ESTADO DE BIENESTAR Y VIA AL SOCIALISMO.
I. EL FENÓMENO

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LA FILOSOFÍA Y SU HISTORIA


FILOSOFÍA MODERNA


FILOSOFÍA POLÍTICA


ÉTICA


LECTURAS DE FILÓSOFOS


MARX Y MARXISMO


LA VIA AL SOCIALISMO


INTERVENCIONES

El objetivo de fondo de esta reflexión sobre el concepto de estado de bienestar lo habría calificado en otro tiempo como intervención filosófica en la política; o lucha política en la filosofía; hoy ni siquiera en eso estaríamos de acuerdo, por lo que, siguiendo a Antonio Machado, renuncio a trazar mi frontera, y a cuidar de mi perfil; he aprendido a que “todo eso es cosa de fuera”, corresponde hacerlo a los otros. Por mi parte, me limito a enunciar mi intención de argumentar que el capitalismo, en su modo particular de la lucha universal por la sobrevivencia, por “perseverar en el ser”, va generando en su interior las condiciones objetivas (de la mano de la biopolítica) y las subjetivas (por acumulación de resistencias) para su propia superación. Ese es el punto de partida, el presupuesto de fondo, de esta reflexión, que aspira más a hacer pensar que a enunciar una creencia.


1. El estado de bienestar como último estado.

En consecuencia, no es una impostura intentar defender la tesis (por tanto, considerarla de entrada una hipótesis) que afirma el estado de bienestar como la última figura del estado capitalista; última forma política que anticipa una sociedad alternativa, que llamamos socialista. Anticipación “lógica”, no cronológica, pues el tiempo pertenece al fenómeno y éste se decide en la historia.

Un primer corolario de esta tesis es que la socialdemocracia (conforme al uso actual de este término) es el socialismo ciego (sin concepto), enredado en la inmediatez, que ha acabado confundiendo el futuro con el presente idealizado: o sea, que la socialdemocracia de facto identifica el socialismo con el ideal de estado de bienestar. La socialdemocracia histórica no supo ver que las conquistas sociales (económicas, políticas o ideológicas), en tanto subsumidas en la forma-capital, también sirven a éste y no pueden dejar de servirlo, de hacer posible su valorización; tampoco supo ver que las “resistencias”, y en particular las resistencias del trabajo al capital, son sólo eso, resistencias, mecanismos de protección y sobrevivencia de los trabajadores, dispositivos de atrincheramiento, de “apalancamiento”, que dicen los economistas; en fin, de manera general, la socialdemocracia histórica no supo ver que lo nuevo sólo aparece como nuevo y emancipado emergiendo de lo viejo, abandonando las trincheras, dejando en ellas la vieja camisa de fuerza y apareciendo en campo abierto sometido a un nuevo amo, subsumido bajo una nueva forma hegemónica global.

Un segundo corolario de la anterior tesis sobre el estado de bienestar como última figura del estado en el capitalismo es que las alternativas revolucionarias, en la medida en que exigen salir de las trincheras antes de ser hegemónicos en el campo abierto, antes de que lo nuevo haya emergido y sea dominante, se deslizan inevitablemente hacia el subjetivismo. Conscientes de la necesidad de determinar la objetividad, se contagian de la presunción subjetivista y la confunden con la creación de la objetividad. Ahora bien, dado que estas alternativas revolucionarias, incluso cargadas de subjetivismo, en sí son objetivas, son efectos de las contradicciones y luchas estructurales, no hay nada que juzgar. Son y serán efectos de la historia social. En cambio, considerando su para sí, su consciencia, se me aparecen como síntoma de derivas subjetivistas, siendo el subjetivismo la ideología intrínseca al capital. Por eso las alternativas revolucionaras a la socialdemocracia no asumen radicalmente que el futuro, sea el que sea, se juega en las estructuras; no hacen suya la idea de que lo nuevo no puede ser creatio ex nihilo tras una nihilatio redentora. Más aún, no toman consciencia de que a nadie, ni siquiera a los más abnegados y heroicos revolucionarios, les ha sido dado el poder de pensar el futuro; ese privilegio era cosa de los dioses de las religiones monoteístas de salvación, a quienes bastaba pensar el mundo para crearlo; y, todos lo sabemos, no está bien imitar a los dioses, cosa que sólo produce farsas.

Un tercer corolario es que hemos de asumir, como decía Marx en el “Prólogo” de 1859 a la Contribución la Crítica de la Economía Política, que la sociedad solo puede penetrar en su futuro unos pasos, que sólo puede conocer anticipadamente los problemas cuando ya están a punto de surgir y cuando ya cuenta con los instrumentos para abordarlos y resolverlos. Lo cual implica que las nuevas estructuras de la nueva sociedad están ya en ésta, subsumidas en ella, visibles en sus apariciones como resistencia pero camufladas en su inevitable subordinación al capital. La tarea de la filosofía que quiere pensar el presente, y sobre todo la que aspira a transformarlo, ha de fijar ahí su crítica e intentar desvelar esos dos pasos del futuro que la historia permite a la conciencia humana representarlos anticipadamente.

Ahora bien, ese objetivo filosófico político de fondo requiere, como instrumento, un previo objetivo teórico para elaborar el aparato conceptual necesario; es decir, el objetivo de fondo pasa por dar pasos en la elaboración del concepto de estado en el capitalismo contemporáneo, que implica sin duda la revisión del propio concepto del capitalismo actual. De ahí mi propósito inexcusable de defender la tesis de que el estado de bienestar es la forma política del capitalismo contemporáneo. Dicho así, como mero enunciado de su presencia, puede parecer trivial, pues hoy se reconoce el estado de bienestar como algo incuestionable, como un factum con el que, para bien o para mal, hay que cargar. Hoy pensar el estado implica pensarlo bajo su figura de estado de bienestar. Unos insisten en dar relevancia a sus carencias, mostrándolo empíricamente inacabado y conceptualmente incompleto; otros se centran en sus contradicciones y acumulan sospechas a su función resaltando los recortes, la negación de sí mismo, en los momentos de crisis; los más exigentes lo valoran muy lejos del ideal y los más tolerantes y comprensivos no dejan de destacar su irrenunciable condición de clase. Pero, no obstante y en general, todos tienden a considerar el estado de bienestar como un hecho incontestable, propio del capitalismo occidental en nuestra época.

Ahora bien, una cosa es reconocer la obviedad de su existencia en el capitalismo contemporáneo y otra conocer su necesidad, que pasa por pensarlo como la forma política que corresponde a este momento de su historia. O sea, una cosa es reconocerlo desde el fenómeno, y entretenerse en inventariar sus carencias e imperfecciones, y otra muy distinta conocerlo desde la esencia, y comprender incluso la necesidad de esas “imperfecciones” acumuladas; en definitiva, una cosa es estar en posesión de una descripción más o menos completa del mismo y otra estar en posesión de su concepto. Y esto, dar pasos en la elaboración del concepto, es lo que aquí nos proponemos.

En esta perspectiva lo más relevante es argumentar que este factum no es mera contingencia, una especie de “lujo imposible”, como señalan algunos, sino que es una necesidad, que es intrínseco al capitalismo en una fase de desarrollo del mismo. Por supuesto, no se trata de una determinación absoluta del universo, no estaba escrito en los “genes” del cosmos, o en la voluntad del creador, o del gestor del azar, que aparecería aquí y ahora; ni siquiera estaba determinado que debía aparecer en algún momento de la historia, que era un paso obligado de la humanidad. En estos universos de máxima abstracción el estado de bienestar -como cualquier forma de estado, como el capitalismo…- es obviamente contingente, es y pudo no ser. Pero, puesta en marcha la “creación” (lo que es un factum), aparecido en su historia el capitalismo (otro factum), el estado devino necesario en su origen, estaba incluido-exigido en su concepto. Y en su devenir, en su historia (que pudo ser de otra manera, pero que fue la que ha sido), el estado se fue re-creando de la mano del capital, fue sufriendo metamorfosis, y una de ellas, la forma-estado de bienestar, se corresponde con la del capitalismo contemporáneo, con este capitalismo global y de consumo.

Quiero recordar que el concepto de estado de bienestar está subsumido en el concepto del capitalismo de consumo contemporáneo, del mismo modo que el concepto de estado liberal lo estaba en el del capitalismo productivista del XIX. Y lo está como una de sus esferas, estructuras o instancias, del mismo rango ontológico que la producción, en el sentido de igualmente constitutivas y constituyentes del capitalismo, igualmente necesarias para su existencia. Y me atrevo a decir que, en la actualidad, bajo la forma estado de bienestar, el estado es la esfera donde mejor expresa su esencia el capital, donde mejor deja ver su ser actual, su ser-concreto. Y, por supuesto, donde mejor se deja pensar. Hoy no puede comprenderse el capitalismo sin partir del estado de bienestar; ni siquiera en el fenómeno, en su actual desarrollo exterior, el capital puede pensarse sin el estado de bienestar, como el de hace un siglo era impensable sin el estado exterior, gendarme, del ideario liberal.

Por decirlo metafóricamente, el estado es como el Mesías del capitalismo, el medio por el cual éste se nos revela; cada una de las formas históricas del estado es la expresión de un momento del capital; a través de esas figuras políticas el capital se nos ha ido revelando en su lucha por su reproducción. Y en esa historia el estado de bienestar juega un papel privilegiado, pues, al mismo tiempo que aparece como expresión del momento actual de la vida del capital, también parece anunciar que hacia él tendían todas las demás formas anteriores, que veían en él su último momento, como si anunciaran sus metamorfosis y, en conjunto, la muerte del estado.

