LA ÉTICA: CONCEPTO, TEORÍAS E HISTORIA
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LA VIA AL SOCIALISMO

INTERVENCIONES





INTRODUCCIÓN



I. CONCEPTO, MÉTODO Y FUNDAMENTOS DE LA ÉTICA




II. LAS TEORÍAS ÉTICAS Y SUS FUNDAMENTOS



III. LA ÉTICA EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA


III.1. ­LA ÉTICA EN LA FILOSOFÍA CLÁSICA

III.2. LA ÉTICA EN LA ILUSTRACIÓN

III.3 LAS ÉTICAS CONTEMPORÁNEAS






LA ÉTICA EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA


III-3. ÉTICAS CONTEMPORÁNEAS


1. La Ética del presente.

"Siempre es grato pensar que todavía queda mucha filosofía moral por escribir" (M. Warnock, Ética contemporánea)


En un pasaje que no nos resistimos a recoger resume MacIntyre la herencia ilustrada: "Considero que ambos, el utilitarismo de la mitad y final del siglo XIX y la filosofía analítica de la mitad y final del siglo XX, son intentos fallidos de salvar al agente moral autónomo del aprieto en que lo había dejado el fracaso del proyecto ilustrado de proveerle de una justificación racional y secular para sus lealtades morales. He caracterizado este aprieto como aquél en que el precio pagado por la liberación frente a lo que parecía ser la autoridad externa de la moral tradicional fue la pérdida de cualquier contenido de autoridad para los posibles pronunciamientos morales del nuevo agente autóctono. Cada agente moral habló desde entonces sin ser constreñido por la exterioridad de la ley divina, la teleología natural o la autoridad jerárquica; pero, ¿por qué habría de hacerle caso nadie? Tanto el utilitarismo como la filosofía moral analítica deben entenderse como intentos de dar respuestas concluyentes a esta pregunta; y, si nuestra argumentación es correcta, es precisamente esta pregunta la que ambos fracasan en responder de manera concluyente. Sin embargo, casi todos, filósofos y no filósofos, continúan hablando y escribiendo como si alguno de estos proyectos hubiera tenido éxito. Y de ahí deriva uno de los rasgos del discurso moral contemporáneo que he resaltado al principio, la brecha entre el significado de las expresiones morales y las formas en que se usan. Porque el significado es y se mantiene como habría quedado garantizado si al menos uno de los proyectos filosóficos hubiera tenido éxito; pero el uso, el uso emotivista, es el que cabía esperar ante el fracaso de todos los proyectos filosóficos" [1] Creemos que el mundo contemporáneo es más rico en teorías éticas de lo que este pasaje deja entrever. Aceptando que en un planteamiento general debe hacerse abstracción de las matizaciones, creemos que, como mínimo, habría que añadir dos grandes corrientes, ninguna de ellas ajena a la herencia ilustrada. Consideramos, pues, que entre las alternativas a las "éticas ilustradas", aparte de las formas residuales, habrían de destacarse las siguientes: el utilitarismo, que en gran medida recoge el proyecto ilustrado; las Éticas analíticas, refugiadas en la "asepsia" del lenguaje moral; las Éticas existencialista-fenomenológicas y la nietzscheana. Y el cuadro no quedaría completo sin hacer referencia a la permanencia de corrientes éticas de inspiración aristotélica, tomista, kantiana... Además, estarían esos "discursos sobre la moral", como el de Marx y el de Freud, que sin ser catalogables como doctrinas ética inducen hermenéuticas de la moral que han influido poderosamente en la Ética contemporánea.

Queremos decir, en definitiva, que la simplificación de MacIntyre ayuda a la polémica, pero no a la clarificación. La Ética contemporánea es muy compleja, y exige más generosidad en el inventario de la que suele ofrecerse. Además, como todo en nuestros días, está sometida a una fuerte aceleración. Tal cosa explica que dos textos generales sobre la Ética del siglo XX, ambos con gran éxito académico y editorial, como son los de La filosofía moral contemporánea, de W.D. Hudson [2] y Ética contemporánea, de Mary Warnock [3] no hagan la menor mención a Apel o a Habermas, que en los últimos años se han convertido en referencias obligadas. Decimos esto porque somos conscientes de que son muchos los autores que se quedan fuera, y tal vez pocas las razones para incluirlos.

Hecha esta advertencia, y puesto que no es éste el lugar de abordar tan ingente tarea, nos limitaremos a reflexionar sobre algunas propuestas éticas, seleccionadas no por ningún criterio de mérito o jerarquía histórica, sino simplemente por ser aquellas que más nos han atraído personal y profesionalmente. Comenzaremos por la filosofía anglosajona tras la primera Gran Guerra, para después analizar las corrientes "continentales" nietzscheanas, existencialistas y hermenéutica. Tanto en el caso del utilitarismo como de la ética nietzscheana nos remontamos a los clásicos; son tratados como éticas del siglo XX porque, en rigor, siguen plenamente presentes en el debate contemporáneo.


2. La Ética anglosajona de postguerra.

“(La filosofía moral contemporánea) no trata de descubrir en qué consiste una "buena conducta" o una "buena persona", sino que la discusión se centra ahora en la justificación de los enunciados éticos" (E. Guisán, Los presupuestos de la falacia naturalista)

En Inglaterra, en el segundo tercio del siglo XX, se ha dado un peculiar florecimiento de la Ética, que debe ser valorado sin ira. Ahora, que ya es historia, tal vez sea el momento de un análisis y comprensión de sus propuestas sin adhesiones entusiastas ni negaciones estériles. Comprender sus circunstancias históricas, determinar sus aportaciones y valorar sus resultados no sólo es la manera razonable de la crítica, sino el método de repetir ingenuidades y errores. Además, pensamos que esta Ética no es ajena a su época, especialmente a las grandes guerras y a sus efectos en la conciencia europea. Ante las mismas los hombres pueden optar, como Sartre, por mirar cara a cara al absurdo, a la náusea, es decir, enfrentarse al ser puro y desnudo, sin carga alguna de valor, en su asfixiante indiferencia al horror, a la justicia, al placer, a la virtud o a la verdad; o pueden optar por disolver la realidad en lenguaje, el mal moral en falacias lógicas, la inhumanidad en ambigüedades lingüísticas.

La ética anglosajona de entreguerras nace como esfuerzo por liberar a la Ética, y a la Filosofía en general, de su servidumbre metafísica, en el sentido concreto de "servidumbre ontológica" que hemos señalado más arriba. Se trata, en el fondo, de axiologizar el ser, de dar sustantividad a los valores sin apoyo ontológico. Y este empeño se manifiesta en la pretensión de fijar la autonomía de la moral. No es extraño, visto de este modo, que volvieran su mirada al siglo XVIII, donde Shaftesbury, Hutcheson y Hume [4 ] les servían de referencia y de autoridad.

Al igual que los filósofos éticos del XVIII comprendieron que no había lugar para una Ética autónoma y no metafísica en el marco de la nueva ciencia cartesiana, los del XX, con el afianzamiento del neopositivismo lógico, se vieron obligados a elegir entre renunciar a la Ética, aceptando que la moral es aquello de lo que no se puede (científicamente) hablar, o tipificar la moral como un objeto sui generis y, en consecuencia, la Ética como un cuerpo de proposiciones peculiares. Esta última opción era tentadora, porque ya el sentido común inducía a la distinción, y porque era un hecho, y los hechos deben ser respetados en la nueva racionalidad del empirismo lógico, que los hombres hablaban de la moral, emitían juicios, discutían. En consecuencia, se aceptó el supuesto aparentemente razonable, con visos de evidencia empírica, de que los juicios éticos tenían un carácter diferente de los juicios propios de las ciencias empíricas [5]. Por tanto, no sólo se separaba a la moral respecto a las ciencias en cuanto a su objeto, método, etc., sino de forma más radical: se problematizaba su carácter cognoscitivo [6]

Se puede decir que el pensamiento ético inglés, y aún anglosajón, del segundo tercio de siglo se ha repartido casi al cincuenta por ciento en dos tipos de problemas. Por un lado, este que acabamos de señalar, es decir, el empeño en decidir la peculiaridad de los juicios morales, su carácter cognitivo o no cognitivo, su función descriptiva o prescriptiva, su fundamento naturalista, subjetivista o intuicionista, etc. [7]. Aunque ponen su origen en Hume, lo cierto es que no se alinean en las posiciones del escocés [8]

Por otro lado, el debate sobre el utilitarismo, a favor o en contra, como la filosofía moral que ha ofrecido un principio ético claro y agresivo: identificación del bien con la felicidad del mayor número [9]. Curiosamente, también en este caso las raíces se hunden en el XVIII [10]. Pero los argumentos a favor y en contra del utilitarismo en el siglo XX han sido fértiles y variados [11]; no puede reducirse el utilitarismo a sus exposiciones más toscas -aunque fecundas- como las de Bentham o Mill [12]. Por tanto, y sólo por razones de exposición, trataremos por separado la corriente analítica y el debate sobre el utilitarismo. Pero, previamente, analizaremos algunas cuestiones comunes, como su raíz ilustrada, el problema del fundamento, etc.


2.1. La "falacia naturalista" y el "giro lingüístico"

"La filosofía moral tradicional supone un compromiso frente al mundo, las creencias y las prácticas morales. En lugar del principio de "neutralidad" ética, postula el principio de "imparcialidad" ética" (E. Guisán, Los presupuestos de la falacia naturalista)


Durante el siglo XIX la Ética estará dominada por la corriente utilitarista, por desarrollos de la ética kantiana, por la permanencia del aristotelismo y el tomismo, y por la irrupción del pensamiento crítico marxista. Con el nuevo siglo entrarían en escena nuevos planteamientos. Las guerras mundiales y sus efectos se reflejaron en la Ética.

Desbrozar la rica proliferación de corrientes en nuestro siglo no es nada fácil. No obstante, consideramos que pueden distinguirse dos grandes concepciones, con muchas diferenciaciones internas. Por un lado, una ética localizada de forma preferente en el espacio geopolítico anglosajón, de tendencia fuertemente analítica, enfrentada a todo naturalismo e intuicionismo; y una Ética continental, con más fidelidad a las líneas tradicionales, con mayor densidad filosófica y más sensible a los efectos de las guerras. En este apartado nos ocuparemos de la primera, con la advertencia previa de que, por sus mismos principios metodológicos, lo importante en ella son los "detalles", es decir, precisamente aquello que queda ausente en una sinopsis esquemática y en una valoración tan general como la que ofrecemos.

La filosofía de la ciencia, especialmente la del Círculo de Viena, veía en Hume una de sus raíces. Si la fundamentación de la ciencia encuentra en el escocés un referente obligado, lo mismo ocurre, y tal vez de forma más acentuada, en la fundamentación de la Ética por lo que suele llamarse "Ética analítica". Es cierto que ni Moore [13], ni Ross [14], hacen referencia directa al famoso pasaje "es"/"debe" del Treatise de Hume [15] cuando hablan de la "falacia naturalista". Pero Prichard [16] lo cita explícitamente. Y Ayer confiesa que su teoría ética se inspira en la lúcida afirmación de Hume de que el "debe" no se sigue del "es". Por su parte, Hare declara explícitamente a Hume como su predecesor y aliado [17]. Ha sido Hare quien ha llamado "Ley de Hume" a esta imposibilidad lógica de derivar "debe" de "es" [18]

Prestigiosos especialistas de la Filosofía moral contemporánea coinciden en afirmar que el llamado "giro lingüístico" de la Filosofía supone un antes y un después en la concepción, metodología, problemas y alternativas de la Ética [19]. Este "giro lingüístico", considerado como una "revolución en la filosofía" [20], hunde sus raíces, sin duda alguna, en una nueva sensibilización de la filosofía ante el problema del lenguaje, tanto en su forma científica como natural. Pero también, en cierto sentido, puede entenderse como estrategia para dar un salto adelante en el desarrollo de las ciencias. Si en sus orígenes apareció lo que llamamos "desafío cartesiano", ahora aparece el "desafío neopositivista". En ambos casos la exigencia principal era liberar la ciencia de la metafísica: en el primero, se concretó en una exaltación de la experiencia; en el segundo, en una exaltación del lenguaje. Se trata, en rigor, más que de una liberación de la metafísica, de una "liberación de la ontología". Así entendido, de esa preocupación participan los analíticos y los continentales. Sartre o Nietzsche, en definitiva, tienden a la sustitución del ser por el valor, a la axiologización de la ontología. Su moral es una rebelión contra el ser, y su Ética una rebelión contra la Ontología. La tradicional tendencia a identificar Ontología con Metafísica hace que se viva esa rebelión como antimetafísica, cuanto en realidad es antiontológica. Porque, en rigor, los discursos de Sartre o de Nietzsche, como el de Moore, son profundamente metafísicos. Y, en este sentido, lo son también los fenomenismos y fisicalismos de Carnap [21] y los vieneses. Y la ética analítica, como la filosofía analítica en general, puede entenderse como la culminación del proceso de sustitución de la metafísica del ser por la metafísica de la conciencia o de la mente, que en sus orígenes reducía las sustancias a fenómenos, a sensaciones, a ideas, y, poco a poco, por exigencias metodológica y a medida que se liberaba de la metodología psicologísta, las sustituiría por las palabras: del análisis de la mente se pasó al análisis del lenguaje.

Se trata, por tanto, del último asalto a la metafísica clásica, a la metafísica del ser y, por tanto, a las dos grandes concepciones clásicas de la Ética: el naturalismo, o hegemonía del ser natural, y el objetivismo, o autonomía de los valores. Efectivamente, el "giro lingüístico" en Ética se monta como alternativa al naturalismo, a la tendencia a deducir los valores del ser, a toda pretensión descriptivista de la Ética. De ahí que sea razonable poner en la base del "giro lingüístico" la famosa cuestión de lo que Moore, en su Principia Ethica, llamara "falacia naturalista", que en rigor ya había sido observada por Sidwick [22], y que Hume expusiera por primera vez con envidiable lucidez en el famoso pasaje "es/debe" [23]

Efectivamente, si las normas morales deben derivarse de la naturaleza empírica del hombre, como tendencias y exigencias de la misma que deben ser rigurosamente respetadas, dichas reglas se reducirán a meras descripciones o propuestas estratégicas condicionales; si se rechaza todo modelo a realizar de naturaleza humana que inspire las normas y las legitime, incluso como violencia contra el ser empírico en nombre del ser nouménico, dichas normas se mantendrán en el nivel de las disciplinas teóricas. En ese contexto acabará imponiéndose el criterio de que la moral se reduce a la prudencia, de que de los juicios fácticos no pueden derivarse legítimamente, es decir, lógicamente, juicios morales.

La alternativa parecía establecida con fuerte radicalismo: ¿en nombre de qué establecer el deber? Si era en nombre de la naturaleza empírica, la única salida coherente parecía la "moral del deseo" de Hobbes, reduciendo lo "bueno" al nombre de aquello que deseamos y en tanto que lo deseamos. Hasta Kant aceptará este estrecho marco, aunque con la pretensión de buscar un fundamento objetivo a unas normas éticas universalizables. Su rechazo de toda moral heterónoma, que le lleva a negar cualquier posibilidad de derivar las normas morales sea de la felicidad, sea de la voluntad de Dios, debe situarse en ese contexto.

No deja de ser curioso que dicho principio, que se irá afianzando progresivamente en la filosofía moderna, según el cual los juicios morales no pueden derivarse legítimamente de los juicios empíricos, tiene un neto origen en la silogística escolástica. Efectivamente, responde a la máxima según la cual no puede aparecer en la conclusión nada que no estuviera contenido en las premisas. En consecuencia, ningún elemento o contenido valorativo podía aparecer en los juicios derivados de premisas puramente fácticas. Por tanto, el proyecto de una ética naturalista, como era en buena medida el ilustrado, parecía condenado al fracaso.

En contra de lo que piensa Macintyre, creemos que la máxima "ningún debe de un es" no es necesariamente una conclusión de las éticas ilustradas. A.N. Prior sostiene que tal máxima no es universal [24]. Considera que de "él es un capitán de barco" puede deducirse un juicio de valor del tipo "él debe hacer cuanto un capitán de barco debe hacer". Podrían hacerse dos objeciones. Primero, el de la "premisa moral oculta", es decir, que junto a la presunta premisa fáctica se oculta otra premisa valorativa: "todo capitán de barco debe hacer ciertas cosas", que junto a "él es un capitán de barco" permite la conclusión. La verosimilitud de la conclusión procede de la coincidencia generalizada en aceptar que todos los capitanes de barcos tienen unos deberes que cumplir. En segundo lugar, el del "deber no moral", o sea, que no todos los juicios en que aparece "debe" son morales; muchos son meramente funcionales, como es el caso del ejemplo del capitán. En el concepto de capitán se incluye que debe hacer ciertas cosas, como en el de "buen termómetro" que debe marcar correctamente la temperatura.

Ambas objeciones son correctas e irrebatibles desde un concepto de moralidad que excluye toda contaminación de cualquier contenido funcional. Pero es obvio que no toda moral tiene que excluir contenidos funcionales; de hecho la aristotélica los incluía. La idea aristotélica de naturaleza humana incluía en ésta unas funciones esenciales. "Bueno", "aristós", en sus orígenes se aplicaba funcionalmente: el buen guerrero, el buen gobernante, el buen padre..., lo eran por contenidos y funciones inconmensurables. La analogía aristotélica entre la relación del hombre con la vida buena y la relación del artista con tocar bien el arpa, es ejemplar al respecto [25]

¿Podían los ilustrados formular una filosofía práctica de este estilo? Consideramos que este fue su proyecto: convertir en norma moral aquello que la costumbre había hecho arraigar como funcional, como eficaz, como conveniente, y que de forma genérica llamaban "bueno". Y en cierta manera lo consiguieron, sin bien con carácter efímero. Es cierto que la dimensión funcional de la moral aristotélica estaba fuertemente determinada por el orden social. En Grecia, como en todas las culturas clásicas, el ser derivaba del pertenecer [26]. Uno era ateniense, soldado, clérigo, maestro en un gremio.... Esas funciones definían sus derechos y sus deberes, sus virtudes y sus normas de conducta adecuadas. Y ese modelo se reprodujo -aunque con tendencia decadente- el siglo XVIII, e incluso en el XIX. De su mantenimiento dependió la sobrevivencia de la ética ilustrada; con su hundimiento, ésta se avocó al más efímero sentimentalismo.

Es cierto, con todo, que dicho modelo de ética funcional estaba en contradicción con el surgimiento de las nuevas instituciones políticas y económicas. Se ha dicho que la modernidad conlleva la aparición del "individuo", es decir, un sujeto en sí independiente en sus derechos y normas de sus adscripciones cívicas, que pasan a ser accidentales; o sea, aparece un ser sustancial y previo a devenir abogado, francés, noble, ciudadano... Y es comprensible que la ética funcional, subdividida en una pluralidad de códigos gremiales o institucionales, cediera el paso a una ética universal y abstracta como el concepto mismo de su nuevo sujeto.

En resumen, el proyecto ilustrado de ética y, en general, de vida humana, sería un esfuerzo fallido porque el orden económico-social que estaba arraigando desbordaría el modelo de vida individual y social que diseñaron; ellos no fueron el origen del emotivismo, como afirma reiteradamente MacIntyre, sino una alternativa frustrada al mismo. O, para ser más precisos, una alternativa inestable, prontamente desbordada.


2.2. Naturalismo y racionalismo tras la máscara

"la falacia definicionista es el proceso de confundir o identificar dos propiedades, de definir una propiedad por otra o de sustituir una propiedad por otra" (W.E. Frankena, La falacia naturalista)


Durante el siglo XVIII la discusión filosófica sobre la ética giró en torno a un problema: ¿es la Ética cuestión de sentimiento o de razón? [27] El problema puede ser visto como una concreción de un debate filosófico más profundo: el debate sobre el papel de la razón y de la experiencia en la fundamentación del conocimiento. Pues, en rigor, en la filosofía del XVIII las pasiones, los sentimientos, los deseos, eran considerados como sensaciones o impresiones internas, llamadas por los empiristas de "ideas de reflexión" [28]

Por tanto, la Ética estaba sometida a una crisis, a una revisión crítica, similar a todo el sistema del saber. Y no es extraño que al igual que en la teoría general del saber se reivindican los sentidos, la experiencia, como origen del conocimiento científico y control del mismo, así en el dominio de la Ética las escuelas filosóficas en líneas con los nuevos tiempos relegaban a la razón como instrumento del conocimiento ético y apostaban por algún "moral sense" o "moral sentiment" como vía de fundamentación [29]. De la misma manera que en las ciencias naturales la razón aceptó su sumisión a la experiencia, en la Ética se pretendió que los juicios de valor, como los estéticos, como los empíricos en general, no eran racionales. No se sostenía que la razón no tuviera un lugar en Ética; pero sí que se afirmaba que dicho lugar no era el de reina, sino el de esclava de las pasiones.

Las éticas naturalistas coinciden en derivar o subordinar la ética a la "naturaleza humana" y, de forma particular, a la psicología. La ética hobbesiana, que define lo bueno como lo deseado, es una versión del naturalismo ético. Las de Hume o Smith, que fundan la ética en la simpatía, considerada como un sentimiento clave de la naturaleza humana, es otra versión del naturalismo ético [30].

Obviamente, las posiciones naturalistas en éticas tienen dos obstáculos que vencer. Por un lado, y si se insiste en una noción de "naturaleza humana" fuerte, biológica, está el riesgo del subjetivismo, dada la indudable peculiaridad del deseo; por otro, si se insiste en una noción de naturaleza humana más histórica, el del relativismo cultural. Y en ambos casos, tanto en claves hobbesianas como humeanas, el problema añadido de explicar cómo lo estrictamente natural, y por tanto necesario, puede ser "moral", cuya condición es la libertad.

Es decir, los dos problemas graves del naturalismo ético son el de la universalidad de sus normas y valores y el de su moralidad. El primer obstáculo puede allanarse postulando, como Hobbes, una naturaleza humana abstracta, uniforme, ahistórica, regular en sus tendencias, propensiones y deseos; o bien, cuando se asume el naturalismo con perspectiva más sociologista, considerar con Hume que la diversidad irreductible o la uniformidad entre los hombres es, por un lado, similar a la existente en la naturaleza en general, por otro, cuestión hermenéutica. O sea, podemos acentuar las diferencias o resaltar las semejanzas entre hombres, pueblos o culturas: hay razones para ambas perspectivas; y ni más ni menos razones que las reinantes en otros órdenes de cosas [31]

El problema de la "moralidad" es más complejo. Para quienes reducen la ética a la moral, ni la hobbesiana, ni la utilitarista son doctrinas éticas tout court. Serían simplemente estrategias prudenciales. Los menos militantes aceptarían que son una forma de moral: "moral prudencial", con lo cual ensanchan el concepto de moral hasta convertirlo en doctrina racional de la conducta. Es obvio que el utilitarismo es una "ética prudencialista"; el problema es si, como toda opción naturalista, basada y subordinada a una psicología, en este caso egoísta, puede ser a un tiempo "ética moral".

Los filósofos de la moral del XVIII abordaron el debate entre la razón y el sentimiento con una metodología fuertemente psicologista, al igual que hicieran en el debate empirista en general. D.D. Raphael ha señalado, refiriéndose a este debate, que actuaban como si la pregunta en disputa fuera: "¿Es el conocimiento el resultado causal de la razón, o de la percepción sensorial?" [32]. Y buena parte de los argumentos se usaban en este sentido de mostrar la capacidad de una u otra para generar las ideas, los deseos, los sentimientos.

El debate se prolongaría a lo largo del XIX con marcados acentos psicologistas. El nivel netamente epistemológico lo adquiere en el siglo XX, con el Empirismo o Positivismo lógico. La tesis que posibilita este cambio metodológico la había formulado Condillac [33], rompiendo con la doctrina lockena que establecía la idea como signo de la cosa y la palabra como signo de la idea, siendo ésta el contenido del pensamiento y la palabra mero medio de comunicación del mismo. Condillac comprendió que el lenguaje no era mero medio de expresión y, por tanto, innecesario al pensamiento, sino condición de posibilidad del mismo. La idea y la palabra son las dos dimensiones del conocer, de tal modo que es imposible el pensamiento sin el lenguaje. En rigor, el pensamiento se objetiva en el lenguaje, siendo la "idea" mero efecto psicológico, algo así como su dimensión afectiva.

Pues bien, esta tesis, olvidada durante más de un siglo, será enarbolada por el Positivismo lógico [34], lo que permitiría un análisis del conocimiento sin residuos psicológicos, meramente lingüístico. Es comprensible que, en este nuevo horizonte, pierde efectividad la genealogía de las ideas para ser sustituidas por el significado de las expresiones lingüísticas [35]

Se comprende que, en el ámbito de la Ética, el debate del XVIII sobre la razón y la pasión devenga en el siglo XX un problema del significado de los juicios morales. Las distintas formas de naturalismo y racionalismo, ahora se convierten en diversidad de teorías del significado del lenguaje moral [36]

La primera versión del "neonaturalismo" toma la forma de Teorías descriptivistas, que consideran que los juicios morales "describen" sentimientos. La forma más trivial del descriptivismo es la autobiográfica. Consiste en considerar que juicios como "Picar a los toros de lidia es malo", dicho por Ana, equivale a que Ana dijera "Desapruebo que piquen a los toros de lidia", o "Siento desagrado al ver picar a los toros de lidia". Raphael llama a esta posición "Teoría Individualmente Subjetivista del significado de los juicios morales."

Esta teoría, que permite traducir los juicios de valor a juicios de hecho, a expresiones de sentimientos de agrado o desagrado, de aprobación o desaprobación, tiene sus limitaciones. Una de ellas es la de querer eludir el principio de no contradicción, válido en el campo de los juicios empíricos. Parece razonable, de acuerdo con el sentido común y con las reglas que rigen en lenguaje de la ciencia, que si en dos juicios empíricos se afirma y niega un mismo predicado de un mismo sujeto, ambos juicios son contradictorios. Así, si Ricardo dice "picar a los toros de lidia es bueno", nos parece que ha formulado un juicio obviamente contrapuesto al anterior. En cambio, traducido al lenguaje subjetivista diría "Apruebo que piquen a los toros de lidia" o "Siento placer al ver picar a los toros de lidia". Este juicio, dicho por Ricardo, no es contradictorio con el anterior de Ana, del mismo modo que no es contradictorio que Ricardo sea rubio y Ana sea portuguesa. Son, simplemente, biografías diferentes [37]

Es obvio que, en el uso habitual, tal desacuerdo respecto a una acción es vivida y pensada como contraposición: por eso se razona, se argumenta, se debate... y se insultan los participantes. Claro que siempre cabe contestar que los contendientes se engañan: si fueran ilustrados y supieran que simplemente manifiestan sus diferencias personales, comprenderían que no hay motivo para discutir. Ni para hablar.

Tal posición extravagante correspondería a un positivismo lógico duro, inspirado en el Wittgenstein del Tractatus, donde la ley del lenguaje científico instaura el reinado de la semántica, y aún de la sintaxis, despreciando la pragmática [38]. Esta "Teoría individualista y subjetivista del significado" hace abstracción del "uso normal" de los juicios morales, según el cual pocos, muy pocos y recalcitrantes, se atreven a pensar que "Tal cosa es justa" equivale a "Estoy de acuerdo con tal cosa".

Una corrección de esta teoría constituye la segunda forma del "neonaturalismo", que podemos llamar estadística. Está en línea con el segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones, y echaría mano de ese "uso normal" que hemos mencionado. Desde tal perspectiva, decir "Picar a los toros de lidia es malo" se traduciría ahora por "La gente desaprueba que piquen a los toros de lidia". Aquí se mantiene el fondo subjetivista del contenido moral, ya que reside en última instancia en la aprobación, en el sentimiento de agrado o desagrado; pero se corrigen los efectos del individualismo recurriendo a la estadística. Raphael la llama "Teoría socialmente subjetivista del significado de los juicios morales".

Aunque Raphael [39] pone un ejemplo para mostrar la insuficiencia lógica de la teoría, la consideramos más razonable que la primera. "La eutanasia para quien la desea es moralmente justa, aunque la mayoría de la gente de mi sociedad la desapruebe" es un juicio moral con sentido, dice Raphael. Traducido al sentimentalismo social diría su primera parte: "La mayoría de la gente de mi sociedad desaprueba la eutanasia para quien la desea" y la segunda quedaría igual: "aunque la mayoría de la gente de mi sociedad la desaprueba". De tal modo, traducido todo el enunciado, diría: "La mayoría de la gente de mi sociedad desaprueba la eutanasia para quien la desea, aunque la mayoría de la gente de mi sociedad la desaprueba". Así resulta una teoría contradictoria, lista para rechazar. Obviamente, Raphael comete una falacia: elige como punto de partida un juicio contradictorio.

Una segunda versión del neonaturalismo estaría representada por las Teorías emotivistas. La expuso brillantemente A.J. Ayer en Language, Truth and Logic (1936). Raphael prefiere llamarla "Teoría expresiva", y no le falta razón, pues el matiz que introduce Ayer es que los juicios de valor, morales y no morales, "expresan" sentimientos, en lugar de "describirlos".

Las ventajas lógicas son evidentes. Si ante los toros de lidia Ana dice "¡Fuera!" y Ricardo "¡Bravo!, no cuentan su vida íntima; simplemente, manifiestan, expresan, un sentimiento, una emoción. Y estas expresiones, al contrario que las descripciones, ni se oponen ni se excluyen. Pero estas ventajas alejan la teoría del sentido común y de la realidad empírica. La "Teoría del Up-and-down" es hábil, pero no resuelve el problema real. Incluso los gritos de "Viva" o "Go on" expresan más que sentimientos o actitudes opuestas. Prueba de ello es que los insultos en el campo de futbol pueden luego contrastarse, legitimarse, argumentarse... Expresan unas ideas de bien, de justo, de deber, y no simplemente frustraciones o deseos.

El neo-racionalismo ético, por su parte, defiende la existencia de algunas verdades éticas absolutas, de que los valores morales tienen un fundamento metafísico, cósmico, divino, trascendente a la naturaleza humana. Esta objetividad y universalidad afecta fundamentalmente a los valores morales, y no necesariamente a todos los valores, más relativizables. La universalidad está asegurada en las éticas racionalistas por la trascendencia de la fundamentación, por su indiferencia respecto a la naturaleza humana. Hay cosas, acciones y sentimientos buenos y malos de forma absoluta, y no por mera contingencia.

El obstáculo principal de las éticas racionalistas es dar cuenta de un hecho: las discrepancias frecuentes respecto a los juicios de valor. Han insistido especialmente en resaltar la semejanza de los juicios de valor con los de las matemáticas, construidos sobre evidencias claras y deducciones lógicas, olvidando un hecho importante: a diferencia de las matemáticas, que no regulan ninguna realidad, los juicios morales regulan la conducta, y hay situaciones en que entran en conflicto. Por ejemplo, dado que el juicio "Todos los hombres deben cumplir las promesas" es considerado evidente por el racionalismo ético, y dado que "He prometido a Laura acompañarla al cine esta noche", parece razonable concluir que tengo la obligación moral de acompañarla. Pero si al ir a recogerla me encuentro con un accidente de tráfico, y pienso que tal vez necesiten que les ayude a transportar a los heridos al hospital, ¿qué debo hacer? Porque tan evidente como el principio moral que manda cumplir las promesas es el principio moral que manda ayudar a un herido. Por tanto, si entran en conflicto, quiere decir que no son absolutos, que su necesidad y universalidad tienen excepciones; al menos las impuestas por conflictos entre principios. Se abre así la problemática de la jerarquía de los principios morales....

Las teorías racionalistas tienen la pretensión de considerar los valores como "hechos" de un tipo especial, no asequibles a los sentidos ni al sentimiento, sino al entendimiento. Es decir, tiene una pretensión irrenunciablemente metafísica, considerando los valores como realidades en sí. Para un racionalista el enunciado "el dolor es malo" enuncia una verdad, describe un hecho real. Más aún, el racionalista piensa que, si es malo, debe ser evitado: el "deber" se deduce de la naturaleza misma del "ser".

Bien mirado, el racionalismo es una forma del "naturalismo". En rigor, sería la forma más radical del naturalismo, pues deduciría la moral de la Naturaleza. Claro que esa "Naturaleza" es siempre una idea racional, metafísica. El racionalismo es un naturalismo metafísico. En todo caso, el problema de la "falacia naturalista" se plantea en el racionalismo con la mayor intensidad. Lo que ocurre es que en el racionalismo metafísico todas las contraposiciones pueden ser disueltas en la unidad de los contrarios: basta eticizar el cosmos, moralizar el ser.

En la época clásica la Ética ha tendido a ser racionalista. La spinoziana, y la kantiana, y la scheleriana, son ejemplos de ello. Pero el racionalismo ético tiene representantes en el siglo XX, incluso dentro de las corrientes analíticas.

Una versión moderna del racionalismo es la de R.H. Hare en The Language of Morals (1952) y Freedom and Reason (1963), con su teoría prescriptivista. Ahora se interpretan los enunciados morales no como descripción de un hecho o relación objetiva, ni como descripción de un sentimiento, ni como expresión de un deseo, sino como exhortaciones. La aventura del "significado" en los juicios de valor es apasionante. De ser enunciados de hechos objetivos, pasaron a subjetivos, luego devinieron meras exclamaciones y, por fin, meras órdenes. De esta manera la Ética se convierte en una cortesía del poder. El "Haz tal cosa" se pone en forma moral como "Debes hacer tal cosa".

Tal vez la teoría ética racionalista más antigua se disuelve en las doctrinas del derecho Natural, en las cuales los principios morales se identificaban a leyes, o sea, a órdenes universales. El mismo Kant se expresó en un lenguaje muy "legislativo". Los juicios morales eran para el filósofo alemán "imperativos categóricos", al igual que los de la prudencia eran "imperativos condicionales". El racionalismo leía el deber en el ser, trascendente o trascendental.

Pues bien, Hare sigue en cierto modo esa línea, reduciendo los juicios morales a "órdenes universales". La universalidad es, precisamente, la característica de la moralidad, como en Kant; la universalidad es lo que distingue un juicio moral de una orden prudencial o meramente fáctica. El prescriptivismo, por tanto, es una ética del deber. Los valores pueden ser traducidos a deberes. Una acción, buena o justa, es una acción que debe hacerse. Cuando se trata del bien funcional (un buen reloj) la traducción es más difícil, pero no imposible. Decir de un reloj que es "bueno" equivale a recomendar (no ordenar) que si uno se compra un reloj elija aquél. Pero ¿por qué se recomienda? Porque reúne las cualidades que comúnmente se aceptan como definidoras de un buen reloj.

¿Y si se trata de una persona a la que llamamos "buena"? Aquí se aconseja imitarlo. ¿Y al decir un "buen" aviador? Se invita a admirarlo, emularlo... En cualquier caso, los juicios de valor no describen el mundo, sino que prescriben acciones o comportamientos. Se relacionan con los hechos... pero de modo pragmático. En el fondo la Ética ha seguido los pasos de la filosofía analítica: de la sintaxis a la pragmática, pasando por la semántica. Ya Ayer y su prescriptivismo implicaban un cierto desplazamiento hacia el pragmatismo; Hare emprendió el paso definitivo.


2.3. El concepto pragmatista de "valor"

"La palabra "bueno" funciona sólo como signo emotivo que expresa nuestra actitud... y que quizá evoca actitudes similares en otras personas o las incita a acciones de una clase u otra" (Ogden & Richards, The Meaning of Meaning)


La corriente analítica no es homogénea, sino diversificada en varias Ética, unidas por cierta actitud filosófica general y, en particular, por la fidelidad a un mismo método: "el análisis del lenguaje moral" [40]. A efectos de nuestra reflexión agrupamos las Éticas analíticas en dos grandes corrientes: la descriptivista, únicamente interesada en clarificar el uso de los términos y enunciados morales; y la normativista, que aunque limitada al análisis del lenguaje aspiraba a dar cuenta de la legitimidad, sentido y posibilidades de las normas morales [41]. Ambas, como decimos, son fruto de los que se ha dado en llamar "giro lingüístico" o "revolución en la filosofía" [42], y que efectivamente expresa la cara ética de un desplazamiento global al lenguaje huyendo de la cosa en sí [43]. Moore, Russell, Wittgenstein y los hombres del Círculo de Viena serían los símbolos de ese corrimiento. De todas formas, bajo la figura de la asepsia analítica esta filosofía moral expresa, incluso en su deseo de ocultarlo, una posición ética que puede y debe valorarse [44]

El aspecto más destacado de esta filosofía moral es la estrategia manifiesta: situarse en el punto de vista de la metaética. De forma consciente y explícita renuncian a "moralizar", a tomar posición ante las normas y valores, para limitarse al análisis; consideran como su objeto la Moral como disciplina expresada en un lenguaje, cuya lógica, usos, juegos, sentidos, significados se intenta enunciar y clarificar. No es difícil identificar esta posición "metaética" con las "figuras" de conciencia con que MacIntyre caracteriza nuestra época, la del "esteta", la del "gerente" y la del "terapeuta". En todos ellos la asepsia meramente funcional, eludiendo el compromiso, el roce grosero, sucio y sangriento de la cosa en sí. Porque, obviamente, si la guerra puede pensarse como el resultado de un error, como el efecto de conflictos entre categorías, de falacias, ambigüedades y sofismas; si del hombre sólo puede ser juzgado su lenguaje, e incluso sin ánimo de corregirle, entonces se encuentra el refugio contra el horror al que nos hemos referido. Así los hombres eludirían tener que verse autores de los horrores de guerra, tener que afrontar la presencia del mal en su naturaleza, en su ser.

La filosofía analítica hunde sus raíces en la vieja teoría del valor, de finales del siglo. La preocupación por el "valor" es tan antigua como la filosofía misma. Hobbes, Spinoza, Hume, Bentham, Mill..., en línea naturalista, cultivaron el tema. Pero la forma moderna de plantearse el problema, ceñido al campo de la Ética, comienza, como es sabido, con el famoso debate entre Alexius Meinong y Christian Ehrenfels, a finales del siglo pasado. Ambos coincidían en considerar el valor como la propiedad de un objeto, pero mientras que para Ehrenfels lo que proporcionaba valor a un objeto era el hecho de que alguien lo deseara o pudiera desearlo, para Meinong el valor residía del objeto residía en la expectativa o posibilidad del placer que producía.

El debate Meinong-Ehrenfels culmina en la obra de R.B. Perry, General Theory of Value (1926), tal vez el tratado más sistemático y completo del tema. Definía el valor como "any object of any interest". Usaba "interés", como mediando entre el "deseo" de Ehrenfels y el "sentimiento" de Meinong. Por tanto, situaba la Ética en el dominio de la actividad interesada, frente a la meramente contemplativa o cognitiva.

En absoluta coincidencia hay que situar el libro de D.W. Prall, A Study in the Theory of Value (1921). De hecho se asociaban ambos nombres en la llamada "teoría Perry-Prall". Aunque, en rigor, la posición de Perry se acerca mucho a la teoría del valor-deseo de Ehrenfels, mientras que la de Prall se desplaza a la del valor-sentimiento de Meinong. Frente a Perry y los realistas americanos, tomaba posición John Dewey y la escuela pragmatista [45]. Su monografía Valuation, redactada para la Encyclopedia of Unified Science, expresa su posición ante el tema. Para Dewey el valor de los objetos viene definido por la "situación", especialmente la "situación social", de las personas que actúan o son afectadas por la acción. El problema del valor surge con el conflicto social. Todo conflicto es malo; el restablecimiento de la armonía es bueno.

A diferencia del subjetivismo, el pragmatismo señala que la "satisfacción" no es un estado mental, sino una situación objetiva de armonía e integración. Para Dewey el "interés" no es algo subjetivo y personal, puramente cognitivo, sino una relación social: interés de las mujeres, de los profesores, de los mineros...

Tanto Perry como Dewey coinciden en su oposición al subjetivismo, en su preferencia conductista. Por eso consideran que la teoría del valor es algo que permite y exige observación, hipótesis y experimentación, como cualquier otra rama de la ciencia.

No así el positivismo lógico, que enfatiza la privacidad de los juicios de valor y acentúa su diferencia e irreductibilidad respecto a los enunciados científicos. Criticarán la posibilidad de verificación de los juicios morales, aunque aceptarán la posibilidad de medir su instrumentalidad por su capacidad de armonización, vía la persuasión.


3. Alternativa utilitarista

3.1. El utilitarismo y la Ética clásica

"como quiera que sea, nosotros no establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda" (Platón, República)


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Se puede razonablemente afirmar que el mayor problema de la Ética ilustrada era un problema epistemológico. Su preocupación no provenía tanto de definir e instaurar nuevos valores cuanto de fundamentar la moral. Porque, en rigor, buena parte de la moral tradicional, una vez liberada de su fundamentación teológica y teleológica, y compensando su ascetismo, fruto de su pesimismo antropológico, con una defensa firme de la vida y el placer, propios de una antropología humanista, podía ser fácilmente reciclada.

Hume había aportado una alternativa fecunda, basada en una fundamentación débil de lo moral, como hemos visto. En rigor, había asumido buena parte de los elementos clásicos. Así, partía de un hombre existente, de una naturaleza originaria indigente; en segundo lugar, aunque no admitía ningún modelo final, aceptaba la perfectibilidad de esta naturaleza originaria y, de hecho, en sus comparaciones y alusiones a los salvajes y a los orientales se ponía al hombre occidental como modelo. Es decir, que si en teoría se renunciaba al modelo final, en la práctica se usaba como referente. Por último, aunque desprovistas de su legitimidad racional, Hume aceptaba la existencia de normas morales, conquistadas y asumidas por los hombres a lo largo de los tiempos, que debían ser respetadas.

Por tanto, el rechazo del teleologismo no impedía la fundamentación de la moral. Esto era posible en el hábito. Tal fundamentación era perfectamente coherente con el principio que definía la posición ilustrada: el de la mayoría de edad del hombre. Este no sólo debía pensar por sí mismo, sino erigirse en fuente de la moralidad. Hume, no obstante, y dado su pesimismo escéptico, sin duda conectado con su educación y su ambiente en la religión presbiteriana, optó por la intersubjetividad: lo moral era aquello aceptado como bueno en una comunidad.

La opción de Hume no eliminaba el gran peligro de la filosofía moral moderna, el subjetivismo, e introducía otro, el del relativismo histórico. Un fundamento débil de la moral puede ser teóricamente suficiente y satisfactorio a nivel práctico para philosophes, para conciencias ilustradas; pero no parece aceptable por entusiastas, sistemáticos, iluminados y vulgo, por utilizar expresiones usuales de la época. Estos, de mentalidad más cartesiana, exigían mayor radicalismo en la fundamentación y más claridad en la aplicación.

Una respuesta a esta carencia, pero en el horizonte diseñado por Hume, la ofrece el proyecto utilitarista. Podemos interpretarlo como si Bentham hubiera intentado reconstruir el fundamento al modo clásico: recuperando el telos. Claro que había de hacerlo desde las posibilidades teóricas y los condicionamientos sociales de su tiempo. Así, buscó en la naturaleza empírica el fin: y encontró el placer como objetivo de la vida. Le parecía obvio que todos los hombres tendían naturalmente al placer: era un hecho, un dato de la naturaleza humana. Y, descubierto este fin natural, tenía ante sus ojos el bien: el bien era el fin, como en Aristóteles; por tanto, "bueno" era todo cuanto favorecía la marcha hacia ese fin. Y se comprende que, definido el fin y el bien, era fácil deducir el deber: las normas morales contaban de este modo con un criterio de legitimación, que no sólo permitía deducirlas, sino jerarquizarlas; el nuevo fin, el nuevo bien, en suma, el nuevo criterio, permitía seleccionar y corregir el conjunto de normas morales que se disputaban la dirección de la conducta.

El proyecto, pues, era atractivo, e incluso de regusto clásico. Sería relativamente fácil mostrarlo mediante una selección adecuada de pasajes claves. Por ejemplo, si comparamos el principio de Bentham: "La mayor felicidad del mayor número es la medida de lo justo y de lo injusto", con la idea de Platón: "como quiera que sea, nosotros no establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda", es fácil observar las afinidades.

Se trataba de encontrar un único criterio de moralidad, que garantice la universalidad de la misma, su unidad, su sistematicidad, su objetividad, alejando todo peligro de subjetivismo o historicismo; y había que encontrarlo conforme a un método y una racionalidad acuñados por la nueva ciencia, es decir, con cierta base empírica, con fundamento naturalista. El utilitarismo se presentaba como una alternativa encuadrada en todas estas exigencias. De todas formas, no faltaban las dificultades teóricas.

El problema filosófico del utilitarismo era justificar cómo de una constatación empírica, del egoísmo psicológico, puede pasarse a la formulación de la tesis utilitaria, es decir, a formular el deber de buscar la mayor felicidad para el mayor número. Tal problema, puesto en términos logicista, no parece tener solución, con lo cual el utilitarismo quedaría sin fundamento. Pero la idea de Bentham no es gratuita. Le parece que toda mente ilustrada es capaz de distinguir entre sus deseos y sus intereses, así como comprender que a veces éstos se consiguen sacrificando aquellos. Es decir, para Bentham una mente ilustrada no tiene dudas respecto a esta tesis: el interés propio, la máxima felicidad y satisfacción personal, se consiguen mejor y más establemente consiguiendo la felicidad de los demás, satisfaciendo a los otros.

La Ética utilitarista no está tan lejos de la aristotélica como ciertos neo-aristotelismos dan a entender. Es posible que el contenido de la felicidad en ambos casos haya variado, cosa inevitable por condicionamientos teóricos y sociales; pero incluso esa distancia no es tan dramática si no se desvirtúa el benthamismo. Basta tener como referente la versión de Mills para que, efectivamente, la distancia se acorte.

El utilitarismo de Mill es más suave y diverso. Su distinción entre placeres elevados e inferiores [46], y su concepción de la libertad como capacidad creadora del hombre, cuyo aumento servía para medir la verdadera felicidad, propiciaba una idea de hombre que permitía un más amplio aprovechamiento de las normas morales tradicionales, muy amenazadas por el reductivismo benthamita. Pero, todo hay que decirlo, Mill eliminaba, o reducía, el peso del teleologismo que Bentham había intentado restaurar; y, con ello, opta por una versión de la teoría utilitarista más del gusto "liberal", más subjetivista, más "plural". Es decir, que desde el principio se daba esta paradoja en el utilitarismo, a saber: o se formulaba en sentido benthamiano, lo que generaba ciertos rechazos ideológicos, o en sentido milliano, con lo cual se debilitaba la unidad y sistematicidad de la moral. Pero la opción no era meramente teórica; como siempre en estos casos, la línea triunfante viene impuesta por las condiciones sociales. Los vientos de la historia soplaban a favor de Mill, con acentos más subjetivistas.

Esta vía acaba con Sidgwick [47], quien de forma definitiva renuncia a restaurar la estructura teleológica de la ética por imposible, es decir, renuncia a toda fundamentación naturalista, sea cosmológica o biologista. Ello es así porque Sidwick fue el primero en sacar todas las consecuencias del pasaje humeano sobre el "es/debe". Para Sidwick del egoísmo psicológico no sólo no es posible derivar la máxima utilitarista de maximización de la felicidad, sino que ni siquiera es posible extraer una norma que nos obligue a nosotros mismos a buscar nuestra propia necesidad. Considera que las creencias morales básicas son, por un lado, irremediablemente heterogéneas, imposibles de reducir a ningún principio único, como el de la felicidad o utilidad; por otro, son inargumentables, no pueden darse razones de las mismas, son "intuiciones". Su confesión es ejemplar: busqué el cosmos y encontré el caos. Fue Sidwick, y no Moore, quien comprendió la imposibilidad de una fundamentación trascendente de la moral.

Ante la imposibilidad de referirnos de forma particular a cada una de las corrientes en el seno del utilitarismo, nos centraremos en la más clásica, la de Bentham, que ha sido la más polémica y la más criticada; y que, sean cuales sean sus efectos en la moralidad, es la Ética más sistemática y coherente entre las utilitaristas.


3.2. La ciencia del legislador

"Respecto a la educación individual, que hace al hombre bueno absolutamente, determinaremos luego si pertenece a la política o a otra ciencia, pues, quizá, no sea lo mismo en cada caso ser hombre bueno y ser buen ciudadano" (Aristóteles, Ética Nicomáquea)


Hay filosofías que se conciben en diálogo con otros discursos filosóficos; las hay, en cambio, que surgen estrechamente ligadas a problemas epistemológicos, de fundamentación o de aplicación de alguna disciplina positiva. En el caso de Bentham los momentos filosóficos de su discurso responden a la necesidad de defender o fundamentar su proyecto de reforma jurídica general, y particularmente de reforma de la ley penal. Si los ilustrados franceses (y en especial Helvétius, de forma relevante en su De l'Esprit [48]), y los no menos ilustrados filósofos escoceses (y particularmente Hume y A. Smith [49]) aspiraban a poner en la cabeza y en el corazón del déspota una Ciencia de la Legislación, es decir, una Moral, entendida como Pedagogía, Bentham no hace sino concretar el proyecto y diseñar un "Arte de la legislación", que en su época equivale a un "arte del gobierno". La importancia histórica de ese proyecto es en sí incuestionable. Los "utilitaristas" destacaron por su lucidez y combatividad en la defensa de sus programas de reforma institucional: reforma de instituciones penitenciarias, del sufragio (incluido el de la mujer), del libre mercado, del gobierno colonial, de la educación pública gratuita, de la libertad de prensa, de la sanidad, de la medicina preventiva, de la justicia, del control de nacimiento [50]. No hubo parte del derecho, desde los códigos constitucionales a las ramas más positivas y a los procedimientos, que escapara a su atención. Por eso no nos parece exagerado equiparar, como se ha hecho [51], a Bentham y a Marx, calificándolos como los más grandes reformadores de todos los tiempos [52]. No obstante, el reconocimiento histórico siempre se vio oscurecido por la sospecha respecto al "principio filosófico" que inspiraba su programa y que, en definitiva, garantizaba su coherencia y su racionalidad. El principio utilitarista parecía -y sigue pareciendo- moralmente grosero y políticamente cínico: en su seno no habría lugar para una "ética individual", de la propia excelencia, y la ética pública se diluiría en la política, o al menos en la mera norma prudencial.

