LA LÓGICA JÁNICA DEL LIBERALISMO

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En los últimos tiempos se ha reactivado el interés de los estudiosos por el neoconservadurismo, disputando incluso el protagonismo al neoliberalismo. Encerrado el mundo en el horizonte capitalista, tras la caída del “Muro de Berlín”, y enclaustrada la crítica filosófica en la autoreferencia, no es extraño que la realidad cediera el puesto al simulacro. Pues un simulacro es, y no inocente, el espectáculo de un mundo que, en su representación en la conciencia, parece confiar su futuro, nuestro futuro, al enfrentamiento entre dos opciones hermanas, entre neoliberalismo y neconservadurismo. Semejante alternativa, que pone a prueba la capacidad de sumisión del pensamiento, incapaz de pensar fuera de esos márgenes, nos lleva a situaciones tan paradójicas como la de reconstruir en claves progresistas a personajes como Henry Kissinguer, que en este escenario dadaísta aparece enfrentado a las fuerzas del mal, hoy encarnada en los lobbies de opinión que embellecen la política de guerra que entretiene la libido de G. Bush. Cuando los conceptos no están claro, la reflexión tiene estas cosas; con intuiciones y metáforas podemos vivir, pero me temo que no podemos pensar. Y cuando se vive fuera del pensamiento, entregamos la voluntad a los tejedores de relatos, a los creadores de escenarios de representación que, en posesión de los dos poderes demiúrgico de la ontología contemporánea, los de “visualizar” y “silenciar”, trasladan nuestra existencia al ecosistema de la simulación, donde la angustia es real y la emancipación ilusoria.

El objetivo de esta reflexión es salir de este tablero de juego, buscando otro en el que neoliberalismo y neoconservadurismo dejen de ser la alternativa que en el simulacro copa el horizonte para presentarse como lo que realmente son, caras de una estrategia compleja de desarrollo del capitalismo. Para salir de ese tablero hay que generar otro aparato conceptual, otro léxico; aquí nos proponemos dar algunos pasos en ese sentido, conscientes de que son sólo eso, primeros y provisionales. Su virtud, en todo caso, no estará en su potencia para cambiar el escenario de pensamiento filosófico político, sino en su capacidad para, en negativo, hacer dudar del mismo, para sospechar que nos hallamos tan sumergidos en su lógica que lo consideramos natural y, por tanto, inocente.


1. Polémicas de familia.

“Neoconservadurismo” es un término confuso en una época de categorías blandas y maleables [1]. Subrepticiamente ha pasado a designar las fuerzas del mal. Casi siempre se usa en sentido peyorativo, y nadie se autoproclama de ese gremio. A diferencia de “conservador”, que en su tiempo designaba una opción política y cultural pública y confesable, y que incluso se ha mantenido con cierta aureola de encanto en medio de una “mala conciencia” social progresista, el neoconservadurismo parece una opción sin militantes. Hasta los conservadores clásicos, los con-clásicos, huyen de ese terreno apestado.

En el debate contemporáneo es un término de combate ideológico, usado para la crítica y no para la autodefinición. Los liberales estadounidenses lo lanzan contra los miembros del Partido Republicano, pero éstos lo rechazan y contraargumentan, no sin razón, que miren las filiaciones de los líderes de ese movimiento y encontrarán que muchos de ellos, y de los más destacados, proceden del partido demócrata. Los neocons son rechazados con igual desprecio por los demócratas, que aparentan oponerse al neoconservadurismo por diferencias políticas y culturales, y por los conservadores clásicos, que se oponen al neoconservadurismo con diferencias éticas y estéticas. De facto los demócratas americanos –y los europeos- han utilizado el término para criticar las políticas y a los líderes republicanos de la actual administración.

Una caracterización meramente negativa del neconservadurismo, hecha en la batalla político ideológica y por sus enemigos, no carece de todo interés; pero no podemos tomarla por sustantiva. Por otro lado, que los neocons no se autoreconozcan como tales, tampoco es una razón para creerlos, aunque sí un motivo para sospechar del contenido y función del concepto. En definitiva, en el uso habitual de los críticos, “neoconservadurismo” refiere a un programa político, económico cultural e incluso axiológico; y es sorprendente que refiera a una política real, que se muestra efectiva, que se está implementando, sin que nadie lo defienda. Los conservadores clásicos defendían su mundo con pasión, convencimiento y orgullo: ¿por qué no es así entre los neocons.

Nos parece evidente, pues, la necesidad de clarificar el concepto, para así pensar y valorar esta ideología, movimiento, estrategia política o lo que sea. Con ello reconocemos, aunque no partamos de cero, la insuficiencia del léxico de la interpretación y crítica actual. En la misma, a la hora de plantear el problema suelen dominar dos enfoques, con frecuencia intercontaminados, que se corresponden con dos tradiciones o disciplinas académicas: el de la ciencia política y el de la historia de las ideas.


1.1. En el enfoque desde la ciencia política, lo habitual es usar el término “neoconservadurismo” para designar las políticas -y las ideologías en que se sustentan- de los últimos gobiernos conservadores británicos (Margaret Thacher) y estadounidenses (Ronald Reagan (81-89) y G. Busch (01-06)). Puede comprobarse este enfoque en el interesante libro coordinado por Ralph Miliband, Leo Panitch y John Saville, El neoconservadurismo en Gran Bretaña y Estados Unidos (1987) [2]. La posición hermenéutica que domina el texto no parte de un concepto y, con el mismo, desde su contenido, intenta pensar y valorar las políticas de esos dirigentes; al contrario, parece que el contenido del concepto le viene dado, de forma aleatoria, por las políticas empíricas de esos periodos. O sea, “neoconservadurismo” es un mero nombre que se aplica a unas posiciones políticas; elevado a concepto, su contenido es el de dichas políticas, subsumiendo el ser que nombraba. Es, pues, un concepto empírico, nombre que describe una realidad empírica; como tal, arrastra siempre el déficit de la arbitrariedad en la selección de las políticas bautizadas como neoconservadoras, en este caso las políticas de los tres dirigentes citados [3]. Puede ser útil para nombrar unas políticas y para hablar del tema, si compartimos la elección; pero no servirá para pensarlas.

El citado texto de Miliband, de 1987, con muchos valores que aquí no cabe elogiar, deja ver el déficit teórico del concepto de neoconservadurismo que usan los autores del libro. Por ejemplo, es constatable que en el mismo se piensa el neoconservadurismo preferentemente en términos de política interior, al contrario que en nuestros días, donde los neocons suelen ser identificados desde su compromiso con la política exterior, y particularmente con el uso en la misma de la guerra. Del mismo modo, las claves evaluativas del análisis de los trabajos recogidos en el libro se hacen en el esquema conservador/progresista, mientras hoy pivotan sobre el pacifismo y la hegemonía militar. Es normal que un concepto empírico de neoconservadurismo, construido desde una realidad (por ejemplo, la política del mundo anglosajón en la etapa de M. Thatcher y R. Reagan), tenga dificultades para adaptarse a la etapa G. Bush [4]. La ausencia de un concepto teórico de neoconservadurismo implica necesariamente estos déficits. Los conceptos empíricos, subordinados a una situación, sirven para describir ésta, pero no para pensarla; y, sobre todo, no sirven ni para describir ni para pensar otras situaciones.