No temáis, no me perderé en escatologías. He dicho que se trataba de una metáfora. Y hablo sólo de “apariencias”. Pero, ¿por qué no intentar pensarlo? Una fuga idealista no siempre es insana; y, en todo caso, es más soportable que una de las muchas utopías que combaten por su cuota de conciencia social. Al fin sólo estoy diciendo que este factum del estado de bienestar se inscribe en la lógica del capital, que la existencia de éste implica su paso por el estado de bienestar; y que este estado de bienestar puede pensarse como transición a algo, a una formación social que los clásicos solían dar el nombre de socialista (y ahora ya no sé si será el apropiado).

Por tanto, argumentaré estas tesis desde dos perspectivas –que a veces se excluyen en su pretensión de “relatos” hegemónicos, y que juntas y de la mano confluyen en la fijación de su concepto.

1ª. La tesis del deslizamiento de la función política de control y defensa, del estado hacia su configuración biopolítica. El estado gendarme, exterior, como forma de administración y de poder político específica, nació al socaire del capital, para su posibilidad, defensas y desarrollo; ha acompañado al capitalismo en todo su trayecto, metamorfoseándose para mejor cumplir su función esencial, hacer posible la valorización del capital. Y en nuestro tiempo esa función requiere otra forma de estado que llamamos de bienestar, un estado nodriza o paternal, providencial, que no sólo ni primordialmente tiene la función de defender al capital de sus enemigos, sino de cuidar la vida de todos, pues ya todos estamos asociados al capital y éste vive de nosotros.

2º. La tesis de la historia del estado de bienestar como la larga historia de la conquista de los derechos sociales. El estado de bienestar sería el resultado de las luchas de los trabajadores por conseguir mejores condiciones de trabajo y de vida. Los “derechos”, los naturales, los políticos, los sociales, los del cuerpo, los de las minorías… habrían sido arrancados al capitalismo en constantes y costosas luchas, contra los intereses del capital. Los derechos serian, pues, efectos de las resistencias a la subordinación, el rostro subjetivo de la subsunción, cuya acumulación negará su servicio al orden y la paz social capitalista y revelará su impotencia.

Son dos líneas hermenéuticas potentes, ambas con avales empíricos. La primera enfoca desde la posición del capital, posición objetivista; la segunda, desde la posición del trabajo, posición subjetivista. Yo pienso que cada una abstrae un aspecto del proceso, cuya necesidad lógica quisiera poner de relieve. Por un lado, pertenece a la esencia del capitalismo, a la forma capital, generar resistencias y luchas, generar voluntad de alternativas; por otro, pertenece igualmente a su esencia generar subordinación, articular la unidad y hacerla funcionar para su constante reproducción. Dos líneas distinguibles en el análisis, pero fuertemente entrecruzadas; basta pensar que una de las condiciones “externas” de las reproducción del capital, la paz social, se consigue con concesiones de derechos a las diferentes capas sociales; basta pensar que la reproducción de la fuerza de trabajo, en cantidad y calidad determinadas, supone asumir los costos de su producción inherentes, como las mejoras en las condiciones de vida; basta pensar, en fin, que el capital ha llegado a necesitar, para su reproducción, garantizar la demanda, mediante el mantenimiento de ciertos niveles de consumo, del mismo modo que ya necesita preocuparse de lo que antes no entraba en sus registros contables, como el cuidado de la naturaleza. Quiero decir, en definitiva, que pertenecen a la lógica de su desarrollo estos dos procesos que, juntos, configuran el estado de bienestar, sus tareas y sus formas. Habremos de abordarlas en trabajos sucesivos; de momento, para esta sesión, intentaré un acercamiento al tema desde un debate de superficie, el planteado en las últimas décadas por los teóricos de la economía. Aunque tendré que hacerlo desde cierta distancia, y en gran medida “en discurso de segunda mano”, no podemos obviarlo. Recordemos bien, aunque el discurso de los economistas suele mantenerse en el mundo fenoménico, y para la filosofía los fenómenos no agotan ni revelan de forma inmediata la esencia, como ya advirtiera Marx matizando a Hegel, las esencias aparecen siempre en los fenómenos, se dejan ver -o se ocultan- por mediación de ellos. Como ya sabemos, el valor de cambio tiene ontológicamente poco que ver con el valor; pero una mercancía que a la hora de la verdad no tenga valor de cambio nos revela no sólo que no tiene, ni por tanto tenía, valor alguno, sino que no es propiamente mercancía. Cosas raras en ese juego entre el ser y el aparecer, que obligan a los filósofos a vivir y pensar donde no quieren ni les gusta, en las ciencias.


2. Un debate confuso por falta de conceptos.

Para defender la tesis del estado de bienestar como la forma política propia del capitalismo contemporáneo (con el añadido de ser la última forma), me parece oportuno partir de un debate abierto sobre aspectos diversos del estado de bienestar, como su eficiencia, su bondad, su sostenibilidad o su futuro; por tanto, un debate de superficie. Y por tal no entiendo algo “superficial”, banal, intranscendente, sino, simplemente, que es un debate situado en lo fenoménico, una querella sobre manifestaciones empíricas del estado. Algunos dirán: “sí, pero son manifestaciones reales y concretas”. Yo también creo que sí, que son reales y concretas: “reales” como la fiebre o el oxígeno en sangre, pero que no pasan de ser efectos o síntomas de lo que ocurre en las profundidades, y que en tanto que síntomas no nos descifran el concepto, la esencia, la etiología de la enfermedad; y “concretas”, sin duda, como concreto-empírico, como las nociones y representaciones ideológicas, como las percepciones o intuiciones en la analítica kantiana, esperando que lo abstracto, el concepto, las saque de su “ceguera”. En cualquier caso, el hecho de partir del fenómeno ya expresa que le concedo su importancia; que entiendo que éste no es meramente imaginario, y arbitrario; aunque, como tota percepción fenoménica, me parezca fuertemente ilusoria y generadora de ilusiones.

El debate en cuestión ha entretenido a los economistas más teóricos, de diversas orientaciones metodológicas y políticas. Todos reconocen que el estado de bienestar se impuso como hegemónico en un momento histórico, tras la segunda Guerra Mundial. La acumulación de hechos, de descripciones, es contundente al respecto. Pero, claro está, en ausencia del concepto, los elementos fenoménicos no permiten muchos más acuerdos. Por ejemplo, no hay acuerdo sobre su origen, que algunos rastreando los síntomas encuentran en la política económica del canciller Otto von Bismark, que en 1883-4 introdujo los seguros de enfermedad y de accidentes laborales y poco después la legislación de invalidez y ancianidad [1], e incluso antes [2]. Tampoco hay acuerdo sobre su contenido material, pues hay quien lo reduce a mecanismos políticos de intervención, identificando el estado de bienestar con el estado keynesiano, mientras otros identifican el “bienestar” con los efectos redistributivos y asistenciales. C.G. Rafart se pregunta y se contesta a sí mismo de la siguiente manera: “¿Podemos identificar un único concepto acerca de lo que es el Estado de Bienestar? En principio una definición muy genérica, lo podría conceptualizar como aquel conjunto de políticas e instituciones estatales propias de las sociedades del capitalismo avanzado que se caracterizan por una abierta intervención en la regulación de la vida social, económica y cultural, procurando garantizar el desarrollo económico, la seguridad y la paz social” [3]. Pero enseguida, a pesar de esa noción light, reconoce que ni siquiera esa idea es compartidas, y cita a Asa Briggs, que se resiste a considerar el estado de bienestar un estado de “servicios sociales”: “...no es un Estado de servicios sociales, dirigido al uso de recursos comunes para abolir la miseria y asistir a los más desfavorecidos, sino una de las grandes uniformidades estructurales de la sociedad moderna, en la que el poder político se emplea para modificar con medios legislativos y administrativos el juego de las fuerzas del mercado en tres sentidos: 1) garantizar a los individuos y las familias una renta mínima independiente del valor de su trabajo en el mercado y de su patrimonio; 2) reducir la inseguridad social capacitando a todos los ciudadanos para hacer frente a difíciles coyunturas (enfermedad, vejez, paro, etc.) y 3) garantizar a todos, sin distinción de clase ni rentas, las mejores prestaciones posibles en relación a un propósito determinado de servicios”. Y podríamos citar otros [4].

Si ni siquiera se ponen de acuerdo en el nombre apropiado (Estado de Bienestar, Estado del Bienestar, Estado Benefactor, Estado Social, Estado Asistencial, Estado Asistencialista, Estado Providencia…), se comprende que tampoco lo hagan sobre la cuestión que aquí más nos interesa, sobre su presente y su futuro, sobre su existencia y sobre la necesidad y contingencia de la misma. Efectivamente, unos piensan que avanza lento y pobre, haciéndose esperar; otros que ya llegó y fracasó, que cual aguas de mayo está liquidado o en vías de extinción; y no falta quienes lo ven presente, robusto, resistente y con larga vida, pese a sus muchos enemigos. El debate es tan intenso que se fijan límites y fechas; por ejemplo, mientras para unos está en retroceso desde los setenta, con el fin del fordismo, para otros persiste in crescendo, abriéndose paso incluso por el territorio enemigo de la globalización.

La muerte del estado de bienestar está a la orden del día; y ahí coindicen epitafios distintos. La izquierda social proclama con lágrimas la muerte inminente del amigo a manos del neoliberalismo; los neoliberales reniegan de su persistencia cuando su hora final ya ha llegado, pregonado jubilosos su muerte con trompetas y tambores. Consideran los neoliberales que el estado de bienestar fue una aventura cara, que hay que finiquitar aboliendo el lastre que dejó su paso. Todos están de acuerdo en que el estado de bienestar, bueno o mal éticamente, ha sido nefasto como modelo de política económica, criterio de valor fuerte, pues usa nada menos que su eficiencia productiva; y así decretan que fue estéril cuando no dañino para el capital; cualquier ilusión que lo justificara, dicen, se ha desvanecido; hoy es transparente su fracaso, su devenir obsoleto. Sus teóricos argumentan que en los setenta el estado había comenzado el regreso a su lugar natural, aunque un poco maquillado, dando fin a su aventura asistencialista y bienestarista, liberándose de su servidumbre social y recuperando su figura ágil y desenfadada de árbitro y gendarme.

