crecimiento mágico del dinero. Pero las ilusiones sólo son ilusiones, y sus efectos se nos escapan. Por ejemplo, hoy solemos decir con verdad que la corrupción es tan abundante que parece universal; y de aquí solemos pasar sin solución de continuidad, sin paréntesis reflexivo, a afirmar que la corrupción, por generalizada, ha de ser considerada intrínseca al capitalismo. Con ello nos vengamos en la idea de la desigualdad y la injustica que siempre –en este caso sí son esenciales- le acompañan. Pero es una ilusión, una ilusión transcendental, que no pertenece al concepto, y más que su esencia expresa su actual degenerada existencia. Ahora bien, sacar la corrupción de su esencia y situarla en su existencia, reducirla a la contingencia, en absoluto debilita nuestro juicio ni suaviza la radicalidad de su condena por la injusticia y la desigualdad que genera y reproduce. Todo lo contrario, nos ayuda a entender dónde está su pacto con el mal social. Ver la corrupción social contemporánea como degradación o descomposición del capital, incluso como expresión de su debilidad en su decrepitud, es verlo tal y como es, lo cual es siempre más severo que vestirlo con otro disfraz de demonio, obsesión de ocultarlo como si temiéramos amar su rostro.

Lo propio del capitalismo es la red global de los ciclos, cada uno con su función y su determinación. Cuando en el capitalismo se “antepone” la circulación a la producción, cuando la acumulación D – D´ se persigue en aquélla y no en ésta, o cuando se prefiere la adquisición especulativa de dinero a la producción de valor, entre otros muchos vicios particulares, lo que se revela es la crisis del capital, su entrada en crisis anticipada. El fetichismo del dinero, cuanto está subsumido en la producción de valor, cuando su realización pasa por ésta, expresa alegría, o sea, potencia del capital; cuando el fetichismo se independiza y el culto al dinero se hace al margen de la producción, el capitalismo se entristece y, como diría Spinoza, se debilita su poder, pierde potencia de ser. Creo que deberíamos pensar esto con más detenimiento; pensar es siempre más útil que creer, aunque llegáramos al mismo puerto.

Es importante comprender esta tentación, esta fascinación del dinero. El dinero es, sin duda, una forma cómoda y segura de existencia del capital. En versión marxiana, en su representación popular el dinero es “la forma de existencia autónoma y tangible del valor”; el valor del producto expresado en dinero es su forma de valor independiente, liberada, sin lastre de su génesis, donde ya no queda huella de la mercancía, ni de su origen. Bajo los efectos del fetichismo el dinero aparece como principio y fin, y por tanto nos induce a representárnoslo como sujeto creador de valor; es comprensible su hechizo, pues no se gasta, no se consume, al contrario, siempre se reproduce y, tras el paseo nocturno, siempre vuelve engordado. Es formidable que esté siempre en condiciones de volver a empezar; y de hecho comienza siempre; pero lo hace ocultando que lleva en su cuerpo D + d, que arrastra en su seno la plusvalía, que en su esencia está marcada la relación de capital. No hay mejor clima para el crecimiento del fetichismo que el del reino del dinero.

Pero, al mismo tiempo, hay que recordar que ese es el punto de vista del capitalista individual, su tentación particular, y que no se ven las cosas de igual modo por el obrero. Y es comprensible que así sea. Coinciden ambos en ver en el dinero la condición de posibilidad de su existencia, de su reproducción, pues el dinero es en ambos casos el medio de acceso al consumo. Ahora bien, para el trabajador se trata del consumo individual, para reproducir su vida; en cambio, en el capitalista individual, qua capitalista, aunque el dinero sea también la condición del consumo, aquí se trata del consumo productivo: “En esa figura el consumo queda expresado, sólo en cuanto consumo productivo, por D M [= Mp + Ft], y sólo el consumo productivo queda incluido en este ciclo del capital individual” [55].