Hay razones para pensar que en la crítica crónica al utilitarismo clásico hay mala fe, o, al menos, "limitada benevolencia" [53]; pero también es posible que en algunos casos las sospechas y reticencias se deban a cuestiones hermenéuticas, en especial, al olvido, a la hora de interpretar su filosofía, del proyecto benthamita. Creemos, con Smart [54], que la insalvable diferencia filosófica entre liberales y benthamita convive con una amplia coincidencia en las propuestas prácticas. Este hecho, empíricamente incuestionable, nos hace concebir alguna esperanza en alcanzar, si no una "situación ideal de comunicación", al menos la confianza entre amigos. Tal es el propósito de esta reflexión.

Para establecer los límites, el sentido y el valor que Bentham otorga a la ética individual y a la libertad del individuo hay que leer detenidamente el capítulo XVII de su Introducción a los Principios de la Moral y la Legislación, y valorar su sentido en un texto con el que intenta solucionar el problema de la racionalidad del castigo. Esta debe extenderse tanto a la dimensión punitiva de la ley (para Bentham la dimensión hegemónica, dado el ambiente liberal con dominio de una idea de justicia negativa) como a la tarea judicial. Debe haber coherencia entre el objetivo del legislador y el del juez; debe haber universalidad y simetría en la aplicación casuística de la ley [55]. Y todo ello requiere un criterio racional de actuación política

Este criterio racional no sólo debe ser común al juez y al legislador, sino que debe ser coherente y adecuado a la conducta del ciudadano, es decir, debe posibilitar, e incluso favorecer, el "autogobierno del individuo", su determinación y su acción dirigida a satisfacer sus intereses. Y no se trata de deducir el principio moral de una psicología hedonista y utilitaria. Bentham no cae en la "falacia naturalista", pues la norma de buscar la mayor felicidad para el mayor número ni es naturalista (pues no describe una situación fáctica) ni se infiere de una antropología egoísta. Entre el reconocimiento fáctico de nuestra sumisión a dos soberanos [56] y el deber de maximizar la felicidad del mayor número (no de uno mismo) no hay conexión lógica, simplemente hay consistencia existencial. Y si dichos dos amos no sólo determinan lo que hacemos, sino lo que deberíamos hacer, es en el sentido obvio de que lo que debemos hacer no puede ir en contra de nuestra propia naturaleza. El principio moral ha de ser existencialmente consistente con nuestra naturaleza, como las "conjeturas" popperiana con los hechos, sin que por ello haya que asumir la existencia de un vínculo lógico, como pensaban los positivistas. Por eso Bentham insiste en que "el Principio no es demostrable ni necesita demostración: porque aquello que es usado para probar las demás cosas, no puede ser probado; una cadena de pruebas debería tener su comienzo en alguna parte. Dar tal prueba es tan imposible como innecesario" [57]. Y Mill argumenta la misma idea [58] .

Bentham busca un criterio racional de actuación política que permita la construcción de una comunidad regida por la armonía artificial de intereses [59]. Rechaza así las ingenuas creencias en la "armonía natural", abandona cualquier lastre del ejemplarismo de los "Espejos de Príncipes", y asume en positivo la idea moderna que ve en la política el arte de administrar el deseo, aspirando simplemente a que dicha administración sea racional. Y como la racionalidad moderna es adecuación de los medios a los fines, ha de definir el fin último: y elige la felicidad del mayor número posible. Una elección moral, un principio, por tanto no demostrable; pero una elección razonable y defendible [60]

La opción por este principio, y el sentido preciso con que es usado, deben valorarse en el marco del proyecto benthamita de búsqueda de un criterio de acción racional que haga posible la armonía "artificial" de intereses. Por eso en el texto Bentham aborda el problema en el marco de su distinción entre lo que llama "ética privada" y "arte de la legislación", que en el fondo es una forma clásica de plantear la relación entre Ética y Política, como clásica es su respuesta. Cuando Platón diseñaba la ciudad justa, es decir, perfecta, su preocupación no era conseguir para cada uno la mayor felicidad imaginable, sino lograr la ciudad máximamente feliz [61]. Y aunque en su jerarquía de las formas de vida la más perfecta es la contemplativa, no dejará de afirmar el deber del sabio de renunciar a esa vida para dedicarse a la política, aunque sólo sea para evitar que los otros lo hagan peor.

El mismo planteamiento encontramos en Aristóteles, en su Ética Nicomáquea [62], cuando tras distinguir entre justicia universal y particular dice que "Respecto a la educación individual, que hace al hombre bueno absolutamente, determinaremos luego si pertenece a la política o a otra ciencia, pues, quizá, no sea lo mismo en cada caso ser hombre bueno y ser buen ciudadano" [63]. La filosofía clásica, pues, distingue netamente entre educación y moral pública y educación y moral privada: la primera tiene como fin formar ciudadanos útiles a la comunidad; la segunda se propone conseguir la perfección del hombre, el desarrollo armónico de sus cualidades, es decir, la propia excelencia. Pero ambos objetivos pertenecen a la moral. Bentham, como los clásicos, daba una clara primacía a la moral pública; pero también como ellos concede su lugar a la moral privada. El desequilibrio entre ambas que se advierte en el texto es una determinación del proyecto. Mill, advertido de ello, no dudaría en dar el relieve necesario a la búsqueda de la propia excelencia [64]


3.3. Ética y jurisprudencia

"todo lo que puede esperar hacer (el gobernante) es incrementar la eficacia de la ética privada, dando fuerza y dirección a la influencia de la sanción moral" (J. Bentham, An Introduction to the Principles of Morals and Legislation


La distinción de Bentham entre "ética privada" y "arte de la legislación", hecha de forma concisa y ligera, simplemente para justificar tipologías jurídicas, presenta ciertas ambigüedades, pero podemos sistematizarla con toda fidelidad. Considera a ambas "dos ramas de la misma ciencia", sendas regiones de la Ética en general, que define así: "Ética en sentido general puede ser definida como el arte de dirigir las acciones de los hombres hacia la producción de la mayor cantidad posible de felicidad para aquellos cuyos intereses están en juego" [65]. La Ética en general coincide con la Política en general, con la Filosofía práctica, en cuanto que ésta consiste en el arte de dirigir a un fin racional las acciones humanas [66]. Son nombres de la misma cosa.

La Ética, o la Política, como artes racionales de la conducta, tiene dos dominios: la "ética privada" o "arte del autogobierno", que es la "Ética en cuanto arte de dirigir la conducta propia" [67], y el "arte del Gobierno" [68], que suela llamarse "Arte de la Legislación", que tiende a dirigir las conductas de los otros. Ambas comparten el mismo fin general y el mismo criterio de racionalidad; ambas se ocupan de la felicidad de las mismas personas, de dirigir la conducta de los mismos individuos; presentan una fuerte identidad, pues los actos en que deben concretarse son "en gran medida los mismos".

No obstante, dice Bentham, "no son perfecta y absolutamente los mismos" [69]. Bentham describe una diferencia en el campo de aplicación de ambas: "No hay ningún caso en que un hombre privado no deba dirigir su propia conducta hacia la producción de su propia felicidad y la de sus semejantes; pero hay casos en los que el legislador no debe (al menos de forma directa y por medio de castigos aplicados inmediatamente a estos particulares individuales) intentar dirigir la conducta de los diversos miembros de la comunidad" [70]. Es decir, al individuo le está siempre permitido realizar cuantos actos prometen ser beneficiosos para la comunidad; pero el legislador no debe obligar (al menos de forma coactiva) al individuo a cumplir todos y cada uno de esos actos. Del mismo modo, cada individuo debe evitar cualquier acto pernicioso para la comunidad; no obstante, el legislador no debe impedirle (al menos de forma coactiva) hacer todos y cada uno de tales actos.

En el fondo Bentham, sin explicitarlo, juega con una tipología funcional, que le permite distinguir al individuo en tanto que hombre, en tanto que ciudadano y, ocasionalmente, en tanto que legislador. Las dos primeras funciones caerían bajo lo que llama "ética privada". En la misma distingue dos regiones: por un lado, cuanto tiene que ver con el control y dirección de aquellas acciones de un hombre que sólo repercuten sobre él, es decir, los deberes para consigo mismo, lo que constituye el arte de la prudencia; en segundo lugar, el control y dirección de las acciones que repercuten en los demás, o sea, los deberes con los otros o deberes con el prójimo, cuyo arte llamamos probidad, cuando se trata de deberes negativos, y beneficencia, si son deberes positivos. La "ética privada", en cualquier caso, tiene una región individualizada, cuyo objeto es la propia excelencia, y una región social, que llamaremos “ética social”, cuyo objeto es compartido con el arte de la legislación o ética pública. Para un proyecto de reforma penal interesa fundamentalmente la ética pública y, en segundo lugar, aunque a mucha distancia, la dimensión social de la ética privada; en cuanto a la prudencia, parece razonablemente marginal en una teoría del castigo. Cuando el discurso ético tendía al diseño positivo de modelos ejemplares a imitar -como en el estoicismo y el cristianismo-, la prudencia se convertía en el centro de la Ética; en una fundamentación teórica de la sanción su puesto ha de ser secundario. Por tanto, su escasa presencia en el texto no debe valorarse como menosprecio de la misma.

La tipología funcional benthamita es fecunda, pues no sólo permite individualizar los deberes del hombre para consigo mismo, cosa relativamente menos problemática, sino también distinguir entre los deberes para con la comunidad respectivamente del ciudadano y del legislador (el gobernante, el funcionario...). Ambos dominios éticos tienen como objeto la dirección de las conductas de los miembros de la sociedad; ambos tienen como finalidad la racionalidad de dichas acciones, racionalidad que en claves utilitaristas se traduce por felicidad general; ambos son intervenciones de los hombres dirigidas a corregir sus propias acciones o las de los otros. Pero la posición diferente de los agentes introduce distinción y límites entre ambas. El mandato genérico es el mismo, pero como los respectivos métodos de acción no son idénticos, como las sanciones que aplican son cualitativamente distintas, surge el desplazamiento en el campo de aplicación: el de la ética social (probidad y beneficencia) cubre todo el campo de las acciones sociales; el de la política (para Bentham la legislación) es más restringido. En conclusión: no se pueden convertir en ley todas las normas morales; hay un campo de obligación moral exento de obligación legisladora.

El legislador debe perseguir la maximización de la felicidad con su método específico, la sanción legal, hasta un límite. ¿Por qué este límite? No porque haya una esfera de la conducta ontológicamente específica, sino porque hay una esfera en la que la sanción legal no puede cumplir el principio de utilidad. Más allá del mismo se ha de confiar en la eficacia de la sanción moral ejercida por la comunidad, es decir, en la ética del ciudadano. Como máximo al legislador le está permitido incidir indirectamente, mediante la educación de las costumbres o la persuasión. Con sus propias palabras: "todo lo que puede esperar hacer es incrementar la eficacia de la ética privada, dando fuerza y dirección a la influencia de la sanción moral" [71].

Queda, por tanto, de manifiesto la preocupación de Bentham por la "ética privada", incluso por la región de la misma que trata de la propia excelencia, que llamaremos "ética individual". Su distinción entre "ética privada" y "arte de la legislación", que en el fondo es la distinción entre la "ética social" y la "ética pública", expresa su preocupación por la libertad individual, por evitar la invasión de lo legal en lo moral.

Ciertamente, esta preocupación se da dentro de sus principios. Bentham no puede establecer la diferencia en base a la existencia de un dominio privado, de libertad individual, de una esfera de derechos individuales inalienables. Podrá establecerla únicamente en base al criterio de utilidad. Y es lo que con coherencia hace: el arte de la legislación extiende su campo hasta donde le es posible actuar con eficacia, dejando así un campo exclusivo de la ética privada, no por otra consideración sino por su mayor eficacia en el mismo. En la práctica ocurre que lo que se niega como fin último se afirma como medio excelente. Por ejemplo, Bentham considera la libertad y los derechos individuales como medios eficientes para el fin último, con lo cual defenderá las políticas que los respeten y defiendan, coincidiendo así, a nivel práctico, con el liberalismo. La irreductible diferencia filosófica, que hace que los mismos objetos sean fines para unos y medios para otros, no impide la identidad práctica, impuesta por la vida. Como diría Hume, en esta como en las otras cosas importantes, la sabia naturaleza no ha dejado la decisión última en manos de las veleidades de la razón.

Es comprensible que, cara a una Ciencia del Legislador en claves utilitaristas, sea fundamental el criterio de demarcación entre la ética privada y la pública. Sería irrelevante si la "política" tuviera un fin diferente a la "ética"; si, por ejemplo, su fin fuera hacer cumplir los contratos, mantener el orden y estabilidad, etc. Pero si el fin común es la mayor felicidad para el mayor número, ambas son complementarias y la demarcación de sus respectivos campos debe hacerse desde un criterio coherente con el fin que comparten. Es decir, debe ser el criterio de utilidad el que marque los límites entre ambas, el que decida las situaciones que exigen la intervención del hombre en tanto que ciudadano y no en tanto que gobernante; en definitiva, el que establezca el dominio de la ley y el reino de la moral.

En contra de creencias tópicas, Bentham es muy sensible al riesgo de intromisión legal en el deber moral, con el consecuente recorte de las libertades de los sujetos y a costa de castigos en masa sin provecho alguno [72]. Es sensible a estos peligros e intenta fundamentar los límites de cada una, sus zonas de independencia y de colaboración. "Ética privada enseña cómo cada hombre puede disponerse a sí mismo para conseguir el camino que mejor conduzca a su propia felicidad por medio de motivos aplicados por ellos mismos; el arte de la legislación... enseña cómo una multitud de hombres, constituyendo una comunidad, puede ser dispuesta a perseguir el camino que es el más adecuado para que la totalidad consiga la felicidad de la comunidad, por medio de motivos aplicados por el legislador" [73]

Con este enfoque la línea de demarcación entre ética y legislación, que es lo que siempre cuesta concretar en quienes defienden el carácter moral de la política, deja de ser problemática. Puesto que los fines y contenidos son los mismos, difiriendo en los procedimientos de intervención, es decir, en las formas de aplicar sanción, el límite entre ambas vendrá dado por las circunstancias que determinan la mayor o menor eficacia de uno u otro tipo de sanción. Pues hay circunstancias claras en que el castigo no debe ser utilizado por no ser racional, es decir, por no responder al principio de utilidad [74]. Bentham, recordémoslo, señalaba cuatro casos. El primero, la falta de fundamento, o sea, cuando el acto a castigar no es socialmente perjudicial. En tal caso no está justificada la intervención ética ni la política, es decir, ni del ciudadano ni del legislador. El segundo, la ineficacia, o sea, cuando se ve que el castigo no incidirá en la conducta. A veces, en tales casos, especialmente si la ineficacia no se debe a la naturaleza misma del acto, la intervención ética puede ser favorable. El tercero, cuando el castigo promete ser no provechoso, no favorable a la felicidad general, o sea, cuando el mal derivado del castigo se presente como superior al del acto que pretende corregir, cuando el mal de la pena exceda al de la ofensa. En tales casos hay un amplio margen para la acción ética [75].

Nos parece, pues, suficientemente argumentada la presencia en Bentham de una clara preocupación por la "ética privada", como región particular de la Ética, como "arte del autogobierno". Preocupación que, lejos de ser contingente, consideramos fuertemente enraizada en el uso que Bentham hace del Principio de Utilidad, e incluso en la ambigüedad con que lo formula: a veces diferenciado y a veces confundido con el Principio de felicidad, aspecto que merece una detenida reflexión.


3.4. Utilidad y Felicidad

"Por principio de utilidad se entiende aquel principio que aprueba o desaprueba cualquier acción según la tendencia que parezca tender a aumentar o disminuir la felicidad del grupo cuyo interés está en cuestión" (J. Bentham,An Introduction to the Principles of Morals and Legislation).


El propio Bentham parece consciente del problema, y así lo explica en nota a pie de página [76]. Bentham identifica "principle of utility" con "greatest happiness principle" o "greatest felicity principle". Y explica su contenido: establece el deber de buscar la felicidad de todos aquellos cuyos intereses pueden ser afectados por la acción. En su literalidad el Principio de Utilidad no es plenamente identificable con el Principio de Felicidad, como el propio Bentham reconoce al señalar que la palabra "utility" no refleja con tanta claridad como "happiness" y "felicity" las ideas de "pleasure" y "pain"; además, el Principio de Utilidad, definido por su fin, "la producción de felicidad por medio de la razón y de la ley" [77], parece despreocuparse del "número" de los intereses afectados, con lo cual se amputa una dimensión fundamental del utilitarismo. De todas formas, el Principio de Utilidad presenta ventajas importantes, cara a su operatividad práctica, respecto al Principio de Felicidad, e interpretado en su contexto y en el espíritu de la letra, como aquí haremos, se corrigen las diferencias de contenido.

Bentham lo define así: "Por principio de utilidad se entiende aquel principio que aprueba o desaprueba cualquier acción según la tendencia que parezca tender a aumentar o disminuir la felicidad del grupo cuyo interés está en cuestión; o, lo que es lo mismo en otras palabras, promover o dificultar esa felicidad" [78]. Y deja bien claro que se trata de cualquier tipo de acción, "no sólo de cada acción de un individuo particular, sino de cada medida de gobierno". Su insistencia en el aspecto social y político de la acción es manifiesto. El principio de utilidad tiene como campo de aplicación propio la acción social, o sea, las acciones en tanto que tienen efectos sociales.

Una ventaja del principio de utilidad respecto al principio de felicidad es que el primero aprueba una acción según su "tendencia" a producir su felicidad, es decir, no pone como condición la actualización de la felicidad, no exige su aumento, sino que se conforma con la "tendencia". Esto es importante, porque abre el campo de la acción moral racional a la política económica, a la producción de objetos, métodos, bienes, servicios, medios de producción..., es decir, a todo cuanto de forma mediata pueda ser susceptible de consumo placentero. Lo cual tiene dos efectos importantes: primero, facilita la decisión, ya que hace abstracción de los efectos finales (la felicidad), los estados mentales o afectivos de los sujetos, cosa que en la práctica hacía en rigor la opción imposible, estéril o peligrosa; segundo, fuerza un espacio importante entre la producción de objetos útiles, cuya determinación es razonablemente fácil de decidir, y el consumo efectivo de los mismos, es decir, la conversión de su "utilidad" o "placer potencial" en felicidad. Este espacio permite al agente cumplir su fin moral sin el efecto perverso de obligar a ser feliz; más aún, le permite cumplir su fin liberándolo del obstáculo de la heterogeneidad de los sujetos.

No obstante, no estamos ante dos principios ajenos. Prueba de ello es que han sido considerados sinónimos. Lo cierto es que hay una relación objetiva entre utilidad y felicidad, y que ésta determina la relación entre los dos principios. "Por utilidad se entiende aquella propiedad de los objetos por la cual tienden a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad..., o, lo que es lo mismo, a prevenir acontecimientos de daño, dolor, mal o infelicidad al grupo cuyo interés es considerado" [79]. No hay identidad entre utilidad y felicidad, aunque la primera es condición de la segunda; y tampoco entre sus principios, que mantienen semejante relación. El de utilidad es una norma instrumental, estratégica y objetivo asequible al legislador; el de felicidad es un fin último, objetivo alcanzable sólo por los individuos. Aunque el fin último de la acción moral sea la felicidad, el fin que puede proponerse el agente social es la utilidad. La felicidad parece algo excesivamente subjetivo y privado para poder ser perseguido por una estrategia racional y universal; en cambio la utilidad, como propiedad de los objetos de producir directamente felicidad o condiciones favorables para la misma, parece un fin perseguible racionalmente.

El individuo, en tanto hombre y ciudadano, seguirá teniendo la felicidad como objetivo; pero en tanto legislador debe tener la utilidad como horizonte. No ignoro que esta tesis no está explicitada en Bentham, pero presumo que es coherente con su pensamiento: el legislador renuncia a realizar la felicidad de los individuos de la sociedad, tomando como fin, como su deber, la maximización de la utilidad. Con ello no se aparta del principio, en la medida en que lo útil es aquello que produce la felicidad, pero deja la materialización de este fin en las manos del individuo. El límite de la ley, por tanto, es el campo de la utilidad, es decir, de la producción de bienes, instrumentos, medios, servicios, condiciones... e incluso sensibilidad y carácter, es decir, todo aquello que históricamente se necesita para ser feliz. El resto, el consumo de lo útil, su traducción a felicidad, es tarea individual: es el lugar de la "prudencia".

Siempre podrá decirse que si la idea de felicidad es vaga y subjetiva, la de utilidad no está exenta de los mismos vicios. Y de nada serviría definirla con referencia a otras ideas como la de "interés", pues con ello simplemente se delegan los problemas. Tal observación es correcta, y buscar protección a tal crítica suele conllevar peores resultados que los que se intentan enmendar. Es claro que, como dice Bentham, "Interés" es una palabra que, por no tener género, no puede ser definida. El "interés de la comunidad" es entendido por Bentham como "suma de intereses de los miembros" [80]. El interés del individuo es constante y, bajo sus diversas formas, se reduce siempre a lo mismo: aumentar la suma total de placeres del individuo, o disminuir la suma total de sufrimientos. Por tanto, en la medida en que el interés del individuo es siempre poseer medios o gozar de condiciones en las que pueda ser feliz a su manera, es decir, en la medida en que el interés está ligado a la felicidad; y en la medida en que si bien la felicidad como estado mental individual es difícilmente conmensurable, los objetos o situaciones que permiten a los diversos individuos ser feliz son más constantes, objetivos y uniformes..., se comprende que hablar de "interés" y de "utilidad" como fines políticos, como deberes públicos, es más práctico que hablar de felicidad.

Pero no se puede ir más lejos; y Bentham no va. Porque definir el "interés" desde las "preferencias" subjetivamente manifestadas, bajo la apariencia de un método más objetivo introduce la hegemonía del deseo. Y para Bentham la felicidad no es la satisfacción del deseo.

Bentham no dudará nunca que el fin último es "la mayor felicidad para el mayor número". Nunca desplazará a la felicidad de este lugar eminente. Al contrario, conviene recordar que Bentham fue el primero en declarar a la felicidad derecho positivo. Hasta él los filósofos la ponía como fin deseable [81], y los textos constitucionales, como máximo, hablaban del "derecho a buscar y conseguir la felicidad" [82]. El principio de felicidad, al instaurar la obligación del gobernante de procurarla, instaura el derecho positivo del ciudadano a la misma. No obstante, la obligación absoluta del legislador a procurar la felicidad de la mayoría no le adjudica el derecho a usar cualquier medio para conseguirla; en especial, no le autoriza a usar la ley sin límites, es decir, no debe obligar a ser feliz. ¿En qué se basa este límite? En que para Bentham el fin no justifica los medios: sólo las consecuencias lo justifican. Y la aplicación de la ley, como hemos dicho, en determinados campos no es racional, no es eficaz.

Si esta interpretación es correcta, el utilitarismo no sólo dejaría espacio a la moral y excelencia privadas, sino que sería su condición de posibilidad. La propia excelencia no quedaría marginada ni degradada, sino desplazada por las exigencias del proyecto, pues poco o nada tiene que ver con la legislación. En cualquier caso, permanecería como fin último de la vida moral.

Más aún, y en respuesta a la crítica constante que pone en cuestión la sustantividad de la moral utilitarista, considerándola mera norma prudencial, otro pasaje del libro nos permite afianzar más nuestra tesis. Bentham se plantea, y responde, de forma directa la pregunta clave de la filosofía moral: ¿por qué ser moral? O, lo que es equivalente, ¿cuál es el fundamento de la beneficencia y la probidad? [83] No es problemática la prudencia, obviamente. Tampoco lo es el deber del legislador o la obediencia a la ley del ciudadano. La dificultad reside en explicar por qué, si no somos forzados por la ley, y dado nuestro egoísmo natural, habríamos de preocuparnos de nuestros vecinos.

La respuesta benthamita, bien conocida, nos parece razonable y clara: "el propio interés". No hay otro motivo, otro fundamento empírico o racional, que el interés. Con lo cual la ética individual parece quedar reducida a norma prudencial, negando la posibilidad de cualquier preocupación por los otros que no sea comercial. Hay que reconocer que Bentham, y el utilitarismo en general, dan mucha importancia a la "moral prudencial", cosa que nos parece muy razonable. A fin de cuentas, para la vida social pacífica, para la convivencia feliz, lo principal es la conducta objetiva, y cuentan menos los sentimientos que la acompañan. La sinceridad no es una virtud ilustrada; la vida civil exige más bien cortesía, ceremonia, ritual. No obstante, Bentham deja una puerta abierta a una moral tout court al señalar que no hay ocasión en la que los hombres no tengan algún otro motivo para buscar la felicidad de los otros: sea el motivo puramente social de la simpatía o la benevolencia, presente en toda circunstancia, sea el motivo semisocial de deseo de amistad (love of amity) y deseo de reconocimiento (love of reputation), presentes en muchas ocasiones. Y matiza que en la presencia de estos últimos influyen poderosamente las cualidades subjetivas del agente, como la capacidad intelectual, la firmeza y rectitud de su mente, su sensibilidad moral, etc. Bentham recoge la herencia de Hume, a quien tanto debía [84], que el escocés expuso magistralmente en su teoría de la génesis del sentimiento moral [85]. No hay duda, por tanto, de la hegemonía en el utilitarismo de una moral prudencialista, que no es una "moral inferior" desde el punto de vista ilustrado; pero tampoco de la presencia de una moral fuerte, como areté. Lo que ocurre es que, como filósofos empiristas, pensaron las normas y sentimientos morales como resultado de la génesis de la humanidad, a través de la selección de experiencias exitosas, cristalizadas en hábitos y travestidas en sentimientos [86]. Una vez más, a nivel práctico todos de acuerdo: el sentimiento moral es una realidad. La diferencia, una vez más, en los presupuestos filosóficos: para unos efectos de una facultad o sentido moral, para otros efectos del hábito y de la generalización de experiencias útiles [87]

3.5. Utilitarismo negativo

"El objeto general que toda ley tiene, o debería tener, en común es el de aumentar el total de la felicidad de la comunidad, y, por tanto, en primer lugar, eliminar, en la medida de lo posible, todo aquello que tienda a decrecer esta felicidad; en otras palabras, a excluir cualquier daño" (J. Bentham, An Introduction to the Principles of Morals and Legislation)


Por fin, no faltará quien resalte la total ausencia en Introducción a los Principios de Moral y Legislación de cualquier modelo positivo de virtud, de vida buena. Queremos hacer al respecto una reivindicación del "utilitarismo negativo", que Popper [88] ha insinuado y D. Farrell [89] criticado tenazmente. A nuestro entender es fácil defender la dimensión negativa del Principio de Utilidad desde un texto como éste, dedicado a la teoría de la sanción racional. Pero, para ser justos y consecuentes con nuestro análisis, hemos de reconocer que aquí también es pertinente la llamada a tener en cuenta la determinación del discurso por la especificidad del proyecto. Ante un objetivo como el de fundamentar una teoría racional del castigo, es obvio que se acentúe la dimensión negativa de la norma. Ante el problema de la sanción racional el legislador o el juez [90] han de buscar la "minimización del dolor". Minimización del dolor en el sujeto del castigo, porque todo exceso de castigo, sea por desproporción con la ofensa, sea esterilidad de las consecuencias, es innecesario e injusto; y minimización del dolor de la comunidad, sea por el efecto disuasorio, sea por el efecto en el carácter y hábitos sociales.

Helvétius, que no hablaba al "legislador" sino al "déspota", esperando del mismo que administrara racionalmente las pasiones de los hombres, especialmente de los "hombres de mundo", estimulándolos a grandes y nobles empresas mediante recompensas y reconocimientos, minimizaría el papel de los castigos y convertiría los premios en el instrumento para dirigir las pasiones a los más nobles fines [91]. No dudamos, por tanto, de la dimensión positiva del utilitarismo.

Bentham reconoce que también la beneficencia forma parte de la Ética, como los premios del arte de la legislación. Por otro lado, es obvia la relación dialéctica entre ambas dimensiones, ya que la forma eficaz de disminuir el dolor es con frecuencia producir bienestar. El problema no es, pues, la elección entre un utilitarismo positivo y otro negativo, pues ni en los clásicos aparece tal distinción, ni entre los modernos filósofos utilitaristas parece formularse tal opción. El problema es más bien determinar la dimensión dominante, cuestión ni trivial ni aséptica.

Si hay algún lugar en el que Bentham se inclina por la dimensión negativa del utilitarismo es aquel en que trata directamente del castigo. Cuando dice "El objeto general que toda ley tiene, o debería tener, en común es el de aumentar el total de la felicidad de la comunidad, y, por tanto, en primer lugar, eliminar, en la medida de lo posible, todo aquello que tienda a decrecer esta felicidad; en otras palabras, a excluir cualquier daño" [92], el problema queda magistralmente planteado: el objetivo filosófico general es positivo, la felicidad, pero el objetivo estratégico que la norma asigna al legislador es negativo, la eliminación del dolor.

Así se entiende que Bentham considere que "todo castigo es en sí malo" [93], pues según el Principio de Utilidad sólo puede ser admitido en la medida que evite un mal peor. Nótese que Bentham no dice en la medida que proporcione un bien que lo compense en exceso. La ficción del "castigo al inocente" es un caso extravagante [94]. Bentham manifiesta que el placer o satisfacción de la parte injuriada, o de otras partes indirectamente excitadas es algo meramente colateral al castigo. Si tal satisfacción resulta "gratis", mejor que mejor; pero el castigo nunca se justificaría por esa finalidad solamente "porque el placer que produce nunca compensa la pena" [95]

Esta distinción entre objetivo filosófico y objetivo estratégico de la norma encaja perfectamente con nuestra anterior reflexión respecto a la relación entre felicidad y utilidad, y con la articulación de los espacio s de la ética pública y la ética privada. Por ello sospechamos que es viable una defensa del "utilitarismo negativo" así entendido, es decir, como dominancia relativa de la dimensión negativa. Y ello no por razones de contenido, que también; sino por permitir mayor coherencia al discurso utilitarista.

En conclusión, una lectura benevolente del utilitarismo permite constatar que no es en modo alguno incompatible con la ética, con la excelencia moral, con la libertad de los individuos... ni con los derechos del hombre e incluso la teoría del contrato. No es incompatible prácticamente. Como no es incompatible ni con el laissez-faire ni con el socialismo. Y ello porque, en el fondo, más que una propuesta ética o política sustantivas el utilitarismo es una nueva metodología de lo social [96]. Aunque, como todo metodología, no es neutral.

3.6. Los "prejuicios" de la crítica

"(el utilitarismo es) la teoría axiológica que afirma la bondad de la búsqueda de la felicidad y de la máxima realización de los deseos y preferencias de los individuos, por lo que sólo puede aplicarse en un régimen democrático" (J.M. Colomer, El utilitarismo)


Somos conscientes de que poco o nada se puede hacer contra los frecuentes prejuicios a la hora de analizar y valorar la doctrina utilitarista, excepto recomendar con la misma insistencia la lectura sosegada de los textos. Por tanto, eludiremos en lo posible entrar en los mismos. Intentaremos, en cambio, afrontar críticas filosóficas de fondo, que cuestionan legítimamente la consistencia o la eficacia de la teoría. Nos limitaremos a ellas en lo posible, si bien somos conscientes de que mantienen con las críticas provenientes de los prejuicios una relación de feed-back difícil de romper.

Nuestro primer argumento se centra en el hecho de que se haya infravalorado las muchas aportaciones éticas y políticas progresivas del Utilitarismo y, en cambio, se hayan resaltado y sobredimensionado sus carencias de forma tan pertinaz que no puede ser explicado por limitaciones hermenéuticas. El Panoptikon [97] de Bentham no es sólo una propuesta de reforma carcelaria, sino una concreción de un complejo programa de reforma de las costumbres. Como ha señalado Colomer, Bentham llega a sugerir la extensión de "algunas soluciones técnicas del proyecto a hospitales, fábricas y escuelas" [98]. El Essay on Representation [99] de 1778 le llevó a ser reconocido por la Asamblea Nacional de Francia como "ciudadano de honor", por su defensa del sufragio universal [100]. Su Constitutional Code (1822) ofrece una propuesta de reforma radical necesaria para la instauración de una "democracia pura representativa" [101]. Bentham defendió la renovación anual del Parlamente, el voto secreto, y toda una serie de medidas que evitasen la perversión de los gobernantes, corrigiesen sus abusos y protegiesen al ciudadano. Y estas medidas, que parecen absolutamente racionales y coherentes con una concepción de la naturaleza humana desde el egoísmo psicológico, le han procurado críticas tan incomprensibles como las de Hart, que lo acusa de considerar a los gobernantes como sospechosos, como grupo de delincuentes en potencia [102]

Parece como si todas estas aportaciones fueran insignificantes o ajenas a la teoría; como si ésta fuera meramente una teoría del placer; más aún, una apología del placer carnal. En su History of Economic Analysis [103], J.A. Schumpeter aún afirma que el placer en la teoría utilitarista es considerado en su forma grosera de "eating beefsteaks" [104]. Carlyle caracterizaba el utilitarismo como una "pig philosophy". En general, era calificada de "epicúrea", es decir, como apología de los "placeres de la carne". Pero, como bien dice H. Hazlitt [105], nadie que haya leído a Bentham, sobre quien recaen las acusaciones más ácidas, puede encontrar una sola excusa para hacerlo. Efectivamente, hay dos argumentos que nos parecen definitivos al respecto. El primero de ellos es que, en su elaborada enumeración y clasificación de los placeres, Bentham incluye ciertamente los placeres de los sentidos, y los derivados de la conquista y disfrute de las riquezas y del poder; pero también figuran entre los mismos otros placeres tan poco groseros y tan razonables como los derivados de la salud, del ejercicio de la memoria y la imaginación, los de la amistad, el buen nombre, la piedad, la benevolencia, la buena voluntad.

Cuando Bentham se plantea el problema de comparar, medir y evaluar los placeres, señala nada menos que siete circunstancias a tener en cuenta: su intensidad, su duración, el grado de certeza, su proximidad, su fecundidad (o capacidad para hacerse seguir de sensaciones del mismo tipo), su pureza (o capacidad para no ser seguido de sensaciones opuestas) y su extensión (o número de personas a las que afecta. Esas "circunstancias" ponen de relieve la distinción benthamiana de la "cualidad" en el placer. No le preocupa sólo la "intensidad". En su cálculo hedonista se intenta valorar la "cualidad", que se introduce a través de la duración, la pureza, la fecundidad. Su filosofía no es una apología de la "autoindulgencia": al contrario, es una llamada al hedonismo disciplinado, racional. En Bentham se encuentra constantemente la llamada a no sacrificar el futuro al presente: todo su cálculo, al margen de sus debilidades y extravagancias, expresa una preocupación constante por conseguir que el hombre se autodetermine, autoadministre sus posibilidades de felicidad. En Bentham hay un constante reconocimiento de la heterogeneidad de las personas [106]. La idea de que el utilitarismo menosprecia la libertad y la diferencia, y postula la uniformización, no es seria, aunque autores tan prestigiosos como D. Long [107] o L.J. Hume [108] la mantengan especialmente a la luz de nuevos escritos benthamianos [109]

Parece obvio que el criterio de utilidad no permite un cálculo certero; pero también debería parecer obvio que es "menos malo que todos los demás"; y, sobre todo, que "la fuerza de la hipótesis utilitarista deberá estimarse, pues, por la fecundidad en inferencias lógicas que demuestre y por las respuestas que a partir de ella sea capaz de dar a las concretas cuestiones prácticas y sociales que ya históricamente suscitaron su formulación" [110]. En definitiva, que el utilitarismo debe ser evaluado esencialmente desde su pretensión originaria: la de ser una guía para evaluar las políticas públicas no por su fidelidad a unos principios generales sino por las consecuencias obtenidas; y, además, que a la hora de su estimación se ha de tener en cuenta la existencia o no de propuestas alternativas más coherentes, potentes y eficaces.

El segundo argumento se basa en el olvido de la "obra" de Bentham, sustituida por un sólo texto. Las críticas a Bentham se centran en sus tesis de la Introducción a los Principios de Moral y Legislación. Es lamentable que se ignoren sus otros textos, su "evolución", las matizaciones que fue introduciendo. Sin entrar en los múltiples problemas que una hermenéutica histórica plantea, debemos señalar que autores de prestigio, como D. Lyons [111], han señalado la existencia en Bentham de una importante evolución que aparecería clara en su Deontology (1834). Dicha evolución, que afectaría profundamente a su idea de felicidad, se concretaría -por lo que interesa a nuestro objetivo- en un progresivo abandono de la búsqueda de una aritmética moral, que "suponía la posibilidad de medición y comparación de los placeres y dolores de las distintas personas" [112]. Con ello quedarían en suspenso algunos de los "escandalosos" efectos del Utilitarismo, como la opresión de las minorías, el castigo del inocente.

Sin entrar en el análisis de esta evolución, decimos, es obvio que el juicio histórico sobre el Utilitarismo, para poderse mantener con dignidad y credibilidad, debería entrar a la valoración de estos textos. Porque resulta paradójico que no se intente revisar la teoría a la luz de las reivindicaciones prácticas que sus principales teóricos defendían: no sólo la democracia y la justicia, sino la defensa de todos los grupos minoritarios (y no tan minoritarios), como mujeres, disidentes religiosos, indigentes, esclavos, pueblos colonizados, homosexuales, etc.

Colomer ha caracterizado esta evolución benthamiana como el abandono de una "teoría moral sustantiva sobre el bien y el mal que pudieran administrar los gobernantes" para instalarse en una mera "teoría axiológica que afirma la bondad de la búsqueda de la felicidad y de la máxima realización de los deseos y preferencias de los individuos, por lo que sólo puede aplicarse en un régimen democrático" [113]. Tal evolución parece coherente con su desplazamiento desde posiciones de despotismo ilustrado, en que el gobernante debía realizar el cálculo de la felicidad legitimador de sus políticas, a posiciones democráticas, en las que el cálculo es sustituido por la mera agregación de preferencias individuales mediante las técnicas del voto o sucedáneos. Pero Bentham siempre fue escéptico respecto a la "armonía natural de intereses". Se inclinaba siempre por la intervención ilustrada. Lo que ocurre es que, a la hora de elegir entre dos males, entre dos perversiones (la perversión que en el interés general introduce el voto como expresión del interés particular y la perversión introducida al sustituir el interés general por el interés de una minoría de gobernantes corruptos), optó por la menor, como era de esperar de su fidelidad al Principio utilitarista.


3.7. El debate contemporáneo

No está lejos el día a partir del cual nunca más volveremos a oír hablar del utilitarismo" (B. Williams, "A critique of utilitarianism", en Utilitarianism. For & Against).


Se equivocó B. Williams al profetizar el final del utilitarismo. Desde 1973, fecha en que escribiera estas palabras [114], el utilitarismo no sólo no se ha olvidado, sino que se ha revitalizado. La crisis de la filosofía analítica, de las pasiones metaéticas, que dominaron el tercer cuarto del siglo, ha abierto el gusto por las éticas normativas. Y el utilitarismo, aunque renovado, aunque en fuerte debate interno, ha buscado un lugar y una expresión apropiados para los nuevos tiempos.

El renacer del utilitarismo contemporáneo va ligado a la obra de Smart, al comienzo de los sesenta [115]. Su éxito, como diría Maquiavelo, se debió en partes iguales a su virtú y a su fortuna. La primera, porque Smart supo retomar los argumentos clásicos del utilitarismos y tratarlos con el nuevo aparato de análisis, proporcionado por la metaética, la teoría de los juegos, de la elección racional, etc.; la segunda, porque apareció precisamente en los momentos en que la hegemonía de la pasión metaética, la crisis del análisis del lenguaje moral, en suma, el agotamiento del emotivismo, generaba nuevas posibilidades a las éticas sustantivas, normativas, realmente prácticas.

Durante medio siglo dominó la actitud definida en 1903 por G.E. Moore en su Principia Ethica: la tarea del filósofos moral, según él, es esencialmente la del análisis y presentación neutral de los términos de las teorías éticas, como "bueno", "deber", "justo", etc. Este análisis de los términos es paso obligado para proceder a la justificación de los juicios éticos. Sólo si sabemos qué decimos cuando hacemos un juicio moral y qué significa tomar una decisión en asuntos éticos, podemos legítimamente pronunciarnos sobre los juicios morales y apoyarlos en razones pertinentes.

Aunque Moore ofreció en el último capítulo de su libro una ética normativa, este capítulo sería pronto olvidado. La metaética se situaría en posiciones mucho más radicales que las de Moore, de la mano de A.J. Ayer y C.L. Stevenson [116]. Ayer, con su talante militante neopositivista y antimetafísico será el teórico del emotivismo radical [117]. Su tesis central es que las expresiones morales, como todas las metafísicas, no tienen significado, expresando simplemente las emociones del hablante. Por su parte, Stevenson propone un emotivismo moderado [118], más descriptivista, propone a la Ética una tarea meramente clarificadora de los significados neutrales de los conceptos y juicios tal como son usados, distinguiendo lo que hay en ellos de descripción, emotividad, persuasión, etc.

Pero la figura más importante de la ética analítica de la postguerra es Richard Mervyn Hare. Su inspirado El lenguaje de la moral [119], y su profundo Libertad y razón [120], estuvieron en el centro de la reflexión ética de las últimas décadas. Para Hare la tarea del filósofo moral está limitada al conocimiento preciso de las reglas lógicas que presiden el uso de los predicados éticos. El analista acaba su papel donde el moralista comienza [121]. De este modo, la ética renuncia a toda normatividad: su terreno es el lenguaje.

El auge de la metaética [122] implicaba, lógicamente, el debilitamiento de las éticas normativas. En especial, dado que el análisis ético arraigó de forma especial en el mundo anglosajón, el utilitarismo sería la ética normativa más afectada, por ser una ética también tradicionalmente de ese ámbito. Pero, como decimos, esta caída del utilitarismo no se debió a su postergación por otra ética negativa, sino al rechazo de todo normativismo implicado en las posiciones emotivistas y metaéticas de la analítica del lenguaje moral. El relativismo, el escepticismo y el liberalismo implícito en estas posiciones, preocupado por rechazar toda moral absoluta, única, "totalitaria", se presentaba como una defensa de la conciencia moral individual frente a toda coacción. El periodo de entreguerras, y el de la segunda postguerra, fue sensible a todo totalitarismo, incluso en el terreno de la moral.

Ahora bien, parece como si el utilitarismo renaciera periódicamente, las últimas décadas de cada siglo. Gozó de una fecunda época clásica con Bentham [123] y Mill [124] en el tercer cuarto del XVIII, con formulación naturalista. Tuvo una reactivación o refundación intuicionista con H. Sidgwick [125] y G.E. Moore [126], en el tercer cuarto del siglo XIX. Esta refundación no sólo aspiraba a evitar los graves problemas derivados de la "falacia naturalista", sino a conciliar sus tesis con la preferencia por los placeres superiores, relacionados con la estética y con la amistad, que el utilitarismo clásico había igualado a los demás.

Tras la etapa emotivista, relativista y subjetivista, en la que cada sistema ético valía como los demás siempre que cumpliera las reglas lógicas el lenguaje moral, en la que no tenía sentido pretender un sistema ético, sino que la moral se adecuaba al gusto de cada uno, el utilitarismo volverá a resurgir con la propuesta de Smart, gozando de una amplia aceptación a partir de los años setenta [127]. Smart, como hemos dicho, no volvió al utilitarismo clásico o al intuicionista, sino que aceptó los efectos de la analítica del lenguaje moral. Por ejemplo, no defenderá que el utilitarismo sea el único sistema legítimo de ética normativa; simplemente defiende que, entre todos los posibles de acuerdo con la metaética al uso, el utilitarismo le parece el más satisfactorio.

De todas formas, Smart propone una vuelta al normativismo. La tarea del filósofo ético, para él, no puede quedarse en el análisis lógico; debe responder directamente a las preguntas sobre el bien, sobre el deber, sobre lo justo. Esta vuelta al normativismo no favorecerá únicamente al utilitarismo; pero en el ámbito anglosajón será la doctrina ética con más desarrollo en los años setenta.

El "giro al normativismo" de los 70 es un hecho. El propio Hare, en Moral Thinking, lo ha reconocido y lamentado. Le parece que el proceso tiene dos aspectos. Por un lado, una recuperación de los temas sustantivos y prácticos de la ética, olvidados o relegados por el análisis; del otro -y es lo que más lamenta- el silencio sobre las viejas cuestiones metaéticas respecto al significado de los términos morales, sin dedicarlas una sola palabra aunque sea para demostrar que no son importantes [128]. Creemos que Hare acierta en el diagnóstico; y compartimos su melancolía, pero no su sorpresa: la filosofía siempre se empeña en volver al principio, renunciando a cualquier pretensión de convertir el suyo en un conocimiento acumulativo, a aprender de los errores de la historia. Es justo llamar la atención respecto a que el emotivismo y la metaética fueran reacciones justificadas, que constituyeron un progreso, que activaron la reflexión ética; es justo advertir que olvidar esa experiencia nos llevará a repetir la historia, a reiniciar un discurso ingenuo. Pero, como decimos, las cosas no parecen tener este rumbo [129]

La propuesta de Smart es inimaginable sin Moore, sin Ayer, sin Stevenson, sin Urmsom [130] y sin Hare. Su teoría de un utilitarismo no naturalista y no cognitivista, sólo puede salir de un diálogo fecundo con esa tradición analítica. Smart admite el fracaso histórico y la imposibilidad lógica de una fundamentación naturalista, positivista, del utilitarismo; y admite, igualmente, la inaceptabilidad de un fundamento intuicionista. Por tanto, su apuesta por el utilitarismo, por un "utilitarismo del acto no cognitivista" no puede tener una fundamentación racional, sino práctica: es una toma de posición razonable, "una recomendación" que expresa la adhesión al principio de la "benevolencia generalizada" [131]. Un utilitarismo que presupone la autonomía de la ética, su diferencia con la ciencia, de tal modo que no necesita ni una fundamenta natural ni intuitiva; un utilitarismo, por tanto, liberado de residuos dogmáticos de implicaciones liberales o paternalistas, en suma, liberado de aquel supuesto "ilustrado" de la teoría clásica, según el cual las prescripciones utilitarias, en la medida en que se trataba de una ética científica, bien fundada, debían obedecerse y podían instaurarse al margen de las decisiones o elecciones, de las preferencias personales, de los individuos.


3.8. El momento actual

"El argumento más persuasivo empleado en favor del utilitarismo ha sido que los dictados de cualquier ética deontológica conducen siempre, o al menos en ocasiones, a formas miserables de existencia que podrían haber sido evitadas sobre bases utilitaristas" (J.J.C. Smart, An Outline of a System of Utilitarian Ethics)


Las dos últimas décadas, en crisis definitiva el emotivismo, el debate no se ha montado sobre el evolucionismo ético, o el relativismo, o el nihilismo, o las éticas existencialistas, o las éticas teológicas; el debate se ha centrado sobre el utilitarismo. A veces con posiciones negativas, sin más objetito que negarlo; otras, con posiciones críticas razonables, señalando sus límites y aspirando a una ética adecuada a la actual vida de los hombres. La ola antiutilitarista ha sido -y sigue siendo- extensa e intensa; pero ello sin duda expresa que el utilitarismo sigue siendo la ética normativa con más peso teórico, frente a la cual la filosofía ha de ajustar cuentas.

Entre las diversas propuestas antiutilitaristas merecen destacarse, por el impacto que han producido en el pensamiento político y moral contemporáneo, las de J. Rawls [132], R. Nozick [133], R. Dworkin [134], todas ellas muy conocidas en nuestro país, por estar sus obras traducidas y sus ideas ampliamente difundidas. Pero hay otras propuestas, como las de T. Nagel [135], S. Hampsphire [136] y N. Rescher [137], entre otros autores, que a pesar de su hasta ahora menor fortuna en su difusión [138] merecen la mayor atención por su calidad teórica.

Considerándolas en conjunto, podemos decir que en todas ellas aparece una cierta tendencia "neo-intuicionista" o "cripto-intuicionista". Rechazan el utilitarismo por consecuencialista y por poner la felicidad, o la satisfacción del deseo, o las preferencias como criterio; y considera que hay otros requisitos que una teoría ética no puede dejar de cumplir, como garantizar la equidad, los derechos adquiridos, los derechos de las personas, las motivaciones altruistas... Rawls ha sido, tal vez, el mejor defensor de una ética de la equidad en los últimos años [139]. Aunque, en rigor, la equidad era un tema preferido del utilitarismo clásico [140], como el altruismo o la benevolencia.

De todas formas, la crítica más dura al utilitarismo es la de Williams [141], que ha insistido en las limitaciones del utilitarismo ante la conciencia humana. El utilitarismo, según él, supone una concepción estrecha y podre del hombre [142]. Esta ha sido la crítica más frecuente en los últimos años: el utilitarismo vería al hombre como un sujeto sin identidad, sin estructura de preferencias sólidas y continuas, sin proyecto, sin creencias y valores; es decir, un hombre que se mueve por reacciones instantáneas, guiadas por la promesa de placer, sin raíces, sin personalidad.

Pero las críticas han tenido respuestas. Además de Smart y de Hare [143], otros autores han reformulado la doctrina, conscientes de que no basta con refugiarse en el criterio de la mayor felicidad para el mayor número. Tal fórmula parece actualmente insuficiente, dados los problemas de cuantificación, de fijación del contenido de la felicidad, etc., que plantea. Se ha buscado en los deseos racionales, las preferencias, los intereses, unos sustitutos a la "felicidad" más idóneos para la racionalización de la teoría.

