LA "FORTUNA" DE VICO EN ESPAÑA

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Aunque nos inclinamos a aceptar la tesis del aislamiento de Vico en su época, nos vemos obligados a reconocer que en las últimas décadas se han dado pasos importantes en la relativización de dicho aislamiento, resaltando la incidencia del napolitano en la cultura filosófica de su momento histórico. Hasta hoy, no obstante, es razonable seguir creyendo que la presencia de Vico en "la Europa de Luis XIV" no se corresponde con la profundidad y riqueza del pensamiento del napolitano. En particular, su incidencia en el pensamiento español fue extraordinariamente débil. Y aunque presentes y futuras investigaciones puedan ir sacando a la luz huellas viquianas [1], sospechamos que permanecerá la creencia en que Vico estuvo sorprendentemente ausente en el pensamiento español del siglo XVIII. Más aún, estamos persuadidos que asumir la facticidad de esta sorprendente ausencia y buscar su interpretación teórica e histórica puede originar la apertura de una fecunda reflexión a la vez sobre Vico y sobre nuestra propia historia.

Consideramos sorprendente la ignorancia de Vico en la España del XVIII por dos razones fundamentales. La primera es una razón general, aplicable a su escasa presencia en otros países de Europa, a saber, que Vico era un pensador actual. Decimos esto recordando a nuestro Ortega, quien afirmara la inactualidad del napolitano, que habría nacido con un siglo de anticipación. Ortega decía que "de un glope se anticipó a todos sus sucesores en el siglo XVIII" [2]. El juicio es preciso si con ello se quiere señalar que las ideas de Vico tardaron un siglo en ser fecundas, en ser asimiladas. Ya Benedetto Croce había destacado el escaso interés que despertó la Scienza Nuova [3] en las décadas siguientes a su publicación. Ahora bien, visto desde una perspectiva más viquiana, es decir, que tenga en cuenta la filología, pero también la filosofía, Vico fue un pensador profundamente actual. Tuvo la actualidad de los hombres lúcidos: supo captar y decir el signo de su tiempo, supo interpretar, descifrar el jeroglífico de su época; en definitiva, comprendió que el nuevo orden de los estudios que penetraba en los ambientes intelectuales, que se abría paso incluso en las más católicas y tridentinas de las Universidades, implicaba el fin de la cultura clásica greco-latina; comprendió que la "filosofía de los modernos", al decretar la supremacía metodológica, epistemológica, pragmática e incluso moral de las Ciencias de la Naturaleza, se abría paso arrinconando, envileciendo y liquidando aquellas disciplinas y saberes constituyentes de la cultura humanista. En el nuevo orden conceptual la retórica, la jurisprudencia, la historia, la moral..., en suma, los saberes sobre las cosas humanas, sobre las cosas creadas por los hombres, o se "naturalizaban", asumiendo las claves metafísicas y hermenéuticas de la filosofía mecanicista del universo, o quedaban condenados a la marginalidad.

Vico no anticipó modelos ideales de vida, no previó métodos y valores futuros. Vico simplemente descifró su época, pensó su presente, como exigiera Hegel de la filosofía. Si se nos permite la impostura: el napolitano no tuvo culpa alguna de que el siglo XIX llegara tarde. Vico no se anticipó a nada; simplemente, tuvo la envidiable inteligencia de saber leer en el origen; no se anticipó a la historia, sino que la interpretó en sus comienzos. Por eso Vico era actual en el XIX; por eso Vico sigue siendo nuestro contemporáneo.

