LECTURA DE EL CAPITAL

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LA ACUMULACIÓN DEL CAPITAL.

II. REPRODUCCIÓN AMPLIADA.


La reproducción ampliada es la forma real de la producción capitalista. La reproducción simple, lo hemos visto, es sólo un referente ideal, abstracto, útil para el análisis; en ella no tiene sentido la acumulación. La reproducción ampliada, en cambio, pivota precisamente sobre la acumulación de capital, en rigor, sobre la constitución del capital, a la cual Marx dedica el resto de la Sección VII, o sea, los capítulos XXII, XXIII y XXIV. Los analizaremos sucesivamente.


1. Transformación del plusvalor en capital.

Marx comienza el Capítulo XXII con una frase rotunda y muy clarificadora: “Con anterioridad debimos considerar cómo el plusvalor surge del capital; ahora hemos de examinar cómo el capital surge del plusvalor” [1]. Expresión que deja claro, aunque con frecuencia se confunda, que el plusvalor y el capital no son la misma cosa, no tienen el mismo concepto: sin significantes distintos, con sentidos diferentes. Si no fuera así Marx caería en tautologías, como al decir: “El empleo de plusvalor como capital, o la reconversión de plusvalor en capital, es lo que se denomina acumulación del capital” [2]. Por tanto, aunque a veces caemos en la imprecisión de usar uno u otro término de forma indistinta, lo importante es tener presente que, si llega el caso y hemos de afinar, hay que distinguirlos. Notemos que Marx hace en la cita anterior una doble alusión a la relación entre ambos: en una dice “empleo de plusvalor como capital”, como indicando que son equivalentes; en la otra señala “reconversión de valor en capital”, acentuando su distancia ontológica, señalando su identidad sólo por mediación de una “conversión”.

Para precisar el concepto deberíamos tener en cuenta lo siguiente: el capital se presenta en distintas figuras, cuatro de ellas muy familiares (mercancías, medios de producción, fuerza de trabajo, dinero), y otras un poco más exóticas, más propias de la ciencia económica (capital fijo, capital circulante, capital variable, capital constante, capital circulante), y alguna tan tópicas que casi monopolizan el nombre, como la figura del dinero.  Pero el valor no es nunca una figura del capital; éste no se presenta como valor. Entre otras cosas porque nunca se presenta, no tiene cuerpo y, por tanto, “figura” que exhibir. El valor es como la temperatura de las cosas materiales: se mide pero no se ve. El calor sí, se siente, se palpa, pero la temperatura no se deja ver ni tocar, ni sentir; sólo se deja medir, es mera cantidad. Pero está allí, en todas las cosas: la temperatura está presentes en todas, naturales, artificiales y sobrenaturales, si existen; el valor sólo en las producciones humanas. Pero el símil nos ayuda a comprender la naturaleza del valor y su diferencia con el capital: igual que la temperatura mide algo así como el grado de movimiento de las partículas de las cosas, su actividad interna, y en cierto sentido su potencia, su energía potencial, así el valor mide la potencia encerrada en esas figuras del capital, potencia de cambio de las mercancías o del dinero.


1.1. Como decía, en este capítulo se trata de la conversión del plusvalor en capital; no del valor en general, que ya es capital, ya reside en una figura del capital, sino el valor de nueva creación en el proceso, el plusvalor. Marx comienza tratando una especie de perversión de las leyes de apropiación que se da aquí, en el momento de la acumulación, de la conversión del plusvalor en capital, es decir, en el mecanismo mismo de la reproducción ampliada. Marx observa, al analizar ésta, que se perturban las leyes de intercambio de las mercancías; en el momento de la acumulación, dichas leyes se incumplen, alterando así lo que parecía la lógica inmanente de la economía mercantil.  Una perturbación que no es algo trivial o marginal, que tampoco es accidental o pasajera, sino que afecta a la forma misma de la ley y que tiene por efecto nada más y nada menos que crear la posibilidad de la acumulación capitalista. O sea, perturba la ley de intercambio de las mercancías para hacer posible el capitalismo; con lo cual, según parece, éste sólo es una economía mercantil fraudulenta y simulada. Es como si el capital vendiera su alma -las propias leyes de apropiación capitalista-, como Fausto, a cambio de su desarrollo. Veamos cómo funciona este pacto obsceno.

Comienza Marx analizando la acumulación, pensada como conversión de plusvalía en capital. Si la plusvalía brota del capital, como se ha visto hasta ahora, éste a su vez nace y crece de la plusvalía. Ese devenir capital de la plusvalía, la conversión de ésta en capital, como hemos dicho, es lo que se llama acumulación de capital. Marx lo trata comenzando con el modelo simple, como fenómeno desde el punto de vista del capitalista individual, aunque ya nos advierte de que ha de pensarse en perspectiva global y compleja.

Ya sabemos que, iniciada la producción, la plusvalía aparece por primera vez como valor incorporado al producto; pero, una vez realizada, vendido el producto, la plusvalía toma la forma de dinero, la misma forma que toma en ese momento el capital inicial; han viajado juntos en la misma mula y, al descargarlos en la realización ambos aparecen confundidos en el capital final: Cf = Ci + p. Capital inicial y plusvalor han viajado confundidos en el cuerpo de la mercancía desde la fábrica al mercado; y aquí, en éste, en la etapa final, se realiza el valor como valor de cambio, toma la forma de dinero y, ahora sí (la figura del dinero permite estas cosas) se separan, con la misma forma (dineraria) y cada uno con su magnitud propia, conforme a la fórmula anterior. El capitalista los distingue perfectamente, sabe la parte del valor que procede del capital inicial consumido, que hay que amortizar, y sabe magnitud de la otra parte, la del plusvalor, que marca el éxito y la salud de su capital, y que el capitalista repartirá convenientemente, un trozo al menos para incrementar el capital invertido, o sea, para acumulación.

Si hacemos el recorrido desde el capital inicial, llegamos al mismo punto. Hay que recordar que el capital inicial en forma dinero se convirtió en mercancía productiva (medios de producción y fuerza de trabajo), conforme a las leyes de intercambio de las mercancías, manteniendo su valor, que al fin es traspasado en la fábrica al producto-valor. Ahí, como digo, se mezcla indistinguible con el plusvalor y viaja al mercado en una nueva y brillante mercancía, que al venderse salda sus cuentas sacando de sí lo que lleva dentro; valor del capital inicial y plusvalor.

Ahora bien, como el capitalista sabe separar el valor realizado en sus dos componentes, capital inicial y plusvalor, porque lo tiene bien anotado, no importa que se le presenten confundidas; al menos las magnitudes las tiene bien identificadas, y en el capitalismo, ya se sabe, cuenta la cantidad, los kilos de valor, la grasa del capital. Cierto, su origen, su procedencia, se invisibiliza, se pierde; allí todo es valor, todo es capital; pero en la contabilidad el economista tiene los registros a punto y bien distinguidos los apuntes.

Reflexionemos ahora sobre esta totalidad de valor indistinguible que entra en los bolsillos del capitalista tras la realización. La indistinción, ¿no resulta sospechosa? Sí, sabemos que el economista, el contable, lo tiene claro: tanto del capital inicial, Ci y tanto de plusvalor, p. Claro. Las cuentas son diáfanas en el primer ciclo. Pero, al siguiente, ya figura en el Ci una cierta cantidad de p; que habrá que tener en cuenta a la hora de los resultados del segundo ciclo; y luego el tercero, y el cuarto, y así décadas y siglos. Resultado: al final en la magnitud Ci de inicio del enésimo ciclo se borra distinción entre la parte pura, el capital exterior que vive allí desde el origen, y la parte anónima que hay en ella de p, de plusvalor acumulado año tras año, de capital producido en la producción. ¡Se borran las huellas del origen del capital! Y Marx piensa que, en realidad, al capitalista eso le importa poco; mejor, no le importa nada; mejor aún, le interesa que se borren. Por eso a él sí le importa, son como las huellas del crimen, y nunca mejor dicho en términos marxianos: son huellas del expolio.

Como decimos, esa invisibilidad es creciente, aumenta con cada ciclo. En consecuencia, iniciado un nuevo ciclo, tanto el capital inicial como la plusvalía generada en el primer ciclo producen nueva plusvalía, en la misma proporción o tasa, que queda englobada en el capital, que así crece borrando su origen, destruyendo sus huellas. Dice Marx:

“El valor del capital era adelantado originariamente bajo la forma de dinero; el plusvalor, por el contrario, existe en un principio como valor de determinada parte del producto bruto. Si éste se vende, si se transforma en dinero, el valor del capital recupera su forma primitiva, pero el plusvalor transforma su modo originario de existencia. A partir de este momento, sin embargo, tanto el valor del capital como el plusvalor son sumas de dinero, y su reconversión en capital se efectúa exactamente de la misma manera. El capitalista invierte tanto una como otra suma en la adquisición de mercancías que lo ponen en condiciones de recomenzar la producción de sus artículos, y esta vez, por cierto, en una escala más amplia” [3].

Ahora bien, cada capitalista ha de comprar las mercancías para producir; o sea, esas mercancías han de estar presentes en el mercado. Y están en el mercado porque cada capitalista ha lanzado al mismo previamente sus producciones. Se introduce así la idea del “fondo anual de producción”. ¿En qué consiste este fondo? Marx dice que

“Pero antes de llegar al mercado, las mercancías ya se encontraban en el fondo anual de producción, esto es, en la masa global de los objetos de todo tipo en los cuales se transforma, a lo largo del año, la masa global de los capitales singulares o el capital global social, masa de la cual cada capitalista singular sólo posee una parte alícuota” [4].

El fondo anual de producción, pues, es la producción global de la sociedad, es el “capital global” de la sociedad. Ese fondo existía ya antes de llegar al mercado, y aparece como “masa global de objetos”. El mercado no crea nada, sólo posibilita el intercambio entre las aportaciones al fondo de cada capitalista particular. El uso que se hace de este fondo global no depende de la circulación, sino de la composición y distribución del mismo. La circulación posibilita el uso, pero no lo determina; los intercambios dependen de la composición y distribución de ese fondo:

“Por de pronto, la producción anual debe suministrar todos los, objetos (valores de uso) con los cuales se debe suplir los componentes materiales del capital consumidos en el curso del año. Deducidos los mismos, resta el producto neto o plusproducto, en el que se encierra el plusvalor. Ahora bien, ¿de qué se compone ese plusproducto? ¿Acaso de cosas destinadas a satisfacer las necesidades y caprichos de la clase capitalista, cosas que por tanto ingresarían a su fondo de consumo? Si todo se redujera a eso, se habría despilfarrado alegremente el plusvalor, sin dejar rastro, y no estaríamos más que ante un caso de reproducción simple. Para acumular, es necesario transformar una parte del plusproducto en capital. Pero, sin hacer milagros, sólo se puede transformar en capital aquellas cosas que son utilizables en el proceso de trabajo, esto es, medios de producción, y además las cosas con las que puede sustentarse el obrero, es decir, los medios de subsistencia. Por consiguiente, es forzoso emplear una parte del plustrabajo anual para producir medios de producción y de subsistencia adicionales, por encima de la cantidad que se requería para remplazar el capital adelantado” [5].