Pero del mismo epitafio de la muerte del estado de bienestar de los neoliberales salían dos gritos de guerra: el de los economistas, y sectores sociales, que a “el rey ha muerto” añadían “viva la Monarquía” (equivalente al clásico “The King is dead, longlivethe King), y el de los socialistas, quienes, desde la otra orilla del pensamiento económico y la conciencia social, a la muerte del rey llamaban a la resistencia. Y ese es el debate, en el que se mezclan si discernimiento la cuestión teórica de la interpretación del fenómeno, la contraposición metodológica en la selección de los hechos-argumentos, y la valoración moral, que introduce las problemáticas de si el estado de bienestar debe o no desaparecer; de si es justo o injusto, conveniente o inconveniente; en fin, de si lo suyo es una muerte natural o un vil asesinato. Y, subyaciendo a los tres frentes, el debate teórico económico, el metodológico-hermenéutico y el moral, en el fondo del fondo, el debate real agitándose en las profundidades del deseo y la necesidad, entre quienes aman y quienes odian al estado de bienestar.


3. Las trampas del doble rostro.

Entremos un poco en la querella del estado de bienestar. Comencemos por la confrontación ideológica en torno a su estatus ontológico, a saber, sobre si el mismo ha sido un “accidente” de la historia, algo circunstancial y efímero, y si está en retroceso o en vías de extinción [5]. Como ya he señalado, el final del estado de bienestar que se discute sería a manos del Neoliberalismo, su contendiente en este duelo, adalid del individualismo y del estado mínimo; así lo reconoce el pensamiento progresista, declarando su muerte un asesinato, y atribuyéndoselo al pensamiento neoliberal; éstos, por su parte, aceptan con gusto la autoría, orgullosos de lo acaecido y ansiosos de sentirse protagonistas de la muerte del estado de bienestar, que consideran un acto de justicia y un triunfo mérito.

De momento, dejemos al lado el juicio ético, ya que en la primera tarea analítica solamente se trata de clarificar su existencia actual o su muerte, su presencia o su ausencia; ya pasaremos a las otras cuestiones. Como es obvio, para determinar si sigue presente o pasó su momento y murió, hay dos registros: el de los hechos y el de los conceptos. Como en el debate que comentamos se privilegian los hechos, la discusión se concreta en la acumulación y contraposición de imágenes, de fotografías (fotografías matemáticas, de números, de curvas, de gráficos y cuadros estadísticos). Y en esa confrontación, tanto valen las referidas a la presencia o a la ausencia del estado de bienestar, como las propias de la presencia o ausencia del estado neoliberal; pues, al fin, se trata de decidir cuantitativamente los territorios ocupados por el invasor (el estado de bienestar) que han sido reconquistados por su antiguo colono (el neoliberalismo); donde uno esté presente el otro sería ausente, y a la inversa. Lo cual es bastante superficial, sin duda. Se viene a pensar que la batalla se decidirá –así parece, así se pretende, como en tantas otras ocasiones- mostrando quien ocupa la calle (con sus imágenes, sus banderas, sus enseñas, sus estandartes o sus credenciales).

Y es en este método, que al margen de los resultados nos revela la naturaleza de la confrontación, donde el debate se prolonga, repite y retuerce incansable, mostrándonos sus confusiones y ambigüedades y desvelándonos así sus carencias epistemológicas (sus miserias); es aquí donde se manifiesta la sustitución espontánea de la voluntad de verdad por la voluntad de poder, donde la lucha por el conocimiento se hace transparente y nos muestra su subsunción en la lucha por imponer un modo de conocer aliado con una práctica social, ayudante de la dominación. Lo que importa es el dominio de una u otra representación, aliadas con la instauración de uno u otro modelo de estado, de bienestar o neoliberal.

No deja de ser relevante que en esta lucha por imponer una representación a las consciencias, lucha por la hegemonía ideológica en este campo específico de la ciencia económica, el neoliberalismo, como suele ocurrir en las contiendas retóricas, se ha apresurado a declararse a sí mismo vencedor y ha conseguido que se acepte en gran parte su verdad, su poder; cuenta al respecto con los suyos, con los que luchan por debilitar y aniquilar el estado de bienestar, pero también coyunturalmente cuenta con el apoyo sobrevenido de muchos de sus enemigos, de aquellos que siendo prima facie partidarios del estado de bienestar ven en la forma de existencia concreta de éste, en sus debilidades y carencias, un motivo de alarma; ve en sus grietas y arrugas la mano del enemigo, del neoliberalismo, que lo penetra y desarticula con sus recortes y retalladas; y así, de forma inconsciente, la izquierda se posiciona en la tesis de la muerte –presente o próxima- del estado de bienestar a manos del neoliberalismo; y lo hace reconociéndole a éste su victoria.

O sea, la irrupción triunfante del neoliberalismo, con su fanfarria al máximo volumen, por el flanco político, práctico, ha conseguido arrastrar la consciencia de amplios sectores sociales a la resistencia, a enfrentarse contra su venida, cual si fuera el anticristo; y esto es saludable. Pero, al mismo tiempo, por el flanco teórico, epistemológico, de comprensión de la realidad, ha obstaculizado o impedido constatar que, a pesar de su autobombo, la presencia real del neoliberalismo es bastante escasa y difusa, que suenan más sus trompetas que sus bayonetas, que sus tambores suenan a nostalgia. Así son a veces las cosas, la necesidad de la acción justa puede nublar la consciencia; en otros casos ocurre a la inversa. Y sería ingenuo decir que, al fin, lo importante es “salvar” el estado de bienestar, con o sin un concepto claro del mismo, de su poder y de su función. Digo “ingenuo”, pero en absoluto despreciable; la historia, como decía Kant, se abre paso como sea, cuando la razón, teórica o práctica, no está presente. Digo “ingenuo”, pues sin los conceptos medianamente clarificados las luchas, por heroicas que sean, son azarosas. Y el azar siempre favorece a los malos.

Estoy apuntando –aunque sin entrar en ello- a situaciones empíricas reales, que aparecen, que están presentes en nuestros días. La confrontación ideológica entre el modelo de estado neoliberal y el estado de bienestar es una confrontación entre dos formas del estado capitalista, no entre el capitalismo y su otro. Si esto no se tiene claro, los posicionamientos a favor del estado de bienestar son ciegos y subordinados. El debate entre estado de bienestar y estado neoliberal nos exige tomar posiciones, sin duda; nos arrastra a ello, nos obliga a distinguir y elegir entre dos formas política del capital, dos formas de ejercer su hegemonía. Hemos de elegir entre dos males, y es razonable elegir el menor mal. Pero si la diferencia cuantitativa nos invisibiliza su identidad cualitativa, si la representación se desplaza a una oposición del mal y el bien (desplazamiento preferido en toda confrontación), arrojamos el niño con el agua de la bañera, nos quedamos en el limbo de los justos, sin saber qué pintamos allí. Porque, en esa representación, la elección por el mal o el bien, por el estado neoliberal o el estado de bienestar, como cualquier otra similar, juega siempre a favor de aquello oculto que les une, la identidad invisibilizada, la defensa del capital. No puede ser de otra manera, dado que son dos figuras del estado capitalista. Y no es que sea irrelevante la diferencia; lo que defiendo es que hay que defender esa diferencia del estado de bienestar, pero sin silenciar su esencia. Si no se mantiene esta claridad conceptual, si la retórica de la confrontación ideológica nos arrastra a sacralizar su diferencia hasta idealizarla, habremos caído en el ser (en el modo de ser) de la socialdemocracia contemporánea, cuya posición en la defensa del estado de bienestar parece justa, y tal vez lo sea, pero su sacralización le ha llevado a olvidarse del socialismo; o, lo que es más difícil de digerir, a identificarlo con la culminación del estado de bienestar debidamente idealizado.

Deberíamos tener muy presente estas estrategias automatizadas en las luchas ideológicas. No puedo olvidar otra reciente, y que reaparece de vez en cuando, bastante equivalente. Me refiero al planteado en el seno de la conciencia capitalista dura, entre neocons y neoliberales, que en la aparición escénica se han repartido también los papeles de malos y buenos; hasta la izquierda crítica se ha visto llevada a tomar posición y elegir el menos malo. Aquí era más difícil diluir la identidad de esencia, manifiestamente capitalista; pero se conseguía desplazando la atención de la susbtancia al atributo, de la naturaleza a la condición. Así, la mirada a la esencia, en ambos casos capitalista, era sutilmente sustituida por la mirada a sus formas de existencia: en un caso ésta se identificaba con el recurso a la guerra, a la violencia imperialista, al armamentismo (neocon) y en el otro a la lealtad y confianza en el mercado, las finanzas, los intercambios desiguales, etc. (neoliberales). Diferencia importante, sin duda; y en determinados contextos geopolíticos sumamente determinante. Ante esa escena, el “pacifismo” de la gente honrada se ve arrastrado a conciliar con el neoliberalismo, y éste queda embellecido, adornado con valores occidentales de democracia, tolerancia, legalidad… De este modo, la ideología dominante, escindiéndose en dos rostros, consigue legitimarse; es difícil odiar a aquellos con los que, aunque sea ocasionalmente, vas de la mano, con quienes compartes discurso y trinchera. Claro que, si logramos mantener cierta distancia crítica y nos preguntamos por el sentido de esas guerras neoimperialistas, por la hegemonía geopolítica, que amaba el neocon, seguramente llegamos a la conclusión que sólo tienen sentido bajo el supuesto del ideal neoliberal; en plata, que con todas las contradicciones propias de la práctica política los neocons eran-son sólo el “brazo armado” de los neoliberales.