En el momento actual se está repitiendo este error, al caracterizar el “neoconservadurismo” en el escenario de la política exterior. Es obvio que en el momento actual, en la perspectiva de la globalización, la “política exterior” tiene un protagonismo incuestionable. Y, dentro de esa política exterior, por las mismas razones generales, es la política militar la joya de la política. Hoy nos vemos arrastrados a valorar la política de los EE.UU. por sus intervenciones en oriente medio, y no por su política comercial; y valoramos a los otros gobiernos en función de su alineación en este frente. Esto tal vez es inevitable en la praxis política cotidiana. La cuestión es si esta factualidad justifica que simplemente redefinamos el neoconservadurismo en este estrecho entorno empírico. En el límite, es obvio que Irak –invisibilizando a Afganistán, Líbano y Palestina- se ha convertido en el referente preferido para caracterizar a los neocons. No se llama neoconservador a quien apoyó o justificó la intervención militar en Afganistán…; el referente de delimitación es Irak.

No nos parece una metodología eficiente convertir los conceptos en meros descriptores. Seguramente hoy no es aceptable un concepto de neoconservadurismo que no incluya, incluso de forma preferente, la postura agresiva y belicista hacia el exterior, la intransigencia cultural hacia el extranjero, la reactivación de la hegemonía militar. Pero restringir de este modo su uso nos perpetúa en la incomprensión y nos arrastra a dos ficciones teórica: una, que el mal, con rostro de neocons, está sólo en el gobierno de G. Bush y en sus aledaños, invisibilizando las complicidades; y otra, que el mal, con rostro de neocons, anida sólo en unos círculos demoníacos de intransigentes, con poder coyuntural, a quienes un día desplazará el neoliberalismo tolerante y pluralista.

En un interesante y bien documentado trabajo de P. Manglano. Investigador del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales Estratégicos, los neoconservadores son identificados con nombres, apellidos, filiaciones, vinculaciones, trabajos... Sin duda el texto cumple bien su misión, pero filosóficamente el concepto se empobrece hasta reducirse a un grupo de presión localizado y acotado, con fuerza sin duda para determinar la política norteamericana en este momento, pero sin relevancia teórica. En la lista están asesores, cargos políticos, periodistas, rectores de instituciones poderosas...; allí aparecen de Elliot Abrams a Johm Bolton, William J. Bennet y Eliott Cohen; desde la influyente escritora Midge Decter y su marido Norman Podhoretz, uno de los ideólogos, hasta Eric Edelman, Douglas Feith o Francis Fukuyamna; desde Richard Cheney y su esposa, Lynne Cheney, a los influyentes Irving Kristol y John Podhoretz; abogados poderosos, como James Woolsey y políticos con poder, como Paul Wolfowitz. Y se describe bien la red de instituciones que aglutinan, los poderes que mueven. Y todo esto es importante, sin duda. Pero nos tememos que con ello no damos ni un paso hacia la construcción de un concepto de neoconservadurismo que nos permita pensar el presente, juzgarlo y tomar posición ante el mismo [5].

Este análisis positivista ni siquiera nos ayuda a decidir si los “neo” son “news”. Nos sirve para tomar posición, para situarnos a nivel de opiniones, si se quiere, ideológicamente; pero no nos ofrece una perspectiva filosófica desde la que comprender la realidad y actuar globalmente.


1.2. El segundo enfoque mencionado, el propio de la historia de las ideas, aspira a buscar y establecer cierta genealogía del neoconservadurismo a partir del conservadurismo clásico. Aunque nos parece que en cierto modo se reproduce el problema del concepto teórico, es bien cierto que el neoconservadurismo clásico, como opción política, o como ideología, tiene una mayor codificación y una mejor identificación; o sea, usamos un concepto con alguna consistencia y definición, suficiente para pensar en un cierto nivel de abstracción. De este modo, el enfoque de la historia de las ideas busca en la historia y, rastreando las obras de los pensadores prima facie conservadores, conforme a ese concepto o noción convencional, trata de desarrollar el concepto, fijar filiaciones y alineaciones, comprender los cambios y adaptaciones a las nuevas circunstancias, etc.

Seguramente esta es una estrategia de reflexión útil, y en cierta medida insustituible; pero nos tememos que no es todo lo clarificadora que cabría esperar. En todo caso, se muestra deficiente a la hora de fijar el concepto actual del conservadurismo, o sea, el concepto de neoconservadurismo. En parte porque, como ya he dicho, no hay un concepto claro de filósofo o político “conservador”, carencia que se arrastra al construir desde el mismo la figura del “neoconservador”; en parte también, porque esa debilidad conceptual facilita una diversidad de interpretaciones que impiden construir el uso común del concepto.

Estas dificultades aparecen incluso en un texto tan divilgado y de un profesor tan cualificado como John Gray, su Liberalism [6]. En su recorrido histórico de las figuras de pensadores como Hume, Burke o Tocqueville, no se decide por situarlas en la banda liberal o la conservadora, quedando sus rostros intelectuales a disposición del lector. Y si bien es cierto que hay casos de demarcación clara, como los de F. A. Hayek y R. Nozick, a los que propone como paradigmas del neoliberalismo, la verdad es que los argumentos para liberarlos del amenazante estigma de neconservadurismo no son contundentes. No podemos entrar en su comentario, pero están a disposición de todos. A nuestro entender, el libro del profesor Gray es una bella muestra de las dificultades casi insuperables de separar liberales de conservadores. Pero, sobre todo, es un implacable ejemplo de que el concepto no puede construirse por vía empírica, por inferencia desde los textos, las políticas o las posiciones de los conservadores. Diderot se reía en su Promenade du sceptique de los filósofos que buscaban el Ser, que pretendían descubrir sin falsas ideas previas. Si no lo han visto nunca, venía a decirnos, ¿cómo lo reconocerán aunque tropiecen con él? Bien, ese es el problema; sin un concepto claro y distinto de conservadorismo, ¿cómo rastrear en la historia el pensamiento conservador? ¿Cómo identificar los lugares –autores, textos, políticas- desde donde construir la idea?

Otro ejemplo de las dificultades del enfoque historicista nos lo ofrece un autor no menos prestigioso, Robert Nisbet, en su no menos divulgado libro Conservatisme [7]. Dejemos de lado el problema de seleccionar a los “conservadores” en el magma liberal, mal que también aqueja a su texto, para destacar otra manifestación del mismo, a saber, la imposibilidad de delimitar las dos ideologías, la conservadora y la liberal. Nisbet afirma que el conservadurismo es una de las tres ideologías –junto al liberalismo y al socialismo- de nuestro tiempo, de nuestra civilización occidental. En una primera aproximación esta tesis puede ser aceptable, incluso trivial, aunque pueda imaginarse una ampliación del repertorio; pero desde una mirada filosófica crítica surgen muchas dudas, tantas que la vuelven inadmisible. Una división de ese tipo, tan rotunda, hace suponer que se trata de ideologías fuertes, omnicomprensivas, con ontologías, axiologías, teorías de la historia, concepciones de la sociedad, bien diferenciadas. Pero, desde este presupuesto, la tripartición no es admisible; o, al menos, los argumentos que R. Nisbet aporta –escasos, dispersos, ingenuos, pues no problematiza la tripartición, sino que la da por supuesta- son claramente insuficientes. Reconocer ciertas diferencias en algún ámbito de la representación ideológica –estética, ética, social, costumbres…- entre liberalismo y conservadurismo no permite su radical distinción. Sobre todo cuando esas diferencias no son constantes, tal que los conservadores de cada momento histórico tienen unas diferencias específicas respecto al liberalismo de ese momento. Una distinción de este género es frágil, contingente y a todas luces insuficiente, por basarse en elementos superficiales y marginales. En actitud contrafáctica, no cuesta mucho trabajo encontrar entre ambas “ideologías” potentes e indisolubles identidades, tan esenciales a las mismas como la incuestionable defensa del capitalismo y la irrenunciable defensa de la democracia liberal. Cuando se comparten tan potentes representaciones, ¿pueden separarse como ideologías distintas por sus diferencias en elementos coyunturales y extrínsecos?

