LECTURA DE EL CAPITAL

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INTERVENCIONES

LA PLUSVALÍA RELATIVA.

I. COOPERACIÓN Y DIVISIÓN DEL TRABAJO


Marx dedica la Sección cuarta a la “producción del plusvalor relativo” Consta de cuatro capítulos (del X al XIII); en el décimo expone el concepto y analiza las implicaciones del mismo; y en los otros tres analiza otros tantos dispositivos diferenciados de obtención del plusvalor relativo, respectivamente la cooperación, la manufactura y la gran industria, que nos permiten comprender el funcionamiento del capital en diversos momentos o fases de su desarrollo histórico, y donde deberemos rastrear los elementos para comprender el capitalismo postmarxiano e incluso el postcapitalismo.


1. El concepto de plusvalor relativo.

El concepto de plusvalor es muy transparente: es el valor producido en el tiempo de plustrabajo. Si la mercancía fuerza de trabajo produce más valor que el necesario para su reproducción, se comprende que la jornada de trabajo quede dividida en dos tiempos: un tiempo necesario (tn) para producir el valor de reproducción de la fuerza de trabajo (que se expresa en el salario y en los medios de vida que proporciona) y el resto de la jornada, un tiempo de trabajo no necesario, que llamaremos tiempo excedente (te), o tiempo de “plustrabajo”. Claro está, estamos diciendo que no es necesario socialmente, aunque para el capitalista le viene de perla y le parece la razón última del proceso. La ecuación tj = tn + te nos permite rendir cuenta del plusvalor, pensado como valor producido en el tiempo de trabajo excedente: te = tj - tn. Pero, sobre todo, y por eso la he llamado “ecuación trágica”, nos revela la contraposición irresoluble entre el capitalista que quiere, y no puede no querer, maximizar te, y el trabajador que necesita, sin posibilidad de renuncia, minimizarlo. Ecuación trágica que expresa la radical e intrínseca escisión en el sistema social capitalista, la condena del mismo a la división en clases antagónicas y a la confrontación continuada entre las mismas.


1.1. En la ecuación, te es la variable que expresa la apropiación del trabajo por el capital, lo que llamamos explotación de clase, y que se traduce en plusvalor (valor creado en ese tiempo no necesario de trabajo); vemos que depende de otras dos tj y tn, tal que su valor se mueve según las variaciones de los valores de ambas. Marx llama plusvalor absoluto (pa) al que depende de tj y plusvalor relativo (pr) al que depende de tn. De todas formas, es más complicado de lo que parece cuantificar uno y otro. Podría pensarse que basta fijar en la ecuación sucesivamente las variables tn y tj para determinar sucesivamente el plusvalor absoluto y el relativo; pero las cosas son un poco más complicadas, como iremos viendo. No hay que dejar volar la imaginación, hay que ir construyendo y afinando los conceptos poco a poco.

Decir que pa depende de la jornada implica, sobre todo, que está exteriormente determinado, que se negocia fuera de la fábrica, en el mercado de trabajo, abierto a las circunstancias históricas. El tj está afectado por factores exteriores a la economía: se fija en un contrato que expresa condiciones sociológicas e históricas, resultados de luchas y equilibrios de fuerzas, coyunturas del mercado, etc. Por otro lado, se comprenden fácilmente las implicaciones prácticas del movimiento de esta variable: el capitalista tendiendo a ampliar la jornada y el trabajador asalariado resistiendo la ofensiva e intentando alguna victoria parcial en la lucha. La lucha en torno a la jornada de trabajo ha sido el eje del movimiento obrero y, aunque sea menos visible, del desarrollo del capital, que a veces se tiende, inconscientemente, a explicar desde la perspectiva de la variable tn.

Ciertamente, al capitalista de forma inmediata le interesa el plusvalor en abstracto, venga de donde venga, sin importarle si es absoluto o relativo; también al trabajador de forma inmediata le interesa el salario, su magnitud, sin entrar en las cuestiones de la composición del capital. Pero la historia confirma lo que la expresión de la fórmula matemática establece: que uno y otro, capitalista y obrero, acabarán interesándose también en la variable tn, en las condiciones técnicas del trabajo, en la productividad, etc. Y es que el plusvalor, aunque distingamos dos fuentes del mismo, aunque por su origen diferenciemos el absoluto y el relativo –y hemos de cuidar al máximo esa distinción conceptual- tiene una sola forma y una sola función.

El plusvalor relativo (mucho más complejo e interesante, tanto teórica como ética y políticamente) depende de lo que Marx llama “composición orgánica del capital”, y que de momento podemos interpretar como la productividad. Por tanto, podríamos ilusoriamente pensar que multiplicando la productividad por diez podríamos reducir la jornada a la décima parte manteniendo el plusvalor: y todos contentos, capitalistas y obreros. Pero, como digo, las relaciones entre estas variables son más complejas y sofisticadas que lo expresado en la ecuación matemática.

Lo que sí es cierto es que dichas variables tienen muy distinta elasticidad. Podemos, por ejemplo, determinar la magnitud del plustrabajo y el plusvalor, tanto el absoluto como el relativo, manteniendo fijas, en su momento histórico, ora la jornada de trabajo ora la productividad; basta para ello operar con la ecuación anterior, haciendo variar el tiempo de trabajo necesario (tn). Para disminuirlo, y así incrementar el plusvalor, contamos en abstracto con dos opciones: disminuir el salario o aumentar la productividad. Aunque la opción de recortar el salario siempre es tentadora para el capitalista, y puntualmente puede tener éxito, es obvio que tiene límites externos, zoológicos, biológicos, históricos y políticos, semejantes a la duración de la jornada. Por tanto, aunque el plusvalor relativo de facto pivote sobre la productividad, que se logra cambiando el modelo de producción (nuevos métodos, más intensidad y compromiso del obrero, mayores ritmos, nuevas maquinarias, etc. etc.), esos movimientos tienen sus límites, sus puntos de inflexión. Ya lo iremos viendo.

Esta primera aproximación al concepto sólo pretende un primer contacto con los efectos prácticos del movimiento de las variables de la ecuación. Por ejemplo, nos ofrece la intuición de que si bien la clase trabajadora tiene su chance en la resistencia a la presión sobre el tj y sobre los salarios, pues cuenta a su favor con determinaciones biológicas e históricas, e incluso éticas, parece más desprotegida e inerme en la batalla por la fijación del tn, que viene establecida por la vía de la productividad, de la composición orgánica del capital; y, precisamente por ello, porque en este frente el trabajador es mucho más vulnerable, es aquí donde el capitalista centra su objetivo -sin renunciar, faltaría más, a mantener y ampliar oportunamente la jornada- para hacer crecer el plusvalor. Hemos de reconocer, pues, que en la lucha por la productividad el capital encuentra su medio adecuado para mantener y extender la extracción de plusvalor relativo; de ahí que capitalismo y desarrollo de las fuerzas productivas parezcan sinónimos; y de ahí que -no deberíamos olvidarlo- el capital cumple su destino de producir valor desarrollando las fuerzas productivas, condición indispensable de que otra sociedad sea posible. Aunque nos cueste creerlo, y aunque no nos guste decirlo, lo cierto es que también aquí se cumple la máxima liberal que Mandeville difundiera en La fábula de las abejas: “Private Vices, Public Benefits”.

Aunque, como he dicho, el concepto dual de plusvalor necesita muchas matizaciones, que iremos añadiendo, quiero hacer aquí una aclaración precisión al respecto, que nos permita avanzar: el aumento de productividad que redunda de forma inmediata en la magnitud del plusvalor debe darse en los sectores de producción de medios de vida del obrero, en lo que hoy campechanamente se llama la cesta de la compra. Sólo así se disminuye el salario sin incumplir la ley del valor, es decir, sin dejar de pagar la fuerza de trabajo, como mercancía que es, por su valor. Cuando no es así, cuando los cambios de productividad afectan a otros bienes, sean suntuarios o de equipo (medios de trabajo), los capitalistas de esos sectores salen beneficiados, pues aumentan su plusvalor, pero no varía de forma sensible, directa e inmediata el plusvalor relativo medio. Lo que ocurre es que, de momento, los sectores afectados de esas innovaciones tecnológicas ganan en competitividad frente a los otros capitalistas, y obtienen un “plusvalor extra”, de coyuntura o de astucia, a costa de los otros. Marx dice que este plusvalor extra, debido al uso ocasional de fuerzas productivas excepcionales, o sea, al “trabajo potenciado” (que genera más valor del social medio), puede incluso coexistir con una disminución del plusvalor relativo. Aunque el “plusvalor extra” obtenido en el sector de bienes de producción puede beneficiar ocasionalmente tanto al trabajador como al capitalista, la verdad es que todo es ocasional y efímero, pues ese método de producción innovador y exitoso acabará generalizándose, y así se igualarán los tiempos de producción. En todo caso, y es lo que ahora nos interesa subrayar, no afecta de forma directa al plusvalor relativo; para que esto ocurra ha de crecer la productividad en los bienes de consumo o medios de vida de los trabajadores, única forma de abaratar la fuerza de trabajo y, por consiguiente, el tiempo de trabajo necesario. Sólo así se entiende la dura resistencia del capitalista a disminuir la jornada de trabajo aunque la creciente productividad lo permita.


1.2. Recapitulemos un poco y subrayemos algunas implicaciones de la idea de plusvalor que debemos de momento mantener, sin perjuicio de posteriores matizaciones. La plusvalía, en tanto que depende de la duración de la jornada, la llama Marx “absoluta”; a la que depende de la productividad, la llama plusvalía “relativa”. Para el análisis de la primera, Marx jugaba con la variabilidad de la jornada de trabajo; para analizar la segunda, ha de considerar esta jornada con magnitud fija, constante, y, tomando el trabajo necesario como una variable, mostrar que el plusvalor puede aumentar o disminuir según oscile éste. La cosa es simple, y puede representarse así:

                              a -------(c´)----c--------- b

donde el segmento ab representa el tiempo de la jornada completa, y ac y cb respectivamente el tiempo necesario y el excedente, y donde c puede desplazarse (c’), crecer o disminuir, representando así la variación de la plusvalía.

