LECTURA DE EL CAPITAL

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EL CAPITAL, VALOR QUE SE VALORIZA.


La Sección segunda, sobre “la conversión del dinero en capital”, es breve; consta de un solo capítulo, que hereda su nombre. Breve, pero muy importante. Nunca he entendido muy bien por qué Marx la segregó y separo de la primera, cuyo Capítulo III estaba dedicado al “dinero”. Allí distinguía dos funciones del dinero, como medida de los valores y como medio de circulación, que se añadían a la función señalada en el Capítulo II, como simple medio de cambio; funciones del dinero todas ellas características de la economía mercantil simple. Y acababa el Capítulo III señalando otras tres formas de ser o de aparecer del dinero, en sus figuras de atesoramiento, de medio de pago y de dinero mundial. ¿Por qué en ese contexto no añade, aunque fuera en un nuevo capítulo, si quería darle especial relevancia, esta otra figura del dinero, su forma suprema, como capital? Lo único que se me ocurre es que entendía, y no le faltaba razón, que con esta forma excelsa del dinero se abandonaba el territorio de la economía mercantil para, sin salir del mismo, instalar en él un nuevo orden, el orden del capital. Con la aparición de esta figura excelsa del dinero, el dinero-capital, asistimos al fin de una época, la de la economía mercantil simple, y entrada en otra, la del capitalismo. Cambio de época mediante el cambio en el modo de producción; cambios sin saltar al otro lado, pues nada hay fuera, ni siquiera el lugar; cambios cualitativos, internos e inmanentes, constituidos por algo al parecer tan simple –pero que costó siglos en lograrse- como el paso de subsumida a dominante de la forma capital, que de ser un elemento más de la producción mercantil pasa a someter ésta, y todos sus elementos, a una nueva función y un nuevo destino. Empieza así la dinastía del capital en el viejo reino de la producción mercantil. Veamos más de cerca este crucial advenimiento.


1. La fórmula general del capital.

“La circulación de mercancías es el punto de partida del capital”. Así comienza Marx el Capítulo IV de la Sección segunda, que trata de “la conversión del dinero en capital”, la figura última y más sofisticada del dinero. Marx nos recuerda así su origen y, en cierto sentido, sus límites materiales y legales; el capital viene a este mundo de la mano de la producción mercantil, indisolublemente ligado a ella y a las leyes de las mercancías. Aunque nazca humilde, con presencia ocasional en Mercado, acabará omnipresente, reinando sobre las mercancías; hoy cual primus inter pares y mañana como poder absoluto, ejercerá su poder de subsunción, como el señor sobre sus vasallos, y tal cual sufrirá sus resistencias y sus límites. El capital aparece en la vía del dinero, y entre los muchos, intensos e importantes efectos de la dominación del capital en el mercado, en sus entes y relaciones, uno de ellos será la coronación del dinero como representación universal de las mercancías; ya se sabe, ser agradecido es de bien nacido. Con el capital en Mercado, éste ampliará su muralla, se anexionará nuevos territorios del exterior, impondrá internamente nuevas normas, nuevos tipos de ciudadanía, nuevas jerarquías mercantiles. Se producirán muchos cambios en la patria de las mercancías, pero éstas y sus igualitarios “derechos fundamentales” seguirán vivos y vigentes, pues seguirán siendo –no lo olvidemos nunca- condición de posibilidad de la existencia del capital. Sí, ese orden mercantil ofrecerá resistencia y pondrá límites al movimiento del capital, pero, como la tantas veces citada imagen de la paloma y el aire, no puede prescindir del mismo. Como en la tradición órfica, aunque el cuerpo sea lastre del alma, es su manera de existir en este mundo. Tengamos siempre presente esta perspectiva dialéctica.

1.1. Seguimos en Mercado, lugar por donde circulan las mercancías. Hasta ahora hemos visto la “circulación simple” y ahora intentaremos describir la “circulación capitalista”. Pero todo dentro de Mercado, todo sometido a sus leyes. El capitalismo, el mundo del capital, es más refinado; no se confunde con el mundo tosco de los productos-mercancías de la circulación simple; el mundo del capital conlleva una circulación de mercancías más compleja y desarrollada, es una patria más rica y variada, poblada de nuevos personajes, de nuevas formas y figuras. Incluso la forma dinero, que ya habitaba en el mundo de las mercancías a lo largo y ancho de su desarrollo, aquí se desdobla, multiplica sus máscaras y funciones, se metamorfosea en nuevas especies. Y, de forma muy especial, aquí el “dinero en cuanto dinero” y el “dinero en cuanto capital” no se identifican; la forma dinero y la forma capital son dos figuras distintas que se corresponden con dos formas de circulación distintas, mucho más diferentes de lo que a simple vista parece. Ingenuamente puede pensarse que al fin todo es dinero, al igual que se dice todos los hombres son iguales; pero, al igual que entre los seres humanos, en la “oculta diferencia” está la clave de ese mundo del capital.

Hemos de enfatizar la insistencia de Marx en que el desvelamiento, individuación y desmitificación de estas diferencias no nos lleve a absolutizarlas, a cosificarlas, a pensarlas como determinaciones absolutas de dos mundos claros y distintos, el de la circulación de mercancías y el del capital, exteriores, ajenos e indiferentes entre sí. Por el contrario, según Marx deberían verse como indisolublemente conectados por un vínculo de genuino vasallaje, de juramento y sangre, de vida y muerte: el mundo del capital nace en y del mundo de las mercancías, nace en su seno, se nutre de él, se sostiene en él, se le sobrepone, es decir, no está en otro lugar, no es separable, sino que es ese mismo mundo mercantil modificado, metamorfoseado, subsumido en otra forma que le impone otro destino. Y, existiendo en el mismo, es realmente otro; siendo el mismo, es lo otro de ese mundo, pues para instalarse el mundo del capital en el de las mercancías ha de deformarlo, transgredirlo, devorarlo, en definitiva, negarlo, en muchos lugares de su cuerpo y de su alma.

Este es el efecto de la subsunción, que persiste lo mismo siendo no sólo “otro”, sino “su otro”. Hegel, y en algunos momentos Marx, trataba de pensar esta relación como superación dialéctica, y recurrían al término bien conocido de Aufhebund, para señalar que algo era a la vez negado y mantenido, suprimido y conservado. Creo que es más apropiado pensar ese proceso como subsuntium –así lo hizo Marx en algunos momentos y, sobre todo, así lo pensaba-, aunque redefiniéndolo adecuadamente para expresar un aspecto muy importante de esa relación: que lo subsumido permanece como resistencia.

Creo que lo mejor, para entender el concepto, es recordar la reflexión de Marx sobre el proceso de trabajo; lo veremos a fondo en su momento, pero aquí adelantaremos la idea. Dirá Marx, conceptualmente, el proceso de trabajo y el proceso de valorización son diferentes, inconfundibles; uno produce cosas, productos o mercancías; el otro produce valor. Son inseparables, tienen el mismo cuerpo; el valor se produce en el mismo acto en que se producen las mercancías. Pero son distintos, sus funciones son distintas, y sus efectos inconfundibles; tienen distintos destinatarios: el proceso de trabajo tiene como fin la vida social y el de valorización el incremento del capital. El trabajo, subsumido en la valoración, sirviendo a ésta, sirviendo a su “otro” (el capital); pero éste existiendo y generándose en el trabajo.

Del mismo modo que la economía del trueque, del intercambio de valores de uso excedentes, es el arranque de la economía de intercambio simple de mercancías, e irá poco a poco desapareciendo a medida que se intensifique el intercambio y la presencia del dinero, llevándose con él todo un sistema de vida y de sentido de la misma (centrado en el valor de uso), sustituido por otro radicalmente diferente y aún opuesto (centrado en el valor de cambio), así ocurre en el desplazamiento del mundo mercantil simple por el mundo capitalista, que exige –le va en ello la vida, como veremos- que todo gire en torno al valor, que todo esté subordinado al transporte constante del valor, que sólo en el movimiento se valoriza, sólo desplazándose vive.

Hay que comprender bien esta diferencia: el mercado no es propio del capitalismo; lo propio del capitalismo, aunque suene a boutade, es el “mercado capitalista”, una figura particular, concreta, del intercambio, que no agota las posibilidades de éste. Lo que nos lleva a pensar que, del mismo modo que el mercado descrito por Platón en su República no es convertible en el mercado capitalista, así éste no agota todas las formas futuras posibles. Para desvelar de una vez lo que mantenemos semioculto: el socialismo no es incompatible con el mercado, aunque sí con el mercado capitalista.


1.2. Para Marx el concepto de un ser expresa su génesis. Por tanto, para elaborar el concepto de capital hay que describir su genealogía. El punto de partida es la producción mercantil y sus cambios, especialmente los introducidos por la entrada en escena de la última de sus figuras, el dinero; es analizando su movimiento, su aparición y desarrollo, las formas que cabalgan a lomos de esta mercancía en forma de dinero, como se comprende la génesis del capital:

“Si prescindimos del contenido material de la circulación de mercancías, del intercambio de diferentes valores de uso, y consideramos sólo las formas económicas engendradas por ese proceso, hayamos como último producto suyo el dinero. Este producto último de la circulación de las mercancías es la primera forma de manifestación del capital” [1].

Marx quiere resaltar que hay continuidad entre ambos mundos, el mercantil y el capitalista, y que el segundo es impensable sin el primero; y quiere evidenciar que la conexión entre ambos se da por mediación de la forma dinero, que cruza una y otra vez su frontera y recorre ambos territorios encarnado de una u otra de sus figuras apropiadas. Pero también quiere dar relieve a la ruptura entre ambos mundos, a sus diferencias substantivas, y para ello subraya cómo el dinero, cabalgando en zigzag en la frontera, va cambiando de pasaporte, de ciudadanía, al cambiar de función a uno u otro lado de la misma.

Las dos formas del dinero, la mercantilista y la capitalista, responden a dos formas diversas de la circulación. Si se me permite la metáfora, es como el paso del status de súbdito (en la mercantil simple) al de ciudadano (en la mercantil capitalista); ambas patrias mercantiles, no desaparece la condición de “súbdito”, de sometido a la ley (de la mercancía); pero en el lado capitalista la ley no expresa una voluntad particular exterior, sino la de un universal al que se pertenece. Se obedece la propia ley, tal que el sometimiento es autodeterminación, pues el ciudadano es “soberano”, como dice Rousseau.