Aquí reside el mecanismo de la acumulación: producir excedente para que una parte del mismo pase a incrementar los medios de producción y de vida. Para que la plusvalía pueda transformarse en capital ha de acumularse al capital inicial, incrementando éste, tal que es necesario comprar nuevos medios de producción y nueva fuerza de trabajo, aportar recursos adicionales, que deben estar presentes en el mercado.

Ahora bien, respecto a los medios de producción no hay secreto: el excedente de medios de producción respecto a los consumidos es condición de la reproducción capitalista ampliada; pero respecto a la nueva fuerza de trabajo aparece una particularidad a tener en cuenta, a saber, que no puede producirse en la fábrica. Efectivamente, en la fábrica se produce el plusvalor necesario para comprarla, y los medios de vida para producirla, pero su producción efectiva tiene lugar fuera de la esfera productiva, tiene lugar en el exterior de la producción. Este hecho es, sin duda, una dificultad, y supone una resistencia (resistencia de la fuerza de trabajo a la subsunción como asalariada, a su reducción a mercancía). Podrá decirse, con razón, que aunque sea una dificultad de hecho no supone un obstáculo insalvable; incluso podría pensarse, cosa más problemática, que ese hecho no implica problema alguno, pues el mecanismo de la propia producción capitalista se cuida de poner a disposición del capital cada año nueva fuerza de trabajo:

“Ahora bien, para hacer que estos componentes funcionen efectivamente como capital, la clase capitalista necesita una cantidad suplementaria de trabajo. Si la explotación de los obreros ya ocupados no se acrecienta en extensión o en intensidad, es necesario emplear fuerzas de trabajo adicionales. El mecanismo de la producción capitalista ha ofrecido ya la solución a esto, puesto que reproduce la clase obrera como clase dependiente del salario, y como clase cuyo salario habitual no sólo basta para asegurar la conservación de la misma, sino su multiplicación. Para consumar la transformación del plusvalor en capital, éste no necesita más que incorporar a los medios de producción suplementarios contenidos ya en la producción anual, esas fuerzas de trabajo suplementarias que le proporciona anualmente, y a diferentes niveles de edad, la clase obrera” [6].

Pero no podemos olvidar que en las relaciones de subsunción siempre hay resistencias que abren la puerta a las contradicciones y, en el límite, a los cambios substanciales. Podríamos decir que la “exterioridad” al capitalismo, de cualquier tipo, es siempre relativa y efímera; por subsunción formal o real, o por simple reducción e incorporación, la forma capital acaba poniendo bajo su control y orden todo espacio social necesario para su reproducción; pero habríamos de decir enseguida que también los éxitos o victorias en la hegemonía del capital son finitos. En cualquier caso, lo que aquí nos interesa ahora dejar claro es que, por mecanismos que merecen análisis más detallados, el capitalismo induce la reproducción ampliada en el “exterior” de la fuerza de trabajo que necesita en su interior. Así, la acumulación capitalista aparece simplemente como la reproducción fluida e invasiva del capital en una escala creciente, progresiva, ilimitada; el humilde ciclo de la reproducción simple se modifica y transforma en “espiral”, según expresión de Sismondi.


1. 2. Y así llegamos a la perturbación de la ley de intercambio de mercancías, en rigor, a su disimulada y oculta negación. Esta acumulación de capital por medio de plusvalor que acabamos de describir es lo que se llama producir capital con capital; el capital, por tanto, no es sino plusvalor capitalizado. Si en el “origen”, la primera plusvalía, la plusvalía del primer ciclo, respondía a la compra de fuerza de trabajo según las leyes del valor (la cual, “jurídicamente considerada, sólo exigía al obrero el derecho a disponer libremente de sus facultades, y al capitalista la libre disposición sobre los valores de su pertenencia), en la reproducción ampliada, en cambio, se viola con sutileza esa ley: cuando se compra fuerza de trabajo con plusvalía del ciclo anterior, y formalmente se sigue manteniendo la ley de equivalencia del valor, se desenmascara la trampa: al trabajador se le paga con valor del capital, que él mismo ha producido. Todo es paradójicamente “justo”, a pesar de que en el proceso, y a medida que crece la acumulación, la parte del capital inicial que corresponde al original decrece respecto a la parte derivada de la plusvalía acumulada. Pero bajo esa máscara de equidad resulta que el espíritu de la ley se ha pervertido: su espíritu consistía en cambiar libremente dos propiedades, dinero y fuerza de trabajo, mientras que ahora, en la reproducción ampliada, se esconde que se cambia plusvalía acumulada por fuerza de trabajo; el dinero ahora esconde el origen de su valor, enmascara nada menos que ese origen es el trabajador, su propietario en el país de la justicia

“la ley de la apropiación o ley de la propiedad privada, ley que se funda en la producción y circulación de mercancías, se trastrueca, obedeciendo a su dialéctica propia, interna e inevitable, en su contrario directo” [7].

Efectivamente, el cambio de valores equivalentes es mera apariencia, pues la parte de capital que se cambia por la fuerza de trabajo no es más que una parte del producto del trabajo ajeno apropiado sin equivalente. Además, como el obrero tiene que reponer el valor de su salario con un nuevo superávit, “la relación de intercambio entre el capitalista y el obrero, pues, se convierte en nada más que una apariencia correspondiente al proceso de circulación”, en una “mera forma que es extraña al contenido mismo y que no hace más que mistificarlo” [8]. O sea, la compra-venta de la fuerza de trabajo deja ver su esencia, que no es otra que la forma de una relación cuyo contenido radica en que el capitalista cambia constantemente una parte de su plusvalía (trabajo ajeno materializado) por una cantidad mayor de trabajo vivo de otros, en una constante y continua apropiación sin retribución.

Marx ve con claridad que el simulacro de intercambio entre poseedores de mercancías libres e iguales según la regla del equivalente de valor es sólo eso, un simulacro, que ya no logra invisibilizar la realidad:

“La propiedad aparece ahora, de parte del capitalista, como el derecho a apropiarse de trabajo ajeno impago o de su producto; de parte del obrero, como la imposibilidad de apropiarse de su propio producto. La escisión entre propiedad y trabajo se convierte en la consecuencia necesaria de una ley que aparentemente partía de la identidad de ambos” [9].

El régimen capitalista de apropiación en la reproducción ampliada parece romper abiertamente con las leyes originarias de la producción de mercancías, pues “la propiedad de trabajo pretérito impago se manifiesta ahora como la única condición en que se funda la apropiación actual de trabajo vivo impago, en escala siempre creciente” [10]. Pero esta ruptura, insiste Marx, no es un accidente, ni una violencia exterior, sino que responde a un proceso inmanente y bien determinado; es precisamente una consecuencia de la aplicación de estas leyes. Formalmente se han respetado escrupulosamente las leyes de intercambio de valores equivalentes; la peculiaridad de la fuerza de trabajo de producir más valor que el que vale su reproducción no viola las leyes, pues no se tuvo en cuenta al formularlas. Que el producto acumule la plusvalía no es resultado de un engaño, sino que “nace del uso que de esta mercancía hace el comprador”. Todo ocurre de modo semejante al proceso de surgimiento de los monopolios desde la libre competencia, que pervierte su origen –y, si se quiere, su espíritu- sin violar la letra de la ley. Y el secreto es en ambos casos el mismo: la igual libertad entre desiguales en fuerza acaba fijando la determinación de la desigualdad; el cambio equivalente entre mercancías desiguales en potencia productiva genera igualmente el intercambio desigual.

Y una vez más la raíz hay que buscarla en la naturaleza de esa enigmática fuerza de trabajo que produce más valore del que vale[11], cualidad no reconocida por la filosofía ni a los dioses. Habremos de ahondar más en ese misterio de la fuerza de trabajo, de su doble existencia, pues existe como mercancía en la circulación y como trabajo vivo, como fuente de valor, en la producción. Marx nos dice:

“La ley del intercambio sólo condiciona la igualdad con respecto a los valores de cambio de las mercancías entregadas recíprocamente. Condiciona por anticipado, incluso, la desigualdad de sus valores de uso, y nada tiene que ver con su consumo, que sólo puede comenzar una vez celebrada y finiquitada la transacción. Por tanto, la transformación originaria del dinero en capital se efectúa en la concordancia más rigurosa con las leyes económicas de la producción de mercancías, así como con el derecho de propiedad derivado de aquéllas. Pese a ello, dicha transformación arroja los resultados siguientes: 1) Que el producto pertenece al capitalista y no al obrero; 2) Que el valor de este producto incluye, además del valor del capital adelantado, un plusvalor que al obrero le ha costado trabajo pero al capitalista no le ha costado nada, y que sin embargo se convierte en propiedad legítima del segundo; 3) Que el obrero ha conservado su fuerza de trabajo y puede venderla de nuevo, siempre que encuentre un comprador” [12].

No se viola, pues, ninguna ley, nos dice Marx. En la reproducción ampliada simplemente se repiten los actos de apropiación de la reproducción simple. Pero, respetando la ley, se produce esa situación en que los obreros, como dice Sismondi, sólo tienen derecho a participar en la renta nacional renovando su participación cada año en el proceso de trabajo, mientras que el capitalista ha adquirido un derecho permanente a la participación gracias al “trabajo originario” del que se ha apropiado. El capitalista hace con la plusvalía lo que quiere, pues es suya; puede consumirla toda, como en la imaginaria reproducción simple, o puede acumularla; si la invierte, es capital idéntico en pureza ética al capital originario, como si se presentara por primera vez al mercado. No se percibe que sus fondos provengan del plustrabajo. Cuando los usa para pagar a otros trabajadores, éstos ni saben ni les importa si provienen de lo no pagado a otros obreros. Lo importante es que así funciona el capital, así se reproduce, así se valoriza.