No mantienen el trabajador y el capitalista la misma relación con el dinero. Éste con D obtiene los medios de producción, con los que produceque le permiten obtener D + d. El dinero para el capitalista está en las dos fases de la circulación, como origen y como final. Sale de su bolsillo en D - M y regresa engordado en M´ - D´. En el punto de vista del obrero, sólo cuenta la primera fase de la circulación del capital, aquella en que vende su fuerza de trabajo en el intercambio Ft - D; la segunda fase de la circulación, D - M, en que compra los medios de vida, ya no cae en el ciclo del capital-dinero, pertenece al movimiento de la mercancía, al consumo individual. O sea, el dinero sale y vuelve a entrar en el bolsillo del capitalista, no así en el del obrero, que entra siempre para salir y alejarse de, con prisas, como si ese lugar no fuera el suyo.

No obstante, sería una ilusión pensar que esa D - M, el consumo del obrero, en esencia exterior al ciclo del capital, sea del todo ajena a éste. En sí misma, la relación de compra venta Ft – D – M, la venta de Ft para conseguir, por mediación del dinero, los medios de vida, parece seguir un circuito ajeno al del capital, y se da en la esfera de la circulación, en lo que llamamos circulación general de la mercancía; pero esa indiferencia es sólo aparente, y nos arrastra a la ilusión. Nada hay en la órbita del capital que, de una u otra forma, no esté subsumido a su orden. Dicha ilusión de autonomía se ha alimentado en la experiencia histórica, en la que la vida del trabajador y su familia parecerían exteriores al dominio del capital; ilusión conectada con otra ilusión más poderosa, la del “tiempo libre”. En esa forma de consciencia el salario permitía al trabajador una existencia “nocturna”, libre, ajena a la voluntad del capitalista y a la determinación del capital una existencia con otra lógica, con otro sentido.

Pero, como digo, es una ilusión, otra ilusión. En realidad, D - M está prevista por el capital; siempre lo estuvo, siempre presuponía que con ella el trabajador se reproducía como trabajador. Pero dejaba a ese proceso de reproducción de la fuerza de trabajo amplios márgenes de espontaneidad, toda la que le permitía la irrenunciable necesidad de tener garantizado dicho medio de trabajo. Siempre ha sido así; por tanto, en la medida en que el desarrollo del capital exigía más seguridad en la reproducción de las condiciones de producción, el cerco se estrechaba, fuera sobre la fuerza de trabajo, sobre la naturaleza o sobre la vida íntima.

La experiencia histórica también nos revela que esos márgenes se han ido estrechando, por exigencias de la tasa de ganancia y, en general, de la reproducción del capital. Ahora Herr Kapital no sólo sabe que necesita hoy y necesitará mañana Ft, sino que ha de cuantificar la cantidad, la calidad y la variedad de la misma, y ha de garantizar su presencia en el mercado como cualquier otro medio de producción. Y, aunque manteniendo ciertos rasgos de esa apariencia de espontaneidad en el consumo individual, el capitalismo controla y domina cada vez más ese consumo, reduce la exterioridad, si se quiere, la subsume; en eso le va su existencia.

En definitiva, llegando al fin a donde quería llegar, la biopolítica se ha ido imponiendo como estrategia del capitalismo en el mercado de trabajo.Marx ya aludía a ello en la descripción de la apariencia de exterioridad de la vida familiar. Permitidme, una vez más, la siguiente larga cita; es tan transparente que no necesita interpretación, y que cualquier reescritura o paráfrasis sería una extravagancia:

“La segunda fase D - M no cae ya en el ciclo del capital individual; pero es introducida por él, presupuesta por él, puesto que el trabajador, para encontrarse siempre como material explotable del capitalista en el mercado, tiene que empezar por vivir, tiene que mantenerse mediante el consumo individual. Pero ese consumo se presupone aquí sólo como condición del consumo productivo de la fuerza de trabajo por el capital, o sea, sólo en la medida en que el trabajador se mantiene y se reproduce como fuerza de trabajo mediante su consumo individual. Los Mp, las mercancías propiamente dichas, empero, que entran en el ciclo son material comestible sólo para el consumo productivo. El acto Ft - D media el consumo individual del trabajador, la conversión de alimentos en carne y sangre suyas. Desde luego que también el capitalista tiene que estar ahí y, por lo tanto, vivir y consumir, para funcionar como capitalista. Pero para eso basta que consuma como un obrero, por lo cual en esta forma del proceso de circulación no se presupone más de eso. Y ni siquiera eso se expresa formalmente, puesto que la forma se concluye con D', o sea, con un resultado que inmediatamente puede volver a servir de capital-dinero agrandado” [56].