La tarea de delimitar el pensamiento liberal del conservador se vuelve misión siempre insatisfactoria por la carencia de un concepto teórico fuerte del conservadurismo; y esta carencia se traslada a la demarcación entre neoliberalismo y neoconservadurismo en el enfoque de la historia de las ideas. Incluso textos menos historicistas, como el brillante ensayo de Alain Finkielkraut, La nueva derecha: la revancha y la utopía [8], revela las metamorfosis del neoconservadurismo, apropiándose del vocabulario de corrientes filosóficas progresistas. Pero describir el funcionamiento de las ideologías, con ser atractivo, no resuelve el problema de fondo; al menos no el que nos ocupa.

Y no saldremos de la confusión mientas nos movamos en las metodologías en que nos movemos: la vieja idea empirista de inferir el concepto de lo dado, que nos condena a una reflexión circular, y la contemporánea y wittgensteiniana tendencia a identificar el significado con el uso, idea pragmática del lenguaje, la cual si bien nos permite entendernos a cierto nivel práctico (entre nosotros: los conservadores son los malos, y más o menos son los halcones, derechones, reaccionarios…) no nos ofrece la menor ayuda para pensar y decir con claridad [9].


1.3. Este cambio epistemológico que reivindico en el enfoque de los estudios sobre neoconservadurismo no es novedoso. Al menos no lo era ayer, aunque así pueda resultar hoy, dado que hemos recaído en metodologías positivistas olvidando la crítica de la que en un cercano ayer fueron objeto. Un ejemplo es la brillante tesis de doctorado, Joseph Baqués. Su estudio es apropiado a lo que nos ocupa: “El neoconservadurismo: fundamentos teóricos y propuestas políticas” [10].

El trabajo es una síntesis de su brillante tesis de doctorado [11] Quiero dejar claro que es una tesis brillante, bien hecha, bien valorada. Pero, a pesar de sus muchos méritos, nos sirve de ejemplo de las mencionadas dificultades teóricas a la hora de pensar el neoconservadurismo. De hecho, una de las más valiosas aportaciones de su obra, junto a los logros de su exploración crítica del neoconservadurismo, radica en haber dado pasos importantes en la elaboración del concepto. Méritos que apreciamos, pero a nuestro entender insuficientes, lo que muestra las dificultades de romper con la confusión conceptual que padecemos todos.

Las dificultades a las que nos referimos se revelan en el texto del Prof. Baqués desde el principio de su obra, ante la necesidad de “acotar” el campo del estudio neoconservador. Se ve obligado a separar el mundo anglosajón del Europeo-continental (y de los otros mundos), por no encontrar entre ellos homogeneidad ni siquiera en el vocabulario. Y, situado convencionalmente en lo anglosajón, opta por descartar de ese territorio a los “contrarrevolucionarios” y a los “reaccionarios”, seleccionando “pensadores que tenían algo que aportar a las modernas sociedades occidentales”. Esta limpieza ideológica del neoconservadurismo, que pudiera leerse en claves de arbitrariedad, para nosotros simplemente revela el problema de la ausencia del concepto; y, en todo caso, trasluce la propuesta de que está asumiendo, sin advertirlo, que el pensamiento conservador está comprometido con el desarrollo de la sociedad capitalista. Esta es una buena referencia, que promete la posibilidad de pensar el conservadurismo, y en particular su forma “neo”, desde el desarrollo del capitalismo, de sus necesidades, sus límites, sus exigencias, sus cambios, etc. Nos abre una buena perspectiva, que debemos seguir. Y, para hacerlo, debemos preguntarnos enseguida: si el conservadurismo es una ideología del capitalismo, ¿es diferente a al liberalismo?, ¿acaso defienden dos modelos diferenciados de sociedad capitalista?

Pero, como no cuenta con un concepto teórico previo de neoconservadurismo, y como no quiere imponer la noción que sin duda tiene del mismo, por exigencia de la metodología de la ciencia política que exige derivar el concepto de lo empírico, el Prof. Baqués, como tantos otros ilustres investigadores del tema, se ve obligado a recurrir a la historia del conservadurismo, a la genealogía. De nuevo la sonrisa de Diderot parece llegarnos del horizonte.

No entraremos, pues, en los detalles de libro, pero sí en una breve aproximación a la descripción de esta corriente conservadora que, vía Disraeli, inspirará el movimiento conservador británico, la llamada “democracia tory”. Dice Baqués al respecto que “Su rasgo más llamativo es la dimensión social. En efecto, Disraeli apostó, en su literatura, por la denuncia de las inhumanas consecuencias derivadas de la industrialización en Inglaterra; se enfrentó al liberalismo económico y a su campeona, la clase media. Años después de publicar sus “novelas sociales” tuvo que enfrentarse con responsabilidades de gobierno y, con coherencia que le honra, se dedicó a favorecer a los obreros ingleses con medidas verdaderamente incisivas para la época: ampliación del derecho de voto (1867); legalización de los sindicatos, admisión del derecho de huelga y de los piquetes pacíficos; reforma de la legislación laboral y, por ende, de las condiciones de trabajo. En este sentido, los valores defendidos por este “viejo conservadurismo” están en las antípodas del laissez faire y del liberalismo manchesteriano de un Lipset o un Raab” [12]. No pongo en duda la validez del juicio histórico sobre ese conservadurismo británico, pero creo que esto no ayuda a esclarecer el concepto. Este Disraeli de Joseph Baqués es tan atractivo que se nos vuelve peligroso por fascinante. Aquí los malos son los otros, los defensores del capitalismo antihumano (¿los neoliberales?). El momento de ruptura con la sensibilidad y la cordura, según J. Baqués, llega de la mano de Margaret Thacher. Con ella se entierra el embrujo de Disraeli y se da paso al nacimiento del “neoconservadurismo”. Pero, claro está, en esa perspectiva sería preferible hablar de post-conservadurismo: el post apunta a superación, a ruptura sin continuidad, a lo otro, mientras que el neo, si no abusamos de su función gramatical, alude a una identidad de fondo, a lo mismo actualizado o remozado.

Vemos de nuevo los efectos de un análisis que no parta de un concepto teórico fuerte y bien definido de neoconservadurismo con el cual poder pensar y juzgar la realidad. Si Disraeli es prototipo de la posición conservadora, ¿por qué llamar neo-conservadores, sin violentar la gramática, a los teóricos del thatcherismo? Sería mejor inventar un nuevo nombre. El hecho mismo de que el Prof. Baqués, a la hora de seleccionar los autores prototipos de cuyos textos extraer los contenidos del concepto de neoconservadurismo, elija a Hume, Tocqueville, Hayek y Nozick, todos ellos pensadores que muchos estudiosos no dudarían en situar en el liberalismo más canónico.

Cuando la reflexión finge iniciarse con la búsqueda del concepto, se ve obligada a centrar la mirada a ciegas en lugares del pasado o del presente que, en el marco de la metodología asumida, carecen de legitimidad teórica; y aunque, como ya hemos indicado, subrepticiamente esa ceguera camufla cierta noción no explicitable por falta de avales teóricos fuertes, que en el empirismo positivista sólo pueden darse a posteriori, pero aceptables por recoger tópicos y usos comunes, no es suficiente para impedir dificultades y perversiones como las que venimos señalando. Cuando se tiene una idea actualista y positivista del neoconservadurismo como la descrita por I. Kristol en Neoconservatism. The Autobiography of an Idea [13], como un discurso con capacidad de seducción que ha ganado hegemonía y protagoniza la política exterior norteamericana, es normal que al menos aparezcan dudas de si esta posición debe llamarse “neo-conservadora”, que enuncia la identidad de fondo, o “new-conservadora”, que asume abiertamente que estamos ante algo nuevo.