En los 70 destaca el trabajo de John Harsanyi, con un "neo-utilitarismo" fuertemente inspirado en problemas, conceptos y modelos de la ciencia económica, en especial de la teoría de la decisión racional y la teoría de juegos [144]. Los trabajos de Harsanyi ofrecen una versión desarrollada y renovada del neo-intuicionismo [145]. Harsanyi relaciona la moralidad con las preferencias, no con la felicidad. Pero sólo con ciertas preferencias. Para determinar cuáles son éstas, recurre a lo que llama "modelo de equiprobabilidad". Dicho modelo, como reconoce el mismo Harsanyi, es una reformulación de la tesis clásica de Adam Smith, por la cual el juicio moral requiere el punto de vista de un "espectador imparcial y simpatético". Esta tesis, en sustancia, también la recoge Rawls con su teoría de la "posición originaria" y el "velo de la ignorancia". Por tanto, lo esencial respecto al criterio clásico, es que no todas las preferencias han de ser tenidas en cuenta para la maximización.

Otra revisión del utilitarismo es la de Hare, en este caso en línea no cognitivista [146]. Su esfuerzo es poner el utilitarismo como conclusión de su análisis del funcionamiento lógico de los conceptos éticos. Para ello ha tenido que evolucionar mucho su posición desde Libertad y Razón (1963), donde no veía posibilidad para decidir entre diversas teorías éticas formalmente legítimas. Ahora considera que el utilitarismo es la teoría normativa que constituye la aplicación consecuente de la prescriptividad y la universalidad, que son los requisitos lógicos esenciales del uso moral del lenguaje. Por tanto, defiende que su teoría sobre el significado de los términos morales puede ser el fundamento de una teoría del razonamiento moral normativo: y esa teoría normativa es el utilitarismo.

Hare señala analogías estructurales entre la ética kantiana y el utilitarismo; su propuesta, pues, es acortar distancias entre utilitarismo e intuicionismo. Hare acepta un nivel de pensamiento intuitivo en moral, que coincide con las decisiones y evaluaciones usuales en ética; pero hay también otro nivel de pensamiento crítico, que es donde entra en juego la teoría utilitaria. Este es el nivel ideal: una especie de lenguaje perfecto, que entra en juego cuando las intuiciones fallan, cuando los principios tradicionales entran en crisis y se necesita una justificación maximizadora.

Como Harsanyi, considera que el criterio utilitarista tiene que ver con las preferencias, no con la felicidad. Pero, obviamente, no todas las preferencias. Hare rechaza que se hayan de tener en cuenta las preferencias actuales de cualquier individuo, Desarrolla una teoría de la selección de las preferencias relevantes en base a su criterio de universalidad. Se trataría de considerar imparcialmente las preferencias nuestras y de los demás: sin exigencias de egoísmo ni de altruismo. Hare distingue fuertemente entre prudencia y moralidad: la prudencia comporta el interés de cada uno en la satisfacción futura de las propias preferencias; la moralidad significa adquirir un interés efectivo por la satisfacción de las preferencias de las otras personas reales [147]. La universalidad implica considerar imparcialmente las preferencias nuestras y de los otros.

Por último, otra propuesta neo-utilitarista, cercana a las dos anteriores, es la de Richard B. Brandt, expuesta en su The Theory of Good and Right [148]. Tal vez sea la versión más actualizada del utilitarismo. Su preocupación es la misma que en los dos casos anteriores: cómo individualizar las preferencias relevantes. Para ello define el utilitarismo como la propuesta de maximizar la satisfacción de los deseos racionales. Para seleccionar los "deseos racionales" hay que pasar por una psicoterapia cognitiva [149]. Si el utilitarismo clásico partía del placer y el dolor inmediato, Brand llega a los "deseos racionales" tras una terapia en la que la información y la crítica permiten la selección. Con ello Brandt consigue una propuesta con menos puntos débiles para la crítica de los intuicionistas y contractualistas, en especial frente a la acusación de cuidar poco la idea de persona. Los "deseos racionales" de Brandt implican una concepción sólida de la persona como ser complejo, estructurado, con identidad, con valores, con intereses a largo plazo [150]

Como se ve, la línea de los utilitarismo nuevos, que no son los únicos [151], tiene una constante: no tomar en cuenta todas las preferencias, sino las seleccionadas, aportando criterios razonables de selección. Sea la "benevolencia generalizada" de Smart, el "modelo de equiprobabilidad" de Harsanyi, la "universalidad" de Hare, los "deseos racionales" de Brandt..., el objetivo es el mismo: aplicar, previo al cálculo, una selección de las preferencias pertinentes. Tal vez sea oportuno pensar que hoy la ética se mueve hacia una época en que, superadas las teorías unilaterales contrapuestas, se esfuerza en construir concepciones pluralistas e integradas que, sin eludir la crítica como método, se atenga más a resolver los problemas morales que a dilucidar las carencias de las teorías rivales. Y, el utilitarismo, parece haber renunciado a su fidelidad absoluta al Principio de Utilidad para integrar nuevos contenidos que la vida práctica reclama.


4. Éticas analíticas

4.1. De Bradley a Moore

"No creo que el mundo o las ciencias hayan suscitado en mí problemas filosóficos. Han sido cosas que los filósofos han dicho sobre el mundo o sobre las ciencias lo que me ha creado problemas filosóficos" (G. Moore, An Autobiography).


Los Principia Ethica [152] de G.E. Moore, publicada en 1903, suele considerarse la obra señera de esta nueva actitud analítica. Su tesis de que "no es tarea del filósofo la de aconsejar o exhortar a la moral", define la actitud, convirtiéndose en el principio regulativo de esa corriente que se autocontempla como "moralmente neutral" [153], que hace bandera de no suscribir código moral alguno y que establece como tarea de la Ética el estudio de los juicios y normas morales y su distinción de los no normativos.

Moore, pues, es considerado el punto de partida [154]. Como dice Ph. Foot, "Cabría decir que los problemas que nos inquietan hoy son precisamente los que preocupaban a Hume. Sin embargo, de manera más directa, ha sido el profesor G.E. Moore quien dispuso el tinglado en nuestro favor, no obstante que el nombre de Hume no aparece siquiera en el índice de sus Principia Ethica" [155]. Moore ha pasado a simbolizar la actitud neutralista y, al mismo tiempo, a expresar en la Ética la nueva preferencia por el análisis del lenguaje, que arraigaría en los medios de las universidades inglesas de Oxford y Cambridge, promocionada por filósofos como Wittgenstein y Austin [156], así como por el Círculo de Viena [157]

Es, pues, casi un tópico comenzar a hablar de la obra de George Edward Moore atribuyéndole el papel de protagonista en una revolución en el terreno de la filosofía, y en particular en el de la ética. A dar cuerpo a este tópico han contribuido, amén de cierta historiografía interesada, un conglomerado de factores, en realidad bastante ajenos a la obra y a las opiniones del propio Moore. Entre ellos cabría citar una excesiva asociación de su figura a la epistemología y a la filosofía del lenguaje de su coetáneo y amigo Bertrand Russell, o el no menos importante hecho de que el "Círculo de Viena" lo incluyese -especialmente Schlick- en su santoral de precursores antimetafísicos.

Como todos los tópicos, tiene algo de cierto; y, también como todos, silencia y oculta buena parte de la verdad [158]. Lo cierto es que, fundamentalmente, el tópico ha propiciado una interpretación de Moore desde el lado de acá, desde el "desenlace". Tal cosa no sólo oscurece el verdadero lugar e Moore en la historia de la Ética, sino que dificulta la comprensión de su filosofía y, por tanto, obstaculiza su fecundidad. Creemos que a Moore hay que verlo desde su presente, e incluso desde su pasado; hay que verlo desde el idealismo en que dio sus primeros pasos filosóficos. O, como mínimo, hay que verlo desde Bradley.

Partiremos, pues, de Bradley. Y lo haremos no sólo por conocer mejor el sentido de la filosofía de Moore, cosa que es en sí misma importante, dado su papel en la filosofía ética contemporánea, sino también por aprovechar la ocasión y acercarnos a Bradley. Porque, salvando las distancias, Bradley ha jugado en la Ética contemporánea un papel formalmente semejante al de Wittgenstein: su filosofía, más que sus ideas sobre la Ética, ha ejercido una poderosa influencia.

Desde luego, Moore es impensable sin el análisis de Bradley y, en general, sin situarlo en el panorama filosófico inglés de finales de siglo, fuertemente teñido de un renacimiento idealista y neohegeliano que vivía en Gran Bretaña de prestado, cuando hacía ya bastante tiempo que en su patria de origen, Alemania, estaba ya en desuso. Las primeras obras de Moore se sitúan justo siguiendo esta corriente. Así ocurre en su primera publicación "In What Sense, if Any, Do Past and Future Time Exist?" [159], donde estaba completamente de acuerdo con las tesis de F.H. Bradley, la figura más destacada junto con T.H. Green y Bosanquet del idealismo británico. Otro tanto cabe decir del artículo publicado un año después bajo el emblemático título de Freedom [160] donde también en línea idealista Moore expone su acuerdo con matizaciones, no ya con Bradley, sino con Kant. Sin embargo, generalmente, suele comenzarse las referencias a la obra de Moore -en parte siguiendo el tópico antes mencionado- por "The Nature of Judgment" [161], donde nuestro autor exponía una suerte de "realismo absoluto" incompatible con Kant y sus conclusiones críticas.

Se agudiza así, desde el mismo inicio, lo que será el posterior enfrentamiento de Moore con el idealismo, situando el origen de su pensamiento en la reacción contra esta tendencia [162]. Se suele olvidar también que, justo al final de este artículo, Moore intentaba, a pesar de sus conclusiones, compatibilizar éstas con el método kantiano de exposición. Con frecuencia, incluso, se parte del Moore de Principia Ethica y de The Refutation of Idealism [163], poniendo en ellas el origen de la revolución mooreana en filosofía moral.

Ocurre que con esta interpretación forzada, e históricamente no rigurosa, se pretende hacer de Moore un "revolucionario" en filosofía; y si de hecho lo es, si Moore y su obra resultan "revolucionarios" -lo que ya algunos de sus contemporáneos pusieron entre paréntesis [164],- se debe a su raíz idealista. Una revolución conceptual en filosofía implica una ruptura con los principios tradicionalmente aceptados; y, en Inglaterra, éstos son los propios del empirismo. El idealismo absoluto era más bien algo "exótico", por lo que la crítica de Moore al idealismo no puede considerarse "sensu estricto" revolucionaria, sobre todo si consideramos que para realizarla utiliza argumentos extraídos de Berkeley o Hume. Lo curioso es que sí podría serlo en tanto que Moore rechazara igualmente lo que él solía denominar "empirismo psicologizante", cosa que hace en base a razones extraídas del idealismo y de la crítica Kantiana al empirismo.

En términos generales, la argumentación que intentaremos desarrollar en las páginas que siguen será tendente a mostrar la reflexión filosófico-moral de Moore, más como una crítica -en el sentido kantiano- que como un cambio sustancial por aporte de elementos teóricos genuinamente novedosos. Igualmente intentaremos mostrar el fondo sobre el que se realiza esta crítica, en qué consiste y cuáles son los límites que dibuja [165]

Al inicio de estas páginas hacíamos mención de los vínculos que en el comienzo de su actividad académica unieron a Moore con el idealismo y el neohegelianismo que inundó las universidades inglesas a finales del siglo pasado. A este respecto podría decirse que quienes conocieron a Russell y Moore en sus primeros años de Cambridge (éste último iba algunos cursos por delante) no habrían dudado en calificarlos como hegelianos desaforados y secuaces fogosos de Bradley. En su Autobiografía confiesa Moore que, de entre sus maestros de entonces, ninguno influyó tanto en él como McTaggart, y bajo esa influencia dedicaría a Bradley su primer trabajo, "En qué sentido, si alguno, existen el pasado en el futuro", donde podían leerse cosas como ésta: "El tiempo, tanto en su continuidad como en su discreción, ha de ser totalmente rechazado si hemos de formarnos una adecuada idea de lo real ... Pasado, presente y futuro no existen, si por existencia queremos dar a entender la asignación a los mismo de plena realidad y no la existencia como mera apariencia" [166]

Por aquel entonces Moore no se contentaba con afirmar la inexistencia del tiempo, los dogmas de las relaciones internas y los universales concretos o el principio que identifica la realidad con la ausencia de contradicción. Entonces el que llegaría a ser denominado el filósofo "del sentido común", no tenía ningún empacho en afirmar que cuando conclusiones tales como las que acabamos de ver contradecían a éste, era obvio que el sentido común se hallaba simplemente equivocado.

Si pensamos en las obras posteriores de Moore y en la valoración, más o menos generalizada que se hace de ella, es muy probable que nos planteemos qué es lo que podía encontrar tan atractivo en el sistema de corte idealista aquel joven Moore de apenas veinte años. La respuesta a esta pregunta no es simple, pero en ella cabe citar dos factores decisivos: (1) La crítica de Bradley al psicologismo empirista y utilitarista, y, derivándose de ésta, (2) la distinción entre la forma gramatical y la forma lógica de los juicios. A Bradley no sólo no le eran desconocidas las posiciones empiristas, sino que sentía por ellas más que aversión, un desprecio absoluto [167].

Cuando Moore plantea en su obra la indefinibilidad de ciertos objetos del pensamiento, y en particular del concepto de bien, tendrá en su horizonte argumentativo la exposición y algunas de las características del Absoluto bradleiano. Para Bradley, el conocimiento es conocimiento de lo Absoluto, y la significación de este Absoluto sólo puede ser universal. No puede haber verdadero conocimiento de ideas particulares, de ideas concebidas a la manera de los empiristas: "Para el filósofo empirista, (el pensar en un caballo) es prácticamente equivalente a tener en la mente una imagen de un caballo. Pero según Bradley, una concepción semejante pasa por alto el punto principal de la cuestión. Porque, aun cuando sea verdad que siempre, por ejemplo, que pensamos en un caballo, tenemos la imagen mental de un caballo, pensar no puede ser exactamente tener esa imagen. Es, más bien, usar esa imagen para referirla otros objetos. Podemos describir cualquier imagen mental. Al hacerlo, describimos lo que ella es. Pero además, hay también lo que ella significa: y lo que significa es siempre algo distinto de lo que es. Dicho en términos generales, la idea que estudia la psicología no es la misma que la que estudia la filosofía o la lógica" [168]

Para Bradley lo universal, las ideas "sensu estricto" no tienen nada que ver con las ideas tal y como las conciben los empiristas, esto es, como hechos psíquicos: tienen que ver con las ideas como significados y en este sentido no tienen fecha ni historia, son contenidos ideales y por consiguiente abstracciones. El conocimiento no puede, tampoco, generase de lo particular a lo general, ni siquiera de lo particular a lo particular, como diría Mill. Para Bradley la influencia sólo es posible basándose en los universales y presupone juicios y contenidos ideales, que a su vez presuponen generalidad y universalidad.

Como consecuencia de todo esto se sigue que el punto de partida de toda filosofía no puede ser la idea o concepto, sino el juicio o proposición. En todo juicio la distinción real entre sujeto y predicado no se encuentra, según Bradley, en la relación de un contenido ideal a otro, sino en la relación de un contenido real complejo con la realidad a la cual se refiere. Hay de hecho una distinción entre la forma gramatical y la forma lógica en todo juicio: "En el juicio, por consiguiente -argumentaba Bradley- un contenido ideal es referido a una realidad existente más allá del acto del juicio. El sujeto real de un juicio es, por tanto, con mucha frecuencia, distinto del sujeto gramatical de la frase, como puede verse en el siguiente ejemplo: `Un círculo de cuatro ángulos es una imposibilidad', donde el sujeto real no es un círculo de cuatro ángulos, puesto que no puede darse tal realidad, sino la naturaleza del espacio" [169]

Lo Absoluto, vale decir la singularidad absoluta e indiferenciada, está más allá de los límites del pensamiento y forma un todo. Las ideas psicológicas no pueden captar ese todo, entre otras razones por su diferencia natural, por su particularidad, por su puntualidad. Son un mero acontecimiento en nuestro cerebro. También en consecuencia las ideas lógicas construidas sobre la base de las anteriores tampoco pueden proporcionarnos la verdadera realidad singular. El juicio, el juicio lógico también, disecciona y separa artificialmente la realidad traicionándola. Sólo podemos acceder a ella en la inmediatez de la experiencia y el Absoluto es experiencia, es la situación originaria de la realidad única, infinita e indivisible; absolutamente real. La conclusión está clara como nos recuerda Wollheim: "los sujetos y sus propiedades, los términos y sus relaciones, e incluso el pensamiento y la realidad se funden, queda restaurada la antigua inmediatez del sentimiento, aunque a un nivel más alto. Esta obscura condición, conocida por Bradley como el Absoluto, es a todas luces la muerte del pensamiento, aunque también, nos asegura Bradley, su consumación; y, por consiguiente, no puede ser descrita con precisión ni de un modo comprensible para el pensamiento tal como lo conocemos" [170]

En la experiencia de la inmediatez de lo Absoluto de Bradley está inscrito el "negativo" del intuicionismo de Moore. No es, sin embargo, el único elemento constituyente de su imagen definitiva, pero sí va a proporcionarle un fondo de referencias con el que intervenir en la cuestión más debatida de la filosofía moral británica de principio de siglo entre naturalistas éticos y no naturalistas. El "naturalismo" presupone, como es sabido, que los términos morales como "bueno" o "justo" son definibles en términos de propiedades naturales (o relaciones "reales" de propiedades). Cuando Moore se propone refutar esta posición, representada, según él, por los empiristas o los utilitaristas en los Principia Ethica, tiene presente tanto la crítica al psicologismo como los postulados de la teoría del significado de Bradley. Lo mismo, pero dicho de otra manera: los naturalistas éticos creían que los términos morales significan, esto es, se refieren a ciertas propiedades naturales de las acciones o de las situaciones (que constituyen el referente) y que tales propiedades pueden ser observadas por algunos sentidos -o algún sentido específico. En cambio los no-naturalistas (y, en cierto sentido, aquí estarían tanto Bradley como Moore) pensaban que los términos morales significaban, esto es, se referían a propiedades no naturales que sólo pueden ser aprendidas por la intuición moral. La diferencia entre Bradley y Moore, al respecto, se manifiesta en que, según este último, le es aplicable al primero una de las variantes del argumento con el que Moore rechaza el naturalismo ético, la "falacia naturalista".


4.2. Génesis de los Principia Ethica

Uno no se debe ser un mero fragmento sino un miembro de un todo; y uno debe conocerse y quererse a sí mismo en cuanto tal" (A MacIntyre, Historia de la Ética).


Para intentar exponer no sólo como se manifiesta esta diferencia, sino también como se genera -recordemos que el punto de partida de Moore eran Bradley y McTaggart- y en qué consiste, tal vez sea más que conveniente referirse a la evolución de la obra de Moore.

En su segunda obra publicada, Freedom, ya se había roto el acuerdo con Bradley y ahora era Kant quien lo inspiraba. Había, sin embargo, más que matices: el Moore de 1898 seguía a Kant en el método de la exposición trascendental y en la doctrina de las verdades sintéticas necesarias, pero, de acuerdo con sus presupuestos anteriores, consideraba que Kant sostenía prejuicios psicologizantes. Por ejemplo, Moore considera equivocada la concepción kantiana de la libertad en términos de voluntad, que es un concepto psicológico. Esta debía ser explicada, según él, en términos de la idea de libertad trascendental básicamente porque en ella no caben las relaciones temporales.

Aquí la ruptura con Bradley aún no se había producido, pues sigue al idealismo. Tampoco se produciría en la nueva posición filosófica que adopta Moore en The Nature of Judgement (1899), pero sí aumenta la inercia a la separación frente al idealismo al radicalizarse su interés precisamente por uno de los aspectos ya referidos de éste: la crítica al psicologismo. En efecto, en esta obra, y siguiendo a Bradley en su análisis del juicio, al que nos hemos referido, Moore afirma que todo lo que podemos pensar o percibir con la sensibilidad son universales cualitativos o conceptos adjetivos. Con ellos se generan las proposiciones, los objetos materiales, las ideas, en fin, todo. Los universales existen y constituyen la experiencia, la única experiencia a través del tiempo, razón por la que estos universales son denominados "universales y proposiciones empíricas"

Aquí no sólo no hay acuerdo con Kant -aunque él sí lo creía- sino que Moore sostiene algo que podría calificarse de "realismo absoluto", con lo que habría roto definitivamente con el monismo absoluto de Bradley, pero no con su crítica del juicio ni con la ética que él deriva de su metafísica. Para que la ruptura sea definitiva habrá que esperar a la Refutation of Idealism, publicado el mismo año que los Principia Ethica con una escasa pero significativa anterioridad a éstos. Tanto el método, como el sistema conceptual de Moore, aparecen ya casi completamente formado en estas dos obras y con un carácter propio. Sin embargo, aparentemente, sus presupuestos epistemológicos no parecen representar un salto cualitativo (p.ej. cuando sostiene que enunciados del tipo de "pienso X" describen tanto actos mentales como objetos relacionados con ellos, pero distintos de ellos) con respecto a su obra anterior; pero eso es sólo aparentemente. John O. Nelson, en su breve pero excelente estudio sobre Moore, describe muy acertadamente esta situación: "La filosofía genuina de Moore se parece, por tanto, al realismo absoluto de The Nature of Judgment. Sin embargo, existe una diferencia metafísica fundamental entre las dos posturas. La diferencia estriba en el hecho de que el realismo absoluto de Moore en 1899 es reduccionista, opinando que todo puede resolverse en universales cualitativos, mientras que el realismo que anunció en 1903 y después es, al menos en su intención, no reduccionista. De este modo, dentro del ámbito de las cosas que son, Moore incluía ahora tanto los particulares, por ejemplo, las cosas materiales, como los universales, y, a pesar de que no tenía muy claro qué fuera un particular o un universal, él no quería sostener ni que los universales pudiesen resolverse en particulares, ni que los particulares pudieran resolverse en universales. Su nuevo punto de vista era que cada clase de cosa es lo que es y nada más (o, con palabras de obispo Butler, citado en la portada de los Principia Ethica, "Toda cosa es lo que es y no otra cosa").

La diferencia más significativa y acusada entre el filosofar anterior a 1903 y el filosofar genuino de Moore no estriba, sin embargo, en la doctrina, ni siquiera en la mecánica del método (a pesar de que las diferencias en este aspecto sean marcadas), sino que estriba en la actitud y en el estilo de su filosofar" [171]

Esta actitud y estilo de filosofar va a encontrarse, paradójicamente, muy próxima a la del imperialismo: Moore parece especialmente empeñado en llegar a unas conclusiones que sean fruto de un análisis detallado tras el cual debe encontrarse lo que es el caso y lo que no lo es, por oposición a lo que simplemente se piensa o no que sea el caso. Lo que le preocupa básicamente es plantear problemas, no crear soluciones: si las hay, están incluidas en el correcto planteamiento del problema y se pueden alcanzar mediante análisis del mismo. Pero tal vez será mejor que dejemos hablar al propio Moore, pues sus palabras muestran a las claras en que consiste esa actitud de la que ahora hablamos: "No creo que el mundo o las ciencias hayan suscitado en mí problemas filosóficos. Han sido cosas que los filósofos han dicho sobre el mundo o sobre las ciencias lo que me ha creado problemas filosóficos. He estado (y continuo estando) profundamente interesado en muchos de los problemas suscitados en este sentido, siendo los problemas en cuestión de dos clases sobre todo, a saber, en primer lugar, el de aclarar qué demonios `quería decir' cualquier filósofo al decir lo que dijo, y, en segundo lugar, el problema de descubrir si lo que quiso decir era verdadero o falso. Creo haber intentado durante todo mi vida resolver problemas de este tipo y ciertamente (pienso) no haber tenido apenas éxito en resolverlos como hubiera deseado" [172]

De todas formas, la idea que tenía Moore acerca de lo que estaba haciendo tiene su origen en dos presupuestos epistemológicos. Por un lado, el que afirma que las sentencias del tipo "Pienso X" y "Percibo X" designan actos de conciencia y objetos relacionados con estos actos. Por el otro, el principio de que todo objeto de conciencia o bien es simple, en cuyo caso no puede ser analizado, o bien compuesto, en cuyo caso siempre posee una conciencia definible en términos de la cual es la cosa que es y no otra clase de cosa. Es a partir de estos dos presupuestos que puede afirmarse que el universo consta de una mayor porción de objetos de conciencia de la que muchos están dispuestos a considerar que forma parte de la constitución objetiva del universo. Estas entidades, por otra parte, por muy complejas que sean, son definibles en términos simples. Si esto es así y el conocimiento de lo que hay es algo tan abierto a la conciencia ¿cómo es posible el desacuerdo y la confusión entre los diversos filósofos? Para Moore está claro: el error, la confusión, sólo es explicable en base a la falta de atención a los objetos de su propia conciencia por parte de los filósofos o a la falta de claridad y precisión en sus aserciones y preguntas. Esto es precisamente lo que le ocurre a Bradley y a los idealistas cuando no son capaces de distinguir entre los hechos de conciencia, los objetos relacionados con ellos y esas relaciones mismas; también cuando mantienen posturas anti-psicologizantes contra el sentido común, por ejemplo, cuando desprecian la "realidad ordinaria" postulando un Absoluto en el que todo está relacionado con todo y, si eso es así, -dice Moore- nada está relacionado con nada [173]

Para evitar todas estas desagradables y, a su entender, estériles discusiones, Moore desarrolla un método que neutralice las causas de error y confusión que antes había diagnosticado. Este procedimiento podría resumirse, como lo hace J.O. Helson, del modo siguiente: "En primer lugar, Moore deseaba determinar qué tipos de entidades o propiedades caen dentro del área de su investigación particular, por ejemplo, la ética, la teoría de la percepción; clasificar estas entidades (donde se juzgara necesario) como simples o como compuestas, y analizar la esencia de las compuestas. En segundo lugar, y siempre como un proyecto subordinado al primero, deseaba o bien dirigir la atención del lector hacia los objetos de conciencia que pertenecen a la investigación que se está llevando a cabo, o bien poner al desnudo las ambigüedades o las faltas de claridad de los términos habitualmente usados por los filósofos en conexión con la investigación del caso, y suministrar definiciones "precisivas" de los términos que tenía intención de usar" [174]

Este será el método que se aplique a los Principia Ethica, y que en parte anticipa el argumento central de este texto, "la falacia naturalista". No ha de olvidarse, empero, que este método ha surgido en la crítica del idealismo, para salvarlo de confusiones más que para refutarlo, desde la consideración de los problemas que plantea más que de la negación de legitimidad de su planteamiento posible. Veamos ahora su aplicación.

En los Principia Ethica, Moore afirma que su más importante descubrimiento en materia de moral es que "ese objeto o idea", que la palabra "bueno" generalmente denota, es indefinible, y esto como resultado del intento de aclarar el significado del término y después de las razones pertinentes para demostrar la verdad o falsedad de éste. Nosotros ya podemos suponer que esta indefinición del bien, según Moore, tiene que ver con el planteamiento de Bradley. En efecto, también para Bradley plantearse la definición del bien carece de sentido por las mismas razones que carece de sentido definir lo Absoluto, esto es, porque toda definición es una determinación, toda determinación una negación y la negación de lo Absoluto carece de sentido. Uno puede integrarse en lo Absoluto, puede tener una intuición de él, no una definición. Añádase a esto que Bradley llegará incluso a afirmar que una pregunta como "¿por qué debo ser moral?" [175] es incorrecta por el simple hecho de que sugiere la existencia de una meta más allá de la moralidad, en relación con la cual el ejercicio de la virtud no es más que un medio.

Cuando nos planteamos cuestiones como ésta, cuando nos preguntamos en qué consiste el bien, nos damos cuenta de forma inmediata de que la moralidad tiene un fin que no va más allá de ella misma, sino que consiste precisamente en ser ella en su más alta realización: la comprensión del propio yo como un todo. Esto es la identificación con lo Absoluto. Para Moore la pregunta por la moralidad ha de ser también una pregunta por lo que sea el bien en sí mismo, y si realmente la Ética es posible, ha de constituir un "objeto". Para Bradley como para Moore la moralidad no puede tener como referencia propiedades naturales de las acciones o situaciones particulares, o de los fines particulares o colectivos que las orientan y generan. Para él, el individuo descubre sus metas y deseos desde dentro de un conjunto de relaciones que lo vinculan con los otros y que están gobernadas por leyes. Sus metas están determinadas en parte, tiene que decidirse y evaluar sus deseos pero la naturaleza de metas y deseos no es presocial: es social porque lo social lo es todo -a la manera de Hegel-. Alasdair MacIntyre sintetiza, así, la posición de Bradley a que nos referimos: "Comprendo mi propio y en cualquier elección entre alternativas: primero, en la medida que tengo conciencia de mí mismo con independencia de las dos alternativas y frente a ellas, y, segundo, al elegir conscientemente una alternativa e identificarme con ella con lo que llevo toda la mismidad a la existencia en forma concreta. Bradley da a esto la denominación de "universal concreto". Es el juicio de alcance universal que se vuelve concreto en la actividad comprendida del individuo concreto. El propio yo se desarrolla hasta el punto en que se comprende totalmente a sí mismo al considerarse como una parte en un todo infinito y al trascender así sus propios límites finitos. Al ser limitado y no ser una totalidad, la dificultad reside en cómo extenderse de modo que se llegue a ser un todo. La solución está en ser miembro de un todo. Aquí el yo personal, la propia finitud, deja de existir como tal y se convierte en la función de un organismo. No se debe ser un mero fragmento sino un miembro de un todo; y uno debe conocerse y quererse a sí mismo en cuanto tal" [176]

La razón por la que Moore rechazará las implicaciones éticas de la metafísica de Bradley vuelve a tener que ver con la falta de precisión y claridad en su exposición, más que con los presupuestos que el idealista inglés expone. La autorrealización que Bradley propone como esencia de la moral en cuanto que identificación con lo Absoluto, es rechazada no por esa identificación, sino porque su formulación la contradice. Esto es, se define el bien por algo tan exterior a él como puedan serlo las propiedades naturales. En este sentido Bradley comete una variante de la misma falacia que descalifica a los empiristas. Los idealistas no son los únicos que influyen en la gestación de los planteamientos de Moore, ni los únicos en no estar en su lista de agradecimientos.

4.3. "La falacia naturalista, una "open question"

"cualquiera que sea la definición escogida puede preguntarse con sentido del complejo definido si es a su vez bueno" (G. Moore, Principia Ethica).


Moore no sólo dialogó con Bradley y el idealismo. Hay otra corriente de pensamiento que intenta integrar en moral las posiciones empírico-utilitaristas con las intuicionistas, como hace el mismo Moore -por más que se le petrifique con el calificativo de intuicionista- y que, como veremos, es un referente importante y, al menos en parte, no suficientemente reconocido. Dos nombres sobresaldrían en esta corriente: Sidgwick y R. Price. Su aportación consistirá precisamente en sostener la indefinibilidad del bien en base a un elemento central de la exposición mooreana como es "la falacia naturalista".

En el prólogo de los Principia Ethica, Moore nos dice lo siguiente: "He intentado distinguir con claridad entre dos tipos de preguntas a que han pretendido siempre responder los filósofos morales (...) por más que casi invariablemente las hayan confundido entre sí y con otras cuestiones." Esas dos preguntas son: "¿Qué cosas merecen existir por sí mismas?" y "¿Qué acciones merecen ser realizadas por nosotros?". Sólo sabiendo la respuesta a estas dos preguntas estaremos en condiciones de saber sobre qué género de justificación, si la hay, descansan nuestros juicios morales, y de averiguar qué clase de proposiciones éticas son susceptibles de prueba o no. Las líneas generales de la respuesta de Moore son las siguientes: (1) Aquello de lo que podemos afirmar que merece por sí mismo la existencia, es lo que llamamos intrínsecamente bueno. Pero su definición no es posible porque se trataba de una característica simple e inanalizable. Podemos reconocer lo "bueno", pero no definirlo. (2) Cuando nos planteamos, en cambio, qué acciones merecen ser realizadas por nosotros, la respuesta es susceptible de comprobación empírica. Ya que, según Moore, debemos realizar siempre la acción que comporte mayor bien, la verificación de que ésto es así será la constatación de que, en efecto, se ha dado un nexo causal entre aquella acción y tales o cuales resultados.

En ambas cuestiones se trata de saber qué es lo intrínsecamente bueno. En el primer caso es obvio, pero en el segundo lo evidente es la necesidad de que sepamos distinguir que consecuencias son intrínsecamente buenas antes de realizar una demostración de que una acción tiene en efecto tales y cuales consecuencias. Si lo que queremos es definir, a pesar de lo dicho antes, el término "bueno" (esto es, responder a la pregunta "¿Qué es bueno?") caeremos en una falacia, básicamente porque no podemos responder a la pregunta que implica a la definición.

Moore distinguía tres tipos de definiciones [177]. Las dos primeras eran la estipulativa y la léxica respectivamente. Por una parte, cualquiera podría lógica y empíricamente atribuir a "bueno" un significado por su cuenta, y, por la otra, si mirara en un diccionario vería que hay reglas comúnmente aceptadas para el significado de esa palabra por su uso. La definición estipulativa propiamente respondería a una pregunta que no es la general "¿Qué es bueno"?, sino más bien a preguntas del tipo "¿Qué es un buen reloj", "¿Qué es un buen coche?", preguntas que requieren una respuesta particular en cada caso, y no por el "bien" en todos los casos.

El segundo tipo de definición tampoco nos responde, ya que decirnos en qué forma es usado algo, no nos dice nada acerca de lo que ese algo es. La pregunta requeriría en este caso una respuesta general consistente en afirmar que un cierto tipo de cosas es bueno, por ejemplo "el placer es bueno" o "lo bueno es la autorrealización". El tercer tipo de definición vendría a describir "la naturaleza real del objeto o noción denotado por una palabra, y... no se limitan a decirnos para que se usa la palabra" [178]. Se trata, pues, de una definición propiamente dicha. Moore solía ejemplificarlo así: "Puede darse una definición de caballo, porque un caballo tiene muchas propiedades y cualidades diferentes que pueden ser enumeradas. Pero cuando se han enumerado todas, cuando se ha reducido un caballo a sus términos más simples, estos términos no pueden ya definirse. Son simplemente algo que se puede pensar o percibir, y a quien no pueda pensarlos o percibirlos no es posible hacerle conocer su naturaleza por medio de ninguna definición" [179]

Si podemos describir a las demás cosas que éstos nunca han pensado o percibido sólo podremos hacerlo en base a la composición de cosas que sí conozcan y que se componen entre sí de manera igualmente conocida. Ejemplificando lo dicho para el caso de "bueno", Moore añade lo siguiente: "Por tanto, "bueno", si por ello queremos decir aquella cualidad que afirmamos que pertenece a una cosa cuando decimos que ésta es buena, es incapaz de definición en el sentido más importante de este término. El sentido más importante de definición es el sentido en el que una definición anuncia cuáles son las partes que invariablemente componen un cierto todo; y en este sentido, "bueno" carece de definición porque es simple y carece de partes. Es uno de esos innumerables objetos del pensamiento que son incapaces de definición, porque son los términos últimos por referencia a los cuáles debe definirse todo lo que sea capaz de definición. Que debe haber un número indefinido de tales términos parece obvio tras una reflexión, pues no podemos definir nada excepto por medio de un análisis que, llevado tan lejos como pueda llevarse, nos referirá a algo que es simplemente diferente de cualquier otra cosa, y que por esta diferencia última explica la peculiaridad del todo que estamos definiendo: ya que un todo contiene partes que son comunes a otros todos. No hay por consiguiente, ninguna dificultad intrínseca en la afirmación de que "bueno" denota una cualidad simple e indefinible. Hay otros muchos ejemplos de tales cualidades" [180].

El ejemplo que aduce Moore a reglón seguido es el de "amarillo"; al igual que su significado no se puede explicar a nadie que no conozca el color, tampoco se puede explicar qué es la bondad. Ciertamente todo lo amarillo puede producir una determinada vibración en la luz, de la misma manera que lo "bueno" puede producir sentimiento, o tal vez placer. Sin embargo, "amarillo" no significa "lo que produce una cierta vibración en la luz", y así "bueno" no significa "lo que produce placer".

Moore reconocía que el cometido de la ética es también establecer qué otras propiedades, además de la bondad, poseen las cosas buenas, pero criticaba a los filósofos que había creído que cuando nombraban estas propiedades estaban definiendo realmente "bueno". Para denominar este error, Moore aplicó el término "falacia naturalista". De todo esto se sigue que lo que Moore considera falaz, aquí, es más bien el intento de obtener cualquier definición de bueno, antes que el de definir específicamente un objeto no natural en términos de un objeto natural [181]. De hecho, si alguien confundiese entre sí dos objetos naturales y tratase de definir al uno en términos del otro, incurriría en el mismo tipo de falacia que el que intentase definir "bueno", con la única diferencia que no le aplicaríamos el adjetivo de "naturalista". Este viene al caso porque en la definición de bien lo que se suelo confundir son dos clases de objetos, naturales unos y no naturales los otros; pero la auténtica falacia es definir lo indefinible [182]

Para terminar de centrar su exposición, Moore, echará de nuevo mano del arsenal de temas idealistas y utilizará la distinción kantiana entre proposiciones analíticas y sintéticas. Estas primeras son verdaderas por referencia a las definiciones de los términos usados en ella (por ejemplo, un soltero es un varón no casado); en cambio las sintéticas no, y según Moore "las preposiciones sobre el bien son siempre sintéticas y no analíticas" [183]. La distinción entre analítico y sintético corre paralela a la que Moore hacía entre el sustantivo "bien" y el adjetivo "bueno". El "bien", lo que es "bueno", es aquello a lo que se aplica el adjetivo "bueno", y si esto es así es que a lo que se aplica el adjetivo debe ser distinto del adjetivo mismo.

Finalmente el análisis de la significación del término "bueno", contempla dos posibilidades únicas: por un lado que "bueno" sea "un todo dado, complejo, sobre cuyo análisis correcto puede haber desacuerdo"; por otro, que "bueno" no significa nada y que no puede haber una disciplina como la ética [184]. La primera de estas opciones es compartida por idealistas e empiristas, y la segunda es obviamente el nihilismo ético. Respecto a la primera, Moore intentará la reducción al absurdo mediante lo que se conoce "el argumento de la pregunta abierta": "cualquiera que sea la definición escogida puede preguntarse con sentido del complejo definido si es a su vez bueno" [185]. El desarrollo de este argumento sería el siguiente: tómese una definición de "bueno", por ejemplo, "el bien es lo que produce placer". Si la definición es correcta, dado que el definiendum es igual al definiens, según lo anterior podrá decirse: "Produce placer lo que produce placer". Pero, aunque el placer siempre estuviera asociado a lo "bueno", resulta obvio que dudar de que lo que produce placer sea bueno sigue teniendo sentido, y no así dudar de que lo que produce placer produzca placer. Sea la que sea la noción que empleemos para hacerla equivaler a "bueno", será evidente que estamos ante nociones distintas.

La pregunta abierta (open question) aplicada a la segunda opción tiene un efecto igualmente disolvente: "Quien considere atentamente lo que tiene realmente ante su mente cuando se pregunta "¿es en definitiva bueno el placer (o lo que sea)?" podrá fácilmente convencerse de que no está meramente preguntándose si el placer es placentero. Y si intenta este experimento con cada una de las definiciones sugeridas, acabará reconociendo que en cada caso tiene ante su mente un objeto único sobre cuya conexión con cualquier otro objeto puede hacerse una clara pregunta. De hecho, todo el mundo entiende la pregunta "¿es bueno esto?" y al pensar en ella su estado mental es distinto del que sería si se preguntara "¿es esto placentero, o deseado, o aprobado?" [186]. En definitiva lo que está haciendo Moore es recurrir ahora de nuevo a la intuición, esto es, al sentimiento de diferencia entre la bondad y otras cosas; pues quien lo siente así no puede dejar de pensar al mismo tiempo que para que esto sea posible debe haber "un objeto único" ante su mente [187]. O, lo que es lo mismo, el objeto de la ética. De todas formas, se añade la fuerza de la lógica con reminiscencias kantianas: nadie puede darse cuenta de esta diferencia si no está sobre aviso de ella, nadie puede darse cuenta de lo que no puede darse cuenta.

Sin embargo, ahora Moore ya no puede sostener, ni sostendrá, un intuicionismo idealista; no quiere salirse fuera de sus zapatos y afirmar en qué consiste la intuición, ni realizar proposiciones a este respecto: "Querría que se observara que, cuando llamo a tales proposiciones (esto es, a las proposiciones que se refieren a qué clases de cosas deben existir por sí mismas) "intuiciones", solamente pretendo afirmar que no admiten prueba; no implicó nada en cuanto a nuestro modo de conocerlas ni en cuanto al origen de nuestro conocimiento" [188]. La intuición del bien está ahí para acertar o equivocarnos según nos plazca. Moore sólo nos avisa, ya al final del camino, de que eso es así.

En conclusión, el objetivismo intuicionista de Moore rompía toda referencia con Hume y negaba cualquier fundamentación naturalista de la Ética: tanto si se trataba de la naturaleza humana, es decir, desde la subjetividad, como si trataba de la naturaleza exterior, a través de la experiencia [189]. Su "objetivismo" era una alternativa nítida a las tendencias subjetivistas en Ética, y su "intuicionismo" evitaba buscar la objetividad en la experiencia. De este modo la Ética quedaba afirmada como conocimiento objetivo, pero con un tipo de objetividad ajena a la estándar de las ciencias naturales. Los juicios morales no eran ni asimilables ni comparables a los de las ciencias empíricas; el lenguaje de la Moral tenía su irreductible especificidad [190]

El intuicionismo ha sido siempre persuasivo, pues se situaba del lado del sentido común. La razón, como dirá Hume, es impotente para fundar las creencias, pero la naturaleza se encarga de ello. El intuicionista viene a decir que, sean cuales sean las razones para no creer, para no poder fundamentar racionalmente los juicios morales, lo evidente es que al fin de cuentas no podemos dejar de "ver" que ciertas cosas son buenas y otras malas. No podemos demostrarlo, pero nadie duda de las mismas. Por tanto, habrá que asumir la capacidad humana para aprehender el bien como un dato obvio: "vemos que así debe ser".

Autores de tanto prestigio en filosofía moral como Ross [191] y Prichard [192] han mantenido estas posiciones: los sistemas éticos pivotan sobre alguna intuición, de la que participan los hombres. Buscar razones para la misma es un despropósito: dicha intuición es principio, base de la fundamentación, y por tanto evidente en sí misma. Por tanto, los intuicionistas reconocen la no racionalidad de los sistemas éticos, o, al menos, un punto original oscuro. Pero la filosofía siempre se ha resistido a dejar agujeros negros en sus sistemas, y ha exigido la racionalidad como criterio de legitimidad.

La filosofía de Moore significaba a un tiempo el rechazo del naturalismo y la garantía contra el subjetivismo. No es de extrañar, por tanto, que su obra fuera "redescubierta" con pasión tras la profiláctica del neopositivismo. Obras como la de Ogden y Richard, The Meaning of Meaning (1923), que acentuaban la distinción entre significado emotivo y significado empírico, empujaban a los seguidores de Moore hacia el emotivismo. Si para Moore el "bien" era algo indefinible, para Richards lo era el "significado emotivo". Cualquier partidario de Moore que fuera riguroso, con el rigor analítico que exigía el neopositivismo, se daría cuenta de que su maestro no era convincente al afirmar el "bien" como una cualidad no natural y predicable de los hechos o los objetos. Entonces, si el partidario de Moore seguía pensando en la peculiaridad de los juicios de valor, en su no empiricidad, fácilmente acabaría aceptando las razones emotivistas de Richards, reduciendo la palabra "bueno" a simple signo de nuestra actitud.


4.4. Wittgenstein y la imposibilidad de la Ética

"La ética no puede ser una ciencia... Lo ético no se puede enseñar" (Wittgenstein, Tractatus)


4

La Segunda Guerra Mundial supone un punto de inflexión en la filosofía moral inglesa. Antes de la misma, ya se daba la tendencia a dedicarse a los problemas el lenguaje, pero, en general, tendía a pensar que los predicados éticos carecían en absoluto de sentido; en la postguerra, en cambio, si bien la actitud lingüística permanece, el objetivo cambia: aparece el esfuerzo por legitimar la Ética, por sentar la significatividad de sus enunciados. Aunque, obviamente, aceptando la crítica positivista, dicha significatividad había de ser de nuevo tipo, peculiar, específica.

La actitud de entreguerras era efecto de la hegemonía del neopositivismo en filosofía, cuyo criterio del significado arrojaba a la Ética al campo de lo sin-sentido, de la metafísica, es decir, de lo no verificable. El "intuicionismo" de Moore servía al neopositivismo para mostrar la absoluta irreductibilidad de la Ética a la Ciencia; aquella quedaba reducida, según el Tractatus [193] de Wittgenstein, a lo indecible; o sea, en rigor, al silencio.

Suelen relacionarse estas dos etapas con las "dos filosofías" de Wittgenstein. La del Tractatus, publicado en 1922, determinaría fuertemente la filosofía analítica dura, neopositivista, que toma como modelo el lenguaje de la ciencia y aspira a su completa estructuración lógica; y la etapa de las Investigaciones filosóficas [194], publicada en 1953, pero que recogen curiosamente sus reflexiones de los años 1936 a 1945, de su docencia en Cambridge, y en las que flexibiliza su actitud ante el lenguaje, se desplaza hacia los lenguajes naturales, se acepta el sentido de los usos lingüísticos y, en fin, la Ética, sin pasar al campo de la racionalidad, deja de ser el dominio de lo irracional [195]

Sin cuestionar ni un sólo punto la fuerte influencia de las dos filosofía de Wittgenstein [196], llamamos la atención sobre el hecho de que ambas pertenecen al antes y el después de la Guerra. Es difícil resistir la tentación de sospechar que ésta constituye la condición, la determinación, de tal cambio. Porque si para el Tractatus el lenguaje o era descripción del mundo o era mera expresión de lo irracional y sin sentido, en las Investigaciones ese mismo lenguaje no pretende ya ser espejo de la realidad [197], sino instrumento de trabajo. Por tanto, junto al significado descriptivo del lenguaje científico, caben otros significados, de los diversos "juegos lingüísticos"× Tal cosa legitima la dedicación del filósofo a la moral, para clarificar el lenguaje, describir sus sentidos y contrastar los juicios morales. Eso sí, sin superar el nivel aséptico del analista: el filósofo de la moral no es un moralizador.

O sea, la nueva orientación tiene su límite en la "falacia naturalista", que ya detectara Hume. O, lo que es lo mismo, se sienta como principio la autonomía de la moral, en línea con el XVIII. Entre el lenguaje de las ciencias y el de la moralidad no hay traductibilidad posible, no hay convertibilidad, no hay puente. Así, Wittgenstein confluye con Moore, quien ha hecho de la "falacia naturalista" un presupuesto definitivo [198]. Esta exigencia antinaturalista de la Ética exige que la bondad se predique de una acción, cosa o persona sin tener en cuenta las cualidades empíricas de las mismas. Y, a nivel técnico, exige renunciar a derivar los juicios éticos de los juicios empíricos. Tal marco ha sido aceptado, con excepciones, de forma general.

Wittgenstein escribió poco sobre ética: algunos aforismos del Tractatus, todos ellos relativos al carácter no empírico -y, en consecuencia, sin significado- de las expresiones éticas, y una "Conferencia de ética" que no se publicó hasta 1965 [199]. El efecto de Wittgenstein en la Ética contemporánea no viene de estas escasas páginas, sino que su teoría de la ciencia y del lenguaje [200], especialmente de la forma en que fueran divulgadas por Ayer [201]. No obstante, consideramos oportuno comentar la "Conferencia sobre ética", que nos permitiría comprobar cómo proyectaba el propio Wittgenstein sobre la Ética las consecuencias de su teoría del lenguaje.

La tesis de Wittgenstein sobre la Ética se expresa en unas cuantas frases metafóricas: "ir más allá del mundo" [202], "ir más allá del lenguaje significativo" [203], "arremeter contra los límites del lenguaje" [204], ""arremeter contra las paredes de nuestra jaula" [205]. Todas ellas implican dos tesis: (1) "la ética no puede ser una ciencia" [206], o sea, lo que dice la Ética no añade nada, en ningún sentido, a nuestro conocimiento, en la medida en que surge del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno y valioso; y (2) "Lo ético no se puede enseñar" [207], pues para ser enseñable necesitaría una teoría, y entonces no tendría valor, sería mera descripción del mundo.

Las dos tesis, a su vez, se derivan de un principio: el del significado. La teoría del significado positivista, exigiendo que las proposiciones, para ser tales, para tener sentido, fueran empírica, implica que "no puede haber proposiciones éticas" [208]. Dado que el mundo es como es, y en él todo sucede como sucede, no cabe lo ético: lo ético es una actitud contra los límites del mundo. En el mundo no cabe el valor; las expresiones de valor no pertenecen al mundo. Por tanto, lo propio de las expresiones éticas es que no tengan sentido; pero no se trata de que carezcan de sentido porque estén incorrectamente formuladas: se trata de una carencia de sentido que constituye su verdadera esencia [209], la condición de su valor.

Wittgenstein llega a decir que "si un hombre pudiera escribir un libro de ética que realmente fuera un libro de ética, este libro destruiría, como una explosión, todos los demás libros del mundo [210]. Es decir, la ciencia usa el lenguaje como recipiente que sólo pueden contener significado y sentido naturales; tienen, como las tazas de té, una capacidad limitada, tal que no aumentan su volumen por mucha agua que se añada. Por tanto, si se escribiera un libro de ética sería un libro de lo sobrenatural.

Las tesis de la Conferencia de ética expresan las posiciones del Wittgenstein de la primera época, aunque por la fecha en que fue redactada debería tener otro contenido [211]. En esa primera época, la del Tractatus, su reflexión gira en torno al criterio del significado. El rigorismo del criterio dejaba fuera de lo decible -condenado al silencio- todo lo no empírico, sea metafísico, ético o estético. Pero mientras que en ciertos círculos positivistas esa condena al silencio implicaba un menosprecio, hemos de resaltar que en Wittgenstein lo ético, lo "místico" en general, es decir, todo aquello que traspasa el mundo y que, en consecuencia, va más allá del lenguaje, le preocupó. Es decir, su tesis apunta a dejar la ética fuera del lenguaje (del lenguaje científico, del lenguaje sobre el mundo). En el lenguaje cabe poca ética; no cabe nada de ética. Al contrario, la ética es una rebelión contra el lenguaje. Es una rebelión contra la razón: ésta es el lugar de lo condicionado, de lo relativo, de lo contingente; aquella es el lugar de lo absoluto. Por eso un libro de ética haría estallar el mundo, es decir, nuestra representación del mundo.


