LECTURA DE EL CAPITAL
Libro II

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Comenzamos aquí la lectura del Libro II de El Capital, dedicado al “Proceso de circulación del capital”. A diferencia del Libro I, aquí no haremos una lectura seguida y exhaustiva; no tendría sentido, dada la génesis del texto. Iremos abordando los temas de los capítulos de manera selectiva, con la mirada apuesta en la reconstrucción de la lógica del capital. Cuando se elabora o revoluciona una ciencia, -y Marx tenía esta consciencia de sí-, sobre la marca hay que ir elaborando su ontología, como el andamiaje que, determinado por la obra, adecuado y subordinado a la misma, al mismo tiempo la determina como su condición de posibilidad. Es decir, la ciencia del capital se elabora en el mismo proceso, desigual y combinado, de la ontología del capital. A este hecho apunta la reflexión althusseriana en su libro Philosophie et philosophie spontanée des savants. No es posible una ciencia sin anclaje en la filosofía, sería ciega; ni filosofía elaborada al margen de la ciencia, sería vacía.

En este Libro II, a pesar de sus limitaciones de borrador -mejor, de selección troceada de manuscritos de desigual grado de elaboración-, puede encontrarse esa ciencia y esa filosofía que caminan juntas; y aunque el edificio científico resulte inacabado e incompleto, el andamiaje ontológico se ha desplegado en su totalidad, aunque a veces sus huellas no estén en la superficie, se escondan a la mirada distante. Estoy convencido de que aquí, y especialmente en la Sección I, en ese juego apasionante y enrevesado de las metamorfosis, de las simulaciones y disimulaciones del ser, encontramos el mejor yacimiento para, entre los restos, encontrar y reconstruir el orden del capital y los conceptos que permiten pensarlo. Y, como estoy convencido, me embarco en esta tarea; ya veremos si al final, a la hora del veredicto, de la sentencia verdadera, se confirma o niega esta expectativa.


1. La “cuestión homérica” del Libro II.

Antes de entrar en la lectura expondré en esta entrega algunas cuestiones que ayuden a contextualizar el texto y a comprender los objetivos y método que nos acompañan en el viaje. Comenzaré, en este apartado, por una breve descripción de la batalla por los manuscritos y su valoración entre las ediciones del Libro II más extendidas entre nosotros. Comenzaré con lo que M. Sacristán llamara “cuestión homérica” del texto, es decir, sobre la autoría individual o colectiva, marx-engelsiana, del mismo.


1.1. La verdad es que, si asumimos con radicalidad las valoraciones que del texto hacen los estudiosos actuales, un tanto fetichizados por la filología, al leer el texto de la vieja Werke no sabremos si estamos leyendo a Marx, a Engels, o una partitura a cuatro manos. Desde que M. Rubel, ya hace años, pusiera el worning en su “Introducción” a la edición francesa del texto, la meteorología marxista sólo anuncia lluvias sobre mojado. La justa pretensión de verdad, la sana voluntad de recuperación y reconstrucción de los textos marxianos en su integridad y autenticidad, que ha tenido tan elogiables iniciativas como la nueva MEGA, nos está llevando a infravalorar o menospreciar las ediciones de texto anteriores, indudablemente imperfectas.

Para no complicaros mucho la vida os recomiendo que leáis al “Prólogo” de Engels a la primera edición alemana, de 1885, donde define sus cautelas e inquietudes ante el trabajo de compilación y tratamiento de los manuscritos marxianos [1]. A continuación pasad a leer el mencionado texto de M. Rubel que abre la edición francesa de las obras marxianas de economía, conde se recoge el Libro II [2]; después, la “Advertencia” de P. Scaron a la edición castellana de Siglo XXI [3]; y, por último, la “nota editorial” publicada en OME 42, de la editorial Grijalbo, a cargo de M. Sacristán, donde recogen el Libro II de El Capital; nota que, con el título “Sobre el criterio de esta edición”, hace un equilibrado juicio del problema [4]. Bastan estos tres breves escritos, que se hacen eco de la polémica general, para formarse una idea del terreno pantanoso en que estamos a punto de entrar.

Por si no los tenéis a mano, y si os basta una idea impresionista del debate filológico que en su torno se reproduce incansablemente, os haré una síntesis del problema y, a continuación un resumen de las posiciones de estos cuatro protagonistas, sin entrar en el análisis ni tomar posición al respecto.

En el “Prólogo” a la edición alemana de 1885, que se reproduce también en la de Hamburgo de 1893, que sirve de base a casi todas las numerosas traducciones a diversas lenguas que se han hecho hasta hoy, que, Engels viene a decir que ha hecho lo que estaba a su alcance. Con los manuscritos en la mano, ha seleccionado los más desarrollados, eligiendo siempre la última versión, optando por la fidelidad a la letra, corrigiendo sólo erratas, rellenando las frases sin sentido, en fin, tratando de recuperar la letra y la música de Marx. Nos confiesa, pues, que su voluntad era ofrecer al público de forma legible la obra de Marx; y que su intervención ha sido mínima y sólo en tanto necesaria.

Cuando M. Rubel hace su edición, tras reconocer a Engels sus méritos y su buena voluntad, considera que a su pesar no nos ha ofrecido una obra de Marx sino una partitura interpretada a cuatro manos. El hecho de elegir unos manuscritos y no otros no resulta inocente; el hecho de evitar incoherencias y ambigüedades, tampoco, pues resta al original su vida y le convierte en un texto compacto y doctrinal. Engels, a su pesar, ha optado por sacar una edición militante, más preocupada de la coherencia con el sistema marxista que con la fragilidad de la vida de unos esbozos, fragmentos, notas o primeras representaciones de una realidad en movimiento. Por tanto, viene a concluir, hay que librear en lo posible al Libro II de la huella engelsiana. Y lo logra, pero dejando la marca rubeliana. Lo cierto es que, a su pesar, no cambia a fondo el método engelsiano, pues se limita a seleccionar otros manuscritos. El cambio de más envergadura es su uso del manuscrito IV, que usa para sustituir los primeros capítulos de la versión engelsiana, los referidos a las metamorfosis del capital. Ciertamente, así rompe con el criterio de Engels, que entiende que, entre dos versiones, es más razonable escoger la última. Rubel piensa que hay que leer los manuscritos y escoger el mejor, el más claro y coherente. El resultado aquí es su elección de un manuscrito más juvenil, si bien tiene sus virtudes, no es una elección arbitraria. Pero, claro está, el Libro II que ofrece Rubel también está elaborado a cuatro manos.

P. Sacaron, que ya está al día del problema y tiene ante sí ambas ediciones, tras repartir méritos y reconocimientos debidamente viene a decir que para salir del hoyo hay que buscar una tercera vía. Pero con humildad reconoce que no está en condiciones de recorrer ese camino, sólo alumbrarlo y dar los primeros pasos. Entiende que la estrategia de seleccionar manuscritos para componer el texto puede mejorarse en exhaustividad y calidad, pero que así no se sale del pantano: nunca la obra editada será un solo de Marx. Hay que cambiar el método. El nuevo consiste en, efectuada la compilación, vía Engels, Rubel o cualquier otra que la mejore, convertirla en una edición crítica. Es decir, complementar el relato militante, compacto, unitario, con otro relato en paralelo, el de las notas a pie de página, que permita reintroducir las diversas versiones de los textos, de las palabras, de los conceptos, que permitan ver su propia genealogía y sus múltiples posibles funciones. Como nos dice en su “Advertencia”, su edición parte de la de Engels, que no es peor que las otras, y se instala en el camino, sin poder asumir el destino soñado de una edición crítica.

Por su parte, M. Sacristán continúa este diálogo diacrónico, tan necesario como inevitable en la historiografía, y tras pasar por Engels, Rubel y Scaron, repartiendo educadamente virtudes, y sobre todo exhibiendo sofrosine, nos viene a decir que comprende a Rubel y a Scaron, que aprecia sus pretensiones de perfección y autenticidad, que siempre es sano aspirar a la verdad, llegar a la cosa; pero que, incluso se pudiera llegar a contemplar el rostro de la divinidad, y a través de sus ojos contemplar su auténtica voluntad, el filósofo debería preguntarse si esa es la meta del saber, del amor al saber, Piensa Sacristán que el Libro II, como tantos otros, además de una presunta existencia virtual en la mente de Marx a la que nos gustaría acceder, y de una ideal existencia gráfica o verbal que aspiramos a reconstruir, tiene otra existencia, la de su historia, la de su efecto en la cultura de nuestro tiempo, la de sus lectores, sus exégetas e incluso sus sacerdotes. Y la cuestión es que si Rubel o Scaron logran sus objetivos, le privan de esa historia, la falsifican; privan al texto de su realidad. Y, al fin, sin decirlo, lo sugiere o deja pensar: ¿es más importante conocer el espíritu de Marx o el alma de las luchas emancipadoras? ¿Es más importante conocer a Dios o conocer a los hombres, sus criaturas imperfectas? En consecuencia, M. Sacristán opta por quedarse con la versión engelsiana que, si como obra de reconstrucción filológica es imperfecta como obra de lectura y de lucha, como obra de cultura, es incuestionablemente auténtica.


1.2. Pasemos ahora al resumen de ese debate, recogiendo las palabras de los participantes. Comencemos por Engels, en su “Prólogo” firmado en Londres, “el día del cumpleaños de Marx, 5 d Mayo de 1885. Comienza así:

“No era tarea fácil producir para la imprenta el libro segundo de El Capital y hacerlo de tal modo que, por una parte, quedara como obra coherente y lo más conclusa posible, pero, por otra parte, también como obra exclusiva del autor, no del editor. El gran número de redacciones disponibles, en su mayor parte fragmentarias, dificultaba la tarea. Una sola, a lo sumo (el manuscrito IV), estaba, en lo que abarcaba, redactada por completo; pero, en cambio, había quedado en su mayor parte anticuada por causa de redacciones de épocas posteriores. La masa principal del material no estaba literariamente trabajada hasta su terminación, aunque lo estuviera en su mayor parte por lo que hace a la materia; y está redactada en la lengua en la que Marx solía hacer sus extractos: estilo descuidado, expresiones y giros coloquiales, a menudo crudamente humorísticos, con términos técnicos ingleses y franceses, frecuentemente con frases enteras, y hasta páginas, en inglés; es un registro escrito de las ideas en la forma en que se desarrollan en cada momento en la cabeza del autor. Al lado de partes sueltas detalladamente expuestas, otras, de igual importancia, no más que insinuadas; reunido, pero apenas ordenado -por no hablar ya de elaboración- el material de hechos ilustradores; al final de los capítulos, por el deseo de pasar al siguiente, sólo, muchas veces, unas pocas frases inconexas, señales del desarrollo que se ha dejado incompleto; por último, la consabida escritura, ilegible a veces para el mismo autor [5].

Y tras comentar que se ha limitado “a reproducir los manuscritos todo lo literalmente posible, no cambiar en el estilo más que lo que Marx mismo habría cambiado, y no insertar paréntesis ni transiciones más que cuando era absolutamente necesario y, además, el sentido estaba completamente fuera de duda” que pone de relieve su consciencia de la complejidad del problema y su opción de respetar escrupulosamente la positividad de lo recibido, manifiesta que “Los retoques y las inserciones mías no alcanzan en conjunto ni siquiera diez páginas de imprenta y son de naturaleza exclusivamente formal”.

Después pasa a describir los manuscritos, el estado de los mismos, cómo los seleccionó y ordenó, en definitiva, como llegó a componer la obra con trozos de desigual valor, con tantas repeticiones como lagunas, con pasajes de y desigual elaboración, etc. En todo momento parece advertirnos de que si no ha salido una obra compacta y refinada, como el Libro I, al menos ha salido una obra no adulterada, una obra sin duda de Marx, nos sugiere, aunque inacabada.

“Ese es el material para el libro II, material del que, según unas palabras de Marx a su hija Eleonor poco antes de su muerte, yo tenía que «hacer algo». He aceptado ese encargo dentro de sus límites más estrechos; siempre que ha sido posible he limitado mi actividad a la mera elección entre las varias redacciones. Y de tal modo que siempre se ha tomado como base la última redacción existente, comparándola con las anteriores. Dificultades reales -esto es, distintas de las meramente técnicas- han presentado sólo la sección primera y la tercera; pero, eso sí, han sido dificultades no pequeñas. He intentado resolverlas exclusivamente según el espíritu del autor” [6].

Como uno de los focos del debate está en la selección del material y en su uso, veamos lo que Engels nos relata al efecto, centrado en el Libro II. Nos dice que Marx, tras la publicación del Libro I, continuó redactando materiales para el II y el III, y tratando de dar forma al Libro II: “Del período siguiente -tras la aparición del libro I- hay para el libro II una colección de cuatro manuscritos en folio, numerados por Marx mismo del 1 al IV” [7]. El M-1, de 150 páginas, escrito entre 1865 y 1867, “es la primera elaboración independiente,” del libro, aunque bastante fragmentada. No era aprovechable, nos dice: “Tampoco de ahí se podía utilizar nada”. El M-II, en cambio, “es la única elaboración algo completa que existe del libro II, y data de 1870” [8]. Marx, nos dice Engels, tenía consciencia de ello, hasta el punto de que en los materiales posteriores notaría “Hay que basarse en la segunda elaboración”. El M-III ofrecía material útil. Muy fragmentando, poco elaborado y, sobre todo, “las elaboraciones (…) estaban superadas por redacciones posteriores y hubo, por lo tanto, que darlas de lado en su mayor parte” [9]. En cambio, el M-IV era una redacción “ya lista para la imprenta, de la primera sección y de los primeros capítulos de la segunda sección del Libro II, y ha sido, consiguientemente, utilizada en los lugares adecuados” [10].

Este manuscrito es relevante, pues será el que Rubel use en sustitución del utilizado por Engels, dando así cierta diferencia a las dos ediciones, especialmente en los primeros capítulos. Engels reconoce ciertos méritos a este manuscrito, considerando que, “aunque resultó que está escrito antes que el manuscrito II, se ha podido utilizar con fruto para la parte correspondiente del libro gracias a que su forma es más consumada; bastó con tomar algunos añadidos del manuscrito II” [11]. Por tanto, no menosprecia este manuscrito, sólo mantiene el criterio de que es más fiel a Marx seleccionar no lo que le parece “mejor", sino lo más revisado por su autor. Criterio apoyado, como antes señalé, en la anotación de Marx de basarse en la “segunda elaboración”, es decir, en el M-II. De todos modos, este criterio de Engels no debiera ser absolutizado; no siempre las últimas versiones son las más fieles a lo que un autor pretende llegar a decir; el desarrollo de los conceptos no sigue un orden tan plano y lineal.