2. El referente económico como espejo.

Ni la perspectiva de la ciencia política, ni la propia de la Historia de las ideas agotan el discurso sobre el neoconservadurismo, aunque su hegemonía metodológica ayude a ocultar otros significados y sentidos del concepto que sólo pueden revelarse a otras miradas. Todo lo dicho hasta ahora se orienta a mostrar la conveniencia de encontrar un nuevo marco de interpretación global, un nuevo vocabulario que permita comprender el neoconservadurismo en su necesidad y su sentido particulares, y que fije un referente fuerte desde el cual caracterizar y valorar tanto el viejo conservadurismo como el “neo”, e incluso el “new”, como una posición política e ideológica entre otras alternativas, explicitando su necesidad estructural y su función global.

En la búsqueda de esta perspectiva nos parece un principio hermenéutico esencial referir la ideología al sistema socio económico, situar la reflexión en el escenario del capitalismo, de su desarrollo, sus necesidades, sus contradicciones, sus vicisitudes. Como cualquier otra ideología de nuestro tiempo, su contenido, su función y su evolución carecen de lógica propia y debe pensarse en relación con el marco económico, social e institucional en que tiene efectos y del que recibe determinaciones. Sin este presupuesto presiento que nos condenamos a un discurso arbitrario sobre una realidad contingente; en cambio, asumiendo el mismo, damos por supuesta la absoluta dependencia del conservadurismo respecto al orden capitalista, su evolución y sus formas históricas: orden socio-económico-cultural que el conservadurismo, como ideología interna al mismo, determina y requiere para su reproducción.

En este escenario de representación configurado por el perfil del capitalismo, que nos exige pensar la opción conservadora y sus formas en relación con las formas de producción y la institucionalización política, podemos adoptar tres perspectivas: la del filósofo de la historia, la del teórico del capitalismo y la del ideólogo igualitarista.


2.1. Si asumimos la perspectiva del filósofo de la historia, nos situamos en un escenario de máxima abstracción, desde el que nos aparece el orden capitalista confrontado a su otro, a sus negaciones, a sus cuestionamientos. En esta perspectiva el conflicto se da entre dos figuras, capitalismo/revolución. Lo que cuenta de una opción es su actitud ante el capitalismo. Toda posición tendente a defender el capitalismo sería, en sentido estricto y literal, conservadora, tendente a conservar el sistema capitalista y sus condiciones de reproducción; y llamaríamos revolucionarias a cuantas opciones persiguieran su negación, propusieran sistemas económicos y sociales alternativos, propiciaran la subversión o transformación profundas del sistema y de sus condiciones de existencia.

En esta perspectiva los liberales, con su intrínseca apuesta por el capitalismo, formarían parte del conservadurismo histórico; como a efectos prácticos la defensa del capitalismo se ha hecho siempre en claves del discurso económico y político liberal, puede decirse que en este nivel de representación no hay razones para distinguir entre “liberales” y “conservadores”. La pretensión de defensa y conservación del capitalismo aporta una identificación fuerte, que diluye las diferencias estratégicas que ocasionalmente pueden hacer acto de presencia.

Aunque no me parece despreciable esta perspectiva, y considero que no deberíamos olvidarla del todo, me parece que se trata de una caracterización muy abstracta y a todas luces insuficiente para nuestro empeño. No es tampoco despreciable el efecto negativo derivado de su uso no habitual de los términos: poner a los liberales como conservadores, borrar sus diferencias, puede parecer una forma de disolver el problema sin resolverlo. Por tanto, la dejamos enunciada y en espera.


2.2. Si adoptamos la perspectiva de la teoría del capitalismo, situándonos dentro del sistema, asumiendo sus límites como límites del mundo, desaparecen de la representación las alternativas y el escenario se restringe a la historia y perspectivas del capitalismo, a sus avatares internos. En este nuevo horizonte las fuerzas en juego relevantes son las que activan una pluralidad de modelos y estrategias dentro del marco sagrado del capitalismo y su orden político liberal-democrático. Sólo son visibles o pensables las distintas posiciones en su seno, se trate de diferentes ideas de sociedad o de diferentes estrategias en su defensa y reproducción.

Entre las diversas posiciones, históricas o posibles, compatibles con esta perspectiva toma especial relieve la distinción entre dos opciones clásicas, ambas liberales, a saber, liberalismo progresista y liberalismo conservador. Llamamos “liberal progresista” a una apuesta desenfadada por el capitalismo, asumiendo todos sus efectos, en particular sus efectos culturales y axiológicos. Aquí lo importante es la apuesta sin fisuras ni condiciones por el progreso material, sea por la ingenua convicción de que del bien sólo puede venir el bien, lo que lleva a una apuesta desenfadada y ciega por el progreso material y su corolario, el progreso moral; sea por la razonable máxima según la cual quien quiere las causas debe querer los efectos, tal que se asumen como efectos colaterales la degradación social y moral inherente al desarrollo.

En correspondencia, llamamos “liberal conservador” a quienes asumen una posición que, aceptando el capitalismo y su orden político democrático liberal, se opone a algunos de sus efectos, a algunas de sus figuras; de forma preferente ponen resistencia a las implicaciones de índole moral y cultural, éticas y estéticas, pero también a algunas sociológicas, en particular a las relaciones de orden y jerarquía. Esta posición que quiere las causas pero no todos sus efectos, lleva a los conservadores a situaciones paradójicas. Y aunque a veces puede dar la impresión de que rechazan el capitalismo, en el fondo sólo rechazan ciertos “males” intrínsecos a su desarrollo histórico. Quieren lo imposible, anhelan un capitalismo ordenado e incluso “humanizado”; por eso, cuando se sufren los efectos más cínicos de la sociedad capitalista la evocación conservadora puede llegar a parecer seductora.

En este escenario, decimos, la oposición es interna al liberalismo, y se da entre conservadores y progresistas. La historia de la política nos ofrece esta distinción en los propios nombres de los partidos, que asumía con consciencia su posición. Es cierto que, con el tiempo, la posición progresista ha acaparado para sí el título de liberal, marginando al conservador de ese reino compartido. Pero, aparte de que podemos seguir hablando así siempre que sepamos qué conceptos hay tras los usos de las palabras, conviene reivindicar que la oposición relevante en este escenario es entre conservador y progresista, por dos razones. Una primera razón, porque dejamos activa la idea de que ambas posiciones son liberales, es decir, son indiscutiblemente comprometidas con el orden capitalista y con el individualismo liberal (derechos individuales, libertades negativas, estado mínimo...); una segunda razón, porque enfatizamos que la oposición entre ambos tiene límites, está circunscrita a ciertos ámbitos, tal que, con ser importante la diferencia –y lo es, y mucho, en la vida cotidiana-, se da siempre sobre una identidad, una complicidad de fondo, sin la cual no podríamos comprender muchos de los fenómenos socio políticos del pasado y del presente.