4.5. Schlick: la Ética entre la Lingüística y la Psicología

"la mera formulación del concepto de bien moral, de ningún modo puede conceptuarse como la tarea última de la ética, sino más bien como una mera preparación para la misma" (M. Schlick, Fragen der Ethik).

El neopositivismo sitúa el valor en el sentimiento, reviviendo a Meinong. Pero si éste entendía el valor como algo en el objeto, aunque activado por el sentimiento, el neopositivismo lo considera algo en el sujeto. Toda referencia del mismo a la objetividad o trascendencia queda lógicamente desautorizada.

De entre los miembros del Círculo de Viena, quien incidió de forma más directa en el giro de la Ética fue Maurice Schlick, quien trasladó al dominio de la moral las exigencias lógicas y metodológicas que el Círculo estableció en el análisis del lenguaje científico [212]. Schlick, por tanto, fue de los primeros en extender a la Ética las consecuencias de la concepción wittgensteiniana de la filosofía expuesta en el Tractatus. Antes que Ayer, con su peculiar fuerza emotiva, divulgara la teoría y se convirtiera en punto de referencia, Schlick había expuesto con lucidez la tarea asignada al filósofo moral tras el giro lingüístico. En un breve crucero por las costas de Dalmacia tuvo tiempo de escribir su Fragen der Ethik (1930), que condensa una posición ética hedonista y utilitarista, con antecedentes en Hume, Bentham y Mill. Identifica el valor con el placer, y pone como objetivo de la Ética, como criterio de la misma, la maximización del placer y la minimización del dolor.

Su Fragen der Ethic [213] es tal vez el texto más lúcido de la visión neopositivista de la Ética. Esta queda amenazada en su identidad y su autonomía, escindida en una tarea meramente analítica, que la empuja al ámbito de la lógica o la lingüística, y una tarea sustantivamente cognoscitiva, explicativa, que la conduce al seno de la psico-sociología.

La preocupación de Schlick, obviamente epistemológica, se centra en establecer bajo qué condiciones la Ética puede ser considerada una ciencia, así como en la posibilidad de reunir tales cualidades. Cualquier otra pretensión, ajena a la verdad, le parece indigna y filosóficamente no relevante. El requisito esencial, desde el punto de vista del criterio de verificación, es que "los problemas de la Ética tengan sentido", pues si tal cosa sucede parece obvio que tendrán solución, y dichas soluciones constituirán un "sistema de proposiciones verdaderas" acerca de un objeto: y eso es precisamente una ciencia [214]

La ciencia, por tanto, tiene por meta la verdad: es puramente teórica. Si la Ética es posible como ciencia, nada tiene que ver con su aplicación práctica, en caso que sea posible: tal dominio no pertenece a la Ética. La Ética, en cuanto ciencia, "nunca tiene otra meta que la verdad" [215]; las cuestiones prácticas no son de su ámbito. Mientras el filósofo ético esté interesado por los problema teóricos de la Ética, es decir, por los problemas cognoscitivos, "debe olvidar que tiene un interés humano", pues "para él no hay peligro mayor que pasar de investigador de la ética a moralista, de investigador a predicador" [216]

Aunque "el investigador y el profeta" puedan ser la misma persona, los fines de ambos no pueden ser servidos al mismo tiempo: la objetividad, neutralidad y asepsia que requiere la investigación, según Schlick, exige superar los sentimientos, los deseos, los proyectos, los ideales, que dan sentido al predicador. Lo que está en juego, pues, no es la moral, sino la Ética; es decir, no la dignidad e importancia de las creencias, valores y sentimientos morales, sino la actividad filosófica que pretende establecer sus formas, sus leyes y sus relaciones.

Schlick constata los "muchos nombres" del objeto de la Ética: "moralidad", "valor", "norma", "deber", "bien"... Todos, en rigor, son nombres de lo mismo; y entre ellos el más generalmente usado, y el más clásico, es el "bien". Por tanto, podemos tomar el "bien" como nombre del objeto de la Ética. Esta pretende "conocer el bien", y nada más. Su tarea, eminentemente teórica y cognoscitiva, es ajena a la realización del bien, a su materialización, a decretarlo como deber; ni siquiera es su misión construir la idea de bien; se reduce a conocerla: "No tiene la tarea de producir el bien, ni en el sentido de darle realidad en el actuar humano, ni en el sentido de que tenga que estipular o decretar lo que esté "bien". No crea ni el concepto ni los objetos que caen bajo ese concepto, ni proporciona la oportunidad de aplicar el concepto a los objetos. Todo eso lo encuentra en la experiencia de la vida, del mismo modo que cada ciencia encuentra los materiales sobre los que trabaja" [217]. La Ética, por tanto, se limitará a la descripción de la idea de bien, de las creencias empíricamente constatables sobre lo bueno y lo malo, sean formuladas explícitamente, sean descubiertas a través de los comportamientos, actitudes y opiniones.

El error histórico de la Ética, según Schlick, ha sido el de buscar la "definición del bien" en lugar de buscar el sentido de la expresión "moralmente bueno" en el lenguaje ordinario. Al buscar definiciones, se podía optar por dos alternativas. Una de ellas, la de definir los términos con otros más sencillos: tarea de clarificar el significado del lenguaje. Tal tarea, que se reduce a enunciar el significado de las palabras, es el objeto de la "ciencia del lenguaje", como señalara Moore en su Principia Ethica. Por tanto, o bien se admite que la Ética es un apartado de la Ciencia del Lenguaje, o bien se admite que el objeto de la Ética no es el de esclarecer el significado de las palabras.

La otra alternativa consistiría en entender que el objeto de la Ética es proporcionar un concepto de "bien", crearlo, como si antes de tal operación existiera la palabra "bueno" pero no su concepto. Tal objetivo escapa a la Ética como ciencia, como conocimiento, y sería cumplido de forma absolutamente arbitraria [218].

Para Schlick, para que la Ética tenga sentido y viabilidad, debe entenderse como una tarea de explicación del conocimiento de lo "moralmente bueno", lo que presupone que el significado del concepto es ya conocido, y que posteriormente se relacionará con otras cosas, se ordenará en conexiones más generales. Para formular una definición ética no se puede proceder de forma arbitraria, sino adaptándose a las normas existentes. En conclusión, "la mera formulación del concepto de bien moral, de ningún modo puede conceptuarse como la tarea última de la ética, sino más bien como una mera preparación para la misma" [219]. Sin despreciar esta tarea, no debe quedarse en ella.

Schlick ha establecido una interesante distinción entre "definir" y "caracterizar" el bien. Si la definibilidad puede ser cuestionada, bajo el argumento de que es algo simple, no así su caracterizabilidad: basta describir cómo podemos conocerlo, es decir, señalar exactamente las condiciones en que se aplica la palabra "bueno". Tal cosa es posible. Por tanto, el bien es caracterizable. Y, según Schlick, lo es de dos maneras: mediante características formales y mediante características materiales [220]

La caracterización formal tópica es la de Kant: lo bueno aparece siempre como lo exigido, y lo malo como lo prohibido. La característica formal del bien es, pues, para Kant, su obligatoriedad: es aquello que debemos hacer. Pero, ¿cuál es la causa o razón de esa obligatoriedad, de la ley moral que la enuncia? La respuesta puede ser doble. O se toma por razón al origen o autor de la ley moral, normalmente Dios o la Sociedad; o se toma por razón alguna propiedad intrínseca del bien, sea bajo la forma del imperativo categórico o de la felicidad, etc... Pero, sea cual fuere la opción, siempre queda abierta la cuestión, pues podemos preguntar: ¿por qué hemos de tomar por "bueno" lo que Dios o la Sociedad desea?; ¿por qué hemos de admitir que el bien es la felicidad propia o la felicidad general?; ¿por qué aceptar como "bueno" el imperativo categórico?

Una vez conocemos que "bueno" es lo que se exige, lo que debemos hacer, podemos preguntarnos qué es lo que se exige o debemos hacer. De este modo entramos en la caracterización material del bien. Por tanto, hemos de preguntarnos por el "deseo" del autor de la ley moral. Pero ¿cómo conocer sus deseos si no lo conocemos? La propuesta de Schlick es partir de los deseos que hallamos en las "normas morales vigentes" en los distintos pueblos en los diversos momentos. Buscaremos lo común en ello, lo constante: estos rasgos coincidentes son las características de lo "bueno", forman su contenido. Esto nos permite conocer el contenido material de la moral y, desde el mismo, tal vez sea posible inferir la autoridad legisladora [221]

Esos contenidos comunes, esas características coincidentes, que expresan un grupo de acciones llamadas "buenas", se formulan en una regla o norma. Pero no se trata de una "norma normativa", sino de una "norma" que nos da las circunstancias bajo las cuales una acción o una actitud mental o un carácter, son efectivamente señalados como "buenos", esto es, son evaluados moralmente" [222]. Por tanto, formular las normas equivale a determinar el concepto de lo bueno. Las normas se ordenan en clases, se comparar y articulan, se formulan reglas generales que resumen un conjunto o clase de reglas. Así, en el límite, se llegaría a una regla o norma superior, de máxima generalidad, que sería la definición de lo bueno y expresaría su naturaleza universal. Sería un "principio moral" [223]

Tal proyecto, así construido, agotaría el objetivo de la Ética. Se habría llegado a disponer de un sistema de reglas, ordenadas y jerarquizadas, que aplicada a cada acción o situación establecerían la corrección o incorrección de éstas. La bondad o moralidad de un acto quedaría definida por su adecuación a una regla. Y la bondad o moralidad de una regla, por su adecuación a una regla superior y, en general, al principio (o principios) moral. Para quien considera a la Ética una ciencia normativa, aquí acaba su misión. El principio o norma general no puede ser justificado de esta manera.

Una Ética normativa de este tipo sólo justifica una acción de forma hipotética y relativa. Hipotética, en la medida en que corresponde a una norma, cuya justificación es también hipotética, pues el Principio es un estado de cosas. Relativa, en la medida en que se trata de reglas y principios extraídos de los hechos. Por tanto, decir que algo es "bueno" equivale a decir que ese algo "es considerado bueno". Las pretensiones de la ética moderna, de fundamentación categórica y absoluta, es decir, de justificación de las reglas y principios más generales, no es viable.

Para Schlick, fiel empirista, las normas últimas "deben extraerse, en calidad de hechos, de la naturaleza humana y de la vida humana" [224]. La Ética no puede estar en contradicción con la vida: si tal cosa ocurre es que el investigador de la Ética equivocó su tarea, de que "inconscientemente se convirtió en moralista" [225]. La Ética, aun siendo normativa, nunca deja de ser una ciencia fáctica: "La Ética tiene que ver por entero con lo real: ésta me parece ser la más importante de las proposiciones que establecen su tarea. Es extraño a nosotros el orgullo de aquellos filósofos que consideran los problemas de la Ética como los más nobles y elevados, precisamente porque no se refieren a la realidad ordinaria, sino al puro "deber ser"" [226]

Por tanto, Schlick considera como tarea de la Ética la de "reconocer lo moralmente bueno", para lo cual es necesario contar con un sistema de principios o reglas. La Ética, en consecuencia, es una teoría de las normas morales, las cuales describen el significado del concepto "bueno". No trata de conocer lo bueno, sino de establecer las reglas lingüísticas del uso del término "bueno". Los excitantes problemas de fondo, que son metafísicos o existenciales, quedan fuera de su alcance.

Pero esa Ética nos da una especie de "pseudo-conocimiento", que llamamos "justificación": las acciones desde las normas más concretas, éstas desde las más generales, y así hasta los principios: éstos no son justificables. Aunque, en rigor, no son éstos los que necesitan una justificación: los que necesitan y pueden ser explicados son los hechos de dar reglas, de establecer principios. Pero así saltamos del ámbito de la Ética normativa como "teoría de las normas", que da cuenta de la validez o no validez de una norma o acción de conducta, a la Ética cognoscitiva que responde a la pregunta: "¿Por qué es válida una norma de conducta?" [227]. Y aquí las respuestas consisten en explicaciones causales de nuestro comportamiento moral. Explicaciones que, en el fondo, nos llevan más lejos: a la explicación general de nuestra conducta, a los motivos de nuestro actuar, de los cuales el "actuar moral" sería una parte [228]

Se comprende así la conclusión de Schlick de que el problema central de la Ética es sólo el interrogar acerca de la explicación causal de la conducta moral. Los otros problemas, como el de los valores y las normas, son laterales. De este modo la Ética como ciencia descriptiva, cognoscitiva, que busca conocer los motivos y leyes de la conducta moral, se disuelve en la psicología. Aparte del orgullo del filósofo ético por tener una disciplina propia, no ve Schlick ninguna razón para oponerse a esta reducción de la Ética en la Psicología. Al contrario, lo encuentra en línea con el "filósofo auténtico" de nuestra época, que diluye las fronteras entre los conocimientos. "Por consiguiente, si establecemos que el problema fundamental de la ética: "¿Por qué obra el hombre moralmente?" sólo puede resolverlo la psicología, no vemos, en esta subordinación de la ética a la psicología, degradación o daño alguno para la ciencia sino una simplificación feliz de la concepción del mundo. La ética no busca la independencia, sino únicamente la verdad" [229]


4.6. A. Ayer: la Ética como Retórica

"Sabemos que la filosofía ética consiste, simplemente, en decir que los conceptos éticos son pseudo-conceptos, y, por lo tanto, inanalizables" (A.J. Ayer, Lenguaje, verdad y lógica).


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Aún más resonancia que el texto de Schlick ha tenido el libro Language, Truth and Logic [230], de A.J. Ayer, profesor del New College de Oxford. Aunque después matizaría ligeramente su tesis [231], defendió con absoluto radicalismo la carencia de significado de los juicios morales. Para Ayer sólo tienen significado nuestros enunciados sobre el mundo; como los juicios morales no enuncian hechos, sino deberes, no cumplen tal requisito. No tienen significado porque no transmiten información alguna sobre el mundo, por lo cual no puede controlarse su verdad o falsedad.

Dos breves trabajos de A.J. Ayer, "Crítica de la Ética y de la Teología" [232], de 1936 y "Sobre el análisis de los juicios morales" [233], de 1949, han bastado para definir una posición metaética de enorme influencia. Ayer, "Crítica de la Ética y de la Teología" [234], de 1936 y "Sobre el análisis de los juicios morales" [235], de 1949, han bastado para definir una posición metaética de enorme influencia. La agresividad y claridad de su posición ha servido para convertirlo en punto de referencia obligado de la Ética contemporánea, y en el más expresivo representante de la actitud del positivismo lógico ante la Ética. Ayer mismo, en el "Prólogo" a Lenguaje, verdad y lógica, se sitúa en la "great line" que nace en Berkeley y Hume, pasa por Wittgenstein y Russell, se establece con el positivismo lógico del "círculo de Viena" [236] y culmina en el propio Ayer [237]. Una línea caracterizada por distinguir dos tipos de proposiciones: las relativas a "relaciones entre ideas" y las referentes a "realidades". Las primeras, propias de la lógica y la matemática pura, son analíticas, o sea, no son refutables por la experiencia; en consecuencia, son necesarias y ciertas. Las segundas, referentes al mundo empírico, son hipótesis, o sea, pueden ser comprobadas o reprobadas; en consecuencia, pueden ser probables, pero nunca ciertas.

Es decir, una línea filosófica que hace del "principio de verificación" [238] el criterio para decidir, en primer lugar, las proposiciones con significado; y, en segundo lugar, su comprobación empírica. Pero la función filosófica de este principio se muestra en el primer nivel: "Si una proposición no logra satisfacer este principio, y no es una tautología, entonces sostengo que es metafísica, y que, al ser metafísica, no es verdadera ni falsa, sino literalmente carente de sentido" [239]. Con ello Ayer condena a la "metafísica" a una gran parte de la filosofía: a todo aquello que no sea análisis. La filosofía, puesto que no es un conocimiento sobre el mundo, o se reduce en la analítica del lenguaje -en rigor, a la Lógica- o asume su status metafísico y, por tanto, según Ayer y los positivistas lógicos, su no tener sentido.

La Ética, obviamente, no podía quedar al margen, como el resto de proposiciones metafísicas. Su "Crítica de la ética y de la teología" es la aplicación a estas materias de la tesis formulada por el principio de verificación [240]. Su punto de partida es, por tanto, el siguiente: o bien los "juicios de valor" son significativos, en cuyo caso se trata de descripciones científicas ordinarias, controlables por el criterio empirista del significado, o bien se trata de expresiones del sentimiento, del deseo, las cuales en cuanto meramente mostrativas no pueden ser ni verdaderas ni falsas [241]

Considera cuatro tipos de actividades en la Ética, que se corresponden con cuatro tipos de proposiciones. "Ante todo hay proposiciones que expresan definiciones de términos éticos, o juicios acerca de la legitimidad o posibilidad de ciertas definiciones. En segundo lugar, hay proposiciones que describen los fenómenos de la experiencia moral, y sus causas. En tercer lugar, hay exhortaciones a la virtud moral. Y, por último, hay verdaderos juicios éticos" [242]. Para Ayer sólo la primera actividad es auténticamente filosófica: la tarea analítica. La segunda es psicología o sociología de la moral, y, por tanto, se trata de una ciencia empírica [243]. La tercera, que suele considerarse la actividad moral por excelencia, no tiene nada que ver con la filosofía: no emite proposiciones, sino mandamientos o incitaciones. ¿Y los juicios éticos? De entrada dirá que, al no ser ni definiciones ni proposiciones sobre el lenguaje, no pertenecen a la filosofía ética.

De las dos tareas de la Ética en tanto que filosofía, a saber, la sistemática, o tarea de reducir los términos éticos a uno o dos fundamentales, y la fundamentadora, o tarea de reducir los términos éticos a términos no éticos, a Ayer le preocupa la segunda. Rechaza el subjetivismo ético, que reduce el significado de "recto" o "bueno" al de "ser aprobado" o "ser deseado". Lo hace por una razón lógica: no son contradictorios los enunciados "Apruebo X" y "X no es recto"; por tanto, se pueden decir ambos. Y rechaza el utilitarismo, porque no es contradictorio decir simultáneamente: "la acción Y producirá la mayor felicidad para el mayor número" y "la acción Y no es justa". Por tanto, ni la felicidad, ni el sentimiento, determinan la validez de los juicios éticos. Y lo mismo pasaría si el bien se proyectara en la virtud, en el conocimiento o en la otra vida. En consecuencia, la validez de los juicios éticos "debe ser considerada como absolutamente o intrínsecamente, y no empíricamente calculable" [244]. En nuestro lenguaje no hay posibilidad de establecer una equivalencia entre las proposiciones que contienen términos éticos o normativos y las que los contienen no éticos o descriptivos. No hay, pues, posibilidad de derivar juicios de valor de juicios empíricos.

Por otro lado, tampoco el intuicionismo es una opción: sus afirmaciones, al ser inverificables, no tienen significado. Las "intuiciones" de las personas son inconmensurables. En caso de divergencias o conflictos no hay criterio alguno de decisión. Por tanto, las teorías éticas intuicionistas, que con las subjetivistas y las utilitaristas, incluyendo sus diversas variantes, cubren la mayor parte de las doctrinas, no satisfacen el criterio del significado: no son científicas ni analíticas.

Los conceptos éticos son inanalizables: pero lo son porque son "pseudo-conceptos" [245]. Entre "Usted robó el dinero" y "Usted obró mal al robar el dinero" no hay diferencia significativa alguna: el juicio moral no ha añadido al empírico ninguna información nueva respecto a la acción enunciada, respecto al robo; únicamente ha incluido una desaprobación moral por parte de quien lo enuncia, una mera expresión de indignación o rechazo. Pero no añade información alguna sobre el hecho. Por eso "Robar dinero es bueno" y "Robar dinero es malo" no son juicios contradictorios: son las actitudes ante el robo de dos personas, o de una misma persona en dos momentos distintos.

Ayer funda así el emotivismo, es decir, la teoría metaética que considera que los juicios éticos no son ni verdaderos ni falsos, por no ser significativos, sino expresiones de sentimiento. Un emotivismo que aparentemente parece de tipo "prescriptivista", ya que acepta que en parte expresan sentimiento y en parte mandatos: "Están calculados también (los términos éticos) para provocar sentimientos y para estimular así a la acción" [246]; pero que, en su justo sentido, es de tipo "induccionista", es decir, más que prescribir la obligatoriedad de una acción tiende a inducir a su realización, a persuadir de la conveniencia de la misma, a configurar actitudes; en suma, un emotivismo retórico, cuyo objetivo es convencer y seducir.

Por tanto, la imposibilidad de encontrar un criterio de validez de un juicio ético no viene de su carácter absoluto, de su misteriosa independencia de los sentidos, "sino porque no tiene validez objetiva de ninguna clase" [247]. No declaran nada, no describen nada: son inverificables por la misma razón que lo es un grito de dolor, un insulto o una orden: porque no son auténticas proposiciones. Son meros recursos retóricos al servicio de la seducción.

¿En qué se diferencia el emotivismo del subjetivismo? En opinión de Ayer, el subjetivista considera que los juicios de valor son empíricos: expresan proposiciones acerca de los sentimientos del sujeto, describen su estado de conciencia, etc.; por tanto, son empíricos. Y, en consecuencia, deberían ser verdaderos o falsos, es decir, verificables; podrían contradecirse. En cambio, según el emotivismo, eso no es posible, pues no se considera que los juicios éticos expresen algo sobre los sentimientos de su autor, sino que simplemente "evidencian" o "manifiestan", "muestran", en suma, "dejan ver" sus sentimientos. Por ejemplo, si una persona dice "La tolerancia es una virtud", para un subjetivista está diciendo algo sobre sí mismo, de modo que puede contradecírsele contestándole "Usted es un cínico"; para un emotivista, que entiende que tal enunciado no dice nada sobre los sentimientos del autor, sino que sólo muestra esos sentimiento, no hay posibilidad de contradecirlo.

Esta distinción entre "expresión" o "mostración" y "afirmación" o "enunciación" de un sentimiento es uno de los puntos más importantes de la teoría, pues ha servido de criterio de demarcación de las corrientes éticas analíticas. La complicación del tema nace del hecho de que la afirmación de un sentimiento va siempre unida a la expresión del mismo, pero no a la inversa. Al afirmar "Yo estoy aburrido", simultáneamente expreso mi estado de aburrimiento. Pero el aburrimiento se puede expresar por gestos, tono de la voz, expresiones no afirmativas, etc., en cuyo caso la expresión del mismo no va acompañada de la afirmación. Y esta distinción sirve para separar las doctrinas éticas subjetivistas de las emotivistas: "Porque, mientras el subjetivista sostiene que las declaraciones éticas realmente afirman la existencia de ciertos sentimientos, nosotros sostenemos que las declaraciones éticas son expresiones y estimulantes de los sentimientos que no implican, necesariamente, ninguna afirmación" [248]

La ventaja que tiene esta distinción de Ayer, y a cuyo objetivo obedece la misma, es que así se evita la crítica de la que, en cambio, es susceptible el subjetivismo ético, basada en que la validez de los juicios éticos, tal como se entienden comúnmente, no está determinada por la naturaleza de los sentimientos del autor. Efectivamente, el subjetivismo ético propone para los juicios éticos un criterio de validez alternativo al usualmente considerado moral; el emotivismo ético, en cambio, sostiene que los juicios éticos no tienen validez alguna.

El emotivismo, no obstante, es susceptible de una crítica que no puede eludir, si no quiere traspasar el uso del lenguaje común, que por principio no puede. Se trata de explicar cómo es posible explicar el hecho de las discusiones habituales sobre las cuestiones de valor. Porque es un hecho obvio que si dos amigos afirman respectivamente "La austeridad es una virtud" y "La austeridad es un vicio", no callan a continuación aceptando que cada uno simplemente ha expresado su sentimiento, sino que se enzarzan en una polémica respecto a cuál de los dos tiene razón, cuál de los dos juicios es válido.

Este argumento, que utilizara Moore [249], se usa tanto para refutar el subjetivismo cuanto el emotivismo. Pero Ayer considera que el emotivismo no es afectado por tal argumento. Lo sería en el caso en que realmente se disputara sobre cuestiones de valor, como se da por supuesto en Moore, de acuerdo con las apariencias. Pero estaría a salvo si sobre lo que se disputa son cuestiones de hecho. Y tal cosa es lo que ocurre, según Ayer. Los dos compañeros no se reprochan recíprocamente que digan mentiras; su discusión en el fondo versa sobre los datos y motivos que han llevado al uno y al otro a sus respectivas valoraciones de la austeridad. Y todo ello porque presumen que ambos se mueven en el mismo sistema de valores, por lo cual puede discutir sobre la coherencia de ambas tesis con el conjunto de esos valores, sobre las estimaciones de las experiencias que les han llevado a sus respectivas afirmaciones, etc.; si llegaran a la conclusión de que se mueven en órbitas de valor ajenas, darían por zanjada la discusión por imposible [250]

La conclusión de este análisis de Ayer para la Ética no puede ser más explosivo: ésta, en tanto que rama del conocimiento, no es más que "un apartado de la psicología y de la sociología". La clave de la misma es el miedo: el miedo al enfado de un Dios, el miedo al rechazo de la sociedad. No es posible, pues, una Ética como ciencia. Y la Ética, como rama de la filosofía, debería ser metaética, es decir, análisis del lenguaje moral. Pero en este campo su labor está muy limitada: "Sabemos que la filosofía ética consiste, simplemente, en decir que los conceptos éticos son pseudo-conceptos, y, por lo tanto, inanalizables". Con otras palabras, Ayer llega a su punto de salida, al famoso slogan "De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse" del Tractatus wittgensteiniano.

Posteriormente Ayer retomaría el tema con alguna matización a su teoría, aunque manteniéndola íntegra en lo fundamental. Un mayor y mejor conocimiento del análisis del lenguaje moral a través de la obra de Stevenson [251] le permitió distinguir entre "acción particular" y "clase de acción", considerando que lo que realmente se aprueba o desaprueba en moral, es decir, aquello sobre lo que versan los juicios éticos, no son las acciones, sino las clases de acciones. De esta forma pasó a entender el juicio ético como "una clasificación factual de una acción como perteneciente a una determinada clase de acciones, que suelen suscitar una cierta actitud moral en el que habla" [252]. Es decir, emitir un juicio sobre una acción es clasificarla en un tipo de acciones con el objetivo de que sea aprobada o rechazada, ayudándose de una situación empírica que se conoce: el grado de aceptación o rechazo de esos tipos de acciones.

Hemos de resaltar que esta corrección es en sí muy importante, y podría haber tenido en Ayer más efectos de los que tuvo. Desde este enfoque, si un utilitarista dice "X es bueno", quiere decir que "X" pertenece a la clase de las acciones que tienden a promover la felicidad general, y lo dice para que dichas acciones se lleven a cabo. Un hombre religioso que diga "Z es bueno" quiere decir que "Z" es una acción que pertenece a la clase de acciones ordenadas por una autoridad eclesiástica, y su fin es también inducir a la acción. Por tanto, "X es bueno" o "Z es bueno" enuncian hechos empíricos, y, en consecuencia, son susceptibles de ser valoradas como correctas o incorrectas, válidas o no válidas, verdaderas o falsas. En estos casos, concede Ayer, se trata de cuestiones de hecho encubiertas bajo una expresión lingüística común con los juicios normativos. O, si se prefiere, proposiciones que enuncian hechos verificables, pero cuyo fin no es la verdad, sino la persuasión: proposiciones descriptivas con uso normativo. Ahora bien, consideradas cuestiones de hecho, ya no pertenecen a la Ética. Es sólo en tanto que consideradas proposiciones normativas que corresponden a la Ética. La teoría ética emotivista sigue siendo válida aplicada a los términos éticos puramente normativos.

En "Sobre el análisis de los juicios morales" el punto de partida es diferente. Tal vez constata Ayer que en pocos años las cosas han cambiado. De las posiciones rudamente positivistas que ponían la muerte de Dios, la liquidación de la objetividad del bien, y la Ética absoluta en el mismo saco, se había pasado a posiciones más comedidas. Se tendía en general a resucitar la Ética como "proposiciones de distinta clase que las científicas", con "distinta evidencia", con "su propia clase de lógica", etc. Es decir, se trataba de decir: toda la crítica a la Ética desde las exigencias de la ciencia positiva y su racionalidad es estéril, pues las proposiciones éticas son sui generis.

Las tesis positivistas de Ayer chocaban con una mentalidad nueva, con una conciencia lingüística diferente. Si la filosofía discute sobre el lenguaje, y en el lenguaje de un país es obvio que se toman las expresiones éticas como verdaderas proposiciones, que caracteriza y describe una acción con predicados éticos y la gente se entiende, ¿cómo seguir afirmando que las afirmaciones éticas no son en realidad afirmaciones, no describen nada, no son verdaderas ni falsas, etc.? [253]. Es obvio que algo ha pasado. La filosofía, al menos una buena parte de la filosofía, parece despreocuparse de su deseo de ser "semáforo del lenguaje", parece renunciar a imponer al lenguaje natural su exigencia de rigor lógico y de verificabilidad empírica para conseguir el grado de saber científico, pasando así a aceptar una función más humilde: la de describir sus usos, sus significados diversos, sus posibilidades.

Ayer ha captado la nueva situación, pero cambiará poco; más bien aporta argumentos para reafirmarse y cubrir sus flancos a la crítica. Reconoce que su posición anterior respondía a una pretensión razonable: proponer a los hombres otra manera de hablar que evite las confusiones de la forma socialmente impuesta y aporte mayor claridad y eficacia. Y sigue pensando que tal posición es razonable, aunque ahora evite aquel énfasis que ponía en la afirmación del sinsentido de los términos y (pseudo)proposiciones éticas. Su posición aquí es la de aceptar que el lenguaje ético sirve para comunicarse y que, en tanto tal, sus proposiciones y su lógica son diferentes. Pero esa diferencia expulsa a la Ética de la filosofía. Insiste, por tanto, en la conveniencia de separarlas, a base de definir con claridad "hecho" y "proposición", para mostrar no sólo que las proposiciones éticas no pertenecen al conjunto de las proposiciones filosóficas, sino que "las afirmaciones éticas caen fuera de la clase de proposiciones" [254]

La única aportación relevante que Ayer hace en este artículo, respecto a su exposición de la teoría en Lenguaje, verdad y lógica, es pasar de un simplificador "emotivismo expresionista" a un más elaborado "emotivismo induccionista"; o sea, acentúa el carácter retórico de la Ética. Es decir, ahora ve los juicios éticos menos neutrales y más retóricos; ahora acentúa más el "intento de influir moralmente sobre otra persona", o de "afianzarse en una actitud", o de incitar a la imitación, a animar o desanimar a un tipo de acción, etc. Como dice Ayer, "Se presupone que es un juicio que ya de antemano tiene una influencia sobre aquellos a los que va dirigido el argumento" [255]

Ayer considera que todos los errores y confusiones que impiden ver este carácter retórico de la Ética proceden de usar términos normativos para describir experiencias. Es decir, podemos acostumbrarnos a usar "bueno", "virtuoso", "justo" para describir cierto tipo o clase de acciones o situaciones, cierto tipo de experiencias. Hasta aquí nada hay que objetar, si se es consciente que se está usando un término "ético" de forma descriptivas, al mismo nivel que "aburrido", "excitante" o "seguro". El problema surge si ese término operacionalmente descriptivo pasa subrepticiamente a funcionar éticamente, normativamente, incitando a aprobar o desaprobar una acción, a actuar o a inhibirse. Así surge la falacia naturalista. Por tanto, hay que decidir entre, o bien aceptar que el término es descriptivo, y entonces no prescribe nada, o bien que es normativo, y en tal caso no puede usarse legítimamente para describir experiencias o hechos. "Nosotros estamos todavía autorizados a decir que es desorientador que (el intuicionista) utilice el término-valor para designar el contenido de tales experiencias; porque de este modo se las arregla él para meter de contrabando un juicio normativo en lo que se pretende que sea una afirmación de hechos. Una valoración no es una descripción de algo muy peculiar; sencillamente, no es una descripción" [256]

La crítica de Ayer a todo objetivismo moral, a la existencia de una esfera de objetiva de valores que se reflejan en las cosas, de los que éstas participan o con los cuales de forma misteriosa se relacionan, es terriblemente dura. Porque, si existiera, ¿cómo percibirlos? Si alguien lo consigue, ¿cómo saber que es el único mundo de valores objetivos existentes?, ¿y cómo comunicarlos a los otros? Más aún, una vez descubiertos, ¿cómo saber que son ellos los valores buscados?, ¿cómo saber que son valores sin poseer previamente el criterio y el canon de valoración? La hipótesis de la existencia objetiva de los valores no funciona: no ayuda nada en absoluto. "No cumple ningún papel que no pueda ser cumplido igualmente sin ella" [257]

Dada esta crítica radical al intuicionismo, que Ayer hace extensible al utilitarismo y a cualquier ética naturalista, la pregunta final oportuna parece ser: ¿cuál es, entonces, el lugar de la moral? Para Ayer la respuesta es clara: "no estoy diciendo que la moral sea cosa trivial o sin importancia, ni que los hombres no deban preocuparse de ella" [258]; pero lo hacen como hombres. En cambio, como filósofos, no es su misión sugerir comportamientos morales: la filosofía moral, en cualquiera de sus doctrinas, es esencialmente neutra respecto a la conducta. "Para hablar técnicamente, pertenecen al terreno de la metaética, no a la ética propiamente dicha. Por eso es por lo que, para cualquier tipo de filósofo, resulta necio, lo mismo que presuntuoso, proclamarse paladín de la virtud" [259]

La escisión entre la filosofía y la vida, entre el filósofo y el hombre, entre las necesidades de una y otra forma de existencia, quedan perfectamente condensadas en su famosa frase: "Analizar juicios morales no es en sí moralizar" [260]. El filósofo ha de renunciar a guiar la conducta moral de los hombres.


4.7. Panorama de la Ética analítica de la postguerra.

Ética y el lenguaje ético se pueden considerar como parte del proceso a través del cual, como miembros de una comunidad, frenamos nuestros impulsos y moderamos nuestras exigencias, en modo de hacerlos compatibles, en la medida de lo posible, con los de nuestros semejantes" (S. Toulmin, The Place of Reason in Ethics).

La reacción al primer Wittgenstein, a Schlick, a Ayer, se dará fundamentalmente en la postguerra [261]. Si algo expresa una guerra, es la debilidad de la moral. La Segunda Gran Guerra fue vista como expresión cruda del nihilismo, cosa que sensibilizó a la filosofía. Las tesis de Ayer, como las de Nietzsche, se revelaron como peligrosamente nihilistas, como cómplices del horror [262]. Pronto se denunció el peligro de la asepsia analítica y neutralista, que se entendió como proyecto de "desacreditar la moral" [263]. Si los juicios morales eran meras exclamaciones, meros gestos irracionales de horror, desagrado, pasión...todo estaba permitido [264]

La obra de Ch. L. Stevenson, de la Michigan University, Ethics and Language [265] abre una línea moderada de respuesta a Ayer y a Moore, simultáneamente, y con fidelidad a Richards. Se admite la tesis central de éste, es decir, la carencia de significatividad de los juicios éticos, pero se corrigen los aspectos más pesimistas de su conclusión, al sostener que dicha carencia no reduce la moral a meros gestos irracionales, sino que individualiza un área lingüística propia que merece un análisis particular y apropiado. Se abría así una nueva etapa.

Stevenson no puede comprender las razones de Moore para renunciar a las tesis de Hume, según las cuales los juicios morales expresan sentimientos y actitudes interesadas. Pensaba Moore [266], acertadamente, que quienes dicen que una acción es buena, correcta, equivocada, mala... no pretenden simplemente decir "no la apruebo" o "me desagrada", sino que intencionalmente la está calificando con pretensiones de objetividad. Pero su defensa de esta tesis no era consistente. Decía que si alguien dice "X es correcto" y otro "X no es correcto", uno de los dos se equivoca, uno de los dos, y sólo uno, tiene razón.

Stevenson puede responder que si traducimos los juicios morales a lenguaje emotivista, los enunciados "Yo apruebo X" y "Yo no apruebo X" no se contradicen cuando el "yo" se refiere a dos personas distintas, o a dos instantes distintos de la misma persona. Lo cual es cierto, pero no resuelve el problema de fondo: los autores de dichos juicios consideran que se contradicen. Podemos decir: tal vez lo consideren, pero no tienen razón al hacerlo. No hay incompatibilidad lógica. Las "creencias" de los interlocutores no son entre sí contradictorias; sólo las actitudes que éstas determinan son contrapuestas.

En rigor lógico, es así, pues la contradicción se da sólo en el ámbito de una teoría, no entre teorías. Pero si con ello se disuelve un problema, lo cierto es que aparece otro: ¿qué razones tenemos para elegir una u otra creencia? ¿Hay algún criterio racional? O sea, ¿es uno de los dos juicios más razonable que el otro? Porque, en definitiva, se trataba de decidir la racionalidad de la Ética [267]

En esta línea destaca la obra de Stephen Toulmin, de la Harvard University, cuya obra An Examination of the Place of Reason in Ethics [268], de 1950, contribuyó a clarificar el dominio y las posibilidades del razonamiento moral. Su preocupación se centra en alejar el discurso ético del peligro de la irracionalidad. Le parece que los criterios de racionalidad para convalidad o falsar una teoría no deben establecerse en abstracto y de forma universal, sino descubrirse mediante el examen de los usos más propios de las proposiciones de dicha teoría. Las proposiciones éticas se utilizan, en su forma principal, en unas situaciones y actividades humanas determinables; podemos, pues, conocer esas condiciones, y podemos descubrir los tipos de cosas que sirven como argumentos en favor de una línea de acción. Considera que "la Ética y el lenguaje ético se pueden considerar como parte del proceso a través del cual, como miembros de una comunidad, frenamos nuestros impulsos y moderamos nuestras exigencias, en modo de hacerlos compatibles, en la medida de lo posible, con los de nuestros semejantes" [269]

Toulmin se alinea en posiciones muy humeanas, lo que le permite rectificar el subjetivismo sin recurrir al naturalismo o el intuicionismo. Acepta que los juicios éticos tienen que ver siempre con emociones y sentimientos, pero considera que al juzgar una buena acción no nos limitamos a expresar nuestras privadas reacciones, sino que valoramos la capacidad de la acción para facilitar una coexistencia armónica entre los miembros de la colectividad. O sea, la "subjetividad" no es ciega, irracional, sino estructurada socialmente. De esta forma cobra todo su sentido la Ética como reflexión racional sobre las consecuencias de las acciones.

El problema viene cuando se trata de subjetividades que han sido estructuradas de forma distinta, por distintas condiciones y valores: dos modos diferentes de entender la "vida buena". En tal caso, sin fondo común, el debate parece indecidible. No hay manera de decidir entre las posiciones éticas de un cristiano y un musulmán: el fondo metafísico de la ética es irracional; el fondo social es racional [270]

En esta dirección también destaca la propuesta de Richard Mervyn Hare, de la Oxford University, quien afirma que "no se puede extraer ninguna conclusión imperativa válida de un conjunto de premisas que no contenga al menos un enunciado imperativo" [271]. Hare acepta los límites de Ayer: distinción entre describir y valorar, entre juicios de hecho y juicios de valor, entre significado empírico y expresión de sentimientos... Pero aspira, como Stevenson, a dar sentido al análisis del lenguaje moral, a revelar sus significados, en suma, a legitimar el razonamiento moral [272]

Hare se desplaza del "emotivismo" al "prescriptivismo", al entender que los juicios morales, tanto si usan "bueno" como si usan "debe", sirven no tanto para expresan sentimientos propios como para aprobar o loar una acción y recomendarla a sí mismo y a los otros. Decir "robar es malo" equivale a decirnos a nosotros mismos y a nuestros interlocutores que no debemos realizar tal tipo de acciones.

Ahora bien, además Hare considera que los juicios éticos constituyen sólo un subconjunto de los juicios prescriptivos, a saber, el de aquellos que son universalizables. El juicio moral no simplemente prescribe una acción para alguien, aquí y ahora, sino que implica una prescripción universal para todas las circunstancias afines: "Las reglas del razonamiento moral son fundamentalmente dos, correspondientes a las dos características del juicio moral, a saber, la prescriptividad y la universalidad". De esta forma, al no hacer depender la racionalidad del juicio moral de su significado positivo, de su contenido descriptivo, sino de unos rasgos objetivos identificables, salva la racionalidad de la Ética respetando las exigencias analíticas.

Al igual que Toulmin, reconoce que su propuesta no resuelve todos los conflictos. Un racista fanático consideraría moral (prescriptible y universalizable) un juicio favorable a la eliminación de los judíos [273].

No han sido éstas las únicas propuestas sobre la función del discurso moral y las formas peculiares del razonamiento ético, pero sí han sido las más fecundas. Otras propuestas, como las de John Wilson [274], David Pole [275] y Alan Montefiore [276] coinciden en considerar los enunciados morales como descriptivos y laudatorios, y en sostener que la posibilidad de la racionalidad en Ética depende de que no entren en juego los sentimientos personales, que están en la base de los sentimientos morales.

También John Nowell-Smith [277] se ha esforzado en mostrar que quien emite un juicio moral no lo hace espontanea e irracionalmente, sino que se esfuerza en aportar razones. Por su parte, John Langshaw Austin [278], de la Oxford University, ha llamado la atención sobre el tipo de acción que cumplimos al hablar, defendiendo la existencia de un significado "performativo" como el propio de aquellas frases que no aspiran a constatar un estado de hechos, sino a otros tipos de operaciones, como expresar un deseo, prometer, congratularse, excusarse, comprometerse. Este "significado performativo" permite fecundas tipologías de los juicios éticos [279]. Esta línea de trabajo la han desarrollado G.C. Kerner [280] y G.J. Warnock [281]

De todas maneras, a pesar de la preponderancia de esta corriente, ha habido pensadores de otras líneas. Por ejemplo, Alfred Cyril Ewing [282] ha intentado, sin abandonar el neutralismo y la actitud de búsqueda de racionalidad en Ética, ir más allá del lenguaje. Su neo-intuicionismo enlaza con el de Moore, Harold Prichard [283] y David Ross [284]

Con la misma pretensión de superar los residuos irracionalistas aparecen las obras de Philippa Foot [285] y Geoffrey James Warnock [286]. Pero en este caso cuestionan la "gran división", la radical diferencia entre juicios de hecho y de valor. Por tanto, asumen una posición neo-naturalista, de corte empirista. Ph. Foot liga los juicios morales con el placer y dolor físico de las personas en juego; Warnock, los refiere a las mejoras de las condiciones humanas. Por tanto, se abren al utilitarismo.

En los mismos tonos se manifiestan D. Lyons [287] y J.J.C. Smart [288], buscando renovar el modelo utilitarista de modo que facilite el "cálculo" para guiar la acción humana. Ambos optan por el "utilitarismo del acto". Frente a ellos aparecen los partidarios del "utilitarismo de la regla", como John Rawls [289] y John Urmson [290]. Por su parte, Marcus George Singer [291], ha buscado criterios menos genéricos, condiciones de decisión más precisas; en especial ha acentuado la necesidad de universalizar la decisión, acercando el utilitarismo a posiciones más kantianas. Y no faltan los más excéntricos, como John Niemeyer Findlay [292], que se alinea con Hegel y la fenomenología.

Los argumentos de Moore contra el naturalismo, aceptados de forma general por los emotivistas, no han estado exentos de contradictores. Moore usa con fervor la sanción de "falacia naturalista". Nadie tiene derecho a afirmar que "el placer y sólo el placer es bueno", porque tal enunciado es sintético, no analítico, y los enunciados sintéticos no tienen por qué ser universales. Por otro lado, nadie puede pasar del "es" al "debe", nadie tiene derecho a traducir el "bien" a cualidades naturales...

Franquena [293] ha salido al paso. Se pregunta por la "falacia", que a su entender Moore no define. Distingue tres posibles sentidos: (1) que consista en definir una propiedad natural, como la bondad, como si se tratara de algo natural. Pero Moore no ha sentado con claridad que la bondad sea una "propiedad no natural"; simplemente lo afirma; (2) que consista en definir una propiedad con los términos de otra. Tal cosa exige en cada caso demostrar que la bondad es distinta a las propiedades con que se intenta definir; y (3) que consista en definir lo indefinible. Exige probar que la bondad es una propiedad simple y, por tanto, indefinible.

Frankena señala, además, que los emotivistas, como Stevenson, han sido excesivamente cordiales con Moore, aceptando su antinaturalismo, aunque renunciado a su intuicionismo. En el fondo, piensa Frankena, ello se debe a que están más próximos de lo que sospechan. Al fin y al cabo, ambos concuerdan en aceptar que los juicios éticos no se someten a los criterios y controles de las demás disciplinas científicas, con lo cual pivotan sobre una "evidencia" o "sentimiento" no racional.


5. Éticas axiológicas

"El moralismo de Kant significa, en definitiva, el establecimiento de un primado filosófico de la Ética y la fundación de una metafísica ética. Con ello se abre la vía de las metafísicas no ontológicas: del saber, del valor, de la vida, de la intuición, de la acción, etc." (J.L. Aranguren, Ética)


Si las Éticas analíticas enraízan con Hume, con la metafísica de Bradley y con el método de Moore, las Éticas axiológicas están más ligadas a la tradición kantiana, al método fenomenológico de Husserl y a la axiologización ontológica de Nietzsche; si las primeras arraigaron de forma preferente en el espacio geopolítico anglosajón, estas otras encontraron más eco en el continente. Pero, sea Hume o sea Kant, lo cierto es que heredan el problema ilustrado: la crisis de la metafísica y la búsqueda de un nuevo fundamento de la verdad y del bien que pase por el reconocimiento de la autonomía del hombre. La "mayoría de edad" de la razón que la ilustración proclamara se concreta ahora en su liberación del ser, de todo ser, de Dios y de la cosa en sí, de la verdad y de los valores objetivos. Tal perspectiva pone como tarea principal de la Ética el pensar la posibilidad de que la razón ponga el sentido de las cosas: ponga el valor. Las Éticas continentales fenomenológicas y existencialistas giran en torno a este problema: eliminado el ser hay que fundamentar el valor.

En la historia han habido posiciones, como la de Spinoza o la Escolástica, que parten de un "fin último" establecido por la metafísica, y no se sienten obligadas a explicar la génesis de la moral; en otro momentos se ha hecho abstracción de la metafísica y se ha puesto en el origen un factum, caso del "yo" de Descartes, de la "conciencia" de Kant, de la "naturaleza humana" de Suárez o de Hume, y del "comportamiento humano" de Aranguren. Ahora bien, esta alternativa aparecida históricamente viene a revelarnos que la Ética supone siempre una tensión entre la pasión metafísica y la pasión psicológica: entre una moral metafísica y una moral psicológica. O, si se prefiere, entre una tendencia a reducirla a teología y otra a experiencia.

Tal vez haya sido Kant el filósofo que viviera y planteara este problema de forma directa, dramática y fecunda, al sentar radicalmente la imposibilidad de una fundamentación metafísica y, al mismo tiempo, al poner como principal peligro de la Ética cualquier riesgo de disolución en la psicología. En su Crítica de la Razón Práctica renuncia al fundamento metafísico (el ente como "bueno" y Dios como "summum bonum" y la teoría de las causas finales), es decir, renuncia a deducirla de unos presupuesto metafísicos dogmáticos o pretendidamente evidentes, y también renuncia a inducirla empíricamente, psicológicamente. O sea, aplica el mismo criterio que aplicara ya a su nueva fundamentación de las ciencias, formulado en su "revolución copernicana": busca un fundamento en la estructura de la subjetividad.

"Buena voluntad" es aquella que obedece a la razón práctica, que independiente de inclinaciones y propósitos establece lo bueno como puro respeto a la ley. Y el origen de la ley y del deber es la conciencia moral, que pone la ley y es deber para sí misma. Preguntar por una instancia trascendente fundamentadora es regresar allí de donde Kant ha salido: hay que aceptar la conciencia como horizonte de moralidad. De lo contrario se regresa a la metafísica o a la psicología. Por eso la opción kantiana tiene el atractivo de presentarse como alternativa a la arbitrariedad y a la impureza. De entrada, pues, es innegable su grandeza, que sin duda le viene de haber dado a la Ética una nueva fundamentación filosófica. Como dice Aranguren "El moralismo de Kant significa, en definitiva, el establecimiento de un primado filosófico de la Ética y la fundación de una metafísica ética. Con ello se abre la vía de las metafísicas no ontológicas: del saber, del valor, de la vida, de la intuición, de la acción, etc." [294]

La opción kantiana era de difícil equilibrio. Fichte enseguida regresa a la metafísica; otras éticas subjetivas pronto caen en el relativismo y el "subjetivismo". La ética de los valores ha aspirado a un equilibrio tipo kantiano. El tema del valor es ya puesto por Kant en su Metafísica de las costumbres. Lotze, partiendo de él, lo tematiza. Nietzsche perseguirá una transmutación de los valores, un nuevo orden de valores. El "valor" se convierte en el eje de demarcación de las diversas propuestas éticas que, una vez roto el vínculo ontológico deben explicar la naturaleza y origen del valor. La crisis de la metafísica abre paso a la axiología.


