SOBRE "EL CREPUSCLE DE LA DEMOCRÀCIA"

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Algo debe estar pasando cuando el parvenu de la democracia la elogia y defiende con una insistencia innecesaria y el demócrata viejo se revuelve intranquilo y deja ver las heridas de su desilusión. Ferran Sáez, demócrata de siempre (y aquí el "siempre" es cualitativo, pues está limitado por su juventud),se incluye entre estos últimos y su apasionado ensayo El crepuscle de la democràcia es una muestra de la herida abierta. Con buena pluma y mucha alma argumenta el autor una tesis inquietante: "la innegable crisi de representació política que afecta les democràcies de les societats postindustrials no s'està resolent a través d'una reestructuració substantiva dels mecanismes d'encaix entre societat civil i Estat, sinó des d'una lenta desnaturalització dels principis fundacionals del sistema democràtic. Aquesta desnaturalització està connectada amb un conjunt molt complex de vagues nocions premodernes relacionades amb la mentalitat Ancien Régime però avaluades, sorprenentment, en termes d'evolució, adaptació o progrés del sistema"[1]. La huída del humo conduce al fuego; las alternativas son vergonzantes máscaras de la reproducción.

La tesis, no podía ser de otro modo, incluye un diagnóstico (crisis de la democracia) y una interpretación (regreso a formas prodemocráticas), que debemos diferenciar. El diagnóstico es lúcido, pues no se limita a un relato tópico de males y carencia buscando la fácil complicidad del lector, sino que se enfrenta con acierto al fondo de la crisis. F. Sáez viene a decir que tanto la instauración del sistema democrático como las falsas alternativas civilistas se llevan a cabo falseando la idea democrática. Tenemos así de nuevo a la filosofía enfrentada a la democracia; en el crepúsculo las cosas siguen igual que en la aurora.

Desde luego Ferran Sáez conoce muy bien el simbólico enfrentamiento entre Sócrates (voluntad de verdad) y la democracia ateniense (gobierno de las doxae). Enfrentamiento dramático si se postula la esencial exclusión entre verdad y opinión, o entre filosofía y política, como ha venido haciendo con insistencia la hermenéutica del “caso Sócrates” desde Platón a nuestros días; pero no trágico cuando, con mirada hegeliana, se confía a la historia la reconciliación. Desde esta perspectiva la aceptación voluntaria de la muerte por Sócrates dejaría de significar la inevitable derrota de la filosofía ante la política, de la verdad ante la opinión de la mayoría, para pasar a simbolizar la confianza socrática en que el juego democrático bajo la obediencia a la leyiría produciendo en un proceso dialéctico leyes justas y ciudadanos capaces de pensar la verdad; la reconciliación final, y no la ejemplaridad, daría sentido a su sacrificio. No era otro el proyecto democrático rousseauniano, con la mirada puesta en la hegemonía de la "voluntad general", a la que los hombres de bien acceden viviendo en común y poniendo en común sus opiniones, dispuestos a pulirlas de contaminaciones particularistas. Desde estas claves, son los enemigos de la democracia quienes ponen en la democracia de la opinión la ruina de la verdad y la virtud (el gobierno del grosero vulgo o populacho), mientras que los demócratas consecuentes la defenderían como el aire para la paloma kantiana, como el obstáculo y el vehículo irrenunciable hacia democracia de la verdad.

Hoy, más de dos milenios y medio después, el libro de F. Sáez nos dibuja el mismo escenario pero con un paisaje diferente: ahora actores y espectadores no pueden confiar en la historia, y se debaten entre la repetición, el desánimo y el cinismo. La interpretación de Sócrates en claves rousseaunianas es ya poco seductora; la práctica democrática no sólo no parece avanzar hacia el reino de la verdad, sino que renuncia a tal objetivo y se autoafirma como reino de la libre opinión, y aquí "libre" significar tanto ausencia de sumisión como derecho a la arbitrariedad. La filosofía, que al menos desde Maquiavelo sintió la tentación de pensar que a veces el bien procede del mal, hoy se siente tentada a pensar que la política es el lugar intrínseco del mal por excelencia; nada que esperar, por tanto, de ella. Eso sí, la melancolía es compensada con laautoconsciencia de inocencia.

Ferran Sáez no es inmune al pesimismo político de la filosofía, pero se resiste a esa llamada cómplice a la deserción y, identificando con agudeza la hoy difusa línea de demarcación entre los males de la política y la política como mal, se instala del lado de allá, donde todavía tiene sentido el compromiso. Encuentra el origen del mal en la crisis de la representación. Dicho así, de forma genérica, parece una tesis trivial y poco innovadora; pero en los límites precisos en que sitúa F. Sáez la crisis de la representación y la actitud que toma ante la misma, la tesis revela sus zonas profundas y originales. El mal de la representación ya no está en sus carencias técnicas como mecanismo constructor de la voluntad general, ni en sus deficiencias intrínsecas como garantía de la presencia de lo individual en lo colectivo, ni en su impotencia para salvar eldistanciamiento entre gobernantes y gobernados que deforma la voluntad del pueblo, ni siquiera en sus frecuentes perversiones que instauran la sumisión enmascarada bajo sus guirnaldas de flores. El mal de la representación, en definitiva, no está en su indigencia o debilidades, sino en su potencia y perfecciones. Es decir, es en la medida en que los gobernantes escuchan, oyen y obedecen la “voluntad del pueblo”, con más precisión, los “deseos de los individuos”, que la política parece irreconciliable con la filosofía;es en la medida en que la representación funciona con éxito que la democracia de opiniones sustituye al ideal democrático de hombres libres que piensan por sí mismos y coinciden, se identifican, en la universalidad de lo racional. Sáez sabe ver el origen de la crisis tanto en la política sin verdad como en las perversiones de la política.

