LECTURA DE EL CAPITAL

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LA ACUMULACIÓN DEL CAPITAL.

I. REPRODUCCIÓN SIMPLE.


La Sección VII, dedicada a “El proceso de acumulación del capital”, la constituyen, por un lado, el breve Capítulo XXI, que trata de la “reproducción simple”, y que sirve como referente conceptual; por otro lado, de tres potentes capítulos, “potentes” tanto por su extensión cuanto por su maduración. El Capítulo XXI supone una situación ideal, inexistente en el capitalismo, pues corresponde imaginariamente a una situación imposible de crecimiento cero; y, en sentido estricto del concepto, a la ausencia de capitalismo, al no existir propiamente valorización del capital; hay plusvalor, ciertamente, pero se convierte en su totalidad en “riqueza” que, aunque quede al servicio del propietario del capital, no va a parar a la acumulación.

Los otros tres capítulos, en su conjunto, dan cuenta de las condiciones de posibilidad del desarrollo capitalista, en su origen y en su evolución; es decir, explicitan los mecanismos y dispositivos del desarrollo del capitalismo, cuya forma intrínseca es la acumulación por valorización. El primero de los tres, el Capítulo XXII, trata de configurar el concepto de la acumulación, fijándolo como conversión de la plusvalía en capital; el Capítulo XXIII, el más extenso de todos, por recoger gran cantidad de información empírica, desarrolla la “ley general de la acumulación capitalista”, de gran importancia práctica; en fin, el Capítulo XXIV versa sobre “la llamada acumulación originaria”, interesante y problemática, de gran interés teórico dado el método genealógico marxiano. Los iremos abordando en sesiones sucesivas del Seminario.

Pero, antes de entrar en la lectura, permitidme unas reflexiones para situar la transcendencia de este tema de la acumulación. Si la sección anterior, con el tema central de los salarios, apenas podía sobrepasar los límites del discurso económico, ahora, con la acumulación como eje de reflexión, Marx recupera altura filosófica. No debemos olvidar a lo largo de la lectura que se trata de pensar el capitalismo como una totalidad que tiende a “perseverar en el ser”, que diría Spinoza. También Hobbes, en una onda ontológica diferente, había establecido en su Leviatán que la vida sólo era deseo de vivir, lucha por vivir, para indicar que no hay distinción ontológica entre la esencia y la existencia. Ahora Marx nos muestra, de forma análoga, que el capitalismo, que desde el punto de vista de la totalidad no tiene ni puede tener otro fin que reproducirse, vive en la medida en que reproduce su vida; o sea, en la medida en que produce lo que necesita para seguir produciendo, para seguir produciéndose. Es decir, la producción capitalista ha de producir todos y cada uno de los elementos, y las relaciones, y las circunstancias, que necesita para producir capital. Y este principio tan simple y claro a veces se esconde por una ilusión derivada del análisis; el análisis, que al fin nos permite comprender la totalidad, funciona por mediación de la abstracción, del conocimiento separado de las partes, lo que nos induce a ilusiones; pero es un obstáculo inevitable, que hay que asumir, como los riesgos del camino. El engaño más habitual es el de no articular bien los dos puntos de vista, el de la producción y la reproducción.

Para comprender la producción –es lo que Marx viene haciendo a lo largo de todas las secciones anteriores- solemos asumir la abstracción analítica de un proceso de producción unitario, individual, y finito, de duración temporal, de un ciclo, convencionalmente anual. Esta abstracción se adapta muy bien a la subjetividad del capitalista, que quiere ver su obra acabada, que le agrada medir los procesos separados, en fin, que cada año quiere saber cómo le ha ido la empresa, cómo ha sudado su capital inicial. Es en ese enfoque donde tiene sentido pleno el esquema que ya conocemos, D-M-M´-D´. Pone en marcha un capital inicial, en forma de dinero, que cambia en el mercado por mercancías M, que son medios de producción y fuerza de trabajo en cantidades adecuadas (aquí nada hay arbitrario, ni las decisiones del patrón), en la fábrica esas mercancías son consumidas para producir otras, M´, con más valor, por la virtud milagrosa de la fuerza de trabajo, y vuelve al mercado para realizar el valor, cambiándolas por dinero, D´, y disfrutar midiendo y contando su magnitud, festejando con alegría que D´ sea superior a D, o sea, que el dinero haya sudado dinero. Ahí se acaba un ciclo y se hacen cuentas; todo el proceso de producción ha quedado culminado y explicado detallando los momentos del circuito. Al año siguiente se repetirá, con otro capital inicial y otro plusvalor final; misión cumplita: la producción ya no tiene secretos.

Pero la verdad es que el capitalismo, como cualquier otro modo de producción, en su realidad es continuo e ininterrumpido, aunque el análisis lo fraccione en unidades lógicas útiles. Y Marx nos dice que el punto de vista de la producción nos enseña lo que nos enseña, nos deja ver lo que nos deja ver, pero que todo análisis, al tiempo que ilumina, tapa, esconde, invisibiliza. Por eso es necesario completarlo con otra mirada, otra perspectiva, la de la reproducción. La anterior, la de la producción, sirve a las necesidades subjetivas del capitalista, que se satisfacen al realizar p, el plusvalor; pero el capitalismo, por mucho que sirva al capitalista, antes ha de atender a sus propias necesidades. Es como un ecosistema, que sin duda hace posible la vida en su seno de flora y fauna, pero que principalmente –pues, si no, no sería útil a esas especies vegetales y animales- ha de funcionar para hacer posible su propia subsistencia; ha de autorregularse.

Pues bien, esa autorregulación es lo que llamamos su reproducción, su potencia de ser vista como potencia de seguir siendo. Ésta es la perspectiva de la totalidad, cuyo movimiento persigue reproducirse como totalidad y para lo cual ha de garantizar la reproducción de todos y cada uno de los elementos que la constituyen, en la metáfora del ecosistema las especies, las aguas subterráneas, las lluvias y los vientos y las radiaciones solares. No es extraño, pues, encontrar en la autoreproducción de la totalidad capitalista el más grande y bello reto teórico para el pensamiento; es algo así como comprender nuestro mundo.

Pues bien, la peculiaridad del capitalismo es que en su reproducción no puede ser “simple”; es decir, que el plusvalor generado en un ciclo no puede sacarse del circuito como consumo improductivo o riqueza (“atesoramiento”) para el capitalista (o para bienestar social) y partir en el ciclo siguiente con el mismo Ci; el valor, lo sabemos, no es capital si no está activo y se valoriza; o sea, Ci no es capital si en el ciclo siguiente no es mayor, si no va creciendo año tras año. O sea, si parte del p de un ciclo no pasa a incrementar el Ci del siguiente. Y todo ello, insisto, en magnitudes y formas objetivamente determinadas por la totalidad, no a merced de la subjetividad del capitalista. Pasemos a ver estas cosas con más precisión.


1. De la producción a la reproducción.

1.1. Comenzaré por llamar la atención sobre algo que puede pasar por trivial sin serlo: la Sección VII rinde cuenta de la acumulación de capital como un momento muy relevante y nada gratuito del proceso, pues la acumulación es la condición de posibilidad de la reproducción, o sea, de la vida misma del capitalismo. Esta relevante importancia teórica puede sorprender, ya que, como muestra Marx, la reproducción simple es imposible en el capitalismo; si recordamos las teorías del “crecimiento cero”, que abundaron en el marxismo de los años setenta, en esa tan vasta y consagrada como confusa idea de un “desarrollo sostenible”; y digo confusa porque es un imposible ontológico tal concepto (de “crecimiento cero” o de “reproducción simple”) si se enmarca en el capitalismo. Pues bien, en esta sección Marx aborda, de entrada, la nada fácil cuestión del concepto de “reproducción simple”, de su no lugar en el capitalismo y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad de su presencia en la comprensión del mismo.

No hay duda alguna de que el capitalismo tiende a reproducirse, como cualquier otra forma de producción, como cualquier institución, como cualquier relación, idea, hábitos o cosas, conforme a aquella afortunada idea spinoziana, expuesta en la Proposición VII de la Parte III de su Ética, en que formula el conatus, la irremisible tendencia de lo existencia a perseverar en el ser. El capitalismo cumple esa determinación ontológica universal en su ciega tendencia –si lo expresamos en perspectiva objetivista- o voluntad –si optamos por la hermenéutica subjetivista- a la reproducción. Y, como enseguida veremos, a una peculiar forma de reproducción, la reproducción ampliada, intrínseca al capital conforme a su concepto (valor que se valoriza), y cuyo contenido material o cuerpo es la acumulación de capital.

En principio, podemos establecer una serie de conceptos que parecen encadenados (producción de plusvalor-acumulación de capital- reproducción del capitalismo), cada uno condición de posibilidad del otro. Desde la ontología marxiana, ya lo sabemos, esa sucesión no refiere a un orden causal de los fenómenos; tenemos los mismos motivos para pensar que los primeros de la serie no tienen sentido sin el último, que la existencia de los procesos a que aluden sólo tiene sentido –en el concepto, sólo existen- desde la realidad del último. O sea, la cadena parece ser finalista, perseguir la reproducción, y sólo si ésta se da los procesos que constituyen sus condiciones de posibilidad devienen eso, condiciones de posibilidad, momentos instrumentales. Lo iremos desgranando en esta lectura.

Como para Marx el capital es plusvalía acumulada, la acumulación es el momento posible y necesario que sigue a la producción de plusvalía; la acumulación, por tanto, expresa la continua y progresiva constitución del capital. Es un momento posterior a la producción de plusvalía y, quiero subrayarlo, subordinado a ella; primero se produce plusvalor, luego se acumula. Además, esa acumulación no es mera agregación, mera suma abstracta, sino que tiene sus reglas, sus determinaciones y sus límites; el factum de la acumulación se realiza, en magnitud y forma, bajo determinaciones adecuadas a la reproducción. O sea, se acumula para reproducir, y por tanto la reproducción “subsume” la acumulación. No es posible, lo veremos, comprender el capitalismo si no es desde su entrega total a su reproducción; sus leyes de desarrollo son las de su reproducción. En consecuencia, procesos como la acumulación y la producción de valor no se entienden sino desde su fin último, desde ese destino que pone sentido y orden a su existencia. Aunque cueste trabajo comprenderlo, todo lo que ocurre en el seno de la producción capitalista lleva la marca de su destino, que no es el bienestar de los hombres (aunque de paso parcialmente lo logre), ni siquiera el bienestar de los capitalistas (aunque les facilite la vida, aunque se la regale), sino su autoreproducción. Sólo nuestro subjetivismo patológico se resiste a asumir esta perspectiva, aunque veamos su potencia hermenéutica aplicado a las especies naturales, o al simple funcionamiento de algo tan humano/inhumano como la máquina: sólo reproduce ciegamente los códigos de su programa, sin importarle a quien sirve y a quien sacrifica.