5.1. Nietzsche y la transmutación de todos los valores

5.1.1. "Zaratustra" el moralista

"¿Libre de qué? ¿Qué le importa eso a Zaratustra? Tu ojo debe manifestarme con claridad: libre ¿para qué?" (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra)


Interpretar a Nietzsche implica correr un riesgo superior al habitual. Su lenguaje no ayuda al análisis objetivo [295]; la coherencia no es una virtud que cultive, ni tampoco la claridad [296]; y la historiografía, con su apasionamiento y su militancia, en modo alguno favorece el oficio [297]. No obstante, Nietzsche es un pensador con quien hay que medirse las fuerzas alguna vez en la vida: su pensamiento, en lo moral, es en gran medida un desafío. No un desafío hermenéutico, como un reto a su desciframiento -cosa que no nos preocupa de quien mostró tan poco interés en ser descifrado-; sino una provocación a dejarnos inundar por sus sospechas, a ponernos a prueba de la seducción de su retórica. Nietzsche siempre sugiere y hace pensar, aunque sea bajo el signo de la singularidad y la diferencia; Nietzsche nos reta a enfrentarnos con el riesgo de perversión que introduce en nuestra conciencia. No nos importa, pues, encontrar "la verdad" de Nietzsche, si es que la tuvo; nos interesa únicamente afrontar la provocación particular que genera en cada uno de nosotros, como un desafío a nuestras creencias.

En Ecce homo escribe Nietzsche una reflexión que puede considerarse sin arrogancia como el punto de partida de cualquier estudio sobre la ética nietzscheana. Dice: "No se me ha preguntado, pero se debería habérmelo hecho, lo que significa en mi boca, en boca del primer inmoralista, el nombre de Zaratustra, pues lo que constituye el carácter formidable y único de este persa en la historia es cabalmente lo contrario del inmoralista. Zaratustra fue el primero en advertir, en la lucha entre el bien y el mal, el verdadero mecanismo de la marcha de las cosas. La transposición de la moral a lo metafísico, como fuerza, causa y finalidad en sí, es obra suya. Pero esta pregunta sería ya, en el fondo, la respuesta. Zaratustra creó ese error fatal que se llama la moral; por consiguiente, debe ser también el primero en reconocerlo" [298]

Aparentemente se trata de justificar por qué Nietzsche elige el personaje de "Zaratustra" para emitir su mensaje, o sea, por qué se disfraza de "Zaratustra". Pero la respuesta condensa todo el programa. Elige "Zaratustra" porque fue el primer moralista y, por tanto, debe ser el primer inmoralista: debe reparar su error. ¿Quién mejor que él? [299] La misma lucidez que se necesita para establecer una metafísica que ha determinado la conciencia de sí de los hombres, se necesita para invertir esa conciencia, para subvertir la propia imagen.

Pero Nietzsche dice más: nos relata aquél formidable error de Zaratustra que ha dado sentido a la vida durante siglos, y que ahora se apresta a descifrar. Zaratustra supo ver que la vida es la lucha del bien y del mal, pero en lugar de aceptarla creó la moral y la disolvió en la metafísica. Zaratustra fue quien escindió la vida humana en dos mundos, el de acá y el del más allá; fue quien dio a éste solidez, realidad, perfección, eternidad, valor, al tiempo que debilitaba y degradaba la vida en la tierra, lo temporal, el movimiento. Zaratustra creó a Dios con lo mejor del hombre, empobreciendo de paso a éste; Zaratustra creó el mundo ideal, el platonismo, como paisaje eidético, como lugar de la eternidad y el valor, desvalorizando el mundo real.

Dice MacIntyre que "Según Nietzsche, el cristianismo se encuentra en el corazón de los males modernos. ¿Por qué? Porque el cristianismo ha conducido a una desvalorización sistemática de este mundo en favor de un mundo próximo, y así a una falsa espiritualidad. Ante todo, porque el cristianismo ha encarnado valores que resultan destructivos para todos los valores morales, incluso los propios" [300]. Y nos parece correcto, pero dando a la crítica nietzscheana una dimensión menos antireligiosa y más antimetafísica. Su rebelión es, en el fondo, contra Platón; rechaza a Jesucristo en tanto que platónico. Cualquier religión que distinga dos mundos, cualquier metafísica, es para Nietzsche una forma de platonismo, cuya perversión consiste siempre en un doble pecado: el de crear un mundo imaginario, y el de crearlo como superior, como modelo y a costa del real, es decir, crear un mundo ideal a costa del real y someter ésta a aquél. Pues dicha reproducción imaginaria se hace de tal manera que el ideal se construye con lo noble y valioso que hay en el mundo real, por lo cual éste queda privado, vaciado, propiamente de ello: si acaso se le concede la posibilidad de participar de aquél, como fantasmas, imágenes o sombras.

Zaratustra, pues, está en el origen del error, y ahora viene a enmendarlo. ¿Por qué? Porque Zaratustra es veraz, más veraz que los demás, y debe corregir su error: debe suprimir esa metafísica y la moral en ella apoyada [301]. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ha llegado su momento? Porque es ahora cuando Zaratustra, por fin, ha descubierto el gran error, ha llegado a la verdad. Zaratustra debe abandonar su retiro y venir a predicar a los hombres una nueva filosofía y una nueva moral adecuada a la misma; o, para ser más precisos, debe bajar a la tierra, a la caverna, para declarar a los hombres la nueva verdad: "Dios ha muerto". Todo el mensaje de Zaratustra parte de esta nueva situación: Dios ha muerto, por consiguiente, los hombres deben iniciar una nueva vida, ya que hasta ahora su vida ha sido un tremendo error, ha estado guiada y subordinada a la existencia de Dios, de un mundo trascendente, de unos valores ideales y eternos, de unos deberes fijos, de unos fines inalterables [302]

Dos problemas surgen de forma inmediata ante esta tesis de Zaratustra. El primero es: ¿por qué sabe que Dios ha muerto? La respuesta no está explicitada, pero el texto non permite entender que Zaratustra afirma la muerte de Dios porque ha descubierto la "voluntad de poder" como esencia del mundo. Una voluntad que está en el mundo real, en el mundo del movimiento y del tiempo, del cambio, de la pasión; una voluntad que explica el mundo, la vida en la tierra, haciendo innecesario y absurdo -más aún, desenmascarando el hechizo- de un trasmundo de ideas y valores eternos.

Ya Schopenhauer [303] había arremetido contra lo "en sí" kantiano, contra el "noúmeno", afirmando la "voluntad" como esencia del mundo. Este expresa un movimiento ciego, sin sentido, sin fines, sin valores: el mundo es voluntad, o mero esfuerzo de ser, de seguir siendo, de vivir, de reproducción de la especie. El hombre schopenhaueriano es mera voluntad de ser: su carácter es fijo, inalterable, y sus fines son determinaciones naturales de esa voluntad de vivir. Por tanto, toda filosofía que intenta encontrar sentido en el mundo y, en particular, toda filosofía práctica que busca dar sentido a la existencia humana, se funda en un error: el de creer en la posibilidad de modificar la naturaleza humana [304]. El egoísmo, la crueldad y la compasión, móviles básicos de la naturaleza humana, son inalterables. La única esperanza es la de disminuir la crueldad y el egoísmo cultivando la compasión o piedad: es decir, inhibiendo el deseo, debilitando la voluntad, matando el deseo de vivir, caminando hacia la nada.

La "voluntad de poder" nietzscheana, es un concepto muy diferente del usado por Schopenhauer. Aquí no es la "nada" el objetivo, sino la superación de todos los límites, el fin de la vida ascética, el despliegue del poder creador de la voluntad. De todas formas, a pesar de su radical diferencia de contenido, funcionalmente juega un papel similar como alternativa a la metafísica platónica: equivale a decretar el fin, la muerte, de toda trascendencia; a establecer su gratuidad y arbitrariedad, su error y su espejismo. La "voluntad de poder", por tanto, es la idea clave de una nueva filosofía que permite liquidar la metafísica de los objetos ideales y, con ella, la moral de valores absolutos.

El segundo problema derivado de la nueva situación, creada por la "muerte de Dios", es el de la alternativa. Zaratustra no ha venido a decir a los hombres simplemente algo que ya saben, al menos a nivel práctico: ya viven como si Dios hubiera muerto. El mensaje de Zaratustra debe contener algo más, que convierte su misión en oportuna y épica. Efectivamente, viene a decir a los hombres cómo pueden salir de la situación en que se encuentran por la muerte de Dios: viene a ofrecerles una alternativa. Viene a decir: "Dios ha muerto. Tenéis la siguiente alternativa: seguir en vuestro estado actual, consecuencia de la muerte de Dios, en el nihilismo pasivo; o aspirar a una nueva moral. En definitiva, podéis continuar interpretando "el último hombre", o podéis aspirar al "superhombre".

Aquí se ve de nuevo la importancia de la "voluntad de poder", clave de la nueva filosofía: la misma es absolutamente necesaria para la opción por el "superhombre". Sin ella, el conocimiento de la muerte de Dios lleva al escepticismo, a esa vida aburrida, mediocre y gris del último hombre [305]: una vida que no quiere nada, que quiere "la nada"; una vida en la que, con palabras de Nietzsche, "el hombre no dispara ya la flecha de su anhelo por encima del hombre, en la que la cuerda de su arco ha olvidado estar tensa...".

Sólo armado de la nueva filosofía de la "voluntad de poder" puede descender Zaratustra a predicar su mensaje, pues así no dirá lo que los demás ya saben, sino que les ofrecerá una alternativa: sólo con una nueva moral puede Zaratustra equilibrar su error al crear la moral del esclavo; sólo con una nueva filosofía puede nivelar su error al crear la metafísica de los dos mundos [306]. Sólo así puede ofrecer al hombre escindido una nueva unidad.


5.1.2. Estética y "nueva moral"

"Os conjuro, hermanos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y no creáis a los que os hablan de esperanzas ultraterrenas. Son envenenadores, lo sepan o no lo sepan" (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra).


3

La "muerte de Dios", por tanto, no es la idea central del mensaje de Zaratustra, no es un descubrimiento nietzscheano: es una situación, la situación que da sentido al mensaje de Zaratustra. Es la situación que hace que Zaratustra abandone su retiro de la montaña, mientras que el santo solitario del bosque sigue su aislamiento sea porque sigue creyendo que Dios está vivo, sea porque no tiene nada que decir a los hombres. Zaratustra, en cambio, tiene una nueva doctrina, una nueva moral: la del superhombre, a la que ha accedido desde su nueva filosofía de la "voluntad de poder". Tiene algo que decir. Y lo que tiene que decir es "moral": "¡No arrojes al héroe de tu alma! ¡Mantén sagrada tu suprema esperanza!".

Incluso podría pensarse que Zaratustra no baja de la montaña para "corregir un error", para saldar su deuda con los hombres como creador de la moral. Podría pensarse, decimos, que Zaratustra -pese a Nietzsche-, baja de la montaña cuando una moral ha fracasado, cuando el hombre se ha hundido en el nihilismo. Su vuelta es para predicar una nueva moral. Ciertamente, no puede regenerar la vieja: Dios ha muerto efectivamente y la metafísica platónica ha devenido literatura. Pero sí puede predicar una moral nueva con la grandeza de la vieja: una moral en la que los valores vuelven a ser definidos de acuerdo con las exigencias de una topología diferente. En la vieja moral, los valores fueron puestos por el hombre fuera del hombre, inseguro de su virtud, para guiarse por ellos, y acababa esclavo de los mismos; en la nueva moral, el hombre asume su valor y se dispone a ejercerlo libremente, confiado en sí mismo. La vieja moral se instaura desde un acto de conocimiento, en el que se instaura una ley moral a la cual queda sometida la actividad y la vida del hombre; en la nueva moral se rechaza la primacía del conocimiento y se instaura la preferencia de los valores estéticos, afirmando con ello la dimensión poética y artística, creadora, del hombre. En la vieja moral el hombre se superó a sí mismo con la creación ideal de un mundo platónico de ideas y valores que asumió como normas; en la nueva moral, Zaratustra también afirma que "el hombre es algo que debe ser superado", es decir, reprocha al "último hombre" del nihilismo que se acepte a sí mismo, que prefiera volver al animal en lugar de superar al hombre; aunque aquí el hombre supere sus límites mediante la creación artística.

El "gran inmoralista", por tanto, puede entenderse como predicador de una nueva moral. Esta nueva moral requiere teóricamente la muerte de Dios, el fin de todo ideal ascético, para que el hombre pueda asumir su libertad creadora y dar sentido y valor a las cosas. Nietzsche, entusiasmado con la nueva moral, entenderá la muerte de Dios como una victoria, como la liberación del gran obstáculo. Y, en su apasionamiento y exaltación, a lo que contribuye su talante "hímnico", declarará la guerra a sus residuos. Declarará la guerra a la moral, se declarará el primer inmoral. Aunque, a nuestro entender, las declamaciones no consiguen encubrir un fondo no sólo "moralista", sino "moralista clásico". El nuevo hombre es vestido de nobles valores: los del artista.

El mensaje de Zaratustra, por tanto, se escinde en dos dimensiones. Por un lado, una dimensión negativa, auspiciando el fin de una época y poniendo en juego toda su retórica para contrarrestar las "fuerzas reactivas", los deseos de mirar y volver al pasado: "Os conjuro, hermanos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y no creáis a los que os hablan de esperanzas ultraterrenas. Son envenenadores, lo sepan o no lo sepan" [307]. Por otro lado, una dimensión positiva, exhortando a elegir y ofreciendo una salida hacia adelante al describir el camino hacia el nuevo orden, las sucesivas transformaciones.

Uno de los momentos más significativo de este mensaje se recoge en el primer discurso de Zaratustra [308], en que se dibuja la transformación liberadora del hombre de la autoalienación a la libertad creadora. "Os voy a hablar de tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, finalmente, en niño" [309]. Si analizamos estas metamorfosis descubrimos, a nuestro entender, y a pesar de la interpretación más extendida de Nietzsche, que éste siente una profunda e inconfesada admiración por el "camello". Porque, en rigor, el "camello" simboliza un modo de ser humano grande y noble, incluso heroico: el hombre que crea a Dios, es decir, la ley moral, y se somete a ella. "¿Qué es lo más pesado, oh, héroes? Así pregunta el espíritu sufrido, para tomarlo sobre sí y alegrarse de su fortaleza..." [310]. Este hombre tiene para Nietzsche -y no podía ser de otra manera-, un aspecto elogiable: se hace a sí mismo, aunque se haga esclavo de sí mismo, de su propia creación. Es un hombre que quiere algo grande, quiere llevar el mayor peso; no quiere lo fácil, sino probar su fuerza y su grandeza con la obediencia, con su capacidad de carga [311]. La grandeza del "camello" es su ley: el deber.

Nietzsche, pues, admira al "camello" en tanto que representa un ideal de hombre que niega la mediocridad, el gregarismo, el conformismo. El camello acepta su carga voluntariamente, para probarse y superarse: para autonominarse. El camello elige su carga: y es una carga noble, por encima del hombre. Nietzsche, aun rechazando esta figura moral, parece otorgarle el reconocimiento de su elevación: es mejor que el nihilismo.

El camello y su carga parecen tener un destino insalvable: el desierto, es decir, la negación de la vida, el más allá de lo vivo. La moral del deber desemboca inexorablemente en su esterilidad, en su nihilidad. Nacida para ennoblecer la vida, acaba negándola y sustituyéndola por la renuncia, por la ascesis. Y, como la moral del camello era veraz, es decir, respondía a altos ideales, no puede aceptar esa nihilidad, no puede aceptarse a sí misma: se rebela contra sí, negando su "ser camello" y abriendo las puertas a una nueva figura: la el "león".

El "león" representa la negación de la moral objetiva, de los valores y normas externos al hombre. El "león" dice no a la carga, no a la autoalienación del hombre, no a la metafísica idealista, no al mundo inteligible, no a toda voluntad externa al hombre, no al deber. De esta manera conquista su libertad; pero sólo su libertad negativa. Consigue salir de la existencia autoalienada al liberarse de la trascendencia de los valores, pero nada más. La negación no es alternativa: negar el "yo debo" sólo conduce al "yo quiero". Pero este "yo quiero" no satisface a Nietzsche, quien ve esta negación como un paso adelante únicamente por su perspectiva dialéctica. La negación, la "moral del león", en sí misma es menos noble que la "moral del camello"; sólo en el esquema dialéctico, como paso hacia el final, se legitima como superior.

Es normal que así sea, pues el "yo quiero" de la voluntad en la figura moral del "león" no expresa en rigor el fin de los valores: sólo expresa el fin de los valores ideales y trascendentes, que son subrepticiamente sustituidos por otros más ruines y mezquinos, más inconfesables y no menos esclavizadores, propios de la miseria del nihilismo. Se trata de una voluntad sometida a sí misma: en lugar de querer libremente, quiere quererse, es decir, quiere el egoísmo, cuyos valores son ahora su juez.

Esta voluntad no podía satisfacer a Nietzsche, para quien el hombre debe proyectarse espontáneamente hacia fuera, debe hacerse a sí mismo, superando sus límites, teniendo como fin propio la negación de todos sus límites. Es muy sugestiva la observación de Deleuze, cuando afirma que "no nos queda más elección que entre vidas mediocres o pensadores locos" [312]. Para Nietzsche esta era la alternativa: y no podía optar por la mediocridad. Si en la "moral del camello" los límites eran puestos por los valores trascendentes, en la del "león" reaparecen los límites puestos por el egoísmo. En las dos figuras el hombre ha errado su fin: en ambas es esclavo de sí mismo, en ambas se pone límites, en ambas renuncia a ser para simplemente ser algo.

De ahí que necesite una nueva transformación, en la figura moral del "niño", que toma de Heráclito. Con ella se recupera la afirmación, "un santo decir sí". Ahora la voluntad no quiere algo; simplemente quiere. De ahí la metáfora nietzscheana del juego: la voluntad del niño es juego creador, inocente e indiferente afirmación, sin límite alguno y, por tanto, sin destino alguno. Se trate de recuperar el origen, de regresar a aquella situación originaria, antes de la creación, para iniciar el camino, para decir y poner libremente nuevos valores. La muerte de Dios nos ha vuelto al origen: hay que empezar de nuevo, con desenfado y la alegría de quien no tiene ningún lugar adonde ir, ningún fin que perseguir, ninguna ley que respetar, ningún deber que cumplir. El "niño" expresa esa situación originaria: ha negado la negación, es ajeno a ella; su ser es pura positividad.

El "niño" es el fin del "filósofo". Este había pasado de "fisiólogo" o "médico" a "metafísico"; había dejado de ser "poeta" para convertirse en "profesor público". A partir de entonces, como interpreta Deleuze, "la filosofía ya no es más que el recuento de todas las razones que el hombre se da para obedecer" [313]. El filósofo ha invertido los valores: valora la vida según su aptitud para soportar cargas, para soportar el peso de los valores superiores trascendentes. Ha sometido la poiesis al logos. De este modo se esteriliza la vida, se condena al desierto. El "niño" viene a recuperar el desenfado original, a descargar la vida, a aligerarla de peso, a sustituir en ella el deber por la creación, la obediencia por la afirmación, la sumisión por el poder. "Crear es aligerar, es descargar la vida, inventar nuevas posibilidades de vida. El creador es legislador-bailarín" [314]. El "niño" es el artista. Nietzsche reivindica al artista frente al filósofo, la creación frente a la lógica, el juego frente al deber, la estética frente a la ética. Su moral es el fin de la ética y a manos de la estética.

La grandeza del "niño" nos advierte del secreto rechazo nietzscheano del "león" y de su fondo moralista. La "Muerte de Dios" es condición de posibilidad del nuevo hombre, pero no es razón suficiente. La liberación del deber, la libertad negativa, no devuelve al hombre su ser creador [315]. Para Zaratustra la verdadera libertad no consiste en escapar de un yugo: "Hay muchos que han perdido todo su valor cuando rechazaron su servidumbre" [316]. Es decir, liberados de Dios y de la ley moral el hombre asume el riesgo de una mayor degradación: la liberación del yugo no es su salvación, sino su libertad negativa. Pero ésta no sirve para un moralista como Nietzsche sino como mera condición de salvación. "¿Libre de qué? ¿Qué le importa eso a Zaratustra? Tu ojo debe manifestarme con claridad: libre ¿para qué?" [317].

La libertad negativa que sobreviene a la "muerte de Dios" es una definición abstracta de un acontecimiento, que necesita rellenarse de sentido y de valor. Este es el gran mensaje nietzscheano: el hombre es quien pone el sentido y el valor a la vida. El artista no actúa según reglas ni morales, ni lógicas ni técnicas: su actuación es siempre moralmente inocente, lógicamente ingenua y técnicamente indiferente.

Es el mensaje de Zaratustra tanto al "último hombre" como "al hombre que quiere perecer"; es decir, a la conciencia que sabe la muerte de Dios pero que la vive como pérdida, al hombre que interpreta la situación de forma pesimista: "¡todo es en vano! ¡mejor nada de voluntad!"; y a la conciencia que asume la "voluntad de nada" [318]. Zaratustra enseña que hay una salida del nihilismo, que es posible una nueva moral, que la misma consiste en la "transmutación de todos los valores", pero que para que sea posible hay que pensar al hombre como el legislador de la moral. Y esta idea la proporciona la nueva filosofía: la filosofía de la voluntad de poder.


5.1.3. La voluntad de poder

"La voluntad de poder es el ser y es la nada en la alianza originaria del movimiento" (E. Fink. La filosofía de Nietzsche)


Ya Kant había puesto el mundo como una construcción humana; pero Kant dejaba un "en sí" que actuaba como frontera y límite al poder creador del hombre. Romper esa barrera fue la tarea de la "filosofía de la libertad", que el idealismo, de diversas formas, intentó reiteradamente. Pues bien, Nietzsche puede ser entendido en el marco de ese proyecto, como una tentativa más, perfectamente diferenciada.

Desde el punto de vista de la filosofía práctica se trataba de eliminar a "Dios", en sentido metafísico, como reino ideal, como verdadero ser y, por tanto, como ley moral. Sin eliminar toda prescripción trascendente la libertad quedaba yugulada: "Si hubiera dioses, dice Zaratustra, ¿cómo soportaría yo no ser Dios?" [319].

La "voluntad de poder" en Nietzsche no es lo mismo que el "deseo de poder". Este es un concepto ligado a una tesis o descripción psicológica, que define una antropología empírica: el hombre concebido como sujeto de deseos de fines concretos, exteriores a la voluntad, sea la riqueza, el poder político, la gloria. Tal concepción es contradictoria con la filosofía de Nietzsche que venimos exponiendo, pues, en el fondo, ese "deseo de poder" expresa la sumisión de la voluntad, del "querer", a unos valores fijos y externos, socialmente determinados. La "voluntad de poder", en cambio, es una tesis metafísica, que Nietzsche menciona de formas diferentes como la esencia del mundo, como al decir "la esencia del mundo es la voluntad de poder", o bien "la esencia más íntima del ser es voluntad de poder". Compartimos plenamente la interpretación de Deleuze al respecto, quien ha sabido distinguir con lucidez entre "lo que la voluntad quiere" y "lo que quiere en la voluntad" [320]. La voluntad de poder en Nietzsche no significa que la voluntad quiera el poder o desee dominar, poseer, controlar, etc. En tal caso la voluntad no sería libre, sino subordinada a los valores establecidos en la sociedad concreta, valores que definen las condiciones para ser reconocido como poderoso. La "voluntad de poder" en Nietzsche es un principio moral: el principio de evaluación de nuestras acciones, de nuestras leyes, de nuestros hábitos, de nuestros valores. La voluntad no quiere el poder, sino que el poder -la fuerza creadora, la vida- "quiere" en la voluntad, es decir, lleva a ésta a desear, a actuar; es decir, la voluntad de poder no es deseo de poseer sino de dar y crear. La voluntad de poder es el principio de la vida, al mismo tiempo principio ontológico y moral: da el ser a las cosas y con ello les otorga el valor.

Dicho en otras palabras: la voluntad de poder es la apuesta por el deseo productivo, creador, liberador. Porque en el hombre se dan simultáneamente el deseo de afirmar y el de negar, de crear y de destruir, de ser Dios y de entregarse al nihilismo, de la vida y de la muerte, del goce y de la ascesis... Pues bien, en ese juego de la voluntad o deseo interviene la "voluntad de poder" como principio moral que prescribe apostar por el "poder", a favor del poder, es decir, a favor de la capacidad de crear, de dar, de contagiar, y resistir a las fuerzas reactivas, a los residuos de la vieja moral, a la voluntad de nada, al nihilismo, a la degeneración, a la "vida enferma".

La "voluntad" en Nietzsche sustituye al "ser". Tradicionalmente, la representación clásica de la voluntad ha hecho de ella en realidad una sustancia metafísica o, más a menudo, una facultad del sujeto; por otra parte, ha visto en ella la causa, la fuente de nuestros actos; en resumen, la concibe como una unidad, una identidad. En Nietzsche no es así: la voluntad es explosión del ser, negación de su orden y su ley. Por eso ha dicho "no hay voluntad", en el sentido de que el individuo no tiene una voluntad que desee. La voluntad es pluralidad de instintos, de pulsiones, de luchas. Es el lejano eco de un combate en el ser. El "querer" es un síntoma: la victoria de una de las fuerzas en conflicto.

Bien mirado, nos parece que la teoría de la voluntad de poder viene a ser la sustitución de la metafísica del ser por una metafísica del valor. La muerte de Dios, que implica la necesidad y posibilidad de una nueva vida, es el resultado del hundimiento de la metafísica platónica; no es extraño, pues, que la voluntad de poder, que viene a proponer una nueva estructura de la vida, configure una nueva metafísica (aunque fuera su ausencia). Además, es un hecho que Nietzsche expone su doctrina frente a la metafísica tradicional; más aún, es un hecho que Nietzsche insiste en que la liberación del dominio de esa metafísica no se consigue meramente con repudiarla. Por tanto, todo lleva a ver la voluntad de poder como una nueva metafísica del valor.

En Ecce homo dice Nietzsche que "El invento de la moral cristiana es un acontecimiento sin precedentes, una verdadera catástrofe" [321]. Nietzsche opone "Dionisos contra el Crucificado". Dionisos es la vida bifronte, hecha de bien y mal, de sufrimiento y placer, de afirmación y destrucción, de creación y muerte. El Crucificado es símbolo de una vida ultraterrena, perfecta, uniforma, y de una moral hostil a la vida. Pero, en rigor, el Crucificado es símbolo de Sócrates, de Platón, de la tradición filosófica dominante, basada en una metafísica que ha empobrecido este mundo al crear otro externo e indiferente a él y elaborado con lo bueno del mismo.

Esto nos lleva a situar a Nietzsche frente a la metafísica clásica, en la metafísica del ser, lo que haremos siguiendo de cerca a E. Fink, quien ha abordado este tema con profundidad [322]. La metafísica en su estudio del ente, del ser en sus limitaciones, del ser determinado, se hace cuatro preguntas fundamentales: (1) por el ente en cuanto ente; (2) por la estructura fundamental del ente; (3) por el ente supremo; y (4) por el desvelamiento del ente. Las preguntas parecen surgir al hilo de nuestras habituales distinciones entre el ser y la nada, entre ser y devenir, entre ser y apariencia y entre ser y pensar. "Cuando la interpretación del ente va guiada por la relación entre el ser y la nada, se pregunta por el ente en cuanto tal; cuando es la relación entre el ser y el devenir la que señala el camino a recorrer, se pregunta por el movimiento y, por tanto, por la conexión de totalidad de todo lo que se mueve; cuando las cosas quedan iluminadas por la luz de la diferencia entre ser auténtico y ser inauténtico se plantea la pregunta por el ente de rango supremo como criterio del ser; cuando, finalmente, se prepondera la conexión tensa entre ser y pensar, se pregunta por la verdad del ente y, en consecuencia, por el nombre de esa verdad" [323]. Se trata de los cuatro trascendentales de la filosofía clásica: ens, unum, bonum, verum.

Creemos, con Fink, que la doctrina de la "voluntad de poder" puede verse como una respuesta a esta metafísica. Nietzsche rompe con la idea de los entes como realidades fijas, singulares, quietas y finitas. Los "entes" son momentos pasajeros del juego de la voluntad de poder, meros "quamtum de poder". Las cosas no son limitadas y fijas: están en constante movimiento, rompiendo incesantemente sus límites. No son "ilimitadas", pues no les abandona el límite, pero sí indeterminadas, en el sentido de movilidad absoluta. La nada que habita en el ente no es un límite: es el movimiento del límite, o sea, como presencia del dominio de la diferencia sobre la identidad [324]. Por tanto, como dice Fink, "La doctrina de la voluntad de poder es la respuesta de Nietzsche a la pregunta metafísica por el ente en cuanto tal, es su decisión en el ámbito del ser y la nada. La voluntad de poder es el ser y es la nada en la alianza originaria del movimiento" [325]

También compartimos plenamente la tesis de Fink según la cual la doctrina del "eterno retorno" es la respuesta de Nietzsche a la pregunta por la relación entre ser y devenir. Nietzsche ha afirmado el movimiento como esencia del todo; pero, además, ha afirmado que el todo temporal y en movimiento precede al cambio, no es un efecto del cambio. Y, para poder explicar cómo el todo puede preceder al cambio recurre a la doctrina de la repetición, del eterno retorno, en la que aquí no insistiremos [326]

Tampoco insistiremos la interpretación de la "muerte de Dios" como respuesta al problema ontológico de la relación entre ser y apariencia, aunque es obvio que la muerte de Dios, en el marco metafísico, es decir, Dios como mundo ideal, implica el fin de la visión del mundo empírico como sombra o apariencia devaluada del mundo ideal. Nos detendremos, en cambio, en la doctrina del superhombre como respuesta al problema metafísico de la relación entre ser y pensar.


5.1.4. El "superhombre"

"Si hubiera dioses, dice Zaratustra, ¿cómo soportaría yo no ser Dios?" (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra)


Nietzsche, en su lucha contra la metafísica, en su victoria sobre la misma, queda irremisiblemente preso en ella. Así lo ha visto M. Heidegger, en su penetrante trabajo sobre Nietzsche [327]. Para Heidegger, nuestro autor queda prisionero de la metafísica, sin que logre salir a un nuevo amanecer del mundo. La "voluntad de poder" pasa a ser la nueva idea del ente; el eterno retorno es la manera de pensar el ser del ente; la muerte de Dios y la dialéctica Apolo-Dionisos son su versión del ente supremo, la nueva forma de pensar la creación de las cosas. Pero, además, la axiologización de la metafísica, la sustitución del ser por el valor, hunde sus raíces en la misma filosofía platónica. Para Platón el Bien es la idea de las ideas, la idea suprema, lo más digno de saberse y de ser enseñado. La idea de Bien (agathon) es la que, como el sol, proporciona a las demás su perfección y su cognoscibilidad. El bien es el concepto supremo de la filosofía platónica: por el Bien son "buenas" las cosas; por el Bien son "buenas" las ideas.

Para Platón el Bien es una realidad ontológica; Nietzsche, en cambio, convierte el bien en valor, es decir, lo pone como relación del sujeto con sus objetos, con los entes. Con ello Nietzsche simplemente se pone en línea con la filosofía moderna, que había "subjetivado" el mundo y los valores. Del mismo modo que el mundo devino un "para sí", mera "representación", los valores perdieron todo estatus de objetividad y trascendencia para devenir estimaciones subjetivas. Los valores son "valoraciones" de alguien y para alguien.

Ahora bien, los dos procesos se dan al mismo tiempo: el de conversión del mundo en sí en mundo para sí, y el de conversión del valor en "valoración". En el mismo acto la metafísica se desvanece y su moral objetiva se subjetiviza: se trata de un proceso de doble axiologización de la metafísica. Si en la metafísica clásica las ideas de las cosas y de los valores tenían una existencia objetiva y trascendente, y los valores pertenecían al ser, pues ser equivalía a perfección, ahora ese mundo de ideas desaparece y la realidad queda simplemente como un juego entre un mundo de cosas puras, desnudas, sin sentido, sin finalidad, y una voluntad de poder que las proyecta, que pone el sentido y el valor. En el fondo, también para Nietzsche ser es igual a valor: pero ahora se trata del ser en la tierra, determinado por la voluntad de poder que lo atraviesa y lo mantiene: por tanto, es la voluntad de poder, en la medida en que pone el ser, la que pone el valor.

Para Heidegger, la obra de Nietzsche, más que en la superación de la metafísica consiste en la culminación de la metafísica moderna. La antigüedad tendría una noción de verdad como iluminación, como mostración de las cosas. En cambio, la modernidad, presa de la metafísica platónica, entiende la verdad como certeza: es decir, como un estado subjetivo del hombre al contemplar las ideas, al mirarlas desde fuera. Le parece a Heidegger que la percepción subjetiva del ente es al mismo tiempo un impulso representativo y una representación impulsada [328]. Es decir, como diría Schopenhauer, al mismo tiempo "voluntad" y "representación". La voluntad es lo que mueve a la representación; y la representación consiste en hacer de algo un objeto, o sea, es una voluntad de poder que crea el objeto. Todo lo que es, es un objeto para el sujeto; por tanto, todo lo que es, ha sido hecho objeto por la voluntad de poder. Todo es voluntad de poder, concluirá Nietzsche. Y Heidegger afirma que, de este modo, lleva a su fin la metafísica moderna, para la cual la sustancia es appetitus y perceptio, como en la mónada leibniziana, fuerza y representación.

Desde esta perspectiva se entiende bien la idea del superhombre no como algo del futuro, sino como algo presente en nuestro ser, aunque no desplegado. El superhombre es la idea de Dios del hombre puesta como fin del hombre; una idea en que conocer y crear se unifican, como en Dios, como en el arte. El superhombre es, en esencia, el hombre no escindido, no alienado, no subordinado a nada trascendente, cuyo hacer no se realiza mediante su adecuación a normas o ideales eternos a su vida; un hombre en el que ser y pensar, ser y deber ser, se unifican en la creación.

El superhombre no es, al contrario de como se describe en algunas vulgarizaciones de Nietzsche, el tipo fuerte del futuro, el hombre que vence al nihilismo. El "superhombre" es, ante todo, el opuesto al "último hombre", al nihilista pasivo, entregado a su ser animal gregario, feliz en su uniformidad, en su igualdad, en su homogeneidad. Pero también es el opuesto al dominador. El "superhombre" no es "el hombre superior", preso en su ideal, aunque sea un ideal terrestre. Ni siquiera Zaratustra es el "superhombre", pues se declara su portavoz, su profeta. Y si bien es cierto que no queda claro si el "superhombre" es la fase final del hombre, o el ser no humano que deviene a la muerte del hombre, no hay duda de que el superhombre nietzscheano no es el dirigente o dominador de las masas. El superhombre no es una figura política: no hace las veces dl "gobernante" sino las del "sabio" socrático.

La lectura de los textos nos lleva a pensar que Nietzsche contempla una estabilización del nihilismo, de la humanidad gregaria entregada a la búsqueda de la felicidad; es decir, contempla el mantenimiento del último hombre. Pero también contempla que aparecerán los nuevos "dominadores", que destruirán a "martillazos" los viejos valores y realizarán la "transmutación de todos los valores". De todas formas, el "hombre supremo", el "legislador del futuro", que impone la ley y se impone su propia ley, no es el superhombre, sino un ensayo de la voluntad de poder en esa dirección.

Parece, por tanto, que el superhombre no dominará a la humanidad nivelada. Nietzsche lo describe como dulce, austero, aislado, sobrio, poderoso, parecido a un "dios de Epicuro", sin preocuparse por los hombres. Por tanto, no será un dominador, ni un legislador; no será un político, ni un misionero; no se dedicará a la "gran política" ni a la acción directa. El "superhombre" nietzscheano es un artista. Los "amos de la Tierra" modelarán las masas gregarias como hacen los artistas con la sensibilidad de los hombres. Los dominadores, los legisladores, los hombres fuertes, les servirán de instrumento.

Ahora bien, el surgimiento del "superhombre" requiere la transmutación de todos los valores. Para ello debe darse una revolución radical en el seno de la voluntad de poder, tendente a eliminar lo débil, lo negativo, para hacer valer la afirmación y la jerarquía. En esa transmutación de los valores se da la batalla final entre la verdad y el arte. Para Nietzsche es la última batalla contra Platón, que consagró la supremacía del conocimiento sobre la creación artística. Nietzsche cree que, regresando al origen, se recupera el orden de las cosas: el arte fue antes que el conocimiento, siendo éste siempre derivado. La ciencia es para Nietzsche el arte congelado en conceptos descoloridos y exangües, en esquemas y formas abstractas. El regreso al origen es el regreso a lo que Vico llamaría el hombre poético, que es artista sin saberlo. De este modo es comprende el moralismo de Nietzsche y su lucha contra la moral: se trata de una lucha contra la forma que ha tomado la moral subordinada a la verdad y al ser; se trata de la reivindicación de una moral de valores estéticos. Su nueva moral es una estética: ésta le permite llamar al hombre a trascenderse como creador, como artista, en vez de una trascendencia moral y metafísica alienantes.


5.1.5. La filosofía del martillo

"Pero ahora mi martillo se ensaña cruelmente con su prisión. Saltan pedazos de la piedra, ¿qué me importa a mí eso? Quiero acabar la obra, pues una sombra se ha acercado a mí. La belleza del superhombre se ha aproximado a mí como una sombra: ¿qué me importan ya los dioses?" (F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal)


Así habló Zaratustra es el libro positivo de Nietzsche: en él expresa sus doctrinas de la muerte de Dios, del eterno retorno, de la voluntad de poder, del superhombre. Las obras siguientes están orientadas fundamentalmente a la crítica. Parece razonable que así sea. Si debe venir el superhombre, si éste es el futuro del hombre, parece razonable dedicarse a destruir la humanidad, es decir, lo que del hombre ha hecho la cultura occidental; parece razonable, en resumen, destruir esa tradición, declarar la guerra al platonismo y al cristianismo. A partir de ahora Nietzsche usa el "martillo" para destruir la modernidad, para eliminar el dogmatismo de los valores absolutos y trascendentes. Lo hace para que pueda salir el superhombre, para abrirle paso, para que su imagen deje de dormir en la piedra y salga a la vida: "¡Ah, que esa imagen tenga que dormir en la piedra más dura y más tosca! Pero ahora mi martillo se ensaña cruelmente con su prisión. Saltan pedazos de la piedra, ¿qué me importa a mí eso? Quiero acabar la obra, pues una sombra se ha acercado a mí. La belleza del superhombre se ha aproximado a mí como una sombra: ¿qué me importan ya los dioses?" [329]

La "filosofía del martillo" se aplica en Más allá del bien y del mal, en La genealogía de la moral, en El ocaso de los ídolos, en El anticristo, en Ecce homo, de forma sucesiva, abordando uno tras otros los valores de la cultura occidental moderna. Aquí únicamente comentaremos algunos aspectos de las dos primeras, que nos parecen, como ha señalado Thomas Mann, las obras en que el genio de Nietzsche llegó a su culminación [330].

En Más allá del bien y del mal (1886) se enfrenta a la filosofía, a la religión y a la moral. Ve la filosofía como "síntoma": "Poco a poco se ha ido revelando lo que hasta el momento ha sido toda gran filosofía, a saber: la autoconfesión de su autor, una especie de `memorias' involuntarias e inadvertidas; y también me he dado cuenta de que los propósitos morales (o inmorales) constituían el verdadero germen vital de toda filosofía, del cual brotaba siempre la planta entera..." [331]. Toda la filosofía anterior, con su estructura antológica, pasa a verse en claves axiológicas; bajo cada concepto, oculto en cada principio, Nietzsche encuentra el instinto de vida decadente. La filosofía, en su conjunto, es vista como una constante fuga de la vida, del mundo real, hacia un trasmundo imaginario. O sea, toda la filosofía es un síntoma de la depreciación del mundo, de la vida en la tierra, una máscara de las relaciones de dominio, de la voluntad de poder.

Su reflexión sobre la moral tradicional se condensa en una serie de apartados brillantes. En "Para una historia natural de la moral", donde ésta es vista como "lenguaje de signos de las pasiones". La jerarquía de valores es vista como inversión del orden de los instintos. Todo sistema moral tiende a re-organizar las pasiones; el sistema de moral tradicional las re-organizó en el orden inverso a la voluntad de poder, de ahí sus efectos: "La moral es hoy en Europa moral de animales de rebaño" [332]

En "Qué es lo noble" distingue entre "moral de señores" y "moral de esclavos". Creemos que no se trata simplemente de una distinción de conductas (exaltación o debilitamiento de la vida), sino también de actitudes (exaltación de la jerarquía o de la nivelación). La moral de esclavos es "voluntad de igualdad"; la de señores, "voluntad de diferencia". En ésta, lo "bueno" es cuanto aumenta el poder (creador) del individuo: es una moral de virtudes guerreras, caballeresca, noble. Aquélla está dominada por el instinto de venganza y el resentimiento, glorificando lo bajo, lo débil, lo enfermo, lo apacible. La moral de señores incita a crear, a hacer; ésta a perdonar, a compadecer. Los señores crean valores; los esclavos los tienen ante sí y los aceptan.

En La Genealogía de la moral Nietzsche radicaliza su axiologización de la metafísica. Como dice E. Fink, de su pregunta por "la verdad del valor" pasa a la pregunta por "el valor de la verdad". "Es un espectáculo notable el ver cómo Nietzsche reduce todas las anteriores ideas de la verdad a la voluntad de poder y a los puntos de vista axiológicos dictados por ésta, y cómo no es capaz, por otro lado, de esclarecer, en su peculiar modo de verdad, el descubrimiento de la voluntad de poder" [333]

Para Nietzsche toda moral tendría un grado de moral, definido por su ajustamiento a la voluntad de poder, a la vida. Todo lo existente estaría guiado por el lema spinoziano de "perseverar en el ser": todo tiende a vivir, en lo inorgánico, en el mundo vegetal, en el hombre. Cada moral, por tanto, debe ser valorada por sus efectos en ese proceso de vida. Habrá "morales de la vida ascendente", y "morales de la vida descendente": la vida, pues, se convierte en el canon de los valores.

Nietzsche reconoce que siempre ha sido así, que siempre ha habido morales de señores y de esclavos, que rebosan y prodigan la vida o que la vacían y enferman. Pero esa moral de señores era "ciega": los señores no sabían lo que eran, no sabían por qué eran señores. Ahora, con la reflexión nietzscheana, con la filosofía de la voluntad de poder, esa moral deviene autoconciente: surge el auténtico señorío. Ahora el señor sabe por qué es señor: no por su sangre, por su rango, por su dominación, sino por su "poder", por su capacidad de hacer y de hacer que se haga, por su potencia e vida, de creación de sentido y valores.

Pero tal vez lo más destacado de La Genealogía de la moral sea su terrible crítica a la moral cristiana, a los ideales ascéticos. Nietzsche distingue dos posiciones diferentes dentro de la moral de señores: la del guerrero, que ensalza las virtudes del cuerpo, y la del sacerdote, que inventa el espíritu. Los sacerdotes son "los odiadores más llenos de inventiva". Ellos han conseguido la inversión de todos los valores: sólo los miserables, los pobres, los impotentes, los enfermos, los que sufren, los deformes [334] son buenos. Esta inversión es vista como la rebelión de los esclavos: el comienzo del cristianismo. El cristianismo es para Nietzsche "moral de esclavos", es decir, aceptación por el hombre de unos valores ante él a los que voluntariamente se somete. Por tanto, expresa el olvido del hombre de sí mismo como creador de valores y la renuncia a la vida, que es dar sentido y valor al mundo.

El cristianismo consiguió su logro más perverso al crear la "mala conciencia", manifestación del instinto de crueldad. "El hombre que, por falta de enemigos y obstáculos eternos, encerrado en la opresora estrechez y regularidad de las costumbres, se despedazaba impacientemente a sí mismo, se perseguía, se roía, se sobresaltaba, se maltrataba, ese animal que se lastimaba al chocar contra los barrotes de su jaula, ese animal al que se quiere "domesticar", ese hombre abstinente y que está desgarrado por la añoranza del desierto y que tenía que hacer de sí mismo un aventurero, un lugar de suplicios, una selva insegura y peligrosa; este loco, este prisionero añorante y desesperado, se convirtió en el inventor de la mala conciencia" [335]. Así se inventa la culpa: así el hombre se carga con la culpa, una forma nueva de negar la vida.

Esta "filosofía del martillo", en la que ciertamente Nietzsche brilla más que en la exposición de su alternativa, la moral del superhombre, es menos una crítica e la moralidad que una crítica de los valores culturales en general. De todas formas, constituye su herencia: una herencia que la Ética de nuestros días debe asumir sin complejos. La aceptación acrítica del discurso nietzscheano en las últimas décadas ha estado posibilitada y potenciada, a nuestro entender, por la debilidad de la conciencia moral contemporánea y, en especial, por la crisis de la moral racional, universalista e igualitarista de raíz ilustrada. El "hombre" de nuestra época es muy vulnerable al discurso estetizante y a esa moral que no le exige identidad, coherencia, universalidad, responsabilidad, consenso..., sino todo lo contrario. El "artista" como figura de moralidad es la expresión del culto a la impunidad. Toda reflexión ética actual que no mire a Nietzsche cara a cara, sin complejos ni prejuicios, nos parece condenada a la esterilidad del anacronismo.


5.2. La propuesta axiológica de Scheler

"Originariamente lo inferior es poderoso, lo superior es impotente. Toda forma superior del ser es, con respecto a las inferiores, relativamente inerte, y no se realiza mediante sus propias fuerzas, sino mediante las fuerzas de las inferiores" (Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos)


Sugiere el profesor Aranguren, y a nuestro juicio con razón, que la teoría de los valores no es ajena al apogeo de la Economía. El "valor" es cualidad no confundible con el objeto real, los bienes. Los bienes tiene un valor, pero no son un valor; el valor, tanto el de uso como el de cambio, se relacionan con la subjetividad, no con el objeto real. Un "valor" es también una relación jurídica, de propiedad: una acción, una obligación. Como señala Aranguren, aunque Nietzsche, Brentano, Wundt, Rickert... Max Scheler lo ignoraran, sus preocupaciones eran "deudoras" del desarrollo de la ciencia económica y, en general, de la importancia de la economía en la determinación de la vida.

La Historia de la Ética, si bien hace constar que otros antes que él, como Brentano, hablaron de valores, reconoce a Max Scheler el puesto de honor de la "Ética de valores". Su tesis central gira en torno a la objetividad de los valores, ofreciendo una Ética alternativa a las de fundamentación metafísica y al inmanentismo ético. Scheler lleva a cabo una dura crítica al "formalismo ético" de corte kantiano, en defensa de una "ética material", y, por otro lado, elabora una "ética de los valores".

Scheler sitúa los valores en una esfera objetiva, junto a las verdades y las experiencias; y afirma una facultad específica que los aprehende, los sentimientos intencionales, que hacen el papel del intelecto y de la percepción. Su tabla de clasificación de los valores es compleja: de personas y de cosas; materiales y espirituales; propios y extraños; de actos, de función y de reacción; de disposición de ánimo, de acción y de éxito; vivencias intencionales y valores colectivos; valores por sí mismo y por referencias.... Pero todo queda en una jerarquía de cuatro órdenes o series: (1) serie de lo agradable y desagradable; (2) serie de los valores vitales; (3) serie de los valores espirituales: estéticos, de lo justo e injusto, y los filosóficos (puro conocimiento de la verdad); y (4) serie de los valores religiosos.

No hay una esfera de los "valores morales" (no confundirlos con lo justo-injusto), porque no tienen materia propia: su realidad consiste en realizar los demás según su justo orden y jerarquía. Ante los valores hay un acto de conocimiento, que establece una preferencia (este acto aún no es bueno o malo, no es moral) y un acto de voluntad, de decisión por la realización del valor elegido (es el acto propiamente moral).

Vemos que la materia de la voluntad es siempre un valor extramoral. Ser bueno quiere decir realizar el valor elegido. Pero si convertimos esta realización en fin de nuestra acción, es decir, si perseguimos ser buenos, no lo somos: tomar como objetivo la realización de un valor por el hecho de que ha sido establecido como preferente, para así hacer un acto moral, para así ser buenos, implica olvidarnos del valor material de dicho valor, implica que buscamos aparecer, como buenos ante nosotros mismos, implica el fariseísmo. Al contrario que Kant, la opción moral, la opción por un valor, debe hacerse por el contenido de ese valor.

Pretende la ética de los valores que éstos son esencias que incumbe a la persona realizar, convertir en existencia; son ajenas a la metafísica, como un neo-platonismo. Y ven en ello un progreso respecto a la ética de los bienes.

Hartmann sigue a Scheler, pero parte de la debilidad de éste: el apriorismo de los valores. ¿Quién garantiza que no son meros prejuicios? De ahí que busque mostrar la objetividad de los mismos. Un punto atractivo de su doctrina es su distinción en los valores entre "fuerza" y "altura". Es decir, considera que realizar un valor menos elevado puede ser moralmente superior si el mismo es presupuesto de otros más elevados. Así, la cultura puede ser un valor más elevado que la comida, pero moralmente es preferible sacar al hombre de la miseria que enseñarle teología.

El Traité de Morale Générale (1942) de René Le Senne es muy posterior a la Ética (1925) de Hartmann, pero sigue esta línea. Admite una metafísica, una teoría del ser, pero no la escolástica identidad entre ser y bien, entre ens y bonum. Cree que el ser está ahí, y sólo hay que descubrirlo mediante el conocimiento; en cambio, el bien debe ser instituido y creado. Considera que fundamentar la moral en la metafísica, como ha hecho la ética clásica, es someter el futuro al pasado. Considera que Rousseau y Kant liberaron, emanciparon la moral del conocimiento, y particularmente del conocimiento metafísico. Con ello defiende que la moral, como el arte, la ciencia o la religión, son modos de proceder autónomos, originales, diferentes.


5.3. La Ética "ontológica" de la postguerra

“... ¿qué es más lógico que sostener que un pensar que niega los valores debe tenerlo todo por sin-valor?" (M. Heidegger, Carta sobre el humanismo).


La postguerra ha constituido una época fecunda para la Ética. Ciertamente, la experiencia era inmejorable para tal empresa. Los hombres pudieron ver y sentir de forma estremecedora el precio del dominio de la pasión, del interés, del fanatismo y del odio. Creemos que toda la Ética de la postguerra está atravesada por el horror de haber visto que 2.500 años de progreso de la razón no habían servido para neutralizar el deseo de destrucción y la crueldad de los hombres. La Gran Guerra fue el espejo donde los hombres contemplaron la naturaleza humana, donde se contemplaron a sí mismos, donde vieron trazados en líneas de sangre ideales, modelos, criterios, razones y sinrazones.