Pero también sabe leer el mal de la máscara, el peligro de las alternativas. El problema clásico de la representación política, como instrumento imprescindible y, a la vez, obstáculo de la democracia, queda metamorfoseado –pero no superado- en los planteamientos alternativos de las nuevas formas de organización y gestión de la subjetividad y en las nuevas estrategias de mediación entre gobernantes y gobernados, que se autojustifican negativamente en las perversiones del sistema representativo, eludiendo una mejor legitimación teórica Para Ferran Sáez son los "nuevos movimientos sociales" los que han asumido ese papel de alternativa a la democracia representativa, pretendiendo legitimarse menos por sus discursos, fines y resultados que por el mal que pretenden sustituir: el de la ilusión, si no la perversión,de la representación. Aunque a sí mismos se presenten como expresión de, y alternativa a la crisis, ellos mismos serían su origen: "la crisis de representatividad del sistema democrático tiene su origen en la aparición de los nuevos movimientos sociales[2].

Tesis dura, sin duda, que F. Sáez defiende con convencimiento y argumenta con elegancia literaria, apoyada alternativamente en hechos sociales frescos y en erudición bien seleccionada. Tesis polémica, sin duda, pero atractiva, en cuanto apunta más allá del problema de la relacióndialéctica entre crisis de la representación política y aparición de nuevos movimientos sociales alternativos; apunta directamente a la transformación profunda que está sufriendo la praxis política, y de la cual deriva la sustitución de criterios y valores; en concreto, al abandono por la praxis política de sus lugares tradicionales, propios de la democracia representativa, para instaurarse en los márgenes, en espacios paralelos: "hacer política desde instancias extrapolíticas, participar en la vida pública por medio de la creación de instituciones paralelas, transformar el derecho a la participación en un derecho a la expresión pública de las opiniones y los sentimientos personales. Temo que esta alternativa nunca resolverá el problema por una razón muy sencilla: toma partido por la presencia, no per la representación. La democracia radical o presencial es sin duda viable en una comuna hippy de veinte personas, pero no en una sociedad compleja como la nuestra"[3].

Queda así fuertemente enmarcado el problema del crepúsculo de la democracia en la transformación de la praxis política, tanto en su forma (buscando más el consenso desde un pluralismo indiferente que la contraposición desde una diferencia tolerante) como en su expresión institucional (instituciones de la democracia representativa). Queda establecida la cuestión del anacronismo de la política moderna, tanto en el orden institucional, basado enformas colectivas estables de organizar la subjetividad (parlamento,partidos, sindicatos, magistraturas), como en su metodología, basada en la contraposición ideológica como forma de construir la voluntad general. F. Sáez contempla el deterioro de la democracia representativa y, aunque siempre fue crítico de la reificación y sacralización de la misma, opta por su defensa instrumental empujado por la alternativa a la misma que se va abriendo paso: males de la política o política como mal.

Con agudeza y fina ironía, que apenas ocultan su desgarrado compromiso, nos muestra el fallo de la democracia en sus dos principales frentes: en el de la vida política, donde "la ciudadanía ha sido substituida por un constructo pseudosociológico llamado opinión pública"[4] y en el escenario institucional, con el paso de la democracia parlamentaria a otra de tipo consensualista. Es en este ámbito donde las reflexiones de F. Sáez ganan en originalidad. Ha sabido captar muy bien los profundos cambios que se están dando en los escenarios políticos de la democracia liberal clásica, basada en la contraposición de ideologías o modelos sociales fuertes, con pretensión de verdad, que se disputaban la voluntad de los individuos, que aspiraban a organizar la subjetividad y crear identidad; ha sabido captar muy bien su crisis y progresiva sustitución por los "nuevos movimientos sociales alternativos", por organizaciones locales o gremiales metamorfoseadas, que surgen de forma contingente, que organizan formas débiles de solidaridad e identidad, quese resignan a una vida efímera y local. Piensa el autor que actúan como lobbies, que negocian con el poder de forma particularista, al margen de cualquier referencia a lo universal.