Siempre se trata de lo mismo: de introducir la debida iconografía que permita que una parte de los “malos” (¡quién sabe si los malos de verdad!) compartan alguna virtud con los “buenos”, para poder hacer un trayecto de la vida juntos. En ese juego ideológico -¡al que no podemos sustraernos!- se decide la reproducción del estado. Porque siempre esta perversa estrategia, que oscurece que los opuestos alternativos coinciden en lo esencial, en la reproducción del capital, hace que ganen los mismos. En concreto, la peculiaridad de estos debates (neocon/neoliberalismo; neoliberalismo/estado de bienestar) es que, siendo en ambos casos las alternativas dos maneras de defender el orden del capital, la forma de presentarse la contraposición oculta esa esencia común, y así nos revelamos contra el valido del Rey para entregarnos al Rey sin condiciones. Es una exigencia retórica muy arraigada en nuestra conciencia: necesitamos representarnos al demonio con cuernos, cola y garras, como si de por sí no fuera suficientemente feo. Así, el día que nos encontramos al natural y al maquillado, aquél nos parece soportable e incluso amable.

Creo que es conveniente advertir de estos efectos ilusorios de la lucha ideológica, que permite embellecer al “menos malo” y “blanquear” su política. Con frecuencia la izquierda crítica se ve arrastrada, por la inercia de la lucha ideológica, a esos posicionamientos. Es inevitable, no pasa nada; también Fausto pactó con el diablo. Lo importante es que mantengamos la consciencia de Fausto, que sabía que era un pacto, con fecha de caducidad; lo importante es saber que el diablo tendrá su momento, y que exigirá su precio. Lo preocupante es el olvido del pacto. ¿No es ese olvido lo que ha atrapado al socialismo en la red de la socialdemocracia? ¿No se trata de que el socialismo, que tenía y tiene mil razones para defender el estado de bienestar, para atrincherarse en él en espera de mejores tiempos, consciente de que pertenece al reino del capital, ha olvidado su pacto instrumental en su defensa? ¿No es por eso que se ha quedado como guardián único y titular del estado de bienestar, deviniendo sin apenas ser consciente de ello el gendarme apropiado para los malos tiempos del capitalismo? ¿No es por eso que ha acabado defendiéndolo incluso cuando los señores del capital olvidan su pacto de vasallaje con Herr Kapital, el señor de señores?

Esta posición de la socialdemocracia nada tiene que ver, por supuesto, con la posición socialista de la otra izquierda, el otro socialismo, que ante la amenaza desertizadora del neoliberalismo de nuestro tiempo se atrinchera en la defensa de las conquistas del estado de bienestar, sin olvidar que es sólo una trinchera, que no ha de acostumbrarse a vivir en ella, a hacer de ella su casa, y así olvidarse que ha de salir, que mientras tanto ha de prepararse para salir.


4. Anacronismo neoliberal.

El relato neoliberal del asalto al estado de bienestar suele presentarse así. Nacería tras la Segunda Guerra Mundial, y tendría de vida un cuarto de siglo, hasta la crisis de los años sesenta, la llamada “crisis del fordismo”, modelo del “círculo virtuoso” entre producción y consumo de masas. Comenzaría entonces la “globalización neoliberal” [6], tal que la crisis del estado de bienestar cabalgaría sobre el proceso de globalización. Se argumenta al respecto que la globalización, con la internalización de los mercados, tiene potentes efectos liberalizadores: emergencia de nuevas economías industriales, caída de barreras y protecciones al comercio, entrada en el mercado de los países exsocialistas, expansión del capital especulativo internacional con potencia para desestabilizar las monedas nacionales, crecimiento de compañías multinacionales e instituciones políticas trasnacionales, etc., etc. O sea, la globalización aparece en el relato neoliberal como un proceso de re-mercantilización radical, exhaustiva. Suelen distinguirse dos saltos del capital en su neo-mercantilización: uno hacia afuera, con su expansión universal, alcanzando a todos los rincones del mundo; y otro hacia adentro, inundando todos los rincones de la vida social, intensificando la incorporación al orden del capital de los espacios aun insuficientemente subsumidos, como guarderías, residencias de ancianos y servicios de atención a los dependientes, profesionalización de las tareas del hogar, sistemas de seguridad privada generalizados, adecuación de las prisiones a su función de control, extensión de las pensiones por mediación de planes privados...

Claro está, el discurso neoliberal canta las excelencias de esta re-mercantilización y llama a la apoteosis. Pero, respecto a lo que aquí nos interesa, lo curioso es que presenta estas transformaciones como un movimiento sin sujeto. Según su relato nadie lo ha causado, nadie lo controla ni lo dirige, es “transversal”, beneficia o perjudica a todos (burgueses y proletarios, hombres y mujeres, niños y viejos, ricos y pobres…). Y ante un proceso tan universal, tan objetivo y determinante, la conciencia se refugia en la impunidad: entregarse e incorporarse al mismo no es inmoral y oponerse sería inútil y erróneo, pues “la globalización es una realidad, no una elección”. Sorprende esta visión del proceso de globalización como “natural”; pero es comprensible e incluso parece razonable que así se piense si, como es el caso, por “natural” se alude a su naturaleza o esencia capitalista, pues el capitalismo es al menos la “segunda naturaleza”, que dirían los clásicos (si no la primera y única, que hoy parece más defendible).

Ahora bien, según este relato neoliberal la globalización declara solemnemente (unas veces como notario y otras como juez, o ambas a un tiempo) la “muerte del estado de bienestar”, del estado como actor económico [7]; e hilando fino la declaración incluiría la enfermedad terminal del estado. Y dado que hasta el presente los críticos del estado se situaban siempre a la otra orilla del capital, que ahora sea el discurso del capitalismo -o de una parte cuantitativa y sobre todo cualitativamente importante del mismo, por ser la más actual, la que va marcando la dirección del futuro inmediato- el que se apunta al fin del estado como forma política cara y obsoleta, no deja de ser sorprendente. Hoy, de forma discontinua y diacrónica, todos están contra el estado; cuando el enemigo se esconde o deviene abstracto, se le identifica con el estado, responsable subsidiario del mal en el mundo. Hoy el sentido común, el más barato y más extendido en el mundo, coincide en que el estado en general es un pato cojo, que ha devenido un obstáculo [8]. A la crítica de izquierda por su servicio a la clase dominante, se une la neoliberal, que lo ha declarado perro muerto. Los mercados globales, nos dicen, exigen desregulación, flexibilización, segmentación social, razonable desigualdad, ciertas dosis de inseguridad. Los estados, insisten, han de dar un paso atrás, regresar a la sombra, al silencio, y confiar en el poder creador de la mente y la bondad natural del corazón humanos. Piden el resarcimiento del inoportuno y malévolo triunfo de la política sobre la economía y llaman a la reconquista del dominio perdido; piden una segunda vuelta inexorablemente restauradora, donde esté garantizado el triunfo de la economía y la derrota de la política; donde mande quien está hecho para mandar (el mercado) y se subordine sumiso quien nación para servir (el estado). El nuevo tiempo ha llegado, es el de la globalización, que ha venido a realizar el viejo e inconfesable sueño liberal de un capitalismo sin estado.

Pero, frente a este relato, y frente a los “documentos” que aportan en su apoyo, los partidarios –políticos, economistas o epistemológicos- del estado de bienestar se preguntan si es realmente así, si es cierto que caminamos hacia la ausencia del estado, si la globalización nos arrastra en esa dirección. Vienen a decir que, bien mirado –lo que significa mirado de otra manera, la suya- esa misma re-mercantilización, sin duda evidente en el fenómeno, no es una derrota de la política sino el triunfo de una determinada política económica. La globalización no es el monzón, nos vienen a decir, no viaja en coordenadas cosmológicas; es un proceso social protagonizado de manera inmediata por las nuevas políticas económicas; tras la globalización, como tras el fordismo, se esconde siempre el estado, con sus políticas económicas apropiadas a la reproducción del capital, adecuadas al momento, respuestas al momento. Incluso tras la actual denuncia neoliberal del estado, siguen diciendo los defensores del estado de bienestar, en la que exigen su silencio definitivo, se esconde la reivindicación de una nueva política económica del estado [9]. Los neoliberales, señalan con acierto sus críticos defensores del estado de bienestar, por un lado usan una burda sinécdoque negando al estado de bienestar en su parte “izquierda”, y ocultando así su amor a la parte “derecha”; por otro, notifican su enfermedad o su extinción con tanta fuerza que se hacen acreedores de falacia performativa, pues no hay nada más sospechoso que matar al muerto. En conclusión, los actuales defensores del estado de bienestar, y no les falta razón, vienen a concluir que no es necesario matar tan duro al muerto, especialmente si ya está muerto.

