INTRODUCCIÓN A EVELIO MORENO

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Henry Bergson, casi olvidado en nuestros días, decía que toda gran filosofía gira alrededor de una genial intuición que el filósofo trata de conceptualizar en sucesivos intentos, en variados recorridos o asaltos, para explicitar el contenido teórico y práctico que lleva dentro. Richard Rorty más recientemente ha puesto como motor de la historia de las ideas la sucesiva aparición de grandes metáforas, que permiten reestructurar la visión del mundo de una manera nueva, siendo la historia del pensamiento la de los esfuerzos por fijar la pluralidad de sentidos de la metáfora, unificar su significado, reducirla a concepto. No sé si esas ideas de Bergson o Rorty agotan la realidad de la producción filosófica, pero creo que al menos en parte tienen sentido. Y, sobre todo, estoy convencido de que sirven ajustadamente para entender la reflexión filosófica de Evelio Moreno. Podrá apreciarse en los tres trabajos que se recogen en este libro (“Las ciudades ideales del cinquecento” (CIC), “Utopías de la mediocridad” (UM) y “La democracia reside en la mediocridad” (DM)); pero también en aquellos otros ensayos que aquí no están, como “Del filósofo rey al príncipe humanista”, “Sueños de un Dios en celestial deriva (El ser de Europa)”; o en el excelente libro Apuntes de Clase, que nuestro autor califica de “escritos de combate, compendio de treinta años en las aulas de un Instituto, frente a los desmanes de las autoridades educativas, que han abonado el fracaso escolar con inflación de leyes, de falacias y ocurrencias”. Y de forma especial esa intuición puede constatarse en dos textos de referencia, que son el inicio y el fin de un recorrido lamentablemente truncado: la Tesis y el Autoepitafio.

El texto de su Tesis de Doctorado, que tuve el privilegio de dirigir, es el lugar augural de esa metáfora o intuición que determinaría su vida intelectual y su praxis humana. Allí nació o cuajó un punto de vista que, a través de variados meandros, culminaría en su transparente In Memoriam Meam exquisita pieza filosófica donde la trágica agitación de la muerte es reconvertida en profundo y sereno dolor asumido en paz: “Tengo que renunciar a la vida. Animula vagula, blandula: la mínima alma mía, huésped tierno y flotante, se despide del anfitrión inseparable del cuerpo”[1]

La metáfora del “aurea mediocritas” recorre su pensamiento y su vida. Necesitaríamos muchas páginas, cosa de la que aquí carecemos, para descifrar si dicha metáfora surgió de su amor y culto a los clásicos griegos y latinos, de la exquisita erudición que de ellos nos muestra, o si, a la inversa, el mundo clásico fue sólo el lugar encontrado de legitimación y conceptualización de la misma, el paisaje apropiado para revelar su validez actual. Me inclino a pensar que fue este último el orden histórico, que los autores greco latinos fueron sólo la causa ocasional, que los amó en la medida en que encajaban en su ideal de vida; pero no entraré aquí en este tema, como he dicho. Me limitaré a rememorar cómo la “mediocritas” hilvanó sus ideas, sus creencias y sus sentimientos.

Como he dicho, tuve la fortuna de acompañar a Evelio Moreno a lo largo de la elaboración de su tesis de doctorado, que versaba sobre Espejos de príncipes y ciudades ideales en los albores de la modernidad[2].En este texto se encuentra el momento augural de la metáfora que vertebra toda su reflexión. Sus trabajos posteriores (algunos de ellos son partes seleccionadas de la tesis, otros son desarrollos y derivaciones de la misma), rezuman la misma esencia. Incluso los de temática más lejana, como Apuntes de clase, que expresa el vínculo con su profesión, su práctica docente, o como In Memoriam Meam, que nos rebela su actitud ante la muerte, nos deslumbran como ejemplos de profundidad y originalidad presentados en los límites serenos y discretos que establece la regla de la “mediocritas”. Forjó y brunzió su alma y su espíritu, su sensibilidad y su pensamiento, en ese ideal de vida

Pero, ¿cómo es posible defender en nuestros días semejante ideal? ¿Cómo osar el elogio de la mediocridad en nuestros tiempos presuntamente gobernados por la excelencia? ¿No es la posición de un humanista erudito refugiado en un imaginario del pasado greco latino embellecido en representaciones literarias? ¿No equivale a llevar el paso cambiado? Aunque la huida al origen áureo es siempre una tentación en un mundo tan insoportable para la razón como el nuestro (y, para precisar, dicha huida no es vergonzosa; cada uno sobrevive como puede), no es este el caso de Evelio Moreno, que vivió y quiso vivir en el presente, que sufrió el presente, que lo amó más porque lo sufrió en su cuerpo y en su idea. Por tanto, nuestro autor aspira a ese ideal de vida de la “mediocritas” para el presente, y esta sospechosa pretensión es la que debemos descifrar.