De modo similar, el dinero en la producción mercantil sirve al intercambio de mercancía como simple medio, como soporte, como “súbdito”, sin finalidad propia, que soporta y arrastra con obediencia sobre su cuerpo el movimiento de las mercancías para que éstas circulen con agilidad y libertad. En cambio, la figura del dinero en la producción capitalista, devenido soberano, tiene fin propio, el de crecer y crecer; y aunque ha de llevar sobre sus hombros las mercancías, no está a su servicio, sino que las usa para realizar su destino.

Marx, para ilustrar el origen del capital, y para mostrar la identidad y las diferencias entre la producción mercantil y la capitalista, se fija en las peculiaridades de la circulación en uno y otro modelo; y hace una exhaustiva comparación de ambas formas de circulación a partir de sus representaciones esquemáticas: M-D-M´ y D-M-D´, que llama respectivamente fórmula general de la producción mercantil y fórmula general del capital. Es realmente sorprendente cómo el análisis permite ver los movimientos, y los significados de los mismos, que se ocultan tras esas pseudo-fórmulas, meras esquematizaciones de las metamorfosis de las mercancías. Es como un juego de sutiles distinciones a partir de desplazamientos y sustituciones. Bien mirado ambas fórmulas son dos cortes en un continuum (…M-D-M1-D1-M2-D2…), en una interminable cadena de intercambio o compra-venta, tal que buscar un origen o un final es irrelevante y tal vez imposible. Pero, por eso mismo, por la irrelevancia o arbitrariedad de cualquier corte, por la contingencia de cualquier segmento, -como si quisiera Marx mostrarnos la indeterminación de fondo de los procesos socioeconómicos-, parece especialmente empeñado en mostrarnos que no es lo mismo partir del huevo o de la gallina, que nuestro destino se juega en esos cortes que establecen el origen y el fin, que de ellos depende nuestro mundo y nuestra vida; y que hay que comenzar por conocerlos en abstracto.

A simple vista, a la primera mirada a ambas fórmulas generales tríadicas, que sólo se diferencian en un desplazamiento unitario, ya aparece el terrible efecto de esa irrelevancia de empezar por uno o por el siguiente. El resultado es increíble, pues se produce una radical inversión entre el origen y el fin que identifica a cada segmento; o sea, invierte el sentido del movimiento, y por tanto alude a dos mundos contrapuestos. En la primera fórmula, la mercantil, F1, el dinero aparece en el medio, es simple medio, perdido entre dos formas de presencia substantivas de la mercancía (dos mercancías), como origen y como fin. En esta circulación la reina es M, la mercancía genuina (pues el dinero es también una forma de la mercancía), que se nos insinúa cargada y rebosante de valor de uso, repleta de vida, que se yergue dominando la totalidad del horizonte, del principio al destino. En cambio en la F2, la fórmula que esquematiza la circulación capitalista, el dinero aparece en dos posiciones, en el punto de partida y al final del circuito, convirtiendo a la mercancía en medio, en instrumento en el que se apoya para hacer su recorrido y seguir su fin.

Intuitiva y simbólicamente, ese pequeño desplazamiento es toda una ofensiva ética y estética: una fórmula nos describe el movimiento de los valores de usos, ligada a la satisfacción de necesidades humanas, como indicando que ese intercambio social es la salvación de los hombres; la otra, con la salida y la meta en el dinero, parece reducir la vida a deseo de posesión y acumulación, devalúa la vida social productiva sacrificándola al crecimiento de esa mercancía abstracta, sin más valor que el de sus metamorfosis pasajeras para seguir creciendo. Sin duda estay haciendo una interpretación ideológica y sesgada; soy consciente, y ya tendremos ocasión de las matizaciones; pero ahora se trata de poner de relieve cómo un simple desplazamiento en la secuencia tríadica de la cadena mercantil nos lleva de un mundo a otro. Y ese desplazamiento es sutil, indoloro en su génesis, incluso atractivo, aunque nos lleve al otro lado de lo humano.

Pues bien, Marx juega con estos desplazamientos y saca sutiles observaciones. De esta simple contraposición de representaciones extrae un amplio repertorio de reflexiones, que resumo a continuación, y que he subdividido en dos grupos, sin más criterio que el didáctico. Las primeras catorce parecen un juego ontológico, donde los actores se mueven, intercambian, sustituyen, aparecen y desaparecen, mostrándonos que, efectivamente, son dos mundos sorprendentemente distintos. Y ello aunque, en rigor, están habitados por casi los mismos personajes; lo cual nos revela que la ontología marxiana no entiende de esencias, sino de funciones, tal que la misma “cosa”, con cierta semejanza con las partículas de la teoría cuántica, son y no son en el mismo tiempo y lugar [2]. Las otras tres reflexiones, de la quince a la diecisiete, aunque permanece el esquema comparativo entre ambas fórmulas, son ya una introducción a conceptos claves de la segunda, de la circulación capitalista, y necesitan algunos comentarios adicionales.


1.3. Comencemos por comentar el juego en las reflexiones del primer grupo, teniendo siempre presente que Marx usa la F1 como fondo sobre la que proyectar, y así valorar, la F2. Al fin el momento del análisis es el de la aparición de la circulación capitalista, y es ésta la que debe ser comprendida en su génesis y su función.

1ª. El dinero es origen y fin en el capitalismo. El D, con el cambio de posición, ha cambiado de función, nada menos que ha pasado de ser medio en F1 a ser origen y fin en F2. En la primera, F1, el dinero media y posibilita el cambio entre mercancías; en F2 es principio y destino del cambio. Esta función del dinero como fin último, nos dice Marx, es específica del capitalismo, no aparece en ningún otro modo de producción.

2ª. En F1 rige la cualidad y en F2 la cantidad. En ambas hay dos fases. Si nos fijamos en F1 estas fases son M-D y D-M´. Lo que expresa que el poseedor de mercancías regresaba a casa tras cambiar las suyas por las de otro (pasando por la conversión en dinero). En cambio, si nos fijamos en F2 vemos que el poseedor de dinero pasa por el mercado y regresa a su casa con dinero, la misma cualidad que llevó, aunque con distinta cantidad: D´ en lugar de D. Va al mercado con dinero y cierra el circuito volviendo a casa con dinero. Esto es lo extraño: en su expresión biológica, es un intercambio absurdo e innecesario. Sólo se “justifica” por la diferencia cuantitativa entre D´ y D, entre el dinero final y el inicial. Marx insiste: es una diferencia meramente cuantitativa, que nada tiene que ver con la existente entre M y M´, mercancías cualitativamente diferentes, con distinto valor de uso. En F1 el actor regresa a casa con mercancías cualitativamente diferentes en su valor de uso; cambiaba las que no necesitaba por las que necesitaba, tal que el cambio está ligado a necesidades vitales, a su sobrevivencia. En F2 el dinero sale de ronda y regresa más gordo, sólo eso; ahí no aparece la necesidad natural, si acaso una necesidad o perversión social, que habremos de esclarecer.

3ª. En F1 se mueve M y en F2 se mueve D. Ambos circuitos tienen dos fases, contrapuestas, venta y compra; en ambos se enfrentan mercancía y dinero; en ambos aparecen individuos con la máscara de comprador y vendedor, etc. Pero en F1 se empieza con la venta y se acaba con la compra; en F2 ocurre a la inversa; en F1 se mueve la mercancía, y en F2 se mueve el dinero. El movimiento de M en F1 está muy controlado: el productor lleva lo que lleva y ha de regresar con lo que necesita; no le quedan alternativas. En cambio, el movimiento de D en F2 es alegre y danzarín, como Zaratustra; se mueve libre, con ingenio, es protagonista, dirige la puesta en escena y maneja el guion. Recordemos, es “ciudadano”, con vida propia, con fines propios, que usa el medio (la mercancía) a su servicio.

4ª. El dinero en F2 siempre regresa a su casa. Mientras M entra y sale, aparece y desaparece, en el mercado, D se va pero siempre se queda, marcha pero siempre regresa. Las mercancías salen definitivamente de la circulación, como los coches privados; el dinero, como los taxis, va y viene, siempre regresa, siempre en movimiento por la ciudad.

5ª. El dinero crece saliendo del mercado. En F1 el dinero se gasta en la segunda metamorfosis, se cambia en mercancía con valor de uso; como el buen súbdito, el dinero mercantil aparece para hacer su servicio y desaparece regresando discretamente a sus sombras, hasta que de nuevo reclamen su presencia. En F2 el dinero capital se gasta en la primera metamorfosis y, tras hacer un sospechoso mutis (que deberemos investigar) regresa en la siguiente escena: como el soberano, sólo abandona el escenario para que parezcan los sirvientes a hacer la limpieza, regresando de nuevo a disfrutarla rejuvenecida, embellecida, mejorada. El dinero es el protagonista, que va y vuelve, que nunca muere, siempre presente incluso en su ausencia (las mercancías, como sirvientes, siempre esperan al señor, siempre tienen presente al señor).

6ª. El dinero capital suda dinero. En rigor, D nunca se gasta ni desgasta, ni en F1 ni en F2; pero en ésta circulación capitalista engorda. En F2 se pone dinero en circulación al comprar la mercancía, y se retira al venderla. Su cuidador, que gusta ejercer de vendedor, “no suelta el dinero más que con la intención de volver a hacerse con él”. Cuando el cuidador del dinero hace de comprador, ya está pensando en hacer de vendedor. El dinero no se gasta, en realidad, sino que se “adelanta”. Este es su misterio: no se consume, siempre crece. El dinero no trabaja, no consume esfuerzo, no se desgasta, no envejece. ¿Cómo no divinizarlo?

7ª. En F2 el dinero va y viene, pero nunca cambia de manos. En F1 el dinero viaja, cambia de lugar: el vendedor lo recibe y, como comprador, lo entrega a un tercero; va de comprador a vendedor, errante de mano en mano, sin residencia ni destino, alejándose incesantemente. La mercancía, en cambio, va de una mano a otra, viaja con destino, con trayecto finito; viaja desde donde no tiene valor de uso hacia allí donde sí lo tiene. En F2 es la mercancía la que cambia al menos dos veces de lugar; hace el trayecto de vendedor a comprador y de éste a vendedor. Viaja en sucesivos trayectos. Viaja la mercancía, pero no el dinero, que siempre saca billete de ida y vuelta, vuelve siempre a las mismas manos. Sin este regreso, sin la venta, el circuito se rompe, fracasa. Por eso el capital cuida tanto de que el dinero no emigre, ni se exilie; su vida depende de que regrese siempre. (Pensad esto en el escenario del comercio internacional, veréis algunos de los secretos de las divisas).