Marx reconoce, no obstante, que la cosa “cambia radicalmente” si asumimos la perspectiva general, global y de clase, en lugar de fijarnos en un solo capitalista y en un solo obrero. Pero, nos dice, “esto sería aplicar a la producción de mercancías una pauta totalmente ajena a ella”, pues

“En la producción de mercancías se enfrentan, independientes el uno del otro, el vendedor y el comprador. Sus relaciones recíprocas finalizan el día en que vence el contrato celebrado entre ellos. Si el negocio se repite, ello ocurre sobre la base de un nuevo contrato que nada tiene que ver con el precedente y en el cual sólo una casualidad puede llegar a reunir al mismo comprador con el mismo vendedor. Por ende, si la producción de mercancías o cualquier proceso anexo a ella deben juzgarse conforme a sus propias leyes económicas, será necesario que consideremos cada acto de intercambio por separado, al margen de toda conexión con el acto de intercambio que lo precedió y con el que le sucede. Y como las compras y las ventas sólo pueden celebrarse entre individuos singulares, es inadmisible que busquemos en ellas relaciones entre clases enteras de la sociedad. Por larga que sea la secuencia de las reproducciones periódicas y de las acumulaciones precedentes recorridas por el capital que hoy está en funciones, el mismo conserva siempre su virginidad originaria. Mientras en cada acto de intercambio -considerado aisladamente- se observen las leyes del intercambio, el modo de apropiación puede experimentar un trastrocamiento total sin afectar en ningún respecto el derecho de propiedad correspondiente a la producción de mercancías” [13].

O sea, el nivel de análisis elegido ha de adaptarse a su objeto y al fin que se persigue; cada mirada desvela unos rostros de la realidad y oculta otros. En particular, la relación entre clases sirve para lo que sirve, pero no para penetrar los mecanismos de la producción de mercancías. Ésta está limitada por un acto jurídico, determinada en espacio y tiempo, y sometida a la contingencia.

Marx insiste en que el capitalismo es la generalización de la producción de mercancías, cuando todo se produce para el mercado. La aparición del trabajo asalariado potencia esa universalización del régimen de la mercancía, en vez de obstaculizarlo; el trabajo asalariado no viola las leyes de intercambio, sino que las radicaliza[14]. La universalización del trabajo asalariado “es también el momento a partir del cual la producción de mercancías se generaliza y convierte en forma típica de producción” en toda la sociedad.

En definitiva, en ese proceso, cumpliéndose las leyes de intercambio de mercancía de esa manera perturbadora, y gracias a ello, en el régimen capitalista de trabajo asalariado se produce ese otro proceso, el de la acumulación de capital. Curiosamente las mismas leyes de intercambio se convierten, por la lógica interna de la economía mercantil, en leyes de apropiación de lo ajeno, en leyes de valorización del capital. El capital originario o inicial, en las sucesivas acumulaciones, pierde importancia relativa, tiende a ser despreciable (magnitudo evanescens, en sentido matemático) comparada con el capital directamente acumulado. Tendencialmente, todo el capital es capital acumulado, y de ahí que “la economía política defina generalmente el capital como “riqueza acumulada”, dice Marx, o “interés acumulado o capitalizado”.


1.3. La acumulación es el primer deber del capitalista y, dado el atractivo de la sinécdoque, el primer deber de ciudadanía. El capitalista sabe que, para acumular, hay que usar la plusvalía productivamente, no gastarla en bienes o servicios personales. Al contrario que la aristocracia, nos dice Marx, la burguesía sirve al capital, paga su vasallaje a esta forma, convirtiendo la acumulación en el primer y más sagrado deber del ciudadano. Bien entendido, este deber encierra dos máximas: una, que hay que consumir (invertir) las rentas en procesos productivos, no en bienes o riquezas suntuarias, ni en servicios para su satisfacción personal; otra, que tampoco hay que atesorar, pues no es más contrario al capital que el atesoramiento.

“Hubo que polemizar, por otra parte, contra el prejuicio popular, que confunde la producción capitalista con el atesoramiento y que por tanto se imagina absurdamente que la riqueza acumulada es riqueza sustraída a la destrucción, y por tanto al consumo, bajo su forma natural existente, o también salvada de la circulación” [15]

Siguiendo a Malthus, Marx invita a no confundir el “ahorro” con el “atesoramiento”; el primero de facto es financiar la inversión, por mediación de los bancos; el segundo, en cambio, es sacar capital de la circulación, equivale a dejar el fuego sin alimentación. Cuando habitualmente se enaltece el ahorro, valor muy considerado en el capitalismo de la época burguesa, siempre se sobreentiende que se trata de ahorro ascético, de ahorro depositado en el banco, para que sea éste el que inicie o medie el proceso capitalista D-M-D´; nunca se trata de ahorro atesorado, nunca se invita a sacar el ahorro en dinero del circuito del capital.

“Rescatar el dinero de la circulación sería precisamente lo contrario de valorizarlo como capital, y acumular mercancías para atesorarlas, pura necedad. La acumulación de mercancías en grandes cantidades es el resultado de que la circulación se ha estancado o de la sobreproducción” [16].

Estas tesis no son nada originales, y Marx las toma de la economía clásica. Pero Marx advierte aquí un problema teórico de cierta dimensión, que gira en torno a la confusión de la relación que mantiene la acumulación con el consumo. Marx acentúa la diferencia entre las posiciones de la aristocracia y la burguesía ante el consumo. La aristocracia se limita a “consumir lo existente”, a usar sus apropiaciones en la satisfacción de sus necesidades y de sus pasiones de lujo y servicios el trabajo; la burguesía, en cambio, tiene un nuevo evangelio que predicaba la supremacía del capital y el mandamiento incuestionable de “”invertir el plusvalor en la adquisición de obreros productivos” [17]. De ahí que hubiera

“que polemizar, por otra parte, contra el prejuicio popular, que confunde la producción capitalista con el atesoramiento, y que por tanto se imagina absurdamente que la riqueza acumulada es riqueza sustraída a la destrucción, y por tanto al consumo, bajo su forma natural existente, o también salvada de la circulación. Rescatar el dinero de la circulación sería precisamente lo contrario de valorizarlo como capital, y acumular mercancías para atesorarlas, pura necedad” [18].

Marx dice que la economía clásica acierta cuando destaca que “el rasgo característico del proceso de acumulación” es el consumo del plusproducto por trabajadores productivo y no por los improductivos[19]. Pero en este mismo punto en que a cierta comienza también su error. La economía clásica, con A. Smith a la cabeza, ha enfatizado como característica propia del capitalismo la idea de “acumulación meramente como consumo del plusproducto por trabajadores productivos”, en otras palabras, la concepción de “la capitalización del plusvalor como la mera conversión del mismo en fuerza de trabajo” [20]. O sea, consideraba que el origen de la acumulación estaba en el incremento del variable; el capital crece, pues, al aumentar la parte de capital variable en el capital inicial. Y cita a Ricardo como otra potente fuente de autoridad:

“Hemos de comprender que todos los productos de un país se consumen, pero existe la mayor diferencia imaginable entre que los consuman quienes reproducen otro valor o que lo hagan aquellos que no lo reproducen. Cuando decimos que el rédito se ahorra y se agrega al capital, lo que queremos significar es que la parte del rédito de la que se dice que se agrega al capital, es consumida por trabajadores productivos y no por improductivos. No puede haber error mayor que suponer que el capital se acrecienta por el no consumo” [21].

O sea, los economistas clásicos, en general, defienden que la acumulación del capital no procede del “no consumo”, del ahorro ascético, sino del consumo; pero no del consumo de trabajadores improductivos (por ejemplo, del consumo privado de los capitalistas, cuyo efecto sería simplemente despilfarrar el plusvalor recogido), sino de los trabajadores productivos. Por tanto, la acumulación vendría simplemente por la vía de convertir el plusvalor en variable.

Pero Marx enseguida se posiciona en contra: “No puede haber error mayor” que el que repiten en la economía clásica los seguidores de Smith y Ricardo, empeñados en defender que “la parte del rédito”, la parte del plusvalor, que se agrega al capital, “es consumida por trabajadores productivos”. Si así fuera, razona, “todo el plusvalor que se transforma en capital se convertiría en capital variable” [22], y esto es manifiestamente incierto.

El error de la economía clásica hunde sus raíces en una idea subjetivista del consumo, ligada a los medios de vida. Conforme a ella es comprensible que el “consumo productivo” se identifique con el capital variable, con los salarios, que al fin proporcionan los medios de vida que el trabajador consume. Para Marx, en cambio, el consumo refiere a toda transformación de unas mercancías dentro de un proceso productivo; no sólo consumen los trabajadores en sus casas, también se consumen medios de producción, materias primas, instalaciones, energías, etc., en la fábrica. Ambas son formas de consumo productivo. Marx señala al respecto lo evidente, que la plusvalía o renta invertida en “consumo productivo” se divide, se reparte, “al igual que el capital inicial, en capital constante y capital variable, en medios de producción y fuerza de trabajo”:

“La fuerza de trabajo es la forma bajo la cual el capital variable existe dentro del proceso de producción. En este proceso ella misma es consumida por el capitalista. Por medio de su función — el trabajo— ella consume medios de producción. A la vez, el dinero pagado en la adquisición de la fuerza de trabajo se transforma en medios de subsistencia que no son consumidos por el “trabajo productivo” sino por el trabajador productivo" [23].

Tal vez la última frase apunte al centro de la confusión de la economía clásica, la no distinción entre “trabajo productivo” y “trabajador productivo”. Está claro que sólo lo que se invierte en variable producirá nuevo plusvalor: no cabe duda alguna; y está claro que sólo ese variable, los salarios, se usará por el trabajador productivo para su “consumo”; pero este consumo del trabajador productivo es improductivo. Por otro lado, el capitalista, actor no productivo, invierte en capital constante y variable, consume constante y variable, y ese consumo es manifiestamente “productivo”. En particular, lo invertido en constante, el incremento del capital fijo, es también consumo productivo, pues si bien no produce plusvalor es condición de posibilidad de la producción del mismo e intensifica la productividad de la fuerza de trabajo. Y es erróneo afirmar con A. Smith que, aun cuando todo capital individual se divida en constante y variable, el capital social no es más que capital variable, capital invertido todo él en pagar salarios, pues lo que se invierte en constante requiere, a su vez, una inversión en variable…

Esta confusión no sólo complica las cosas y vuelve ininteligible la explicación de los procesos continuos, sino que sirve de muletilla ideológica. Como dice Marx, “se comprende de suyo, por lo demás, que la economía política no haya dejado de explotar, en beneficio de la clase capitalista, la tesis de Adam Smith según la cual toda la parte del producto neto transformada en capital es consumida por la clase obrera” [24]. Si toda la plusvalía se invierte en variable, aunque la fuera de trabajo es en sentido amplio un medio de producción, y por tanto una forma del capital, se diluye la realidad: el aumento del capital fijo, en cambio, potencia esos perfiles y visibiliza la acumulación, el crecimiento del capital [25].