Vico creyó ver que la nueva civilización se levantaba sobre la ruina de la cultura latina, para él representada en la humanitas. Y alzó su voz no contra la hegemonía de la naturaleza, no contra la racionalidad técnica, no contra Descartes; sino contra su hybris. No se rebeló en nombre del pasado, sino en nombre del presente. No se enfrentó a la "nueva ciencia", sino a su ingenua y cruel metafísica. Y al reivindicar la posibilidad y la conveniencia de una pluralidad metodológica -que la historiografía germana recogerá bajo la fórmula alternativa: "ciencias de la Naturaleza" versus "ciencias del Espíritu"-, reivindicaba también la posibilidad y conveniencia de la coexistencia de las "dos culturas", la científico-técnica y la humanista; como reivindicaba el derecho -y aún la necesidad- de que cada pueblo, cada nación, recorriera la "historia ideal eterna", trazada por la Providencia como corso uniforme y obligado, con la misma dignidad; pues, como decía el napolitano, todas tenían su Júpiter y su Hércules, todas eran capaces por sí mismas de pasar del lenguaje de las cosas al lenguaje de los signos, de la ley como autoridad a la ley como razón, del erramento ferino propio de la barbarie primitiva a la familias pías y a las repúblicas, del salvajismo de los gigantes a la humanidad de los hombres.

Vico fue, pues, rabiosamente actual, y sigue siéndolo en la medida en que en nuestros órdenes sociales siguen estando en riesgo los valores que los hombres, que las naciones, han creado a lo largo de la historia y que constituyen el signo de su devenir humanos. Creemos que Vico en nuestros días volvería a escribir el De nostri temporis studiorum ratione. Por ello la pregunta que nos parece fecunda, que abre una reflexión atractiva, es: ¿"por qué Vico, filósofo exquisitamente actual, fue tan ignorado en España (y en Europa)?"

La segunda razón que nos empuja a considerar especialmente sorprendente la ausencia del Vico en nuestro país es absolutamente particular. España mantenía con Italia, y especialmente con Nápoles, unas relaciones políticas, comerciales y culturales tan estrechas e intensas que, vistas en la perspectiva de una larga historia compartida nos permiten hablar de una civilización común. La herencia latina, el derecho romano, la religión católica... daban profundidad, identidad, a la similitud de la coyuntura política. De una "filósofía de las cosas civiles" actual, es decir, que expresara la coyuntura histórica, cabría esperar razonablemente su equivalencia en Italia y España.

Es sorprendente que la voz del napolitano se escuchara poco en Italia y nada en España, cuando su mensaje estaba dirigido a salvar lo salvable de su cultura común y a consolar de la pérdida de lo inevitable. En definitiva, ambas eran las perdedoras del momento: el centro de la cultura -y del comercio, y del poder manufacturero, y del poder militar...- se desplazaba del Mediterráneo hacia el Norte. España, en particular, se refugiaba en la tradición, en la ortodoxia tredentina, se protegía con la inquisición y se entregaba a la penitencia en los colores negros de los vestidos de sus reyes, los hábitos de su clero y los lienzos de sus pintores barrocos.

El Nápoles viquiano vivía una situación política, económica y religiosa muy similar a la de las grandes ciudades españolas de la época. Nápoles, como Barcelona, asistían con nostalgia al espectáculo de la historia: los vientos soplaban hacia el norte, el comercio se desplazaba del Mediterráneo al Canal de la Mancha, la cultura huía del latín hacia el francés, el pensamiento de las humanidades cedía el puesto de honor a la filosofía de la naturaleza. Mientras Francia y Holanda expresaban a través de sus libertinos una alegría de vivir que explotaría en la Ilustración, Italia y España, selladas por la Contrarreforma, disfrazaban su sensualidad en el barroco.

¿Cómo se explica, pues, que España ignorara a Vico? Porque los hechos son tozudos, e incluso crueles, a la hora de mostrar su indiferencia. Recordemos que el más viquiano de nuestros intelectuales dieciochescos fue Ignacio de Luzán (1702-1754), considerado por Croce y Nicolini el difusor de las ideas viquianas en españa [4], y que residía en Nápoles cuando se publicó la Scienza Nuova. A Luzán diversos autores lo relacionan con los círculos viquianos, llegando Marcelino Menéndez Pelayo a considerarlo discípulo de Vico en la Universidad de Nápoles [5]. Pues bien, la Poética (1737) de Luzán, y en ello no hay discrepancias entre los estudiosos [6], es absolutamente ajena a la ideas viquianas. Las "ingeniosas ideas y especulaciones del doctísimo Vico", o las conocía muy poco, o resultaban más bien estériles [7].

