LAS MÁQUINAS EN LOS GRUNDRISSE.
II. MÁQUINA Y  SABER

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5. La máquina y el saber.

Es importante señalar, pues Marx pone en ello mucho énfasis, que la máquina es sin duda la condición de necesidad y de posibilidad para que el capital, en la forma de capital fijo, trabajo acumulado muerto, aparezca como fuerza productiva poderosa, reasignando al trabajador nuevas funciones y estatus en el proceso; pero no es menos importante ni evidente, según el propio Marx, que la máquina es exigida, desarrollada e impuesta por el capital, pero la idea de la misma le precede; es decir, que la máquina-instrumento sólo aparece, sólo tiene sentido, cuando y en la medida en que el propio proceso productivo capitalista previamente se ha “maquinizado”. Todo el desarrollo económico histórico puede verse como proceso de creciente maquinización, de organización de sus elementos –antes de la aparición de la máquina estricto senso- ensamblados, ajustados, sincronizados, interdependientes..., a modo de máquina; el capitalismo sólo recoge esa tendencia intrínseca a la historia de la humanidad, la hace suya, la determina a su manera de ser, la desarrolla y la universaliza de modo tan universal e intenso que parece que fuera su creación más genuina y propia. Pero la máquina-instrumento, incluso en su forma más compleja de aparato automático, aparece en la medida en que la producción capitalista ha ido conformándose maquinistamente, organizándose como una máquina humana, como un sistema-máquina. Los análisis de Marx de la cooperación y la división del trabajo, insistimos en ello, desde los gremios a la manufactura, ponían de relieve esa tendencia de la producción social previa al capitalismo a organizarse a modo de máquina antes de aparecer el instrumento-maquina, la máquina, como anticipándola, como si la firma exigiera la aparición del medio.


5.1. Las observaciones de Marx sobre el significado de la aparición de la máquina en el desarrollo del capitalismo son realmente sutiles. Primero señala su necesidad y sentido:

“El desarrollo de los medios de trabajo en maquinaria no es un momento accidental del capital, sino, más bien, el reajuste histórico de los medios heredados, históricos, de trabajo de un modo adecuado para el capital” [1].

Podríamos interpretar este momento como el tránsito de la subsunción formal a la real, es decir, al proceso mediante el cual el capitalismo reconfigura, resignifica y culmina su función de subsunción de la producción. De ahí que, inmediatamente, pase a resaltar la novedad que ese cambio, esa aparición, aporta al proceso histórico de la producción; novedad que ejemplifica con el cambio en la figura del trabajo objetivado, que ahora aparece como figura del capital. Porque, si bien materialmente ese trabajo objetivado aparece como maquinaria, se ha materializado en la máquina como antes en las herramientas, ya no aparece sólo como medio de trabajo, ya no es instrumento de trabajo a su vez producto del trabajo, sino que se presenta en escena con otras figuras: la de capital acumulado, la de “forma general de la producción” y la de “fuerza productiva”. Figuras que hemos de analizar y valorar, pero que de entrada nos indican que ese trabajo objetivado olvida su origen y se presenta, exhibiendo su enorme potencia, como fuerza productiva (de riqueza social, pero de paso insinuando su capacidad secreta de producción de valor), y como forma general, tecnológica, de la producción. Títulos creíbles en base a sus credenciales de elemento incuestionable para el crecimiento de la productividad. Y tras esas figuras se siente aparecer el capital, que reclama para sí esos laureles. La irrupción de la máquina supone un salto cualitativo del capital, especialmente en la pretensión de éste de dominarlo todo, controlarlo todo, apropiarse de todo, presentarse como demiurgo omnisciente y omnipotente. En especial, subraya Marx en coherencia con la línea de su discurso, el capital en forma de trabajo acumulado, en su figura de capital fijo, se apropia del hombre y subsume la vida misma y la obra completa del trabajo vivo en la forma capital por mediación de la forma técnica de la máquina automatizada.

Comencemos por plantearnos qué quiere decir en concreto esta subordinación y subsunción del trabajo vivo en el trabajo objetivado, esta apropiación del trabajador por el capital mediante la máquina. Lo haremos de la mano de una de las ideas marxianas más sugestivas y, en rigor, más problemáticas, pues pone a prueba los dispositivos hermenéuticos y las ontologías desde las que pensamos el mundo. La idea a la que recurre es la de “cerebro social”, descrito en abstracto como “acumulación del saber y de la destreza”, como conjunto de conocimientos y experiencias recogidos e incorporados a las fuerzas productivas generales, que queda objetivado en la máquina, convirtiendo ésta en un sujeto material e inteligente. Nótese la importancia de esta idea, en la que el saber (la experiencia, la ciencia, los métodos, los criterios y valores…) queda absorbido por el capital fijo, de tal manera que el capital lo presenta no sólo como suyo, sino como su manera de ser, no sólo de su propiedad (relación jurídica ), sino como su propiedad (cualidad o determinación ontológica), como propiedad de su ser; algo así como una cualidad espiritual, como su alma.

Para acercarnos a la idea, podíamos recurrir al proyecto spinoziano de síntesis de las dos substancias cartesianas, la res cogitans y la res extensa; esa substancia única del pensador judío, presentada como omnipotente y omnisciente, pensada como productividad infinita, mejor, como autoproducción infinita, no sólo produciéndolo todo, sino cada elemento de infinitos modos, nos sitúa en una buena perspectiva para acercarnos a esa idea del capital que nos anuncia Marx.

El capital absorbe y se apropia de las dos substancias cartesianas, de los dos atributos de la substancia spinoziana, y de cualquier otro que nos llegara a ser imaginable de los infinitos que en abstracto contenía la substancia spinoziana. Todo parte de ahí, de que el saber y la experiencia, la ciencia y el conocimiento en general, quedan objetivados en la máquina, encarnados en el capital fijo; el saber creado por el cuerpo del trabajador, o por la sociedad en dicho cuerpo, pasa a ser propiedad y cualidad de la máquina cuando ésta lo incluye y subsume bajo su forma, lo incorpora como elemento u órgano propios; cuando el trabajador pasa a ser propiedad funcional de la máquina y propiedad jurídica del capital, del cual la máquina es sólo una de sus manifestaciones o figuras, una forma de aparecer. Lo cual sólo es comprensible si tenemos en cuenta que es el trabajador mismo, en tanto productor, es decir, en tanto fuerza de trabajo, el que ha devenido capital, otra figura del capital, capital variable, que el capitalista ha incorporado al suyo, a los medios de producción, constituyendo esa unidad absoluta y uniforme bajo la forma de capital fijo. La máquina es solo el dispositivo, el medio físico que hace posible ese milagro de unificar y homogeneizar el valor acumulado (trabajo muerto) y el valor activo y vivificante (trabajo vivo); el cuerpo en que se produce esa metabolización del valor que da vida al capital.

Pues bien, en ese movimiento el capital fijo ha incorporado nuevo valor a su cuerpo material, hecho de trabajo muerto, con valor, pero sin potencia para crear valor, como natura naturata, carente de la fuerza creadora de la natura maturana. En ese movimiento el trabajo muerto ha incorporado el trabajo vivo, ha subsumido la fuerza de trabajo, cargada de su potencia creadora de valor, que en gran medida reside en el saber que transporta. La máquina se apropia del saber al incorporar la fuerza de trabajo a su cuerpo material. Y en ese proceso el trabajador deviene definitivamente extraño al proceso, simple medio inerte a su servicio, mero soporte o instrumento; en cambio, la máquina accede así al estatus de sujeto, de demiurgo de la producción y de la realidad social, ganando definitivamente la posición al trabajo vivo. El capital consigue su apariencia de demiurgo simplemente ocultando su origen, su genealogía, convirtiendo su aparición en punto cero de un nuevo calendario. Hasta que eso no ocurre, hasta que el capital no consigue el vestuario de capital fijo, su apariencia, su prestancia, su forma, su función, puede aparecer como organizador y dominador, como gestor y racionalizador, pero no como autor o demiurgo; sólo de la mano del capital fijo culmina el capital su pretensión totalizadora:

“La máquina se presenta, por lo tanto, como la forma más adecuada del capital fijo, y el capital fijo, en la medida en que es considerado en su relación consigo mismo, como la forma más adecuada del capital en general” [2].

La tesis es rotunda. En ella reside el salto cualitativo que parece significar la máquina: ya no es un objeto inerte que necesita del elemento consciente, el saber que la mueva, la dirija y la controle; ahora la máquina se presenta con el saber incorporado en su diseño, en sus leyes de funcionamiento, en sus automatismos, en sus programas. Por tanto, en la medida en que la maquinaria se desarrolla con la “acumulación de la ciencia social”, de la ¡“fuerza productiva en general” !, en esa misma medida no será en el trabajador, en el trabajo inmediato, sino en el capital fijo, en el capital, donde se exprese el trabajo general social productivo de valor [3].

Y dado que la máquina se desarrolla con las fuerzas productivas en general, y en particular con la ciencia social, acumulando en ella el saber, el trabajo social general se expresará en ella y no en el trabajador individual. Por tanto, “la fuerza productiva de la sociedad es medida por el capital fijo”; éste expresa la forma de existencia de esa potencia social productiva.