Marx resalta la exterioridad del mundo familiar respecto al proceso económico capitalista; “exterior” en tanto que no pertenece al ciclo del capital; pero conectado, inducido, requerido, presupuesto, subsumido…, por el capital en tanto que ahí tiene lugar la reproducción de la fuerza de trabajo. Históricamente, como he dicho, esta exterioridad era formal, aunque materialmente estuviera determinada por el capital; con el desarrollo del capitalismo no sólo se acentúa la determinación material, sino que aparece la subsunción formal de la vida familiar en el ciclo del capital. El capitalismo ha creado la familia capitalista, o mejor, la familia en el capitalismo, la forma capitalista de la familia. Es su ley y, por tanto, su necesidad; nace y se alimenta de subsumir las formas precapitalistas bajo su determinación. Esta subsunción de la vida bajo la función del capital es, como digo, el tema de la biopolítica, más de una vez aludido porMarx y que algún día deberemos abordar sistemáticamente.


3.2. Estas últimas reflexiones al hilo de la lectura deMarx persiguen, sin duda, precisar y esclarecer algún aspecto de lo dicho anteriormente; pero, sobre todo, con ellas intento abrir una reflexión sobre un tema que se encuentra difuso y poco resaltado en el texto, tal vez porque Marx ya lo trató con amplitud en el Libro I. Me refiero al fetichismo, en todas sus figuras, pero especialmente ese fetichismo que se genera en el ciclo del dinero, y que tanto obsesiona a Marx, en el que debemos insistir un poco más. El fetichismo aquí ayuda a ocultar la relación de capital bajo esa uniformidad del dinero derivada a su esencia de mera cantidad.

No es trivial al respecto el énfasis que pone Marx en resaltar la necesidad de que el capital entre y recorra el ciclo de la mercancía, o sea, en que el ciclo del capital use (y subsuma) el ciclo de la mercancía. Con ello nos resalta que “el proceso cíclico del capital es unidad de circulación y producción”, que necesariamente “incluye ambas” [57]. Y nos ofrece la siguiente descripción, cuya comprensión nos ayudará a entender un poco más, yo diría mucho más y al mismo tiempo, su concepción del capital, del dinero y de su ontología. Nos dice:

“En la medida en que las dos fases D - M y M' - D' son hechos de circulación, la circulación del capital constituye una parte de la circulación general de mercancías. Pero en cuanto son secciones funcionalmente determinadas, estadios del ciclo del capital, ciclo que no pertenece sólo a la esfera de la circulación, sino también a la de la producción, el capital ejecuta su propio ciclo dentro de la circulación general de mercancías [58].

Para entender bien la cita hay que recordar que en Marx todo es móvil y volátil, se mueve el capital por medio de sus metamorfosis, pero también se mueven las formas de éste. En el territorio de la circulación abstrae dos entidades, dos pobladores de este mundo económico, el capital y la mercancía (que aquí incluye el dinero como una forma de ésta). Y sigue la pista de ambos. Por un lado, la mercancía tiene su recorrido, su circuito, por donde fluye la “circulación general de mercancías”. Pero en ese circuito, formando parte del mismo, hay dos trayectos bien determinados, D – M y M´- D´. Por ambos trayectos, en el circuito de la mercancía, pasa también el capital, como si fuera un circuito público, en el que coexisten diversas circulaciones, con un trayecto compartido por el capital y la mercancía cuando realizan sus recorridos. En consecuencia, como dice Marx, ha de reconocerse que comparten circuito, que una parte del recorrido que sigue el capital forma parte del que sigue la mercancía, o sea, que “la circulación del capital constituye una parte de la circulación general de mercancías”.