Al capital no le importan ni los dioses ni los hombres; ni siquiera le importan más los capitalistas que los trabajadores, aunque esto suene a boutade. Todos, hasta los dioses (como se ve en la utilidad del fetichismo), son necesarios para su reproducción, todos le ayudan a existir, le dan la vida; todos son instrumentos. Si no somos capaces de adoptar ese punto de vista, insisto, si seguimos pensando que el capitalismo es un instrumento, como una “máquina”, que sirve a sus propietarios o sus poseedores, se nos escapará el concepto, y con él nuestra única manera de acceder a su esencia; caeremos en la cosificación, otra manifestación de esa enfermedad del subjetivismo, que nos impide vernos fuera de nosotros, vernos en las “cosas”, o sea, ver éstas como obra nuestra, como relaciones sociales. Y, aunque volveremos sobre el tema, para no levantar alarmas, una aclaración: cuando digo que el capitalismo no es una cosa, ni un instrumento al servicio de nada ni de nadie, estoy al mismo tiempo negando su transcendencia, negándole una “objetividad” exterior, un finalismo propio; estoy negando que sea un sujeto, que lo pensemos antropomórficamente, a imagen y semejanza de nuestra autorepresentación subjetivista, como individuos separados ontológicamente del mundo; estoy negando que lo convirtamos en un monstruo, un objeto transcendente con subjetividad, con fines y voluntad, que lo avasalla todo para ser sí mismo, para “realizar su esencia”, tanto más intolerable e inhumana cuando se la ponemos nosotros al pensarlo-crearlo fuera de nosotros. No, no estoy diciendo eso al enfatizar que no es un instrumento en nuestras manos; estoy diciendo simplemente que tampoco nosotros somos un instrumento en sus manos, estoy diciendo, de manera tal vez más provocativa, que es una totalidad social, un sistema complejo de relaciones sociales, que lo engloba todo, incluso nuestras vidas, incluso nuestra rebelión contra su despótica subsunción. Por eso, si lo habéis apreciado, a veces digo que persigue inexorablemente su fin (en clave subjetivista) y a veces que realiza inexorablemente su destino (en clave objetivista); en los dos registros que los humanos tenemos a nuestro alcance para, unidos, conseguir una representación dialéctica, irreductible a un discurso lineal, sólo expresable en forma de contraposición retórica.

Se trata, por tanto, de explicar el proceso, y sus vicisitudes, de esa metamorfosis de la plusvalía en capital; y, en especial, de mostrar que no es en modo alguno una decisión libre y gratuita del capitalista, que puede hacer con su p, su plusvalor, lo que quiera, consumirlo o eventualmente invertirlo. Al contrario, se trata de algo muy serio, pues está en juego ni más ni menos que la condición de posibilidad de la vida del capital (ya lo sabemos, su vida es su crecimiento). Si el pastelero ha de usar los ingredientes, incluso el azúcar, en proporciones que le vienen dadas por la receta, el capitalista ha de operar de forma análoga a la hora de decidir cómo usa su plusvalor.

La plusvalía, también lo sabemos, es valor creado en tiempo de plustrabajo; dicho de otro modo, es trabajo objetivado, valor incorporado al producto. Por tanto, es creación del trabajador que se enfrenta a éste; al producirla va contra sí mismo. Vemos aquí la permanencia en Marx de la perspectiva de la enajenación propia de sus trabajos juveniles, aunque expresada en un vocabulario muy diferente al de los Manuscritos de 1844. Aquellas descripciones escatológicas que con bella expresión literaria describían cómo el trabajador se empobrecía precisamente al crear riqueza, valía menos cuanto más valor producía, hacía más fuerte al patrón, su enemigo, cuanto más vida entregaba al trabajo…; aquellas expresiones, digo, en gran parte han desaparecido. Y es así porque Marx ha comprendido que sí, que todas esas ideas se ajustan a la realidad, pero ocultan otra verdad que ya su autoconciencia no le permite dejar fuera, a saber, que es así como el trabajador vive y sobrevive, que es bajo ese yugo donde se genera su emancipación, si es que ésta es posible.

Dicho con otras palabras, Marx ya ha adoptado definitivamente una perspectiva hermenéutica que le permite y exige configurar una concepción de la evolución social desde el punto de vista de la inmanencia; en otras palabras, Marx ya cuenta con una ontología de la praxis, desarrollada a lo largo de los años en su forcejeo crítico con la Economía Política, que le permite pensar la producción del objeto, del sujeto y de los medios de relación entre ambos como una totalidad dialéctica. Y pensar la realidad, a veces, va contra la idea de esa realidad que nos conviene mantener para justificar nuestra negación de la misma y mantener la voluntad de rechazo; pensar la realidad, a veces, nos exige representarnos el demonio simplemente como demonio, sin necesidad de añadirle mayores signos del mal, cuernos y cola; al fin Lucifer, según nos cuentan, era el más bello de los ángeles. En todo caso, ¿qué tiene que ver el mal con la fealdad? Si necesitamos que las figuras del mal, además de malas, sean feas, es como si el mal en sí no fuera suficientemente insoportable y tuviéramos que engañarnos para combatirlo.

Saliendo de las metáforas, el capital (si se quiere, el mal), no es exterior, no viene de fuera, no nos invade y colonializa como aquellas hordas visigodas que nos describían los manuales de historia; el capital surge dentro de sociedades humanas, y se extiende en ellas internamente, como compañero de viaje inevitable de la lucha por la sobrevivencia; nace y se desarrolla con la complicidad de la voluntad –voluntad determinada, por supuesto- de los hombres, que lo eligen porque en aquellas situaciones no podían no elegirlo. Por tanto, desde su origen, ha sido y sigue siendo obra nuestra, creación nuestra; genera vida humana y mata vida humana. ¿Sería pensable una población del planeta de 7.500 millones de seres humanos sin la maldad intrínseca al capital?

No vino de fuera, en su origen; y tampoco vendrá de fuera el sujeto que haga posible su superación, su negación; sería una ilusión esperar a Eneas o un “Ángel exterminador”, o cualquier otra figura de fuera, de la transcendencia, de la exterioridad, como con más buena fe que conciencia se describe casi espontáneamente en tantos discurso revolucionarios que, para sentirse puros e incontaminados, han afinado su voz en el desierto o en la montaña; discursos que olvidan que hasta Platón, que en su metáfora de la Caverna propició ese desvarío, en el mismo relato mítico exigía a los filósofos el regreso a la oscuridad de la caverna. Cierto, él usaba el regreso como esperanza de iluminación de la misma, transportando la luz recogida en la montaña directamente del Sol; pero hoy nosotros, con todo nuestro derecho -¿y deber?- de reescribir el mito, deberíamos acabarlo pensando que el viaje del filósofo por la montaña no le sirvió para descubrir la verdad, que sólo fue una ilusión pasajera, sino para darse cuenta de que fuera de la caverna no había nada que sirviera para ésta; que era preferible regresar y aquí, junto a los otros, en su inmanencia, intentar generar las luz suficiente para poder seguir viendo. ¿Qué importa si no es una luz divina, sino mediocre y un tanto miserable, a medida de la finitud del hombre real? La verdad que leyeron los filósofos que no se dejaron deslumbrar por la luz del Sol, que supieron leer en el vacío de la nada, es la que formulara aquel extraño monje a Zaratustra, cuando éste bajó de la montaña: ¿Para qué salvar a los hombres? Éstos no quieren salvarse. Quieren que los dejemos solos.


1.2. Volvamos al texto. Marx se propone hablar de la “reproducción simple”, si bien nos advierte que ese modelo no cabe en el capitalismo; no obstante, es necesario pasar por esta categoría determinada –o esta fase de la categoría universal “reproducción”- para llegar a la de reproducción ampliada, propia del capital. Se dé o no en la realidad capitalista, la reproducción simple es requerida por el análisis del capitalismo. Recordemos que Marx justifica la conveniencia de usar modelos analíticos que, aunque por abstractos y parciales no son suficientes para representar la realidad, son momentos necesarios para acceder a ella. En concreto, para justificar qué haya que partir de la “reproducción simple” aunque en el capitalismo la reproducción sea ampliada, hace una interesante reflexión sobre el recurso analítico al “ciclo”, tal que la cuestión queda así reformulada: por que usar en el análisis la unidad que llamamos “ciclo”, rompiendo la unidad del proceso, dado que la producción capitalista es continua, sin rupturas. Y añade, para ampliar estas necesidades analíticas, la cuestión de por qué usar supuestos individuales (como considerar que el capitalista industrial es el propietario único de toda la plusvalía), si sabemos que ha de repartirla. O sea, abre la reflexión al uso de estos supuestos analíticos que parecen “contrafácticos”, diríamos hoy. Como enseguida veremos, su respuesta se enmarca en el rechazo de pensar el análisis como simple partición de una realidad en partes reales, y en su defensa que la abstracción analítica se da en el orden de las categorías. El análisis no es separar uno a uno los árboles del bosque para abarcar su estudio completo; el análisis es aislar las categorías simples cuya combinación construye el concreto de pensamiento.