Una prueba empírica nos la ofrece el mismo Engels, al devaluar un tanto los posteriores intentos de Marx, muy afectado por las circunstancias personales. A finales de marzo de 1877 –tras un parón en la redacción a partir de 1870 motivado por su enfermedad- Marx reelabora de nuevo el Libro II, redactando el M-V, que cubría los cuatro primeros capítulos. Pedro lo dejó poco elaborado. Engels dice que “el material está más reunido que revisado”. De todos modos, es “la última exposición completa de esta parte, la principal, de la primera sección”. Entre octubre de 1877 y junio de 1878 hace un esfuerzo por, sobre todos los materiales anteriores, redactar “un manuscrito listo para la imprenta”. Se trataría del M-VI, que no pasa de “17 páginas en cuarto que abarcan la mayor parte del primer capítulo”. Un nuevo y último intento lo acomete en el M-VII, iniciado el 2 de julio de 1878, de “sólo 7 páginas en folio”. Y comenta Engels: “Por esta época parece haberse dado cuenta Marx de que sin una revolución completa de su estado de salud nunca llegaría a terminar una elaboración del libro lI y del libro III que le satisficiera a él mismo. De hecho, los manuscritos V-VIII conservan muy frecuentemente las huellas de un forcejeo violento contra el deprimente estado enfermizo”.


1.3. La edición a cargo de M. Rubel introduce algunos nuevos criterios de selección y ordenación del material, que en gran medida obedecen a una posición general ante la historiografía. Rubel se resiste a la tradición marxista de reducir el pensamiento económico de Marx al proyecto de El Capital, recordándonos las numerosas veces que Marx esbozó su proyecto general en seis “rúbricas” (1. El capital; 2. La propiedad de la tierra; 3. El trabajo asalariado; 4. El Estado; 5. El comercio exterior; y 6. El mercado mundial). Una tradición consolidada editorialmente con el proyecto MEGA del IME, dirigido por D. Riazanov, que tendía a reducir la obra económica a El Capital, y que estableció las bases de las futuras traducciones a otras lenguas.

Efectivamente, ese proyecto preveía tres secciones. En la primera, con 17 vols., se recogerían las obras filosóficas, económicas, históricas y políticas a excepción de El Capital. En la segunda, en 13 vols., la Crítica de 1859, el Libro I de El Capital y todos los manuscritos, las “variantes” de los libros II, III, publicados por Engels, y del IV, por K. Kautsky. En fin, en la sección tercera, en 10 vols., la correspondencia de Marx y Engels. Lo importante para M. Rubel no es que en el MEGA-I quedara una notable cantidad de escritos económicos, pues al fin en su edición ocurre lo mismo; lo relevante es que en ese proyecto convertido en canónico se interpreta la economía en modo reducido a escritos sobre el capital, sacralizando esta “rúbrica”.

Para romper con esta tradición, M. Rubel aspira a que su edición no se reduzca a El Capital, sino a la Economía, a todas las obras económicas de Marx, y que reparte en dos volúmenes: en uno las publicadas en vida, y en otro, el que aquí nos interesa, pues incluye el Libro II, buena parte de los manuscritos, trabajos sin publicar, que quedaron en los cajones en vana espera de que les llegaran mejores elaboraciones y correcciones para pasar a la imprenta. Por tanto, hay que partir de aquí: el Libro II, que pertenece a este grupo, es un libro virtual, dispersos en manuscritos que recogen reflexiones fragmentadas de muy diversa calidad y consistencia entre ellas.

Rubel comprende las limitaciones de la edición de Engels; lo que rechaza es la adhesión fetichista de la tradición, que reproduce las carencias sin aspirar a subsanarlas con los medios actuales. Su pretensión es la de corregir esa escisión consolidada con mejor selección y ordenación de los materiales; aunque no lo explicite, sospecha que su proyecto no es una revolución, sólo una reforma y mejora: “Como MEGA, separaremos El Capital del resto de la obra de Marx: en compensación, le reuniremos con textos que Marx mismo consideraba como estrechamente ligados a El Capital, puesto que entran en un conjunto más amplio llamado Economía [12].

Rubel se propone recuperar esta idea de Marx, que vería en la economía un reino más amplio que lo cubierto por su proyecto de El Capital. En este sentido, el primer proyecto MEGA sólo expresaba lo que ya la tradición engelsiana, que aquí nos interesa más, había configurado:

“Es Engels quien ha hecho posible todas las ediciones posteriores de los libros II y III de El Capital, no solamente porque trabajaba sobre los originales, sino también porque una intensa relación intelectual con el autor le autorizaba” [13].

Rubel no pretende, nos dice, reprocharle infidelidad en el uso de los textos, pero no vacila en reprocharle algunos efectos perversos. Por ejemplo, que con su autoridad daba “apariencia de obra acabada” a páginas frecuentemente sin orden ni forma, mal redactadas, esbozos y apuntes que el mismo Marx confesaba la necesidad de redactarlos mejor, o sea, de reescribirlos.

“Engels se sentía obligado a componer textos legibles, clasificándolos primeramente en secciones, según el plan de Marx, subdividiendo éstas en capítulos, teniendo en cuenta lo más posible los temas tratados, e introduciendo aquí y allá pasajes y notas, incluso un capítulo entero, para cubrir las lagunas dejadas en el texto. No hace falta decir que tal empeño le ha llevado a sacrificar un cierto número de manuscritos en provecho de variantes que le parecían más próximas al estado de acabado” [14].

Lo cual le permite concluir que “es evidente que Engels ha hecho a la vez demasiado y demasiado poco”. Demasiado, porque ha elevado al nivel de textos originales páginas que no añaden nada a lo ya expuesto en obras publicadas por Marx; y demasiado poco, ignorando materiales que a Rubel le parecen muy relevantes, como los Manuscritos de 1844 o los Grundrisse de 1857-58, con ricos análisis, que así permanecieron ignorados hasta muchas décadas después.

Crítica ésta, como se evidencia, de cierta dureza. Si el mal por exceso tiene aquí su sentido, el mal por defecto atribuido a Engels –no a Marx, que tampoco los publicó en vida- parece excesivo. Y todo ello sin declaraciones de guerra, sin pretender “subestimar a Engels”. Es comprensible que no lo subestime, aunque sólo fuera porque la edición que ha preparado M. Rubel, también sin regatearle méritos por nuestra parte, ni en el método ni en el resultado va mucho más allá de la engelsiana. Él mismo reconoce que “fundándonos en las adiciones de Engels y sus manuscritos originales, propondremos una síntesis”. Está bien el término medio, aunque Marx lo considerara el “error compuesto”; está bien cuando, como es el caso, el propósito es una selección más rigurosa de los manuscritos y fragmentos, que elimine lo que ya está recogido en la Critica de 1859 y en el Libro I. Está bien, reemplazar “las variantes escogidas por Engels por otras que nos parecen más significativas para la comprensión de la Economía [15]. Estas cosas están bien, y honran a Rubel. También estaría bien profesar un poco más de humildad, sobre todo cuando, como es el caso, se ve obligado a advertir al lector que no podrá ir señalando todas las variaciones de su obra respecto a la de Engels: “No era posible señalar hasta el último todos los casos en que nuestro texto se diferencia de aquél que Engels había establecido” [16]. Pues muy bien, aprendamos la lección, el trabajo siempre tiene límites, y si pedimos comprensión por el nuestro, apliquémonos la regla en nuestro trato con los otros. Al menos a Rubel no le falta autoconsciencia.

Sólo un punto me deja perplejo, a saber, cuando dice que “no pretendemos sustituir a Engels; menos aún producir los “libros” tal y como Marx los hubiese deseado. Pero no creemos desmerecer al proporcionar estas páginas conforme a lo que ellas son: materiales para los “libros”, y nada más” [17]. Que así sea. Pero ¿por qué renunciar a alcanzar la mente de Marx? ¿Por qué decirlo como quien quiere ser situado en el bando de los buenos? ¿Tan grave es la pretensión de conocer la mente de un autor, no en sus insondables profundidades, sino en el aspecto determinado del objetivo, el concepto y la lógica de un proyecto teórico? ¿No es ese el presupuesto que da sentido a la hermenéutica histórico-filosófica? Entiendo que no es renunciando a ese objetivo la manera más sincera de mostrarse humilde, si es esa virtud la que se aspira a exhibir; basta, sin renunciar a nada, con asumir que hay objetivos inalcanzables para muchos, incluso hay algunos objetivos inalcanzables para todos. Pero, ¿nos prohíben esos riesgos perseguirlos? En todo caso, me inclino por valorar más la presencia de la humildad en la valoración de los resultados que en la elección de los objetivos.


1.4. En la “Advertencia a la presente edición”, del Libro II, a cargo de P. Scaron en Siglo XXI, se nos advierte, como ya es habitual en este caso, de dificultades del texto:

“Si la publicación en castellano de una edición crítica del tomo I de El capital presenta, en el estado actual de la investigación, dificultades ingentes y parcialmente insuperables, las mismas se multiplican y acrecientan cuando se trata de editar, según criterios científicos, los tomos II y III de la obra” [18].

Y, también como es al uso, se manifiesta el debido reconocimiento al trabajo de Engels, al mérito de abordar “la ímproba y sacrifica da tarea de publicar esos tomos de El Capital”, de poner orden y luz en “una cantidad impresionante de manuscritos”. P. Scaron describe bien la situación del amigo de Marx, el dilema hermenéutico con que se enfrenta:

“o bien otorgar la prioridad a la conveniencia de que los militantes socialistas pudieran manejar como una herramienta teórica esa parte sumergida de la obra de Marx, y manejarla como "obra coherente, trabada, que constituyese en lo posible una unidad en sí misma", o inclinarse por una edición científica útil más bien a los especialistas y, en particular, a los historiadores de las ideas. En el primer caso se imponía la necesidad de seleccionar, compaginar, redactar de nuevo partes oscuras o elaboradas sólo a medias, introducir títulos y nexos explicativos; en el segundo, había que publicar los manuscritos en su totalidad y sin retoques. Engels optó por la primera de esas soluciones, y si tenemos en cuenta el momento y las circunstancias, su decisión, en esencia, nos parece perfectamente defendible” [19].

O sea, Engels se enfrentaba a una la alternativa trágica, entre decepcionar a los intelectuales académicos o desilusionar a los militantes socialistas. En cualquier caso, había de decepcionar a unos u otros; aunque, en ambos casos, contaría con argumentos legitimadores. Optó por la edición militante, según P. Scaron, y con ello por una opción “perfectamente defendible”; defendible pero no tanto, parece insinuar el editor, al condicionar el reconocimiento a ese paternalista “si tenemos en cuenta el momento y las circunstancias”, y la restricción de la validez de la decisión a “en esencia”. Que no es sino una manera de insinuar que, aprobada la opción hermenéutica, deja mucho que desear.

De entrada P. Scaron ve en la edición militante de Engels, por ser “más accesible y popular”, la fuente de dos errores: uno, ocultar lo que son los manuscritos, textos preparatorios e inacabados, y hacer creer que expresan la exposición definitiva de Marx, la que Marx quería hacer, hecha posible por la más leal mediación imaginable, la de su compañero Engels; otro error, pretender convencernos de que el Libro II es “la obra exclusiva del autor, no del editor”, ocultando así que el texto “permite asegurar que dichos tomos, en su forma actual, son hasta cierto punto una obra común de Marx y Engels” [20].

La posición de P. Scaron se concreta así: ha sido y sigue siendo legítimo editar el Libro II “a la Engels”, pero también es legítimo, y además ya es urgente, “poner en conocimiento de los estudiosos el texto íntegro de los manuscritos de Marx correspondientes a dichos tomos” [21]. Su edición se sitúa en el medio: usa la versión de Engels y anticipa con numerosas notas la vía de reconstrucción exhaustiva de los manuscritos, que la MEGA en marcha nos ofrecerá algún día. En sus propias palabras: “nuestra publicación del libro no pretende ser más que una primera aproximación en castellano a esa edición crítica” [22].

P. Scaron reconoce y valora muy positivamente la posición de M. Rubel, que en gran medida comparte; comparte la actitud de, reconociendo las carencias filológicas de la edición engelsiana, pretender ir más allá, apuntando a una edición que reconstruya el texto con mayor autenticidad. Valora de Rubel, por ejemplo, su recuperación de extensos fragmentos del manuscrito IV, depositado en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam, que el estudioso francés incluyó en su edición, en sustitución de los cuatro primeros capítulos de la engelsiana. Pero, más que sus aportaciones concretas, sin duda meritorias, admira su posición metodológica, con el punto de mira en una edición crítica definitiva. P. Scaron considera la de Rubel un resultado intermedio, una posición a medio camino entren el origen, la de Engels, y el final, la soñada edición crítica virtual.

Pero, como suele ocurrir en la historia, el presente siempre niega al pasado, incluso cuando lo reconoce, pues lo reconoce como pasado. P. Scaron no escapa a esta determinación del destino, y considera que, al fin, M. Rubel no se liberó de la herencia engelsiana. Una vez más resultó más fácil ver las carencias que liberarse de ellas:

Lo que sí cabe objetar a Rubel es que en lugar de publicar además del texto establecido por Engels, el mayor número posible de variantes recogidas de los manuscritos, haya optado por una nueva "selección de materiales", por "abreviar el texto y eliminar las repeticiones", (…) y en algunos casos por reordenar el material de Marx. Esto es, por aplicar en 1968, pero de otra manera y con menos autoridad que su predecesor, algunos de los criterios que guiaron a Engels en 1885, en circunstancias completamente diferentes. Por este camino, en primer lugar, podemos llegar a tener tantos tomos II de El capital como investigadores estudien los manuscritos [23].

El camino a seguir que marca Scaron, como he dicho, es el de aceptar la de Engels como está, que vale lo suyo, y plantearse en serio una edición crítica, que no es simplemente una reconstrucción más fiel de los manuscritos, método que lleva necesariamente a solapamientos, repeticiones y selecciones arbitrarias de complicada lectura, sino otro género literario de difícil lectura para el pueblo militante pero adecuado para el académico erudito.

“Pero lo más importante es que, indiscutiblemente, el texto establecido por Engels se ha ganado un sitio por derecho propio aun en la futura edición crítica del tomo I. Creemos que lo aconsejable no es modificar o suprimir ese texto o remplazarlo por otro elaborado de manera diferente, sino editar paralela o conjuntamente a dicho texto, los manuscritos inéditos de Marx, o cuando menos el mayor número posible de variantes [24].