La verdad es que hasta el XIX Vico fue muy poco conocido en España; las escasas referencias se centran en la poética, con la paradoja de que esta fértil linea de reflexión viquiana no es asumida por los presuntos difusores de su pensamiento. En el siglo XIX, en cambio, se introdujo a Vico por su "filosofía de la historia". Y sospechamos que el napolitano no tuvo buena suerte, pues fue introducido en España de la mano de un pensador de corte muy tradicionalista. Nos referimos a Juan Donoso Cortés (1809-1853), cuya Filosofía de la historia: J.B. Vico (1838) constituye el texto más amplio y sistemático de la difusión de Vico en nuestro país. Se trata de once artículos publicados en el Diario de la tarde, de Buenos Aires, entre enero y febrero de 1838; y en septiembre-octubre reimpresos en el Correo Nacional de Madrid [8]. Son, en cualquier caso, artículos de mera divulgación, que no muestran un conocimiento directo de Vico. Al contrario, todo induce a creer que conoció a Vico mediatizado por Michelet, el gran divulgador del pensamiento del napolitano en Francia. Incluso esta idea de Vico como autor de la "filosofía de la historia", expresión totalmente ajena al napolitano, parece heredada del autor francés.

Donoso Cortés usó a Vico para su militancia profética: no dudó en colocarlo como el continuador del Discours (1681) de Bossuet sobre la Historia Universal. Donoso Cortés fue un teólogo iluminado. Vico, desgraciadamente, no influyó nada en él. Al contrario, décadas después decaería absolutamente su interés por el napolitano. De forma paradójica Vico no influyó ni en la poética de Luzán ni en la política de Donoso Cortés, dos de sus más destacados divulgadores [9]. Y esto no parece ser anecdótico, pues Jaime Balmes (1810-1848), otro "introductor" de Vico en España, se relaciona con Vico sólo a través del De Antiquissima, y lo hace en forma crítica. Balmes, conservador y católico, en su Filosofía Fundamental (1847) dedicó dos capítulos al "Criterio de Vico". El tomismo de Balmes casaba mal con el “vicismo”: una vez más nuestro autor no tuvo suerte [10].

Hemos calificado de "mala suerte" el hecho de que Vico fuera introducido en España por pensadores conservadores. No se trata, en absoluto, de una valoración ideológica, sino de una tesis hermenéutica. Creemos, en primer lugar, que el pensamiento viquiano no puede ser asimilado sino en claves progresistas. Donoso Cortés nunca fue "viquiano", sino que usó y abusó de Vico desvirtuando el papel del Providencia en la historia. Y, como ha señalado J. Villalobos, pronto daría la espalda al napolitano. No podía ser de otra manera.

En segundo lugar, esa "mala suerte" se aprecia en el caso de Ortega. Como dice J.A. Marín Casanova en el trabajo antes citado, Ortega habla de Vico poco y mal; más aún, considera que "la recepción orteguiana de Vico fue injusta". Apreciación que nos parece absolutamente correcta, y que despierta nuestra sospecha. ¿Por qué rechaza a Vico de forma tan despectiva? Pensamos que, en buena medida, se debió a la confluencia de dos causas: por un lado, no lo conocía bien, y tal vez nunca lo leyera, al menos con detenimiento; por otro, lo recibió con prejuicio, tal vez condicionado por la apropiación conservadora. Ambas causas, al coincidir, se reforzaban mutuamente: la falta de un conocimiento riguroso propiciaba el prejuicio, y la presencia de éste alejaba la atención de Ortega de Vico.

Fue, sin duda, una "mala fortuna". Mientras fascistas como Ramiro Ledesma Ramos [11], aunque considera muy difícil su lectura, dirá que Vico representa el "primer gesto humano de enfrentarse con la Historia", Ortega critica en Vico el "caos latino" y la "oscuridad barroca": "Una figura muy representativa del intelecto mediterráneo es Juan Bautista Vico; no puede negársele genio ideológico, pero quien haya entrado en su obra, aprende de cerca lo que es un caos". Ortega, el más prestigioso filósofo español, instalado en una filosofía plenamente concordante con la de Vico, podría haber sido el lanzador en España del napolitano. En cambio, optó por Herder y Dilthey, pensamientos más elaborados pero menos profundos y fértiles. Estamos convencidos de que Ortega habría podido potenciar su inspiración en Vico.