Marx ya ha fijado la primera condición de posibilidad de la reproducción, al describir cómo el capital produce plusvalor; y ha resaltado que, para conseguirlo, el capital ha tenido necesariamente que presentarse “bajo la forma de la mercancía”. Nos ha explicado bien el viacrucis de las mercancías, sus sucesivas metamorfosis: salen del mercado bajo la forma de medios de producción (materias primas, medios de trabajo y fuerza de trabajo), en la fábrica, en el momento de la producción, se despojan de esas vestiduras al ser consumidas; ceden el valor que transportan a otra forma de la mercancía que está apareciendo, la mercancía-producto; en ese mismo momento de la transubstanciación la fuerza de trabajo interviene y crea plusvalor, que carga sobre el producto; en fin, cuando ese producto, ya bien uniformado, preñado de valor y plusvalor, regresa como mercancía al mercado, cierra el ciclo con su venta, momento de realización del plusvalor.

Hasta entonces no está el gato en la talega; sólo la venta realiza el plusvalor, sólo entonces se ha completado la aventura del capital vivida a caballo del cuerpo de la mercancía. Más aún, sólo entonces aquel valor originario, inicial, puesto en juego, se gana el título de capital; si no logra completar el ciclo con la realización, sólo habría sido una ilusión de capital. Es de nuevo la peculiaridad de la ontología marxiana: si el médico no acaba la carrera, nunca fue ni será médico; su ser se lo jugó en su acción. El capital que no se valoriza, mediante la realización del plusvalor, no es lo que era, no era capital; habría llevado una existencia ilusoria, falsa, estéril, mero simulacro. Porque, insisto una vez más y no prometo que sea la última, capital es sólo valor que se valoriza; si no hay valorización, si al final no ha crecido, no está más gordo, todo ha sido una mascarada, un simulacro.

Una vez se dispone del plusvalor parece llegado el momento de la acumulación. Esta tiene lugar con la realización del plusvalor, o sea, al final del proceso de circulación de la mercancía, cuando ésta ha completado su viacrucis multiforme. Es tan importante ese proceso de circulación que Marx aplaza su tratamiento para un próximo libro: “El proceso de acumulación del capital, por consiguiente, supone su proceso de circulación. Reservamos, no obstante, para el libro siguiente el análisis de este segundo proceso” [1]. Y lo abordará en el Libro II.

Con el plusvalor en el bolsillo, se abre la posibilidad de la acumulación. Como toda realidad, vida o historia, la producción capitalista es un proceso complejo continuo. Podríamos pensar “continuo” como mera sucesión de ciclos; o sea, los ciclos serían unidades reales y completas del proceso de producción, mientras que el proceso continuo sería una mera sucesión por yuxtaposición de esos ciclos, si se quiere sin solución de continuidad. Pero esta representación es errónea, muy falaz, muy engañosa. Por eso he señalado que se trata de un proceso “complejo”, en que los ritmos y tiempos del movimiento de sus elementos y partes no guardan sincronía, como veremos en su momento. Basta un ejemplo: el Ci no se pone en marcha en su totalidad en el mismo instante, ni el p es realizado en su totalidad en una acción.

Por ser “complejo”, por la desigualdad de los tiempos de sus elementos, tampoco es operativa la perspectiva hermenéutica que considera el proceso continuo como el verdaderamente real, mientras que el ciclo sería una acotación de un fragmento de tiempo o parte de ese proceso, un simple trozo, una unidad más o menos convencional de medida. Obviamente, como digo, si bien esta representación pone retóricamente el acento en la continuidad del proceso, lo ve como simple, mera repetición incansable de lo mismo. Una y otra mirada, aunque confrontadas, resultan de una trivialización del problema ontológico, pues viene a reproducir la relación entre días y años, ora viendo éstos como suma de días, ora interpretando éstos como fragmentos de años. Como digo, se banaliza el problema ontológico que está en la base.

Para salir de esta doble amenaza de confusión (ver el ciclo como unidad real constitutiva o ver el proceso continuo como realidad y el ciclo como una parte) Marx da entrada a otro concepto, el de reproducción, que refiere a otro proceso real que se da en la misma producción. Si recordamos, ya había establecido que en el proceso de producción capitalista caminaban juntos el proceso de trabajo y el proceso de valorización; éste, sin base material, había de parasitar la de aquél. Pues bien, ahora hace subir un tercer huésped a ese tren, una nueva función o destino: la reproducción, que define un nuevo proceso inconfundible con los anteriores. Un proceso intrínseco, inmanente y tan necesario como la producción y la valorización. En la superficie se manifiesta así: el proceso de producción, además de producir mercancías para satisfacer necesidades humanas (proceso de trabajo), y de producir valor (proceso de valorización), ha de producir los medios de producción que consume (proceso de reproducción). Podríamos decir que, en el fondo, la reproducción es una parte o variante del proceso de trabajo, resultado de escindir la producción de mercancías-productos en dos: una parte que va al consumo directo (medios de vida) y otra al consumo productivo (medios de producción). Sería un buen acercamiento al concepto, pero insuficiente, como enseguida veremos. Insuficiente, porque así descrito parece que fuera algo contingente, que un sujeto decidiera arbitrariamente. Lo cierto es que no es así, que el capital produce reproduciéndose, que no puede producir sin reproducirse, aunque imaginariamente podamos representarnos lo contrario. Ya se sabe, la realidad es así de compleja y caprichosa.

Ahora bien, la reproducción no aparece en la representación del ciclo, no se deja ver en el análisis de éste; al contrario, se oculta, está necesariamente ausente. Contabilizado el plusvalor, nada se dice del destino de éste, si pasa a capital, riqueza o placer; a efectos prácticos, es como si se sacara del proceso del capital, si se atesorara. La reproducción exige, para hacerse presente, la perspectiva de la producción continua; sólo se deja ver en la representación de ésta. En ella, como proceso continuo, como el ciclo es un momento meramente analítico, el plusvalor que aparece al final ha de tener un destino en el ciclo siguiente. Ese destino es la acumulación de capital; un destino que, para bien o para mal, no está en las manos del capitalista.

Y esta peculiaridad de que sea aquí, en la perspectiva de la reproducción, donde se abre la necesidad de que el plusvalor se transfigure en capital por acumulación, no es trivial, pues ya sabemos que la producción continua cabalga sobre la circulación (que Marx ha aplazado para el Libro II); sin conocer ésta, es imposible pensar bien, con rigor y exhaustividad, los procesos de la reproducción; pero, al mismo tiempo, sin conocer éstos no se tiene acceso a la representación adecuada de la circulación. O sea, un lío ontológico:

“Las condiciones reales de la reproducción, esto es, de la producción continua, en parte sólo aparecen dentro de la circulación, y en parte no pueden ser examinadas antes de que pasemos a analizar el proceso de la circulación” [2].

Por consiguiente, el análisis siempre es abstracto y provisional; abstracto, porque ha de aislar unas relaciones o variables de las otras; provisional, porque posteriormente, cuando otras relaciones y determinaciones hayan sido definidas y valoradas, habrá que revisar los resultados anteriores. Pero no es nada extravagante, pues es así también como en el trabajo material se opera; como ya decía Spinoza, enfrentándose al método cartesiano que exigía ir de intuición en intuición, el conocimiento avanza de idea oscura a idea algo menos oscura, avanzando poco a poco hacia una idea adecuada; al modo como con un martillo tosco, un trozo de piedra, nos ayudamos a producir otro un poco más eficiente…

El acceso cognitivo a la realidad es complicado y exige no horrorizarse ante la imperfección; la idea adecuada, si acaso, está al final, y casi siempre en un final diferido. Son muchos los ejemplos que pueden ponerse al respecto, por ejemplo:

“El capitalista que produce el plusvalor, es decir, el que directamente succiona de los obreros trabajo impago y lo fija en mercancías, es por cierto el primer apropiador, pero en modo alguno el propietario último de ese plusvalor. Posteriormente tiene que compartirlo con capitalistas que desempeñan otras funciones en el conjunto de la producción social, con los terratenientes, etc. El plusvalor, pues, se escinde en varias partes. Sus fracciones corresponden a diversas categorías de personas y revisten formas diferentes e independientes entre sí, como ganancia, interés, ganancia comercial, renta de la tierra, etc. No hemos de examinar estas formas transmutadas del plusvalor antes del libro tercero” [3].


1.3. Por consiguiente, hemos de asumir que el análisis tiene su ritmo, y que nunca nos es posible analizar la totalidad social de golpe; abstraemos partes y, además, usamos supuestos sólo válidos en la abstracción. Nos dice Marx que aquí, en esta sección sobre la acumulación del capital, vamos a suponer lo que es inverosímil, pero analíticamente necesario. Por ejemplo, que “el capitalista que produce la mercancía la vende a su valor”. Insisto, se avanza bajo la contaminación, usando supuestos irreales, cargados de impurezas que iremos descargando conforme avance el proceso de conocimiento:

“no nos detenemos más en el retorno del capitalista al mercado o en las nuevas formas que se adhieren al capital en la esfera de la circulación, ni tampoco en las condiciones concretas de reproducción ocultas bajo esas formas” [4].

Avanzamos apoyados en las muletas de presupuestos más o menos inverosímiles. Al presuponer “que el productor capitalista cuenta para nosotros como propietario de todo el plusvalor o, si se quiere, como representante de todos sus copartícipes en el botín”, fingimos ignorancia de lo que ya sabemos, a saber, que de hecho ha de repartirlo con diversas figuras de la renta. Sin duda estos presupuestos prácticos para el análisis no ayudan a describir con precisión la realidad; pero, nos dice Marx, tampoco afectan a la idea y función del capital. Tal vez ganaríamos en información empírica, pero sería a costa de difuminar la esencia:

“el fraccionamiento del plusvalor y el movimiento mediador de la circulación velan la forma básica simple del proceso de acumulación. Su análisis puro, por consiguiente, requiere que prescindamos transitoriamente de todos los fenómenos que ocultan el juego interno de su mecanismo” [5].