Creen que la reacción liberal, que reconocen parcialmente exitosa, no alterará la consistencia creciente del estado de bienestar, forma política histórica, que no está al albur de las batallas políticas ocasionales. Aun reconociendo que, a partir del Congreso de Washington [10] se produjo un giro hacia el neoliberalismo, nos dice J. Rodríguez Guerra, a quien seguimos de cerca en esta descripción, este movimiento “ha tenido sin embargo un éxito práctico relativamente limitado en los países del capitalismo avanzado” (no así en los países periféricos). Entiende el profesor Rodríguez Guerra que la dura retórica del neoliberalismo, si bien ha calado en lo teórico e ideológico –unos para llamar al ataque y otros para llamar a la resistencia ante el monstruo-, ha tenido escasos efectos prácticos [11]. Ha sufrido erosiones, reorientaciones y redefiniciones: “Su andamiaje institucional se ha debilitado y fragmentado, ha perdido universalidad en alguno de sus programas, se ha asistencializado y lo que se conoce como protección social ha empeorado sus resultados en términos de pobreza, de seguridad ante el riesgo y la necesidad, de desigualdad y exclusión social, y se han debilitado también los derechos políticos para amplios sectores de la ciudadanía” [12]. Es decir, que si bien se ha conseguido erosionar algunas de sus políticas, no se han logrado cambios significativos en lo esencial, en el eje estratégico del neoliberalismo: el desmantelamiento, o al menos adelgazamiento, del estado de bienestar. Podríamos decir que se ha retrocedido en algunos lugares del frente, pero la “potencia de fuego” (¿se dice así?) no se ha visto afectada.

Y este hecho, que los partidarios del estado de bienestar documentan con profusión de números y gráficos, parece realmente sorprendente e inexplicable. Dado que se supone que el neoliberalismo representa el programa del gran capital, se pregunta J. Rodriguez Guerra: ¿cómo puede comprenderse su fracaso cuando en las últimas décadas “ha obtenido un extraordinario aumento de su poder”, cuando ha contado con “los apoyos académicos, políticos e ideológicos necesarios para ello”, cuando “la socialdemocracia desorientada había asumido buena parte de sus planteamientos”, cuando “las fuerzas sociales que podrían oponérsele, particularmente los sindicatos, han sido muy debilitadas y fragmentadas”?

Si entiendo bien estas argumentaciones, que me parece que sí, la cuestión básica que plantea con lucidez el profesor Rodríguez Guerra es la siguiente: supuesto que el estado neoliberal expresara el concepto de estado adecuado a nuestro tiempo, como pretenden los neoliberales, no se comprende la resistencia del estado de bienestar a sus embates; si zarandeado éste por la crisis y combatido por el “gran capital” (que en épocas de crisis clama zafarrancho de combate y se rebela contra Herr Kapital) sigue aguantando, parece razonable pensar que es el estado de bienestar el adecuado al momento histórico, mientras que el estado neoliberal es un anacronismo. El estado liberal fue siempre utópico (o, mejor, fue realista al saber disfrazarse de universalidad para ser aceptado por todos y así sobrevivir); en su espejo encantado que le permitía aparecer con su traje ideal de domingo, fue siempre utópico pero no anacrónico; en cambio, en su actual representación neoliberal, se muestra a la vez utópico y anacrónico, en el sentido literal de estos términos.

Ahora bien, si es cierto que el estado de bienestar aparece enfrentado al “gran capital”, ¿nos obligaría ello a pensar que, en coherencia, estamos obligados a plantearnos si el capitalismo ya no se expresa bien en ese “gran capital”, que a pesar de la magnitud siempre tuvo nombre y apellidos, nacionalidad, adscripción ideológica y, en su género, “conciencia de clase”, sino que se expresa mejor en un capital más indefinido, más nómada y apátrida, más éticamente indiferente y, contra su naturaleza, más escindido y a su pesar socializado? No estoy en condiciones de responder a esta pregunta en el nivel empírico, adecuado en estos casos, pero quería dejarla planteada, pues apunta a la idea base de esta reflexión sobre el estado de bienestar como última figura del estado capitalista. Para poder contestarla necesitaría una documentación cuantitativa que se me escapa. De todas formas, creo detectar cierta insumisión en el seno del “gran capital” actual respecto al estado; y cierta confusión en las estrategias de las patronales, de los organismos económicos centrales “paraestatales”, que están al servicio de Herr Kapital, que expresan la identidad de clase y que se muestran incapaces de conseguir la unidad y paz interna en un capital que ya no es lo que era. Sin duda alguna no es el capital burgués, que se metamorfoseó con la desaparición de la clase que lo sustentaba; pero creo que tampoco es el capital “sin clase” que consiguió la hegemonía entre las ruinas –materiales y culturales- de las grandes guerras y barbaries fascistas del siglo XX; el capital que anuncia el futuro ha roto con el compromiso nacional, base de su alianza con el estado, y no tiene más lealtad que a la valorización, rompiendo todo vínculo ético o político, manteniendo sólo los debilitados vínculos jurídicos, siempre débiles para una existencia en el exilio, y especialmente en el dorado de los paraísos exóticos.


5. Dos frentes de debate, dos funciones del estado.

Nótese que este enfrentamiento teórico e ideológico en torno al estado de bienestar se da en dos frentes, aunque no siempre bien diferenciados, relativos a las dos funciones tópicas el estado en la economía, a sus dos lugares de intervención en ella: en la producción y en la re-distribución [13]. Dos funciones que espontáneamente el neoliberalismo unifica en su rechazo, y que conviene tenerlas presentes, pues a veces se usa una noción de estado de bienestar como “estado asistencial”, una noción que simplemente abstrae sus funciones paternalistas más directas y convencionales (la que solemos llamar “políticas sociales”), ocultando que esa función benefactora, ese estado providencia, también tiene efectos sociales o distributivos de forma mediata, que prolongan sus efectos como presencia en la producción (por ejemplo, por su intervención en los salarios y los precios).

Hay que mantener la mirada abarcando las dos funciones del estado de bienestar, sus intervenciones en la producción (incluida la distribución) y en la redistribución, ambas intrínsecas al capitalismo, ambas irrenunciables más allá de sus metamorfosis, ambas cada vez más intensas y extensas. Sólo desde un concepto de estado que pivote sobre ambas funciones se puede comprender la esterilidad de la batalla neoliberal contra el estado de bienestar, las falacias de su discurso, el anacronismo de sus propuestas, y su inaceptabilidad social, que condena a ese capital cuyos intereses pretenden representar a una definitiva huida a los márgenes, a su puesta fuera de la ley, a su anónimo exilio, insisto, aunque sea en dorados paraísos. Ese capital siempre subterráneo, siempre en las sombras, que se esconde para sobrevivir, que sólo reina tras la máscara, opaco y fugitivo, ¿es un capital triunfante porque logra optimizar su valoración? ¿o es un capital que en su huida está gritando su deserción, su impotencia para vivir en la ley, que al menos antes era suya? ¿No invita a pensar esa clandestinidad como debilidad, como derrota, como final de su época, como última etapa de su recorrido que en vano trata de prolongar en la niche?

Son preguntas que tal vez no tengan respuestas, pero que debemos hacérnoslas y pensarlas, para configurar nuestra idea del presente con más dimensiones. Además, para lo que aquí nos ocupa, estas cuestiones nos permiten ver, en el reverso, esa resistencia del estado de bienestar ante el neoliberalismo que antes hemos enfatizado; nos permiten apreciar esa presencia, con heridas y rehabilitaciones, que se mantiene incluso ante la feroz lucha planteada por el nuevo gran capital apátrida, que en su desesperación parece pasar del envido al órdago haciendo temblar el planeta; nos ayuda a comprender que, con sus inestabilidades y contradicciones, pese a sus vaivenes coyunturales, el estado de bienestar sigue mostrándose como la forma de estado adecuada al capitalismo contemporáneo. Y por adecuada, lo repito, entiendo que es la única forma de estado que permite un “capitalismo sostenible”, que permite al capitalismo actual reproducirse, mantener su valorización; y es así porque solo el estado de bienestar le proporciona unas condiciones objetivas (un grado y forma de subordinación de las estructuras y las prácticas sociales a esa fin esencial de la valorización) y subjetivas (un control de la extensión e intensidad de las resistencia y luchas sociales internas soportables) sostenibles.

La resistencia del estado de bienestar a ese embate neoliberal sólo puede comprenderse porque el capitalismo, que nunca pudo sobrevivir sin el concurso del estado, hoy depende del mismo más que nunca. Hoy, y es la tesis que estoy defendiendo aquí, “el capitalismo avanzado no puede hacerlo sin alguna forma de Estado de Bienestar” [14]. Esa es la realidad: el estado de bienestar es esencial al capitalismo actual; podrá sufrir retoques o desarrollos, podrá ampliar, recortar u redistribuir sus contenidos, pero su “forma” se mantendrá porque corresponde al capitalismo contemporáneo. Y bajo esta formulación abstracta de la correspondencia o adecuación del estado de bienestar al capitalismo contemporáneo no me refiero a relaciones deterministas de un objetivismo seco; me refiero a una objetividad, sí, pero de la que también forman parte las resistencias consolidadas a lo largo del tiempo en subjetividad y modos de vida que son en gran medida irreversibles, y que el capitalismo ya no puede desoír, aunque escuchar le cueste la existencia. Por eso hoy hay un alma del capital que no abandona el barco del estado de bienestar, porque sabe que fuera sólo está el abismo, y otra alma que, ciega o desesperada, prefiere la huida… a los paraísos, aunque en ellos hayan de vivir de noche y escondidos, presos de su libertad imaginaria. Fuera del estado de bienestar los pueblos ya no quieren vivir; y los capitales, mal que les pese, no tienen dónde vivir. A día de hoy, y seguramente para siempre, no se puede vivir fuera del estado; éste estará presente en la producción y en la redistribución, en la economía y en la cultura, en el control y defensa y en la biopolítica, que por mala que nos parezca no es más insoportable que la contaminación de nuestras ciudades, y vivimos cada vez más en ellas.