Claro está, el movimiento de c puede originarse por varias causas. Por ejemplo, si el precio de la fuerza de trabajo está por debajo de su valor, cosa que ocurre si se pagan salarios por debajo de la media. En la realidad puede darse esta situación, pero Marx considera que esto es muy contingente y sólo momentáneamente productivo; en rigor objetivamente y a largo plazo no beneficia al capitalista. Ya lo sabemos: Mr Prouvost quiere recoger las ganancias al instante, mientras que Herr Kapital, más racional y educado, quiere optimizar las ganancias, cosa que pasa por mantener las condiciones de reproducción, que a veces cuestan caras.

El capitalista, controlado por el buen criterio del Sumo Sacerdote, que pone voz a la voluntad de su señor, tiene otra manera de conseguir plusvalor, más efectiva, que consiste en lograr que ac pase a ac´ disminuyendo el tiempo de trabajo necesario, o sea, disminuyendo el valor de la fuerza de trabajo gracias al crecimiento de la productividad, o sea, revolucionando los medios de producción. Claro está, este incremento de la productividad, este abaratamiento de las mercancías, ha de darse en aquellas ramas de la producción que afectan a la reproducción de la fuerza de trabajo y, por tanto, a su valor. Así, abaratando el consumo, por abaratamiento de los medios de vida que entran en la producción directamente comprometida con el consumo reproductor de la fuerza de trabajo, abaratan la fuerza de trabajo, abaratan el capital variable. En consecuencia, si se mantiene la jornada de trabajo, aumenta el plusvalor.

“El capital tiene que subvertir las condiciones técnicas y sociales del proceso de producción, o sea, el modo de producción mismo, para aumentar la fuerza productiva del trabajo, rebajar el valor de la fuerza de trabajo mediante el aumento de la fuerza productiva del trabajo y abreviar así la parte de la jornada de trabajo necesaria para la reproducción de ese valor” [1].

Pues bien, ese es el mecanismo de generación de “plusvalía relativa”, la plusvalía que brota de la disminución del tiempo de trabajo necesario, afectando así directa e inmediatamente a la proporción entre plustrabajo y trabajo necesario. Esa proporción es lo que llamamos tasa de plusvalía, cuya representación matemática es: p´= p/v, la relación entre el valor que se produce en te y el que se produce en tn; si se prefiere, relación entre plusvalor y salario.

De este modo, mientras que la “plusvalía absoluta” surge de la simple prolongación del tiempo de trabajo necesario, de la jornada de trabajo, la plusvalía relativa nace de un cambio en la productividad, por abaratamiento directo o indirecto de los productos que constituyen los “medios de vida” (directo, cuando se mejora la productividad en el sector; indirecto, si tiene lugar un abaratamiento de los medios de producción en dicho sector gracias a la mejora de la productividad de esos medios en las industrias que los producen). Lo importante es recordar que los cambios en otras ramas industriales que no tenga efectos en los medios de vida no afectan de manera inmediata a la plusvalía relativa; llegan a afectarla a través de mediaciones diversas cuando su abaratamiento o encarecimiento incida en el precio de los medios de producción de medios de vida.

Lógicamente, el valor de las mercancías, y en especial las de consumo individual, está en razón inversa a la productividad, a la potencia productiva de la fuerza de trabajo; cuanto mayor productividad menor valor de las mercancías. Y el valor de la fuerza de trabajo, como mercancía que es, no escapa a la regla. Por tanto, paradójicamente, cuanto mayor es su potencia productiva menor es su valor; cuanto más valor produce, menos vale ella, menos valor recibe el trabajador a cambio de su trabajo. Esa es su gran paradoja, que el capitalista sabe usar a la perfección:

“Por eso el capital tiene el impulso inmanente y la tendencia constante a aumentar la fuerza productiva del trabajo, para abaratar la mercancía y, mediante el abaratamiento de ésta, abaratar el trabajador mismo” [2].

Tendencia férrea, tanto mayor cuanto que la jornada de trabajo ha tendido históricamente a acortarse, amenazando así a la tasa de plusvalía; tendencia fundamental, pues es por sí misma suficiente para la revalorización del capital. La plusvalía relativa se convierte en la clave de la reproducción capitalista, en su condición de posibilidad, hasta tal punto que el capitalismo ha ido progresivamente asumiendo la conveniencia –la necesidad- de cuidar la fuerza de trabajo, de mimarla, de cualificarla, de garantizar su cantidad y cualidad. De unos orígenes en que parecía despreocuparse, no importándole la miseria obrera, como si la fuerza de trabajo fuera algo exterior al sistema productivo, un medio sobreabundante, a depredar sin compasión, se ha pasado a una conciencia de que en su mantenimiento y reproducción se juega el capital su sobrevivencia. Al igual que pasa hoy con la naturaleza, con los recursos naturales, la fuerza de trabajo ha pasado a ser considerada un instrumento que el propio sistema capitalista tiene que producir, programar, garantizar su presencia suficiente en cantidad y cualidad en el mercado para que el proceso global mantenga su ritmo de revalorización del capital. Así, de manera creciente, del mismo modo que la naturaleza deja de ser natural para ser una fábrica, una factoría donde se produce como mercancía lo que ayer se depredaba como natural, así el cuerpo humano deviene más y más una unidad productora de fuerza de trabajo, donde ésta se siembra, se cultiva, se selecciona, se reserva, se reparte, se cualifica y diversifica; del cuerpo humano ha de salir la fuerza de trabajo en variedad, diversidad y “excelencia” suficientes para abastecer el mercado, para que la fábricas no paren. Ni más, ni menos: la que sobre, se desprecia y se tira.

La plusvalía relativa es, pues, el reto y la clave del capitalismo. Marx lo reafirma culminando este breve capítulo con la siguiente reflexión:

“Dentro de la producción capitalista, el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo tiene la finalidad de acortar la parte de la jornada de trabajo durante la cual el obrero tiene que trabajar para sí mismo, con objeto de prolongar así la otra parte de la jornada de trabajo, durante la cual puede trabajar gratis para el capitalista. En los particulares métodos de producción de plusvalía relativa, a cuya consideración pasamos ahora, se mostrará hasta qué punto se puede alcanzar también ese resultado sin abaratamiento de la mercancía” [3].


2. La cooperación y el plusvalor relativo.

La plusvalía relativa, aunque en gran medida está determinada por la productividad derivada de los avances tecnológicos y del consiguiente abaratamiento de los medios de vida, como veremos después, no depende únicamente de este factor técnico; es decir, puede incrementarse mediante otros dispositivos, que de hecho han aparecido antes de la tecnología, y que sigue actuando cuanto ésta llega a dominar la producción. Con lo que, una vez más, se nos aparece la necesidad de repensar la función de los diversos elementos que intervienen en la producción como una estructura compleja y sobredeterminada. Así, en el caso que ahora nos ocupa, resulta una simplificación fetichista derivar la productividad de la máquina olvidando la “cooperación”, que no sólo apareció antes de la máquina –e, incluso, como una proto-máquina- sino que persiste y se intensifica en el maquinismo, como condición de posibilidad de su funcionamiento.

Efectivamente, los métodos de trabajo, la división del trabajo, la concentración de obreros en las mismas unidades productivas, la propia actitud o compromiso de los obreros…, todos ellos son factores que contribuyen a incrementar la plusvalía relativa. En el Capítulo XI inicia Marx el análisis de uno de los tres procedimientos habituales de mejora del plusvalor relativo, la “cooperación”, que con la “división del trabajo” y la “maquinización” constituyen los tres dispositivos más destacados. En cierto modo, los tres han estado presentes en los diversos estadios del desarrollo, del gremio y la industria artesana a la manufactura y la gran industria, o sea, en los diversos modos o modelos de la producción capitalista, que se suceden en el tiempo, sin solución de continuidad y estrechamente entrelazados. Ahora bien, a pesar de esta presencia continua, parece que se hubieran sucedido en la hegemonía, tal que cada uno destacara especialmente en uno de los momentos o fases e imprimiera su carácter al mismo.


2.1. Comencemos por analizar la cooperación como fuente de plustrabajo. La cooperación surge ya en la frontera del capitalismo, en la producción gremial, en el taller del artesano, donde maestro, oficiales y aprendices trabajan juntos, en un mismo espacio y tiempo compartidos. Se mantendrá, sin duda, en la manufactura y en la gran industria, pero es en la producción gremial donde aparece y donde se convierte en origen de la producción capitalista. Para Marx el gremio no es, obviamente, producción capitalista propiamente dicha; ni la cooperación gremial es el dispositivo genuino de producción de plusvalor relativo. Para que haya producción capitalista se necesita una cantidad crítica en la cooperación, que no solía estar presente en la producción gremial premoderna. El capitalismo es -tengámoslo presente incluso cuando nuestras descripciones lo oculten- una forma de producción social. Todas lo son en algún grado, pero el capitalismo lo lleva en su esencia, en su concepto. Sólo tratando con amplias cantidades de obreros tiene sentido hablar de “magnitudes medias”, de “tasa media de ganancia”, de promedios sociales y, como pronto veremos, de “valores de producción”; el capitalismo es ante todo una forma social de producción donde los valores individuales no son relevantes, aunque en nuestras abstracciones analíticas y en nuestros ejemplos individualicemos. Por tanto, aunque la cooperación aparece ya en los gremios, es en el capitalismo donde la categoría logra su desarrollo y exhibe sus formas, donde deviene, en sentido preciso, una nueva fuerza productiva, como auténtico mecanismo productor de plusvalor relativo. Más aún, si apreciamos en la última etapa de la producción gremial una notable intensificación de la producción, es sin duda cuando el capitalismo es hegemónico y el gremio, como unidad productiva subordinada ya a la forma del capital, padece lo que Marx llamará “subsunción formal”.

