CUATRO RAZONES, CUATRO

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A mi entender, ningún hecho de nuestra corta historia democrática será tan determinante para el futuro inmediato de este país como la decisión que Felipe González adopte de presentarse o no a las próximas elecciones. Hace bien el Presidente en no desvelar sus cartas; la prudencia es la más noble virtud política y su ausencia sería imperdonable en situaciones excepcionales como la presente. Tal vez no debiera de ser así; pero la realidad la determinan las circunstancias, y aquí y ahora, la expresión de la voluntad del pueblo en la próxima convocatoria será, por contingente y normal, menos relevante que la decisión de Felipe González, por simbólica, de presentarse o no a la reelección.

Si importante será su decisión, no lo serán menos las razones que le lleven a adoptarla, pues son éstas las que aportan el sentido a las opciones políticas. Creo que cometerá un error si, su decisión, la hace simplemente en base a las dos razones usualmente mencionadas: en nombre de los "intereses de España", que tienen distinta letra -y distinta música- en la banda de la oposición que en la orquestina del PSOE; o con la vista puesta en los "sondeos de votos"; con ser importantes, tales razones no son las únicas que están en juego en nuestro confuso presente. Hay al menos otras cuatro razones que un político demócrata, socialista y lúcido como Felipe González debería sopesar, aunque le arañen el corazón; cuatro razones respectivamente enraizadas en otros tantos compromisos que aquí y ahora tiene contraídos.

La primera razón se deriva de lo que podríamos llamar un pacto de soberanía efectiva. Supongamos que yo soy uno de esos nueve, ocho o siete millones -¿qué más da?- de ciudadanos que han votado, una tras otra, con lealtad, la candidatura socialista en todas las convocatorias. Lo hemos hecho no siempre ilusionados, ni siempre satisfechos de lo hecho o de lo prometido; a veces, incluso, con cierta mala conciencia, al sentirnos responsables de los fallos, carencias e incumplimientos del gobierno, más o menos inevitables. Pero cada vez que Felipe Gonzáles se ha presentado ante nosotros y nos ha pedido que le hagamos presidente, con fidelidad le hemos reiterado nuestro apoyo. Y lo hemos hecho convencidos de que firmábamos un pacto político, exclusivamente político, no reductible al tópico pacto político-mercantil, sin duda legítimo, en torno al compromiso por su parte de cumplir el programa ofrecido, etc. Se trata de un pacto político de soberanía efectiva, por el cual le hacíamos presidente y, en el mismo acto, unificando en él nuestras voluntades, él hacía posible que nos determináramos a nosotros mismos como ciudadanos realmente soberanos, con poder legítimo y efectivo para decidir el fundamento del poder político. Nosotros le permitíamos llegar a ser presidente y él nos permitía llegar a ser ciudadanos soberanos efectivos.

Desde esta perspectiva, considero que Felipe González no debe romper este pacto; por encima de sus intereses personales, de los de su partido y de los de España, todos dignos pero en cuyo análisis no entramos, Felipe González tiene el deber de conceder a esos siete, ocho o nueve millones de ciudadanos que le han votado con fidelidad la ocasión de que sean ellos quienes decidan si le renuevan la confianza o si se la retiran. Puesto que fue él quien por primera vez ofreció la ocasión del pacto, es razonable que sean sus votantes quienes determinen el final del mismo (las circunstancias no permiten las "cuestiones personales"). Aunque fuera su último acto político, aunque tuviera segura la derrota, Felipe González debería aceptar que quienes ayer le votaron con lealtad hoy le nieguen la Presidencia, y no dejar ese honor a la oportunista connivencia entre los felones, los ayer coribantes y hoy erinias, los tamborileros de la barbarie y esa pléyade de semidoctos erigida en directores espirituales de las pasiones del pueblo.