Las diferencias entre liberales conservadores y liberales progresistas, amplias e intensas, nada despreciables, pueden ser de diversos tipos. A veces se trata de diferencias políticas sustantivas, en cuento que afectan a aspectos del modelo de sociedad, a su cultura y a sus valores; otras veces se trata de diferencias de estrategias de defensa y expansión del capitalismo, de discrepancias para mantener la reproducción del orden económico y político. La confrontación de las mismas y el grado de agresividad con que se expresan en el espacio público variarán con las coyunturas. Lo que aquí nos interesa destacar es que, aunque en situaciones particulares pueda llegar a ser una contraposición principal, que protagonice el debate político, nunca sobrepasa ciertos límites, nunca pone en juego el sistema. Y ahí reside una fuente de dificultades prácticas a la hora de separar por sus propuestas políticas a los neoconservadores de los neoliberales. La propia historia nos muestra que con mucha frecuencia los conservadores no han tenido partidos propios, distribuyéndose en partidos liberales, republicanos, populares, demócratas e incluso laborista. Todo ello refuerza esta idea de la necesidad de enfatizar en el análisis la identidad de fondo de las familias liberales.

 

2.3. En fin, si nos situamos en la perspectiva ideológica o ética igualitarista, en este caso, sin cuestionar el orden capitalista ni la democracia, se contempla un escenario de confrontación entre dos modelos de sociedad capitalista, uno atrincherado en los derechos individuales y en la teoría lockeana de la apropiación justa y otro apoyado en la defensa rousseauniana de la igualdad como figura indiscutible de la justicia y del bien.

En este escenario la oposición relevante se engendra en torno a dos ejes, diferenciables aunque indisolublemente unidos. Un eje de demarcación se constituiría en torno a las políticas redistribucionistas (o, si se prefiere, las políticas sociales); el otro denotaría la participación política y la democratización de la vida en sus diversos lugares de relaciones y prácticas sociales (la fábrica, la iglesia, los hospitales, la escuela, el mercado...).

Estos dos ejes de demarcación combinados nos permiten fijar las dos figuras políticas protagonistas de esta perspectiva: liberales y socialdemócratas. Acentuando la óptica del primer eje, la redistribucionista, no vemos motivo alguno para diferenciar en el campo liberal a los conservadores de los progresistas o radicales; tampoco la historia nos permite sostener una distinción constante entre ambas opciones, y no caeremos en argumentos ad hominem. Desde la óptica participacionista tal vez pudieran establecerse matices, pero no nos parecen muy relevantes.

Si nos dejamos contagiar por el presente, los socialdemócratas contemporáneos podrían verse como una tendencia o “sensibilidad” en el seno del liberalismo, denominable “socioliberal”. No es extravagante que nuestro presidente Rodríguez Zapatero se haya autodefinido como “socialista liberal”. Pero, en coherencia con nuestra argumentación, hemos de elaborar el concepto de socialdemocracia al margen de sus concreciones históricas y sucedáneos contingentes. En este sentido, la distinción liberalismo versus socialdemocracia es teóricamente pertinente y necesaria a nivel práctico. Incluso permite obviar la confusión generalizada entre liberalismo y democracia, que el proclamado discurso “democrático liberal” ha convertido en tópico. Reivindicar y enfatizar esa distinción ayuda a distinguir entre las posiciones políticas democráticas y las “liberal democrática”: la primera se identifica con lo que a veces se ha llamado “democracia real”, es decir, democracia igualitarista en economía y participativa en política; la segunda se identifica con la “democracia formal”, es decir, con el selectivo y elitista “gobierno representativo” –orden político genuinamente liberal-, como le llamaban sin excepción sus teóricos del XIX, maquillado con el aval democrático de la universalización del derecho al voto y los demás derechos políticos. La distinción entre liberalismo y democracia ayudaría mucho a la clarificación del pensamiento político, permitiendo pensar esa oposición en todos los lugares (en el espacio público, en el seno de los partidos, en el interior del pensamiento de cada autor…) en vez de ocultarlo bajo el manto de la identidad democrático-liberal. Y ayudaría igualmente a tratar con más rigor viejos conflictos silenciados tan paradigmáticos como el que se da entre libertad e igualdad, enmascarado hoy tras la oposición reconciliable entre libertades positivas y negativas.


  3. La identidad de fondo en el mundo “neo”.

De estas distinciones que acabamos de hacer, y regresando a nuestro tema, se desprende una línea de interpretación que paso a describir. Bien mirado esas perspectivas permiten distinguir, sin oponerlas, sobre la base de una fuerte identidad, a las figuras políticas del neoliberal y el neoconservador. Esto es muy importante para evitar que, en el ardor de la batalla retórica, nuestra condena de los rematadamente malos, los malvados, nos vuelva tolerantes e incluso compañeros de viaje de los menos malos, o de los malos disfrazados.


3.1. Mi primer argumento es sobre la imposibilidad de una demarcación fuerte entre ambas posiciones políticas. Estoy convencido de que no podemos distinguirlas por referencia a sus respectivas políticas económicas, cuyas diferencias son contingentes e irrelevantes. Y es así de manera rotunda, podríamos decir apodíctica, en tanto que no ha habido nunca ni hay actualmente una teoría económica conservadora reconocida; hay políticas económicas diversas, sin duda, pero si ya es complicado y coyuntural establecer las diferencias en ese campo empírico e ideológico entre neoliberales y neoconservadores, tal empeño sería estéril en cuanto que no se da una distinción teórica de fondo, en tanto que sólo hay usos diversos de la misma teoría, una diversidad de usos no más relevante que la que encontramos entre los propios neoliberales o los propios neoconservadores. En consecuencia, carentes de una teoría económica diferencia, compartiendo la misma, su oposición es de superficie.

Tampoco creo que haya una “teoría política conservadora” en sentido estricto, que responda a otra idea del Estado, del derecho o de la representación política. No veo diferencias sustantivas en la concepción de los derechos del individuo que tienen los neoliberales y los neoconservadores; no aprecio distinciones relevantes en su idea de nación, de ley, de propiedad, de división de poderes, de estado de derecho… Y se juega a la confusión cuando se busca la diferencia comparando dos autores, seleccionados de cada posición, pues se invisibiliza que se trata de diferencia personales o circunstanciales, semejantes a las que podemos encontrar sin grandes esfuerzo entre dos autores del mismo posicionamiento.

Incluso tiendo a pensar que, en rigor, no puede afirmarse que neoliberales y neoconservadores tengan diferentes ideologías. Los argumentos de Robert Nisbert en ese sentido, poniendo el conservadurismo al nivel del liberalismo y el socialismo, no son en absoluto convincentes. Una ideología, a nuestro parecer, no se identifica por un conjunto mosaico de opciones de valor circunstanciales; una ideología en sentido sustantivo incluye presupuestos ontológicos, epistemológicos y antropológicos de fondo, una axiología consistente, una representación del mundo compacta; y todo ello sin ser un dogma exhaustivamente codificado, permitiendo desplazamientos en su seno, donde radica su fuerza aglutinadora. El conservadurismo y el neoconservadurismo comparten la ideología liberal, el marco común de comprensión y evaluación del mundo; y pueden diferenciarse desde esa identidad de fondo [14].

Por otro lado, una ideología no es una creación ex nihilo al margen de la vida, sino un instrumento de vida, de relación con el mundo y con los otros; y ese mundo al que responde, que sufre, que quiere defender, adecuar o reformar, es el mundo capitalista, el mismo mundo de la ideología liberal. Quiero decir que el neoconservadurismo es una ideología de la sociedad capitalista, una ideología reconciliada, orgánica; por tanto, no hay base objetiva para diferenciarla de la ideología liberal. Creo que sólo ofrece variaciones de la misma, desplazamientos que contribuyen a la fuerza aglutinadora de la ideología liberal.

Es bien cierto que estas variaciones o desplazamientos, irrelevantes desde la mirada analítica global, se convierten en los principales referentes de posicionamiento y lucha en la vida práctica. Aunque se trate de diferencias morales y estéticas, estas devienen suficientemente relevantes como para justificar distinción en la cotidianeidad. Aunque son diferencias de superficie, al fin la existencia se siente ahí, en los acontecimientos, que deciden las tomas de posición inmediata, la clasificación entre amigos y enemigos.