2. La curiosa teoría de la abstinencia del capitalista.


Veamos ahora la curiosa “teoría de la abstinencia” o “renunciamiento”, que nos presenta la exigencia ascética del capitalista para hacer posible la acumulación. Se trata de una de tantas propuestas de solución extravagantes, imaginarias e ideológicas, a un problema real: la distribución del plusvalor en capital y consumo. El análisis no ha exigido, unas veces, considerar todo el plusvalor como fondo de consumo del capitalista, y otras como fondo de acumulación. Pero, como dice Marx, “no es ni una cosa ni la otra, sino ambas a la vez”, pues el capitalista consume una parte como rédito y emplea la otra como acumulación, la convierte en capital. Y, claro está, el problema está en determinar ese reparto, en buscar las determinaciones a que obedece. Porque, como resulta obvio, dada como fija una masa de plusvalor, lo que va a un fondo es a costa del otro, lo que va al capital no va al consumo; e igualmente obvio es que la masa de plusvalor es superior a la parte que se capitaliza. E incluso, como dice Marx:

“Cuanto más desarrollada esté la producción capitalista en un país, cuanto más rápida y masiva sea la acumulación, cuanto más rico sea dicho país y más colosal, por consiguiente, el lujo y el derroche, tanto mayor será esa diferencia” [26].

El fondo de consumo, o sea, la riqueza, no el capital, tiende a ser creciente. Parte de esa riqueza se irá consumiendo gradualmente, a lo largo dl tiempo. Pues bien, nos dice Marx, en esa riqueza hay “formas naturales” que podrían funcionar como capital. ¿A qué se refiere? ¿Qué quiere decir? Pues que parte de esa riqueza que se consume gradualmente puede ser usada como medios de producción en cualquier momento; el capitalista la había apartado para su fondo de consumo, pero hay una parte que en cualquier momento puede reconvertirse y pasarse al fondo de acumulación. Por ejemplo, nos dice, “todas aquellas fuerzas de trabajo que no son consumidas o que lo son en prestaciones de servicio puramente formales y a menudo infames” [27]. Y, podríamos añadir, joyas o instalaciones usadas en beneficio personal y que pueden convertirse de nuevo en medios de producción. Ejemplos con los cuales Marx quiere ajustar una tesis, a saber que, ese reparto del plusvalor en los dos fondos es, en parte, elástico y revisable, no definitivo ni irreversible:

“La proporción en que se divide el plusvalor entre capital y rédito varía incesantemente y está sujeta a circunstancias que no hemos de examinar aquí. El capital empleado en un país, pues, no es una magnitud fija, sino fluctuante, una fracción siempre variable y elástica de la riqueza existente que puede funcionar como capital” [28].

El análisis, de nuevo, nos exige abstracciones, pero no debemos olvidar hacia donde caminamos, el camino que nos falta por recorrer, siempre avanzando hacia mayor concreción. Porque sólo así podemos ver el horizonte, sólo así comprendemos cómo el capitalista puede llegar –es forzado- a pensar que el plusvalor que periódicamente incorpora a su capital surge de su riqueza, que “el producto del trabajo ajeno que él adquiere sin cambiarlo por equivalente de ningún tipo se le presenta como incremento periódico de su patrimonio privado”; y así obviamente, todo parece como si fuera la cosa más natural del mundo “que la división de este plusvalor o plusproducto en capital suplementario y fondo de consumo esté mediada por un acto voluntario ejecutado por el capitalista” [29]. O sea, las dos avenidas de la ilusión: la positivista, que presenta el plusvalor sudado por el capital, por su capital, y la subjetivista, que se representa la reproducción dirigida por él al decidir, amo del reparto entre lo que consume y lo que acumula, tal que el capital, su capital, crece por su abstinencia en el consumo.


2.1. Al menos en apariencia el capitalista ha de repartir su “renta” entre el consumo personal y la acumulación; es decir, entre el culto al valor de uso y el goce del consumo, que tienen su atractivo, y el tributo al valor de cambio y su incremento, no carente de fuerza. Por decirlo gráficamente, ha de decidir entre comportarse como “rico” o como “capitalista”, como señorito o como burgués. Pero esa decisión “personal” será, en el fondo, poco o nada subjetiva, pues más bien vendrá dada por la vía de un efecto estructural; y así, tal vez a pesar suyo, el capitalista prestará un claro –o no tanto-servicio a un mundo mejor. Éste es el gran argumento de Marx, frente a quienes plantean el problema del reparto del plusvalor como una decisión libre y gratuita, o simplemente regida por el criterio de maximizar el capital. En coherencia con su ontología, nos viene a decir que la distribución del plusvalor está tan determinada como la distribución del valor; que en el mismo lugar en que se distribuye la producción social, en forma y magnitud, entre sus actores, allí mismo se decide el uso adecuado del plusvalor, su reparto y la forma del mismo entre las distintas figuras del capital y, en particular, entre el capital fijo y el variable. Entiende que en la descripción podamos elegir el punto de partida, y que éste sea subjetivista, la voluntad del capitalista, orientada simplemente por su deseo de crecimiento del capital:

“Como fanático de la valorización del valor, el capitalista constriñe implacablemente a la humanidad a producir por producir, y por consiguiente a desarrollar las fuerzas productivas sociales y a crear condiciones materiales de producción que son las únicas capaces de constituir la base real de una formación social superior cuyo principio fundamental sea el desarrollo pleno y libre de cada individuo” [30].

Pero ese relato enseguida gira y se revuelve contra sí mismo. Si la voluntad es la de desarrollar al máximo las fuerzas productivas, la acumulación queda de inmediato enmarcada en la lógica de éstas, una lógica objetiva. Una vez más, pues, la voluntad acaba enfatizando su sumisión a la objetividad del proceso; se realiza en la medida en que se adecúa a las condicione y lógica de la producción, La totalidad usa y gestiona la voluntad del capitalista, e incluso la hace buena, la redime. Marx presenta al capitalista como una figura social con una función, que actúa en el seno de una estructura de leyes tal que si no las cumple se inmola, la historia pasan sobre él, lo lanza a la cuneta. No es que el proceso -¿hemos de decirlo una y otra vez?- carezca de toda subjetividad; tiene su dimensión subjetiva, e incluso sus momentos de gloria subjetiva, pero se trata siempre de una subjetividad surgida en y desde el proceso, por tanto, de una subjetividad posible y necesaria para el capital. Bien mirado, parece presente la justicia poética: el amo del capital que, si se mira al espejo, se descubre siervo del mismo. Subjetividad objetivamente determinada, sin duda, pero por una objetividad que encierra su perversión, forzando una subjetividad antagónica, negativa, tal vez emancipadora:

“Por lo demás, el desarrollo de la producción capitalista vuelve necesario un incremento continuo del capital invertido en una empresa industrial, y la competencia impone a cada capitalista individual, como leyes coercitivas externas, las leyes inmanentes del modo de producción capitalista. Lo constriñe a expandir continuamente su capital para conservarlo, y no es posible expandirlo sino por medio de la acumulación progresiva. El capitalista sólo es respetable en cuanto personificación del capital. En cuanto tal, comparte con el atesorador el afán absoluto de enriquecerse. Pero además, las leyes inmanentes del modo capitalista de producción, que imponen a todo capitalista individual la competencia como ley coercitiva externa, lo obligan a expandir continuamente su capital para conservarlo” [31]

La voluntad de acumulación, subjetiva, está subsumida en la necesidad de desarrollo permanente del capital, de valorización ininterrumpida; y, del mismo modo, la decisión concreta en la distribución del plusvalor para la acumulación está dada en la lógica del capital, que vincula el ritmo de movimiento de todos los elementos. El capitalista no tiene el privilegio de decidir, por ejemplo, la proporción del plusvalor que dedica a fijo y variable; esas magnitudes le vienen dadas como le viene dada la magnitud del plusvalor a repartir. Desde la producción, que marca los límites del plusvalor, se fijan las proporciones en el reparto de éste. Y esta idea es la que Marx defiende contra la compleja, y hasta divertida, literatura sobre la “abstinencia del capitalista”

Como nueva figura de Sísifo, pero sin retroceso, el capitalista empuja al capital en su eterna voluntad de acumulación, sin posibilidad de saciar la sed de valorización que constituye su condición de existencia. Representante del capital, éste encuentra en él su conciencia y su voluntad, con él se dota de subjetividad; vendida su alma al capital, substancia de la que obtiene el ser, reducido a su pertenencia, su cuidado de sí pasa por cuidar el capital, por servirlo para sobrevivir:

“Por consiguiente, en la medida en que sus acciones son únicamente una función del capital que en él está dotado de voluntad y conciencia, su propio consumo privado se le presenta como un robo perpetrado contra la acumulación de su capital, así como en la contabilidad italiana los gastos privados figuran en la columna de lo que el capitalista “debe” al capital” [32].

Curiosa la agudeza de Marx, al señalar esa tragedia de la conciencia enajenada del capitalista que ve “robo” en actuar para sí, en disputar a la substancia (el capital) un margen de autonomía para su individualidad modal; entrega total que le lleva a vivir como propia la grandeza del capital, su incremento, su poder, como los lacayos del Ancien Régime compitiendo por la grandeza de la casa a la que servían.


2.2. Pero no hay nada fijo en el mundo del capital, que al fin también es de este mundo. Si en la anterior descripción la “acumulación es la conquista del mundo de la riqueza social”, nos dice Marx, también “el pecado original acecha en todas partes”, y los resultados no son siempre los esperados. El capitalista, protagonista de ese proceso hacia el nuevo mundo, “deja de ser una mera encarnación del capital”, como si se distanciara del mismo y deviniera una figura “caída” del capital. La figura del capitalista también evoluciona, se metamorfosea; no, no se libera, no se emancipa, sólo adapta sus formas a los nuevos tiempos de su patrón. De la ascesis pasa al hedonismo cumpliendo con fidelidad su función:

“Siente un “enternecimiento humano” por su propio Adán y se civiliza hasta el punto de ridiculizar como prejuicio del atesorador arcaico la pasión por el ascetismo. Mientras que el capitalista clásico estigmatizaba el consumo individual como pecado contra su función y como un “abstenerse” de la acumulación, el capitalista modernizado está ya en condiciones de concebir la acumulación como “renunciamiento”a su afán de disfrute. “¡Dos almas moran, ay, en su pecho, y una quiere divorciarse de la otra!”” [33].