Como viene a decir J. Rodriguez Guerra en la obra citada, es así y no puede ser de otra manera. Los hechos revelan a cuantos no estén ciegos o no se nieguen a ver que “el sueño neoliberal de una economía capitalista sin Estado es profundamente destructivo no sólo para la sociedad sino que también lo es para el propio capital. El capitalismo en su fase actual sigue requiriendo de Estados que aseguren la estabilidad económica y política, que cree las condiciones y garantías jurídicas, políticas y militares para las operaciones del capital transnacional, y que provea la infraestructura física y humana necesaria para la acumulación” [15]. Hasta J. Grey, entusiasta liberal, considera que “es imposible reinventar una economía de laissez faire, es decir una economía en la que los mercados estén desregulados y fuera de todo control político o social” [16].

Tan ingenuo es no ver los efectos nada liberales de la globalización (concentración del capital), como no ver la intervención constante del estado en esos procesos, o como no ver la necesidad de intervención estatal para controlar la suicida “voracidad del capital”, como se revela en sus eterna voluntad de monopolio y, recientemente, en su voluntad apátrida [17].

Sabemos el éxito de la idea de D. Bell, según la cual los estados nacionales son excesivamente pequeños para abordar los grandes problemas de la globalización y demasiado grandes para atender las necesidades de los individuos y de las comunidades locales [18]. O sea, en opinión de este lúcido gran conservador, que no sirven para nada. Como materialmente estas descripciones contienen alguna verosimilitud, se han convertido en tópico. Y, ya se sabe, los tópicos hacen innecesarios a un tiempo tanto los esfuerzos de verificación o constatación empírica como la conveniente reflexión teórica. Puesta o impuesta, la obsolescencia de la idea de estado neoliberal se manifiesta en la relación estrecha, indisoluble, entre la expansión “liberalizadora” de la economía y la presencia en ella del Estado [19]; su anacronismo se revela en que precisamente en un momento tan aparentemente liberalizador o remercantilizador como el impuesto por la globalización (que la necesitaba en capital), en ese mismo proceso estuvo-está presente el estado de manera imprescindible, creando el marco político y económico necesario. Aunque se niegue a reconocerlo, el neoliberalismo es derrotado por la globalización, por la esencia de ésta, según la cual la máxima liberalización aparece indisolublemente acompañada de la presencia e intervención del estado.

Esta unidad entre la liberalización o mercantilización fáctica de la economía (que parece exigir un estado neoliberal) y la expansión e intensificación de la presencia igualmente fáctica del estado (que se corresponde con el estado de bienestar) rema también a favor de revisar el concepto de estado. Porque si en el fenómeno es obvia la liberalización, no es menos patente el crecimiento de los estados, como aparece en los crecientes presupuestos de los gobiernos, liberales o no, en su imprescindible intervención en los tratados internacionales de “liberalización de los mercados”, en su función de avalador de las empresas en los concursos internacionales, o en la socialización de las crisis de empresas y sectores económicos, como el financiero.

Para resaltar el papel creciente de los estados en la economía bastaría hacer mención de un hecho que suele silenciarse por no ser ejemplar: me refiero a su papel en conceder privilegios y exenciones fiscales a las empresas. Sean “paraísos fiscales” o “limbos fiscales” (Luxemburgo, Irlanda…), nos revelan que incluso esas funciones “liberalizadoras” no pueden hacerse hoy sin la mediación de los estados. Esas empresas que buscan evadir impuestos no piden (no lo lograrían) que no intervengan los estados, sino que huyen de algunos y buscan otros que las protejan. Hasta meros simulacros de estado exhiben un poder protector inimaginable. O sea, el capital huirá de unos a otros, pero siempre necesita el reclamo y el cobijo de un estado.

En consecuencia, una cosa es reconocer la transformación del estado con la globalización, y otra reducir ese cambio a su debilitamiento de facto o de iure; una cosa es constatar las “retalladas” en políticas sociales, o en inversiones públicas, y otra ver una deriva hacia el anacrónico mundo del laissez faire. Estos retraimientos en el estado sólo expresan la crisis económica, que se manifiesta igualmente –y con tanta o más violencia- en los espacios privados. Una prueba empírica ad contrario de este retroceso del estado de bienestar nos la ofrece el hecho de que, reflexiva o instintivamente, toda la responsabilidad de salir de la crisis –de regresar al nivel histórico- se carga a lomos del estado. No hay que olvidar que hoy los Bancos Centrales de los estados o de las organizaciones internacionales, tales como el FMI, el BM, el BCE, son eso, instituciones económicas estatales. Decir que se han debilitadito resulta ingenuo. Y aunque haya buenas razones para ver en sus políticas una fuerte carga neoliberal, este “neoliberalismo” no proviene de la ausencia del estado, sino de su presencia: presencia determinada, fundamentalmente por las condiciones estructurales, sobreestructurales y coyunturales del capitalismo.

A quienes le queden dudas al respecto le recomiendo que constate que hoy los presupuestos de cualquier estado capitalista desarrollado –más cuanto más desarrollado- han superado, y siguen creciendo, 50 % de sus respectivos PIB; lo que da una idea de su imponente impacto económico. Recomiendo a los mismos que cuantifiquen y evalúen los porcentajes de empresas capitalistas que hoy sobreviven de forma directa o mediata de las contratas públicas; que se analice y valore el creciente y ya enorme volumen de capital que ha encontrado su nicho en la gestión del “capital público”, que se valoriza en sus servicios a entidades y empresas de titularidad pública.

Este último punto es emblemático, pues un argumento usado para avalar el neoliberalismo, y por tanto el retroceso del estado de bienestar, es la reprivatización de empresas tras la etapa fordiana. Es cierto que, efecto de las guerras mundiales y de los fascismos, la segunda mitad del XX se inicia con un grado de empresas nacionalizadas muy significativo. Y es cierto que desde los setenta aparece una inflexión en la curva que ilustra el proceso [20]. Pero la valoración del mismo requiere una mejor conceptualización de esas metamorfosis del capital

Podemos cerrar esta reflexión con palabras de J. Rodriguez Guerra reconociendo el papel crucial del estado en esta supuesta etapa neoliberal: “Es por ello que éste no ha sido ni podrá ser desmantelado, salvo que se produjera una crisis terminal del capitalismo, en los países avanzados. (…) La ofensiva teórica, ideológica y política del neoliberalismo ha concentrado lo más esencial de su artillería en la defensa de la imperiosa necesidad de un fuerte repliegue del Estado, muy especialmente en la política de protección social. Por unos años, dada su extraordinaria dominancia, pareció que ello era un hecho a punto de suceder y que el desmantelamiento del Estado de Bienestar era un fenómeno realmente inevitable. Hoy es claro que esto no ha sido así. Pese al intenso deseo y poder de la nueva derecha, y a la desorientación ideológica y política de la socialdemocracia, el Estado de Bienestar sigue sustancialmente en pie y parece tener una larga vida por delante” [21]. Junto a la potente argumentación con base empírica sólo falta añadir una pincelada a la idea formulada en el primer enunciado de la cita, al decir que el estado de bienestar “no ha sido ni podrá ser desmantelado, salvo que se produjera una crisis terminal del capitalismo, en los países avanzados”. Si así fuera, también sería válida nuestra tesis del estado de bienestar como última figura del estado capitalista; pero no creo que ese pueda ser el camino. Como posibilidad racional, abstracta, es posible, pues puede ser pensado, como diría Leibniz; pero conforme al concepto concreto, no es verosímil que una nueva sociedad haya o pueda surgir en nuestro tiempo del desmantelamiento de la anterior; es más probable que el estado de bienestar sea la materia prima desde, con y sobre la cual elaborar una nueva sociedad política. Pensarlo así ayudaría a definir la estrategia adecuada, y a preparar la subjetividad para la imperfección; la experiencia histórica ya nos ha dejado esa lección de soñar revoluciones ex nihilo, que a pesar de su belleza llevaron al desencanto. Aunque también nos ha dejado la otra lección, la de s socialdemocracias europeas, que, por realismo y pragmatismo, mirando al suelo se olvidaron de alzar la mirada hacia la cima, y tomaron como fin del viaje una estación del camino.


6. Flecos marginales para continuar pensando.

Se ha dicho que el estado de bienestar es un lujo, es caro, vuelve no competitiva la economía respecto a los países emergente; se esgrimen en la confrontación ideológica cifras de costos laborales y de crecimiento en los países emergentes; y se concluye que el estado de bienestar es incompatible en la globalización, que hay que desmantelarlo o debilitarlo, que hay que recortar derechos sociales. Por suerte hay investigadores que están desmontando este tópico, que a fuerza de repetirlo nos llega a parecer real a simple vista. Cada vez más son los autores que defienden que las políticas sociales son la estrategia más apropiada para la acometividad y el crecimiento. Como decía Marx, no hay que buscar el origen de los problemas del capitalismo en la distribución, sino en la producción [22]; el estado de bienestar es competitivo [23]. Las políticas sociales no lo llevan a la crisis; son las crisis en la producción las que llevan al estado de bienestar a su deterioro. Pero no tiene más salida que seguir con las políticas sociales.

Pensemos en la crisis actual frente a la de 1929. Si el capitalismo ha resistido una crisis incomparable, ha sido por el tejido adiposo del estado de bienestar, por su presencia tanto en las políticas sociales, aunque disminuidas, como en las ayudas a empresas y en la socialización de las pérdidas. Y aquí “socialización” no debería entenderse como metáfora, sino como síntoma; el estado de bienestar encierra un gran poder de socialización: en unas cosas, que nos gustan, nos parece que se queda corto, y en otras, que no tanto, criticamos que se pase. Pero esa función de socialización, que de momento es fuente de su poder de reproducción, es una buena semilla de un orden social nuevo. Volveremos sobre esto.

Otro argumento en contra de la sostenibilidad es que el estado social, benefactor, debilita la competencia; disuelve el estímulo, neutraliza la voluntad de trabajar e innovar…. Se repite cual letanía laica, pero es un hecho que no es sí; es un hecho que el mayor peligro para la productividad es la desigualdad. Además, el estado de bienestar no es un mero distribuidor de rentas, por lo que no debiera valorarse con este único criterio; el estado de bienestar también favorece la estabilidad o paz social, y así la seguridad económica; y en su doble función de agente político y “socio” económico del capital ayuda a equilibrar el sistema.