Así se entiende el gran interés de Marx por ese momento del capital fijo, que permite comprender y describir el modo en que el instrumento de trabajo, desde el punto de vista material, devenido maquinaria pierde su forma inmediata (podríamos decir su esencia de instrumento) y aparece como capital enfrentado al trabajo. Eso no ocurría con la herramienta, medio acoplado y subordinado al trabajo vivo; sólo ocurre cuando el instrumento pasa a ser sofisticado y no sometido al trabajador. En realidad, en ese momento el instrumento, devenido máquina, en su forma desarrollada de máquina, es negado como instrumento, sustituido por ese instrumento-máquina que, en rigor, ya no es instrumento sino sujeto (si se nos permite este vocabulario nada marxista) que instrumentaliza el trabajo. Y todo esto le interesa a Marx porque, en definitiva, la maquinaria, el capital fijo, es una figura del capital; y, por tanto, la maquinaria representa el momento del capitalismo en que de forma explícita y elocuente el capital, en su figura de “capital fijo” (al capital le gusta travestirse y cambiar de rostros), aparece definitivamente enfrentado al trabajo vivo, irremisiblemente enemigo depredador del mismo [4], sorbiéndole las entrañas

“La ciencia se presenta en la máquina como algo ajeno, externo al trabajador; y el trabajo vivo es subsumido bajo el trabajo objetivado, que actúa automáticamente. El trabajador aparece como algo superfluo, en la medida en que su acción no está condicionada por la necesidad del capital” [5].

Claro está, aquí se trata simplemente de una forma de fijar el conflicto irreconciliable entre capital y trabajo; es cierto, pero también lo es que estamos ante una forma nueva. En ella se destaca, junto al problema esencial de la explotación, de la apropiación por el capitalista del plustrabajo objetivado en el producto, un segundo problema, el de la dominación, cuya raíz es puesta en la usurpación por la máquina de las funciones de potencia creadora de valor y de reducción del trabajo vivo, del trabajador, a mero auxiliar, subordinado y minimizado. Y nótese que esa situación ha sido posibilitada por la metamorfosis del saber, por su desplazamiento desde el exterior al interior de la máquina:

“La ciencia se presenta en la máquina como algo ajeno, externo al trabajador; y el trabajo vivo es subsumido bajo el trabajo objetivado, que actúa automáticamente. El trabajador aparece como algo superfluo, en la medida en que su acción no está condicionada por la necesidad del capital” [6].

Pero también se pone de relieve que el capital, en su tendencia a ocuparlo todo, tiende a invisibilizar su verdad, su verdadera fuente de valorización; y que el sistema-máquina, momento de perfección del capitalismo, también consigue la perfección en esa tarea colateral de invisibilización, importante para su reproducción. Podríamos decir, incluso, que el capital consigue su total hegemonía social en la media en que logra invisibilizar su fuente de alimentación y presentarse como autoproductor de sí mismo. Como el Príncipe maquiaveliano, en el que la virtù radicaba más en su capacidad de simulazione y dissimulazione que en la potencia real de su naturaleza, dependiendo ésta de aquellas, así el capital reina sólo cuando simula su potencia y disimula su paternidad.

En el capitalismo tecnológico todo funciona, todo aparece, todo se expresa como si el capital, gran demiurgo, lo ocupara todo, sea el campo de la producción o el de la legitimación, el de la acción o el del conocimiento, el de la objetividad o el de la subjetividad. Todo es suyo; todo es él. Y su mejor manifestación se presenta como triunfo definitivo de la aplicación tecnológica sobre la habilidad del trabajador; y en ese preciso momento tiene lugar “el desarrollo total del capital”, en ese momento el capital crea su modo de producción propio y ejerce su hegemonía sobre la formación social.

Pues bien, Marx observa que este fenómeno tiene lugar cuando el medio de trabajo está determinado formalmente como capital fijo y, en consecuencia, éste se presenta como máquina enfrentada al trabajo. En ese momento el proceso de trabajo deja de estar subsumido bajo la consciencia, los conocimientos y la habilidad directa de los obreros para aparecer como obra de la “tecnología de la ciencia”. Sólo entonces el capital consuma definitivamente su triunfo, sólo entonces logra imponer su ley. Por tanto, es aquí, en este momento, en esta forma genuina del capital, donde debemos dirigir nuestra atención crítica, para afrontar los dos retos que la situación nos impone. El de comprender la función específica de la máquina y el de comprender la función específica de la ciencia, retos que iremos desarrollando en esta lectura [7].


5.2. Pero antes, como introducción a esos retos y para acabar este apartado, vale la pena hacer un comentario sobre la extrapolación y absolutización de la crítica marxiana a la máquina, a fin de precisar los límites de la misma; frente a quienes generalizan la crítica y la extienden a la tecnología –a la “técnica”- en abstracto, argumentaré que Marx la circunscribe y concreta al sistema-máquina capitalista, a la función de la máquina en el capitalismo. Y, para mayor precisión, considero que centra su crítica en la forma máquina de la producción capitalista más que en la máquina instrumento. Aunque haga algunas referencias a los efectos antropológicos, herencia residual de sus posiciones en los Manuscritos de 1844, le preocupan los efectos económicos y sociales, el significado de la máquina en el desarrollo histórico.

Efectivamente, Marx señala que el capital tiende a dar un carácter científico al proceso productivo, y que ese paso implica la progresiva sustitución del “trabajo inmediato”, sumergiéndolo en la tecnología, y reduciendo su hegemonía a un momento del desarrollo capitalista, a un capitalismo todavía inmaduro. Por tanto, la potencia del capital fijo, que mide el desarrollo del capital, se calcula en positivo por su dominio sobre el trabajo vivo, y en negativo por la consecuente irrelevancia del trabajo individual inmediato. Visto así, nada más tentador que pensar que cualquier producción basada en la máquina debería ser rechazada, sea desde posiciones humanistas, al ver en la tecnología en abstracto la negación del valor de la individualidad, la marginación de los valores humanos, sea desde posiciones anticapitalistas, al identificar la tecnología con el momento tecnológico de perfección del capital y de máxima sumisión del obrero. En ambos casos, sea la técnica el enemigo universal, sean las relaciones sociales capitalistas, que con la técnica alcanzan su madurez, el resultado práctico es el mismo: la emancipación ha de buscarse fuera del reino de la máquina, expulsando el monstruo mecánico del puesto de mando.

Pues bien, dejemos de lado la primera, la crítica humanista, y centrémonos en la segunda, la anticapitalista. Al respecto nos dice Marx:

“Pero si el capital solo se da en la máquina, y en otras formas materiales de existencia del capital fijo, como los ferrocarriles…, una forma adecuada como valor de uso dentro del proceso de producción, esto no quiere decir, en modo alguno, que este valor de uso –la máquina en sí- sea capital, o que su existencia como máquina sea idéntica con su existencia como capital; de la misma manera que el oro tampoco dejaría de tener su valor de uso en cuanto no fuera dinero. La máquina no pierde su valor de uso cuando deja de ser capital. Del hecho de que la máquina sea la forma más adecuada del valor de uso del capital fijo no se sigue, en modo alguno, que la subsunción bajo la relación social del capital sea la relación social de producción más adecuada y mejor para la utilización de maquinaria” [8].

Texto excelente, de esos que suelen olvidarse u ocultarse, y que en realidad revelan la coherencia de Marx con su ontología materialista. El capitalismo ha creado el “mundo capitalista”, pero no el “mundo”; y ha producido el funcionamiento de las cosas, subsumidas al capital y a su servicio, pero no ha producido las cosas. Crea el mundo capitalista consiguiendo que el anterior funcione para el capital, subordinándolo a la forma capital, sea como subsunción formal o como subsunción real, usando lo anterior de otro modo o generando nuevos instrumentos más apropiados. Pero lo importante, como resalta la cita, es que las cosas producidas por el capitalismo no sólo no limitan su valor de uso al servicio al capital, sino que ni siquiera es el capitalismo donde mejor realizan su función esencial. Es decir, no por haberse creado la máquina en el capitalismo tiene esencia capitalista; su esencia le viene determinada por su existencia, y su existencia como máquina no es idéntica a su existencia como capital. Que tenga valor de uso en el capitalismo no impide que pueda tener valor de uso fuera del mismo; por tanto, “la máquina no pierde su valor de uso cuando deja de ser capital".

Resaltemos la coherencia ontológica, en que el ser no se agota en una forma de existencia, sino que cubre todas ellas, todas las formas de existir en otras tantas constelaciones técnicas y sociales. Nos decía Aristóteles sabiamente que “el ser se dice de muchas maneras”; sí, al menos tantas como sus formas posibles de existencia.

Pero fijémonos en el último párrafo, que merece la pena; es la formulación nítida y radical de esta tesis ontológica que comentamos, según la cual “aunque la máquina sea la forma más adecuada del valor de uso del capital fijo”, que lo es, de aquí no se sigue en absoluto que su “subsunción bajo la relación social del capital sea la relación social de producción más adecuada y mejor para la utilización de maquinaria”. El ser no sólo se dice de muchas maneras, sino que la manera que lo enuncia su “creador” no es necesariamente la mejor manera. La mejor manera, la más apropiada, la más conforme a su concepto, es la última de la serie, en la medida en que recoge en su seno las heridas de su historia, en la medida en que de algún modo carta con las demás.

Aunque la máquina instrumento fuera creada de forma inmediata por y para el capitalismo, perfectamente ajustada a la forma capitalista, ni su esencia es capitalista ni siquiera el capitalismo es el lugar más adecuado a su naturaleza. Y es así porque su razón de ser y su necesidad remiten a la producción inmediata de riqueza social; éste es su concepto, que se irá reelaborando a lo largo del tiempo, en representaciones diversas, hasta entender la riqueza social como disminución al mínimo de la jornada necesaria para producir los bienes sociales de vida. En consecuencia, aunque en el capitalismo la máquina nace ya con destino, subordinada al fin último de la valorización, ese no es su uso “natural”, sino el uso impuesto mediante la subsunción en la forma capital; por ello es razonable pensar que haya lugares, relaciones sociales, formas de subsunción, donde la máquina cumpla más y mejor su función productiva de riqueza, o sea, se acerca más y mejor a su función “natural”, aunque la naturaleza no pase de ser una idea reguladora, un ideal inasequible. Como suele decirse, más claro imposible.

