INTERVENCIÓN EN EL CERTAMEN DE POESÍA DE "J.A.GOYTISOLO"

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Mis compañeras del jurado han delegado en mí para decirles unas palabras sobre esta nueva edición del certamen de poesía “José Agustín Goytisolo”. Yo se lo agradezco, pero ustedes no deberían hacerlo, pues ellas Efi Cubero, Montserrat Camps y Carmen Riera están mucho más capacitadas que yo para hablar de poesía. Bueno, de poesía, de literatura y de muchas cosas más, como nos ha mostrado Carmen Riera en la bella y magistral conferencia a la que acabamos de asistir. Cualquiera de ellas les habría ofrecido una mejor valoración de este certamen y de las tendencias poéticas que se ven a su través.

Como muchos de ustedes saben yo estoy más familiarizado con la filosofía, y la historia está llena de testimonios de la complicada amistad entre poesía y filosofía. No hace mucho, por exigencias de otra índole, releí el ensayo Filosofía y poesía [1], de María Zambrano, una autora hoy justamente reivindicada y recuperada (en 1988 recibió el Premio Cervantes). En ese ensayo se recogen y critican buena parte de los tópicos de esa concepción que pone entre ambas actividades, la poética y la filosófica, una brecha insalvable, sin sutura posibles, cuando no una confrontación a vida o muerte.

Decía María Zambrano que la filosofía y la poesía “se nos antojan dos mitades del hombre: el filósofo y el poeta. No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía. En la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía es búsqueda, requerimiento guiado por un método” [2]. Y, tras esta lúcida profesión de fe, acumula referencias para ilustrar la constante presencia en la historia del conflicto entre ambas. Una historia en la que la filosofía, con su apuesta por la razón y la objetividad, por la universalidad y la normatividad, se ve inevitablemente investida con las ropas del verdugo y aliada del poder, mientras la poesía, con figura de bella víctima condenada, con una vida “como al margen de la ley”, con “su caminar por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición”, adquiere en nuestra imaginación los atractivos rasgos del heroísmo trágico y la extraña seducción del vencido.

Con mi máximo respeto por Maria Zambrano, especialmente por su honesta biografía, yo no creo que la filosofía y la poesía agoten la realidad del ser humano; éste tiene otras varias mitades, y ninguna de ellas menos esenciales. Tampoco creo acertados los perfiles de esos rostros complementarios que nos ofrece la autora malagueña. Prefiero pensar, con el romanticismo clásico -por ejemplo, de la mano de Friedrich Schlegel- que la filosofía y la poesía -ellos añadían también la religión- son tres formas distintas de decir sobre el mundo, los otros o uno mismo. Y ahí se anuncia el enigma que no logramos desencriptar, a saber, si la diferencia está en el decir o en lo que se dice, en el significante o en el significado. Tal vez nunca logremos saber si las formas distintas de decir sobre lo mismo dicen lo mismo; tal vez las distintas formas de hablar de lo mismo expresen y se sostengan en la imposibilidad de decirlo. Sólo así se entiende que la proliferación de vías y rutas diversas y contradictorias nos parezcan inevitables y oportunas, un laberinto necesario, en nuestra desesperada necesidad de decir esa verdad de la que hablamos sin conocer. Cualquier vía de acceso se legitima ante el objetivo inalcanzable; cada una se ve a sí misma, en su espejo de madera, la más bella y transparente.

De todas formas, no tiene aquí sentido una disquisición sobre las vías clásicas de acceso a lo absoluto, ni siquiera sobre la vía poética, que aquí nos convoca tras la voz amiga perdida de José Agustín Goytisolo. No, no quiero perderme en la persecución de la esencia de la poesía, que como el ser heideggeriano gusta esconderse, dejándose ver sólo en su desaparecer. ¿No se ve hoy mejor, no resuena hoy más transparente y profunda en sus versos la voz de Goytisolo? ¿No es más bella y veraz ahora que habla desde la ausencia? Dejémosla, pues sonar en nuestros oídos; no la ocultemos tras el ruido de la filosofía, siempre buscadora de esencias.

Con la referencia a María Zambrano sólo he querido aludir y traer al ágora la eterna tentación de lar filosófica de analizar, valorar y juzgar a la poesía, la condene o la salve, la menosprecie o la sacralice. He querido referirme a ese tipo de descripción apologética del poeta como figura enajenada de la objetividad y del compromiso, como vida ensimismada, condenado a la inmediatez, cazador de momentos, de impresiones particulares e irreductibles, de sensaciones inconmensurables, ajeno a la lógica y a la metalógica. Creo que esta descripción tópica no corresponde a una figura atemporal del poeta, sino la máscara que para el mismo ha construido nuestro tiempo. Y hago esta referencia sólo porque, a mi humilde criterio de filósofo que no ve su enemigo en la poesía, se trata de una idealización del poeta y de la poesía que aparece oculta tras gran parte de los trabajos presentados a este certamen de poesía; o, si se prefiere, una idealización de la figura del poeta que se hace presente en la mayoría de las obras del certamen. Y esta idealización, que expresa la lealtad a un modelo, sería irrelevante si no afectara a la poesía; al falsificar la figura del poeta, al esconderse el autor tras la misma, enajena su subjetividad, piensa y siente por mediación de una fórmula magistral, y el lector siente que las palabras se oyen sin reverberación, suenan pero no resuenan. Versos escritos que han perdido la voz, como se lamentaba otro gran poeta, y a ratos filósofo, el extremeño José María Valverde.