Lo importante, parece decirnos, es tener la realidad como guía y distinguirla siempre de nuestras representaciones. Escalar una montaña nos exige hacer giros y desviaciones de todo tipo, para salvar la altura; pero mientras nuestros movimientos no pierdan de vista su objetivo final, no pierdan la referencia de la visión de la cima, sabremos adonde hemos de llegar y no perderemos el sentido. Mientras mantengamos esa mirada, no nos perderemos. Aquí, en el desarrollo del capital, la cima que marca su realidad nos la da la visión inmediata: el desarrollo del capital es un proceso constante, ininterrumpido, continuo. Así lo vemos, así se desprende de los conceptos y así es. Del mismo modo que una sociedad no puede dejar de consumir, tampoco le es posible cesar de producir; la constancia de la producción está determinada por la constancia del consumo. Y como al producir consume medios de producción, ha de producir para la reposición de éstos. O sea, la producción, además de proporcionar bienes de uso necesarios a las vidas humanas, ha de producir las condiciones y elementos que posibiliten seguir produciendo ininterrumpidamente. El proceso de producción siempre va, pues, acompañado de un proceso de reproducción. Y como todo proceso de producción social es a la vez un proceso de reproducción, “las condiciones de la producción son, a la vez, las de la reproducción”.

Fenoménicamente la producción se consigue mediante la reproducción de los elementos de producción; la producción exige el consumo de medios de producción y éstos han de ser repuestos (producción para la reproducción):

“Si la producción reviste una forma capitalista, no menos la reproducción. En el modo de producción capitalista, así como el proceso de trabajo aparece tan sólo como medio para el proceso de valorización, la reproducción no se pone de manifiesto más que como medio de reproducir como capital el valor adelantado, es decir, como valor que se valoriza a sí mismo. De ahí que la máscara económica que caracteriza al capitalista sólo se adhiere a un hombre” [6].

Los dos procesos, por tanto, de producción y reproducción, van acompañados del correspondiente proceso de valorización adosado. Si el plusvalor conseguido en un ciclo el capitalista lo destina al consumo (bajo la pulsión hedonista) o a incrementar los salarios (rara pulsión ética), al año siguiente repetiría el proceso desde condiciones iniciales análogas. Estaríamos en una “reproducción simple”, ya que no se ha valorizado esta parte del capital, el fijo. Si, en cambio, parte o todo el plusvalor va a renovar los medios de producción, su capital fijo inicial sería mayor y estaríamos en una “reproducción ampliada”. En el análisis ambas opciones nos aparecen posibles, abiertas; y esa indeterminación aparece ahí, en el final del ciclo; o sea, aparece en un momento del análisis, no en un momento de la producción, en cuya esfera todo es continuo.

Como se ve, aunque el proceso capitalista de producción real sea continuo, el análisis requiere separar los tiempos. El más operativo es el ciclo, que recoge los movimientos del capital desde su inversión inicial (compra en el mercado de los medios de producción) hasta su recuperación valorizada en la realización del plusvalor (venta del producto en el mercado). Marx resume así las fases del ciclo:

“La transformación de una suma de dinero en medios de producción y fuerza de trabajo es el primer movimiento que efectúa la cantidad de valor cuyo cometido es funcionar como capital. Este movimiento se ejecuta en el mercado, en la esfera de la circulación. La segunda fase del movimiento, el proceso de producción, queda concluida no bien los medios de producción se han transformado en mercancía cuyo valor supera el valor de sus partes constitutivas, conteniendo, por ende, el capital adelantado originariamente más un plusvalor. Acto seguido, es necesario lanzar a su vez estas mercancías a la esfera de la circulación. Hay que venderlas, realizar en dinero su valor, transformar de nuevo ese dinero en capital, y así sucesivamente, una y otra vez” [7].

Vemos que el ciclo incluye los momentos de la producción de valor y de realización del valor; vemos también que sigue “siempre las mismas fases sucesivas”. Ese es el ciclo de circulación del capital, condición de posibilidad de la acumulación, que exige las tres condiciones o momentos: primero, la conversión del dinero en medios de producción y fuerza de trabajo; segundo, la producción de plusvalía en la fábrica; y tercero, la realización de la misma, la conversión en dinero en el mercado. Así se cumple el ciclo, el D-M-M-D´. Claro está, este D´ permitirá reiniciar uno nuevo; una parte la consumirá improductivamente el capitalista, pero otra parte reiniciará el proceso en un nuevo ciclo. Producción y circulación, con sus lugares paradigmáticos, la fábrica y el mercado, forman parte del ciclo en que el capital se mueve, son momentos del mismo.

Ahora bien el capitalista se apropia de D´, que incluye el plusvalor. Aunque sea el primero en apropiarse de éste, como ya he dicho, no es el único que participa en el botín, ni siquiera el primero que la disfruta, nos dice Marx; antes de nada ha de repartirla. Son distintos los tipos de actores que participan en el reparto; dichos tipos están determinados por las distintas formas de esa participación [8]. Difieren en la cantidad, pero también en la forma; y es ésta la que determina la magnitud del plusvalor que toca a cada figura. Entre estas formas de participación en el reparto de plusvalía destacan: ganancia, interés, beneficio comercial, renta del suelo, etc. [9]. Es muy importante el reparto o distribución de la plusvalía, tanto en su aspecto cuantitativo como en el cualitativo, en el de la forma de participación. Para un análisis complejo y exhaustivo habría que tener en cuenta esa diversidad en la distribución de la plusvalía, esas “formas transfiguradas de la plusvalía” y esos diversos tipos de figuras económicas y jurídicas a que dan lugar. Es esencial para comprender la sociedad capitalista; y creo que hoy es más necesario que nunca, dada la complejidad y diversidad de la distribución de la plusvalía [10]. Creo que la realidad se vuelve impenetrable, opaca, sin esa trasparencia que aportaría un análisis exhaustivo de las formas de participación en la plusvalía, que al fin definen el tipo social a que se pertenece, y en consecuencia la posición, la actitud, la conciencia…

Marx es consciente del carácter abstracto derivado de este modelo analítico de la reproducción simple, como de otros supuestos inverosímiles ya mencionados; los asume porque entiende que no afectan a los resultados y, en cambio, evitan que se obscurezca lo esencial y objeto de este estudio: “la forma simple y fundamental del proceso de acumulación”. Es claro que esta “forma simple” de reproducción nunca se da en la realidad, siempre concreta y compleja; pero no lo es menos que el pensamiento necesita los conceptos, y éstos son siempre representaciones simplificadas y abstractas. De ahí la conveniencia de prescindir “provisionalmente” de estos fenómenos oscurecedores, de prescindir de los fenómenos reales, para ver lo que se esconde en el fondo de los mismos, sus formas, sus leyes. Luego, iluminado lo oculto, descifrados los signos, será el momento de pasar a tenerlos en cuenta en un modelo de análisis más rico y concreto.


2. La reproducción simple.

El Capítulo XXI, como he dicho, lo dedica al análisis de la reproducción simple. El supuesto general es claro y explícito: la continuidad de la producción exige la reproducción de sus condiciones y sus elementos. Ahora bien, en el capitalismo, dado que su fin esencial no es producir valores de uso, sino revalorizar el capital, se guiará por la necesidad del capital de reproducirse como capital, es decir, de valorizarse. La cuestión interesante que surge de inmediato es si es posible la valorización del capital en una reproducción simple; si no fuera posible, se evidenciaría su incompatibilidad con el capitalismo. La reproducción y su forma se convierten así en el elemento clave de comprensión de cualquier proceso productivo. Dice Marx:

“Cualquiera que sea la forma social del proceso de producción, es necesario que éste sea continuo, que recorra periódicamente, siempre de nuevo, las mismas fases. Del mismo modo que una sociedad no puede dejar de consumir, tampoco le es posible cesar de producir. Por tanto, considerado desde el punto de vista de una interdependencia continua y del flujo constante de su renovación, todo proceso social de producción es al propio tiempo proceso de reproducción [11].

Esta es una exigencia universal. Ya lo he dicho, las sociedades han de reponer los medios de producción consumidos, o sea, los instrumentos de trabajo, materias primas y materias auxiliares; de su producción han de separar al menos el equivalente a los medios de producción y reintegrarlos para repetir el proceso (reproducción simple). Cuando la producción tiene forma capitalista, la reproducción no escapa a esta forma, ha de reproducir el orden de producción capitalista. Es una condición necesaria, aunque no suficiente como caracterización del capitalismo. Si Marx insiste en la perspectiva de la reproducción no es simplemente para enfatizar que el capital, en su tendencia a la valorización, incluye necesariamente la reproducción, cosa trivial; lo hace para resaltar la objetividad del proceso, como llamada a pensar la producción capitalista desde la perspectiva de la reproducción del capital, y no de las finalidades subjetivas. Esta es la mirada crítica, no atenta a la satisfacción de las necesidades y deseos particulares sino en la medida en que son medios de valorización del capital.

“En el modo de producción capitalista, así como el proceso de trabajo aparece tan sólo como medio para el proceso de valorización, la reproducción no se pone de manifiesto más que como medio de reproducir como capital el valor adelantado, es decir, como valor que se valoriza a sí mismo” [12].

El capital en acción se incrementa; si no, no es capital. Ese incremento o plusvalía aparece como renta producida por el capital. Si el capitalista la usa sólo “como fondo de consumo”, o como riqueza atesorada (bienes suntuarios), en definitiva, si se la gasta, el capital inicial del ciclo siguiente no variaría. Así, primera paradoja, el valor que se valoriza extrañamente no varía; hay muchas razones, pues, para considerarlo capital. Estamos ante un proceso de reproducción simple, cuyo rasgo diferencial es que el Ci no se valoriza. Cabe, es necesario, preguntar: pero si no se valoriza, ¿es propiamente capital? Si se queda ahí, en que el capitalista vive a costa del trabajo ajeno, ¿podemos llamarlo capitalismo? Notemos que estamos ante dos caracterizaciones bien diferenciadas: capital como valor que se valoriza o capital como valor que crea plusvalor. Suena parecido, pero no es lo mismo. La primera caracterización incluye a la segunda, sin duda; pero ésta ¿es una modalidad, aunque simple, del capitalismo? En la reproducción simple se crea plusvalor, pero no se valoriza el capital: ¿es suficiente para ser considerada capitalista conforme al concepto genuino de capital? ¿Hay dos modalidades de capitalismo?