Por tanto, en general, bastaría que la misma realidad tecnológica material subsumida bajo el capital pasara a estar subsumida bajo otra forma social para que los mismos cuerpos con otras almas sirvieran para construir otro mundo vital. La máquina, como caso particular de una regla ontológica universal, no es capitalista por ser máquina, sino por actuar subsumida en la forma capital; en su materialidad, pues, puede subsumirse bajo otras formas, y realizar funciones muy diferentes. Lo que no es posible es un funcionamiento “natural”, de ahí que siempre lo ponga entre comillas; es decir, el funcionamiento “natural” es una abstracción, una idea reguladora, que anuncia un ideal inalcanzable de máquinas que actúan sin estar subsumidas en una totalidad social; ideal imposible, como todo ideal, aunque nos sirva como referente valorativo, pues las máquinas siempre funcionan subsumidas en una formación social.

En la cita anterior Marx también nos advierte contra la tendencia a cosificar las relaciones sociales. La máquina no es una cosa con una esencia, una función eterna, unos fines y efectos fijos; el término refiere a múltiples rostros o usos. Como he repetido hasta el cansancio, la máquina es capital fijo en la producción capitalista porque en ella juega unas funciones particulares, entre ellas las de apropiación o acumulación del capital y dominación del trabajo vivo. Pero en otras configuraciones o modos productivos no tiene por qué cumplir esta función. Claro está, desde una perspectiva centrada en la dominación, que he llamado humanista, que enfoca el hombre “mecanizado”, “maquinizado”, sometido al ritmo y la ley de la máquina, tal vez pueda generalizarse su función con efectos persuasivos, aunque habría que valorarlo más; pero desde una mirada enfocada a la explotación, en el marco de un sistema productivo, la generalización de sus efectos por homogenización de su función es manifiestamente arbitraria y claramente contraintuitiva. Cada forma productiva ejerce una subsunción específica de los elementos de la producción, y en particular de la máquina, distribuyendo funciones y consiguiendo efectos específicos a su esencia.


6. De la soberbia del “fixe” a la elegancia del “circulant”.

Pasemos ya a profundizar la comprensión de la máquina en el capitalismo, cuyo enigma se encierra en su figura de capital fijo; ciertamente, no es trivial que el humilde instrumento de trabajo se haya elevado nada más y nada menos que a una de las representaciones, o máscaras, del señor.

Marx plantea la cuestión en un breve apartado sobre “Capital fijo y capital circulante como dos clases particulares de capital”, en el que reflexiona sobre la continuidad que el capital fijo presta al proceso productivo y, muy especialmente, en las respectivas influencias de ambas figuras en los tiempos de trabajo. Importante es la continuidad, que funda la acumulación, e importante son los tiempos, por su relevancia como fuente del valor. Por otro lado, los tiempos en los distintos momentos de la producción están indisolublemente unido el hecho de la aparición de la máquina y, en especial, de la incorporación del saber a la máquina. La máquina, pues, se erige en la arquivolta de esta problemática; comprender bien su función es una condición sine qua non para entender la vida del capital. Veámoslo.


6.1. A simple vista se intuye la importancia de la máquina en la determinación de los distintos tiempos relevantes para la producción capitalista. Al respecto lo que Marx nos dice es bastante trivial, pues simplemente afirma que la máquina, entendida como identidad ciencia-máquina, afecta al tiempo de trabajo necesario. Obviamente, es obvio que con la maquina se acorta el tiempo necesario para producir las mercancías cuyo valor sea igual al de reproducción de la fuerza de trabajo, o sea, al del dinero expresado en el salario. Es incuestionable que, ante una tecnología poderosa, al mismo ritmo que la producción de valor de uso inmediato por el individuo deviene insignificante respeto a la producción que aporta de la maquina, es decir, al mismo ritmo que el trabajo inmediato se vuelve irrelevante…, a ese mismo ritmo, digo, el tiempo de trabajo necesario se reduce a magnitudes que también devienen irrelevantes en el cálculo práctico. Marx lo dice así:

“En la misma medida en que el tiempo de trabajo –la mera cantidad de trabajo- es puesto por el capital como el único elemento determinante, en esa misma medida desaparece el trabajo inmediato y su cantidad como principio determinante de la producción –de la creación de valor de uso-; y en la misma medida el trabajo inmediato es reducido cuantitativamente a una proporción más pequeña y cualitativamente a un momento ciertamente indispensable pero subalterno respecto al trabajo científico general, respecto a la aplicación tecnológica de las ciencias de la naturaleza, por un lado, y respecto a la fuerza productiva general resultante de la articulación social de la producción total por otro, fuerza productiva que se presenta como un don natural del trabajo social (aunque sea un producto histórico). El capital trabaja, pues, en su propia disolución como forma dominante de la producción” [9].

De entrada, clarifiquemos el texto, que no es de fácil lectura. Nos dice que, dado que el tiempo de trabajo, -que hemos de entender incluyendo tanto el tiempo de trabajo necesario para que el trabajador produzca el valor de reproducción de su fuerza de trabajo, o sea, el valor de su salario, como el tiempo de trabajo en general, o jornada de trabajo, tiempo de producción de valor-, es el elemento clave para el capital, el trabajo inmediato en el capitalismo industrial, el realmente realizado por un trabajador, en su cantidad e intensidad, pierden relevancia en el sistema, ante la productividad introducida por la máquina. La producción, por tanto, pasa a depender casi exclusivamente de otros factores: sean el “trabajo científico general” y la “aplicación tecnológica de las ciencias de la naturaleza”, sea el “trabajo social”. Lo cual parece evidente en los justos términos en que lo sitúa Marx.

Si leemos el texto detenidamente vemos que dice que “el trabajo inmediato y su cantidad” desaparece en tanto que “principio determinante de la producción”; no es una desaparición absoluta, pero sí funcional y en magnitud relativa. Y si afinamos un poco más la mirada comprobamos que añade una aclaración para fijar el concepto de producción al que se refiere esa pérdida de relevancia: "-de la creación de valor de uso-". Lo cual nos pone en guardia advirtiéndonos que esa pérdida de relevancia del trabajo inmediato no se refiere a la producción de valor, sino de valor de uso, que Marx suele llamar riqueza social, en línea con los economistas clásicos, para los cuales la expresión inmediata de la riqueza de las naciones eran las mercancías que llenaban almacenes y mercados (y la expresión mediata las fábricas, la potencia productiva general). Esta matización es obviamente muy importante.

En el capitalismo, el mismo Marx lo pondrá de relieve, se puede hablar de producción en doble sentido: desde el punto de vista social, con el que coincide subjetivamente el trabajador, lo que se produce son valores de uso, riqueza, medios de vida; desde el punto de vista del capital, que hacen suyo subjetivamente el capitalista y su economista de cabecera, se trata siempre de la producción de valor. La producción de valores de uso para el capital es sólo el mecanismo instrumental de producción de valor, que es el que el capital persigue, observa y calcula. Si la pérdida de relevancia del trabajo inmediato está referida a la producción de valor de uso, la cosa es obvia y sin problemas prácticos; socialmente eso es avance, progreso, posibilidades de emancipación. Es lógico que así sea porque la máquina, potenciando la productividad de la fuerza de trabajo, determina que en el mismo tiempo y con el mismo esfuerzo crezca enormemente la cantidad del producto; tiene todo el sentido del mundo decir que la máquina produce valor de uso, y que lo produce en cantidades ingentes que tiene el efecto de relativizar la función productiva de la fuerza de trabajo. En cambio, si centráramos la atención en la producción de valor y entendiéramos que la máquina produce valor, que usurpa esa función al trabajo inmediato, estaríamos ante el grave problema de explicar si el capitalismo cabalga sobre un horizonte de producción sin explotación, si el capitalismo realiza malgré lui la emancipación humana superando la explotación de clase.

Obviamente, no es así en este texto (y ya veremos que tampoco en los siguientes). Si Marx puede decir que “el capital trabaja en su propia disolución” no será porque haya encontrado una forma de valorizarse sana, inagotable e incluso legítima, lo que sería una forma milagrosa; lo afirma en tanto que, siendo el trabajo inmediato cada vez más irrelevante en la creciente sustitución del mismo por la máquina en cuanto a producción de valor de uso, y puesto que el capitalismo sólo vive de apropiarse del trabajo vivo, camina formalmente contra sí mismo. Fijémonos, produce valor de uso sólo como medio de apropiación del plusvalor, y en su desmedida pasión productiva al servicio de su pasión acumuladora acaba por acercarse al suicidio.

En ningún momento enuncia Marx el fin de la teoría del valor trabajo, interpretación que se ha extendido con más o menos perfiles a partir de la lectura de este texto. Creo que la lectura correcta del Fragmento no lleva al desecho de la teoría del valor-trabajo por dos razones. Una, porque es la posición coherente con su pensamiento, expresado al respecto en diversos momentos de sus obras [10]. Otra, por cuanto sólo desde este supuesto tiene sentido otra matización que encontramos en este texto de los Grundrisse y que suele pasar desapercibida; me refiero a cuando dice que “el trabajo inmediato es reducido cuantitativamente a una proporción más pequeña y cualitativamente a un momento ciertamente indispensable…”. En ese párrafo se reconoce el carácter ciertamente indispensable del trabajo vivo, aunque en el proceso histórico su presencia sea cuantitativamente decreciente. Ir sacrificando más y más lo que es realmente importante, es algo así como un suicidio programado; suele llamarse “contradicción”, como veremos después.