No en vano Marx define la cooperación como el trabajo de “muchos” unidos en un lugar y tiempo: “La forma de trabajo de muchos que trabajan planificadamente juntos y unos con otros en un mismo proceso de producción o en procesos de producción diferentes, pero conexionados, se llama cooperación” [4]. Lo relevante es, sin duda, la cantidad, el “muchos”, que da fe del carácter social del proceso; también es importante la forma de la producción indivisa, la eficiencia al disminuir distancias, jerarquizar funciones y cerrar tiempos muertos, etc.; pero lo más importante es la aparición del trabajo colectivo, del “obrero social”, gracias a esa “fusión de fuerzas” que origina una nueva figura de trabajador. Es muy significativo que aquí, en el comienzo mismo del plusvalor relativo, Marx centre su atención en el carácter social del proceso de trabajo, en el “obrero colectivo” que crea valor no en tanto que suma de individuos (que también), sino en tanto colectivo que añade a la producción de conjunto un plus de valor, un plusvalor que, por cierto, el capitalista no paga, ya que su contrato es con el conjunto de los individuos uno a uno. El “obrero social” añade un plusvalor a las aportaciones del trabajador individual que el capitalista, que sólo compra fuerza de trabajo individualizada, recibe gratis; ese plusvalor del “obrero social” que surge de la cooperación es todo plusvalor relativo puro[5].

Marx señala que en esa situación de pertenencia e integración del obrero individual en el colectivo se libra de muchas de sus particularidades, de sus determinaciones individuales, desarrollando potencias y capacidades especiales “en cuanto parte de un género”. Y, gracias a esa fusión de fuerzas que la constituyen, la cooperación abre paso al capitalismo como trabajo social, incluso en este sentido peculiar de transformación del obrero en “obrero social”, gracias a un desdoblamiento peculiar: permanece como obrero, es tratado como individuo, contratado como tal, pero en el tajo se desdobla en el obrero individual que sigue siendo conforme al contrato individualizado y en el miembro de un trabajador colectivo que curiosamente trabaja gratis íntegramente para el capitalista. Y Marx nos induce a pensar que ahí, en esa máxima irracionalidad, e incluso indignidad, pues se actúa fuera de todo contrato, reside ni más ni menos que la esperanza del futuro; ahí está en germen la contradicción fundamental del capitalismo, al haber generado el obrero social como figura clave de sobrevivencia del capital, que necesariamente acabará exigiendo su emancipación.

Pero, como he dicho, el surgimiento de ese obrero colectivo necesita masa, cantidad, concentración de medios de producción en pocas manos. La cooperación social requiere, llama a gritos, la concentración del capital. Y también centralización, dirección unificada, mando único, poder de disciplina y obediencia. Los mismos procesos que alientan y sostienen el capitalismo van sentando las bases de su inconsistencia. El capitalista mismo ha de desarrollar su figura, someterse a las formas de producción y los dispositivos de valorización; queda encadenado al proceso. El capitalista se metamorfosea en una nueva figura de doble rostro: planificar el proceso y garantizar su orden; luego tendrá que desdoblarse: red de gestores, capataces, cuadros técnicos y administrativos. El capital se pone en marcha y no deja espacio de libertad a sus señores.

Marx siempre ha insistido en que la aparición del capitalismo tiene siempre un pie en la cantidad; si no estuviera tan desacreditado el “dia-mat” engelsiano stalinista evocaríamos la ley dialéctica de transformación de la cantidad en calidad. En todo caso, sin provocar críticas aquí innecesarias, es obvio que Marx pensaba que unas mismas formas prácticas y unas relaciones sociales similares forzaban el salto al capitalismo simplemente por movimiento de la cantidad. Así nos dice:

“La actuación de un número grande de trabajadores en un mismo tiempo, en un mismo espacio (o, si se quiere, un mismo campo de trabajo), para la producción de mercancías de una misma especie y bajo el mando de un mismo capitalista constituye histórica y conceptualmente el punto de partida de la producción capitalista” [6].

La manufactura, que está en los orígenes del capitalismo, se diferenciaba prima facie de la industria artesana de los gremios sólo en el mayor número de trabajadores que ponía en escena en una unidad productiva: “Lo único que ha ocurrido es que se ha ampliado el taller del maestro gremial”, dice con contundencia. La manufactura (producción capitalista) es sólo un taller gremial (producción precapitalista) ampliado. Por tanto, el concepto del capitalismo también incluye la determinación cuantitativa, tesis importante a la hora de valorar si los pequeños empresarios, con apenas trabajadores asalariados, han de ser considerados capitalistas en sentido estricto.

Bien mirado no podía ser de otra manera, pues Marx está construyendo su teoría con conceptos basados en magnitudes sociales medias, y esto requiere un elevado número de trabajadores. Sólo en la cantidad pueden disolverse las diferencias individuales; sólo en la cantidad pueden convertirse los casos en ley, pueden traducirse los hechos a concepto:

“Así, pues, la ley general de la valorización no se realiza plenamente para cada productor más que cuando produce como capitalista, cuando utiliza simultáneamente muchos trabajadores, o sea, cuando desde el primer momento pone en movimiento trabajo social medio” [7].

Es en la cantidad donde Marx fija la diferencia entre la producción de la “gran industria” (“industria mecanizada”, “industria maquinizada”), de la “manufactura” y de la “artesanía gremial”. Sólo al crecer el número de trabajadores se consigue que la parte alícuota de la jornada de trabajo que corresponde a un trabajador (1/n) sea una “jornada de trabajo social medio”; y toda la teoría marxiana del valor, recordémoslo, se traza en tiempos medios del trabajo y en valores medios de la productividad.

Ahora se trata de pensar cómo y en qué medida la cantidad interviene en la determinación de la cuota de plusvalía relativa. De entrada es obvio que en unas condiciones de producción colectivas, donde se da la concentración de la fuerza de trabajo, habrá menor consumo de medios de producción por unidad producida; en consecuencia, baja el valor de las mercancías. Es lo que habitualmente llamamos “cooperación”, que consiste en una forma social del trabajo en que un conjunto de trabajadores trabaja en equipo, en el mismo lugar, bien conectados entre sí, bien coordinados, con eficiente planificación. En la cooperación, aportando cada obrero la misma fuerza de trabajo individual, aparece milagrosamente una nueva fuerza productiva, la “fuerza de masas”, que aumenta la productividad, que disminuye el valor de las mercancías y de la fuerza de trabajo entre ellas.

Marx considera que el capitalista, además de no pagar el plustrabajo del obrero individual, tampoco paga esta nueva fuerza productiva, esta fuerza social del organismo cooperativo, este “obrero colectivo u “obrero social”. Este plus de productividad añadido a la fuerza de trabajo, que acelera todas las fases productivas y optimiza el uso de los medios de producción, que potencia el rendimiento eliminando las trabas individuales, no se paga, y por tanto no beneficia al obrero, pues se queda en manos del capitalista. Por eso al capitalista le interesa la coordinación de las cadenas productivas, la disminución de los tiempos perdidos, la corrección de disfunciones y distracciones, incluso el control de los conflictos personales entre sus trabajadores. La cooperación requiere armonía, fluidez, complicidad, organización.

Ciertamente la cooperación es un factor mágico, pues no aporta valor, ya que no afecta al tiempo de trabajo (los obreros siguen trabajando las mismas horas), pero sí valoriza el capital al incidir en el tiempo de trabajo necesario, disminuyendo su magnitud y así aumentando el plusvalor. El capitalista encuentra en la cooperación de sus trabajadores un maná milagroso, que intentará fomentar por todos los medios. Por ello se ve constreñido a acumular fuerza de trabajo, a incrementar para ello el variable, y también habrá de incrementar el capital constante, de manera ineludible. En la medida en que la cooperación incrementa la valoración, el capitalista deberá aumentar la inversión como “condición material” para hacer posible la cooperación de los trabajadores. Pero invierte con gusto si es para fomentar la cooperación, variable sin valor (no es mercancía, no se compra ni se vende…) pero generosa creadora de valor; así le gustan las variables al capitalistas. En la necesidad de esa “masa críticas” que posibilita la cooperación veía Marx una de las raíces de la necesidad de creciente concentración de la producción, que conllevaría la ruina de las pequeñas y aún medianas unidades productivas, amenazadas de muerte en tanto que no pueden mantener la tasa de plusvalía que da soporte a su competitividad. El capitalismo conforme a su concepto, pues, supone la concentración de la fuerza de trabajo, y por tanto del capital productivo.

“Esta economía en la utilización de los medios de producción se debe exclusivamente a su consumo conjunto en el proceso de trabajo de muchos individuos” [8].

Destaquemos este doble efecto de la cooperación. Uno, que afecta a la relación entre capitalista y obrero, pues al abaratar las mercancías disminuye el valor de la fuerza de trabajo y crece la plusvalía; otro, que afecta a las relaciones entre las diversas figuras de los productores del capitalismo, pues al cambiar cuantitativamente la relación p/c+v, o sea, la relación entre la plusvalía y el capital adelantado, ni los trabajadores individuales aislados ni las pequeñas empresas pueden asumirlo. El “trabajo combinado” requiere un capital fuerte y excluye a las unidades productivas débiles[9]. Sólo la concentración de la fuerza de trabajo genera esa masa crítica que permite, vía cooperación, el salto cualitativo de la productividad:

“No se trata sólo de que aumente la fuerza productiva individual gracias a la cooperación, sino de que se crea una fuerza productiva que ya por sí misma ha de ser fuerza de masa” [10].