8ª. La circulación F2 impone el imperio del reflujo. El reflujo de dinero en F2 depende de que se cumpla el circuito, de que se venda la mercancía; que se venda como sea, más cara, más barata o al mismo precio que sus colegas. El “reflujo” es una característica esencial del intercambio capitalista, a diferencia del de la circulación mercantil simple. El capitalismo se sostiene, vive, si se mantiene el reflujo, si se mantiene la circulación, que aquí es eterno regreso del dinero, realización del circuito. La potencia del capitalismo la determina la densidad de ese reflujo; su amenaza, su gran enemigo, es el estancamiento del mismo.

9ª. En F2 impera el valor (de cambio). No es así en F1, donde se parte de una M y se concluye en otra M´ que se saca de la circulación para el consumo; la finalidad última de la circulación F1 es el consumo, la satisfacción de necesidades humanas y sociales, dice Marx; su finalidad es satisfacer necesidades y su posibilidad es el valor de uso que lleva la mercancía en su cuerpo. En F2 no se persigue este destino. Se parte del dinero y se vuelve al final al dinero. Su finalidad, su impulso, es aumentar el valor acumulado, el único que puede incrementarse. El dinero no tiene propiamente valor de uso; tiene un sucedáneo del mismo, pero muy útil para la economía mercantil (ya lo hemos visto, su “valor de uso” es su cambiabilidad), y más aún para la capitalista (nada menos que realizar el valor, ejecutar el valor de cambio). El valor de uso no tiene magnitud, es cualitativo; el valor de cambio no tiene cualidad, es una magnitud. Por eso el dinero capital puede crecer indefinidamente, su esencia es la cantidad.

10ª. En F2 reina la valorización. En F1 los dos extremos son M, o sea, tienen la misma forma económica; y son M de la misma magnitud de valor y de valor de uso diferente. El contenido del movimiento, su sentido, es el intercambio social de productos, el intercambio de trabajo social. En F2 los dos extremos son D, tienen también la misma forma económica; no son en rigor valores de uso cualitativamente distintos (“dinero es la figura transformada de la mercancía en la que se borran los particulares valores de uso”); aunque puede decirse que su valor de uso es precisamente su universal valor de cambio; con más precisión, D y D´ son mercantilmente útiles pero metabólicamente estériles, no tienen valor de uso fuera del mercado. Sólo pueden distinguirse por su magnitud: el contenido del proceso, su sentido, no es otro que el cambio de magnitud de valor, que D pase a D´, la diversidad cuantitativa. F2 funciona, pues, bajo el imperativo de la cantidad, del crecimiento del valor de D.

11ª. El capital es valor que se valoriza. En F1 la M´ final se sustrae de la circulación; se sustrae pues un valor igual al que se introdujo con M. En F2 se sustrae dinero D´, pero en cantidad superior a la que se introdujo; ese incremento respecto al inicial es el plusvalor o plusvalía. O sea, en el circuito se mantiene el valor y se aumenta: el valor se (plus)valoriza. “Y ese movimiento lo convierte en capital” [3]. Esto es muy importante: éste es el rasgo esencial de la producción capitalista, a saber, el de ser valor que se valoriza. Así se define en rigor el capital.

12ª. En F2 el enriquecimiento es intrínseco al proceso. En F1 pueden ser cuantitativamente diferentes los valores de M en el origen y en el final; pero son efectos contingentes, ocasionales, casuales. Lo importante es que M tiende a tener igual valor en ambos polos; es lo razonable y frecuente, lo normal; es la ley. En cambio, en F2, si D fuera de igual magnitud en las dos posiciones, sería un proceso absurdo; carecería de finalidad y, por tanto, de sentido. En la circulación capitalista el plusvalor, el incremento del valor, es consubstancial e intrínseco.

13ª. F2 enuncia la reproducción del capital. En F1 se vende para comprar; ese intercambio tiene su medida y su final en el consumo, en la satisfacción de determinadas necesidades. Es un intercambio al cual la limitación le es esencial; no tiene sentido el intercambio por el intercambio, más allá de la satisfacción de las necesidades. En F2 se compra para vender, y aquí el objetivo es simplemente el de incrementar el valor de cambio: el movimiento, pues, es inagotable, no tiene fin ni medida.

14ª. El atesoramiento va contra el capital. El dinero en F2 no puede sustraerse a la circulación: dejaría de ser capital, se convertiría en mero tesoro, improductivo. Cuando el objetivo es la mera valorización, la rotación es imparable; la aceleración mide la salud del capital. Propiamente en el capitalismo cuenta menos el incremento (plusvalor) que la aceleración de ese incremento (el ritmo de crecimiento); en cada proceso, en cada rotación, el índice de crecimiento ha de “crecer”; la velocidad cuenta menos que la aceleración. Por eso el capitalismo soporta las “crisis”, que ontológicamente deben pensarse como imagen médica (krisis de la enfermedad): se destruyen medios de producción, que producen tantas mercancías que se estanca la circulación, para restablecer ésta.


1.4. Entramos ahora en las últimas reflexiones que, como he señalado, introducen a una conceptualizaron más intensa del capital.

15ª. El proceso F2 es inmanente. Marx comienza señalando una diferencia profunda entre ambas circulaciones: en F1 el proceso de circulación tiene un objetivo exterior, tal que sirve de medio para un fin que transciende la circulación, como es la satisfacción de las necesidades sociales; en cambio, en F2 el proceso es totalmente inmanente, sin más fin que el de su autoreproducción. La valorización propia del capitalismo sólo existe dentro de un movimiento de autorenovación permanente. Por eso “el movimiento del capital es desmedido”, dice Marx, condenado a no tener control.

“El poseedor de dinero es capitalista en cuanto es portador consciente de ese movimiento. Su persona o, por mejor decir, su bolsillo, es el punto de partida y el punto de regreso del dinero. El contenido objetivo de esa circulación –la valorización del valor- es su finalidad subjetiva, y el individuo no funciona como capitalista, como capital personificado, dotado de voluntad y consciencia, más que en la medida en que el único motivo impulsor de sus operaciones es la creciente apropiación de la riqueza abstracta. Así, pues, el valor de uso no se debe tratar nunca como finalidad inmediata del capitalista. Tampoco cada ganancia particular, sino el movimiento incesante del ganar. Este impulso absoluto al enriquecimiento, esta apasionada caza del valor, es común al capitalista y al atesorador, pero mientras que el atesorador no pasa de ser un capitalista necio, el capitalista es un atesorador racional. El incesante aumento del valor a que aspira el atesorador intentando salvar el dinero de la circulación lo consigue el capitalista, más listo, entregando ese dinero una y otra vez a la circulación” [4].

Es un rasgo esencial, del que podemos tener una idea intuitiva, pero que necesitará argumentación, y en su momento la aportaremos. Aunque tenga su argumento habitual en la representación de la voluntad de acumulación del sujeto capitalista, con su extendida imagen del “individualismo posesivo”, Marx prefiere enfatizar la objetividad de esa tendencia constante a la valorización. Al hacerlo no invoca un determinismo grosero; simplemente está intentando liberar el proceso social de su subordinación a las representaciones subjetivistas, como si la voluntad de acumulación de los capitalistas fuera una patología moral o psicológica. La subjetividad. Ya lo he dicho muchas veces, es para Marx real, tan real como los medios de producción; sentimiento, pasiones y conocimientos son instrumentos, medios mediante los cuales los individuos humanos se relacionen con la naturaleza, en su lucha por sobrevivir. Y esa subjetividad, en sus distintos niveles y figuras, se produce a lo largo de la historia, con la empeiría y la praxis, del mismo modo a como con unos medios técnicos se van produciendo otros más adaptados y eficientes.

Desde esta perspectiva ontológica, la voluntad del capitalista es una determinación económica; el capitalista qua capitalista no puede renunciar a su voluntad de acumulación. Y es así porque la forma capital, como valor que se valoriza, lo impone en tantos sea hegemónica. ¿Es inamovible y unidireccional esa determinación? Para Marx no, por eso cree en la posibilidad de una alternativa anticapitalista. Pero en tanto el capitalismo funcione, el individualismo posesivo –sin entrar en otros factores sociales o ideológicos que lo sobredeterminan- seguirá presente. Y, así establecido, se puede recurrir a uno u otro registro, el subjetivo que explique la objetividad desde la pasión subjetiva, o el objetivo que explica ésta como determinación desde la esencia del capital. Puede elegirse el “relato”, pero si éste no pretende ser una novela, sino una descripción razonable de la realidad, ha de respetar esa ontología. Al fin todos sabemos que, aunque pensáramos las máquinas como meras creaciones humanas, productos de su ars inveniendi, difícilmente discutiríamos que, inventadas, creadas y puestas ahí fuera no determinarían nuestra manera de manejarlas y vivir con ellas.

La máquina capitalista, que fue “inventada” para producir más y mejor, conforme a ese fin acabó siendo una máquina que revalorizaba el valor. Y, dentro de ese modelo, llegó a ser tan perfecta que no puede renunciar a esa ley ontológica spinoziana de perseverar en el ser; hasta el punto de que si se para se estanca y destruye. Por eso insinúa Marx que en el capitalismo es más fundamental la valorización que la acumulación, lo que se visibiliza cuando se destruyen productos, que distorsionarían la circulación en Mercado, para poder seguir produciéndolos; por eso nos dice que en esa máquina productiva capitalista es más importante la aceleración que la velocidad.

16ª. En F2 todos los actores son formas del capital. Aunque la transformación de F1 en F2 es históricamente un largo proceso, y aunque ésta ya sea hegemónica persisten espacios donde aquella aún está vigente, en el orden lógico la dominación de la escena por F2 implica que ya se ha producido el cambo de subsunción, que ya todo está subordinado a la forma capital. Conceptualmente todos los entes presentes en la circulación F2 son ya formas del capital. Eso supone un profundo cambio respecto a F1, donde dominan las formas de la mercancía, donde incluso el dinero es una forma del valor de la mercancía, que media el intercambio y desaparece en la metamorfosis final. Un cambio sutil, por ser F2 una circulación mercantil, y por realizarse a lo largo del tiempo, casi inadvertidamente; pero definitivo e irreversible como la historia misma.

Efectivamente, en F2 todo transpira capital; todo es valor que se valoriza. Tanto M como D funcionan aquí como “modos” diferentes de existencia del valor: el dinero es su modo de existencia general y la mercancía su modo de existencia particular. El valor pasa de una forma a otra, sin perderse, como un “sujeto” invisible que viaja por distintos escenarios adecuando su presencia a la ocasión. El capital está ya en todas partes de Mercado, en el dinero y en las mercancías; y también, como luego veremos, en los otros lugares exteriores, fuera de la circulación.