Esta especie de paradoja es fruto del análisis, que ha separado la “reproducción simple” como una modalidad pensable y, como efecto ilusorio, ha generado la idea de que es posible. De entrada vamos a aceptar que sí, que sea posible a efectos prácticos una producción simple, en situaciones de bajo nivel de las fuerzas productivas; pero, en cambio, esas condiciones no se dan en el capitalismo y, en cualquier caso, la forma capital es incompatible con ella. En cualquier caso, digo, la reproducción no es un rasgo identificador del capitalismo, sino una característica universal de todos los modos de producción que, de forma simple o acumulada, han de reproducirse. En cada caso, pues, la forma de reproducción vendrá afectada, determinada, por la forma general del sistema., en nuestro caso, la forma capital. Y así, conforme al concepto de capital como valor que se valoriza, la reproducción en el capitalismo queda subsumida en la valorización y, por tanto, subordinada a la misma; es decir, adquiere una significación y una función determinados por la forma capital, específicas y diferenciadas de otras formas vigentes en otros sistemas económicos.

Pues bien, desde esta perspectiva, como dice Marx, la reproducción simple no es exactamente re-producción, en el sentido de copia o repetición del orden anterior; seguramente es difícil que en rigor lo sea en cualquier forma de producción, pero aquí, en el capitalismo, no la imposibilidad no sólo es empírica, sino teórica, exigida por el concepto. La reproducción simple alude, ciertamente, a un proceso de “simple repetición del proceso de producción en la misma escala”; con cierta laxitud podríamos convenir en su posibilidad en formaciones sociales con fuerzas productivas muy poco desarrolladas; y siempre valorando la identidad del orden reproducido únicamente desde la “escala productiva”, sin referirnos a la totalidad del sistema, a las relaciones en su seno; o sea, cerrando los ojos a que indisolublemente ligadas a esa “repetición” cuantitativa afloran siempre características nuevas, efectos de la subsunción. Sólo con esa laxitud conceptual y con esos límites es aceptable la posibilidad de existencia de la reproducción simple, pues la subsunción de la reproducción bajo la forma social siempre implica efectos estructurales en las realidades subsumidas.

En conclusión, la reproducción simple es imposible en el capitalismo, pero su concepto es indispensable en el análisis. Y, desde esta perspectiva, lo que ahora nos interesa resaltar es la argumentación marxiana para mostrar que esa imposibilidad no es de orden práctico, empírico, como si enunciara un orden ideal inasequible; no, se trata de comprender que es una imposibilidad teórica, que es contradictoria, que repugna al concepto del capital. Y que, insisto, a pesar de ello, hay que usarla en el análisis. Veamos algunos de estos argumentos, en rigor tres, referidos todos ellos a los efectos que la reproducción recibe de su subsunción en la forma capital, que es la que “contamina” todos los elementos subsumidos para que jueguen para la totalidad.


2.1. El primer efecto de la subsunción de la reproducción simple bajo la forma capital se manifiesta en la reproducción del capital variable; en cualquier producción hay que reponer la fuerza de trabajo consumida, pero en cada una de ellas el mecanismo es diferente. Esa diferencia deriva de la subsunción de la reproducción de la fuerza de trabajo bajo el capital. Que aquí la reproducción simple no tiene cabida es fácil de comprender: la fuerza de trabajo ha de irse adecuando a la potencia de las fuerzas productivas y su intensidad no es indiferente al tiempo biológico. Pero veamos los mecanismos genuinamente capitalistas de reproducción de la fuerza de trabajo.

Efectivamente, el trabajador vende su fuerza de trabajo en diferido; antes de recibir su salario tiene que producir su valor y el plusvalor; es decir, ha de reproducir el capital variable con que el capitalista paga sus salarios; ha de vivificar el valor muerto de los medios de producción, para reproducir su valor al capitalista; y ha de producir valor ex novo, plusvalor, con que valorizar el capital invertido:

“La introducción al proceso de producción es la compra de la fuerza de trabajo por un tiempo determinado, y dicha introducción se renueva constantemente no bien vence el plazo de venta del trabajo, cerrándose, con ello, determinado período de producción: semana, mes, etc. Pero al obrero sólo se le paga después que su fuerza de trabajo ha actuado y cuando ya ha realizado en mercancías tanto su propio valor como el plusvalor. El obrero, pues, ha producido el plusvalor -que por el momento sólo consideramos como fondo de consumo del capitalista- y asimismo el fondo mismo con el que se le paga, el capital variable, antes que éste revierta a él bajo la forma del salario, y sólo se lo ocupa mientras lo reproduzca constantemente” [13].

La perspectiva de la reproducción permite visibilizar este aspecto de la cuestión: el salario se presenta como “parte del propio producto” del trabajo. Es una parte del producto reproducido constantemente por el mismo obrero la que vuelve constantemente a sus manos en forma de salario, para su fondo de vida. Se le paga en dinero, pero éste es la “forma transfigurada del producto del trabajo o, mejor dicho, de una parte de él”. Se le paga con lo que ya ha producido, con parte de ese producto convertido en dinero. Esto se ve más claro si alzamos la mirada a la perspectiva de las clases:

“La ilusión generada por la forma dineraria se desvanece de inmediato, no bien tomamos en consideración no al capitalista individual y al obrero individual sino a la clase capitalista y a la clase obrera. La clase capitalista entrega constantemente a la clase obrera, bajo la forma dineraria, asignados sobre una parte del producto creado por esta última clase y apropiado por la primera. También constantemente, el obrero devuelve a la clase capitalista esos asignados y obtiene de ésta, así, la parte que le corresponde de su propio producto. La forma mercantil del producto y la forma dineraria de la mercancía disfrazan la transacción” [14].

Marx resalta las peculiaridades del capitalismo proyectadas sobre unos rasgos generales de la producción; o sea, marca lo común, lo “natural”, y la determinación capitalista de esa forma subsumida. Si se prefiere, resalta la subsunción bajo la forma capital de unas relaciones universales o comunes a los diversos sistemas productivos. Así, señala que el capital variable en el capitalismo es sólo una “forma histórica concreta de manifestarse el fondo de medios de vida o el fondo de trabajo” necesarios para el sustento y reproducción de los trabajadores de cualquier sociedad, de cualquier tipo de producción; fondo que todos los sistemas de producción social “tienen constantemente que producir y reproducir”, cosa que hacen conscientemente. El capital variable es ese fondo, la forma de aparecer ese fondo en el capitalismo. Si no se ve así a primera vista es porque se enmascara; debido a que el producto de su trabajo se aleja de él en forma de capital-mercancía y regresa a él como salario, se invisibiliza su esencia, se oculta que le pagan con su producto: “Pero esta forma en que se manifiesta el fondo de trabajo en nada modifica el hecho de que el capitalista adelanta al obrero el propio trabajo objetivado de este último [15].

Esta es la cuestión clave: el fondo producido por los trabajadores es fondo para reproducir su vida; o sea, el patrón le paga con lo que él mismo ha producido. Pero le paga el patrón, con lo cual se oscurece la verdadera procedencia de su salario, sustituida por la figura del patrón que semanal o mensualmente le entrega su sobre. Marx relata que el siervo de la gleba también vive de su fondo, pero no lo vive como “medios de pago desembolsados por un tercero a cambio de su trabajo”, porque no siente su trabajo como “trabajo voluntario y pagado”. El suyo es trabajo forzado: tan forzada es la parte de su fondo de vida como la parte que el patrón le arranca por la fuerza:

“Si mañana el señor se apropia de la tierra, de las bestias de labor, de las semillas, en suma de los medios de producción pertenecientes al campesino sujeto a prestaciones serviles, de aquí en adelante éste tendrá que vender su fuerza de trabajo al señor. Bajo condiciones en lo demás iguales, trabajará 6 días por semana, como siempre: 3 días para sí mismo, 3 para el ex señor feudal, convertido ahora en patrón de asalariados. Como siempre, utilizará y consumirá los medios de producción como medios de producción y transferirá al producto el valor de los mismos. Como siempre, determinada parte del producto ingresará a la reproducción. Pero así como la prestación personal servil adopta la forma del trabajo asalariado, el fondo de trabajo -producido y reproducido como siempre, por el campesino sujeto a prestaciones personales- asume la forma de capital que el exseñor feudal le adelanta al campesino” [16].

Sabemos que Marx da mucha importancia a la “forma”; de hecho, las formas y sólo las formas permiten comprender los procesos. Entiende que para comprender la sociedad, especialmente la capitalista, conviene recurrir a esta ontología de las formas, frente a una ingenua ontología de lo real que en el fondo es la ontología de las esencias. La verdadera realidad se construye con las formas, las metamorfosis por las que pasan las “cosas”; éstas apenas son un soporte imaginario “ideal”, que necesita el pensamiento para pensar. Por eso dice que

“el economista burgués, cuyo limitado cerebro no puede separar la forma de manifestación de lo que en ella se manifiesta, cierra los ojos ante el hecho de que incluso hoy en día sólo por excepción, en la redondez de la Tierra, el fondo de trabajo aparece bajo la forma de capital” [17].


2.2. Otro efecto relevante de la subsunción de la reproducción bajo la forma capital, o sea, otro rasgo de la reproducción del capitalismo, nos aparece en el capital constante. Toda forma productiva ha de tener unos medios de producción que se consumen en la producción y han de ser repuestos en la misma; en el capitalismo esos medios aparecen como capital constante, que transmiten su valor al producto pero no crean nuevo. Si la anterior reflexión sobre el fondo de trabajo tenía por objetivo subrayar que el capital variable no es el origen del proceso, que ese capital había sido ya producido en otro momento, lo mismo puede decirse respecto al capital constante. Al capitalista, claro está, le interesa que el capital constante parezca el origen de la producción, y el discurso del economista se lo representa tal cual le conviene, al argumentar de forma empíricamente rotunda que la producción requiere en su origen la presencia y unión del capital constante y el capital variable. Una obviedad tal que parece una consagración del capital. De este modo el capital invertido, constante y variable, es el origen del proceso; y como el capital en sus dos formas pertenece al capitalista, lo que salga de allí le pertenece.

