COMENTARIO A SENDAS DE DEMOCRACIA

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De vez en cuando te cae en las manos un libro que, leídas veinte o treinta páginas, decides seguir leyéndolo. Y mucho más de tarde en tarde te toca uno de aquellos textos que, llegado al final, te surge la voluntad de volver a leerlo. Voluntad de relectura que significa, por un lado, que no te ha dado respuestas a tus preguntas, a todas tus preguntas, o que no has encontrado bien dichas aquellas ideas que desordenadas y confusas ya operan en tu mente; y, por otro, que junto a la inquietud de la indefinición final estás persuadido de que en aquellas páginas sin respuestas están las claves para buscarlas. De este modo, a la fugaz decepción del lector que, afectado por su admiración al autor, buscaba en su voz la confirmación de sus pensamientos o la aclaración de sus dudas, sigue la conciencia de respeto y agradecimiento hacia quien ha hecho con eficiencia lo que se debiera esperar de él: hacer pensar a sus lectores.

Confieso que, al ojear el índice del libro del Prof. Fernando Quesada, no pude evitar esa tentación de soñar con respuestas contundentes; los contenidos eran tan problemáticos, actuales y urgentes, y es tal la confusión del debate puesto en escena sobre los mismos, que parece inevitable -o, al menos, es humanamente comprensible- ese deseo de claridad y distinción que la modernidad puso como exigencia del pensar filosófico. Pero, con mirada retrospectiva, conociendo un poco la obra, la posición epistemológica y la actitud existencial de Fernando Quesada, era un exceso de ingenuidad esperar que la verdad brotara en formato dogmático de su pluma. De hecho, ya el hermoso título del libro, Sendas de democracia, que me hizo recordar el Caminos de bosque (Holzwege) de Heidegger, pone en la metáfora los límites lúcidos de lo posible; límites de un pensamiento que, hoy más que nunca, está condenado a caminar sin destino, sin paraíso de llegada, en un recorrido en el que mantenerse, no desertar, es ya casi un gesto de heroísmo. Por eso si, al final de la lectura, uno siente la necesidad de volver a entrar al circuito, como es mi caso, tal vez sea porque, bajo la ausencia de respuestas claras y distintas a los problemas teóricos y prácticos de nuestro presente, la reflexión del Prof. F. Quesada ha conseguido tocarnos con la máxima práctica que reverbera en su texto, a saber, que hemos de seguir ahí, pensando el presente en los estrechos límites que nos ha dejado la razón filosófica tras dos milenios y medio de tarea penelopeana, sin permitirnos ya salidas utópicas ni ingenuos regresos al origen, pero sin consentirnos el gesto adolescente de la deserción, que al menos desde Sartre –autor al que F. Quesada recurre en momentos claves de su discurso- sabemos que es la más perversa de las decisiones, la de la “mala fe”.

Sin otro lugar adonde ir, sin otro horizonte que el de la democracia –horizonte oscuro e inquietante, tanto a la hora de pensar su idea como a la más dramática de juzgar su existencia-, la invitación del autor de Sendas de democracia se revela paradigmática. Paradigmática, al menos, del intelectual ilustrado que ya no puede cerrar los ojos a la complicidad de la razón con el mal y que incluso no puede liberarse de la sospecha de que tal vez esa racionalidad –excesivamente masculina y tecnológica, excesivamente instrumental y productivista- incluye el mal político y social como algo intrínseco. Paradigmática también del intelectual comprometido que, vencidas todas las resistencias, ha tenido que admitir que el mal no era propio del capitalismo, que tenía otros ecosistemas donde anidar, y que, dada su universalidad, la única forma de combatirlo era la resistencia democrática. Paradigmática, en fin, del intelectual que, asumiendo de forma radical y trágica (diferente a la post-moderna) el fin del historia, es decir, asumiendo el final de toda utopía revolucionaria; y asumiendo, en consecuencia, la imposibilidad de pensar un sujeto histórico, autor de la historia...; asumiendo estos presupuestos se resiste a la deserción política de la filosofía y sigue dando golpes al yunque, profesión de fe del filósofo que sabe que su compromiso con la emancipación es su única manera diga de ser, su condición ontológica de ser humano. En este triple sentido, pues, la obra de F. Quesada que comentamos se revela paradigmática. Una obra de autor, sin duda, pero de “buen autor”, que sabe, al menos por momentos, transcender su subjetividad y engancharnos a su discurso intersubjetivo si no universal; que consigue que quienes rondamos perdidos por esas sendas de democracia, tal vez convencidos de que sólo son caminos de bosque que no conducen a ninguna parte, comprendamos que, a pesar de todo, son las veredas de nuestro bosque, y que siempre es preferible una vía sin destino a una tapia final de recorrido.