En la circulación capitalista el verdadero sujeto que circula es el valor; las distintas figuras o estaciones del circuito son soportes logísticos o momentos del proceso de génesis del valor; todas esas figuras son como como cuerpos que permiten el viaje mundano del alma, o contenedores para el almacenamiento y el transporte. Es importante esta idea; y es importante el énfasis que Marx pone en ella: es el circuito del valor, éste es el sujeto que se mueve y produce, que engorda y se autoproduce a sí mismo:

“Pero en realidad el valor se hace aquí sujeto de un proceso en el cual, sometido al cambio constante de las formas de dinero y mercancía, alterna su propia magnitud, se desprende, en tanto que plusvalía, de sí mismo como valor inicial, se valoriza a sí mismo. Pues el movimiento en el cual echa plusvalía es un movimiento propio suyo; y valorización es, por lo tanto, autovalorización. El valor posee la oculta cualidad de engordar en valor porque es valor. Pare retoños vivos, o, por lo mismo, pone huevos de oro” [5].

Ahora, tras la figura D-M-D´, lo que se mueve es el valor; el dinero y las mercancías son las mulas que llevan en su vientre el valor; sus movimientos ya están dirigidos por la ruta del valor y su implacable destino, la valorización. Y parece, nos dice Marx, como si el proceso, que pasa por las diversas metamorfosis, necesitara una forma autónoma en que encarnarse, una forma que actuara como cuerpo dominante y omniabarcante; pues bien, el valor encuentra esa forma privilegiada el dinero. “Sólo en el dinero tiene esa forma”, nos dice. El dinero es punto de partida y de llegada de todo proceso de valorización. Pero, nos recuerda Marx constantemente, en su constante desvelamiento del fetichismo, el dinero no existe sin las mercancías, no se hace capital si no asume la forma de mercancía. Si en el atesoramiento, al salir del circuito, se enfrentaba a la mercancía, no así cuando funciona de capital:

“El capitalista sabe que todas las mercancías, por andrajoso que sea su aspecto o por mal que huelan, son, en fe y verdad, dinero, judíos íntimamente circuncidados y, encima de esto, medios milagrosos para hacer de dinero más dinero” [6].

17ª. La circulación F2 expresa el triunfo definitivo del capital. En esta última reflexión Marx argumenta que en F2 todo está subsumido al capital; aquí el valor aparece como “sustancia en proceso y motora de sí misma”, tal que la mercancía o el dinero son meras formas suyas. Con la ironía que muy de tanto en tanto pone en escena, nos regala éste símil teológico:

“En vez de representar relaciones entre mercancías, el valor entra ahora, por así decirlo, en una relación privada consigo mismo. Como valor inicial se distingue de sí mismo como plusvalía, igual que Dios Padre se distingue de sí mismo en cuanto Dios Hijo, y ambos son de la misma edad y forman de hecho sólo una persona, pues sólo gracias a la plusvalía de 10 libras esterlinas llegan a ser capital las 100 libras esterlinas adelantadas, y en cuanto que han llegado a serlo, en cuanto que el Hijo está engendrado, y por el Hijo el Padre, desaparece su diferencia y vuelven a ser ambos Uno, 110 libras esterlinas” [7].

Imagen relevante, que “ayuda” a visualizar un aspecto de su ontología en el que ya he insistido. Nótese la distinción entre Dios Padre y Dios Hijo que sirven de modelo a la distinción entre valor y plusvalor. Especialmente dos rasgos: uno, que ambos son de la misma edad y forman una sola persona; otro, que Dios Padre sólo es tal cuando nace el Dios Hijo, y así el valor inicial no es valor hasta que no genera el plusvalor. O sea, la paternidad deriva del hijo, y el valor del plusvalor. Y, claro está, tienen la misma edad –el valor es plusvalor, nace de y con éste-, son una misma persona. En definitiva, al igual que padre e hijo son inseparables, dos términos de una relación, así valor y plusvalor; nacen y mueren juntos; son una misma cosa. No tiene sentido preguntarse quién vino antes a la existencia.

1.5. A lo largo de sus textos económicos Marx ha ido definiendo el capitalismo por diversos rasgos, todos esenciales en el sentido de rasgos intrínsecos, constitutivos; pero es a partir del momento en que logra el concepto de capital como valor que se valoriza, que lucha ciego y a muerte en la autovalorización, cuando realmente estará en condiciones de repensarlo de forma coherente y ordenada.

Por eso este Capítulo IV, y especialmente estas últimas reflexiones, constituyen un lugar preferente para la elaboración del concepto de capital. Nótese que todos estos movimientos y relaciones, y mucho más, ocurren en la circulación. Y la circulación es el palacio del dinero: el dinero aparece en ella, procede de ella, entra y sale, vuelve a ella, engorda en ella, se reproduce en ella, recorre mil veces de mil maneras distintas el mismo circuito D-D´. La circulación capitalista es el circuito del dinero, es el mundo del capital, una patria que, como todas las patrias, tienen sus reglas inexorables, que las identifican, las diferencian y las sostienen. Cuando Marx decía que “los propietarios no tienen patria”, también apuntaba a esta raíz: la suya no puede ser la patria del capital, pues la ley del capital es la negación (subordinación, explotación) del trabajo incluso bajo esta forma del trabajo-mercancía. El capitalismo es la patria del capital, no de la mercancía, pues incluso ésta es degradada a mero instrumento; es subsumida como cuerpo del valor al destino impuesto por la forma capital, que no es otro que valorizarse.

Resulta realmente sorprendente que el análisis y comparación de ambas fórmulas permita extraer tantas diferencias entre ellas, mostrar tanta distancia entre ambos mundos, el mercantil y el capitalista, a pesar de que éste usa al otro como su cuerpo. El objetivo de Marx es desvelar y descifrar estas diferencias invisibles que operan y determinan no sólo una forma de producción sino un modo de vida; en ese doble juego, el de la diferencia y el de la ocultación, está la esencia y el secreto del capital. La relación genética y dialéctica entre ambas fórmulas, la relación de subsunción entre ellas, entre el movimiento de las mercancías y el movimiento del capital (que, recordémoslo, son un sólo movimiento, tienen el mismo cuerpo), entre ambos modos de producción y de vida, su unidad y contraposición, su dependencia y exclusión, se convierten en el objeto de conocimiento para quien quiere pensar el capitalismo.

De esta manera Marx ha puesto de relieve que, con la irrupción del dinero y la hegemonía de D-M-D´, con la circulación capitalista, todas las relaciones y figuras sociales cambian de sentido; y es así aunque se da simultáneamente con la M-D-M´, a caballo de ésta, subsumiéndola bajo su forma; hasta el punto de que los productores de mercancía en un principio no perciben el cambio de escenario, pues ellos siguen encontrando en el mercado a compradores y vendedores, no descubren la figura del capitalista que se oculta bajo su manto. El mundo del capital hace que todos los movimientos y relaciones cambien de sentido, que poco a poco se subordinen a la dirección del dinero capital, el dinero de la F2. Sin saberlo, buena parte de esos productores de mercancía forman parte de un proceso complejo en el que acabarán sucumbiendo en tanto productores de mercancías, condenándose a ser trabajadores asalariados; de hecho, la aparición de F2 sólo es posible en tanto que ya han sufrido ese destino buena parte de los productores de mercancía, es decir, en tanto que ha aparecido la figura del mero productor de fuerza de trabajo, de quien no posee otra cosa que su fuerza de trabajo. El trabajador asalariado es el trabajador que ya no puede producir por sí mismo mercancías, al haber perdido los medios de producción. Enseguida veremos que D-M-D´ sólo es posible bajo esta condición: la existencia de la fuerza de trabajo como mercancía; o sea, la existencia del trabajador como clase proletaria.


2. Contradicciones de la fórmula general.

Llegado a este punto, descrito este mundo del capital, esta patria de nuevos personajes, de nueva ontología, es inevitable preguntarse: ¿sigue siendo éste el mundo de las mercancías? Si han cambiado las figuras del poder, si han aparecido nuevas relaciones y subordinaciones entre su “ciudadanos”, si han cambiado las leyes, la finalidad y el sentido de su existencia, ¿no se trata de una nueva patria? ¿No ha habido una auténtica revolución que rompe con el orden anterior?


2.1. Marx nos dice que sí pero no. Así parece mirado de cerca, que la circulación al servicio del capital es enemiga radical de la circulación al servicio del intercambio de mercancías, que impone un nuevo orden al servicio de un nuevo fin:

“la forma de circulación en la que el dinero resulta ser capital está en contradicción con todas las leyes antes expuestas acerca de la naturaleza de las mercancías, del dinero y de la misma circulación” [8].

Si ahora el movimiento está subordinado a que D se coinvierta en D´, lo demás –el intercambio como modo de satisfacción social de las necesidades humanas- ¿ya no cuenta?, ¿pasa a segundo lugar? Esta es la gran cuestión a dilucidar. Porque tal vez podamos decir, en el registro subjetivo, que no cuenta para Mr. Prouvost, pero sí para Herr Kapital, que así nos aparece como la figura de Mr. Prouvost con consciencia de sí. Subjetiva y groseramente, no cuenta; lo que “cuenta” es lo que entra en las cuentas, lo que se contabiliza; y sólo el incremento del dinero tiene este privilegio. Ahora bien, objetiva y conscientemente, también cuentan -¡y mucho!- las condiciones de posibilidad de ese movimiento acumulativo del dinero, y tales condiciones están constituidas por el movimiento e intercambio de las mercancías. El valor viaja en su vientre, y se realiza en Mercado; aunque la figura del dinero capital transforme bajo la hegemonía la patria de las mercancías, necesita de esta patria. ¡La patria siempre cuenta, aunque sea bajo la ley de hierro del conquistador!

Establecido que cuenta, podemos aceptar que pasa a un “segundo lugar”; un lugar secundario en el registro subjetivo, en cuanto a la atención que le presta el propietario del dinero, sólo atento a la música del bolsillo; y un lugar secundario, aunque no tanto, en el registro objetivo, en tanto que ahora el intercambio queda subsumido en la forma capital. Es decir, aunque el intercambio seguirá siendo intercambio, y en consecuencia modo social de satisfacción de las necesidades, ahora se reorganiza para cumplir esa función sirviendo a la acumulación del capital. En otras palabras, la circulación capitalista sigue siendo mercantil, y por tanto sometida a las reglas de intercambio de mercancías, pero ahora sobredeterminada por una nueva forma hegemónica que impone una nueva función. Y como la relación es de clara subsunción, no hace falta insistir en que hay resistencias y contradicciones, como la cita de Marx relata.