La segunda razón proviene de otro compromiso, el que sin duda tiene con su partido. Podía haber sido de otra manera; tal vez hubiera sido deseable que fuera de otra manera; pero aquí y ahora la máxima responsabilidad de la situación del PSOE corresponde a Felipe González. Y no hablo de esa responsabilidad genérica, comúnmente aceptada, derivada de su estatus de Secretario General y de sus actuaciones como tal; me refiero a determinaciones más simbólicas, derivadas del rol que la coyuntura, la transición, el momento histórico del socialismo europeo, etc. han hecho jugar a Felipe González. Por ese estatus histórico de Felipe González, el PSOE ha tomado un rumbo impensable hace dos décadas; así, ha aceptado no ejercer de partido en el poder, para servir de partido del gobierno; ha debilitado y diluido su estructura orgánica, para ser simple mecanismo de activación de un movimiento socialdemócrata en torno a un líder; ha sido más auxiliar de unas políticas que diseñador de las mismas. No entramos aquí a valorar lo positivo o negativo de esta mutación, lo que en la misma hay de modernización o de sumisión al presidencialismo; lo importante es constatar que existe y que se ha llevado a cabo a la medida de Felipe González, a su forma de entender la relación entre Partido y Gobierno y entre el líder y los militantes.

En consecuencia, Felipe González tiene un compromiso tácito con los militantes de su partido, y no puede actuar como si el partido fuera otro, el abstractamente definido en sus estatutos. En el "otro" PSOE, tal vez sería indiferente el candidato; en "este" PSOE, Felipe ha devenido candidato "natural" y, sin su liderazgo, es un partido inseguro, inadecuado, inadaptado, ideológicamente disperso y quién sabe si no fracturado o escindido. El PSOE de hoy, sin Felipe de líder, carecería de cohesión, de ilusión y de esperanza; y sus militantes, sin duda, no se lo merecen. Al fin, el PSOE está pagando el precio de una prolongada acción (acertada o fallida) de Gobierno, de un Gobierno cuyo presidente ha pregonado insistentemente ser su Gobierno, elegido por él con las manos libres. Esa "libertad de manos", concedida-aceptada por el partido, obliga al Presidente a continuar al frente del modelo por él impulsado; al menos todo el tiempo necesario hasta adecuar el partido a una nueva situación; en estos momentos ni siquiera está en condiciones de elegir sin traumas un nuevo candidato, y mucho menos de apoyarlo con ilusión general y fe en la victoria. Felipe González, como Jordi Pujol, han preferido y conseguido que el partido se diluya en, y subordine a, el movimiento; Arzallus ha optado por mantener el partido, manteniéndolo como ámbito de la política, y entendiendo el Gobierno más como gestión. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes, pero, una vez se ha optado, se adquiere un compromiso. El de Felipe González es, a mi entender, no llevar a los militantes de PSOE a la frustración y el desconcierto. Lo dramático no es perder unas elecciones, sino ir a ellas sin saber qué defender o sin seguridad en lo que se defiende.

La tercera razón se refiere al compromiso que Felipe Gonzáles tiene con el socialismo. Un compromiso que tiene como militante y dirigente socialista; pero, por lo que aquí nos interesa, un compromiso derivado de la "fortuna" o capricho de la historia. Asistimos a un proceso de retroceso general en el mundo de las posiciones socialistas, en todas sus variantes, incluida la del socialismo democrático; en ese contexto no puede justificarse ninguna decisión que contribuya a facilitar el desgaste. El socialismo democrático español, por sus resultados electorales continuados, es hoy un referente mundial, juega un papel simbólico destacado; por tanto, desde un compromiso socialista no puede haber razón alguna para ceder, aunque la presión sea asfixiante. Y, sobre todo, no puede haber razón alguna para ceder terreno fuera y previamente a la confrontación electoral.