Podríamos pensar, de entrada, que el enigma reside en las palabras, en sus múltiples juegos de significados, tal que “mediocritas” no significa “mediocridad”, que la mediocritas de ayer no es la de hoy. Algo hay de esto, sin duda. Las palabras arrastran en su cuerpo las heridas de su historia; ello pasa con las palabras-conceptos, nacidos para fijar significados y sentidos, pero es más manifiesto en las palabras-metáforas, surgidas para hacer pensar, para travestirse en los brazos de cualquier sujeto, de cualquier época. Evelio Moreno, dotado de una lucidez que le hace invulnerable a las sospechas de mediocridad, ilustra la idea obvia de que la opción por la máxima de la mediocridad no implica ni de lejos ser mediocre al decirnos: “la mediocrità es un ideal con una larga historia a sus espaldas”, historia que ha contaminado y alterado su sentido; y por ello “Ahora es menester encuadrar el marco de inteligibilidad de este concepto, cuya traducción al castellano de hoy resulta harto problemática, y cuya comprensión se hace sólo posible hurgando sus raíces más profundas y rastreando su posterior desarrollo” (UM). Tarea nada fácil la de deslindar la mediocridad de los antiguos y de los modernos; tarea especialmente difícil en nuestro tiempo, en un mundo que exhibe (la exhibición es la manera de ser de nuestra postmodernidad) su culto público a la “excelencia” como ideal de vida. Resulta incluso paradójico, además de prometeico, que un pensador de excelencia apologice la mediocridad en un ambiente en que tanto mediocre sacraliza la excelencia. Contenidos tal vez por la sobria ética cristiana, nunca hasta ahora en la historia se hizo tan universal y dominante la máxima de la excelencia, que obliga a todos a públicamente militar bajo su estandarte, como aquellos lacayos del Ancien Régimen que establecían jerarquías entre ellos en función de la librea que portaban, librea con emblemas, enseñas y colores del señor.

Digo todo esto para esclarecer el sentido de la apuesta de Evelio Moreno por la mediocridad. Hay como una inversión diabólica de los términos: un filósofo honesto, culto, magistral, “excelente”, en el sentido normativo del término, aparece elogiando la “mediocritas” o la “mediocrità” (expresiones latina y italiana del Cinquecento, pues usa rara vez “mediocridad”), en un ambiente en que los “mediocres”, tal y como se usa el término en nuestro días, veneran la excelencia, en intento similar al de aquellos socráticos, en palabras de Diderot, que intentaban cubrir su desnudez con el manto de Sócrates. En este contexto no es nada fácil hacer una defensa de la mediocridad, que nada tiene que ver con la vulgaridad, la ignorancia, la rutina, la grosería… La “mediocritas”, la “mediocrità”, es nada más y nada menos que todo un ideal de ciudad, de “ciudad ideal”, nos dice nuestro autor, de ciudad pensada como “una criatura racional, una construcción de la razón práctica, erigida sobre un eje cartesiano que actúa a manera de escuadra y cartabón en su diseño: el ideal de la mediocrità” (CIC).

Este sentido eveliano de la mediocridad está tan lejos del uso actual del término que parece razonable no usarlo, buscar otro que cree menos confusión. De hecho Evelio así lo hace, y opta por cambiarlo y usar el de “medianía”[3]. Ciertamente, el sentido actual que se da a esta palabra no lleva tanta carga negativa como la de mediocridad; en cierto modo es más asimilable a cierto ideal igualitario y comunitarista, del agrado de nuestro autor. Pero la “medianía” no cabe tampoco en el mundo dominado por iconos liberales, en un mundo donde reinan la excelencia, la individualidad, la innovación, la originalidad…, aunque sea como ideales mistificadores y perversos, pues lejos de cumplir la función propia del ideal, la de arrastrar a los seres humanos a una vida más digna y sabia, les sirven de coartada para permanecer en su medianía viviendo imaginariamente su limitación y su carencia.