Pero Marx, que quiere ir más allá de ese positivismo de los economistas, recupera sus reflexiones sobre el análisis, y en particular sobre el “ciclo”, para ofrecer otra representación alternativa. Nos dice que las cosas se ven de otra manera si en lugar de mirar primer momento, el primer ciclo, observamos siguiente, el segundo; es decir, si ampliamos la mirada del universo de la producción, representado en el ciclo, que condensa la unidad que la producción simplemente repite, al universo de la reproducción, donde no sólo aparecen cosas nuevas, sino que las primeras, las que aparecen en el ciclo, adquieren significados y sentidos diferentes, formas y funciones impensadas. Sí, en la reproducción las cosas aparecen de otra manera, y especialmente se revela que ese capital “inicial” invertido no es tan inicial y virgen como le gusta decir al capitalista, sino que está preñado de plusvalor, que su cuerpo rezuma trabajo acumulado. Tal vez en el Primer Ciclo, en ese momento (remoto, disperso, abstracto) augural, los medios puestos en escena no provenían de la apropiación capitalista (aunque pudieran provenir de otras formas de apropiación), no eran apropiación de plustrabajo ajeno (aunque pudiera ser apropiación de trabajo ajeno). Es difícil pensarlo, pero es posible imaginar –con mucha fantasía- una “acumulación originaria” ética en un tiempo pre-capitalista. Insisto, con mucha imaginación y un cargamento hercúleo de buena fe. Es muy complicado pensar la acumulación sin alguna forma de apropiación del trabajo ajeno; aunque en cierta magnitud no es del todo inimaginable, por ejemplo, en una economía mercantil simple no hay explotación y, en cambio, es posible cierta acumulación del propio trabajo, gracias al dinero [18]. Es posible, pero poco probable; además, es más improbable la fijación de esa acumulación.

Ahora bien, esa apropiación primitiva supuestamente libre de pecado original permite a ese supuesto trabajador enriquecido presentarse al mercado y poner en marcha a partir de la forma D-M-D´ eminentemente comercial la D-M(=MP+FT)-M´-D´, en que M designa los medios de producción y la fuerza de trabajo y M´ el producto-valor, las mercancías producidas ya en un proceso capitalista, de trabajo asalariado. O sea, el cambio se concreta en la aparición de compra de fuerza de trabajo, es decir, en la aparición de trabajo asalariado. En consecuencia, instalados ya en la producción capitalista, aunque fuera una reproducción simple, pronto desaparecería ese capital inicial de origen pre-capitalista: lo iría consumiendo año tras año el “fondo de vida” del capitalista, y sería repuesto por plusvalor para mantener el Ci, en este supuesto de reproducción simple; por tanto, se iría gastando más o menos rápido y sería sustituido por la plusvalía. El capitalista puede decir que, en la reproducción simple, la plusvalía pasa a ser su fondo de vida y la inversión originaria se mantiene como su inversión. Puede decirlo, pero a ver quién le creerá. De hecho él ha ido consumiendo su inversión y el capital inicial se ha ido sustituyendo y reponiendo con la plusvalía acumulada:

“En términos generales: el valor de capital adelantado, dividido por el plusvalor consumido anualmente, da el número de años, o el número de períodos de reproducción, luego de cuyo transcurso el capital adelantado en un primer momento ha sido consumido por el capitalista y por tanto ha desaparecido [19].

Es decir, en poco tiempo el capital desembolsado inicialmente sale de la circulación, o permanece en proporción irrelevante, siendo sustituido por capital acumulado. En suma, la mera continuidad del proceso de producción, la simple reproducción, transforma necesariamente todo capital, más tarde o más temprano, en capital acumulado o en plusvalía capitalizada. Tal vez –para los creyentes de la pureza original- en el origen remoto fuera propiedad correspondiente al trabajo de quien lo explota, propiedad no proveniente de la explotación de otros, pero en la rotación constante del capital “antes o después se convierte forzosamente en valor apropiado sin retribución”, en “materialización de trabajo ajeno no retribuido”.


2.3. Por último, repasemos los efectos de la forma capital al subsumir la reproducción del obrero asalariado. En su crítica, intentando comprender la persistencia de estas mistificaciones, de estos oscurecimientos de la realidad, Marx denuncia incansable la ficción del origen. Cree que muchas de las ilusiones de la economía derivan de esa necesidad teórica de pensar desde el origen, de partir siempre de un punto cero, de un primer motor, de una ficción estática abstracta. Por eso invita a abandonar el horizonte de la producción, que favorece ese pensar desde el origen (de hecho, con origen y final) y a asumir el horizonte de la reproducción, que implica pensar el movimiento y desde el movimiento (sin origen ni final). El análisis exige partir de la producción, sin duda; e impone inevitablemente un modelo estático, con principio y fin, sin duda. Pero esa necesidad analítica sólo tiene efectos ilusorios si se queda ahí, sin pasar al otro punto de vista, el del movimiento, el de la reproducción; sólo tiene efectos ilusorios sin olvidamos que es parcial y analítica, y la convertimos, por nuestra pasión metafísica, en objetiva y real. La ilusión desaparece si tomamos el análisis como lo que es, un momento (parcial, provisional, abstracto) de nuestra construcción ideal del mundo, de nuestra apropiación intelectual de la realidad. Desde esta posición se desvelan y corrigen las ficciones, incluidas las ficciones necesarias.

Desde el punto de vista estático de la producción, la premisa del capitalismo es que han de enfrentarse el poseedor del dinero (de valor) y el poseedor de fuerza de trabajo (creadora de valor):

“La escisión entre el producto de trabajo y el trabajo mismo, entre las condiciones objetivas del trabajo y la fuerza de trabajo subjetiva, era pues el fundamento, efectivamente dado, del proceso capitalista de producción [20].

Pero desde el punto de vista dinámico de la reproducción ese origen o punto de partida es un momento de un ciclo que se repite indefinidamente, eternamente; un círculo en que no caben principio y fin sino como meras convenciones; un movimiento en que todo tiene que ver con todo lo anterior, en que todo es de alguna manera lo anterior o, al menos, producto de lo anterior.

“El proceso de producción transforma continuamente el dinero en capital, los medios de producción en medios de valorización. Por otra parte, el obrero sale del proceso de producción, constantemente, tal como entró en él. Como antes de ingresar al proceso su propio trabajo ya se ha convertido en ajeno, ha sido apropiado por el capitalista y se ha incorporado al capital, dicho trabajo se objetiva constantemente, durante el proceso, en producto ajeno. Como el proceso de producción es, al mismo tiempo, proceso de consumo de la fuerza de trabajo por el capitalista, el producto del obrero no sólo se transforma continuamente en mercancía, sino además en capital, valor que succiona la fuerza creadora de valor, medios de subsistencia que compran personas, medios de producción que emplean a los productores” [21].

La situación que Marx describe es realmente reveladora. Por un lado, el trabajador produce constantemente riqueza objetiva, pero la produce inevitablemente como capital, como una potencia extraña a él, que le domina y le explota; por otro lado, el capitalista produce, no menos constantemente, la fuerza de trabajo como fuente subjetiva de riqueza separada de sus mismos medios de realización y materialización, por tanto, como fuente abstracta que yace en la mera corporeidad del obrero; en otras palabras, el capitalista produce constantemente al obrero como obrero asalariado. No hay otro modo de reproducción capitalista que éste: que al final de un proceso se hayan generado los medios y condiciones de su reproducción, se cuente con los medios de producción y la fuerza de trabajo en condiciones de continuar el proceso. Lo paradójico es que en la mayoría de los elementos esta continuidad exige la reproducción ampliada, y el capitalismo lo asume y hace suyo; y, en cambio, en algunos, como la relación de trabajo asalariado, es irrenunciable la reproducción simple, en ello le va la vida al capital.

Tenemos, pues, las dos caras: la imposibilidad de la reproducción simple, por esa inevitable necesidad de plusvalor del capital, de acumulación, que le va bien al capital; y la necesidad de reproducir ciertas relaciones como fijas, como instaladas fuera del tiempo (como la relación del trabajo asalariado). Claro está, la subsunción, lo sabemos, nos permite, nos exige, pensar la resistencia y el conflicto interiores a la estructura de subsunción; nos permite y exige pensar el movimiento como real, la producción del ser y de la conciencia como procesos reales, sin principio ni fin, sin origen ni llegada. La reproducción ampliada, que se hace valer en el capitalismo, para su sobrevivencia y su desaparición, es sin duda más adecuada a la ontología de Marx


3. Reproducción y consumo.

Marx comenta, como cosa relevante, el papel que aquí juega el consumo visto desde la reproducción en vez de enfocarlo desde la producción. Curiosamente, nos dice, se presenta en dos formas, que llama “consumo productivo” y “consumo individual”, sin hablar, como en otros momentos, de “consumo improductivo”. Y es así porque desde la mirada de la reproducción, que se representa la realidad más global y compleja, se relativiza la idea de consumo improductivo; éste tiene su sentido aplicado a un ciclo productivo, pero desde la perspectiva de la reproducción el consumo individual del obrero aparece inevitablemente como consumo productivo en otro proceso combinado, que a nosotros nos interesa mucho destacar aquí. Dice Marx:

“Como es sabido, la transacción entre el capitalista y el obrero es la siguiente: el capitalista intercambia una parte de su capital, el capital variable, por fuerza de trabajo e incorpora ésta, como fuerza viva de valorización, a sus medios inanimados de producción. Precisamente por este medio el proceso de trabajo se convierte a la vez en proceso capitalista de valorización. Por su parte, el obrero gasta en medios de subsistencia, gracias a los cuales se conserva y reproduce a sí mismo, el dinero obtenido a cambio de su fuerza de trabajo. Es éste su consumo individual, mientras que el proceso de trabajo, durante el cual consume medios de producción transformándolos en productos, constituye su consumo productivo y, a la vez, el consumo de su fuerza de trabajo por el capitalista. El consumo individual y el consumo productivo del obrero difieren esencialmente. En el uno, el obrero pertenece como fuerza de trabajo al capital y está incorporado al proceso de producción; en el otro, se pertenece a sí mismo y ejecuta actos vitales individuales al margen del proceso de producción“ [22].