Al unirse muchas fuerzas individuales en una fuerza conjunta surge una nueva potencia energética, sin duda efecto de la emulación y del estímulo de los “espíritus animales”, al filo del contacto humano, que potencia el rendimiento.

“Eso se debe a que el ser humano es por naturaleza un animal, si no político, como dice Artistóteles, sí, en todo caso, social” [11].

No tiene desperdicio el matiz: el zoón politikón aristotélico define al hombre como ciudadano; la ciudadanía hace al hombre, le da su esencia particular. Marx no habla aquí de la “cooperación” republicana, de la cooperación como forma de la ciudadanía, sino de una cooperación que nace en el espacio económico, en el sistema productivo: en la sociedad mercantil capitalista (sociedad civil), bien distinguida de la comunidad política. Aquí la cooperación es un proceso técnico, sin dimensión ética, sin alma, efecto de la concentración del trabajo y de los medios de producción, sin más fin y resultado que el abaratamiento de las mercancías. La cooperación impensada, mecánica, sin alma, resultado del “trabajo combinado”, es una nueva figura de la fuerza de trabajo , una fuerza de trabajo sin valor, pero una fuerza productiva potente, que tiene entidad propia, que responde a causas y tiene efectos diferenciales:

“La jornada de trabajo combinada produce, en comparación con una suma igual de jornadas de trabajo individuales aisladas, masas mayores de valor de uso y disminuye, por lo tanto, el tiempo de trabajo necesario para la producción de un efecto útil determinado. Igual da que se obtenga esa fuerza productiva aumentada porque aumente la potencia energética mecánica del trabajo, o porque amplíe la esfera espacial de acción, o porque estreche el campo espacial de producción respecto de la escala de la producción, o porque haga rápidamente disponible mucho trabajo en el momento crítico, o porque provoque la emulación de los individuos y tense sus espíritus animales, o porque imprima a las operaciones análogas de muchos el sello de la continuidad y la multilateralidad, o porque ejecute simultáneamente operaciones diferentes, o porque economice los medios productivos gracias a su utilización común, o porque imprima al trabajo individual el carácter de trabajo social medio: en toda circunstancia la específica fuerza productiva de la jornada de trabajo combinada es fuerza productiva social de trabajo, fuerza productiva de trabajo social. En su colaboración conforme a un plan con otros, el trabajador se despoja de sus limitaciones individuales y desarrolla su capacidad genérica” [12].

Lógicamente, esta cooperación requiere que la fuerza de trabajo de los trabajadores la compre el mismo capitalista, que pase a formar parte del mismo capital. La suma de ese valor de la fuerza de trabajo, de esos salarios, ha de estar ya unificada “en el bolsillo del capitalista” antes de que se unifiquen las fuerza de trabajo individuales en el proceso de producción. La cooperación, pues, exige mucho capital, acumulación de capital, concentración de capital. La cooperación es una forma de producción que se impone por su potencia de revalorización del capital, y de paso determina el proceso de éste: su inevitable concentración. No hay elección donde domina la regla de maximización del valor: en esas condiciones, que son las suyas propias, el capital tiende a concentrarse. Y de esta tendencia a la concentración surge y se impone otra determinación: tendencia a la socialización, que en sentido técnico en Marx quiere decir que la producción capitalista tiende a convertirse en un sistema de producción social cada vez más denso e interrelacionado, cada vez más mundialmente combinado e interdependiente.

No son estos los únicos efectos relevantes de la cooperación señalados por Marx. Esta nueva fase o forma en el proceso de constitución del capitalismo permite romper con representaciones ingenuas y anacrónicas de la vida económica y social; permite ver el afianzamiento indiscutible de la figura del capitalista, su hegemonía en la producción. Desde el enfoque de la producción mercantil, la subordinación del trabajador al propietario de dinero, la relativa autoridad de éste, derivaba de su figura de comprador; el productor no sobrevive si no encuentra comprador. Visto ahora como proceso cooperativo, el “mando del capital” se convierte en requisito técnico de ejecución del trabajo, “en auténtica condición de la producción”: “El mando del capitalista en el tiempo de producción se hace ahora tan imprescindible como el mando del general en el campo de batalla” [13]. A diferencia del violinista, que sólo se dirige a sí mismo, una orquesta “necesita director”. En cuanto el trabajo deviene concentrado, complejo, cooperativo, “la función de dirección, supervisión, y mediación se convierte en función del capital; la dirección es función específica del capital” [14].


2.2. Veamos ahora la relación entre cooperación y conciencia, o sea, el papel de la conciencia en la cooperación. Como sabemos, en la visión dialéctica de Marx cada contradicción genera las condiciones de su superación y cada poder genera su negación. Si el motor del capital es su máxima autovalorización, la maximización en la producción de plusvalía (y, en consecuencia, la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo) inevitablemente ha de ir por la senda de la cooperación, y por tanto de la concentración; y al hacerlo, dice Marx, al mismo tiempo “aumenta la resistencia” de la masa de trabajadores. La cooperación que crea plusvalía para el capitalista crea vínculos entre los obreros, genera entre ellos una fuerza de resistencia combinada, colectiva, diferenciada de sus resistencia individuales y de la suma de las mismas. Ese “trabajador combinado” lo es en todas sus dimensiones: para trabajar, para ser explotado y para resistir al patrón.

Como efecto inmediato, crecerá la presión del capitalista por dominar esa resistencia, reforzándoles en su posición de control y dominación. Su función de dirección no es sólo técnica, derivada de la complejidad del proceso de trabajo cooperativo; es también función de dominación, de control y dominio de un “antagonismo inevitable entre el explotador y la materia prima de la explotación” [15]. Funciones de dirección y de dominación que se complementan y subordinan a su esencial función de explotación, de valorización del capital. Pero el efecto derivado aparecerá como mayor unidad, mayor coordinación, mayor identidad subjetiva, en fin, mayor conciencia de clase entre los trabajadores. Marx describe con sutileza la aparición de esta nueva identidad, de esta nueva fuerza irreductible a los individuos; y lo hace a la manera de Hegel en la dialéctica del amo y el siervo, siendo cada uno necesario para la existencia objetiva y la conciencia de sí del otro. La figura del capitalista como control, dominación y explotación, y la del obrero como miembro de una clase resistente van surgiendo dialécticamente de la necesidad del movimiento del capital:

“La cooperación de los trabajadores asalariados es, además, mero efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones y su unidad como cuerpo productivo conjunto se encuentra fuera de ellos, en el capital que los reúne y los mantiene juntos. Por eso la conexión entre los trabajadores se les presenta idealmente como plan y prácticamente como autoridad del capitalista, como poder de una voluntad ajena que somete la actividad de los trabajadores a su ajena finalidad” [16].

El desarrollo sigue, y del mismo modo que ayer el capitalista dejó de trabajar al obtener suficiente plusvalía para reproducirse, ahora cederá las tareas de control, dirección y dominio del proceso en manos de una “categoría especial de trabajadores asalariados”:

“Al igual que un ejército necesita oficiales y suboficiales militares, así también una masa de trabajadores que colaboran bajo el mando de un mismo capital necesita oficiales (dirigentes, managers) y suboficiales industriales (vigilantes, foremen, overlookers, contre-maîtres) que manden durante el proceso de trabajo en nombre del capital” [17].

Así van las cosas: el proceso impone funciones y figuras, que nacen de la naturaleza del proceso mismo. Al fin, dice Marx, el capitalista no es capitalista por ser dirigente de la producción; al contrario, llega a jefe industrial porque es capitalista. Las figuras las distribuye el capitalismo, las impone indefectiblemente. El capitalista ha de devenir figura de control y dominación cada vez más despótico e insoportable; y para suplir sus carencias en un proceso complejo aparecerá el mando intermedio, que es otro “atributo del capital”. No son sujetos con identidad y voluntad propias que establecen relaciones exteriores de fuerza; son meros soportes de una estructura interna móvil de poder, de violencia; poder y violencia nada gratuitos, sino exigidos por esa inefable tendencia del capital a permanecer en el ser, cumpliendo la máxima ontológica de Spinoza. Y su ser es la valorización.

De ese juego no escapa el obrero. El trabajador, nos dice, Marx, es propietario de su fuerza de trabajo mientras negocia su venta; hecha ésta, pertenece al capitalista, pasa a su disposición, desaparece la “igualdad” entre ambos en tanto que propietarios libres. Al entrar en la fábrica a ceder su fuerza de trabajo vendida, entran en relación con una forma del capital, los medios de producción, pero no con el capitalista. Éste, dueño de la totalidad del capital, pone en relación sus dos formas: fuerza de trabajo y medios de trabajo. En la fábrica la relación capital-trabajo es en realidad una relación interna al capital, entre dos de sus figuras. El trabajador está allí para cumplir su pacto y entregar la mercancía que ha vendido. Allí el obrero y el capitalista no se reconocen entre ellos; allí todo lo que trabaja es capital y todo lo que se produce es capital; y todo ello tiene un sólo amo. De ahí que también le pertenezca lo que ni siquiera ha pagado, la fuerza productiva combinada y lo que ella produce; como no pertenece a ningún trabajador, como surge de la cooperación en la fábrica, pertenece al amo de ésta. Antes de entrar no existía el “trabajador colectivo”; por tanto, ha nacido y se ha creado en la fábrica. El “trabajador colectivo” es obra del capitalista, que ha concentrado a los obreros, y que en consecuencia considera impropio pagar su producción; cierto que el trabajador colectivo no es otra cosa que la cooperación entre los trabajadores individuales. Pero esta determinación de “cooperadores” no la tenía fuera, ha surgido dentro; por tanto, queda incorporada al capital y sigue las reglas de éste:

“En cuanto cooperadores, en cuanto miembros de un organismo activo trabajador, no son ellos mismos más que un particular modo de existencia del capital. La fuerza productiva que desarrolla cada trabajador como trabajador social es, por lo tanto, fuerza productiva del capital. La fuerza productiva social del trabajo se desarrolla gratuitamente en cuanto que los trabajadores quedan puestos en ciertas condiciones, y es el capital el que los pone en esas condiciones. Como la fuerza productiva social del trabajo no cuesta nada al capital y como, por otra parte, el trabajador no la desarrolla antes de que su trabajo mismo pertenezca al capital, esa fuerza productiva social aparece como una fuerza productiva que el capital poseyera por naturaleza, como fuerza productiva intrínseca al capital” [18].