Las palabras, que al fin son instituciones, no escapan a la ley a que estas están sometidas, al decir de Maquiavelo: a la corrupzione, en el sentido preciso que daba al término el napolitano, de que su función deviene anacrónica, desajustada, inapropiada por el paso del tiempo, por los cambios del contexto en que funciona. Si pervive, si se mantiene, pasa a tener otro uso. Es lo ocurrido con “mediocritas”, cuyos usos délficos y horacianos han devenido obsoletos, pasando aparentemente a designar otra cosa. Pero ¿no implica “medianía” problemas semejantes, aunque menos agudizados?

Considero que el uso de “medianía” tiene actualmente menos carga peyorativa que “mediocridad”, pues “medianía” alude a “media estadística”, y más libremente a cierta igualación, cierta normalidad; y, con más laxitud, refiere a las masas silenciosas, a los contribuyentes, a las clases populares… Es decir “medianía” no incorpora tanta carga peyorativa y aparece como descripción de referentes democráticos. Encaja mejor en la democracia idealizada que Evelio Moreno defiende en el trabajo “La democracia reside en la mediocridad”, que aquí se recoge: y, por supuesto, se adecúa mejor al ideal democrático ateniense que nuestro autor tiene como fondo de inspiración.

De todos modos, creo que el término que mejor expresa en nuestros días la “mediocritas” que Evelio Moreno defiende es el de discreción, en el sentido de la sophrosyne griega, que significa equilibrio en el goce, pasión razonable, es decir, cordura y moderación en todo. En negativo, rechazo de la hybris (ὕβρις), de los arrebatos pasionales, del orgullo y la soberbia, de la desmesura. “Sophrosyne” alude a conciencia de sí, a autocontrol, a prudencia; en lo social, al ciudadano que se preocupa de los otros, que camina a su ritmo, que camina a su lado como compañero y no delante como guía; y en el ámbito del político refiere al gobernante capaz y virtuoso, de alma justa o justedad de ánimo, es decir, con las partes de su alma en armonía, en equilibrio.[4]

Realmente ni la mediocridad, ni la medianía, son buenos referentes prácticos en nuestra época. Hasta la modernidad los seres humanos mantuvieron la conciencia de su finitud, de su insignificancia, de su impotencia ante un orden natural y otro divino poderosos y aterradores. La sabiduría práctica aconsejaba una vida adecuada a aquellos órdenes, dando a los dioses los sacrificios que exigían y a la naturaleza el respeto de sus épocas, sus ciclos, sus determinaciones. El capitalismo creó el sujeto, la conciencia de sí; comenzó con el derecho a hacerse a sí mismos, de elegir los dioses y los lugares del mundo donde vivir; y luego pasó a creer que los dioses y el mismo mundo eran obra suya, que podía configurarlos a su voluntad. El capitalismo visibilizaba este poder: dominio sobre la naturaleza, instrumentalización del saber-poder… El sujeto individual, el sujeto capitalista, era autónomo, se hacía a sí mismo, y era dueño del mundo. En esa matriz no cabía la humildad, la prudencia, la moderación, el respeto a lo dado…; estas cualidades dejaron de ser virtudes para ser residuos culturales de una época de ignorancia e indigencia; si acaso conservaban alguna validez era limitada a lugares y momentos específicos y para individuos específicos. El capitalismo impone un ideal inverso al de la “aurea mediocritas”; el capitalismo premia a los ganadores, no a la medianía. Como hemos dicho, impone el ideal de la excelencia, de la innovación, de la originalidad, de lo efímero. Vale más pensar por sí mismo que conocer, pues pensar es crear y conocer es sumisión de la idea al orden del mundo, decían los ilustrados; la hybris no tiene fin y los postilustrados dirán vale más opinar que pensar, es más rápido, más libre, más mutable, exige menos compromisos, menos límites….