Al fin Engels queda reivindicado, al declararlo útil para una edición militante; y al reconocer implícitamente que tal vez cualquier otra versión sería igualmente militante, que componer una historia con trozos comporta la hegemonía de la filosofía de la historia. Pero queda herido, y con toda la sensibilidad y prudencia del mundo P. Scaron parece invitar a tomar distancias. Aunque, para evitar el dolor de las rupturas, se vea en el distanciamiento precisamente el lugar de la reconciliación, la actitud metodológica marxiana que permite convivir en la diferencia:

“Presentar los tomos II y III de El capital como lo que son -no una obra terminada sino los materiales con los que Marx proyectaba elaborar esa obra-, aproximarse en la medida de lo actualmente posible a una edición crítica de esos libros, es algo que obliga a desviarse, en cierto grado, de las pautas establecidas por Engels para publicarlos. Pero, paradójicamente, la presentación crítica de estos materiales, el registro de sus variantes, muestra mejor que las ediciones de tipo tradicional hasta qué punto Engels estaba en lo cierto al afirmar que "toda la· manera que tenía Marx de concebir las cosas [die ganze Auffassungsweise von Marx] no es una doctrina, sino un método. No proporciona dogmas acabados, sino puntos de apoyo para la investigación ulterior y el método para esta investigación" [25].

Este recurso a protegerse con el manto metodológico marxiano, declarado ad hoc abierto, elástico y flexible, que se concreta en recordar que Marx no nos aportó una verdad a creer sino algo “infinitamente más valioso”, un método para pensar, reconozco que me agrada, como entusiasmaba a Rosa Luxemburgo, tal y como nos recuerda P. Scaron [26]. Pero no estoy seguro de que esa invitación a pensar se potencie con notas filológicas, que sacralizan los calendarios gráfico y verbal de las palabras; me parece más atractivo, aunque tal vez igualmente inalcanzable, esa tarea clásica de intentar acceder a la mente de un autor. Al fin, la intensa y extensa crítica de Marx a tantos y tantos compañeros de viaje no respondía a la idea de liberal de respeto y tolerancia a la diversidad de interpretaciones de la realidad, sino a la voluntad de compartir el juicio, presupuesto universal del lenguaje, que incluso Kant pone en la base del juicio estético, el formalmente más débil.


1.5. La edición de M. Sacristán se hace sobre la base de la MEW, la Werke. Sigue su segunda edición (Hamburgo, 1890) la última controlada por Engels. En la nota “Sobre el criterio de esta edición”, tiene la honestidad de justificar lo que hace, lo que suelen hacer todos, sin caer en la falacia de desautorizar –o infravalorar en exceso- el texto y tras el desahogo pasar sin más a traducirlo, ofreciendo al lector su lectura, aunque sea orientado por numerosas notas a pie de página de desigual valor. Sacristán, sin dejar de señalar que el texto compilado por Engels tiene serios problemas, con lucidez escapa a esa falacia performativa. Y así, tras reproducir los datos ofrecidos por el mismo Engels, que habría montado el libro básicamente sobre seis manuscritos, nos dice:

“Ha tomado de ellos en medida diversa: aproximadamente el 47 % del texto definitivo procede del manuscrito que Marx numeró lI (1870); otro 27% del manuscrito numerado VIII por Engels (1877); un 15% del manuscrito V (1877); un 8% del manuscrito IV (1867-1868); un 2% del manuscrito VII (1877), y un 1% del manuscrito VI ( 1877-1878). Si se tiene en cuenta que los manuscritos II y VIII, con los cuales compone tres cuartas partes del libro, han suministrado a Engels fragmentos largos y muy largos, se aprecia que la impresión de rompecabezas de borradores que da a algunos autores la edición de Engels no está muy justificada” [27].

Lo cual es una actitud razonable y responsable; si hay un 74% que procede de dos manuscritos, alguna coherencia y solidez aportarán al texto. ¿Pudo hacerlo mejor? Seguro que no, que Engels no pudo hacerlo mejor; si hay quien pueda, que lo vaya haciendo. La filología es un gran instrumento hermenéutico, pero no pasa de instrumento, y por tan to auxiliar. Puede soñarse con conseguir establecer el año, día, hora, minuto y segundo de cada manuscrito, fragmento o palabra; puede llegar a establecerse, no lo dudo, el orden exacto de cada palabra escrita, y reconstruir la obra marxiana conforme a su tiempo de grafía. Pero de momento no me es dado creer que pueda mostrarse que ese orden es el de elaboración de las palabras, que pueden ser pronunciadas antes de ser escritas, puedan guardarse en el silencio de la memoria esperando su ocasión de pasar al papel. Y, sobre todo, me resisto a creer que, aunque así fuera, aunque se llegara a poder establecer el orden verbal de las palabras, y a solucionar sus innumerables conflictos con el orden gráfico…, me resisto a creer que con ambos pudiera solucionarse el orden de los conceptos, la génesis de los mismos. Y es que la filología sirve para lo que sirve; y el fetichismo de la misma, lejos de potenciar su valor instrumental, como todo fetichismo obstaculiza el conocimiento.

Las limitaciones del trabajo engelsiano no son suficientes para menospreciarlo; y, sobre todo, si a continuación se pasa a traducir su obra, en lugar de embarcarse en una nueva compilación de manuscritos. Al fin, ya lo sabemos, M. Rubel se embarcó en esa aventura y sus resultados –sin restar un mínimo al mérito der sus críticas y su análisis- no fueron los esperados, no revolucionaron el mundo, ni conmovieron los cimientos del marxismo teórico. Su obra crítica es valiosa, sin duda; y deben irse acumulando sus resultados, hasta estar en condiciones de la edición definitiva, o al menos sensiblemente mejorada. Pero, mientras tanto, no hay que hacer estrategias de tierra quemada.

Como dice Sacristán, “El Capital II es una composición de Engels con materiales de Marx. Es el “algo” que Engels ha hecho con parte de los papeles”. Y a partir de aquí aborda un aspecto del problema hermenéutico del Libro II que no quiero pasar por alto. Dice Sacristán, acertadamente, que “una composición así no puede satisfacer a todo lector, ni tampoco del todo a ningún lector” [28]. Y sugiere que esta insatisfacción sería la que guiara a M. Rubel, que tras resaltar las condiciones en que Marx redactó los cuatro libros de El Capital, luchando contra la enfermedad y la miseria, repartiendo su escaso tiempo entre la escritura y la lucha política en la AIT, en definitiva, una escritura bajo la desesperación, se inclina a pensar que en esas condiciones no se puede acabar un libro, que bastante logró con cerrar con dignidad el Libro I, pero que los otros quedaron en esbozos, en ideas fragmentadas y dispersas. Y así se publicaron tras su muerte. Por tanto, es natural pensar no sólo que esos libros no satisfacen a todos, ni del todo a ninguno, sino que ni siquiera podían satisfacer al propio Marx [29].

La posición de Rubel hay que sopesarla. Sacristán la comprende, y en parte la comparte. El texto publicado “no era para satisfacer a su autor”, tan exigente como era con el orden de las razones. No es una crítica a Engels, a quien Rubel reconoce méritos. Incluso le reconoce “la honradez con la que ha intentado que el libro publicado fuera exclusivamente obra de Marx”. Pero a Rubel no le satisface. Como él mismo dice, Engels

“no ha producido materiales para una obra; tampoco ha construido la obra a partir de esos materiales: le ha dado una fachada. Esta fórmula intermedia tiene méritos insignes y nos muestra escrúpulos notables, una prudencia extremada, preocupación por distinguir claramente lo que es del autor de lo que procede del editor. Pero también tiene su inconveniente, porque presenta como "libros" terminados lo que nunca fue más que esbozo, y, a veces, tanteo desesperado” [30].

No le satisface a Rubel la apariencia del Libro II como texto acabado, cuando es un esbozo, al que Engels da unidad e identidad con una fachada:

“Voluntariamente o no, ha hecho creer que El Capital era toda la Economla de Marx. Es una falsa apariencia que ha culminado en un mito, y encima de ese mito se ha edificado una ideología” [31].

Dejemos de lado esa estrategia de Rubel, de derribar un mito, el de El Capital como teoría económica de Marx, y reestablecer la verdad, situándolo como una parte de “una obra científica inacabada”; y concentrémonos en el siguiente problema: ante unos manuscritos fragmentados, desiguales e incubados, ¿tiene sentido buscar, por encima de lo que dice su autor, lo que quería decir? ¿Tiene sentido y legitimidad la pretensión de reconstruir la mente de Marx? Hemos de hacernos estas preguntas sin falsa modestia, desde la consciencia que nos controla y que nos empuja a confesar que eso es lo que habitualmente hacemos en filosofía, al menos en historia de la filosofía.

¿Qué hace en definitiva Rubel? Lo de Engels, aunque según él con mejores criterios, que para otros críticos no lo son tanto. De entrada sorprende que sustituya los cuatro primeros capítulos de la edición Engels por otro manuscritos, más corto, y de fecha anterior (Engels aducía como mérito el criterio de, ante las repeticiones, seleccionar siempre los manuscritos de redacción más recientes); y que suprima textos por simplificar, que es una razón económica pero no de peso. Por ello dice Sacristán que

“Pese a todo el respeto que merece la erudición de Rubel, hay que decir que ese criterio es casi puro capricho, pues Marx había pensado inicialmente, en efecto, en dos volúmenes, pero componiendo el primero de ellos con los libros I y II, y el segundo con los libros III y IV. Y, además, alteró esa división por razones del todo contingentes, lo que muestra que la división misma era inesencial” [32].

En definitiva, que Rubel acaba cometiendo, según Sacristán, “lo que él mismo llama “grave error de Engels, pero con mayor arbitrariedad” [33]· O sea, que para ese viaje sobrar tantas alforjas, Lo que le lleva a concluir a Sacristán, que como Rubel ha de justificar su opción editorial ante el Libro II, que en caso de duda lo mejor es la sofrosine; que no tienen sentido ir multiplicando los Libro II, cada uno el suyo, y que en ese caso el que seguiría teniendo más peso, más entidad, es el de Engels, no porque fuera el mejor, sino porque ya ha sido y es un libro, arrastra su historia, tiene su densidad, ha formado parte de la cultura, ha protagonizado debates y luchas en todos los órdenes de la vida. Pero dejemos que lo diga Sacristán con sus propias palabras:

“La «cuestión homérica» tiene respecto [al Libro II] tanta importancia filológica y tan escasa importancia cultural como respecto de la Iliada. Nuevas composiciones del libro II o del libro III -aunque sean «críticas», como quiere Pedro Scaron, no son más que fantasmas de libros que nunca fueron y de los que ni siquiera es seguro que su autor, de vivir, los hubiera llegado a dar a luz. Pues el hecho de que Marx dijera que Engels tenía que «hacer algo» con sus manuscritos no prueba que le legara precisamente la tarea de terminar de editar El Capital. Esta es, en puridad, una iniciativa de Engels. De modo que en mi opinión la solución editorial con más sentido consiste en editar como libros los textos que ya han sido libros durante casi un siglo, y tal como lo han sido, es decir, como composiciones o trabajos de redacción de Engels” [34].

Y si no es el libro de Marx, es el compuesto por Engels con materiales de Marx. Porque, en todo caso, “es razonable trasmitir esos libros tal como los hemos recibido no por particular adhesión a una redacción determinada, sino por literario respeto de la letra leída por generaciones, nos parezca buena o mala su sentencia; y que hay, por otra parte, unos manuscritos de Marx que coinciden en mucho con aquellos libros, pero son otra cosa” [35]. Por tanto, leamos el libro de Engels que nos transmite los manuscritos de Marx; quien anteponga la filología, que se embarque en el jeroglífico de los manuscritos. Pero, mientras nos los descifran, ordenan y reescriben, nosotros seguiremos haciendo lo que necesitamos, pensar ese mundo de la circulación. Si podemos, claro está, pensar sus leyes; en todo caso, conocer sus personajes, detectar sus movimientos, sus intercambios, sus mutaciones y transmutaciones, sus simulaciones y disimulaciones, sus ocultaciones y transustanciaciones; y, sobre todo, comprender éstas como dispositivos del proceso de reproducción del capital, eje hermenéutico sobre el que Marx apoyó su discurso.


2. Estructura y contenido del Libro II.

Los textos recogidos por Engels en este Libro II sobre la circulación se reparten en tres Secciones. En la Sección I se aborda la intrincada cuestión de las metamorfosis del capital y sus respectivos ciclos, donde Marx afina sus recursos epistemológicos. Al igual que ocurriera en el capítulo primero del Libro I, Marx aborda la reflexión en claves fuertemente ontológicas. Creo que esta Sección, a pesar de no estar acabada y de las carencias de su redacción, es donde mejor se nos muestra, o se nos insinúa, la búsqueda marxiana de una ontología que permita pensar el capital y su mundo. No olvidemos que esta tarea es muy importante en la obra de Marx, pues es necesaria para su proyecto de pensar la realidad en otras claves y, de este modo, desmitificar el discurso naturalista y positivista de la economía clásica, ejerciendo así su crítica.

Cuatro capítulos cumplen fundamentalmente esta función: el capítulo 1º está dedicado a “El ciclo del capital-dinero”; el 2º trata de “El ciclo del capital productivo”; el 3º se ocupa de “El ciclo del capital-mercancía”; y el capítulo 4º aborda en su conjunto “Las tres figuras del proceso cíclico”. Estos cuatro capítulos. Como digo, constituyen uno de los lugares privilegiados para familiarizarse con la ontología marxiana, tan crítica de cualquier rastro de esencialismo y de positivismo, que pone a prueba nuestro aparato conceptual, tan arraigado en el depósito histórico que ha ido sedimentando el idealismo platónico, el hilemorfismo aristotélico, el empirismo anglosajón, el racionalismo ilustrado y el transcendentalismo kantiano. El interés marxiano por esta tarea, genuinamente filosófica, se manifiesta en sus múltiples reiteraciones, abordando los mismos problemas desde muy diversos puntos de vista, buscando siempre matices y aspectos nuevos para elaborar el concepto. Por eso recorre el circuito acompañando al capital, y luego a cada una de sus tres figuras particulares (dinero, producto y mercancía), buscando perspectivas nuevas; pero también lo recorre por fases, y con cade fase se remonta a la anterior y la siguiente. Es casi obsesiva esa multiplicación de los recorridos, buscando matices que diferencien a sus partes y sus momentos.

Se cierra esta Sección I con otros dos capítulos, tal vez con menor fuste ontológico, pero no exentos de interés filosófico. El capítulo 5º, dedicado a “El tiempo de circulación”, y el 6º, a “Los costos de producción”, insinúan un perfil económico, y responden al mismo, si bien el problema del tiempo en el capitalismo suscita interesantes reflexiones conceptuales. Con todo, y por tratar cuestiones más técnicas, el contenido y tratamiento de estos dos capítulos es realmente diferente, pues se dedican a mostrar los efectos en la producción y acumulación del capital de los tiempos empleados en la circulación, o sea, en profundizar en la comprensión de esa batalla suicida del capital contra el tiempo, que agita como un cáncer irreversible sus entrañas (y las nuestras). La verdad es que en su fenomenología parecen ligar mejor con los diversos capítulos de la sección siguiente, dedicados a los tiempos (de circulación, de trabajo, de producción, de rotación...) y sus efectos en los costos y precios. Pero debemos resistirnos a los espejismos del fenómeno, y buscar siempre más allá del espejo; si lo hacemos, encontraremos en ellos su dimensión filosófica.