Si abandonamos la perspectiva externa y nos situamos en el interior del texto, en los límites del sentido del léxico de F. Quesada, nos parece que los trabajos que se recogen en el libro giran en torno a una preocupación intensa que organiza y dirige toda su reflexión. Se trata de su preocupación por el “nuevo imaginario político”, directamente abordada en los capítulos 5 y 6 del libro. La descripción de esta idea se despliega en perspectiva histórica. La sociedad ateniense habría aportado el primer “imaginario simbólico”, una nueva “epistemología laica” alrededor de las ideas de isonomía e isegoría. Con esa nostalgia, tan universal entre los filósofos, cuando se rememora el ideal del ágora, Fernando Quesada nos ofrece las claves de aquel primer universo de sentido del discurso político, donde se concreta “la igualdad sin jerarquías, se rompe la ordenación cosmológica del mundo mítico jerarquizado, organizado según diversos planos con valoración entitativa diferenciada”.

En el fondo, ese primer imaginario simbólico de occidente surge con una poderosa inversión: se deja de pensar la vida humana en claves cosmológicas para pensar el cosmos en claves políticas. Tal vez por ello nos diga el Prof. Quesada que “el ágora es ahora el modelo de comprensión del universo”. Un ágora que instaura un horizonte de normatividad fundado en la igualdad, y que facilita un sentido del mundo y de la vida..

Un segundo imaginario político surge y se instaura en los orígenes de la modernidad, a caballo de las revoluciones americana y francesa y expresado en la Declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano. Este imaginario, que pivota sobre el culto al individuo y sobre la idea de progreso, convirtiendo la individualización en ideal del emancipación y confiando ésta al desarrollo de la racionalidad, tenía su templo en el contrato, figura que permitía pensar al ser humano como dueño de sí mismo y autor de la historia. La voluntad de los individuos, mediada por el incuestionable valor de la racionalidad, permitía comprender y actuar en el mundo, garantizaba el progreso y la emancipación, y aportaba el fundamento de las normas éticas y políticas compartibles.

Pues bien, la inquietud del Prof. Quesada se debe a su consciencia de que ese segundo referente de sentido y normatividad, idealmente rousseauniano pero que la historia se encargó de desarrollar –de negar- por su lado malo, ha llegado a su fin, ha perdido su función, avocándonos a una situación de desorden y provisionalidad, de incerteza y anomia, de relativismo epistemológico y ético. Estamos soportando una especia de etapa de transición, en tanto se instaura un tercer imaginario, que llama “político-democrático”. El reto del mundo actual a la filosofía es el de enfrentarse a esta situación de crisis con lucidez y consciencia de sus límites, sabiendo que el nuevo horizonte de referencia cognitiva y práctica que se está configurando, aunque lleno de trazos oscuros y motivos de desesperanza, no está del todo constituido; que aunque la batalla está muy escorada, la derrota no está consolidada, los dados no están definitivamente echados.

Uno de los méritos de la reflexión de F. Quesada es que, ante el diagnóstico compartido de crisis de la modernidad, ante el hundimiento de todas las bases de normatividad, no se deja arrastrar por ninguna de las dos grandes sendas ya abiertas por la filosofía política: la angosta vía de la instalación romántica en la vivencia trágica (a la manera de Adorno o Foucault) y la amplia avenida de la reconciliación –no ya de los diferentes u opuestos, sino de los indiferentes- sea en un consenso multicultural, como el de Rawls, sea en un “nosotros” compasivo al estilo rortyano. Por el contrario, pone ante nuestros ojos que, sin solución de continuidad, a la crisis del imaginario político moderno le sigue la lucha por instaurar otro nuevo, y que esa batalla asimétrica aún está irresuelta. Es decir, Fernando Quesada, con una finura de análisis impecable y una eficiente “hermenéutica crítica”, cercana a la hermenéutica de la sospecha, nos lleva por un denso y variado recorrido dialógico con filósofos, economistas y teóricos de la sociedad para poner de relieve esa situación y comprometernos con ella, para hacernos ver que se está construyendo otro paradigma, que el mismo es ya, en su origen, sospechoso, y que en ello nos va el futuro. K. Polany, L. Febvre, J. Riechmann, R. Heilbroner, I. Wallerstein, A. Giddens, P. Anderson, L. Ferrajoli o M. Castells, y también J. Rawls, J. Habermas, R. Rorty, Ch. Taylor, H. Honneth…, por poner solo algunos ejemplos, son usados por F. Quesada como otras tantas sendas a recorrer, cada una de las cuales nos revela rasgos preocupantes o esperanzadores del contexto o del discurso normativo que se está instaurando. Se vale de una amplia y selecta lista de pensadores actuales para poner de relieve en qué medida procesos como la globalización, las carencias de la democracia liberal, la aparición de fundamentalismos, el surgimiento del feminismo, la inevitable y creciente pluralidad y multiculturalidad de nuestras sociedades occidentales, la potencia productiva y destructiva de la tecnología...; en qué medida, decimos, todo ello fuerza al pensamiento a buscar un nuevo paradigma que haga al mundo comprensible y con sentido y que aporte los fundamentos de normatividad sin los cuales la vida humana deviene el reino de la fuerza.