Creo, en consecuencia, que en estos textos la posición de Marx en torno a la teoría del valor es la clásica. Para él las cosas no han variado en la esencia del capital; éste se ha metamorfoseado, cierto, pero no se ha transmutado. La cantidad de trabajo real y el tiempo de trabajo socialmente necesario siguen siendo los referentes válidos para valorizar el capital, y el valor lo crea el trabajo vivo, no la máquina. Que gracias a la máquina se reduzca el tiempo de trabajo socialmente necesario tiene el interés que tiene, y es mucho, pero no afecta a la esencia del asunto, a la fuente de la valorización. Y, en todo caso, parece advertirnos Marx, si el protagonista en la valorización fuera el capital fijo, que no lo es, seguiría siendo producida por el trabajo, en su figura de trabajo objetivado, creado por el trabajo inmediato “ciertamente indispensable”, como dice Marx; la valorización no aparecería como efecto de la explotación actual, pero seguiría siendo efecto de la apropiación histórica del trabajo. Lo que no es admisible es el distanciamiento del principio según el cual al capitalismo le es intrínseca la explotación de plusvalor por apropiación del plustrabajo; salvado este principio, hay espacio para la disidencia. Pero, insisto, el trabajo vivo se ve imprescindible y el capital fijo es trabajo muerto, que no crea valor

Marx es coherente con su conocido juicio al capital, y debo insistir en ello. Ciertamente en la cita que comento se describe como triunfo creciente del capitalismo la progresiva disminución del tiempo de trabajo necesario que lleva a cabo, y de paso se reconoce la creciente disminución de la magnitud relativa de “trabajo inmediato”, efecto de la potencia de la productividad introducida por la máquina; y se reconoce también la pérdida de relevancia cualitativa del trabajo inmediato, pasando a un estatus de subordinación creciente. No obstante, incluso en ese contexto, como ya he dicho, explícitamente se reconoce que se trata de un “momento ciertamente indispensable”. Y aquí “indispensable” quiere decir eso, indispensable, que sin su presencia desaparece la creación de valor en las claves de la teoría del valor que Marx sigue sustentando.

Por otro lado, lo que Marx ve en ese proceso no es la capacidad de un capitalismo sin explotación, que haría innecesario el trabajo vivo; lo que ve es precisamente su tendencia a la “propia disolución” del capital. Es claro que de forma inmediata la máquina, el incremento de la tecnología, le será útil en su lucha por la ganancia; pero en la medida en que siga siendo válida su fórmula, g´= p/c+v, la ciega tendencia a disminuir v acabará teniendo efectos perversos, por afectar a p. Y sin p no hay g'.

A mi entender la pretensión de Marx es mostrar que la irrupción de la máquina, que expresa el momento del capitalismo maduro, es al mismo tiempo el inicio de su decadencia; la forma que culmina su concepto, que instaura un modo de producción a la medida del capital, con plena hegemonía de la subsunción real, es la que crea las condiciones de sus crisis y, en el límite, de su superación. Su peculiar forma de entender la crítica de la economía política le lleva a asumir la tarea de desvelar lo que el discurso oculta; la ontología del capital, los modos de ser del capital, las figuras en que se muestra y se deja ver, las metamorfosis con que juega, son mecanismos de ocultación de una realidad. Por eso, cuando el capital aparece en la todopoderosa figura de capital fijo, exhibiendo su poder, Marx intensifica su sospecha y se entrega a mostrar que el capital fijo no es el capital “conforme a su concepto”. Y en esta idea conviven posibilidades muy diferentes, que no debiéramos pasar por alto. Veámoslo con cierto detenimiento.


6.2. Ya sabemos que al capital le gusta metamorfosearse, presentarse en diversos momentos con diversas formas, y que Marx entiende ese travestismo como algo esencial, algo que encierra un fin secreto que hay que desvelar. Ese fin oculto responde a la ilimitada y secreta pasión de ser demiurgo, que le transmite su propietario; al capital le gusta presentarse, aparecer, hacerse ver, ser reconocido… como gran demiurgo, como productor de todo, y en especial, como productor del valor con que lleva a cabo su propia autovalorización. Si en su primera fase aparecía como un simple dios que necesita de la sangre y los sacrificios del hombre, en su fase final, madura, acabada, se presenta como un ser autosuficiente y todopoderoso, autárquico, tan sobrado que necesita ser misericordioso, en definitiva, un verdadero Dios. El capital, en esa figura de pantocrátor que corresponde al capital fixe, (maiestas domini), no necesita de nada (o aparece como si no lo necesitara) para reproducirse como sí mismo, al contrario, ha de aparecer silenciando e invisibilizando cualquier dependencia, cualquier limitación.

Así pues, el capital, en su tendencia a presentarse como productor único de valor, ha de invisibilizar al trabajador como productor de valor, y ha de hacerlo de múltiples maneras, la más lograda de todas invisibilizándolo como productor de valores de uso. Lo invisibiliza en la fábrica, en la producción, ya lo sabemos, pues aquí el trabajador ya no es propietario de su fuerza de trabajo, dado que la ha vendido; dicha fuerza de trabajo pertenece al capitalista, es una forma del capital; por lo tanto, su producción aparece como producción del capital. Y lo invisibiliza incluso en su función reproductora de sí mismo, como productor de la fuerza de trabajo, por lo que no se identifica su cuerpo como una fábrica productora de la fuerza de trabajo. Esta función de reproducción física se relega al “consumo”, interpretado a veces como mero “consumo improductivo”, como perteneciente a una esfera exterior a la económica, ajena a ella, que en ningún caso interesa ya al economista. Pero, de todas las formas de invisibilización del trabajador, la más esencial es su calidad de productor de valor que valoriza el capital; y esa cualidad aquí se oculta negándole la función técnica sobre la que cabalga el valor, es decir, negando y marginalizando su función de productor de bienes de usos, de mercancías, cuerpo del valor.

El discurso crítico de Marx es en gran medida una prolongada denuncia de esta invisibilización. Desde el punto de vista del capital que describe Marx, con los límites de su tiempo, ni la naturaleza en general, ni la naturaleza humana (el cuerpo) en particular, son medios de producción; éstos lo son en tanto que son producidos, en tanto llevan valor acumulado, trabajo objetivado. Los productos naturales no tienen valor; las materias primas sí, porque ya han sido arrancadas de su estado natural y puestas en el proceso productivo, y eso ya supone tiempo de trabajo y en consecuencia creación de valor. Con el cuerpo humano pasa algo similar. Como el consumo es improductivo, y en todo caso reproduce lo gastado, el cuerpo no tiene valor económico. ¿Qué le importa al capitalista, y a su fiel economista, lo que pasa fuera de la fábrica y el mercado?

A medida que el capitalismo se desarrolla, y se toma consciencia de que la naturaleza es finita, las materias primas agotables, etc., irá apareciendo la necesidad de incluir en los costos de reproducción del capital el valor necesario para compensar esa finitud natural. Ahí hunde sus raíces la inevitabilidad de la biopolítica, una función sobrevenida en el capitalismo desarrollado, cuando las urgencias de la producción o inmediata ceden el puesto de mando a la reproducción de las condiciones de producción. Ya no se trata del derecho a matar o dejar vivir, que en otro nivel del discurso señala Foucault referido a la relación del Soberano con la población, sino la necesidad que tiene el nuevo señor, nuestro olvidado Herr Kapital, de “hacer vivir” al trabajador. Efectivamente, aquí en la producción se cumple esa inversión: el capital ha de asumir a su costa la función de hacer vivir la naturaleza y hacer vivir a los hombres, aquellos elementos que en el origen eran totalmente exteriores y ajenos En ello le va su posibilidad de existencia.

Por tanto, en ese proceso de su propio desarrollo el capital ha ido asumiendo que tiene que producir la totalidad de sus condiciones de producción, objetivas y subjetivas, sociales y antropológicas, culturales y políticas. Y en la medida en que asume esa función, la explicita y se presenta como productor único. En el límite, todo es capital, pues todo –desde la naturaleza al alma humana, desde las reservas de energía hasta la paz social- es sostenido por el capital, es capital en alguna de sus figuras. El filósofo, con ironía o veneración, verá que el ser de nuestro tiempo es el capital, que aparece, se autodespliega, se autodesarrolla, se instala en todas partes, sin más destino ni sentido que el de su ciega valorización, esa heideggeriana “voluntad de voluntad” que constituye su esencia al fin revelada; y no parece baladí que Heidegger viera esa figura en la técnica y Marx la intuyera en el capital devenido tecnológico.

Cuando el proceso de trabajo se supera a sí mismo y deviene científico, cuando logra someter las fuerzas de la naturaleza y hacerlas trabajar a su favor, cuando hace crecer la productividad y baja el tiempo de trabajo necesario…, todo eso podría llevar a pensar, viene a decir Marx, que se camina en la emancipación de los hombres. El capital no es emancipador, pero le gusta presentarse como emancipador, travestirse de emancipador. Al fin, intuitivamente, todo ese rico mundo capitalista se debe a la ciencia-técnica, que se encarna en maquinaria automatizada, y que nadie duda de que la pone el capitalista: ése es el reino del capital fijo. El capital, bajo su figura de capital fijo, aparece así como el nuevo sujeto emancipador, que permitirá recortar las jornadas de trabajo y, en el límite, volver prescindible al trabajador.