Texto esplendido, que a la vez que ilustra la evolución de la subjetividad del capitalista, que unos leen con esperanza como “relativa autonomía” y otros simplemente como cambio de piel de la serpiente, describe el terrible poder del capital imponiendo en cada momento las figuras más idóneas para su servicio, para su valorización, ora la renuncia ascética ora el culto al cuerpo. Destaquemos esas dos alma del capitalista, paralelas a las dos almas que arrastra el trabajador actual: la ética, racional, disciplinada y apolínea de día, y la estética, irracional, espontánea y báquica de noche. Dos almas que se reparten los espacios y momentos naturales y espirituales, repartiéndose la luz y la sombra, el deber y el deseo, la obligación y la libertad; dos almas que a su vez anidan, como dos tareas, en cada una de las figuras de la producción, en el trabajador y en el capitalista, necesarias y enfrentabas, pero subsumidas ambas bajo la misma forma del capital, condenadas ambas, pues, al eterno camino de la acumulación.

La descripción del debate sobre la forma adecuada de repartir el plusvalor, o sea, de realizar la acumulación, que nos ofrece Marx es tan expresiva y condensada que no caben comentarios ni admite paráfrasis. Nos describe un escenario histórico lleno de detalles empíricos que llenan de vida el discurso, como descanso al análisis inevitablemente seco y abstracto. Leamos, pues, estas páginas en silencio, sin música ni palio, atentos al problema real que se oculta bajo la forma de la acumulación y a los olores y colores que constituyen ese fondo empírico que subyace al pensamiento de Marx. Comenzamos por la génesis de las dos almas, la apolínea y la fáustica:

“En los inicios históricos del modo capitalista de producción -y todo capitalista advenedizo recorre individualmente esa fase histórica- el afán de enriquecerse y la avaricia prevalecen como pasiones absolutas. Pero el progreso de la producción capitalista no sólo crea un mundo de disfrutes. Con la especulación y el sistema del crédito, ese progreso abre mil fuentes de enriquecimiento repentino. Una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo, el “desgraciado” capitalista debe practicar, incluso como necesidad del negocio, cierto grado convencional de despilfarro, que es a la vez ostentación de la riqueza y por ende medio de crédito. El lujo entra así en los costos de representación del capital. Por lo demás, el capitalista no se enriquece -como sí lo hacía el atesorador- en proporción a su trabajo personal y a su no consumo individual, sino en la medida en que succiona fuerza de trabajo ajeno e impone al obrero el renunciamiento a todos los disfrutes de la vida. Por tanto, aunque el derroche del capitalista no posee nunca el carácter bona fide [de buena fe] que distinguía al del pródigo señor feudal, y en su trasfondo acechan siempre la más sucia de las avaricias y el más temeroso de los cálculos, su prodigalidad se acrecienta, no obstante, a la par de su acumulación, sin que la una perjudique necesariamente a la otra y viceversa. Con ello, a la vez, se desarrolla en el noble pecho del individuo capitalista un conflicto fáustico entre el afán de acumular y el de disfrutar” [34].

Marx está convencido de estar construyendo ciencia; y considera que el discurso científico ha de ser objetivista, aunque se trata de una ciencia social. Por eso refuerza su idea de que los procesos económicos, lejos de estar subordinados a la voluntad individual, cuya presencia y acción ya está contabilizada en esa totalidad que la ciencia aspira a apropiarse, tienen su lógica, su necesidad, y la propia voluntad individual es un efecto, una determinación de esa lógica. Como bien dice, la ciencia económica capitalista siempre supo del dolor del parto de la riqueza. Pero “¿de qué sirve quejarse contra lo que la necesidad histórica ordena?”. Para la economía clásica el proletariado es sólo una máquina de producir plusvalía y el capitalista sólo una máquina para transformar esta plusvalía en capital. Dos máquinas –mejor, dos órganos de la misma máquina– ajenas al goce, condenadas trágicamente a sus funciones inertes. De ahí que T. R. Malthus, nos recuerda, predicara nada menos que “una división del trabajo según la cual al capitalista que efectivamente interviene en la producción le atañe el negocio de la acumulación, y a los otros partícipes del plusvalor –la aristocracia rural, los prebendados estatales y eclesiásticos, etcétera– el cometido de despilfarrar” [35]. Lo tenía claro el sutil economista y erudito clérigo T. R. Malthus, era muy conveniente mantener distinguidas y separadas esas dos nombres pasiones de los hombres, de acumular y gastar; era una bella forma de división del trabajo. Muy platónica, por cierto: cada cual dedicado únicamente a una tarea, aquella más adecuada a su alma. El goce es para los otros, para los que están fuera; los de dentro están condenados a producir, producir y producir.

Marx se burla de los debates que entretenían a los economistas sobre la mejor forma de repartir la plusvalía entre el capitalista, el rentista, las clases ociosas, e incluso el proletariado; y se burla del elogio de los capitalistas, de su vida entregada a la producción, sin goces, ascética, tal que ser capitalista equivalía a compromiso de abstinencia. Se ríe de esa figura del capitalista, ese “Caballero de la Triste Figura que es el capitalista “abstinente””. Veamos ahora, en la siguiente larga cita, difícil de resumir, su ironía respecto a la “teoría de la abstinencia” que enzarzaba a los economistas de la época:

“La industria de Manchester”, se afirma en una obra publicada en 1795 por el doctor Aikin, “puede dividirse en cuatro períodos. En el primero, los fabricantes se veían obligados a trabajar duramente para ganar su sustento”. Se enriquecían, en particular, robando a los padres que les confiaban sus hijos como apprentices y que tenían que pagar buenas sumas por ello, mientras que los aprendices se morían de hambre. Por otra parte, las ganancias medias eran exiguas y la acumulación exigía un ahorro estricto. Vivían como atesoradores y no consumían, ni mucho menos, los intereses de su capital. En el segundo período comenzaron a adquirir fortunas pequeñas, pero trabajaban tan duramente como antes”, -pues la explotación directa del trabajo cuesta trabajo, como lo sabe todo capataz de esclavos- “y vivían como siempre con la misma frugalidad… En el tercer período comenzó el lujo, y el negocio se expandió gracias al envío de jinetes” (commis voyageurs) [viajantes de comercio] montados, “que gestionaban pedidos en todas las ciudades de mercado existentes en el reino […]. Es probable que antes de 1690 sólo existieran pocos capitales de £ 3.000 a £ 4.000 adquiridos en la industria, o ninguno. Sin embargo, alrededor de esa fecha o algo después ya los industriales habían acumulado dinero y comenzaron a construirse casas de piedra, en vez de las de madera y estuco. Todavía en los primeros decenios del siglo XVIII, un fabricante de Manchester que ofreciera una pinta 3 de vino importado a sus huéspedes, se exponía a los comentarios y murmuraciones de todos sus vecinos”. Antes de la aparición de la maquinaria, el consumo de un fabricante, en las tabernas donde se reunía con sus cofrades, nunca pasaba cada noche de 6 peniques por un vaso de ponche y 1 penique por un rollo de tabaco. No fue hasta 1758, y el acontecimiento hizo época, cuando se vio “que una persona realmente dedicada a los negocios poseyera un coche”. “El cuarto período”, el último tercio del siglo XVIII, “es el de gran lujo y derroche, fundados en el auge de los negocios” ¡Qué diría el bueno del doctor Aikin si resucitara en el Manchester de hoy día!

¡Acumulad, acumulad! ¡He ahí a Moisés y los profetas! “La industria provee el material que el ahorro acumula”. Por tanto, ¡ahorrad, ahorrad, esto es, reconvertid en capital la mayor parte posible del plusvalor o del plusproducto! Acumulación por la acumulación, producción por la producción misma; la economía clásica expresa bajo esta fórmula la misión histórica del período burgués. Dicha economía no se engañó ni por un instante acerca de los dolores que acompañan el parto de la riqueza, ¿pero de qué sirven los lamentos frente a la necesidad histórica? Mas si para la economía clásica el proletario sólo era una máquina destinada a producir plusvalor, tampoco el capitalista era, para ella, más que una máquina dedicada a la transformación de ese plusvalor en pluscapital. Esa escuela toma terriblemente en serio la función histórica del capitalista. Para que el pecho de éste no pueda ser asaltado por el conflicto funesto entre el afán de disfrute y el de enriquecerse, Malthus preconizó, a comienzos del tercer decenio de este siglo, una división del trabajo según la cual al capitalista que efectivamente interviene en la producción le atañe el negocio de la acumulación, y a los otros partícipes del plusvalor -la aristocracia rural, los prebendados estatales y eclesiásticos, etcétera- el cometido de despilfarrar. Es importantísimo, dice, “mantener separadas la pasión de gastar y la pasión de acumular (the passion for expenditure and the passion or accumulation)”. Los señores capitalistas, transformados desde hace mucho tiempo en derrochadores y hombres de mundo, pusieron el grito en el cielo. ¡Cómo!, exclama uno de sus corifeos, un ricardiano, ¡el señor Malthus propugna elevadas rentas de la tierra, pesados impuestos, etc., de manera que los consumidores improductivos se constituyan en un acicate continuo para el industrial! El shibboleth [la consigna], sin duda, es producir, producir en una escala ampliada incesantemente, pero “tal proceso trabará, más que fomentará, la producción. No es enteramente justo, tampoco (nor is it quite fair), mantener así en la ociosidad a cierto número de personas, sólo para aguijonear a otras de cuyo carácter cabe inferir (who are likely, from their characters) que, si fuera posible obligarlas a funcionar, lo harían con éxito”. Por injusto que le parezca acicatear al capitalista industrial para que acumule, quitándole la grasa de la sopa, a nuestro ricardiano se le ocurre que es forzoso reducir al obrero al salario mínimo, en lo posible, “para que se conserve laborioso”. Tampoco oculta, ni por un instante, que el secreto de la producción de plusvalor es la apropiación de trabajo impago. “Una demanda mayor por parte de los obreros no significa nada más que su mayor disposición a tomar menos de su propio producto para sí mismos y a dejar una parte mayor del mismo a sus patrones, y cuando se afirma que esto, al reducirse el consumo” (por parte de los obreros) “genera glut” (abarrotamiento de los mercados, sobreproducción), “sólo puede responderse que glut es sinónimo de ganancias elevadas”.

