LECTURA DE EL CAPITAL

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PLUSVALÍA, INTENSIDAD Y POTENCIA PRODUCTIVA. 


1.Precisiones sobre las formas de la plusvalía.

La Sección V, que versa sobre la “producción del plusvalor absoluto y relativo”, la componen tres capítulos, del XIV al XVI, donde se analizan sucesivamente las formas de conseguir el plusvalor relativo, la influencia en el mismo del precio de la fuerza de trabajo y su repercusión en la plusvalía, y, en el capítulo final,  las fórmulas en que se expresa la tasa de plusvalor. En realidad es un volver sobre temas ya tratados en un modelo analítico simple y adecuar ahora los conceptos a un modelo un poco más concreto, el genuinamente capitalista. En conjunto la sección persigue ahondar en la reflexión sobre el concepto de plusvalía y su relación con el de trabajo productivo, con especial atención a dos de los componentes de éste, la potencia y la intensidad del trabajo. Al fin, dar entrada en el análisis del trabajo productivo, una forma más determinada del trabajo, equivale a dar pasos en la concreción. Por tanto, a la vez que avanzamos en la clarificación de los conceptos y profundizamos en el funcionamiento del capital, aprovecharemos la lectura de esta sección para mostrar cómo Marx avanza en la configuración de un método y una ontología. En cuanto al método, veremos avanza de descripciones más generales y abstractas a otras más concretas, que en cierto modo niegan validez a las anteriores aunque las exigen como momentos analíticos del conocimiento; en cuanto a la ontología, mostraremos que los conceptos, y la realidad que representan, se mueven y desplazan en el desarrollo analítico: la realidad se mueve con el movimiento de su representación conceptual. Pasemos a verlo más de cerca.


1.1. Centremos la atención en el trabajo productivo. En el Capítulo V Marx había descrito el proceso productivo de forma abstracta y simple; era tan consciente de ello que en nota a pie de página advertía, de todos modos, que aquel modelo no servía propiamente para la producción capitalista. Ahora, en el Capítulo XIV, con mucho camino hecho, retoma el tema para redescribir con mayor complejidad el proceso productivo capitalista y acuñar un concepto más adecuado y específico del mismo. La primera clave de la revisión por Marx del concepto de trabajo productivo está en que, a efecto del análisis simple y abstracto, se ha considerado el trabajo como una actividad individual, cosa no apropiada para el trabajo capitalista, que ha sido establecido como “trabajo social”, como hemos visto en la Sección IV. Efectivamente, en el trabajo individual el cerebro del trabajador vigila la máquina de su cuerpo, sus brazos y músculos; en dicho proceso individual actúan a la vez el trabajo mental y el trabajo manual. En cambio, en el trabajo capitalista ambos se disocian y enfrentan, “estos dos factores se divorcian hasta enfrentarse como factores antagónicos y hostiles”, dice Marx. Y ello es así porque el trabajo ha devenido social y el obrero parte de un trabajador colectivo:

“El producto, antes fruto directo del productor individual, se transforma en general en el producto colectivo de un personal combinado de trabajo, cuyos miembros tienen una intervención más o menos directa en el manejo del objeto sobre el que recae el trabajo” [1].

Nótese que de nuevo estamos ante los efectos de la socialización, y que es ésta la base de esa escisión y enfrentamiento; el trabajo mental y el manual, hasta entonces unidos e identificados, con la socialización se escinden y enfrentan. Y este enfrentamiento tiene consecuencias muy importantes que obliga a revisar el concepto de “trabajo productivo”, y por tanto también el de “plusvalía”. Con la cooperación, la división del trabajo y la máquina, las diversas figuras de la socialización, los elementos productivos se transforman y las categorías ensanchan su campo semántico: el “trabajo productivo” ya no es sólo el que produce directa e inmediatamente mercancías; y el “obrero” ya no es sólo quien usa las herramientas, quien realiza la actividad material; con el trabajador colectivo, con el trabajador social, aparece un nuevo concepto de trabajo productivo:

“Para trabajar productivamente ahora ya no es necesario hacerlo directa y personalmente; basta con ser órgano del obrero global, con ejecutar cualquiera de sus funciones parciales” [2].

Es decir, como miembros de un cuerpo social orgánico, cada uno participa de la función y eminencia del conjunto. La definición de trabajo productivo del Capítulo V, pensada para el trabajador individual, sigue siendo válida ahora aplicada al trabajador colectivo, pero no al individual; ahora el “individuo”, el sujeto, es el trabajador social. Para determinar si un trabajador individual incluso en un sujeto social es productivo hay que revisar el concepto: en el capitalismo un trabajador individualizado es productivo si participa en un proceso colectivo productivo, si forma parte de un trabajador colectivo. No importa si individualizadamente produce o no mercancías; lo que cuenta es que pertenezca a un sujeto colectivo que sí las produce.

Pero este análisis aún es excesivamente abstracto, hemos de determinarlo más. Para ello, y ésta es la segunda clave de la reformulación marxiana del concepto de trabajo productivo, hemos de concretar más el concepto de “producción”. Cuando hablamos de producción en general nos referimos espontáneamente a la producción de mercancías, de objetos materiales, que es lo que tienen de común todas las formas de producción; por ello, aunque nos estemos refiriendo a la producción capitalista, automáticamente seguimos usando ese concepto de producción de mercancías. Pero, como ya sabemos, en la producción capitalista se producen mercancías (valores de uso), ciertamente, pero también valor y plusvalor; por tanto, conceptualmente hay que distinguir dos formas de ser “productivo” un proceso, en tanto producción de mercancías y en tanto producción de valor; y, en correspondencia, cuando nos referimos a la fuerza de trabajo, al trabajador, a su pesar tiene dos maneras de ser productivo, en relación a su intervención en cada uno de ellos; todo sin olvidar que, para el capitalista, el capital y sus elementos son realmente productivos en este segundo aspecto, en tanto producen plusvalor. El trabajador, individual o colectivo, es productivo si, además de mercancías, produce plusvalor.

La producción de plusvalor es una determinación esencial de la productividad capitalista; la producción de mercancías es sólo instrumental para el capital, una condición necesaria, pero en modo alguno suficiente. Si el capital pudiera producir plusvalor sin producir mercancías, estaría en la gloria; produce aquellas para poder producir plusvalor. En consecuencia, desde el punto de vista del capital el obrero es productivo si produce plusvalor. Nótese bien, el obrero no produce para sí mismo, sino para el capital; para ser productivo en el capitalismo no basta con producir valor de uso para sí y para la sociedad, hay que producir plusvalor. Como dice Marx,

Sólo es productivo el trabajador que produce plusvalor para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital” [3].

Productivo es el trabajador en la fábrica, pero también lo es quien de una u otra forma hace posible, agiliza, facilita o contribuye a la revalorización del capital. Y pone el ejemplo del maestro de escuela como miembro del “obrero productivo” en la medida en que “además de moldear las cabezas de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono”, en la medida en que además de educar, forjar el carácter, formar hombres con conciencia y corazón, les instruye y cualifica su fuerza de trabajo para engordar al patrón. En esta línea, el propio proceso de enseñanza, la escuela privada, al menos en esta segunda función de cualificar la fuerza de trabajo, ha de ser considerada como una unidad productiva capitalista:

“Que este último haya invertido su capital en una fábrica de enseñanza en vez de hacerlo en una fábrica de embutidos, no altera en nada la relación” [4].

Podríamos preguntar, ¿y la escuela pública? Marx no se hace la pregunta y, por tanto, nos priva de la respuesta. Pero no es difícil entender que la escuela pública en el capitalismo cumple la misma función básica que la privada; por tanto, si nosotros generalizamos la socialización y pensamos la producción social como producción de un solo sujeto colectivo, de la “clase trabajadora”, se esclarece el concepto: cada escuela es miembro de esa producción social de clase. Y será productiva en tanto la producción social lo sea. Por eso escuchamos con frecuencia la necesidad de reformar la escuela o la Universidad para… su participación eficiente en la productividad. Otra cosa es que la formación social imaginaria no sea capitalista, sino, por ejemplo, socialista; aquí la productividad del trabajo en general, y de la escuela, responde a otros criterios y determinaciones.