Un último argumento: el gasto social lleva la crisis o insolvencia financiera. También este tópico oculta la realidad. De hecho el gasto social no ha dejado de crecer en estas últimas décadas, aunque sea a otro ritmo. Claro que las políticas sociales tienen límite, y han de tenerlo; pero ha de fijarse políticamente [24]. En todo caso ese nivel ha de establecerse en función de las necesidades sociales (relativas) y la voluntad de pagar impuestos a cambio. Potencial, lo hay; la voluntad depende de la buenas y transparente gestión.

En conclusión, pues la enumeración de tópicos sería larga y poco relevante, ni la política social es un lastre, sino condición del desarrollo, ni el capitalismo con estado de bienestar ha alcanzado el techo financiero, que en definitiva es una cuestión a decidir de forma política. En consecuencia, nos dicen autores como E. Hobsbawn, “no sólo hay razones sociales, sino también económicas, para regresar a la política de la socialdemocracia” [25]. Y, por eso, porque no son razones económicas poderosas, el estado de bienestar sigue en pie. Además, aunque el neoliberalismo ganen la retórica, conquiste las “colinas” del lenguaje y se adueñe de los referentes flotantes, los gobiernos, liberales o socialdemócratas, en general, con diferentes entusiasmo, aceleración y continuidad, han optado por sostener el estado de bienestar. Y ha sido así, en primer lugar, porque la democracia es “conservadora” de los niveles y cotas alcanzados, en bienestar, libertad o derechos; por tanto, los programas en activo tienden a mantenerse. El estado de bienestar representa el statu quo, que confiere ventajas políticas consolidadas, ha dicho P. Pierson [26]. Para removerlo se necesitarán fuerzas de cambio potentes y convencidas; y tendrían en contra otras fuerzas convencidas y las afectadas por las incertidumbre, siempre inquietantes.

Además, el estado de bienestar arrastra un fuerte impacto económico en la redistribución, que no sólo es justicia o “caridad”, sino necesidad para mantener la reproducción por mediación de la demanda. Con esta determinación no suele contar el neoliberalismo. Subjetivamente, hoy son “conquistas históricas”, forman parte de la cultura, y pocos sectores estarían dispuestos a morir contra ellas; pero, objetivamente, forman parte del flujo de capital, constituyen una variable de peso en el proceso económico. Hoy el capital ha de preocuparse de configurar condiciones biopolíticas necesarias, como ha de procurar cuidar de la reproducción de la naturaleza; ayer no pero en el capitalismo actual los costos de la vida y de la naturaleza ha de asumirlos el capital, en ello le va su reproducción. Todo hace que el estado de bienestar cuente con un potente apoyo social, que incuso el capital asuma su cuidado. En cualquier caso, no parece que el estado de bienestar vaya a ser desmantelado por vía democrática. Hoy el estado de bienestar es una barrera, una trinchera, una posición consolidada; el capitalismo no tiene elección, o juega con él y se desangra, o desconecta y se suicida.

Por tanto, el enemigo objetivo del estado del bienestar no proviene del capital, aunque la subjetividad de los capitalistas lo proclame en do bemol mayor; su patronal, para eso está Herr Kapital, sabe que el estado de bienestar es como la vejez, pesada pero que hay que sobrellevar. El enemigo subjetivo, en sentido liberal, del estado de bienestar cae del lado de las fuerzas sociales revolucionarias, que cegados por la experiencia socialdemócrata, a la que ya me he referido, que dejó de mirar a la cima y se quedó en una triste posada del camino, no quieren ni hacer noche en ella. Saben por experiencia que cuando las fuerzas de izquierda miran de frente a la atractiva Gorgona caen para siempre en sus brazos atadas por las serpientes de su cinturón; de ahí que prefieran cruzar el desierto sin descansar bajo techo; pero, lejos de los caminos, el desierto lleva sólo a más desierto.

Es cierto que hoy los sindicatos han perdido fuera de intervención social, lo que conlleva que el estado de bienestar haya perdido la fuerza de su arma política más propia; pero juega a su favor el socialismo, subsumido en las figuras políticas de la socialdemocracia y los movimientos sociales, y. sobre todo, cuenta con el poderoso aliado de la ideología del bienestar social, arraigada en la conciencia e institucionalizada como poderosa determinación cultural. El capitalismo difícilmente puede dirigir un movimiento de regreso liberal, de recortes asistenciales y de derechos; podrá dar un paso atrás, pero sólo a cambio de prometer dos adelante. Al fin el capitalismo se ha ido sosteniendo en la ideología bienestarista y en la implantación de una cultura del consumo; ya nunca podrá legitimar el retroceso. Tendrá que jugarse su sobrevivencia en el riesgo de su propio suicidio.

En conclusión, quienes apuestan por el regreso al neoliberalismo, bajo cuya mirada leen el retroceso actual o próximo del estado de bienestar, me temo que sufren una espesa ilusión conceptual. Densa ilusión, en cuanto se ve reforzada con una base empírica, en la experiencia de los recortes de la última reciente crisis; de hecho, todas las ilusiones conceptuales suelen basarse en apreciaciones fácticas. Siempre pueden buscarse, y siempre se buscan, hechos y datos que refuercen la verosimilitud de la idea. Pero, a la recíproca, siempre hay otros relatos cargados de descripciones empíricas, de cifras, gráficas y cálculos, como mínimo tan contundentes como los rivales; y, sobre todo, siempre está el factum más irrevocable y contundente, a saber, que los presupuestos de los estados, incluso cuando llegan al poder los “neo-liberales”, nunca bajan; cambian de preferencias, pero cumplen con esa determinación inexorable a extender la presencia de estado en la economía y en la vida social. Tal vez en algún momento se ralentice su crecimiento, pero los niveles porcentuales respecto al PIB permanecen y avanzan. Lo cual nos reafirma en la tesis anterior: los liberales de ayer, y los neo-liberales de hoy, expresan la subjetividad de los socios del capital, pero no la conciencia de Herr Kapital. Tratan de adelgazar la presencia económica del estado en ciertos lugares (por ejemplo, en el mercado de trabajo, o en las políticas sociales), pero toleran de forma indolora y sin traumas psicológicos las crecientes inversiones estatales en obras públicas, en I+D+I, y no digamos en despliegue de acuerdos internacionales…

Por tanto, es razonable pensar que el estado de bienestar ha venido con voluntad de quedarse. Lo cual no quiere decir que no pase por momentos de estancamiento y desaceleración; pero éstos van de la mano de las crisis, de las dificultades de valorización, que hay que “socializar” de alguna manera. Todo parece avalar que su “muerte” no vendrá por el lado neoliberal; todo parece indicar que continuará la estatificación de la sociedad y de la economía. Y el pensamiento socialista haría bien en valorar esta tendencia y asumir que su tarea no es gestionar una economía estatalizada, por asistencialista y benefactora que pueda llegar a ser, sino transcender esa forma de estado de bienestar y luchar por su metamorfosis en un estado socialista.

Ahora bien, para ello necesitamos revisar el actual concepto de estado, reelaborarlo, ajustarlo a su futuro; y en ese empeño no basta con contraponer argumentos empíricos positivistas a la regresiva ilusión neo-liberalizadora, (por ejemplo, oponiendo a las privatizaciones la imparable constitución de empresas públicas, subrayando la creciente dependencia del capital de las crecientes inversiones del estado, o inventariando la acelerada “gestión” privada de entidades públicas por el capital, que de propietario deviene gestor…); y tampoco basta dibujar alternativas ideales con interminables listas de derechos, sin pararse siquiera a pensar si tales derechos implican la negación del capitalismo o mera idealización del mismo. No, no bastan los datos; para revisar el concepto de estado de bienestar se han de buscar argumentos teóricos; y esto nos exige volver la mirada al concepto de estado. Y en ello estamos.


J.M.Bermudo (2017)

[1] Políticas benefactoras reaccionarias, según Peter Baldwin, para quien “Tras el interés de Bismarck en la seguridad social se escondían motivaciones reaccionarias. Un mínimo de redistribución en la forma de pensiones, seguro de enfermedad y compensaciones laborales pretendía evitar que los Socialdemócratas consiguiesen un mayor número de adeptos y llevasen a la práctica formas más ambiciosas de realizar la justicia. En definitiva, el objetivo era que a los obreros se les abonaba en términos de política social lo que se les retenía en términos políticos: pensiones a cambio de conceder el poder y la autoridad” (Peter Baldwin, La política de solidaridad social. Bases sociales del Estado de Bienestar europeo 1875- 1975. Ministerio de Trabajo y Seguridad social de España, Madrid, 1992. Cif. Carlos Gabriel Rafart, “Del Bienestar como bien colectivo a su consideración como mercancía privada. Entre el Estado de Bienestar y Estado Neoliberal contemporáneo”)

[2] “También en Inglaterra se estaba ensayando un conjunto de leyes que transitaban en la misma dirección que la Alemania Imperial. Es cierto que ya en 1831 se establecieron disposiciones para regular el trabajo infantil y femenino, pero fue a partir de 1870 que se dio un nuevo impulso a esas iniciativas destinadas mayormente a los trabajadores. Estas medidas apuntaron a temas muy sensibles, como el de la vivienda, los seguros para indigentes, la regulación sobre el funcionamiento de mutuales” (C.G. Rafart, Op. Cit., 3)

[3] Ibid., 1

[4] Ernesto Isuani trata de ofrecernos mayores precisiones: “El Estado Benefactor consiste en un conjunto de instituciones públicas supuestamente destinadas a elevar la calidad de vida de la fuerza de trabajo o de la población en su conjunto y a reducir las diferencias sociales ocasionadas por el funcionamiento del mercado. Ellas operan en el terreno de la distribución secundaria del ingreso mediante transferencias monetarias directas (pensiones, prestaciones por desempleo o asignaciones familiares) o indirectas (subsidios o productos de consumo básico), provisión de bienes (programas de complementación alimentaria) y prestación de servicios (educación o salud). El establecimiento de regulación protectora de las condiciones de trabajo (higiene en fábricas), del medio ambiente o de la calidad de bienes y servicios, es finalmente otro instrumento del Estado Benefactor” (Ernesto Isuani, “Birmarck o Keynes ¿Quién es el Culpable?”, en Ernesto Isuani, Ruben Lo Vuolo, y Emilio Tenti Fanfani (eds.), El Estado Benefactor. Un paradigma en crisis. Miño y Davila/CIEPP, Buenos Aires, 1991. Cif., C. G. Rafart, Op. Cit., 2). Para una visión general ver Joseph Pico, Teorías sobre Estado del Bienestar. Siglo XXI, Madrid, 1990.