La docta controversia acerca de cómo el capitalista industrial y el ocioso terrateniente debían repartirse, de la manera más ventajosa para la acumulación, el botín extraído al obrero, enmudeció ante la Revolución de Julio. Poco después, en Lyon, el proletariado urbano tocó las campanas a rebato, y en Inglaterra el proletariado rural le prendió fuego a la campaña. Aquende el Canal cundía el owenismo; allende, el sansimonismo y el furierismo. Había sonado la hora de la economía vulgar. Justamente un año antes que Nassau William Sénior efectuara en Manchester el hallazgo de que la ganancia (incluido el interés) del capital era el producto de “la última hora” (impaga) ‘‘de trabajo, de la doceava”, ese mismo autor había anunciado al mundo otro descubrimiento. “Yo, aseveró con solemnidad, sustituyo la palabra capital, considerado como instrumento de producción, por la palabra abstinencia”. ¡Insuperable muestra, ésta, de los “des cubrimientos” de la economía vulgar! Lo que la misma sustituye es una categoría económica por una frase propia de sicofantes. Voilà tout [eso es todo]. “Cuando el salvaje hace arcos”, adoctrina Senior, “ejerce una industria, pero no practica la abstinencia” Esto nos explica cómo y por qué, en estadios anteriores de la sociedad, se fabricaban medios de trabajo “sin la abstinencia” del capitalista. “Cuanto más progresa la sociedad, más abstinencia requiere la misma”, esto es, más abstinencia por parte de quienes ejercen la industria de apropiarse de la industria ajena y de su producto. Todas las condiciones del proceso laboral se transforman, de ahora en adelante, en otras tantas prácticas de abstinencia ejercidas por el capitalista. Que el trigo no sólo se coma, sino que además se siembre, ¡he ahí un caso de abstinencia del capitalista! Si al mosto se le deja el tiempo necesario para que fermente totalmente, ¡abstinencia del capitalista! El capitalista despoja a su propio Adán cuando “presta (!) sus medios de producción al obrero”, es decir, cuando los valoriza como capital, mediante la incorporación de la fuerza de trabajo, en vez de comerse las máquinas de vapor, el algodón, los ferrocarriles, el abono, los caballos de tiro, etc., o, tal como se lo figura puerilmente el economista vulgar, en lugar de dilapidar “su valor" en lujo y otros medios de consumo. Cómo la clase capitalista podría ejecutar esa tarea, es un misterio guardado obstinadamente hasta ahora por la economía vulgar. Baste decir que el mundo vive únicamente de la mortificación que se inflige este moderno penitente de Visnú, el capitalista. No sólo la acumulación; la simple “conservación de un capital exige un esfuerzo constante para resistir a la tentación de consumirlo”. El humanitarismo más elemental exige, evidentemente, que redimamos al capitalista de ese martirio y esa tentación, del mismo modo como la abolición de la esclavitud, hace muy poco tiempo, liberó al esclavista de Georgia del penoso dilema que lo atormentaba: gastarse alegre e íntegramente en champán el plusproducto de sus esclavos negros, arrancado a latigazos, o reconvertirlo aunque fuera parcialmente en más negros y más tierra” [36].

La conclusión irónica que saca Marx es que debemos entregarnos con pasión, en base al “humanitarismo más elemental”, a emancipar al capitalista de esos tormentos, de esa conciencia desgraciada de tener que decidir entre gastar en cava el plusvalor que le han proporcionado sus trabajadores o usarlo para agrandar el negocio y contratar más trabajadores. Y, ciertamente, el enfoque marxiano le libera de esa conciencia trágica, le proporciona consuelo, al traer del exterior de la conciencia individual, al importar de la totalidad capitalista, las determinaciones que deciden entre optar por champán que le proporciona el negro o más negros para que le proporcionen más champán. Como dice Marx, la lógica del capital no la decide la voluntad del capitalista, sino al contrario. Y gracias a esa objetividad el capitalista se redime de su culpa en tanto personificación del capital. Incluso el problema tiene su origen y su momento

“Progresivamente se produce más y se consume más, y por ende también se transforma más producto en medios de producción. Pero este proceso no se manifiesta como acumulación de capital, y por ende tampoco como función del capitalista, hasta tanto al trabajador no se enfrentan sus medios de producción, y por consiguiente también su producto y sus medios de subsistencia, bajo la forma de capital[37].

Estos procesos, viene a decir Marx, no se originan en la subjetividad, son ajenos a la voluntad de los individuos; o, para ser más precisos, se originan en la subjetividad que se genera en esa totalidad, enraízan en la voluntad que ha surgido en ese proceso. Así lo muestra la experiencia histórica, la información que tenemos de formas de producción menos desarrolladas. Por ejemplo, allí donde el trabajo no es asalariado, donde no se trabaja para otro, no aparece un fondo social de origen colectivo, no ha habido una acumulación de trabajo social, caso de amplias zonas de la India:

“Como la parte más numerosa del pueblo de la India se compone de campesinos que cultivan la tierra por sí mismos, su producto, sus medios de trabajo y de subsistencia, tampoco existen jamás “bajo la forma (in the shape) de un fondo ahorrado gracias al rédito ajeno (saved from revenue), rédito que por tanto ha pasado por un proceso previo de acumulación (a previous process of accumulation)[38].

En cambio, en otras provincias, donde existe el trabajo asalariado, si ha aparecido ese excedente, y de su mano la acumulación; pero ha surgido de forma espontánea, sin necesidad de que los capitalistas hagan votos de abstinencia, sin que la reproducción se haga sobre su renuncia y su sacrificio:

“Por otra parte, en las provincias donde la dominación inglesa ha disuelto en menor grado el viejo sistema, los trabajadores no agrícolas laboran directamente para los potentados, hacia quienes fluye una parte del plusproducto rural como tributo o como renta de la tierra. Los potentados consumen en especie una parte de ese producto; otra parte la transforman los trabajadores, para aquéllos, en medios de lujo y otros artículos de consumo, mientras que el resto constituye el salario de los trabajadores, que son propietarios de sus medios de trabajo. La producción, así como la reproducción en escala ampliada, siguen aquí su curso sin injerencia alguna de aquel santón extravagante, de aquel Caballero de la Triste Figura: el capitalista que practica el “renunciamiento” ” [39].


3. Reparto de la plusvalía entre rentas y acumulación.

Comentada esa curiosa teoría de la abstinencia del capitalista como vía de la acumulación, y mencionados diversos ejemplos históricos en los que la reproducción tiene lugar de forma nada trágica, Marx aborda el problema de la acumulación al margen del reparto del plusvalor en los dos fondos. Es decir, para dar pasos en la concreción ha de ajustar los referentes del análisis. Hasta ahora hemos supuesto siempre un universo en que la masa de plusvalor era fija, dada; por eso la acumulación quedaba subordinada a dos variables, a los dos fondos, de consumo y de capitalización. En el nuevo escenario Marx da a entrada a nuevas variables, de las que depende la acumulación, al margen de las anteriores. Además de la ya comentada distribución del plusvalor en los dos fondos, al desligar el plusvalor y hacerlo variable, aparecen en escena otros factores a tener en cuenta en la acumulación, todos ellos relacionados con la “producción del plusvalor”, que influyen en la variación de su magnitud. Unos de estos factores se refieren a la potencia productiva del trabajo y a la tasa de explotación, y otros a la magnitud del capital inicial y a lo que llama “diferencia creciente entre el capital empleado y el capital consumido”. En rigor, todas las circunstancias que determinan la masa de plusvalor contribuyen a determinar la magnitud de la acumulación. Enseguida las analizaremos; de momento conviene fijar las condiciones del nuevo análisis.

Marx dice, con razón, que las circunstancias que regulan la magnitud del plusvalor ya fueron expuestas en los capítulos que trataban de la producción del mismo. Por tanto, allí están las claves para comprender el movimiento de la acumulación en relación con las condiciones de producción del plusvalor; allí están las claves de las determinaciones estructurales de la acumulación. Pero, claro está, hemos de “volver a ocuparnos de ellas aquí”; como hemos repetido incansablemente, el análisis exhaustivo de una parte es insuficiente a la hora de la “síntesis”; al encajarla en la totalidad y ponerla en relación con las otras, aparecen nuevas relaciones, más complejas y concretas, que exigen nuevos análisis. Como dice Marx, hemos de volver sobre la producción del plusvalor “en la medida en que ofrecen, con respecto a la acumulación, puntos de vista nuevos” [40].


3.1. Comencemos por la influencia en la acumulación derivada de la explotación del trabajo. La cuota de plusvalía mide obviamente del grado de explotación de la fuerza de trabajo; y sabemos que está en relación con el la potencia productiva del trabajo. Tanto es así que nos advierte de que, ocasionalmente, la economía política cae en esta confusión, la de identificar dos determinaciones o aceleraciones de la acumulación, la debida a “una mayor fuerza productiva del trabajo” y la derivada de “una mayor explotación del obrero” [41]. Conviene, por tanto, establecer con claridad la distinción entre ambos efectos, aunque se den combinados.

El lugar adecuado para reflexionar sobre la explotación es el del salario. Como sabemos, Marx ha considerado siempre -¡a efectos analíticos!- que el salario en el capitalismo tiende a ser “el valor de la fuerza de trabajo”, el valor de reproducción de la misma, en definitiva, el valor de los medios de vida para reponerla. Ese valor constituye un referente y un límite objetivo; de ahí no puede bajar. Por otro lado, también a efectos analíticos, Marx ha considerado que el salario, ya sea en cuanto a su valor o en cuanto a la masa de los medios de subsistencia por él representada, puede incrementarse al mismo tiempo que crece la tasa de explotación del trabajador. O sea, el mayor nivel de vida del trabajador es compatible con la mayor tasa de explotación; y suele ser así. Aunque nos sorprenda, como dice un buen amigo, “los menos explotados suelen ser los más jodidos”.

En cualquier caso, existe esa línea roja, trazada por la biología, que convierte en irracional –¡e incluso anticapitalista!- el salario que en valor está por debajo de su concepto, aunque no falten los intentos del capitalista por traspasarla y comprar la fuerza de trabajo por menos de su valor. Y ello aunque no repugne al movimiento del capital producir plusvalor “mediante la reducción violenta del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo”. Hay situaciones en las que “una parte del fondo para el consumo necesario del obrero” se transforma “en fondo para la acumulación del capital”. No sólo, como antes señalamos, parte del fondo de consumo del capitalista puede regresar al circuito del capital; también puede pasar con parte del fondo de consumo del trabajador. Ya se sabe, el consumo también está al servicio y a plena disposición de las necesidades del capital.