Marx deja bien claro que el concepto del trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre la actividad y el producto útil de ésta, entre el obrero y el producto de su trabajo; el trabajo productivo en el capitalismo lleva implícita una relación de producción específicamente social e históricamente dada. Esa relación no es otra que el devenir del obrero un instrumento directo de valorización del capital; cualquier conducta o función humana que de una u otra forma participe en ese proceso de valorización hace de la misma una tarea productiva y de su agente un trabajador productivo. Hasta el punto de que ser trabajador productivo, lejos de ser un mérito, es una maldición; “no es precisamente una dicha, sino una desgracia”, dice Marx.


1.2. Claro, cuando el análisis cambia el nivel de abstracción casi todos los conceptos han de ser redefinidos; y, en el tema en que estamos, del trabajo productivo, el más importante es el de plusvalor. Si ser productivo es producir plusvalor, conviene ahora revisar este concepto de plusvalor, en sus dos variantes, absoluto y relativo. Bien mirado, nos dice Marx, la historia de la teoría de la plusvalía (que promete estudiar en el libro IV) pone siempre en relación trabajo productivo y plusvalía, variando la idea de aquél en función de ésta. Los fisiócratas consideraban que sólo era productivo el trabajo agrícola, porque a su juicio sólo este trabajo creaba plusvalía. “Así, los fisiócratas consideraban que sólo era productivo el trabajo agrícola, porque sólo éste proporcionaría un plusvalor. Pero para los fisiócratas el plusvalor existía exclusivamente bajo la forma de renta de la tierra” [5], nos dice.

Ya sabemos que para Marx la plusvalía absoluta refiere a la jornada de trabajo, se consigue haciendo que esta jornada sea más extensa que el tiempo necesario para que el trabajador produzca un valor igual a su salario, tendiendo éste a ser el valor de reproducción de la fuerza de trabajo. Por eso Marx dice que la plusvalía absoluta es la base de la plusvalía relativa, ya que divide la jornada de trabajo en dos tiempos, el de trabajo necesario y el de trabajo excedente o plustrabajo. Sobre esa base, y como esfuerzo por cambiar la proporción entre tn y te, aparece el juego de la plusvalía relativa. Ésta, por esencia insaciable, “revoluciona desde los cimientos de arriba abajo los procesos técnicos del trabajo y los grupos sociales” [6]. O sea, para Marx la plusvalía relativa “supone un régimen de producción específicamente capitalista”; y a la inversa, la lucha por la plusvalía relativa es la esencia del capitalismo; la plusvalía relativa identifica al capitalismo.

Ahora bien, podríamos decir, si como dice Marx la plusvalía absoluta es la base de la plusvalía relativa, también debería ser aquella específica del capitalismo. Y, en rigor conceptual, dado que la pensamos como apropiación del plustrabajo, y éste como tiempo de trabajo excedente, como parte de una jornada de trabajo fijada en un contrato, la plusvalía absoluta se revela efectivamente como una relación capitalista, específica al capitalismo. En el análisis nos aparece como una forma específica de apropiación del trabajo, de explotación, inconfundible cualitativa y formalmente con las existentes en otros modos de producción. Puede cuestionarse la esencia capitalista de la plusvalía absoluta en una mirada grosera, atenta sólo a los resultados finales, donde lo que cuenta y aparece es la apropiación por unos del producto del trabajo de otros; ante esa mirada tosca, que invisibiliza la forma, el camino hasta el resultado final, se esconde que en el capitalismo, y sólo en este modo de producción, la apropiación del producto del trabajo se hace vía apropiación del plustrabajo de otros, y que estos otros han de ser por ello trabajadores asalariados, determinados contractualmente; un camino muy distinto al que aparece en la explotación bajo relaciones de servidumbre, donde media la fuerza, “por coacción directa”, por intervención de instancias exteriores a la esfera productiva.

Marx habla, ciertamente, de “formas intermedias” de apropiación del trabajo, en las cuales “la plusvalía no le es arrancada al productor por la coacción directa, ni brota tampoco de la subsunción formal del obrero al capital. En rigor, en condiciones de coacción directa no debería hablarse de extracción de plusvalía, sino simplemente de extracción trabajo o de producto del trabajo, según el caso; en cuanto a la otra vía, la de la subsunción formal, es para Marx la vía capitalista, como enseguida veremos. Entonces, ¿cuáles son esas “formas intermedias” en cuestión? Marx se refiere a una fase de transición, en que el capital, ya presente, aún no sería hegemónico, pues no se ha adueñado todavía directamente del proceso de trabajo” [7]. Con ello es fiel a su idea de que el capitalismo ha de nacer en el interior de formas de producción previas, generado en ellas desde la inmanencia y desarrollado bajo relaciones contradictorias y de resistencia. Creo que podemos añadir que el capitalismo nace y debe nacer subsumido en esas formas entonces dominantes, y en lucha por la hegemonía. Así tiene sentido esa observación ligera, de pasada, que hace Marx al narrar que las formas intermedias están presentes cuando aún no ha surgido la “subsunción formal” del trabajo. En la génesis, esa transición tiene su substancia y su especificidad: en ella persisten las viejas formas coercitivas de extracción del trabajo y ya están presentes las nuevas, ya se ha abierto la vía de la plusvalía, que compite entre las otras; pero las relaciones constituyentes de la vía de la plusvalía nacen y se desarrollan subsumidas en el antiguo régimen de producción; de ahí ese carácter de “formas intermedias”, que designarían la apropiación de plusvalía (ya puede hablarse de plusvalía) bajo formas inaugurales, poco desarrolladas, de la misma.

Marx ejemplifica esas formas en dos figuras a caballo de los dos mundos, del feudal y el capitalista; dos figuras presentes en ambos, afectadas en cada caso por determinaciones específicas, por subsunciones específicas; dos figuras, al fin, que son las protagonistas de la transición, pues sobre sus cuerpos se da la batalla entre lo viejo y lo nuevo, sobre sus espaldas cabalga esa acumulación primitiva que hará posible la aparición y afianzamiento del capital. Estas dos figuras características de esa transición, expresión paradigmática de las formas intermedias de apropiación del trabajo, son subjetivamente el usurero y el comerciante, y objetivamente “el capital usurario y el capital comercial”. Dos figuras que ayer constituyeron las condiciones de posibilidad de la entrada en escena del capital, y hoy, en el presente marxiano, ya son, y así las llama, “formas parasitarias” del mismo; ayer eran condiciones de posibilidad y hoy obstáculos ominosos. Tan parasitarias se han vuelto que llega a decir que donde esas figuras dominan no arraiga el capitalismo, no crece el capital productivo. Dos figuras que simbolizan el tránsito y la resistencia, como toda forma social subsumida, a la vez condición de posibilidad y reacción ante la nueva forma hegemónica:

“El predominio de esta forma de explotación en una sociedad excluye el modo capitalista de producción, aunque, como en la Baja Edad Media, puede servir de transición hacia el mismo” [8].

Por lo tanto, aun reconociendo la ambigüedad de esas “formas intermedias” de apropiación del trabajo, creo que Marx apunta a considerar la plusvalía, en sus dos formas, absoluta y relativa, como específicas del capitalismo e identificadoras del mismo. Sólo con laxitud y viéndolas retrospectivamente como gérmenes de sus formas desarrolladas, cuando ya estamos instalados en éstas, pueden pensarse la apropiación bajo relaciones de servidumbre, o de la economía gremial, o en la aparcería, etc., como “formas intermedias” de la plusvalía; por tanto, incluso en su forma absoluta, la plusvalía es una figura específica del capitalismo. En todo caso, Marx tiene motivos para fijar la plusvalía relativa como la forma de explotación genuina capitalista, absolutamente inédita en otros modos de producción; y ello porque presupone la “subsunción formal” del trabajo en el capital –es decir, la conversión del obrero en asalariado, en capital variable; y, en esta misma perspectiva, desde este mismo concepto, la plusvalía absoluta también presupone la subsunción formal, es decir, la presencia de esa forma del capital que determina la figura del asalariado como medio único y propio de apropiación del trabajo, de creación del plusvalor.