La Sección II, dedicada a “La rotación del capital”, consta de diecisiete capítulos, muy desiguales en extensión y elaboración; desglosaremos con más detalle su contenido cuan do le llegue su hora; de momento basta un esbozo para formar una idea general del Libro II. El tema central es el tiempo, como los mismos títulos indican: “Tiempo de rotación y número de rotaciones” (vii), “La rotación global del capital adelantado. Ciclos de rotación” (ix), “El periodo de trabajo” (xii), “El tiempo de producción” (xiii), “El tiempo de circulación” (xiv), “Efecto del tiempo de rotación sobre la magnitud de capital adelantado” (xv) y “La rotación del capital variable” (xvi). No podía ser de otro modo, la rotación del capital, su movimiento, presenta su rostro ontológico en la Sección I y su rostro económico, sus efectos prácticos, en la Sección II, donde la rotación cabalga sobre el tiempo. Pero incluso una sección tan técnica contiene capítulos de alta talla filosóficas, como en los capítulos “Capital fijo y circulante” (viii), “Teorías sobre el capital fijo y circulante. Los fisiócratas, Adam Smith, Ricardo” (x y xi). Y merece especial señalamiento el capítulo final, sobre “La circulación del plusvalor” (xvii), en que Marx aborda la reproducción del capital, lugar privilegiado para el registro objetivista del movimiento del valor. En Marx, ya lo sabemos, las preocupaciones epistemológica y ontológica siempre está vivas, incluso cuando late a ritmos lentos. No podría ser de otra manera, pues una crítica radical como la que pone en escena necesita de un aparato de producción conceptual, de unos medios teóricos de producción, nuevos, de creación propia, como ya he advertido reiteradamente.

En fin, para cerrar la descripción sinóptica del Libro II, mencionar muy de pasada que la Sección III incluye cuatro capítulos. El primero hace de “Introducción” (xviii), y en él reflexiona sobre el objeto de la investigación y sobre la función del capital dinerario; en el siguiente, “Exposiciones anteriores acerca del mismo objeto” (xix), dialoga con los fisiócratas y Smith sobre varios temas técnicos. Más interés tienen los capítulos sobre “Reproducción simple” (xx) y sobre “Acumulación y reproducción ampliada” (xxi), que prolongan y desarrollan el último capítulo de la Sección II [36].

Mirando el texto en larga perspectiva, el libro nos lleva a encontramos con el tratamiento marxiano de la reproducción y circulación del capital social conjunto, que al final pretende ser una vista global -ya hecho el análisis de sus partes- del movimiento del capital en su función de acumularse y reproducirse. Es decir, es un descenso en la abstracción, un regreso a la concreción, para producir una representación más rica en determinaciones, con más mediaciones, con más presencia de sus elementos dialécticos activos.

Como puede apreciarse en los simples títulos de los capítulos, son temas ya presentes en el Libro I; no podía ser de otra. Pero allí estos elementos estaban presentes de manera ocasional y en segundo plano, sólo en la medida en que la abstracción lo permitía y requería, conforme a aquella regla que en su día formulamos y nombramos como principio metodológico de la “presencia insuficiente de las categorías” [37], que ya conocemos y sobre la que no volveré ahora. El efecto es que siempre, en cada momento del análisis, unos elementos pasan a ser diseccionados y aprehendidos en primer plano, mientras los otros hacen actos de presencia de forma instrumental, como medios para hacer posible ese análisis, en espera de que les toque a ellos. Es ese juego del proceso metodológico concreto– abstracto–concreto que rige el análisis marxiano. Aquí, a diferencia del cartesiano, no se camina de escalón a escalón, de intuición a intuición, de verdad a verdad, siempre con paso firme y seguro, con avances definitivos e irreversibles, penetrando la luz, sino que se va y se vuelve una y otra vez, de totalidad en totalidad, enfocando ahora aquí y luego allá, consiguiendo que en el lento e interminable proceso dichas totalizaciones sean cada vez más ordenadas, más racionales, más ampliamente iluminadas, en definitiva, más luminosas.

Veamos, pues, qué nos aportan estos nuevos momentos del análisis, en que esclarecida la producción del capital se desplaza la mirada a su circulación, que en el Libro I estaba de fondo, para esclarecerla, y para que así pueda volver a servir luego, de nuevo, ya más iluminada, de fondo en una nueva etapa del análisis de la producción. Hagamos esta incursión sin olvidar nunca que el libro, como cosa fáctica, es una recomposición post mortem de partes y restos, no siempre bien trabados, con frecuencia reiterativos, muchas veces imprecisos… Pero es lo que hay. Si uno busca sólo aprender, resultará muy insatisfecho de estas carencias; si busca pensar, no tanto, pues es un medio que MacLuhan llamaría frío, o sea, que permite, que exige al lector intervención, participación en la reconstrucción del proceso lógico que describe.

Insistiré algo más en las cuestiones metodológicas, aunque resulte insoportable. El Libro I estaba dedicado a la producción, y había que abordar la circulación para comprenderla, pero sólo a este fin. El Libro II se dedica a la circulación en extenso e intenso, y claro está, tendrá que abordar la producción, ahora con el fin subordinado de comprender la circulación. Es el método de Marx: el análisis requiere aislar el objeto complejo, hacer abstracción de una parte de la totalidad; pero después hay que analizar a las otras partes, viendo cada una en profundidad y en sus relaciones con las demás. Sólo así nos vamos acercando al concepto. La circulación del capital, que en el Libro I era abordada de forma auxiliar, como contexto para comprender la producción, ahora salta al primer plano y relega al segundo al proceso productivo. En este Libro II Marx la aborda como perspectiva principal, para mostrar su función, las determinaciones que pone en marcha y las que ella misma sufre. Y así damos un paso más en ese camino del conocimiento, única manera de irse acercando a la idea de la totalidad; única manera de formar la idea concreta de la totalidad en que consiste la producción capitalista.

La circulación es, a simple vista, el recorrido del capital en el mercado, su paseo luminoso, visible, exhibicionista; pero el paseo del capital es diurno y nocturno, hay un viaje clandestino exterior al mercado sin el cual no habría propiamente circulación del capital. Es decir, el capital también viaja de noche. Ya sabemos por el Libro I que el capital inicia su aventura en el terreno plácido y benévolo del mercado de mercancías; sólo después, como de incógnito, baja a los subterráneos sucios y lúgubres de la producción; y, como si huyera del humo y del ruido y añorara las luces y la música, empujado por su adicción, regresa al mercado… Esa es su rutina, que sería insoportable –como lo llega a ser el trabajo del asalariado– si no formara parte de su metabolismo más primario y substancial, parte de su sobrevivencia.

Pues bien, esos recorridos pautados, esos viajes furtivos de ida y vuelta, el capital los lleva a cabo gracias a estratégicas metamorfosis posibilitadas por su bien provisto y diversificado vestuario, vistiendo un traje para cada ocasión, con una máscara para cada función o escenario. Marx entiende que desenmascarar estas metamorfosis, comprender su necesidad y explicitar su función es imprescindible para conocer ese nuevo personaje de la historia que nos gusta llamar Herr Kapital. En el fondo es un método muy plausible: si queremos conocer a alguien, lo mejor es saber cómo vive, qué lugares visita, cómo se presenta en ellos, como simula y disimula, como aparece, se expresa y se enmascara; cómo se nos muestra y cómo se nos oculta. Esa es la tarea de la crítica, que Marx realiza con obsesión.

Marx usa la metáfora de la doble vida del capital, que aquí recogeremos y estrujaremos cuanto podamos, pues es jugosa y ayuda a caminar hacia el concepto. Lo hace con toda claridad en el M-IV, el usado por M. Rubel para su edición. Leamos con atención el siguiente extracto:

“El capitalista conoce de manera práctica el secreto del plusvalor o la puesta en valor del capital, tal y como nos lo prueban sus hechos y gestos durante el proceso de producción, su caza desenfrenada de sobretrabajo. (Este secreto lo hace tronar ferozmente él mismo en la cara del mundo cuando el mundo mete la nariz en la guarida de su producción y le amenaza con reglamentar la jornada de trabajo). Pero sin ser un Dioscuro, lleva una vida doble: una en el secreto de su taller, donde es dueño y señor; la otra, abiertamente, en el mercado donde es comprador y vendedor y donde se relaciona con sus iguales. [una en la esfera de la producción, la otra en la esfera de la circulación; una en el interior, la otra en el exterior; una como un ser orgánico, la otra como un ser animal]. Esta doble vida ha generado en el cerebro del capitalista una doble serie de fenómenos nerviosos, en definitiva, una consciencia doble” [38].

En esa reconstrucción de la vida diurna y nocturna tanto del capital como del capitalista Marx encuentra tres figuras o máscaras esenciales, privilegiadas, donde deja ver sus gustos, vicios y aficiones, o sea, donde mejor muestra su esencia. Son las tres metamorfosis principales del capital, sus tres personajes carnavalescos, sus tres modos de ser: capital–dinero, capital–medios–de–producción (capital productivo) y capital–mercancía. Cada una de estas figuras tiene su territorio de aparición, su ciclo, al igual que a cada traje le corresponde su escenario apropiado; y cada una exige unas funciones, unos movimientos, unos gestos. No olvidemos que esta es la vida privada de Herr Kapital, ese señor que siempre oculta celosamente su desnudez, que siempre se disfraza tras rostros amables. Por tanto, nos disponemos a desvelar la vida inquietante del señor más poderoso de nuestro mundo. Para ello haremos en el próximo apartado un acercamiento a este mundo donde la vida de superficie, con sus paradojas y contraposiciones, oculta la vida en sus profundidades; donde el fenómeno, única vía de acceso a la esencia, parece comprometido en el vaciamiento de ésta. Después retomaremos el texto de Marx y nos sumergiremos con libertad y cierto desenfado en su lectura.


3. El capital en su laberinto, su ser y sus modos de ser.

Buena parte del problema en torno al Libro II procede de la actitud de los estudiosos ante el texto; en general quieren leerlo como obra de teoría y análisis económico, como parte de la teoría económica marxiana. Con ese objetivo, ciertamente, surgen los problemas hermenéuticos mencionados y otros de tipo teórico, que iremos encontrando en la lectura. Problemas que, sin menospreciarlos, pierden su hálito trágico y una parte de su densidad cuando, como en nuestro caso, pretendemos abordarlos desde la filosofía. No es que desaparezcan, en absoluto; la filosofía no puede diluir los problemas científicos, ni ha de huir del territorio de la ciencia. Pero, como cualquier género de representación literaria, cambia la perspectiva, varía la escala, desplaza el enfoque, modifica los objetivos…, y generalmente logra paliar todo o parte del dramatismo. Y estos cambios son legítimos y convenientes, pues las herramientas han de estar adaptadas al trabajo; la importancia de los bártulos en la maleta está subordinada al viaje.

Como es ya canónico en esta lectura de El Capital, nos interesa asistir a la producción, explícita o implícita, del aparato categorial que va sosteniendo el texto, garantizando su unidad y coherencia; nos interesa hacer visible la ontología marxiana, aparezca como producto o como medio de producción, su génesis y actividad en el proceso de producción de la teoría sobre el capital. Y, en ese objetivo, el Libro II, y particularmente la Sección I, precisamente la más cuestionada y discutida por los hermeneutas, y una de las más menospreciada por los economistas, para nosotros se revela un lugar fértil, realmente exuberante y atractivo. O sea, donde más problemas filológicos surgen, donde más difícil y cuestionable parece el orden e incluso la autenticidad del texto, es precisamente ahí donde ese indefinido elemento de lo filosófico encuentra su mejor plantación. Por tanto, hemos de aprovechar la ocasión y buscar en estos primeros capítulos del Libro II la descripción definitiva de la ontología marxiana. Pues está ahí, enredada en el laberinto, retándonos a descifrarla. Ahí, en ese mundo de metamorfosis, es donde más se deja ver el capital; ahí, en el momento más carnavalesco de su existencia, donde más se enmascara y esconde, donde más simula y disimula, es donde más se muestra. Porque, aunque siempre sea enmascarado, aparece una y otra vez, se deja ver tras la máscara; aunque sea a retazos, tras el velo del juego, nos ayuda a conocerlo, a producir su concepto.


3.1. A estas alturas de la lectura de El Capital no se nos consentiría confundir el ciclo del capital con el de la mercancía o el del dinero; cada uno tiene sus lugares, sus límites y sus escenarios, que debemos recorrer y ver que ocurre en ellos; hay que repasar una i otra vez los circuitos, hasta que nos desvelen todos sus secretos. No es extravagante pensar que, si logramos seguir al capital por esos circuitos, si conseguimos comprender tanto lo que hace en cada uno de sus momentos como la lógica a la que responde su ritmo y sus piruetas, habremos logrado –o nos habremos acercado mucho- lo que perseguimos, el concepto del capital. Intentaremos hacerlo antes de entrar en la lectura minuciosa del texto, como un primer acercamiento literario, desenfadado, incluso irónico, para familiarizadnos con los vericuetos del recorrido, antes de que nos vemos obligados a medirlos y valorarlos con precisión.

Si Diderot hubiera leído a Marx, habría añadido a su filosófico Promenade du sceptique una segunda entrega, Promenade du capital, donde los ciclos hicieran de alées, en este caso entrelazados, comunicados, llenos de pasadizos secretos, de puentes y sótanos, de cruces y bifurcaciones, en un repetido cul de sac. Pero, como no tuvo esa ocasión, se vio privado de ese placer seguir la pista del capital, recorrer su mundo eternamente inacabado, como le gustaba imaginar el mundo al enciclopedista. Es realmente el del capital un mundo encantado, donde el ser, siempre inestable, parece venir del futuro, donde todo, incluso la existencia, está suspendida y subordinada al momento final, y más en concreto, a momentos privilegiados aplazados en el tiempo de cuya realización depende la realidad de la historia de la totalidad; un mundo encantado donde la historia la decide el futuro.

Nuestro viaje no es a lo absolutamente desconocido; al contrario, es en la finitud de lo conocido donde hemos descubierto la sospecha de que hay que traspasar esos límites y poner el horizonte en el más allá. En el mundo del pensamiento siempre hay un más allá, desde el cual se comprende, juzga y determina el presente; por eso hay que llegar hasta allí, para cerrar nuestra historia, nuestro modo de ser.