Por tanto, no menosprecio las diferencia morales y estéticas entre conservadores y liberales; simplemente quiero subrayar que, por ser de superficie, pueden decidir la experiencia inmediata, pero no marcarán el destino del mundo. Y, sobre todo, que vistas ambas posiciones desde su identidad esencial, visto el conservadurismo como movimiento en la superficie ideológica del liberalismo, surge la conveniencia de explicar su aparición, su sentido, su evolución, en fin, su respuesta; surge la conveniencia de comprender esa escisión liberal entre progresistas y conservadores.


3.2. Mi segunda reflexión se orienta al contenido histórico de la distinción. En la historia del liberalismo la escisión entre conservadores y progresistas surgió pronto, apenas en su consolidación. R. Nisbert sitúa la escisión en el XVIII, con el conservadurismo romántico; podemos aceptarlo, si bien haciendo notar que ese conservadurismo de los románticos es, en gran medida, ajeno al liberalismo político, fuertemente anticapitalista y abstractamente pro-aristocrático. Aunque el romanticismo se contagiaría de liberalismo, desde nuestro léxico no podemos considerarlo conservador; al ser anticapitalista es revolucionario o reaccionario, pero no conservador.

En todo caso, nuestra tesis es que el conservadurismo aparece al mismo ritmo del liberalismo; y, lo que es más relevante, entendemos que su temprana aparición y su constante presencia es exigida por el capitalismo, como si este sistema social requiriera de las dos figuras liberales clásicas: la progresista o radical y la conservadora. La historia nos obliga a aceptar esta constante presencia de la posición conservadora; por tanto, es razonable pensarla como necesaria al capitalismo. Éste, paradójicamente, necesitaría la constante crítica de su presente, la denuncia del rumbo descontrolado de las cosas, la acción reivindicativa del orden, del control del destino. Necesita, en definitiva, la densidad y el espesor ontológicos del ser parmenídeo de las cosas, que se desvanecen en la indeterminación cuando se asume una ontología heraclitea del flujo incesante como la presupuesta en la idea de la historia regida por el progreso. Tendríamos que valorar si la necesidad de este discurso esencialista es meramente ideológica, con la función de consolar de la paradójica pérdida de subjetividad que acompaña a la afirmación del sujeto en el mundo, o si tiene otras funciones estructurales y políticas; pero, de momento, nos basta con enfatizar la necesidad que el capitalismo parece tener de la posición conservadora.

Puede sorprender que consideremos como necesaria esta posición cuando parece condenada a la derrota permanente, cuando constatamos que el capitalismo sólo se desarrolla venciéndola. Parece que la conciencia conservadora nace para ser derrotada; el desarrollo del capitalismo exige pasar por encima de su cadáver al tiempo que exige de su eterna presencia. Ahora bien, este simulacro de superación no se parece al rechazo del romanticismo, posición que ha de ser expulsada definitivamente a los márgenes, porque su esencia era anticapitalista; ahora estamos ante una posición ideológica que, derrotada en la superficie, triunfa en su fondo. El éxito del capitalismo, que hiere la conciencia conservadora, compensa y sostiene sociológicamente al conservador, que sobrevive al ritmo mismo del desarrollo capitalista. Y es así porque la derrota constante del conservadurismo no era económica ni política, sino moral y estética. Subjetivamente puede vivirse como derrota, porque al fin se hunde la idealización de la sociedad capitalista burguesa, pero objetivamente es el triunfo de la producción, la política, la antropología y la axiología compatibles con el capitalismo.

Ya lo hemos dicho, es como si los conservadores pretendieran el desarrollo del capitalismo sin sus efectos socio-culturales; era su contradicción, o su ingenuidad. La clase social que se genera en la época de la acumulación de capital y en las primeras décadas del capitalismo se da a sí misma la ética y la estética que ese orden requiere: para decirlo de forma rotunda, moraliza la vida, incluida la vida estética, en un ideal de autonomía: de forma disciplinaria, ascética, de sacrificio, de creación de sí mismo. Pero el capitalismo, en su marcha, había de romper esas formas e imponer otras más favorables a su desarrollo: el liberalismo progresista expresaba esa ideología adecuada a los tiempos y los ritmos, a la movilidad social, a las profundas transformaciones en las relaciones sociales.

No podemos hacer el recorrido, claro está. Sólo enunciar la tesis: a vista de superficie el liberalismo conservador siempre ha pretendido compatibilizar el capitalismo con una moralidad y una sociología tradicional, mientras que el liberalismo radical o progresista ha asumido la inevitable subordinación de la cultura y los valores a las exigencias económicas. Por eso los conservadores son eternos derrotados; por eso su existencia es trágica. Y de ahí, en la literatura, su poder seductor (de Chateaubriand a Beaudelaire).


3.3. Remontándonos al siglo XX, a su segunda mitad, tras dos guerras mundiales y el fortísimo desarrollo capitalista que siguió a las mismas, podemos comprobar que la situación se reproduce. Curiosamente, en plena expansión capitalista, ante un salto cualitativo gigante, renace y se activa la posición conservadora. Son muchos más los autores, economistas y sociólogos que de una forma u otra comienzan a dudar de la utopía del capitalismo liberal, el de la “mano invisible”. Aunque en esencia son liberales, que se rebelan con más o menos convicción contra los “efectos culturales colaterales” del capitalismo. Joseph Schumpeter [15] es uno de ellos, entre los más escépticos y pesimistas. Piensa que el capitalismo es víctima de sí mismo, de su triunfo: para asegurar el progreso ha de introducir unos hábitos, relaciones y formas organizativas que vacían de sentido ese progreso, que lo pervierten. Schumpeter asiste nostálgico al final de la burguesía, como clase emprendedora, moralista y culta; en su lugar aparece inevitablemente la burocratización impersonal, las figuras abstractas del gerente y el tecnócrata, el relativismo nihilista y la banalidad cultural. El burgués, dice Schumpeter, contempla con asombro que la racionalidad no se detiene en la desmitificación del rey y del papa, ni en la muerte de Dios, sino que avanza y reconstruye los honestos valores laicos y humanista erigidos por el hombre burgués. 

Esta opinión la comparte Michael Novack en El capitalismo familiar [16]. Considera que el capitalismo funciona bien pero no así la cultura de la sociedad capitalista. Clama por una “reforma cultural” dirigida a crear ciudadanos responsables, hombres honestos con capacidad de autonomía, y familias fuertes y estructuradas. La tragedia de estas nostalgias es que no llama al estado como agente de esa reforma cultural y moral, sino que la espera del mercado, de la libre competencia; el estado sólo debe regular las cargas impositivas para garantizar esa librea competencia. Es terrible la ceguera de los liberales conservadores ante la evidencia: el mal no desaparece sin su causa, y el mal que ellos ven (bien para otros) tiene su causa en el capitalismo.