En este fraccionamiento de la subjetividad en su forma institucional (movimientos flexibles, locales, dispersos, sin unidad ni estrategia estables) y en su praxis (negociaciones y consensos ad hoc, diseminados y provisionales) lee el autor no sólo los argumentos para diagnosticar el "crepúsculo" de la democracia, sino los elementos para construir una interpretación deesa crisis como regreso al Ancien Régime. Ciertamente, la imagen es atractiva, pues la fenomenología de la vida política parece avalar ese desplazamiento desde una democracia enfocada a lo universal haciauna sociedad re-estamentalizada, re-gremializada, re-jerarquizada, etc. Pero la imagen puede servir de obstáculo, y es la única observación crítica que hacemos a este hermoso libro: efectivamente, asimilar el fraccionamiento social, los movimientos alternativos, las ONG, las nuevas formas de organizar la subjetividad y la identidad, a una fase pre-moderna es útil para caracterizar el hecho, pero peligroso si la metáfora implica un método.

Es decir, en la alternativa entre los males de la política democrático-representativa y la política como mal de la antipolítica, F. Sáez decide hacer un poco de abogado del diablo, cosa siempre chocante para quienes pensamos que el diablo, por diablo, acostumbra a tener numerosos recursos para defenderse a sí mismo. De todas formas, comprendemos la opción de nuestro autor, pues esta antipolítica no es sino la máxima perversión de la política democrático representativa, aunque se justifique en las carencias de ésta: mantiene su orden institucional, reducido a su papel de coacción y gestión, meramente instrumental, y en lugar de disputarse el poder en el espacio político, que a pesar de sus contaminaciones exige siempre el debate, la aceptación pública y la referencia (aunque fuere retórica) al bien común, instala su lugar de intervención en los márgenes, donde puede presentarse en su descarnada particularidad y su descarado oportunismo, donde puede ejercerse la presión y la negociación sin reglas, límites, principios ni culpas.

Comprendemos, por tanto, la pétrea y apasionada denuncia de la falsa alternativa que hace F. Sáez. Nuestra única diferencia –y no como objeción, sino como reto para que continúe su reflexión- es su valoración de esas nuevas formas de la política como un regreso a la premodernidad, y no como formas genuinas de la democracia en un capitalismo que ya parece haber pasado las fases productivistas y consumistas y entrar de ello en el momento del espectáculo (la representación como mercancía). Nos agradaría –y esta es la intención de nuestra observación- que F. Sáez, tras ilustrar con brillantez la analogía entre el orden sociopolítico actual, con la fragmentación de lo universal y la aparición de nuevas formas particularistas de articularse la subjetividad, y el Ancien Régime, con su orden estamental y jerárquico, intentara ir más allá de la analogía y busque una lógica propia de la actual instrumentalización (que no sustitución) del Estado y su pseudodispersión en organismos “civiles”, buenos en tanto que apolíticos, fiables en tanto que no oficiales. Este es la cuestión pendiente de pensar. Y, como puede verse,no es una objeción al libro sino un desafío para un segundo volumen.

Tiene razón F. Sáez al destacar el equívoco político entre “decisión-que-es-necesario-asumir” e “intención-que-es-necesario-tener-en-cuenta[5]; y es brillante su argumentación orientada a mostrar cómo la interpretación de la voluntad del pueblo (es irrelevante al efecto si se trata de una voluntad expresadao de una lectura de intenciones) puede servir a los gobiernos para actuar arbitrariamente. En definitiva, tiene razón al decir que, a tal efecto, hay una sospechosa analogía entre gobiernos demócratas y monarcas despóticos: “En efecto, los buenos monarcas absolutos (o la mayoría de los dictadores del siglo XX) parece que estuvieron tan pendientes de la volición del pueblo como indiferentes a la voluntad de los ciudadanos[6].No obstante, si a algo nos obliga la analogía es a no usarla como método de verificación de una identidad sino como punto de partida de una interpretación de la diferencia. Las alternativas antipolíticas a la democracia parlamentaria no pueden ser explicadas como paso atrás, aunque sus efectos merecieranser valorados como regresivos.

Quiero acabar este comentario a El crepuscle de la democràcia pidiendo disculpas al autor. Tengo la mala conciencia de haberme aferrado a la tesis directriz, sin duda por pertenecer a mi campo actual de preocupaciones filosófico-políticas; no he podido vencer la tentación de iniciar un diálogo con ella, que algún día continuaré. Y lo he hecho a costa de silenciar la densa riqueza de ideas contenidas en el ensayo, un verdadero ajuste de cuentas del autor con su existencia, con su ambiente político social, con sus lecturas, con sus compañeros de viaje. Un libro que muestra la valentía de quien tiene pocas deudas (intelectuales o políticas), lo que le permite reinterpretar con frescura Mayo del 68 y el postmodernismo,  las ONG y el ecologismo, los pensadores neoliberales y el indigenismo, Habermas y el irracionalismo. Un libro, en definitiva, en el que no son sus menores atractivos los detalles, precisamente lo que yo no he sabido recoger. De todas formas, me consuela pensar que no he destrozado ninguno, que están ahí a disposición del lector.

J.M.Bermudo (1999)


[1] El crepuscle… Ed. cit.,13.

[2] Ibid., 86.

[3] Ibid., 57.

[4] Ibid., 37.

[5] Ibid., 81.

[6] Ibid., 82.