Desplacemos un poco el enfoque. Podríamos pensar como recursos didácticos en un circuito convencional complejo en que se puedan diseñarse diversos recorridos, para diversos usos o competiciones. Nosotros nos limitamos a dos: uno de ellos es el circuito del capital y otro el de la circulación general de mercancías, que tienen un trayecto en común. En este trayecto compartido, común a ambos circuitos, reinan la mercancía y el dinero, y su actividad principal la constituyen las metamorfosis entre ambas figuras. Se distinguen dos momentos en el recorrido, D – M y M´- D´, que juntos delimitan y definen el ciclo general de la mercancía; por tanto, en la medida en que forman parte del trayecto compartido, son funcionalmente fases o estadios del ciclo del capital. Los límites de estas fases no son los límites del ciclo del capital; éste, lo sabemos, no se reduce a ese trazado, no nace ni se agota en su trayectoria por la circulación, sino que viene y va de más lejos, proviene de la producción y se prolonga y continúa por la circulación. Lo cual nos revela que, como dice Marx, “el capital ejecuta su propio ciclo dentro de la circulación general de mercancías”.

Este enfoque nos permite ver el usufructo que hace el capital de la circulación general de la mercancía; aprovechando el cuerpo de ésta recorre el mundo sublunar y el espacio interestelar, invisible polizonte, que deja creer al espectador que asiste a una mera fenoménica aventura de la mercancía. Pero si obsérvanos que siempre hay quien espera el tren al final del recorrido, aunque no veamos bajar al viajero clandestino sospecharemos de su presencia; si siempre hay alguien que espera tan fiel y asiduamente es porque algo invisible recoge. Y si afinamos nuestros visores conceptuales seguramente percibiremos que sí, que en sus bolsillos abultados se llevan fragmentada la misteriosa m. Al menos a Marx no se le pasa ese detalle, ni otros que descubre observando bien todo el recorrido. Donde el espectador, atento al “valor de uso”, ve movimientos y cambios en la mercancía, Marx, atento al valor, ese free rider que lleva dentro, ve movimientos y cambios en el capital; en su representación del proceso, el viaje, la circulación de mercancías, el movimiento de superficie, abandona la escena y deja paso a la circulación del capital que transporta, captado con dispositivos radiológicos. Podríamos decir que de la descripción del paisaje se pasa a la descripción de la consciencia, de la atención al cuerpo a la observación de su alma.

El movimiento del capital, como vemos, no se agota en el trayecto común de la circulación, en el reino del dinero, sino que tiene su recorrido productivo particular. Veamos ahora que, además, el capital bajo su forma dinero no recorre el circuito común como una mercancía cualquiera, cuyo destino es convertirse en medio de vida, sino como mercancía aureolada, -“dorada”, le gusta decir a Marx-, que no sirve a los pobres seres humanos sino al crecimiento, a la valorización del capital.

Hemos visto que D - M y- D´, los dos momentos del ciclo de la mercancía, “son secciones funcionalmente determinadas, estadios del ciclo del capital”. Es decir, el capital recorre los pasos de la mercancía, y para ello se presenta con el cuerpo de la mercancía y camina al ritmo y conforme a las reglas de las mercancías; pero oculto lleva su fin y destino propio, su esencia de capital. Va por el mismo camino, pero camina hacia otro destino; viaja con los otros, disfrazado de los otros, ocultando en secreto su identidad. El capital, incluso usando el circuito de la mercancía, “ejecuta su propio ciclo dentro de la circulación general de mercancías”; es como un invitado a una competición “fuera de concurso”, que corre e interactúa con los otros, pero va a lo suyo.

“La circulación general de mercancías le sirve en el primer estadio para adoptar la figura con la cual puede funcionar como capital productivo; en el segundo estadio le sirve para deponer la función de mercancía, dentro de la cual no puede renovar su ciclo; y, al mismo tiempo, para abrirle la posibilidad de separar su propio ciclo como capital de la circulación de la plusvalía que le ha acrecido” [59].

Vestido de mercancía, pues, el capital recorre el primer trayecto, D – M, y así logra la máscara, el cuerpo, con el que hacer su visita al exterior. Sale, pues, en forma de medios de producción. Y, cumplida su función productiva de engordar al capital, regresa de nuevo al circuito, en forma de, es decir, de M + m, y cumple la función de cualquier mercancía en ese segundo tramo, la de convertirse en dinero, en D + d. Y así, casi imperceptiblemente, sin violar ninguna regla, no sólo regresa a su origen, a la recuperación del capital inicial, D, sino que ha blanqueado la plusvalía pasándola por la vía m – d. Y así el capital logra su fin secreto: valorizarse.