En este nuevo nivel de análisis, pues, Marx reconoce y enfatiza que lo más genuino del trabajo capitalista pasa por la “subsunción formal” del trabajo al capital, expresión de la “subsunción real del obrero al capitalista”. Hay modos de producción en que el trabajo se arranca por la fuerza, por la coacción directa; otras veces como hemos visto, se dan modos intermedios entre la violencia y la “subsunción formal”, cosa que ocurre cuando, en sistemas donde abundan los productores independientes (artesanos, aparceros…), “aparecen, chupando parasitariamente sus energías, el usurero o el comerciante, el capital usurario o el capital comercial”. La “subsunción formal” del trabajo asalariado en el capital, que permite la apropiación no violenta de plusvalía, que oculta el hecho mismo de la apropiación al presentarse el capital como fuente de valor, es lo específicamente capitalista; es la forma propia del trabajo asalariado. Y en ella caben –son posibles y necesarias- las dos formas de plusvalor, el absoluto y el relativo.

Pero, claro está, plusvalor absoluto y relativo son dos formas de la explotación capitalista, y dos formas tan estrechamente relacionadas que no pueden pensarse separadas, que pueden incluso identificarse. Con frecuencia Marx, y nosotros hemos insistido en ello, pone la plusvalía relativa en el puesto de mando; al fin, de ella depende incluso la determinación exterior de la jornada que juega en la plusvalía absoluta. Ahora bien, esta asimetría es en parte efecto del análisis: cuando éste abstrae la lucha por el plusvalor en la fábrica, ciertamente la plusvalía relativa gana presencia e importancia; pero hay otros niveles de análisis en los que la plusvalía absoluta gana hegemonía, como ocurre en la gran industria, y en general en la universalización de la producción tecnológica. Dice Marx:

“la prolongación desmesurada de la jornada laboral se presenta como el producto más genuino de la gran industria. En general, no bien se apodera totalmente de un ramo de la producción, y aún más cuando se ha adueñado de todos los ramos de producción decisivos, el modo de producción específicamente capitalista deja de ser un simple medio para la producción del plusvalor relativo. Se convierte ahora en la forma general, socialmente dominante del proceso de producción. Como método particular para la producción de plusvalor relativo únicamente opera: primero, en tanto se apodera de industrias que hasta entonces sólo estaban subordinadas formalmente al capital, esto es, en su propagación; segundo, en tanto los cambios en los métodos de producción revolucionan continuamente las industrias que ya habían caído en su órbita” [9].

O sea, cuando la producción tecnológica, y hoy diríamos robótica, se ha universalizado, cuando las fuerzas productivas ya han desplegado su mayor potencia, en una rama o en todas ellas, la lucha por la plusvalía pierde eficacia como lucha por la productividad, montada fundamentalmente sobre la vía del desarrollo de las fuerzas productivas (vía de la plusvalía relativa) y gana en presencia la lucha por el incremento de la jornada (vía de la plusvalía absoluta). Observación muy atractiva, que Marx tal vez basó en que veía próximo –humano anacronismo histórico- el final del desarrollo de los medios de trabajo, situado en la generación de la máquina autómata, a partir de cuyo momento la productividad derivada de la maquinización se uniformizaría; obviamente, se trataba de una ilusión histórica, que a nosotros se nos oculta porque seguimos viendo un amplio horizonte de expansión tecnológica ante nuestros ojos, pero que, pongamos su momento en el tiempo próximo o remoto, y su causa en el interior o el exterior de la producción (ejemplo de las reservas finitas del planeta), hemos de contemplarlo imaginariamente en el horizonte, pues antes de que ese momento sea actual, efectivo, hará su aparición en formas germinales.

No es trivial la resistencia del capital a disminuir la jornada de ocho horas, vigente desde hace más o menos un siglo, a pesar del enorme desarrollo tecnológico en ese tiempo; en cambio, el medio siglo anterior, a caballo de la revolución industrial, se pasó de doce a ocho, aproximadamente. Entonces la plusvalía relativa ganaba espacio a la absoluta en la reproducción y valorización del capital; hoy, a pesar del enorme desarrollo de las fuerzas productivas, de estar ya en la revolución “cognitiva” de los medios de producción, el capital no confía en esa compensación y se aferra a mantener la jornada de trabajo; e incluso, puntualmente, da signos de necesitar una involución.

En todo caso, conscientes ya de que ambas formas de plusvalía pueden variar en presencia, entendemos que Marx señale que este hecho lleva a confusiones, que comprenda que hasta cierto punto “la distinción entre plusvalía absoluta y relativa puede parecer puramente ilusoria”. Al fin, razona, la plusvalía relativa es absoluta en la medida en que afecta a la “prolongación absoluta de la jornada de trabajo” una vez cubierto el tiempo de trabajo necesario. Y la plusvalía absoluta es, a su vez, relativa en cuanto “se traduce en un desarrollo de la productividad del trabajo, que permite limitar el tiempo de trabajo necesario a una parte de la jornada” [10]. Pero, claro está, esa confusión entre ambas formas de plusvalor es eso, una confusión, que habría de ser sólo momentánea y efecto del enfoque estático. La confusión al identificarlas desaparece en un enfoque dinámico, diacrónico; se aprecia en el capitalismo, donde la plusvalía muestra su escisión en absoluta y relativa tan pronto como se intenta ampliar la cuota:

“Dados la fuerza productiva del trabajo y su grado normal de intensidad, sólo es posible aumentar la tasa del plusvalor por medio de la prolongación absoluta de la jornada laboral, por otra parte, dados los límites de la jornada laboral, sólo es posible aumentar la tasa del plusvalor por medio del cambio relativo de las magnitudes de sus componentes, el trabajo necesario y el plustrabajo, lo que a su vez, si el salario no ha de descender por debajo del valor de la fuerza de trabajo, presupone un cambio en la productividad o intensidad del trabajo. Si el trabajador necesita todo su tiempo para producir los medios de subsistencia imprescindibles para el sustento de sí mismo y de su prole, no le quedará ningún tiempo para trabajar gratuitamente en beneficio de terceros. Sin que se haya alcanzado cierto grado de productividad en el trabajo no habrá tal tiempo disponible para el trabajador: sin ese tiempo sobrante no habrá plustrabajo ni, por tanto, clase capitalista alguna. Cierto elevado nivel de la productividad del trabajo, pues, es en general una condición para la existencia de la producción capitalista, así como de todos los modos de producción anteriores en los que una parte de la sociedad no trabajaba solamente para sí misma, sino también para los demás” [11].


1.3. En este contexto tiene sentido la pregunta que se hace Marx sobre el origen del plusvalor; más en concreto, sobre si existe una “base natural del plusvalor”; es decir, las preguntas ¿es la producción de plusvalor algo intrínseco a cualquier forma productiva?; ¿es propio de unas condiciones naturales específicas?; o ¿entran en juego las condiciones históricas y sociales? Marx huye de posiciones reduccionistas; ya sabe que la realidad es compleja y que las reducciones, comprensibles como fases del análisis, han de dar paso, al final de éste, a una representación “dialéctica” de la misma, que reproduzca la complejidad de relaciones aisladas en los momentos del análisis. Reconoce que, ciertamente, hay condiciones naturales de producción más benignas que otras, que favorecen en cantidad y calidad el producto; pero enseguida precisa que dicha benignidad o bondad natural no es una determinación fuerte, sino más bien una ocasión que brinda la oportunidad, que determina la posibilidad, pero nunca la efectividad, la necesidad, en fin, la “realidad”, del plustrabajo. La benignidad natural del clima y la geografía, por ejemplo, concede al hombre la posibilidad de mayor tiempo libre, pero nada más que una posibilidad abstracta. Cree que la experiencia avala esta tesis, pues no es precisamente el clima tropical la patria del capital, que si no está allí, si no ha escogido ese lugar, es porque no es en sí mismo el idóneo; prueba de ello es que prefiere instalarse en la zona templada. Tampoco su paraíso está allí donde el suelo posee mayor “fertilidad absoluta”, sino en aquellos lugares donde “la diferenciación y la diversidad de sus productos naturales” es abundante. Y, como de pasada, menciona que es precisamente la diversidad de productos presentes en esos lugares la base, el fundamento natural, de la división social del trabajo; insinuando que por esa diversidad son los lugares preferidos por el capital. Es esa diversidad el factor que condiciona que en países diferentes “la misma masa de trabajo satisfaga diferentes masas de necesidades” y, por tanto, que el tiempo de trabajo necesario sea diferente. Concluye, por tanto, que pensar una “base natural” de la plusvalía es una idea extravagante y ahistórica; esa base hay que buscarla en la organización social, o sea, en la socialización, comenzando por una de sus formas más simples, la división del trabajo:

“Sólo después que los hombres se han levantado, a fuerza de trabajo, de su primitivo estado animal, sólo cuando su trabajo, pues, se ha socializado hasta cierto punto, aparecen las circunstancias bajo las cuales el plustrabajo del uno se convierte en condición de la existencia del otro. En los albores de la civilización las fuerzas productivas adquiridas por el trabajo son exiguas, pero también lo son las necesidades, que se desarrollan con los medios empleados para su satisfacción y junto a ellos. En esos comienzos, además, la proporción de los sectores de la sociedad que viven de trabajo ajeno es insignificantemente pequeña frente a la masa de los productores directos. Con el progreso de la fuerza productiva social del trabajo, esa proporción aumenta tanto en términos absolutos como relativos. La relación capitalista, por lo demás, brota en un terreno económico que es el producto de un largo proceso de desarrollo. La productividad alcanzada por el trabajo, en la que se funda a aquella relación, no es un don de la naturaleza sino de la historia” [12].

El capitalismo es resultado de un largo proceso evolutivo; sólo nace una vez conseguido un cierto nivel de productividad, y ésta no es una donación natural gratuita y espontánea. Esa productividad, aunque esté ligada a ciertas “condiciones naturales” (la raza, el clima, el medio), es sin duda un resultado de la historia; cuanto más se desarrollen los medios de producción menos cuentan las condiciones naturales en el resultado final. En una primera fase de la evolución pesaban más los “medios de vida”, las riquezas naturales; pero enseguida ganarían peso los “medios de trabajo”; la feracidad del suelo es poco a poco desplazada por la creciente importancia de los ríos navegables, la extracción del carbón, el trabajo de los metales y la madera… La posibilidad del capitalismo aparece cuando el tiempo de trabajo necesario se acorta, cierto, pero no tanto porque la población tenga pocas necesidades, ni siquiera por disponer de un medio ambiente generoso para satisfacerlas con facilidad, sino particularmente por el desarrollo de los medios de trabajo, y de las fuerzas productivas en general. El mayor tiempo libre que un medio natural pródigo permite es la condición de posibilidad de la productividad del trabajo, pero no una necesidad absoluta, no basta para el surgimiento del capitalismo. Marx recoge esta cita de Diodoro sobre la vida en Egipto:

“Es totalmente increíble cuán poco esfuerzo y gastos les exige la crianza de sus hijos. Les preparan cualquier comida sencilla que tienen a mano; también les dan a comer la parte inferior de la planta del papiro, cuando la pueden tostar, y raíces y tallos de plantas de pantanos, en parte crudas, en parte cocidas y fritas. El aire es tan suave, que la mayor parte de los niños andan descalzos y desnudos. Por eso un niño no les cuesta en total a sus padres, hasta que llega a ser adulto, más de veinte dracmas. Es ésta la razón principal de que en Egipto la población sea tan numerosa, y por eso pudieron construirse tantas grandes obras” [13].

Vemos que, de entrada, se reconoce la importancia del medio ambiente en el acortamiento del tiempo de trabajo necesario para sobrevivir; pero enseguida muestra que esa condición abstracta es insuficiente para dar cuenta de la aparición del capitalismo. Es obvio que el aumento del tiempo libre puede ser usado para diversas tareas y bajo distintas relaciones; por ejemplo, en Egipto se usó para las grandes obras públicas, que fueron posibles gracias a ese enorme tiempo de trabajo excedente liberado por la feracidad que proporcionaba el Nilo, es decir, gracias a la gran masa de población que podía sustraerse al trabajo colectivo. Pero este mismo argumento deja ver que la relación entre el trabajo necesario y el excedente varían con las condiciones más o menos propicias del medio biológico, y que esa fuerza de trabajo excedente es susceptible de diversos usos y finalidades:

“Así como el trabajador individual puede suministrar tanto más plustrabajo cuanto menor sea su tiempo de trabajo necesario, así, también, cuanto menor sea la parte de la población trabajadora requerida para la producción de los medios de subsistencia necesarios, tanto mayor será la parte disponible para otro tipo de trabajo. Una vez presupuesta la producción capitalista, y si las demás circunstancias se mantienen iguales y la jornada laboral tiene una extensión dada, la magnitud del plustrabajo variará con las condiciones naturales del trabajo, y en especial con la fertilidad del suelo” [14].

Rechazando cualquier reduccionismo ontológico, Marx sostiene que el suelo más fructífero no es necesariamente el más adecuado para el desarrollo del capitalismo; ni siquiera el tiempo libre, el crecimiento del tiempo de trabajo excedente (si es que se puede hablar con estos conceptos fuera del capitalismo), fundamental en cuanto determina la posibilidad, garantiza o impone la necesidad del capitalismo. Contrafácticamente, insiste Marx, se ve fácilmente que los hechos imponen reconocer que el capitalismo ha encontrado su “lugar natural” en la zona templada, no en la climática o morfológicamente más favorable; incluso puede apreciarse que las facilidades que aporta el medio natural con frecuencia devienen obstáculos naturales:

“Éste supone el dominio del hombre sobre la naturaleza. Una naturaleza demasiado pródiga “lo lleva de la mano como a un niño en andadores. No convierte al desarrollo del hombre mismo en necesidad natural. 4 No es el clima tropical, con su vegetación lujuriante, la patria del capital, sino la zona templada. No es la fertilidad absoluta del suelo, sino su diferenciación, la diversidad de sus productos naturales, lo que constituye el fundamento natural de la división social del trabajo y acicatea al hombre, mediante el cambio de las circunstancias naturales en que vive, para que diversifique sus propias necesidades, facultades, medios de trabajo y modos de trabajar. Es la necesidad de controlar socialmente una fuerza natural, de economizarla, de apropiarse de ella o de dominarla en gran escala mediante obras de la mano humana, lo que desempeña el más decisivo de los papeles en la historia de la industria” [15].

La bondad de las condiciones naturales sólo pone la posibilidad (nunca la necesidad, la realidad, del trabajo excedente) de la plusvalía, del plusproducto. La necesidad, la efectividad, es puesta como ya hemos dicho por la “diversidad de las condiciones naturales del trabajo”, por la diversidad de necesidades, que a su vez hace necesario y posible el intercambio. La generosidad del medio sólo actúa sobre el “trabajo excedente” como frontera natural a partir de la cual ya es posible (rentable) trabajar para otros. Y esa barrera no viene dada por la naturaleza, aunque lo parezca:

“En la misma medida en que la industria avanza, esa barrera natural retrocede. En plena sociedad europea occidental, en la cual el obrero sólo puede comprar con plustrabajo el permiso de trabajar por su propia existencia, es fácil imaginar que una cualidad innata del trabajo humano es la de suministrar un plusproducto” [16].