Pero, como si el viejo ideal del Meden agan (μηδὲν ἄγαν) se tomara su revancha, los excesos acaban ahogando al sujeto. De ahí que en los últimos años haya surgido una línea de pensamiento que reivindica la discreción[5]. Es el caso de Pierre Zaoui[6], quien reflexiona sobre la necesidad de ser transparente del sujeto contemporáneo, que hace de la nuestra una sociedad del espectáculo y el exhibicionismo. El diagnóstico de Zaoui es excelente, describiendo con elegancia y recisión la hybris de ese sujeto exhibicionista vacío de interioridad, que vive en su propia superficie o sobre las imágenes virtuales del juego de espejos mass-mediáticos propios de nuestra sociedad. Necesidad de desnudarse ante el otro, de reducir la existencia a presencia, de cancelar toda intimidad como inhibición…, rasgos de un sujeto que, presentándose a sí mismo en su imaginario como dueño del mundo acaba por alienarse radicalmente en su creación y no saber vivir, no reconocerse a sí mismo, sino fuera de sí, en su obra, en su penelopeano hacer. Y en esa existencia inútil, a imagen de Sísifo, acaba arrojado al camino, como absoluto afuera, única posibilidad de existencia, patética pantomima del ex-sistere heideggeriano.

La discreción parece renacer de las cenizas de ese fuego que quemó el ideal de la “mediocritas”. Como si cumpliera con la primera idea de justicia formulada por los hombres, la justicia cósmica que enunciara Anaximandro en su famoso fragmento, “de allí de donde las cosas proceden allí vuelven, por razón de justicia y necesidad…”. Han de expiar sus culpas de hybris, de individualización, de exhibición; todo regresa a la igualdad, a la unidad. La nueva discreción de los postmodernos, pretensión de dejar que el otro hable y sea, de abandonar el afuera existencial y recobrar el discreto refugio de la interioridad, se vengan del exhibicionismo de la sociedad del espectáculo, que en su desvarío creador ha sepultado la sophrosyne y la phronesis bajo las meras “ocurrencias”, como nos dice Evelio Moreno.

La historia ha cumplido un nuevo ciclo y requiere nuevas o renovadas metáforas. El ideal clásico expresado en el “aura mediocritas” horaciano tendría sus raíces délficas, nos dice Evelio Moreno, “en el Meden agan (nada en demasía) de Solón, autor de la Eunomía o Elegía del Buen Gobierno), en la tesis platónica de la determinación de lo indeterminado, en la teoría aristotélica del mesotes (μεσότης, justo medio) y, tal vez, en el significado que la sophrosyne (templanza) fue asumiendo dentro del discurso ético. Luego, la aurea mediocritas cantada por Horacio precipitó en el axioma medieval del ln medio virtus hasta llegar al Cinquecento, en que ese intraducible concepto de la mediocrità inspiró, como un eje de abscisas, la construcción de la Ciudad Ideal” (CIC).

Es ese el ideal que Evelio Moreno quiere expresar con la metáfora de la “medianía”, que corregiría los desajustes del término “mediocridad”, y nuestro autor quiere recuperar para nuestro tiempo. Pero no quiere recuperarlo en un gesto anacrónico de rechazo del presente, de regreso a un origen áureo; quiere simplemente aflorarlo, actualizarlo, pues no es otro que el sentido íntimo de la democracia. Creo que podemos decir sin violentar sus textos que identifica el ideal de medianía con la democracia comunitaria y participativa, que frente al principio liberal del “derecho a ser gobernado por los mejores” reivindica el más mesurado y discreto de “participar igualitariamente en el autogobierno”.

En “Las ciudades ideales del Cinquecento”,trabajo que aquí se recoge, nos dice que “La medianía se explaya en el terreno de la ordenación política, al menos, en tres direcciones que llaman fuertemente la atención: la instauración generalizada del método de las suertes, la difundida añoranza por la institución ateniense del ostracismo y, en fin, la peculiar manera con que […] resuelven el conflicto de la dignidad entre la vida pública y la vida privada”. El “método de las suertes” es la introducción del azar en la decisión democrática. Nuestro autor argumenta con finura que, aunque en nuestros tiempos de culto al sujeto la racionalidad proviene de la subjetividad, de las decisiones de los individuos, desde cuya perspectiva la presencia del azar equivale a desorden, incerteza e irracionalidad, bien miradas las cosas aparecen de otra manera. Entiende que recurrir a la suerte cuando no haya unanimidad, tras haber agotado todos los argumentos en el debate, es más racional que el acto de fuerza implícito en la regla de la mayoría. Al fin, la suerte, el azar, en este método está sobredeterminado por la relación cuantitativa entre mayoría y minoría: en la bolsa se meten bolas de dos colores en proporción a los miembros de las respectivas posiciones, tal que la opción mayoritaria tiene más posibilidades de salir ganadora por la ley del azar. Por tanto, aunque la voluntad mayoritaria de los individuos sea suplantada por el azar, respeta la proporción, y mantiene la posibilidad de que algunas veces gane la opción minoritaria, lo que no parece injusto. Lo que se vulnera, pues, no es la justicia ni la razón, sino el orgullo individualista del sujeto, que no tiene la última palabra. Pero eso no es grave.