Pero, como espejo encantado, no todos leyeron lo mismo. Aunque, salvo excepciones, todos reaccionaron de la misma manera: con la huida. La Ética de la postguerra es una Ética errante, que al principio huyó del horror y enseguida del recuerdo, buscando en la imaginación el olvido de la historia.

Ciertamente, no fue igual para todos. Mientras los Estados Unidos recogieron el impulso de la guerra (desarrollo industrial, tutelaje de la reconstrucción, cerebros emigrados...), Alemania vivía su destrucción, su despoblación, su vacío de científicos e intelectuales, su ocupación y su sentimiento de culpa. La culpa será no sólo el elemento determinante de la conciencia, sino el objeto preferido de reflexión. Dos textos magistrales revelan este hecho: la "declaración de culpabilidad de Estocolmo" (1945) de la Iglesia Evangélica, y La culpa de Alemania [336], de K. Jaspers. Mientras la Iglesia evangélica lamentaba no haber testimoniado, rogado, creído y amado suficiente durante el nacismo, Jaspers, tras recuperar su cátedra de Heidelberg tras el nazismo, se preguntaba si era culpa de unos cuantos o una "culpa colectiva" del pueblo alemán. Así ponía en primer plano y de forma radical la responsabilidad moral de los hombres.

Para Jaspers la guerra, la derrota y la destrucción constituían los efectos de un grave error: sustituir la grandeza espiritual e intelectual por el poder económico y militar. Lo que estaba en juego era la moral del hombre y su capacidad para vencer el deseo de poder: su ensayo La bomba atómica y el destino del hombre [337] es una apasionada llamada a asumir la culpa y la responsabilidad moral. Fiel a sus principios filosóficos, llamaba a sacar las consecuencias de esa situación límite de la guerra, y de la no menos límite de la amenaza atómica, tal vez la última amenaza del hombre. La obra de Jaspers, tomando posición ante todos los problemas del mundo contemporáneo, de la cultura a la política, de la ciencia a la técnica, de la historia a la religión, parece expresar esa "culpa" de una época que permitió, tal vez por falta de compromiso, que la humanidad desembocara en el horror. Consciente de que el fracaso provino de la coincidencia del escepticismo de unos y el fanatismo de los otros, su pensamiento moral, bellamente expresado en su Autobiografía filosófica, es una llamada a evitar los dos vicios extremos de la moralidad

Heidegger opera un "giro ontológico" radical, rompiendo con la tradición y aspirando al regreso al origen. Kant, el pragmatismo, la ética de los valores, Moore, Sartre... son opciones éticas que, con mayor o menor acierto han buscado liberar la ética de la metafísica. Pero no han faltado defensores de éticas ontológicas, como los neo-escolásticos y Zubiri, quienes defienden la subordinación de la Ética a la Metafísica. Siguiendo el principio tomista de que es imposible que exista un ser bueno que no sea un ente, consideran los valores como meros trascendentales separados idealistamente del ser. Considera que "valor" es tan equívoco como "bien"; y su realismo no es una tara, sino su mérito.

De todas formas, sería Heidegger quien encabezara las críticas a la Ética de los valores en las últimas décadas. Heidegger entiende el valor como el más espurio descendiente del agathon platónico. Interpreta que el bien como idea platónica, que no era sólo bien moral, sino modelo, fin, canon y logos, acaba reduciendo su contenido a mero bien moral, y así pasa a ser llamado valor. La idea de Platón está más allá del ser: pero más allá del ser está sólo lo que aún no es y debe ser. Es el "deber" en Kant. En el XIX se necesita justificar el deber: y se hace recurriendo al valor. Llegará a decirse que la historia es la realización de los valores. Heidegger considera que de este modo el hombre occidental ha acabado por poner la verdad de los entes en las ideas, por apreciar lo real según los valores (como en la economía).

No rechaza que las cosas tengan valor; lo que señala es que, aprehendidas por su valor, reducidas a valor, acaban perdiendo su dignidad óntica, subordinándose a la estimación humana. Esta valoración es una subjetivación: no deja al ente que sea y nada más, sino que le hace valer para el hombre. Y cuando se reduce a Dios a "valor supremo", se le otorga el más duro golpe: pues éste no consiste en considerarlo incognoscible o indemostrable, sino en travestirlo en valor. Pensar en valor es la mayor blasfemia contra el ser.

Heidegger, en rigor, se niega a la parcelación de la filosofía en ramas o "ciencias" diferentes. Su Carta sobre el humanismo es el texto idóneo. Para Heidegger la Ética comienza a desgajarse de la filosofía en la escuela de Platón, cuando el pensar comienza a ser ciencia. Los presocráticos nada sabían de ética. Se enfrentaban al ser de las cosas con lozanía e inocencia. La culpa, la sospecha, la falsificación, surgen de la mano del desdoblamiento del ser en mero ente, en existencia incompleta, inacabada, indigente y culpable, y en "idea", en deber ser, en modelo a perseguir.

Para Heidegger la Ética bien entendida trata de la morada del hombre; pero la morada del hombre es el ser, el hombre es Dasein, está en el ser, junto al ser, en su vecindad, como un guarda o pastor. Luego la Ética es Ontología. Y esto quiere decir: la moral de nada sirve si no coloca al hombre en otra relación con el ser: relación de abertura al ser.

Aunque se plantee como una nueva Ética, lo cierto es que se disuelve en la Ontología, se decreta su falsedad originaria, su raíz en la indigencia y la ficción. La llamada de Heidegger es a aceptar el ser y a ignorar el deber ser. Ahora bien, convertir al ser, en lugar del hombre, en protagonista de la historia, ¿no es eludir la responsabilidad moral? ¿Es intrascendente que el "giro ontológico" de Heidegger tuviera lugar, según él mismo nos cuenta, en 1946, dejando atrás su etapa humanista? Convertir al silencio en custodio del ser, en vez de la palabra, ¿no es una sutil autodefensa?

Y no nos referimos, en modo alguno, a las sospechas sobre las posiciones políticas de Heidegger, sobre sus connivencias con el nazismo. Apuntamos a un aspecto más general y abstracto, que afecta a pensadores nada sospechosos, como es el caso de Hans Georg Gádamer. El "giro hermenéutico" [338], que aspira a acabar definitivamente con toda filosofía de la historia que de una u otra forma llame a la acción; el "círculo hermenéutico" en el que el hombre se encuentra preso, según Gadamer, y que permite a éste verse sin la responsabilidad histórica; la llamada a la dependencia inevitable respecto a la tradición... ¿no son formas de justificar esa culpa colectiva que sólo Jaspers parecía capaz de mirar cara a cara?

Hasta El Principio Esperanza de Ernst Bloch, confiando a la "utopía" la tarea de anticipar el mundo moral, parece implicar la justificación de la culpa: ¿cómo exigir moralidad en un mundo marcado por la injusticia?, parece preguntarse. ¿Acaso todo elemento de la sobreestructura no lleva la huella de la estructura de que depende?

La "Escuela de Frankfurt" no escapa a la huella de la guerra, aunque su producción filosófica, hecha en el exilio, se engendrara fuera de Alemania. En forma de "sociología crítica", lo que verdaderamente les une es la búsqueda a una respuesta: ¿cómo el hombre puede llegar a lo monstruoso? Todos buscan una "antropología" que explique esa posibilidad; y todos parecen descargar sobre la "cosa en sí" la responsabilidad.

Ya el trabajo colectivo del Instituto, publicado en París en 1936, sobre Autoridad y familia, expresaba estas preocupaciones. Más explícitamente son retomadas en otros trabajos colectivos, éste de 1950, La personalidad autoritaria. Se trataba de definir las fuerzas que mueven a los hombres, las energías y contradicciones que los animan, especialmente atentos a las tendencias totalitarias y a sus formas publicistas. Les preocupaba la "moderna locura totalitaria", fundada sobre prejuicios étnicos y nacionalistas, sin muchas referencias a las condiciones económicas y sociales. Les preocupaba, en suma, la bestia interna del hombre en su dimensión psicológica y antropológica.

Tal vez haya sido Max Horkheimer quien mejor ha sintetizado las tesis de este movimiento [339], con su proyecto de una antropología filosófica. El Eclipse of Reason [340], y la obra conjunta con Adorno Dialéctica de la ilustración [341] son dos textos ejemplares para conocer las claves de la Escuela de Frankfort. El enemigo del hombre no está en lo empírico, sino en la racionalidad, en el propio lenguaje. El hombre es esclavo de su instrumento, de la fuente de su poder, de su ciencia, de su progreso. El mayor esplendor de la razón manifiesta, precisamente, la mayor alienación humana, su mayor esclavitud, su mayor peligro. La "sospecha" queda así institucionalizada: el enemigo no está fuera, sino dentro de nosotros mismos. Es la propia esencia de la civilización occidental la causa del mal. Por tanto, nadie parece ser culpable...

De todas formas, los autores que, en esta línea, han influido más en la reflexión contemporánea han sido M. Heidegger y J.P. Sartre. Autores con un origen intelectual común, en la fenomenología husserliana; con una práctica diferente de la misma doctrina, el existencialismo; con ambiciosos semejantes proyectos metafísicos, El ser y el tiempo y El ser y la nada; con pertenencia a dos países enfrentados en la guerra, Alemania y Francia; con papeles desiguales en la guerra; en fin, con posiciones políticas e ideológicas divergentes.

Sartre, con su teoría el "compromiso", con su radicalismo al convertir en moral toda acción humana, parece dirigirse a los hombres que, por vacilación, inhibición, tibieza, miedo, conformismo... buscaron un discurso que legitimara su radical y absoluta inmoralidad. Su filosofía parece dirigida a una única obsesión: cada uno es culpable de lo que ha hecho y de cómo se ha hecho; nadie escapa a su culpa.

Por su parte, Heidegger parece apuntar en otra dirección, con una metafísica que, en el fondo, es exculpatoria. De la guerra, de las miserias humanas, parece querer decir, no son culpables los hombres, sino la "Razón". La guerra expresa la crisis de la metafísica occidental, de un mundo construido sobre la ciencia y la técnica. Nos limitaremos, pues, a estos dos autores. Y nos centraremos en dos respectivos textos que, aunque son breves, constituyen verdaderos monumentos sobre el pensamiento moral de la postguerra: contrastaremos las tesis de la heideggeriana Carta sobre el humanismo, con el ensayo sartreano El existencialismo es un humanismo. Sin duda en ellas residen las claves del pensamiento moral de dos de las mentes más potentes de nuestro siglo. Y, de forma velada, en ellas aparecen los deseos infinitos de inculpación de ambos.


5.4. Sartre: la moral del compromiso

5.4.1. El ser y la nada

"El existencialismo no es nada más que un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente" (J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo).


Le Senne no veía otra metafísica que la del "tout-fait", como él decía, o del "en-soi", en palabras de Sartre. Pero Sartre cree que es posible esa otra metafísica, con lo que el problema a resolver es el de la manera de integrar la ética de los valores en ella. Es lo que intenta Sartre, quien dota a la moral de una fundamentación metafísica [342], pero despoja a los valores de toda determinación ontológica. Su punto de partida es la distinción en el ser de dos regiones: lo en sí y lo para sí. Frente a Hegel, elimina la nada del ser. Opta, pues, por Parménides frente a Heráclito: "el ser es y la nada no es" [343]. Su opción se hace en base al principio racionalista: "el ser no necesita en absoluto de la nada para concebirse" [344], mientras que la nada, que es negación del ser, necesita de éste: "Su ser depende del ser" [345]

El gran problema de esta metafísica es el de explicar la aparición de la nada, su venida al mundo. Sartre lo consigue de la mano de un ser especial: el hombre. "El hombre es el ser a través del que la nada viene al mundo" [346]. El hombre, por tanto, es un ente peculiar: pone la nada en el mundo. El hombre tiene el poder de introducir la nada en las cosas, de reducir las cosas a la nada, de anonadarlas, de negarlas. El hombre es, para Sartre, el ente que anonada, el ente que niega. Tal cosa exige que la nada forme parte de su ser, que lo constituya; es, en definitiva, esencialmente negatividad. Las cosas para ser no necesitan no ser; el hombre, para ser, necesita no ser. Las cosas son ser sin no ser: son en sí, idénticas a sí mismas, sin poder devenir para sí. El hombre, en cambio, es para sí.

Como se ve, las dos regiones del ser son el ser en sí y el ser para sí, incomunicadas entre sí [347], caracterizadas respectivamente por la identidad y la diferencia. Sartre radicaliza así el dualismo, la total incomunicación. Lo en sí es originario, increado, cerrado sobre sí, idéntico a sí mismo, opaco, macizo, compacto, lleno de ser, lleno de sí, inconsciente, encerrado en sí mismo, incapaz de relacionarse con nada, ni siquiera consigo mismo, incapaz de percibirse y de juzgarse: incapaz de general la nada en su seno, la diferencia, la conciencia. Lo para sí es conciencia (la "diferencia" es "conciencia"), poder de percibirse a sí mismo y de juzgarse, de aprobarse o condenarse.

A partir de esa distinción entra en juegos su relación. Sartre considera que ser (en el sentido de ser algo) equivale a aparecer. Toma, pues, el "esse est percipi" de Berkeley, y lo lleva a sus consecuencias: el ser es siempre un aparecer, es decir, es ser para una conciencia. Por tanto, el ser lo da la conciencia.

Como hemos dicho, Sartre radicaliza al extremo esta distinción; así, del mismo modo que el en sí está tan encerrado y aislado en sí mismo que ni siquiera le corresponde en rigor la relación de identidad, el para sí es tan poco idéntico a sí mismo, está tan abierto al mundo, que siempre está fuera de sí, en fuga de sí mismo [348]; es decir, que la conciencia, el ser del hombre, es pura negatividad.

La relación entre ambos es asimétrica: el ser en sí, reconoce Sartre, no necesita de nada para sí; necesitaría de lo otro para aparecer ante sí, para conocerse, pero, como hemos dicho, esta necesidad no pertenece a su ser. Por tanto, el mundo no implica al hombre. En cambio, el para sí necesita del mundo para ser, no puede prescindir de él. De aquí surge la principal objeción a la metafísica sartreana: la relación entre ser y conciencia queda sin fundamento. Sartre no puede aceptar que la conciencia sea un momento del en sí para conocerse, cosa que exigiría poner en el origen el en sí y la conciencia, el ser y la nada, y que llevaría a una perspectiva panteísta: un ser consciente de sí y causa de sí, o sea, Dios; no puede aceptar que la especie humana sea un mero "espejo" creado por el Universo para que este Universo se contemple a sí mismo [349]. Tal cosa supondría negar la subjetividad humana, su esencial libertad y particularidad, para disolverla en la subjetividad absoluta; tal cosa equivaldría a decir que no es el hombre quien habla, sino el mundo; tal cosa equivaldría a eliminar al hombre como sujeto moral.

Esta metafísica establece los límites de la Ética sartreana. En línea con Kierkegaard, quien de forma radical ponía al hombre como el autor de la moral, Sartre instaura al hombre como origen del sentido del universo. Entre el ser en sí y el ser para sí no cabe nada: no cabe Dios. Dios es una noción contradictoria que resulta de la unión del en sí y del para sí. Pero el en sí absoluto no puede tener conciencia de sí, y el para sí absoluto es una contradictio in terminis porque el para sí es conciencia y la conciencia es siempre relativa: conciencia de algo. Por tanto, la primera consecuencia es la necesidad de sostener el ateísmo.

Sartre es un ateo coherente [350]. No hay Dios quiere decir que no hay absoluto alguno: no hay valores, no hay Bien y Mal exteriores a nosotros. Sartre cumple el programa ilustrado: asumir que, muerto Dios, no debemos caer en la tentación de sustituirlo por los valores, sino enfrentarnos con la cruda realidad de que por encima del hombre no hay nada, nada de nada, más que la libertad. Eso es todo lo que hay fuera de nosotros: un mundo de cosas indiferentes en las que ejercer la libertad. Una libertad que, paradójicamente, nos exige tener la valentía de inventar nuestros propios valores. La vida no tiene sentido a priori; nosotros debemos darle un sentido, cada cual el que elija.

Por tanto, la ética existencialista no es ética de los valores, aunque, como ésta, separe ser y valor. Mantiene la distancia interior en el hombre, su no coincidencia consigo mismo. La conciencia, "agujero en el ser", según Hegel, hace que el hombre sea lo que no es y no sea lo que es. Pasa así con la conciencia psicológica: es en cierto modo lo que conoce, lo que quiere, lo que busca..., pero no lo es realmente. Y pasa igualmente con la conciencia moral, si bien de forma más radical: se separa de su ser presente y se proyecta sobre su ser posible, sobre el porvenir.


5.4.2. Existencialismo y humanismo

en el fondo, lo que asusta en la doctrina ¿no es el hecho de que deja una posibilidad de elección al hombre?" (J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo)


Sartre no escribió una Ética, como había anunciado [351], y que había de seguir a su El ser y la nada. Por tanto, sus reflexiones sobre moral se encuentran repartidas en los últimos capítulos de L'être et le néant, en algunos trabajos publicados en Les Temps Modernes, y, de forma central, en su ensayo de 1948 sobre L'Existencialisme est un humanisme [352], al cual nos referiremos en esta reflexión. Es cierto que en los últimos años disponemos de sus Cahiers por une morale [353], redactados entre 1947 y 1948, y los Carnets de la drôle de guerre [354], entre 1939 y 1940, editados por su hija adoptiva, y que contienen preciosas reflexiones sobre moral y política [355]. De todas formas, y aunque estos textos sean muy interesantes para comprender la evolución de Sartre, nos parecen menos relevantes históricamente que su trabajo sobre el humanismo.

El trabajo debe situarse en su contexto: una defensa de Sartre de su filosofía existencialista, frente a diversas acusaciones, especialmente católicas y comunistas. Hemos de añadir que las críticas a que responden son de carácter práctico; por tanto, afectan a la doctrina moral implicada en el existencialismo, a la conducta que parece derivarse de su concepción del hombre y de la vida.

Las acusaciones se agrupan en torno a dos núcleos de problemas. Por un lado, según los críticos, el existencialismo induce al pesimismo, a la inacción, a la lúcida desesperación; por otro, que la doctrina, al subrayar la crueldad y las miserias humanas, oculta y dificulta lo bueno del hombre, como su capacidad para la belleza o la solidaridad [356]

En un plano más filosófico, la crítica acusa al existencialismo de desembocar en el cinismo moral, al relativizar los valores por su aceptación de la "muerte de Dios": "se nos reprocha que negamos la realidad y la seriedad de las empresas humanas, puesto que si suprimimos los mandamientos de Dios y los valores inscritos en la eternidad, sólo queda la estricta gratuidad, pudiendo cada uno hacer lo que quiere y siendo incapaz, desde su punto de vista, de condenar los puntos de vista y los actos de los demás" [357]. Seguramente Sartre vivía tales críticas con amargura, pues si algo era constante en su propuesta existencialista, como puede verse en su "Conclusión" a Questions de Méthode, era el esfuerzo por mostrar que el hombre ocupa un "lugar privilegiado" entre los entes. Dicho lugar privilegiado era, precisamente, su ser histórico, su ser su propia praxis [358]

Sartre sospecha, y no sin razón, que "en el fondo, lo que asusta en la doctrina ¿no es el hecho de que deja una posibilidad de elección al hombre?" [359]. Esa posibilidad de elección, en rigor, y de acuerdo con la metafísica que acabamos de exponer, esa "necesidad" de elección, esa condena del hombre a ser libre, introduce el problema psicológico del "miedo"; pero también pone sobre la mesa un tema complejo: el de la objetividad moral. Porque, así las cosas, el sentido común no parece poder contemplar otra alternativa que el "miedo" a equivocarse de quien aún piensa en la transcendentalidad de la ley moral, o el "cinismo" de quien ha asumido que lo bueno es bueno porque el hombre lo pone como bueno.

La doctrina existencialista parte de la "subjetividad" o, si se prefiere, del principio que afirma que la existencia precede a la esencia: esta es su regla indiscutible. Esta tesis, ciertamente, va contra el sentido común. Los hombres suelen creer que las ideas de algo preceden a la producción y existencia de ese algo. Esta creencia tiene su origen en la "visión técnica del mundo" [360], es decir, se deriva de la experiencia en la producción: primero se diseña el objeto y luego se produce. Esta concepción se extiende a la idea de creación: y se supone un Dios preexistente al mundo creado, que primero lo concibe, luego lo desea y, al fin, lo crea (aunque en el caso de la creación divina se suprima el tiempo).

Esta idea espontanea, dice Sartre, fue parcialmente superada por la filosofía ilustrada: se prescinde de Dios pero no se prescinde del modelo de la creación. Es decir, se declara el ateísmo pero se sigue fiel a la tesis de que la esencia, la idea, precede a la existencia, a la cosa. El ateísmo del XVIII acepta la muerte de Dios, pero sigue pensado en términos un sistema de valores ideales objetivos. Este modelo de pensamiento toma todo su relieve aplicado al hombre. Se piensa que hay una "naturaleza humana" que está en todos los hombres, una esencia universal de la que cada hombre es un ejemplo particular [361]. Esta esencia es previa a la existencia de cada hombre; más aún, el hombre llega a ser hombre en la medida en que acerca su ser a esa esencia.

Frente a esta manera de pensar resalta Sartre la mayor coherencia de "el ateísmo ateo que yo represento": "Declara que si Dios no existe hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana" [362]. Para entender esto debemos recordar su ontología. El hombre es originariamente pura negatividad: pura nada. Su ser algo le viene de su relación con el mundo: necesita el en sí para ser, según dijimos. En tanto que para sí, en tanto que conciencia, ha de ser conciencia de algo. Pero este "algo" procede de un ser en sí indiferente, que no necesita del hombre porque no necesita ser "algo" [363]. Es el hombre el que necesita las cosas, los "algo": para ello ha de introducir en el ser del mundo su nada, la diferencia, para que las cosas sean y, así, ser él mismo conciencia de las cosas.

Como dice Sartre, antes de la existencia del hombre no hay nada, ni siquiera la idea de "naturaleza humana". Para que dicha idea existiera, sería necesaria una conciencia anterior al hombre, o sea, Dios, que la concibiera [364]. Pero Dios no existe; por tanto, el ateísmo implica el existencialismo.

El resultado es inapelable: si no hay una "naturaleza humana", una esencia del hombre, no hay regla alguna que el hombre tenga que cumplir, no hay modelo que deba imitar, no hay fin al que tenga que tender. En consecuencia, el hombre es absolutamente libre para hacerse a sí mismo. Pero no "libre" en el sentido de que no tiene obstáculos para conseguir su fin, sino en el sentido más radical de que no tiene fin alguno: debe darse una finalidad, debe hacerse a sí mismo [365]. Más aún, no puede dejar de hacerse a sí mismo, pues incluso con la inhibición toma posición, decide su ser. "El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo" [366]

Y aquí comienzan las grandes cuestiones éticas. En primer lugar, puesto que el hombre es un proyecto consciente hacia el futuro, "tiene más dignidad que la piedra o la mesa": puesto que el hombre es lo que ha proyectado ser, "el hombre es responsable de lo que es" [367]. El existencialismo ha dotado al hombre de absoluta libertad, ha puesto en su ser el poder de hacerse, es decir, ha puesto su ser bajo su poder: es dueño absoluto de su ser, está condenado a ser dueño de su ser, condenado a ser libre, condenado a hacerse a sí mismo. En compensación, es absolutamente responsable de sí mismo: responsable ante sí mismo.

Por otro lado, el existencialismo considera que "el hombre es responsable de todos los hombres" [368]. Sartre liga indisolublemente esta responsabilidad solidaria con la autoresponsabilidad antes señalada. Considera que cuando el hombre elige, se elige a sí mismo, pero a un tiempo elige a los demás [369]. O sea, en cada acto que el hombre realiza se hace un poco a sí mismo, elige su ser; pero, al mismo tiempo, elige la imagen del hombre que quiere ser, el tipo de hombre que considera que debe ser. Elegir esto o aquello hace que el hombre sea esto o aquello, pero también, simultáneamente, da valor a esto o aquello. Elegir es dar valor, es convertir lo elegido en valioso, en deseable. Y como siempre elegimos bien, "porque nunca podemos elegir mal" para nosotros, lo que elegimos para nosotros es bueno para todos. La imagen nuestra que modelamos es válida para todos, "para nuestra época entera" [370]

Sartre considera que, en consecuencia, nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que se podría suponer. Elegir un sindicato o un partido cristiano no es una acción individual intrascendente: es una elección moral, porque en ese acto estoy otorgando al cristianismo un valor superior que, por ejemplo, al comunismo, a cuyo sindicado doy la espalda. Cada acción individual compromete a toda la humanidad. Casarse o permanecer soltero, tener hijos o no, elegir una u otra profesión, defender éstas o aquéllas ideas políticas o religiosas..., todo ello es una elección para mí, para hacer de mí un tipo de hombre, pero también es una elección que se propone a los otros como bueno, valioso, justo. "Eligiéndome, elijo al hombre" [371]. De ahí que, para Sartre, la vida es "compromiso", compromiso total, constante, en cada acción, en cada opción. La vida es un constante compromiso moral.

Este carácter del hombre, autor de su ser, pero también legislador universal, es el que explica la antropología existencialista. La "angustia", la "desesperación", son el resultado de afrontar esa conciencia del compromiso universal. El existencialismo, considera Sartre, lleva a la angustia antes que al cinismo. Porque el existencialista no puede eludir la conciencia y refugiarse en el nihilismo. Aunque sabe que es él quien pone el valor en el mundo -y precisamente por eso-, está condenado a la angustia y a la desesperación, frutos de esa conciencia de su responsabilidad con la humanidad. Responsabilidad que no puede burlar: "hay que preguntarse siempre ¿qué sucedería si todos hicieran lo mismo?" [372]. La "mala fe" puede llevarnos a encubrir la angustia, pero en el hombre consciente aparece de forma inevitable lo que Kierkegaard llamaba la "angustia de Abraham" [373]. Podemos intentar escapar a ella con argucias: ¿quién me asegura que es un ángel?, ¿quién me confirma que se dirigió a mí? ¿Y si fue un sueño?, ¿y si un genio maligno? Sin embargo, dice Sartre, "estoy obligado a cada instante a hacer actos ejemplares" [374]. Cada hombre siente en él los ojos de la humanidad, siente que debe obrar ejemplarmente, según esa máxima universal de la moralidad que implica la pregunta: ¿y si todos hicieran lo mismo?


5.4.3. El hombre, condenado a ser libre

"Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre" (J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo)


El centro de la moral sartreana gira en torno a la frase de Dostoievski: "Si Dios no existiera, todo estaría permitido". Esta frase, que para una conciencia kantiana sería suficiente para adherirse al supuesto de la existencia de Dios, que para la conciencia cristiana describe los efectos del ateísmo, que lleva a los intuicionistas laicos a sustituir a Dios por los valores objetivos, y que para la conciencia cínica significa la absoluta impunidad moral, en el existencialismo toma un significado nuevo. Sartre toma la cita de Dostoievski como premisa mayor, y añade, en coherencia con su ateísmo, "Dios no existe", con lo cual ha de concluir rigurosamente que "Todo está permitido". Pero esta conclusión, que horroriza al cristiano, para quien, como decimos, es la mejor prueba de la monstruosidad del ateísmo; y que entusiasma al cínico, para quien significa la impunidad universal, o la coartada a su mala fe; esta conclusión, decimos, en Sartre toma un sentido nuevo, coherente con su metafísica. "En efecto, todo está permitido si Dios no existe y, en consecuencia, el hombre está abandonado, porque no encuentra en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas" [375]

Es decir: todo está permitido, incluso la "mala fe". Pero, precisamente por estarle todo permitido, se ha quedado sin excusas. El hombre, libre de toda sumisión, sin nada en que refugiarse, lo puede todo, y no tiene excusas para hacer lo que hace ni para dejar de hacer lo que no hace. Por tanto, "Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre" [376]. Ahora bien, esta absoluta libertad no es impunidad, sino absoluta responsabilidad. El existencialista no tiene posibilidad de la "mala fe", es decir, de justificar sus actos como arrebatos pasionales, como determinaciones biológicas o psicológicas, como influencias sociales. Por tanto, esa libertad que gana con la muerte de Dios, con el rechazo de todo código de valores objetivos, se convierte en su inexcusable responsabilidad, ya que ha negado simultáneamente al materialismo, y por tanto la posibilidad de excusar su conducta por determinaciones externas de uno u otro tipo. Esa liberación de todo deber respecto a instancias trascendentes no implica el fin de la moral o la impunidad de la inmoralidad, sino que implica una responsabilidad moral absoluta de la que el hombre de buena fe no puede eximirse.

El fin de los valores morales absolutos simplemente traslada el lugar y el orden de la moralidad: el hombre, condenado a cada instante a inventar al hombre [377], es decir, a crear el hombre, se convierte en un ser esencialmente moral. Todo su obrar es moral (o inmoral), porque él mismo decide en cada acto su ser y el de los otros, como hemos dicho.

Sartre, con su propuesta, no sólo rompe con la moral de valores trascendentes, sino con las morales del sentimiento. Este aspecto es importante y debe ser remarcado, porque con frecuencia el existencialismo, al concebir el hombre como libertad, se interpreta como legitimación de toda conducta sincera, que responda a los propios sentimientos. Sartre, en cambio, hace una crítica muy dura, y de fondo, a todo subjetivismo moral. Desde su metafísica, el sentimiento no es el motivo de una acción, sino el efecto de la acción. Es decir, no hay una "naturaleza humana" que, dotada de "sentimientos morales", empuja al hombre a la acción, u orienta al hombre en la elección moral. Por el contrario, los sentimientos que un hombre llega a tener y que caracterizan el estado actual del hombre en un momento determinado son el resultado de las acciones que han hecho al hombre ser así, sentir así. Por tanto, "no puedo ni buscar en mí el estado auténtico que me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos que me permitirán a actuar" [378]; no tenemos a disposición nuestra -si no obramos de "mala fe", si no queremos engañarnos- ni sentimientos que nos justifiquen, ni un código de valores externos que nos legitimen. Pues, como dice Sartre, "elegir el consejero es ya comprometerse" [379]. Nuestra acción debe justificarse a sí misma.

Condenados, pues, a ser libre; condenados a inventar el hombre; condenados a ser moral, porque nuestras acciones son esencialmente donaciones de valor. Al elegir un sindicato, un partido, un trabajo; al optar por la guerra o la paz; al favorecer la igualdad o la diferencia; al apoyar ésta o aquella ley, institución o función, estamos asignando valores. Y, con ello, no sólo nos hacemos este o aquel tipo de hombre, comunistas o fascistas, cristianos o ateos, déspotas o demócratas, sino que estamos manifestando el tipo de hombre que elegimos ser, y con ello somos responsables de nosotros ante nosotros mismos y responsables de los otros y ante los otros: pues al elegir un tipo de hombre estamos proponiéndoles un modelo a elegir, y no podemos esquivar la pregunta: ¿y si todos hicieran lo mismos?

Como dice Sartre, la moral existencialista es subversiva, pues pone a prueba la "mala fe" del hombre, su capacidad para engañarse y ocultarse a sí mismo. Le parece a Sartre que toda moral guiada desde fuera es una consolación que la "mala fe" permite, pues una metafísica que acepta a la existencia de Dios o de los valores objetivos, también aceptará la objetividad del ser, y de las determinaciones del ser sobre la conciencia, con lo cual todo hombre puede justificarse y legitimar su impunidad. El existencialismo, en cambio, pone al hombre frente a sí mismo: "el existencialista, cuando describe a un cobarde, dice que el cobarde es responsable de su cobardía. No lo es porque tenga un corazón, un pulmón o un cerebro cobarde; no lo es debido a una organización fisiológica, sino que lo es porque se ha construido como hombre cobarde por sus actos" [380]. No hay temperamento cobarde, pues la cobardía se predica de los actos, no del ser: "porque lo que hace la cobardía es el acto de renunciar o de ceder, y un temperamento no es un acto" [381].

Sartre, que sin duda ha escrito este texto fuertemente influido por la moral de combate, por su experiencia de la ocupación nazi y de la resistencia, por la actitud y el compromiso de los franceses ante aquél régimen de terror, es implacable con la inhibición o la cobardía, con todo intento de justificar la no militancia o el no compromiso. Y verá en el "materialismo" y en la "moral absoluta" refugios para justificar la evasión de sí mismo, para buscar consuelo a la angustia o la desesperanza, en definitiva, para la cobardía: "Lo que la gente siente oscuramente y le causa horror es que el cobarde que nosotros presentamos es culpable de ser cobarde. Lo que la gente quiere es que se nazca cobarde o héroe... Y, en el fondo, esto es lo que la gente quiere pensar: si se nace cobarde, se está perfectamente tranquilo, no hay nada que hacer, se será cobarde toda la vida, hágase lo que se haga; si se nace héroe, también se estará perfectamente tranquilo, se será héroe toda la vida, se beberá como héroe, se comerá como héroe. Lo que dice el existencialista es que el cobarde se hace cobarde, el héroe se hace héroe; hay siempre para el cobarde una posibilidad de no ser más cobarde y para el héroe de dejar de ser héroe" [382]. No hay, pues, justificación del propio ser: siempre se está a tiempo de hacerse otro.

Por tanto, la moral existencialista es ante todo una "moral del compromiso". Parte de la subjetividad, pero no por "subjetivista moral", no porque reduzca los valores a los deseos puntuales y "existenciales, caprichosos y arbitrarios, del individuo; sino porque la metafísica de la que se parte, que se considera basada en la verdad, así lo exige. Hay que partir del "pienso, luego existo" cartesiano, dice Sartre, como la verdad absoluta de la conciencia captándose a sí misma [383]. Esa es la verdad absoluta, pues toda otra verdad es probable y requiere de la existencia de ésta: sólo es verdad absolutamente la evidencia del cogito.

Pero, además de ser verdadera, además de está razón teórica a favor del existencialismo, para Sartre hay otra razón o argumento práctico: el existencialismo es la doctrina que otorga al hombre la mayor dignidad, "la única que no lo convierte en un objeto" [384], al poner como fundamento metafísico la libertad. Además, y como superación del cogito cartesiano, el existencialismo explica que el "yo pienso" no sólo nos permite captarnos a nosotros mismos, sino captarnos frente a los otros y, de este modo, captar a los otros [385]. No sólo los valores son humanos, radicalmente distintos a los del orden natural, sino que no son individuales, sino universales.

Este es el punto más delicado de la reflexión sartreana, pues a simple vista parecería que el existencialismo no podría saltar del plano individual al universal. Ahora bien, el hombre se capta a sí mismo en el cogito; pero tiene en el otro su condición de existencia. Es decir, se da cuenta de que no puede ser nada salvo que los otros lo reconozcan así. Toda verdad sobre mí pasa a través del otro, a través de su reconocimiento. Por tanto, he de reconocerlos yo a ellos como conciencias libres: como libertad que se sitúa frente a mi libertad. Es el descubrimiento de la intersubjetividad, y "en este mundo el hombre decide lo que es y lo que son los otros" [386]

Este concepto de "intersubjetividad" permite a Sartre abordar el tema de la "universalidad". Es fiel a su metafísica, que niega una "naturaleza humana universal", como corresponde a la primacía de la existencia sobre la esencia. Pero considera que hay una "universalidad humana de condición" [387]. Es decir, hay unos límites comunes a priori, constantes y permanentes a través de los cambios de situación social e histórica: ser en el mundo, estar entre los otros, ser mortal... son sus determinaciones, son su condición. Son límites "objetivos", en el sentido que se le imponen, que no puede librarse de ellos; son "subjetivos" en tanto que su realidad sólo tiene lugar al ser vividos, es decir, que no son nada si el hombre no se determina con ellos, frente a ellos, en su existencia [388]. Estos límites configuran la dimensión de universalidad, pues son comunes a todos los hombres: todos se enfrentan a ellos para ampliarlos, para negarlos, para aceptarlos o para burlarlos... En consecuencia, todo proyecto humano tiene un "valor universal", y puede ser entendido por los demás, por los chinos, los negros o los europeos.

Ahora bien, se trata de una universalidad no dada, no fijada, sino en constante construcción: "Construyo lo universal eligiendo; lo construyo al comprender el proyecto de cualquier otro hombre, sea de la época que sea" [389]. Tal vez pueda parecer esta universalidad excesivamente frágil; pero en el existencialismo todo ser y todo valor han de ser necesariamente frágiles. De todas formas, la propuesta sartreana de una moral, del humanismo, hay que verla desde su objetivo principal: "El existencialismo no es nada más que un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente" [390]. Desde el ateísmo, la posibilidad de una moral, según Sartre, pasa por declarar al hombre legislador de sí mismo y por comprender que "no es volviéndose sobre sí mismo", sino "buscando siempre fuera de sí" los fines, la liberación, como "el hombre se realizará precisamente en cuanto humano" [391]. Porque, en rigor, la propuesta sartreana no es la salida manos mala a la "muerte de Dios", ni siquiera la salida posible; en rigor es una propuesta con pretensiones de validez aunque Dios existiera, pues lo que realmente pretende no es cubrir el vacío de la muerte de la moral objetiva, sino hacer al hombre consciente de que "nada puede salvarlo de sí mismo".


5.5. Ética comunicativa: Apel y Habermas

"Si fuese posible negar con argumentos decisivos que las cuestiones de orden prácticos son susceptibles de verdad, la posición que defiendo sería insostenible" (J. Habermas, Razón y legitimidad)


Como ha dicho J. Muguerza, preocuparse filosóficamente de la Ética es, en el fondo, preocuparse por la racionalidad [392]. Al menos es una forma de preocuparse por la Ética que compartimos con él. Esto aparece con claridad en la Ética contemporánea, fuertemente dependiente del "giro lingüístico" que ha servido de crisol a la reflexión filosófica de las últimas décadas. Porque el "giro lingüístico" no expresa simplemente la aparición y dominancia de la filosofía analítica del lenguaje anglosajona; el "giro lingüístico" ha tenido lugar en la filosofía contemporánea en general, en todas sus escuelas, especialmente en las más consolidadas de los últimos tiempos: la fenomenología y el marxismo. Como dice Muguerza, "El caso es, pues, que -aun si originariamente promovido por la filosofía analítica- aquel giro lingüístico se ha convertido hoy día en patrimonio de la filosofía sin más en su conjunto. Y enseguida veremos cómo otras dos corrientes filosóficas contemporáneas -como la fenomenología y el marxismo- participan del giro lingüístico (siquiera sea en versiones un tanto evolucionadas de las mismas, como la hermenéutica o la teoría crítica frankfurtiana) con no menos intensidad que la filosofía analítica" [393]

Los orígenes remotos de la filosofía analítica se remontan a Kant. La concepción crítica kantiana llevaba a preguntarse por la posibilidad de los juicios "sintéticos a priori", fuera en la ciencia, fuera en la moral, pues daba por obvia su imposibilidad en la metafísica. Cierto es que Kant no tenía una noción de los juicios como la dominante en la filosofía analítica, pero este es otro problema. Lo cierto es que la filosofía se ha ido desplazando progresivamente desde el análisis de la conciencia al del lenguaje, de las ideas a las palabras. Si en Locke las ideas eran signos de las cosas, y las palabras signos de las ideas, de modo que el pensamiento era un momento diferenciado de su comunicación, el "giro lingüístico" expresa la confirmación de la sospecha de Condillac de la unión indisoluble entre pensamiento y lenguaje [394].

De todas formas, dentro del análisis del lenguaje también se ha dado un fuerte desplazamiento, que suele describirse como el paso del primero al último Wittgenstein. Victoria Camps ha podido decir que "De las tres áreas clásicas de la semiótica -sintaxis, semántica y pragmática-, ésta era la Cenicienta, la que había despertado quizá no menos interés, pero sí mayor recelo por parte de los estudiosos del lenguaje. Por el contrario, en la actual filosofía dedicada al ejercicio del análisis lingüístico la curiosidad por la dimensión pragmática del lenguaje parece clara, gracias, básicamente, a la obra del que se ha dado en llamar último Wittgenstein..." [395]. Y Muguerza también ha destacado cómo se ha paso del interés por el "esqueleto del lenguaje", que son "las relaciones sintácticas entre los signos", a interesarse por el "sistema nervioso", es decir, de las relaciones semánticas entre esos signos y sus significados, para desembocar en el interés por el "cuerpo entero", o sea, por las relaciones pragmáticas, las relaciones entre los signos, los usuarios y el contexto [396]

Por tanto, la fase final del "giro lingüístico" está representada por el área de la pragmática, por la dimensión comunicativa del lenguaje. Este desplazamiento ha servido a la filosofía analítica del lenguaje, al mismo tiempo, para liberarse de su cinturón neopositivista y para confluir con otras corrientes presuntamente "metafísicas" para los carnapianos. O, dicho desde otra perspectiva, el descubrimiento de la comunicación como lugar de la filosofía ha permitido "la generalización del giro lingüístico en la filosofía contemporánea" [397].

No es extraña esta generalización, pues ya en las propias raíces fenomenológicas continentales se encuentran elementos para su explicación. Husserl había dado un paso irreversible al combatir el falso objetivismo y sentar el principio de que toda conciencia es "conciencia de algo", todo ser es un "ser para una conciencia" que le otorga significación, que le otorga propiamente ser. Pero su limitación residía en su determinación de esa conciencia legisladora: el sujeto individual, cartesiano, solipsista. Este sólo podía crear su mundo, cada uno el suyo, con lo cual la "objetividad" quedaba reducida a mera vil subjetividad, y la razón quedaba "sin esperanza" [398]. Ahora, en perspectiva comunicacional, esa conciencia pasa a ser una conciencia colectiva, la subjetividad pasa a intersubjetividad: los sujetos, que necesitan comunicarse, se constituyen necesariamente en una "comunidad de comunicación". La vieja "objetividad" metafísica, irremisiblemente perdida en su dimensión ontológica, queda en cierto sentido recuperada al ser sustituido el sujeto individual y solipsista por la subjetividad de una comunidad, por una intersubjetividad que libera del vil subjetivismo. La razón, de esta manera, recupera una puerta de esperanza. La corriente hermenéutica, de la mano de Gádamer y Apel, ha insistido en los últimos años en esta perspectiva: ellos han llevado la fenomenología a su dimensión lingüística pragmática.

Pero, además de esta raíz fenomenológica, hay otras en la tradición filosófica continental. En el marxismo, desde los clásicos, se distinguía en el seno de la praxis una doble dimensión: la práctica real, objetiva, de transformación del mundo natural por el trabajo, y la práctica social o política, generadora y transformadora de las instituciones sociales y de las relaciones de producción. Dos prácticas reales que se correspondían con sus respectivas prácticas teóricas: conocimiento positivo natural y conocimiento o conciencia históricos [399]. La llamada "teoría crítica" de Adorno y Horkheimer, en esta línea, habían formulado esta distinción en términos de una "acción técnica", que regula el dominio del medio y del hombre por el hombre; y una "acción comunicativa", indispensable en la relación de los hombres entre sí; sus versiones teóricas serían la "razón instrumental" y la "razón dialéctica". La teoría crítica, con esta distinción, ofrecía una conceptualización que pretendía pensar la sociedad unidimensional presente como efecto de la subordinación absoluta, hasta su nihilización, de la razón dialéctica a la instrumental, de la acción intercomunicativa entre los hombres a la relación de dominio entre ellos. Habermas, que partiera de estas posiciones, es quien ha llevado la teoría crítica a su forma pragmática, renovando la ida de "razón dialéctica", que para él aún estaba fuertemente afectada de "racionalidad" abstracta.

No es necesario insistir aquí, pues ya lo hemos hecho anteriormente, en la influencia en este proceso de la filosofía del último Wittgenstein. Sólo destacaremos un aspecto, no señalado, y que es apropiado en este lugar. El Wittgenstein del Tractatus entendía el mundo como totalidad de hechos, y el lenguaje como totalidad de enunciados significativos, es decir, sobre el mundo, verificables. Entre estas dos totalidades debía haber una clara correspondencia, dado su isomorfismo: esa correspondencia era la verdad. Todo lo que quedara fuera de ese conjunto lingüístico era "lo que no se podía decir" (con sentido). Pertenecía, por tanto, al dominio de lo inefable.

Lo de menos es si ese dominio era para Wittgenstein muy querido o menospreciado: este tema sólo es relevante a la hora de interpretar a Wittgenstein [400]. Lo realmente importante es que en el Tractatus se declaraba la hegemonía de la razón teórica y se silenciaba la razón práctica. Por eso el último Wittgenstein significa, fundamentalmente, la recuperación de una vía de esperanza para la "razón práctica". La teoría de los "usos lingüísticos" venía a ampliar el campo del lenguaje significativo, a través de la tesis del pluralismo lingüístico, según la cual los juicios morales y axiológicos en general tienen su sentido, su significación interna al código moral al que pertenecen; por tanto, éstos hacen las veces del "paradigma" respecto a los juicios empíricos. Lo "inefable" abre sus puertas al discurso. Pero, al mismo tiempo, conlleva un grave obstáculo: de la misma manera que la racionalidad científica se define interna a un paradigma, la racionalidad ética queda secuestrada en el seno de cada código. Por tanto, la razón se dispersa en la subjetividad de cada código, paradigma o comunidad.

En este contexto se entiende bien el significado del salto a la pragmática. La filosofía parece haber reaccionado contra el subjetivismo y relativismo generados por la crisis del neopositivismo, preguntándose "si no será posible ejercitar un cierto tipo de racionalidad a la hora de comparar o preferir -racionalmente, se entiende- entre distintos códigos morales" [401]. Se trata, por tanto, de una posición que busca recuperar una cierta racionalidad para la ética desde el presupuesto siguiente: esa racionalidad no puede ser absoluta ni trascendente a la subjetividad y no puede ser solipsista. De ahí que se busque en el lenguaje y, en particular, en la dimensión comunicativa del lenguaje, la respuesta a la posibilidad de la racionalidad en Ética.

Apel y Habermas son los dos autores que más han destacado en los últimos años en esta línea. Para Apel es posible una fundamentación trascendental de la Ética. Le parece obvio que toda comunidad, en la medida en que se comunica, en la medida en que en ella es posible una discusión racional, tiene unas reglas, un código que regula los usos del lenguaje y de la comunicación. Y le parece obvio que entre las comunidades, como entre los individuos de cada una de ellas, es posible comunicarse. No cree posible deducir y axiomatizar los códigos ni los paradigmas, pues se necesitarían supercódigos y superparadigmas que los englobaran. Pero "donde no cabe una fundamentación deductiva, cabe aún una fundamentación trascendental" [402]

Ese "a priori" es la "comunidad de comunicación", que constituye el fundamento pragmáticos de nuestros usos -científicos, morales, estéticos, lógicos- del lenguaje. La norma de este "a priori" sería la de "argumentar en cualquier situación de tal manera que posibilitemos un consenso en materia de interés común". Este "imperativo" es una exigencia de la comunicación una vez ésta deja de ser expresión de un mundo trascendente, de una verdad objetiva, para ser ella misma la instancia que constituye el mundo y la verdad. Como ha señalado A. Cortina, "la idea kantiana de persona, como individuo autolegislador que comprueba monológicamente la capacidad universalizadora de sus máximas, se transforma en nuestra ética discursiva en la idea de un ser dotado de competencia comunicativa, a quien nadie puede privar racionalmente de su derecho a defender sus pretensiones racionales mediante el diálogo" [403]

De todas formas, los problemas filosóficos subsisten bajo el apasionamiento suscitado por el atractivo de la propuesta apeliana. Como ha hecho observar Habermas, el problema reside en la manera de aplicar tal imperativo en "situaciones efectivas de diálogo" [404]. En una sociedad cortada por la desigualdad y la asimetría, el consenso parece que es imposible o perverso. Como máximo, puede operar como "causa final" que orientase nuestros esfuerzos. O sea, viene a decir Habermas, la discusión racional requiere una situación real de diálogo, y ésta requiere la igualdad, el reconocimiento mutuo; como no se dan estas condiciones, la discusión racional debe presuponer que se da una situación ideal de diálogo. La misma es negada en la realidad, reducida a mera posibilidad; pero hay que hacer como si se diera, pues tal supuesto es condición de que el diálogo avance hacia la génesis de la situación real de diálogo. Dice Muguerza al respecto que de este modo "la reflexión trascendental tendría que doblarse en este punto de una reflexión dialéctica" [405]. Cierto, pero también así se regresa a Kant y se pone en la voluntad de diálogo la esperanza de la génesis de las condiciones en las que el diálogo sea posible.


5.5.1. K.O. Apel: de la "norma hermenéutica" a la "norma ética"

la filosofía analítica y el existencialismo no se contradicen en su función ideológica en general, sino que más bien se complementan: se apoyan mutuamente por una especie de división del trabajo, mientras que se reparten respectivamente el dominio del conocimiento objetivo científico y el dominio de la decisión ética subjetiva" (K.O. Apel, Transformación de la filosofía)


Si tuviéramos que describir con una sola frase los proyectos de Apel y de Habermas, de sus "pragmática trascendental" y "pragmática universal", lo haríamos así: consisten en el esfuerzo por dotar al sentido común de un fundamento del mayor nivel especulativo. Y si tuviéramos, también de forma abreviada y de urgencia, que buscar un origen a esta idea, tal vez lo más apropiado sería apuntar a Fichte. Este, como ha señalado A. Philonenko, consideraba que el discurso político personal sincero no puede pretender presentarse bajo la forma de verdad, sino sólo como certeza; para elevar el discurso a la verdad y la universalidad es necesario sobrepasar la certitud personal mediante el acuerdo político de las conciencias [406]. Creemos que éste es el eje de la ética comunicativa o dialógica: desechada la metafísica y la teoría de la verdad como adecuación o correspondencia que fundamentaba, toda vía de esperanza en la razón pasa por conseguir elevar la certeza a verdad. En definitiva, asumir el mensaje de Hume.