Si tuviera que caracterizar las tendencias de la poesía contemporánea a través de los textos presentados a este certamen de poesía -y en cierto sentido estoy aquí para eso- lo haría con dos rasgos: agobiante presencia de la voluntad de ser poeta, y agobiante presencia de la voluntad de ser original irrepetible. Hace poco tiempo se publicó en Francia un libro con el título Il y a des poètes partout [3], que recoge una buena selección de artículos de crítica poética publicados en las principales revistas del mundo por acreditados estudiosos de la literatura; y, en líneas generales, los colaboradores llegan a estas conclusiones: el “hay poetas por todas partes” del título era una forma retórica de denunciar con ironía la voluntad de ser poeta, la profesión de fe de poeta, la simulación de formas de decir convencionalmente poéticas. En este sentido creo que en líneas generales los trabajos presentados responden a esta característica de la poesía contemporánea, en cuanto la simple necesidad de decir queda ahogada por la profesión de fe poética, que en muchos casos resulta una simple imitación a los cánones poéticos, máscara fría de un decir sin alma.

En segundo lugar, creo que la poesía (y la filosofía, y otras artes o modos de usar el habla) contemporánea, unas veces por autoconsciencia y otras muchas por simple mímesis, está excesivamente afectada del problema de la angustia derivada de la búsqueda de unicidad u originalidad, como ha descrito Harold Blomm en su célebre libro The Anxiety of Influence, a Theory of Poetry [4], donde resalta la estéril pretensión y trágica existencia del poeta que se autocondena a crearse a sí mismo como individuo original e irrepetible, identificando este logro con el sentido de su decir poético y, por tanto, condenándose a una alternativa trágica: o bien, cuando hay lucidez y consciencia, al desgarro existencial de una creación imposible, o bien, en ausencia de ambas, de lucidez y de consciencia, a una simulación estéril. En definitiva, entre el suicidio y la banalidad, el poeta se condena a una consciencia desgraciada, sea por su entrega a lo imposible, sea por su aceptación de una vida inesencial. Se concibe que la opción trágica tenga más atractivo; pero de ella sólo sale la consciencia desgraciada. Blomm describe con intensidad esa situación del poeta cuando sospecha que su obra “no habrá dejado impresa su huella en el lenguaje sino que, en lugar de ello, habrá pasado la vida arrojando monedas ya acuñadas. De este modo, el poeta no habrá tenido en absoluto un yo. Las creaciones y el yo del poeta no serán sino ejemplos, mejores o peores, de tipos ya conocidos”. Y eso causa angustia.

Richard Rorty, profesor norteamericano de literatura contemporánea, en su libro Contingencia, Ironía y solidaridad comenta unas estrofas de un poema de Philip Larkin. Una de ellas dice más o menos así: “Y una vez que has recorrido la extensión de tu mente, lo que / gobiernas es tan claro como un registro de cargas; / no debes pensar que alguna otra cosa / existe”.

Para Larkin el poeta lúcido reconoce que su obra no es una tarea demiúrgica, sino mero relato de las cicatrices de la existencia, mero “registro de cargas”; el mismo yo que el poeta postula, y al cual acaba adorando en su inútil tarea de crearse a sí mismo, ese yo capaz de decir lo nunca dicho, se revela a la autoconsciencia como efecto de huellas ciegas, como canto rodado en el rio la historia.

Nótese que lo que se describe, y lo que en cierto modo se critica, es esa actitud del poeta de nuestro tiempo -y las obras del certamen no escapan a esta determinación- que, en su pasión narcisista de autocreación de sí mismo, traiciona la pretensión de leer en uno mismo a la humanidad, de captar al mundo en sus personales percepciones, de cazar la verdad de los otros en los propios sentimientos, para pretender simplemente conocerse a sí mismo y, sobre todo, reconocerse único frente a los otros, meras fotocopias de un modelo patentado. Cuando el poeta deviene mero cazador de percepciones inconmensurables e intraducibles, mero buscador de instantes íntimos en que no se revela la verdad del mundo sino la grandeza del yo del poeta, nos viene a decir la estrofa del poema de Philip Larkin, si es lúcido se condena a la angustia de saberse imposible, al sospechar que cuanto dice y siente ya lo han dicho y sentido otros mucho antes que él y que, en todo caso, no es su yo quien habla sino una historia que ha modulado su lenguaje y que no le pertenece.