Hay que leer estas páginas de los Grundrisse sin prisas. Es cierto que la conversión del proceso simple de trabajo en un proceso técnico-científico, que pone a su servicio las fuerzas de la naturaleza, parece protagonizado por el salto cualitativo del capital fixe; es cierto que este proceso “se presenta”, dice Marx, como “cualidad del capital fixe frente al trabajo vivo”. Pero al mismo tiempo, cuando Marx dice que en ese proceso el trabajo individual “cesa en general de aparecer productivo”, es en un contexto en el que enseguida añade que el trabajador “más bien sólo es productivo en los trabajos colectivos” [11]. Lo cual abre una línea de reflexión que en su momento deberemos profundizar, a saber, si el debilitamiento de la presencia del trabajo individual se debe a su sustitución como fuente productiva por la máquina, o bien es efecto de su inclusión en procesos de trabajo cada vez más colectivos y socializado.

En la descripción fenoménica, la máquina conlleva el debilitamiento de la función del trabajo individual; pero en ese mismo proceso se está desarrollando el trabajo social. Podríamos incluso pensar que la máquina es requerida, introducida, por el trabajo social, por la socialización creciente del trabajo. En consecuencia, el trabajador individual es negado, superado, por el trabajador social; va desapareciendo en tanto “individual", no en tanto “trabajador". La máquina misma no es más que el cuerpo del nuevo trabajador social:

“el trabajo individual en cuanto tal cesa en general de aparecer como productivo, y más bien sólo es productivo en los trabajos colectivos que subordinan las fuerzas naturales a sí mismos, y este ascenso del trabajo inmediato a trabajo social aparece como reducción del trabajo individual al desamparo frente a la colectividad representada y concentrada en el capital” [12].

Es decir, que el trabajo individual deje de “aparecer” como inmediatamente productivo se debe, al menos en parte, a su sustitución creciente por el trabajo inmediato colectivo. Por tanto, más que de desaparición del trabajo vivo o inmediato, desplazado por la máquina, estaríamos ante la sustitución del trabajo en su forma individual por su forma colectiva o social exigida prima facie por la máquina y realiter por la socialización. Más que asistir a la desvalorización del trabajo vivo, enfrentado a, y derrotado por, el trabajo muerto encerrado en el capital fijo (y que ahora se revelaría como vivo y vivificante), estaríamos asistiendo al cambio de forma del trabajo, cada vez más social. Asistimos al retraimiento del trabajo vivo, ciertamente, pero no en tanto desplazado por la máquina, sino en tanto sustituido en su forma individual por su forma colectiva [13].

Claro está que al realizarse ese proceso técnico subsumido en la forma capital, en la media en que los medios de producción son formas de capital, y en que el capital fijo se enfrenta al trabajo vivo, ese desplazamiento debido al desarrollo natural de la producción tiene efectos en el individuo, que en tanto individuo es lanzado a los márgenes de la producción con los efectos sociales y económicos bien conocidos; pero son las relaciones de producción, la forma de subsunción, la que está en la base de esos efectos, no la máquina ni la aparición del trabajador colectivo.

Claro está, el trabajo colectivo, el trabajador social, aparece en el tiempo como una exigencia y creación del capital, pues le ha tocado ese tiempo de aparición; pero la necesidad y la lógica que están en su base transcienden a la determinación histórica. Del mismo modo, también la minimización del trabajo inmediato individual ha tenido lugar bajo el capitalismo, aunque pertenece a la lógica del desarrollo que le transciende. Esta perspectiva de considerar el capitalismo como un momento de dominio, -de gestión y administración, diría Weber-, del desarrollo de la producción necesita a todas luces mayores argumentos, pero mientras tanto nos ayuda a quitar carga trágica a la muerte del trabajo vivo a manos de la máquina. En realidad, en el proceso de maquinización (cooperación más división técnica) del capitalismo, el trabajo inmediato sólo es productivo si se limpia de impurezas individuales y se integra en un trabajador colectivo, si el individuo aparece como un eslabón o punto de una estructura, dirigida y movida por la máquina-ciencia, que “emplea” a los trabajadores distribuidos por los diversos puntos de acción de su lógica productiva. El trabajo individual ha de desvanecerse e integrarse en el trabajo global que unifica el capital.


6.3. Sin duda ese debilitamiento de la presencia y eficiencia del trabajo individual y su disolución en el trabajo colectivo, en la medida en que éste se articula en torno a la maquinaria, al sistema máquina-ciencia, y dado que ésta es manifiestamente capital, en forma de capital fixe, favorecerá esa presentación del capital como productor de riqueza y productor de sí mismo, esa imagen del capital que subsume, controla y dirige todos los elementos sociales. En consecuencia, la oposición capital/trabajo se diluye y éste, el trabajo vivo, queda como instrumento integrado en el capital, contribuyendo inconscientemente a la reproducción del todo y al mismo tiempo a la suya propia, como cualquier órgano de un cuerpo. Todo, la estructura de la producción y la sociedad entera, parecen como obra del capital. Por eso Marx dirá que todo el proceso de producción deja de aparecer subsumido bajo la habilidad de los trabajadores para presentarse como la aplicación tecnológica de la ciencia. Y dado que la máquina-ciencia se identifica con la figura del capital fijo, todo aparece subsumido bajo el capital. Lo que nos lleva a ver el capitalismo como totalidad que reestructura las relaciones internas entre los elementos del proceso productivo para cumplir mejor su destino, la revalorización. Y en ese proceso el efecto más visible y subjetivamente dramático es la pérdida del valor de uso de la clase trabajadora.

A mi entender, conviene no confundir el discurso de Marx interpretando como descripción de la realidad lo que pretende ser una descripción de la apariencia de esa realidad, la forma positiva en que aparece, la conciencia necesariamente ideológica que determina. Frente a esa descripción positiva, cuya posibilidad y necesidad Marx describe con insistencia, hay que sustraer la otra realidad que se revela sólo a la mirada crítica. El capital fijo aparece como productor del valor, sí, y todo contribuye a reforzar e imponer esa imagen del mundo capitalista; pero Marx sigue oponiendo a la realidad que se deja ver en la mirada positivista la realidad que se le oculta, en la cual las cosas son de otra manera y donde el productor del valor sigue siendo el trabajo vivo. Por eso, si bien considera que el momento de la máquina revela el triunfo de la figura del capital fijo, que se echa sobre sus hombros el destino del capital, que se presenta como agente de la producción del valor, inmediatamente nos advierte de que, bien mirado, esa figura no es la más adecuada ni importante del capital, y esta afirmación no debiera ser olvidada.

Efectivamente, por un lado Marx considera que el capital fijo, en la medida en que materialmente existe inmovilizado como valor de uso determinado, “no corresponde al concepto de capital” [14]. El capital, conforme a su concepto, en cuando valor que se valoriza, es indiferente a toda forma de valor de uso, y puede “asumir o abandonar” cualquiera de sus figuras, encarnarse en cualquiera de ellas, según el momento: “Desde este punto de vista, el de la relación del capital hacia afuera, el capital circulante aparece como la forma adecuada del capital, con respecto al capital fixe [15]. Por tanto, basta desplazar la mirada de la esfera de la producción del valor a la esfera de la circulación para descubrir otro paisaje eidético, para ver que las mismas cosas aparecen con diferentes figuras, o que las “cosas” eran sólo fantasmas, determinaciones formales impuestas por el señor.

Pero, por otro lado, sin que Marx nos lo insinúe, parece inducirnos a pensar que en el capital fijo hay un secreto, que sobre su cuerpo cabalga la historia de la humanidad y la posibilidad misma de emancipación social. El capital fijo, en su materialidad, como tecnología, que en el proceso capitalista de producción se constituye como el lugar de metabolización del valor por el capital, sede y residencia de la explotación del plustrabajo…, ese capital fijo, digo, como mera tecnología contiene la posibilidad de aparecer bajo otra forma de subsunción, bajo la sumisión a otras relaciones sociales, en definitiva, con una función que niega su función actual en el capitalismo.

Por ello creo que conviene leer estas páginas como descripción no del presente, sino de la (falsa) conciencia del presente. Apoya esta sospecha el hecho de que Marx, a renglón seguido, insista en la descripción de esa conciencia ideológica según la cual el capital se apropia de todo y se erige en autor de toda realidad. Aquí ya se refiere de manera abierta a los efectos de enmascaramiento que protagoniza la figura del capital circulante. Leamos primero el texto:

“por otra parte, la conservación del trabajo en una rama de la producción en virtud del coexisting labour en otra rama, aparece ahora como cualidad del capital circulant. En la pequeña circulación el capital adelanta el salario al obrero, que éste intercambia por productos necesarios para su consumo. El dinero recibido por el obrero tiene ese poder sólo porque simultáneamente se trabaja al lado de él; y es sólo porque el capital se ha apropiado de su trabajo, que puede darle al obrero, con el dinero, una asignación sobre trabajo ajeno. Este intercambio del trabajo propio por el ajeno no se presenta aquí mediado y condicionado por la coexistencia simultánea del trabajo de los demás, sino por el adelanto que hace el capital. El hecho de que el obrero, durante la producción, pueda llevar a cabo el intercambio de sustancias necesario para su consumo, aparece como una cualidad de aquella parte del circulating capital entregada al obrero, y del circulating capital en general” [16].