Ciertamente, la descripción es correcta, y oportuna en cuanto Marx pretende aquí enfatizar esos dos momentos y contraponer el del trabajo (reproducción del capital) al de la privacidad (reproducción de vida). Pero no se nos escapa, no se nos debería escapar, que esa “reproducción de la vida” tiene un contenido subordinado al capital, incluso una dimensión crecientemente exigida y controlada por el capital. Al fin, reproducir la vida incluye inexorablemente la reproducción de la fuerza de trabajo, que en el límite del desarrollo del capitalismo tienden a confundirse. Por tanto, el “consumo individual” es sin duda medio de reproducción de la vida biológica, emocional y espiritual, pero también medio de reproducción de esa extraña “mercancía”, la fuerza de trabajo, necesaria en el proceso productivo y que el capitalismo ha de reproducir como los demás elementos que lo integran. Marx ya detecta este hecho, pero le interesa enfatizar la distinción, la contraposición, para resaltar que la tendencia a la identificación de todo consumo con la forma productiva del mismo es precisamente una enseña capitalista. Así, nos comenta que el “consumo individual” es mero incidente del proceso de producción, que el obrero consume medios de vida para mantener operativa su fuerza de trabajo, ni más ni menos que se hace con la máquina de vapor, cuando se la alimenta con carbón y agua, o con la rueda, cuando se la engrasa, en fin que el “consumo individual” es ya “consumo productivo”.

En conclusión, la distinción entre “consumo productivo” y “consumo individual” tiene todo su sentido en el nivel que Marx plantea su análisis y cara a resaltar la diferencia entre un consumo inmediatamente ligado a la reproducción del capital y otro al menos idealmente ligado a la reproducción de la vida. Pero, como decimos, ampliando la complejidad del modelo y con la mirada puesta en la progresiva subsunción de la totalidad de la vida en el capital, ese “consumo individual” queda también subordinado a la valorización, o sea, queda determinado como productivo.

Las cosas se ven mucho más claras si las planteamos en el proceso y desde la totalidad, si en vez de fijarnos en un capitalista y en un obrero aislados enfocamos la clase capitalista y la clase obrera en su totalidad; y si en vez de examinar el proceso aislado de producción de una mercancía examinamos el proceso capitalista de producción, en su flujo y en toda su extensión social. Marx así lo entiende:

“Cuando el capitalista convierte una parte de su capital en fuerza de trabajo, valoriza con ello su capital global. De esta manera, mata dos pájaros de un tiro. No sólo se aprovecha de lo que recibe del obrero, sino también de lo que le da. El capital que en el intercambio se enajena por fuerza de trabajo se transforma en medios de subsistencia cuyo consumo sirve para reproducir los músculos, nervios, huesos, el cerebro de los obreros existentes y para engendrar nuevos obreros. Dentro de los límites de lo absolutamente necesario, pues, el consumo individual de la clase obrera es la operación por la cual los medios de subsistencia enajenados por el capital a cambio de fuerza de trabajo se reconvierten en fuerza de trabajo nuevamente explotable por el capital. Dicho consumo es, por consiguiente, producción y reproducción del medio de producción más indispensable para el capitalista: el obrero mismo” [23].

Esa es la representación que surge de contemplar el proceso de producción aislado y de forma individualizada; si, en cambio, lo contemplamos en su forma real, como producción continua y a escala social, la representación de lo particular no cambia:

“Pero si no se examina el proceso aislado de producción de la mercancía sino el proceso capitalista de producción en su fluencia interconexa y en su escala social, el consumo individual del obrero sigue siendo también un elemento de la producción y reproducción del capital, ya se efectúe dentro o fuera del taller, de la fábrica, etc., dentro o fuera del proceso laboral; exactamente al igual que lo que ocurre con la limpieza de la máquina, ya se efectúe dicha limpieza durante el proceso de trabajo o en determinadas pausas del mismo” [24].

No es relevante que el obrero lleve a cabo su consumo individual pensando en sí mismo y no en la fábrica, en su propio provecho y no en el del patrón; al fin, comenta Marx con una terrible metáfora, el cebo del ganado no deja de ser un factor necesario del proceso de producción porque el ganado disfrute lo que coma. Lo quiera o no, lo sepa o no, el consumo forma parte de la reproducción del capital; el consumo de bienes materiales y el de bienes espirituales, de pan y de conocimiento. Y si con ello disfruta el obrero, mejor que mejor, así cumplirá su función productiva por instinto, sin necesidad de controles costosos. Marx advierte la necesidad de la biopolítica, destino de la sociedad capitalista, con una lucidez sorprendente para la época: el capitalismo requiere la conservación y reproducción constante de la clase obrera, necesita hacerla vivir, y de una forma u otra ha de conseguirlo. En su tiempo, nos dice, esto se logra con bastante eficiencia confiándolo a la espontaneidad del obrero: “El capitalista puede abandonar confiadamente el desempeño de esa tarea a los instintos de conservación y reproducción de los obreros”. En nuestros días, ese instinto ha de ser reforzado mediante la puesta en marcha de una compleja estrategia productiva, biopolítica y tecnocientífica, cara pero necesaria.

En aquellos momentos las exigencias concretas de fuerza de trabajo, en cantidad y cualidad, podían cubrirse sin grandes inversiones en su reproducción. De ahí que Marx viera que, aunque la conservación y reproducción constantes de la clase obrera siguen siendo una condición necesaria para la reproducción del capital,

“El capitalista puede abandonar confiadamente el desempeño de esa tarea a los instintos de conservación y reproducción de los obreros. Sólo vela por que en lo posible el consumo individual de los mismos se reduzca a lo necesario, y está en los antípodas de esa tosquedad sudamericana que obliga al trabajador a ingerir alimentos más sustanciosos en vez de otros menos sustanciosos. […] Es por eso también que el capitalista y su ideólogo, el economista, sólo consideran productiva la parte del consumo individual del obrero que se requiere para la perpetuación de la clase obrera, esto es, aquella parte que de hecho debe consumirse para que el capital consuma la fuerza de trabajo del obrero; lo demás, lo que éste consuma para su propio placer, es consumo improductivo. Si la acumulación del capital ocasionara un aumento del salario y por tanto un acrecentamiento de los medios de consumo del obrero, sin que tuviera lugar un mayor consumo de fuerza de trabajo por el capital, el capital adicional se habría consumido improductivamente [25].

Seguramente esta tendencia es eterna. Si el capitalismo hoy intenta garantizar un salario por encima de la mera subsistencia se debe, aparte de factores externos a la producción, como las luchas sociales, a que hoy el tipo de obrero productivo que el capitalismo necesitra reproducir se constituye sobre una fuerza de trabajo muy cualificada. Pero, en realidad, la lógica del capitalismo va en contra de todo salario que permita un consumo realmente “improductivo”. Si el capital hoy se hace cargo de la vida es sólo de la “vida productiva”, sólo cuida al “individuo productivo”, al individuo necesario; y si paga el ocio es en la medida en que este ocio es productivo, sea en lo que afecta a la valorización, sea como pacificador del contexto social, que también tiene sus efectos en la acumulación:

“En efecto: el consumo individual del obrero es improductivo para él mismo, puesto que únicamente reproduce al individuo lleno de necesidades; es productivo para el capitalista y el estado, puesto que es producción de la fuerza que produce la riqueza ajena [26].

En consecuencia, visto en movimiento y en perspectiva de totalidad, la clase obrera es un “atributo” del capital incluso fuera del proceso directo de trabajo, “ni más ni menos que los instrumentos inanimados”, dice Marx. Y es así aunque no tenga conciencia de ello; más aún, ese no tener conciencia forma parte de sus condiciones de reproducción [27]. Marx enfatiza que el proceso debe ocultar la conciencia, en ello le va la vida

“El cambio constante de patrón individual y la fictio juris [ficción jurídica] del contrato, mantienen en pie la apariencia de que el asalariado es independiente. Anteriormente, cuando le parecía necesario, el capital hacía valer por medio de leyes coercitivas su derecho de propiedad sobre el obrero libre. Así, por ejemplo, en Inglaterra estuvo prohibida hasta 1815, bajo severas penas, la emigración de obreros mecánicos. La reproducción de la clase obrera implica, a la vez, que la destreza se trasmita y acumule de una generación a otra. Hasta qué punto el capitalista cuenta, entre las condiciones de producción que le pertenecen, con la existencia de tal clase obrera diestra, considerándola de hecho como la existencia real de su capital variable, es una circunstancia que sale a luz no bien una crisis amenaza la pérdida de aquélla” [28].

Valgan como ilustraciones de la época, pero también como elementos de reflexión para la presente, los siguientes fragmentos del llamado Manifiesto de los fabricantes. El contexto del mismo es la crisis de la industria del algodón, el paro intenso y la petición de ayudas para los “brazos sobrantes” a fin de facilitar su emigración a las colonias. Ante esa petición de apoyo a la emigración, los fabricantes algodoneros, por medio de la pluma de Potter en el Times (24-03-1863), dicen que “El patrón [es decir, el fabricante algodonero] no puede ver con buenos ojos cómo se le aleja su suministro de trabajo; puede pensar […] que esto es tan injusto como equivocado… Pero si se subvenciona la emigración con fondos públicos, el patrón tiene derecho a que se lo escuche, y quizás a protestar” [29].