Estos dos rasgos de la poesía contemporánea -excesivo predominio de la voluntad de ser poeta y excesiva presencia de la voluntad de ser original irrepetible- no son los únicos, por supuesto; ni son exclusivos de los poetas. Comprenderlos como determinaciones históricas nos ayudaría en nuestro empeño; pero no está aquí a nuestro alcance.

Quiero acabar, y en cierto modo para compensar en lo posible el pesimismo de estas páginas, afirmando que esos rasgos, como he señalado, son históricos, o sea, contingentes, en modo alguno inevitables; y que, por tanto, pueden y deben superarse. El mejor ejemplo práctico es el de los poemas premiados esta noche (Las edats del fred, En la palabra insisto y Oda discapacitada), así como algunos otros que las condiciones del concurso impiden premiar. Sus méritos parecen obvios, a juzgar por lo fácil que nos ha sido a los miembros del jurado ponernos de acuerdo en la selección; la única dificultad provenía, por un lado, de dejar algunos otros sin nombrar, en el silencio, que como el de los cementerios iguala en exceso; por otro lado, ordenar los tres nombrados, los tres premiados. Ese es el momento poiético, del jurado; ahí, entre tan iguales, no es posible hacer de juez. Son los clásicos problemas del “juicio estético”, que no expresan verdad pero sí honesta voluntad de que la decisión sea compartida por ustedes. Es lo que esperamos.

Como digo, en los seleccionados hemos visto la voluntad de ser sí mismos dominando sobre la pasión de ser poetas; a mi entender esa cualidad es una esperanza para la poesía, especialmente en estos momentos en que todo el mundo quiere ser poeta, lo que entiende en decir como los poetas. Aún hoy se puede ser poeta sin subsumirlo en una figura histórica del mismo. Y el mejor y más oportuno ejemplo práctico de esta convicción nos viene de la mano y de la autoridad de un poeta que todos nosotros conocemos y admiramos, y que a su modo ya propuso frente a la profesión de fe académica el oficio de poeta, frente al ensimismamiento narcisista abrir los sentidos a la vida y a la historia, y frente al formalismo el compromiso. Hablo, obviamente, de J. A. Goytisolo, y dos poemas suyos nos bastan para hacer ver que hay otro camino, el de siempre, para la poesía.

En “Palabras para Julia” encontramos la réplica a ese cultivo del yo único e irrepetible, esa pasión de autocreación y diferenciación excesivas, propia de quienes enmudecen sus almas para que hable enajenada en la mediación de esa figura canónica obsesionada con la innovación:

“Un hombre sólo, una mujer

así, tomados de uno en uno,

son como polvo, no son nada”.

Y la denuncia a esa ilusión de un yo excelso que se cree autor, y autor original:

“Tú no puedes volver atrás

porque la vida ya te empuja

como un aullido interminable”.

Y el rechazo de que el destino del ser humano no es uno mismo:

“Tu destino está en los demás,

tu futuro es tu propia vida,

tu dignidad es la de todos”.

Y, sobre todo, el compromiso, el consejo de nunca aceptar la renuncia, de no caer en la tentación de la deserción:

“Nunca te entregues ni te apartes

junto al camino, nunca digas

no puedo más y aquí me quedo”.

Parece que los poetas de nuestros días no han entendido que las lúcidas recomendaciones del autor de “Palabras para Julia” eran para todos, incluidos los poetas.

En el otro poema, “El oficio de poeta”, se nos advierte igualmente contra la poesía artificiosa, formalista, retórica y sin alma, proponiendo un poeta que simplemente hace de mediación entre el mundo -el de los hechos y cosas y el de los deseos y sentimientos, el presente y el de la historia- y los otros hombres. Mediación que es compromiso.

“Así es el viejo oficio

del poeta, que comienza

en la idea, en el soplo

sobre el polvo infinito

de la memoria, sobre

la experiencia vivida,

la historia, los deseos,

las pasiones del hombre.

La materia del canto

nos lo ha ofrecido el pueblo

con su voz. Devolvamos

las palabras reunidas

a su auténtico dueño”.

Me dan ganas de volver a leerla; o a guardar definitivo silencio y escucharla. Sólo por cortesía añado unas palabras, que temo interrumpan los ecos del poema; palabras para felicitar a todos los poetas que han participado en el certamen, exhortándoles a que sigan haciéndolo en el fututo, a que sigan haciendo de poetas sin ingeniería literaria; palabra para agradecer a los organizadores, a la Federación de Asociaciones de Extremadura, sus esfuerzos, sus desvelos y su buen gusto, con el ruego de que persistan en este modo de ser; palabras, en fin, para desearles a todos ustedes que sigan leyendo y escuchando poesía, que sin duda es una bella adicción y sin duda es el mejor aplauso para los poetas.


J.M.Bermudo (2005)


[1] María Zambrano, Filosofía y poesía. México, FCE, 1996.

[2] Ibid., 13.

[3] AA.VV. Il y a des poètes partout. Paris, Ed. 10/18. Série Esthétique, 1975.

[4] Harold Blomm, The Anxiety of Influence, a Theory of Poetry. Oxford U. P., 1975.