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El pasado mes de Agosto he tenido la oportunidad de impartir un seminario en la Universidad de Antioquia, invitado por el Instituto de Filosofía. Siguen vivas en mis recuerdos las insistentes preguntas de los alumnos al acabar las sesiones: "¿Qué, maestro, cómo ve nuestra ciudad?". En el contexto de un seminario de filosofía política, había de interpretar que no eran requerimientos sobre su estética o su lúdica, sobre su arquitectónica o su culinaria; había de interpretar, necesariamente, que me interrogaban sobre la política, sobre la convivencia, sobre la comunidad. Con la debida prudencia, pues unas semanas es tiempo escaso para conocer, insuficiente para comprender e insignificante para juzgar una ciudad tan compleja y complicada como Medellín, me salía de entre las cuerdas con un tópico: "Es interesante, da mucho que pensar. Aun me falta...".


De regreso a mi ciudad (Barcelona), bella como Medellín, pero con más paz, con más libertad, con más igualdad, con más justicia, con más esperanzas, sin lugares prohibidos, sin milicias, sin autodefensas, sin paramilitares y sin bandas de sicarios, siento que he de cumplir el compromiso de contestar las preguntas que quedaron pendientes. Y no es sólo una cuestión moral; es una determinación intelectual. Siento que mis reflexiones futuras se verán inevitablemente afectadas por mi viaje a Medellín, ciudad capaz de provocar versos tan bellos e inquietantes como éstos: "Desde las alcantarillas / sicarios que se saben / cobradores de viejos / errores / asedian la ciudad. / Avanzan / a pesar de los susurros / detrás de las persianas. / Al otro lado / de la calle / alguien cae". Creo, sinceramente, que si Medellín fuera conocido sustituiría al gulag como metáfora de la reflexión política contemporánea. Medellín es un excelente modelo para concer lo otro de donde procedemos y que nos acompaña siempre amenazante.

Tuve la fortuna de visitar las dos ciudades que se despliegan en Medellín, "la ciudad del asfalto en el centro, y la ciudad marginada de las laderas". Recorrí, por tanto, esos barrios vedados a los medellinenses. Recorrí la comuna nord-oriental, con calles y plazas llenas de historias de horror y de sangre, lugares sagrados de esos hijos de la noche que "no nacieron pa' semilla"; recorrí la comuna nord-occidental, donde los barrios más débiles pagan "vacunas" a los más fuertes en concepto de defensa o simplemente de no agresión. Y he visto en ambas, bajo la miseria manifiesta, gentes que luchan por sobrevivir, que se organiza para su defensa, que acepta pagar su tributo a las bandas, que aplaude el control del barrio por las milicias ante la ausencia del Estado, que se somete a la ley arbitraria de un grupo armado porque sospecha que su destino es estar sometido a uno u otro poder. He podido oír de Luis, un lider civilista de un barrio maltratado, ante mis preguntas sobre su actitud ante las próximas elecciones: "Plantearnos por quien votar es aceptar la elección de nuestro próximo verdugo". Y viendo sus calles, sus casas, sus "graneros" sirviendo al público a través de las ventanas enrejadas, el "local social" donde debatían sus desesperanzas..., sentí admiración ante su mirada convencida y compartí el dolor de quien sabe que para sobrevivir conviene pagar la "vacuna" al más fuerte.

Del viaje por esos "barrios satanizados en Medellín, ciudad satanizada en Colombia, país satanizado en el mundo", quiero narrar una experiencia que me parece simbolizar la confusión y la desesperanza en que progresivamente se sumerge la ciudad. Me refiero al trágico error de no luchar contra la guerra buscando condiciones para la paz. La autodefensa, comprensible respuesta ante la inseguridad y el miedo, no sólo reproduce el laberinto de las luchas sino que mutila para el arraigo de la paz.

En nuestros recorridos por las comunas de las imponentes laderas del norte de la ciudad llegamos a las mismas faldas del Picacho. Toda la ciudad puede ver el Picacho, pero pocos ven desde allí la ciudad. Y es una pena, porque desde allí Medellín se ve grandiosa y sobrecogedora: frágil la ciudad en el valle, poderosa en las alturas. "El día que bajemos...". Guillermo tiene allí su tallerarte, en el "Colegio Progresar". Se mueve bien el Guillo en el barrio. De lejos lo saludan y lo invitan jóvenes adolescentes "capaces de reír por la mañana y matar a sueldo por la noche". Son su gente, sus alumnos. Guillermo sabe tratarlos, sabe sacar de ellos lo que de humano llevan dentro: su odio, su angustia, su horror, su desesperación. En la "exposición" que guarda bajo llave recoge las esculturas más representativas, muestra viva del alma de la comuna. Allí hemos visto "El grito", la imagen nocturna de un hombre que expresa el terror en que vive, y que esperamos "muera para la guerra por haber nacido para el arte". Hemos visto "Identidad", una figura mitad conquistador mitad jaguar, y "Masacre", un montón de cadáveres amontonados, ambas de Carlos Alberto Serna, joven de 20 años, monitor de Tallerarte, que ha muerto para la guerra y para el arte: diez tiros, tras la tortura, segaron su vida y castigaron de nuevo la esperanza. Hemos visto obras de niños: hombres matando a hombres; de adolescentes: hombres descuartizando a hombres; de ancianos: hombres asesinando a hombres. El Guillo entiende que la función pedagógica del arte es sacar de cada uno lo que llevan dentro: les convierte en artista al tiempo que les ayuda a curarse de la pesadilla en que viven. ¿Qué mejor educación para gentes rotas por el miedo y la muerte? El taller está lleno de máximas políticas y de reflexiones estéticas y morales, ingeniosas y certeras: "TALLERARTE, TALLerARME, TALLerARNOS una idENTIDAD estÉTICA"; el taller "es un lugar para hacer ciudadanos, para crear conciencia de sí mismo y de su entorno". Necesitan hablar en una ciudad que les impone el silencio: "en el taller hablan, se confiesan con las manos, comparten su secreto con los otros" y toman "para el pueblo el arte por asalto".