La presencia de la contradicción es fácil de visualizar, ya que consiste en que en el mundo del capital aparece el enriquecimiento, cosa inexistente de forma significativa en el reino simple de las mercancías; en cambio es más complejo comprender la aparición de la contradicción, pensarla desde la inmanencia, es decir, no como contingente y arbitraria irrupción de un nuevo orden, sino como desenlace necesario del viejo orden anterior. En su esfuerzo por pensar la contradicción, Marx llama la atención sobre un hecho aparentemente simple: en F2 se invierten los dos movimientos intrínsecos y contrapuestos del intercambio de mercancías, la venta y la compra. Si en la circulación mercantil simple F1 se vendía para comprar, en definitiva, para consumir y así satisfacer unas necesidades humanas, en la circulación capitalista F2, por el contrario, se compra para vender, o sea, para acumular. No tiene sentido poner en movimiento el dinero si no es para que regrese ampliado; y es así, y sólo así, como aparece una nueva figura, la del capitalista.

Veíamos que en F1 el productor pasa sucesivamente por las figuras del vendedor y el comprador; esto es así, pero obviamente la transfiguración implica un cambio de compañera en la relación, se realiza respecto a diferentes mercancías: vendedor de M y comprador de M’. En F2, en cambio, la cosa es un poco más compleja, pues aparece esa nueva figura, la del capitalista, que acapara para sí ambas funciones respecto a la misma mercancía, M, que sucesivamente compra y vende: compra una mercancía al productor para vender esa misma mercancía al consumidor. Compra, pues, sin necesidad, sin tener en cuenta su utilidad, sin más objetivos que la acumulación. Y, al hacerlo, cosa muy importante para nuestro objeto de reflexión, acapara ambas figuras de comprador y vendedor al tiempo que oculta su rostro tras ellas. Efectivamente, el capitalista alterna y pasa de comprador a vendedor, de poseedor de dinero a poseedor de mercancías y de nuevo poseedor de dinero; pero esas dos figuras las presenta separadas, como dos máscaras distintas, que usa una ante el productor-vendedor y otra ante el consumidor-comprador.

Esto es muy importante, pues nos permite ver que, en el fenómeno, -y todo lo que se deja ver en Mercado es fenoménico-, para el productor las cosas siguen funcionando como antes de aparecer el dinero capital, como antes de abrir las puertas al capitalista. Éste entra clandestinamente, sin etiqueta en su frente, como mero poseedor de dinero, indistinguible del productor que acaba de vender su producto y busca mercancías para el consumo. Claro, con el paso del tiempo y observando la escena puede llegar a sospechar que hay allí personajes raros, que venden lo comprado sin consumirlo, y esas cosas. Pero, cuando se dé cuenta, ya esos personajes dominarán la escena, y serán tan poderosos que nada pueda hacer contra ellos. Además, tampoco los ve peligrosos, pues al fin facilitan mucho el movimiento, y eso es bueno para sus objetivos. En resumidas cuentas, esa figura del dinero capital se abre paso sin estruendos, favorecida por su eficiencia; no deberíamos olvidarlo.

Permitidme insistir en ello. El capitalista nunca aparece en Mercado como capitalista; sólo se deja ver como figura de la circulación. Así, pues, los actores de la transacción capitalista ignoran que están en una F2, pues actúan como en una F1; creen que están en la patria de las mercancías cuando un golpe de estado invisible ha instaurado la patria del capital. Para el productor-vendedor de mercancías el capitalista no aparece como capitalista, sino como comprador de sus mercancías; e igualmente respecto al consumidor-comprador, que no sabe la genealogía del vendedor, no sabe a quién compra. No saben con quién tratan, actúan como si estuvieran en una F1, en la circulación mercantil simple. El capitalista, en cambio, aunque espontáneamente juega el juego del enmascaramiento, intuye que juega otro rol; es decir, se sabe idéntico bajo las dos máscaras. Por tanto, sólo el capitalista tiene consciencia de sí, es para sí, se sabe figura nueva creadora de una circulación nueva que trastoca el significado y sentido de todas las relaciones de intercambios. Ante los otros sigue vistiendo ropajes de la F1, pero en realidad ha revolucionado la patria de las mercancías y ha transformado sus reglas y su sentido. Ha puesto otra bandera en la torre del consistorio e incluso ya suena otro himno en los alrededores del mercado.


2.2. Ahondemos un poco más. Hemos visto que para el capitalista sus dos acciones, comprar y vender, con su irreversible orden de sucesión, forman parte del mismo proceso, invisible para los otros dos actores del mismo, el vendedor y el comprador con quienes realiza su intercambio, quienes no se conocen ni relacionan ni les importa la particular relación del capitalista con el otro. En rigor, estos dos representantes del antiguo régimen se creen inmersos en un proceso normal de F1: quien vende al capitalista, ve en éste la figura del comprador, y quien le compra, ve en el mismo la del vendedor. Como los dos actos no suelen darse simultáneos y en recíproca presencia, no notan ninguna innovación. Más adelante, cuando se intensifique y generalice la figura del capitalista, la doble transacción será transparente: vendedor y comprador acabarán aceptando –no sin ciertas sospechas y resistencias, como en toda relación de subsunción- aquella figura híbrida, jánica, de comprador-vendedor, en constante metamorfosis en el doble diálogo. Pero la seguirán viendo como una figura de la circulación F1; mientras vean en él un intermediario en la circulación, no pasará de ser un protocapitalista que se solapa y confunde con el afable mercader, históricamente afincado en F1.

El problema que plantea F2 es la identificación de D´, o sea, el enriquecimiento de los personajes poseedores del dinero. Marx piensa, con razón, que si realmente seguimos en un mundo de las mercancías no debería ser posible el enriquecimiento. Sabemos que en Mercado está prohibido por la exigente regla de intercambio de mercancías conforme al equivalente de valor que transportan. Al fin, el capitalismo es, y no puede dejar de ser, un régimen mercantil, y deben seguir vigente la regla de intercambio. Por tanto, dado que en F2 se altera el orden de los cambios, pero no la regla de intercambio conforme al equivalente de valor, ¿cómo explicar la legítima presencia de D´? Si F2 es, aunque con otro orden, una circulación mercantil, ¿cómo explicar el enriquecimiento? Marx nos dice:

“la inversión de la sucesión no nos ha sacado de la esfera de la circulación simple de mercancías; consiguientemente, lo que tenemos que mirar es si esta circulación permite por su naturaleza la valorización de los valores que entran en ella y, por tanto, la formación de plusvalía” [9].

Es decir, para explicar este misterioso incremento del dinero hay que volver a analizar ambas fórmulas y averiguar si la F2 es una simple variante de la F1 o si, por el contrario, siendo contradictoria con ella, violando sus reglas fundamentales, es un mundo alternativo. Al fin, F1 no permite la aparición del capital porque no permite la valorización; y si F2 permite la acumulación es, o bien porque está fuera de la circulación mercantil, por violar las reglas de intercambio, o bien porque se trata de un tipo de circulación raro, exótico, misterioso, que viola las reglas sin violarlas, algo así como un “fraude de ley”. Analicemos este problema siguiendo de cerca la reflexión de Marx.

a) Remontémonos al origen de los tiempo y partamos de la forma trueque, figura elemental de la F1, en la que el dinero no está presente, pues sólo aparece como dinero contable, mera expresión de los valores de la mercancía según sus precios. En el trueque el protagonista absoluto es el valor de uso; y, en este sentido, en el intercambio ambos ganan, sean cuales fueren las magnitudes intercambiadas. Y es así al menos por dos razones: una, porque cambian excedentes, productos sin valor para ellos, por productos que les son necesarios; otra, porque muy probablemente el tiempo de trabajo empleado en producir lo que uno entrega es inferior a lo que emplearía en producir lo que recibe. Por ejemplo, si el intercambio es de vino por trigo, el productor de vino recibe más trigo y el de trigo más vino que el que producirían ellos en el tiempo empleado en producir sus respectivos excedentes (debido a la mayor rentabilidad por la especialización). Por tanto, es una transacción en la que, en cuanto al valor de uso, ambos ganan. Ambos se van contentos a sus casas.

Pero no ocurre lo mismo respecto al valor de cambio. Aquí Mr. Ricardo, que contempla la escena de los productores contentos, se reafirma que eso de la felicidad tiene mucho que ver con la justicia, aunque no se sepa. Pero ensalza la sabia ley de Mercado que ha determinado que, aunque ambos ganen en el tema del valor de uso (ventajas mutuas producidas por el trueque), ninguno gana o pierde en la transacción respecto al valor de cambio, pues siempre se intercambian valores equivalentes de trigo y vino. Si la especialización o monocultivo ha permitido a ambos rebajar un 20% el tiempo de producción, habrán rebajado en dicho 20% el valor de sus productos, y la relación de intercambio será por ello la misma.

b) Pasemos ahora a una F1 ya dineraria, donde el dinero está presente y los actos de compra y venta se separan en lugar y tiempo. En este caso, el valor de las mercancías está representado en sus precios, expresión dineraria del valor [10], antes de que entren en circulación; o sea, el valor (y el precio) es un presupuesto de la circulación, no un resultado de la misma. Marx dice que en la F1, aparte del cambio de un valor de uso por otro, hay una metamorfosis de una mercancía en otra: el productor llevaba vino al mercado, fruto inmediato de su trabajo, y regresa con trigo, fruto mediato de su trabajo, metamorfosis facilitada por el intercambio. Un mismo valor, esto es, la misma cantidad de trabajo social objetivado, permanece en manos de un mismo poseedor de mercancías, primero en la figura del vino, luego en la del dinero, al fin en la del trigo… Pero “este cambio de forma no implica ninguna alteración de la magnitud de valor” [11].

El valor cambia de forma de aparición, pero no de magnitud. En F1 las mercancías se intercambian según la regla del equivalente de valor. Por tanto, si bien ambos agentes pueden salir ganando respecto al valor de uso, no así respecto al valor de cambio (descontando las desviaciones, siempre contingentes, impuestas por las circunstancias). O sea, en F1 no se produce plusvalor. Contra la idea corriente, dice Marx, el comercio no es fuente de plusvalor. Las confusiones se derivan de pensar el valor como algo subjetivo, en función de las necesidades, deseos y funciones de los sujetos, en definitiva, en función de la demanda. Suele confundirse el valor con el valor de cambio, y éste con el valor de uso, que pasa a ser el fundamento de los precios; además, a la hora de ponderar éste, se suele añadir el supuesto subjetivo de la jerarquía de las necesidades y deseos humanos. Todo ello responde a una confusión, porque, como dice Marx, la utilidad en el mercado es totalmente relativa: si el valor de uso de una mercancía (por ejemplo, el trigo) es más útil para el comprador (por eso la busca y la compra) que para el vendedor de la misma, en cambio para el productor vendedor del trigo es mucho más útil el dinero, con el cual puede comprar otras mercancías que necesita…

“Si se intercambian mercancías, o mercancías y dinero, del mismo valor de cambio, o sea, equivalentes, entonces es manifiesto que nadie extrae de la circulación más valor del que lanza a ella. Y entonces no hay formación de plusvalía” [12].