[5] Os recomiendo el artículo de Jorge Rodríguez Guerra, profesor de la Univ. de La Laguna, publicado con el sugerente título “Globalización y Estado de Bienestar. ¿Por qué no ha sido desmantelado el Estado de Bienestar?”, en Revista Internacional de Filosofía Política, 27 (2006), 147-167. Lo seguiré muy de cerca.

[6] R. Mishra dice: “la mejor forma de entender la globalización es como una forma de neoliberalismo que está intentando ampliar las fuerzas del mercado, la nueva mercantilización de los mercados laborales y las oportunidades vitales y orientar la protección social en una dirección residual”. (R Mishra, “Los límites del Estado de Bienestar”, en S. Muñoz et alii (eds.), Las estructuras del Estado de Bienestar en Europa. Madríd, Cívitas, 2000, 502).

[7] K. Ohmae dice: “en una economía sin fronteras, los mapas centrados en los Estados que solemos usar para tratar de entender la actividad económica son globalmente engañosos... la vieja cartografía ya no sirve. Se ha convertido en una ilusión” (The End of Nation State. The Rise of Regional Economies, Londres, Harper Colins, 1995, 19-20).

[8] Ver el libro de N. Bilbeny, Política sin estado.

[9] “La reestructuración del capitalismo ocurrida en los últimos años es inconcebible sin el concurso del Estado. Ha sido éste el que se ha ocupado incansablemente de remover los obstáculos existentes al proceso de liberalización del capital, el que ha ido creando la infraestructura institucional, material y social necesaria para que ello fuera posible, el que ha tratado de atenuar y mantener bajo control los riesgos derivados de tal proceso (especialmente los riesgos para el capital —por ejemplo protegiendo las flucciones no competitivas de éste, salvando a los bancos que amenazan quiebra, etc.— pero también ciertos riesgos sociales que podrían poner en peligro la estabilidad del sistema). Puede afirmarse, por tanto, que la extensión de las políticas de globalización neoliberales no ha conducido (al menos en los países capitalistas avanzados), ni ha tenido realmente ese objetivo pese a toda la retórica dominante, a la desaparición o minoración del Estado; éste actúa como inductor, gestor o sancionador de tales políticas. Ni se inhibe del proceso ni es solamente su víctima. Es también uno de sus principales agentes” (J. Rodríguez Guerra, Op. Cit. 150-151)

[10] El concepto y nombre del “Consenso de Washington” (1989) es usado por primera vez por el economista John Williamson, del Instituto Peterson de Economía Internacional, para designar una serie de ideas acordadas por diversas instituciones, como el FMI, el BM y el Departamento del Tesoro USA. Se concretaba en una decena de “recomendaciones”: (1) Disciplina en política fiscal, evitar grandes déficits fiscales en relación al PIB; (2) Redirección del gasto público en subsidios hacia inversiones en países y proyectos claves para el desarrollo (educación y salud primaria de los pobres, infraestructuras…); (3) Reforma Tributaria: ampliar base tributaria y adoptar tipos impositivos moderados; (4) Tasas de interés determinadas por el mercado, moderadas en términos reales; (5) Tipos de cambio competitivos; (6) Liberación del comercio y de las importaciones; eliminación de las restricciones cuantitativas (licencias, etc.), no protección comercial o con aranceles bajos y uniformes; (7) Liberalización del movimiento de capitales; (8) Privatización de las empresas estatales; (9) Abolición de regulaciones que impidan acceso al mercado o restrinjan la competencia, excepto las que estén justificadas por razones de seguridad, protección del medio ambiente y al consumidor y una supervisión prudencial de las entidades financiaras; (10) Seguridad jurídica para los derechos de propiedad.

[11] “Existe en la actualidad un amplio acuerdo en tomo a que ese objetivo no ha sido alcanzado y no parece que vaya a serlo en el corto y mediano plazo”. (J. Rodríguez Guerra, Op. cit., 147).

[12] Ibid., 147.

[13] Su intervención en la “distribución”, en el reparto del producto social, la considero incluida en la primera.

[14] Ibid., 148.

[15] Ibid., 151.

[16] J. Gray, Falso amanecer Los engaños del capitalismo global, Barcelona, Paidós, 2000, 15.

[17] K. Polanyi, en su espléndido y ya citado trabajo de 1944, aseguró que los mercados autorregulados no son más que una «pura utopía»: «una institución como ésta no podría existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad, sin destruir al hombre y sin transformar el ecosistema en un desierto (K. Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Madrid, La Piqueta, 1999, 26; y J. Gray, mantiene que “los libre-mercados son criaturas engendradas por el poder estatal y se mantienen sólo mientras el Estado es capaz de impedir que las necesidades humanas de seguridad y de control del riesgo económico encuentren expresión política” (Op. Cit., 23; y “los mercados con limitaciones son la norma en toda sociedad, mientras que los libre-mercados son producto del artificio, de la estrategia y de la coerción política. El laissez faire debe planificarse centralmente…, es un producto de la ingeniería social y de una inquebrantable voluntad política” (Ibid., 26).

[18] D. Bell, “The World and the United States in 2013”, en Daedalus, verano 1987. (Cif. J. Rodríguez Guerra).

[19] Dice E. Hobsbawn que “la economía global no ha reemplazado al mundo de los Estados, del poder político y de las políticas” (E. Hobsbawn, “La muerte del neoliberalismo”, en M. Jacques (ed.), ¿Tercera vía o neoliberalismo? Barcelona, Icaria, 2000, 51).

[20] Un detalle importante: el estado de bienestar vino con retraso a nuestros lares, por nuestra peculiaridad geopolítica, y los setenta y ochenta el estado de bienestar estaba en plena expansión. El discurso neoliberal vino, pues, más tarde, y de hecho como producto de “importación”. En realidad, salvo momentos de crisis económicas potentes, como la que aún nos afecta, los presupuestos generales han crecido de manera continua, cuanto lo permitía nuestra economía. Sólo en un par de años de esta crisis, el 11 y el 12, sufrieron un retroceso de unos 20.000 millones de euros, que en los años siguientes ya ha sido remontado. Otra cosa es la redistribución de esos millones….

[21] J. Rodriguez Guerra, Op. Cit., 154.

[22] J. Rodriguez Guerra dice al respecto: “En el caso del fordismo hay que tener presente que en su crisis han intervenido decisivamente factores relacionados con su organización del proceso de producción. Sin ánimo de exhaustividad se pueden señalar los siguientes: a) limitaciones en términos de crecimiento de la productividad de la organización del trabajo fordista; b) agotamiento de la voluntad cooperadora de los trabajadores; c) creación de una gran fuerza de trabajo industrial con condiciones de trabajo bastante homogéneas que dio lugar a potentes sindicatos unificados con una notable capacidad de influencia; d) llegada al techo máximo de innovaciones tecnológicas posibles con ese tipo de organización, lo que dio lugar a que llegado un determinado momento ya sólo hubiera innovaciones de producto y no de proceso; e) sistema rígido de producción en masa para una demanda que había evolucionado hacia una mayor diferenciación e individualización del consumo;/ encarecimiento brutal de los productos energéticos para un sistema de producción fuertemente despilfarrador de estos recursos; y g) agotamiento de recursos naturales y fuerte impacto medioambiental del sistema fordista de producción. Por tanto, las causas esenciales de la crisis económica de los años setenta del siglo xx no estaban en la política social del Estado sino en las propias características del modelo de producción fordista que se volvió inadecuado para el nivel de desarrollo capitalista que el mismo había propiciado” (Ibid., 155-156).

[23] Ver A. Pfaller, Gough y G Therbom, Competitividad económica y Estado de Bienestar., Madrid, MTSS, 28 y ss

[24] “no puede afirmarse, en efecto, que los problemas del Estado de Bienestar procedan, en lo sustancial, de una mayor escasez de recursos económicos en las economías occidentales. Por el contrario, estas economías han seguido creciendo... y su nivel de rentas es más alto que en cualquier otro momento de la historia. No parece, pues, razonable argumentar que ahora no se esté en condiciones de financiar un conjunto de bienes y servicios que sí se podían financiar en el pasado” (A. Castells y N. Bosch, “El futuro del Estado de Bienestar: algunas líneas de reflexión”, en A. Castells y N. Bosch (dirs.), El futuro del Estado de Bienestar, Madrid, Civitas, 1999, 33).

[25] E. Hobsbawn, “La muerte del neoliberalismo”, en M. Jacques [ed.], Op. cit, 59.

[26] R Pierson, “The New Politics of Welfare State”, en World Politics, 48 (1996): 145.