Tras elogiar los muchos efectos positivos de la industria algodonera, que “en el año 1860 representó las 5/13 partes de todo el comercio inglés de exportación”, continúa la carta:

“La interrogante que quisiera plantear es entonces si esta industria es digna de que se la mantenga, si vale la pena conservar en orden la maquinaria [esto es, las máquinas vivas de trabajo] y si no es el colmo de la estupidez pensar en deshacerse de ellas. Creo que lo es. Admito que los obreros no son una propiedad (I allow that the workers are not a property), que no son la propiedad de Lancashire y de los patrones; pero son la fuerza de ambos, son la fuerza espiritual y adiestrada que no se puede remplazar en una generación; la otra maquinaria con la que trabajan (the mere machinery which they work), por el contrario, podría sustituirse ventajosamente y perfeccionarse en doce meses. Fomentad o permitid (!) la emigración de la fuerza de trabajo: ¿qué será entonces del capitalista? (Encourage or allow the working-power to emigrate, and what of the capitalist?)”. Este suspiro que brota del corazón nos recuerda al mariscal de corte Kalb: “Quitad la flor y nata de los obreros y el capital fijo se desvalorizará en grado sumo y el capital circulante no se expondrá a la lucha con un suministro reducido de una clase inferior de trabajo […]. Se nos dice que los obreros mismos desean emigrar. Es muy natural que lo deseen… Pero si reducís, comprimís el negocio algodonero mediante el retiro de sus fuerzas de trabajo (by taking away its working power), reduciendo su gasto de salarios, digamos en 1/3 o sea 5 millones, ¿qué ocurrirá entonces con la clase que está inmediatamente por encima de ellos, los pequeños tenderos? ¿Qué pasará con la renta de la tierra, con el alquiler de las cottages?... ¿Qué será del arrendatario pequeño, de los propietarios de casas mejor acomodados […] y de los terratenientes? Y decid ahora si existe un plan que sea más suicida, para todas las clases del país, que este de debilitar la nación exportando sus mejores obreros fabriles y desvalorizando una parte de su capital y riqueza más productivos”. “Propongo que se emita un empréstito de 5 a 6 millones, distribuido en dos o tres años, administrado por comisionados especiales, coordinado con la asistencia a los pobres en los distritos algodoneros y sujeto a regulaciones legales especiales, con cierto trabajo obligatorio para mantener en alto el nivel moral de quienes reciben la limosna… ¿Puede haber algo peor para los terratenientes o patrones (can anything be worse for landowners or masters) que renunciar a sus mejores obreros y desmoralizar y disgustar a los demás con una emigración amplia y vaciadora, un vaciamiento del valor y el capital de una provincia entera?” [30].

Es lúcida esta intervención de Potter, portavoz autorizado de los fabricantes algodoneros, distinguiendo dos clases de “maquinaria”, propiedad ambas del capitalista: maquinaria muerta, que se aloja en su fábrica, y maquinaria viva, que “se alberga por las noches y durante los domingos fuera de la fábrica, en los cottages”. Y es aún más lúcida la diferencia que fija la distinción: la maquinaria muerta es efímera, se degrada y deprecia cada día, envejece por el uso y el desuso, por el trabajo y por el tiempo, y por el desgaste moral u obsolescencia efecto del progreso técnico (por ello es preferible cambiarla); la maquinaria viva, en cambio, gana valor cuanto más dura, cuanto más se va acumulando en ella la pericia de varias generaciones.

El Manifiesto de los fabricantes tuvo su respuesta en las páginas del Times; aparentemente en posición contraria, en el fondo es la misma retórica, la misma concepción usada para defender dos tipos de intereses puntualmente contrapuestos:

“Al señor Edmund Potter lo impresiona tanto la importancia excepcional y suprema de los patrones algodoneros que, para salvaguardar esa clase y perpetuar su profesión, querría confinar a medio millón de integrantes de la clase obrera, contra su voluntad, en un gran workhouse [hospicio] moral. «¿Esta industria es digna de que se la mantenga?», pregunta el señor Potter. «Ciertamente», respondemos, «por todos los medios honestos.» «¿Vale la pena conservar en orden la maquinaria?», vuelve a preguntar el señor Potter. Aquí nos domina la perplejidad. Por maquinaria el señor Potter entiende la maquinaria humana, pues asegura que no pretende usarla como propiedad absoluta. Hemos de confesar que, a nuestro juicio, no «vale la pena» y ni siquiera es posible conservar en orden la maquinaria humana, esto es, aceitarla y guardarla bajo llave hasta que se la necesite. La maquinaria humana tiene la propiedad de herrumbrarse cuando está inactiva, por mucho que se la aceite y frote. Además la maquinaria humana, como se advierte a simple vista, es capaz de soltar por sí misma el vapor y estallar, provocando un lío infernal en nuestras grandes ciudades. Es posible, como dice el señor Potter, que se requiera un tiempo mayor para reproducir a los obreros, pero disponiendo de maquinistas y dinero, siempre podremos encontrar gente emprendedora, sólida e industriosa para fabricar con ella más patrones fabriles de los que podamos necesitar… El señor Potter discurre acerca de una reanimación de la industria dentro de uno, dos o tres años y nos reclama que no fomentemos o permitamos (!) la emigración de la fuerza de trabajo. Afirma que es natural que los obreros quieran emigrar, pero entiende que, a pesar de tal deseo, la nación tiene que mantener a ese medio millón de obreros, con las 700.000 personas que de ellos dependen, confinados en los distritos algodoneros, reprimiendo –consecuencia lógica de lo anterior- su descontento por la fuerza y alimentándolos con limosnas. Y todo ello fundándose en la posibilidad de que un buen día los patrones algodoneroslos necesiten de nuevo… Ha llegado la hora de que la gran opinión pública de estas islas haga algo para salvar a esa «fuerza de trabajo » de los que quieren tratarla como tratan el carbón, el hierro y el algodón (to save this «working power» from those who would deal with it as they deal with iron, coal, and cotton)” [31].

A la mirada crítica de Marx no se le oculta que el artículo del Times no pasaba de ser un jeu desprit, una floritura; pensaba que en realidad la “gran opinión pública" coincidía con la de Mr. Potter, para quien los obreros fabriles se contaban entre el patrimonio mobiliario de las fábricas. Por ello se les prohibía emigrar, se les encerraba en algún “workhouse moral” de los distritos algodoneros, y así seguían formando, lo mismo que antes, “la fuerza (the strength) de los patronos algodoneros de Lancashire”. No podía ser de otro modo, pues el proceso capitalista de producción, para reproducirse, ha de cuidar sus elementos, del mismo modo que ha de cuidar las relaciones: ha de mantener el divorcio entre la fuerza de trabajo y las condiciones de trabajo; ha de reproducir y eternizar las condiciones de explotación del obrero; ha de garantizar que el trabajador esté constantemente obligado a vender su fuerza de trabajo para poder vivir y que constantemente el capitalista pueda comprársela para enriquecerse. Si no consigue “reproducir” esa situación, simplemente fracasa:

“Ya no es una casualidad que el capitalista y el obrero se enfrenten en el mercado como comprador y vendedor. Es el doble recurso del propio proceso lo que incesantemente vuelve a arrojar al uno en el mercado, como vendedor de su fuerza de trabajo, y transforma siempre su propio producto en el medio de compra del otro. En realidad, el obrero pertenece al capital aun antes de venderse al capitalista. Su servidumbre económica está a la vez mediada y encubierta por la renovación periódica de la venta de sí mismo, por e! cambio de su patrón individual y la oscilación que experimenta en el mercado el precio del trabajo. El proceso capitalista de producción, considerado en su interdependencia o como proceso de reproducción, pues, no sólo produce mercancías, no sólo produce plusvalor, sino que produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por la otra el asalariado [32].

La nueva perspectiva, la que contempla la globalidad del sistema, ve a éste orientado a la reproducción, como una totalidad cuyo único destino es ese terrible y ciego permanecer en el ser spinoziano. El capitalista y el economista, su conciencia, sólo ven búsqueda de ganancia; pero Marx ve otra cosa: reproducción del sistema, tal que la búsqueda de ganancia es un mecanismo subsumido en aquél, es el pretexto, la ocasión, el medio, de esa reproducción. El sistema no funciona para conseguir ganancias, ni siquiera para conseguir plusvalías; funciona para reproducir las relaciones de producción, perpetuar al capitalista como capitalista y al obrero como trabajador asalariado. Esa es su esencia vista desde la reproducción: ahora la valorización, por tanto, la explotación, se ve acompañada de la dominación, inevitablemente acompañada, pues la valorización exige la diferencia, la asimetría, en ls relaciones sociales. Pero el punto de vista de la reproducción también hace transparente que esas relaciones, de explotación y dominación, son objetivas, que el capital las genera y reproduce porque las necesita, pero no es sensible a la subjetividad o genealogía de quienes ocasionalmente ocupen los lugares; necesita esas relaciones objetivas y las impone como tales. Y como la mejor garantía de reproducción es la estructura de clases, reproduce las clases; pero como efecto instrumental y derivado de la forma capital. Tendremos que ir viendo con más detalles estas cosas.


J.M.Bermudo (2014)



[1] C., I, I/2, 691. Citaremos sobre la edición de P. Scaron (K. Marx, El Capital I, I/2. México, Siglo XXI, 209)

[2] Ibid., 691.

[3] Ibid., 691-2.

[4] Ibid., 692.

[5] Ibid., 692-3.

[6] Ibid., 696

[7] Ibid., 691.

[8] Recordemos la vieja idea “materialista” de Marx en La ideología alemana: “lo que uno es viene determinado por el lugar que ocupa en la producción…”

[9] Estas “formas transfiguradas de la plusvalía”, las analiza en el libro tercero

[10] Recordemos que los “operaistas” (obreristas) italianos llegaban a considerar al “obrero masa” una figura que se apropiaba de plusvalía. Considerando que el trabajo ya era colectivo, social, en términos relativos la apropiación de los trabajador es estables era un privilegio –y una participación en el plusvalor- frente al no-trabajador, o sea trabajadores en paro o precariado, etc. Sin duda estas posiciones son conceptualmente poco rigurosas y políticamente extravagantes, pero son un síntoma de la complejidad de la distribución de la plusvalía en el capitalismo actual.

[11] Ibid., 695.

[12] Ibid., 696.

[13] Ibid., 696-7.

[14] Ibid., 697.

[15] Ibid., 698.

[16] Ibid., 698. Texto muy adecuado para la ilustración de la tesis según la cual la subsunción está activa en el análisis de Marx.

[17] Ibid., 698-9.

[18] Y cierta acumulación debida al intercambio desigual.

[19] Ibid., 699.

[20] Ibid., 701.

[21] Ibid., 701.

[22] Ibid., 702.

[23] Ibid., 703, nota a.

[24] Ibid., 704.

[25] Ibid., 704, 705.

[26] Ibid., 705.

[27] “El esclavo romano estaba sujeto por cadenas a su propietario; el asalariado lo está por hilos invisibles. El cambio constante de patrón individual y la fictio juris [ficción jurídica] del contrato, mantienen en pie la apariencia de que el asalariado es independiente” (Ibid., 706).

[28] Ibid., 706.

[29] Ibid., 707. Este documento, que no tiene desperdicio, se conocería como “El Manifiesto de los Fabricantes”.

[30] Ibid., 708-9.

[31] Ibid., 710.

[32] Ibid., 711-2.