Claro está, la valorización, el blanqueo del capital-plusvalor, se realiza ahí, en la circulación; por ello el circuito del dinero aparece como el lugar del enriquecimiento; y de ahí la potencia seductora de ese momento, que explica la fetichización del mismo y que acaba por dominar sobre el capital industrial.Marx dice:

“Por eso el ciclo del capital-dinero es la forma de manifestación más unilateral y, consiguientemente, más llamativa y más característica del ciclo del capital industrial, cuya finalidad y cuyo motivo propulsor -la valorización del valor, el hacer dinero y la acumulación- se exponen por ese ciclo de un modo que salta a la vista (comprar para vender más caro)” [60].

El fin del capital industrial, la valorización, parece cumplirse en territorio enemigo, en ese circuito del dinero D - M - común a la circulación general de mercancías. Y como parece que todo se resuelve allí, nace el hechizo de pensar que el enigma del capital es tan fácil como comprar barato y vender caro. Pero no es así, nos advierteMarx. El circuito del dinero oculta la puerta de su fuga furtiva disfrazado de mercancía especial, de factores del trabajo, Mp y Ft, al lugar de producción del valor. Aunque la circulación de mercancías sea de obligado paso para el objeto de Herr Kapital (recordemos que en el primer trayecto el capital-dinero se transforma en capital-medios de producción, y en el segundo blanquea el valor ilegal -fuera de la ley del valor- oculto en el cuerpo de la mercancía), aunque sea ahí donde se crean las condiciones de posibilidad de la realización efectiva del valor y de la venta clandestina de éste, no es ahí donde se produce. Conviene, pues, tener presente el conjunto del ciclo del capital, y no invisibilizarlo fetichizando una parte del mismo, el ciclo del capital-dinero.

En definitiva, nos viene a decir Marx, el capital hegemoniza la circulación, aunque la sobrepase y aunque su patria real esté en otra parte del circuito; hegemoniza la circulación y la domina aunque no parezca territorio propio, aunque en ella haya de aparecer disfrazado de formas ajenas, de dinero y mercancía. La circulación, reitero la metáfora, simula un circuito público, contrapuesto al suyo privado, exclusivo, donde el capital se manifiesta como productor de sí mismo, como “mercancía productiva”. Insisto, bajo la simulación de ser extraño en la patria de la mercancía, el capital de hecho también es hegemónico en el espacio mercantil. Por eso, sin olvidar que las dos fases de la circulación, D - M y M´- D´, pertenecen a la circulación del capital, ni que la circulación del capital “constituye una parte de la circulación general de mercancías”, hemos de mantener en equilibrio los dos registros: la circulación de mercancías como soporte material, hegemonizado y subsumido en el capital, y la circulación del capital, limitado por la resistencia de la mercancía que, como medio físico del viaje, siempre pone sus límites. Esta relación y el enfoque dialéctico apropiado nos permitirán pensar en futuras formas de subsunción entre circulación y producción, que den a cada una su diezmo.


3.3. Aunque este ciclo del capital-dinero sea la manifestación más llamativa y característica del capital-industrial, no agota el movimiento de éste. Es cierto, insisto, que la valorización se realiza en- D´. Es cierto, como diceMarx, que “El ciclo del capital-dinero constituye siempre la expresión general del capital industrial en la medida en que siempre implica valorización del valor adelantado” [61]. Y es cierto que el capital-dinero es la forma presente en las dos circulaciones, sea la del capital, sea la de la mercancía. Ahora bien, a pesar de la relevancia de la forma particular de capital-dinero, el ciclo del capital tiene ese paso obligado por el lugar sagrado de la producción, la fábrica, sin el cual el paseo por el reino del dinero y la mercancía es sólo eso, un paseo de distracción, lo que hoy llamaríamos un paseo especulativo.