Es este punto, tal vez, el que más preocupa a nuestro autor, el de la toma de conciencia de la necesidad de un nuevo imaginario que aporte legitimidad a la reglas de ordenación de nuestras vidas. De ahí que su diálogo con el presente -la crisis del idilio entre liberalismo y democracia (Cap. 1); la anomia y la violencia como horizontes reales de nuestro mundo (Cap. 2); el choque de civilizaciones (cap. 3); fundamentalismos y trivialización del estado de excepción (cap. 4); las exigencias del feminismo /cap. 7); la revisión de la idea de ciudadanía y sociedad civil (cap. 8); y la privacidad de la vida y crisis de las virtudes (cap. 9)-, llevado a cabo con la pasión del compromiso, a la que no logran invisibilizar ni el tono analítico, ni la distancia hermenéutica profesoral, ni la abundante pero no superflua erudición, vuelva una y otra vez sobre lo que nosotros llamamos “crisis de la razón práctica”. No es que no sea preocupante la crisis de la razón cognitiva, las renuncia a la voluntad de verdad; al fin, sin la comprensión del mundo es difícil fundar las normas éticas. Pero es más apremiante la crisis de la razón práctica, en la cual nos estamos acostumbrando a vivir. Por eso, a través de las casi cuatrocientas páginas de Sendas de la democracia, nos parece oír la voz de F. Quesada que nos advierte de que en la deriva pragmatista del pensamiento, en la inevitable estetización del mundo, en el seno del cinismo contextual de los discursos políticos, y sin recurrir a escatologías ni a consolaciones utópicas, es posible, es necesario, afrontar la lucha por un nuevo imaginario político. Al fin, creemos entender, es ahí donde se decide la emancipación de las mujeres y los hombres, de las culturas y los pueblos.

Recuperemos, para acabar, la mirada exterior, las preguntas y sospechas que, como decíamos, nos llevarán a una relectura del libro. En algún momento del libro su autor describe, con abundantes citas de autoridad, que la victoria del capitalismo sobre el comunismo, simbolizada en el derrumbe del muro de Berlín, ha sido definitiva, pero no ha ido acompañada del surgimiento de una nueva sociedad. Al contrario, al encontrarse sin enemigos políticos, el liberalismo capitalista se ha encontrado también sin ideologías alternativas, sin pensamiento crítico. F. Quesada ha puesto en escena la posibilidad misma de ese pensamiento crítico. Pero la crítica, -creo que cualquier crítica, y especialmente la hecha desde el compromiso-, cuando se ha renunciado a una filosofía escatológica de la historia, ha de hacerse en nombre de algo. Y aunque ese algo, esa sociedad referencial, esté descrita en trazos negativos, apenas aludido bajo la imagen genérica de “democracia participativa”, nos parece que trasluce un modelo de difícil encaje en el mundo que el Prof. Quesada nos ha descrito (pensamos que con acierto). Es cierto que no puede haber “filosofía política”, en sentido fuerte, sin una propuesta normativa; a pesar del esfuerzo hermenéutico, difícilmente se escapa en la crítica a la defensa del modelo oculto. Y ese modelo de democracia participativa, reconciliada, universalista, tendencialmente igualitarista, sensible y humanizada, celosa defensora de los valores públicos y vigilante de las mil formas de explotación, alineación u opresión de los individuos, que sentimos latir bajo la hermenéutica crítica, no nos parece casar bien con el mundo globalizado y el capitalismo de consumo. Aunque bella y confortable, como la bata de Diderot, no deja de ser vieja; y nuestro mundo no tolera la vejez. Creo que el esbozo de alternativa –necesario no sólo para que haya “filosofía política”, cosa al fin irrelevante, sino para ejercer la crítica filosófica desde el compromiso ético político- ha de asumir la irreversibilidad de la crisis de ciertas ideas y valores. Veo difícil seguir soñando con una sociedad reconciliada, como veo estéril seguir pensando la justicia en el final de la historia; la nueva idea de vida social, si somos capaces de pensarla, seguramente tendrá que asumir su radical incompatibilidad con el contexto actual. Y las consecuencias que de ese postulado se derivan.

Son meras intuiciones, pues no cuento con una idea defendible de sociedad pacificada y reconciliada. En todo caso, y a pesar de esta sospecha, creo que Sendas de democracias nos ofrece dos lecciones admirables: primera, que nuestras debilidades teóricas para comprender el presente y nuestra impotencia práctica para determinarlo no sirven para avalar la deserción; segunda, que la salida a esa doble carencia, si la hay, pasa por esfuerzos como el escenificado por el Prof. Quesada en este libro, poniendo la mirada no sólo en la filosofía, sino en las ciencias sociales, y ejerciendo con rigor la descripción del contexto y la aplicación de la crítica. Al fin, ni la Historia –en la que ya no creemos- ni la moral –que no nos atrevemos a rechazar- pueden exigirnos salvar al mundo; pero hay millones de ojos que nos invitan a no asumir nuestra derrota, a no entregarnos al escepticismo. No nos pagan por eso. ¿O tal vez sí?


J.M.Bermudo (2008)