Se ve claro que Marx describe la “apariencia”, si se quiere, el fenómeno, al tiempo que apunta a lo real que éste oculta. Ahora es el capital circulante la figura que parece hegemonizar y subsumir todas las operaciones convenientes al capital, que parece ser su mejor representación. La realidad, el intercambio de trabajo entre los trabajadores de distintas ramas de la producción, es de nuevo invisibilizada y el proceso queda como movimiento del capital circulante. Y puesto que el intercambio está técnicamente mediado por el salario, al fin una forma del capital, éste se presenta como el creador del proceso: “No aparece como intercambio material por parte de las fuerzas de trabajo simultáneas, sino como intercambio material por parte del capital” [17]. El trabajo y los obreros, y sus relaciones, son para Marx la realidad oculta y ocultada, suplida por la figura del capital circulante que se presenta como condición de posibilidad de la conexión de las distintas ramas de la producción y, por tanto, de la reproducción del sistema.

Si como capital fijo, desplazando la presencia del trabajo inmediato, puede presentarse como único productor de valor, bajo la figura de capital circulante también le permite aparecer como capital productivo, ya que toma la forma de “planificación y control de la reproducción de la sociedad”. La productividad parece brotar de todos los poros del capital; el capital se hace ver como creador de la totalidad de la sociedad. De este modo, dice Marx, todas las fuerzas del trabajo aparecen traspuestas en fuerzas del capital, todo es obra del capital: en el capital fixe las fuerzas del trabajo son oscurecidas tras una nueva fuerza productiva, la de la máquina, que se presenta como exterior al trabajo vivo e independiente del mismo, capaz por sí sola de la producción de valor; y en el capital circulant las relaciones reales de intercambio de trabajo entre trabajadores son ocultadas bajo una figura del capital que coordina la simultaneidad de las distintas ramas de trabajo actuando como “mediador entre los diversos labourers [18].


6.4. Locke, en sus famosas cláusulas lockeanas, había sentado las condiciones de legitimidad de la apropiación privada de la tierra, en su tiempo el principal medio de producción, y que podemos sin violencia extenderla al resto. Todas sus cláusulas giraban en torno a un problema, el de salvar el principio sagrado del derecho del autor a su obra, (a lo creado por él con su cuerpo y su alma, con sus manos y su mente, con su cuerpo y con los medios propios, sus propiedades, producidas con su cuerpo) a partir de una posición originaria exigida por la razón y que establecía un uso común de la tierra. No entraremos en las cuestiones lockeanas, pero sí hemos de tenerlas de fondo, pues aquí lo que se debate es el origen del valor, su verdadero autor. Marx, en línea con la teoría del valor-trabajo, defiende el valor como creación de la fuerza de trabajo; economistas de aquí y de allá buscan argumentos para ilustrar el origen del valor en el capital, sea el fijo o el circulante, si bien al calor del universo de experiencias engendrados por la irrupción de la gran máquina, encuentran los mejores argumentos para ilustrar el origen del valor en el capital fijo. Ese es el debate actual, y no podemos eludirlo.

Por tanto, entremos ya directamente y a fondo en la cuestión fundamental, la del origen del valor en los textos de Marx, pero teniendo presente el contexto teórico en que se desarrolla, a saber, el de la crítica de la conciencia capitalista en su forma más sofisticada, la que se expresa en la ciencia del economista.

Dice Marx que el capital fijo sólo produce, sólo aumenta el valor del producto, desde dos puntos de vista: uno, en la medida en que traspasa o cede valor al producto, o sea, en la medida en que tiene o contiene valor; otro, en la medida en que aumenta la “proporción del plustrabajo respecto al trabajo necesario”, en la medida en que aumenta la tasa de explotación por mediación del aumento de la productividad. La primera forma de ser productivo implica que ese capital fijo es producto del trabajo, en concreto, plusvalor acumulado, cantidad de trabajo objetivada, y que en su uso, su desgaste, va traspasando ese valor al producto. Así pensado, la transferencia de su valor al producto no plantea problema teórico alguno. En cambio, la segunda forma de ser productivo, así como la interpretación de la misma, es más complicada y obscura, y ello hace que surjan algunos problemas. La condición que aquí se impone al capital fijo para conseguir la condición de “productivo” refiere a que tenga como efecto un aumento de la productividad, que se manifestará en la disminución del tiempo de trabajo necesario y, por tanto, en el incremento del tiempo innecesario o excedente, el tiempo de plustrabajo. En concreto, se le exige el aumento de la “proporción del plustrabajo respecto al trabajo necesario” (ti/tn), lo cual es una manera de anunciar que dicho capital fijo actúa directamente sobre la tasa de plusvalor (p/v), argumento que, aunque correcto, tal vez requiera algunas aclaraciones. Y esta conveniencia de aclaraciones se basa en esa especie de vía indirecta que usa Marx para decir que el capital fijo en su fase maquinista, tecnológica, interviene en la formación del valor por medio de su intervención en la productividad de riqueza.

Efectivamente, el texto dice literalmente, respecto a este aumento de la productividad, que dicho efecto se produce:

“en la medida en que aumenta la proporción entre el plustrabajo y el trabajo necesario, capacitando al trabajo, a través del aumento de su fuerza productiva, a crear en un tiempo más breve una masa mayor de productos necesarios para el mantenimiento de la capacidad viva de trabajo” [19].

Obviamente, la expresión “trabajo necesario” refiere al concepto del mismo en la economía política, no al uso que se hace en las teorizaciones ético sociales, referido a condiciones idealizadas de vida. Por “trabajo necesario” Marx entiende el tiempo de trabajo en que el obrero produce los valores de uso, las mercancías, cuyo valor iguala al que recibe en su salario, equivalente al valor de reproducción de su fuerza de trabajo gastada.

Hecha esta precisión, la cita llama la atención sobre el hecho de que el efecto del capital fijo en la tasa de plusvalor es mediado por su intervención en la productividad en el trabajo; y se señala que, en concreto, ese efecto se lleva a cabo “capacitando” a la fuerza de trabajo, aumentando su capacidad o intensidad, en definitiva, aumentando la productividad del trabajo y, por consiguiente, disminuyendo el tiempo de trabajo necesario.

Conviene hacer otra precisión, a saber, que el incremento de la fuerza productiva del trabajo, de su potencia productiva, hay que entenderlo aquí referido a los valores de uso; en el mismo tiempo se producen más objetos o, a la inversa, los mismos objetos se producen en menor tiempo. Y, por consiguiente, al disminuir el tiempo de producción necesario de los mismos disminuye en términos relativo el tiempo de producción necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo (expresado en los salarios) y crece el tiempo de plustrabajo, empleado en producir plusvalor.

Hemos de tener muy en cuenta que la mayor potencia productiva del trabajo debida a la potencia tecnológica del capital fijo no aporta ni de forma inmediata ni mediata mayor valor al producto, pues el valor se mide en tiempo de trabajo y operamos con el supuesto de que la jornada y la masa de trabajadores sea constante; lo que hace es disminuir el valor de cada unidad del producto y, por esa mediación, alterar la relación entre los tiempos de trabajo pagados y no pagados, o sea afectando a la tasa de plusvalor. En consecuencia, la productividad aportada directa o indirectamente por el capital fijo tecnológico no altera el valor total absoluto producido pero sí se altera la distribución del mismo, sí altera la relación entre la parte que va a salario y la que va a plusvalor, la que va a la reproducción del trabajo y la que va a la reproducción del capital; si se quiere expresar subjetivamente, la que va al obrero y la que va al capitalista. Por tanto, el capital fijo, la tecnología, sin producir valor, genera plusvalor; y como, además, lo genera mediante el aumento de la producción de mercancías, de valor de uso, de riqueza, en la confusión que burla el análisis acaba creando esa ilusión del capital fijo como el gran reproductor de capital y, por esa vía, de productor del mismo.

Pero si mantenemos alertada la mirada crítica podremos captar en el análisis que la reflexión marxiana se mantiene estrictamente en los límites de la ley del valor y aplica con rigor la lógica del capital. Tanto es así que, saliendo al paso de tentaciones conciliacionistas, como si previera el peligro de extraviarse, añade:

“Es, por lo tanto, una frase burguesa completamente absurda el afirmar que el trabajador tiene intereses comunes con el capitalista, porque éste mediante el capital fijo (que, por lo demás, es producto del trabajo y del trabajo ajeno apropiado por el capital) le facilita el trabajo (más bien le roba mediante la máquina toda autonomía y todo carácter atractivo) o lo acorta. El capital utiliza más bien la máquina sólo en la medida en que hace posible que el trabajador trabaje una parte mayor de su tiempo para el capital, que se relacione con una parte mayor de su tiempo como con algo que no le pertenece, que trabaje más tiempo para otro. Mediante este proceso, la cantidad de trabajo necesario para la producción de un cierto objeto es reducida en realidad a un mínimo, pero sólo para que sea valorizado un máximo de trabajo en la cantidad máxima de tales objetos” [20].