Marx recoge una cita de J. St. Mill, conceptualmente correcta, que ilustra bien la situación: “Los salarios”, afirma John Stuart Mili, “carecen de fuerza productiva; son el precio de una fuerza productiva; los salarios no contribuyen, junto con el trabajo, a la producción de mercancías, como tampoco lo hace el precio de la maquinaria junto a la maquinaria misma. Si se pudiera obtener trabajo sin adquirirlo, los salarios serían superfluos” [42]. Ciertamente, los salarios no son fuerza productiva, sino lo que el trabajador recibe por vender su fuerza productiva; no producen mercancía, son el pago por producirlas. Y, sobre todo, la inefable frase final: “Si se pudiera obtener trabajo sin adquirirlo, los salarios serían superfluos”. A la altura de la respuesta de Marx: “Pero si los obreros pudieran vivir del aire, tampoco se los podría comprar, cualquiera que fuere el precio” [43]. El sueño capitalista de obreros gratuitos sólo es superado por el sueño humano de vivir del maná de los dioses. Por suerte la gratuidad del trabajo es “un límite en el sentido matemático, siempre inalcanzable”; por desgracia siempre es un límite al que se tiende, al que el salario puede aproximarse; por justicia poética, el trabajador, que no es un robot, que es un ser vivo, tiene otro límite que el capital no puede sobrepasar sin suicidarse. Aunque “sea una tendencia constante del capital reducir a los obreros a ese nivel nihilista” [44].

Marx lo ilustra esta tendencia a mantener los salarios en ese límite biológico con unas páginas que describen la realidad del capitalismo de su tiempo, usando fragmentos de bibliografía de la economía clásica, tratados con su habitual ironía. Lo recogemos a continuación en una larga cita, pero no sin destacar que esta descripción no es simplemente una sátira moralista y cáustica; su lectura no puede separarse de su análisis, es decir, las anécdotas sirven para ajustar las categorías, en este caso, la categoría de la acumulación del capital. Marx está diciendo a M. Prouvost que escuche a Herr Kapital. Veamos la descripción seleccionada, entre otras cuya lectura recomendamos:

“Es una tendencia constante del capital reducir a los obreros a ese nivel nihilista. Un escritor dieciochesco que suelo citar, el autor del Essay on Trade and Commerce, no hace más que traicionar el secreto más íntimo que anida en el alma del capital inglés, cuando declara que la misión vital histórica de Inglaterra es rebajar el salario inglés al nivel del francés y el holandés. Dice ingenuamente, entre otras cosas: “Pero si nuestros pobres” (término técnico por obreros) “quieren vivir nadando en la abundancia…, entonces su trabajo tendrá que ser caro, naturalmente. Téngase en cuenta, simplemente, la horripilante masa de superfluidades (heap of superfluities) que nuestros obreros manufactureros consumen, tales como aguardiente, ginebra, té, azúcar, frutas importadas, cerveza fuerte, lienzos estampados, rapé, tabaco, etc.” El autor cita el escrito de un fabricante de Northamptonshire que, mirando torvamente al cielo, se lamenta: “El trabajo es una tercera parte más barato en Francia que en Inglaterra, pues los franceses pobres trabajan duramente y economizan en los alimentos y la vestimenta; su dieta se compone principalmente de pan, frutas, verduras, zanahorias y pescado salado. Muy raras veces comen carne, y si el trigo está caro, muy poco pan”. “A lo cual ha de agregarse”, prosigue el ensayista, “que su bebida se compone de agua o de otros licores flojos de ese tipo, de manera que en realidad gastan poquísimo dinero… Difícilmente se pueda implantar tal estado de cosas, por cierto, pero no es algo inalcanzable, como lo demuestra de manera contundente su existencia tanto en Francia como en Holanda Dos decenios después un impostor norteamericano, el yanqui baronizado Benjamín Thompson (alias conde de Rumford), siguió la misma línea filantrópica, con gran complacencia de Dios y de los hombres. Sus Essays son un libro de cocina con recetas de todo tipo, para remplazar por sucedáneos las comidas normales -más caras- de los obreros. Una de las recetas más logradas de este prodigioso “filósofo” es la siguiente: “Con cinco libras de cebada, cinco libras de maíz, 3 peniques de arenques, 1 penique de sal, 1 penique de vinagre, 2 peniques de pimienta y otros condimentos (en total 20 ¾ peniques), se puede obtener una sopa para 64 personas. Teniendo en cuenta los precios medios del cereal […], puede abatirse el costo a 1/4 de penique por cabeza”. Con el progreso de la producción capitalista, la adulteración de mercancías ha vuelto superfluos los ideales de Thompson. A fines del siglo XVIII y durante los primeros decenios del XIX los arrendatarios y terratenientes ingleses impusieron el salario mínimo absoluto, pagando a los jornaleros agrícolas menos del mínimo bajo la forma de salario, y el resto como socorro parroquial. Véase un ejemplo del espíritu bufonesco con que procedían los Dogberries ingleses cuando fijaban “legalmente” la tarifa del salario: “Cuando los squires [hacendados] fijaron los salarios para Speenhamland, en 1795, ya habían almorzado, pero evidentemente pensaron que no era necesario que los obreros hicieran otro tanto… Decidieron que el salario semanal fuera de 3 chelines por persona mientras el pan de 8 libras y 11 onzas costara 1 chelín; la remuneración del obrero debía aumentar regularmente hasta que ese pan costara 1 chelín y 5 peniques. No bien sobrepasara ese precio, el salario se reduciría proporcionalmente hasta que el precio del pan llegara a 2 chelines, en cuyo caso la alimentación del obrero disminuiría en 1/5”. Ante la comisión investigadora de la House of Lords [Cámara de los Lores], en 1814, se le preguntó a un tal A. Bennett, gran arrendatario, magistrado, administrador de un hospicio y regulador de salarios: “¿Existe alguna relación entre el valor del trabajo diario y el socorro parroquial a los trabajadores?” Respuesta: “Sí. El ingreso semanal de cada familia se completa, por encima de su salario nominal hasta el pan de un galón (8 libras y 11 onzas) y 3 peniques por cabeza” [45].

Hemos insistido en ello, el alma del capitalista es más ciega que el alma del capital; vive en la inmediatez, aunque se condene a una estrategia de tierra quemada. Y sería ingenuo pensar que es por simple falta de racionalidad; sería engañoso reducirlo a un conflicto entre el egoísmo ciego, al fin suicida, del capitalista frente a la racionalidad fría y optimizadora del capital. Aunque, ya lo dijimos en su momento. M. Prouvost no es tan clarividente como Herr Kapital, y esto no debe olvidarse.

Como veremos en su momento, las cosas son más complejas, pues ese egoísmo del capitalista, esa tendencia inevitable al cortoplacismo, no es mera avidez caprichosa, no es mejo subjetivismo o free-subjectivism, sino subjetividad determinada, afectada de determinación estructural: el capital, para desarrollarse, ha de enfrentar a los capitalistas, y resultado de este enfrentamiento es la lucha por la disminución del tiempo de rotación del capital. O sea, la racionalidad del capital incluye el egoísmo y la inmediatez de los capitalistas.

Ya volveremos sobre estos temas en su momento. Ahora conviene que saquemos conclusiones de estas descripciones. Marx las usa para mostrar cómo y en qué medida se está produciendo plusvalor añadido y, por tanto, se está aumentando el fondo de acumulación del capital, mediante el “robo directo que se perpetra contra el fondo de consumo necesario del obrero” [46]. El capital juega con ambos fondos de consumo, el de los trabajadores y el de los capitalistas; los gestiona, los permite, aumenta, recorta y subordina en función de sus necesidades de acumulación, es decir, en función de la suficiencia o no derivada de la producción normal de plusvalor.

“La elasticidad de la fuerza de trabajo o su capacidad de una tensión mayor -en intensidad o en extensión- constituye, dentro de ciertos límites, una fuente creadora de riqueza adicional y por tanto del fondo de acumulación, fuente que no depende del volumen dado de los medios de producción en funcionamiento, ya producidos, ni de los elementos materiales del capital constante” [47].

Marx resalta el carácter “elástico” de los factores de reproducción que intervienen en la acumulación, “factores elásticos que no dependen del propio volumen material del capital”. Incluso prescindiendo del grado de explotación del trabajo, la producción del plusvalor y, en consecuencia, la acumulación de capital, “se determina en lo esencial por la fuerza productiva del trabajo” [48].

Como puede constatarse, estamos en el problema de la eterna tentación del capitalista de acumular plusvalor. La tentación más inmediata es la de sobrepasar a la baja el límite mínimo del salario garantía de la reproducción de la fuerza de trabajo, y que por tanto cuestiona la posibilidad misma de la reproducción ampliada del capital. Recordemos la anterior cita, donde se describen mecanismos reales de ese ajustamiento de los salarios a los mínimos vitales, que sin duda influiría en la lúcida idea marxiana de entender que, como línea general, en el capitalismo los salarios tienden al valor de reproducción –social e histórico- de la fuerza trabajo. Pues bien, Marx llega a la siguiente conclusión: la disminución del fondo de consumo del obrero a favor del fondo de acumulación del capital es un hecho histórico; pero tiene sus límites. El capitalista ha de buscar otras vías de incrementar la acumulación, y las encuentra intensificando el rendimiento de la fuerza de trabajo; así también se obtiene trabajo adicional, que pasa a aumentar el producto excedente y la plusvalía, la sustancia de la acumulación, sin necesidad de que aumente en igual proporción el capital constante.

Recordemos que p´= p/v = np/nv = P/V; por tanto, se comprende que de forma inmediata se intente reducir v a ese límite exterior, cuasi biológico. La otra vía es incrementar P, la masa de plusvalía, para lo cual hay dos vías. La primera implica que habrá que aumentar V; esto es inevitable, pues “en igualdad de circunstancias, la masa y el valor del producto aumentan en relación directa al volumen del trabajo empleado”. La segunda supone aumentar la productividad de la fuerza de trabajo, el rendimiento del trabajo social. Por tanto, el consumo improductivo del capitalista y el del obrero pueden crecer al mismo tiempo que la acumulación; o sea, pueden crecer el salario, la renta y el capital acumulado simultáneamente, aunque manteniendo unas proporciones:

“Si la tasa de plusvalor se mantiene incambiada, e incluso si baja, siempre que baje más lentamente de lo que aumenta la fuerza productiva del trabajo, se acrecienta la masa del plusproducto. Manteniéndose inalterada la división de éste entre rédito y pluscapital, pues, el consumo del capitalista puede aumentar sin que decrezca el fondo de acumulación. La magnitud proporcional de dicho fondo, incluso, puede acrecentarse a expensas del fondo de consumo, mientras que el abaratamiento de las mercancías pone a disposición del capitalista tantos o más medios de disfrute que antes. Pero, como hemos visto, la productividad creciente del trabajo va a la par del abaratamiento del obrero, y por tanto de una tasa creciente del plusvalor, incluso cuando el salario real aumenta. El aumento de éste nunca está en proporción al de la productividad del trabajo. Por consiguiente, el mismo valor de capital variable pone en movimiento más fuerza de trabajo y por tanto más trabajo. El mismo valor de capital constante se presenta en más medios de producción, esto es, en más medios de trabajo, material de trabajo y materias auxiliares; suministra, por tanto, más elementos formadores de producto y asimismo más elementos formadores de valor, o absorbedores de trabajo” [49].