España, por tanto, incomprensiblemente se ha resistido a Vico hasta los últimos años. Hoy las cosas han cambiado sensiblemente [12]. Por fin ha arraigado una línea de reflexión rigurosa y equilibrada. Junto a nuestra traducción de la Ciencia Nueva [13] debe contarse la Antología [14] de Rais Busom, que recoge textos diversos de Vico. Un breve repaso de la "Bibliografía viquiana en español" [15] permite constatar que la mayor parte de las traducciones al castellano de los estudios clásicos sobre Vico se han realizado en las dos últimas décadas. Por otro lado, la investigación seria sobre la obra del napolitano llevada a cabo por autores como J. Cruz Cruz [16], M. Negre Rigol [17], J.M. Sevilla Fernández [18]; las tesis de doctorado como las de A. Zacares Pamblanco [19] (Universidad de Valencia) o P. Oyaneder Jara (Universidad de Madrid), y la creciente producción de artículos sobre los diversos aspectos del pensamiento viquiano, es igualmente un producto de nuestros días. Y dentro de este despegue de los estudios viquianos en España el lugar de honor simbólico le corresponde a la constitución del Centro de Investigaciones sobre Vico, que ya ha dado sus primeros frutos con la edición de los Cuadernos sobre Vico, una revista enteramente dedicada a promover los estudios viquianos y ser vehículo de relación entre los estudiosos. Esta dimensión institucional no es sólo una garantía de futuro, sino expresión de que ya en nuestro país Vico ha sido recuperado. En este caso cabe decir que el presente es netamente superior al pasado [20].

En nuestros días, por tanto, se ha hecho justicia a Vico y ha desaparecido la paradoja que ha guiado nuestra reflexión. Pero este proceso ha sido a su vez tan inusualmente rápido y fácil, que de nuevo resulta sorprendente. A ello ha contribuido, de forma expléndida, el Istituto Italiano per gli Studi Filosofici. Buena parte de los estudiosos de Vico en España han pasado por los seminarios y cursos organizados por el Istituto en Nápoles; en algunos casos esos encuentros han servido para poner en contacto a estudiosos que en España trabajaban dispersos, aislados e incluso sin conocerse entre sí. Entre los miembros del Consejo consultivo de Cuadernos sobre Vico se cuentan varios colaboradores del Istituto. La misma edición de la Ciencia Nueva que hemos realizado ha estado patrocinada por el Istituto. En suma, cuando se escriba la historia de los estudios viquianos en España deberá rendirse un fuerte tributo a esta institución, que ha convertido en principio de su estrategia cultural el objetivo habermasiano de conseguir situaciones ideales de diálogo.

De todas formas, no es esta la única causa de este notable renacimiento de Vico. Consideramos que hay otra determinación que también favorece el proceso. Es obvio que no vivimos nuestra recuperación del pensamiento viquiano como una "importación" (cosa que, por otra parte, sería en sí misma legítima y justificada por la genialidad del napolitano). Al contrario, nos enfrentamos al pensamiento viquiano en el contexto de pensar nuestro presente... de la única manera que es posible: comprendiendo los orígenes. Y ahí, en los orígenes de nuestra modernidad, la voz más lúcida era la de Vico. Y, por las razones ya dadas, Vico no nos parece un autor italiano: pues Italia es excesivamente heterogénea; pero tampoco meramente un pensador napolitano: su obra no es provinciana ni lugareña. Vico nos parece un pensador propiamente mediterráneo. Tal vez el último pensador latino, antes de la nacionalización de las culturas. Tal vez por eso el Vico de los napolitanos es también "nuestro Vico", porque en él encontramos las claves de nuestro peculiar acceso a la modernidad: un acceso perezoso, convulsivo, desgarrado e insuficiente.