Ya hemos visto en el Libro I que el ciclo de la mercancía, M – D – M, y el del dinero D – M – D´, pueden considerarse como dos rutas del mercado, dos bulevares luminosos, sin subterráneos, donde reina una exquisita igualdad formal entre sus paseantes. De modo semejante, muy semejante, a como existía empíricamente la ruta de las especies, o la ruta de la plata, existe esa madre de todas la rutas, la circulación general de mercancías, la M – D – M. Un enorme circuito que, en su representación abstracta, no ha variado; conocemos mejor sus vericuetos y los personajes que la recorren, incluso sus subcircuitos particulares, - el emblemático D – M – D´ es sólo una variante de la general-, pero en su substancia mantiene su forma. Es la ruta de las mercancías, la ruta mercantil, que exige a quienes la recorren, a quienes la habitan, un modo de ser, de aparecer y de comportarse, todo un modo de vida.

El capitalismo es una variante aventajada de la economía mercantil, y ha de pasar por esas rutas; ha de adquirir esa nacionalidad, decíamos en la metáfora; siendo en su esencia capital, ha de disfrazarse de mercancía y de dinero, exigencias de su ciudadanía mercantil adoptada. En ello le va su existencia. Aunque el mercado no sea su patria originaria, de nacimiento, ha de serlo de adopción; patria a tiempo parcial, en tanto que ése es el lugar donde necesariamente pasa parte de su vida, donde se da el ser, donde se hace a sí mismo al hacer efectiva su valorización. Mediante la simulación y la disimulación, como el “Príncipe de gran virtù” maquiaveliano, el capital logra ser y sobrevivir en ese paso por territorio mercantil, que no es el suyo, aunque lo necesite para su subsistencia.

El circuito de las mercancías es a todas luces insuficiente para la realización de los sueños de Herr Kapital; el paseo por el seductor bulevar del mercado no alimenta, no engorda, y el capital requiere aumento constante de peso; en consecuencia, necesita ampliar su barrio, ensanchar el recorrido, añadir un tramo particular a su circuito, a su paseo. Esta necesidad de cambios topográficos y geopolíticos le impulsa a otras metamorfosis, a presentarse con otras figuras, distintas a las habituales y tradicionales del mercado. Por ello de tanto en tanto ha de abandonar sus formas mercancía y dinero y cambiar de traje, ponerse el vestuario de noche, visitar los imbricados túneles y las lóbregas catacumbas donde buscar su alimento; ha de salirse del circuito del mercado para recorrer el misterioso mundo de la fábrica, conditio sine qua non de su ser capital, de su perseverar en su ser capital; y para ese viaje, insisto, ha de cambiar de credenciales, ha de mudar sus ropas y vestirse de “medios de producción”. Incluso, por si la ocasión requiere mayores precisiones, poder aparecer con las indumentarias particulares de las regiones de este territorio (de materia prima, de fuentes energéticas, de medio de trabajo, de fuerza de trabajo…). Especialmente la figura de fuerza de trabajo, que aunque en sentido estricto forme parte de los medios de producción tiene aspiraciones autonómicas, reivindica el reconocimiento de su diferencia. Ya lo iremos viendo.

Ese reiterado viaje nocturno del capital, como regreso al origen para reforzar su identidad, hace que sus formas de aparición en el mercado como mercancía y dinero sean máscaras que ocultan su esencia de capital. Vive de día entre las mercancías y el dinero, se confunde con ellos, toma sus formas y funciones, pero lleva consigo bien escondida su esencia de capital. Marx nos dirá: aunque no lo parezca bajo sus vestidos tópicos de mercancía o dinero, es otra cosa, lleva su diferencia, es capital–mercancía o capital–dinero. Por eso, porque en apariencia hace las veces de mercancía o de dinero, porque se oculta bajo estas figuras del bulevar apacible y virtuoso de la economía mercantil simple, podemos –debemos– tener activos en el análisis dos supuestos: primero, que en los intercambios o compra–venta rige la ley de equivalencia del valor; y segundo, que el paseo, los cambios de lugar, el juego de las posiciones, no afecta al valor de las mercancías, que ni ganan ni pierden, saliendo indemnes de tan apacible recreo. Hábil simulador, el capital hace suyas estas reglas y se comporta aparentemente conforme a los hábitos de la ciudadanía mercantil que ha asumido.

Ahora bien, en el fondo no es uno de ellos. Recordémoslo una vez más, el mercado no es la patria natural del capital, aunque llegue a perecerlo a fuerza de repetir su profesión de fe; sólo es una patria ocasional. No, no es uno de los pobladores indígenas de ese territorio, uno de esos entes de la economía mercantil. En su alma no se identifica con la mercancía ni con dinero; en realidad es capital enmascarado de mercancía y de dinero. Por ello debemos mantener la sospecha de que la “igualdad” de la máscara oculta la diferencia y peculiaridad de lo enmascarado. Mantengamos, pues, la sospecha para, en su momento, ejercerla y desvelar los movimientos de los actores de este baile de disfraces.

De forma esquemática podemos representar la doble vida del capital en un circuito único, que atraviesa dos “naciones” (Mercado y Fábrica), una de ellas zona común, patria de adopción, de mero intercambio mercantil, conforme a la ley de equivalencia del valor, y la otra zona propia, patria de nacimiento, donde se produce valor. O sea, un circuito de dos tramos, diseñados respectivamente para el paseo diurno y el nocturno del capital.

El circuito, obviamente, permite ser utilizado simultáneamente por múltiples protagonistas; pero el segundo tramo, la Fábrica, sólo es recorrido por el capital-producto, el capital en su forma productiva, como medios de producción y fuerza de trabajo en el primer recorrido y como producto del trabajo en el siguiente, salido de la fábrica. En cambio, el tramo común, el Mercado, admite pluralidad de identidades.

En el circuito global hay varias puertas. Dos de ellas, las más transitadas y vigiladas, están en la frontera, están en las aduanas de entrada de las mercancías productivas al territorio de la Fábrica y en la de salida de los productos en forma de mercancía que regresa al Mercado. Son los dos lugares especiales de la transubstanciación, donde se cambia de naturaleza, que metafóricamente describimos como cambio de ciudadanía.

La esfera de la Fábrica, fuertemente cerrada y clasista, tiene no tiene ninguna otra comunicación con el exterior. En cambio, la esfera del mercado cuenta con puertas que le abren al exterior, al afuera. Hay una entrada de mercancías no capitalistas, que llevan al mercado los productores de las tribus bárbaras del exterior, los productores directos, dependientes y subsumidos en el orden del capital, pero con patria propia, con esencia no capitalistas. Y hay otra puerta de salida de mercancías de consumo individual, de mucho tráfico, pues por ella salen las mercancías de consumo y de trabajo de las figuras no capitalistas, los trabajadores directos a quienes nos hemos referido, pero también los medios de vida de los habitantes del mundo del capital, sean los capitalistas o los obreros. Estos tres tipos de personajes conviven en la esfera de la circulación, cada uno con su ruta: M – D – M, m – d – M y Ft – D – M, respectivamente, pues el trabajador directo entras los productos de su trabajo y, con la mediación del dinero, los cambia por medios de vida e instrumentos de trabajo, que saca del circuito para su consumo; el capitalista con la venta de m, mercancía producida por el plustrabajo, que contiene el plusvalor, por la mediación del dinero obtiene medios de vida que saca para su consumo; y el trabajador del capitalismo vende su fuerza de trabajo por el salario y, por la mediación del dinero, compra medios de consumo para reponerla. Por tanto, esa puerta del consumo, de triple arco, es la más concurrida. Contrasta con la puerta del dinero, por donde entra y sale el dinero virgen y el capital dinero en sus escasos momentos de descanso o en sus vacaciones, por lo que sólo está abierta a horas y días fijados. No obstante su escaso trasiego, existe, y hay que tenerla en cuenta.

Como podemos imaginar, el tramo del circuito de la circulación general permite un denso y variopinto movimiento de personajes, todo dirigido a un estrecho y múltiple intercambio entre mercancías, mediadas por el dinero. Es un espacio confuso, de vida intensa y agitada, pues las mercancías son travestis por naturaleza, su perfección ontológica se mide por sus amos, su calidad se expresa en la velocidad de sus intercambios. Cierto, unas hacen el recorrido directo a la salida, al consumo o a la producción, pero otras recorren callejas y rincones, sin prisas para salir, como si su vida preferida fuera la verbena permanente.

Este circuito puede tener diversa complejidad y desarrollo, para adecuarse a las exigencias de la prueba (del análisis). Por afinidad electiva se configura un submercado de mercancías de consumo individual, de medios de vida, y otro de mercancías de consumo productivo, de medios de producción, o sea, maquinarias, materias primas, y esas cosas. En las formas más avanzadas conviene distinguir y señalar un área especializada en el intercambio de títulos financieros, incluso con una sección de mercado monetario. Pero en rigor el mercado es único, varían sus visitantes, pero sus reglas son comunes y universales. Por tanto, no deben deslumbrarnos las diferencias materiales, pues todo cuanto vive en el mercado es mercancía y se comporta conforme a las leyes de la mercancía. Aunque, como veremos, las leyes se cumplen como en cualquier otra nación, llenas de particularidades y excepciones. Lo que no puede faltar en el mercado es una subdivisión específica, destinada a una mercancía muy especial, la fuerza de trabajo. Sin ella el segundo tramo del circuito se paralizaría, pues no dan pasaporte en la fábrica.

Los dos circuitos, el mercantil y el de la producción, están conectados, como he dicho, en dos puntos frontera, cada uno con su aduana, pues en ellos se realizan transmutaciones oficiales, cambios de identidad nacional. La aduana de entrada a la Fábrica está reservada a las mercancías destinadas al consumo productivo, ya en origen divididas en dos tipos, que cubren las necesidades de la producción: los medios de producción y la fuerza de trabajo. Esta aduana es un punto importante del circuito, pues las mercancías se transmutan en los dos mencionados factores productivos; o sea, el capital realiza una de sus más curiosas transubstanciaciones. La otra aduana de frontera controla el paso del producto, habitante indígena de la fábrica, a mercancía, o sea, tiene lugar el regreso del capital al mercado, con una nueva transubstanciación, como la anterior llena de enigmas.

Con esta descripción, hecha con cierta ironía, sólo pretendo un acercamiento intuitivo a ese mundo del capital que, la verdad, está lleno de misterios y encantamientos. Soy consciente de la tesis de Descartes, en la que creo, según la cual las imágenes no suelen servir para ilustrar los conceptos, sino para enturbiarlos. Cuando se dice que una imagen vale más que mil palabras siempre pienso en silencio: “tal vez, pero mil palabras no valen un concepto”. Quiero decir que sí, que las metáforas y las analogías a veces usurpan el lugar y la dignidad de los conceptos; que a veces la luminosidad borra o diluye el perfil. Asumo, pues, esos riesgos conscientemente, y espero que esta consciencia sirva para que la metáfora no sustituya y desplace al concepto, sino que actúa de instrumento en la elaboración de éste. Amén.


3.2. He ofrecido una descripción o representación literaria, que espero nos ayude a visualizar la totalidad de este mundo del capital. No obstante, para la descripción analítica es más ágil la representación simbólica, sea en sus formas más abstracta, sea en las desplegadas. Así lo entendía Marx, y así lo puso en práctica.

El capital al recorrer el circuito completo sufre, entre otras varias mutaciones, tres metamorfosis principales. El capitalista, su subjetividad, lo sabe muy bien; le gusten más o menos, sabe que el capital a veces aparece como dinero en su bolsillo o cuenta bancaria, otras como producto elaborado en su fábrica y otras como mercancías que lleva al mercado. Claro que hay otras formas de ser del capital, pero son como la fase de crisálida, inestables, inseguras. Bueno, o al menos más inestables e inseguras, pues ni siquiera en estas tres formas tópicas el capital vive consolidado; lo suyo es vivir en el no-ser, en el fluir de su pequeña historia; como suele decirse, un no-vivir.

Dichas tres figuras, resultados de otras tantas metamorfosis, son el dinero, la mercancía y el producto; tres figuras o modos de presentarse el capital que se suceden continuamente, y que representamos unas veces en sus formas abstractas y otras desarrolladas. Las tres formas, como aparecen en la edición de M. Rubel, son:

I. D – M – D´; II. P … Cg… P; III. Cg … P (M´) [39].

En rigor, el circuito se recorre en una vuelta completa, o sea, partiendo de una figura y siguiendo sus transformaciones hasta regresar a esa posición. A efectos prácticos es indiferente el punto de partida, lo que ocurre es que no dan la misma información los distintos recorridos; de ahí que Marx los recorra uno a uno, llamándolos respectivamente ciclo del capital-dinero, del capital-producto y del capital-mercancía, que desarrolla en capítulos sucesivos.

Que empiece con el de la forma dinero es significativo, y tiene su justificación, aunque sea subjetiva y exterior. En primer lugar, porque parece tener cierta primacía del origen lógico, ya que el capital no aparece hasta que en la circulación de mercancías no tiene presencia D, dinero acumulado, sin genealogía precisa, pero que no busca M como valor de uso individual, sino como valor de uso productivo, como instrumento para generar más dinero, generar . Además está el hecho histórico de que, erróneamente o no, tendemos a identificar el capital con el dinero, como si ésta fuera sus forma más apropiada, que no lo es. Por otro lado, aunque al capital le sea indiferente la forma en que aparece, pues de hecho necesita aparecer en todas y en el orden adecuado, hace suya la subjetividad del capitalista y ésta necesita de tanto en tanto, usualmente cada año, hacer balance, es decir, calcular la acumulación del capital, el valor generado, y sobre todo constatar si su capital es realmente capital –produce más capital, engorda- o no es en esencia capital; y para hacer ese balance y esa constatación necesita reducirlo todo a dinero. En fin, para poner un límite a esta enumeración de los motivos exógenos que nos llevan a identificar la forma dinero como el modo de ser genuino del capital, recordar que el origen histórico individual de la producción capitalista comienza con la posesión de dinero acumulado y la voluntad del propietario de invertirlo.

En consecuencia, aunque con todo en marcha los recorridos del ciclo del capital pueden hacerse siguiendo cualquiera de las figuras, que aparecen y desaparecen según los tramos, seguir el rastro dinero suele ser el método más eficiente, aunque sólo sea porque es al que estamos más acostumbrados. Tal vez por eso Marx empiece por el principio, por el circuito del capital-dinero [40]. Pero, aun así, no hemos de confundir el circuito del capital-dinero con el del capital en general: éste cruza en ida y vuelta la frontera, recorre las dos naciones; el capital-dinero, en cambio, no sale ni puede salir bajo la forma dinero del reino de las mercancías. Es decir, una cosa es recorrer el ciclo del capital-dinero, que implica dejar fuera el subcircuito de la fábrica, por donde no pasa, y otra recorrer el circuito del capital, que tiene doble nacionalidad. Si se trata de recorrer éste y se empieza por el momento en que aparece como capital-dinero, se debe a que por algún punto hay que comenzar y se elige convencionalmente partir de la aparición del dinero, cosa que de ningún modo nos eximirá pasar por los otros subcircuitos.