Todos, pues, capitalista, mandos intermedios, obreros, bailando al ritmo del capital; todos metamorfoseándose y travistiéndose al son de su ritmo reproductivo. La cooperación, propia de la manufactura, y que se mantiene y amplía con el desarrollo del capitalismo, acelera el baile; pero no es el último vals, pues hay otras formas más desarrolladas –siempre hay otras- que iremos viendo.

En fin, la cooperación tiene otros efectos, más allá de los inmediatamente económicos. Marx señala que en esa situación el obrero se libra de sus particularidades, de sus determinaciones individuales, desarrollando potencias y capacidades especiales “en cuanto parte de un género”. O sea, la cooperación abre paso al capitalismo como trabajo social, incluso en este sentido peculiar de transformación del obrero en “obrero social”, gracias a un desdoblamiento peculiar: permanece como obrero, es tratado como individuo, contratado como tal, pero en el tajo se desdobla en parte de un trabajador colectivo… que curiosamente trabaja íntegramente para el capitalista. Y Marx nos deja pensar que ahí reside la esperanza del futuro, que ahí está en germen la contradicción fundamental del capitalismo: haber generado el obrero social como figura clave de sobrevivencia del capital, que necesariamente acabará exigiendo su emancipación.

Pues el surgimiento de ese obrero colectivo necesita masa, cantidad, concentración de medios de producción en pocas manos; la cooperación social requiere concentración del capital, al tiempo que centralización, dirección unificada, mando único, poder de disciplina y obediencia. El capitalista se metamorfosea en una nueva figura de doble rostro: planificar el proceso y garantizar su orden; el capitalista tendrá que desdoblarse: red de gestores, capataces, cuadros técnicos y administrativos. Pero la concentración y centralización también genera disciplina, organización y conciencia en la clase obrera; y ahí reside la esperanza de emancipación.


2.3. Acabaremos esta reflexión sobre la cooperación como dispositivo de plusvalor con un análisis detenido de las últimas páginas del capítulo. Marx trata de distinguir la cooperación en el capitalismo de otras formas históricas de las mismas. Así, nos dice que “la aplicación esporádica de la cooperación en gran escala en el mundo antiguo, en la Edad Media y en las colonias modernas descansa en relaciones inmediatas de dominio y servidumbre, generalmente en la esclavitud” [19]. Han sido poderosas formas de colaboración, pensemos en la construcción de las pirámides, templos, obras públicas, etc., pero siempre fueron “ocasionales” (por mucho que fuera su duración), y siempre acotadas a obras concretas; en el capitalismo es otra cosa, la cooperación es constante, expansiva, y se extiende a todo el espacio tiempo.

Ya se parte de una peculiaridad, a saber, “la forma capitalista presupone desde el primer momento la existencia del trabajador asalariado libre que vende al capital su fuerza de trabajo” [20]. Y ello la enfrenta a otras formas de cooperación, como la que se daba en “la economía campesina” y en “el taller artesanal independiente, tanto sí éste tiene aún forma gremial como si no”. Por tanto, la forma de cooperación capitalista es genuina, diferente tanto de las grandes obras ocasionales de la antigüedad como de las formas campesinas y gremiales medievales. Y nos dice:

“la cooperación capitalista no se presenta como una forma histórica particular de cooperación, sino que la cooperación misma aparece como una forma histórica peculiar del proceso de producción capitalista y que lo distingue específicamente” [21].

Es decir, la cooperación capitalista no es una variante histórica de la cooperación, un modo de la misma, sino todo lo contrario: es la “cooperación” la que se presenta como una variante, una forma histórica particular… nada menos que del proceso de producción capitalista. Marx ha invertido la relación ontológica; la substancia ahora es la producción capitalista, y el modo la cooperación. Lo entenderemos mejor cuando lleguemos al análisis del maquinismno, y nos presente la máquina como una simple variante o modalidad de la “cooperación”; cuando nos diga, en fin, que la cooperación encierra en sí misma el modelo máquina, que la cosa que llamamos “máquina” es una materialización mecánica de la colaboración.

Dejemos este aspecto del problema aparcado, hasta que llegue su momento. Ahora me interesa insistir en esta idea de la cooperación como forma de producción. Marx insiste en ello:

“Así como la fuerza productiva social del trabajo desarrollada por la cooperación aparece como fuerza productiva del capital, así también la cooperación misma se presenta como una forma específica del proceso de producción capitalista, contrapuesta al proceso de producción de trabajadores individuales independientes o incluso de pequeños maestros artesanos” [22].

Y nos dice más, y algo que nos interesa mucho. Nos relata que la cooperación es es el primer efecto o cambio que produce el capitalismo en el proceso de trabajo. Nos dice literalmente: “Ésta es la primera alteración que experimenta el proceso real de trabajo por su subsunción bajo el capital” [23]. El trabajo ya estaba, y el nuevo “conquistador” ha de vivir sobre los vencidos: el capital impone su hegemonía a las formas de producción previas y, en particular, a los procesos de trabajo ya existentes. Impone un nuevo destino a la totalidad y, por tanto, nuevas funciones a sus elementos. O sea, subsume el viejo mundo bajo una forma nueva.

Y no deja de ser curioso que nos diga que “esta alteración procede espontáneamente”, que no debemos entender como efecto azaroso, sino como consecuencia ineluctable: impuesta la forma, impuesto el fin, todo se reajusta “espontáneamente”. Y la espontaneidad no implica ausencia de resistencias, ni de cambios, ni de sustituciones… Todo lo contrario. A lo que alude Marx es que, impuesto como fin la obtención de plusvalor la cooperación se abre paso sí o sí, no hay alternativa, es el medio apropiado, idóneo, para esa función. Por eso puede decir que la cooperación es una forma de la producción capitalista, y que aparece con el capital:

“Su presupuesto -la ocupación simultánea de un número grande de trabajadores asalariados en un mismo proceso de trabajo- constituye el punto de partida de la producción capitalista. Ese punto de partida coincide con la existencia del capital mismo. Por eso, si, por un lado, el modo de producción capitalista se presenta como necesidad histórica de la conversión del proceso de trabajo en un proceso social, también, por otro, se presenta esta forma social del proceso de trabajo como un método aplicado por el capital para explotarlo con más beneficio mediante la intensificación de su fuerza productiva” [24].

Es lo que tienen las categorías, que se mueven, progresan, se desarrollan y, si no estamos atentos, nos confunden; solemos caer en la trampa de identificar una categoría con su referente de una época particular. Nosotros mismos usamos la categoría “cooperación” para designar las ayudas recíprocas entre los individuos de los grupos humanos. Es lo que Marx llama “cooperación simple”, que sí, que se circunscribe a una época. Nos dice que la cooperación, “en su figura simple contemplada hasta ahora”, coincide con la producción en gran escala; pero “no constituye ninguna forma fija, característica de alguna particular época de desarrollo del modo de producción capitalista” [25]. Esa cooperación simple, que parece una ampliación de la cooperación ya existente en formas precapitalistas, tuvo su momento:

“A lo sumo aparece más o menos así en los comienzos, todavía artesanales, de la manufactura y en el tipo de gran agricultura que corresponde al período manufacturero y se distingue de la explotación campesina, en lo esencial, sólo por la masa de trabajadores empleados simultáneamente y por la dimensión de los medios de producción concentrados” [26].

Y esa cooperación simple sigue presente, y seguirá. Más aún la encuentra como figura dominante en aquellos procesos de capital que, aunque a gran escala, aún no están desarrollados, sien do débil la división del trabajo y, sobre todo, la maquinización.

“La cooperación simple sigue siendo la forma todavía dominante en las ramas de la producción en las que el capital opera en gran escala, pero sin que la división del trabajo o la maquinaria desempeñen un papel importante” [27].

Pero la cooperación se desarrolla con el capitalismo, toma formas nuevas en cada fase de éste. Como dice Marx, “la cooperación se mantiene como la forma básica del modo de producción capitalista, aunque su figura simple misma aparece como forma particular, al lado de sus formas más desarrolladas” [28]. Con lo cual nos indica que, lejos de detener el concepto en la forma simple de la cooperación, hay que ampliarlo para dar cabida a sus formas desarrolladas. Hoy, para nosotros, en el capitalismo actual, es casi un deber, si queremos entenderlo. En este momento global del capital, cuando su esencia de modo de producción social se revela bajo su máscara de individualismo, la cooperación es su VISA, que a un tiempo expresa la vía del plusvalor y la potencia del mismo.


3. La división del trabajo y el plusvalor relativo.

En el Capítulo XII trata Marx otra forma de incrementar el plusvalor relativo, a través de la división del trabajo, dispositivo que, a pesar de estar presente en todas los estadios o modos del capitalismo, adquiere especial relevancia a partir de la manufactura. La manufactura no le interesa a Marx como mero periodo o fase del capital, como nueva etapa cronológica en una historia evolutiva; le interesa como una nueva forma de la producción provocada por la búsqueda de plusvalor relativo. Vimos que así caracterizaba la cooperación, como forma de la producción capitalista; y así interpreta la división del trabajo, al fin resultado de la cooperación que lo posibilita. Por tanto, la cooperación y la división del trabajo, estrechamente interrelacionados, afectan a la forma de producción capitalista. No hay producción capitalista sin cooperación; y no la hay sin división del trabajo. Y, en ambos casos, las respectivas categorías se desarrollan en el proceso, deviniendo cada vez más complejas y ricas en determinaciones; y, ambas determinaciones apuntan en la misma dirección, configurar el capitalismo como la forma de producción social por excelencia.