La verdad es otra. La verdad es que la más generosa naturaleza sólo proporciona mucho “tiempo libre”, dice Marx. Pero el empleo de este tiempo productivamente en su provecho requiere una larga serie de condiciones históricas; y “para que emplee productivamente ese tiempo en beneficio suyo se requiere toda una serie de circunstancias históricas; para que lo gaste en plustrabajo destinado a extraños, es necesaria la coerción exterior” [17]. La naturaleza puede acortar el tiempo de trabajo necesario para la reproducción, pero la aparición del trabajo excedente no es nada innato ni natural. Sólo puede hablarse de trabajo excedente en el marco conceptual de la economía capitalista, como componente de la jornada de trabajo en contradicción con el trabajo necesario; el análisis tiene estos efectos negativos, que invisibiliza la realidad al no poder tomar la totalidad como objeto del análisis. Por ejemplo, en toda esta reflexión Marx plantea el tema del origen de la plusvalía en el marco epistemológico de una evolución natural de la producción, sin dar entrada –y no porque lo ignore- al factor de la violencia social; no aparece lo que él considera una condición sine qua non del capitalismo, a saber, la expropiación de la clase trabajadora de sus medios de producción. Y, claro está, en algún momento habrá que introducir esta determinación, y redescribir este juego de relaciones. Pero no somos dioses, no ejercemos de entendimiento divino, y nuestra razón analítica tiene estas limitaciones; ya llegará el momento de introducir los factores exteriores que están en el origen del capitalismo. Aquí ya lo insinúa Marx al decir que sólo el capitalismo fuerza a pensar como natural la violencia histórica que encierra el trabajo asalariado:

“Así como en el caso de las fuerzas productivas históricamente desarrolladas, sociales, las fuerzas productivas del trabajo condicionadas naturalmente aparecen como fuerzas productivas del capital al que aquél se ha incorporado” [18].


2.Plusvalía y precio de la fuerza de trabajo.

Marx se propone ahora una serie de objetivos muy importante por sus efectos políticos; y lo hace enfrentándose a las posiciones de Mr. Ricardo, gendarme de la ortodoxia clásica, pero también frente al sentido común, que ya sabemos que no siempre es la cosa mejor repartida del mundo (en eso se parece al capital, que gusta de las máscaras). Entra así en un aspecto muy técnico del discurso, pero que no deja de tener interés ontológico, pues, se trata de redefinir los conceptos de la ciencia económica para adaptarlos al discurso marxiano. Marx ya ha hecho el recorrido tutelado por la ciencia económica clásica, y ya ha practicado su momento de rebeldía crítica en los diversos manuscritos preparatorios, y ahora se encuentra en posición de fijar esos desplazamientos conceptuales, que parecen pocos e insignificantes, pero que constituyen su gran aportación a la comprensión de la producción capitalista; y, claro está, a la ontología social que necesita ir instituyendo, exigida por la coherencia de la nueva representación de la vida del capital.


2.1. Esta tarea la aborda Marx en el Capítulo XV. El primer reto es, nada más y nada menos, que mostrar que es posible la subida del salario real (valor de la fuerza de trabajo) al mismo tiempo que la tasa de plusvalía; o sea, frente a la conciencia común, que los obreros mejor pagados pueden, y suelen, estar soportando tasas de explotación más leoninas. Lo que implica en la teoría reconocer que la tasa de explotación no guarda relación directa e inmediata con la miseria material de los trabajadores.

Para anticipar la idea que subyace a este problema teórico, esta tesis se cumplirá si, aunque la fuerza de trabajo disminuya en términos relativos al valor del producto (producto-valor), bajan los precios de los medios de vida (medios de consumo personal). O sea, si el valor de la fuerza de trabajo permanece constante en términos absolutos, pero baja en proporción al producto valor, por haber crecido la tasa de explotación, entonces es posible un salario real creciente. Intuitivamente, aunque un salario baje en valor nominal, si bajan más los medios de vida, resulta un salario real más positivo; es el problema diario entre el movimiento de los salarios y el del coste la vida. Veamos cómo aborda el análisis.

La reflexión ha de partir de la tarea de profundizar en el concepto de valor de la fuerza de trabajo. Marx mantiene su definición del valor de ésta como el de los medios de vida necesarios para reproducirla, en general, para sobrevivir. Para facilitar el análisis, el valor de los medios de vida pueden considerarse estables “dentro de una época y de una sociedad determinadas, como un factor dado, y por tanto como una magnitud constante”; pero no se evita que aparezcan algunos problemas complejos relacionados con la fijación del precio.

De entrada, nos dice, se aparcan, se mantienen ignorados en este momento de la investigación dos factores que tienen su efecto en el valor de la fuerza de trabajo, sus “costes de desarrollo”, que varían con el modo de producción, y su “diferencia de naturaleza”, según que se trate de trabajo masculino o femenino, maduro o incipiente. Dejando estas cuestiones en stand-by, Marx asume dos supuestos teóricos: que “las mercancías se venden por su valor” (las mercancías que constituyen los medios de vida) y que “el precio de la fuerza de trabajo, aunque ocasionalmente suba por encima de su valor, nunca desciende por debajo del mismo” [19]. Con esos dos supuestos, las magnitudes de valor de la fuerza de trabajo dependen de tres circunstancias: 1° de la duración de la jornada de trabajo o magnitud del trabajo en cuanto a su extensión; 2° de la intensidad normal de trabajo o magnitud intensiva de éste, o sea, inversión de una determinada cantidad de trabajo en un determinado espacio de tiempo; 3°, por último, de la fuerza productiva del trabajo, puesto que, según el grado de desarrollo de las condiciones de producción, la misma cantidad de trabajo puede dar por resultado en el mismo espacio de tiempo una cantidad mayor o menor de productos [20].

Hagamos una clarificación conceptual. Para no separarnos mucho del significado usual, llamaremos “productividad” a la relación de valor entre el producto y los medios de producción; como entre éstos están la fuerza de trabajo y los medios de trabajo, ambos influirán en la productividad, dependiendo de la calidad de ambos. Marx, claro está, a veces habla de la productividad, así entendida, pero con frecuencia en su análisis tiende a hablar de sus dos factores principales, los medios de trabajo y la fuerza de trabajo; y como cree, con razón, que acentuar la presencia en la producción de elementos objetivos, como los medios de trabajo, ayuda a mantener la idea que la productividad, sea pensada en término de producto o en términos de valor, es obra del capital, procura siempre dar presencia al elemento subjetivo, simbolizado en el trabajador. Así, piensa la productividad en relación, por un lado, con la fuerza de trabajo, y, por otro, con lo que llama fuerza productiva, cuyo auténtico significado es la acción del obrero, el trabajo como actividad, mediado por los instrumentos de trabajo, que potencian los efectos de la acción (o sea, la productividad en tanto producción de objetos). Como puede verse, lo relevante es poner en la base el trabajo subjetivo, reconociendo que su potencia o efectividad viene incrementada por los instrumentos que usa. Los medios de trabajo pueden incrementar la productividad tecnificándose, automatizándose, incorporando a su materialidad y forma el saber científico y tecnológico; por eso Marx habla a veces genéricamente de “fuerzas productivas”, que no nombra simplemente las máquinas, sino la fuerza o potencia productiva histórica obtenida de su uso; incluye los métodos, la división del trabajo, incluso su diferencia de oportunidad

Para el análisis que aquí inicia, juega con los términos “intensidad” y “fuerza de trabajo”; nosotros también llamaremos a ésta, cuando la exposición lo requiera para mejor clarificación, “potencia” (productiva) del trabajo, mediada por los instrumentos de trabajo. De ella depende la producción global, sin duda, o sea, la productividad; pero ésta también puede incrementarse aumentando la intensidad de la fuerza de trabajo, también elemento subjetivo.

Nótese que la fuerza de trabajo es también un medio de producción, y por tanto tiene “fuerza productiva”, como la de las máquinas; por ello esta fuerza de trabajo se cualifica, se especializa, incorpora el saber… Pero este aspecto, que la identifica funcionalmente con los de más medios de trabajo, no apunta a la intensidad; este concepto es distinto, y Marx procura mantenerlo diferenciado, para conseguir más precisión en el análisis.

Sigamos con la lectura. Al depender el valor de la fuerza de trabajo y la plusvalía de esas tres variables (jornada, intensidad y fuerza o potencia productivas), y dado que éstas pueden combinar sus variaciones de todas las maneras posibles, el análisis exige múltiples supuestos. Marx, para reducirlos, escoge los supuestos más habituales:

A1. Magnitud de la jornada de trabajo e intensidad constantes y fuerza productiva de trabajo variable. En este caso el valor de la fuerza de trabajo y la plusvalía responden a tres leyes, que ya había señalado Ricardo:

Primera: la jornada de trabajo de magnitud dada se representa siempre en el mismo producto de valor, por más que varíe la productividad del trabajo, y con ella la masa de productos y por tanto el precio de la mercancía singular” [21].