En consecuencia, por muy importante que sea el valor de uso –y lo es, basta pensar que sin él no tiene sentido el intercambio-, no interviene en la determinación de los valores de cambio, ni de los precios. En Mercado cada cual tiene su función, todas importantes, pero curiosamente no intercambiables en la ciudad del intercambio.

c) Claro, esto ocurre en Mercado porque, al igual que la platónica, es una ciudad pensada, una ciudad “en idea”; aquí F1 es la circulación ideal, su “forma pura”. En el mundo no suele haber tanta pureza, y aparece con frecuencia el intercambio de no-equivalentes. En este mundo real, conviene recordarlo, los poseedores de mercancías se enfrentan como poseedores; su fuerza es la de sus mercancías. El motivo del cambio es la diversidad material de las mercancías y de la diversidad de necesidades (acentuada por la división social del trabajo), tal que sus poseedores son interdependientes y su trabajo individual deviene social. Las mercancías tienen diversos valores de uso porque son materialmente diversas; pero mercancías con los mismos valores de uso tienen distintos valores, lo que se aprecia en la diferencia de los precios.

Supongamos que por “algún privilegio inexplicable” las mercancías en general pudieran venderse por encima de su valor; por ejemplo, un precio 10% mayor. Como el vendedor ahora ha de pasar a comprador después, su privilegio momentáneo se convierte en castigo futuro en su siguiente figura, y ha de pagar como comprador un 10% más de su valor para pagar su “culpa” por haber cobrado un 10% más cuanto le tocaba hacer de vendedor. Mercado lo tiene todo previsto, y es una ciudad que presume de justiciera. Las desviaciones, pues, se neutralizan, y globalmente el intercambio es de facto por su valor, dice Marx. Es algo similar a si tuviera lugar un cambio de moneda de oro a plata… Sólo cambian los nombres del dinero, los precios; pero no las relaciones de valor por las que se intercambian. Marx es rotundo:

“La formación de plusvalía y, por consiguiente, la transformación de dinero en capital no se puede, por lo tanto, explicar por el hecho de que los vendedores vendan las mercancías por encima de su valor ni por el hecho de que los compradores las compren por debajo de su valor” [13].

Al fin, dice Marx, hay que entender que en la F1, en el intercambio, se enfrentan siempre dos productores: uno de mercancías y otro de dinero. Sí, éste es también un productor, ha producido mediatamente su dinero con su trabajo, “ha producido él mismo la mercancía representada por su dinero” [14]. Dado que se enfrentan dos productores, explicar la plusvalía desde el privilegio del vendedor es contradictorio. Supone imaginar la abstracción de una clase que vende y no compra y otra que compra y no vende; una que produce y no consume y otra que consume y no produce. Dado que las dos funciones son figuras alternativas sucesivas insoslayables por las que pasa todo agente de la producción, ese supuesto es contrafáctico en los límites de la F1. Puede haber un vendedor espabilado que, siendo paritario el cambio del litro de vino por el kilo de trigo, consiga intercambiar sus 40 kilos de trigo por 50 litros de vino. A él le irá de maravillas, pues puede gozar de una docena de borracheras no esperadas, pero ¿qué efecto social tiene? ¿Se ha enriquecido la sociedad con esa astucia? Antes del cambio había un valor de 90; después, también de 90. Lo único que ha pasado es que se ha invertido el reparto en magnitud del valor, uno ha ganado 10 y otro perdido esos 10; pero el proceso no ha creado socialmente nada. El valor circulante no ha variado un átomo, sólo ha cambiado de bolsillo. Si quisiéramos llamar “plusvalor” lo que uno gana, deberíamos llamar “minusvalor” lo que el otro pierde; y ambos suman cero. Conclusión:

“La totalidad de la clase de capitalistas de un país no puede perjudicarse a sí misma. (…) Se coja por donde se coja, el resultado es el mismo. Si se intercambian equivalentes no surge ninguna plusvalía, y si lo que se intercambia son no-equivalentes tampoco surge ninguna plusvalía. La circulación, el intercambio de mercancías, no produce ningún valor” [15].

La plusvalía, pues, no acompaña ni al capital usurero ni al capital mercantil; en ambos casos el “comerciante” o “mercader” es una figura parasitaria [16] que se introduce entre los poseedores de mercancías y dinero [17]. En consecuencia, es inevitable pensar que la génesis de la plusvalía necesita para su aparición otras condiciones, genuinamente capitalistas, y ajenas a la simple estafa o pillería en el intercambio.

De momento lo que interesa a Marx es concluir que la plusvalía no se origina en la F1. Y se hace la pregunta: “¿puede proceder la plusvalía de algún lugar que no sea la circulación?” [18]. Fuera de la circulación el poseedor de la mercancía tampoco puede valorizar el valor. El valor de la mercancía es la cantidad de trabajo objetivado en ella, producido por el productor y poseedor; esta cantidad de trabajo se expresa en la magnitud de valor de la mercancía; la magnitud de valor se expresa en dinero contable; y esa expresión de la cantidad o magnitud en dinero se llama precio. Pero estas relaciones, aunque parecen entre cosas o propiedades de las cosas, son sociales; el poseedor nada puede hacer privadamente (hemos visto que tampoco en el proceso de circulación) por valorizar el valor de su mercancía; privadamente ni siquiera puede conseguir que su producto devenga mercancía. Puede acumular más valor tomando el producto del trabajo como objeto (materia prima) a elaborar con más trabajo; pero eso no es valorizar el valor, es sumar más cantidad de trabajo.

“Es pues imposible que el productor de mercancías valorice dinero, y, con ello convierta dinero o mercancía en capital, fuera de la esfera de circulación, sin entrar en relación con otros poseedores de mercancías” [19].

En conclusión, el capital no puede brotar de la circulación, ni tampoco puede hacerlo fuera de ella, obra del productor privado; y, para cerrar la paradoja: en F2 el capital no puede tampoco no brotar. Tiene que brotar y no brotar al mismo tiempo; este es el misterio escondido en la circulación capitalista F2.

Insisto de nuevo: en F2 se siguen cumpliendo las reglas de la F1, la circulación capitalista es circulación necesariamente mercantil. Por tanto, en ella el intercambio de mercancías y la conversión de dinero en capital siguen las reglas intrínsecas del intercambio de equivalentes y, en consecuencia, el poseedor de dinero ha de comprar mercancías por su valor y venderlas por su valor. Y aun así, cumpliendo esas leyes, el capitalista, nueva figura de la circulación, ha de sacar al final del proceso más dinero del que metió en él. ¿Cómo conciliar estos supuestos? ¿Cómo conseguir que F2 rija en el mundo de las mercancía, respetando por tanto las leyes de F1, y que al mismo tiempo permita y exija el enriquecimiento, imposible y objetivamente prohibido en F1?


2.3. Para descifrar este misterio hay que dirigir la mirada a la entrada en escena de una nueva forma de la mercancía, la fuerza de trabajo. O, si se prefiere, se ha de centrar la mirada en la fuerza de trabajo, que ha estado siempre presente como medio de producción insustituible, y que ahora aparecerá como mercancía. Es lo que tiene el análisis, que al actuar por atracciones, deja fuera, conforme al “Principio de la presencia insuficiente de las categorías [20], elementos que en algún momento han de aparecer, y que obligan a revisar y reajustar lo antes dicho. Recuperemos ahora para su análisis la fuerza de trabajo, la mercancía oculta.

Sólo muy de pasada y en alusión general hemos hecho referencia a que en Mercado hay una mercancía especial, la fuerza de trabajo. Ella es la que hace que todos los trabajadores tengan derecho a pasear por sus calles como productores y poseedores de mercancía. Volveremos más adelante sobre ella y su especial función; ahora sólo destacaremos algunos aspectos de la misma.

La fuerza de trabajo no es mercancía de nacimiento; originariamente nace y vive fuera del mercado; su lugar natural es la esfera de la producción. Y como tiene la particularidad de anidar en el cuerpo del trabajador, vive con él y donde él. Por eso, mientras el trabajador es productor, porque dispone de los otros medios de trabajo, la fuerza de trabajo es sólo eso, un medio de producción, un elemento que interviene en la producción de valores de uso y, en su caso, mercancías. Pero en determinadas circunstancias, como las que originan el capitalismo, en que el productor carece de tales medios, por haber sido desposeído de ellos, y en consecuencia en sentido estricto deja de ser “productor”, aparece la necesidad de usar de otra manera su fuerza de trabajo. Y esa otra manera es venderla, o sea, transmutarla de medio de producción en mercancía; mercancía que otro –que tenga medios de producción y le falte fuerza de trabajo- compre para que dicha fuerza de trabajo vuelva a ser, tras su paso por la condición de mercancía, de nuevo medio de producción, ahora al servicio de su nuevo amo.

Es así como la fuerza de trabajo se ve empujada a abandonar su lugar natural, en la producción privada del productor, y hacer su entrada en Mercado, en la patria de las mercancías, adquiriendo los derechos y deberes de ésta como nuevo habitante de esa república independiente. Por tanto, el trabajador accede a Mercado en calidad de poseedor de esa mercancía particular y sorprendente, esa mercancía por contingencia (la desposesión) y de tránsito (destinada a devenir de nuevo medio de producción).

Nótese que esta nueva mercancía es una forma o modo de aparecer, una metamorfosis, de la fuerza de trabajo que antes y después aparece como mero instrumento de producción; y que esa simple metamorfosis cambia radicalmente su significado, su sentido y el de la totalidad en que se aloja, el mercado. Fuera, la fuerza de trabajo hacía posible la economía de sobrevivencia y la mercantil simple; dentro, metamorfoseada en mercancía, hace posible nada más ni nada menos que la producción capitalista; mediante un mecanismo que aún hemos de describir, al aparecer en F1 crea las condiciones de posibilidad de convertir esta circulación en modo F2; o sea, al ingresar en el orden mercantil genera la posibilidad de que devenga capitalista. En fin, en la fuerza de trabajo se encierra, como veremos, ese secreto del mundo de la mercancía en que, intercambiándose por su valor, permite el enriquecimiento.