Más importancia tiene la reflexión de Daniel Bell en trabajos como Las contradicciones culturales del capitalismo [17]. Daniel Bell, que se ha autodefinido como “socialista en lo económico, liberal en política y conservador en cultura”, es una figura paradigmática del liberal conservador lúcido, que sabe que el capitalismo exige un precio, que no le gusta el precio a pagar, pero que pone por encima de todo la lealtad al capitalismo y a sus instituciones políticas liberales. Este teórico social que nos anunció “el fin de las ideologías” tiene el mérito de haber identificado el consumismo como la fuente del mal. Pero ve ese consumismo, que está arrasando todos los valores tradicionales, como fruto de la cultura hedonista. La difusión del automóvil, del cine, de la televisión, son agentes contraculturales, vías de expansión de la mentalidad egoísta y derrochadora. La cultura extendida no es la del trabajo, la creación y la autodisciplina, sino la del goce, el gasto y la espontaneidad

Es sólo una muestra; pero tengo la impresión de que este conservadurismo que surge en la segunda mitad del siglo XX es especialmente significativo y radical por ser la voz de la burguesía feneciente, que debe inmolarse a su obra, víctima de sí, sin otra salida, de acuerdo con el trilema del Barón de Münchhausen [18], que la trágica –o cómica- alternativa de o bien agarrase a su propia cabellera para salir, o bien hacer pie sin llegar al fondo. Trágica alternativa a la que uno se ve abocado una vez descartada la única razonable y posible, pero igualmente suicida, de nadar, flotar y dejarse llevar.


3.4. Suele decirse que el movimiento neoconservador nace como reacción al 68, es decir, como reacción contracultural [19]; y en la misma línea se resaltan sus alternativas culturales frente a la postmodernidad. En especial, se fija una de sus obsesiones en su miedo al pluralismo, y especialmente al pluralismo multicultural. Todo ello puede ser cierto, pero no agota el sentido; y puede ser un obstáculo para la comprensión si con ello se reduce el neoconservador a una variante más del “reaccionario”. Entendemos, por tanto, que la demarcación debe buscarse más bien en el frente político económico.

R. Whitaker señala que la característica de la “hegemonía política conservadora en América y Gran Bretaña en los ochenta”, hegemonía del reaganismo y del thatcherismo, consiste en “los ataques desde una perspectiva de laissez faire contra el Estado” [20]. Esa vía política tiene como efectos la “desregulación” en EE.UU. y la “privatización” en Gran Bretaña; supone la rebelión contra el estado de bienestar socialdemócrata y se hace bajo el grito de guerra “empresa libre contra Estado”. Si Whitaker tiene razón, la cuestión es en qué consiste la diferencia entre ese neoconservadurismo y el neoliberalismo sin más.

Cuando se caracteriza a los neoconservadores por su énfasis en la reivindicación del orden, deberíamos preguntarnos si realmente es compatible la expansión de los derechos efectivos del individuo y la defensa de libertades individuales ilimitadas. Es lo que hace R. Nisbet al valorar que la sociedad, la “mayoría moral”, defiende un gobierno autoritario como garantía del orden político, condición indispensable de la seguridad y del disfrute de los derechos. E interpreta, a nuestro entender con acierto, que la defensa y custodia de los valores tradicionales, que se traduce en la reivindicación de un Estado fuerte, aparte de responder a las necesidad de orden del sistema capitalista y a la demanda de seguridad de los individuos, no debiera confundirse como incompatible con el “estado mínimo” neoliberal [21].

Por tanto, la conveniencia de poner la mirada en la identidad de fondo entre neoconservadurismo y neoliberalismo, encuentra aquí un nuevo argumento. Ya no se trata de pensar el conservadurismo como defensa de un modelo específico de sociedad capitalista, más o menos contradictoria; ni de interpretar su representación en términos de añoranza o consolación. Ahora estamos planteando la siguiente sospecha: si el capitalismo requiere del orden tanto como de la libertad, si necesita controles tanto como indeterminación, espontaneidad tanto como planificación, libertad tanto como seguridad, y si fomenta virtudes ascéticas tanto como hábitos consumistas…, ¿no habremos de pensar en dos discursos liberales, el conservador y el progresista, en cada momento?

No es aquí el lugar de desarrollar en extenso esta sospecha, pero no queremos dejar de señalar que el capitalismo actual, consumista, necesita los dos discursos simultáneos: uno dirigido a la reproducción del buen productor, al individuo en su tiempo de trabajo, donde el orden, el método, la coherencia, la austeridad, la disciplina, la sumisión, son cualidades encumbradas; otro dirigido al fomento del buen consumidor, es decir, al individuo en su tiempo libre, cuyo modelo es la existencia en la inmediatez, en la provisionalidad, en la disponibilidad, en la exaltación de las sensaciones, de los deseos, de la indeterminación. O sea, necesita al mismo tiempo un discurso moralista y otro esteticista, que pueden llegar a confrontarse en la superficie, pero que se necesitan y requieren. Aunque sea simplista a fuerza de esquemática esta caracterización del capitalismo contemporáneo, sirve para introducir esta sospecha de la complicidad entre los discursos neoconservador y neoliberal, fácilmente correlacionables con la mirada moralista y la estetizante que se disputan la existencia humana: racionalidad, control, disciplina y moralidad en la fábrica, y emotividad, inmediatez, espontaneidad y esteticismo en el consumo.

En fin, incluso cuando, a base de reducir el concepto a un fenómenos empírico, se identifican los neoconservadores con el clan Bush y sus apologetas de la guerra, convendría preguntarse si no es absolutamente necesaria, hoy o mañana, para garantizar el nivel de consumo y de bienestar de occidente; si estos pueden mantenerse sin el control de ciertas materias primas del mundo, y sin impedir el acceso a los mismos a sus tres quintas partes de la población; si el planeta no es finito y si el estatus quo no exige la hegemonía militar. Estamos seguros de que, si se contestan estas preguntas con honestidad, se llegará a afirmar que los progres postmodernos y los neos conservadores son cómplices en la misma batalla y con los mismos fines; se comprenderá que, tras los neoconservadores, transfigurados en cuervos y demonios en su discurso de la guerra, están los neoliberales que se frotan las manos sin culpabilidad pública.


4. Voces del coro.

Es ya hora de resumir algunas conclusiones. La primera es que conservadores y progresistas son dos voces del liberalismo; por tanto, dos tendencias ideológicas orgánicas de la sociedad capitalista. Desde las perspectivas hermenéuticas antes comentadas podemos plantear dos interpretaciones posibles de esta dualidad. Una, considerar el conservadurismo como ideología del capitalismo burgués, productivista y ascético, inseguro y puritano; y el progresismo como la propia del capitalismo de consumo, optimista y abierto, confiado y hedonista. Hay buenas razones para esta tesis [22]: los valores reivindicados por los conservadores suelen ser los típicamente burgueses; incluso su visión del capital nacional, el compromiso entre el capital y estado-nación, la idea del imperialismo como relación metrópolis-colonias, reforzarían esta interpretación. En frente se situaría el neoliberalismo consumista, alineado con la postmodernidad y la globalización, con la deslocalización de un capital cada vez más apátrida, con la deriva del desarrollismo sin principios ni finalidad.

Otra interpretación posible sería, en fidelidad a la idea de que la distinción y oposición entre conservadores y progresistas es orgánica al capitalismo, de que el capitalismo necesita de dos ideologías contrapuestas, necesidad derivada de la lógica interna de su reproducción ampliada, que exige aceleradamente negar sus propias creaciones. Necesita de dos ideologías que conformen el modelo de individuo que necesita, escindido en dos funciones, la de productor y la de consumidor. La perspectiva del capitalismo de consumo es una cultura de la indeterminación, de la contingencia, de la espontaneidad, de la inmediatez, de los valores precarios, relativos y plurales.... Pero, condenada a sí misma, esa dialéctica lleva al suicidio. El capitalismo necesita el buen consumidor, sin duda; pero necesita que ese “ejemplar consumidor” vespertino o nocturno sea por la mañana un obrero disciplinado, racional, sumiso y dócil Y para ello necesita la racionalidad, las instituciones disciplinarias, el orden, en suma, la determinación de un discurso que soporte esas virtudes.