Marx nos dice que “La cooperación basada en la división del trabajo consigue su figura clásica en la manufactura” [29]. Se trata de una “forma característica del proceso capitalista de producción”, el llamado período manufacturero, que se extendió desde mediados del siglo XVI hasta el último tercio del siglo XVIII. Se llega a la manufactura desde un mismo origen y por dos vías distintas: el origen es el modelo de taller gremial, y los dos caminos distintos, que constituyen sendos tipos diferenciados de evolución, son: por combinación de oficios diversos y por combinación de oficios afines. A pesar de la doble vía, la esencia de ambos es la misma: la instauración de un sistema de producción en que las distintas fases del proceso sean realizadas por obreros especializados, que asumen así su inclusión en una división técnica del trabajo, subsumiendo su individualidad al alma del “trabajador colectivo” (subsunción que quiere decir “subordinación” con “resistencias”, no lo olvidemos).


3.1. Comencemos por describir y valorar los dos caminos y su destino común. Uno de los caminos resulta de reunir en un solo taller, bajo el mando del mismo capitalista, a los oficiales de diversos oficios hasta ahora independientes. Cada oficio constituye ahora una tarea particular del nuevo proceso complejo de producción; y cada oficial realiza ahora una parte de un producto común. Conocidas las operaciones necesarias para la producción del objeto (mediante el análisis se identifican y separan), se ordenan y reparten entre los oficiales especialistas, tras la selección correspondiente, y se les hace trabajar de forma coordinada, secuencial, para que ejerciendo cada uno su “oficio” (como antes), en conjunto hagan las funciones que requiere el nuevo proceso. Por ejemplo, en la producción de carruajes, éstos serán producto de un conjunto de trabajos, antes desarrollado cada uno por un artesano (carreros, guarnicioneros, costureros, cerrajeros, talabarteros, torneros, tapiceros, vidrieros, pintores, doradores…[30], y que ahora trabajan coordinados, pasándose unos a otros sus productos. La manufactura aparece así como simple combinación de artesanías independientes:

“En un principio, la manufactura de carruajes aparecía como una combinación de oficios independientes. Poco a poco se va convirtiendo en una división de la producción de carruajes en las diversas operaciones especiales que la integran, cada una de las cuales se erige en función exclusiva de un obrero, siendo ejecutadas en conjunto por la colectividad de estos obreros parciales” [31].

O sea, en este caso se parte de trabajadores de oficios independientes, cada uno de los cuales cubre una tarea de las que constituyen la compleja fabricación del producto manufacturado, a los que se organiza en un proceso de cooperación combinado. Los trabajadores de oficios individualizados pasan ahora a formar parte de una secuencia de actividades parciales, combinadas y coordinadas; pasan a formar parte de una división del trabajo en un organismo nuevo y vivo, en un productor colectivo.

El otro camino por el que se llega a la manufactura sería el inverso, es decir, cuando el capital reúne simultáneamente en el mismo taller a muchos ofíciales de la misma especialidad, que producen cada uno completamente el mismo objeto o alguno análogo. Ahora, reunidos, hacen lo que antes en sus talleres particulares, aunque con unos auxiliares que contribuyen a que nadie se mueva de su sitio para tareas subsidiarias (buscar material, almacenar, recoger…):

“Es un caso de cooperación en su forma más simple. Cada uno de estos artesanos (asistido si acaso por uno o dos oficiales) produce la mercancía en su totalidad, ejecutando, por tanto, todas las operaciones necesarias para su fabricación. Este artesano sigue trabajando lo mismo que trabajaba en su taller” [32].

Desde este punto de partida, por circunstancias externas impuestas por el capitalista en su lucha por el plusvalor, por la productividad, se pasará a distribuir el trabajo de otra manera, disgregando el oficio en distintas tareas y especializando a cada oficial en una de ellas:

“En vez de hacer que un mismo oficial ejecute, unas tras otras, todas las operaciones, éstas se desglosan, se aíslan, se sitúan en el espacio, confiándose cada una de ellas a un oficial distinto, y se ejecutan todas juntas y simultáneamente entre todos los cooperantes” [33].

Esta nueva y contingente distribución de las faenas, por sus ventajas, acabará cristalizando en una forma de división del trabajo. Se pasa de una producción individual de un artesano independiente, que lo hace todo, a una producción social, de una colectividad de artesanos especializados cada uno de ellos en una operación parcial distinta.

Los dos caminos conducen al mismo resultado. En ambos casos la manufactura deriva del artesanado, sea por combinación de diversos oficios independientes, que pasan a ser operaciones parciales y entrelazadas de un proceso complejo de producción de una misma mercancía, sea por combinación de oficios afines, que se fragmentan en sus diversas operaciones para que cada oficial se especialice en una de ellas, integrando un proceso colectivo de trabajo.

“Pero, cualquiera que sea su particular punto de partida en cada caso, su figura final es siempre la misma: la de un mecanismo de producción cuyos órganos son hombres” [34].

Esa es la manufactura: un nuevo mecanismo de producción, un nuevo cuerpo productivo, en que las partes son los obreros, los ayer productores gremiales individualizados. En la manufactura se abandona el oficio artesano productor de una obra acabada y se estructura como proceso complejo desglosado en sus componentes parciales; no obstante, aunque se pasa del productor individual, autor global, al productor asociado, especialista de una parte, el resultado seguirá dependiendo de la habilidad manual del trabajador, de su fuerza y agilidad, de su destreza e imaginación. El organismo productivo en la manufactura es un trabajador colectivo, un trabajador social, que está constituido por partes que son seres humanos. La pericia del obrero es la base de todo; de ahí que la división del trabajo se consolide y refuerce como método que potencia esa especialización y virtuosismo. Es un dispositivo vivo formado por seres vivos. Las ventajas productivas se derivan de la división del trabajo, que es la forma especial de la cooperación en la manufactura.

Los efectos de esta división del trabajo respecto a la plusvalía relativa son relevantes. Por un lado, se tapan los “poros” de la jornada, se neutralizan los tiempos muertos intrínsecos a la producción gremial atomizada; por otro lado, aumenta la intensidad del trabajo, derivada de la especialización y del compromiso[35] con el colectivo. Además, la especialización y el virtuosismo inciden profundamente en el rendimiento; y, en fin, también ayuda la creciente adecuación de los instrumentos de trabajo, su perfeccionamiento técnico, pues ahora sirven para una sola y específica actividad. Todos son ventajas, aunque no exentas de contradicciones y sombras, que también hemos de hacer visibles.

De entrada, nos dice Marx, el obrero se automatiza, deviene un automatismo parte de un autómata; produce más, gana eficiencia, calidad y cantidad, pero su cuerpo se empobrece en la especialización y el automatismo; gana destreza y precisión en la ejecución, pero pierde el control del producto, queda reducido a una actividad parcial y subordinada:

“un trabajador que ejecuta perpetuamente una y la misma operación simple convierte su cuerpo en un órgano automático unilateral de esa operación y, por tanto, necesita para ella menos tiempo que el artesano, el cual realiza alternativamente toda una serie de operaciones distintas. El obrero total combinado que forma el mecanismo viviente de la manufactura es, en realidad, una suma de obreros parciales y limitados de este tipo. Por eso, en comparación con los oficios independientes, esta división del trabajo permite producir más en menos tiempo, o sea, potencia la fuerza productiva del trabajo” [36].

Aunque forme parte de un trabajo colectivo, el obrero vive su trabajo de forma aislada, reducido a una operación que repite incansablemente. Ese aislamiento se pone en evidencia en que “los métodos del trabajo parcial” se perfeccionan de forma independiente; se cuida la adecuación de su cuerpo a las funciones “exclusivas” de su función parcial; se disciplina y somete el cuerpo a la automatización y la eficiencia. Todo en nombre de la productividad, pues:

“La repetición constante de las mismas operaciones concretas y la concentración de la atención en ellas enseñan, según demuestra la experiencia, a conseguir el efecto útil perseguido con el mínimo desgaste de fuerzas. Y como en la misma manufactura siempre conviven y trabajan juntas varias generaciones de obreros, los secretos técnicos del arte descubiertos por unas van consolidándose, acumulándose y se trasmiten a las siguientes. La manufactura crea, en efecto, el virtuosismo del obrero especializado, reproduciendo y llevando a sus últimos límites en el interior del taller, de un modo sistemático, la diferenciación elemental de las industrias con que se encuentra en la sociedad” [37].

Curiosa y paradójicamente, dice Marx, la manufactura viene a cumplir la tendencia de las sociedades antiguas a “declarar hereditarias las profesiones, a petrificarlas en forma de castas o de gremios”, pues cada trabajador ve convertido su trabajo parcial en “profesión vitalicia”. Decimos “paradójicamente” porque la individualización capitalista se presenta prima facie como contrapuesta a la identidad de las castas:

“Las castas y los gremios nacen de la misma ley natural que regula la diferenciación de plantas y animales en especies y subespecies, con la diferencia de que en un determinado grado de evolución se decreta como ley social el carácter hereditario de las castas o el exclusivismo de los gremios son decretados como ley social” [38].

Marx compara el obrero de una industria textil con el artesano indio y su virtuosismo inigualable; y concluye que en la manufactura, aunque se pierda creatividad, originalidad y sensibilidad artística, hay menos tiempo improductivo, mayor intensidad operativa, en definitiva, mayor productividad

“El aumento de productividad se debe aquí bien al mayor gasto de fuerza de trabajo en un tiempo determinado, -o sea, a la mayor intensidad deltrabajo-, o bien a una disminución del consumo improductivo de fuerza de trabajo” [39].

Tal vez se pierda creatividad, pero se gana intensidad, y por tanto productividad, que es lo que cuenta en la producción capitalista.