Dado que todo favorece la fetichización del dinero, conviene alertar constante e incansablemente sobre el hechizo.Marx comenta al respecto que en el capital industrial hay una parte del capital, la que engendra la plusvalía, que no sólo aparece en forma de capital-dinero, sino en dinero en efectivo. Es la parte de D que se cambia por fuerza de trabajo, lo que se llama el capital variable:

“La forma normal de adelanto del salario es el pago en dinero; este proceso se tiene que repetir constantemente en plazos breves, porque el trabajador vive al día. Por eso el capitalista tiene que aparecer constantemente ante el trabajador como capitalista de dinero y su capital como capital-dinero” [62].

No se trata en modo alguno de regatear importancia a la función del dinero. Para el trabajador, el capitalista es prima facie el poseedor de dinero; cosa que se comprende, pues los salarios se pagan en dinero efectivo (el dinero bancario es para el trabajador una forma de efectivo). No ocurre lo mismo con los demás medios de producción, que se pueden comprar y vender con dinero contable, con anotaciones en cuentas. Cada capitalista ve en los demás capitalistas sujetos poseedores de capital, sea dinero en efectivo, sea mercancías o medios de producción; sus transacciones no se hacen necesariamente por caja. No obstante, los gastos personales del capitalista, para comprar sus medios de vida, se realizan en dinero contante y sonante. El dinero efectivo, pues, está muy presenta en la vida del capitalista y del obrero:

“Por otro lado, el capitalista gasta para su consumo privado -que corresponde al comercio al por menor y, por los rodeos que sea, se gasta siempre en efectivo, en la forma dinero de la plusvalía- una parte de la plusvalía surgida del capital variable. Lo grande o lo pequeña que sea esa parte de la plusvalía no hace a la cosa. El capital variable reaparece constantemente de nuevo como capital-dinero invertido en salario (D - Ft), y d aparece como plusvalía gastada para satisfacer las necesidades privadas del capitalista. D, pues, como valor capital variable adelantado, y d como excrecencia suya, mantenidos ambos, necesariamente, en forma de dinero para gastarlos en ella” [63].

Aun así, y precisamente por esa importancia que potencia los efectos de fetichismo, conviene tener siempre presente el conjunto del ciclo del capital, y ver el del dinero una parte del mismo, sólo una parte, una función subsumida en la forma del mismo. En éste como en cualquier otro contexto, hay que tener clara la ley y no la anécdota, pues lo importante es el concepto y no los casos. En especial, hemos de tener en cuenta que la formulación de los procesos puede inducir a errores graves si no se analizan y descifran convenientemente. Uno de esos errores frecuentes es el que venimos analizando, el de la invisibilidad del origen del dinero. Oculto ese origen, se producen ilusiones de todo tipo, e incluso alucinaciones, como la del monetarismo:

“La fórmula D - M ... P ... M' - D', con el resultado D' = D + d, contiene en esa forma un engaño, tiene un carácter ilusorio causado por la existencia del valor adelantado y valorizado en su forma de equivalente en el dinero. Lo acentuado no es la valorización del valor, sino la forma de dinero de ese proceso, el hecho de que al final se retira de la circulación más valor en forma de dinero que el que al principio se lanzó a ella, o sea, el aumento de la masa de oro y plata perteneciente al capitalista. El sistema llamado monetarista es simplemente expresión de la forma sin concepto D - M - D', expresión, esto es, de un movimiento que discurre exclusivamente en la circulación; por eso no puede explicar los dos actos, D M y M - D', sino suponiendo que en el segundo acto M se vende por encima de su valor, con lo que sustrae a la circulación más dinero que el que se arrojó a ella mediante su compra. En cambio, la fórmula D - M ... P ... ... M' - D', cristalizada como fórmula única, está en la base del sistema mercantilista, más desarrollado, en el que aparecen como elementos necesarios no sólo la circulación de las mercancías, sino también la producción de las mercancías. El carácter ilusorio de D - M ... P ... M' - D' y su correspondiente interpretación ilusoria se presentan en cuanto que esa fórmula se fija como irrepetible, y no como cosa fluida y en constante renovación, o sea, en cuanto que se le da vigencia no como una de las formas del ciclo, sino como forma exclusiva de él. Pero el hecho es que ella misma apunta a otras formas” [64].