Por otro lado puede acelerarse la acumulación si el valor del capital adicional permanece inalterable, e incluso si disminuye. O sea, que no sólo se incrementa la escala de reproducción, no sólo hay reproducción ampliada, sino que hay aceleración del ritmo de reproducción, pues la producción de plusvalía crece más rápido “que el valor del nuevo capital desembolsado”. Marx concluye que, frente a las teorías de la abstinencia, el desarrollo del capitalismo permite incrementar el consumo y la acumulación de forma creciente:

“Bajo condiciones en lo demás iguales, la magnitud del plusvalor producido y por tanto la acumulación están determinadas, en último término, por la magnitud del capital adelantado. Al acrecentarse el capital global crece también su parte constitutiva variable, aunque no en la misma proporción. Cuanto mayor sea la escala en que produzca el capitalista individual, tanto mayor será el número de obreros que explote simultáneamente, o la masa del trabajo impago de la que se apropia. Por consiguiente, cuanto más se acreciente el capital individual, tanto mayor será el fondo que se divide en fondo de acumulación y fondo de consumo. El capitalista, por tanto, puede vivir más pródigamente y al mismo tiempo “abstenerse” más” [50].


4. El llamado fondo de trabajo.

El Capital resultará oscuro si no se nos desvela que, junto al objetivo técnico que Marx persigue en sus análisis, más o menos enunciado en los títulos de capítulos y apartados y desarrollado en el seno de éstos, subyace otro objetivo, el objetivo crítico, apuntando siempre a descifrar lo oculto tanto en el discurso de la economía política como en la conciencia común dominante. Así, en este apartado se aborda el fondo de trabajo como tema técnico; se trata de descifrar la acumulación y su función en la valorización del capital, sin duda la clave del asunto. Pero, de paso, y como condición inexorable de inteligibilidad, Marx despliega el aspecto crítico que persigue poner de relieve lo que se oculta bajo la tendencia de la economía clásica a pensar el capital como una “magnitud fija”, cuando en realidad no lo es, pues no deja de ser “una parte elástica de la riqueza social”, una parte “que fluctúa constantemente con la división del plusvalor en rédito y pluscapital” [51] .

Marx insiste mucho en esta relación entre riqueza y capital, dejando fuera de esta figura productos que son exteriores y, sin embargo, transitan la frontera. Supongamos un momento de la producción, en el cual podemos suponer constante “la magnitud del capital” que está funcionando. Aun así,

“la fuerza de trabajo, la ciencia y la tierra a él incorporadas (y por tierra entendemos, desde el punto de vista económico, todos los objetos de trabajo existentes por obra de la naturaleza, sin intervención del hombre) son potencias elásticas del capital, las que dentro de ciertos límites, le dejan un margen de actividad independiente de su propia magnitud” [52].

Hay, pues, una esfera de riqueza exterior, que el capital gestiona, excluye o incluye a su ritmo, lo que le da elasticidad. Por tanto, el capital tiene diversos espacios y mecanismos de valorización. Algunos que, dice Marx, ni siquiera hemos considerado, como “todas las relaciones del proceso de circulación, que ocasionan grados muy diversos de eficiencia de la misma masa de capital” [53]. Y tampoco hemos considerado alternativas diferentes, pues hemos presupuesto “los límites de la producción capitalista”, considerándola “una figura puramente espontánea y natural del proceso social de producción”, sin habernos detenido en su origen, en su evolución histórica, en definitiva, en plantear la posibilidad de otras formas de combinación de los elementos productivos “más racional que pudiera efectuarse de manera directa y planificada con los medios de producción y la fuerza de trabajo existentes” [54]. Son muchos los presupuestos que deberán revisarse en algún momento.

Según Marx, la economía clásica en su totalidad tendía al prejuicio de concebir el capital social como una magnitud fija[55], y esta tendencia se potencia y consagran con “el archifilisteo Jeremías Bentham, este oráculo seco, pedantesco y charlatanesco del sentido común burgués del siglo XIX” [56], que convierte lo que era un mero prejuicio en un dogma. El dogma, como todos los dogmas, no era inocente, ya que pretendía presentar como magnitud fija el variable:

“en particular para presentar como una magnitud fija una parte del capital, el capital variable, o sea el que se convierte en fuerza de trabajo. La existencia material del capital variable, esto es, la masa de medios de subsistencia que ese capital representa para el obrero, o el llamado fondo de trabajo, fue convertida fantásticamente en una parte especial de la riqueza social, infranqueable y circunscrita por barreras naturales” [57].

El razonamiento tenía cierta coherencia, como toda sofística. Venía a decir que para hacer funcionar los medios de producción, el capital constante, se requiere “una determinada masa de trabajo vivo”, lo cual es correcto. Dicha masa la determina la tecnología, cosa también obvia. Pero, como dice Marx, lo que se oculta es que esa masa de trabajo necesario es fluida, variable, elástica, función entre otras cosas del grado de explotación de la fuerza de trabajo.

“Los hechos sobre los que reposa el dogma son los siguientes: por una parte, el obrero no tiene por qué entremeterse en la división de la riqueza social entre medios de disfrute para el no trabajador, por un lado, y medios de producción, por el otro. Por otra parte, sólo en casos excepcionalmente favorables puede ampliar el llamado fondo de trabajo a expensas del rédito de los ricos” [58].

Como dice Marx, se presentan “las barreras capitalistas del fondo de trabajo como barreras sociales puestas por la naturaleza”; se presenta como natural una determinación socioeconómica. Y con ello se persigue fijar “objetivamente” el variable, como lo demuestra, entre otros, el profesor Fawcett: “El capital circulante de un país, nos dice, es su fondo de trabajo. Por consiguiente, para calcular el salario dinerario medio que percibe cada obrero, simplemente tenemos que dividir el monto de ese capital por el número de la población laboriosa” [59].

El discurso económico, por tanto, oscurece la lucha política, sirve a ésta al justificar como determinación objetiva unos límites que, como hemos visto, Marx muestra flexibles e históricos. Creo que deberemos volver sobre esta tesis: el capital situado como un actor en el seno de un conjunto más amplio, el de la riqueza nacional. Deberemos ver cómo la subsume y qué vías de resistencia nos aparecen. Creo que en este capítulo pueden encontrarse más elementos, en una lectura más atenta; pero como aún nos falta otra entrega sobre la reproducción, lo aplazamos para hacerlo después.



J.M.Bermudo (2014)



[1] C., 713. Citaremos sobre la edición de Pedro Scaron (El Capital, I, I/2.México, Siglo XXI, 209)

[2] Ibid., 713.

[3] Ibid., 714, nota a.

[4] Ibid., 714, nota a.

[5] Ibid., 714, nota a.

[6] Ibid., 714, nota a.

[7] Ibid., 720.

[8] Ibid., 721.

[9] Ibid., 721-2.

[10] Ibid., 720.

[11] “El hecho de que esa mercancía particular, la fuerza de trabajo, posea el valor de uso peculiar de suministrar trabajo, y por tanto de crear valor, no puede alterar la ley general de la producción de mercancías. Por tanto, si la suma de valor adelantada en salario no reaparece mera y simplemente en el producto sino que lo hace acrecentada por un plusvalor, ello no deriva de que se haya embaucado al vendedor, quien obtuvo efectivamente el valor de su mercancía, sino únicamente del uso que de esa mercancía, hizo el comprador” (Ibid., 722 nota b).

[12] Ibid., 723.

[13] Ibid., 724, nota 24a.

[14] “Decir que la interferencia del trabajo asalariado falsea la producción de mercancías es como decir que la producción de mercancías no se debe desarrollar si quiere mantener su autenticidad. En la misma medida en que esa producción prosigue su desarrollo, conforme a sus propias leyes inmanentes, y pasa a convertirse en la producción capitalista, en esa misma medida las leyes de propiedad de la producción capitalista se trastruecan en leyes de la apropiación capitalista”(Ibid., 722 nota b.).

[15] Ibid., 726.

[16] Ibid., 725-6.

[17] Ibid., 726.

[18] Ibid., 726-7.

[19] Ibid., 727.

[20] Ibid., 727.

[21] Ibid., 727.

[22] Ibid., 727.

[23] Ibid., 726.

[24] Ibid., 729, nota b.

[25] Marx nos remite al Libro III, donde abordará la “conexión real” entre consumo y acumulación.

[26] Ibid., 730.

[27] Ibid., 730.

[28] Ibid., 730.

[29] Ibid., 731-2.

[30] Ibid., 731-2.

[31] Ibid., 731, nota b.

[32] Ibid., 732.

[33] Ibid., 733.

[34] Ibid., 733-4

[35] Ibid., 735.

[36] Ibid., 734-8

[37] Ibid., 738-9

[38] Ibid., 739.

[39] Ibid., 739.

[40] Ibid., 740.

[41] Ibid., 740

[42] Ibid., 741.

[43] Ibid., 741.

[44] Ibid., 742.

[45] Ibid., 742-4

[46] Ibid., 745.

[47] Ibid., 745.

[48] Ibid., 746.

[49] Ibid., 747-8.

[50] Ibid., 753.

[51] Ibid., 754.

[52] Ibid., 755.

[53] Ibid., 755.

[54] Ibid., 755.

[55] “El capital empleado en un país, pues, no es una magnitud fija, sino fluctuante, una fracción siempre variable y elástica de la riqueza existente que puede funcionar como capital” (Ibid., 730).

[56] “La economía clásica gustó siempre de concebir el capital social como una magnitud fija cuyo grado de eficacia también sería fijo. Pero el prejuicio no fue establecido como dogma sino en las obras del archifilisteo Jeremy Bentham, ese oráculo insípidamente pedante, acartonado y charlatanesco del sentido común burgués decimonónico. Bentham es entre los filósofos lo que Martin Tupper entre los poetas. A uno y a otro sólo se los podía fabricar en Inglaterra (Ibid., 755).

[57] Ibid., 756.

[58] Ibid., 757.

[59] Ibid., 757.