Marx había ya enfatizado que para que un producto sea mera mercancía es necesario que sea producido sólo para la venta; el reino de las mercancías es el final de un largo proceso, que va de la mera producción de valores de uso, pasando por una coexistencia entre éstos y mercancías, hasta el dominio completo de éstas. Ese proceso va de la mano de la división del trabajo y la consumación de la escisión entre valor de uso y de cambio, que se inician en el trueque. El dinero como equivalente de la mercancía, lo hemos visto, aparece cuando el desarrollo de la mercancía ha alcanzado cierto nivel; pero las formas especiales del dinero (medio de circulación, medio de pago, tesoro, dinero mundial…) corresponden a estadios de desarrollo muy avanzados. Marx dice que todas esas figuras aparecen con una F1 débil, y se irán desarrollando con ella. En cambio, no ocurre lo mismo con el capital; esta figura de la circulación no está en el origen:

“El capital surge sólo cuando el poseedor de medios de producción y de vida encuentra en el mercado al trabajador libre como vendedor de su fuerza de trabajo, y ya esta sola condición histórica encierra toda una historia mundial. Por eso el capital anuncia desde el primer momento una época del proceso social de producción” [21].

El capitalismo surge sólo cuando en el mercado aparece la fuerza de trabajo como mercancía, cuando se puede comprar y vender siguiendo las reglas de intercambio de las mercancías. Y para que así sea, antes ha habido una larga historia, la historia de la desposesión, de la separación del trabajador de sus medios de producción. Por tanto, las condiciones de posibilidad del capitalismo se han generado antes de la aparición de éste; el capitalismo también arrastra las marcas de una larga historia, de la que en algún momento hemos de hablar, aunque sea en síntesis, para ver los límites.

Sólo en esas condiciones de desposesión de los trabajadores, y de la consiguiente presencia de la fuerza de trabajo como mercancía, tiene sentido en Mercado la aparición de la circulación F2, es decir, tiene sentido que el D salga de caza y regrese engordado en D´, pues sólo mediante el uso, aunque sea temporal, de la fuerza de trabajo puede regresar valorizado. Este es, para Marx, el secreto del capitalismo. Y esto merece una reflexión detenida sobre esta mercancía peculiar que permite la creación de plusvalor.


3. Compra y venta de la fuerza de trabajo.

Como hemos visto, la valorización no puede darse en la producción mercantil simple: ni en el momento de producción de las mercancías por el trabajo privado, ni en su conversión en dinero, en la fase M-D, al fin una mercancía más (con valor fijo) o simple medio de pago (que realiza el precio de las mercancías), ni en la reconversión de éste en mercancía, en la fase D-M´. Por su parte, en el modo mercantil capitalista, en tanto mercantil y por los mismos motivos, la valorización tampoco puede tener lugar en la circulación, ni en el momento D-M ni en el M-D´; es decir, ni en la compra ni en la reventa de la mercancía. El plusvalor no se genera, pues, en el comercio, en el cual se cumple la ley del equivalente de valor en todas las fases del intercambio: se vende y se compran las mercancías por su valor. En consecuencia, el milagro de la valorización hay que buscarlo en algún nuevo lugar del proceso, un lugar oculto, aún no desvelado y distinto del de la circulación.

¿Dónde buscar ese lugar? De entrada podemos suponer que, puesto que se trata de valor añadido a la mercancía, lo conveniente es seguir el rastro de ésta. Efectivamente, entra en el mercado, aparece, adviene al ser, con valor inscrito en su cuerpo, manifiesto en la etiqueta de su frente donde figura “el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para su producción”. Vale tanto más cuanto más tiempo social se necesite para producirla. Nótese el juego de los dos términos: “tiempo”, que alude al esfuerzo, al sufrimiento, a la vida gastada del trabajador; y “social”, que denota la presencia de la totalidad social (con su grado de desarrollo, su organización, su división del trabajo…) en algo tan humilde e individual como un hilo de trigo o un litro de vino producidos por uno o varios productores particulares. La etiqueta dice: mi valor no depende de mí (de mi utilidad) ni de mi dueño (de su trabajo), sino de la organización y vida social. En algún momento deberemos reflexionar esto más detenidamente; de momento, recordad la crítica marxiana al fetichismo, que en gran medida pasaba por ese olvido de la presencia de lo social en las cosas, presentándose éstas como cosas naturales u obras de los sujetos individuales.

Tenemos la fuerza de trabajo en su estand especial en el mercado, más sombrío que el resto. De aquí pasa a manos del capitalista, que la adquiere con su dinero. Es la fase D-M, en que la fuerza de trabajo es mera mercancía; la compra y paga por ella su valor equivalente en dinero. Si el capitalista fuera meramente un comerciante, que compra para vender, que la vende sin abandonar Mercado, lo haría de nuevo por su equivalente de valor, M-D, y simplemente recuperaría el dinero inicialmente invertido. O sea, en rigor la circulación se mantendría en el modelo F1.

Si aprovechara la ocasión y la vendiera por más valor, M-Da´ (donde la “a” indica que procede de la astucia), obtendría cierta ganancia, y nos parecería que esta vez sí estamos en una circulación tipo capitalista F2, pues hay D´. Pero, como hemos visto, la cantidad de valor no cambia y socialmente es irrelevante; simplemente el astuto gana lo que otro pierde. Es una circulación F1 enmascarada de F2 gracias a una ganancia contingente. El capital no se ha valorizado, sólo se ha aumentado por el expolio de otro. Así no se deshace el misterio de la valorización.

Para desentrañar el misterio hemos de ir primeramente al club de Mr. Adam y Mr. Ricardo, que hacía tiempo observaban minuciosa y sistemáticamente el mercado, con el siguiente resultado. Veían que, en esa circulación que comenzaba con el dinero, el comerciante tenía un interés infinito en que las dos fase, la D-M y la M-D´ fueran inmediatas; a veces, incluso, habían constatado que, en el trato –y en el contrato- se invertía el orden, y vendían lo que aún no habían comprado. De hecho no necesitaban hacerse cargo de las mercancías que compraban.

En cambio, en otros casos, cada vez más abundantes, y siempre en el stand de la fuerza de trabajo, seguían el orden y respetaban las fases, e incluso distanciaban sus momentos: primero compraban las mercancías, se las llevaban fuera de Mercado –esto intrigaba mucho a nuestros economistas- y, pasado un tiempo, regresaban; pero lo hacían con otras que nada se parecían a las compradas. Mercancías nuevas y relucientes, con el rostro de sus amos en su etiqueta. Además, con la peculiaridad de estos compradores de mercancías siempre incluían la especial, la fuerza de trabajo; no podía faltar en su cesta de compra.

Montaron guardia sobre estas anómalas conductas mercantiles y pronto descubrieron la verdad: la circulación capitalista F2 era el resultado de la unión solidaria de la circulación F1 y de un circuito clandestino, exterior a Mercado. De este modo, la mercancía comprada por el capitalista, en D-M, no pasa inmediatamente a dinero, en M-D´, sino que sale de la circulación y recurre un circuito particular, que pronto identificaron como el circuito de la producción en sentido estricto. En ese circuito, que llamarán Fábrica, como irían descubriendo, entran las mercancías con figura de medios de producción con su valor y salen con figura de productos del trabajo con un valor nuevo que, sorprendentemente, cuando regresaban a Mercado se ponía de manifiesto que era superior, pues el precio era D´. O sea, ya sabían que el misterio del plusvalor había que desvelarlo en la fábrica, no en el mercado.

No fue fácil desintrincar y clarificar estos procesos. De entrada, aplicando el principio físico de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma –o algún otro semejante conocido en su época-, los economistas asumieron el presupuesto de que el valor que entraba en fábrica debía ser el mismo que el que salía de fábrica. Tomaban las mercancías usadas como materias primas e instrumentos de producción por su valor, incluidas instalaciones, energías, etc., añadían el valor de esa otra mercancía que es la fuerza de trabajo, y tenían el valor consumido. Al fin, el sentido común, y el criterio usual de los capitalistas, que sabían que todos los costos de producción habían de salir y ser compensados con el del producto, avalaban este criterio. Pero la verdad es que, al llevar de nuevo al mercado la nueva mercancía su valor de cambio, a juzgar al menos por su precio, era superior. El D que habían gastado se convertía en D´.

Esto no le planteaba problemas económicos ni morales al capitalista, que decía: lo he comprado todo por su valor, sin infringir regla alguna del mercado; el producto, por tanto, es mío; si consigo más en el mercado, vendiéndolo por su valor, seguro que ese aumento de valor me pertenece, se haya generado donde se haya generado. Todo ha sido en mi fábrica…

Como mínimo se había detectado el lugar de nacimiento del plusvalor: en la fábrica. Había menos unanimidad a la hora de explicar su origen concreto y su destino justo. Ya tenemos el lugar donde el capital se valoriza, pero no hemos desvelado aún el secreto de la valorización; sabemos que la misma se produce ahí, fuera de la circulación, en la producción de mercancías a partir de otras, pero se nos oculta el mecanismo de valorización, es decir, la creación “ex nihilo” del valor. ¿Cómo puede ser que, comprando las mercancías por su valor, sacándolas del mercado, de la circulación, y llevándolas a la esfera de la producción, y vendiendo la nueva mercancía por su valor, todo según la ley de intercambio equivalente, se produzca extra que valorice la inversión? Marx, que tuvo el mérito de buscar la clave del secreto en la peculiaridad de la fuerza de trabajo, nos ofrece una brillante explicación teórica, sea cual sea el juicio práctico que a cada uno merezca. Nos dice respecto a ese cambio o alteración del valor:

“Por lo tanto, la alteración tiene que ocurrir con la mercancía comprada en el primer acto D-M, pero no con su valor, pues lo que se intercambia son equivalentes, y la mercancía se paga a su precio. La alteración, pues, no puede proceder más que de su valor de uso como tal, o sea, de su uso. Para extraer valor del uso de una mercancía, nuestro poseedor de dinero habría de tener la suerte de encontrar dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo mismo valor de uso poseyera la peculiar naturaleza de ser fuente de valor, una mercancía cuyo uso real, pues, fuera él mismo objetivación de trabajo y, por lo tanto, creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado una tal mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo” [22].

Nótese que, primero, identifica el lugar concreto, particular, de la producción donde hay que buscar el desciframiento: en la compra de la fuerza de trabajo (¡no en la compra del trabajo, como insistía el círculo de economistas!); enseguida diagnostica que ahí se oculta el misterio, pero ahí no se genera el plusvalor. No es al comprar la fuerza de trabajo cuando el capitalista obtiene su plusvalor; en el contrato de trabajo consigue la apropiación de la fuerza de trabajo al valor de ésta, que es su valor de reposición. Conseguido esto, la usará en los límites del contrato de compra (en la jornada y condiciones laborales) y en ese uso productivo se genera el milagro de los panes y los peces, pues el valor que produce es superior al valor que vale.