Es interesante esta crítica al monetarismo, que explicacomo resultado de una “ilegalidad”, en el sentido de violación de una ley, la ley del valor. Aunque las leyes positivas lo permitan -siendo así leyes contra la naturaleza de las cosas- se violenta una ley sin la cual la economía se vacía por el agujero del subjetivismo. ParaMarx,no es resultado de vender M por más de su valor, sino resultado de venderpor su valor. El secreto está en seguir el rastro del valor y su génesis, en lugar de ver en la superficie el movimiento del dinero.se ha producido en P, resultado de consumir Mp y Ft, siendo ambos factores del trabajo otras tantas formas del capital, y “legal” propiedad del capitalista. Al cambiarporno se vende M por más de su valor, sino por su valor; la trampa, la clandestinidad, el “blanqueo”, radican en que el capitalista oculta el origen de m, pues no confiesa que procede de la fuerza de trabajo, sino que hace creer que es fruto del capital

Para acabar, recogeré aquí unos textos para que los leáis con calma, especialmente si no os han quedado claros algunos conceptos. En realidad, contienen reflexiones redundantes, pero es un buen ejercicio para familiarizarse con el vocabulario y, como digo, para clarificar o precisar los conceptos. Además, esto es una lectura de El Capital, y hay pasajes que han de leerse más de una vez.


“En primer lugar, todo este ciclo presupone el carácter capitalista del proceso de producción mismo, y como base, por lo tanto, ese proceso de producción junto con la específica situación social condicionada por él: D - M = D - M (= Mp + Ft); pero D - Ft presupone al trabajador asalariado y, por lo tanto, los medios de producción como parte del capital productivo y, por lo tanto, el proceso de trabajo y valorización, o sea, el proceso de producción entendido ya como función del capital” [65].


“Segundo: si se repite D ... D', el regreso a la forma dinero resulta tan fugaz como la misma forma monetaria en el primer estadio. D - M desaparece para dar lugar a P. El adelanto, constantemente renovado, en dinero, al igual que su constante regreso como dinero, se presenta exclusivamente como un momento fugaz del ciclo. En tercer lugar: D - M ... P ... M' - D'; D - M ... P ... M' - D'; D-M ... P ... etc. Ya a la segunda repetición del ciclo aparece el ciclo P ... M'- D' ... D - M ... P, antes de que consume el segundo ciclo de D, de modo que todos los ciclos ulteriores se pueden contemplar según la forma P ... M' – D - M ... P, con lo que D - M, como primera fase del primer ciclo, no constituye más que la fugaz preparación del ciclo siempre repetido del capital productivo, como efectivamente ocurre para el capital industrial invertido por primera vez en la forma de capital-dinero. Por otra parte, antes de que se complete el segundo ciclo de P, queda descrito el primer ciclo M'- D'. D - M ... P ... M' (abreviadamente M' ... M'), que es el ciclo del capital-mercancía. De este modo la primera forma contiene ya las otras dos, y así desaparece la forma dinero en la medida en que no es mera expresión del valor, sino expresión del valor en la forma de equivalente, en dinero” [66].


“Por último: si tomamos un capital individual que se presenta por vez primera, que describe por vez primera el ciclo D - M ... P ... M' - D', entonces D - M es la fase preparatoria, precursora del primer proceso de producción que atraviesa ese capital determinado. Por eso dicha fase D - M no se presupone, sino que queda puesta o condicionada por el proceso de producción. Pero eso vale sólo respecto del capital determinado en cuestión. La forma general del ciclo del capital industrial es el ciclo del capital-dinero, siempre que se presuponga el modo de producción capitalista, o sea, dentro de una situación social determinada por la producción capitalista. Por eso el proceso capitalista de producción se presupone como un prius, si no en el primer ciclo del capital-dinero de un capital industrial invertido por vez primera, sí fuera de ese ciclo; la existencia permanente de ese proceso de producción supone el ciclo constantemente renovado de P P [67].