Tal vez por eso, decimos, nos es fácil y rápida la asimilación de Vico: porque es el eslabón que nos faltó para comprendernos. Y tal vez esta sea la vía de explicación de las sorpresas antes manifestadas: España dio la espalda a Vico porque no quería reconocer su presente, porque quiso dar la espalda a la historia. Se resistió a asumir la historicidad y apostó pertinazmente por lo absoluto. Vico era la voz de la integración: la lógica, pero unida a la tópica; la filología, pero ligada a la filosofía; el verum, pero realizado en el certum; la razón jurídica, pero expresada en la autoridad; la modernidad, pero cohabitando con la tradición; Descartes, pero sin renunciar a Platón; la ciencia, pero con conciencia; la eficacia, pero sin someter la moral... En suma, Vico era la única opción para una cultura que había emprendido el inevitable tramo de la decadencia. Aceptarlo implicaba, sin duda, asumir la melancolía, ser cómplice del ritorno. Pero resistirse era retar a la providencia, condenarse al anacronismo, perderse en una existencia alienada.

España dio la espalda a Vico al precio de quedarse sin filosofía orgánica. Su acceso a los modernos fue lento, irregular, turbulento. La modernidad se vivió como invasión, la ilustración como sospechosa y extranjera. Sabemos que la causa de esto no es la ausencia de Vico; al contrario, esta ausencia es efecto de nuestra historia. Por eso, para comprender nuestra historia, no es suficiente estudiar su militancia antiilustrada, sino su indiferencia antiviquiana. Es la perspectiva que nos parece fecunda.


J.M.Bermudo (1992)


[1] Ver el esforzado trabajo de J.M. Sevilla, "La presencia de Giambattista Vico en la cultura española", en Cuadernos sobre Vico, 1 (1991): 11-42 y 97-134.

[2] Ver J.A. Marín Casanova, "La recepción de Vico en Ortega", en Cuadernos sobre Vico, 1 (1991), 81-97.

[3] La filosofía di G.B. Vico. Bari, Laterza, 1980 (4ª edic.).

[4] B. Croce y F. Nicolini, Bibliografía Vichiana. Napoles, 1947-1948. Vol. I, 236.

[5] José M. Sevilla, "La presencia de Giambattista Vico en la cultura española", en Cuadernos sobre Vico, I, (1991). Lleva a cabo una esclarecedora recolección y valoración de estos documentos.

[6] Ver G. Makoviecka, Luzán y su poética. Barcelona, Planeta, 1973.

[7] Tampoco Esteban de Arteaga (1747-1799), en La Belleza Ideal (1789), parece tener en nada en cuenta las ideas viquianas, aunque en alguna carta da a entender que conoce algo de Vico.

[8] Los artículos han sido editados en Política y Filosofía de la historia. Madrid, Doncel, 1976.

[9] Sobre la relación de Donoso Cortés con Vico ver José Villalobos, "El hacha niveladora", en Cuadernos sobre Vico, 1 (1991), 55-69.

[10] Por su parte Marcelino Menéndez Pelayo da a Vico un tratamiento superficial y rápido en su Historia de las ideas estéticas de España (1883-1891).

[11] En Gaceta Literaria (1-X-90). Ref. J.M. Sevilla, op. cit.

[12] Esperamos que la última parte del trabajo de J.M. Sevilla antes citado, dedicado a los años ochenta, documentará exhaustivamente lo que a nivel intuitivo ya parece obvio: el salto cualitativo de los estudios viquianos en España.

[13] Barcelona, Orbis, 1985. 2 vols.

[14] Barcelona, Península, 1987.

[15] Recopilada por J.M. Sevilla, en Cuadernos sobre Vico, 1 (1981): 179-196.

[16] Hombre e Historia en Vico. Pamplona, Eunsa, 1982.

[17] Poiesis y Verdad en G. Vico. Sevilla, SPUS, 1986.

[18] Vico: Metafísica de la mente e historicismo. Sevilla, SPUS, 1988.

[19] La poética de G.B. Vico: historia y actualidad. Valencia, Universitat de València, Servei de Publicacions, 1988 (Tesis doctoral microfichada).

[20] Debemos hacer una precisión, para evitar anacronismos. A lo largo de la reflexión nos referimos a España, no a los países de habla hispana. Porque es bien cierto que en Hispanoamérica la tradición viquiana ha sido siempre más viva, tema que merece una valoración particularizada.