Si nos fijamos en la simbolización del recorrido del capital, que en su máxima abstracción sería D – M – D´, y en fórmula desplegada D – M … P… M´ - D´, vemos que a grandes rasgos describe el proceso del capital partiendo de su forma dinero, D, que se invierte en determinadas mercancías M destinadas a la producción; éstas a su vez se usan en la fábrica y generan el producto P, que es llevado al mercado y al cruzar la aduana se transfigura en mercancía , que seguidamente se metamorfosea en , llegando así a la forma original y cerrando el ciclo. Si queremos una descripción un poco más rica, que señale algunos desdoblamientos de los contenidos de los símbolos, podríamos usar la siguiente representación: D – M [= Mp + Ft] … P… M´ [= M + m] – D´ [= D + d] [41]. En ella se aprecia que, en un primer momento, se determina la mercancía M, se escinde y separa en sus dos componentes, medios de producción Mp y fuerza de trabajo Ft, haciendo posible que crucen la frontera y pasen al territorio del capital-producto, a la Fábrica. En un segundo momento, a punto de cerrarse el ciclo y ante la necesidad de la reproducción de los medios consumidos, debe desglosarse en dos partes homogéneas, sólo conceptualmente distinguibles, M y m; de este modo al convertirse en permanecerán esas dos partes en forma dinero, ya no sólo conceptualmente distinguibles sino empíricamente separables, lo que se expresa al desglosar D´= D + d. En esta posición hemos cerrado el ciclo y nos hemos puesto en condiciones adecuadas para empezar otro nuevo, pues contamos con todo lo necesario.

Como estamos en el ciclo del capital, no del dinero, en esa descripción se distinguen tres fases. Dos de ellas son transparentes, no encierran enigmas, pues pertenecen a la circulación: D – M [= Mp + Ft)] y M´ [= M + m] – D´ [= D + d]. En cambio la otra, …P…, la fase oculta o menos visible, más enigmática, corresponde al momento en el que el capital desaparece del escenario de la circulación, del mercado, para volver a reaparecer en el mismo. Una fase curiosa, subterránea, en que el capital pasa por momentos de transubstanciación e incluso de no existencia o existencia virtual; una fase que ha originado, gracias a ese paso por P, que de M se pase a , un salto que no puede darse en el escenario del mercado, sino en su trastienda, entre bastidores.

Por tanto, en esa fase oculta al público del mercado pasan cosas muy sorprendentes, pues parecen violarse las leyes físicas e incluso lógicas. Se aprecia que ha tenido lugar una doble transmutación del capital, que hemos representado por “…P…”. De forma sincrética lo que ha pasado es que ha tenido lugar un proceso de producción en sentido estricto, en que los medios de producción se han consumido, se han transubstanciado en el producto P, y éste a su vez ha sido transportado al mercado, para lo cual ha sido necesaria una nueva transfiguración en mercancía, . Pero vayamos por pasos, intentando descubrir lo oculto bajo lo visible; recorramos el circuito con más atención.

La primera metamorfosis que nos aparece es D – M. Como estamos en el origen absoluto –el análisis de momento lo requiere- ese D ha aparecido ex novo, entra por primera vez en el circuito desde el exterior, por la puerta del dinero, no tiene genealogía. Dado que actúa como simple medio de cambio, ese dinero no se distingue de sus otras esencias (como capital o como mercancía). Es la primera que nos aparece, que se deja ver; no tiene otra función objetivamente visible que la de intervenir en el cambio. Cumple con las normas del mercado, se cambia por mercancías. Esa mutación es legítima.

Sí, pero bajo el fenómeno de la transformación D – M, en el orden lógico o del concepto, ha tenido lugar otra mutación oculta, imperceptible, a saber, la transmutación del dinero D en capital-dinero Cd, que no aparece en la formulación o simbolización, y que pasa desapercibida a los controladores del mercado. Es un cambio tan extraño y tan fugaz que casi no se nota, una metamorfosis tan inesperada y efímera que queda oculta por la otra, por la fenoménica, por la habitual D - M. Si supiéramos leer en la subjetividad de su propietario, si conociéramos que tiene voluntad de ser capitalista, nos pondría sobre aviso y sospecharíamos que es un capitalista disfrazado de mercader. Pero, condenados a soportar la inaccesibilidad de las almas y obligados a leer en la objetividad, no captamos la mutación profunda, oculta bajo la mutación vulgar. Ha comprado mercancías, pensamos; sí, pero él sabe que son mercancías especiales, destinadas y adecuadas a unas funciones especiales. Es decir, esas mercancías, de esencia indeterminada en manos del vendedor, indiferentes al uso futuro que hagan de ellas, en cuanto las mira el capitalista comprador les otorga su modo de ser futuro, queda determinada en su función, en su esencia. Un modo de ser aún invisible para el espectador, pues el propietario del dinero puede ser, o llegar a ser, bien un comerciante, tal que M continua en el mercado dando vueltas, de mano en mano, o bien un productor directo, que la saca del mercado como medios de producción sin carácter del capital. En consecuencia, hemos de admitir que su modo de ser, lo que realmente es ahora, en su paso D – M, objetivamente se decidirá en el futuro, si bien subjetivamente ha quedado nominada en la intimidad del alma del comprador. Si me permitís una metáfora un poco forzada, su modo de ser es el mismo del gato de Schrödinger; lo sabremos al abrirse la jaula, si se abre.

Por lo tanto, la descripción habrá de tener presente de alguna manera esta forma, este paso del dinero a capital, por la que ha de pasar el capital si realmente es capital, dicho así, conscientemente enigmático. O sea, que si queremos simbolizarlo de algún modo en la descripción de ese primer recorrido del capital habríamos de recurrir a algo así: D – {Dc} – M… Donde {Dc} -o, si se prefiere, {Cd}- sería una figura fantasma, virtual, no visible, de existencia lógica. Una forma de ser del capital sin existencia empírica, pero condición de posibilidad de toda forma de capital existente.


3.3. Para comprender un poco más intuitivamente estos dispositivos hemos de pensar que el dinero llega al mercado en el bolsillo de su propietario. Y podría darse el caso que regresara sin haber salido del mismo, sin haberse intercambiado. Podía regresar a casa como mero dinero, simple valor de cambio, riqueza de su propietario. Esto no es extraño, pues suele pasar con el dinero como con la riqueza, que no hace escrúpulos a vivir atesorado. Por tanto, puede pasearse por el mercado sin sufrir metamorfosis alguna; puede salir y entrar, esperar, coquetear, especular. Si lo miramos en registro subjetivo, desde su portador o propietario, lleva la intención de llegar a ser o de seguir siendo capitalista, lo que implica su voluntad de comprar mercancías especiales, de las que sirven para producir objetos, para alimentar el proceso de trabajo donde sean consumidas; y eso le permite pensar que no es un mero hombre rico, sino un capitalista, que lleva en su bolsillo dinero, sí, pero no dinero cualquiera, sino dinero-capital, o al menos dinero con voluntad de ser capital-dinero; no D sino Dc. Y como lo siente y piensa así, como estamos acostumbrados a esa representación subjetivista de los procesos, vemos en ese individuo con dinero un capitalista con capital, que cambia el dinero por mercancías (con lo cual identificamos D con Dc), tal que representamos su intercambio como D – M. Así se nos oculta el paso intermedio, nada menos que la transubstanciación del dinero en capital

En rigor, sea cual fuere la consciencia de su propietario, lo que lleva en el bolsillo ese individuo que entra en el Mercado por la puerta del dinero no es capital; es dinero que puede convertirse en capital, pero aún no lo es. Él mismo puede devenir, está a punto de hacerlo, un nuevo capitalista, pero aún no lo es, sólo es un poseedor de dinero. A efectos prácticos y en el ámbito fenomenológico podemos hacer como si fuera ya capitalista que lleva capital, pero ontológicamente no es pensable, aún es propietario de simple dinero, de simple valor de cambio. Para poner un argumento empírico extravagante que nos ayude a romper con la inercia que la costumbre y el “sentido común” imponen al pensamiento, si mientras goza de sus sueños futuros se va la luz, cae el sistema y ha de aplazar la gestión de compra, el dinero y su poseedor se vuelven a casa como salieron de ella, como propietario y como dinero; y si, ante tan infausto presagio le asaltan malos augurios, se lo repiensa y lo gasta en bienes suntuarios, le pasaría lo que al cocodrilo de la canción, que nunca pasó de caimán: nunca pasó de dinero, nunca llegó a capital; nunca pasó de dinero a capital. Y aquí no vale el recurso aristotélico al ser en potencia, esto es otra ontología.

Pero supongamos que ese día es completamente normal, todo sucede como subjetivamente se esperaba, no hay contingencias y hace lo que fue a hacer, comprar las mercancías especiales, esas mercancías no destinadas al consumo privado sino al consumo productivo. En este caso, que es el que nos interesa, en el fenómeno su D pasa a M, al menos subjetivamente desglosada en Mp + Ft; para ello ha pasado por dos secciones de la feria, el mercado de trabajo y el de medios de producción. Fenoménicamente la operación de compra venta de mercancías es incuestionable, lo ven de forma sensible las partes que participan en el intercambio, los curiosos que merodean y el Gran Hermano que desde su panóptico controla y vigila el cumplimento de la ley. Uno llevaba dinero y ahora no lo tiene; a cambio tiene mercancías que no tenía. Su D se ha travestido en M. Todo es correcto. Pero al menos subjetivamente, y para ser más preciso, D no se ha cambiado por cualquier mercancía, sino por mercancías concretas y bien determinadas, de esas que llamamos Mp y Ft, las que son admitidas en Fábrica, las que sirven para que el proceso productivo funcione.

Ahora bien, en el fenómeno, que es lo visible al común de los mortales, D pasa a Mp + Ft sin solución de continuidad, como suele decirse, sin malabarismos de trilero, sin trampa ni cartón, en una mano el dinero y en otra la mercancía. En el orden de los conceptos, D ha pasado sin solución de continuidad de dinero a capital mercancía y de ésta forma a capital productivo, Cp; ahora es propietario de unos medios de producción y de fuerza productiva, riqueza que producirá riquezas. Claro, en la consciencia subjetiva del propietario del dinero que se ve ya a sí mismo como capitalista todo ocurre de manera natural, trivial, en base a identificaciones ontológicas y saltos lógicos comunes, cuya relevancia desaparece en la medida en que el recorrido coincide con los momentos empíricamente constatables del fenómeno. El sujeto en cuestión identifica su ser poseedor de D con ser capitalista, y el D con el capital; y en cuanto al intercambio que realiza, cambia su dinero, identificado con su capital, que para él es lo mismo, por los medios de producción, Mp + Ft, que identifica sin más con mercancías, como requiere la ley del mercado, sin pararse a pensar sus particularidades. Lo que ve, lo que siente, es que antes tenía dinero y ahora tiene medios de producción. Esa es su experiencia inamovible, usó su dinero para comprar fuerza de trabajo, materias primas, máquinas, instalaciones, etc..; cambió uno por lo otro, D por Mp + Ft. Expresado de otra forma, un poco más abstracta, diríamos que lo relevante para este aprendiz de capitalista es que antes tenía su capital en dinero Cd y ahora tiene su capital en medios de producción Cp; o sea, que el intercambio se describe así: Cd – Cp. Lo demás son sutilezas que no afectan a la realidad económica.

Nótese que la simplificación fenomenológica afecta a dos momentos o figuras del orden lógico que rige el circuito del capital. En primer lugar, lo difícil es detectar que el dinero haya de pasar por esa forma fantasma que llamamos capital-dinero o dinero-capital, Cd.; no se trata de identificar ambos conceptos, de indiferenciar ambos momentos, sino todo lo contrario, distinguirlos y separarlos en el análisis, ponerlos a la luz. Hay que visibilizar en el concepto lo que en el fenómeno se identifica u oscurece.

Al respecto, me parece especialmente relevante la necesidad de visibilizar el paso del capital por las formas {Cd} y {M}. Aunque fenoménicamente la fase pueda describirse como D – [Mp + Ft], el orden lógico requiere dar relevancia a los fantasmas que representamos bajo llave: D - {Cd} - {M} – {Cp} - [Mp + Ft]. Tanto Cd como Cp pertenecen al concepto, no aparecen en la escena, el capitalista solo percibe empíricamente que antes llevaba D en el bolsillo y ahora tiene mercancías particulares, Mp + Ft; antes poseía dinero y ahora posee medios de producción. Eso es lo que percibe, pero aunque no se sitúe en el orden conceptual, intuitivamente hace algunas identificaciones intuitivas, como la ya citada del dinero que llevaba con dinero-capital, o la de los medios de producción que ha comprado con su capital productivo. ¿Son meras intuiciones o lo sabe realmente? ¿Se trata acaso del instinto de ver en todo su capital?

Lo cierto es que no, que no lo sabe; puede creerlo o desearlo, pero no saberlo, pues en rigor no se puede saber. Tampoco el analista marxiano puede saberlo, aunque le sea dado saber por qué no se puede saber, que ya es algo, y en qué condiciones podemos llegar a saberlo, que es mucho más. En el orden del concepto, para saber de forma indudable que D era Cd, que el dinero era capital dinero, se requiere previamente saber, como conditio sine qua non, que las mercancías que nuestro aprendiz de capitalista pasa a poseer en el momento de hacer su inversión, Mp y Ft, las que ha comprado con su dinero, son realmente capital-mercancía-productiva, Cp. Entonces, y sólo entonces, y gracias a ese supuesto, llega a conocer que su dinero era capital-dinero. Por tanto, lo sabrá “a posteriori”, se lo dictará el futuro, gracias a la revelación de los fenómenos, pues D no llevaba escrito en su concepto, no pertenecía a su naturaleza, la determinación de ser-capital. En consecuencia, si Mp y Ft son realmente capital-mercancía, y tras pasar la aduana devienen Cp, entonces y sólo entinces, gracias a esa determinación del cambio de nacionalidad, el D logra ser Cd. Fijaos bien, el dinero, que sólo puede ser aspirante a capital-dinero mientras esté en la esfera de la circulación, es instituido como capital, recibe este estatus, cuando las metamorfosis le lleven a la forma Cd, hecho que tiene lugar en la esfera de la producción, al otro lado de la frontera. No es que reciba el ser en diferido; o que no sea y llegue a ser. No, es más compleja esta ontología marxiana, que nos exige pensar otra frelación entre el fenómeno y el concepto. El ser de D en la circulación parece hipotecado al mañana, pendiente de una determinación exterior y futura; su ser pasado vendría avalado desde el futuro, lo cual parece extraño. Lo que quiero decir, a ver si logro la precisión suficiente, es que su ser óntico, sea cual fuere, nos es indiferente, pues nunca está a nuestro alcance; lo que nos importa es su ser ontológico, y éste lo establece el concepto desarrollado. Sólo en la medida en que deviene Cd puede D ser pensado como lo que era

Permitidme una vez más, sintiendo a Descartes a mis espaldas sonriendo de mi ingenuidad, argumentar la idea con un ejemplo que al menos nos acerque a la comprensión del problema. Cuando el paleontólogo nos rebela la enfermedad que acabó con la vida de hombres primitivos, lo hace desde la ciencia de hoy, con la ontología que la sostiene; muriera de lo que muriera el individuo cuyos restos nos han llegado, sólo hoy se puede decir la causa de su muerte, sólo hoy se puede fijar el concepto. Y tal vez mañana podamos y debamos cambiarlo, como sin duda nosotros hemos cambiado aquel que se hicieron sus congéneres. Como el caso del gato de Schrödinger, símil ya usado, hasta que no abramos la caja no estará muerto, aunque lo estuviera.