“Este presupuesto aparece ya dentro del primer estadio, D - M (= Mp + Ft), por una parte porque eso presupone ya la existencia de la clase de los trabajadores asalariados; y, por otra parte, porque lo que para el comprador de los medios de producción es primer estadio, D - M, es M D para su vendedor, lo que quiere decir que en M' está presupuesto ya el capital-mercancía, y, por lo tanto, la mercancía misma como resultado de la producción capitalista, y, con ello, está presupuesta la función del capital productivo” [68].


J.M.Bermudo (2014)


[1] C, II, 43. Citaré, mientras no señale otra cosa, de K. Marx y F. Engels, Obras. Vol. 42. Barcelona, Grijalbo, 1980, 43. Ed. a cargo de M. Sacristán.

[2] Ibid., 42.

[3] Ibid., 43.

[4] Ibid., 43.

[5] Ibid., 43

[6] Ibid., 44.

[7] Ibid., 44.

[8] Ibid., 44.

[9] Ibid., 44.

[10] Ibid., 44.

[11] Ibid., 44-45.

[12] K. Marx, El Capital. Libro segundo. El proceso de circulación del capital. Tomo II/Vol. 4. México, Siglo XXI, 2001, 55 [45]. Edición a cargo de P. Scaron, 43. [En las siguientes citas he optado por usar la edición de P. Scaron. Si bien las diferencias no son muy relevantes, he mantenido las referencias a la de Sacristán, ya citada, entre corchetes, por si interesa al lector su consulta]

[13] Ibid., 55 [45].

[14] Ibid., 55-56 [46].

[15] Ibid., 56 [46].

[16] Ibid., 56 [46].

[17] Ibid., 56 [46].

[18] Ibid., 56 [46].

[19] Ibid., 56 [46].

[20] Ibid., 56-57 [46].

[21] Ibid., 57 [47-48].

[22] Ibid., 57-58 [48].

[23] Ibid., 58 [49].

[24] Ibid., 58 [49].

[25] Ibid., 59 [49].

[26] Ibid., 59 [49].

[27] Ibid., 60 [50].

[28] “Por otra parte, está en la naturaleza de las cosas que el propio ciclo requiera la fijación del capital, durante lapsos determinados, en las partes individuales del ciclo. En cada una de sus fases el capital industrial está ligado a una forma determinada, como capital dinerario, capital productivo, capital mercantil. Sólo después de haber cumplido la función que en cada caso corresponde a su forma, recibe la forma con la cual puede ingresar en una nueva fase de transformación” (Ibid., 59 [50]).

[29] Ibid., 61 [52-53].

[30] Ibid., 61-62 [53].

[31] Ibid., 59 [50].

[32] Ibid., 62-63 [53].

[33] Ibid., 63 [53].

[34] Ibid., 58 [49].

[35] Ibid., 59 [50].

[36] Ibid., 63 [53].

[37] Ibid., 63 [53-4].

[38] Ibid., 63 [54].

[39] Ibid., 60 [50].

[40] Ibid., 61 [51].

[41] Ibid., 61 [51].

[42] Ibid., 61 [51].

[43] Ibid., 62 [52].

[44] Ibid., 62 [52].

[45] Ibid., 64 [54].

[46]Ibid., 64 [54]. “{Por eso a todas las naciones con modo de producción capitalista las asalta periódicamente el vértigo de querer hacer dinero sin la mediación del proceso de producción}”. P. Scaron añade en n.p.p. que “En la 1ª y 2ª ediciones esta frase no aparece como de Engels. Las llaves las tomamos de Werke”.

[47] Ibid., 64 [54].

[48] Ibid., 65 [54-55].

[49] Ibid., 65 [54-55].

[50] Ibid., 65 [55].

[51] Ibid., 65 [55].

[52] Ibid., 65-66 [55].

[53] K. Marx y F. Engels, Obras. Vol. 42, a cargo de M. Sacristán. Ed. cit., 53-54.

[54] Ibid.,54.

[55] Ibid.,55.

[56] Ibid.,55-56.

[57] Ibid., 56.

[58] Ibid., 56.

[59] Ibid., 56.

[60] Ibid., 56.

[61] Ibid., 57.

[62] Ibid.,57.

[63] Ibid.,57-58.

[64] Ibid., 58.

[65] Ibid., 58-59.

[66] Ibid.,59.

[67] Ibid.,59-60.

[68] Ibid.,60.