Es un texto tan transparente que no necesita matizaciones ni tal vez esclarecimientos. La introducción de la máquina, pues, responde a la voluntad de explotación, a la voluntad de que el obrero produzca más plusvalor trabajando mayor tiempo para el capital; no responde prima facie a la sustitución del obrero, su fuente única de plusvalor, y tampoco a la buena voluntad de librarle de la fatiga y el dolor. La voluntad de producir enraíza, si quiere expresarse subjetivamente, en la inalterable voluntad de ganancias del capitalista, que pasa necesariamente por incrementar la apropiación de plusvalor; y si se quiere expresar objetivamente, en la necesidad del capital de valorizarse eternamente, que es su modo de permanecer en el ser. Es cierto que, además, de paso, Marx aprovecha para enfatizar el efecto poco amigable de dominación del capital fijo sobre el cuerpo del trabajador; pero estos efectos antropológicos son secundarios respecto al problema del valor que nos ocupa. El capital va a lo suyo, y no tiene en cuenta nada exterior a él; no hace el mal (moral) por naturaleza, conforme a su concepto. En rigor tiende ciegamente a aumentar la productividad porque no tiene otra manera de subsistir que apropiarse de valor, y sólo puede realizar esta apropiación con la mediación de la producción de valores de uso. Y así, haciendo lo que está destinado a hacer, actuando ciegamente, hace lo que conviene a la vida social, la producción creciente de bienes de uso, aunque se cobre el precio de una apropiación “privada” de esa producción social. Por tanto, no hay conciliación del antagonismo, no hay reconciliación posible en el orden del capital; entre otras cosas porque no es un conflicto subjetivo, no es una anomalía de funcionamiento o efecto de perversión moral, que pudiera solucionarse con estrategias de ventajas mutuas. Éstas ya están en juego en la confrontación, ya forman parte de la resistencia en el seno de la subsunción; pero ésta no anula, ni puede anular, la contradicción, no puede aniquilar el conflicto entre una producción cada vez más social y una apropiación cada vez más privada.

Ahora bien, podríamos insistir y plantearnos de forma directa si esta producción masiva de valores de uso que el capitalismo pone en escena como mediación necesaria en su búsqueda ciega de autovalorización se constituye secretamente como vía de emancipación; es decir, podríamos plantearnos especulativamente si no podemos interpretar el sistema-máquina como un clandestino Caballo de Troya que lleva en su vientre, como inevitable efecto colateral aplazado, la creación de las condiciones de emancipación de los trabajadores y de la sociedad en general. ¿Tiene sentido esta idea? ¿No podríamos encontrarle anclajes en lo dicho por Marx en diversos momentos en cuanto a que el capitalismo genera frecuentes efectos perversos, caminando de facto a la creación de su propio enterrador? ¿No ha dicho en estas mismas páginas de los Grundrisse, al comentar el desplazamiento del trabajo vivo por el capital fijo, que “el capital marcha así hacia su propia disolución en tanto forma dominante de la producción”?

Marx reconoce que el capital, en su progreso bajo la forma de capital fijo, reduce a un mínimo el trabajo humano necesario por unidad del producto. En su tendencia a disminuir el tiempo de trabajo “el capital -de manera totalmente impremeditada- reduce a un mínimo el trabajo humano”. Este hecho, en la abstracción analítica, puede llevar a pensar que así “redundará en beneficio del trabajo emancipado y es la condición de su emancipación” [21]. Entiendo que Marx se refiere al trabajo humano “necesario” y “por unidad de producto”, o sea, que aquí no plantea el desplazamiento o expulsión del trabajo humano del sistema. Que requiere otros supuestos. Y, en ese sentido, la posibilidad de emancipación es sólo eso, “posibilidad”, posibilidad de aumentar el tiempo libre. O tiempo disponible. Pero mientras se mantenga la jornada de trabajo, esa disminución sólo es efectiva, como he dicho, en tanto que aumenta el tiempo de plustrabajo, el tiempo de creación de valor, el tiempo de valorización del capital. De ahí que enseguida añada: “De lo dicho se desprende el absurdo de Lauderdale cuando quiere convertir al capital fixe en una fuente del valor, independizada del tiempo de trabajo” [22].

O sea, encontramos en Marx una “ortodoxia” férrea, pues considera que el capital fijo es “fuente” de valor sólo porque, y en la medida en que, traspasa su valor al producto (valor que tiene precisamente por ser ese capital fijo trabajo objetivado, producto de procesos de trabajo anteriores); además, es cómplice en la creación de valor en su calidad de productor de plusvalor, es decir, porque al disminuir el tiempo de trabajo necesario aumenta el tiempo de plustrabajo en que el obrero produce valor. Sólo una ontología con lastre esencialista podría llevarnos a confundir crear valor y crear plusvalor, a identificar “valor” y “plusvalor”, en definitiva, a ignorar su diferencia, a banalizar la determinación del valor inscrita en el plusvalor. Si el valor en la teoría clásica es tiempo de trabajo, ello implica que es tiempo de presencia del obrero en el trabajo; el plusvalor es una determinación concreta del valor, en cierto modo exterior al proceso de trabajo, a saber, el tiempo de trabajo no pagado. Pues bien, el valor se genera tanto en el tiempo impago como en el pagado, lo que hace que esas partes sean mero valor o plusvalor es una determinación no económica, sino coercitiva, una violencia derivada la desposesión. Y, con esta clarificación, el capital fijo tecnológico sólo “crea” plusvalor porque afecta a ese reparto entre el tiempo pagado e impago; lo crea como una especie de ingeniería contable, aumenta el nominal ignorando el real.

Ortodoxia pura y dura, pues, ya que el capital fijo no crea valor nuevo, sólo proporciona las condiciones materiales objetivas para una distribución diferente del mismo valor entre el de reproducción de la fuerza de trabajo (vía salario) y el plusvalor (vía beneficios del capital). Lo dice así de claro: “El capital fijo sólo es fuente de valor en la medida en que él mismo es tiempo de trabajo objetivado y en la medida en que crea tiempo de trabajo suplementario” [23], es decir, en la medida en que amplía el tiempo de trabajo no pagado, el tiempo de plustrabajo.

En el mismo sentido de la argumentación, que corrige el tópico, va su reflexión de que la máquina requiere sobreabundancia de brazos; lo que implica que su origen no esté ligado a la necesidad de liberar fuerza de trabajo, sino a la necesidad de reducirla a los límites óptimos, en función de las circunstancias; el lema de la máquina no es disminuir fuerza de trabajo, echarla fuera del circuito de trabajo, sino maximizar la creación de plusvalor, con los ojos cerrados a sus efectos colaterales. Y esta idea también se relaciona con la cuestión de la “ortodoxia” marxiana ante la teoría del valor-trabajo, a la que nunca renunció. Podemos apreciarlo en la siguiente cita:

“La máquina sólo puede actuar con masas de trabajadores, cuya concentración frente al capital es uno de los presupuestos históricos, como ya hemos visto. (…) La máquina no aparece para sustituir a la fuerza de trabajo que escasea, sino para reducir la fuerza de trabajo existente en masa a la medida necesaria. (…) Sólo donde la fuerza de trabajo existe en masa aparece la máquina” [24].

La fidelidad a la teoría del valor-trabajo le exige ver la necesidad absoluta de la presencia de fuerza de trabajo, cuanta más mejor, en el proceso productivo, pues es la única fuente inmediata de valor; por tanto, ha de desafiar a la experiencia inmediata, y al sentido común generado en torno a ella, según los cuales la máquina desplaza, expulsa, la fuerza de trabajo. Marx no sólo profundiza y rechaza esta visión simplista, sino que trata de comprender la lógica y la mecánica de quienes la defienden. En este sentido, le parece trivial que la máquina sea el mejor referente para quienes, como Lauderdale y otros, argumentan la tesis de que el capital crea valor [25]; no hay mejor manera de legitimar la apropiación privada del valor por el capital que considerando a éste su autor; y no hay mejor manera de atribuirle esta autoría que centrando la mirada en el capital fijo, en la aparente autonomía de la máquina. Pero Marx entiende que de este modo el pensamiento queda anclado en las “apariencias” y zarandeado por las “falacias”, y aconseja distanciarse de dicha tesis. Nótese su ironía: “Contra ellos [se sostiene], por ejemplo, en Labour Defended, que ciertamente el constructor de caminos querría compartir algo con el usuario de los caminos, pero no el "camino" mismo” [26]. Una bella metáfora ésta que juega con los constructores y los usuarios de los caminos, y con la necesidad y la imposibilidad de compartirlos; metáfora que, en nuestra pretensión compartida de clarificar los conceptos, habremos de llevar más lejos de los límites del uso marxiano, espero hacerlo sin perdernos, que es siempre el riesgo de las metáforas.


6.5. Marx piensa, de forma coherente con su teoría, que “el valor del capital fijo sólo se reproduce en la medida en que se le consume en el proceso de producción” [27]. Por tanto, si no se le utiliza, pierde su valor de uso; envejecerá, se volverá obsoleto, y será desechado y cambiado sin haber podido transmitir todo su valor al producto; en consecuencia, cuanto mayor es la escala del capital fijo, la importancia relativa de la masa de capital inicial en él invertido, tanto mayor y más intensa ha de ser la “continuidad del proceso de producción”, el flujo de reproducción. Esto es intrínseco al capital y aquí enraíza la importancia de otra figura del capital, el circulante; la potencia productiva del fijo va ligada a la del circulante.

Es obvio que cuantos más obstáculos encuentre el capital, en su figura de capital circulante, para su circulación en cualquiera de sus momentos, en la producción o en la circulación, en definitiva, cuanto más lento o atrabancado sea su ritmo, menor será la velocidad de creación del plusvalor; pero eso sólo afecta a la velocidad, no a la cantidad de plusvalor, pues el circulante, como el fijo, sólo traspasa su valor al producto. El capital circulante tampoco afecta a la creación del valor; afecta al ritmo de producción de plusvalor, no a su magnitud. Por su parte, el capital fijo, cuando alcanza un índice determinado, un umbral de la gran maquinaria, todo lo que afecte negativamente al tiempo de rotación afecta al plusvalor. Es decir, el capital, fijo o circulante, puede perder valor por bajo ritmo de rotación, y puede favorecer la producción de plusvalor, al intensificar la productividad y la velocidad de rotación; pero en ninguno de los casos, en ninguna de las dos figuras, el capital puede crear valor. En particular el capital fijo, que aquí nos interesa, en la gran industria ha de tener un ritmo de consumo; si no, perderá valor, dejará de transmitir su valor al producto y, por tanto, afectará al plusvalor. Su aceleración favorecerá la creación de plusvalor, pero éste no es directa e inmediatamente producido por el capital fijo.