En Tallerarte, el uso del arte, en cualquiera de sus manifestaciones, como ayuda de la expresión y la comunicación, es una metodología especialmente válida entre sectores sociales de bajo nivel de conceptualización y existencia desarraigada. Pero el Guillo, como los grandes maestros, conoce los secretos de la escayola y los del alma de su pueblo, conoce el uso de las formas para expresar la vida y el uso de la vida para expresarse en arte. Él cree que está ayudando a los jóvenes de las comunas a soportar la vida que les ha tocado vivir; pero yo creo que está preparándolos para que un día, cuando llegue la paz, puedan adaptarse a ella.

No parece entenderlo así la Dirección o la Junta del centro, que quieren prescindir de sus servicios. "Falta de presupuesto", dicen. Y empiezan por lo más inútil: el arte". ¡Dios, qué error! Los gestores y profesores del Colegio Progresar parecen ignorar que, para hoy y para mañana, los jóvenes crecidos en el horror no necesitan de las matemáticas, la sintaxis o la historia; necesitan liberarse de las huellas de la guerra, de la sospecha, de la inseguridad, del odio, de la angustia. Necesitan simplemente confiar, tolerarse, compartir y colaborar; necesitan aprender a ser hombres tras haber vivido como lobos. Y Guillo, con alma de artista e historia de obrero de la construcción, sabe hacerlo, puede hacerlo, quiere hacerlo. ¡Qué ceguera no ver en su tallerarte el símbolo de la única esperanza!

Pero Guillermo Villegas Mejía, el artista Yurayaco, tal vez contagiado de la enfermedad de las laderas, la desconfianza absoluta ante las instituciones, hará imaginariamente lo que en la realidad le impiden. Le quitarán el taller, le quitarán los alumnos, pero no la imaginación ni la conciencia de que debe dedicar su vida a unir la escultura y la literatura y a usar el arte como lucha política. "¿Para qué sirve el arte sino para fabricar ciudadanos?".

Y allí, en el descampado del Instituto, en un montículo desde donde Medellín aparece más bella, frágil y amenazada, ha instalado una de sus obras: Perennidad. En sus formas ingenuas y hieráticas, que aluden al elemento egipcio, se cuenta el destino trágico de la familia paisa de las comunas: la "cucha" contempla firme la muerte de sus hombres. Y allí Yurayaco sueña con convertir el montículo, lugar de amor y de sangre en las temerosas noches de "El Picacho", en una obra de arte y en un símbolo de la libertad de la ciudad. Con palabras concisas y gestos de manos seguros, expresiones de la claridad de la idea, dibuja en el viento, con acentos egipcios y precolombinos, formas arquitectónicas que enmarcarán la ciudad. "Una ciudad enmarcada es una ciudad conquistada. Así la hacemos nuestra". Quiere que la comuna vea y haga suya la ciudad; que la comuna sea y se sienta también ciudad. Y sueña con un espeso telón de crotos, esas bellas flores amarillas antioqueñas, que vi hermosas sobre las espaldas de los silleteros de Santa Elena, forrando la pendiente bañada por el sol, "para que desde allí abajo, al mirar, vean que les hemos robado el oro, que el oro es nuestro". Quiere quedarse con los valores de la ciudad para la comuna; quiere que se vea en la comuna el valor de la ciudad.

Cuando un poeta es capaz de soñar tanta esperanza; cuando es capaz de robar a los sicarios unas horas para el arte; cuando es capaz de extraer de las entrañas de los hombres el horror que los separa, ¿no es un crimen más silenciarlo? Si Medellín, si Colombia, quiere tener futuro, ha de comenzar a prepararse para el día de la paz. Pensando para la guerra, ésta se reproduce; las estrategias de guerra tienden siempre a perseverar. Guillo representa una puerta abierta a la esperanza; y la ceguera institucional que le niega su obra pedagógica y su arte liberador es un símbolo del pesimismo, del cierre de toda alternativa, con que los colombianos viven su drama. ¿Cuándo se comprenderá que no habrá paz hasta que el oro de la ciudad no brille y deslumbre en las comunas, en las faldas de "El Picacho"? Gracias, Guillermo, por hacérmelo entender.


J.M.Bermudo (1997)