Lo mismo ocurre con el “ostracismo”, que puede ser insoportable en una democracia liberal cuyo principio regulador es el derecho de los individuos a ser gobernado por los mejores, en vez del más humilde y democrático del derecho a participar en el gobierno. Pues éste se cumple mejor dejando una oportunidad a la minoría (método de las suertes) que bajo el rodillo de la mayoría, y segando el mérito y la excelencia cuando introducen desigualdad y privilegios. Al fin, nos dice Evelio Moreno en Utopías de la Mediocrità, “No hay duda ninguna de que la hybris amenaza, en la bella elegía de Solón, la paz y la concordia que son el fundamento de la polis: y la hybris o desmesura (que es hija de Koros, "hartazgo") no es sino la fractura del ideal de la mediocridad, la ruptura del principio del Meden agan, en el cual se apoya la realización de toda Eunomía”. Porque, como decía Heráclito, la ciudad justa requiere "que ninguno de nosotros sea el mejor y, si lo es, que lo sea en otro lugar y entre otros".

Ese ideal, en la concreción que le otorga nuestro autor, contiene una visión audaz y lúcida, nada “mediocre”, de la democracia. La “medianía” no es un ideal para el saber, cosa obvia, ni para la virtud. Este ideal no prescribe estar entre el saber y la ignorancia, ni entre el vicio y la virtud; describe tal vez que el saber está entre la verdad y el error, y que la virtud está en el equilibrio de las pasiones. El ideal aristotélico del justo medio, en que nuestro autor ve la consolidación de la mediocridad como eje ordenador de la convivencia, no niega la búsqueda de la excelencia en la ciencia o en la ética, ni niega la excelencia en las virtudes políticas: lo que niega es la desigualdad excesiva, en bienes, derechos o poderes, en el espacio público. Como dice Cornaro en el Diálogo de Memmo “es necesario a nuestra república y ciudad, para su conservación y unión, que los ciudadanos de ella tengan sus riquezas medianas. Porque en aquellas ciudades y repúblicas donde algunos tienen riquezas grandes y desmesuradas, y otros están en la pobreza y la miseria, o bien sucede que la plebe se hace la dueña, o bien que los pocos poderosos y ricos señorean en los demás, o que al fin algún poderoso usurpa el gobierno y se hace tirano. Empero, la santa medianía es aquella sola que conserva a las ciudades y repúblicas en unión y paz, librándolas de toda sedición y escándalo". Los justo, el justo medio, es ese equilibro “entre la extremada pobreza y las riquezas excesivas” que describe Zùccolo en La Ciudad Feliz, convencido de que ambas van contra la armonía, la paz y la vida en común; la ciudad justa, pues de eso trata el ideal, es aquella "... dove il piu ricco abbia poco davantaggio e nulla manchi al piu povero".

Ese ideal murió, nos dice Evelio Moreno; fue derrotado, yace en la cuneta de la historia. Lo derrotó el capitalismo, sin duda, pero “las causas de su abandono no son sólo extrínsecas”. En rigor, ningún ideal puede ser derrotado por causas extrínsecas: el mundo nunca derrota al ideal, la historia de Papas inmorales no derrota el cristianismo, Stalin y su barbarie no derrota el comunismo, legiones de políticos corruptos no entierran el ideal democrático. Los ideales sólo mueren dentro del horno donde se cuecen, en el pensamiento y la voluntad, a manos de otros ideales, pseudo-ideales o no-ideales. La muerte del ideal es la derrota del pensamiento. Es lo que parece decirnos nuestro autor: “la Ciudad Ideal es una instancia en crisis porque se ha desmoronado el ideal de la mediocridad que la informa. El ideal ilustrado de un progreso indefinido (hoy también cuestionado) que los siglos XIX y XX han asumido sin reservas, el ideal utilitarista de la máxima felicidad para el mayor número, la proclamación del superhombre por parte de Nietzsche, y hasta el mismo Estado del Bienestar como aspiración explícita de la ordenación política, han venido a decretar poco menos que la defunción y el entierro del ideal de la mediocrità” (UM).