Así se descifra el misterio: la fuerza de trabajo es una curiosa mercancía cuyo valor de uso consiste en ser usada en la producción para producir valor; pues bien, la fuerza de trabajo es esa extraña e insólita mercancía cuyo valor de uso (el valor que produce) es superior a su valor (el que cuesta comprarla, el que gasta el trabajador en reponerla). En otras palabras, su valor de uso (el valor que produce en su uso, en el trabajo) es mayor que su valor (su valor como mercancía, su valor de producción o reproducción, el salario, lo que el capitalista paga por ella). Esa diferencia es el plusvalor, que queda en manos del capitalista conforme al contrato de libre compra-venta de la fuerza de trabajo.

La fuerza de trabajo o capacidad de trabajo refiere a las capacidades físicas, intelectuales, emocionales, enraizadas en la corporeidad del ser humano como ser vivo. Es el cuerpo del hombre que actúa en el proceso de trabajo. Esta fuerza de trabajo, que encierra el misterio de la creación de plusvalía, será sutilmente analizada por Marx y por la tradición marxista. Al fin, el milagro se produce en el cuerpo humano, de ahí la necesidad de dominarlo, disciplinarlo, usarlo con estrategias diversas a lo largo de la historia.

De entrada conviene racionalizar el misterio de la plusvalía. A este respecto la fuerza de trabajo, como toda mercancía, tiene un valor, que es el de su producción o reproducción, o sea, el de los productos necesarios para reponerla. Como valor, es sólo una cierta cantidad de trabajo social medio objetivado en ella. Pero producir fuerza de trabajo quiere decir reproducir al individuo vivo, pues la fuerza de trabajo no tiene existencia separada y exterior al cuerpo humano, es sólo la disposición o capacidad de éste. Hay fuerza de trabajo sí, y sólo si, existe el individuo trabajador. Reproducir fuerza de trabajo es reproducir o conservar al individuo trabajador. Al fin, el cuerpo humano se convierte en una unidad productiva del sistema capitalista, una pequeña fábrica donde se produce fuerza de trabajo, al igual que en otras se producen las materias primas, los medios de producción, etc. Ninguno de estos productos, de estos medios de producción, puede faltar para que el proceso productivo siga adelante. Sea o no consciente, el productor de fuerza de trabajo es un productor “privado” en el seno de un proceso social de producción. Marx puede decir:

“lo que caracteriza la época capitalista es que la fuerza de trabajo toma para el trabajador mismo la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo, por lo tanto, la forma de trabajo asalariado. Por otra parte, sólo a partir de este momento se generaliza la forma mercancía de los productos de trabajo” [23].

Del mismo modo que el valor global de la materia prima producida en una fábrica es el valor de reproducción de la fábrica, de todos los elementos que la constituyen, el valor de la fuerza de trabajo es el de reproducción del individuo, el valor de los “medios de vida”. Este concepto hay que entenderlo de forma flexible, pues varía con las diferencias climáticas y geográficas, culturales e históricas. “La determinación del valor de la fuerza de trabajo contiene, pues, un elemento histórico y moral” [24]. Ya se sabe, los alemanes necesitan cerveza y los franceses vino. Y debe incluir la formación o educación, que al fin es una especie de cualificación o reelaboración de la fuerza de trabajo natural a fin de adoptarla a los procesos productivos. Por otro lado, reproducir la fuerza de trabajo es reproducir la existencia de trabajadores, que hayan hijos, generaciones, que sustituyan la fuerza de trabajo agotada. En su valor se incluye la procreación, la conservación de la familia. En cualquier caso, dice Marx, hay un límite mínimo del valor de la fuerza de trabajo: “el valor de los medios de vida físicamente imprescindibles”. Bajar de ese mínimo supone que la fuerza de trabajo se atrofia, no se renueva.

La peculiaridad de la fuerza de trabajo, lo que la convierte en una mercancía insólita, su “secreto” (que la sociedad capitalista tiende a ocultar en el sancta sanctorum), es simplemente que produce más valor del que necesita para su reproducción. El valor de los medios de vida necesarios, establecido con laxitud y generosidad histórica, es inferior al que esa fuerza de trabajo produce en la fábrica en el uso que el capitalista hace de ella. Al menos es así dado un nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, momento en el que tiene sentido comprar fuerza de trabajo, o sea, el trabajo asalariado. En un nivel de desarrollo muy elemental, cuando el esfuerzo humano no logra producir ni su valor de producción, como dirá posteriormente Engels, no interesan ni los esclavos. La esclavitud es posible si el esclavo produce más que consume; si no, no interesa. Pues bien, en el nivel de desarrollo del capitalismo la fuerza de trabajo produce más valor que el de los medios de vida necesarios para su reproducción. Y así se convierte en una mercancía esencial para el capitalismo, caracterizado por la exigencia ineludible de revalorización creciente. Si F2 se caracteriza por la valorización del valor, por el movimiento del dinero que regresa engordado a los bolsillos de donde salió, siendo esta diferencia de peso el plusvalor, su secreto está en las fuerza de trabajo: ese plusvalor es la diferencias entre el valor producido por la fuerza de trabajo y el valor consumido en la reproducción de ésta, en definitiva, entre el valor que aporta al proceso productivo y el salario que recibe el trabajador asalariado. El misterio queda así descifrado; posteriormente volveremos sobre los mecanismos y límites del proceso de creación y extracción de la plusvalía, cuando hablemos de la explotación.

Así se comprende que Marx siempre otorgue el papel determinante “en última instancia” al momento o esfera de la producción; es aquí donde se produce el plusvalor, es aquí donde se crean las condiciones de posibilidad de valorización del capital, es aquí donde se decide las posibilidades de reproducción del capitalismo, sus formas, sus relaciones, su destino. La esfera de la circulación es una esfera iluminada, diáfana, “ruidosa”, dice Marx, “instalada en la superficie y accesible a todas las miradas”; es el lugar del fetichismo y del encantamiento, un “verdadero Edén”. Eso ya lo sabemos. Pero ahora constatamos que para que esa verbena sea posible es necesario un lugar de la logística. Bajo la planta están los sótanos, bajo la lonja yace la fábrica, en lugar oscuro, inaccesible a las miradas, donde las cosas son lo que son, donde desaparecen las máscaras de la libertad y la igualdad y reina desnudo, sin tapujos, el derecho infinito de la propiedad. Iguales y libres en la plaza pública, nos dice Marx, tras su contrato entre iguales y libres, dejan la estancia sonora e iluminada y se dirigen al sótano para “libremente” cumplirlo. Ya serios, diferenciados, cruzan el umbral donde se puede leer: “No admittance except on business”.

“Aquí se verá no sólo cómo produce el capital, sino también cómo es producido el capital mismo. El misterio de la plusmanipulación se tiene que desvelar de una vez” [25].

Es importante la escenografía que describe Marx, contrastando las dos esferas, la lonja y la fábrica; y es más que simbólica la descripción de las figuras y sus movimientos en ambas:

“El antiguo poseedor de dinero avanza ahora en cabeza como capitalista, el poseedor de fuerza de trabajo le sigue como trabajador suyo; el uno sonriendo significativamente y lleno de diligencia; el otro atemorizado, de mala gana, como uno que ha llevado al mercado su propio pellejo y ahora ya no puede esperar sino…que le curtan” [26].

Esa es la hora de la verdad, pues tras toda compra viene la hora del consumo; el capitalista ha de consumir lo que ha comprado, tanto la materia prima como los medios de trabajo y la propia fuerza de trabajo. Y esta mercancía tiene esa peculiaridad, terrible para el trabajador y afortunada para el capitalista: que está indisolublemente ligada al cuerpo, que no puede entregarse enlatada. Por eso el trabajador asalariado ha de entregarla poniendo su cuerpo al servicio del capitalista, para que éste haga libre uso de él en la jornada pactada. Esta situación ofrece enormes posibilidades al capitalista de, respetando esa jornada, intensificar la extracción de plusvalor recurriendo a los mil recursos de las tecnociencias y la biopolítica; en cambio, para el trabajador, le condena a vivir, tanto en la fábrica como fuera de ella, como instrumento de la valorización del capital. Pero esas cosas ya las iremos viendo en las próximas sesiones.

J.M.Bermudo (2014)



[1] El Capital, I., 161 (en K. Marx - F. Engels, OME, vol. 40. Barcelona, Grijalbo, 1976. Edición de M. Sacristán).

[2] Os aconsejo revisar el texto Cuestiones de método, den este Website, donde se aborda someramente los rasgos de la ontología marxiana. Así podréis constatar qué quería decir aquella caracterización de la misma como relacional, es decir, que el ser de las cosas venía dado por la totalidad en que estaba subsumida, por el sistema de relaciones en que estaba inscrita.

[3] Es importante tomarse esta afirmación con rigor para Marx no toda la riqueza de las naciones es capital; ni siquiera todo el dinero es capital; el dinero es capital sólo cuando y en tanto que está en un proceso de valorización. El capital es el dinero que se revaloriza, dirá insistentemente.

[4] C., I, 168.

[5] C., I, 169.

[6] C., I, 170.

[7] C., I, 170.

[8] C., I, 171.

[9] C., I, 171.

[10] Aceptemos provisionalmente esta definición de “precio”, que en su momento habremos de redefinir adecuadamente. Es un concepto tan complejo y problemático en la teoría marxiana que más vale dejarlo así de momento. Pero habremos de aclararlo.

[11] C., I, 173.

[12] C., I, 175.

[13] C., I, 176.

[14] C., I, 176.

[15] C., I, 178.

[16] Y “parasitaria” no quiere decir “prescindible”; es estéril en cuanto a creación de valor, aunque sea una condición que facilite el intercambio y, en ciertas condiciones, que lo haga posible.

[17] Marx hace este análisis en un escenario conscientemente simplificado, con modelos abstractos, como cualquier ciencia. Sabe, y así lo dice, que en la realidad concreta hay que introducir correctores. Enriquecer el modelo. Por ejemplo, aquí se llama “trabajo productivo” prácticamente a la producción material de mercancías; después corregirá el concepto.

[18] C., I, 180.

[19] C., I, 180.

[20] Este principio lo definí en el texto sobre Los Manuscritos de París, que puede verse en este Website. También hay aclaraciones sobre su uso marxiano en Cuestiones de método, en este sitio.

[21] C., I, 185.

[22] C., I, 182.

[23] C., I, 185, npp 41.

[24] C., I, 186.

[25] C., I, 191.

[26] C., I, 192.