A pesar de estos límites, de este ajustamiento marxiano a la ortodoxia de la teoría del valor, el desarrollo de la gran máquina, de los automatismos, de la tecnociencia, reabre las viejas cuestiones y exige más concreción, especialmente en nuestro tiempo –no en los de Marx-, en nuestra sociedad de la información o el conocimiento, si se quiere, en nuestra época de las “máquinas inteligentes”. El cambio más relevante e intuitivo es éste: la máquina, el capital fijo, parece haberse apropiado del trabajo vivo, esto es un hecho; no sólo evidencia que lo ha desplazado y subordinado, sino que lo ha hecho suyo, lo ha incorporado a la mega-máquina como un eslabón más de sus engranajes. Las máquinas pasan a realizar las funciones técnicas que antes realizada el trabajador, y ello es posible porque la máquina incorpora a su materialidad cualidades antes propias del obrero, “el análisis y la aplicación de leyes mecánicas y químicas”, que le permiten sustituir la acción del trabajador. Es decir, la máquina incorpora la ciencia a su diseño, a su función. La maquinaria automática se desarrolla cuando y en la medida en que “la gran industria ha alcanzado ya un nivel superior y el capital ha capturado y puesto a su servicio todas las ciencias” [28]; la automatización técnica expresa el capitalismo en su esplendor, con un sistema de producción hecho por él y a su medida. La invención y la innovación, ayer humanas, hoy se han convertido en “rama de la actividad económica”.

Este es el tema de fondo, que debemos analizar sin prisas. Marx nos ofrece, como de pasada, una observación muy relevante. Nos dice que no es “esa vía”, la de incorporación de la ciencia a la máquina, la que ha seguido la aparición de la maquinaria, sino otro camino, el de la “división del trabajo”:

“Ese camino es el análisis a través de la división del trabajo, el cual transforma ya en mecánicas las operaciones de los obreros, cada vez más, de tal suerte que en cierto punto el mecanismo puede introducirse en lugar de ellos” [29].

Estamos ante una idea que desarrollará ampliamente en El Capital, y desde la cual se pueden esclarecer algunas cuestiones relevantes. Nos muestra que Marx usa en dos sentidos el término “maquina”, tal como hemos venido haciendo en el presente texto; uno, el más trivial, el de la máquina-instrumento, dispositivo técnico que impone subordinación al obrero; otro, metafórico, para designar la forma obrero social o colectivo, la organización articulada, sincronizada, “maquinizada” del trabajo. En este sentido, la cooperación y la división del trabajo responden ya a esa forma, son ellas mismas formas de esa máquina humana. Lo decíamos antes, la cooperación y la división del trabajo “mecanizan” el trabajo, crean un trabajador colectivo coordinado, interdependiente, maquinizado. El trabajo se maquiniza al dividirse y coordinarse, como una máquina antes de la aparición de la máquina-instrumento, exigiendo la máquina técnica como nuevo instrumento adaptado a la nueva forma del trabajo; la máquina-instrumento, a su vez, fortalece y radicaliza la división del trabajo y su articulación exhaustiva en una unidad de funcionamiento, aporta el “cuerpo material” sobre el cual puede inscribirse de manera creciente la cooperación y la división del trabajo. Al final, la máquina acaba imponiendo su ritmo y su forma al trabajo. Por eso Marx puede decir que

“El modo determinado de trabajo, pues, se presenta aquí directamente transferido del obrero al capital bajo la forma de la máquina, y en virtud de esta transposición se desvaloriza su propia capacidad de trabajo. De ahí la lucha de los obreros contra las máquinas. Lo que era actividad del obrero vivo, se convierte en actividad de la máquina. De este modo la apropiación del trabajo por el capital, el capital en cuanto aquello que absorbe en sí trabajo vivo -"cual si tuviera dentro del cuerpo el amor"- se contrapone al obrero de manera brutalmente palmaria” [30].

Esa es la forma de presentarse (“se presenta aquí”) el trabajo, que permite comprender la inmediata reacción antimaquinista del obrero, que ve en la máquina su enemigo, su mal. Pero esa sustitución real de la actividad del obrero por la de la máquina no supone liberar al obrero, dejarlo en la cuneta de la producción, en el desguace; más que sustituido ha sido reconvertido. Marx dice que es una nueva forma de “apropiación del trabajo por el capital”. Una forma curiosa y trágica, pues el capital “en cuanto aquello que absorbe en sí trabajo vivo”, que se alimenta de trabajo vivo, se manifiesta contraponiéndose al obrero. Lo necesita, lo sorbe, pero bajo una forma –mediación de la máquina- que lo debilita, subordina y relega.


J.M.Bermudo (2014)


[1] Karl Marx, Líneas fundamentales de la crítica de la economía política (Grundrisse). 2 vols. Barcelona, Crítica (Grijalbo), 1978, 83 (traducción de J. Pérez Royo, de la edición de las OME 21/ Obras de Marx y Engels, dirigida por M. Sacristán. Añadiré, no obstante, la página de la edición de P. Scaron citada. K. Marx, Elementos fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse), 1857-1858, 3 vol. México, Siglo XXI, 2007. Vol. II, 216-221. Lo hago así porque ésta es la edición que habitualmente usamos en estas lecturas, y que a su vez recoge la paginación de la edición alemana (Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, 1857-1858. Dietz Verlag, Berlín, 1953).

[2] Ibid., 83/220.

[3] Ibid., 83/221.

[4] Conviene tener en cuenta, no obstante, que el capital fijo no agota la esencia del capital; aunque sea la figura o momento del mismo en que se realiza la apropiación del trabajo vivo, en rigor, la valorización, no corresponde al concepto de capital. Marx dice que esta figura representa el “valor de uso” del capital, pero no corresponde al concepto de capital como valor. Lo dice así: “Por otra parte, en la medida en que el capital fijo está firmemente confirmado en su existencia como valor de uso determinado, no corresponde al concepto de capital, que, en cuanto valor, es indiferente respecto a toda forma determinada de valor de uso y puede asumir o abandonar cualquier forma en cuanto encarnación diferente. Desde este punto de vista, enfocando la relación del capital hacia el exterior, el capital circulante se presenta como la forma adecuada del capital frente al capital fijo” (Ibid., 83/221)

[5] Ibid., 84/221.

[6] Ibid., 84/221.

[7] El primer párrafo del Cuaderno VII sintetiza bien el tratamiento marxiano del capital fijo que venimos comentando. Dice así: “El pleno desarrollo del capital tan sólo pone el modo de producción a él adecuado cuando el instrumento de trabajo no sólo está determinado formalmente como capital fixe, sino que es superado en su forma inmediata, tal que el capital fixe se presenta frente al trabajo, dentro del proceso de producción, en calidad de máquina; es decir, cuando el proceso entero de producción no aparece ya subsumido bajo la habilidad directa del obrero, sino como aplicación tecnológica de la ciencia. La tendencia del capital, por tanto, es la de darle a la producción un carácter científico y la de reducir el trabajo inmediato a mero momento de ese proceso. Al igual que ocurre con la transformación del valor en capital, en un análisis más preciso del capital se aprecia que éste por un lado presupone un desarrollo histórico determinado de las fuerzas productivas -y entre esas fuerzas productivas también está la ciencia- y por otro lado lo impulsa hacia adelante” (Ibid., 84/221).

[8] Ibid., 84-85/222.

[9] Ibid., 85/222.

[10] Ver al respecto nuestras reflexiones sobre la composición del capital en “Ley general de la acumulación”, en la Sección sobre Lecturas de El Capital, en este website.

[11] G. II, 84/222.

[12] Ibid., 84/223.

[13] Por eso Marx, en El Capital, con los conceptos más maduros, verá la “cooperación” y la “división del trabajo”, lugares de aparición y desarrollo del “trabajador social”, como verdaderas máquinas colectivas humanas. El trabajo se “maquiniza” antes –si puede hablarse así- de la aparición de la máquina, creando una organización colectiva ensamblada, articulada, organizada. La máquina humana, el sistema-máquina, no es mero efecto de la máquina-instrumento, dispositivo técnico complejo; es la forma a la que tiende inevitablemente el capitalismo en su lucha por la plusvalía relativa.

[14] G. II, 83/221.

[15] Ibid., 83/221.

[16] Ibid., 85/223.

[17] Ibid., 85/223.

[18] Ibid., 85/223-4.

[19] Ibid., 86/224.

[20] Ibid., 86-87.

[21] Ibid., 85/224.

[22] Ibid., 85/224) James Maitland, conde de Lauderdale, escribió un audaz texto, Inquiry into the Nature and Origin of Public Wealth(1819), traducido a diversos idiomas, donde planteó lo que se conoce como "paradoja de Lauderdale”, y que puede sintetizarse así: “entre riqueza pública y riqueza privada hay una relación inversamente proporcional, suben o bajan una a costa de la otra”.

[23] Ibid., 87/224.

[24] Ibid., 87/224.

[25] “el capital en cuanto tal, separado del trabajo, crear valor, y por tanto también plusvalor (o beneficio), el capital fixe –particularmente aquel cuya existencia o valor de uso material es la maquinaria- es todavía la forma que confiere más apariencia a sus superficiales fallacies” (Ibid., 87/226).

[26] Ibid., 87/226.

[27] Ibid., 87/226.

[28] Ibid., 88/227.

[29] Ibid., 88/227.

[30] Ibid., 89/227.