Segunda: el valor de la fuerza de trabajo y el plusvalor varían en sentido opuesto. Una variación en la fuerza productiva del trabajo, su aumento o mengua, opera en sentido inverso sobre el valor de la fuerza de trabajo y en sentido directo sobre el plusvalor” [22].

Tercera: el aumento o la disminución del plusvalor es siempre la consecuencia, y nunca la causa, de la disminución o aumento correspondientes operados en el valor de la fuerza de trabajo” [23].

Marx acepta sin reserva la primera ley, que en definitiva reconoce que el valor del producto es en magnitud igual al tiempo de trabajo, sea cual fuere el volumen del producto, función de la productividad, en este supuesto variable; variará el valor de la unidad del producto, pero no el valor global éste. En cambio, exige alguna matización a la segunda ley de Ricardo.Según Marx, al formular la segunda ley Ricardo “pasó por alto” una circunstancia relevante:

“Al formular esta ley, Ricardo pasó por alto una circunstancia. Aunque el cambio en la magnitud del plusvalor o del plustrabajo ocasiona un cambio inverso en la magnitud del valor alcanzado por la fuerza de trabajo o por el trabajo necesario, de esto no se infiere, ni mucho menos, que varíen en la misma proporción. Aumentan y disminuyen en la misma magnitud. Pero la proporción en que cada parte del producto de valor o de la jornada laboral aumenta o disminuye, depende de la división que se había verificado originariamente, antes del cambio en la fuerza productiva del trabajo” [24].

En una lectura rápida podría pensarse que el “pasar por alto” se refiere a algo que, en rigor, es contemplado por Ricardo, si bien podría objetarse que no pone suficiente énfasis. Es decir, podría decirse que Ricardo no precisó o concretó suficiente que la relación obvia entre los cambios en magnitud de la plusvalía o plustrabajo y del valor de la fuerza de trabajo o del trabajo necesario, relación ciertamente inversa, no era ni podía ser proporcional. Marx, siempre puntilloso y exigente con el uso de los conceptos, reclamaría esa matización. Pero una lectura más afinada debería centrar la objeción de Marx en otro punto, es otra cosa la que Ricardo ha pasado por alto, y ésta de mayor calado. Reconocida esa relación como inversa y no proporcional, Marx añade una determinación de la misma, que afecta al contenido positivo de manera relevante: la relación no proporcional, variable, entre esos dos conceptos de potencia productiva de los medios de trabajo y valor del producto, depende de la “división originaria operada en las fuerzas productivas”, o sea, del desarrollo de éstas y de la división del trabajo, en definitiva, de la productividad; depende por tanto del punto de partida. Al pasar de uno a otro momento de la producción, con cambio en la productividad derivada de la potencia productiva que afecta al valor, si el nivel de ésta en el origen es relativamente muy bajo respecto al final, las variaciones del valor son más intensas; a medida que el punto de partida seleccionado como origen representa una potencia productiva más próxima al del momento final (menor variación de la productividad en el entorno escogido), las correspondientes variaciones del valor del producto son menores. En conclusión, la variación de la plusvalía al variar la potencia productiva es mayor cuanto menor fuera, en el punto de partida, la plusvalía, la magnitud del plustrabajo; y a la inversa [25].

Marx acepta la tercera ley, que implica que el cambio de la magnitud de la plusvalía es siempre causa, nunca efecto, del cambio en el valor de la fuerza de trabajo, a su vez producido por el cambio en la productividad; y saca la siguiente conclusión, de gran interés político, como ya he mencionado:

“El precio de la fuerza de trabajo, de esta suerte y en el caso de una fuerza productiva del trabajo en ascenso, podría disminuir de manera constante, dándose al mismo tiempo un incremento continuo de la masa de medios de subsistencia consumidos por el obrero. Pero relativamente, esto es, en comparación con el plusvalor, el valor de la fuerza de trabajo disminuiría de manera constante y se ensancharía el abismo entre la situación vital del obrero y la del capitalista” [26].

Es decir, el crecimiento de la productividad puede redundar constantemente en el volumen de medios de vida que adquiere el trabajador, y ello es compatible con el decrecimiento del valor de la fuerza de trabajo, y por tanto con el crecimiento del valor del plustrabajo. O sea, es posible el crecimiento de nivel de vida del trabajador al tiempo que se agranda la diferencia entre ricos y pobres.

El resumen de sus críticas a Ricardo lo explicita claramente en la siguiente cita, en que condesa, de forma un tanto sincrética, las carencias de la teoría ricardiana, aunque explicita su reconocimiento al economista por la formulación de las tres leyes. Le critica el análisis abstracto, que excluye la conveniencia de seguir en el análisis con la determinación tanto de la duración de la jornada como de la variación de la intensidad del trabajo; y le critica que confunda la plusvalía con la ganancia.Ya tendremos ocasión de entrar en el análisis de estas críticas; de momento, como medro acercamiento al problema, leamos la cita de Marx:

“Ricardo ha sido el primero en formular de manera rigurosa las tres leyes que acabamos de enunciar. Los defectos de su análisis son, 1) que presupone como condiciones generales y exclusivas -evidentes de por sí- de la producción capitalista, las condiciones particulares dentro de las que rigen esas leyes; 2), y esto falsea su análisis en un grado muy superior, que Ricardo de ningún modo expone de manera pura el plusvalor, esto es, independientemente de sus formas particulares tal como la ganancia, la renta de la tierra, etc. De ahí que confunda directamente las leyes sobre la tasa del plusvalor con las leyes sobre la tasa de la ganancia” [27].

A2. Jornada de trabajo y fuerza productiva constantes, e intensidad del trabajo variable. Marx argumenta que, en el supuesto de la jornada y la potencia productiva constantes, una mayor intensidad del trabajo incrementa el valor del producto; y, por tanto, de la fuerza de trabajo y de la plusvalía. A simple vista puede parecer extraño, pues podríamos identificar la intensidad con la productividad, verla como un elemento de ésta, o al menos como un elemento con efectos análogos; pero es necesario un análisis más fino. Parece obvio que la mayor intensidad del trabajo conlleva el efecto de mayor cantidad de productos; y en eso es semejante a la productividad. Ahora bien, este efecto de mayor producción debido a la intensidad no debe confundirse con el efecto equivalente debido a la potencia productiva. Intensidad y potencia productiva, pues, son dos causas del aumento de la producción, y por tanto de la productividad, pero muy distintas entre sí, y en modo alguno deben confundirse. La importancia de esta distinción es mayor de lo que pudiera pensarse, y de lo que deja ver el tópico pragmatista de “lo que cuenta es el resultado”; si aumenta la productividad, ¿qué más da? Marx sabe y denuncia constantemente recurrir al mantra del resultado para olvidarse del camino, para ignorar la forma bajo la cual se llega al final. En el tema que nos ocupa, en ambos casos, variación de la intensidad o de la potencia productiva, se ve afectada la producción, la masa de productos del proceso de trabajo; pero no ocurre los mismo con el valor final, producido en el proceso de valorización, nos dice Marx, en una reflexión innovadora respecto a la economía clásica que fija definitivamente la distancia entre Marx y el círculo de Mr. Ricardo: 

“La intensidad creciente del trabajo supone un gasto aumentado de trabajo en el mismo espacio de tiempo. La jornada laboral más intensa toma cuerpo en más productos que la jornada menos intensa del mismo número de horas. Con una fuerza productiva incrementada, sin duda, la misma jornada laboral suministra también más productos. Pero en el último caso baja el valor del producto singular, porque cuesta menos trabajo que antes, mientras que en el primer caso se mantiene inalterado, porque el producto cuesta tanto trabajo antes como después. El número de los productos aumenta aquí sin que bajen sus precios. Con su número aumenta también la suma de sus precios, mientras que en el otro caso la misma suma de valor no hacía más que representarse en una masa de productos acrecentada. Si el número de horas se mantiene igual, la jornada laboral más intensa toma cuerpo, pues, en un producto de valor más elevado; por tanto, si el valor del dinero se mantiene igual, en más dinero. Su producto de valor varía al desviarse, respecto al grado normal social, su intensidad. La misma jornada laboral, pues, no se representa como antes en un producto de valor constante, sino en uno variable [28].