Si la derrota es interior, en la idea, habrá que volver a plantear ahí la batalla, parece decirnos nuestro autor. Si la derrota ha sido del pensamiento, la alternativa habrá de ser su recuperación. Es lo que hace en Apuntes de Clase, una obra sin desperdicios, tal vez la más amarga de nuestro autor. Y hay que hacerlo con coherencia, combatiendo la mediocridad en la clase incorporando al alumno a esa perspectiva de la mediocritas, medianía o sophrosyne que permite ver de otra manera las cosas; que permite ver que “La declaración “universal” de los derechos humanos es la expresión palmaria de la medianía política”; o que “el cooperante sin fronteras ha suplantado al filósofo-poeta del huerto retirado y, apostando por voluntaristas soluciones parciales a las disfunciones de la democracia, puede desertar del sistema y declararse insumiso frente al Estado, lo cual es tanto como proclamarse adversario del sol”. Lo cual muestra que el distanciamiento, la moderación, la discreción, la renuncia al todo exhibicionismo… lejos de ser incompatible con la originalidad y la creación se propone como una buena base para ello.

Y para finalizar, como muestra de que la sophrosyne o la mediocritas no obstaculizan la audacia del pensamiento, recordemos la sospecha de una paradoja que expone al final de “La democracia reside en la mediocridad”: la paradoja de que este Estado que ha acabado con el ideal clásico de la “mediocritas” sea mediocre en el inapelable sentido moderno del término mediocridad: “En definitiva, esta nueva paradoja de Horacio, ¿no será tal vez resultado de la incapacidad de aguantar la insoportable mediocridad del ser del Estado democrático?”.


J.M.Bermudo (2014)


[1] Evoca los versos de un poema fúnebre de Adriano: “Animula, vagula, blandula,/ Hospes comesque corporis/ Quae nunc abibis in loca/ Pallidula, rigida, nudula,/ Nec, ut soles, dabis iocos”. Podría traducirse con cierta libertad así: “Mínima alma mía, tierna y flotante / huésped y compañera de mi cuerpo / que algún día descenderás a los lugares / pálidos, rígidos y desnudos / y no me darás los juegos de antaño”.

[2] Una parte de esta tesis fue publicada en Evelio Moreno Chumillas, Las ciudades ideales del siglo XVI, Barcelona, Ed. Sendai, 1991.

[3] “Nosotros, como mal menor y ante la imposibilidad de la traducción literal, hemos optado por el término medianía, que ya fue el utilizado en la traducción horaciana de Fray Luis; pero tenemos la amarga sospecha de que después, otros ideales más brillantes (como el ideal ilustrado de progreso indefinido, o el ideal utilitarista de la máxima felicidad para el mayor número, o −no digamos ya− el ideal nietzscheano del superhombre) han podido eclipsar durante cuatro siglos aquel otro ideal sencillo y armónico de la mediocrità”(CIC).

[4] M. P. García Ruíz dice: “Aunque el término griego σωφροσύνη se usa con cargas semánticas muy diferentes en los diversos contextos, siempre alude a cierto sentido de razonabilidad, de cordura en el pensamiento, en los sentimientos y en las acciones (comida, bebida, placeres…). En estrecha vinculación con φρόνησις, la de “prudencia”. En la oratoria ática del siglo V a. C., σώφρων es el ciudadano dispuesto a servir a sus conciudadanos. En los Diálogos platónicos República y Leyes llega a convertirse en la virtud garante del Estado y piedra de toque de la semejanza del gobernante con la divinidad. Heredan este último concepto los autores de la Segunda Sofística, entre los que destaca el emperador Juliano y su célebre pasaje del Misopogon en el que σωφροσύνη es la virtud ‘total’ propia del gobernante”. María Pilar García Ruíz, Emérita: Revista de lingüística y filología clásica. Vol. 80, nº 1, 2012 , 69-87.

[5] Ver el interesante artículo de Antoni Puigvert,Elogio de la discreción”, en La Vanguardia, 21-IV-2014.

[6] Paris, Les Grands Mots, 2013.