Apel, juntamente con Habermas, han influido poderosamente en el giro "dialógico", "comunicativo", "solidario" de la ética de nuestros días [407]. Ha tenido la audacia de aspirar a una fundamentación racional y última de la Ética en la era de la ciencia [408]; ha tenido la audacia de defender la tesis de que "sólo el intento de hallar una fundamentación filosófica última para los principios morales de una ética de la responsabilidad solidaria puede garantizar a los hombres, no sólo la supervivencia -que incluso ella está en juego-, sino una supervivencia verdaderamente humana" [409]

Su Transformación de la filosofía [410], de inspiración kantiana, persigue una crítica del sentido, para lo cual, kantianamente, se remonta al "a priori de una comunidad de comunicación", que será el fundamento último del discurso y de sus pretensiones de validez universal [411]. No se trata de un postulado metafísico, sino de un postulado crítico, es decir, que pone a la "comunidad de comunicación" como condición de posibilidad para una crítica del sentido. Para que la práctica humana pueda pensarse como dotada de sentido -y, puesto que los hombres se comunican y relacionan con sentido, la filosofía, la crítica, tiene que asumirlo y pensar su posibilidad- no hay más remedio que recurrir a esa "comunidad de comunicación", que se concibe como ilimitación de derechos y ausencia de violencia.

Apel ve en esta teoría una "fundamentación última de la razón". Habermas coincide en esta pretensión: para que los discursos de los hombres tengan sentido han de tener una relación con la verdad; pero esta relación requiere la idea de verdad, la cual no es pensable -una vez se ha renunciado a la verdad como correspondencia- sino desde una "situación ideal del discurso" en la que los sujetos adquirirían el reconocimiento de la verdad a la que pretenden.

En Razón y legitimidad Habermas rinde un gran homenaje a la Transformación de la filosofía de Apel. Dice: "En este ensayo fascinante en el que Apel resume su grandiosa tentativa de reconstrucción, se desarrolla la hipótesis fundamental de la ética comunicativa, según la cual "la investigación de la verdad, con el presupuesto de un consenso intersubjetivo, debe igualmente anticipar la moral de una sociedad de comunicación ideal" [412]. La "transformación de la filosofía" en manos de Apel aspiraba a ser una nueva "doctrina de la ciencia" y una nueva "fundamentación de la ética", en línea con la gran tradición filosófica, y con talante kantiano.

Apel, en su propia obra, ha puesto en práctica su teoría. Ha "dialogado" con las corrientes, escuelas y autores, no ha buscado explicarlos y fijarlos, sino incluirlos en una comunidad ideal de diálogo [413]. Ha puesto en práctica los propios contenidos de la nueva "ética", sus prescripciones para la discusión: ha asumido la "ley del argumento mejor"; ha buscado clarificar problemas y no clasificar posiciones; ha huido de la "feudalización" del discurso, de las autoridades, del peso de las tradiciones. Si la "ética de la comunicación" se presenta como una "ética de la comunidad", no puede buscar la unificación de la especie humana, sino la articulación entre verdad y sociabilidad, entre universalidad y mundaneidad [414]

Apel parte de la "paradoja de la situación del problema", de la paradoja que describen la necesidad e imposibilidad de una ética de la responsabilidad solidaria [415]. Considera que quien reflexiona sobre la relación entre ciencia y ética en la sociedad industrial moderna planetaria, se ve situado en una situación paradójica. Por un lado, se manifiesta "la necesidad de una ética universal", de una ética que tenga carácter obligatorio para la sociedad humana en su conjunto, cosa más urgente que nunca, pues la unificación resulta de las consecuencias tecnológicas de la ciencia [416]. Por otro lado, la tarea filosófica de fundamentación racional de una ética universal "parece no haber sido nunca tan difícil como ahora", cosa que también es efecto de la ciencia, que genera el prejuicio respecto a la validez de la intersubjetividad, especialmente por la "idea cientificista de la "objetividad" normativa o axiológicamente neutra" [417]

Con esta conciencia de la paradoja, el programa de Apel queda bien establecido. El objetivo a perseguir es una "ética universal" que responda a las exigencias de "una civilización planetaria"; es decir, una Ética que obligue a la sociedad humana toda entera. Una Ética que debe responder especialmente a la objeción de dogmatismo, protegiéndose contra la misma mediante una respuesta adecuada al problema del "pluralismo de los valores", tal vez incorporando el "pluralismo" como valor, como "respeto de la diferencia" o "salvaguarda de lo particular".

Además, junto a esa pretensión universalista, la propuesta debe salvar el obstáculo que la propia ciencia crea: al constituir su objetividad, condena al subjetivismo la filosofía práctica, y en especial la Ética. Para Apel la ideología de la ciencia realiza, en las democracias occidentales, un sistema de complementariedad, cuya lógica es "... la lógica de la alternativa de la ciencia objetiva y de la decisión moral subjetiva" [418]. Esta "complementariedad" puede también verse en la escisión teoría-práctica, en la separación Iglesia-Estado, etc., y sería, según Apel, característica de occidente. La autonomía privada, el individualismo (filosóficamente puesto como "solipsismo metodológico"), el subjetivismo decisional (políticamente expresado en el privatismo del ciudadano), son para Apel idiosincrasias de la cultura occidental, al contrario de la oriental, que ofrece una ideología simétrica: "La diferencia entre la aporía ideológica del Oeste y la del Este reside -a mi entender- en la circunstancia siguiente: en el primer caso, las decisiones morales de conciencia de todos los individuos son postuladas, mientras que una validez intersubjetiva de las normas éticas y, por tanto, una solidaridad moral, no pueden ser fundadas; en el segundo caso, la solidaridad de la responsabilidad moral de la sociedad es postulada, mientras que dicha sociedad no puede ser mediatizada ni teóricamente ni político-prácticamente por las decisiones de conciencia de los individuos: estos, en el fondo, devienen superfluos, y a nivel de los efectos prácticos se encuentran confinados en la esfera privada tanto como en el sistema de complementariedad occidental" [419]

O sea, por un lado, el principio de una autonomía individual sin ética de la solidaridad colectiva; por el otro, el principio de una solidaridad colectiva sin reconocimiento de la autonomía individual. Por tanto, el problema queda así planteado: ¿cómo reconciliar autonomía y solidaridad? Para Apel se trata de dos postulados que expresan dos momentos separados en el "sistema de complementariedad". En occidente, esa escisión se manifiesta en el nivel ideológico en las dos grandes corrientes de Ética dominantes en nuestros días: la ética analítica y el existencialismo. Apel dice: "...parece que la filosofía moderna en la tradición occidental de la democracia liberal asume la función (ideológica) de una antítesis con respecto a la concepción marxista de una mediación dialéctica de la teoría y de la práctica y, por tanto, de la ciencia y de la ética. A la luz de la paradoja fundamental de la situación, que hemos problematizado a título heurístico, esta función deviene evidente si consideramos la diferencia entre la llamada "filosofía analítica" y el "existencialismo", diferencia que en occidente se acostumbra a ver como la contradicción más profunda en el interior de la filosofía moderna. A la luz de nuestra perspectiva parece incluso más claro que la filosofía analítica y el existencialismo no se contradicen en su función ideológica en general, sino que más bien se complementan: se apoyan mutuamente por una especie de división del trabajo, mientras que se reparten respectivamente el dominio del conocimiento objetivo científico y el dominio de la decisión ética subjetiva" [420]. O sea, el sistema de complementariedad en el nivel filosófico se constituye por la filosofía analítica y el existencialismo, que expresan el "instrumentalismo cientificista objetivista" y el "decisionismo existencial subjetivista", que se complementan perfectamente.

La ciencia puede así radicalizar su pretensión de objetividad y su neutralidad axiológica, su libertad respecto a los valores; de paso, deja éstos en la esfera de la subjetividad, de la decisión. La filosofía analítica aparece como legitimación del cientificismo, con su pretensión de objetividad, de neutralidad axiológica y de método "explicativo" (situada la explicación a nivel semiótico-lingüístico). Por el contrario, la corriente existencialista (fenomenología, hermenéutica) rechaza la actitud objetivista del analiticismo y renuncia a ella, al tiempo que tiende a sustituir la explicación por la comprensión, a través del lenguaje [421]. Por tanto, la contradicción entre existencialismo y filosofía analítica es profunda, radical; pero deviene "complementariedad", dice Apel, en cuanto nos ponemos en la perspectiva de la fundamentación de la ética, pues, en tal caso, aparecen las coincidencias: concuerdan en admitir la no racionalidad de las decisiones éticas, es decir, la imposibilidad de demostrarlas o fundamentarlas.

La tesis apeliana de la "complementariedad" no sólo tiene aplicación en lo ideológico, en la filosofía contemporánea, sino que abre el camino a la crítica política de la sociedad occidental. Tiene mucho que ver con las reflexiones habermasianas [422] sobre "separación entre lo general y lo particular, la complementariedad del tecnocratismo del Estado y del privatismo del ciudadanos, la disociación rígida entre legalidad pública y moralidad privada, la disyunción entre los procesos de socialización y de decisión política y la represión correlativa de un espacio democrático de formación discursiva de la voluntad para la elaboración de las normas, la substitución de las formaciones de consensos por universalización de intereses por las formaciones de compromisos entre intereses particulares, el obstáculo que opone en universalismo ético (formal) individualista a la universalidad ética (comunicacional) solidaria..., todos estos temas podían ser abordados en el mismo "paradigma de la complementariedad" occidental y de su gestión por las dos ideologías dominantes de la filosofía contemporáneas" [423]

En consecuencia, la crítica de Apel es a la vez filosófica y política. De este modo puede Apel situar su programa de fundamentación racional de la ética en el marco de la complementariedad ideológica entre el cientificismo instrumental y el decisionismo existencial. Tal fundamentación, que exige una transformación de la filosofía sobre bases trascendentales, exige poner el a priori de la "comunidad de comunicación" como "norma fundamental de la ética".

El problema que aborda Apel es el de superar la disyunción entre una objetividad axiológicamente neutra de la ciencia y una moral privada subjetiva. El objetivo perseguido, por tanto, es el de justificar el derecho, la legitimidad, de una ética universal frente al sistema complementario formado por el objetivismo cientificista instrumental y el subjetivismo decisionista ético existencial. En definitiva, se trata de conseguir oponer a la ciencia un límite trascendental absoluto , un "a priori", que funde al mismo tiempo la validez y el sentido de sus enunciados; y, al mismo tiempo, conseguir que ese límite, ese "a priori", pueda constituir una norma fundamental de la ética. Ese doble objetivo, conseguido en el mismo intento, sería el golpe definitivo al "sistema de la complementariedad".

El procedimiento que sigue Apel es el de la confrontación sucesiva con el cientificismo y la hermenéutica. Primero, y contra Popper, contra su "conocimiento objetivo", se pregunta si el mismo no requiere una "comprensión previa". Se apoya para ello en Gádamer, quien ha insistido en que no es posible la explicación científica sin una previa comprensión hermenéutica. Así, el universo precientífico de una precomprensión hermenéutica aparece como condición de posibilidad de la ciencia. Es el universo del lenguaje y del mundo vivido, de praxis y poiesis, de mímesis y mitos, que Ricoeur ha descrito con tanta sutileza [424]

Apel, apoyándose en la hermenéutica, busca los límites, la crítica, del objetivismo cientificista, para subrayar la necesidad de una precomprensión, que entiende como "intercomprensión", como "comunicación", como "proceso de habla", que así adquiere el carácter de primado trascendental. Ahora bien, distanciándose de Gádamer, defenderá que la comprensión es imprescindible no en cuanto mero acontecimiento, sino como lugar donde el "ideal normativo" de la comunicación puede ser realizado. O sea, rechaza la ontología del "acontecimiento" y acentúa el protagonismo del "ideal normativo". Le parece que "un progreso normativamente significativo de la comprensión en sentido hermenéutico no puede ser pensado sin que se necesite al mismo tiempo pensar un progreso éticamente significativo en la formación social de la humanidad en tanto que comunidad de interpretación y de interacción" [425]. O sea, la "hermenéutica normativa", en sentido gadameriano, requiere previamente la "ética normativa".

Si se admite que la "comprensión" en sentido hermenéutico es previa a la explicación científica, hay que admitir que la misma es un proceso activo, que la determina; por tanto, este proceso activo de "comprensión" no tiene sentido si no está dirigido a posibilitar una "mejor comprensión". De este modo, la "mejor comprensión" deviene el principio normativo del proceso real de la comprensión. En consecuencia, es necesario poner un ideal normativo de la comprensión. Un proceso de este tipo, orientado a la mejor comprensión, debe verse desde el paradigma del "progreso en la comprensión". El "progreso normativamente significativo", en el que la norma es la mejor comprensión, no puede ser pensado si no se sitúa en el horizonte de toda una comunidad de interpretación y de interacción como es la humanidad misma, en su proceso de formación y socialización. De este modo la perspectiva se desplaza: el progreso en la comprensión no tiene solamente una significación normativa para la ciencia hermenéutica (comprender mejor), sino también una significación ética para la especie humana: mejor comprenderse, mejor conocerse.

Hay que distinguir entre una "ética del sentido" o "ética del orden", y una "ética de la comunicación". Esta, en rigor, se constituye en torno a la norma del "mejor comprender"; aquélla, simplemente en torno al deber de "comprender". Si en cada acontecimiento hay que comprender algo, como postula la hermenéutica, estamos implicando una "deontología oculta". Ante un acontecimiento que no encaje en la "estructura de expectación codificada", es necesaria una "ética del sentido". Dicho acontecimiento, por inesperado, es una violencia a la razón. La historia es una lucha de la razón con la violencia, es el relato de una razón que no renuncia a lo que no puede tratar: es el movimiento ético de la razón. Por tanto, todo proyecto de inteligibilidad es un proyecto ético.

Pero Apel va más lejos del "deber-comprender" de la ética del sentido o del orden; porque, además del ideal normativo de poner sentido u orden, hay que contar con el otro ideal normativo: el de "comprender mejor", que abre las puertas a la ética de la comunicación. Este ideal de la mejor comprensión refiere a una situación de intercomprensión en el que las expresiones de los agentes, y ellos mismos como miembros de una comunidad de comunicación, sean plenamente reconocidos en la intersubjetividad. Pues progresar hacia este ideal hermenéutico de la intercomprensión no puede ser pensado como simple progreso de la ciencia, sino que requiere progresar en el reconocimiento del otro. En consecuencia, dicho progreso no es meramente científico, sino también ético. No podemos pensar el ideal normativo del "mejor comprender", propio de la ciencia, sin tener a un tiempo que pensar el ideal del "mejor comunicar", propio de la ética. Tal es, a nuestro entender, la propuesta de Apel: la idea de una hermenéutica normativa introduciría la idea de una norma fundamental de la ética que es el ideal de comunicación.

Ahora bien, podemos preguntarnos por la "necesidad" de la argumentación que hemos establecido. Hemos dicho: "si ponemos el ideal normativo de la ciencia hermenéutica, entonces ponemos un ideal ético para la humanidad". ¿Es tan clara la necesidad de la inferencia? ¿Es tan clara la necesidad del paso del ideal normativo para la ciencia al ideal ético para la humanidad? Desde luego, no se trata de una inferencia lógica; se trata de una reflexión en el campo de lo trascendental, y que postula la intersubjetividad.

El argumento de Apel ofrece dos puntos débiles, dos frentes de problema. En primer lugar, el paso de una necesidad teórica, de comprender mejor, a una necesidad práctica o moral, de comunicar mejor, y así de una comunidad de comunicación. Puede argumentarse que la idea de una comprensión perfecta parece inseparable de una comunicación sin violencia; pero, en rigor, la necesidad teórica de un vínculo lógico no puede confundirse con la necesidad práctica de que la idea de una comunicación sin violencia debería imponerse a la conciencia moral como imperativo categórico. Este "paso" de la hermenéutica normativa a la ética normativa no puede darse sin la mediación del reconocimiento de un valor moral. O sea, no se puede establecer una conexión necesaria entre la necesidad teórica de un presupuesto trascendental y la necesidad práctica de un imperativo categórico. El "si...entonces" que establece Apel no resulta del todo convincente.

En segundo lugar, su oposición al cientificismo objetivista de la ciencia le lleva a oponer a la ciencia un ideal ético. Su pretensión de acceder al punto de vista de la Ética, que comenzara tácticamente apoyándose en Gádamer para así afirmar la necesidad previa de una hermenéutica ante la analítica, y enseguida distanciándose de Gádamer para imponer una concepción crítica de la hermenéutica normativa, parece llevarle a este razonamiento: la ciencia presupone la hermenéutica, y ésta presupone la ética.


5.5.2. Habermas: racionalidad y competencia comunicativa

"En cuanto a la intuición central que he intentado ilustrar un poco en mi Teoría de la acción comunicativa, soy deudor de la teoría del lenguaje, tanto en su variante hermenéutica como en la analítica" (J. Habermas, Dialéctica de la racionalización)


Estos dos problemas son los afrontados por Apel en su "fundamentación última de la razón", que es la tentativa propia de Apel. Este, no obstante, lleva a cabo esta tarea de forma abstracta y formal, "libre de todo presupuesto". Pero, en realidad, se hace desde una visión del mundo sin la cual no puede valorarse el proyecto. Y, precisamente, esta concepción del mundo que subyace a su proyecto nos la ofrece Habermas, a partir de su pensamiento sobre la modernidad [426]. Efectivamente, la concepción del mundo que expresa la teoría de la modernidad de Habermas es el telón de fondo necesario para comprender la tentativa de fundamentar la razón en un "a priori fundamental" que es el de la "comunidad de comunicación", sin la cual la razón no es nada.

El programa de Habermas se orienta a justificar la posibilidad de un discurso práctico racional. Esto es así especialmente a partir de la década de los setenta, con su "Introducción" a la segunda edición de Teoría y práctica (1971) y con el "Postfacio" de Conocimiento e interés (1973). A partir de estos trabajos comienza a alejarse de las posiciones frankfurtianas de décadas anteriores y a diseñar su proyecto de "pragmática universal"; comienza a distanciarse de la "sociología crítica" [427], desengañado de ella y convencido de que para hacer realmente crítica a la "crítica" se necesita superar la carencia normativa de la Teoría Crítica, se necesita la pragmática. De ahí que se separe de Adorno [428] y se vuelva hacia Apel, amigo de muchos años, buscando en el concepto de comprensión comunicativa, a través del lenguaje, una solución a esa carencia.

Habermas define definitivamente su posición en los años ochenta, con su Teoría de la acción comunicativa (1981) [429]. A partir de ahora Habermas opera en la creencia de que una teoría universal de la sociedad sólo puede justificarse desde la ética comunicativa. La fundamentación de la Ética se pone así en el primer plano. La vía metodológica es el análisis del lenguaje. Habermas dice: "En cuanto a la intuición central que he intentado ilustrar un poco en mi Teoría de la acción comunicativa, soy deudor de la teoría del lenguaje, tanto en su variante hermenéutica como en la analítica" [430]. Esta nueva sensibilidad hacia el lenguaje está en la base del giro comunicacional de la Ética habermasianas.

Ahora bien, el problema de fondo, que ahora se intenta reformular desde el lenguaje, era la racionalidad, la idea misma de verdad que los frankfurtianos habían mantenido. Le parece a Habermas que están presos de un concepto de razón propio de la tradición filosófica: de la misma racionalidad que combaten en su crítica a la "razón instrumental". Esta racionalidad clásica estaría caracterizada por su orientación a un concepto restringido de verdad, por su intención de verdad; para superarla, debe volverse a Kant, partir de su arquitectónica de la razón. Debe reconstruirse la razón como articulación de las tres "Críticas" kantianas. Las tres "Críticas" son tres formas de objetivarse una razón sustancial: la ciencia, la moral y la estética. Se trataría de tres dominios autónomos en cuanto a validez y sentido; los tres constituyen la arquitectónica de la racionalidad moderna, las tres constituyen legalidades diferentes. La nueva razón "debe mostrar en su unidad los tres momentos racionales que han sido considerados de forma separada en las tres Críticas kantianas: la unidad de la razón teorética, del convencimiento práctico-moral y del juicio estético" [431]

Por este camino Habermas aspira a superar la unidimensionalidad del pensamiento empírico-analítico, sin caer en el negativismo frankfurtianos. Trata de construir un nuevo concepto de racionalidad en que desaparezca la escisión, señalada por Apel, entre el discurso neutralista de la verdad y el discurso decisionista del deber; una razón que no excluya ni la verdad ni la normatividad en su seno, sino que haga de ambas partes indispensables de la misma.

Habermas ha intentado superar el reduccionismo de las ciencias sociales y el negativismo de una razón sustancial que no consigue emerger en positivo desde la razón instrumental. Y el medio usado para ello ha sido un nuevo modo de análisis del lenguaje, que se apoya tanto en el uso del mismo por la hermenéutica como en el uso propio de la analítica. Poco a poco, especialmente a lo largo de los años setenta, Habermas ha ido realizando ese desplazamiento, para llegar a lo algunos han llamado "cambio de paradigma" o "giro lingüístico": o sea, el cambio desde el paradigma de la "filosofía de la ciencia", o del "sujeto", al paradigma de la "filosofía del lenguaje", o mejor, de la "acción comunicativa" [432]

Habermas ha realizado este "cambio de paradigma" a través de una confrontación permanente con la filosofía contemporánea, especialmente con el racionalismo crítico popperiano, con la teoría de sistemas de Luhmann, con la hermenéutica de Gadamer, con las teorías lingüísticas de Chomsky, Austin, Searle y Toulmin, y de forma especial con K.O. Apel, a través de una estrecha y abierta relación. En concreto, dicho cambio de paradigma se apoya en dos aspectos esenciales. Por un lado, la "conciencia" se traduce en "lenguaje": la tendencia habermasiana a plantear los temas filosóficos en término de "conciencia" es sustituida por la tendencia a plantearlos en términos lingüísticos. Así, los temas de la "reificación", pasan a interpretarse desde la pragmática de la comunicación. Por otro lado, el sujeto solitario se convierte en intersubjetividad. En consecuencia, el cambio de paradigma puede concretarse como la sustitución del punto de vista de la "conciencia solitaria" por la "intersubjetividad lingüística" [433]

Habermas concreta el cambio de paradigma en su propuesta de una "pragmática universal" [434]. Su origen remoto tal vez haya que buscarlo en Ch. Morris, quien a las dimensiones sintáctica y semántica del lenguaje, propias del análisis lingüístico carnapiano, añadió la dimensión pragmática. Morris, de esta manera, proporcionaba otra dimensión de significatividad: a las relaciones entre signos, o entre signos y significados, añadía las relaciones entre signos y agentes del habla. Aparece así, en primer plano, como campo de reflexión filosófica, los "usos lingüísticos"; o, si se prefiere, al lado del "lenguaje" se coloca el "discurso", junto a la "enunciación" se pone la "comunicación".

Habermas ha criticado la "falacia de la abstracción" en la analítica neopositivista. Pero no lo ha hecho en reivindicación de una pragmática empirista, es decir, desde la psico y la socio-lingüística; sino desde la reivindicación de una "ciencia reconstructiva del discurso". Esta ciencia reconstructiva será la que permita a Habermas superar el paradigma conciencialista y pasar al pragmático-lingüístico [435]. Esta "ciencia reconstructiva" designa la tarea de reconstruir sistemáticamente un saber implícito, "preteórico", presente en los hombres que usan el lenguaje sin conocer conceptualmente las reglas de su uso. La diferencia que Ryle estableciera entre "knowing how" y "knowing that", entre un saber hacer preteórico y un saber que se sabe, reconstruido ex post, es el horizonte de la "ciencia reconstructiva" habermasiana. Le parece obvio a Habermas que los agentes hablan y se comunican mediante el uso del lenguaje previamente y al margen de la conceptualización de las reglas, esquemas, criterios lingüísticos. Por tanto, le parece obvio que los hombres, los miembros de una comunidad, pueden hacer enunciaciones razonables, argumentaciones lógicas, teorías coherentes... sin saber que, al hacerlo, están aplicando determinadas operaciones, poniendo en práctica determinados criterios, implicando determinadas reglas. Por tanto, explicitar esos elementos y estructuras del "saber preteórico dominado prácticamente" en "expresiones categoriales" es la tarea de la "ciencia reconstructiva" [436]

La "ciencia reconstructiva" del lenguaje consiste en el "análisis reconstructivo del lenguaje", es decir, en la descripción explícita de las reglas que el hablante competente debe utilizar para formar enunciados gramaticales y expresarlos en forma aceptable. Pero esta tarea reconstructiva se la reparten la lingüística y la "pragmática universal" o teoría de los actos lingüísticos. La primera presupone que cada hablante adulto dispone de un saber implícito reconstruible ex post, en el que se expresa su competencia en producir enunciados, en usar las reglas lingüísticas; la teoría de los actos lingüísticos, en cambio, postula una competencia semejante, pero respecto a las reglas comunicativas, es decir, para el uso de los enunciados en situaciones comunicativas. Y de la misma manera que la lingüística presupone un "núcleo universal" en la competencia de los hablantes, la teoría de los actos lingüísticos presupone un "núcleo universal" en la competencia comunicativa. Así, la teoría general de los actos lingüísticos describiría precisamente ese fundamental sistema de reglas comunes a los hablantes adultos competentes.

Así podemos ver la diferencia entre Chomsky y Habermas, importante en la caracterización de la pragmática universal. Para nuestro autor, la competencia del hablante ideal no se debe atribuir solamente, como hace Chomsky, a la capacidad de producir y entender enunciados gramaticales, sino también a la capacidad de generar y comprender aquellos modos de comunicación y aquellos nexos con el mundo externo que hacen posible el discurso diario. Por otro lado, y a diferencia de los objetivos de la psico- y la socio-lingüística, que indagan las condiciones marginales extralingüísticas, empíricas y contingentes, de la comunicación efectiva, "la pragmática universal pretende la reconstrucción sistemática de las estructuras universales que se presentan en todas las situaciones lingüísticas posibles y sirven para ordenar pragmáticamente las expresiones generadas por los hablantes lingüísticamente competentes" [437]

La Teoría de la acción comunicativa, según el propio Habermas, responde a cuatro motivos fundamentales: proponer una teoría de la racionalidad, proponer una teoría de la acción comunicativa, proponer una teoría de la modernidad y, en fin, proponer un concepto de sociedad capaz de reunificar la teoría de los sistemas y la teoría de la acción [438]. El primer propósito, según Habermas, se enfrenta al gran problema del irracionalismo contemporáneo y del renacer de Nietzsche, así como de la hegemonía de las diversas formas de relativismo. Habermas se apoyará en las teorías antropológica que consideran "cada cultura, cada "forma de vida, cada juego lingüístico, es una totalidad cerrada en sí misma y se dota a sí misma de un criterio inconfundible de racionalidad interna" [439]. Por tanto, defiende la tesis de que cada colectivo, en su comunicación, en su discurso, supone una instancia de racionalidad común a todos y cada uno.

El segundo propósito persigue mostrar sistemáticamente cómo es posible utilizar fecundamente la teoría de la acción comunicativa para la teoría de la sociedad [440]. Considera que la analítica anglosajona, que tomara buen rumbo desde el último Wittgenstein, se ha ido autonomizando y aislando de la sociedad, hasta devenir abstracta. Inspirándose en Mead, Durkheim y Weber, persigue un nuevo vínculo entre ambas.

Además, considera -y este es su tercer propósito- que "los conceptos de la teoría de la comunicación sirven para desarrollar una teoría de la modernidad dotada de la selectividad analítica que es necesaria para individuar fenómenos de patología social, o sea, lo que en la tradición marxista se ha concebido como reificación" [441]

Por último, el cuarto propósito también le parece asequible. Considera que la crisis de la teoría hegeliano-marxista, que con su concepto de dialéctica y de totalidad aspiraba a la conexión entre las diversas esferas de la vida humana, ha llevado a una progresiva atomización. Por tanto, subraya la necesidad de recuperar la mediación entre el sistema y la acción individual; y, de forma específica, entre la racionalidad teórica y la racionalidad práctica

La propuesta habermasiana, como vemos, es equivalente a la de Kant: aceptar la subjetividad como fundamentación de la razón teórica, la razón práctica y la "razón estética", pero trascender la subjetividad empírica y solipsista. Pero mientras que Kant buscó un "sujeto trascendental", irreductible a la conciencia individual y a la conciencia social (costumbres), Habermas cree poder acceder a una instancia "cuasi trascendental-cuasi empírica", que se presenta como condición de posibilidad de la comunicación entre los miembros de una comunidad, y que considera que puede ser aprehendida desde una teoría social crítico-reconstructiva, tal como Weber había esbozado; en tal caso, en lugar de afrontar la validez, se afronta la génesis de la razón. Habermas adopta esta perspectiva, y desde ella da entada a la teoría de la acción comunicativa. Su planteamiento, en síntesis, es el siguiente: las formas de la racionalidad moderna, constituidas en los dominios autónomos de la ciencia, la moral y la estética, tienen su sentido y su valor cognitivo no directamente en la experiencia originaria bruta, sino en experiencias previamente interpretadas en los contextos comunicativos vividos. Así, no es la experiencia del trabajo la que me permite directamente elaborar una ciencia de la naturaleza, sino esta experiencia mediatizada por una reflexión equivalente a una interpretación previa, por decirlo así, "estabilizada en la intersubjetividad del lenguaje".

Por tanto, para Habermas la "acción o actividad comunicativa" es un presupuesto del concepto hermenéutico de "comprensión previa". Dicha acción es como la matriz del sentido, de la validez y de la racionalidad posible. Esta acción prefigura la "razón dura": en ella se puede descifrar la razón. Esta "razón comunicativa", que en tanto que tal no se haya aún solidificada en formas objetivas de la racionalidad, es una "razón débil". No se expresa en el sistema objetivo del conocimiento, de la moralidad, de la estética; porque aparece como principio productivo del "espíritu objetivo" al nivel de lo vivido... Por tanto, más allá de sus expresiones objetivas, la razón enraíza en su actividad socialmente originaria de la comunicación.

Como vemos, Habermas establece como "a priori" fundamental de la razón el hecho de que los enunciados racionales en general -y los científicos en particular- no tienen sentido ni validez posible más que bajo el presupuesto ideal de la justificación que podría serle atribuida en el seno de una comunidad de argumentación y de comunicación. La razón estaría fundada sobre este a priori, que es la norma fundamental de la argumentación: el deber argumentar en las condiciones de una situación ideal de habla, es decir, en las condiciones de una "comunidad de comunicación ideal".

Desde aquí se comprende que Apel afirmara que la ética comunicativa o de la argumentación es un presupuesto necesario de la ciencia misma. Así se comprende que pudiera oponerse la ética a la ciencia, al mismo tiempo que se ponía como su presupuesto. Apel creía que las ciencias empírico-analíticas, axiológicamente neutras, presuponen una ética no porque presupongan operaciones del entendimiento en el sentido de una lógica normativa, sino porque las operaciones monológicas de la ciencia presuponen una comprensión del sentido y una validación dialógicas en una comunidad de comunicación [442]. O sea, la ciencia implica la ética en la medida en que presupone la lógica, pues ésta tiene un papel normativo respecto a las ciencias, y el hecho de tener que someterse a esta norma, de deber respetarla, tendría ya un significado ético. Pero, además, la implica de otra manera, pues ésta no implica la comunidad de comunicación, no sobrepasa el "solipsismo metodológico": "La lógica normativa de la ciencia (cientificista) presupone la hermenéutica normativa y por eso mismo la ética normativa, porque "uno solo" no puede hacer avanzar la ciencia y no puede, por ejemplo, con la ayuda de una lógica privada reducir a sus semejantes a meros objetos de "descripción" y de "explicación"... Lo hace posible el paso de la lógica (normativa) a la ética (normativa) es para mí la superación del solipsismo metódico, superación cuya vía ha sido abierta por tanto P. Lorenzen como por el segundo Wittgenstein" [443]


5.5.3. Interés, conocimiento y diálogo

"la razón carece de autoridad dictatorial y su dictado nunca es sino el consenso de ciudadanos libres" (I. Kant, Crítica de la razón pura)


En los últimos años la reflexión moral y política ha ido cristalizando en un ideal: el de comunidad racional. En unos casos se ha reivindicado contra la miseria del liberalismo, como aspiración a una forma de vida presidida por la "deliberación y la determinación colectiva de los objetivos sociales" [444]. La comunidad racional no es deseada como instrumento meramente estratégico, como "medio eficaz para alcanzar ciertos fines políticos deseables tales como la paz, el orden o la justicia distributiva. Se trata de una actividad, una experiencia, una reciprocidad de conciencia entre agentes racionales moral y políticamente iguales que libremente se congregan y deliberan con la finalidad de concertar sus voluntades en las propuestas de objetivos y en la realización de acciones comunes" [445]. Se trata, pues, de una reivindicación positiva, en la que el diálogo, y las condiciones que lo posibilitan, se convierten en fin en sí mismo; al menos, en el fin propio de la Ética. Tal fin, tal ideal, que se define como "comunidad racional", o "comunidad de comunicación", etc., es como el mínimo común denominador de las diversas propuestas éticas. Para algunos, como Muguerza, es suficiente y no se pude ir más lejos: "Más plausible parece, en efecto, considerar el diálogo político como un fin último, esto es, como un valor social en sí mismo, que no como un medio para la consecución de otros fines" [446]. Otros aspiran a más: a poner esa comunidad racional como instancia de fundamentación de la verdad, de la justicia, o como instrumento del consenso.

A Habermas hay que situarlo en esta preocupación general de nuestra época. De ahí su preocupación por elaborar una teoría de la acción y, en particular, de distinguir entre "acción instrumental" y "acción estratégica", de un lado, y "acción comunicativa" [447], del otro. Los dos primeros tipos son la aplicación del conocimiento científico al mundo natural y al mundo social, respectivamente. Ambos tipos de acciones se guían por la "racionalidad teleológica", es decir, por la maximización de los medios, por los éxitos conseguidos. En cambio, la acción comunicativa, que nos e dirige al dominio del mundo externo, sino a la "comprensión intersubjetiva", tiene su propio conocimiento, el conocimiento práctico, la Ética, y su propia racionalidad, la "racionalidad comunicativa". Su plenitud pasaría por un ejercicio sin trabas de la comunicación.

Ahora bien, en la comunidad racional o de diálogo habermasiana, los participantes han de ser los hombres concretos, con sus intereses particulares a los que aspiran irremisiblemente. Es impensable eliminar la contraposición entre ellos; a lo que se puede aspirar es a que, bajo las condiciones de libertad e igualdad, de ausencia de violencia y de asimetría, esto es, en las condiciones de diálogo, puedan abordar sus problemas, reflexionarlos, discutirlos y consensuarlos; puedan, en definitiva, definir los intereses intersubjetivos, dibujar zonas de tolerancia, etc. Y, en el límite, Habermas parece aspirar a que de ahí saliera algo más: una especie de "moral universalista" que, como la "voluntad general" de Rousseau, clausure definitivamente el largo divorcio entre intereses individuales y colectivos. Para resolver el conflicto entre el individuo y el ciudadano, dice Habermas, es imprescindible que desaparezca "la dicotomía entre moralidad interna y moralidad externa" y que "la validez de cada norma pase a depender de la formación discursiva de la voluntad de los potencialmente interesados" [448]

Se trata, pues, de asegurar la universalidad y la legitimidad de las normas: la "universalidad", a través del carácter intersubjetivo de su elaboración; la "legitimidad", en base al respeto a la autonomía de los agentes, a la ausencia de coacción, a la participación de los mismos. Tales características ponen el diálogo como condición esencial. Por tanto, sólo una "ética comunicativa", dice Habermas, puede lograrlo.

El punto dudoso de la propuesta habermasiana es su postulación del "consenso racional" como resultado de la formación discursiva de la voluntad". Ciertamente, la "voluntad" formada en el diálogo aparece menos dogmática y abstracta que la "voluntad general" rousseauniana, pues, al contrario que ésta, ha reducido la objetividad a subjetividad y la verdad al consenso, pero sigue siendo una exigencia sospechosa: parece presuponer unos "intereses generales".

La teoría del "interés", de Habermas, no sólo es importante, sino que está en el origen genealógico de su teoría de la comunicación. En el fondo Habermas ha elaborado su nueva posición entre Conocimiento e interés [449] y su Teoría de la acción comunicativa [450]. En la primera nos ofrece una sugestiva clasificación de los "intereses cognoscitivos" en tres modelos: técnico, práctico y emancipatorio. Cada uno de ellos daría lugar a un tipo de conocimiento: el interés técnico es el propio del conocimiento de las ciencias naturales y de los conocimientos tecnológicos, los cuales sirven de mediación entre el hombre y la naturaleza; el interés práctico se aplica a la comprensión comunicativa, originando los conocimientos propios de las tradiciones culturales y las ciencias del hombre y de la cultura, sirviendo de mediación entre los hombres, para su comunicación; en fin, el interés emancipatorio se corresponde con el conocimiento autorreflexivo, que persigue el autoconocimiento, la autoconciencia, para liberarse de la falsa conciencia: de ahí su carácter crítico-emancipatorio.

La teoría de los intereses cognitivos de Habermas, en línea con su empeño en distinguir la racionalidad instrumental de la comunicativa -y, en otro nivel más general, en distinguir entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, reivindicando la sustantividad de éstas e incluso su eminencia- ofrece más de un punto débil, como ya se ha señalado: "Sin pretender hacer justicia a la teoría habermasiana del interés, cabría decir de ella que presenta más de un punto débil... Ni las ciencias naturales se hallan exclusivamente presididas por el interés en el control técnico de la naturaleza ni la cultura humanística se halla tampoco exenta, a su vez, del peligro de ver degenerar el interés práctico que la preside en un interés por el control social... En cuanto al interés emancipatorio compartido por las ciencias sociales y la filosofía de intención crítica, Habermas no explicita si se trata de una estructura trascendental o de un contenido histórico susceptible de diversas, y hasta ahora encontradas, determinaciones" [451]. Para Habermas los intereses son meras orientaciones básicas al trabajo, a la reproducción, a la interacción entre los hombres. Todos ellos son necesarios, pero los intereses técnico (dominio del mundo) y práctico (relaciones entre los hombres) sólo pueden llegar a ser comprendidos como "intereses rectores del conocimiento" cuando se entienden, a través de la reflexión racional, en conexión con el otro interés: el emancipatorio. La autonomía de los intereses técnico y práctico, su funcionamiento al margen del interés emancipatorio, se vuelve un funcionamiento en contra.

Así, pues, el "interés emancipatorio" o "interés de la razón" tiene como fin propiciar la "reflexión", es decir, un tipo de conocimiento que nos libere de la ideología, de la falsa conciencia, del sectarismo y del parcialismo de los conocimientos aislados promovidos por los otros dos tipos de intereses. En resumen, tienen como fin culminar el ideal de la ilustración, que formulara Kant: el paso de la humanidad a la emancipación [452]

Ahora bien, ¿cómo conseguir las condiciones de diálogo que hagan posible ese final feliz? ¿Cómo conseguir ese punto cero a partir del cual el "interés de la razón" guiará los destinos de la comunidad humana? Habermas, que sabe que la situación necesaria sólo se dará al final, se ve llevado a imaginar su anticipación. "Lo que nos saca de la naturaleza es la única cosa cuya naturaleza podemos conocer, a saber, el lenguaje. En virtud de su misma estructura, a través del lenguaje se instituye para nosotros anticipadamente la emancipación. Pues con nuestra primera frase se expresa ya de modo inequívoco la intención de alcanzar un consenso universal y libre de coerción" [453]

El diálogo, pues, parece constituirse sobre esa condición. Así, al menos, lo desarrolla Habermas en su trabajo "¿Qué es la pragmática universal?". Sostiene en ella que la "pragmática universal" consiste en identificar y reconstruir las condiciones de posibilidad de la comprensión o del entendimiento. Aunque no debe confundirse con la "pragmática trascendental" de Apel, sus analogías son también innegables. Apel persigue una exploración del lenguaje bajo el signo típico del método trascendental kantiano: buscar sus condiciones de posibilidad, lo que hace posible la comunicación intersubjetiva. Y postula como a priori una "comunidad ideal de comunicación".

Habermas, por su parte, quiere huir de ese recurso a lo trascendental; pero sabe que no puede recurrir a una deducción empírica. Recurre a la teoría de Chomsky, y a su idea del conocimiento tácito o preteórico de la lengua por el usuario. Para Chomsky la teoría general de la gramática es una reconstrucción racional, aunque contrastable empíricamente, del conocimiento de la lengua. Habermas, del mismo modo, aspira a la "reconstrucción racional", en el plano del habla, de la capacidad o competencia de los hablantes para comunicarse [454]

Habermas incorpora así la teoría del lenguaje "ilocucionario", o del contenido ilocucionario del acto de habla. Esos contenidos, esenciales para la comunicación, responden a unas razones, que Habermas descifra. En concreto, su eficacia se apoya en que el hablante y el oyente comparten una serie de "pretensiones de validez" que son las condiciones del sentido de los actos de habla y que, como tales, pueden ser reivindicadas en caso de su ausencia, pueden ser exigidas; o sea, pueden pensarse como obligaciones o normas.

La "pretensiones de validez" de todo acto de habla son, para Habermas, las siguientes: pretensión de inteligibilidad o de ser comprendido; pretensiones de verdad o de descripción adecuada de un hecho, pretensión de rectitud o de adecuación a alguna norma de conducta; y pretensiones de veracidad o de sinceridad.

Como se ve, son de diverso carácter. Para hacer valer la "pretensión de inteligibilidad" no se sale del lenguaje: se parafrasea el mensaje con expresiones más sencillas o felices. Para hacer valer la "pretensión de veracidad", podré insistir y, a lo largo de la interacción, convencer al interlocutor de que no miento. Pero respecto a las pretensiones de "verdad" y de "rectitud" la cosa es más complicada. Si se duda de las mismas de forma insistente, dice Habermas, se necesitaría o bien una "acción estratégica" (que no excluye la retórica, la fuerza, etc.), o bien, para no romper la "racionalidad comunicativa", trasladar la interacción del nivel de la enunciación al nivel del discurso, o lugar de la argumentación.

Por tanto, para Habermas la idea central es ésta: las pretensiones de validez deben de ser resueltas en un "consenso alcanzado discursivamente" siempre que se dé la "situación ideal de diálogo". Y dice: "Llamo ideal a una situación de habla en la que las comunicaciones no sólo no se vean obstaculizadas por influjos externos contingentes, sino tampoco por las coacciones que resultan de la estructura misma de la comunicación. La situación ideal de habla excluye la distorsión sistemática de la comunicación. Y, ciertamente, la estructura de la comunicación tan sólo deja de generar coacciones cuando para todos los participantes en el discurso esté dada una distribución simétrica de las oportunidades de elegir y realizar actos de habla" [455]. Habermas dice que esa "situación ideal de habla" no es un hecho empírico, sino una construcción teórica, racional: una suposición inevitable que nos hacemos al hablar. Tal supuesto puede parecer contrafáctico, pero es operativo.

En resumen, Habermas se mueve entre una tendencia a entender la "verdad como consenso" y una tendencia a proponer el "consenso en torno a la verdad". Y eso, cuando se aplica a la "rectitud", se repite: Habermas llega a hablar de "verdades éticas". De todas formas, como ya hemos sugerido, se parte de los ilustrados y no se va mucho más allá de los resultados de aquéllos. Porque, al fin, aunque nunca fuera idea de Kant desarrollar una "teoría dialógica de la razón" [456], ya anticipó la importancia del diálogo en la construcción de la racionalidad cuando dijo en su Crítica de la razón pura que "la razón carece de autoridad dictatorial y su dictado nunca es sino el consenso de ciudadanos libres" [457]


[1]Tras la virtud, ed. cit., 94.

[2] Madrid, Alianza Universidad, 1975.

[3] Barcelona, Labor, 1968 (con prólogo de J. Muguerza).

[4] L.A. Selby-Bigge (ed.), British Moralists. Nueva York, Dover Publications, 1965, 2 vols.

[5] D.D. Raphael (The Moral Sense. Londres, Oxford U.P., 1947) expone sintéticamente la ética inglesa del XVIII, como D. Hume, F. Hutcheson, R. Price, T. Reid....

[6] E. Garin,L'Illuminismo inglese. I moralisti. Milán, Bocca, 1941.

[7] A.N. Prior (Logic and the Basis of Ethics. Oxford, Clarendon Press, 1949) ofrece el relato de las controversias morales del XVIII al XX en el pensamiento inglés.

[8] R.D. Broiles The Moral Philosophy of David Hume, La Haya, Nijhoff, 1969) expone el pensamiento de Hume y las versiones del mismo en el XX.

[9] E. Albee,A History of English Utilitarianism. Londres, Allen & Unwin, 1957.

[10] Ver J. Plamenatz, The English Utilitarians. Oxford, Basil Blackwell, 1966.

[11] Una muestra de estos estudios se encuentra en G.W. Keeton & G. Schwarzenberger (eds.),Jeremy Bentham and the Law. A Symposium. Westport, Connett., 1970.

[12]Ver la sistematización teórica de las diversas corrientes que hace D. Lyons (Forms and Limits of Utilitarianism. Oxford, Clarendon Press, 1965) y la argumentación moderna de J.J.C. Smart y B. Williams (Utilitarismo: pro y contra. Madrid, Tecnos, 1981).

[13] Principia Ethica. Cambridge U.P., 1902.

[14] The Right and the Good. Oxford U.P., 1930; y Foundations of Ethics. Oxford, 1939

[15] Treatise, III, 1,1.

[16] Moral Obligation . Oxford, 1949, 89.

[17] Freedom and Reason . Oxford, U.P., 1963, 108 y 186.

[18] Ibid., 108.

[19] Por ejemplo, J. Muguerza, en su ya citado libroDesde la perplejidad, toma ese "giro" como perspectiva hermenéutica para comprender la Ética actual, de los emotivistas a los "dialógicos".

[20] A. J. Ayer y otros, The Revolution in Philosophy. Londres, Macmillan, 1956 (Traducción castellana de M. Macau, La revolución en filosofía. Madrid, Revista de Occidente, 1958).

[21] R. Carnap, "Contrary-to-duty imperatives and deontic logic", Analysis, 23 (1963), 33-46.

[22] Methods of Ethics. Londres, Macmillanm 1962 (7ª ed.). Ver el exhaustivo estudio de J.B. Schneewind, Sidgwick's Ethics and Victorian Moral Philosophy. Oxford, Clarendon Press, 1977. También puede consultarse E. Griffin-Collart, Egalité et Justice dans l'Utilitarisme. Bentham, J.S. Mill, H. Sidgwick. Bruselas, 1974.

[23]Treatise, III, 1.1.

[24] A.N. Prior, Logic and the Basis of Ethics. Oxford, Clarendon Press, 1949.

[25]Ética Nicomáquea, 1095a.

[26] Hemos tratado este tema en "La identidad como exigencia del reconocimiento", Alcántara, nº 13-14 (1988), 23-33.

[27] Esperanza Guisán ha tratado con sobriedad y claridad el problema en su excelente texto Razón y Pasión en Ética, (Barcelona, Anthropos, 1989).

[28] Hemos analizado ampliamente las tesis empiristas en J.M. Bermudo,El empirismo. Barcelona, Montesisnos, 1984.

[29] D.D. Raphael (ed.), British Moralists (1650-1800). Oxford U.P., 1969.

[30] Ver la reflexión sobre las mismas que hace C.L. Stevenson en "El significado emotivo de los términos éticos", en A.J. Ayer (ed.), El positivismo lógico. Madrid, F.C.E., 1978, 269-286 (El artículo se publicó por primera vez en Mind (1937)).

[31] D.F. Norton, David Hume. Common-sense Moralist, Sceptical Metaphysician. Princeton U.P., 1982 (Especialmente el Cap. I, "Hume and the ", 21-54).

[32]Filosofía moral, ed. cit., 60.

[33] Nuestro ensayo Condillac, el abate filósofo (Ediciones de la Universidad de Barcelona, 1985) aborda en extenso este tema.

[34] A.G.N. Flew (ed.), Logic and Language. Oxford, Blackwell, 1951.

[35] Un texto brillante, que hay que situar por su influencia en el origen de la Ética analítica es el de C.K. Ogden y I.A. Richard, The Meaning of Meaning. Londres, Routledge and Kegan Paul, 1923 (Traducción castellana de E. Prieto, El significado del significado. Buenos Aires, Paidós, 1954).

[36] Un documentado y lúcido análisis de esta corriente ética nos lo ofrece P. Edwards, The Logic of Moral Discourse. Glencoe, The Free Press, 1955. Los trabajos recogidos en M.K. Munitz (ed.), A Modern Introduction to Ethics. Glencoe, The Free Press, 1958; en P.A. Schilp (ed.), The Philosophy of G.E. Moore. Evanston, Northwestern U.P., 1942; y en W. Sellars & J. Hospers (eds.), Readinsg in Ethical Theory. Nueva York, Appleton-Century Crofts, 1952, proporcionan un panorama completo de las preocupaciones, métodos y objetivos de la ética analítica.

[37] Ver la distinción que hace Ayer entre "subjetivismo" y "emotivismo" en "Sobre el análisis de los juicios morales", recogido en A.J. Ayer,Ensayos filosóficos. Barcelona, Ariel, 1979, 211-226.

[38] Han influido mucho en todo este movimiento las ideas de C.W. Morris, en trabajos como Logical Positivism, Pragmatism and Scientific Empiricism. París, Hermann, 1937, y Foundations of the Theory of Signs. Chicago, University of Chicago Press, 1938 (Traducción castellana de O. Alvarez, M. Santi y I. Zangara, Fundamentos de la teoría de los signos. México, UNAM, 1958).

[39]Filosofía moral, ed. cit., 64.

[40] E. Lecaldano, Le analisi del linguaggio morale. Roma, Ed. dell'Ateneo, 1970.

[41] G.J. Warnock, Ethics since 1900. Oxford U.P., 1960; y Contemporary Moral Philosophy. Oxford U.P., 1960; y . Londres, Macmillan, 1970.

[42] G.C. Kerner, The Revolution in Ethical Theory. Oxford, Clarendon Press, 1966; P. Dubois, Le problème moral dans la philosophie anglaise de 1900 à 1950. París, Vrin, 1967.

[43] W.D. Hudson, Modern Moral Philosophy. Londres, Macmillan, 1970.