Por otro lado, el rendimiento del trabajo no depende sólo del virtuosismo del obrero, sino que depende también de la perfección de las herramientas con que trabaja. Con la división de funciones las herramientas se especializan, se adaptan a cada una de las funciones. La diferenciación de los instrumentos de trabajo, exigidos por la especialización y que ayudan a fomentarla, es un rasgo de la división del trabajo propio de la manufactura.

“Sólo en Birmingham se producen unas 500 variedades de martillos, y no es que cada uno sea para un particular proceso de producción, sino más que eso: a menudo toda una serie de variedades sirve sólo para diferentes operaciones de un mismo proceso. El periodo manufacturero simplifica, perfecciona y multiplica los instrumentos de trabajo mediante la adaptación de éstos a las funciones especiales exclusivas de los trabajadores parciales” [40].

Los instrumentos y herramientas se ajustan al trabajador parcial, intensificando su diferencia, dice Marx, y de este modo se abre paso la maquinaria, que en esencia no es sino una “combinación de instrumentos simples” [41].


3.2. Para profundizar un poco en estas ideas fijémonos ahora en dos procesos manufactureros paradigmáticos, los de elaboración del reloj y de la aguja. Son dos prototipos, de complejidad y sencillez, en el producto; pero cada uno tiene su estructura y lógica propia. El reloj ejemplifica el ars combinandi, la conjunción de piezas diferenciadas y elaboradas en procesos separados; la aguja, en cambio, simple y sin partes, es el modelo de manufacturero de operaciones sucesivas, en orden inalterable.

Si bien la manufactura es la transición a la gran industria, ella misma ofrece dos momentos o formas perfectamente distinguibles por su orden y por sus productos. Marx las llama “manufactura heterogénea” y “manufactura orgánica”. La primera produce sus objetos por “mera composición mecánica de productos parciales independientes”; la segunda, por “sucesión de procesos y manipulaciones conexionadas” [42]. El interés en distinguirlas no es mera curiosidad técnica, sino que, al entender de Marx, cada forma de manufactura desempeñará “papeles del todo diferentes en la posterior conversión de la manufactura en industria explotada con máquinas” [43]. Lo veremos en su momento; ahora comentaremos los dos objetos o productos arquetipos de ambo tipos de manufacturas.

Una de ellas la representaría el reloj, que en sus orígenes era un producto artesano y acabó convertido en un producto social de un conjunto de obreros parciales, cada cual encargado de fabricar las diversas piezas (muelles, esfera, espiral, agujeros en que van encastadas las piedras y las palancas con rubíes, manillas, caja, tornillos y dorado final) que se acoplan mecánicamente. Marx se detiene en un largo listado de operaciones derivadas, que se multiplican en función del material que se use, y destaca que esa pluralidad de piezas permite que los distintos operarios no hayan de trabajar en el mismo taller; no obstante, la manufactura irá concentrándolos, pues el capital, buscando siempre su valorización, recurrirá siempre al inefable dispositivo de plusvalor que es la cooperación; ésta, aunque sea cooperación simple, siempre posibilita el incremento de plusvalor. Tal vez no sea rentable, en este caso, que algunas piezas (como la esfera, los muelles, la caja…) se fabriquen en la fábrica; incluso en ciertas circunstancias puede interesar al capitalista que otras muchas piezas sean fabricadas por los productores en sus propios talleres; pero la tendencia dominante es hacia la concentración de buena parte de ellas que poitencia la cooperació. En todo caso, estos oficiales especializados que fabrican piezas para una manufactura no tienen un estatus similar al del artesano, quien fabrica sus propios productos y tiene sus propios clientes.

La segunda forma de la manufactura mencionada tiene su producto paradigmático en la aguja, que pasa por cerca de noventa fases o tareas especializadas. Al contrario que en el reloj, aquí se aglutinan oficios antes dispersos, se reúnen las fases de la producción. Con ello se reducen los tiempos muertos y se aumenta la productividad: es el “carácter cooperativo general de la manufactura”, nos dice Marx.

Como vemos, el problema de la producción capitalista es el de combinar la división del trabajo y la cooperación. A simple vista la división del trabajo separa las actividades, las distintas operaciones, incluso a los productores; separa en espacio y tiempo, y separa los productores; todo ello a primera vista. La cooperación, en cambio, tiende a unir a los productores, y a reunirlos en espacio y tiempo. Podríamos pensar, por tanto, que son dispositivos contrapuestos, que se dificultan; pero también pueden ser complementarios, que se posibilitan. Lo que sí queda claro es que contribuyen a maximizar la productividad; especialmente si puede neutralizarse el aislamiento que la división del trabajo implica entre las distintas fases de la producción. Por tanto, podemos ver la manufactura como una manera de resolveré esas disonancias, de conseguir la articulación de la máxima división del trabajo y la máxima cooperación. También la gran industria podemos verla así, como una alternativa más exitosa en la solución de ese reto; por eso acabaría imponiéndose a la manufactura. Pero ésta, en su momento, era lo mejor que se tenía a mano, y los resultados fueron muy satisfactorios. Como bien observa Marx, aprovechó bien el material que tenía a disposición e hizo avanzar la producción. El plusvalor también, pero sin olvidar la producción:

“De etapas sucesivas acopladas en el tiempo, los diversos procesos graduales del trabajo se convierten en otras tantas zonas yuxtapuestas en el espacio. Esto permite suministrar más mercancías acabadas en el mismo tiempo.Es cierto que aquella simultaneidad responde a la forma cooperativa general del proceso colectivo de trabajo, pero la manufactura no se limita a recoger y continuar las condiciones de la cooperación tal y como las encuentra, sino que en parte las creadesglosando el trabajo artesanal” [44].

Todo sistema económico es, sin duda, social; pero el capitalismo presentaba la producción social como determinación interna. Podemos pensar que la producción mercantil simple también era social, pues al fin todos habían de pasar por Mercado, el gran centro de socialización. Incluso la esfera de producción, individualizada y con profundo aislamiento, a medida que crecía la producción de mercancías –y la división de trabajo era en este lance su inseparable pareja de baile- cada vez se revelaba más contaminada de lo social: se producía pensando en Mercado, o sea, en las necesidades sociales. No obstante, aun siendo así, es obvio que ese modelo de producción era escasamente social en el proceso de trabajo, en la producción propiamente dicha.

Pues bien, el capitalismo, siendo una economía mercantil, con profunda división del trabajo, y por tan to con la correspondiente determinación social, añade un plus a este carácter social, el del proceso de trabajo. No sólo porque el trabajo asalariado es ya una relación social sino porque su modo de extracción del plustrabajo, mediante el plusvalor, sólo tiene sentido en una producción netamente social. Ya lo iremos viendo; aquí sólo estas menciones para recordar el carácter social intrínseco del capitalismo.

Se entiende, pues, que desde su origen acometiera estas tareas, empezando por intensificar la cooperación y la división del trabajo. Si el trabajo social implica la división del trabajo, hay que lograr el acoplamiento de los diversos trabajadores parciales para que no haya pérdidas de tiempo. Como la secuencia no puede ser rota, cada trabajador abastece al siguiente, de tal modo que se gana intensidad: todos han de producir al mismo ritmo, han de conseguir los tiempos medios de producción. La experiencia en la competencia se encarga de fijar el tiempo de trabajo necesario en cada proceso parcial y en el global: “el mecanismo total de la manufactura descansa sobre la premisa de que en un tiempo de trabajo dado se puede alcanzar un resultado dado” [45]. Pero todas esas exigencias, incluso las del tiempo medio, son determinaciones sociales:

“Es claro que esta dependencia inmediata de los trabajos y, por tanto, de los trabajadores entre sí, obliga a éstos a no invertir en su función más que el tiempo estrictamente necesario para realizarla, con lo que se origina una continuidad, una uniformidad, una regularidad, un orden y, sobre todo una intensidad de trabajo completamente distintas a las de los oficios independientes e incluso a las de la cooperación simple. En el régimen de producción de mercancías, la concurrencia impone como norma imperativa la de que en la fabricación de una mercancía no se invierta nunca más que el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, puesto que, para decirlo superficialmente, cada productor individual tiene que vender su mercancía a su precio de mercado. En la manufactura, la fabricación de una cantidad determinada de productos en un tiempo determinado llega a ser ley técnica del propio proceso de producción” [46].

Fijados los tiempos medios parciales, la división del trabajo en la manufactura establece la proporción de trabajadores de cada especialidad para que haya congruencia. De no ser así, unas especialidades producirían excesos y otras generarían escasez de piezas. “Este régimen desarrolla, a la par con la ramificación cualitativa, la regla cuantitativa y la proporcionalidad del proceso social del trabajo” [47], dice Marx.