La consecuencia lógica no admite dudas: si la jornada es fija, “un trabajo más intensivo arroja un producto mayor de valor y, por consiguiente, suponiendo que el valor del dinero no se altere, más dinero”. Ahora bien, ¿cómo puede la intensidad del trabajo producir valor si éste se mide en tiempo de trabajo? Marx dice que eso ocurre cuando la intensidad del trabajo “se desvía del grado social medio”. Y aquí está la clave para interpretarlo, pues pone en relación la intensidad del trabajo de un proceso productivo cualquiera con la intensidad del trabajo social media, con la intensidad media del trabajo. Al producir más productos, y dado que éstos, aun siendo en el caso concreto producidos en menor tiempo no cambian su valor, pues éste viene asignado por el tiempo social medio, habrá aumentado el producto-valor. Esta es la explicación: plantearse el producto-valor a nivel social.

Por lo demás, también es obvio que la variación del producto-valor se reparte entre “sus dos partes integrantes, a saber, “el precio de la fuerza de trabajo y la plusvalía”, que así pueden aumentar conjuntamente, aunque no necesariamente en igual proporción; o aumentar la plusvalía y bajar el valor de la fuerza de trabajo, cuando el incremento de salario “no compensa el desgaste acelerado que sufre ésta”. El nuevo concepto de valor introducido por Marx como de pasada, casi clandestinamente, supone una ampliación de la potencia explicativa de la teoría; y ahí encuentra un apoyo firme, nada metafísico, a su legitimidad. Se trata de una solución ontológica a unos problemas insolubles de la teoría económica vigente, que ponían en cuestión la teoría del valor, como veremos más adelante.

Además, siguiendo su estrategia de pasar de formulaciones más generales a otras más concretas, Marx desplaza el análisis de estos conceptos del universo de la producción capitalista general a algunos de sus diversos territorios (especialmente los dominios de la producción de bienes de vida y de bienes de equipo), para probar su validez, si los conceptos funcionan de igual modo en los dominios generales y particulares, para así ir determinándolos. Hay que tener en cuenta que los efectos en el valor de la fuerza de trabajo derivan del cambio de valor de los medios de vida, o sea, de los productos de las ramas industriales que afectan al consumo habitual del trabajador. Pues bien, Marx nos dice que esta restricción aquí no cuenta:

“Sabemos ya que, con excepciones transitorias, un cambio en la productividad del trabajo sólo ocasiona un cambio en la magnitud de valor de la fuerza de trabajo, y por consiguiente en la magnitud del plusvalor, cuando los productos de los ramos industriales afectados entran en el consumo habitual del obrero. En el caso presente esta limitación no tiene vigencia. Ya sea que la magnitud del trabajo varíe en extensión o en intensidad, a su cambio de magnitud corresponde un cambio en la magnitud de su producto de valor, independientemente de la naturaleza del artículo en el que ese valor se representa. Si la intensidad del trabajo aumentara en todos los ramos industriales al mismo tiempo y de manera uniforme, el nuevo grado de intensidad, más elevado, se convertiría en el grado normal social, establecido por la costumbre, y dejaría por ende de contar como magnitud de extensión. Con todo, incluso entonces los grados de intensidad media del trabajo seguirían siendo diferentes en las diversas naciones y modificarían, por tanto, la aplicación de la ley del valor a las distintas jornadas laborales nacionales. La jornada laboral más intensa de una nación se representa en una expresión dineraria más alta que la jornada menos intensa de otra” [29].

A3. Fuerza productiva e intensidad del trabajo constantes; jornada de trabajo, variable. En este tercer supuesto, en que la potencia o fuerza productiva y la intensidad del trabajo son constantes, sea cual fuere la jornada, se mantendrá el volumen de producción. Si en estas condiciones la se acorta, Marx dice que “no modifica para nada el valor de la fuerza de trabajo, ni, por tanto, el tiempo de trabajo necesario”, lo cual es lógico. En cambio, el efecto inevitable será la reducción del plustrabajo y de la plusvalía. Y al reducirse p se reducirá p´= p/v, dado que v no varía. Conclusión: el capitalista para compensar habrá de intentar rebajar el salario. ¿Es esto lógico? Tal vez en abstracto, pero no es eficiente en concreto; el capitalista sentirá la tentación, pero Herr Kapital llamará al orden a Mr. Prouvost y los suyos. Marx considera que se cae en el tópico de pensar que el salario lo fija Mr. Prouvost voluntariamente, sin determinación objetiva alguna; Mr. Prouvost sabe muy bien las consignas de Herr Kapital, que le dice al oído que la disminución de la jornada es viable sin tocar el salario siempre que se ligue al incremento inmediato de la productividad, sea vía potencia productiva o vía intensidad del trabajo.

En cambio, en el caso un tanto raro –aunque puntualmente posible- de alargamiento de la jornada, manteniendo constante el valor de la fuerza de trabajo, aumentará la plusvalía, tanto en términos absolutos como relativos; y aunque el valor de la fuerza de trabajo, v, en términos absolutos se mantenga igual, la plusvalía disminuirá en términos relativos, disminuirá la tasa , posibilitado por el incremento de la plusvalía absoluta, p, según la ya conocida fórmula p´= p/v.

“Como el producto de valor en el que se representa la jornada laboral aumenta con la propia prolongación de esta última, el precio de la fuerza de trabajo y el plusvalor pueden aumentar simultáneamente, ya sea con un incremento igual o con uno desigual. Este crecimiento simultáneo, pues, es posible en dos casos: el de una prolongación absoluta de la jornada laboral y el de una intensidad creciente del trabajo sin prolongación de aquélla. Al prolongarse la jornada laboral, el precio de la fuerza de trabajo puede caer por debajo de su valor, aunque nominalmente se mantenga inalterado o incluso suba” [30].

Esto es así, como dice Marx, porque el valor diario de la fuerza de trabajo, de su reproducción, se calcula en base a referentes medios sociales: vida laboral media, vida biológica media, desgaste normal medio. Si se incrementa la jornada aumenta el desgaste y hay que compensarlo. Pero el organismo humano no es una máquina y, por tanto, el desgaste no es proporcional al uso y la intensidad, sino que “crece en progresión geométrica, destruyéndose al mismo tiempo todas las condiciones normales de reproducción y de funcionamiento de la fuerza de trabajo”. Y, a partir de este momento, “el precio de la fuerza de trabajo y su grado de explotación dejan de ser magnitudes conmensurables entre sí” [31]. Pasada esa barrera se ha roto la racionalidad.

A4. Variaciones simultáneas de la duración de la jornada, de la fuerza productiva y de la Intensidad del trabajo. Lógicamente, con tres variables caben múltiples combinaciones: puede variar un factor, o dos factores y el tercero constante, o los tres simultáneamente. Y pueden variar en igual o distinto grado, y en el mismo u opuesto sentido, con lo cual sus variaciones se contrarrestarán en todo o en parte. A pesar de esa fértil variabilidad, y teniendo en cuenta lo dicho en los apartados anteriores, es cuestión de paciencia y de ir analizando una a una todas las combinaciones posibles derivadas de fijar dos variables. Marx escoge, como ejemplo, dos casos, los que cree más relevantes:

a1). En el primer caso se supone que la fuerza productiva del trabajo disminuye y simultáneamente se prolonga la jornada. Interesa el caso más concreto en que la disminución de la fuerza productiva de trabajo se dé en las ramas industriales cuyos productos determinan el valor de la fuerza de trabajo, por ejemplo, en la agricultura. Podemos sintetizar así el caso: una posición inicial (M0); un supuesto: tn crece 2h; tres opciones o momentos: M1, M2, M3, en que la jornada es, respectivamente, 12, 14 y 16h. (varía en 2h o en 4h). Ésta sería la tabla:


M0:        tj = 12h        te = 6h        tn = 6h        p = 3sh        p´= 6/6 = 1 = 100%

M1:        tj = 12h        te = 4h        tn = 8h        p = 2sh        p´= 4/8 = 1/2 = 50%