Por tanto, sólo en el futuro se nos revelará el ser de ese dinero, sólo entonces conoceremos lo que ahora es, lo conoceremos como lo que era; sólo al atardecer nos revela D su naturaleza oculta de capital; y sólo entonces conoceremos si su poseedor era (a día de hoy) capitalista comme il faut o simple y vulgar propietario de dinero, de riqueza, de valor de cambio.

Pero, fijaos bien en el problema. Incluso ahora, en ese ahora del futuro en que el dinero ha pasado afectivamente a ser mercancía productiva, Cp, y por cuya mediación nos revela su esencia de capital, sólo sabremos que D era Cd, capital-dinero, de forma condicional, gracias a un supuesto, pues Cd está afectado por la misma determinación ontológica que D, o sea, su modo de ser sólo se nos revelará en su futuro; su esencia de capital productivo sólo será efectiva si verdadera si llega a ser productivo, si D llega a . Y este supuesto viene de que en tiempo real no está claro que podamos tener la certeza de que Mp y Ft son una forma del capital. Lo creemos así, es verosímil, pero no lo sabemos; como decía Vico, en su rotunda y definitiva crítica al principio cartesiano del cogito, la conoscenza no es scienza; la certeza es siempre subjetiva. El capitalista también se lo cree, y tiene más motivos empíricos que nosotros para saberlo, pero en el fondo de su alma siempre alberga una duda, siempre anida la sospecha de una posible catástrofe, de alguna aciaga contingencia que impida que esas mercancías, llamadas o destinadas a ser y actuar como “medios de producción”, tampoco pasen de caimán. Si así fuera, y puesto que en la ontología marxiana no cabe regreso a la aristotélica del acto y la potencia, habríamos de reconocer que las mercancías que compró el capitalista nunca llegaron a ser lo que eran; por tanto, nunca fueron lo que pretendían ser.

Claro, de este modo se desencadena, como en la deconstrucción del cuento de la lechera, un proceso de aniquilación regresiva de la cadena del ser, al estar cada eslabón subordinado a la realización del siguiente, y no ya del anterior. Si los medios de producción nunca fueron capital, si se quedaron en el estatus de meras mercancías, el dinero con que se compraron nunca fue capital, sólo dinero empleado en mercancías. Y si estas mercancías resultaron inútiles, sin valor de uso, en rigor perdieron incluso el estatus de mercancía, no llegaron a ser un capital-mercancía. Es decir, como los medios de producción, Mp + Ft, sólo lo fueron en el imaginario del aprendiz de capitalista que los compró; como nunca devinieron tales, y se quedaron en mercancía general, M, en manos del nuevo poseedor; y como en sus manos carecían de valor de uso, lo cual les privaba de la determinación que las convertía en mercancías, perdiendo así su imaginario estatus de Cp, la cadena deconstructiva nos lleva a una inquietante indeterminación en espera del ser que nos llegará en el futuro.

Ya sé que esta representación no es fácil de digerir; pero creo que es la ontología que Marx está desarrollando, y que la desarrolla para poder fundar su crítica a la economía política y su comprensión del mundo y la vida del capital. Una nueva ontología, sin esencias, donde el ser siempre está en juego en el futuro y en lo otro, donde sólo desde el final -y éste no se alcanza nunca de forma absoluta- se puede comprender y hablar con sentido. Ya veremos sobre la marcha cómo estas cuestiones, lejos de ser extravagantes, están en la base del desconcierto estratégico e incluso ideológico de la izquierda marxista. Cuando tantos y tantos anticapitalistas repiten la caída en el rechazo del dinero como determinación esencial de la futura sociedad, rechazo radical, hasta el fetichismo, sólo ponen de relieve algo tan simple como la diferencia entere D y Cd.


4. Ironía ante la farsa.

Para cerrar esta entrega de prolegómenos a la lectura del Libro II me permitiréis un par de reflexiones finales, ambas de corte metodológico, aunque de muy diverso carácter. Precisamente las carencias filológicas y compositivas del texto nos permiten, e incluso nos exigen, una más intensa tarea de recreación, lo que me gusta llamar una lectura literaria, donde la imaginación ayude a comprender el orden de las razones y donde la metáfora permita ir recortando y fijando el concepto.


4.1. En la exposición de la lectura utilizaré, como hace el propio Marx, tanto el registro objetivista como el subjetivista, saltando de un al otro conforme lo exige la clarificación del texto, sin necesidad de previa advertencia, excepto cuanto haya riesgo de generar confusión. Es decir, en la representación que iré haciendo el circuito y su laberinto son recorridos tanto por el capital como por el capitalista, esa pareja cuya historia pretendemos describir, que en el análisis aparecerá con frecuencia escindida en dos realidades diferenciadas, pero siempre unidas en sus movimientos por el ritmo del baile; es decir, en el doble relato aparecerán como dos sujetos que cumplen su destino, que no puede ser otro que el de realizarse conforme a su concepto, que llegar cada uno a ser conforme a su eidos, en el sentido clásico griego (εἶδος) del término; o conforme a su concepto (Konzept), en el sentido hegeliano del mismo. Siempre en el análisis, cuando describamos al capitalista aparecerá el capital como un objeto de su propiedad, un instrumento que usa para mantenerse en el ser, una cosa inerte movida por la voluntad de su propietario; en cambio, cuando describamos en clave objetiva el movimiento del capital, veremos al capitalista unas veces como su porteador, que dice Marx, y otras como su subjetividad, a la que Marx alude cuando le considera “personificación” del capital, o representante del mismo. Es decir, en el análisis separamos lo que en la realidad es inseparable; porque lo substantivo es la relación que genera ambas posiciones, la determinación que establece la unidad compleja entre ambos términos.

Seguramente os daréis cuenta, y ya os lo advierto, de mi preferencia por el registro objetivo, o sea, por convertir el dinero en el corredor protagonista del circuito, rebajando al capitalista a su mecánico o su mayordomo. Seguramente se debe a mi tendencia a desviarme de la corriente dominante, actitud a mi entender genuinamente filosófica, resistiendo siempre la tentación de creer en las sombras de la caverna. Nuestra cultura hegemónica actual, terriblemente subjetivista, y en consecuencia moralista, prefiere que el mal sea de raíz humana, para poder juzgarlo, condenarlo y ejecutarlo; y eso se hace mejor si el personaje es el capitalista, a quien generosamente y por imperativo del lenguaje se le concede sensibilidad y consciencia, que si se trata del capital, que en nuestro esquema subjetivista sólo puede aparecer como objeto inerte, sin alma, sin voluntad y sin responsabilidad moral. Por mi parte, en mi tendencial huida del subjetivismo, me parece más apasionante y rica la historia del capital, que “ciegamente” cumple con el deber (la determinación) de su esencia, que le reclama su eidos, viviendo mil peripecias para conseguirlo, saltando mil obstáculos, vaciando de sentido su existencia, como veremos; en cuanto a la historia del capitalista, más que su pretensión de maître o patrón, dueño de su voluntad dueña del mundo, me seduce su me seduce su figura oculta de amo que sin saberlo baila al ritmo del siervo, que en su hybris, transmuta su libertad en voluntad de poder, de poseer, de capital, que en el límite le arrastra a ser sólo voluntad de voluntad, plusvalor que crea plusvalor, en un proceso que ha devenido su condena, como la de Sísifo.

De todos modos, mi preferencia no es aquí lo relevante, pues la realidad nos exige que ambas historias se narren juntas, como los dos rostros, objetivo y subjetivo, cuya presencia es impuesta por imperativo del lenguaje. Es más significativo y fecundo el hecho de que tengamos que narrarlas ambas como respectivas determinaciones ontológicas de su eidos, que empuja y atrae (causa eficiente y causa final, decían los clásicos ya casi olvidados), que domina desde la génesis o desde el destino, que le impone a cada uno ser lo que son, vivir como lo que son, en definitiva, perseverar en el ser.

En nuestro tiempo de narraciones subjetivistas desontologizadas, tal vez resulte sospechoso ese recurso al eidos o al concepto como causa del movimiento y del destino del capital y del capitalista. Nos gusta explicar el mundo en términos de causas próximas y el mundo humano poniendo como fuente la subjetividad; nos gusta creer que el capital es sólo riqueza o bienes que se emplean mal, que el modo de ser capitalista es una anomalía del modo de ser del hombre, una desviación de la voluntad moral, y que los perversos efectos del capitalismo se corregirían simplemente con la “voluntad política” de hacerlo… Hemos llegado a la total desdivinización del mundo coronando la gesta con la colocación del hombre en el hueco que dejaron los dioses; eso nos satisface, pues al menos en el imaginario hemos acabado con nuestros límites al acabar con los seres que nos limitaban, aunque eso nos ha llevado a la melancolía, a la añoranza del mal exterior y fuera de nosotros, pues ya no podemos evitar la sospecha de que la finitud la llevamos dentro, es nuestra obra. Y, como insinuaba Nietzsche, arrastramos la mala consciencia de habernos quedado a medio camino, de haber cerrado la puerta del único camino que nos quedaba por recorrer, el de hacer con los hombres divinizados lo que hemos hecho con los dioses. No nos esperábamos esa sorpresa; preferimos cerrar la puerta y ensimismarnos en el solipsismo.

Volviendo a lo nuestro, ¿tiene sentido recurrir al concepto para explicar el destino del capital? Sí, tiene sentido, con una condición: que actualicemos nuestra idea del “concepto”. Ayer era algo así como una forma transcendente, una esencia separada que exigía mimetizarla, perseguirla, realizarla. Una buena descripción de esa representación nos la ofrece Heidegger en su Carta sobre el humanismo, con su carga crítica al Sartre de El existencialismo es un humanismo; allí nos dice con lucidez que la filosofía del humanismo es la representación del hombre corriendo en persecución de su esencia. La mera localización de la esencia como algo exterior al hombre implica, entre otras cosas, que el hombre no había creado, ni siquiera elegido, esa esencia exterior a él, que se le imponía desde fuera, transcendente; y ello llevaba a reconocer que no había recuperado su libertad. Y, en consecuencia, a haber de admitir que el humanismo, cuya esencia era el concepto de hombre libre que se hace a sí mismo, era una farsa; incluso el nombre era mero simulacro.

Eso era ayer, pero hoy el concepto, la esencia o el eidos, no han de ser pensados somo formas transcendente; hoy el ser del capital, o mejor, el ser capital, lo que hace que la riqueza (materia prima, dinero, medios de trabajo, ciencia…) sea capital, puede y debe ser pensado como efecto del fenómeno, del conjunto prácticas, relaciones, valoraciones y deseos de una comunidad. Hoy podemos, y tal vez deberíamos, pensar el concepto como la representación histórica de la contingencia, como la suspensión instantánea del fluir de la vida. Hoy sabemos que las esencias son creaciones culturales e históricas, que los conceptos son construcciones científicas por acumulación de experiencias que valen lo que valen y sirven para lo que sirven, pero que valen y sirven incluso privados para siempre de universalidad y eternidad. Sí, son nuestras creaciones, y las objetivamos, situamos en el exterior y perseguimos como sus siervos, como aquella trágica aventura descrita por Rousseau del hombre que, en su búsqueda de su esencia de ciudadano, había de incorporar su voluntad a la voluntad general, queriendo así lo que se debe querer, que no es otra cosa que una construcción comunitaria de la esencia.

Hoy no es fácil situar la esencia a escala humana. En su día aprendimos que la verdad científica es sólo la creencia común de la comunidad de científicos; pues eso. Y en su día aprendimos que la legitimidad de la ley es la voluntad general, pues eso. Y henos aquí siguiendo los pasos que la verdad científica y la voluntad general nos marcan, no ya intentando ser como debemos ser, sino intentando ser como somos, buscando ser lo que somos, con esa peculiaridad que ya hemos señalado para el capital de que sólo si llegamos somos, sólo si llegamos mañana somos hoy. Si nos quedamos en el camino, no habremos pasado de ser aprendices de brujo.

El capital sigue su destino regulado por su concepto, pero éste no está escrito en la esfera celeste sino en el cuerpo y el alma de los hombres; es un producto humano, cuya realidad busca su concepto, y cuyo concepto recoge siempre las condiciones de vida, objetivas y subjetivas, de los hombres, su evolución es el resultado de esa historia de lucha por sobrevivir. El concepto es móvil; las categorías son históricas, decía Marx, y se van desarrollando. El capital sigue su concepto y éste no viene del exterior, sino que nace en su seno, es una forma de organizar la vida, una manera de luchar por sobrevivir. Tal vez inútil si se persigue la eternidad, pero útil como tratamiento de la enfermedad en una fase de su desarrollo.

Incluso no estaría mal pensar que, en el, fondo, el capital como concepto, como valor que se valoriza, es una regla o modelo de uso de la riqueza, entre otros posibles, entre otros deseables. Quiero decir que podemos pensar el movimiento capital en busca de su concepto si pensamos éste no como esencia exterior que lo subyuga, sino como algo inmanente, me atrevo a decir como positividad abstracta. Entiendo por tal algo así como la resultante universal de los fenómenos, que recoge a éstos haciéndolos desaparecer de la superficie. Dejadme poner un ejemplo, que como todo recurso empírico puede llevarnos a la confusión, pero que a veces abre vías de representación: cuando nos dan la renta per cápita de Suiza, en su concepto, incluso en su magnitud, están incluidos los pobres, que los hay, pero en la RPC no aparecen. Los conceptos contienen estos enigmas, tienen contenido real, recogen la vida, pero en su necesaria presentación abstracta ocultan los elementos materiales constituyente, como queda oculta la voluntad de los individuos en la formulación abstracta de la voluntad general en su expresión en la ley democrática.