La manufactura, sin duda, utiliza cierta maquinaria e instrumentos de trabajo; pero, sobre todo, nos dice Marx, es la misma manufactura como forma de producción la que se constituye en máquina: funciona como unidad organizada e impone al trabajador los movimientos y funciones. El dominio del cuerpo, seleccionando y serializando sus movimientos y posiciones, evitando todo gesto de más o de menos, es el anuncio de la expresión acabada del dominio técnico exhaustivo de la gran industria. Dominación que supone una radical enajenación, pues, aunque de forma elemental, ya no es el obrero quien mueve en función de sus habilidades los instrumentos: es la máquina manufacturera, en forma de “trabajador colectivo”, la que mueve al obrero, la que lo subordina y usa en función de su forma y ritmo. Nos dice:

“La maquinaria específica del período de la manufactura es, en realidad, el mismo obrero total, formado por combinación de muchos trabajadores parciales. Las diversas operaciones que ejecuta sucesiva o alternativamente el productor de una mercancía y que se articulan y enlazan en el conjunto de su proceso de trabajo, exigen de él diversas actividades. En unas tiene que desplegar más fuerza, en otras más habilidad, en otras mayor concentración mental, etc., cualidades que un mismo individuo no puede poseer en igual medida. Una vez que estas diversas operaciones se desglosan, se aíslan y adquieren independencia, los obreros se distribuyen, clasifican y agrupan con arreglo a sus cualidades predominantes. Si, por una parte, las peculiaridades naturales de los trabajadores son el tronco donde se injerta la división del trabajo, por otra, la manufactura, una vez instaurada, desarrolla fuerzas de trabajo que por naturaleza no sirve más que para funciones especiales y concretas. Ahora, el trabajador colectivo posee todas las cualidades productivas en el mismo grado de virtuosismo y las gasta, además, de la manera más económica, puesto que emplea todos sus órganos -individualizados en obreros o en grupos de obreros determinados-, única y exclusivamente para sus funciones específicas peculiares. La limitación y hasta la imperfección del obrero parcial son las que determinan su perfección como miembro o parte integrante del organismo obrero total. El hábito adquirido en el desempeño de una función aislada convierte al obrero en su órgano natural y seguro, a la par que su articulación con el mecanismo total le obliga a trabajar con la regularidad de una pieza de maquinaria” [48].

Nótese que no se trata aún de la sumisión a la máquina-instrumento; el obrero aún necesita virtuosismo, se le requiere dominar los instrumentos y máquinas aún sencillas; por tanto, aun prima su habilidad, que desaparecerá ante la gran máquina. No obstante, ya está radicalmente subordinado (en ritmo y movimientos) al del colectivo, a la cadena que no permite gestos individualizados que alteren, retrasen o interrumpan el proceso. El obrero colectivo funciona como una máquina, cuyas partes u órganos son los trabajadores individuales, cada una realizando una función particular; como estas funciones son distintas, unas simples y otras complejas, los órganos que las ejecutan tendrán distinto grado de formación, “razón por la cual éstos poseen valores muy diferentes”.

“De este modo, la manufactura va creando una jerarquía de fuerzas de trabajo, a la que corresponde una escala o gradación de salarios” [49].

Los efectos son evidentes: el obrero individual se ve acoplado de por vida a una función determinada y los distintos trabajos se ajustan a la amplia jerarquía de capacidades naturales y adquiridas. Los obreros quedan encuadrados y ordenados en oficios, en especial los peones (capacitados para, y dedicados a, las tareas más fáciles, generales y comunes) y los oficiales (especialistas en alguna operación parcial). O sea, la manufactura y el trabajador colectivo generan al mismo tiempo el especialista virtuoso, intensivamente formado, y el especialista sin especialidad, carente de toda formación. Y como efecto general relevante: la pérdida de valor de la fuerza de trabajo:

“La escala jerárquica del trabajo se combina con la división pura y simple de los obreros en obreros especializados y peones. Los gastos de educación de éstos desaparecen; los de los primeros disminuyen respecto al artesanado, al simplificarse sus funciones. El resultado, en ambos casos, es la disminución del valor de la fuerza de trabajo” [50].

Marx cita una excepción a esta tendencia a disminuir el valor de la fuerza de trabajo al pasar de la artesanía a la manufactura, a saber,

“Hay, sin embargo, una excepción, que se da cuando el desdoblamiento del proceso de trabajo crea nuevas funciones complejas, que no se daban o no podían darse con la misma extensión en la industria artesana. La desvaloración relativa de la fuerza de trabajocomo consecuencia de la desaparición o disminución de los gastos de aprendizaje, implica una mayor valorización del capital, pues todo lo que contribuye a reducir el tiempo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo prolonga el dominio del plustrabajo” [51].


3.3. Acabaremos esta reflexión poniendo en relación la división del trabajoen la manufactura y en la sociedad. Conviene mantener la distinción entre la división del trabajo en el taller manufacturero y la división social del trabajo, que se da fuera del taller, y que puede presentar muchas formas: por división en ramas o sectores, por cuestión de sexo, la que se da entre el campo y la ciudad, etc. En el taller los trabajadores producen las mismas mercancías, se relacionan como productores de partes de la misma; en la sociedad los productores se distinguen y se relacionan por sus mercancías distintas (ganado, curtidores, zapateros). En el taller rige el plan y la autoridad, que estructuran las relaciones y la jerarquía; en la sociedad, en el orden social, rige cierta anarquía.

Marx insiste en el carácter cualitativo de estas diferencias porque son las que caracterizan la producción capitalista: racionalidad estrecha en la unidad productiva y en su función e irracionalidad en la totalidad, por definición no planificada ni planificable. La división del trabajo en la manufactura es genuinamente capitalista, como lo es también la elevada cantidad mínima de capital necesario: la manufactura exige un creciente capital constante y variable. Y como lo es la dependencia del obrero del proceso concatenado que tiene lugar en el taller capitalista, donde aparece como mero accesorio, como “obrero individual mutilado”, dependiente, sujeto fácil de explotación refinada. Hay que recordar que en esta fase, dado que el obrero no es tan fiel y obediente como la máquina, la disciplina y la sumisión han de ser controladas desde fuera. Pero todo ello contrasta con el desorden y no racionalidad de la totalidad.

Un apartado especialmente relevante es éste en que Marx fija la relación entre la división del trabajo en la manufactura y ladivisión del trabajo en la sociedad. La división del trabajo dentro de la sociedad se refiere a la adscripción de los individuos a determinadas órbitas profesionales. En la familia o en la tribu se parte de una división natural del trabajo, basada en las diferencias de edades y de sexo, es decir, en causas puramente fisiológicas; pero al entrar éstas en contacto para el intercambio surge una nueva división, derivada de los distintos medios de producción y de sustento que encuentran en la naturaleza circundante. O sea, las comunidades de familias y tribus difieren en sus maneras de vivir y, por tanto, en las cosas que producen; de ahí el interés de entrar en contacto para el intercambio.

“No es el cambio el que crea la diferencia entre las varías esferas de la producción; lo que hace el cambio es relacionar estas esferas distintas las unas de las otras, convirtiéndolas así en ramas de una producción global de la sociedad unidas por lazos más o menos estrechos de interdependencia” [52].

Intercambian entre ellas porque producen de forma diferente cosas diferentes. La división social espontánea del trabajo es el resultado del cambio entre órbitas de producción originariamente distintas e independientes unas de otras. En el proceso, el intercambio acabará determinando la producción; y la división social se verá afectada.

“El fundamento de todo régimen de división del trabajo desarrollado y mediado por el intercambio de mercancías es la separación entre la ciudad y el campo[53].

El conflicto campo/ciudad es considerado por Marx clave en toda la historia económica. En la manufactura la división del trabajo presupone un importante número de obreros que trabajan en colaboración; en la sociedad la división del trabajo también presupone una cierta magnitud y densidad de población. Ambas formas de división del trabajo están coordinadas:

“Como la producción y la circulación de mercancías son la premisa de todo régimen capitalista de producción, la división manufacturera del trabajo requiere que la división del trabajo dentro de la sociedad haya alcanzado ya cierto grado de madurez. A su vez, la división del trabajo en la manufactura repercute en la división del trabajo dentro de la sociedad, y la impulsa y multiplica. Al diferenciarse los instrumentos de trabajo, se diferencian cada vez más las industrias que los producen” [54].

Así cerramos este capítulo, que nos ha servido ya para introducir el próximo, dedicado a la introducción a la máquina. Me gustaría que no se olvide la tesis de Marx: la “maquina” como forma de producción aparece antes que el instrumento-máquina; ya la encontramos en la cooperación y en la división del trabajo. Hasta el punto que la irrupción de la máquina-instrumento se nos revela como un perfeccionamiento o desarrollo de esa forma de producción. Tesis que no deja de ser inquietante, y que nos exige revisar el “antimaquinismo” que nuestra edad tecnológica ha infiltrado en nuestro ADN; y, de paso, el buenismo con que juzgamos la cooperación, sin osar pasarla por el crisol de la crítica.


J.M.Bermudo (2014)



[1] K. Marx, El Capital, Libro I, 350. (Seguiremos citando, como en las entregas anteriores, sobre la edición de M. Sacristán en Grijalbo)

[2] Ibid., 344.

[3] Ibid., 346.

[4] Ibid., 350.

[5] Ibid., 359.

[6] Ibid., 347.

[7] Ibid., 349.

[8] Ibid., 350.

[9] Este punto se estudia en el Libro III, Sección I.

[10] Ibid., 351.

[11] Ibid., 353.

[12] Ibid., 354-5.

[13] Ibid., 356.

[14] Ibid., 356.

[15] Ibid., 356.

[16] Ibid., 357.

[17] Ibid., 357-8.

[18] Ibid., 359.

[19] Ibid., 360.

[20] Ibid., 360.

[21] Ibid., 360.

[22] Ibid., 360.

[23] Ibid., 360.

[24] Ibid., 360-361.

[25] Ibid., 361.

[26] Ibid., 361.

[27] Ibid., 361.

[28] Ibid., 361.

[29] Ibid., 363.

[30] Ibid., 363.

[31] Ibid., 363-364.

[32] Ibid., 364.

[33] Ibid., 364.

[34] Ibid., 365.

[35] “Compromiso” no en sentido ético o solidario, sino meramente técnico: mantener el ritmo en una cadena seriada.

[36] Ibid., 366.

[37] Ibid., 366.

[38] Ibid., 366.

[39] Ibid., 367.

[40] Ibid., 368.

[41] Ibid., 368.

[42] Ibid., 369.

[43] Ibid., 369.

[44] Ibid., 371.

[45] Ibid., 372.

[46] Ibid., 372.

[47] Ibid., 372.

[48] Ibid., 376

[49] Ibid., 377.

[50] Ibid., 377.

[51] Ibid., 377-378.

[52] Ibid., 379.

[53] Ibid., 379.

[54] Ibid., 380.