La situación del socialismo en nuestro país es también peculiar respecto a nuestra propia historia. El propio Felipe González ha llamado la atención insistentemente, creo que con lucidez, respecto a los escasos períodos de normalidad política con que ha contado este país. El acceso de España a la normalidad política democrática tras la larga y oscura dictadura de Franco contaba con dos indicadores, dos auténticos símbolos de la reconciliación: la legalización del PCE y el acceso del socialismo al gobierno. Ambas condiciones se llevaron a cabo en el transcurso de pocos años; y con ello se hizo efectiva, al menos de forma aparente, la normalización política de nuestro país. Pues bien, para que esa normalización se complete falta que el socialismo pueda permanecer en el gobierno mientras cuente con mayoría y, sobre todo, que salga del gobierno democráticamente, por derrota electoral. Siempre quedarán sombras sobre esa normalidad si, al igual que en otros tiempos fue expulsado por las armas del dictador, ahora lo fuera por otras armas, tal vez menos trágicas pero no menos indignas. El "que se vayan" ha sonado y suena; la alternancia se vive en ciertos sectores de la derecha como "restauración"; no se aspira sólo a vencer democráticamente al socialismo, sino a demonizarlo, a convertir esta etapa en una lamentable "anormalidad", un paréntesis a cerrar y olvidar. En estas circunstancias, Felipe González tiene un compromiso con el socialismo: el de resistir e imponer como único lugar aceptable para la derrota, si es que llega, el de las elecciones democráticas; el de poner en ello todos sus recursos; el de consolidar la normalidad política del país haciendo que la derrota del socialismo, si se produjera, tenga lugar en una confrontación electoral abierta, y no en un simulacro de la misma en la que el socialismo asista amputado, satanizado y herido por la mala conciencia.

Por último, hay una cuarta razón, derivada del compromiso que Felipe González tiene con la política. Es curioso cómo en nuestros días se evoca a Montesquieu y se condena a Maquiavelo; casi siempre es la ignorancia, la falta de lectura de ambos autores, la que permite tales desvaríos. Cuando atribuyen al Barón de la Brède la moderna "división de poderes" ignoran la añoranza feudal del francés y el contenido estamental de sus "poderes"; y al atribuir al florentino la defensa de la política inmoral ignoran su bella y tenaz defensa de la comunidad política, del humanismo civil, de la libertad y del republicanismo. Pero no es este el momento y el lugar para el esclarecimiento. Sólo quería decir que, en nuestros días, lo que realmente escribió Montesquieu es más rechazable que lo que realmente escribió Maquiavelo; que hoy el verdadero enemigo inmediato de la democracia no es el fascismo, la dictadura o cualquier forma de bonapartismo tradicionales; sino un enemigo más sutil, porque no se presenta como "lo otro", sino como quintaesencia de "lo mismo". Frente a la "democracia representativa", de partidos, que es la nuestra, cada día se afianza más la "democracia de opinión", con el ropaje seductor de ser la verdadera y profunda democracia directa, expresión de la voluntad del pueblo pueblo, que los medios de comunicación recogen diariamente sin mediaciones de las asociaciones políticas, al hilo de los acontecimientos, en sus encuestas sobre el terreno.

Algún día habrá que pensar en serio este discurso; algún día habrá que reflexionar detenidamente sobre esta "democracia del deseo", que se presenta a sí misma como la verdadera e inmediata expresión puntual de la opinión de los hombres, siendo los mass media su condición de posibilidad. De momento sólo quiero decir que la política, que en definitiva es diálogo razonable, transacciones, pactos, compromisos, leyes aceptables, procedimientos y rituales respetados, exige hoy la defensa de la democracia representativa y de sus instituciones; quien considera la política -y no la dirección espiritual mediática- como una vida humana eminente, está obligado a defender el orden institucional que la posibilita y que, a un tiempo, es su obra. Por eso creo que Felipe González, como político, por su compromiso con la política, debe elegir como único lugar de derrota y de victoria las instituciones democráticas, el Parlamento o las Elecciones. En la situación actual un político consecuente ha de evitar cualquier reconocimiento fáctico de los otros centros de poder, por muchas que sean las presiones.

Estas son las "cuatro razones". Su fuerza está ligada a nuestra circunstancia. No en vano los lúcidos asesores de la oposición ponen a "Felipe" (y no al PSOE) como el enemigo a batir; no en vano muchos socialistas, no exentos de desengaño, saben que sin "Felipe" no hay espacio para la esperanza. Las situaciones excepcionales hacen que lo normal sea inadecuado y exigen gestos simbólicos. Y la nuestra es una situación política muy excepcional.


J.M.Bermudo (2002)