4.2. En definitiva, para ir cerrando este prefacio que sólo persigue ponernos en situación para la lectura, articularé los dos registros, el del capital y el del capitalista, como si fueran dos realidades con su naturaleza, su lógica y su destino combinados, jugados en la misma partida. Cuidaré especialmente la Sección I, y siguiendo al capital en su ciclo, trataré de sobrepasar la abstracción analítica que lo individualiza y aísla para abrir las puertas a la comprensión del movimiento del capital orientado no tanto a la producción, que al fin es un instrumento, como a la reproducción, que entiendo como su fin absoluto. Para ello, habremos de romper el análisis sincrónico, esa figura antropológica del capital individual, autosuficiente, con origen y destino propios, que avanza a su ritmo por la vida llevando en cada momento a cuestas todo su equipaje, para abrirnos a una comprensión antológica distinta, donde la totalidad y el fraccionamiento -o sea, la diferencia en el exterior y en el interior- ejercen su efectiva determinación.

El capital, como anunciándonos su dimensión cuántica, avanza fragmentado, distribuido por el circuito, sin poder determinar el lugar de cada una de sus partes en cada uno de los momentos. Y si bien, una vez más, el análisis nos exige abstracción, nos exige pensar que todo él, monolíticamente, se mueve al unísono, sin escisiones ni repartos, sentado en el mismo asiento, pagaremos el irremediable precio al análisis, pero lo forzaremos a ir más lejos, a llegar hasta el final, hasta que la realidad se deje captar en una ontología sin esencias ni valores cerrados, hasta que sea capaz de captar la vida, aquí la vida misma del capital.

Partiremos de la abstracción, pero buscando siempre que llegue el momento de romper esa imagen fija y abstracta para acercarnos a la realidad, a su ocupación completa en todos los momentos de todos los lugares del circuito. La ocasión nos llegará cuando adoptemos el punto de vista de la reproducción, el más adecuado para pensar el capital; de momento hemos de respetar los límites, pasar por una etapa analítica previa, intentando comprender a fondo la producción. Y para ello hemos de asumir como universo un circuito finito y cerrado, con comienzo y fin, cuya expresión abstracta queda representada en la habitual formulación D – M – D´. Expresión que usaba Marx, y que me gusta traducir de vez en cuando a esta otra, Cd – Cm – Cd´, para recordar que se trata de tres figuras del capital, sucesivamente bajo sus formas de dinero adelantado, mercancía y dinero final, en que el resultado, meramente cuantitativo, es la variación entre la magnitud del dinero inicial y final. En cualquier caso, sólo son símbolos, lo que importa son los conceptos; por eso los usaremos indistintamente subordinando su uso a la inteligibilidad del texto.

Según esta tópica representación abstracta del ciclo del capital, como es visible, partimos del dinero, de la presencia del capitalista en el mercado, con su capital–dinero en el bolsillo, que busca cambiar por M, mercancías que actúan de medios de producción, que en esquema engloban a las materias primas y fuentes de energía, los medios de trabajo y a la fuerza de trabajo, y todo lo necesario para poner en marcha los procesos de trabajo. Por la conveniencia de distinguir las peculiaridades de la fuerza de trabajo, a efectos analíticos podemos establecer que D se cambia por los dos factores productivos universales: medios de producción y fuerza de trabajo, (Mp + Ft). Se trata de mercancía, pero de una mercancía muy especial, pues no está dirigida al consumo individual sino a la producción, al consumo productivo. Esos medios de producción se consumen en la producción del producto P, que el capitalista vuelve a poner en el mercado como mercancía, ahora M´ = M + m. O sea, pasando por la mediación de P, la mercancía M ha engordado unos kilos, m, y devenido M´, que con la carga a cuesta es reingresada en el mercado. Y aquí, de nuevo en la frontera, se da la tercera metamorfosis, cuandose transmuta en ; si se prefiere desglosarlo, cuando M + m pasa a D + d.

En el relato subjetivo, que expresa el punto de vista del capitalista, el capital ha vuelto a su forma original de dinero; para el capitalista todo comenzó con su dinero y ha de acabar recuperándolo aumentado, sin cuya condición no tiene sentido el proceso, sin cuya pretensión no lo habría iniciado. Por eso vive ese final o cierre del ciclo como fin de la aventura travestista del capital, con su regreso al origen, condición indispensable para reconocerse a sí mismo como capitalista, como dueño del capital, en tanto valor que ha ganado peso, ha aumentado en magnitud, como muestra d. Ya veremos que esta idea del ciclo cerrado y del regreso al origen es sólo una exigencia del relato subjetivista, un andamiaje que a medida que la obra crezca habremos de prescindir; pero de momento nos es útil, y refuerza mucho la subjetividad del capitalista, pues le ayuda a creer lo que es, a creer en sí mismo, por las esperanzas cumplidas. El capitalista necesita subjetivamente el ciclo para calcular, medir, constatar, conocerse y legitimarse, incluso para poder renovar sus credenciales. Si no hay final, hay que imaginarlo, crearlo figuradamente. Una representación de movimiento meramente le ocasiona el mismo vértigo que la pluralidad de los mundos causaba en la princesa ilustrada ante la obra de Fontenelle.

En el relato objetivista, en cambio, el ciclo pierde relevancia analítica, el origen se difumina, los momentos son todos iguales en eminencia ontológica e incluso el destino o fin del capital, su esencia, no es tanto la conquista de ese objetivo miserable que simboliza d cuando el más abstracto y universal de llevar la historia hacia adelante. Al fin, como decía Pascal, aunque en su caso lo lamentaba, por significar imperfección, a la naturaleza huma le seduce más la caza que la presa, Claro, Pascal era del mundo precapitalista y ya estaba inquieto por el ruido del capital en el alma humana al acercarse.

Lo importante de este recorrido del capital, ya lo sabemos, no es de donde parte y adonde llega, es lo que le ocurre; lo importante son sus metamorfosis, que rompen la naturaleza imaginariamente identitaria, las genealogías de las casas y familias, la continuidad transhistórica de los títulos, y advierte de la llegada de un mundo capaz de destruirse y regenerarse a ritmo vertiginoso. Alguien ha escrito que el capitalismo es la primera fase del nihilismo; no, es su esencia. Es tan emancipador que nos emancipa de nuestra identidad; vaya, que tira al niño con el agua de la bañera, como suele decirse.

Conviene, pues, mirar el fenómeno y la esencia, y no olvidar que ésta solo es asequible a través del disfraz fenoménico, se hace transparente por mediación de su máscara. O sea, no podemos despreciar el fenómeno, pero tampoco fiarnos de él. Por ejemplo, en la primera metamorfosis, el capital–dinero Cd, a diferencia del dinero D, simple medio de cambio, no se permuta en cualquier mercancía, como aparece, sino en mercancías medios de producción; no se dirige al consumo individual, sino al consumo “productivo”, pero se oculta la diferencia, como exige la igualdad de trato que reina en la patria de las mercancías. Se oculta nada menos que la diferencia entre el D y el Cd, entre la esencia o función mercantil y la capitalista, entre el paseante que busca valores de uso y el que busca valor. Ambos compran mercancías, si, pero son dos funciones distintas; bajo la materialidad de la mercancía se esconde la identidad. Ahí aparece la esencia de Herr Kapital, que opera desde el capital–dinero, y que sabe elegir sin error la mercancía en la que puede travestirse… pensando en su viaje nocturno a la fábrica: allí sólo entran los que acrediten ser medios de producción o sus poseedores. Herr Kapital lo tiene todo previsto, no olvida ni un instante las exigencias de su circuito. Como buen viajero, sabe la documentación que se le pedirá en cada frontera, en cada aduana, en cada cambio de escenario.

Para cerrar esta entrega, nuestra lectura no pretende ser la propia de un economista; entre otras cosas, porque creo que los economistas no resisten la lectura de los primeros capítulos de la Sección I, en los que con preferencia nos centraremos. Será una lectura literaria y filosófica, con el supuesto de que Marx busca en estos textos exponer el concepto del capital y, para ello, ha de generar todo un aparato ontológico que permita pensar los modos de ser y sus cambios carnavalescos. Una lectura llena de ironía, no ya por imitar a Marx, aino por soportar la farsa del capital. Creedme, el capital sólo vive en la farsa, se mueve como pez en el agua en el simulacro. Tanto es así, que considero que su mejor autodefensa cuando se siente debilitado es provocar la ira en sus enemigos, empujándolos a actuar de cazafantasmas. Sospecho que se divierte usándonos como ángel exterminador de las formas capitalistas de ayer, que le rejuvenecen y le permiten renovarse con otras que, por nacer en medio de la batalla, parecen conquistas de los rebeldes, aunque, en muchos casos, sean nuevas fortificaciones del capital, que como el amo que es siempre vive de las creaciones de sus siervos, incluso de sus siervos rebeldes. Dejemos, pues, la ira para su momento; como vengo insistiendo, el filósofo qua filósofo ayuda a negar la positividad comprendiéndola; más tarde, fuera de las aulas y las bibliotecas, son otras las armas que hablan.

Si no habéis renunciado por principio a aprender algo del enemigo, que alguna perfección tendrá, como diría Maquiavelo, por haber sobrevivido tanto tiempo, os aconsejo que valoréis si os puede servir la doble vida de Herr Kapital, sus perfectos trajes de camuflaje y su exquisita adaptación a cada lugar. Vosotros también deberíais asumir vuestras metamorfosis, y dar al César lo que se merece. Ahora, como lectores del Libro II de El Capital, con las credenciales de filósofo, es más indicada la comprensión del mundo que la de su transformación, la ironía crítica que la negación airada. Por eso he tratado de presentar la farsa del capital como una farsa carnavalesca, donde la realidad real son los disfraces del carnaval, únicos que permiten revelar lo disfrazado por la máscara funcional cotidiana. Qué le vamos a hacer, no podemos prescindir de la máscara, sólo cambiarnos la de faena por la festiva, ésta más colorida, sonora y transparente.


J.M.Bermudo (2014)


[1] Podéis verlo tanto en la edición de M. Sacristán como en la de P. Scaron, que a continuación citamos. Ambos siguen la edición de la Werke. Berlín, Dietz Verlag, 1963, vol. 24.

[2] M. Rubel, “Avertissement”, en Karl Marx, Œuvres. Economie, II. Paris, Gallimard, 1968, IX-XV.

[3] K. Marx, El Capital, Libro II, El proceso de circulación del capital. México, Siglo XXI Editores, 1976. Edición a cargo de P. Scaron. Citaremos sobre su vigésima reimpresión, de 2008.

[4] Marx-Engels, Obras (OME, 42), dirigida por M. Sacristán. Barcelona, Grijalbo, 1980.

[5] Ibid., 1.

[6] Ibid., 2

[7] Ibid., 2.

[8] Ibid., 3.

[9] Ibid., 3

[10] Ibid., 3

[11] Ibid., 3

[12] M. Rubel, ed. cit., X-XI.

[13] Ibid., XI.

[14] Ibid., XII.

[15] Ibid., XII.

[16]Ibid., XII.

[17] Ibid., XII.

[18] K. Marx, El Capital. Tomo II/Vol. I. El proceso de circulación del capuital, a cargo de P. Scaron. Madrid, Siglo XXI editores, 2008, VII.

[19] Ibid., VII.

[20] Ibid., VIII.

[21] Ibid., VIII.

[22] Ibid., IX.

[23] Ibid., XI

[24] Ibid., XI.

[25] Ibid., XV.

[26] Ibid., XVI

[27] M. Sacristán, op. cit., XIII.

[28] Ibid., XIII.

[29] M. Rubel, op. cit., 537.

[30] Ibid., CXXII

[31] Ibid., 501 ss

[32] M. Sacristán, op. cit., XIV

[33] Ibid., XIV-XV.

[34] Ibid., XV.

[35] Ibid., XV,

[36] Se cierra este Libro II con un “Apéndice” en que retoma el tema de los ciclos del capital, sobre el interés del cual en su momento hablaremos.

[37] Regla metodológica que he descrito y argumentado en trabajos como Los Manuscritos de Paris y Cuestiones de método, ambos asequibles en esta web.

[38] K. Marx, Œuvres. Économie II, ed. cit., 512.

[39] K. Marx, Oeuvres. Économie, II. Ed. cit., de M. Rubel, 548. El símbolo “Cg” designa la circulación general. I sea, que las tres fórmulas desarrolladas serían: I. D – M … P … M´ - D´; II. P … M´- D´- M … P; III. M´- D´- M … P … M´.

[40] Aquí hay una diferencia a resaltar entre los manuscritos M-IV y M-VI, que sirven de base respectivamente a las ediciones de Engels y de Rubel. Ambas mencionan como título general de la Sección I la circulación o el movimiento circular del capital. Pero la de M. Rubel queda mejor estructurada, ya que el M-IV que usa reparte el texto de los ciclos en dos capítulos: I. Las metamorfosis del capital: capital-dinero, capital-producto y capital-mercancía; y II. Las tres formas del proceso de circulación. En el primero se analiza el ciclo general del capital y sus tres fases, y en el segundo los tres ciclos o subciclos de las tres formas o metamorfosis del capital. Por su parte la edición de Engels, más extensa, basada en el M-VI, distribuye el análisis de los ciclos en cuatro capítulos: I. El ciclo del capital-dinero; II. El ciclo del capital -producto; III. El ciclo del capital-mercancía; y IV. Las tres figuras del proceso cíclico. Con lo cual, y dado que el primero se dedica en gran medida a las tres fases del ciclo del capital, y en el cuarto se vuelve sobre las tres formas, la sensación de desorden y repetición es mayor. No obstante, se trata de un texto cronológicamente posterior y bastante más desarrollado, lo cual vale la penar tener en cuenta.

[41] Representaremos por D el dinero inicial, por M las mercancías, por Mp las mercancías-medios-de-producción, por P el producto, por Ft la mercancía fuerza de trabajo, por las mercancías producidas, por m la plusproducción del plustrabajo y por d el plusvalor; cuando su función sea de capital, lo indicaremos, aunque a veces, cuando el contexto lo exige para facilitar la lectura, hemos usado también Cd para simbolizar el capital-dinero; y Cp para simbolizar el capital productivo o dinero invertido en medios de producción y en salarios. Por último, hemos simbolizado dentro del capital productivo Cp, los símbolos Cc y Cv para representar el capital constante y el capital variable que lo constituyen.