M2:        tj = 14h        te = 6h        tn = 8h        p = 3sh        p´= 6/8 = 3/4 = 75%

M3:        tj = 16h        te = 8h        tn = 8h        p = 4sh        p´= 8/8 = 1 = 100%

Y ésta la conclusión que saca Marx:

“En caso, pues, de que la fuerza productiva del trabajo decrezca y, al mismo tiempo, la jornada laboral se prolongue, la magnitud absoluta del plusvalor puede mantenerse inalterada aunque disminuya su magnitud proporcional; su magnitud proporcional puede mantenerse inalterada aunque su magnitud absoluta aumente, y, si aquella prolongación es suficiente, pueden aumentar una y otra magnitud” [32].

a2). En el segundo caso elegido por Marx aumentan la intensidad y la fuerza productiva del trabajo, mientras disminuyen simultáneamente la jornada. En consecuencia, el aumento de la potencia productiva y de la intensidad del trabajo van en el mismo sentido de incrementar la productividad, la masa productiva y, por tanto, de disminuir el tn. Es cierto que la jornada tiene límites absolutos máximo y mínimo; el máximo está en la resistencia biológica del trabajador, el mínimo en una jornada ideal en que  se cumpla la condición de que la jornada coincida con el tiempo necesario para reproducir la propia vida, tj = tn. En el capitalismo es impensable llegar a este límite, pues no tendría sentido, no habría “capital”; llegar al mismo supondría suprimir el capitalismo.

Ahora bien, tampoco en una sociedad alternativa se llegaría a ese límite, por dos razones. Una, porque el mismo límite se iría ensanchando, dado que, a) “las condiciones de vida del obrero serían más prósperas y sus exigencias mayores”, y b) “se incorporaría al trabajo necesario una parte de lo que actualmente es trabajo excedente” [33]. Es decir, Marx considera que en el socialismo se sustraería una cierta “cantidad de trabajo necesaria para crear un fondo social de reserva y acumulación”. En todo caso, lo relevante es que la badalla se da en torno a la jornada y, en su seno, en torno al tn. El capitalismo es capaz de disminuir éste a límites extraordinarios, pero, en cambio, no se refleja en la disminución de la jornada, por su sed de plustrabajo:

“Cuanto más se acrecienta la fuerza productiva del trabajo, tanto más puede reducirse la jornada laboral, y cuanto más se la reduce, tanto más puede aumentar la intensidad del trabajo. Socialmente considerada, la productividad del trabajo aumenta también con su economía. Ésta no sólo implica que se economicen los medios de producción, sino el evitar todo trabajo inútil. Mientras que el modo capitalista de producción impone la economización dentro de cada empresa individual, su anárquico sistema de competencia genera el despilfarro más desenfrenado de los medios de producción sociales y de las fuerzas de trabajo de la sociedad, creando además un sinnúmero de funciones actualmente indispensables, pero en sí y para sí superfluas” [34].

O sea, el límite al tn se deriva del régimen económico. Marx puede decir, con cierto optimismo, que para una intensidad del trabajo y una potencia productiva históricamente dadas, el tn será más corto (y, por tanto, “mayor la parte de tiempo conseguida para la libre actividad espiritual y social de los individuos”); y eso se irá realizando tanto más

“Una vez dadas la intensidad y la fuerza productiva del trabajo, la parte necesaria de la jornada social de trabajo para la producción material será tanto más corta, y tanto más larga la parte de tiempo conquistada para la libre actividad intelectual y social de los individuos, cuanto más uniformemente se distribuya el trabajo entre todos los miembros aptos de la sociedad, cuanto menos una capa social esté en condiciones de quitarse de encima la necesidad natural del trabajo y de echarla sobre los hombros de otra capa de la sociedad. El límite absoluto trazado a la reducción de la jornada laboral es, en este sentido, la generalización del trabajo [35].


3. Formas de expresar la cuota e plusvalía.

En el breve Capítulo XVI simplemente aborda distintas expresiones de la cuota de plusvalía, todas operativas y “útiles”, aparentemente inocentes, pero que esconden, bajo la apariencia de objetividad y neutralidad, un punto de vista subjetivo y de clase. Nos ofrece dos series de fórmulas, (I) y (II):

(I) p/v =p / valor fuerza de trabajo = te/tn.

(II) te/tj = p / producto-valor = producto excedente/producto total.

Marx dice que las fórmulas de la serie (I) responden al “rigor de los conceptos”; y no deben confundirse con las de la serie (II), que se encuentran usualmente en la economía clásica. No se trata de que éstas no sean correctas; simplemente expresan lo que expresan y sirven para lo que sirven. Lo que Marx critica es que no revelan la explotación, que están hechas para no revelarlas; en ellas “se expresa de una manera falsa el verdadero grado de explotación del trabajo o cuota de plusvalía”.

Respecto a la expresión de las fórmulas (II) hace observaciones agudas e importantes [36]. Dice, en primer lugar, que impiden pensar que la cuota de explotación sea superior al 100%; ocultan esa evidencia que puede resultar escandalosa cuando la tasa se eleva al 300 o 400%, es decir, 3 o 4 veces más de lo que paga al trabajador. En segundo lugar, esas expresiones, al poner en relación el plusvalor con el valor global de la producción, ocultan la característica propia del capitalismo, a saber, el cambio del capital variable por el trabajo vivo. Efectivamente, al poner en relación p con c y v, parece que se pusiera p como producto de ambas formas del capital, o sea, perteneciente proporcionalmente al trabajador y al capitalista; como si su origen fuera en de los distintos medios que participan en la producción. No permite ver que el negocio capitalista se esconde precisamente en comprar “trabajo vivo” pagando “fuerza de trabajo”. Ese es el secreto.


J.M.Bermudo (2014)



[1] C., I, I/2, 615-616. Citamos, como en las entregas anteriores, de la edición de Pedro Scaron en Siglo XXI, El Capital, Libro I. vol. 2.

[2] Ibid., 616.

[3] Ibid., 616.

[4] Ibid., 616, n. b.

[5] Ibid., 616, n. a.

[6] Ibid., 618, n. a.

[7] Ibid., 578.

[8] Ibid., 618.

[9] Ibid., 619.

[10] Ibid., 619.

[11] Ibid., 620.

[12] Ibid., 621.

[13] Ibid., 622. Cita de Diodorus Siculus, Historische Bibliothek, lib. i, cap. 80.

[14] Ibid., 622.

[15] Ibid., 622-3.

[16] Ibid., 624.

[17] Ibid., 625.

[18] Ibid., 625.

[19] Ibid., 630.

[20] Ibid., 630.

[21] Ibid., 630-1.

[22] Ibid., 631.

[23] Ibid., 632.

[24] Ibid., 632.

[25] Marx lo ilustra numéricamente con el siguiente supuesto: “Si el valor de la fuerza de trabajo era de 4 chelines o el tiempo de trabajo necesario de 8 horas, siendo el plusvalor de 2 chelines o el plustrabajo de 4 horas, y a consecuencia de un incremento en la fuerza productiva del trabajo el valor de la fuerza de trabajo bajara a 3 chelines o el trabajo necesario a 6 horas, el plusvalor aumentaría a 3 chelines o el plustrabajo a 6 horas. Es la misma magnitud de 2 horas o de 1 chelín la que se añade allí y se quita aquí. Pero el cambio proporcional de magnitudes no es el mismo en ambos lados. Mientras que el valor de la fuerza de trabajo se redujo de 4 chelines a 3, o sea en !4 o en 25 % , el plusvalor aumentó de 2 chelines a 3, por tanto en Vi o en 50 % “ (Ibid., 632).

[26] Ibid., 635.

[27] Ibid., 633.

[28] Ibid., 636.

[29] Ibid., 637.

[30] Ibid., 638-9.

[31] Ibid., 639.

[32] Ibid., 640.

[33] Ibid., 643.

[34] Ibid., 643.

[35] Ibid., 643.

[36] Recordemos que ya en C-IX había advertido la conveniencia de no confundir la cuota de plusvalía con la de ganancia: g´= p/(v+p)= t’/(t+t’) (en términos de valor y tiempo respectivamente), y había hecho una crítica semejante.