Esta contradicción se ve mejor en el presente. En su momento ascético y disciplinario, el de la acumulación, el del capitalismo productivo genuinamente burgués, puede haber más coherencia entre la ética que domina en la fábrica y en el hogar; el capitalismo de consumo exige dos dioses, dos lógicas, dos éticas…. En ese sentido, la constante llamada conservadora es la consciencia de que al capitalismo les es intrínseco el orden, la disciplina, la sumisión; tan necesario como, en su fase consumista, la espontaneidad, la maleabilidad del gusto y de los fines, la existencia instalada en la inmediatez. Desde esta perspectiva, la confrontación conservadurismo con el postmodernismo, última figura del progresismo, cobraría todo su sentido: su necesidad, su función, su oposición cómplice.

No es ya necesario resaltar que estas dos interpretaciones del conservadurismo, como ideología histórica, del momento burgués, y como ideología funcional, intrínseca al sistema productivo, elaboran figuras muy diferentes, que incluso pueden ser vividas como opuestas. En la primera el conservadurismo es una voz añorante, anacrónica, con el encanto de lo derrotado; en la segunda es la voz de la razón y la moral, la exigencia de una vida racionalizada y moralizada incluso en una fase en que el consumo exige el culto al deseo y la estatización de la cultura.

En cualquier caso, y como corolario, resaltar que el enfrentamiento entre progresistas y conservadores, evidente y sensible en el mundo de la vida, estructuralmente es un simulacro que, en su despliegue contradictorio encuentra la mejor manera de cumplir su función reproductora de lo mismo. En este sentido, no debemos perder de vista que el neoconservadurismo conserva el orden capitalista incluso en su derrota en la superficie, gracias a que consigue paradójicamente embellecer a su pseudoenemigo, volverlo deseable. Incluso para los anticapitalistas, cegados por el aparente mal absoluto y negro de la reacción, se vuelven tolerantes con la cultura que realmente cumple la principal función reproductora del sistema económico. Como hemos dicho, los malos malos son los neoconservadores; tan malos que los neoliberales, dialécticamente progresistas, resultan excelentes compañeros de viaje, e incluso posiciones a compartir o imitar. El foco que visualiza al neoconservador invisibiliza al neoliberal; y en este juego escénico de luces y sombras el mal de Irak no es la estrategia capitalista en el proceso de globalización, sino la locura de los neocons, de unos gobiernos o lobbies tan odiosos que nos llevan a amar a sus rivales, que son los mismos.

En su versión última los neocons se definen particularmente por su política exterior: por su belicismo y por su abierta defensa de la guerra preventiva para derrotar el mal y ayudar al bien, siempre sobre la base de la superioridad fáctica de los EE. UU. El odio a los neocons se concreta en el odio a la guerra, en el culto al pacifismo. Los neocons nos han convertido en militantes del pacifismo. Incapaces de distinguir entre el pacifismo y la aspiración a la paz entre los pueblos, ni se nos ocurre pensar que tal vez –sólo tal vez- el pacifismo pudiera ser una buena estrategia de reproducción del capitalismo.

En consecuencia, creo que debiéramos revisar el lenguaje, que al fin configura nuestras ideas y, por su mediación, nuestras posiciones, y recuperar la perspectiva de la igualdad y el autogobierno, que condensa la idea de la democracia real. Ese es un buen criterio de demarcación y de evaluación de las posiciones políticas. Si pensamos estas desde sus particulares efectos en la distribución de la riqueza y en la participación política, no sólo dispondremos de un aparato conceptual más potente, menos mistificador, sino más defendible desde posiciones propias de la crítica filosófica.


J.M.Bermudo (2006)


[1] Ver el acercamiento al tema de Helmut Dubiel, ¿Qué es el neoconservadurismo? Barcelona, Antropos, 1993.

[2] Edicions Alfons el Magnànim. Generalitat Valenciana, 1992.

[3] Obviamente, se trata de una “arbitrariedad” formal y en sentido teórico. No ignoro que el nombre elegido para “bautizar” las políticas de Thatcher, Reagan y Bush no es ideológicamente arbitrario, sino que responde a una cierta idea o noción de un concepto impreciso de neoconservadurismo, que comparto y que considero suficiente en el ámbito de una conversación entre amigos, pero que considero del todo insuficiente para el análisis y el pensamiento filosófico.

[4] Hay quien planeta el fin del neoconservadurismo antes del nacimiento de los neo-cons. Ver James Nuecterlein, "This time: Neoconservatism Redux", en First Things, Octubre, 1996; y "The End of Neoconservatism", en First Things. Mayo, 1996.

[5] Percival Manglano, “Los neoconservadores”. Grupo de Estudios Estratégicos GEES. Colaboraciones nº 18, 10 de Septiembre de 2003.

[6] John Gray, Liberalismo. Madrid, Alianza Editorial, 1994; Las dos caras del liberalismo. Barcelona, Paidós, 2001.

[7] R. Nisbet, Conservadurismo. Madrid, Alianza Editorial, 1995.

[8] Anagrama, 1982.

[9] En muchos casos el conservadurismo se interpreta como crisis del liberalismo. Así en William Pfaff, "The decline of liberal politics", en Commentary. Vol. 48. No. 4. Octubre, 1969.

[10] Joseph Baqués, El neoconservadurismo: fundamentos teóricos y propuestas políticas. Barcelona, ICPS, 2000. J. Baqués es un joven profesor e investigador de la Facultat d'Econòmiques, de la UB.

[11] J. Baqués, La ideología liberal-conservadora: raíces teórica, definición axiológica y propuestas políticas. Inédito. El manuscrito se encuentra en la BUB. Puede verse también su trabajo La perspectiva neoconservadora de la democracia. México, Limusa, 2004.

[12] J. Baqués, El neoconservadurismo... Ed cit., p-5.

[13] Irving Kristol, Neoconservatism. The Autobiography of an Idea. Chicago, Elephant Paperback, 1995.

[14] A pesar de su esfuerzo por demarcarse del liberalismo, no consiguen encubrir su unidad de fondo. Ver los trabajos de firmas tan autorizadas sobre el tema como Norman Podoretz: "Lyberty & Intellectuals", en Commentary. Vol. 52. Nº. 5. Noviembre, 1971; Thomas Sowell, "Affirmative Action. A Worldwide disaster?", en Commentary. Vol. 88. Nº. 6. Diciembre, 1989; Irwin Stelzer, "Clinton Unmasked", en Commentary. Vol. 95. Nº. 5. Mayo, 1993; y William Tucker,: "Is police brutality the problem?", en Commentary, Vol. 95. Nº. 1. Enero, 1993.

[15] J. Shumpeter, Capitalismo, socialismo, democracia. Madrid, Aguilar, 1968.

[16] Michael Novak, "Boredom, Virtue and Democratic Capitalism", en Commentary. Vol. 88. Nº. 3 Septiembre, 1989.

[17] Daniel Bell, Las contradicciones culturales del capitalismo. Madrid, Aguilar, 1998.

[18] Cuando alguien se lanza a un lago sin saber nadar sólo caben tres posibles situaciones igualmente paradójicas; o bien se tira de los pelos hacía arriba sin conseguir flotar, o bien trata de hacer pie sin llegar al fondo, o bien se decide a intentar nadar para así flotar, que es el único procedimiento válido

[19] Irvin Kristol, "Countercultures", en Commentary. Vol. 98. Nº. 6. Diciembre 1994.

[20] R. Whitaker, “Neoconservadurismo y Estado”, en R. Miliband et aliis, Op. Cit., 7.

[21] R. Nisbet, “The conservative renaissance” en The Public interest, 11 (Otoño, 1981): 138-149

[22] William Kristol, "A conservative looks at liberalism", en Commentary. Vol. 96. No. 3. Septiembre, 1993.