[44] Ver al respecto el trabajo de U. Scarpelli, Filosofia analitica: norme e valori. Milán, Ed. di Communità, 1962.

[45] Aunque se limita al pensamiento de Perce y W. James, el libro de A.J. Ayer,The origins of pragmatism (Londres, Macmillan, 1968), es una exposición clarificadora de esta difícil y frecuentemente malentendida doctrina del significado.

[46] Ver su afortunado texto Utilitarismo. Madrid, Alianza, 1985.

[47] The Methods of Ethics. Londres, 1893.

[48]Del Espíritu. Madrid, Editora Nacional, 1984. Especialmente IV, xvii.

[49] Creemos, con Knud Haakonssen (The Science of a Legislator, Cambridge U.P., 1981), que Hume y Smith fueron los fundadores de la Ciencia del Legislador, aunque nosotros invertiríamos la jerarquía, dando mayor papel a Hume.

[50] Antes de que Malthus publicase su Essay on the Principle of Population. Sobre el sentido histórico de estas reformas ver N.P. Barry, The Invisible Hand in Economic Writings. Londres, Allen and Unwin, 1952-54; y D. Fraser, The Evolution of the British Welfare State. Londres, Macmillan, 1973.

[51] "Bentham and Mill: The Utilitarian Background", en The Long view and the Short. Illinois, The Free Press Corporation, 1958, pp. 306-331.

[52] "Bentham fue un afortunado reformador social, tal vez más afortunado que ningún otro en la historia excepto Karl Marx". Ibid., p.308. Ver también William Thomas,Philosophic Radicals. Oxford, Clarendon Press, 1979. Capítulos I y II.

[53] Abundan, no obstante, críticas serias y positivas, como la de A. Quinton (Utilitarian Ethics. Londres, Macmillan, 1973).

[54] J.J.C. Smart y B. Williams,Utilitarianism: For and Against. Cambridge U.P., 1973).

[55] J. Plamenatz, apoyándose en las sospechas de Bentham respecto a los jueces ("Judge and Co."), sugiere otro motivo confluente con el indicado: proporcionar a los abogados un códico coherente e inteligible que les permitiera contrarrestar los intereses siniestros de jueces y procuradores (The English Utilitarians. Oxford, Basil Blackwell, 1966, p. 65).

[56] "La naturaleza ha colocado a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, placer y dolor" (I, 1)

[57]J. Bentham, An Introduction to the Principles of Morals and Legislation (IPML). Oxford, Clarendon Press, 1907, I, xi, 70. (Edición hecha sobre la versión de 1823, corregida por el propio Bentham).

[58] En especial en "De qué tipo de prueba es susceptible el principio de utilidad", capítulo 4 de su ensayo sobre el Utilitarismo.

[59] Norman Barry ha señalado la diferencia entre esta armonía artificial y la "armonía natural de intereses" en la que confiaba todo el laissez-faire como especificadora del utilitarismo (Welfare. Open University Press, Buckingham, 1990. Cap. 2).

[60] Es lo que hace en capítulo II. Esa razonabilidad se establece en base a elegir el principio que genera teorías internamente más consistentes y con mayor poder explicativo de los hechos. Justifica su elección del "Principio de Utilidad" por sus ventajas respecto al "Principio de Simpatía" (II, 11-14) y al "Principio del Ascetismo" (II, 2-10).

[61]República, 420b-c.

[62] Libro V, $ 2.

[63]Ética Nicomáquea, 1130b.

[64] La cual, como ha subrayado Esperanza Guisán en su brillante "Introducción" a la edición preparada por ella misma de El utilitarismo de Mill (Madrid, Alianza Editorial 1984), y en sus notas al Capítulo I, no supone una ruptura con el "hedonismo". Efectivamente, la distinción de cualidades en el placer es coherente con el utilitarismo. Y no sólo Mill, sino también Bentham, prefieren a "Sócrates insatisfecho" que a "un cerdo satisfecho". Lo que ocurre es que, como hombres razonables y equilibrados que eran, aspiraban a un "Sócrates satisfecho".

[65]IPML, XVII, ii.

[66] En realidad las de todos los seres sensibles, incluidos los animales (XVII, 3).

[67]IPML, XVII, iii.

[68] El "arte del gobierno" incluye el "arte de la administración" y el "arte de la legislación". Las circunstancias de la época favorecían que se designara como "Arte de la Legislación" la tarea del gobierno.

[69]IPML, XVII, viii.

[70]IPML, XVII, viii.

[71] IPML, XVII, xv.

[72] IPML, XVII, xvi.

[73] IPML, XVII, xx.

[74] IPML, XIII, iii.

[75]IPML, XIII, iv-vi. Desde aquí se podrían dar respuestas razonables a críticas célebres como "la carestía del castigo" o "la condena del inocente". Pero nos llevaría lejos de los límites que nos hemos impuesto.

[76] Nota del autor de Julio de 1922, que incluye en la edición corregida de 1823 (Recordemos que la primera edición databa de 1789).

[77]IPML, I, i.

[78]IPML, I, ii.

[79]IPML, I, iii.

[80]Introducción…, ed. cit., 4.

[81] Aristóteles no tenía duda alguna respecto al fin de la Política, el más noble de los fines: " Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. Pero respecto a qué es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios" (Ética Nicomáquea, 1095a. P.132-3). Y en su Ética Eudemia igualmente abre el Libro I con una reflexión "Sobre la felicidad", afirmando que "la felicidad, que es la más hermosa y la mejor de todas las cosas, es también la más agradable" (Ética Eudemia, 1214a. P.413), discrepando de la inscripción del templo de Delos en la que se afirmaba que lo bueno, lo bello y lo agradable no pude pertenecer a la misma persona: "Lo más hermoso es lo más justo; lo mejor, la salud; pero lo más agradable es lograr lo que uno ama". (Teognis, 255-6. Citado también en Ética Nicomáquea, I,9, 1099a27).

[82] La "Declaración de Derechos del buen Pueblo de Virginia", la más utilitarista de las Constituciones, dice en su artículo II que los derechos innatos e inalienables son "el goce de la vida y de la libertad, los medios de adquirir y poseer la propiedad y de buscar y conseguir la felicidad y la seguridad".

[83]IPML, XVII, vii.

[84] En suFragmento sobre el Gobierno, I, xxxvi, Bentham expone su deuda con Hume. Ver también la correspondiente y extensa nota a pie de página.

[85] Ver especialmente las Partes I y II del Libro III, "De la Moral", de su Tratado de la Naturaleza Humana. Por nuestra parte hemos abordado el tema extensamente en nuestros trabajos "Del es al quiero: la falacia sentimentalista", ACTAS de la VI SEMANA DE ÉTICA Y FILOSOFIA POLITICA (Oviedo, 27-30 de Marzo de 1990); y. "Hume o la obediencia útil", en , Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo, 1991 (II Jornadas de Filosofía Jurídica y Social (28-30 de Marzo de 1990).

[86] En su Fragmento sobre el Gobierno, (I, x-xii), Bentham esboza una teoría de la sociedad política centrada en el "hábito de obediencia" de neta raíz humeana.

[87] Insistimos en este aspecto porque el mismo Bentham creía que su orientación reformadora militante estaba al servicio del liberalismo: "en interés de la auténtica ciencia y del progreso del liberalismo" (FG. Prefacio, xii).

[88]La sociedad abierta y sus enemigos Buenos Aires, Paidós, 1981. 479 y 533-34.

[89] "Tres versiones poco frecuentes del utilitarismo", ponencia de la Primera reunión Iberoamericana de estudios utilitaristas, en Santiago, 1990.

[90] Subrayemos una vez más que para Bentham la legislación casi resume la tarea de gobierno, pues, por un lado, el juez está subordinado al legislador y, por otro, Bentham no distingue entre legislativo y ejecutivo. Es bien sabido que considera la división e independencia de poderes una ficción (FG, Prefacio, xiii).

[91] Ver los dos parágrafos finales del helveciano Del Espíritu.

[92] IPML, XIII, i.

[93] IPML, XIII, ii.

[94] Ver la reflexión de Bentham al respecto en IPML, XVII, xiv.

[95]IPML, XIII, ii.

[96] Plamenatz señala el carácter metodológico del benthamismo, al constatar que "su principal tarea fue la de establecer el método por el que pudiera ser aplicado en la práctica" (Op. Cit., 60).

[97] Hay edición castellana en Madrid, Ed. de la Piqueta, 1989.

[98] J.M. Colomer, El utilitarismo. Barcelona, Montesinos, 1987, 41.

[99] Edición castellana en Madrid, Sarpe, 1985.

[100] Lo extiende a todos los ciudadanos, excepto a menores, analfabetos y militares. Defenderá, incluso, el voto femenino, que tardaría 100 años en ser reconocido en Gran Bretaña. Ver Lea Campos Boralevi, Bentham and the Oppressed. Berlin-Nueva York, Walter de Gruyter, 1984.

[101] Frederick Rosen ha calificado esta obra como "el texto clásico de la democracia liberal" (Jeremy Bentham and Representative Democracy. Oxford U.P., 1982). Sobre la valoración de las ideas políticas de Bentham como radicalmente democráticas ver los clásicos Elie Halévy, La formation du radicalisme philosophique. 3 vols. París, Alcan, 1901-1904 y Leslie Stephen, The English Utilitarians. 3 vols., Londres, Duckworth, 1900. Entre los autores más recientes que han abordado el tema, sin regatear reconocimiento a Bentham, ver Nancy Rosenblum, Bentaham's Theory of the Modern State. Harvard U.P., 1977 y C.B. Macpherson, The Times and Life of Liberal Democracy. Oxford U.P., 1977 (Traducción castellana en Madrid, Alianza, 1982).

[102] H.L.A. Hart, Hart, Essays on Bentham. Studies in Jurisprudence and Political Theory. Oxford U.P., 1982.

[103] J.A. Schumpeter,History of Economic Analysis. Oxford U.P., 1954.

[104] Ibid, 131.

[105] H. Hazlitt, The Foundations of Morality. University Press of America, 1988, pág.17.

[106] Así lo reconoce J.M. Colomer, que dice "De hecho, Bentham elabora en la propia una compleja clasificación de tipos de placeres y dolores en la que es visible su heterogeneidad y subraya múltiples factores de la diferente sensibilidad de las personas, lo cual aparentemente dificultaría la reducción de la felicidad a una sola pauta universal cuantificable" (El Utilitarismo. Ed. cit., 37).

[107] Douglas Long, Bentham on Liberty. University of Toronto Press, 1977. Ver también los trabajos recogidos en el monográfico Bentham el l'utilitarisme moderne, de la Revue Internationale de Philosophie, nº 141 (1982).

[108] L. J. Hume, Bentham and Bureaucracy. Cambridge U.P., 1981. Ver también Charles Bahmueller, The National Charity Company: Jeremy Bentham's Silent Revolution. Berkeley, University of California Press, 1981.

[109] Continúa la edición The Collected Works of Jeremy Bentham. Oxford U.P., 1968 ss.

[110] J.M. Colomer, op. cit., 40.

[111] D. Lyons, In the Interest of the Governed. A Study in Bentham's Philosophy of Utility and Law. Oxford U.P., 1973. Ver también Ros Harrison, Bentham, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1983.

[112] J.M. Colomer, op. cit., 46.

[113]Ibid., 47-47.

[114] Nos referimos a las palabras con que cierra su ensayo: "No está lejos el día a partir del cual nunca más volveremos a oir hablar del mismo", "A critique of utilitarianism", en JJC Smart & B. Williams,Utilitarianism. For & Against. Cambridge U.P., 1973, 150.

[115] An Outline of a System of Utilitarian Ethics fue publicado por primera vez es 1961, en Melbourne University Press.

[116] Sobre el emotivismo en general, el texto más fecundo es el de J.O. Ursom, The Emotive Theory of Ethics. Londres, Hutchinson, 1968.

[117] Especialmente con sus artículos "Crítica de la ética y de la teología", en A.J. Ayer, Lenguaje verdad y lógica, y el ensayo "Análisis de los juicios morales"(1949), editado en A.J. Ayer, Ensayos filosóficos (1967).

[118] En C. L. Stevenson, Ethics and Language (New Haven, Yale U.P., 1944) y Facts and Values. Studies in Ethical Analysis (New Haven, Yale U.P., 1963).

[119] R.M. Hare, The Language of Morals. Oxford U.P.,1952.

[120] R.M. Hare, Liberty and Reason. Oxford U.P., 1963.

[121] Una posición similar a Hare es la de U. Scarpelli, Filosofia analitica, norme e valori. Milán, Edizioni di Communità, 1962; y Ética senza verità. Bolonia, Il Moulino, 1982.

[122] Ver la reconstrucción del período que hace L. Lecaldano, Le analisi del linguaggio morale. Roma, Edizioni dell'Ateneo, 1970.

[123] Su An Introduction to the Principles of Morals and Legislation es de 1789 (La edición más reciente en Londres, Methuen, 1982).

[124] Su Utilitarianism es de 1863.

[125] Su Methods of Ethics es de 1874 (edición reciente en Londres, Macmillan, 1963).

[126] SuPrincipia Ethica es de 1903.

[127] Ver M. Mori, "Recenti sviluppi nella filosofia di lingua inglese", Rivista di filosofía, LXI (1980), especialmente 143 y ss.

[128] R.M. Hare,Moral Thinking. Its Levels, Methods and Point. Oxford, Clarendon Press, 1981, 18-19.

[129] Ver, por ejemplo, el radical rechazo de A. MacIntyre al emotivismo, y su llamada a ignorar la pesadilla y regresar a Aristóteles, en el ya citado After Virtue. A Study in Moral Theory. Londres, Duckworth, 1981.

[130] El trabajo de Urmsom sobre Mill se publicó por primera vez en 1953 (J.O. Urmsom, "The Interpretation of the Moral Philosophy of J.S. Mill", Philosophical Quarterly, 3 (1953)).

[131] El carácter central del principio de la benevolencia para construir la ética utilitarista ha sido directamente abordado por Smart en "Benevolence as an Overriding Attitude",Australasian Journal of Philosophy 55 (1977): 127-135.

[132] J. Rawls, A Theory of Justice. Cambridge (Mass.), Harvard U.P., 1971. (Traduc. castellana en México, F.C.E., 1979).

[133] R. Nozick, Anarchy, State and Utopia. Oxford, Blackwell, 1974. (Traducción castellana en México, F.C.E., 1988).

[134] R. Dworkin, Taking Rights Seriously. Londres, Duckworth, 1977. (Traducción castellana en Barcelona, Ariel, 1987).

[135] T. Nagel, The Possibility of Altruism. Princeton (N.Y.), Princeton U.P., 1970; y Moral Questions. Cambridge U.P., 1979.

[136] S. Hampsphire, Morality and Conflict. Cambridge, Blackwell, 1983.

[137] N. Rescher, Selfishness: the Role of Vicarious Affects in Moral Philosophy and Social Theory. Pittsburg, University P. P., 1975.

[138] Ver S. Veca, La società giusta. Argomenti per il contrattualismo. Milan, Il Saggiatore, 1982.

[139]G. Pontara, "Neocontrattualismo e socialismo", Rivista di filosofia LXXII (1981), 138-158. De Pontara ver también Se il fine giustifichi i mezzi. Bolonia, Il Mulino, 1974.

[140] Ver el Cap. V, "La conexión entre justicia y utilidad", del de J. S. Mill.

[141] Aparte del artículo ya indicado, ver los publicados en el volumen B. Williams,Problems of the Self (Cambridge U.P., 1973), y Moral Luck (Cambridge U.P., 1981).

[142] Este tema es también el protagonista del debate que se recoge en A. Sen & B. Williams (eds.), Utilitarianism. Cambridge U.P., 1981. Ver la "Introduction" de los editores.

[143] R.M. Hare, Freedom and Reason. Oxford, Clarendon Press, 1963.

[144] J.C. Harsanyi, Essays on Ethics, Social Behavior and Rational Explanation. Dordrecht, Reidel, 1976, y Rational Behavior and Bargaining Equilibrium in Games and Social Situations. Cambridge U.P., 1977. Sobre Harsanyi y el neocontractualismo de la postguerra ver P. Martelli, La logica della scelta collettiva. Milán, Il Saggiatore, 1983.

[145]Del mismo tipo es el utilitarismo de G. Giorello y M. Mondadori, "Utilitarismo e scelta collettiva. Su alcuni pregiudizi populari concernenti l'utilitarismo", en M. Bovero (ed.), Ricerche politiche Due. Milan, Il Saggiatore, 1983, 87-122.. de M. Mondadori ver también La logica della decisione di grupo. Bolonia, Clueb, 1983.

[146] Además de Moral Thinkings, ver su "Ethical Theory and Utilitarianism", en H.D. Lewis (ed.), Contemporary British Philosophy. Londres, Allen & Unwin, 1976 (Ahora en Sen & Williams (eds.), Utilitarianism and Beyond).

[147] Moral Thinking, ed. cit., 223-25.

[148] R.B. Brandt,A Theory of the Good and the Right. Oxford, Clarendon Press, 1979.

[149]Ibid, 11-12 y 333 y ss.

[150] Brandt también ha propuesto una tercera vía al utilitarismo del acto y de la regla: su "código moral óptimo". Ver su "Problems of Contemporary Utilitarianism: Real and Alleged", en N.E. Bowie (ed.), Ethical Theory in the Last Twentieth Century. Indianápolis, Hackett Publishing Company, 1983, 81-105.

[151] Es de destacar el esfuerzo de P. Singer,Practical Ethics. Cambridge U.P., 1979.

[152] Cambridge U.P., 1903.

[153] A.J. Ayer, Russell and Moore: the Analytical Heritage. Londres, Macmillan, 1971. Sobre la influencia de Moore en la Ética analítica ver A. Granese, G.E. Moore e la filosofia analitica inglese. Florencia, La Nuova Italia, 1979.

[154]Sobre Moore ver E. Lecaldano, Introduzione a Moore. Bari, Laterza, 1972; D. Campanale, Fiosofia ed Ética scientifica nel pensiero di G.E. Moore, Bari, Adriatica Editrice, 1962; A. Greanese, G.E. Moore e la filosofia analitica inglese. Florencia, La Nuova Italia, 1970; A.R. White, G.E. Moore. A Critical Exposition. Oxford, Basil Blackwell, 1958; A.J. Ayer, Russell and Moore: the Analitical Heritage. Londres, Macmillan, 1971.

[155] "Introducción" a Ph. Foot (ed.), Teorías sobre la Ética. México, F.C.E., 1974 (Primera edición inglesa en Oxford U.P., 1967).

[156] Ver C.W.K. Mundle, A Critique of Linguistic Philosophy. Londres, Lawrence & Wishart, 1965; G. Gava-R. Piovesan (ed.), La filosofia analitica. Padua, Liviana Editrice, 1972; D. Antiseri, Dopo Wittgenstein dove va la filosofia analitica. Roma, Ed. Abete, 1967.

[157] F. Barone, Il neopositivismo logico. Turín, Ed. di Filosofia, 1953.

[158] Como ejemplos de esta manera de leer a Moore ver D. Lewis, Moore and Ryle: Two Ontologists. La Haya, Martinus Nijhoff, 1965. Más apropiada nos parece la visión de A.R. White, Moore. A Critical Exposition. Oxford, Basil Blackwell, 1969.

[159]Mind 7(1897): 228-40.

[160]Mind 7(1898): 179-204.

[161]Mind 8 (1899): 176-93. Cif. Henry Dufumier, "Les théories logico-métaphisiques de Bertrand Russell et G.E. Moore", Revue de Métaphysique et de Morale, 17 (1909): 620-53.

[162] Así ocurre, por ejemplo, en obras como Ética y filosofía analítica, de Modesto Santos Camacho (Ediciones Universidad de Navarra. Pamplona, 1975); y Ética contemporánea, de Mary Warnock (Barcelona, Editorial Labor, 1968)..

[163] W.D. Hudson, La filosofía moral contemporánea. Madrid, Alianza Universidad, 1974, 73 y ss.

[164] G.J. Warnock, English Philosophy since 1900, Oxford University Press, 1969 (1ª ed. 1958), 6 y ss.

[165] Entre las obras destacadas de Moore, además de Principia ethica (Cambridge, University Press, 1903), destacamos: "The Regutation of Idealism" (Mind V (1903) 433-53; Ethics (London, Williams & Norgate, 1912; Philosophical Studies (London, K.Paul, 1912; A Defence of Common Sense , Londes, Allen & Unwin, 1925; "An Autobiography" , en Paul A. Shilpp (ed.), The Philosophy of G.E. Moore, Evaston and Chicago, Northwestern University, 1942; "Addendum to my "Reply", en Paul A. Schilpp (ed.), The Philosophy to G.E. Moore. New Yok, Tudor Publishing Company, 1952.

[166] B. Bosanquet, S. H. Hadgson y G.E. Moore, "In What Sense, if Any, Do Past and Future Time Exit?", Mind, VI (1897), 280-240.

[167] Ver M. Santos Camacho, Op. cit., 39, n.23.

[168] R.A. Wollheim, "F. H. Bradley", The Revolution in Philosophy, 14 (traducción castellana citada, 17).

[169] H.B. Acton, "Francis Herbert Bradley", en P. Edwards (ed.), The Encyclopedia of Philosophy, vol. 1, 360.

[170] R.A. Wollheim,Op.cit., 23.

[171] J.O. Nelson, "G. E. Moore", en Los orígenes de la filosofía analítica. Moore. Russell, Wittgenstein. Madrid, Ed. Tecnos, 1976, 18.

[172] G. E. Moore, An Autobiography. Ed. cit., 14.

[173] Ver estos temas en Santos Camacho, Op. Cit.,110, 125 y ss.

[174] J. O. Nelson, Op.cit., 20-21.

[175]Ethical studies, cap. II.

[176] Alasdair MacIntyre, Historia de la Ética, Barcelona, Paidós, 1982, 236-237.

[177]Principa Ethica, ed. cit., 8.

[178]Ibid., 7.

[179]Ibid., 7.

[180]Ibid., 9 y 10.

[181] E. Guisán, Los presupuestos de la falacia naturalista. Santiago, Universidad de Santiago de Compostela, 1981.

[182] W. K. Frankena, "The Naturalistic Fallacy", en Theories of Ethics. Oxford U.P., 1967.

[183]Principia Ethica, ed. cit., 7.

[184] Ibid., 13.

[185]Ibid., 15.

[186] Ibid., 16-17.

[187] E. Lecaldano, op. cit., 76. Esta idea ha sido subrayada por D. Campanale,Filosofia ed Ética scientifica nel pensiero di G.E. Moore. Bari, Adriatica Editrice, 1962.

[188]Ibid., 10.

[189] E. Lecaldano, Introduzione a Moore. Bari, Laterza, 1972, 23.

[190]Ibid., 32. Ver también A.R. White, G.E. Moore. A Critical Exposition. Oxford, Basil Blackwell, 1958.

[191] W.D. Ross, The Right and the Good. Oxford, Clarendon Press, 1930;Foundations of Ethics. Oxford, Clarendon Press, 1939.

[192] Harold Prichard,Moral obligation. Oxford U.P., 1949.

[193] Tractatus Logico-Philosophicus. Londres, Routledge and Kegan Paul, 1922 (Traducción castellana en Madrid, Alianza, 1987).

[194] Philosophische Untersuchungen/Philosophical Investigations. Oxford, Basil Blackwell, 1953 (Texto bilingüe, con traducción inglesa de G. E. M. Anscombe). Hay traducción castellana en México-Barcelona, UNAM-Crítica, 1988.

[195] Entre los textos de Wittgenstein en castellano destacamos susCuadernos azul y marrón. Madrid, Tecnos, 1968.

[196] Ver K.T. Fann, El concepto de filosofía en Wittgenstein. Madrid, Tecnos, 1975; D. Pears, Wittgenstein. Barcelona, Grijalbo, 1973; y A. Kenny, Wittgenestein. Madrid, Revista de Occidente, 1974..

[197] Ver Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza. Madrid, Cátedra, 1983

[198] Ver E. Lecaldano, "La fallacia naturalistica e l' Ética inglese del Novecento", en Rivista di Filosofía, II (1970). También G. Carcaterra, Il problema della fallacia naturalistica. Milán, Giuffrè, 1969.

[199] En The Philosophical Review, LXXIV, 1 (Enero de 1965). Traducción castellana en Barcelona, Paidós, 1989 (Citamos sobre este texto).

[200] J. Hartnack, Wittgenestein y la filosofía contemporánea. Barcelona, Ariel, 1972.

[201] A.J. Ayer, Wittgenestein. Barcelona, Crítica, 1986.

[202]Conferencia sobre Ética, ed. cit., 43.

[203] Ibid., 43.

[204] Ibid., 43.

[205] Ibid., 43.

[206]Ibid., 43.

[207]Ibid., 49.

[208]Tractatus, 6.42.

[209]Conferencia sobre Ética, ed. cit., 43.

[210]Ibid., 37.

[211] La Conferencia fue impartida el 2 de Enero de 1930, en la sociedad The Heretics. Entre quienes piensan la concordancia de las ideas de este texto con las de la primera época debemos citar a J. Hierro ("La ética de Wittgenstein", Aporía 7-8 (1966) y Isidoro Reguera (Teorema XI/1 (1981) y XI/4 (1981). Sádaba, en cambio, considera la "paradoja" como la esencia de la tensión en Wittgenstein: "En la primera época habla de ética; de una ética de la que, paradójicamente, no se puede hablar, mientras que en la segunda época -en que todo se dice- no la mienta". "" Ética y Metafísica en Wittgenstein", en Lenguaje, Magia y Metafísica. Madrid, Ed. Libertarias, 1984).

[212] Ver el estudio de C.E.M. Joad, A Critique of Logical Positivism. Chicago, The Uiversity of Chicago Press, 1950.

[213] M. Schlick, Fragen der Ethik. Viena, Spinger, 1930. (El primer capítulo del libro, donde expone el sentido de la Ética, se recoge en A.J. Ayer (ed.), El positivismo lógico. Madrid, F.C.E., 1978, 251-268. Al mismo nos referimos en nuestras citas)

[214] Ibid., 251.

[215] Ibid., 251.

[216] Ibid., 151.

[217] Ibid., 252.

[218] Ibid., 254.

[219] Ibid., 255.

[220] Ibid., 256-257.

[221] Ibid., 257.

[222] Ibid., 259.

[223] Ibid., 259.

[224] Ibid., 262.

[225] Ibid., 262.

[226] Ibid., 263.

[227] Ibid., 265.

[228] Ibid., 266.

[229] Ibid., 268.

[230] A. J. Ayer, Language, Truth and Logic. Londres, Victor Gollancz, 1936.

[231] Ver "On the Analysis of Moral Judgements", en Horizon vol. XX, nº 117 (1949). Este y otros artículos interesantes para el tema se encuentran en A. J. Ayer, Philosophical Essays. Londres, Macmillan, 1954.

[232] Capítulo 6. Citaremos de la versión en castellano, Lenguaje, verdad y lógica. Barcelona, Martínez Roca, 1971.

[233] En Philosophical Essays, cap. X. Versión castellana en A.J. Ayer, Ensayos filosóficos. Barcelona, Ariel, 1979, 211-226. Citaremos sobre esta edición.

[234] Capítulo 6.

[235] Publicado por primera vez en Horizon, vol. xx, nº 117 (1949). Ahora en A.J. Ayer, Philosophical Essays. Londres, Macmillan, 1954 (En castellano en Ensayos filosóficos. Barcelona, Ariel, 1979).

[236] Aunque reconoce su deuda con Moore, por su talante analítico, no lo considera de esa corriente por no ser coherentemente fenomenista.

[237]Lenguaje, verdad y lógica, 36.

[238] Ver Moritz Schlick, "Über das Fundament der Erkenntnis", Erkenntnis IV (1934) (Traducción castellana en A.J. Ayer, El positivismo lógico. Madrid, F.C.E., 1978, 215-232. Ver también en esta recopilación el artículo de A.J. Ayer, "Verificación y Experiencia", 233-248).

[239] Lenguaje, verdad y lógica, ed. cit., 35.

[240] Sobre la aventura de este criterio ver C.G. Hempel, "Problemas y cambios en el criterio empirista del significado", en A.J. Ayer (ed.), El positivismo lógico. Madrid, FCE, 1978 (El artículo fue publicado por primera vez en Revue Internationale de Philosophie 4 (1950).

[241]Lenguaje, verdad y lógica, ed. cit., 119.

[242]Ibid., 120.

[243] Es la que Schlick considera Ética científica.

[244] Ibid., 122.

[245] Ibid., 124.

[246] Ibid., 126.

[247] Ibid., 126.

[248] Ibid., 127.

[249] "The Nature of Moral Philosophy", en Philosophical Studies, ed. cit.

[250]Lenguaje, verdad y lógica, ed. cit., 129-130.

[251] C.L. Stevenson, Ethics and Language, ed. cit. Stevenson había anticipado su teoría en artículos como "The Emotive Meaning of Ethical Terms", Mind (1937); "Ethical Judgements and Avoidability", Mind (1938); y "Persuasive Definition", Mind (1938).

[252]Lenguaje, verdad y lógica, ed. cit., 27-28 (Se trata de la "Introducción", escrita en 1946, a la edición del mismo año).

[253]Ensayos filosóficos, ed. cit., 209-210.

[254]Ibid., 213.

[255] Ibid., 216-217.

[256] Ibid., 220.

[257] Ibid., 221.

[258] Ibid., 223.

[259] Ibid., 223-224.

[260]Ibid., 224.

[261] D. Antiseri, Dopo Wittgenstein dove va la filosofia analitica. Roma, Edizioni Abete, 1967.

[262] Aunque, tal vez por la proximidad histórica, no hay estudios de conjunto que sean axhaustivos ni parezcan definitivos, merecen ser destacados, por su prestigio en el ámbito de la filosofía ética, los trabajos siguientes: E. Lecaldano, Le analisi del linguaggio morale. Roma, Edizioni dell'Ateneo, 1970; M. Warnock, Ethics sence 1900. Oxford U.P., 1960; G.C. Kerner, The Revolution in Ethical Theory. Oxford, Clarendon Press, 1960; R. Piovesan, Analisi filosofica e fenomenologia linguistica. Padua, S.E.V., 1961; P. Dubois, Le problème moral dans philosophie anglaise de 1900 à 1950. París, Vrin, 1967; G.J. Warnock, Contemporary Moral Philosophy. Londres, Macmillan, 1967; W.D. Hudson, Modern Moral Philosophy. Londres, Macmillan, 1970; U. Scarpelli, Filosofia analitica: norme e valori. Milán, Edizioni di Comunità, 1962.

[263] C.E.M. Joad, A Critique of Logical Positivism. University of Chicago Press, 1950, 127-129.

[264] Entre las críticas a la ética analítica destacamos las de M. Conforth, Marxism and the Linguistic Philosophy. Londres, Laurence & Wishart, 1965; C.W.K. Mundle, A Critique of Linguistic Philosophy. Oxford, Clarendon Press, 1970.

[265] Ch. L. Stevenson, Ethics and Language. New Haven, Yale U.P., 1944.

[266]Principia Ethica, ed. cit. Cap. III.

[267] Los artículos más importantes de Stevenson dedicados a la Ética han sido recogidos en Ch. L. Stevenson, Facts and Values: Studies in Ethical Analysis. New Haven, Yale U.P., 1963. Sobre el emotivismo de Stevenson ver J.O. Urmson, The Emotive Theory of Ethics. Londres, Hutchinson University Library, 1968.

[268] Stephen Toulmin, An Examination of the Place of Reason in Ethics. Cambridge U.P., 1950. Toulmin cuenta con otras importantes obras, como The Philosophy of Science (Londres, Hutchinson University Library, 1953), The Uses of Arguments (Cambridge U.P., 1958), Human Understanding, 2 vols (Oxford U.P., 1972).

[269]Ibid., 142.

[270] Toulmin se ha dedicado de forma preferente a la filosofía de la ciencia. Uno de estos textos, muy útil para la reflexión filosófica sobre la Ética, en Human Understanding. 2 vols. Oxford U.P., 1972.

[271] R.M. Hare The Language of Morals. Londres, Oxford U.P., 1952, 29.

[272] Los principales trabajos de R.M. Hare son Freedom and Reason. Oxford, Clarendon Press, 1963. Otras obras de interés de Hare son Practical Inferences, Essays on Philosophical Method, Essays on the Moral Concept y Applications of Moral Philosophy, en Londres, Macmillan, 1971, 1971, 1972 y 1972 respectivamente.

[273] Ver la discusión de este tema en Caps. IX y X de su Freedom and Reason.

[274] John Wilson, Reason and Morals. Cambridge U.P., 1961. Ver también su ensayo Logic and Sexual Morality (Londres, Penguin Books, 1965).

[275] David Pole, Conditions of Rational Inquiry: A Study in the Philosophy of Value. Londres, The Athlone Press, 1961.

[276] A. Montefiore, A Modern Introduction to Moral Philosophy. Londres, Routledge & Kegan Paul, 1958.

[277] J. Nowell-Smith, Ethics. Londres, Penguin Books, 1954.

[278] J. L. Austin, Philosophical Papers. Oxford, Clarendon Press, 1961. Ver K.T. Fann (ed.), Symposium on J.L. Austin. Londres, Routledge & Kegan Paul, 1969.

[279] J. L. Austin, Haw to Do Thinks with Words. Oxford, Clarendon Press, 1962, 147-163.

[280] G.C. Kerner, The Revolution in Ethical Theory. Ed. cit., 197-251. Sobre el desarrollo general de las tesis de Austin ver R. Piovesan (ed.), Ricerche di filosofia linguistica. Florencia, Sansoni, 1972.

[281] G.J. Warnock, The Object of Morality. Londres, Methuen, 1971. También es autor de un brillante estudio de la ética contemporánea: Contemporary Moral Philosophy. Londres, Macmillan, 1967.

[282] A.C. Ewing, The Definition of Good. Londres, Routledge & Kegan Paul, 1948 y Ethics. Londres, The English Universities Press, 1953.

[283] Harold Prichard, Moral Obligation. Oxford U.P., 1949.

[284] David Ross, The Right and the Good. Oxford, Clarendon Press, 1930; Foundations of Ethics. Oxford, Clarendon Press, 1939.

[285] Philippa Foot, "Moral Arguments", en Mind (1958) y "Moral Belief" en Proceeding of the Aristotelian Society (1958).

[286] De Geoffrey James Warnock ver los dos ya citados trabajos Contemporary Moral Philosophy (Londres, Macmillan, 1967) y The Object of Morality (Londres, Methuen, 1971).

[287] D. Lyons, Forms and Limits of Utilitarianism. Oxford, Clarendon Press, 1965.

[288] J.J.C. Smart, "Extreme and Restricted Utilitaranism", en Theories of Ethics, ed. cit.

[289] John Rawls, A Theory of Justice. Cambridge (Mass.), Harvard U.P., 1971; "Two Concepts of Rules", en Theories of Ethics, ed. cit.

[290] John Urmson, "The Interpretation of the Moral Philosophy of J.S. Mill", en Theories of Ethics, ed. cit.

[291] Marcus George Singer, Generalization in Ethics. Londres, Eyre & Spottiswoode, 1963.

[292] John Niemeyer Findlay, Values and Intentions. Londres, Macmillan, 1961.

[293] W.K. Franquena, "La falacia naturalista", en Teorías sobre la Ética. México, F.C.E., 1974, 80-98. Ver también Ethics. Englewood Cliffs, N.Y., 1963.

[294] J. L. Aranguren, Ética, ed. cit., 86.

[295] S. Kofman, Nietzsche et la métaphore. París, Payot, 1972.

[296] P. Klossowski,Nietzsche y el círculo vicioso. Barcelona, Seix Barral, 1972.

[297] AA.VV., Colloque de Royaumont. París, Editions de Minuit, 1967; AA.VV., Nietzsche aujourd'hui, 2 vols. (Colloque de Cerisy, 1972). París, UGE, Col "10/18", 1973; AA.VV., En favor de Nietsche. Madrid, Taurus, 1972.

[298]Ecce homo, ed. cit., 118 ss.

[299] Para este tema es imprescindible ver el ensayo de Heidegger, de 1950, "Qui est le Zarathoustra de Nietzsche?", en M. Heidegger, Essais et conférences. París, Gallimard, 1958).

[300] A. MacIntyre,Historia de la Ética. Buenos Aires, Paidós, 1970, 216.

[301] J. Granier,Le problème de la vérité dans la philosophie de Nietzsche. París, Seuil, 1966.

[302] Ver el "Prólogo" deZaratustra .

[303] A. Schopenhauer, Los dos problemas fundamentales de la Ética. Buenos Aires, Aguilar, 1970; Alrededor de la filosofía. Barcelona, Picazo, 1969; El mundo como voluntad y representación. Madrid, Aguilar, 1927.

[304] Ver esta tesis en M. Horkheimer, "Schopenhauer y la sociedad", en Sociológica. Madrid, Taurus, 1966.

[305] G. Bataille,Sobre Nietzsche. Madrid, Taurus, 1972, 42 ss.

[306] G. Deleuze, Nietzsche et la philosophie. París, PUF, 1962.

[307]Así habló Zaratustra, ed. cit., 13.

[308] Ver el primer discurso de Zaratustra, "De las tres transformaciones". Op. cit., 33 ss.

[309]Así habló Zaratustra, ed. cit., 33.

[310]Ibid., 35.

[311] Ver Eugen Fink, La filosofía de Nietzsche. Madrid, Alianza Editorial, 1966, 99.

[312] G. Deleuze, Spinoza, Kant, Nietzsche. Barcelona, Labor, 1974, 212.

[313]Ibid., 213.

[314]Ibid., 214.

[315] Ver el discurso "Del camino del creador".

[316]Así habló Zaratustra, ed. cit., 91. ss.

[317]Ibid., 109 ss.

[318] Posición representada por la filosofía de Schopenhauer. Ver al respecto C. Rosset, Schopenhauer, philosophie de l'absurde. París, PUF, 1967.

[319]Así habló Zaratustra>, ed. cit., 124. Ver M. Heidegger, "Le mot de Nietzsche `Dieu est mort'", Chemins>. París, Gallimard, 1962 (edición alemana de 1954).

[320] Deleuze, op. cit., 217.

[321]Ecce homo, ed. cit., 125.

[322] E Fink, op. cit., Cap. 5.

[323]Ibid, 265.

[324] Ver a este respecto G. Vattimo,Le aventure della differenza. Milán, Garzanti Etitore, 1980, Sezione terza, 71-96.

[325] E. Fink, op. cit., 266.

[326]Ibid., 266 y ss.. También Jean Wahl, L'avant-dernière pensée de Nietzsche. París, C.D.U., 1961, y Jean Granier, Nietzsche. Vie et vérité. París, PUF, 1971.

[327] M. Heidegger, Nietzsche, 2 vols. Pfullingen, 1961 (Traducción francesa de P. Klossowski, Nietzsche. París, Gallimard, 1971).

[328] E. Fink, op. cit., 271.

[329]Más allá del bien y del mal, ed. cit., 101.

[330] "Nietzsche era ante todo un gran crítico y un gran filósofo de la cultura, un prosista y ensayista de talla europea, procedente de la escuela de Schopenhauer, un prosista y ensayista de rango, cuyo genio llegó a su cima en la época en que escribió …" (Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Freud. Barcelona, Bruguera, 1984).

[331]Ibid, 14.

[332]Más allá..., ed. cit., 135.

[333] E. Fink, op. cit., 183.

[334]Genealogía de la moral, ed. cit., 313.

[335]Ibid., 380.

[336] K. Jaspers, La culpa de Alemania. Heidelberg, Schneider, 1946.

[337] K. Jaspers, La bomba atómica y el destino del hombre. Munich, Piper, 1958.

[338] Wahrheit und Methode. Tübingen, J.C.B. Mohr, 1960 (Hay traducción castellana).

[339] En rigor hay muchas diferencias entre Adorno, Frenkel, Levinson, Nevitt Sanford, Horkheimer, Marcuse... Y ellos mismos cambiaron sensiblemente sus posiciones con el tiempo. Aquí no podemos hacer otra cosa que generalizar.

[340] Oxford U.P., 1947 (En castellano, Crítica de la razón instrumental. Barcelona. Trotta, 2010)

[341] Th. Adorno-Max Horkheimer,Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos.Madrid, Trotta. 1998.

[342] J.P. Sartre,L'Etre et le néant. París, Gallimard, 1943.

[343] Ibid., 51.

[344] Ibid., 52.

[345] Ibid., 52.

[346] Ibid., 60.

[347] Ibid., 31.

[348]Ver F. Jeanson, Le problème moral et la pensée de Sartre. París, Seuil, 1965. Ver también el trabajo de Celia Amorós, "Sartre", en Victoria Camps (ed.), Historia.... Ed. cit., 325-385.

[349]Ibid., 715 ss.

[350] J. Martínez Contreras, Sartre. La filosofía del hombre. México, Siglo XXI, 1980. Contiene amplia bibliografía.

[351] C. Amorós, op. cit., 327.

[352] París, Gallimard, 1948. Citaremos de la edición castellana de V. Prati, (B.A, Sur, 1975).

[353] J.P. Sartre, Cahiers por une morale. París, Gallimard, 1983, a cargo de A. Elkaïm-Sartre.

[354] J.P. Sartre, Carnets de la drôle de guerre. París, Gallimard, 1983, a cargo de A. Elkaïm-Sartre.

[355] Ver P. Verstraeten, Violence et éthique. París, Gallimard, 1972, quien estudia la ética sartreana a partir de sus obras de teatro.

[356]El existencialismo..., ed. cit., 10.

[357]Ibid., 10.

[358]Critique de la raison dialectique. París, Gallimard, 1960. Traducción castellana en Buenos Aires, Losada, 1062).

[359]Ibid., 13.

[360]Ibid., 15. Ver este tema en F. George, Sur Sartre. París, Ch. Bourgois Editeur, 1976.

[361]Ibid>., 16.

[362]Ibid., 17.

[363] Pietro Chiodi,Sartre y el marxismo. Barcelona, Oikos-Tau, 1965, 31 ss.

[364]El existencialismo..., ed. cit.,17.

[365]Ibid., 42.

[366]El existencialismo..., ed. cit., 18.

[367]Ibid., 19.

[368]Ibid., 19.

[369] P. Chiodi, , 146-148.

[370]El existencialismo..., ed. cit., 20.

[371]Ibid., 21.

[372]Ibid., 22.

[373] P. Chiodi, op. Cit., 59-60.

[374]El existencialismo..., ed. cit., 23.

[375]Ibid., 26.

[376]Ibid., 27.

[377]Ibid., 28.

[378]Ibid., 33.

[379]Ibid., 33.

[380]Ibid., 42.

[381]Ibid., 42.

[382]Ibid., 43.

[383]Ibid., 45.

[384]Ibid., 45.

[385]Ibid., 46.

[386]Ibid., 47.

[387]Ibid., 47.

[388]Ibid., 48.

[389]Ibid., 49.

[390]Ibid., 64.

[391] Ibid., 64.

[392] J. Muguerza, "Filosofía y diálogo", enDesde la perplejidad. México, FCE, 1990, 89-113.

[393]Ibid., 90. Ver también del mismo autor La concepción analítica de la filosofía. 2 vols., Madrid, Alianza Universidad, 1974, vol. I, 15-138.

[394] Hemos tratado este tema en J.M. Bermudo, Condillac, el abate filósofo. Ediciones de la Universidad de Barcelona, 1985.

[395] V. Camps, Pragmática del lenguaje y filosofía analítica. Barcelona, Península, 1976, 29 ss.

[396] J. Muguerza, Desde la perplejidad, ed. cit., 93. Ver también su libroPanorama de la filosofía contemporánea de la ciencia. Madrid, Cuadernos económicos de I.C.E., 3-4, 1977, 7-45.

[397]Ibid., 94.

[398] J. Muguerza, La razón sin esperanza. Madrid, Taurus, 1977.

[399] Hemos tratado este tema en J.M. Bermudo,Engels contra Marx. El antiengelsianismo. Barcelona, Ediciones de la Universidad de Barcelona, 1981.

[400] Allan Janik & Stephen Toulmin, Wittgenstein's Vienna. Nueva York, 1973 (Traducción castellana en Madrid, Taurus, 1974).

[401] J. Muguerza, Desde la perplejidad, ed. cit., 100.

[402]Ibid., 104.

[403] A. Cortina, "La Ética discursiva", en V. Camps, Historia de la Etica. ed. cit., vol. III, 536.

[404] R. Gavás,J. Habermas: Dominio técnico y comunidad lingüística. Barcelona, Ariel, 1980.

[405]Ibid., 104.

[406]A. Philonenko, Théorie et praxis dans la pensée morale et politique de Kant et Fichte en 1793. París, Vrin, 1976, 90. Ver también su obra La liberté humaine dans la pensée de Fichte. París, Vrin, 1980.

[407] A. Cortina, Razón comunicativa y responsabildiad solidaria. Salamanza, Sígueme, 1988, 15.

[408] Especialmente en "El apriori de la comunidad de comunicación y los fundamentos de la ética", en Transformación de la Filosofía, II, 358-435.

[409] A. Cortina, Razón comunicativa y responsabilidad solidaria, ed. cit., 16.

[410] K.O. Apel, Transformation der Philosophie,. 2 vols., Frankfurt, Suhrkamp, 1973 (Traducción castellana en Madrid, Taurus, 1985). También hay traducción castellana de varios trabajos suyos en Estudios éticos. Barcelona, Alfa, 1986.

[411] Ver la visión de conjunto que ofrece J. Conill, "La semiótica trascendental como filosofía primera en K.O. Apel", Estudios Filosóficos, 91 (1983): 493-516.

[412]Ed. cit., 204, nota. 160.

[413] A. Cortina, Razón comunicativa..., ed. cit., 66 ss.

[414] J.M. Mardones,Razón comunicativa y teoría crítica. Bilbao, Universidad del País Vasco, 1985.

[415]Ibid., 25.

[416] A. Cortina, "Pragmática trascendental y responsabilidad solidaria en Apel", 87 (1982), 321-336.

[417]Transformación..., ed. cit., 359.

[418]Ibid., 373.

[419]Ibid., 377.

[420]Ibid., 368.

[421] Ver H.G. Gadamer, Verdad y método. Salamanca, Sígueme, 1976; y P. Ricoeur,Tems et récit. París, Seuil, 1983. Sobre el debate, ver Luc Ferry, Philosophie politique, I: La querelle des Anciens et des Modernes. París, PUF, 1984.

[422] Y también con la visión de H. Arendt en La crise de la culture. París, Gallimard, 1972; La condition de l'homme moderne. París, Calmann-Lévy, 1961.

[423] J.M. Ferry, Habermas, l'éthique de la communication. París, PUF, 1987, 488.

[424] P. Ricoeur, op. cit., tomo I.

[425] K.O. Apel, Transformación..., ed. cit., 230.

[426]Op. cit., Cap. VII: "Derecho y crítica". Especialmente el parágrafo 3, en su debate con Marcuse sobre la teoría de la sociedad.

[427] M. Protti (ed.), Dopo la Scuola di Francoforte. Studi su J. Habermas. Milán, Unicopli, 1984.

[428] M. Vacatello, T.W. Adorno: il rinvio della prassi. Florencia, La Nuova Italia, 1972.

[429] E. Menéndez Ureña, La Teoría crítica de la sociedad de Habermas. Madrid, Tecnos, 1978. Ver también A. Wellmer, Ethik und Dialog. Frankfurt, Suhrkamp, 1986.

[430]"Dialektik der Rationalisierung", Aesthetik und Kommunikation, 45/46 (Octubre, 1981), 126 ss. (Citamos de la edición italiana, "Dialettica della razionalizzazione". Milán, Unicopli, 1983.

[431]Dialettica..., ed. cit., 228.

[432] Ver E. Agazzi "Introduzione all'edizione italiana", en J. Habermas,Etica del discorso. Roma-Bari, Laterza, 1989, XVII.

[433]Ver W. Privitera, "Comunicazione ed emancipazione. La svolta linguistica della teoria di Jürgen Habermas", en AA.VV., Ragione emancipativa. Studi sul pensiero di Jürgen Habermas. Palermo, LA Palma, 1983.

[434] "Was heisst Universalpragmatik?", en K.O. Apel, Sprachpragmatik und Philosophie. Frankfurt, Suhrhamp, 1976, 174-272.

[435] W. Privitera,Op. cit., 183.

[436] E. Agazzi, Op. cit., XX-XXI.

[437]Ibid., XXI

[438]Dialettica..., ed. cit., 232 ss.

[439]Ibid., 233.

[440]Ibid., 233.

[441]Ibid., 234.

[442] K.O. Apel, op. cit., 402-403.

[443] Ibid., 403.

[444] R.P. Wolff, The Poverty of Liberalismo. Boston, Harvard U.P., 1968.

[445] Ibíd., 182 ss.

[446] "Más allá del contrato social", en Desde la perplejidad, ed. cit., 261.

[447] J.B. Thompson & D. Held (eds.),Habermas. Critical Debates. Cambridge, Mass., 1982.

[448] Cif. J. Muguerza, Desde la perplejidad, ed. cit., 278.

[449] J. Habermas,Erkenntnis und Interesse. Frankfurt, 1968. (Traducción castellana en Madrid, 1968).

[450] J. Habermas, Theorie des kommunikativen Handelns, 2 vols. Frankfurt, 1981 (Traducción castellana en Madrid, 1990).

[451] J. Muguerza, La razón sin esperanza, ed. cit., p'gas. 141-73

[452] J. Muguerza, Desde la perplejidad. Ed. cit., 281.

[453]Conocimiento e Interés, ed. cit., pág., 163.

[454] Aquí se inspira en J. L. Austin, How Do Things with Words. Oxford U.P., 1962; y J.R. Searle, Speech Acts. An Essay in the Philosophy of Language. Londres, Macmillan, 1969).

[455] Ibíd., 258. Ver también Th. McCarthy, "A Theory of Communicative Competence", Philosophy of the Social Sciences 3 (1973), 135-155.

[456] J. Muguerza, Desde la perplejidad, ed. cit., 290.

[457] Madrid, Alfaguara, 1978, 590.